Vivaldi: conciertos para instrumentos de cuerda

Vivaldi: conciertos para instrumentos de cuerda · Mantua
· Intermezzo ·
Fran Vega
Vivaldi: conciertos para instrumentos de cuerda

Fotografía: Vista de Mantua, donde Vivaldi compuso «Le quattro stagioni»

La importancia del músico veneciano Antonio Vivaldi (1678-1741) trasciende el barroco italiano y europeo para convertirse en una referencia fundamental para la música de cuerda, pues sus numerosas composiciones influirían en las del clasicismo de la segunda mitad del siglo XVIII y en las del romanticismo, ya en el siglo siguiente.
Hijo del violinista Gianbattista Vivaldi, cuyo nombre aparece en ocasiones transcrito como Gianbattista Rossi debido que era apodado Rosso, fue de él y de Giovanni Legrenzi, maestro de capilla en la iglesia de San Marcos, de quienes el músico recibió sus conocimientos de composición y violín que le llevarían a convertirse muy pronto en maestro de este instrumento en el Ospedalle della Pietà, cuando ya era conocido como il prete rosso (el cura rojo) debido al color de su cabello.

L’estro armonico (op. 3)
Cuando acababa de cumplir 33 años de edad, Vivaldi publicó la primera de sus colecciones para instrumentos de cuerda, L’estro armonico (op. 3) —cuyo título podría traducirse como Inspiración armónica—, un conjunto de doce conciertos que el autor dedicó al duque florentino Fernando de Médici, un mecenas de la época que se había convertido en protector de Haendel y Scarlatti. Vivaldi utilizó en estos conciertos las tonalidades mayor y menor a partes iguales y los ordenó de forma cronológica, si bien en el catálogo de su obra realizado por el danés Peter Ryom no aparecen de forma consecutiva.
L’estro armonico (op. 3, 1711) está compuesta por las siguientes obras:

· Concierto n.º 1 para cuatro violines, violonchelo, cuerda y continuo en re mayor RV 549.
· Concierto n.º 2 para dos violines, violoncelo, cuerda y continuo en sol menor RV 578.
· Concierto n.º 3 para violín, cuerda y continuo en sol mayor RV 310.
· Concierto n.º 4 para cuatro violines, cuerda y continuo en mi menor RV 550.
· Concierto n.º 5 para dos violines, cuerda y continuo en la mayor RV 519.
· Concierto n.º 6 para violín, cuerda y continuo en la menor RV 356.
· Concierto n.º 7 para cuatro violines, violonchelo, cuerda y continuo en fa mayor RV 567.
· Concierto n.º 8 para dos violines, cuerda y continuo en la menor RV 522.
· Concierto n.º 9 para violín, cuerda y continuo en re mayor RV 230.
· Concierto n.º 10 para cuatro violines, violonchelo, cuerda y continuo en si menor RV 580.
· Concierto n.º 11 para dos violines, violonchelo, cuerda y continuo en re menor RV 565.
· Concierto n.º 12 para violín, cuerda y continuo en mi mayor RV 265.

Como vemos, las tonalidades mayor y menor están presentes de modo casi alterno, mientras que los conciertos para cuatro violines (RV 549, 550, 567 y 580), para dos violines (RV 578, 519, 522 y 565) y para violín solo (RV 310, 356, 230 y 265) están ordenados en forma de cuatro tercetos iguales y consecutivos: 1 (cuatro violines)-2 (dos violines)-3 (violín solo), 4-5-6, 7-8-9 y 10-11-12.
Todos los conciertos de L’estro armonico tienen al menos tres movimientos, los numerados como 2 (RV 578) y 4 (RV 550) se componen de cuatro y los catalogados como 7 (RV 567) y 11 (RV 565) están formados por cinco. Y de estas estructuras destaca la correspondiente al concierto RV 567, pues entre sus cinco movimientos se encuentran tres adagios.
Pueden escuchar el Concierto n.º 8 para dos violines, cuerda y continuo en la menor RV 522 (op. 3) en la interpretación dirigida por Mikhail Gantvarg al frente de la Orquesta de Cámara de San Petersburgo.

L’estro armonico no pasaría inadvertida para un compositor como Johann Sebastian Bach, que compondría los conciertos para clave en fa mayor BWV 978, re mayor BWV 972 y do mayor BWV 976 a partir de los conciertos para cuerda en sol mayor RV 310, re mayor RV 230 y mi mayor RV 265, respectivamente, así como los conciertos para órgano en la menor BWV 593 y re mayor BWV 596 a partir de los de cuerda en la menor RV 522 y re menor RV 565, y el concierto para cuatro claves y orquesta de cuerda en la menor BWV 1065 basado en el de cuatro violines en si menor RV 580.

La stravaganza (op. 4)
Los doce conciertos de L’estro armonico conocieron el éxito que no habían tenido sus anteriores sonatas para violín, publicadas entre 1705 y 1709, y Vivaldi aprovechó una interrupción en su trabajo como maestro de violín y coro en el Ospedale della Pietà para componer una nueva colección de conciertos para cuerda que tituló La stravaganza (op. 4) y que publicó en 1714. Dedicadas al mecenas veneciano Victor Delfín, perteneciente a una familia en la que no eran raros los obispos ni los cardenales, las doce obras están compuestas para un solo violín, cuerdas y bajo continuo, lo que sin llegar a ser una extravagancia, sí fue un alarde de inventiva y creatividad musical que incrementó la reputación del músico hasta el punto de que muy poco después fue nombrado maestro di concerti del Ospedale.
La stravaganza (op. 4, 1716) está formada por los siguientes conciertos:

· Concierto n.º 1 para violín, cuerda y continuo en si bemol mayor RV 383a.
· Concierto n.º 2 para violín, cuerda y continuo en mi menor RV 279.
· Concierto n.º 3 para violín, cuerda y continuo en sol mayor RV 301.
· Concierto n.º 4 para violín, cuerda y continuo en la menor RV 357.
· Concierto n.º 5 para violín, cuerda y continuo en la mayor RV 347.
· Concierto n.º 6 para violín, cuerda y continuo en sol menor RV 316a.
· Concierto n.º 7 para violín, cuerda y continuo en do mayor RV 185.
· Concierto n.º 8 para violín, cuerda y continuo en re menor RV 249.
· Concierto n.º 9 para violín, cuerda y continuo en fa mayor RV 284.
· Concierto n.º 10 para violín, cuerda y continuo en do menor RV 196.
· Concierto n.º 11 para violín, cuerda y continuo en re mayor RV 204.
· Concierto n.º 12 para violín, cuerda y continuo en sol mayor RV 298.

Vemos también, como en L’estro armonico, que las tonalidades mayor y menor quedan distribuidas de modo casi simétrico, aunque en el caso de La stravaganza no se producen los cambios de instrumentación que el autor introdujo en los conciertos de 1711. Si con aquellos había logrado situarse en la primera línea de los compositores barrocos, con estos conseguiría ser reconocido como un virtuoso del violín, lo que le abriría también las puertas del mundo de la ópera, tanto en su aspecto musical como en el empresarial.
En la siguiente grabación pueden escuchar el Concierto n.º 9 para violín, cuerda y continuo en fa mayor RV 284 (op. 4) a cargo de Fabio Biondi y el conjunto de cámara Europa Galante.

Mientras tanto, y a la vez que conocía los primeros éxitos y fracasos operísticos, el autor compuso seis sonatas para violín y bajo continuo (op. 5), seis conciertos para violín, cuerda y bajo continuo (op. 6) y doce conciertos agrupados en su opus 7. De ellos, el n.º 1 (RV 465) y el n.º 7 (RV 464) son para oboe, cuerdas y bajo continuo en si bemol mayor, mientras que los diez restantes son para violín solista.

Il cimento dell’armonia e dell’inventione (op. 8)
Con el inicio de la década de 1720, Felipe de Hesse-Darmstadt —gobernador de Mantua, territorio gobernado entonces por los Habsburgo— le ofreció el codiciado puesto de maestro de capilla, lo que para Vivaldi supuso el abandono de ciudad natal y el alejamiento de la junta administrativa del Ospedale della Pietà, que de modo constante le exigía nuevas composiciones con las que mantener su hegemonía musical en la capital veneciana. Fue en Mantua donde la vida personal del músico cambió, donde escribió algunas de las óperas que le proporcionarían fama internacional y donde compuso Il cimento dell’armonia e dell’inventione (op. 8), la colección de conciertos en la que se incluyen los que forman Le quattro stagioni.
Con un título traducido como La prueba de la armonía y de la invención —aunque en ocasiones cimento aparece como concurso—, Il cimento dell’armonia e dell’inventione (op. 8, 1725) está compuesta de los siguientes conciertos:

· Concierto n.º 1 para violín, cuerda y continuo en mi mayor RV 269, La primavera.
· Concierto n.º 2 para violín, cuerda y continuo en sol menor RV 315, L’estate.
· Concierto n.º 3 para violín, cuerda y continuo en fa mayor RV 293, L’autunno.
· Concierto n.º 4 para violín, cuerda y continuo en fa menor RV 297, L’inverno.
· Concierto n.º 5 para violín, cuerda y continuo en mi bemol mayor RV 253, La tempesta di mare.
· Concierto n.º 6 para violín, cuerda y continuo en do mayor RV 180, Il piacere.
· Concierto n.º 7 para violín, cuerda y continuo en re menor RV 242, Per Pisendel.
· Concierto n.º 8 para violín, cuerda y continuo en sol menor RV 332.
· Concierto n.º 9 para oboe, cuerda y continuo en re menor RV 454.
· Concierto n.º 10 para violín, cuerda y continuo en si bemol mayor RV 363, La caccia.
· Concierto n.º 11 para violín, cuerda y continuo en re mayor RV 210.
· Concierto n.º 12 para violín, cuerda y continuo en do mayor RV 178.

Le quattro stagioni es, sin duda, el conjunto de conciertos más conocido y popular del maestro veneciano, si bien es necesario decir que no siempre ha sido bien tratado por intérpretes ajenos a una correcta lectura de las partituras barrocas y que en no pocas ocasiones ha sucumbido a una simplificación comercial que en nada le favorece. A pesar de ello, se trata de una de las obras más importantes de su época cuya trascendencia merece que nos detengamos en ella.
La primera innovación que hay que destacar de Le quattro stagioni es que el autor publicó los cuatro conciertos —cada uno de ellos formado por tres movimientos— acompañados de unos poemas que probablemente sean de su autoría. Se trata de cuatro sonetos divididos cada uno de ellos en tres partes, en correspondencia con los movimientos de los conciertos, que constituyen junto a las partituras un conjunto de música programática en la que el elemento narrativo adquiere especial singularidad. Por supuesto, la música programática estaba todavía muy lejana en el tiempo, por lo que es fácil de entender que el público del primer cuarto del siglo XVIII pasara por alto este aspecto de la obra.
Así, el soneto correspondiente al concierto en mi mayor RV 269, La primavera, comienza con Giunt’è la Primavera e festosetti la salutan gl’augei con lieto canto [Llega la primavera y festejándola la saludan los pájaros con alegre canto], que es como comienza el primer movimiento, allegro. Tras el largo, el último movimiento, también un allegro, finaliza con la descripción de pastores y ninfas que bailan di primavera all’apparir brillante [a la alegre llegada de la primavera].
El allegro non molto del concierto en sol menor RV 315, L’estate, se inicia con el verso Sotto dura stgaione dal Sole accesa [Bajo esta dura estación por el sol encendida], continúa con el adagio e piano, en el que se presenta il timore de’ lampi e tuoni fieri [el miedo al relámpago y los fieros truenos] y finaliza con un presto que tronca il capo alle spiche e a’ grani alteri [trunca las cabezas de las espigas y los granos altera].
El comienzo de L’autunno, el concierto en fa mayor RV 293, es también un allegro que celebra la vendimia con balli e canti [con bailes y cantos] y que da paso a un adagio molto en el que Fà ch’ ogn’uno tralasci e balli e canti [Hace cada uno saltos y bailes y cantos]. Finaliza con un allegro que describe una escena de caza en la que la pieza languida di fuggir, mà oppressa muore [lánguida con huir, pero abrumada muere].
Por último, el concierto en fa menor RV 297, L’inverno, comienza con un allegro non molto que describe el Aggiacciato tremar trà nevi algenti [Helado tiritar entre la nieve plateada] que impulsa el adagio, narrado como Passar al fuoco i di queti e contenti mentre la pioggia fuor bagna ben cento [Estar junto al fuego, tranquilos y contentos, mientras afuera la lluvia lo moja a ciento], para concluir con un nuevo allegro que finaliza con una afirmación: Quest’ è lìnverno, mà tal, che giogia aporte [Así es el invierno, pero qué alegría nos trae].
Tal vez, tras estas pequeñas pinceladas, la audición de Le quattre stagioni resulte más completa y, por lo tanto, más placentera y ausente de los artificios que tantas veces la industria discográfica ha añadido por su cuenta. Es el caso de la interpretación que llevó a cabo la violinista Janine Jansen en el Internationaal  Kamermuziek Festival de Utrecht, celebrado en 2014.

La cetra (op. 9)
La divulgación de sus obras por toda Europa hizo que Vivaldi fuera llamado a Roma por el papa Benedicto XIII, ciudad a la que se trasladó tras haber obtenido no pocos éxitos en Mantua y Milán con sus composiciones vocales e instrumentales y donde escribió su siguiente colección de conciertos para violín, La cetra (op. 9). Dedicada astutamente en 1727 al emperador Carlos VI, Vivaldi fue recompensado en Viena con el título de caballero y con lo que para él era más importante: el estreno de sus obras en la capital austríaca y en Praga, época en la que compuso algunas de sus óperas más aclamadas.
La cetra (op. 9, 1727) se compone de los conciertos siguientes:

· Concierto n.º 1 para violín, cuerda y bajo continuo en do mayor RV 181a.
· Concierto n.º 2 para violín, cuerda y bajo continuo en la mayor RV 345.
· Concierto n.º 3 para violín, cuerda y bajo continuo en sol menor RV 334.
· Concierto n.º 4 para violín, cuerda y bajo continuo en mi mayor RV 263a.
· Concierto n.º 5 para violín, cuerda y bajo continuo en la menor RV 358.
· Concierto n.º 6 para violín, cuerda y bajo continuo en la mayor RV 348.
· Concierto n.º 7 para violín, cuerda y bajo continuo en si bemol mayor RV 359.
· Concierto n.º 8 para violín, cuerda y bajo continuo en re menor RV 238.
· Concierto n.º 9 para dos violines, cuerda y bajo continuo en si bemol mayor RV 530.
· Concierto n.º 10 para violín, cuerda y bajo continuo en sol mayor RV 300.
· Concierto n.º 11 para violín, cuerda y bajo continuo en do menor RV 198a.
· Concierto n.º 12 para violín, cuerda y bajo continuo en si menor RV 391.

Como se puede observar, Vivaldi repite la distribución de tonalidades de las colecciones anteriores. Y si en Il cimento dell’armonia e dell’inventione la excepción a los conciertos para violín solista lo constituía el concierto para oboe RV 454, en La cetra esa condición la cumple el concierto para dos violines RV 530, que pueden escuchar en la interpretación de la orquesta de cámara I Filarmonici.

Sin embargo, y además de las colecciones de conciertos para violín comentadas hasta ahora —L’estro armonico (op. 3), La stravaganza (op. 4), Il cimento dell’armonia e dell’inventione (op. 8) y La cetra (op. 9), Vivaldi compuso unos cuatrocientos conciertos más, la mayoría de ellos de cuerda, por lo que resultaría imposible reseñarlos todos. Y como era habitual en el barroco, muchos de ellos toman movimientos de otros y algunos son utilizados también en su producción operística, de la que nos ocuparemos en una próxima ocasión.
El catálogo musical de Vivaldi está formado además por decenas de sonatas para violín y para violonchelo y por otros tantos conciertos para guitarra, para laúd, para viola y para mandolina acompañados de cuerdas y vientos —para molti instrumenti—, lo que hace de él uno de los más extensos en cuanto a los instrumentos de cuerda y uno de los más influyentes en la historia de la música.
Por lo tanto, son también numerosas las grabaciones dedicadas a la obra para cuerda del músico veneciano y conciertos como los que forman Le quattro stagioni que son fáciles de encontrar en el mercado discográfico. No obstante, hemos de recomendar las aparecidas bajo el sello Naïve, que desde hace tiempo edita el catálogo completo de Vivaldi y recupera obras consideradas perdidas para poder valorar la figura e importancia del músico veneciano más allá de sus conciertos más divulgados y populares. Y, si nos lo permiten, un consejo: no acudan a él con Le quattro stagioni en la cabeza, sino olvídenlas, escuchen el resto y regresen a ellas después. Es seguro que descubrirán así un nuevo compositor.

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© Fran Vega, 2017

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«Le quattro stagioni», de A. Vivaldi

«Le quattro stagioni», de A. Vivaldi · Fotografía: Peter Zelei
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Antonio Vivaldi
Le quattro stagioni (op. 8), 1725
Julia Fischer & Academy of St Martin in the Fields
Kenneth Silito
Fotografía: Peter Zelei
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Antonio Vivaldi, el veneciano rojo

Antonio Vivaldi, el veneciano rojo
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Fran Vega
Antonio Vivaldi, el veneciano rojo

La música del barroco tiene entre sus protagonistas a grandes compositores cuyos nombres nos llevan a establecer un canon inalterado que conduce con rápidos pasos hasta el clasicismo. Citar a Telemann, Haendel o Bach es también establecer una delimitación geográfica entre la música de los países anglosajones y la que en esos mismos años se estaba produciendo en Italia y Francia, desde donde se proyectarían hacia el norte no solo nuevos conceptos, sino formas diferentes de entender la relación entre el compositor y sus oyentes.
Entre quienes desarrollaron su actividad artística en la primera mitad del siglo XVIII, determinada en gran parte por los tres músicos citados, se encuentra el veneciano Antonio Vivaldi (1678-1741), contemporáneo de aquellos y maestro de quienes comprendieron que la experiencia compositiva debía ir más allá de la partitura. Hijo del violinista Gianbattista Vivaldi, apodado Rosso —razón por la que en ocasiones su nombre aparece transcrito como Gianbattista Rossi—, fue muy pronto destinado al sacerdocio como manifestación de agradecimiento por haber sobrevivido al terremoto que sufrió su ciudad natal en el día de su nacimiento, el 4 de marzo, si bien es probable que en esta decisión influyeran su frágil constitución física y su aparente estado enfermizo. De modo que a la edad de quince años el joven veneciano, poseedor ya de amplios conocimientos de composición y violín aprendidos de su padre y del también veneciano Giovanni Legrenzi, maestro de capilla en la iglesia de San Marcos, inició sus estudios eclesiásticos con más pragmatismo que vocación, lo que no impidió que los culminara diez años después. Pero en coherencia con una trayectoria que no abandonaría en toda su vida, logró de inmediato que se le dispensara de dar misa debido a una afección respiratoria, seguramente asma, lo que le obligó también a abandonar los instrumentos de viento. Queda para sus biógrafos saber si se trató de una de las argucias de quien ya era conocido como il prete rosso (el cura rojo), debido al color de su cabello, para dedicarse por entero a la composición musical.

Primeros conciertos de cuerda
En cualquier caso, a los veinticinco años era ya maestro de violín en el Ospedale della Pietà, una institución que ejercía las funciones de orfanato, convento y escuela de canto y que competía con los otros ospedali de la ciudad en cuanto a la calidad de su orquesta, formada por unas sesenta niñas y jóvenes bajo la dirección de Vivaldi y la protección económica de la república veneciana, que veía en la actividad artística otra forma de rivalizar con las potencias vecinas. Y muy pronto, en 1704, el trabajo del violinista fue reconocido con su nombramiento como maestro de coro, lo que le supuso la obligación de componer oratorios y cantatas para cada celebración eclesiástica e impartir al mismo tiempo la enseñanza musical a los huérfanos de la institución. Unos veinte años después, y en Leipzig, a unos mil kilómetros de distancia, Johann Sebastian Bach se encontraría en la misma situación que el veneciano, si bien con la dificultad añadida de tener que mantener a su numerosa prole, algo de lo que astutamente el italiano había sabido privarse.
Dispensado de buena parte de sus funciones sacerdotales, en 1711 pudo publicar la primera de sus colecciones para instrumentos de cuerda, L’estro armonico (op. 3), un conjunto de doce conciertos dedicado a Fernando de Médici, el gran duque florentino amante de las artes —y no solo de ellas, pues moriría dos años después a causa de la sífilis contraída durante el carnaval de Venecia de 1696— y protector también de Alessandro Scarlatti y Georg Friedrich Haendel y de un personaje que sería de fundamental importancia en la historia de la música: el paduano Bartolomeo Cristofori, inventor del gravicembalo col piano e forte, instrumento que en el último tercio de la centuria daría lugar al piano.
Sin embargo, el éxito de L’estro armonico y de su Stabat Mater (RV 621) no impidió que la junta administrativa del Ospedale della Pietà decidiera prescindir de sus servicios en ese mismo año, si bien tardaría muy poco tiempo en pedirle que regresara, lo que tardó la institución en darse cuenta de la importancia de su labor. Vivaldi aceptó de buen grado el periodo sabático y lo aprovechó para componer un nuevo conjunto de conciertos para violín que en 1714 tituló La stravaganza (op. 4), que sin duda influyó para que dos años después fuera nombrado maestro di concerti o director musical del Ospedale, con lo que toda su producción musical quedaba ya bajo el control del compositor.

Primeras óperas
Reconocido y bien pagado por el Ospedale, el músico se lanzó entonces a la actividad que más rentable le resultaría y que un avispado Haendel emularía muy poco después, pues en 1714 se convirtió en impresario de ópera, es decir, lo que hoy denominaríamos «productor», si bien en la época las funciones de autor y productor no siempre estaban diferenciadas. Ya en el año anterior había estrenado en Vicenza su primera ópera, Ottone in villa (RV 729), escrita por Domenico Lalli y compuesta para cinco voces y una pequeña orquesta de cuerda con dos flautas, dos oboes, fagot y clave, tras lo cual asumió la dirección del Teatro Sant’Angelo de Venecia y en él estrenó Orlando finto pazzo (RV 727). Como vemos, la vida sacerdotal de Vivaldi no solo no le impedía trabajar extramuros, viajar y convertirse en empresario, sino que incluso cubría estas lucrativas actividades del halo protector que su hábito le procuraba.
Sin embargo, no comenzó con buen pie como impresario, pues su Orlando finto pazzo no fue del agrado del público y el autor-productor se vio obligado a reponer una obra de Giovanni Alberto Ristori para salvar la temporada y su inversión. Pero lejos de desanimarse, presentó de inmediato Nerone fatto Cesare (RV 724), una ópera perdida que tenía una insólita particularidad, pues la música se debía a diversos compositores que habían trabajado en ella bajo su dirección, lo que significa que para entonces Vivaldi había llegado ya a la misma conclusión a la que llegarían autores tan diferentes como Haendel y, un siglo después, Rossini: que ser un buen compositor era algo a lo que se podía aspirar, pero que serlo rico era lo que se debía esperar.
Las once arias de Nerone fatto Cesare fueron todo un éxito en la ciudad y el veneciano quiso realzar su triunfo con Arsilda, regina di Ponto (RV 700), que supuso su nueva colaboración con el libretista Domenico Lalli en una ópera escrita para siete voces que si por un lado superó en calidad a las de autores como Carlo Francesco Pollarolo, Antonio Lotti y Francesco Gasparini —que permanecían anclados en el arte vocal del siglo XVII—, por otro significó también el primer conflicto serio de Vivaldi con la censura, pues en 1716 la república veneciana no estaba dispuesta a aceptar que la protagonista, Arsilda, se enamorara de otra mujer, Lisea. La lección fue bien aprendida por el autor, que modificó el libreto de Lalli, superó el examen de los censores y dejó establecida una norma no escrita que perduraría hasta tiempos recientes: aunque el escenario lo admita todo y todo pueda representarse sobre sus tablas, el público no siempre acepta las evidencias. Y quienes pagan la entrada son, por supuesto, los espectadores.
El Ospedale della Pietà exhibía ya para entonces cierto orgullo de tener a Vivaldi como maestro di concerti, pero tampoco quería permitir que su estrellato le distrajera de sus obligaciones, así que hacia finales de 1716 le propuso la composición de diversas obras litúrgicas. Cumplidor y sabedor de que la institución era el refugio perfecto si su actividad empresarial naufragaba, Vivaldi compuso con cierta rapidez los oratorios Moyses Deus Pharaonis (RV 643) y Juditha triumphans devicta Holofernis barbarie (RV 644), el primero de ellos perdido. El segundo, basado en la victoria de la República de Venecia frente al imperio otomano, fue subtitulado por el propio autor como sacrum militare oratorium, un oratorio militar escrito por Giacomo Cassetti a partir del canónico Libro de Judith. Fue estrenado en el Ospedale, por lo que no es de extrañar que las cinco voces que intervienen sean femeninas —cuatro contraltos y una soprano— y que la instrumentación sea mucho más numerosa que en sus obras anteriores, pues supo aprovechar todos los recursos que la institución le ofrecía dado que el encargo procedía de su junta administrativa. Así, Juditha triumphans fue un rotundo éxito y es, además, el único oratorio del autor que se conserva, pues además del Moyses ya citado permanecen desaparecidos La vittoria navale predetta dal Santo Pontifice Pio V Ghisilieri (RV 782), escrito hacia 1713, y L’adorazione delli tre magi al bambino Gesù (RV 645), estrenado en Milán en 1722.
El compositor veneciano desarrolló entre 1716 y 1717 una intensa actividad mientras Haendel recogía en Londres los primeros de sus grandes éxitos gracias a Rinaldo (HWV 7) y Amadigi di Gaula (HWV 11) y Bach se trasladaba de Weimar a Köthen, donde compondría las Suites para violonchelo y los Conciertos de Brandeburgo. En ese contexto musical, bien conocido por los tres autores a pesar de las distancias que les separaban, Vivaldi escribió, produjo y estrenó en los teatros venecianos otras dos óperas, La costanza trionfante degl’amore e degl’odii (RV 706), escrita por Antonio Marchi para siete voces, y L’incoronazione di Dario (RV 719), cuyo libreto para ocho voces es de Adriano Morselli.

«Vista de la Plaza de San Marcos», de Canaletto
«Vista de la Plaza de San Marcos», de Canaletto (1730)

De Venecia a Mantua, Roma y Viena
Fue entonces cuando Felipe de Hesse-Darmstadt, gobernador de Mantua —que estaba entonces bajo el gobierno de los Habsburgo—, le ofreció el puesto de maestro de capilla, lo que supuso para el músico abandonar no solo su Venecia natal, sino cambiar de territorio en una época convulsa en la que las fronteras europeas se teñían continuamente de sangre debido a las rivalidades dinásticas por la supremacía continental. Sin embargo, no parece que esto causara grandes preocupaciones a un músico cuyo nombre ya era conocido en los principales escenarios y que asumió su nuevo puesto como un medio de internacionalizar su producción, alejado del Ospedale y de las muy persistentes demandas de su junta administrativa. Así, no hay duda de que Vivaldi se sintió más libre y desahogado en Mantua, donde conoció a la joven cantante Anna Maddalena Teseire, conocida como Anna Girò o La Mantovana, quien pronto se convertiría en prima donna de sus obras. Anna y su hermana mayor, Paolina, fueron a partir de entonces habituales acompañantes de il prete rosso tanto en Mantua como en sus frecuentes viajes a Milán y Roma, donde su música era muy apreciada a pesar de los recelos que levantaba la presencia de las dos mujeres.
Mantua fue también el lugar en donde Vivaldi compuso varias óperas, como Tito Manlio (RV 738) y La Candace (RV 704), estrenadas en 1719 y 1720, respectivamente. Y también donde compuso los conciertos para violín que recibieron el título de Le quattro stagioni, que aparecerían publicados en 1725 como parte de Il cimento dell’armonia e dell’inventione (op. 8), seguramente la obra más conocida del autor y una de las composiciones barrocas más utilizadas —y en no pocas ocasiones, martirizada— por la industria discográfica contemporánea.
Protegido por los Habsburgo, aclamado por el público veneciano, reconocido en toda Europa como uno de los mejores compositores de su tiempo y enriquecido como impresario, Vivaldi triunfó también en Milán con el drama pastoral La Silvia (RV 734) y en 1722 se trasladó a Roma atraído por el requerimiento del pontífice Benedicto XIII, que deseaba utilizar el talento del veneciano y había olvidado los reparos de sus antecesores hacia el espectáculo operístico. Con Bach establecido ya definitivamente en Leipzig y con Haendel como dueño y señor del King’s Theatre londinense, Vivaldi se encontraba en la cima de su trayectoria y no desechó ningún encargo ni alabanza que procediera de cualquier rincón de su esfera de influencia, esto es, las ciudades italianas, el imperio de los Habsburgo y el omnipresente trono de los Borbón.
Así, en 1725 compuso la cantata Gloria e Imeneo (RV 687) para el matrimonio de Luis XV de Francia y, en 1727, La Sena festeggiante (RV 694), para celebrar el nacimiento de las princesas Ana Enriqueta y Luisa Isabel de Borbón, La cetra (op. 9), un conjunto de doce conciertos para violín dedicado al emperador Carlos VI, quien le distinguió con el título de caballero cuando el autor visitó Viena en 1730, y la ópera Orlando furioso (RV 728). De la capital austríaca Vivaldi se trasladó a Praga, donde ese mismo año estrenó Farnace (RV 711) antes de iniciar su colaboración con uno de los más admirados libretistas de la época, Pietro Metastasio —que lo fue también de Haendel, Gluck y Mozart, entre otros—, en las óperas L’Olimpiade (RV 725) y Catone in Utica (RV 705) y de completar otras partituras para cuerda que se sumaron a su prolífica producción.
Sin embargo, y como quizá intuyó desde sus primeros tiempos en el Ospedale della Pietà, el éxito puede ser tan efímero como una nota de violín y la suerte puede cambiar de rumbo en cualquier momento. Y así fue. Se trasladó a Viena con la esperanza de obtener el puesto de compositor de la corte, pero Carlos VI murió en 1740 y su sucesor no procedía de la casa de Habsburgo, sino de la de Wittelsbach, un breve cambio dinástico que en nada benefició al italiano, quien perdió también el favor del público veneciano y se refugió junto a la viuda de un fabricante de sillas de montar, en cuya casa falleció el 28 de julio de 1741 mientras Haendel componía El Mesías (HWV 56) y Bach continuaba en Leipzig su larga y monumental obra.
Moría así il prete rosso, uno de los compositores barrocos más divulgados y desconocidos, autor de más de ochocientas composiciones —conciertos, óperas, cantatas y sonatas—, y también uno de los más eclipsados por su propio éxito y por el de sus contemporáneos y sus sucesores, que aprendieron del veneciano que triunfar en el mundo de la música no exigía solo saber componer, sino también saber estar, actuar y permanecer.

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© Fran Vega, 2017

«Orlando furioso RV 728: Obertura», de A. Vivaldi

«Orlando furioso RV 728: Obertura», de Antonio Vivaldi · Fotografía: Marc Hoppe
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Antonio Vivaldi
«Orlando furioso RV 728: Obertura», 1728
Julie Eskær (violín) & Erik Heide (violín)
Danmarks Radio UnderholdningsOrkestret
Fotografía: Marc Hoppe
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Concierto grosso para dos violines y violonchelo op. 6 n.º 4, de A. Corelli

Concierto grosso en re mayor op. 6, n.º 4, de A. Corelli · Fotografía: Jean-Philippe Piter
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Arcangelo Corelli
Concierto grosso para dos violines y violonchelo en re mayor op. 6, n.º 4, 1705
Kati Kyme (violín), Elizabeth Blumenstock (violín), Shirley Edith Hunt (violonchelo) & Voices of Music
David Tayler
Fotografía: Jean-Philippe Piter
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Concierto para violín en sol menor RV 315 «El verano», de A. Vivaldi

Concierto para violín en sol menor RV 315 «El verano», de A. Vivaldi · Fotografía: Jean-Philippe Piter
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Antonio Vivaldi
Concierto para violín en sol menor RV 315 «El verano», 1725
Mari Samuelsen (violín) & Trondheim Soloists
Oyvind Gimse
Fotografía: Jean-Philippe Piter
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El concierto para violín de Brahms

El concierto para violín de Brahms · Fotografía: la violinista Janine Jansen
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Fran Vega
Janine Jansen, intérprete del concierto para violín de Brahms

Es difícil acercarse a las composiciones orquestales de Brahms sin haberlo hecho primero a las de Beethoven, en quien el músico de Hamburgo basó buena parte de su obra. Y, al mismo tiempo, resulta indispensable tener en mente a Mozart, pues los dos se erigieron en pilares fundamentales de uno de los autores más importantes de la segunda mitad del siglo XIX.
Años antes de que Brahms compusiera el Quinteto para clarinete en si menor op. 115 como descendiente tardío del Quinteto para clarinete en la mayor de Mozart KV 581, dio por finalizado su Concierto para violín en re mayor op. 77 tras haber aceptado y asumido la influencia del que Beethoven había escrito en 1806 para el mismo instrumento y la misma tonalidad (op. 61). Fue estrenado en Leipzig el 1 de enero de 1879 por el violinista, compositor y director de orquesta Joseph Joachim, amigo personal de Brahms.
Se ha escrito con frecuencia y argumentos que Brahms es el menos romántico de los músicos románticos. Y así es, porque la impronta de Bach, Mozart y Beethoven supuso durante toda su trayectoria una senda que rara vez abandonó. Y no fue necesario que lo hiciera para rozar con la punta de los dedos los nuevos movimientos musicales que llegarían a principios del siglo XX, de modo que al hablar de Brahms hablamos también de un curioso y fascinante puente tendido entre el clasicismo ortodoxo y los primeros pasos del jazz.
La composición de su primera sinfonía le costó veinte años de trabajo. Veinte años en los que avanzó, retrocedió y corrigió hasta que en 1876 consideró que ya estaba finalizada. Tras su estreno, y a pesar de su éxito, la Sinfonía n.º 1 en do menor op. 68 fue renombrada por el público alemán como La Décima, en referencia a las nueve escritas por Beethoven. Sin embargo, Brahms no se dejó amedrentar por esta comparación fácil y unos meses después terminó la segunda, en re mayor (op. 73), no mucho antes de escribir las primeras notas de su concierto para violín.
Para la escritura de esta obra tuvo que consultar en varias ocasiones a su amigo Joachim, pues la seguridad de Brahms ante el violín no era la misma que la demostrada ante el piano, aunque ello no impidió la incorporación de diferentes dificultades técnicas que en su momento llamaron la atención de críticos e intérpretes. Hubo quien escribió que no era un concierto para violín, sino «contra el violín».
El primer movimiento, allegro ma non troppo, arranca con la aparición de fagotes, violas y violonchelos, que enseguida dan paso al instrumento solista. Dos breves temas preparan al oyente para el que se presenta a continuación, que el violín prolongará a través de una breve melodía hasta establecer un rápido diálogo con la orquesta. La cadencia, escrita por Joachim, anuncia la coda final.
Del adagio que constituye el segundo movimiento se ha escrito que es, en realidad, una canción de paz, aunque algunos críticos han incidido en cierta fragilidad que el propio Brahms se reprochaba. Sin embargo, la introducción del oboe y las réplicas entre violín y trompa hacen de este movimiento lento uno de los más hermosos en la trayectoria del compositor.
Brahms pensó inicialmente en construir su concierto con cuatro movimientos, algo inusual en su género, pero decidió que el último sería un allegro giocoso ma non troppo vivace con cierto aire húngaro, tal vez un pequeño homenaje a Joachim. El autor recupera en él la fuerza del primer movimiento y hace gala de un virtuosismo final que deja en el oyente, tras cuarenta minutos de audición, la inapelable sensación de haber asistido a una de las grandes obras para violín, acompañado en la orquesta por dos flautas, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes, cuatro trompas, dos trompetas y cuerdas. Una obra que es en sí una sucesión de contrastes y matices muy característicos de la trayectoria musical de su autor, el más clásico de los románticos.
Como ocurre en el caso del concierto de Beethoven, pocos violinistas han dejado pasar la ocasión de grabar el de Brahms, desde Arthur Grumiaux, Isaac Stern, Christian Ferras, Vadim Repin, Itzhak Perlman y David Oistrach hasta Julia Fischer y Janine Jansen, entre otros intérpretes. En el sello discográfico Deutsche Grammophon pueden encontrarse las grabaciones de Anne-Sophie Mutter y la Berliner Philharmoniker, dirigidas por Herbert von Karajan, y de Lisa Batiashvili y la Staatskapelle Dresden, bajo la dirección de Christian Thielemann.
En el siguiente enlace pueden escuchar el Concierto para violín y orquesta en re mayor de Brahms interpretado por Hilary Hahn y la Frankfurt Radio Symphony Orchestra dirigidas por Paavo Järvi.

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© Fran Vega, 2016
Las Nueve Musas, 20 de junio de 2016
http://lasnuevemusas.com/not/9355/el-concierto-para-violin-de-brahms/

Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 77, de J. Brahms

Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 77, de J. Brahms · Fotografía: Michael Papendieck
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Johannes Brahms
Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 77, 1878
Janine Jansen (violín) & Chamber Orchestra of Europe
Bernard Haitink
Fotografía: Michael Papendieck
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El concierto para violín de Beethoven

El concierto para violín de Beethoven · Fotografía: la violinista Anne-Sophie Mutter
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Fran Vega
El concierto para violín de Beethoven
Fotografía: la violinista Anne-Sophie Mutter

El compositor alemán era ya una figura admirada y respetada cuando en 1806 dio a conocer el Concierto para violín en re mayor op. 61, el único que compuso para este instrumento en toda su trayectoria. Tenía como referentes inmediatos los que Haydn y Mozart habían compuesto unas décadas antes, por supuesto, pero también los de la época barroca, en particular los de Bach. Sin embargo, y como en tantas de sus obras, el autor quiso escribir una partitura única, innovadora y diferente.
Ludwig van Beethoven (1770-1827) se encontraba entonces en una cómoda situación económica, pues había obtenido una pensión anual de la administración imperial y podía permitirse el lujo de prescindir de recitales y conciertos para sobrevivir. No obstante, su vida privada mantenía el mismo ritmo de altibajos de los años anteriores, pues si su amor por Antoine von Birkenstock no había prosperado, tampoco lo hizo el que mantuvo por la condesa Josephine Brunswick. Pero había conseguido ya el aplauso del público con sus tres primeras sinfonías, con algunas de sus más conocidas sonatas para piano e incluso con su única ópera, Fidelio.
El estreno del concierto para violín tuvo lugar en Viena el 23 de diciembre de 1806 después de un final creativo improvisado y apresurado. Fue escrito para el violinista Franz Joseph Clement, que a su vez dirigía el Theater an der Wien y había ayudado a Beethoven a concluir algunos pasajes de Fidelio. Sin embargo, y debido a las continuas correcciones del autor, Clement no llegó a ver la partitura completa hasta treinta minutos antes de que comenzara el concierto, por lo que lo interrumpió entre el primer y el segundo movimiento para interpretar una composición propia, una sonata de virtuosa ejecución que sorprendió y, naturalmente, distrajo al auditorio.
La obra comienza con un allegro ma non troppo que arranca con unos golpes de timbal que otorgan a toda la pieza un tono mágico y misterioso, seguidos de una larga introducción orquestal. A continuación, un tutti da paso a los dos temas principales, en los que oboes, clarinetes y fagotes se disputan el protagonismo frente a los violines, hasta que por fin el violín solista hace su aparición en un momento en el que toda la orquesta se diluye de pronto. El movimiento transcurre con gran belleza melódica hasta la intervención del fagot y un intenso crescendo con el que concluye.
El segundo movimiento es un larghetto y, como tal, se trata de uno de los movimientos lentos con los que Beethoven sabía penetrar en los oyentes. Se inicia con una melodía interpretada por los violines que el solista repetirá a continuación para dar paso a diversas variaciones de los temas principales. Todo el movimiento parece una obra en calma con matices muy sutiles hasta que el compositor efectúa un giro imprevisto con un acorde alto y una cadenza del solista que abre el camino al rondó del tercer movimiento.
No hay tiempo para detenerse entre los dos últimos movimientos, pues a la estática melodía del segundo sigue sin interrupción la música alegre y dinámica del tercero, en el que la parte solista y la orquestal alternan sus papeles con absoluta soltura hasta la fulgurante aparición de la trompa y, después, un intenso diálogo entre el oboe y el violín. Y a continuación, el solista logra enmudecer al resto de instrumentos mediante un hábil juego de arpegios con el que se impone suavemente sobre el conjunto orquestal.
Toda la pieza es una fiel imagen del compositor alemán, con pasajes lentos que enternecen y otros que muestran toda la fuerza de la que entonces era capaz, poco tiempo antes de que culminara algunas de sus mejores obras sinfónicas.
El concierto para violín de Beethoven ha sido grabado por numerosas orquestas y es uno de los preferidos por los violinistas de todos los tiempos, por ser él mismo una de las culminaciones de su género. Entre los registros más conocidos se encuentran, entre otros, los de Itzhak Perlman y la Philharmonia Orchestra, dirigidos por Carlo Maria Giulini (EMI); el de Yehudi Menuhin y la Berliner Philharmoniker bajo la batuta de Wilhelm Furtwängler (EMI); el de Anne-Sophie Mutter y la Berliner Philharmoniker, bajo la dirección de Herbert von Karajan (Deutsche Grammophon); el de Kyung Wha Chung y la Wiener Philharmoniker, dirigidos por Kyril Kondrashin (Decca), y el de Itzhak Perlman, Daniel Barenboim y la Berliner Philharmoniker (Warner).
Perlman y Barenboim son también, junto a Beethoven, los protagonistas de la grabación completa que pueden escuchar a continuación.

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© Fran Vega, 2016
Las Nueva Musas, 30 de mayo de 2016
http://lasnuevemusas.com/not/9309/el-concierto-para-violin-de-beethoven/

Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 61, de Beethoven

Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 61, de Beethoven · Fotografía: Antoine Verglas
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Ludwig van Beethoven
Concierto para violín y orquesta en re mayor op. 61, 1806
Patricia Kopatchinskaja (violín) & Frankfurt Radio Symphony
Philippe Herreweghe
Fotografía: Antoine Verglas
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La sinfonía concertante para violín y viola de Mozart

La sinfonía concertante para violín y viola de Mozart
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Fran Vega
La sinfonía concertante para violín y viola de Mozart

Antes de introducirnos en la sinfonía concertante para violín y viola de Mozart, parece necesario aclarar qué es eso de «sinfonía concertante», pues es un término musical prácticamente en desuso que respondía a una estructura clásica del siglo XVIII. Podríamos decir que es una forma que se asemeja a lo que hoy llamaríamos «concierto para instrumento solista», que en la época de Mozart solía ser más de uno.
Sin embargo, está más cerca de una sinfonía que de un concierto, pues los movimientos no se apoyan tanto en los instrumentos solistas, si bien estos interpretan pasajes de forma individual a lo largo de toda la obra. Así, esta pieza podríamos denominarla, en nuestro lenguaje de oyentes del siglo XXI, «sinfonía para violín y viola» o «concierto para violín y viola», del mismo modo que Beethoven eligió la fórmula «triple concierto» (piano, violín y violonchelo, op. 56) y Brahms optó por la de «doble concierto» (violín y violonchelo, op. 107). Pero como Mozart vivió en su siglo y no en el nuestro, la seguiremos llamando «sinfonía concertante para violín y viola».
Mozart tenía 23 años de edad cuando la compuso y se encontraba en uno de sus frecuentes y largos viajes por Francia y los territorios alemanes, periplos artísticos de los que no siempre saldría emocional e intelectualmente ileso. No obstante, eran periodos en los que el compositor componía sonatas, variaciones, serenatas, minuetos… piezas que en ocasiones dejaba casi arrinconadas posteriormente para involucrarse en obras mayores. Pero entre el frío de los caminos y la soledad de las posadas surgió también la Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor KV 364/320d, que probablemente finalizó en Salzburgo en 1779.
El autor ya había experimentado con la forma «concertante», pero en el momento de escribir esta tuvo en cuenta las complejas estructuras orquestales que había tenido ocasión de escuchar durante su último viaje. Sin ninguna duda, la competencia musical era muy elevada en la segunda mitad del siglo XVIII y Amadeus no estaba dispuesto a verse superado por otros compositores, así que escribió la obra para violín y viola solistas, dos oboes, dos trompas y cuerdas. Una orquestación aparentemente sencilla a la que añadió dos secciones de violas entre las cuerdas y a la que incorporó la técnica de la scordatura —un cambio de afinación en una o varias cuerdas de un instrumento— para resaltar el contraste entre el violín y la viola. Así, los pasajes solistas de la viola están escritos en re mayor, en vez de en mi bemol mayor, y adquiere medio tono ascendente, lo que le otorga un sonido más brillante.
A la edad en que la compuso, Mozart era ya un experimentado maestro que sabía cómo atrapar al oyente desde casi el inicio de cualquier obra, por lo que la sinfonía concertante arranca con un allegro maestoso que logra captar la atención antes de que el violín y la viola den comienzo a un intenso y en ocasiones delicado diálogo que culmina en una impresionante cadenza. El diálogo de seducción entre violín y viola se prolonga durante el andante, cuyo final se encuentra entre las páginas más hermosas del compositor. El tercer y último movimiento, presto, ofrece un juego entre los instrumentos que cierra algo más de treinta minutos de música mozartiana en estado puro, sin un resquicio ni un minuto perdido en esa danza fantástica que interpretan los protagonistas de esta sinfonía concertante.
Es probable que en el momento de su composición Mozart pensara en el violinista Ignaz Franzl y en sí mismo para la interpretación de la viola, un instrumento que entonces ocupaba un lugar secundario respecto al violín pero que el maestro de Salzburgo supo elevar de categoría, pues se encontraba entre sus preferidos.
Cuando escribió la última nota de esta obra, a Mozart le quedaban tan solo dieciocho años de vida. Aún tendría tiempo de dejarnos maravillosas partituras, pero la de esta sinfonía es una por la que merece la pena detener el tiempo.
En la grabación enlazada, Neville Marriner dirige a la Academy of Saint Martin in the Fields y a dos solistas de excepción: Anne-Sophie Mutter, violín, y Bruno Giuranna, viola. Disfrútenla.

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© Fran Vega, 2016
Las Nueve Musas, 18 de abril de 2016
http://lasnuevemusas.com/not/9206/la-sinfonia-concertante-de-mozart/

Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor KV 364/320d, de W. A. Mozart

Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor KV 364/320d, de W. A. Mozart · Fotografía: John Swannell
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Wolfgang Amadeus Mozart
Sinfonía concertante para violín y viola en mi bemol mayor KV 364/320d, 1779
Mariana Todorova (violín), Jensen Horn-Sin Lam (viola)
& Orquesta Sinfónica de RTVE

Jean Fournet
Fotografía: John Swannell
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