Gloriosos episodios de nuestra insigne población

Gloriosos episodios de nuestra insigne población
· Diario de un hombre ridículo ·
Fran Vega
Gloriosos episodios de nuestra insigne población

Ayer me ocurrió un suceso sorprendente. Iba yo tan contento por la avenida de los Iscariotes, silbando un bonito romance popular, cuando al cruzar el puente de los Serafines se me acercó un hombre que me preguntó por la glorieta de los Lirios. En un momentito paso a explicárselo, distinguido caballero, respondí, y le indiqué el recorrido con detalle añadiendo algunos interesantes pasajes sobre la historia de nuestra insigne población. Pero cuando me disponía a narrarle el glorioso episodio del medioevo en el que un príncipe augustérrimo saltó desde el elevado puente en busca de su amada damisela, el caballero en cuestión se dio la vuelta y se marchó. Qué raro, pensé, que un señor tan educado se aleje sin que haya terminado de contarle las emocionantes leyendas que jalonan nuestra excelsa subcomarca, así que continué mi agradable y lírico paseo hacia el parque de los Querubines. En el cafetín de Tadeo dijeron después que se trataba sin duda de un forastero procedente de algún lugar extraordinario y desconocedor de nuestras lides históricas, pero yo no puedo entender que un hombre con chaleco, sombrero y corbatín no preste atención a estos vívidos relatos, a no ser que sufriera un repentino trastorno intestinal que exigiera urgente alivio y solución. Voy a sacar de la nevera el dulce de membrillo, por si después me apetece merendar un poco.

Diario de un hombre ridículo, 34
© Fran Vega, 2016

Los bravos abismos del alma

Los bravos abismos del alma · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano ·
Fran Vega
Los bravos abismos del alma
Fotografía: Juan Muñiz

La adolescencia nos sorprendió una tarde mientras jugábamos en la arena, de modo que a partir de entonces nuestros pasos nos alejarían de los asuntos infantiles para adentrarnos en territorios en los que el corazón mandaba, pues no éramos aún sino aprendices de un futuro en el que sería necesario saber nadar en aguas turbulentas y alcanzar a tiempo cualquier orilla. Así que los más pequeños nos miraban perplejos cuando abandonábamos los rastrillos en la playa y nos encaminábamos hacia la zona de las casitas bajas, en donde veraneaban familias que vestían polos en vez de niquis, para mirar entre los setos los chapuzones en la piscina de quienes ya lucían biquini y andares de compleja definición. Era asomarse a un mundo de sensaciones nuevas y curiosos pálpitos que intentábamos disimular con muecas de indiferencia y gestos de distancia, pero que nos mantendrían ocupados durante el resto de la tarde y que trataríamos de olvidar durante la cena para que los mayores no hicieran broma con nuestras cosas y no nos delatara el sonrojo ni asomara la sonrisa. El verano se acercaba a sus últimos días y queríamos aprovechar todos los caminos y rincones, pues eran también los últimos antes de que nuestros acantilados de infancia fueran sustituidos por los bravos abismos del alma.

Luz de Verano, 19
© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Concierto para dos violines y violonchelo op. 6 n.º 4, de A. Corelli

Concierto grosso en re mayor op. 6, n.º 4, de A. Corelli · Fotografía: Jean-Philippe Piter
· Extramuros ·
Arcangelo Corelli
Concierto grosso para dos violines y violonchelo en re mayor op. 6, n.º 4
Roma, 1705
Kati Kyme (violín), Elizabeth Blumenstock (violín), Shirley Edith Hunt (violonchelo) & Voices of Music
David Tayler
Fotografía: Jean-Philippe Piter

Éramos ya nuestra propia y singular aventura

Éramos ya nuestra propia y singular aventura · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano ·
Fran Vega
Éramos ya nuestra propia y singular aventura
Fotografía: Juan Muñiz

A medida que avanzaban los veranos aparecían en nosotros las primeras huellas de una infancia que empezaba a quedarse rezagada en favor de la edad del pavo, turbulento período caracterizado por la mutación de los sueños en ensoñaciones sin causa aparente. Pisábamos la misma arena de todos los años, seguíamos celebrando el primer baño como un acontecimiento histórico y nos lanzábamos del mismo modo sobre las rodajas de melón recién cortado, pero o la vida estaba cambiando mucho o nosotros ya no éramos los mismos. Habíamos crecido sin darnos cuenta y nos fijábamos en otras cosas y otras miradas, por más que en casa siguieran tratándonos como lo que seguramente éramos todavía. Y los días de castillos en la playa y duelos de rastrillos frente a las olas fueron sustituidos de repente por algún paseo solitario, un melancólico trajinar sin rumbo al que no encontrábamos explicación ni se la buscábamos, y por conversaciones en voz baja sobre asuntos de los que nada entendíamos, laberintos de almas y pasillos por los que transitábamos a veces y de los que regresábamos para volver a ser lo que seguíamos siendo. Aún tardaríamos muchos años en comprenderlo, pero en un solo verano habíamos dejado atrás las tardes de aventuras para convertirnos en nuestra propia y singular aventura.

Luz de Verano, 18
© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Cuánta paz hay en mi universo sin par

Cuánta paz hay en mi universo sin par · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo ·
Fran Vega
Cuánta paz hay en mi universo sin par
Fotografía: Tommy Ingberg

Ayer por fin regresé a mi negociado y lo primero que hice fue saludar con gran entusiasmo a todos mis compañeros, pues a todos sin excepción he echado de menos durante este verano de urbanas y rurales aventuras. A continuación presenté mis respetos a nuestro ponderado jefe oficinesco, aunque me pareció que su mente estaba embargada por la prensa deportiva, pues por algo es un hombre culto y delicado, y después me senté en mi puesto como cualquier otra mañana normal de mi humildérrima existencia. ¡Qué estupendo es encontrarse de nuevo con los plumines y los formularios! Abisinio y Teodomiro mostraron mucho interés en mis andanzas estivales, pero apenas tuve tiempo de explicarles los detalles de mis lances agrarios, porque consideré más importante ponerme al día con las nuevas ordenanzas del Impuesto sobre Actividades Improbables emitidas por la Delegación de Asuntos Insólitos, así que tuve que aplazar el ameno relato de mi periplo hasta mejor y más apropiada ocasión. Y después pasé la tarde en compañía de mis amistades en el cafetín de Tadeo, parloteando todo el rato en el velador con Argimiro y Felixín hasta que llegaron Lupicinio y Teofrasto y pudimos empezar la partida de guiñote, aunque Ginés no dejaba de hacer bromas mientras tomaba una gaseosa y hablaba del campeonato subcomarcal de carreras de sacos. Pero lo más importante de todo es que ya estoy otra vez en mi universo sin par, en mi oficina y en mi cafetín, disfrutando de mi sombrero y de mi primorosa normalidad. Cuánta paz hay aquí.

Diario de un hombre ridículo, 33
© Fran Vega, 2016

Las sombras de la tormenta

Las sombras de la tormenta · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano ·
Fran Vega
Las sombras de la tormenta
Fotografía: Juan Muñiz

Con las primeras lluvias del verano llegaban también las tardes de paseo sobre la arena mojada de la playa, en el mismo lugar donde ayer levantábamos castillos, y las huellas a lo largo de la orilla con los pies descalzos que la marea cubría casi al mismo tiempo de formarlas. Sin que hubieran aparecido aún los días de brisa fresca, presentíamos que las horas de baño se acababan y nos inundaba la urgencia por aprovechar las horas y no preguntar nada, por si el cambio de tiempo suponía también un retorno anticipado. De modo que caminábamos despacio sobre las algas y observábamos las sombras de la tormenta, pues siempre había junto a las barcas cuatro o cinco conchas sin mérito y algún pez defenestrado, y tratábamos de no entender lo inevitable cuando mirábamos las nubes y nos quedábamos con los brazos en jarras frente a las olas desiertas, sin nadie que las conquistara ni retara. Y de pronto caíamos en la cuenta de que había un dato que debíamos conocer, así que corríamos de regreso a casa, anunciábamos nuestra llegada desde el portal y avanzábamos en tromba por el pasillo sin escuchar advertencias ni atender futuras consecuencias: las maletas seguían en su sitio, aún quedaban días por delante. Qué más daba cuántos, si ya era seguro que no nos íbamos todavía. Aún era verano.

Luz de Verano, 17
© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Qué bonito es el turismo comarcal

Qué bonito es el turismo comarcal · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo ·
Fran Vega
Qué bonito es el turismo comarcal
Fotografía: Rodney Smith

¡Qué contento estoy y qué verano más extraordinario estoy pasando con todas mis amistades! Después de disfrutar con los trigales y maizales que rodean la alquería del subcuñado de mi primo Escolástico, decidí continuar mi temeraria trayectoria y me dirigí a la ciudad de Traslosmontes, donde me aguardaban eminentes aventuras urbanas que jamás fui capaz de imaginar entre tanta agostidad. ¡Qué avenidas y glorietas tan grandiosas y graciosas, respectivamente hablando! ¡Y cuántas gentes caminan atareadérrimas en estas urbes tan modernas! Con la ayuda de unos mapas y la amable colaboración de otros ciudadanos que por allí pasaban, tuve oportunidad de tomar un descafeinado en una elegante cafetería, visitar un parque muy bonito con fuentecillas y rosales y admirar la estatua de un señor muy raro y a caballo que sin duda tuvo que ser un héroe municipal, con lo que di por concluida mi actividad turística del quinquenio que nos ocupa. Ya en el ferrocarril de regreso que me trajo a mi insigne población, entablé un extraordinario parloteo con dos gentiles caballeros de chaleco y corbatín sobre las apasionantes vicisitudes que nos ocurren a diario. Pero como yo a veces no entiendo las cosas, preferí que fueran ellos quienes expusieran sus andanzas y enormes pensamientos. ¡Cuántas frases decían! ¡Y cuántos adverbios y adjetivos les venían al magín! Yo les escuché como se espera de un hombre helespóntico y cabal, y si algo aprendí de aquellos distinguidos personajes es que todos los universos colindantes y los submundos que los circundan pueden terminar en añagaza, paparrucha y falsedad a menos que se liberen oportunamente de sus majaderías, imprudencias y torpezas. O lo que es lo mismo, que uno se mete en un trigal y aparece en un maizal. Voy a cerrar la galería, que ya empieza a refrescar un poquito.

Diario de un hombre ridículo, 32
© Fran Vega, 2016

De las cosas y los sueños

De las cosas y los sueños · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano ·
Fran Vega
De las cosas y los sueños
Fotografía: Juan Muñiz

De pronto comenzaban a llegar las lluvias de la tarde que caían sin avisar y con fuerza, pero anunciándonos algo que no nos atrevíamos a pronunciar. Nos sorprendían a veces en las terrazas o en el paseo y había que mostrarse espabilado para sortear los charcos de puntillas hasta casa, en donde mi madre dictaba una insólita instrucción dadas nuestras empapadas circunstancias: secaos y a la ducha. Nos resultaba inexplicable, pero acatábamos lo dicho porque el baño siempre era lugar propicio para la broma, como vestirse de romano con las toallas o imitar a un pescador frente al espejo, con los brazos tensos y el gesto serio y una sombra de barba que no teníamos y aún tardaríamos en tener. Las simulaciones de voces hombrunas y la continuación de las risas se interrumpían ante el aviso que llegaba desde el pasillo, niños qué hacéis no oigo los grifos, señal de que al menos había que dejarlos abiertos un rato. Y después, ya en la cama, peinados pero no duchados, planificábamos el día siguiente con necesaria imprecisión y nos dormíamos hablando cada uno de sus asuntos y los sueños, imaginando ballenas azules en alta mar, recordando a la niña del vestido de topitos y sandalias con hebilla de los primeros días, organizando expediciones de mucho riesgo junto a los bravos acantilados… no te duermas todavía, hay más cosas que quiero contarte.

Luz de Verano, 16
© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

«Rigoletto: È il sol dell’anima … Addio, addio», de G. Verdi

«Rigoletto: È il sol dell'anima ... Addio, addio», de G. Verdi · Fotografía: Michel Perez
· Extramuros ·
Giuseppe Verdi
«Rigoletto: È il sol dell’anima … Addio, addio»
Venecia, 1851
Juan Diego Flórez (tenor), Aida Garifullina (soprano) & Wiener Philharmoniker
Andriy Yurkevych
Fotografía: Michel Perez

Las yemas almendradas de las madres lupulinas

Las yemas almendradas de las madres lupulinas · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo ·
Fran Vega
Las yemas almendradas de las madres lupulinas
Fotografía: Rodney Smith

Con el calor agostérrimo de estos días me he puesto a recordar los campos de trigo, lúpulo y maíz que pude contemplar durante mis andanzas rurales, en las que no faltaron caudalosas avenidas de agua, de al menos metro y medio de anchura, y aves extrañísimas de las que ignoraba su existencia. Pude contar hasta tres tipos distintos de alados que volaban sobre los cultivos, de los que dos eran negros y un tercero era pardo. ¡Qué simpáticos son! ¡Y cuántos peces diferentes hay en esos majestuosos regatos en los que cubre hasta la pantorrilla! Yo llegué a distinguir dos de estos amigos pisciformes y una tarde en la que estaba muy atento avizoré una rana apostada en un charco, aunque en ese momento no llevaba puesto el chaleco de cazador que mi primo Escolástico me había recomendado para ocasiones semejantes. Yo creo que esto de visitar los campos está muy bien porque uno aprende cosas de las vidas salvajes, como la damisela de escasas vestimentas que dormitaba en el trigal y a la que saludaba cada tarde con un ademán de mi sombrero. A mí me parece que debía de ser extranjera o de lugares extraordinarios, porque nunca había visto a nadie ataviado de esas formas y me pareció que tenía un libro entre sus curiosas pertenencias. Sin embargo, su inaudita agroindumentaria no impidió que yo paseara cada día hasta la ermita de la Virgen de la Siembra, en donde las reverendas madres lupulinas elaboran unas yemas almendradas que hacen olvidar las más singulares presencias. Mañana mismo he de hablar de estos prodigiosos dulces a mis amistades del cafetín de Tadeo, por si alguna vez quieren satisfacer su hipotética curiosidad. Voy a comer medio albaricoque para merendar.

Diario de un hombre ridículo, 31
© Fran Vega, 2016

«Admeto: Alma mia, dolce ristoro» HWV 22, de G. F. Haendel

«Admeto: Alma mia, dolce ristoro» HWV 22, de G. F. Haendel · Fotografía: Olivier Valsecchi
· Extramuros ·
Georg Friedrich Haendel
«Admeto, re di Tessaglia: Alma mia, dolce ristoro» HWV 22
Londres, 1727
Patrizia Ciofi (soprano), Joyce Di Donatto (mezzosoprano) & Il Complesso Barocco
Alan Curtis
Fotografía: Olivier Valsecchi
Alma mia, dolce ristoro,
 Io ti stringo/Io t'abbraccio in questo sen.
 Dolce e caro è ogni martoro,
 Se ritrovo il caro ben.

Ajenos al paso de los días

Ajenos al paso de los días · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano ·
Fran Vega
Ajenos al paso de los días
Fotografía: Juan Muñiz

Entre el ajetreo de los primos y el desorden de los días siempre había un momento para la espera: esperar a que alguien vuelva o llegue, a que se vistan los pequeños, a que discutan los mayores o a que sea otra hora diferente. Pero eran ratos que aprovechábamos para contar con los dedos las jornadas transcurridas y las que quedaban por transcurrir, para renovar planes no cumplidos y organizar otros por cumplir y para exagerarlo todo un poco en nuestra extensa memoria veraniega. Aún no habíamos conseguido pescar quisquilla o calamar, ni habíamos ido hasta las ruinas de las torres y ni siquiera habíamos visitado la cueva del año pasado en la que tan disimuladamente nos asustamos. Y siempre había alguno que preguntaba por el día de regreso y le hacíamos callar con fechas improbables y datos rigurosamente falsos, mamá me lo dijo a mí, papá me lo dijo el otro día. Pero no importaba, porque cuántas mañanas y tardes quedaban todavía, con cuántas olas podríamos combatir aún, cuántos peces muy grandes encontraríamos en el mar y cuántas cosas podría contarnos el farero sentado muy serio bajo el sol. En aquellos días el tiempo era un concepto que solo los adultos manejaban y nosotros estábamos tan lejos de serlo que podíamos gestionarlo a nuestro antojo, como la brisa que se levantaba por las tardes y nos mecía en sueños de aventura, sabiendo que la espera era tan solo un fragmento sin importancia en nuestra pequeña historia del verano.

Luz de Verano, 15
© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

«Die Zauberflöte: La Reina de la Noche» KV 620, de W. A. Mozart

«Die Zauberflöte: Der Hölle Rache» KV 620, de W. A. Mozart · Fotografía: Andrea Tomas Prato
· Extramuros ·
Wolfgang Amadeus Mozart
«Die Zauberflöte: Der Hölle Rache» KV 620
Viena, 1791
Patrice Petibon (soprano) & Concerto Köln
Daniel Harding
Fotografía: Andrea Tomas Prato
Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen, / ¡La venganza del infierno hierve en mi corazón,
 Tod und Verzweiflung flammet um mich her! / la muerte y la desesperación arden en mí!
 Fühlt nicht durch dich Sarastro / Si Sarastro no siente a través de ti
 Todesschmerzen, / el dolor de la muerte,
 So bist du meine Tochter nimmermehr / entonces ya no serás mi hija.
 Verstossen sei auf ewig, / Que te repudien siempre,
 Verlassen sei auf ewig, / que te abandonen siempre,
 Zertrümmert sei’n auf ewig / que te destruyan siempre
 Alle Bande der Natur. / todos los vínculos de la naturaleza.
 Wenn nicht durch dich! / ¡Si no es a través de ti
 Sarastro wird erblassen! / Sarastro palidecerá!
 Hört, Rachegötter, / ¡Oíd, dioses de la venganza!
 Hört der Mutter Schwur! / ¡Oíd el juramento de una madre!