«Orlando furioso RV 728: Obertura», de A. Vivaldi

«Orlando furioso RV 728: Obertura», de Antonio Vivaldi · Fotografía: Marc Hoppe
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Antonio Vivaldi
«Orlando furioso RV 728: Obertura», 1728
Julie Eskær (violín) & Erik Heide (violín)
Danmarks Radio UnderholdningsOrkestret
Fotografía: Marc Hoppe
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Concierto para dos violines y violonchelo op. 6 n.º 4, de A. Corelli

Concierto grosso en re mayor op. 6, n.º 4, de A. Corelli · Fotografía: Jean-Philippe Piter
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Arcangelo Corelli
Concierto grosso para dos violines y violonchelo en re mayor op. 6, n.º 4, 1705
Kati Kyme (violín), Elizabeth Blumenstock (violín), Shirley Edith Hunt (violonchelo) & Voices of Music
David Tayler
Fotografía: Jean-Philippe Piter
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Concierto para violín en sol menor RV 315 «El verano», de A. Vivaldi

Concierto para violín en sol menor RV 315 «El verano», de A. Vivaldi · Fotografía: Jean-Philippe Piter
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Antonio Vivaldi
Concierto para violín en sol menor RV 315 «El verano», 1725
Mari Samuelsen (violín) & Trondheim Soloists
Oyvind Gimse
Fotografía: Jean-Philippe Piter
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El concierto para violín de Brahms

El concierto para violín de Brahms · Fotografía: la violinista Janine Jansen
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Fran Vega
Janine Jansen, intérprete del concierto para violín de Brahms

Es difícil acercarse a las composiciones orquestales de Brahms sin haberlo hecho primero a las de Beethoven, en quien el músico de Hamburgo basó buena parte de su obra. Y, al mismo tiempo, resulta indispensable tener en mente a Mozart, pues los dos se erigieron en pilares fundamentales de uno de los autores más importantes de la segunda mitad del siglo XIX.
Años antes de que Brahms compusiera el Quinteto para clarinete en si menor op. 115 como descendiente tardío del Quinteto para clarinete en la mayor de Mozart KV 581, dio por finalizado su Concierto para violín en re mayor op. 77 tras haber aceptado y asumido la influencia del que Beethoven había escrito en 1806 para el mismo instrumento y la misma tonalidad (op. 61). Fue estrenado en Leipzig el 1 de enero de 1879 por el violinista, compositor y director de orquesta Joseph Joachim, amigo personal de Brahms.
Se ha escrito con frecuencia y argumentos que Brahms es el menos romántico de los músicos románticos. Y así es, porque la impronta de Bach, Mozart y Beethoven supuso durante toda su trayectoria una senda que rara vez abandonó. Y no fue necesario que lo hiciera para rozar con la punta de los dedos los nuevos movimientos musicales que llegarían a principios del siglo XX, de modo que al hablar de Brahms hablamos también de un curioso y fascinante puente tendido entre el clasicismo ortodoxo y los primeros pasos del jazz.
La composición de su primera sinfonía le costó veinte años de trabajo. Veinte años en los que avanzó, retrocedió y corrigió hasta que en 1876 consideró que ya estaba finalizada. Tras su estreno, y a pesar de su éxito, la Sinfonía n.º 1 en do menor op. 68 fue renombrada por el público alemán como La Décima, en referencia a las nueve escritas por Beethoven. Sin embargo, Brahms no se dejó amedrentar por esta comparación fácil y unos meses después terminó la segunda, en re mayor (op. 73), no mucho antes de escribir las primeras notas de su concierto para violín.
Para la escritura de esta obra tuvo que consultar en varias ocasiones a su amigo Joachim, pues la seguridad de Brahms ante el violín no era la misma que la demostrada ante el piano, aunque ello no impidió la incorporación de diferentes dificultades técnicas que en su momento llamaron la atención de críticos e intérpretes. Hubo quien escribió que no era un concierto para violín, sino «contra el violín».
El primer movimiento, allegro ma non troppo, arranca con la aparición de fagotes, violas y violonchelos, que enseguida dan paso al instrumento solista. Dos breves temas preparan al oyente para el que se presenta a continuación, que el violín prolongará a través de una breve melodía hasta establecer un rápido diálogo con la orquesta. La cadencia, escrita por Joachim, anuncia la coda final.
Del adagio que constituye el segundo movimiento se ha escrito que es, en realidad, una canción de paz, aunque algunos críticos han incidido en cierta fragilidad que el propio Brahms se reprochaba. Sin embargo, la introducción del oboe y las réplicas entre violín y trompa hacen de este movimiento lento uno de los más hermosos en la trayectoria del compositor.
Brahms pensó inicialmente en construir su concierto con cuatro movimientos, algo inusual en su género, pero decidió que el último sería un allegro giocoso ma non troppo vivace con cierto aire húngaro, tal vez un pequeño homenaje a Joachim. El autor recupera en él la fuerza del primer movimiento y hace gala de un virtuosismo final que deja en el oyente, tras cuarenta minutos de audición, la inapelable sensación de haber asistido a una de las grandes obras para violín, acompañado en la orquesta por dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, cuatro trompas, dos trompetas y cuerdas. Una obra que es en sí una sucesión de contrastes y matices muy característicos de la trayectoria musical de su autor, el más clásico de los románticos.
Como ocurre en el caso del concierto de Beethoven, pocos violinistas han dejado pasar la ocasión de grabar el de Brahms, desde Arthur Grumiaux, Isaac Stern, Christian Ferras, Vadim Repin, Itzhak Perlman y David Oistrach hasta Julia Fischer y Janine Jansen, entre otros intérpretes. En el sello discográfico Deutsche Grammophon pueden encontrarse las grabaciones de Anne-Sophie Mutter y la Berliner Philharmoniker, dirigidas por Herbert von Karajan, y de Lisa Batiashvili y la Staatskapelle Dresden, bajo la dirección de Christian Thielemann.
En el siguiente enlace pueden escuchar el Concierto para violín y orquesta en re mayor de Brahms interpretado por Hilary Hahn y la Frankfurt Radio Symphony Orchestra dirigidas por Paavo Järvi.

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© Fran Vega, 2016
Las Nueve Musas, 20 de junio de 2016
http://lasnuevemusas.com/not/9355/el-concierto-para-violin-de-brahms/

Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 77, de J. Brahms

Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 77, de J. Brahms · Fotografía: Michael Papendieck
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Johannes Brahms
Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 77, 1878
Janine Jansen (violín) & Chamber Orchestra of Europe
Bernard Haitink
Fotografía: Michael Papendieck
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El concierto para violín de Beethoven

El concierto para violín de Beethoven · Fotografía: la violinista Anne-Sophie Mutter
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Fran Vega
El concierto para violín de Beethoven
Fotografía: la violinista Anne-Sophie Mutter

El compositor alemán era ya una figura admirada y respetada cuando en 1806 dio a conocer el Concierto para violín en re mayor op. 61, el único que compuso para este instrumento en toda su trayectoria. Tenía como referentes inmediatos los que Haydn y Mozart habían compuesto unas décadas antes, por supuesto, pero también los de la época barroca, en particular los de Bach. Sin embargo, y como en tantas de sus obras, el autor quiso escribir una partitura única, innovadora y diferente.
Ludwig van Beethoven (1770-1827) se encontraba entonces en una cómoda situación económica, pues había obtenido una pensión anual de la administración imperial y podía permitirse el lujo de prescindir de recitales y conciertos para sobrevivir. No obstante, su vida privada mantenía el mismo ritmo de altibajos de los años anteriores, pues si su amor por Antoine von Birkenstock no había prosperado, tampoco lo hizo el que mantuvo por la condesa Josephine Brunswick. Pero había conseguido ya el aplauso del público con sus tres primeras sinfonías, con algunas de sus más conocidas sonatas para piano e incluso con su única ópera, Fidelio.
El estreno del concierto para violín tuvo lugar en Viena el 23 de diciembre de 1806 después de un final creativo improvisado y apresurado. Fue escrito para el violinista Franz Joseph Clement, que a su vez dirigía el Theater an der Wien y había ayudado a Beethoven a concluir algunos pasajes de Fidelio. Sin embargo, y debido a las continuas correcciones del autor, Clement no llegó a ver la partitura completa hasta treinta minutos antes de que comenzara el concierto, por lo que lo interrumpió entre el primer y el segundo movimiento para interpretar una composición propia, una sonata de virtuosa ejecución que sorprendió y, naturalmente, distrajo al auditorio.
La obra comienza con un allegro ma non troppo que arranca con unos golpes de timbal que otorgan a toda la pieza un tono mágico y misterioso, seguidos de una larga introducción orquestal. A continuación, un tutti da paso a los dos temas principales, en los que oboes, clarinetes y fagotes se disputan el protagonismo frente a los violines, hasta que por fin el violín solista hace su aparición en un momento en el que toda la orquesta se diluye de pronto. El movimiento transcurre con gran belleza melódica hasta la intervención del fagot y un intenso crescendo con el que concluye.
El segundo movimiento es un larghetto y, como tal, se trata de uno de los movimientos lentos con los que Beethoven sabía penetrar en los oyentes. Se inicia con una melodía interpretada por los violines que el solista repetirá a continuación para dar paso a diversas variaciones de los temas principales. Todo el movimiento parece una obra en calma con matices muy sutiles hasta que el compositor efectúa un giro imprevisto con un acorde alto y una cadenza del solista que abre el camino al rondó del tercer movimiento.
No hay tiempo para detenerse entre los dos últimos movimientos, pues a la estática melodía del segundo sigue sin interrupción la música alegre y dinámica del tercero, en el que la parte solista y la orquestal alternan sus papeles con absoluta soltura hasta la fulgurante aparición de la trompa y, después, un intenso diálogo entre el oboe y el violín. Y a continuación, el solista logra enmudecer al resto de instrumentos mediante un hábil juego de arpegios con el que se impone suavemente sobre el conjunto orquestal.
Toda la pieza es una fiel imagen del compositor alemán, con pasajes lentos que enternecen y otros que muestran toda la fuerza de la que entonces era capaz, poco tiempo antes de que culminara algunas de sus mejores obras sinfónicas.
El concierto para violín de Beethoven ha sido grabado por numerosas orquestas y es uno de los preferidos por los violinistas de todos los tiempos, por ser él mismo una de las culminaciones de su género. Entre los registros más conocidos se encuentran, entre otros, los de Itzhak Perlman y la Philharmonia Orchestra, dirigidos por Carlo Maria Giulini (EMI); el de Yehudi Menuhin y la Berliner Philharmoniker bajo la batuta de Wilhelm Furtwängler (EMI); el de Anne-Sophie Mutter y la Berliner Philharmoniker, bajo la dirección de Herbert von Karajan (Deutsche Grammophon); el de Kyung Wha Chung y la Wiener Philharmoniker, dirigidos por Kyril Kondrashin (Decca), y el de Itzhak Perlman, Daniel Barenboim y la Berliner Philharmoniker (Warner).
Perlman y Barenboim son también, junto a Beethoven, los protagonistas de la grabación completa que pueden escuchar a continuación.

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© Fran Vega, 2016
Las Nueva Musas, 30 de mayo de 2016
http://lasnuevemusas.com/not/9309/el-concierto-para-violin-de-beethoven/

Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 61, de Beethoven

Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 61, de Beethoven · Fotografía: Antoine Verglas
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Ludwig van Beethoven
Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 61, 1806
Patricia Kopatchinskaja (violín) & Frankfurt Radio Symphony
Philippe Herreweghe
Fotografía: Antoine Verglas
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La sinfonía concertante para violín y viola de Mozart

La sinfonía concertante para violín y viola de Mozart
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Fran Vega
La sinfonía concertante para violín y viola de Mozart

Antes de introducirnos en la sinfonía concertante para violín y viola de Mozart, parece necesario aclarar qué es eso de «sinfonía concertante», pues es un término musical prácticamente en desuso que respondía a una estructura clásica del siglo XVIII. Podríamos decir que es una forma que se asemeja a lo que hoy llamaríamos «concierto para instrumento solista», que en la época de Mozart solía ser más de uno.
Sin embargo, está más cerca de una sinfonía que de un concierto, pues los movimientos no se apoyan tanto en los instrumentos solistas, si bien estos interpretan pasajes de forma individual a lo largo de toda la obra. Así, esta pieza podríamos denominarla, en nuestro lenguaje de oyentes del siglo XXI, «sinfonía para violín y viola» o «concierto para violín y viola», del mismo modo que Beethoven eligió la fórmula «triple concierto» (piano, violín y violonchelo, op. 56) y Brahms optó por la de «doble concierto» (violín y violonchelo, op. 107). Pero como Mozart vivió en su siglo y no en el nuestro, la seguiremos llamando «sinfonía concertante para violín y viola».
Mozart tenía 23 años de edad cuando la compuso y se encontraba en uno de sus frecuentes y largos viajes por Francia y los territorios alemanes, periplos artísticos de los que no siempre saldría emocional e intelectualmente ileso. No obstante, eran periodos en los que el compositor componía sonatas, variaciones, serenatas, minuetos… piezas que en ocasiones dejaba casi arrinconadas posteriormente para involucrarse en obras mayores. Pero entre el frío de los caminos y la soledad de las posadas surgió también la Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor KV 364/320d, que probablemente finalizó en Salzburgo en 1779.
El autor ya había experimentado con la forma «concertante», pero en el momento de escribir esta tuvo en cuenta las complejas estructuras orquestales que había tenido ocasión de escuchar durante su último viaje. Sin ninguna duda, la competencia musical era muy elevada en la segunda mitad del siglo XVIII y Amadeus no estaba dispuesto a verse superado por otros compositores, así que escribió la obra para violín y viola solistas, dos oboes, dos trompas y cuerdas. Una orquestación aparentemente sencilla a la que añadió dos secciones de violas entre las cuerdas y a la que incorporó la técnica de la scordatura —un cambio de afinación en una o varias cuerdas de un instrumento— para resaltar el contraste entre el violín y la viola. Así, los pasajes solistas de la viola están escritos en re mayor, en vez de en mi bemol mayor, y adquiere medio tono ascendente, lo que le otorga un sonido más brillante.
A la edad en que la compuso, Mozart era ya un experimentado maestro que sabía cómo atrapar al oyente desde casi el inicio de cualquier obra, por lo que la sinfonía concertante arranca con un allegro maestoso que logra captar la atención antes de que el violín y la viola den comienzo a un intenso y en ocasiones delicado diálogo que culmina en una impresionante cadenza. El diálogo de seducción entre violín y viola se prolonga durante el andante, cuyo final se encuentra entre las páginas más hermosas del compositor. El tercer y último movimiento, presto, ofrece un juego entre los instrumentos que cierra algo más de treinta minutos de música mozartiana en estado puro, sin un resquicio ni un minuto perdido en esa danza fantástica que interpretan los protagonistas de esta sinfonía concertante.
Es probable que en el momento de su composición Mozart pensara en el violinista Ignaz Franzl y en sí mismo para la interpretación de la viola, un instrumento que entonces ocupaba un lugar secundario respecto al violín pero que el maestro de Salzburgo supo elevar de categoría, pues se encontraba entre sus preferidos.
Cuando escribió la última nota de esta obra, a Mozart le quedaban tan solo dieciocho años de vida. Aún tendría tiempo de dejarnos maravillosas partituras, pero la de esta sinfonía es una por la que merece la pena detener el tiempo.
En la grabación enlazada, Neville Marriner dirige a la Academy of Saint Martin in the Fields y a dos solistas de excepción: Anne-Sophie Mutter, violín, y Bruno Giuranna, viola. Disfrútenla.

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© Fran Vega, 2016
Las Nueve Musas, 18 de abril de 2016
http://lasnuevemusas.com/not/9206/la-sinfonia-concertante-de-mozart/

Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor KV 364/320d, de W. A. Mozart

Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor KV 364/320d, de W. A. Mozart · Fotografía: John Swannell
· Intermezzo ·
Wolfgang Amadeus Mozart
Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor KV 364/320d, 1779
Mariana Todorova (violín), Jensen Horn-Sin Lam (viola)
& Orquesta Sinfónica de RTVE

Jean Fournet
Fotografía: John Swannell
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