Estas tardes fresquitas de noviembre

Estas tardes fresquitas de noviembre · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 86 ·
Fran Vega
Estas tardes fresquitas de noviembre
Fotografía: Tommy Ingberg

Hace ya días que el otoño se instaló en nuestra excelsa subcomarca y comienzo a pensar si esto del tiempo no será cosa de mucha magia o hechiceros talentosos, porque aún no había acabado de guardar en el armarito del pasillo los aperos de pesca que me regaló mi viceprimo Arandillo y ya he tenido que sacar de la cómoda los chalecos de lana y los calcetines de doble vuelta que me recomendó el difunto Estradivario. Hasta Tadeo ha recogido el velador del cafetín y en la confitería de Cristeta ya encienden los jueves por la tarde la estufa catalítica, lo que supone un clementérrimo aliciente para quienes acuden a merendar alfajores, mantecadas, rosquillas y buñuelos. En la oficina, Carmencita y Abisinio no se desprenden ni un momento de sus bufandas de cuadritos, porque dicen que estos días acrecientan los catarros y producen severas afecciones en los bronquiolos secundarios, aunque yo no sé qué es eso ni si tiene seria trascendencia, y en la taberna del Sindicato de Oficinistas han colgado en el perchero algunas gorras de paño para que puedan usarse de forma rotatoria, porque no es cuestión ahora de invertir en gastos superfluos y es sabido que las capillas y monteras del establecimiento son propiedad de todos los compañeros. Y a mí me parece que lo más importante es aprovechar estas tardes fresquitas de noviembre para tomar media copita de ponche junto a mis amistades, que al fin y al cabo es lo que más abriga cuando llueve sin parar en la glorieta de los Lirios. Voy a revisar la bolsa de agua caliente, no vaya a ser que se haya malogrado su ingenioso mecanismo.

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«El fenomenal funcionamiento de nuestros negociados»

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Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

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Regalado, contentérrimo y radiante

Regalado, contentérrimo y radiante · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 83 ·
Fran Vega
Regalado, contentérrimo y radiante
Fotografía: Tommy Ingberg

Muy compuesto y ataviado con mi chaleco de otoño y mi sombrero de septiembre, ayer a media tarde llegué a la glorieta de los Lirios tras atravesar el puente de los Serafines y pasear despacio por el parque de los Querubines y entré en el cafetín de Tadeo para compartir in situ dos o tres ratos con todas mis amistades. Fulgencio y Lupicinio pronto hicieron ademán de sentarse ante la mesa de los naipes, pero Teofrasto estuvo al quite y les hizo un gesto a cada uno en el cogote, como para indicarles que estuvieran atentos a los eventos circundantes. Y Argimiro alzó su vaso de gaseosa en inequívoca señal de brindis y alegría, que Cristóforo confirmó con un repique de croquetas de gallina que en el cafetín siempre significa alborozo, optimismo y emoción. No se quedó atrás Carioco, el más feo de los hermanos Hinojosa, que en cuanto pudo me dio acústicas palmadas en las vértebras torácicas, ni tampoco el bueno de Ginés, que es la monda, porque de inmediato me informó acerca de los próximos campeonatos guiñotistas. Eché de menos a Sinforoso y Felixín, que aún estaban ocupados en sus prósperos talleres, pero su ausencia fue resuelta de espléndida manera por el simpático de Imeldo, que solo sonríe los jueves. Así que en un acto de armonía y entusiasmo animé a Justito para que corriera de mi cuenta una ronda de limonada, porque un día es un día y hay que ser agradecido con quienes te aguardan, aprecian y recuerdan. Estoy convencido de que en los mundos adyacentes no hay cafetines que puedan compararse con el nuestro ni amistades como las que yo tengo, de modo que hoy solo puedo sentirme regalado, contentérrimo y radiante. Voy a regar el junípero, que ya ha comenzado el otoño.

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«Qué complaciente es la realidad»
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«Ante mi gaveta y mi recado de escribir»

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Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos

Inauditos alborotos de infrapícaros y malandrines · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 72 ·
Fran Vega
Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos
Fotografía: Tommy Ingberg

Iba yo paseando por el bulevar de los Arcángeles en dirección al parque de los Querubines, silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela, cuando me sorprendió un individuo medianero que leía ensimismado en un diario los curiosos alborotos que las constantes autoridades han organizado en los últimos trienios. No sabía yo que hubiera en nuestras bienquistas instituciones semejantes algazaras y aquelarres, pues tenía para mí que los encargados de administrar nuestra pudibunda contribución no se dedicaban a producir marimorenas y barbullas, sino a procurar el bien de los alegres convecinos que moramos en nuestra excelsa población. Y he podido conocer ahora que algunos malandrines y tarúpidos con extravagante seso en la testuz no solo expolian y malgastan los dineros que debieran emplearse en honrados horizontes ciudadanos, sino que además molestan e incomodan con sus querellas y altercados sin que pierdan por ello quinquenios de salario ni puestos en su ordenado escalafón, lo que me resulta tan horripilante que se aproxima a lo tremebundo. Sin embargo, enseguida me he puesto contento al recordar que en nuestra insólita oficina solo cometemos algarabías cuando llegan los nuevos lapiceros o cuando es la hora de almorzar bocadillos de mejillón en escabeche, y que jamás nos apropiamos de los formularios pertenecientes a otros negociados ni nos faltamos el respeto cuando nos disputamos la prensa deportiva para ir con ella al escusado. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero me parece a mí que en los mundos adyacentes y universos colindantes hay mucha falta de cordura y que la sabiduría y la razón empiezan a ser patrimonio de nuestra lúcida oficina y nuestro probo cafetín. Voy a ver si han florecido las petunias.

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«Diáfanos atuendos y lúcidas presencias»
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«Espléndidos veranos de ideas y artilugios»

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Embrollos y barullos en nuestra insigne institución

Embrollos y barullos en nuestra insigne institución · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 70 ·
Fran Vega
Embrollos y barullos en nuestra insigne institución
Fotografía: Tommy Ingberg

Desde hace unos días están las temáticas muy revoloteadas y agitadas en el cafetín de Tadeo. Resulta que cuando constituimos el ateneo de guiñotistas resolvimos que Argimiro sería presidente vitalicio y que Fulgencio haría las veces de secretario perpetuo, pero ahora, y sin que tengamos conocimiento de causas ni motivos, quieren intercambiar las tareas de modo que la perpetuidad de la secretaría pase a manos de Argimiro y que la infinitud de la presidencia sea competencia de Fulgencio. A mí no me parece que esto vaya a cambiar esencias ni sustancias, porque las ordenanzas que rigen el guiñote seguirán siendo las mismas y porque lo importante es pasar buenos ratos con las amistades y terminar la tarde con vivas y hurras hacia los acreditados ganadores, pero dice Teofrasto que cesantías y traspasos implican una reunión extraordinaria de todos los guiñotistas cafetinescos para que podamos competir con garantías en el próximo campeonato subcomarcal, lo que hay que reconocer que es un sapientérrimo criterio. Carioco, que no por nada es el más feo de los hermanos Hinojosa, piensa que para que todo siga igual es mejor dejar los asuntos como están, pero Ginés, que es la monda, considera que los perpetuismos no redundan en beneficios multivalentes para nuestra insigne institución y sí en disparates y torpezas de extravagante finalidad, lo que no acabo de saber qué puede significar y de qué forma nos abarca. Y yo, aunque a veces no entiendo las cosas, creo que lo adecuado sería tener en cuenta los discernimientos al respecto que cada persona tenga en el magín, incluso de quienes prefieren el asombroso juego de la petanca en vez de nuestro dilecto y tradicional guiñote. Voy a parlotear un poco con Don Helesponto, mi cabalérrimo vecino, que siempre ilumina los embrollos con su copiosa erudición.

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«La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad»
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Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia

Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 68 ·
Fran Vega
Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia
Fotografía: Tommy Ingberg

Hoy estoy muy contento porque se celebran comicios vinculantes en los distritos suburbiales de nuestra excelsa población, que es un raro mecanismo por el que los alegres ciudadanos y simpáticos contribuyentes acudimos a saludar a intendentes y gobernantes, proclamamos nuestra perplejidad y turbación por los pensamientos incumplidos y les renovamos la autorización para que puedan ejercer su pintoresca actividad durante unos cuantos años más. Es muy bonito dedicar un día de fiesta a esta honrada diligencia, que habitualmente cometemos con gran esmero y entusiasmo, y tener después la urbana complacencia de haber contribuido al engrandecimiento y desarrollo de nuestra prospérrima y periférica metrópoli. Por si fuera poco, tengo entendido que en otras subcomarcas proceden de igual modo y que en los países extranjeros y mundos adyacentes también se practica esta digna tradición, aunque solo sea para demostrar que todos estamos de acuerdo en hacer guasas y cuchufletas de forma periódica y puntual. Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, decía ayer que hay que defender las propuestas de quienes apoyan la reducción de impuestos por merendar arenques y chistorra los jueves por la tarde, pero Abisinio se mostraba firme partidario de quienes impulsan la creación de una nueva autoridad o institución para controlar la propagación de la rana cuadriparda en nuestros parajes naturales, lo que no deja de ser una interesante ocurrencia de gran usanza y utilidad. También en el cafetín de Tadeo comentaron por la tarde que dos infraconcejales habían recibido boinazos variados en el parque de los Querubines y que incluso uno de ellos había perdido en la algarada dos botones del chaleco, luctuoso acontecimiento que ha enturbiado un poco los prolegómenos retóricos de esta histórica jornada y que me hizo pensar durante un buen rato en los panoramas circunflejos que condicionan nuestra cóncava existencia, quizá aturdido por las circunstancias antedichas o porque a veces no entiendo las cosas que afectan a los universos circundantes de compleja explicación. Voy a ver si han crecido los geranios.

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«La serena algarabía y los raros argumentos»
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Qué universo tan armónico y cordial

Qué universo tan armónico y cordial · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 64 ·
Fran Vega
Qué universo tan armónico y cordial
Fotografía: Tommy Ingberg

Ayer por la mañana tuve que acudir a las doctas oficinas de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de San Cosme y San Damián porque el insigne jefe oficinesco necesitaba un resguardo acreditativo de haber abonado este trimestre el Impuesto sobre Actividades Improbables, pero en la infrasucursal de la avenida de los Iscariotes me remitieron muy amablemente a la Ventanilla de Reclamaciones Infundadas, sita en la Delegación de Asuntos Insólitos. Me puse muy contento porque así pude parlotear un rato con mi amigo Magdaleno, que ostenta su puesto de olímpico bedel con sencillez no exenta de eufórico entusiasmo, más aún desde que a su viceyerno le contrataron como responsable de papel de calco en la Oficina de Desatinos Nacionales, decoroso cometido que el subcuñado de Fulgencio abandonó cuando le nombraron encargado de secantes en la Delegación de Negocios Extraños, en la que se circunscriben el Infracomité de Proyectos Ficticios y la Subcomisión de Planificaciones Ilusorias, lo que es todo un honor para quien en su día fue aspirante a subalterno en la escribanía del Reglamento sobre Diligencias Circunspectas. La verdad es que a mí me gusta mucho que el jefe me distinga con la gestión de los asuntos exteriores, porque así tengo oportunidad de conocer un poco más los mundos adyacentes y puedo contarlo después en el cafetín de Tadeo o incluso en la confitería de Cristeta, por si necesito buñuelos de viento o por si mis amistades deciden acudir a la procesión del Cristo de los Tréboles y la Virgen de los Zuecos que los domingos impares se celebra en el bulevar de los Arcángeles. Y de mañana no pasa que visite a Severino en el Registro de Entidades Superfluas, que no por nada hubiera querido ser habilitado del Impuesto sobre Actos Impropios Documentados y fue campeón de bolillos en los tiempos del difunto Estradivario, el que murió de un rayo en el sombrero. Qué universo tan armónico, grandérrimo y cordial.

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«El mundo es como una ciclópea escribanía»
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«Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril»

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Omnifalibles murmullos del magín

Omnifalibles murmullos del magín · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 58 ·
Fran Vega
Omnifalibles murmullos del magín
Fotografía: Tommy Ingberg

Ha comenzado el año de modo insólito en la oficina y con tan curiosas peripecias en todos los negociados que me he puesto a pensar si no es ya el momento de hacer cálculos y apuntes para cuando me concierna el glorioso instante del estipendio compensatorio por hartazgo y aversión, que es como en las modernas ordenanzas subcomarcales denominan al infuso principio jubilatorio. Cierto es que aún me quedan muchos trienios por cumplir y que nuestro egregio jefe oficinesco ha prometido formularios y lapiceros nuevos para la próxima era mundana, pero vislumbro tantas veces una vida quieta y placentera en el cafetín de Tadeo que en estas mañanas invernales me ha dado por cavilar y discurrir en campos de trigo y tardes de avellanos, así como en los días soleados de pesca y en mis bonitas ocurrencias mientras sostengo el sedal y observo con total contentamiento los animalillos pisciformes junto a las rocas del acantilado. Sin embargo, sé que mi trabajo es intrínseco y cardinal para que todas las temáticas se resuelvan con elegancia y pundonor, porque no puedo imaginarme a Carmencita recogida y taciturna en su pupitre de Contaduría ni a Ercilio y Teodomiro sin mi singular prestancia junto a sus juiciosos pensamientos, por no decir que los bocadillos de calamares encebollados durante la hora y media del almuerzo quedarían seriamente afectados sin la compañía de mi humildérrima persona. Y tampoco creo que mi melismática existencia pudiera transitar sin ponerme cada día el chaleco y el sombrero para sentarme después en mi augusta mesa de viceaglomerado, en donde los plumines esperan desde muy temprano ser útiles a las coyunturas necesarias. De modo que voy a cepillar mis manguitos de cheviot y a olvidarme de momento de mis circunspectos parloteos, no vaya a ser que de tanto dar vueltas al magín acabe turulato, patidifuso, estupefacto y boquiabierto.

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«Los extravagantes días que acontecen»
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«Turbaciones sorprendentes en los mundos adyacentes»

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Los extravagantes días que acontecen

Los extravagantes días que acontecen · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 57 ·
Fran Vega
Los extravagantes días que acontecen
Fotografía: Tommy Ingberg

He observado últimamente extraños alborotos en las plazas y avenidas de nuestra excelsa subcomarca y he llegado a la adecuada conclusión de que todo se debe al rutinario acontecimiento cronológico que cada año tiene lugar en estas fechas, pues solo así puede explicarse que las gentes enloquezcan de repente y caminen por las calles con sospechosos bultos en las manos ordenadamente decorados. Todos los alegres contribuyentes de barrios y distritos se encuentran muy atareados haciendo curiosas adquisiciones con las que obsequiar a subcuñados e infrayernos y a viceprimos y decasuegros, como si de ellas dependieran la geometría y la equidad que resultan siempre convenientes y exigibles. Incluso nuestro egregio jefe oficinesco se ha permitido regalarnos unos escapularios de la Virgen de la Alameda, de la que él es muy devoto, aunque con razón decía Lupicinio en el cafetín de Tadeo que mejor hubiera sido compartir unos vasitos de ponche que invertir en adornos de reminiscencias primigenias, pero no sé bien qué ha querido decir con estos últimos y enigmáticos vocablos. En lo que a mi humildérrima persona se refiere, transitaré por este lapso de frío y vacación con el silencio propio de quien aguarda con paciencia el lúcido retorno de las tardes azules de primavera. Voy a tomar media copita de brandy, que siempre ha sido bueno para evitar los resfriados.

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«Que las buenas gentes tengan un prospérrimo año nuevo»
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Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos

Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 55 ·
Fran Vega
Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos
Fotografía: Tommy Ingberg

Hoy he podido saber por el boletín subcomarcal que se ha producido un descubrimiento científico de primera magnitud que sin duda afecta a nuestra oficina y al cafetín de Tadeo. Dicen ahora los que son expertos en numerosas temáticas que todos los universos se formaron gracias a una morrocotuda explosión que tuvo lugar hace muchos años, no recuerdo ahora cuántos ni en qué momento fue. Incluso afirman que los luceros que algunas noches iluminan la glorieta de los Lirios son una especie de arenilla cósmica, lo que a mí me resulta un tratamiento un poco pánfilo para un asunto de tanta importancia. Yo no sé si todo esto es verdad o mendaz, pero si fuera cierto estaría en condiciones de afirmar que el mundo relevante en que vivimos es el resultado de un tropiezo fortuito entre cachivaches de un bazar pomposo y adventicio, como cuando Abisinio sale del Negociado de Pólizas y Recargos y se da de bruces con Teodomiro en la puerta del escusado con el diario deportivo bajo el brazo. Tampoco sé bien a dónde pueden conducirnos estas averiguaciones, porque Ercilio ha dicho esta misma mañana que él piensa seguir tocando el bombardino los martes por la tarde y Lupicinio ha declarado después que no dejará de jugar al guiñote por muchos enredos celestes que se desembuchen, lo que me ha llevado a pensar en la seriedad de estas gentes que investigan y sorprenden con estos insólitos hallazgos que alteran los sosiegos. Después de todo, no atisbo el interés en saber cuándo empezaron estas cosas de la infinitud si en el bulevar de los Arcángeles aún no florecen los magnolios y si el invierno solo acaba de empezar en nuestra excelsa población. Voy a hacer recuento de peladillas y guirlaches, que ya se acerca el aniversario del Altérrimo.

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Cabales remedios para las ocurrencias

Cabales remedios para las ocurrencias · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 44 ·
Fran Vega
Cabales remedios para las ocurrencias
Fotografía: Tommy Ingberg

Se están produciendo en nuestra excelsa subcomarca algunos cambios sorprendentes en los que no dejo de pensar un ratito cada tarde. Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, ha resuelto acudir al trabajo sin corbata, lo que me resulta incomprensible en un hombre con un predicamento como el suyo. Cuando dejó de usar sombrero me pareció una extravagancia que solo podía ser resultado de un alboroto transitorio, pero abandonar la corbata en el armario y acudir a la oficina luciendo la medallita de la Virgen de la Tregua resulta todo un despropósito en alguien que camina por las calles con la testa en evidencia. Tadeo, por su parte, ha decidido que los domingos en el cafetín no solo servirá ponche por las tardes, sino naranjada y limonada en vaso alto y con pajita, que por algo la semana pasada invirtió sus alcancías en un artilugio manual adquirido con este fin, y ha colocado un pizarrón en la entrada con este ingenioso y sugerente anuncio: «Hay naranjada. Hay limonada». Ginés, que es la monda, dijo que tenía que escribirlo también en germánico y londinense, pero ni siquiera Carioco supo traducirlo, y eso que es el más feo de los hermanos Hinojosa, así que Justito dibujó unas naranjas muy graciosas junto a unos cubitos de hielo y se olvidó de los limones. También quiere sustituir las croquetas de gallina por unas modernas empanadillas de chicharrones y que los frutos secos de la barra precedan en importancia a las torrijas, porque dice que así su balanza de pagos tendrá espléndidas mejoras. Yo no sé bien qué significan estas cosas, porque a mí me parece que lo más importante es que todas las amistades estemos contentas mientras jugamos al guiñote o parloteamos de los relevantes episodios que nos acontecen a diario, pero por hoy ya he cavilado bastante, así que voy a tomar de inmediato media copita de brandy, porque dice Don Helesponto que es muy bueno para las ocurrencias.

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«Las cosas que yo no puedo comprender»

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La ordenación del mundo relevante

La ordenación del mundo relevante · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 43 ·
Fran Vega
La ordenación del mundo relevante
Fotografía: Tommy Ingberg

Estoy haciendo numerosas y agradables amistades desde que nuestro insigne jefe oficinesco me distingue con la comisión de gestiones importantes en las estructuras exteriores. Ayer mismo tuve que trasladar de nuevo unos trascendentes documentos a la Delegación de Asuntos Insólitos y no desaproveché la nítida ocasión de saludar a Magdaleno, quien tuvo a bien presentarme a sus acólitos del bedelato de la segunda planta, unos excelentes caballeros con quienes estuve parloteando mientras aguardaba mi turno ante la Ventanilla de Reclamaciones Infundadas. También me dijo que desde hace unos días está muy contento y exultante porque a su viceyerno le han contratado como responsable de papel de calco en la Subcomisión de Planificaciones Ilusorias, lo que añade más prestigio aún a su benemérita familia. Y esa misma mañana, cuando caminaba de regreso a mi prominente desempeño, me encontré en la avenida de los Iscariotes con Fulgencio y su ya notorio y bienquisto subcuñado, que es escribiente en el Infracomité de Proyectos Ficticios, con quien tuve oportunidad de comentar las excelencias de nuestro sistema administrativo, a pesar de que en los boletines de la radio han anunciado un nuevo Impuesto sobre Actividades Improbables para todos aquellos que tengan alguna idea en el magín. Así que cuando llegué por la tarde al cafetín de Tadeo todos me felicitaron por estas novedosas experiencias y yo estuve pensando un rato en lo bien organizado que está nuestro mundo relevante, aunque no sé si en otras subcomarcas existen negociados con tanto rudimento como los nuestros. Voy a regar el geranio, que todavía hace calorcito.

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«Cuánto aprendo en los debates cafetinescos»
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Cuánta paz hay en mi universo sin par

Cuánta paz hay en mi universo sin par · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 33 ·
Fran Vega
Cuánta paz hay en mi universo sin par
Fotografía: Tommy Ingberg

Ayer por fin regresé a mi negociado y lo primero que hice fue saludar con gran entusiasmo a todos mis compañeros, pues a todos sin excepción he echado de menos durante este verano de urbanas y rurales aventuras. A continuación presenté mis respetos a nuestro ponderado jefe oficinesco, aunque me pareció que su mente estaba embargada por la prensa deportiva, pues por algo es un hombre culto y delicado, y después me senté en mi puesto como cualquier otra mañana normal de mi humildérrima existencia. ¡Qué estupendo es encontrarse de nuevo con los plumines y los formularios! Abisinio y Teodomiro mostraron mucho interés en mis andanzas estivales, pero apenas tuve tiempo de explicarles los detalles de mis lances agrarios, porque consideré más importante ponerme al día con las nuevas ordenanzas del Impuesto sobre Actividades Improbables emitidas por la Delegación de Asuntos Insólitos, así que tuve que aplazar el ameno relato de mi periplo hasta mejor y más apropiada ocasión. Y después pasé la tarde en compañía de mis amistades en el cafetín de Tadeo, parloteando todo el rato en el velador con Argimiro y Felixín hasta que llegaron Lupicinio y Teofrasto y pudimos empezar la partida de guiñote, aunque Ginés no dejaba de hacer bromas mientras tomaba una gaseosa y hablaba del campeonato subcomarcal de carreras de sacos. Pero lo más importante de todo es que ya estoy otra vez en mi universo sin par, en mi oficina y en mi cafetín, disfrutando de mi sombrero y de mi primorosa normalidad. Cuánta paz hay aquí.

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© Fran Vega, 2016

Novedades que sobrecogen el magín

Novedades que sobrecogen el magín · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 27 ·
Fran Vega
Novedades que sobrecogen el magín
Fotografía: Tommy Ingberg

Llevo unos días un poco preocupado debido a insólitos acontecimientos que ocurren en los universos colindantes. Resulta que Abisinio, que regenta el Negociado de Pólizas y Recargos, ha comenzado a asistir a la oficina sin chaleco, lo que es incomprensible para cualquiera que tenga en buena consideración su digna ocupación y a sus compañeros de mayor entendimiento. No sé qué tendrá que decir al respecto el Sindicato de Oficinistas, pero a mí me parece que no es la conducta que se espera de quienes deben desempeñar su trabajo con diligencia y pundonor. Por otra parte, pero no por ello menos cardinal, Tadeo ha culminado su oferta de desayunos en el cafetín con unos ilustres pestiños, de modo que ahora me veo obligado a decidir cada día entre uno de estos notabilérrimos dulces o los churritos de siempre, lo que me supone verdaderos trastornos y requiebros tormentosos en el magín. Y como yo no puedo asimilar tantas novedades en tan poco tiempo, espero que a Imeldo no se le ocurra ahora sonreír los martes en vez de los jueves y que Teofrasto no decida sustituir la pajarita por el corbatín. Voy a desenredar los cordones de los zapatos, que a veces se retuercen solos sin motivo.

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© Fran Vega, 2016

La inaudita modernidad

La inaudita modernidad · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 23 ·
Fran Vega
La inaudita modernidad
Fotografía: Tommy Ingberg

Iba yo tan contento paseando por la glorieta de los Lirios, silbando una bonita cancioncilla, cuando de repente he visto a unos jóvenes alborotados que discutían en voz alta sobre algo que yo no acertaba a entender. Me he acercado con afán y decisión a este grupo de mozalbetes para afearles la conducta y amonestarles por lo inadecuado de su actitud, pero entonces me he dado cuenta de que no intercambiaban voces entre ellos, sino con otros ausentes a través de sus pequeños e incomprensibles artilugios. Qué raro, he pensado, que estos muchachos salgan juntos a la calle para hablar con otros que no están, así que he seguido estupefacto mi camino hacia el puente de los Serafines y el parque de los Querubines. Fulgencio y Felixín se han quedado después muy sorprendidos en el cafetín de Tadeo cuando he relatado esta curiosa experiencia, pero todas las amistades hemos estado de acuerdo en que no son necesarios los insólitos artificios para fomentar la nobleza y la buena relación entre las gentes y que no hay nada que no pueda resolverse mediante la partida de los jueves, el ponche de los domingos y la concordia establecida, así que me parece que no he de preocuparme por los asuntos de la modernidad y que soy un hombre muy afortunado. Voy a afilar mis lapiceros, que aún he de resolver el crucigrama trimestral.

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A mí lo que más me gusta es la normalidad

A mí lo que más me gusta es la normalidad · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 12 ·
Fran Vega
A mí lo que más me gusta es la normalidad
Fotografía: Tommy Ingberg

Hoy he vuelto a la oficina después de las vacaciones y como ya es primavera he deseado a todos un prospérrimo trimestre, que es lo que corresponde hacer entre gentes de bien. Amalio y Ercilio han estado hablando de que todo está muy difícil y complicado, pero no sé de dónde habrán sacado eso, porque el domingo de Resurrección estuve comiendo en casa de mi primo Escolástico, que es representante de estufas catalíticas, y nadie dijo nada. Menos mal que les ha interrumpido Carmencita, la de Contaduría, que quería saber cómo lo pasé en la fiesta de Pascua que Tadeo organizó en el cafetín. Y he empezado a contar y casi no termino, porque fue un convite extraordinario, con gorritos y cuchufletas, además de frutos secos y una copita de ponche para cada uno, así que regresé a casa muy contento. Pero la verdad es que me ha alegrado regresar a mi negociado y sentarme de nuevo en mi escritorio, con mis lápices, mis plumines y mis formularios. Y es que a mí lo que más me gusta es la normalidad.

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