Turbio verano de bolardos y banderas

Turbio verano de bolardos y banderas
· Ucronías ·
Turbio verano de bolardos y banderas

Este país raro, tan etéreo y transitorio como si los años no pasaran, sigue provocando el mismo espanto en cualquier circunstancia en que se encuentre. No importa lo que ocurra ni lo que pase, porque las absurdas y graníticas reacciones se suceden con independencia de los acontecimientos y de la situación en la que estemos. Vivir en este país, tan curioso y pintoresco, supone permanecer anclado en la antesala de las ideas, sufrir la desértica soberbia de quienes aún defienden la ignorancia y batallar para no contagiarse con desdén de la muy histórica y patriótica majadería nacional.

Cualquier sociedad atraviesa un estado de horror y estupefacción cuando sufre un atentado, más aún si este se produce como los últimos tiempos nos han acostumbrado: en cualquier momento, en cualquier lugar y contra cualquier objetivo. Y cualquier sociedad honra a sus víctimas, se pregunta por los motivos de la barbarie y exige y clama a sus gobernantes que impidan y prevengan la repetición de los sucesos.
Sin embargo, en este país extraño culpamos de la matanza a la ausencia de bolardos y alabamos con vítores y hurras a las fuerzas del orden que ejecutan sin miramientos a los responsables de lo acontecido. Incapaces de un análisis riguroso y sosegado de lo que sucede en esta parte del mundo, buscamos en el mobiliario urbano las causas de nuestros males y publicitamos hasta el bochorno las presuntas heroicidades de quienes han de defendernos, pues para eso les contratamos, sostenemos y pagamos. Y culminamos las jornadas luctuosas sin preguntarnos si de verdad era necesario liquidar —abatir, según la nueva jerga establecida entre gobernantes y gobernados— a quienes tal vez hubieran podido aportar información, indicios o sospechas acerca de nuevos atentados, datos con los que quizá futuras víctimas no adquirirían esta última y funesta condición.
Hemos pasado de exigir dimisiones ministeriales por los excesos policiales a aplaudir con babosería y agostidad el abatimiento —no olvidemos el término, pues tal vez tengamos que usarlo con frecuencia en adelante— de quienes suponemos que realizaron la masacre, que en su primitivismo manifiesto huían entre las viñas o se abalanzaban sobre los agentes con machetes y cuchillos adquiridos horas antes en un supermercado. Y aceptamos sin pedir explicaciones que no había más remedio que vaciar los cargadores entre las cejas de quienes, tal vez, hubieran podido convertirse en confidenciales herramientas. No se trata ya de que merecieran o no la muerte inmediata como último acto de nuestro desprecio, sino de que hubiera sido más útil hacerlos caer, abatirlos, con certeros disparos en las rótulas para que nuestros loados cuerpos policiales hubieran podido ampliar el horizonte de sus investigaciones e impedir que la gente muera, también abatida, mientras pasea durante una tarde de verano.
Cabe preguntarse cuál hubiera sido la reacción de nuestra moderna ciudadanía si los abatidos hubieran sido de los nuestros, es decir, de nuestras creencias, tradiciones y costumbres. Pero no lo eran, así que cometemos la imprudencia de aplaudir a quienes un día pueden tomarse en serio la alabanza y pensar que ya tienen vía libre y carta blanca para abatir cualquier objetivo que consideren peligroso, pues la sociedad que les mantiene también les ha de respaldar. Ya no estamos en contra de los excesos, sino en contra de que nos afecten. Y este es un cambio importante en la mentalidad de este país que tanto asusta.

Así las cosas, resulta aún más cínico y chocante el lema elegido para la manifestación de repulsa de los atentados que encabezaron las escuadras de asalto y protección acompañadas de los más ilustres regidores: no tenemos miedo. De todos los eslóganes políticos y ciudadanos que hemos visto, y hemos visto muchos, este es quizá uno de los más absurdos y teatrales. Celebramos el abatimiento de los terroristas porque ello nos libra de la amenaza evidente de que despedacen nuestros cuerpos o destrocen nuestras vidas, pero no tenemos miedo. No tenemos miedo de que nos degüellen mientras compartimos un café o de que atropellen a nuestros hijos mientras corretean por la calle, no tenemos miedo de salir volando en nombre de una religión y no tenemos miedo de que la sangre nos alcance. ¿No tenemos miedo? ¿Este país de cuchufleta es ahora el nuevo héroe de Occidente? Recordemos que el terrorista de las Ramblas huyó a pie y a la luz del día y que nadie, como es lógico, se atrevió a enfrentarse a él. Pero una vez abatido ya no le tememos y estamos dispuestos a batallar sin miedo, con la camisa abierta y la cabeza alta.
Por supuesto que tenemos miedo. Y por supuesto que no temer por nuestras vidas o por las de los nuestros sería un ejercicio de inconsciencia e ibérica ignorancia, de modo que además de para repudiar los atentados —hecho en sí que pertenece a la obviedad— la manifestación debería haber servido para exigir a quienes tan dignamente la encabezaban que cumplan con el trabajo que les encomendamos cada día, no otro que velar por nuestra seguridad en vez de entorpecerse mutuamente su labor en nombre de un corporativismo trasnochado y más digno de un cuartelillo rural que de una sociedad plural y global en la que el terrorismo se presenta, también, de formas plurales y globales.

Al disgusto por la ausencia de bolardos sucedió el de la presencia de banderas. Vuelven de nuevo —hace tiempo que regresaron o quizá es que nunca se fueron— los himnos, las consignas, las antorchas y todos los simulacros de ideas que tan tristemente han estructurado nuestra historia. Y lo hacen como siempre lo hicieron: en nombre de la dignidad de un pueblo. Todas las sociedades que dicen defender su dignidad coinciden en sus objetivos sacrosantos e inviolables y todas esgrimen los mismos conceptos y herramientas: patria, bandera, idioma, territorio y tradición, es decir, todo aquello que ha originado en los últimos cincuenta siglos centenares de carnicerías y millones de muertos. Y todo y siempre con idénticos argumentos.
No importa tanto la opción como la forma en que se defiende. Y quienes defienden votar en nombre de un país se alinean con quienes defienden no hacerlo en nombre de otro, porque parece necesario identificarse con una nación, una bandera y una causa. Y lo cierto es que esto resulta intrascendente cuando quienes están obligados a entenderse y resolver conflictos —pues para eso les contratamos, sostenemos y pagamos— se desentienden de su cometido y pretenden que su trabajo lo resuelvan las gentes de quienes cobran. Olvidamos demasiado a menudo que esto es propio de una picaresca ramplona y absoluta. Y recurrimos con frecuencia a la idea de que la fuerza de las calles ha de imponerse por encima de cualquier otro concepto. Y eso, en este país desdibujado y transitorio, es siempre un acicate de imprevisibles consecuencias que algún día habrá que reprochar a quienes lo impulsan y alimentan.

No era tan difícil ponerse de acuerdo. No era imposible aceptar que la gente diga y vote. No era descabellado organizar un referéndum correcto en el que las partes afectadas y los ciudadanos manifiesten libremente sus opciones. ¿No existe en nuestro ordenamiento una ley que lo ampare? Pues hágase la ley, que otras muchas de ínfima importancia aprueban cada día decenas de diputados y senadores cuando no están en su bar subvencionado. ¿No lo permite la intocable Constitución? Pues cámbiese la Constitución, que ya va siendo hora de actualizar ese libro de encantamientos que amarillea por desuso. ¿La negociación política exige contrapartidas y cesiones? Por supuesto, como todas las negociaciones de cualquier ámbito. ¿Para qué creen nuestros representantes que ocupan sus puestos si no es para negociar, pactar y distribuir derechos y recursos? Y si los personajes que en su momento elegimos para ello no lo hacen con templanza y armonía, y es evidente que se comportan como trastornados y dementes al mando de trituradoras de quinta generación, déseles carta de despido y sean relegados a la última baldosa del último rincón de la memoria.
Casi cualquier opción era mejor que la elegida por la incompetencia y el quietismo —que tantos adioses producen— y por la alucinación y la ignorancia —que tantos patriotismos generan—, es decir, el callejón oscuro en el que los matones de cada barrio dirimen sus diferencias mediante gargajos y empellones tras haber paseado sus manos por la entrepierna sudorosa de quien no tiene más ideas ni razón. Que la institucionalización de la bravuconería no nos engañe, porque seguimos viviendo en donde sobre la mesa se ponen exabruptos y atributos en vez de cerebros y propuestas. Es lo que tradicionalmente hemos hecho en este país que tanto asusta y desconsuela.

Lo que sorprende no es la voluntad de independizarse, aunque nadie sepa de qué, si de Alemania, del Banco Europeo, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional o del Club Bilderberg, si de los populares para sustituirlos por los convergentes y democristianos de Artur Mas y el converso Lluís Llach, de Rajoy y Soraya para reemplazarlos por Puigdemont y Forcadell, de Montoro para relevarlo por Turull o de Iglesias y Sánchez para sustituirlos por Junqueras y Romeva, si de la política despiadada de la Moncloa para aceptar la muy salvaje de la plaza de Sant Jaume o si de las cloacas nacionales para transitar en su lugar por las aguas negras que bajan de la Generalitat. Lo decepcionante es querer independizarse con semejantes compañeros de viaje para cambiar un patriotismo por otro del mismo alcance y unas miserias constantes por otras permanentes. A partir de ahí, y en el escenario presente, asumamos que la verdadera tragedia de los independizados no sería su nuevo estatus, sino las manos de quienes lo gestionen, porque el futuro estado lo construirían los mismos que antes lo arrasaron. De modo que las dos partes en litigio tienen un gran problema en común que les acerca y asemeja: eligen para su propio gobierno a quien les desprecia, les asalta, les utiliza, les empobrece y les maltrata en nombre de la patria, la bandera, el idioma, el territorio y la tradición. No son pocas las coincidencias.

Seamos convocados para construir una república igualitaria y progresista, sin corruptas oscuridades ni doctrinas, regida por quienes deseen establecer los cimientos de un estado basado en el derecho y la razón sin apelar a ingenuas emociones y establecido a partir de la honrada distribución de los recursos, la adecuada administración de la justicia, la correcta planificación social y educativa y las necesarias estructuras que demandan las sociedades de nuestro tiempo. Mientras tanto, sigamos nutriéndonos de patrióticos artificios revestidos de viejas consignas que a nada nos conducen, salvo a la profunda convicción de que ni antorchas ni banderas de uno u otro signo harán de este país —ni de ningún otro— un lugar más habitable, más equilibrado y mejor administrado, sino que en las condiciones actuales contribuirán a que siga siendo el vertedero ideológico que siempre ha sido y el estercolero político y social que siempre fue. Y todo junto es para sentirse frustrados, desolados y asustados. Abatidos, decimos ya.

«Duelo a garrotazos», de Francisco de Goya
Francisco de Goya
«Duelo a garrotazos»

© Fran Vega, 13 de septiembre de 2017

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«Dunkerque»

«Dunkerque» (2017), de Christopher Nolan
· Ucronías ·
Fran Vega
«Dunkerque» (2017), de Christopher Nolan

Milimétrica. Es la palabra más adecuada que se me ocurre para definir Dunkerque, la película dirigida por Christopher Nolan en la que todo está exactamente donde debe estar y en la que todo transcurre lejos de la previsión para que todo se convierta en precisión.
Una película de guerra consiste en una trama organizada alrededor de unos soldados que luchan contra otros, en la que unos mueren y otros no y en la que al final hay un objetivo cumplido a costa del que otros incumplieron. Pero en Dunkerque no hay nada de eso.
Hay casi medio millón de soldados que esperan en una larga playa francesa a que su propio ejército los rescate o a que el ejército enemigo los aniquile. Y sobre esa angustiosa espera discurren canales narrativos organizados a la perfección que muestran la miseria colectiva de todas las guerras, pero también la nobleza, la dignidad y la esperanza de quienes se vieron obligados a combatir.
Apenas hay oficiales dando órdenes altisonantes, no hay soldados alemanes —tan solo la imagen difusa de dos de ellos en los últimos minutos— y casi no hay sangre en una película que expone la guerra desde dentro, desde las entrañas de jóvenes asustados que no saben cuántos instantes les quedan de vida y que se conducen por instinto de supervivencia. Y también, en ese conmovedor papel interpretado por Mark Rylance, hay quienes aceptan que hay momentos en los que resulta imposible eludir las decisiones.
Nolan construye un guion sin excesos, en el que continuamente parece que no sobra una palabra ni tampoco una mirada. Y Hoyte van Hoytema fotografía una película en la que el montaje de Lee Smith funciona como un mecanismo de relojería en el que todas las piezas tienen su lugar y en el que ninguna falta. Un mecanismo preciso.
Y todo ello envuelto en la potente banda sonora de Hans Zimmer, que suple diálogos y esculpe emociones para conducirnos muy despacio hacia las Variaciones Enigma de Edward Elgar —el autor de la muy británica Pompa y circunstancia—, que puede escucharse en las últimas escenas de la playa. Un guiño de Nolan y Zimmer a todos los soldados ingleses que participaron en aquella operación durante la primavera de 1940 y, tal vez, un guiño a todos los que alguna vez han aguardado o han acudido en ayuda de quienes aguardaban.
«Solo hemos sobrevivido», dice un soldado al regresar a Inglaterra. «Es mucho», le responde un anciano mientras le ofrece una taza de té.
Es mucho. Y Nolan, Zimmer, Van Hoytema y Smith nos lo enseñan como pocas veces nos lo han enseñado en la historia del cine.

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Errejón, el loro y el viejo profesor

Errejón, el loro y el viejo profesor

En los pintorescos años del tránsito —ese período de nuestra historia revestido de heroísmo, cuando en realidad lo fue de cobardía y sumisión—, en los que la España de eucaristía y uniforme pasó a ser la que aún no es y a la que le falta mucho por ser, hubo en las filas de la izquierda un revuelo solo comparable al que ahora contemplamos. Cierto es que nuestra izquierda fue siempre pajarera y zascandil, pero estaba en juego entonces nada menos que el futuro, esa fantasía a la que solo aluden quienes ven en ella ocasiones de lucro, poderío y promoción.
Fue en esa época cuando las cartas marcadas por los trileros internacionales que nos predestinan y gobiernan se pusieron del lado socialdemócrata no porque se lo hubieran ganado durante la larga noche oscurantista, sino porque en política y economía hay carambolas que te entronizan con armiño o te conducen directamente al paredón. Tenía entonces Felipe González las patillas como hachas y Alfonso Guerra aspecto de mal poeta y perdedor, pero descubrieron que uniendo el encanto y las argucias podían llegar a lo más alto sin haber pasado antes por las grisuras clandestinas ni por los méritos cansados de la derrota y el exilio que exhibían los viejos compañeros de partido.
Sin embargo, juntos tenían también un adversario heterodoxo que no lo era porque arañara votos en sus feudos o alterara su folclórico programa electoral, sino porque era en sí mismo un personaje diferente a los clanes de tortilla y camisas de leñador, con lecturas a su espalda y un estilo labrado en bibliotecas que incordiaba en gran manera a quienes reinarían en Ferraz. A González le molestaban sus aires documentados; a Guerra, que le usurpara protagonismo entre fontaneros y arribistas y que le hiciera sombra entre quienes aún apreciaban la inteligencia.
De no haber sido por estos pequeños dolores, Enrique Tierno Galván hubiera sido uno de los ponentes de la Constitución y en su momento hubiera ocupado el puesto que otros ocuparon teniendo menos pedigrí, pero el caso es que los socialdemócratas del PSOE ya habían devorado a los sociopopulares del PSP y decidieron que nada mejor que auparlo a una alcaldía de postín para que fuera venerado sin inmiscuirse en asuntos para los que los cachorros sevillanos estaban sobradamente ansiosos y dispuestos.
Y así fue. En las primeras elecciones municipales, las de 1979, fue elegido alcalde de Madrid, plaza señera y buque insignia de cualquier formación política que se precie, lo que allanó el camino para que tres años después González y Guerra saludaran desde el Palace con la rosa en una mano y la estampa de Iscariote junto a la televisión.
A Tierno Galván, que en la transición ya era conocido como «el viejo profesor» sin haber cumplido los sesenta, se lo quitaron de encima como quien espanta de la calva una mosca reincidente, pero supo tomar posesión de sus dominios, se convirtió en el alcalde más popular de la villa y, una vez reelegido, se mantuvo al frente hasta que la muerte se lo llevó por delante un día de enero de 1986.
Para entonces había logrado de sus votantes algo por lo que cualquier diputado de provincias daría hoy hasta un pedazo de su páncreas: el afecto. Por razones que no pueden limitarse a sus bandos divertidos, a su monástica presencia y ni siquiera a las decisiones que tomó, los madrileños acudieron en masa a su sepelio mientras coreaban una de las frases que le hicieron popular: ¡A colocarse y al loro! Por supuesto, entre quienes jaleaban las consignas y vitoreaban el cadáver estaban no pocos de quienes le habían defenestrado unos años antes.
Seguramente sean muchas las diferencias de todo tipo entre el viejo profesor y el joven Errejón —no se trata aquí de la ideología, sino de la historia—, pero a este le proponen ahora el mismo puente de plata por no haber entendido que lo más sagrado en un partido es la jerárquica cadena de mando y que pretender obviarla suele ser sinónimo de patíbulo o exclusión, pues siempre hay tras esta iniciativa un loro copetudo que con su arrogancia y vanidad tiende a que hagan aguas los intentos de incumplir los rigores de las lógicas internas.
Después de todo, no le fue mal al viejo profesor en su destino, pero deberá decidir el joven Errejón si acepta la intendencia que le ofrecen como parte del programa de castigo y repulsión o si recoge sus enseres y regresa a su exclusivo núcleo irradiador. En cualquiera de los casos tendrá que estar listo y muy atento, no vaya a ser que quienes hoy le ensalzan mañana le lleven y despidan en caja de pino y en volandas por la calle de Alcalá, por donde dicen que la izquierda viene y va.
Hay veces en que la gente es conocida por sus retos, pero en la mayoría de las ocasiones lo es por sus renuncias. Al loro, joven.

© Fran Vega, 20 de febrero de 2017

Los cadáveres que investían a los muertos

Los cadáveres que investían a los muertos · Fotografía: Patrick Gries
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Réquiem por un socialista español

Réquiem por un socialista español

Con ferracidad y alevosía, el partido de los socialdemócratas españoles ha decidido poner fin a su existencia mediante un suicidio asistido, programado y ejecutado en dos tomas. Nada les obligaba a ello y ellos solos se han bastado para descerrajarse un tiro en el hígado y otro en la sien.
En realidad, ¿cuándo se rompió el socialismo español? Habría que remontarse para saberlo a los días de julio de 1936, a la ineptitud mostrada durante la guerra civil y a los lobos depredadores en la hora de la derrota, cuando entre ellos se daban dentelladas con Franco a las puertas de Madrid. Y también a Suresnes, en 1974, cuando los sevillanos del clan de la tortilla decidieron que ellos eran más grandes y mejores que quienes llevaban ya más de tres décadas en el exilio. Y, sobre todo, a 1979, cuando de la mano de su ya turbio secretario general se entregó a la socialdemocracia para poder llegar tres años después a la Moncloa.
Habría que pensar también en 1986, cuando hubo que tragarse el voto afirmativo en el referéndum atlántico. Y en la huelga general de 1988, cuando renovadores y guerristas peleaban por la protoherencia del felipismo. Y en todos los cocederos que se descubrieron después, en los que de igual modo se echaba la mano a la caja que se echaba mano de la cal. Y en todos los navajazos y ejecuciones que se han producido desde entonces en los pasillos de Ferraz sin que a ningún dirigente le importara la delirante deriva de su formación. Nos dio pena Borrell, pero lo suyo no fue nada comparado con lo de Sánchez, ese hombre desubicado entre perfectas manadas de fieras.
Y ahora, una vez consumado el ofertorio, ¿quién recoge estas cenizas tras el incendio felipista, la trama cebrianista y la soberbia susanista? Dicen que estos cráneos privilegiados esperan no solo que la derecha les devuelva el favor, sino que todos los resortes del sistema actúen de igual modo cuando las tornas cambien. Y se equivocan. Porque la derecha es mucho más lista y uniforme, se mantiene recta como un bloque de granito y jamás cometería el mismo error, sabedora de que un político suicida es lo último que los electores quieren. Y dicen también que la muerte asistida de los socialdemócratas cambiará para siempre el paisaje político heredado de la transición. Ya lo ha cambiado.
El socialismo español tenía una oportunidad de demostrar que quedaba en él algo de la izquierda que alguna vez quiso ser. Y de devolver a la izquierda todo lo que le hemos aguantado, todas las veces que nos ha sonrojado y todas las ocasiones en que nos ha avergonzado. Y no solo no lo ha hecho, sino que ya no tendrá más oportunidades de hacerlo, porque los muertos se quedan muy solos y no hablan con nadie. Y como los muertos en la antigüedad, los socialdemócratas viajan ya con una moneda en la boca, la que les han puesto los regidores eternos de cuanto acontece, las bandas que nunca han dejado de gobernarnos y los príncipes democristianos y financieros que son los únicos dueños del juego. Ha sido largo el viaje desde la trinchera a la colaboración: agrúpense todos en la tumba final.

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 «Zarzuela, Génova y Ferraz»

© Fran Vega, 26 de octubre de 2016

Zarzuela, Génova y Ferraz

Zarzuela, Génova y Ferraz

La ventaja de ser rey emérito es que no estás sujeto a ningún tipo de precepto legislativo, por lo que puedes hacer casi lo que quieras sin más frontera que la de tu propia ética, en caso de que la tengas. La Constitución impide que el rey que reina se inmiscuya en política o en asuntos propios de los partidos, pero nada limita la actividad del emérito, que hace y deshace sin rendir cuentas ni explicación.
Viene esto a propósito de que no resulta creíble que la carnicería que se está perpetrando en Ferraz sea ajena a conciliábulos como el que observan en la fotografía, en el que todos los comensales comparten objetivos e intereses. La ausencia de F6 se explica porque la propia Constitución le obliga a respetarla, pero no hay decreto que prohíba al emérito borbonear con el señor de los GAL, el señor de Irak, el señor de la Gürtel y un señor de León que fue invitado por cortesía.
Pensar que el enésimo movimiento cainita que los socialdemócratas están viviendo tiene su origen en pedristas y susanistas resultaría ingenuo. Hace meses que entre Zarzuela y Génova se estableció un hilo directo para lograr la investidura de Rajoy mediante la voladura de Ferraz siempre que esta se produjera desde dentro y con escenografía navajera. Y para ello se pidió colaboración al mejor dinamitero del reino: Felipe González, el viejo león superviviente de Suresnes con las cuatro patas hundidas en otros tantos consejos de administración. La Zarzuela se personó a través del emérito en un conflicto en el que no podía intervenir, pero del que dependía buena parte de su estabilidad.
No es creíble tampoco el difundido lapsus de González aludiendo a la guerra sucia en una entrevista radiofónica. En primer lugar, porque estaba grabada con anterioridad, y hubiera hecho falta una sola palabra del viejo león para que la Cadena Ser la editara y omitiera esa referencia. Y en segundo lugar, porque el viejo león es demasiado viejo y demasiado listo como para cometer ese pretendido error. Era una bala que tenía guardada para los de su propia tropa y que disparó con septembridad y alevosía. Un tá-pá-pá que en tres décadas no había dejado escapar, hasta que lo usó como fuego amigo camuflado entre críticas a su secretario general. Y una chulería, porque si en su momento ningún juez se atrevió a sentarle en el banquillo, él mismo ha confesado ahora sus fechorías sin que nadie le preguntara.
Es pronto para saber cómo terminará este golpe socialdemócrata y hasta qué punto beneficiará a sus instigadores y a quienes les financian o si se volverá en contra de sus cabecillas, pero no para observar la obscena fotografía tomada en un restaurante madrileño y reparar en que quien la hace no tiene plato en la mesa. No hay un sitio vacío, porque quien tomó la instantánea solo estaba convocado para que tomara nota del evento: Cebrián, ese fiel servidor y beneficiario de cualquier gobierno que lleva cuarenta años en todas las sombras de importancia.
Tal vez el partido socialdemócrata necesitaba un sepulturero y lo ha encontrado en el mismo que lo llevó al poder, pero una vez provocado el incendio, apagadas las llamas e identificados los pirómanos, ¿quién gestiona las cenizas? Pasarán años antes de que alguien se atreva a recogerlas y pueda responder.

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 «Réquiem por un socialista español»

© Fran Vega, 1 de octubre de 2016

The Affluent Worker

The Affluent Worker
A mediados de los años ochenta, con Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Juan Pablo II en la cúspide del gobierno occidental y el sistema soviético con evidentes síntomas de hundimiento, se celebró en un hotel de Ginebra una de esas reuniones a las que acuden los auténticos mandatarios del mundo. No presidentes electos ni primeros ministros surgidos de las urnas, sino dueños de empresas dedicadas al tráfico legal de energía, armamento, fronteras, territorios y creencias. Y, naturalmente, banqueros democristianos e intelectuales socialdemócratas. Es decir, la cúpula planetaria.
En aquella reunión se analizaron los avances conseguidos desde la gran crisis de los años cuarenta —cuyo protagonismo fue entregado al pequeño cabo austríaco a cambio de que Estados Unidos pudiera comprar Europa y Asia al irrisorio precio de cincuenta millones de muertos— y se analizaron las perspectivas de un futuro inmediato en el que la guerra fría estaba a punto de ser incinerada.
Para entonces se habían producido ya conatos revolucionarios sin graves consecuencias que habían servido para encender las alarmas en los consejos de administración más influyentes del mundo, pues jóvenes lanzando adoquines en las calles de París y vietnamitas derrotando a las tropas occidentales no podían presagiar nada bueno. Pero, sobre todo, había una figura que se había vuelto peligrosa y que podía acabar siendo subversiva: el Affluent Worker, el trabajador opulento.
Superadas las esquirlas de la última guerra y levantadas de las ruinas las ciudades que las multinacionales ordenaron destruir, la clase trabajadora había alcanzado ya las líneas rojas de lo que el gran capital estaba dispuesto a tolerar: los obreros de medio mundo no solo tenían contratos fijos, pagas extraordinarias, vacaciones financiadas, asistencia sanitaria y hasta segundas residencias, sino que entre ellos había comenzado a proliferar el pensamiento, no pocos se habían infiltrado en organizaciones desestabilizadoras que suponían un riesgo innecesario y existía la posibilidad de que en algunos países los revoltosos tomaran el poder. Así que una vez más en la historia era necesario dar un golpe de timón al rumbo de los tiempos.
Los mandatarios tuvieron claro de inmediato que no podían volver a organizar una guerra intercontinental para acabar con toda esa pillería y que estaría feo sacar de nuevo la artillería pesada y las armas nucleares. Verdún y Nagasaki habían sido bonitas experiencias, pero en esta ocasión debía imponerse la habilidad y el disimulo. De los campos de concentración ni siquiera se llegó a hablar.
Y si en otros momentos la dirección de operaciones similares había recaído en industriales y profetas, en aquel momento la capitanía de la misión fue encomendada a la gran banca mundial. Esta vez os toca a vosotros, dijeron los fabricantes de armamento y de cámaras de gas, organizad una gran crisis y no malgastéis ni una sola bala. Nosotros lo hicimos con las botas y las bombas, hacedlo ahora con algo mucho más limpio y elegante: el dinero, es decir, la deuda.
Las mejores propuestas fluyeron enseguida y consistieron en idear mecanismos para que en una primera fase la gente se enriqueciese y confiase en el sistema mediante créditos y préstamos hipotecarios —lo que a su vez enriquecería también a sus inventores—, para acometer después una segunda etapa en la que todo eso desaparecería y no hubiera más remedio que empezar de cero, trabajando con ahínco y devoción para hacer más grandes las empresas a cambio de míseros salarios, humillantes condiciones laborales que serían aceptadas y el olvido de cualquier reivindicación.
La guinda del diabólico plan la pusieron los banqueros democristianos, que transmitieron la idea de los intelectuales socialdemócratas para convencer a las masas trabajadoras de que ellas eran las únicas responsables de su pobreza debido a su inconsciencia y bobería, su falta de planificación y sus desmedidas ambiciones. No tendrán nada y nos lo deberán todo, dijeron, pero no vaciaremos hasta el fondo sus despensas: han de ser pobres, pero no hambrientos, y necesitados, pero no desesperados, porque el peor enemigo es quien no tiene nada que perder.
Sin embargo, democristianos y socialdemócratas pidieron a industriales y empresarios que les ayudaran a crear otro peligro, pues si rusos y chinos dejaban de ser una amenaza, alguien tenía que representar el complemento perfecto de la pobreza: el miedo. Las dudas quedaron despejadas en cuanto uno de ellos trazó un esquema para dotar al mundo de grupos extremistas encargados de sembrar inseguridad y pánico entre la población. Que parezca un atentado, concluyó el presidente de una petrolera.
Por último, en aquel hotelito de Suiza se decidió que si habían sido necesarios más de treinta años para que el mundo girara por completo —los que van del disparo de Sarajevo en 1914 a la destrucción de Dresde en 1945—, no harían falta menos para que volviera a hacerlo y lo hiciera en la buena dirección.
No hubo más debates y todos se sentaron a cenar entre grandes risotadas y abrazos de júbilo y deleite. Adiós, Affluent Worker, pronto volverás a confiar en nosotros y nos votarás en todas las elecciones, dijeron al brindar, porque solo nosotros podemos asegurarte un plato caliente en la mesa, pero nunca más pretenderás nuestras ganancias ni pagaremos tu dentista ni tus hijos soñarán con un mundo mejor que el tuyo. Somos tu único futuro.

Han pasado treinta años desde aquella reunión en Suiza y la pieza de relojería diseñada entonces por quienes de verdad deciden el mundo ha funcionado a la perfección. La llamaron «crisis». El resto es pura fantasía.

© Fran Vega, 16 de septiembre de 2016

Antropoceno, Bilbao, 1950

Antropoceno, Bilbao, 1950
Siete años de trabajo de treinta y cinco científicos han servido para llegar a la conclusión de que nuestro planeta se encuentra en una nueva época geológica denominada Antropoceno, cuyo origen se sitúa en 1950. ¿Y en qué lugar de la Tierra se demuestra que el Antropoceno es una realidad? En Bilbao.
Para situarnos un poco, recordemos que hasta ahora vivíamos en el Holoceno, última época del período Cuaternario iniciada hace unos doce mil años. Es decir, que todo lo que conocíamos de la historia, desde el diluvio universal hasta la última pifia del gobierno y su presidente, había transcurrido en el Holoceno. La fundación de Asiria, la filosofía griega, el imperio romano, los reyes godos, las cruzadas, el medioevo, la caída de Constantinopla, el Renacimiento, la revolución industrial y las dos guerras mundiales se ubicaban en el Holoceno. Y se siguen ubicando, porque los sedimentos hallados en la ría de Bilbao demuestran que la nueva época geológica comenzó en 1950. Es decir, que el gol de Iniesta y Mariano Rajoy ya pertenecen al Antropoceno.
La fecha elegida no reviste mayor trascendencia y el límite entre una y otra época podía haberse establecido un par de años antes o un par de años después, pero ¿por qué en Bilbao?
La respuesta está en una franja de siete metros de sedimentos originada como consecuencia de la industrialización y visible en la playa cementada de Tunelboca, que indica que la huella humana en el planeta es ya lo suficientemente profunda y definitiva como para que pueda hablarse de un cambio de época. No son ajenos a este cambio, por supuesto, los residuos radiactivos de plutonio esparcidos por todos los continentes, pero es importante destacar que tras poco más de doscientos años de industrialización —lo que en términos geológicos es una minucia— la Tierra ha sufrido una transformación que no había experimentado en los doce mil años anteriores, desde que se iniciaron la agricultura y los primeros asentamientos urbanos. Y es en los acantilados de Getxo donde el profesor Alejandro Cearreta, geólogo de la Universidad del País Vasco, propone situar el clavo dorado, es decir, el lugar de referencia planetaria para el comienzo del Antropoceno.
Cualquier otro descubrimiento científico cuyo núcleo demostrable se encontrara en las playas bilbaínas sería motivo de contento, pero pensar que en ellas se encuentra este clavo dorado que evidencia el cambio geológico nos deja un ánimo lánguido por la constatación de que, en efecto, nos estamos cargando lo único que de verdad hemos heredado: el planeta.
Hubiera estado bien saber que el arca de Noé no se asentó sobre los montes Ararat tras el diluvio, sino junto al mismísimo puente colgante, o que el Artibai es en realidad la auténtica fuente del Nilo. Sin embargo, lo que sabemos nos lleva a preguntarnos si habrá una siguiente época geológica o si esta es ya la última, definitiva y funeraria transformación de la Tierra.
La propia ría de Bilbao nos responderá, pero tal vez lo haga con el silencio.

© Fran Vega, 9 de septiembre de 2016

Mariano Go

20160901 · Mariano Go
A veces veo Marianos. Sí. Los veo agazapados en las calles, ocultos tras los buzones amarillos de correos, esperando al autobús o cruzando pasos de cebra como si nada ocurriera. Me sucede como al fotógrafo Karak Apok, que retrató a un señor con sombrero y después resultó que era un Mariano o quizá un replicante de Mariano. Yo veo Marianos. Así es.
En ocasiones quiero cazarlos disparando con mi móvil, llevármelos a casa y ocultarlos en el desván, para que nadie les vea y les encuentre utilidad. Pero dicen en el vecindario que nunca se sabe.
Han de saber también que durante mucho tiempo vi Josemaris. Era agobiante. Pero debieron de cazarlos a todos y desaparecieron. Un alivio.
La cosa es que ahora encuentro Marianos por las esquinas. Pero eso no es lo peor, porque hay exactamente 7.906.185 Marianos Go en nuestras vidas. Tengan cuidado al salir de casa, al aparcar el coche o al pasear al perro. Porque lo único que la izquierda va a hacer frente a ellos es esperar a que se extingan. Como los Josemaris.

© Fran Vega, 1 de septiembre de 2016

El informe Chilcot y la inteligencia

El informe Chilcot y la inteligencia
Lo que más sorprende del Irak Inquiry o informe Chilcot conocido hace unos días no es lo que cualquier ser inteligente y bien nacido sabía desde hace años, esto es, que la invasión de Irak fue una guerra prefabricada y que quienes la organizaron mintieron y estafaron a todo el planeta, sino que haya sido necesaria más de una década para que la comisión investigadora presidida por John Chilcot haya llegado a esa misma conclusión.
Sorprende también que periodistas, analistas y medios de comunicación se lleven ahora las manos a la cabeza por lo que desde el primer momento era una obviedad. ¿Acaso podía esperarse otra cosa de los tipos reunidos en las Azores en la primavera de 2003? Allí estaban Tony Blair, ese político desdichado sin un solo gramo de criterio en su cabeza; George W. Bush, el peor presidente que Estados Unidos podía haber tenido en uno de los peores momentos de su historia, y José María Aznar, a quien es difícil calificar sin infringir el Código Penal. Los tres acogidos y bien recibidos por Durão Barroso, quien obtuvo a cambio la presidencia de la Comisión Europea y quien acaba de incorporarse a la de Goldman Sachs para terminar de destruir lo poco que dejó en pie en el continente.
No había entonces ninguna duda de que todos mentían, nadie que no fuera un ingenuo pudo creer aquellos discursos argumentales y nadie que no tuviera sangre y muerte en su cabeza pudo pensar que aquellos tipos decían la verdad. Nos metieron en una guerra y la jugada nos salió muy cara. Y ahora hay grandes titulares que dicen: ¡Oh! ¡Nos mintió! Como si no hubiera mentido antes y después, cuando nos devolvieron la carnicería en vagones y apeaderos.
Dice también el informe Chilcot, en un insólito alarde de perspicacia, que la invasión de Irak propició la actividad del ISIS y extendió la guerra a conflictos como el sirio, cuyas consecuencias son evidentes y de sobra conocidas. A esa conclusión han llegado los servicios de inteligencia tras años de análisis y financiación, la misma a la que cualquiera con un mínimo de información y perspectiva ha podido llegar por su cuenta durante todo este tiempo. Reconozcamos que con servicios de inteligencia de este nivel, no necesitamos ningún estúpido al que investigar.
El informe Chilcot no solo es insultante para las víctimas de cualquier bando y cualquier país en donde aquella guerra sigue dejando huella, sino para los millones de personas que en su momento nos manifestamos en todo el mundo en contra de una operación demencial urdida por aquellos enfermos que nos gobernaron.
Trece años después, Aznar, cuyo vicepresidente de entonces gobierna y gobernará, aúlla todavía como una hiena con la boca ensangrentada por la carroña que devora: ¡créanme!, dice.
Tal vez sabe que en los cementerios sirios e iraquíes aún hay tumbas que no debieran estar vacías, pues no es posible que no exista el infierno también para ellos.

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«De Damasco a París»

© Fran Vega, 11 de julio de 2016

Rajoy no existe

20160628 · Rajoy no existe

A ver, que lo fácil ahora es decir que Mariano ha ganado las elecciones, pero eso es imposible por la incuestionada verdad de que Rajoy no existe. Todos los votantes del Partido Popular son conscientes de esta exactitud, así que socialdemócratas y podemitas son los únicos que permanecen en el limbo y siguen sin saber que el gran Mariano solo tiene vida en nuestra confusa imaginación. Veamos por qué.
En primer lugar, porque Aznar está satisfecho con el resultado y ha felicitado a su sucesor. Y esto es muy mal asunto, porque significa que es Josemari quien habita en la oquedad craneal de Mariano.
Después, porque nada podía esperarse de una campaña podemita basada en invocaciones a la patria y corazoncitos veraniegos. ¿Qué creían estos chicos? ¿Que hemos llegado hasta aquí para escuchar estas cosas? ¿Que hemos peleado tanto para llevar un corazoncito en la solapa? No, muchachos, no basta con la camisa blanca remangada y tres o cinco ocurrencias en prime time. Necesitamos dinamita intelectual y fuego en las neuronas, no carantoñas ni ternura de colegas.
A continuación, porque solo los socialdemócratas pueden aprobar un eslogan electoral tan hueco como “Vota sí al cambio”. Eso del cambio funcionó una vez, pero está claro que no es una mina sin fondo. Y menos aún si va impreso sobre la foto de un líder errático y errante cuya vida política pende de un pedo. ¿Cuándo se van a convencer los políticos de que la gente jamás vota incertidumbre?
Más todavía: es imposible que exista alguien como Mariano Rajoy. Es imposible que alguien así dirija una banda perfectamente organizada que gana elecciones y aumenta su ventaja en cada convocatoria. Eso no puede ser verdad.
Pero, sobre todo, Rajoy no existe porque el Partido Popular no lo necesita. ¿Para qué tener un líder si no hay nadie que trabaje mejor por el partido que podemitas y socialdemócratas?
Rajoy no ha existido nunca. Y la izquierda solo ha demostrado un principio físico irrebatible: dos fuerzas que chocan siempre impulsan a una tercera.
(En efecto, lector: usted y yo tampoco existimos. Solo somos el resultado de un capricho algorítmico).

© Fran Vega, 28 de junio de 2016

Que vuelva ya Georgie Dann

20160607 · Que vuelva ya Georgie Dann

Los chicos del Partido Popular anunciaron y divulgaron ayer el nuevo arreglo musical de su himno, que en esta ocasión ha adquirido ritmo de merengue. Dijeron también que habían dudado entre varias opciones rítmicas, pero que al final se había impuesto el merengue. Así. Sin avisar ni nada.
Es de suponer que con esta innovación esperan triunfar en las verbenas rurales del verano después de haberse alzado con el primer premio en las elecciones, lo que sin duda supondrá un sustancioso incremento del consumo de alcohol y otras sustancias aún mejores por parte del personal menos inclinado hacia la nueva gaviota merengada.
Pero lo verdaderamente inquietante es intentar ponerse en la cabeza de quienes han tomado esta siniestra decisión. Nada tengo en contra de este ritmo tan alegre, pero reconozcamos que no parece la idea más brillante para intentar ganar adeptos o siquiera votantes. De modo que solo queda pensar que una vez instaladas la memez absoluta y la corrupción generalizada en la sede negra de la calle Génova, solo faltaba que lo hiciera también la demencia total.
Si a la iniciativa bailonga de los populares añadimos el corazoncito podemita y las invocaciones suaristas de los muchachos de Ferraz, cabe preguntarse qué será lo siguiente en esta tronchante campaña electoral de piscina, frigodedo y trampolín.
Es hora, por tanto, de reivindicar las auténticas canciones del verano para que en las plazas de los pueblos suenen este año de forma atronadora y acallen, por favor, ese himno merengoso cuyos primeros acordes ya invitan al alboroto, al incendio e incluso al merengue de neutrones.
Que vuelva ya Georgie Dann.

© Fran Vega, 7 de junio de 2016

Mariano, un artista entre nosotros

20160601 · Un artista entre nosotros

Tenemos todavía un artista en la Moncloa y lo hemos ignorado hasta ahora como si no fuera importante la creatividad en la heroica tarea de dirigir un país y hasta un gobierno. Rajoy nos ha sorprendido con un tuit, élfico y misterioso, en el que junto a la imagen que contemplan ha añadido el siguiente texto: «Después de estos meses, así veo yo la situación política».
¿Qué? ¿Es grande o no es grande Mariano? ¿Tiene arte o no lo tiene? Hay que ser muy bueno, hay que tener una amplitud de miras espectacular y hay que tener conciencia de la historia para publicar algo así. Hay que tener muy claras las ideas, muy definidos los proyectos y muy estructurados los planes de futuro para resumir de este modo un semestre de fútbol y vagancia y encarar unas nuevas elecciones.
Al final, somos nosotros los únicos preocupados por el déficit, los recortes, la prima de riesgo, la corrupción, los refugiados y el cambio climático. Somos nosotros los que nos angustiamos solitos y contemplamos todo con lamento y pesimismo.
Sean optimistas, alegren esa cara, miren la vida como si hubiera mil mañanas y aprendan de Mariano: una línea roja sobre un fondo blanco. Ya está. Eso es todo.

© Fran Vega, 1 de junio de 2016

El discreto encanto del perdedor

El discreto encanto del perdedor
· Ucronías ·
Fran Vega
El discreto encanto del perdedor

Cuando termine la final del raro concurso futbolístico que se celebra hoy, la copa se quedará en alguna vitrina de la capital de este reino de vino tinto con sifón y comenzaremos a pensar en el siguiente trofeo deportivo que nos alivie la realidad. Se festejará en las calles y habrá quienes brinden y celebren, como habrá quien se apene y se lamente de la sin duda trágica derrota que siempre acompaña a un adverso marcador.
Y comprobaremos una vez más que siempre es más interesante la experiencia del perdedor. La del ganador no encierra mística ni misterio, pues nunca hay laberinto en la alegría de quien gana, cuyo ánimo se transcribe en abrazos y sonrisas, en chocar esos cinco, en reconocerse los méritos, en ocultar prudentemente los deméritos y en bailar congas o cosas aún peores hasta que el amanecer aconseje el cierre y los adioses. Nada que no conozcamos. Nada que incluso no hayamos vivido en nuestras anodinas y anónimas vidas.
Pero la liturgia del perdedor es mucho más exigente y atractiva, porque encierra individualidades y procesos internos que pocas veces se exteriorizan y que no aparecen nunca en las crónicas deportivas a las que tan perezosamente estamos acostumbrados. Cierto que veremos aún sobre el césped algún rostro de tristeza, algún abrazo entre lágrimas contenidas y tal vez muecas de rabia frente a sus propios seguidores, con sus bufandas y banderas y sus escudos y colores derrotados. Pero cada uno de quienes pierdan el partido vivirá su propia desolación no compartida y arrastrará su ánimo de forma indefinida y quizá imprevista hasta límites imposibles de saber.
Cualquiera puede imaginarse lo que se siente al ganar un campeonato con la repercusión que el fútbol tiene en nuestros tiempos, un deporte que si desapareciera originaría tremebundas y terribles guerras coloniales, y no es difícil suponer el orgullo inalcanzable que la victoria representa. Pero la voracidad que nos es propia implica que en poco tiempo los triunfadores estarán ya pensando en los siguientes objetivos y en nuevas metas que lograr. No digan que no es una vida plomizamente aburrida.
Sin  embargo, el perdedor recordará durante décadas la noche aciaga en que pudo ser y no fue, el pase errado, la falta discordante, el penalti fallado y el balón que entró sin que el portero lo rozara o peor aún si lo rozó. Durante noches pensará en qué hubiera ocurrido de tirarse en plancha sobre el área, si debió poner la zancadilla a tal o cual rival o si pensó con equívoco la jugada de los últimos minutos en un estadio que jamás olvidará. Su derrota le acompañará mientras viva.
No soy de un equipo ni de otro, me da lo mismo quien gane y quien pierda y ni siquiera veré un espectáculo cuyas normas no comprendo. Pero mañana buscaré en los diarios alguna imagen que atestigüe qué grande y minuciosa es la vida del discreto perdedor.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 28 de mayo de 2016

El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza

20160523 · El vacío del mundo

Según la última encuesta que El País ha hecho para Metroscopia, este hombre grisáceo, pazguato y anodino volverá a ganar las elecciones. Y no solo eso. Es probable que las gane incluso con un margen superior al de hace unos meses. Es difícil enmendar la plana a un diario sostenido y financiado por algunos de los imperios financieros más importantes de Europa, de modo que su titular resulta creíble por mucha desolación que produzca.
Cierto es que la banca aloja y desaloja la Moncloa cuando le viene en gana y que nombra y depone ministros y altos cargos según le conviene y le apetece, pero lo que no hace es depositar los votos de millones de españoles en las urnas.
Esas papeletas son llevadas una a una y hasta su destino por quienes todavía creen que este individuo de extraño cerebelo es el más adecuado para gobernarnos, dirigirnos y representarnos. Este señor que tanta risa nos da cuando no nos entristece es apoyado por una mayoría de ciudadanos que de manera inexplicable, cuando no del todo irracional, todavía confía en él.
Que El País cocina sus encuestas antes de servirlas a Metroscopia es un hecho evidente; que la banca cocina las suyas antes de dar precisas instrucciones al director de El País, también. Pero ¿cómo se cocinan millones de contribuyentes para que mantengan su adhesión inquebrantable a este señor de casino provinciano con el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza?

© Fran Vega, 23 de mayo de 2016