Ante mi gaveta y mi recado de escribir

Ante mi gaveta y mi recado de escribir · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Diario de un hombre ridículo, 84 ·
Fran Vega
Ante mi gaveta y mi recado de escribir

Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Iba yo la otra mañana por el bulevar de los Arcángeles, silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela, cuando de repente me hallé ante la puerta que anuncia la entrada a la oficina, a la que había llegado sin apenas proponérmelo y guiado únicamente por la noble intención que es propia de las gentes de bien. ¡Qué alegría al constatar que nada ha cambiado durante mi prolongada ausencia veraniega y que todo se mantiene de forma unánime y cabal! ¡Qué ambiente tan entrañable se respira en los negociados! ¡Y cuántos impresos y formularios hay en todas las mesas! La verdad es que estuve en los confines de la emoción cuando el mismérrimo jefe en persona vino a saludarme con su medallita de la Virgen de la Alameda colgada bajo el gaznate y cuando Carmencita, la de Contaduría, me recibió con una beatífica sonrisa que no había visto desde que le regalamos por su cumpleaños un juego completo de espumadera y cucharón. Después dí unos buenos apretones de manos a Teodomiro y Abisinio y hasta Ercilio me propinó unas sonoras palmaditas en los omóplatos, lo que es muy meritorio en alguien que nunca ha jugado al guiñote. Y por fin, después de tanto anhelo y tantos días, pude sentarme ante mi gaveta y mi recado de escribir, afilar mis lapiceros de distinta intensidad, ordenar mis sacapuntas de diferentes calibres, revisar mi carpetilla de papel de calco, limpiar con esmero mis plumines, comprobar el óptimo nivel de mis tinteros y comenzar la jornada oficinesca como si el verano no hubiera transcurrido y los mundos exteriores estuvieran todavía de holganza y vacación. Voy a sentarme un ratito en el mirador, donde nada importante puede acontecerme.

Capítulo anterior
«Regalado, contentérrimo y radiante»
Capítulo siguiente
«El fenomenal funcionamiento de nuestros negociados»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Anuncios

La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad

La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 69 ·
Fran Vega
La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad
Fotografía: Rodney Smith

Estoy en condiciones de afirmar que la otra tarde fue una de las más extraordinarias que recuerdo en compañía de todas mis amistades, pues en tan digna fecha conmemoré la colosal jornada en la que tuve el contento de ser bien recibido en este mundo y no en los colindantes o adyacentes. Carmencita y Abisinio pidieron permiso a Teodomiro para el usufructo temporal del Negociado de Reclamos, ya que organizaron un generoso ágape en el que no faltaron los refrescos, los frutos secos y las croquetas de gallina con unas briznas de panceta y que culminó con una opípara ronda de sorprendentes descafeinados. Y Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, proclamó con su propia solemnidad que de vez en cuando es bueno olvidar los infraconvenios para convertir los negociados en lugares de esparcimiento y mucha broma. Por la tarde, en el cafetín, Fulgencio, Lupicinio y Teofrasto me cedieron el mejor sitio de la mesa para la partida de guiñote, Justito sirvió unas gaseosas estupendas y Tadeo puso durante un buen rato bonitos discos de zarzuela, así que no pude sentirme más feliz y agradecido por estos prodigiosos homenajes. Y como decían con frecuencia el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino, en la vida hay que tener armonía, memoria, paciencia y equidad, así que aproveché la placentérrima jornada para poner en práctica estas sabias enseñanzas de tan profundo sentido y extensa aplicación y adquirí en la confitería de Cristeta unos pastelillos de ponche y dos botellas de sifón, porque no puede haber nada mejor que compartir con tantas amistades como tengo las cosas buenas de nuestra cóncava existencia. Después me acordé también de que el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino sostenían que las tardes glaucas de líneas pardas anuncian siempre noches garzas de luces gualdas, pero eso ya no sé qué significado puede tener ni por qué acude ahora a mi corto entendimiento. Voy a peinarme.

Capítulo anterior
«Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia»
Capítulo siguiente
«Embrollos y barullos en nuestra insigne institución»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Homéricos avances de las ciencias

Homéricos avances de las ciencias
· Diario de un hombre ridículo, 61 ·
Fran Vega
Homéricos avances de las ciencias
Fotografía: Howard W. Davidson

Ayer fue un día memorable porque al fin se ha producido en la oficina la revolución que todos estábamos esperando desde la infinitérrima noche de los tiempos, ya que un versado conjunto de científicos politécnicos ha logrado instalar un moderno sistema de telefonía que sin duda supondrá un homérico avance en las tareas de nuestros negociados. A partir de ahora todo va a funcionar como el Altérrimo dispone y no solo Teodomiro y Abisinio podrán glosar las noticias deportivas sin abandonar sus desusados pupitres, sino que incluso nos llamarán desde cualquier otra institución de nuestra excelsa subcomarca cuando algún competente subalterno necesite privilegiada información sobre pólizas y formularios. Qué alegría. Y hay que reconocer que nuestro egregio jefe oficinesco ha estado muy oportuno con este inapelable impulso tecnológico, aunque nos disgusta un poco que durante los próximos quinquenios tenga que reducirnos el estipendio mensual para sufragar así los gastos ocasionados. Con razón suele decir Severino, que por algo es infraordenanza en el Registro de Entidades Superfluas y entiende mucho de ingenios y artificios, que la ciencia es muy buena cosa para todas las gentes, pero que cada vez que inauguran una farola en la glorieta de los Lirios nos vemos obligados a mitigar el consumo de croquetas de gallina. Voy ahora mismo a dar la buena nueva a todas mis amistades cafetinescas, por si alguna de ellas tiene conocimiento de un invento similar o parecido.

Capítulo anterior
«La arcana realidad de nuestros negociados»
Capítulo siguiente
«Una cuchipanda de postín»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

La arcana realidad de nuestros negociados

La arcana realidad de nuestros negociados · Fotografía: Francesc Català-Roca
· Diario de un hombre ridículo, 60 ·
Fran Vega
La arcana realidad de nuestros negociados
Fotografía: Francesc Català-Roca

Andan estos días muy revueltas todas las temáticas cabales y concretas, porque ahora nadie quiere tener en cuenta los innúmeros desvelos de nuestro egregio jefe oficinesco y todas las gentes entienden que los estrambóticos enigmas que nos conciernen pueden solventarse en un periquete. Resulta que Teodomiro insiste en trasladar el Negociado de Reclamos que con tanto fervor dirige hasta el final del subpasillo, más cerca de Contaduría y Pagaduría que del Negociado de Pólizas y Recargos que Abisinio regenta con verdadera vocación, lo que nos privaría a todos del chiribitil en el que casi a diario almorzamos ensaladas de caballa y bocadillos de mejillón en escabeche. Y según dice Ercilio, que de cualquier enredo sabe mucho, eso no puede ser. Al mismo tiempo y a la vez, el Sindicato de Oficinistas, del que Amalio es unánime representante y facundo portavoz, había prometido que para este año tendríamos lapiceros nuevos y papel de calco desechable, pero parece que la intransigencia de los mercados y la arcana realidad impedirán conjuntamente alcanzar tan honestas y antiguas aspiraciones. Yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero me parece a mí que Teodomiro no se percata de que la migración e indemnidad de su negociado no impedirían el acecho y avistamiento de nuestro jefe oficinesco, más aún por las singularidades del nuevo Impuesto sobre Abstracciones Divergentes, y que Amalio tendría que acudir algunas tardes al cafetín de Tadeo para que los hermanos Hinojosa le ilustraran acerca de todas las problemáticas de los universos propios y adyacentes. Por mi parte, consultaré mañana mismo a Magdaleno, que no sin motivo es bedel en la Delegación de Asuntos Insólitos y conoce extravagantes entelequias y excepcionales certidumbres.

Capítulo anterior
«Turbaciones sorprendentes en los mundos adyacentes»
Capítulo siguiente
«Homéricos avances de las ciencias»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Omnifalibles murmullos del magín

Omnifalibles murmullos del magín · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 58 ·
Fran Vega
Omnifalibles murmullos del magín
Fotografía: Tommy Ingberg

Ha comenzado el año de modo insólito en la oficina y con tan curiosas peripecias en todos los negociados que me he puesto a pensar si no es ya el momento de hacer cálculos y apuntes para cuando me concierna el glorioso instante del estipendio compensatorio por hartazgo y aversión, que es como en las modernas ordenanzas subcomarcales denominan al infuso principio jubilatorio. Cierto es que aún me quedan muchos trienios por cumplir y que nuestro egregio jefe oficinesco ha prometido formularios y lapiceros nuevos para la próxima era mundana, pero vislumbro tantas veces una vida quieta y placentera en el cafetín de Tadeo que en estas mañanas invernales me ha dado por cavilar y discurrir en campos de trigo y tardes de avellanos, así como en los días soleados de pesca y en mis bonitas ocurrencias mientras sostengo el sedal y observo con total contentamiento los animalillos pisciformes junto a las rocas del acantilado. Sin embargo, sé que mi trabajo es intrínseco y cardinal para que todas las temáticas se resuelvan con elegancia y pundonor, porque no puedo imaginarme a Carmencita recogida y taciturna en su pupitre de Contaduría ni a Ercilio y Teodomiro sin mi singular prestancia junto a sus juiciosos pensamientos, por no decir que los bocadillos de calamares encebollados durante la hora y media del almuerzo quedarían seriamente afectados sin la compañía de mi humildérrima persona. Y tampoco creo que mi melismática existencia pudiera transitar sin ponerme cada día el chaleco y el sombrero para sentarme después en mi augusta mesa de viceaglomerado, en donde los plumines esperan desde muy temprano ser útiles a las coyunturas necesarias. De modo que voy a cepillar mis manguitos de cheviot y a olvidarme de momento de mis circunspectos parloteos, no vaya a ser que de tanto dar vueltas al magín acabe turulato, patidifuso, estupefacto y boquiabierto.

Capítulo anterior
«Los extravagantes días que acontecen»
Capítulo siguiente
«Turbaciones sorprendentes en los mundos adyacentes»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos

Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 55 ·
Fran Vega
Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos
Fotografía: Tommy Ingberg

Hoy he podido saber por el boletín subcomarcal que se ha producido un descubrimiento científico de primera magnitud que sin duda afecta a nuestra oficina y al cafetín de Tadeo. Dicen ahora los que son expertos en numerosas temáticas que todos los universos se formaron gracias a una morrocotuda explosión que tuvo lugar hace muchos años, no recuerdo ahora cuántos ni en qué momento fue. Incluso afirman que los luceros que algunas noches iluminan la glorieta de los Lirios son una especie de arenilla cósmica, lo que a mí me resulta un tratamiento un poco pánfilo para un asunto de tanta importancia. Yo no sé si todo esto es verdad o mendaz, pero si fuera cierto estaría en condiciones de afirmar que el mundo relevante en que vivimos es el resultado de un tropiezo fortuito entre cachivaches de un bazar pomposo y adventicio, como cuando Abisinio sale del Negociado de Pólizas y Recargos y se da de bruces con Teodomiro en la puerta del escusado con el diario deportivo bajo el brazo. Tampoco sé bien a dónde pueden conducirnos estas averiguaciones, porque Ercilio ha dicho esta misma mañana que él piensa seguir tocando el bombardino los martes por la tarde y Lupicinio ha declarado después que no dejará de jugar al guiñote por muchos enredos celestes que se desembuchen, lo que me ha llevado a pensar en la seriedad de estas gentes que investigan y sorprenden con estos insólitos hallazgos que alteran los sosiegos. Después de todo, no atisbo el interés en saber cuándo empezaron estas cosas de la infinitud si en el bulevar de los Arcángeles aún no florecen los magnolios y si el invierno solo acaba de empezar en nuestra excelsa población. Voy a hacer recuento de peladillas y guirlaches, que ya se acerca el aniversario del Altérrimo.

Capítulo anterior
«Consideradas estampas de diciembre»
Capítulo siguiente
«Que las buenas gentes tengan un prospérrimo año nuevo»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Relaciones sociales en el mundo relevante

Relaciones sociales en el mundo relevante · Fotografía: Paul Wolff
· Diario de un hombre ridículo, 40 ·
Fran Vega
Relaciones sociales en el mundo relevante
Fotografía: Paul Wolff

Desde que ha regresado el otoño con sus tardes agradables disfruto de unos ratos de mucho entretenimiento contemplando a las muchedumbres y saludando con cortesía a las elegantes damiselas que caminan por las calles, porque aunque no sepa sus nombres son admiradas ciudadanas de esta insigne población. Y hasta tal punto he tomado afecto a esta noble actividad que el otro día estuve parloteando con unas señoritas muy atentas que preguntaban por la confitería de Cristeta y después con unos aseados caballeros que se sentaron en el cafetín para tratar unos asuntos de difícil entendimiento, al menos para lo que resulta ser mi modestérrima persona. Dicen Felixín y Teofrasto que un día tendríamos que ir a pasear entre las gentes, pero yo no termino de entender ese interés en recorrer los universos colindantes, sobre todo ahora que nos da el airecito de la tarde en la glorieta de los Lirios. Además, paso bastante tiempo en la oficina con Teodomiro y Abisinio, porque sus negociados están junto al mío, y en ocasiones intercambio comentarios con Don Helesponto en el portal, así que no tengo más que buenos motivos para sentirme muy bien relacionado y socialmente satisfecho. Voy a ver si ya ha hervido la leche.

Capítulo anterior
«Las personas razonables caminan muy contentas»
Capítulo siguiente
«Raros acontecimientos en los albores del otoño»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Cuánta paz hay en mi universo sin par

Cuánta paz hay en mi universo sin par · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 33 ·
Fran Vega
Cuánta paz hay en mi universo sin par
Fotografía: Tommy Ingberg

Ayer por fin regresé a mi negociado y lo primero que hice fue saludar con gran entusiasmo a todos mis compañeros, pues a todos sin excepción he echado de menos durante este verano de urbanas y rurales aventuras. A continuación presenté mis respetos a nuestro ponderado jefe oficinesco, aunque me pareció que su mente estaba embargada por la prensa deportiva, pues por algo es un hombre culto y delicado, y después me senté en mi puesto como cualquier otra mañana normal de mi humildérrima existencia. ¡Qué estupendo es encontrarse de nuevo con los plumines y los formularios! Abisinio y Teodomiro mostraron mucho interés en mis andanzas estivales, pero apenas tuve tiempo de explicarles los detalles de mis lances agrarios, porque consideré más importante ponerme al día con las nuevas ordenanzas del Impuesto sobre Actividades Improbables emitidas por la Delegación de Asuntos Insólitos, así que tuve que aplazar el ameno relato de mi periplo hasta mejor y más apropiada ocasión. Y después pasé la tarde en compañía de mis amistades en el cafetín de Tadeo, parloteando todo el rato en el velador con Argimiro y Felixín hasta que llegaron Lupicinio y Teofrasto y pudimos empezar la partida de guiñote, aunque Ginés no dejaba de hacer bromas mientras tomaba una gaseosa y hablaba del campeonato subcomarcal de carreras de sacos. Pero lo más importante de todo es que ya estoy otra vez en mi universo sin par, en mi oficina y en mi cafetín, disfrutando de mi sombrero y de mi primorosa normalidad. Cuánta paz hay aquí.

Capítulo anterior
«Qué bonito es el turismo comarcal»
Capítulo siguiente
«Gloriosos episodios de nuestra insigne población»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

El airecito razonable de la tarde

El airecito razonable de la tarde · Fotografía: Arthur H. Fellig (Weegee)
· Diario de un hombre ridículo, 28 ·
Fran Vega
El airecito razonable de la tarde
Fotografía: Arthur H. Fellig (Weegee)

Como anteayer fue el primer martes de agosto y el jefe es muy devoto de la Virgen de la Alameda, se celebró en la oficina el sorteo de las vacaciones para que nuestras dignas dependencias no queden del todo abandonadas por sus meritorios empleados, más dedicados a la tediosa holganza que a la reconfortante ocupación. Abisinio fue descartado desde el principio porque todos dijeron que es un hombre necesario, cabal y de primera, y tan contento quedó con esta alegre facundia que todos le felicitamos de inmediato. Y como resulta improcedente que el Negociado de Reclamos que tan sabiamente atiende Teodomiro quede como inhóspito desierto, el jefe le dirigió unas simpáticas alabanzas para que suspendiera su proyectado viaje a la provincia más próxima, decisión que tomó no solo in situ e ipso facto, sino también in extremis, según afirmó Lupicinio por la tarde. De modo que la semana de asueto que tan generosamente es concedida por nuestro jefe oficinesco será para Carmencita, ya que en Contaduría se puede prescindir de su egregia aportación dado que los cobros y los pagos también tienen su agostidad. En el cafetín de Tadeo me preguntaron después por qué no había participado en la rifa y expliqué con mucho agrado que a mí lo que más me gusta del verano es sentarme en el velador a disfrutar del airecito de la tarde junto a todas mis amistades, porque yo no puedo entender que las personas razonables quieran pasar los días con individuos desconocidos, tumbadas en el suelo y sin chaleco. Lo que sí haré es guardar en la cómoda el pijama de franela con un poquito de alcanfor, que no quiero que nada me sorprenda cuando el tiempo mude en septiembre.

Capítulo anterior
«Novedades que sobrecogen el magín»
Capítulo siguiente
«Osadías estivales que la vida nos procura»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Todos hemos estado la mar de contentos

Todos hemos estado la mar de contentos · Fotografía: Francesc Català-Roca
· Diario de un hombre ridículo, 22 ·
Fran Vega
Todos hemos estado la mar de contentos
Fotografía: Francesc Català-Roca

Resulta que hoy ha sido el cumpleaños de Carmencita, la de Contaduría, y el jefe ha sido muy generoso al concedernos quince minutos recuperables para que la felicitáramos como se merece y le entregáramos el obsequio que hemos comprado entre todos los oficinistas: un juego completo de espumadera y cucharón. Yo creo que se ha emocionado durante un buen rato, pero Ercilio y Teodomiro han inflado unos globos en el Negociado de Reclamos y se le ha pasado el impacto de la pura alegría, así que todos hemos estado la mar de contentos. Con razón decía Ginés esta tarde en el cafetín de Tadeo que le hubiera gustado mucho estar en la fiesta, porque él es la monda y para estas cosas se las pinta solo, pero ya le ha recordado Carioco que para eso tendría que trabajar en nuestra oficina y no en la fructífera fábrica de travesaños en la que lleva toda la vida. Lo más importante es que ha sido un día formidable y que estoy muy alegre por tener tantos y tan buenos amigos. Voy a prepararme una sopita de estrellas para cenar.

Capítulo anterior
«El astrágalo del pie izquierdo»
Capítulo siguiente
«La inaudita modernidad»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

No entiendo para qué sirven estas normativas

No entiendo para qué sirven estas normativas · Fotografía: Grey Villet
· Diario de un hombre ridículo, 6 ·
Fran Vega
No entiendo para qué sirven estas normativas
Fotografía: Grey Villet

Esta mañana nos han hecho entrega en la oficina de unas holandesas con las nuevas ordenanzas internas. Dicen en los negociados que al jefe le disgusta que algunos oficinistas lleguen tarde y que otros, incluso los mismos, se ausenten cómodamente de sus cardinales obligaciones, así que a partir del próximo trimestre tendré que ser un poco más resuelto por las mañanas en el cafetín de Tadeo y no entretenerme tanto con los parloteos y apostillas. Y también voy a tener que cambiar la hora del doctor Islallana, mi callista de cabecera, para poder acudir a la consulta por las tardes. Lo que no sé es cómo me las voy a arreglar para hacer la quiniela deportivo-benéfica con Teodomiro, el del Negociado de Reclamos, porque hasta ahora la hacíamos los jueves de 10 a 12 en la mesa de Carmencita, que es muy alegre. Y la verdad es que no entiendo para qué sirven estas normativas si luego hay días en que no tenemos nada que hacer ni formularios que cumplimentar, pero si las ha decretado el jefe por algo será, que él no tiene un pelo de sandio ni de ganso y siempre sabe lo que hace. Voy a poner los garbanzos en remojo.

Capítulo anterior
«La televisión produce fiebres»
Capítulo siguiente
«Lo que importa es la geometría»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Parece asunto de fantasmas

 Parece asunto de fantasmas · Fotografía: Garry Winogrand
· Diario de un hombre ridículo, 3 ·
Fran Vega
Parece asunto de fantasmas
Fotografía: Garry Winogrand

Hoy me he dado cuenta de que hace días que no abro la atenta correspondencia de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de San Cosme y San Damián, aunque no sé si este suceso tiene alguna importancia, porque nunca agradece y siempre regaña. Dicen mis amistades del cafetín de Tadeo que ahora ya no es necesario conservar estos documentos que tan amablemente nos remiten a todos los vecinos y conterráneos de nuestra excelsa subcomarca y que el sobrino de Felixín, el del taller, lo hace todo desde casa, aunque eso parece asunto de fantasmas o de gentes extrañísimas. Ya lo pensaré. Por la mañana escuché decir a Teodomiro, el del Negociado de Reclamos, que el jefe quiere atenuarnos los salarios porque la vigente legislación se lo permite. Y lo peor es que algunos le daban la razón, menos Ercilio, que es un hombre cultérrimo, aunque en sus tiempos de juventud le suspendieron en unas oposiciones a la Oficina de Desatinos Nacionales. Voy a regar el ficus.

Capítulo anterior
«La gente presta demasiada atención a los asuntos»
Capítulo siguiente
«En los universos colindantes»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016