Los convidé a verme correr cajas

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Los convidé a verme correr cajas (fotografía: Xavier Miserachs) / Libro I, Cap. VIe
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro I, Cap. VI, 5. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
Los convidé a verme correr cajas
Fotografía: Xavier Miserachs

Yo, que me vi ya mal con el ama, y que no la podía burlar, busqué nuevas trazas de holgarme y di en lo que llaman los estudiantes correr o arrebatar. En esto me sucedieron cosas graciosísimas, porque yendo una noche a las nueve (que anda poca gente) por la calle Mayor, vi una confitería y en ella un cofín1 de pasas sobre el tablero, y tomando vuelo, vine a agarrarle y di a correr. El confitero dio tras mí, y otros criados y vecinos. Yo, como iba cargado, vi que aunque les llevaba ventaja, me habían de alcanzar, y al volver una esquina, senteme sobre él y envolví la capa a la pierna de presto y empecé a decir, con la pierna en la mano, fingiéndome pobre:
—¡Ay! ¡Dios se lo perdone, que me ha pisado!
Oyéronme esto y en llegando, empecé a decir: «Por tan alta Señora», y lo ordinario de la «hora menguada»2 y «aire corrupto».3 Ellos se venían desgañifando,4 y dijéronme:
—¿Va por aquí un hombre, hermano?
—Ahí adelante, que aquí me pisó, loado sea el Señor.
Arrancaron con esto y fuéronse; quedé solo, lleveme el cofín a casa, conté la burla, y no quisieron creer que había sucedido así, aunque lo celebraron mucho. Por lo cual los convidé para otra noche a verme correr cajas. Vinieron, y advirtiendo ellos que estaban las cajas dentro la tienda y que no las podía tomar con la mano, tuviéronlo por imposible, y más por estar el confitero, por lo que sucedió al otro de las pasas, alerta. Vine, pues, y metiendo doce pasos atrás de la tienda mano a la espada, que era un estoque recio, partí corriendo, y en llegando a la tienda, dije: «¡Muera!». Y tiré una estocada por delante del confitero. Él se dejó caer pidiendo confesión, y yo di la estocada en una caja y la pasé y saqué en la espada y me fui con ella. Quedáronse espantados de ver la traza y muertos de risa de que el confitero decía que le mirasen, que sin duda le había herido, y que era un hombre con quien él había tenido palabras. Pero, volviendo los ojos, como quedaron desbaratadas al salir de la caja las que estaban alrededor, echó de ver la burla, y empezó a santiguarse que no pensó acabar. Confieso que nunca me supo cosa tan bien.

1 cofín: cesta o espuerta.
2 hora menguada: hora desgraciada.
3 aire corrupto: mal aire, al que se atribuían algunas enfermedades.
4 desgañifando: gritando hasta enronquecer.
Diccionario del Buscón

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Nada temo con el bálsamo de Fierabrás

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Nada temo con el bálsamo de Fierabrás (fotografía: G. Harris & M. Ewing) / Parte I, Cap. 10c
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo X, 3. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno
y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses»
Nada temo con el bálsamo de Fierabrás
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

La verdad sea —respondió Sancho— que yo no he leído ninguna historia jamás, porque ni sé leer ni escribir; mas lo que osaré apostar es que más atrevido amo que vuestra merced yo no le he servido en todos los días de mi vida, y quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde tengo dicho. Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha sangre de esa oreja; que aquí traigo hilas1 y un poco de ungüento blanco2 en las alforjas.
—Todo eso fuera bien escusado —respondió don Quijote— si a mí se me acordara de hacer una redoma3 del bálsamo de Fierabrás,4 que con sola una gota se ahorraran tiempo y medicinas.
—¿Qué redoma y qué bálsamo es ese? —dijo Sancho Panza.
—Es un bálsamo —respondió don Quijote— de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte ni hay pensar morir de ferida alguna. Y así, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo, como muchas veces suele acontecer, bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sotileza, antes que la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho y verasme quedar más sano que una manzana.

1 hila: hebra que se sacaba de un trapo de lienzo, y servía, junta con otras, para curar las llagas y heridas.
2 ungüento blanco: crema cicatrizante y protectora.
3 redoma: vasija de vidrio, ancha en su fondo, que va estrechándose hacia la boca.
4 Fierabrás: gigante cuyo nombre era Fier-a-bras («el de los feroces brazos») y que llevaba en dos barriles el bálsamo empleado en la sepultura de Jesucristo. Su padre, el emir Balante, fue derrotado por los soldados de Carlomagno, y Fierabrás se convirtió en señor de las Españas. Se trata de una leyenda asociada a los Doce Pares de Francia, admirados por don Quijote.
 Diccionario de Don Quijote

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Con destreza en el herir y maña en el derribar

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Con destreza en el herir y maña en el derribar (fotografía: Willy Ronis) / Parte I, Cap. 10b
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo X, 2. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno
y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses»
Con destreza en el herir y maña en el derribar
Fotografía: Willy Ronis

Agradecióselo mucho Sancho y, besándole otra vez la mano y la falda de la loriga,1 le ayudó a subir sobre Rocinante, y él subió sobre su asno y comenzó a seguir a su señor, que a paso tirado, sin despedirse ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba. Seguíale Sancho a todo el trote de su jumento, pero caminaba tanto Rocinante que, viéndose quedar atrás, le fue forzoso dar voces a su amo que se aguardase. Hízolo así don Quijote, teniendo las riendas a Rocinante hasta que llegase su cansado escudero, el cual, en llegando, le dijo:
—Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia, que, según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que den noticia del caso a la Santa Hermandad2 y nos prendan; y a fe que, si lo hacen, que primero que salgamos de la cárcel, que nos ha de sudar el hopo.3
—Calla —dijo don Quijote—, ¿y dónde has visto tú o leído jamás que caballero andante haya sido puesto ante la justicia por más homicidios que hubiese cometido?
—Yo no sé nada de omecillos4 —respondió Sancho—, ni en mi vida le caté a ninguno; solo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo, y en esotro no me entremeto.
—Pues no tengas pena, amigo —respondió don Quijote—, que yo te sacaré de las manos de los caldeos,5 cuanto más de las de la Hermandad. Pero dime, por tu vida: ¿has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar?

1 loriga: cota ligera, de cuero, de tejido guateado, de laminillas de acero o de malla, sobre la que se colocaban el peto y el espaldar de la coraza.
2 Santa Hermandad: milicia creada por los Reyes Católicos en 1476 y pagada por los concejos para perseguir hechos delictivos cometidos en descampado, si bien sus miembros, los cuadrilleros, tenían fama de arbitrarios y desentendidos; se mantuvo activa hasta 1834.
3 sudar el hopo: costar mucho trabajo y afán la consecución de algo.
4 omecillo: odio, aversión hacia algo, término que Sancho confunde por «homicidio».
5 sacar de las manos de los caldeos: sacar a alguien del peligro o evitarlo con su acción, alusión bíblica al Libro de Jeremías.
 Diccionario de Don Quijote

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Rezaba más oraciones que un ciego

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Rezaba mas oraciones que un ciego (fotografía: Marjory Collins) / Libro I, Cap. VId
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro I, Cap. VI, 4. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
Rezaba más oraciones que un ciego
Fotografía: Marjory Collins

Traía un rosario al cuello siempre, tan grande, que era más barato llevar un haz de leña a cuestas. De él colgaban muchos manojos de imágines, cruces y cuentas de perdones que hacían ruido de sonajas. Bendecía las ollas y al espumar hacía cruces con el cucharón. Yo pienso que las conjuraba por sacarles los espíritus, ya que no tenía carne. En todas las imágines decía que rezaba cada noche por sus bienhechores; contaba ciento y tantos santos abogados suyos, y en verdad que había menester todas estas ayudas para desquitarse de lo que pecaba. Acostábase en un aposento encima del de mi amo, y rezaba más oraciones que un ciego. Entraba por el Justo Juez1 y acababa en el Conquibules,2 que ella decía, y en la Salve Rehína.3 Decía las oraciones en latín adrede por fingirse inocente, de suerte que nos despedazábamos de risa todos. Tenía otras habilidades; era conqueridora4 de voluntades y corchete5 de gustos, que es lo mismo que alcahueta; pero disculpábase conmigo diciendo que le venía de casta como al rey de Francia sanar lamparones.6
¿Pensará vuestra merced que siempre estuvimos en paz? Pues ¿quién ignora que dos amigos, como sean codiciosos, si están juntos, se han de procurar engañar el uno al otro? «Ésta ha de ser ruin conmigo, pues lo es con su amo», decía yo entre mí; ella debía de decir lo mismo porque chocamos de embuste el uno con el otro, y por poco se descubriera la hilaza.7 Quedamos enemigos como gatos y gatos, que en despensa es peor que gatos y perros.

1 Justo Juez: oración del Justo Juez, muy recitada por los ciegos, para protección de enemigos, males y peligros.
2 Conquibules: deformación del credo de san Atanasio: Quicumque vult salvus esse… («Todo aquel que quiera salvarse…»).
3 Salve Rehína: deformación del Salve Regina, oración a la Virgen.
4 conqueridora: conquistadora.
5 corchete: ayudante del alguacil que prende a los delincuentes.
6 sanar lamparones: se creía en la época que los reyes de Francia tenían el don de sanar lamparones, es decir, los ganglios del cuello.
7 descubrir la hilaza o la hilacha: dejar ver las intenciones o defectos.
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Tened paciencia, hermano Sancho

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Tened paciencia, hermano Sancho (fotografía: Enrico Pasquali) / Parte I, Cap. 10a
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo X, 1. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno
y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses»
Tened paciencia, hermano Sancho
Fotografía: Enrico Pasquali

Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza, algo maltratado de los mozos de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don Quijote, y rogaba a Dios en su corazón fuese servido de darle vitoria, y que en ella ganase alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia y que su amo volvía a subir sobre Rocinante, llegó a tenerle el estribo y antes que subiese se hincó de rodillas delante de él, y, asiéndole de la mano, se la besó y le dijo:
—Sea vuestra merced servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado, que, por grande que sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar, tal y tan bien como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo.
A lo cual respondió don Quijote:
—Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a esta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante.

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Comulgaba y montaba gran suma de dinero

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Comulgaba y montaba gran suma de dinero (fotografía: G. Harris & M. Ewing) / Libro I, Cap. VIc
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro I, Cap. VI, 3. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
Comulgaba y montaba gran suma de dinero
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Yo, por el consiguiente, decía de ella lo mismo y así teníamos engañada la casa. Si se compraba aceite de por junto, carbón o tocino, escondíamos la mitad, y cuando nos parecía, decíamos el ama y yo:
—Modérese vuestra merced en el gasto, que en verdad que si se dan tanta prisa no baste la hacienda del rey. Ya se ha acabado el aceite o el carbón. Pero tal prisa le han dado. Mande vuestra merced comprar más y a fe que se ha de lucir de otra manera. Denle dineros a Pablicos.
Dábanmelos y vendíamosles la mitad sisada, y de lo que comprábamos sisábamos la otra mitad; y esto era en todo, y si alguna vez compraba yo algo en la plaza por lo que valía, reñíamos adrede el ama y yo. Ella decía:
—No me digas a mí, Pablicos, que esto son dos cuartos de ensalada.
Yo hacía que lloraba, daba voces, íbame a quejar a mi señor, y apretábale para que enviase al mayordomo a saberlo, para que callase la ama, que adrede porfiaba. Iban y sabíanlo, y con esto asegurábamos al amo y al mayordomo, y quedaban agradecidos, en mí a las obras, y en el ama al celo de su bien. Decíale don Diego, muy satisfecho de mí:
—¡Así fuese Pablicos aplicado a virtud como es de fiar! ¿Toda esta es la lealtad que me decís vos de él?
Tuvímoslos de esta manera, chupándolos como sanguijuelas. Yo apostaré que vuestra merced se espanta de la suma de dinero que montaba al cabo del año. Ello mucho debió de ser, pero no debía obligar a restitución, porque el ama confesaba y comulgaba de ocho a ocho días y nunca la vi rastro de imaginación de volver nada ni hacer escrúpulo, con ser, como digo, una santa.

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Si las señoras del coche no le pidieran tal merced

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Si las señoras del coche no le pidieran tal merced (fotografía: G. Harris & M. Ewing) / Parte I, Cap. 9h
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo IX, 8. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Si las señoras del coche no le pidieran tal merced
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y, como lo vio caer, saltó de su caballo, y con mucha ligereza se llegó a él, y, poniéndole la punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la cabeza.1 Estaba el vizcaíno tan turbado que no podía responder palabra, y él lo pasara mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia, no fueran a donde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió, con mucho entono y gravedad:
—Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís, mas ha de ser con una condición y concierto, y es que este caballero me ha de prometer de ir al lugar del Toboso2 y presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga de él lo que más fuere de su voluntad.
Las temerosas y desconsoladas señoras, sin entrar en cuenta de lo que don Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometieron que el escudero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado.
—Pues en fe de esa palabra, yo no le haré más daño, puesto que me lo tenía bien merecido.

1 En los libros de caballerías, fórmula habitual para exigir la rendición del contrario.
2 El Toboso: población manchega, ubicada en la actual provincia de Toledo, de la que era natural Dulcinea.
 Diccionario de Don Quijote

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No cabía el ama de contenta conmigo

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: No cabía el ama de contenta conmigo (fotografía: Franco Pinna) / Libro I, Cap. VIb
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro I, Cap. VI, 2. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
No cabía el ama de contenta conmigo
Fotografía: Franco Pinna

Supo, pues, don Diego1 el caso, y enojose conmigo de manera que obligó a los güéspedes (que de risa no se podían valer) a volver por mí.2 Preguntábame don Diego que qué había de decir si me acusaban y me prendía la justicia, a lo cual respondí yo que me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes; y que si no me valiese, diría que como se entraron sin llamar a la puerta como en su casa, que entendí que eran nuestros. Riéronse todos de las disculpas. Dijo don Diego:
—A fe, Pablos, que os hacéis a las armas.
Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso y a mí tan travieso, que el uno exageraba al otro o la virtud o el vicio.
No cabía el ama de contento conmigo, porque éramos dos al mohíno:3 habíamonos conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas, de botas a bolsa,4 que desde entonces hereda no sé qué amor a la sisa este oficio. La carne no guardaba en manos de la ama la orden retórica, porque siempre iba de más a menos; no era nada carnal, antes de puro penitente estaba en los güesos. Y la vez que podía echar cabra u oveja no echaba carnero, y si había güesos, no entraba cosa magra. Era cercenadora5 de porciones como de moneda, y así hacía unas ollas éticas de puro flacas, unos caldos que a estar cuajados se pudieran hacer sartas de cristal de ellos. Las Pascuas, por diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía echar cabos de vela de sebo y así decía que estaban sus ollas gordas por el cabo.6 Y era verdad según me lo parló un pabilo que yo masqué un día. Ella decía, cuando yo estaba delante:
—Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si él no fuese travieso; consérvele vuestra merced, que bien se le puede sufrir el ser bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la plaza trae.

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 volver a mí: defenderme.
3 dos al mohíno: en algunos juegos, conchabarse dos contra uno.
4 Judas, de botas a bolsa: Judas suele ser representado con una bolsa y unas botas.
5 cercenadora: una de las formas de sisar era recortar o limar las monedas para quedarse con el metal cercenado.
6 estar por el cabo: estar bien, perfectamente.
Diccionario del Buscón

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Comenzaba su segunda parte de esta manera

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Comenzaba su segunda parte de esta manera (fotografía: David Moore) / Parte I, Cap. 9g
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo IX, 7. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Comenzaba su segunda parte de esta manera
Fotografía: David Moore

Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que tenían. Y el primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno, el cual fue dado con tanta fuerza y tanta furia, que, a no volvérsele la espada en el camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran parte de la celada,1 con la mitad de la oreja, que todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy maltrecho.
¡Válame Dios,2 y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar3 de aquella manera! No se diga más sino que fue de manera que se alzó de nuevo en los estribos,4 y, apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él una montaña, comenzó a echar sangre por las narices y por la boca y por los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello; pero con todo eso, sacó los pies de los estribos, y luego soltó los brazos, y la mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos5 dio con su dueño en tierra.

1 celada: pieza de la armadura destinada a proteger la cabeza; la celada de encaje tenía en la base una pieza o falda que se encajaba en la coraza.
2 ¡Válame Dios!: expresión de sorpresa, en la que «válame» se usaba por el moderno «válgame».
3 parar: maltratar.
4 estribo: pieza de metal, madera o cuero en que el jinete apoya el pie.
5 corcovo: salto que dan algunos animales encorvando el lomo.
 Diccionario de Don Quijote

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Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena (fotografía: Toshiteru Yamaji) / Libro I, Cap. 6a
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro I, Cap. VI, 1. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena
Fotografía: Toshiteru Yamaji

Haz como vieres, dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No sé si salí con ello, pero yo aseguro a vuestra merced que hice todas las diligencias posibles.
Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa y a los pollos de la ama que del corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día entraron dos puercos del mejor garbo que vi en mi vida. Yo estaba jugando con los otros criados, y oilos gruñir, y dije al uno:
—Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa.
Fue, y dijo que dos marranos. Yo que lo oí, me enojé tanto que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casa ajena. Y diciendo esto, envásole a cada uno a puerta cerrada la espada por los pechos, y luego los acogotamos. Porque no se oyese el ruido que hacían, todos a la par dábamos grandísimos gritos como que cantábamos y así expiraron en nuestras manos. Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones los medio chamuscamos en el corral, de suerte que cuando vinieron los amos ya estaba todo hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que aún no estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta de prisa, en verdad, que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo que ellas se tenían dentro, y nos las comimos las más como se las traía hechas el cochino en la barriga.

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Testigo de lo pasado, aviso de lo presente y advertencia de lo por venir

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Testigo de lo pasado, aviso de lo presente y advertencia de lo por venir (fotografía: Wolfgang Suschitzky) / Parte I, Cap. 9f
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo IX, 6. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Testigo de lo pasado, aviso de lo presente
y advertencia de lo por venir

Fotografía: Wolfgang Suschitzky

Si a esta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo,1 siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos, aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues, cuando pudiera y debiera extender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria2 las pasa en silencio; cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada3 apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En esta sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo4 de su autor, antes que por falta del sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la traducción, comenzaba de esta manera.

1 Referencia a Cide Hamete Benengeli, supuesto autor morisco a quien Cervantes atribuye la narración de las aventuras de don Quijote, como explica al principio de este mismo capítulo.
2 de industria: adrede.
3 nonada: nada.
4 galgo: galgo y perro eran insultos que recíprocamente se dedicaban cristianos y musulmanes, como también refiere Francisco de Quevedo en Historia de la vida del Buscón (1626).
 Diccionario de Don Quijote

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Hechos amigos y como hermanos

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Hechos amigos y como hermanos (fotografía: Romualdas Rakauskas) / Libro I, Cap. 5g
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro I, Cap. V, 7. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Hechos amigos y como hermanos
Fotografía: Romualdas Rakauskas

Yo, que veía poco remedio en el negocio y que me iban a echar la garra, fingí que me había dado mal de corazón: agarreme a los palos, hice visajes… Ellos, que sabían el misterio, apretaron conmigo, diciendo:
—¡Gran lástima!
Don Diego me tomó el dedo del corazón1 y, al fin, entre los cinco me levantaron, y al alzar las sábanas fue tanta la risa de todos viendo los recientes no ya palominos2 sino palomos grandes, que se hundía el aposento.
—¡Pobre de él! —decían los bellacos (yo hacía del desmayado)—; tírele vuestra merced mucho de ese dedo del corazón.
Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tiró que me le desconcertó. Los otros trataron de darme un garrote en los muslos, y decían:
—El pobrecito agora sin duda se ensució, cuando le dio el mal.
¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza, descoyuntado un dedo y a peligro de que me diesen garrote! Al fin, de miedo de que me le diesen, que ya me tenían los cordeles en los muslos, hice que había vuelto, y por presto que lo hice, como los bellacos iban con malicia, ya me habían hecho dos dedos de señal en cada pierna. Dejáronme diciendo:
—¡Jesús, y qué flaco sois!
Yo lloraba de enojo, y ellos decían adrede:
—Más va en vuestra salud que en haberos ensuciado. Callá.
Y con esto me pusieron en la cama, después de haberme lavado, y se fueron.
Yo no hacía a solas sino considerar cómo casi era peor lo que había pasado en Alcalá3 en un día que todo lo que me sucedió con Cabra.4 A mediodía me vestí, limpié la sotana lo mejor que pude, lavándola como gualdrapa, y aguardé a mi amo5 que, en llegando, me preguntó cómo estaba. Comieron todos los de la casa y yo, aunque poco y de mala gana. Y después, juntándonos todos a parlar en el corredor, los otros criados, después de darme vaya,6 declararon la burla. Riéronla todos, doblose mi afrenta, y dije entre mí: «Avisón, Pablos, alerta».
Propuse de hacer nueva vida, y con esto, hechos amigos, vivimos de allí adelante todos los de la casa como hermanos, y en las escuelas y patios nadie me inquietó más.

1 dedo del corazón: en la época se creía que existía una relación entre el dedo corazón y el corazón, y que tirando de este dedo se aliviaban los males cardíacos.
2 palominos: manchas de excrementos.
3 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros al este de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
4 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga, pasaje narrado en el capítulo III.
5 amo: el protagonista se refiere a Diego de Zúñiga.
6 dar vaya: burlarse.
Diccionario del Buscón

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«Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena»

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Puestos en la misma postura que la historia cuenta

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Puestos en la misma postura que la historia cuenta (fotografía: Einar Erici) / Parte I, Cap. 9e
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo IX, 5. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Puestos en la misma postura que la historia cuenta
Fotografía: Einar Erici

Estaba en el primero cartapacio pintada muy al natural la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en la misma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela,1 el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía «Don Sancho de Azpeitia», que sin duda debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía «Don Quijote». Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético2 confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propiedad se le había puesto el nombre de «Rocinante». Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía «Sancho Zancas», y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de «Panza» y de «Zancas», que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia, y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera.

1 rodela: escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando espada «a la romana», es decir, a pie.
2 hético: muy flaco y casi en los huesos.
 Diccionario de Don Quijote

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«Testigo de lo pasado, aviso de lo presente y advertencia de lo por venir»

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Decían que no se podía estar allí

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Decían que no se podía estar allí (fotografía: Carl Mydans) / Libro I, Cap. 5f
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro I, Cap. V, 6. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

Decían que no se podía estar allí
Fotografía: Carl Mydans

Acosteme y cubrime y torné a dormir, y como entre sueños me revolcase, cuando desperté halleme proveído y hecho una necesaria.1 Levantáronse todos y yo tomé por achaque2 los azotes para no vestirme. No había diablos que me moviesen de un lado. Estaba confuso, considerando si acaso, con el miedo y la turbación, sin sentirlo, había hecho aquella vileza, o si entre sueños. Al fin, yo me hallaba inocente y culpado y no sabía cómo disculparme.
Los compañeros se llegaron a mí, quejándose y muy disimulados, a preguntarme cómo estaba; yo les dije que muy malo, porque me habían dado muchos azotes. Preguntábales yo que qué podía haber sido, y ellos decían:
—A fe que no se escape, que el matemático3 nos lo dirá. Pero, dejando esto, veamos si estáis herido, que os quejábades mucho.
Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme. En esto, mi amo entró diciendo:
—¿Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son las ocho ¿y estaste en la cama? ¡Levántate enhoramala!
Los otros, por asegurarme, contaron a don Diego el caso todo y pidiéronle que me dejase dormir. Y decía uno:
—Y si vuestra merced no lo cree, levantad, amigo.
Y agarraba de la ropa. Yo la tenía asida con los dientes por no mostrar la caca. Y cuando ellos vieron que no había remedio por aquel camino, dijo uno:
—¡Cuerpo de Dios y cómo hiede!
Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego, tras él, todos comenzaron a mirar si había en el aposento algún servicio.4 Decían que no se podía estar allí. Dijo uno:
—¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!
Miraron las camas y quitáronlas para ver debajo, y dijeron:
—Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasémosle a una de las nuestras y miremos debajo de ella.

1 necesaria: privada, letrina.
2 achaque: excusa.
3 matemático: astrónomo.
4 servicio: orinal.
Diccionario del Buscón

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Tradujo aquellos cartapacios como aquí se refiere

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Tradujo aquellos cartapacios como aquí se refiere (fotografía: André Kertész) / Parte II, Cap. 9d
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo IX, 4. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Tradujo aquellos cartapacios como aquí se refiere
Fotografía: André Kerstéz

Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo así, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: «Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo».1 Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recibí cuando llegó a mis oídos el título del libro, y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real;2 que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese3 aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas4 de pasas y dos fanegas5 de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le traje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mismo modo que aquí se refiere.

1 Cide Hamete Benengeli: supuesto autor morisco —cuyo nombre procede de Cide (señor), Hamete (Hamid, nombre árabe) y Benengeli (deformación arábiga del apellido Cervantes— a quien Cervantes atribuye la narración de las aventuras de don Quijote.
2 real: moneda que empezó a circular en Castilla en el siglo XIV y que tuvo diferentes valores en función de la época y su composición. Un real de vellón valía 34 maravedíes, mientras que el de plata equivalía a dos reales de vellón (68 maravedíes); un real de plata equivalía a 8,5 cuartos y 16 reales de plata valían 1 escudo de oro.
3 volviese: tradujese.
4 arroba: medida de peso equivalente a 11,5 kg en Castilla y a 12,5 kg en Aragón.
5 fanega: medida de capacidad para áridos que, según el marco de Castilla, tiene 12 celemines y equivale a 55,5 litros, pero cuyo valor varía según las diversas regiones peninsulares.
 Diccionario de Don Quijote

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