Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica

Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica
· Historia de la vida del Buscón, 27 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica

Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don Alonso1 de enviar a su hijo a Alcalá2 a estudiar lo que le faltaba de la Gramática. Díjome a mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos, ofrecí de servir a su hijo como vería. Y, con esto, diole un criado para ayo que le gobernase la casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cédulas3 para un hombre que se llamaba Julián Merluza. Pusimos el hato en el carro de un Diego Monje; era una media camita y otra de cordeles con ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba Baranda, cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa blanca, y las demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tardecica, una hora antes de anochecer, y llegamos a la media noche, poco más, a la siempre maldita venta de Viveros.4

1 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
2 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros al este de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
3 cédulas: letras de cambio.
4 venta de Viveros: venta de muy mala fama situada en el camino entre Madrid y Alcalá de Henares.
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Sean suyas las puertas de quienes les aborrecen

Sean suyas las puertas de quienes les aborrecen · Fotografía: Steve Silverman
· Génesis, 71 ·
Rebeca confirma su elección, 24:50-60
Sean suyas las puertas de quienes les aborrecen
Fotografía: Steve Silverman

Labán y Betuel1 respondieron:
—Del Señor ha salido esto; no podemos decirte que está mal ni que está bien. Rebeca2 está delante de ti, tómala y vete, y que sea ella la mujer del hijo de tu señor, como el Señor ha dicho.
Y sucedió que cuando el criado de Abraham3 escuchó sus palabras, se postró en tierra delante del Señor. Y sacó objetos de plata, objetos de oro y vestidos, y se los dio a Rebeca; dio también cosas preciosas a su hermano y a su madre. Después, él y los hombres que estaban con él comieron y bebieron y pasaron la noche. Cuando se levantaron por la mañana, dijo:
—Enviadme a mi señor.
Pero el hermano y la madre de ella dijeron:
—Permite que se quede la joven con nosotros unos días, quizá diez; después se irá.
Y él les dijo:
—No me detengáis, puesto que el Señor ha dado éxito a mi viaje, enviadme para que vaya a mi señor.
Y ellos respondieron:
—Llamaremos a la joven y le preguntaremos cuáles son sus deseos.
Entonces llamaron a Rebeca y le dijeron:
—¿Te irás con este hombre?
Y ella dijo:
—Iré.
Y despidieron a Rebeca y a su nodriza, al criado de Abraham y a sus hombres. Y bendijeron a Rebeca y le dijeron:
—Que tú, hermana nuestra, te conviertas en millares de miríadas, y posean tus descendientes las puertas de quienes les aborrecen.

1 Betuel: hijo de Nacor y Milca, sobrino de Abraham y padre de Rebeca y Labán.
2 Rebeca: hija de Betuel, hermana de Labán, esposa de Isaac y madre de Esaú y Jacob.
3 Abraham (Abram): descendiente de Noé por la rama de Sem. Hijo de Taré, hermano de Nacor y Harán, esposo de Sara (Sarai), tío de Lot y padre de Ismael (con Agar) e Isaac (con Sara); tras la muerte de Sara, casó con Cetura y fue padre de Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. Abram y Sarai fueron llamados Abraham y Sara, respectivamente, a partir de la alianza con Dios.
 Diccionario del Génesis

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«Bebí y dio de beber a mis camellos»

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Génesis

Qué complaciente es la realidad

Qué complaciente es la realidad · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 82 ·
Fran Vega
Qué complaciente es la realidad
Fotografía: Rodney Smith

Hoy estoy muy contento porque ha llegado el día de reconocer que he pasado un verano apacible y ejemplar en compañía de mis aladas y pisciformes amistades, a las que sin tardanza se sumaron las arbóreas, montuosas y lacustres, y que ante todas ellas, en todo momento y en cualquier lugar, he podido presumir de pertenecer no solo a una de las mejores oficinas que conozco, sino también a una de las más excelsas subcomarcas de nuestro extravagante trazado regional. Así que no es de extrañar que me haya faltado tiempo para relatar mis estivales aventuras, pues la constante presencia de mi viceprimo Arandillo y sus inagotables conocimientos sobre el mundo de la pesca me han tenido muy atento y ocupado en tan noble y heroica destreza. También tuve ocasión de parlotear animadamente con los más sabios lugareños de las comarcas adyacentes sobre cuestiones de insólita antigüedad, pero lo que más me gustó de mis andanzas veraniegas fue regresar al cafetín de Tadeo y comprobar que nada había cambiado durante mi ausencia y que todos mis conterráneos y compañeros de guiñote me recibían con sonoros abrazos y estruendosas bienvenidas, lo que hizo que me sintiera como trucha en el agua o como ardilla en conífera, que por algo tengo ahora titánicas sapiencias sobre la próvida madre naturaleza. Voy a tomar media copita de brandy para celebrar que ya estoy en casa y que pronto acudiré a mi eficiente negociado, porque hace ya muchos días que añoro con templanza mis formularios, mi papel de calco y mis lápiceros de apuntar. Qué complaciente es la realidad.

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«Un épico contento de extraordinaria dimensión»

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Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Pienso hacer tales hazañas que apenas serán creídas

Pienso hacer tales hazañas que apenas serán creídas · Fotografía: Henri Cartier-Bresson
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 71 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote
tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Pienso hacer tales hazañas que apenas serán creídas
Fotografía: Henri Cartier-Bresson

Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y, cuando llegó, halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
¡Válame Dios!1 —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón2 que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo,3 han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba; y hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice,4 porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero,5 sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza; y diciéndoselo a su escudero, le dijo:
—Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas,6 habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así, él como sus descendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca. Hete dicho esto porque de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquel que me imagino; y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.

1 ¡válame Dios!: expresión de sorpresa, en la que «válame» se usaba por el moderno «válgame».
2 Frestón: personaje que residía en la Selva de la Muerte, a quien se atribuía la autoría de Don Belianís de Grecia y al que don Quijote culpa de la desaparición de su biblioteca en el capítulo VII, cuando ama y sobrina equivocan su nombre con Muñatón y Fritón.
3 al cabo al cabo: al fin de todo, al fin y al cabo.
4 Puerto Lápice: población de la actual provincia de Ciudad Real, situada en el camino real de la Mancha a Andalucía, que el autor ya menciona en el capítulo II a propósito de la primera salida de don Quijote.
5 lugar muy pasajero: sitio muy transitado.
6 Diego Pérez de Vargas: caballero castellano al servicio del rey Fernando III el Santo (1199-1252), cuyo sobrenombre, Machuca, procede de su acción frente a los musulmanes durante el cerco de Jerez (1223).
 Diccionario de Don Quijote

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Turbio verano de bolardos y banderas

Turbio verano de bolardos y banderas
· Ucronías ·
Turbio verano de bolardos y banderas

Este país raro, tan etéreo y transitorio como si los años no pasaran, sigue provocando el mismo espanto en cualquier circunstancia en que se encuentre. No importa lo que ocurra ni lo que pase, porque las absurdas y graníticas reacciones se suceden con independencia de los acontecimientos y de la situación en la que estemos. Vivir en este país, tan curioso y pintoresco, supone permanecer anclado en la antesala de las ideas, sufrir la desértica soberbia de quienes aún defienden la ignorancia y batallar para no contagiarse con desdén de la muy histórica y patriótica majadería nacional.

Cualquier sociedad atraviesa un estado de horror y estupefacción cuando sufre un atentado, más aún si este se produce como los últimos tiempos nos han acostumbrado: en cualquier momento, en cualquier lugar y contra cualquier objetivo. Y cualquier sociedad honra a sus víctimas, se pregunta por los motivos de la barbarie y exige y clama a sus gobernantes que impidan y prevengan la repetición de los sucesos.
Sin embargo, en este país extraño culpamos de la matanza a la ausencia de bolardos y alabamos con vítores y hurras a las fuerzas del orden que ejecutan sin miramientos a los responsables de lo acontecido. Incapaces de un análisis riguroso y sosegado de lo que sucede en esta parte del mundo, buscamos en el mobiliario urbano las causas de nuestros males y publicitamos hasta el bochorno las presuntas heroicidades de quienes han de defendernos, pues para eso les contratamos, sostenemos y pagamos. Y culminamos las jornadas luctuosas sin preguntarnos si de verdad era necesario liquidar —abatir, según la nueva jerga establecida entre gobernantes y gobernados— a quienes tal vez hubieran podido aportar información, indicios o sospechas acerca de nuevos atentados, datos con los que quizá futuras víctimas no adquirirían esta última y funesta condición.
Hemos pasado de exigir dimisiones ministeriales por los excesos policiales a aplaudir con babosería y agostidad el abatimiento —no olvidemos el término, pues tal vez tengamos que usarlo con frecuencia en adelante— de quienes suponemos que realizaron la masacre, que en su primitivismo manifiesto huían entre las viñas o se abalanzaban sobre los agentes con machetes y cuchillos adquiridos horas antes en un supermercado. Y aceptamos sin pedir explicaciones que no había más remedio que vaciar los cargadores entre las cejas de quienes, tal vez, hubieran podido convertirse en confidenciales herramientas. No se trata ya de que merecieran o no la muerte inmediata como último acto de nuestro desprecio, sino de que hubiera sido más útil hacerlos caer, abatirlos, con certeros disparos en las rótulas para que nuestros loados cuerpos policiales hubieran podido ampliar el horizonte de sus investigaciones e impedir que la gente muera, también abatida, mientras pasea durante una tarde de verano.
Cabe preguntarse cuál hubiera sido la reacción de nuestra moderna ciudadanía si los abatidos hubieran sido de los nuestros, es decir, de nuestras creencias, tradiciones y costumbres. Pero no lo eran, así que cometemos la imprudencia de aplaudir a quienes un día pueden tomarse en serio la alabanza y pensar que ya tienen vía libre y carta blanca para abatir cualquier objetivo que consideren peligroso, pues la sociedad que les mantiene también les ha de respaldar. Ya no estamos en contra de los excesos, sino en contra de que nos afecten. Y este es un cambio importante en la mentalidad de este país que tanto asusta.

Así las cosas, resulta aún más cínico y chocante el lema elegido para la manifestación de repulsa de los atentados que encabezaron las escuadras de asalto y protección acompañadas de los más ilustres regidores: no tenemos miedo. De todos los eslóganes políticos y ciudadanos que hemos visto, y hemos visto muchos, este es quizá uno de los más absurdos y teatrales. Celebramos el abatimiento de los terroristas porque ello nos libra de la amenaza evidente de que despedacen nuestros cuerpos o destrocen nuestras vidas, pero no tenemos miedo. No tenemos miedo de que nos degüellen mientras compartimos un café o de que atropellen a nuestros hijos mientras corretean por la calle, no tenemos miedo de salir volando en nombre de una religión y no tenemos miedo de que la sangre nos alcance. ¿No tenemos miedo? ¿Este país de cuchufleta es ahora el nuevo héroe de Occidente? Recordemos que el terrorista de las Ramblas huyó a pie y a la luz del día y que nadie, como es lógico, se atrevió a enfrentarse a él. Pero una vez abatido ya no le tememos y estamos dispuestos a batallar sin miedo, con la camisa abierta y la cabeza alta.
Por supuesto que tenemos miedo. Y por supuesto que no temer por nuestras vidas o por las de los nuestros sería un ejercicio de inconsciencia e ibérica ignorancia, de modo que además de para repudiar los atentados —hecho en sí que pertenece a la obviedad— la manifestación debería haber servido para exigir a quienes tan dignamente la encabezaban que cumplan con el trabajo que les encomendamos cada día, no otro que velar por nuestra seguridad en vez de entorpecerse mutuamente su labor en nombre de un corporativismo trasnochado y más digno de un cuartelillo rural que de una sociedad plural y global en la que el terrorismo se presenta, también, de formas plurales y globales.

Al disgusto por la ausencia de bolardos sucedió el de la presencia de banderas. Vuelven de nuevo —hace tiempo que regresaron o quizá es que nunca se fueron— los himnos, las consignas, las antorchas y todos los simulacros de ideas que tan tristemente han estructurado nuestra historia. Y lo hacen como siempre lo hicieron: en nombre de la dignidad de un pueblo. Todas las sociedades que dicen defender su dignidad coinciden en sus objetivos sacrosantos e inviolables y todas esgrimen los mismos conceptos y herramientas: patria, bandera, idioma, territorio y tradición, es decir, todo aquello que ha originado en los últimos cincuenta siglos centenares de carnicerías y millones de muertos. Y todo y siempre con idénticos argumentos.
No importa tanto la opción como la forma en que se defiende. Y quienes defienden votar en nombre de un país se alinean con quienes defienden no hacerlo en nombre de otro, porque parece necesario identificarse con una nación, una bandera y una causa. Y lo cierto es que esto resulta intrascendente cuando quienes están obligados a entenderse y resolver conflictos —pues para eso les contratamos, sostenemos y pagamos— se desentienden de su cometido y pretenden que su trabajo lo resuelvan las gentes de quienes cobran. Olvidamos demasiado a menudo que esto es propio de una picaresca ramplona y absoluta. Y recurrimos con frecuencia a la idea de que la fuerza de las calles ha de imponerse por encima de cualquier otro concepto. Y eso, en este país desdibujado y transitorio, es siempre un acicate de imprevisibles consecuencias que algún día habrá que reprochar a quienes lo impulsan y alimentan.

No era tan difícil ponerse de acuerdo. No era imposible aceptar que la gente diga y vote. No era descabellado organizar un referéndum correcto en el que las partes afectadas y los ciudadanos manifiesten libremente sus opciones. ¿No existe en nuestro ordenamiento una ley que lo ampare? Pues hágase la ley, que otras muchas de ínfima importancia aprueban cada día decenas de diputados y senadores cuando no están en su bar subvencionado. ¿No lo permite la intocable Constitución? Pues cámbiese la Constitución, que ya va siendo hora de actualizar ese libro de encantamientos que amarillea por desuso. ¿La negociación política exige contrapartidas y cesiones? Por supuesto, como todas las negociaciones de cualquier ámbito. ¿Para qué creen nuestros representantes que ocupan sus puestos si no es para negociar, pactar y distribuir derechos y recursos? Y si los personajes que en su momento elegimos para ello no lo hacen con templanza y armonía, y es evidente que se comportan como trastornados y dementes al mando de trituradoras de quinta generación, déseles carta de despido y sean relegados a la última baldosa del último rincón de la memoria.
Casi cualquier opción era mejor que la elegida por la incompetencia y el quietismo —que tantos adioses producen— y por la alucinación y la ignorancia —que tantos patriotismos generan—, es decir, el callejón oscuro en el que los matones de cada barrio dirimen sus diferencias mediante gargajos y empellones tras haber paseado sus manos por la entrepierna sudorosa de quien no tiene más ideas ni razón. Que la institucionalización de la bravuconería no nos engañe, porque seguimos viviendo en donde sobre la mesa se ponen exabruptos y atributos en vez de cerebros y propuestas. Es lo que tradicionalmente hemos hecho en este país que tanto asusta y desconsuela.

Lo que sorprende no es la voluntad de independizarse, aunque nadie sepa de qué, si de Alemania, del Banco Europeo, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional o del Club Bilderberg, si de los populares para sustituirlos por los convergentes y democristianos de Artur Mas y el converso Lluís Llach, de Rajoy y Soraya para reemplazarlos por Puigdemont y Forcadell, de Montoro para relevarlo por Turull o de Iglesias y Sánchez para sustituirlos por Junqueras y Romeva, si de la política despiadada de la Moncloa para aceptar la muy salvaje de la plaza de Sant Jaume o si de las cloacas nacionales para transitar en su lugar por las aguas negras que bajan de la Generalitat. Lo decepcionante es querer independizarse con semejantes compañeros de viaje para cambiar un patriotismo por otro del mismo alcance y unas miserias constantes por otras permanentes. A partir de ahí, y en el escenario presente, asumamos que la verdadera tragedia de los independizados no sería su nuevo estatus, sino las manos de quienes lo gestionen, porque el futuro estado lo construirían los mismos que antes lo arrasaron. De modo que las dos partes en litigio tienen un gran problema en común que les acerca y asemeja: eligen para su propio gobierno a quien les desprecia, les asalta, les utiliza, les empobrece y les maltrata en nombre de la patria, la bandera, el idioma, el territorio y la tradición. No son pocas las coincidencias.

Seamos convocados para construir una república igualitaria y progresista, sin corruptas oscuridades ni doctrinas, regida por quienes deseen establecer los cimientos de un estado basado en el derecho y la razón sin apelar a ingenuas emociones y establecido a partir de la honrada distribución de los recursos, la adecuada administración de la justicia, la correcta planificación social y educativa y las necesarias estructuras que demandan las sociedades de nuestro tiempo. Mientras tanto, sigamos nutriéndonos de patrióticos artificios revestidos de viejas consignas que a nada nos conducen, salvo a la profunda convicción de que ni antorchas ni banderas de uno u otro signo harán de este país —ni de ningún otro— un lugar más habitable, más equilibrado y mejor administrado, sino que en las condiciones actuales contribuirán a que siga siendo el vertedero ideológico que siempre ha sido y el estercolero político y social que siempre fue. Y todo junto es para sentirse frustrados, desolados y asustados. Abatidos, decimos ya.

«Duelo a garrotazos», de Francisco de Goya
Francisco de Goya
«Duelo a garrotazos»

© Fran Vega, 13 de septiembre de 2017

Aún parecíamos sombras de otros hombres

Aún parecíamos sombras de otros hombres · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Historia de la vida del Buscón, 26 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Aún parecíamos sombras de otros hombres
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas,1 y así se dio orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez. Levantábamonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días, y aún parecíamos sombras de otros hombres, y en lo amarillo y flaco simiente de los Padres del yermo.2 Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la cautividad del fierísimo Cabra,3 y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso comiendo alguna vez nos acordábamos de las mesas del mal pupilero, se nos aumentaba la hambre tanto que acrecentábamos la costa aquel día. Solíamos contar a don Alonso4 cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula (no habiéndola él conocido en su vida), y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás metía perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.

1 alforzadas: dobladas, con pliegues y arrugas.
2 padres del yermo: eremitas.
3 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga.
4 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
→ Diccionario del Buscón

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Un solo caballero es el que os acomete

Un solo caballero es el que os acomete · Fotografía: Fernando Herráez
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 70 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote
tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Un solo caballero es el que os acomete
Fotografía: Fernando Herráez

Y , diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:
—Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo,1 me lo habéis de pagar.
Y, en diciendo esto y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela,2 con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante, y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.

1 Briareo: en la mitología griega, gigante de cien brazos y cincuenta cabezas que luchó junto a Zeus.
2 rodela: escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando con espada «a la romana», es decir, de pie.
 Diccionario de Don Quijote

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Un épico contento de extraordinaria dimensión

Un épico contento de extraordinaria dimensión · Fotografía: Marianne Breslauer
· Diario de un hombre ridículo, 81 ·
Fran Vega
Un épico contento de extraordinaria dimensión
Fotografía: Marianne Breslauer

El óbito inminente del verano y el ya próximo advenimiento del otoño han supuesto importantes peripecias en mis particulares singladuras que no puedo dejar de reflejar en estos cuadernos míos, pues por algo son siempre testigos de cuantos avatares me acontecen. Para empezar, me vi impelido a despedirme con gran pena y aflicción de los seres alados y pisciformes con los que tan profunda hermandad trabé a lo largo del estío y a dejar a su libre arbitrio a bosques y arroyuelos, que solo el Altérrimo podrá custodiar durante mi prolongada y sentida ausencia. Sin embargo, como la vida siempre tiene dos cruces y tres caras, el regreso desde las comarcas adyacentes me proporcionó también el lisonjero episodio de reencontrarme con las bulliciosas plazas y avenidas de nuestra población, en donde las gentes de bien me recibieron con mucha alegría y no poco alborozo manifestado con estruendo en forma de abrazos y sonoras efusiones. Es bonito contemplar la próspera modernidad de nuestras calles y el simpático proceder de su educado vecindario, pero lo más eminente ocurrió cuando por fin entré en el cafetín de Tadeo, verdadera catedral del guiñotismo y permanente homenaje a la límpida amistad. Qué emoción sentarme de nuevo junto a mis homéricos compañeros y qué delicia ingerir despacio una gaseosa bien servida acompañada de las más que correctas croquetas de gallina. No faltaron las bromas por parte de Ginés, que es la monda, ni las risotadas de Argimiro y Felixín, que aplaudieron con gracia y devoción el breve relato de mi estancia en los universos colindantes, así que ahora mismo solo puedo decir que me embarga un épico contento de excelente altura y extraordinaria dimensión. Voy a cepillar los paraguas oscuritos, que parece que ya se acercan las lluvias.

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© Fran Vega, 2017

Trujeron médicos y mandaron los dotores

Trujeron médicos y mandaron los dotores · Fotografía: Elliot Erwitt
· Historia de la vida del Buscón, 25 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Trujeron médicos y mandaron los dotores
Fotografía: Elliot Erwitt

Entramos en casa de don Alonso1 y echáronnos en dos camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara, y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial, que al fin me trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron. Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras2 el polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos. Ordenaron que nos diesen sustancias y pistos.3 ¡Quién podrá contar, a la primera almendrada4 y a la primera ave, las luminarias que pusieron las tripas de contento? Todo les hacía novedad. Mandaron los dotores que por nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque como estaban güecos los estómagos sonaba en ellos el eco de cualquiera palabra.

1 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
2 zorras: plumeros.
3 pisto: sustancia de ave machacada que se da a los enfermos que no pueden masticar.
4 almendrada: jugo de almendra.
→ Diccionario del Buscón

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Bebí y dio de beber a mis camellos

Bebí y dio de beber a mis camellos · Fotografía: Jørgen Johanson
· Génesis, 70 ·
Rebeca confirma su elección, 24:34-49
Bebí y dio de beber a mis camellos
Fotografía: Jørgen Johanson

Soy criado de Abraham. Y el Señor ha bendecido en gran manera a mi señor, que se ha enriquecido, y le ha dado ovejas y vacas, plata y oro, siervos y siervas, camellos y asnos. Sara,1 la mujer de mi señor, le dio a luz un hijo en su vejez, que lo heredará todo. Mi señor me hizo jurar, diciendo: «No tomarás mujer para mi hijo de entre las hijas de los cananeos,2 en cuya tierra habito, sino que irás a la casa de mi padre y a mis parientes, y buscarás mujer para mi hijo». Y dije a mi señor: «Tal vez la mujer no quiera seguirme». Y él me respondió: «El Señor, delante de quien he andado, enviará su ángel contigo para dar éxito a tu viaje, y tomarás mujer para mi hijo de entre mis parientes y de la casa de mi padre; y si ellos no te la dan, quedarás libre de mi juramento». Hoy llegué a la fuente y dije: «Oh, Señor, Dios de mi señor Abraham, si ahora quieres dar éxito a mi viaje en el cual ando, he aquí, estoy parado junto a la fuente de agua; que la doncella que salga a sacar agua, y a quien yo diga, “Te ruego que me des de beber un poco de agua de tu cántaro”, y ella me diga, “Bebe, y también sacaré para tus camellos”, que sea ella la mujer que el Señor ha designado para el hijo de mi señor». Antes de que yo hubiera terminado de hablar en mi corazón, Rebeca3 salió con su cántaro al hombro, y bajó a la fuente y sacó agua y yo le dije: «Te ruego que me des de beber». Y ella enseguida bajó el cántaro de su hombro, y dijo: «Bebe, y daré de beber también a tus camellos». De modo que bebí y ella dio de beber también a los camellos. Entonces le pregunté: «¿De quién eres hija?». Y ella contestó: «Soy hija de Betuel,4 hijo de Nacor, que le dio a luz Milca». Y puse el anillo en su nariz y los brazaletes en sus manos. Y me postré y adoré al Señor, y bendije al Señor, Dios de mi señor Abraham, que me había guiado por el camino verdadero para tomar la hija del pariente de mi señor para su hijo. Ahora pues, si habéis de mostrar bondad y sinceridad con mi señor, decídmelo; y si no, decídmelo también, para que pueda yo actuar en consecuencia.

1 Sara (Sarai): mujer de Abraham y madre de Isaac.
2 cananeos: pueblo descendiente de Canaán, nieto de Noé, que habitaba la región situada entre el Mar Superior (Mediterráneo) y el río Jordán.
3 Rebeca: hija de Betuel, hermana de Labán, esposa de Isaac y madre de Esaú y Jacob.
4 Betuel: hijo de Nacor y Milca, sobrino de Abraham y padre de Rebeca y Labán.
 Diccionario del Génesis

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Génesis

Desaforados gigantes de los brazos largos

Desaforados gigantes de los brazos largos
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 69 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote
tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Desaforados gigantes de los brazos largos

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento1 que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra,2 y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

1 molino de viento: aunque el molino de viento más antiguo del que se tiene constancia en la península data de finales del siglo XV, es probable que fuera entonces una novedad en el paisaje castellano, en donde habrían comenzado a instalarse en la segunda mitad del XVI, es decir, unas décadas antes de la segunda salida de don Quijote por los campos de Montiel.
2 buena guerra: guerra justa, en la que era lícito apropiarse del botín.
 Diccionario de Don Quijote

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«Pensar y no caer», de Ramón Andrés

«Pensar y no caer», de Ramón Andrés · Fotografía: Gyula Halász (Brassai)
· Biblioteca del Bósforo ·
Ramón Andrés
«Pensar y no caer», 2016
El Acantilado. Barcelona, 2016
Fotografía: Gyula Halász (Brassai)

Todos, alguna vez, hemos sido calumniados. Es tan común, tanta su costumbre, que no sabríamos desenvolvernos sin ella. La difamación parece tener la potestad de construir una realidad de perversos equívocos. La pasión de juzgar al próximo subyuga. Causa disgusto que los demás vivan despreocupados, sin dar cuenta de sus actos a nadie. Se envidian demasiado las casas solitarias, las que están en la colina.

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«Invictus, de William Ernest Henley»

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«Il barbiere di Siviglia: La calunnia», de G. Rossini

«Il barbiere di Siviglia: La calumnia», de G. Rossini · Fotografía: Ilina Vicktoria
· Intermezzo ·
Gioacchino Rossini
«Il barbiere di Siviglia: La calunnia», 1816
Robert Lloyd (bajo) & Radio-Sinfonieorchester Stuttgart des SWR
Gabriele Ferro
Fotografía: Ilina Vicktoria
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Cúmulos de nubes y sólitas tormentas

Cúmulos de nubes y sólitas tormentas · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 80 ·
Fran Vega
Cúmulos de nubes y sólitas tormentas
Fotografía: Rodney Smith

Decían a menudo el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino que un hombre cabal se distingue siempre por su delicada puntualidad, así que estoy empezando a pensar que tanto las especies aladas como los variados seres pisciformes que he conocido durante estas cálidas semanas han alterado mi tradicional sentido de la observancia y el rigor. Resulta que mi egregio jefe oficinesco me autorizó a prolongar durante unos días mis seráficas y recuperables vacaciones, pero en uno de mis heroicos atardeceres de pesca con mi viceprimo Arandillo, a quien tantos conocimientos debo, perdí el telegrama que conservaba en el morral y desde entonces no he podido recordar en qué fecha exacta, cierta y verdadera debía regresar a mi eficiente negociado. Sin embargo, sospecho que tras la brisa vespertina de las últimas jornadas se oculta la indefendible llegada del otoño, lo que sin duda indica que es ya el momento de guardar mis ropajes y adminículos en la maletita de cuadros y despedirme transitoria y ordenadamente de álamos y chopos, de alondras y mochuelos y de lucios y siluros, que pronto tendré que sustituir por pólizas e impresos, tinteros y plumines y ventanillas y recargos. No es que lamente el retorno a la oficina, pues más bien es al contrario, sino que me apena abandonar a mis fáunicos aliados frente a los rigores del invierno, sobre todo porque no tienen en el río ni en el bosque elegantes cafetines en los que guarecerse de los fríos ni frondosos bulevares en los que parlotear con sus guiñotistas amistades, tan necesarias cuando cesan los calores y aparecen en la tarde cúmulos de nubes y sólitas tormentas. Voy a congregar sin prisa mis chalequitos y sombreros.

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© Fran Vega, 2017

Despedímonos del licenciado Vigilia

Despedímonos del licenciado Vigilia · Fotografía: August Sander
· Historia de la vida del Buscón, 24 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Despedímonos del licenciado Vigilia
Fotografía: August Sander

Pasamos en este trabajo hasta la Cuaresma; vino, y a la entrada della estuvo malo un compañero. Cabra,1 por no gastar, detuvo el llamar médico hasta que ya él pedía confesión más que otra cosa. Llamó entonces un platicante,2 el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre le había ganado por la mano en matar aquel hombre. Diéronle el Sacramento, y el pobre, cuando le vio (que había un día que no hablaba), dijo:
—Señor mío Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta casa para persuadirme que no es el infierno.
Imprimiéronseme estas razones en el corazón. Murió el pobre mozo, enterrámosle muy pobremente, por ser forastero, y quedamos todos asombrados.3 Divulgose por el pueblo el caso atroz, llegó a oídos de don Alonso Coronel4 y, como no tenía otro hijo, desengañose de los embustes de Cabra y comenzó a dar más crédito a las razones de dos sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable estado. Vino a sacarnos del pupilaje y, teniéndonos delante, nos preguntaba por nosotros. Y tales nos vio, que, sin aguardar a más, tratando muy mal de palabra al licenciado Vigilia,5 nos mandó llevar en dos sillas a casa. Despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en Argel, viendo venir rescatados por la Trinidad6 sus compañeros.

1 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga.
2 platicante: aprendiz que acompañaba al clérigo o cirujano.
3 asombrados: aterrorizados.
4 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
5 Vigilia: el protagonista se refiere a Cabra, a quien llama Vigilia por el hambre que le había hecho pasar.
6 Trinidad: los frailes trinitarios se encargaban de rescatar a los prisioneros cristianos en el norte de África.
→ Diccionario del Buscón

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