Estas tardes fresquitas de noviembre

Estas tardes fresquitas de noviembre · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 86 ·
Fran Vega
Estas tardes fresquitas de noviembre
Fotografía: Tommy Ingberg

Hace ya días que el otoño se instaló en nuestra excelsa subcomarca y comienzo a pensar si esto del tiempo no será cosa de mucha magia o hechiceros talentosos, porque aún no había acabado de guardar en el armarito del pasillo los aperos de pesca que me regaló mi viceprimo Arandillo y ya he tenido que sacar de la cómoda los chalecos de lana y los calcetines de doble vuelta que me recomendó el difunto Estradivario. Hasta Tadeo ha recogido el velador del cafetín y en la confitería de Cristeta ya encienden los jueves por la tarde la estufa catalítica, lo que supone un clementérrimo aliciente para quienes acuden a merendar alfajores, mantecadas, rosquillas y buñuelos. En la oficina, Carmencita y Abisinio no se desprenden ni un momento de sus bufandas de cuadritos, porque dicen que estos días acrecientan los catarros y producen severas afecciones en los bronquiolos secundarios, aunque yo no sé qué es eso ni si tiene seria trascendencia, y en la taberna del Sindicato de Oficinistas han colgado en el perchero algunas gorras de paño para que puedan usarse de forma rotatoria, porque no es cuestión ahora de invertir en gastos superfluos y es sabido que las capillas y monteras del establecimiento son propiedad de todos los compañeros. Y a mí me parece que lo más importante es aprovechar estas tardes fresquitas de noviembre para tomar media copita de ponche junto a mis amistades, que al fin y al cabo es lo que más abriga cuando llueve sin parar en la glorieta de los Lirios. Voy a revisar la bolsa de agua caliente, no vaya a ser que se haya malogrado su ingenioso mecanismo.

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© Fran Vega, 2017

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El fenomenal funcionamiento de nuestros negociados

El fenomenal funcionamiento de nuestros negociados · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Diario de un hombre ridículo, 85 ·
Fran Vega
El fenomenal funcionamiento de nuestros negociados
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

La otra mañana aproveché que mi egregio jefe oficinesco me había encomendado requerimientos y gestiones en el exterior para visitar a mi amigo Severino, que es un caballero tan docto que no sin razón desempeña con disciplina y pundonor el cargo de infraordenanza en el Registro de Entidades Superfluas. Estuvimos parloteando un rato sobre su diáfano porvenir, porque me manifestó su pretensión de pedir el traslado a la Delegación de Asuntos Insólitos, donde ya hace tiempo que Magdaleno profesa el puesto de bedel en la segunda planta, aunque la Subcomisión de Planificaciones Ilusorias considera que sus apreciadas cualidades estarían mejor aprovechadas en la Delegación de Negocios Extraños o, como estrago de menor cuantía, en la Oficina de Desatinos Nacionales. Poco me duró el contento de esta notable confidencia, porque al llegar a la Ventanilla de Reclamaciones Infundadas advertí que había olvidado el formulario que el Reglamento sobre Diligencias Circunspectas obliga a presentar en caso de aplazamiento del Impuesto sobre Actividades Improbables, así que tuve que regresar al Negociado de Pólizas y Recargos para cumplir con rectitud y probidad las vigentes ordenanzas de nuestra excelsa subcomarca. Y la verdad es que da mucha alegría conocer de cerca el fenomenal funcionamiento de la administración, en donde nada se deja al azar ni al albur y en donde todo está ordenadamente establecido para que las gentes de bien contribuyamos al sustento y bienestar de nuestros conterráneos y vecinos. Lo que ya sería el acabose es que nuestros lacónicos devengos de ecuánimes oficinistas fueran abonados con observancia y prontitud, pero ni siquiera eso enturbia la heroica y desprendida tarea de los negociados, pues por algo nuestro alabado jefe oficinesco suele decir los lunes impares por la mañana que todos estamos y remamos en el mismo barco, aunque yo no entiendo bien cuál es la relación entre bastimentos y estipendios. Voy a dar un paseíto.

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Ante mi gaveta y mi recado de escribir

Ante mi gaveta y mi recado de escribir · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Diario de un hombre ridículo, 84 ·
Fran Vega
Ante mi gaveta y mi recado de escribir

Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Iba yo la otra mañana por el bulevar de los Arcángeles, silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela, cuando de repente me hallé ante la puerta que anuncia la entrada a la oficina, a la que había llegado sin apenas proponérmelo y guiado únicamente por la noble intención que es propia de las gentes de bien. ¡Qué alegría al constatar que nada ha cambiado durante mi prolongada ausencia veraniega y que todo se mantiene de forma unánime y cabal! ¡Qué ambiente tan entrañable se respira en los negociados! ¡Y cuántos impresos y formularios hay en todas las mesas! La verdad es que estuve en los confines de la emoción cuando el mismérrimo jefe en persona vino a saludarme con su medallita de la Virgen de la Alameda colgada bajo el gaznate y cuando Carmencita, la de Contaduría, me recibió con una beatífica sonrisa que no había visto desde que le regalamos por su cumpleaños un juego completo de espumadera y cucharón. Después dí unos buenos apretones de manos a Teodomiro y Abisinio y hasta Ercilio me propinó unas sonoras palmaditas en los omóplatos, lo que es muy meritorio en alguien que nunca ha jugado al guiñote. Y por fin, después de tanto anhelo y tantos días, pude sentarme ante mi gaveta y mi recado de escribir, afilar mis lapiceros de distinta intensidad, ordenar mis sacapuntas de diferentes calibres, revisar mi carpetilla de papel de calco, limpiar con esmero mis plumines, comprobar el óptimo nivel de mis tinteros y comenzar la jornada oficinesca como si el verano no hubiera transcurrido y los mundos exteriores estuvieran todavía de holganza y vacación. Voy a sentarme un ratito en el mirador, donde nada importante puede acontecerme.

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Regalado, contentérrimo y radiante

Regalado, contentérrimo y radiante · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 83 ·
Fran Vega
Regalado, contentérrimo y radiante
Fotografía: Tommy Ingberg

Muy compuesto y ataviado con mi chaleco de otoño y mi sombrero de septiembre, ayer a media tarde llegué a la glorieta de los Lirios tras atravesar el puente de los Serafines y pasear despacio por el parque de los Querubines y entré en el cafetín de Tadeo para compartir in situ dos o tres ratos con todas mis amistades. Fulgencio y Lupicinio pronto hicieron ademán de sentarse ante la mesa de los naipes, pero Teofrasto estuvo al quite y les hizo un gesto a cada uno en el cogote, como para indicarles que estuvieran atentos a los eventos circundantes. Y Argimiro alzó su vaso de gaseosa en inequívoca señal de brindis y alegría, que Cristóforo confirmó con un repique de croquetas de gallina que en el cafetín siempre significa alborozo, optimismo y emoción. No se quedó atrás Carioco, el más feo de los hermanos Hinojosa, que en cuanto pudo me dio acústicas palmadas en las vértebras torácicas, ni tampoco el bueno de Ginés, que es la monda, porque de inmediato me informó acerca de los próximos campeonatos guiñotistas. Eché de menos a Sinforoso y Felixín, que aún estaban ocupados en sus prósperos talleres, pero su ausencia fue resuelta de espléndida manera por el simpático de Imeldo, que solo sonríe los jueves. Así que en un acto de armonía y entusiasmo animé a Justito para que corriera de mi cuenta una ronda de limonada, porque un día es un día y hay que ser agradecido con quienes te aguardan, aprecian y recuerdan. Estoy convencido de que en los mundos adyacentes no hay cafetines que puedan compararse con el nuestro ni amistades como las que yo tengo, de modo que hoy solo puedo sentirme regalado, contentérrimo y radiante. Voy a regar el junípero, que ya ha comenzado el otoño.

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Qué complaciente es la realidad

Qué complaciente es la realidad · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 82 ·
Fran Vega
Qué complaciente es la realidad
Fotografía: Rodney Smith

Hoy estoy muy contento porque ha llegado el día de reconocer que he pasado un verano apacible y ejemplar en compañía de mis aladas y pisciformes amistades, a las que sin tardanza se sumaron las arbóreas, montuosas y lacustres, y que ante todas ellas, en todo momento y en cualquier lugar, he podido presumir de pertenecer no solo a una de las mejores oficinas que conozco, sino también a una de las más excelsas subcomarcas de nuestro extravagante trazado regional. Así que no es de extrañar que me haya faltado tiempo para relatar mis estivales aventuras, pues la constante presencia de mi viceprimo Arandillo y sus inagotables conocimientos sobre el mundo de la pesca me han tenido muy atento y ocupado en tan noble y heroica destreza. También tuve ocasión de parlotear animadamente con los más sabios lugareños de las comarcas adyacentes sobre cuestiones de insólita antigüedad, pero lo que más me gustó de mis andanzas veraniegas fue regresar al cafetín de Tadeo y comprobar que nada había cambiado durante mi ausencia y que todos mis conterráneos y compañeros de guiñote me recibían con sonoros abrazos y estruendosas bienvenidas, lo que hizo que me sintiera como trucha en el agua o como ardilla en conífera, que por algo tengo ahora titánicas sapiencias sobre la próvida madre naturaleza. Voy a tomar media copita de brandy para celebrar que ya estoy en casa y que pronto acudiré a mi eficiente negociado, porque hace ya muchos días que añoro con templanza mis formularios, mi papel de calco y mis lápiceros de apuntar. Qué complaciente es la realidad.

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Un épico contento de extraordinaria dimensión

Un épico contento de extraordinaria dimensión · Fotografía: Marianne Breslauer
· Diario de un hombre ridículo, 81 ·
Fran Vega
Un épico contento de extraordinaria dimensión
Fotografía: Marianne Breslauer

El óbito inminente del verano y el ya próximo advenimiento del otoño han supuesto importantes peripecias en mis particulares singladuras que no puedo dejar de reflejar en estos cuadernos míos, pues por algo son siempre testigos de cuantos avatares me acontecen. Para empezar, me vi impelido a despedirme con gran pena y aflicción de los seres alados y pisciformes con los que tan profunda hermandad trabé a lo largo del estío y a dejar a su libre arbitrio a bosques y arroyuelos, que solo el Altérrimo podrá custodiar durante mi prolongada y sentida ausencia. Sin embargo, como la vida siempre tiene dos cruces y tres caras, el regreso desde las comarcas adyacentes me proporcionó también el lisonjero episodio de reencontrarme con las bulliciosas plazas y avenidas de nuestra población, en donde las gentes de bien me recibieron con mucha alegría y no poco alborozo manifestado con estruendo en forma de abrazos y sonoras efusiones. Es bonito contemplar la próspera modernidad de nuestras calles y el simpático proceder de su educado vecindario, pero lo más eminente ocurrió cuando por fin entré en el cafetín de Tadeo, verdadera catedral del guiñotismo y permanente homenaje a la límpida amistad. Qué emoción sentarme de nuevo junto a mis homéricos compañeros y qué delicia ingerir despacio una gaseosa bien servida acompañada de las más que correctas croquetas de gallina. No faltaron las bromas por parte de Ginés, que es la monda, ni las risotadas de Argimiro y Felixín, que aplaudieron con gracia y devoción el breve relato de mi estancia en los universos colindantes, así que ahora mismo solo puedo decir que me embarga un épico contento de excelente altura y extraordinaria dimensión. Voy a cepillar los paraguas oscuritos, que parece que ya se acercan las lluvias.

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Cúmulos de nubes y sólitas tormentas

Cúmulos de nubes y sólitas tormentas · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 80 ·
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Cúmulos de nubes y sólitas tormentas
Fotografía: Rodney Smith

Decían a menudo el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino que un hombre cabal se distingue siempre por su delicada puntualidad, así que estoy empezando a pensar que tanto las especies aladas como los variados seres pisciformes que he conocido durante estas cálidas semanas han alterado mi tradicional sentido de la observancia y el rigor. Resulta que mi egregio jefe oficinesco me autorizó a prolongar durante unos días mis seráficas y recuperables vacaciones, pero en uno de mis heroicos atardeceres de pesca con mi viceprimo Arandillo, a quien tantos conocimientos debo, perdí el telegrama que conservaba en el morral y desde entonces no he podido recordar en qué fecha exacta, cierta y verdadera debía regresar a mi eficiente negociado. Sin embargo, sospecho que tras la brisa vespertina de las últimas jornadas se oculta la indefendible llegada del otoño, lo que sin duda indica que es ya el momento de guardar mis ropajes y adminículos en la maletita de cuadros y despedirme transitoria y ordenadamente de álamos y chopos, de alondras y mochuelos y de lucios y siluros, que pronto tendré que sustituir por pólizas e impresos, tinteros y plumines y ventanillas y recargos. No es que lamente el retorno a la oficina, pues más bien es al contrario, sino que me apena abandonar a mis fáunicos aliados frente a los rigores del invierno, sobre todo porque no tienen en el río ni en el bosque elegantes cafetines en los que guarecerse de los fríos ni frondosos bulevares en los que parlotear con sus guiñotistas amistades, tan necesarias cuando cesan los calores y aparecen en la tarde cúmulos de nubes y sólitas tormentas. Voy a congregar sin prisa mis chalequitos y sombreros.

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Astucias veraniegas en el arroyo provincial

Astucias veraniegas en el arroyo provincial · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 79 ·
Fran Vega
Astucias veraniegas en el arroyo provincial
Fotografía: Rodney Smith

Como mi excelso y munífico jefe oficinesco ha tenido un trastorno de altruismo al prorrogar mi semana y media de vacaciones rigurosamente recuperables, no sin atender con prontitud mi petitorio y sublimado telegrama, estoy aprovechando la inesperada estancia en la provincia colindante para introducirme en el noble y bienhallado mundo de los seres pisciformes, del que ya conozco siete especies nuevas y nueve variedades diferentes entre sí. He observado que estas simpáticas y escamadas criaturas acuden con bondad cuando se les ofrece un señuelo tentador, así que su captura no presenta impedimentos para pescadores avezados en las complejas artes del apresamiento de acuáticos animalillos cuya existencia finaliza entre los muros del fogón, lo que si bien produce cierta actitud conmiserativa genera al mismo tiempo gran delicia y bienestar. Así que he decidido acudir a la pródiga sabiduría de mi viceprimo Arandillo para que me enseñe cuantos conocimientos sean necesarios con el fin de convertirme en el más astuto pescador que haya conocido el límpido arroyuelo provincial, no vaya a ser que la profesión de oficinista esté en peligro de extinción y tenga que elegir otro ingenioso y apacible medio de sustento. Voy a comprar dos anzuelos y un morral.

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Indómitas especies de curiosos pisciformes

Indómitas especies de curiosos pisciformes · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 78 ·
Fran Vega
Indómitas especies de curiosos pisciformes
Fotografía: Rodney Smith

El simpático airecito que sopla por las tardes en las provincias colindantes de los mundos adyacentes me está sirviendo no solo para inspeccionar indómitas especies de seres alados y curiosos pisciformes, sino también para olvidar todo un año de delicado cometido entre pólizas y formularios de mi eficiente negociado. En unos cuantos ratos he sido capaz de extraviar en el zaguán de la memoria la desvanecida imagen de meritorios y escribientes, si bien reconozco que me siento extraño sin mis lapiceros y plumines, herramientas cardinales de cualquier oficinista que se enorgullezca de serlo y más aún de haberlo sido. La verdad es que estoy pasando unos días insólitos de indagaciones y pesquisas sobre la vida salvaje que habita en estos andurriales y que mantengo la firme idea de descubrir las innúmeras ventajas que conlleva la serena agroexistencia, pues me tonifica el cerebelo, me alivia el intelecto y me alegra la razón. Así que estoy pensando con decoro y seriedad en tomar recado de escribir y enviar un telegrama a mi espléndido jefe oficinesco para que prolongue ad infinitum, circum circa, la semana y media recuperable que tuvo a bien concederme como expiación de mis perpetuos desvelos no remunerados. O tal vez sea mejor solicitar en la subcentralita de la rebotica una conferencia telefónica interprovincial, aunque sé que siempre llegan con puntualísima demora. Voy a merendar un paraguayo.

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Portentosos descubrimientos planetarios

Portentosos descubrimientos planetarios · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 77 ·
Fran Vega
Portentosos descubrimientos planetarios
Fotografía: Rodney Smith

Ayer por la tarde estuve dando un paseo por un prado centenario que atrajo eficazmente mi atención. Resulta que estaba en su totalidad cubierto de hierba y que de vez en cuando, y en número indeterminado, aparecían unas diminutas florecitas de colores blanco y amarillo que los lugareños de estos pagos tienen a bien denominar margaritas, sin que hasta el momento haya podido averiguar la razón de tan pintoresca decisión. Me permití recoger algunas con mis propias manos, sin estar seguro de si hacía el bien o el mal, y cuando todavía no me había recuperado de semejante estupefacción paisajística descubrí un conjunto de arbolillos distribuidos en hilera y de tan respetable altura que ni siquiera la copa de su ramaje podía avistar. Los lugareños antedichos les llaman chopos y dicen que siempre crecen junto a ríos y arroyuelos, lo que pude comprobar al aproximarme atrevidamente al regato acuático que atravesaba la campiña mencionada. Es muy bonito contemplar estos prodigios de la naturaleza y deambular entre frondas y praderas como si uno mismo lo hubiera hecho durante toda la vida, aunque hacía tanto calor que no tuve más remedio que despojarme de mi chaqueta de lino y caminar con el chaleco parcialmente desabrochado para hacer frente con elegancia y dignidad a los rigores del verano. Sin embargo, no sé si en el cafetín de Tadeo me creerán cuando ofrezca detallada cuenta de estos portentosos descubrimientos planetarios que me ocupan el magín, sobre todo porque al final olvidé pedir prestado a Exuperancio su moderno tomavistas. Qué insignes son los universos adyacentes y cuántos seres insólitos habitan en ellos.

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Días de extravío y distracción

Días de extravío y distracción · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 76 ·
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Días de extravío y distracción
Fotografía: Rodney Smith

Esta mañana he cepillado la maletita de cuadros para preparar con esmero mis atavíos y adminículos, pues en unas horas o días iniciaré un grandioso tránsito estival a través de la provincia contigua. Como en tiempos pretéritos estuve en Traslosmontes y en el maizal del subcuñado de mi primo Escolástico, este año me he decidido por las largas distancias y visitaré los universos colindantes y las comarcas adyacentes, en donde dicen que existen prados centenarios y ríos milenarios a los que seguramente adeudo mi presencia. También he estado pensando en pedir prestado a Exuperancio su moderno tomavistas, aunque en el cafetín de Tadeo me han confirmado la existencia de otros artefactos tecnológicos de compleja utilización que ofrecen resultados aún mejores y notorios. Sea como fuere, estoy dispuesto a pasar unas jornadas de campeonato gracias a la incontestable bondad de nuestro egregio jefe oficinesco, que con la nobleza que le caracteriza nos ha concedido semana y media recuperable para que podamos utilizarla en nuestras particulares y siempre bienquistas aventuras, lo que hay que reconocer que es una intrepidez de tanto mérito como extravagancia. Así que estoy tan contento que voy a planchar ahora mismo los chalecos de lino y los calcetines de algodón para que después no se me olvide repasar el pijama de rayitas, no vaya a ser que contraiga constipados en estas noches de verano, tan propicias al olvido, al extravío y la distracción. Cuánta calma me procuran estos días tan simpáticos de hazañas, propósitos y sol.

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Qué intensa es la modernidad

Qué intensa es la modernidad · Fotografía: Christopher Helin
· Diario de un hombre ridículo, 75 ·
Fran Vega
Qué intensa es la modernidad
Fotografía: Christopher Helin

Desde hace unos días estoy la mar de contento porque en nuestra excelsa subcomarca han tenido lugar acontecimientos que sin duda modificarán la historia, la intrahistoria y la infrahistoria de nuestra insigne población. Como yo llevaba unas cuantas tardes cavilando en la idea de adquirir un velocípedo con el que pasear alegremente durante las tardes de verano y parsimonia, Lupicinio tuvo la ocurrencia de mostrarme qué son y cómo funcionan las ingeniosas sinecuras de los automóviles, sobre todo para que advirtiera las muchas diferencias existentes entre este insólito artefacto y el original artilugio de dos ruedas con pedales y sillín. Así que sin pensarlo dos ni tres veces, puso en marcha el flamante automotor y me llevó a recorrer con grandes y peligrosas velocidades el bulevar de los Arcángeles y el puente de los Serafines para rodear después el parque de los Querubines y aparcar finalmente junto a la glorieta de los Lirios. ¡Qué alegría y qué vértigo a la vez! ¡Qué valeroso y heroico me observé! Del cafetín de Tadeo salieron a recibirnos todas las amistades y en medio de vítores, aplausos y algaradas pude saber por fin qué se siente cuando los seres humanos apoyan y defienden la ciencia y el progreso, si bien tuve que sentarme un ratito en el velador para recuperarme de las emociones que acababa de experimentar a bordo de este invento prodigioso. A partir de ahora pensaré cada día en lo que aportan estos vertiginosos adelantos y hablaré de ello con cualquier desconocido para valorar sus ilustres opiniones y ponderar con sapiencia y sensatez las que aniden y deambulen por mis paisajísticas y anhelosas mientes. ¡Qué intensa es la modernidad!

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Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva

Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva · Fotografía: Jacques-Henri Lartigue
· Diario de un hombre ridículo, 74 ·
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Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva
Fotografía: Jacques-Henri Lartigue

Ayer por la tarde iba yo paseando por la avenida de los Iscariotes en compañía de mi primo Escolástico, que me explicaba con monástica paciencia las innúmeras características de los velocípedos, cuando observamos una escena prodigiosa que nos dejó sumidos en la perplejidad, cuando no en el más grande de los atolondramientos. Resulta que un caballero de buen porte circulaba por la calzada a lomos de uno de estos extraordinarios artefactos sin importarle el tráfico rodado ni la brisa vespertina y saludaba con mucho contento a los alegres contribuyentes que caminaban por la acera al tiempo que transitaba y sonreía sin perder el control de su insólita maquinaria, pues aparentaba ser un hombre de provecho y perspectiva, de los que nunca pierden las mientes ni el magín ante los episodios circundantes de la vida cotidiana. Yo me quedé estupefacto ante semejante demostración de pericia y facultad y crucé en un periquete la glorieta de los Lirios para dar cuenta del episodio a mis amistades del cafetín de Tadeo, quienes apenas podían dar crédito a esta intrépida aventura y pedían pormenores y comentos sobre la hazaña presenciada. Y esta fue la razón que me condujo a postergar el verdadero entendimiento del suceso, pues hasta que no ingerí una gaseosa no pude comprender que el antedicho gentilhombre lucía chaleco y sombrero según nuestras nobilérrimas usanzas y que su adecuada indumentaria en ningún momento le impedía pedalear con entusiasmo ni atender a las damiselas que con tanta diligencia pasean por las avenidas, lo que me aviva en el caletre la formidable idea de procurarme uno de estos admirados velocípedos. Con razón decía siempre el difunto Honorino, que no por casualidad regentaba un prospérrimo taller de picaportes, que los inventos de nuestra insigne población son un portento de la ciencia.

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Espléndidos veranos de ideas y artilugios

Espléndidos veranos de ideas y artilugios · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Diario de un hombre ridículo, 73 ·
Fran Vega
Espléndidos veranos de ideas y artilugios
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Con la llegada de los mirlos y las alegres buganvillas, he considerado con mucha seriedad en las últimas jornadas la original idea de adquirir una herramienta de transporte que facilite mis trayectos hasta la oficina y el cafetín de Tadeo. Cierto es que en esta época del año resulta muy agradable caminar por el bulevar de los Arcángeles hasta la glorieta de los Lirios e incluso bastante más lejos, hasta los confines del parque de los Querubines tras cruzar el puente de los Serafines, pero no es menos verdad que en estos tiempos tan modernos resulta conveniente disponer de un instrumento que agilice los itinerarios y proporcione tardes de asueto para disfrutarlas junto a todas mis amistades. Dice Abisinio, que por algo está al frente del Negociado de Pólizas y Recargos, que con el abono de los próximos trienios podría aspirar a un semoviente utilitario de cuatro ruedas, pero a mí me parece que eso es para caballeros importantes y yo solo soy un humildérrimo oficinista que a veces no entiende las cosas. Por el contrario, Cristóforo y Fulgencio aseguraban hace dos jueves que un velocípedo sería lo más adecuado para mi persona, pues me permitiría grandes excursiones hasta el distrito de las Afueras sin necesidad de consumir raros combustibles procedentes de países muy extraños. Y creo que no les falta conocimiento ni razón, pero no sé si aprenderé a manejar con cautela su complejo mecanismo y, sobre todo, desconozco cómo podré saludar con un toque de sombrero a las amables damiselas que transitan por las calles si en todo momento he de prestar atención a los dispositivos de semejante maquinaria. Lo mejor será que consulte con Don Helesponto, que no por nada es un hombre instruido y noticioso y entiende mucho de insólitos artilugios. Voy a pasear un ratito hasta la hora de la merienda.

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Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos

Inauditos alborotos de infrapícaros y malandrines · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 72 ·
Fran Vega
Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos
Fotografía: Tommy Ingberg

Iba yo paseando por el bulevar de los Arcángeles en dirección al parque de los Querubines, silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela, cuando me sorprendió un individuo medianero que leía ensimismado en un diario los curiosos alborotos que las constantes autoridades han organizado en los últimos trienios. No sabía yo que hubiera en nuestras bienquistas instituciones semejantes algazaras y aquelarres, pues tenía para mí que los encargados de administrar nuestra pudibunda contribución no se dedicaban a producir marimorenas y barbullas, sino a procurar el bien de los alegres convecinos que moramos en nuestra excelsa población. Y he podido conocer ahora que algunos malandrines y tarúpidos con extravagante seso en la testuz no solo expolian y malgastan los dineros que debieran emplearse en honrados horizontes ciudadanos, sino que además molestan e incomodan con sus querellas y altercados sin que pierdan por ello quinquenios de salario ni puestos en su ordenado escalafón, lo que me resulta tan horripilante que se aproxima a lo tremebundo. Sin embargo, enseguida me he puesto contento al recordar que en nuestra insólita oficina solo cometemos algarabías cuando llegan los nuevos lapiceros o cuando es la hora de almorzar bocadillos de mejillón en escabeche, y que jamás nos apropiamos de los formularios pertenecientes a otros negociados ni nos faltamos el respeto cuando nos disputamos la prensa deportiva para ir con ella al escusado. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero me parece a mí que en los mundos adyacentes y universos colindantes hay mucha falta de cordura y que la sabiduría y la razón empiezan a ser patrimonio de nuestra lúcida oficina y nuestro probo cafetín. Voy a ver si han florecido las petunias.

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