Regalado, contentérrimo y radiante

Regalado, contentérrimo y radiante · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 83 ·
Fran Vega
Regalado, contentérrimo y radiante
Fotografía: Tommy Ingberg

Muy compuesto y ataviado con mi chaleco de otoño y mi sombrero de septiembre, ayer a media tarde llegué a la glorieta de los Lirios tras atravesar el puente de los Serafines y pasear despacio por el parque de los Querubines y entré en el cafetín de Tadeo para compartir in situ dos o tres ratos con todas mis amistades. Fulgencio y Lupicinio pronto hicieron ademán de sentarse ante la mesa de los naipes, pero Teofrasto estuvo al quite y les hizo un gesto a cada uno en el cogote, como para indicarles que estuvieran atentos a los eventos circundantes. Y Argimiro alzó su vaso de gaseosa en inequívoca señal de brindis y alegría, que Cristóforo confirmó con un repique de croquetas de gallina que en el cafetín siempre significa alborozo, optimismo y emoción. No se quedó atrás Carioco, el más feo de los hermanos Hinojosa, que en cuanto pudo me dio acústicas palmadas en las vértebras torácicas, ni tampoco el bueno de Ginés, que es la monda, porque de inmediato me informó acerca de los próximos campeonatos guiñotistas. Eché de menos a Sinforoso y Felixín, que aún estaban ocupados en sus prósperos talleres, pero su ausencia fue resuelta de espléndida manera por el simpático de Imeldo, que solo sonríe los jueves. Así que en un acto de armonía y entusiasmo animé a Justito para que corriera de mi cuenta una ronda de limonada, porque un día es un día y hay que ser agradecido con quienes te aguardan, aprecian y recuerdan. Estoy convencido de que en los mundos adyacentes no hay cafetines que puedan compararse con el nuestro ni amistades como las que yo tengo, de modo que hoy solo puedo sentirme regalado, contentérrimo y radiante. Voy a regar el junípero, que ya ha comenzado el otoño.

Capítulo anterior
«Qué complaciente es la realidad»
Capítulo siguiente
«Ante mi gaveta y mi recado de escribir»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Anuncios

Embrollos y barullos en nuestra insigne institución

Embrollos y barullos en nuestra insigne institución · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 70 ·
Fran Vega
Embrollos y barullos en nuestra insigne institución
Fotografía: Tommy Ingberg

Desde hace unos días están las temáticas muy revoloteadas y agitadas en el cafetín de Tadeo. Resulta que cuando constituimos el ateneo de guiñotistas resolvimos que Argimiro sería presidente vitalicio y que Fulgencio haría las veces de secretario perpetuo, pero ahora, y sin que tengamos conocimiento de causas ni motivos, quieren intercambiar las tareas de modo que la perpetuidad de la secretaría pase a manos de Argimiro y que la infinitud de la presidencia sea competencia de Fulgencio. A mí no me parece que esto vaya a cambiar esencias ni sustancias, porque las ordenanzas que rigen el guiñote seguirán siendo las mismas y porque lo importante es pasar buenos ratos con las amistades y terminar la tarde con vivas y hurras hacia los acreditados ganadores, pero dice Teofrasto que cesantías y traspasos implican una reunión extraordinaria de todos los guiñotistas cafetinescos para que podamos competir con garantías en el próximo campeonato subcomarcal, lo que hay que reconocer que es un sapientérrimo criterio. Carioco, que no por nada es el más feo de los hermanos Hinojosa, piensa que para que todo siga igual es mejor dejar los asuntos como están, pero Ginés, que es la monda, considera que los perpetuismos no redundan en beneficios multivalentes para nuestra insigne institución y sí en disparates y torpezas de extravagante finalidad, lo que no acabo de saber qué puede significar y de qué forma nos abarca. Y yo, aunque a veces no entiendo las cosas, creo que lo adecuado sería tener en cuenta los discernimientos al respecto que cada persona tenga en el magín, incluso de quienes prefieren el asombroso juego de la petanca en vez de nuestro dilecto y tradicional guiñote. Voy a parlotear un poco con Don Helesponto, mi cabalérrimo vecino, que siempre ilumina los embrollos con su copiosa erudición.

Capítulo anterior
«La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad»
Capítulo siguiente
«Diáfanos atuendos y lúcidas presencias»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad

La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 69 ·
Fran Vega
La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad
Fotografía: Rodney Smith

Estoy en condiciones de afirmar que la otra tarde fue una de las más extraordinarias que recuerdo en compañía de todas mis amistades, pues en tan digna fecha conmemoré la colosal jornada en la que tuve el contento de ser bien recibido en este mundo y no en los colindantes o adyacentes. Carmencita y Abisinio pidieron permiso a Teodomiro para el usufructo temporal del Negociado de Reclamos, ya que organizaron un generoso ágape en el que no faltaron los refrescos, los frutos secos y las croquetas de gallina con unas briznas de panceta y que culminó con una opípara ronda de sorprendentes descafeinados. Y Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, proclamó con su propia solemnidad que de vez en cuando es bueno olvidar los infraconvenios para convertir los negociados en lugares de esparcimiento y mucha broma. Por la tarde, en el cafetín, Fulgencio, Lupicinio y Teofrasto me cedieron el mejor sitio de la mesa para la partida de guiñote, Justito sirvió unas gaseosas estupendas y Tadeo puso durante un buen rato bonitos discos de zarzuela, así que no pude sentirme más feliz y agradecido por estos prodigiosos homenajes. Y como decían con frecuencia el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino, en la vida hay que tener armonía, memoria, paciencia y equidad, así que aproveché la placentérrima jornada para poner en práctica estas sabias enseñanzas de tan profundo sentido y extensa aplicación y adquirí en la confitería de Cristeta unos pastelillos de ponche y dos botellas de sifón, porque no puede haber nada mejor que compartir con tantas amistades como tengo las cosas buenas de nuestra cóncava existencia. Después me acordé también de que el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino sostenían que las tardes glaucas de líneas pardas anuncian siempre noches garzas de luces gualdas, pero eso ya no sé qué significado puede tener ni por qué acude ahora a mi corto entendimiento. Voy a peinarme.

Capítulo anterior
«Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia»
Capítulo siguiente
«Embrollos y barullos en nuestra insigne institución»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

La serena algarabía y los raros argumentos

La serena algarabía y los raros argumentos · Fotografía: Geof Kern
· Diario de un hombre ridículo, 67 ·
Fran Vega
La serena algarabía y los raros argumentos
Fotografía: Geof Kern

He pasado unas jornadas luctuosas y estupendas en compañía de todas mis amistades del cafetín de Tadeo, donde siempre reinan el cordialismo y la alegre erudición. Como en los negociados nos otorgaron unos días festivos y recuperables para que nuestro egregio jefe oficinesco pudiera acudir a las procesiones y desfiles de la Virgen de la Alameda, de la que él es muy devoto, hemos aprovechado el tiempo para consolidar nuestro ateneo de guiñotistas y ejercer la excelentérrima amistad que nos une en pos de tan entrañable actividad. Lupicinio también quería asistir a una de estas concentraciones multitudinarias en las que hay que presentarse con oscuros ropajes y semblantes más oscuros todavía, pero hubo que convencerle de que no podía desfilar vestido de romano con la prensa deportiva bajo el brazo, sobre todo porque en tiempos de los romanos ni siquiera habían inventado aún la gaseosa y es probable que tampoco las empanadillas, según comentaron la otra tarde en el fidedigno boletín de la radio. También Teofrasto quiso ponerse una capucha para caminar embozado por las calles junto al Cristo de los Tréboles, pero al final dijo que tenía una discontinua dolencia en el chaleco y se quedó con nosotros en el cafetín, donde Justito cantó saetas y jarandas que hicieron las delicias de Ginés, que es la monda hasta en los días de recogimiento y serena algarabía. La verdad es que yo no termino de comprender estas celebraciones, porque son un poco lánguidas y a veces se ven gentes en las calles que gimen y murmuran con muy raros argumentos, así que me pareció mejor pasar las mañanas apostado en la glorieta de los Lirios y las tardes escuchando las disertaciones de Fulgencio en el cafetín, que desde que estuvo en su callista de cabecera siempre tiene cosas interesantes que contar. Voy a ordenar el armario de los sombreros importantes, que ya es momento de cometer alguna heroicidad.

Capítulo anterior
«Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón»
Capítulo siguiente
«Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Ideas revolucionarias en el cafetín

Ideas revolucionarias en el cafetín · Fotografía: Bill Brandt
· Diario de un hombre ridículo, 52 ·
Fran Vega
Ideas revolucionarias en el cafetín
Fotografía: Bill Brandt

Ayer por la tarde tuvo lugar en el cafetín de Tadeo un esmerado debate que sin duda transformará la historia reciente y futura de nuestra excelsa subcomarca. Teofrasto, que demuestra ser siempre un hombre honestérrimo y cabal, expuso la adecuada idea de instalar una nueva farola en la glorieta de los Lirios con el fin de tener un elemento más de referencia en las noches oscuras y en las tardes de ponche y media copita de brandy. Sin embargo, Lupicinio mantuvo la opinión de que ese dispendio bien podía dedicarse a iluminar los urinarios del parque de los Querubines para evitar tropiezos y estropicios, lo que hay que reconocer que es una ocurrencia fenomenal. Y Ginés, que es la monda, propuso decorar el puente de los Serafines con motivos tradicionales de nuestro entorno geoestratégico, lo que produjo la efusiva ovación de Sinforoso y la indisimulada ignorancia de Fulgencio. Y en medio de este lúcido hervor del intelecto cafetinesco apareció Venerando, que desde que es subconcejal de Acequias y Cloacas ya no usa sombrero, a todos nos tutea y saluda con gran estruendo a los ciudadanos de bien. Dijo entonces que la farola de Teofrasto le parecía un pensamiento estupendo y que podía presentarlo en la próxima Subcomisión de Planificaciones Ilusorias, pero que si le invitábamos a una gaseosa podía elevarlo al Infracomité de Proyectos Ficticios, que se reúne los jueves pares de los meses impares, así que Tadeo, que siempre ha tenido un pronto, le respondió que en el cafetín no están permitidas las actividades circenses y decidió auparlo a la categoría de excelentérrimo estólido municipal. Y a mí me parece que colocar una farola en la glorieta de los Lirios sería muy oportuno, sobre todo para asegurarme de que llevo bien abrochado el chaleco en estas noches tan insolentes y fresquitas. Voy a buscar la mantita de cuadros, que se me quedan frías las corvillas.

Capítulo anterior
«La verdadera importancia de las temáticas»
Capítulo siguiente
«Tiempos de querencia y dilección»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Los arcanos del magín

Los arcanos del magín · Fotografía: Jerry Uelsmann
· Diario de un hombre ridículo, 46 ·
Fran Vega
Los arcanos del magín
Fotografía: Jerry Uelsmann

Ayer por la tarde estaba sentado en la glorieta de los Lirios junto a unos extraños caballeros que parloteaban sobre rarísimos asuntos que yo no podía comprender, pues mi humildérrima persona no está preparada para apreciar los grandiosos acontecimientos que la vida ofrece a los miembros de mi pintoresca subespecie, de modo que muy amablemente hice ademán con el sombrero y rogué a tan simpáticos señores que me descifraran los motivos de tanta algarabía y cuantísimo alborozo como manifestaban sin cesar. Dos de ellos, muy cordiales y dispuestos, elaboraron al unísono la inabarcable lista de temáticas que ocupaba su dicharachero parlamento, en el que tenía cabida todo tipo de aconteceres humanos y mundanos, y pronunciaron a la vez una insólita palabra que hasta entonces nunca había escuchado: encalabrinamiento. Y como yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, me fui en un periquete al cafetín de Tadeo en busca de Teofrasto, que antes era afilador y por eso conoce muchos y estrambóticos vocablos, pero ni siquiera Cristóforo, que fue inventor de vitolas, pudo resolver este morrocotudo enigma de la lengua, a pesar de que su difunto primo Estradivario, el que murió de un rayo en el sombrero, leía de vez en cuando la ilustrada gacetilla subcomarcal. Así que de mañana no pasa que acuda a la biblioteca de la Unión Deportiva San Onofre para intentar aclarar este arcano sorprendente, no vaya a ser que acabe majareta de tanto dar vueltas al magín. Voy a hacer un crucigrama.

Capítulo anterior
«Las cosas que yo no puedo comprender»
Capítulo siguiente
«Insólitos recintos de la sapiencia»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Raros acontecimientos en los albores del otoño

Raros acontecimientos en los albores del otoño · Fotografía: Valentín Canadell
· Diario de un hombre ridículo, 41 ·
Fran Vega
Raros acontecimientos en los albores del otoño
Fotografía: Valentín Canadell

Ayer ocurrió un sorprendente suceso que me causó una gran inquietud. Resulta que estaba sentado en el velador del cafetín de Tadeo en compañía de Imeldo, que es reparador de calderines y solo sonríe los jueves, cuando de repente se abalanzaron sobre nuestras personas unos oscuros nubarrones de aspecto malicioso y comenzó a llover. Yo me quedé estupefacto ante semejante circunstancia acontecida a principios del otoño y Cristóforo y Tadeo salieron del cafetín con el espanto en sus facies. ¿Qué ocurre aquí?, preguntaron al unísono no sin cierto arrobamiento. Que llueve, respondí para iluminar sus atribuladas mentes. Después de unos momentos de expectante coyuntura, todos nos pusimos a ayudar a Justito para que no se mojaran los veladores y Tadeo esparció un poco de serrín en el suelo para que cuando llegara Sinforoso no se partiera las tibias al resbalar. Dijo entonces Carioco, que es el más feo de los hermanos Hinojosa, que es costumbre muy antigua que llueva en esta época del año, pero a Teofrasto le pareció un acontecimiento muy raro, seguramente porque antes era afilador y de estas cosas sabe mucho, y esta mañana ha dicho Amalio en su negociado que todo forma parte de la misma lucha de clases, tal vez porque él es vicemiembro del Sindicato de Oficinistas y se percata bien de las temáticas. Y yo no sé qué pensar, porque aunque a veces no entiendo las cosas, me da la impresión de que unos días llueve y otros no, así que mañana mismo hablaré con Magdaleno, que por algo es el bedel de la Delegación de Asuntos Insólitos. Voy a tomar un poco de ponche para el destemple.

Capítulo anterior
«Relaciones sociales en el mundo relevante»
Capítulo siguiente
«Cuánto aprendo en los debates cafetinescos»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Relaciones sociales en el mundo relevante

Relaciones sociales en el mundo relevante · Fotografía: Paul Wolff
· Diario de un hombre ridículo, 40 ·
Fran Vega
Relaciones sociales en el mundo relevante
Fotografía: Paul Wolff

Desde que ha regresado el otoño con sus tardes agradables disfruto de unos ratos de mucho entretenimiento contemplando a las muchedumbres y saludando con cortesía a las elegantes damiselas que caminan por las calles, porque aunque no sepa sus nombres son admiradas ciudadanas de esta insigne población. Y hasta tal punto he tomado afecto a esta noble actividad que el otro día estuve parloteando con unas señoritas muy atentas que preguntaban por la confitería de Cristeta y después con unos aseados caballeros que se sentaron en el cafetín para tratar unos asuntos de difícil entendimiento, al menos para lo que resulta ser mi modestérrima persona. Dicen Felixín y Teofrasto que un día tendríamos que ir a pasear entre las gentes, pero yo no termino de entender ese interés en recorrer los universos colindantes, sobre todo ahora que nos da el airecito de la tarde en la glorieta de los Lirios. Además, paso bastante tiempo en la oficina con Teodomiro y Abisinio, porque sus negociados están junto al mío, y en ocasiones intercambio comentarios con Don Helesponto en el portal, así que no tengo más que buenos motivos para sentirme muy bien relacionado y socialmente satisfecho. Voy a ver si ya ha hervido la leche.

Capítulo anterior
«Las personas razonables caminan muy contentas»
Capítulo siguiente
«Raros acontecimientos en los albores del otoño»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Un hombre instruido y noticioso

Un hombre instruido y noticioso · Fotografía: Philip McKay
· Diario de un hombre ridículo, 36 ·
Fran Vega
Un hombre instruido y noticioso
Fotografía: Philip McKay

Estoy muy contento porque ayer pude resolver un curioso enigma que me producía mucha inquietud y un gran confusionismo. Se trata de que algunas tardes se sienta en el cafetín de Tadeo el bueno de Don Helesponto, que a veces se queda en silencio como si estuviera pensando en los cerros ubetenses o meditando en carpetovetónicos asuntos. Yo no lograba comprender a qué podía deberse esta insólita actitud, sobre todo porque ninguna de mis amistades parecía haber reparado en ella, así que se me ocurrió preguntar a Imeldo, que también es un poco raro, pero no dijo nada porque solo sonríe los jueves. Ginés me comentó en un aparte muy discreto que él tampoco conocía el motivo, pero que le hacía mucha gracia, porque a Ginés todo le hace mucha gracia. Y como Sinforoso se dio cuenta de mi pertinente investigación, se acercó para decirme que tal vez Don Helesponto ya no tiene nada que contar por haber contado mucho en otros tiempos. Pero la respuesta oportuna y verdadera me la proporcionó Teofrasto, que por algo fue afilador y conoce muchos arcanos de la vida. Lo hace porque es un hombre muy leído, me dijo, un hombre instruido y noticioso. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero esta la he comprendido espléndidamente, así que estoy muy alegre y pajarero. Es un hombre muy leído.

Capítulo anterior
«Los poetas de la glorieta de los Lirios»
Capítulo siguiente
«Gestiones exteriores en los universos colindantes»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Cuánta paz hay en mi universo sin par

Cuánta paz hay en mi universo sin par · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 33 ·
Fran Vega
Cuánta paz hay en mi universo sin par
Fotografía: Tommy Ingberg

Ayer por fin regresé a mi negociado y lo primero que hice fue saludar con gran entusiasmo a todos mis compañeros, pues a todos sin excepción he echado de menos durante este verano de urbanas y rurales aventuras. A continuación presenté mis respetos a nuestro ponderado jefe oficinesco, aunque me pareció que su mente estaba embargada por la prensa deportiva, pues por algo es un hombre culto y delicado, y después me senté en mi puesto como cualquier otra mañana normal de mi humildérrima existencia. ¡Qué estupendo es encontrarse de nuevo con los plumines y los formularios! Abisinio y Teodomiro mostraron mucho interés en mis andanzas estivales, pero apenas tuve tiempo de explicarles los detalles de mis lances agrarios, porque consideré más importante ponerme al día con las nuevas ordenanzas del Impuesto sobre Actividades Improbables emitidas por la Delegación de Asuntos Insólitos, así que tuve que aplazar el ameno relato de mi periplo hasta mejor y más apropiada ocasión. Y después pasé la tarde en compañía de mis amistades en el cafetín de Tadeo, parloteando todo el rato en el velador con Argimiro y Felixín hasta que llegaron Lupicinio y Teofrasto y pudimos empezar la partida de guiñote, aunque Ginés no dejaba de hacer bromas mientras tomaba una gaseosa y hablaba del campeonato subcomarcal de carreras de sacos. Pero lo más importante de todo es que ya estoy otra vez en mi universo sin par, en mi oficina y en mi cafetín, disfrutando de mi sombrero y de mi primorosa normalidad. Cuánta paz hay aquí.

Capítulo anterior
«Qué bonito es el turismo comarcal»
Capítulo siguiente
«Gloriosos episodios de nuestra insigne población»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Novedades que sobrecogen el magín

Novedades que sobrecogen el magín · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 27 ·
Fran Vega
Novedades que sobrecogen el magín
Fotografía: Tommy Ingberg

Llevo unos días un poco preocupado debido a insólitos acontecimientos que ocurren en los universos colindantes. Resulta que Abisinio, que regenta el Negociado de Pólizas y Recargos, ha comenzado a asistir a la oficina sin chaleco, lo que es incomprensible para cualquiera que tenga en buena consideración su digna ocupación y a sus compañeros de mayor entendimiento. No sé qué tendrá que decir al respecto el Sindicato de Oficinistas, pero a mí me parece que no es la conducta que se espera de quienes deben desempeñar su trabajo con diligencia y pundonor. Por otra parte, pero no por ello menos cardinal, Tadeo ha culminado su oferta de desayunos en el cafetín con unos ilustres pestiños, de modo que ahora me veo obligado a decidir cada día entre uno de estos notabilérrimos dulces o los churritos de siempre, lo que me supone verdaderos trastornos y requiebros tormentosos en el magín. Y como yo no puedo asimilar tantas novedades en tan poco tiempo, espero que a Imeldo no se le ocurra ahora sonreír los martes en vez de los jueves y que Teofrasto no decida sustituir la pajarita por el corbatín. Voy a desenredar los cordones de los zapatos, que a veces se retuercen solos sin motivo.

Capítulo anterior
«Todos formamos un todo»
Capítulo siguiente
«El airecito razonable de la tarde»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Todos formamos un todo

Todos formamos un todo · Fotografía: Eugene de Salignac
· Diario de un hombre ridículo, 26 ·
Fran Vega
Todos formamos un todo
Fotografía: Eugene de Salignac

¡Qué tardes más estupendas paso con todas mis amistades en el cafetín de Tadeo! Y desde que hemos creado el ateneo de guiñotistas nos ponemos muy serios a jugar, para que todos sepan que tenemos un reglamento que cumplir y que anotamos con cuidado las ganancias y las pérdidas. Por ejemplo, Justito solo puede traernos gaseosas si se lo pedimos, no cuando a él le apetezca; si Teofrasto quiere media copita de ponche, tiene que esperar al descanso o a que alguno de nosotros tenga que ir a hacer del vientre, con perdón; y Ginés, que es la monda, solo puede hacer bromas antes de repartir las cartas, para no distraernos y no equivocarnos con las cuentas. Y como Imeldo solo sonríe los jueves, ese día hacemos una excepción y dejamos que se siente con nosotros. Así que ahora todo es más divertido y estamos más organizados, porque también nos hemos puesto de acuerdo en los cargos de la junta directiva: todos somos presidentes, secretarios, tesoreros, portavoces y vocales, y como somos también muy buenos amigos es imposible que surjan disputas o rencillas. Estoy tan contento que después de cenar pienso tomarme un vasito de leche con galletas. Porque hay acontecimientos que merecen ser celebrados.

Capítulo anterior
«Negociados y lapiceros»
Capítulo siguiente
«Novedades que sobrecogen el magín»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Ocurrencias de personas majaretas

Ocurrencias de personas majaretas · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 24 ·
Fran Vega
Ocurrencias de personas majaretas
Fotografía: Rodney Smith

Dice mi primo Escolástico, que es representante de estufas catalíticas y está muy bien informado de lo que pasa en este mundo y en otros colindantes, que ahora tenemos que llevar las cuentas de lo que ganamos y perdemos jugando al guiñote bajo pena de escarmiento, multa y punición por parte de las autoridades dinerarias. Yo no puedo entender eso, porque lo poco que obtengo en un día se quebranta al siguiente, y a Fulgencio, Argimiro y Lupicinio les ocurre lo mismo o muy semejante, así que parece una decisión tomada por personas majaretas y no por honradas gentes de bien. Incluso Amalio se ha sorprendido al enterarse, porque como es miembro del Sindicato de Oficinistas siempre lee el boletín del gobierno subcomarcal para no perderse nada importante, pero cuando esta tarde lo he contado en el cafetín de Tadeo a Teofrasto se le ha ocurrido una idea estupenda, no otra que unirnos épicamente en un ateneo de guiñotistas y anotar en un cuaderno de rayas azules los debes y los haberes para deducir con corrección gravámenes y diezmos, no vaya a ser que un día aparezca un inspector destornillado y turulato con aspecto abuitrado y la mirada un poco extraña. Voy a merendar requesón con picatostes.

Capítulo anterior
«La inaudita modernidad»
Capítulo siguiente
«Negociados y lapiceros»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Como para morir de un rayo en el sombrero

Como para morir de un rayo en el sombrero · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 19 ·
Fran Vega
Como para morir de un rayo en el sombrero

Fotografía: Rodney Smith

El doctor Islallana, que es mi callista de cabecera, ha estado hablándome esta mañana de unos avances científicos que son formidables y que consisten en unas cámaras que averiguan si tienes juanetes o colitis, no he terminado de enterarme bien. Y también que hay numerosas enfermedades que pueden curarse si te sobreponen unos rayos misteriosos, sin necesidad de ungüentos ni jarabes. Si lo que cuenta el doctor es verdad, estoy en condiciones de afirmar que la humanidad ya está completamente a salvo de todo mal, pero Teofrasto decía esta tarde en el cafetín de Tadeo que eso es un embuste que el médico habrá oído en la radio, porque él antes era afilador y es un entendido en inventos, además de que su primo Estradivario murió de un rayo en el sombrero. Y yo no sé qué pensar, porque creo que a veces se hablan de asuntos que no son veraces, aunque el doctor Islallana parece un hombre bueno y cumplidor, con la bata blanca siempre limpia y la consulta muy ordenada. Lo mejor será que mañana le pregunte a Amalio, que sabe mucho de las cosas y por eso es miembro del Sindicato de Oficinistas. Voy a escuchar el boletín que ya es casi la hora de cenar.

Capítulo anterior
«Lo importante es participar»
Capítulo siguiente
«Una viuda muy simpática»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Un hombre helespóntico y cabal

Un hombre helespóntico y cabal · Fotografía: Lutz Dille
· Diario de un hombre ridículo, 16 ·
Fran Vega
Un hombre helespóntico y cabal
Fotografía: Lutz Dille

Como el otro día coincidió en domingo, pasé una tarde estupenda en el cafetín de Tadeo jugando al guiñote y parloteando sobre temas de actualidad con todas mis amistades. La partida con Carioco, Fulgencio y Lupicinio estuvo sembrada de risotadas debido a las bromas de Ginés, que no dejaba de decir cosas la mar de graciosas. Después llegaron Argimiro y Teofrasto, que venían de pasear un rato en la glorieta de los Lirios, y un poco más tarde apareció Sinforoso, al que le va muy bien en su taller de embudos y coladores, hasta el punto de que nos convidó a limonada con sifón, menos a Cristóforo, porque le produce gases. Felixín contó que había visto en televisión un documental sobre cigüeñales incandescentes, que no sabemos lo que son, pero todos estuvimos de acuerdo en que se trata de un gran avance del que pronto tendremos interesantes novedades. Y casi al atardecer llegó al cafetín Don Helesponto, que como su nombre indica es un hombre heroico, helespóntico y cabal con quien me une una estrecha vecindad, pues no en vano compartimos escalera y en no pocas ocasiones animadas conversaciones sobre distópicos asuntos. Así que estoy en condiciones de afirmar que hoy me encuentro contentérrimo y jovial.

Capítulo anterior
«No sin mi sombrero»
Capítulo siguiente
«Un obsequio conveniente»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016