Raros propósitos de la modernidad

Diario de un hombre ridículo, 91: Raros propósitos de la modernidad (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Raros propósitos de la modernidad
Fotografía: Rodney Smith

Contaba la otra tarde Ercilio en la oficina que ahora las gentes exponen sus fotografías y recuerdos a la contemplación de todo el mundo gracias a un invento de mucho ingenio en el que se enredan ardides y emboscadas con cofradías, grupos y consorcios, de lo que deduzco que se trata de un rudimento tan extravagante como inconcebible y más propio de gatuperios y murmullos que de una subcomarca tan ilustrada como la nuestra. Además, y por si la ocurrencia no fuera ya muy estrambótica, otras gentes igualmente antigregarias pueden hacer observaciones y comentos sin que nadie les haya dado vela en el entierro ni mantón en el bautizo, lo que ya me resulta disonante, estridente y tremebundo. Yo no encuentro el interés en dar a conocer las temáticas de mi humildérrima persona a las muchedumbres de otras subcomarcas, ni vislumbro qué ganancia podrían tener ellas en que yo supiera de sus aflicciones y contentos, pero tal vez no lo comprenda porque siempre puedo contar con mis amistades del cafetín de Tadeo para parlotear de los asuntos que nos conciernen sin tener que discurrir sobre los que incumben a los universos adyacentes. Y aunque ya sé que a veces no entiendo las cosas, me parece a mí que estos raros propósitos de la modernidad no pueden traer nada relevante a nuestra cordura, salvo disparates, yerros y barullos, así que prefiero que todo lo que ilustra mi campante trayectoria esté sobre la cómoda del saloncito para mi exclusivo usufructo y mi intrínseca expansión. Voy a sentarme un ratito en el mirador.

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Meriendas in excelsis

Diario de un hombre ridículo, 90: Meriendas in excelsis (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Meriendas in excelsis
Fotografía: Rodney Smith

He estado unos cuantos días muy atareado poniendo en orden mis carpetas y cuadernos y tratando de solventar las muy distintas temáticas que en ocasiones afectan a los mundos circundantes, pues ni los más preciados recovecos de parloteo y vacación permanecen a veces ajenos a conflictos y molestias. Resulta que hace dos martes entró en el cafetín de Tadeo el vicesacristán de la parroquia de la Virgen de los Zuecos, que anhela ser nombrado subdiácono por el infraobispo comarcal y no deja de hacer méritos para alcanzar tan insigne dignidad. Y como a su inmaculado entendimiento había llegado la fama de las croquetas de gallina que en ese día de la semana todas las amistades degustamos en el cafetín, se encomendó al Altérrimo y cruzó la puerta de nuestra noble institución con el fin de predicar con el ejemplo y merendar allí mismo empanadillas de chicharrones con clarete de otra subcomarca, lo que a todos nos resultó inaudito y sorprendente. Así que se formó entre las mesas de guiñote un pequeño revuelo no exento de alboroto que terminó cuando el vicesacristán salió muy airado del local, profiriendo bienaventuranzas inaudibles y prometiendo no regresar jamás a un establecimiento en el que las croquetas de gallina priman sobre las empanadillas de chicharrones y el clarete en porrón de tres cuartillos. Pero tienen razón Argimiro y Teofrasto cuando dicen que volverá en cuanto se entere de que los jueves tenemos en la mesa arenques con guindillas y rosquillas de huevo con anís, meriendas de hosanna e in excelsis que son conocidas incluso más allá de los universos colindantes. Voy a dar un paseíto, que parece que ha despejado y se va a quedar buena tarde.

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Qué complaciente es la realidad

Diario de un hombre ridículo, 82: Qué complaciente es la realidad (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Qué complaciente es la realidad
Fotografía: Rodney Smith

Hoy estoy muy contento porque ha llegado el día de reconocer que he pasado un verano apacible y ejemplar en compañía de mis aladas y pisciformes amistades, a las que sin tardanza se sumaron las arbóreas, montuosas y lacustres, y que ante todas ellas, en todo momento y en cualquier lugar, he podido presumir de pertenecer no solo a una de las mejores oficinas que conozco, sino también a una de las más excelsas subcomarcas de nuestro extravagante trazado regional. Así que no es de extrañar que me haya faltado tiempo para relatar mis estivales aventuras, pues la constante presencia de mi viceprimo Arandillo y sus inagotables conocimientos sobre el mundo de la pesca me han tenido muy atento y ocupado en tan noble y heroica destreza. También tuve ocasión de parlotear animadamente con los más sabios lugareños de las comarcas adyacentes sobre cuestiones de insólita antigüedad, pero lo que más me gustó de mis andanzas veraniegas fue regresar al cafetín de Tadeo y comprobar que nada había cambiado durante mi ausencia y que todos mis conterráneos y compañeros de guiñote me recibían con sonoros abrazos y estruendosas bienvenidas, lo que hizo que me sintiera como trucha en el agua o como ardilla en conífera, que por algo tengo ahora titánicas sapiencias sobre la próvida madre naturaleza. Voy a tomar media copita de brandy para celebrar que ya estoy en casa y que pronto acudiré a mi eficiente negociado, porque hace ya muchos días que añoro con templanza mis formularios, mi papel de calco y mis lápiceros de apuntar. Qué complaciente es la realidad.

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Cúmulos de nubes y sólitas tormentas

Diario de un hombre ridículo, 80: Cúmulos de nubes y sólitas tormentas (fotografía: Rodney Smith)
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Cúmulos de nubes y sólitas tormentas
Fotografía: Rodney Smith

Decían a menudo el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino que un hombre cabal se distingue siempre por su delicada puntualidad, así que estoy empezando a pensar que tanto las especies aladas como los variados seres pisciformes que he conocido durante estas cálidas semanas han alterado mi tradicional sentido de la observancia y el rigor. Resulta que mi egregio jefe oficinesco me autorizó a prolongar durante unos días mis seráficas y recuperables vacaciones, pero en uno de mis heroicos atardeceres de pesca con mi viceprimo Arandillo, a quien tantos conocimientos debo, perdí el telegrama que conservaba en el morral y desde entonces no he podido recordar en qué fecha exacta, cierta y verdadera debía regresar a mi eficiente negociado. Sin embargo, sospecho que tras la brisa vespertina de las últimas jornadas se oculta la indefendible llegada del otoño, lo que sin duda indica que es ya el momento de guardar mis ropajes y adminículos en la maletita de cuadros y despedirme transitoria y ordenadamente de álamos y chopos, de alondras y mochuelos y de lucios y siluros, que pronto tendré que sustituir por pólizas e impresos, tinteros y plumines y ventanillas y recargos. No es que lamente el retorno a la oficina, pues más bien es al contrario, sino que me apena abandonar a mis fáunicos aliados frente a los rigores del invierno, sobre todo porque no tienen en el río ni en el bosque elegantes cafetines en los que guarecerse de los fríos ni frondosos bulevares en los que parlotear con sus guiñotistas amistades, tan necesarias cuando cesan los calores y aparecen en la tarde cúmulos de nubes y sólitas tormentas. Voy a congregar sin prisa mis chalequitos y sombreros.

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Astucias veraniegas en el arroyo provincial

Diario de un hombre ridículo, 79: Astucias veraniegas en el arroyo provincial (fotografía: Rodney Smith)
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Astucias veraniegas en el arroyo provincial
Fotografía: Rodney Smith

Como mi excelso y munífico jefe oficinesco ha tenido un trastorno de altruismo al prorrogar mi semana y media de vacaciones rigurosamente recuperables, no sin atender con prontitud mi petitorio y sublimado telegrama, estoy aprovechando la inesperada estancia en la provincia colindante para introducirme en el noble y bienhallado mundo de los seres pisciformes, del que ya conozco siete especies nuevas y nueve variedades diferentes entre sí. He observado que estas simpáticas y escamadas criaturas acuden con bondad cuando se les ofrece un señuelo tentador, así que su captura no presenta impedimentos para pescadores avezados en las complejas artes del apresamiento de acuáticos animalillos cuya existencia finaliza entre los muros del fogón, lo que si bien produce cierta actitud conmiserativa genera al mismo tiempo gran delicia y bienestar. Así que he decidido acudir a la pródiga sabiduría de mi viceprimo Arandillo para que me enseñe cuantos conocimientos sean necesarios con el fin de convertirme en el más astuto pescador que haya conocido el límpido arroyuelo provincial, no vaya a ser que la profesión de oficinista esté en peligro de extinción y tenga que elegir otro ingenioso y apacible medio de sustento. Voy a comprar dos anzuelos y un morral.

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Indómitas especies de curiosos pisciformes

Diario de un hombre ridículo, 78: Indómitas especies de curiosos pisciformes (fotografía: Rodney Smith)
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Indómitas especies de curiosos pisciformes
Fotografía: Rodney Smith

El simpático airecito que sopla por las tardes en las provincias colindantes de los mundos adyacentes me está sirviendo no solo para inspeccionar indómitas especies de seres alados y curiosos pisciformes, sino también para olvidar todo un año de delicado cometido entre pólizas y formularios de mi eficiente negociado. En unos cuantos ratos he sido capaz de extraviar en el zaguán de la memoria la desvanecida imagen de meritorios y escribientes, si bien reconozco que me siento extraño sin mis lapiceros y plumines, herramientas cardinales de cualquier oficinista que se enorgullezca de serlo y más aún de haberlo sido. La verdad es que estoy pasando unos días insólitos de indagaciones y pesquisas sobre la vida salvaje que habita en estos andurriales y que mantengo la firme idea de descubrir las innúmeras ventajas que conlleva la serena agroexistencia, pues me tonifica el cerebelo, me alivia el intelecto y me alegra la razón. Así que estoy pensando con decoro y seriedad en tomar recado de escribir y enviar un telegrama a mi espléndido jefe oficinesco para que prolongue ad infinitum, circum circa, la semana y media recuperable que tuvo a bien concederme como expiación de mis perpetuos desvelos no remunerados. O tal vez sea mejor solicitar en la subcentralita de la rebotica una conferencia telefónica interprovincial, aunque sé que siempre llegan con puntualísima demora. Voy a merendar un paraguayo.

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Portentosos descubrimientos planetarios

Diario de un hombre ridículo, 77: Portentosos descubrimientos planetarios (fotografía: Rodney Smith)
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Portentosos descubrimientos planetarios
Fotografía: Rodney Smith

Ayer por la tarde estuve dando un paseo por un prado centenario que atrajo eficazmente mi atención. Resulta que estaba en su totalidad cubierto de hierba y que de vez en cuando, y en número indeterminado, aparecían unas diminutas florecitas de colores blanco y amarillo que los lugareños de estos pagos tienen a bien denominar margaritas, sin que hasta el momento haya podido averiguar la razón de tan pintoresca decisión. Me permití recoger algunas con mis propias manos, sin estar seguro de si hacía el bien o el mal, y cuando todavía no me había recuperado de semejante estupefacción paisajística descubrí un conjunto de arbolillos distribuidos en hilera y de tan respetable altura que ni siquiera la copa de su ramaje podía avistar. Los lugareños antedichos les llaman chopos y dicen que siempre crecen junto a ríos y arroyuelos, lo que pude comprobar al aproximarme atrevidamente al regato acuático que atravesaba la campiña mencionada. Es muy bonito contemplar estos prodigios de la naturaleza y deambular entre frondas y praderas como si uno mismo lo hubiera hecho durante toda la vida, aunque hacía tanto calor que no tuve más remedio que despojarme de mi chaqueta de lino y caminar con el chaleco parcialmente desabrochado para hacer frente con elegancia y dignidad a los rigores del verano. Sin embargo, no sé si en el cafetín de Tadeo me creerán cuando ofrezca detallada cuenta de estos portentosos descubrimientos planetarios que me ocupan el magín, sobre todo porque al final olvidé pedir prestado a Exuperancio su moderno tomavistas. Qué insignes son los universos adyacentes y cuántos seres insólitos habitan en ellos.

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Días de extravío y distracción

Diario de un hombre ridículo, 76: Días de extravío y distracción (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Días de extravío y distracción
Fotografía: Rodney Smith

Esta mañana he cepillado la maletita de cuadros para preparar con esmero mis atavíos y adminículos, pues en unas horas o días iniciaré un grandioso tránsito estival a través de la provincia contigua. Como en tiempos pretéritos estuve en Traslosmontes y en el maizal del subcuñado de mi primo Escolástico, este año me he decidido por las largas distancias y visitaré los universos colindantes y las comarcas adyacentes, en donde dicen que existen prados centenarios y ríos milenarios a los que seguramente adeudo mi presencia. También he estado pensando en pedir prestado a Exuperancio su moderno tomavistas, aunque en el cafetín de Tadeo me han confirmado la existencia de otros artefactos tecnológicos de compleja utilización que ofrecen resultados aún mejores y notorios. Sea como fuere, estoy dispuesto a pasar unas jornadas de campeonato gracias a la incontestable bondad de nuestro egregio jefe oficinesco, que con la nobleza que le caracteriza nos ha concedido semana y media recuperable para que podamos utilizarla en nuestras particulares y siempre bienquistas aventuras, lo que hay que reconocer que es una intrepidez de tanto mérito como extravagancia. Así que estoy tan contento que voy a planchar ahora mismo los chalecos de lino y los calcetines de algodón para que después no se me olvide repasar el pijama de rayitas, no vaya a ser que contraiga constipados en estas noches de verano, tan propicias al olvido, al extravío y la distracción. Cuánta calma me procuran estos días tan simpáticos de hazañas, propósitos y sol.

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La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad

Diario de un hombre ridículo, 69: La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad (fotografía: Rodney Smith)
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La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad
Fotografía: Rodney Smith

Estoy en condiciones de afirmar que la otra tarde fue una de las más extraordinarias que recuerdo en compañía de todas mis amistades, pues en tan digna fecha conmemoré la colosal jornada en la que tuve el contento de ser bien recibido en este mundo y no en los colindantes o adyacentes. Carmencita y Abisinio pidieron permiso a Teodomiro para el usufructo temporal del Negociado de Reclamos, ya que organizaron un generoso ágape en el que no faltaron los refrescos, los frutos secos y las croquetas de gallina con unas briznas de panceta y que culminó con una opípara ronda de sorprendentes descafeinados. Y Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, proclamó con su propia solemnidad que de vez en cuando es bueno olvidar los infraconvenios para convertir los negociados en lugares de esparcimiento y mucha broma. Por la tarde, en el cafetín, Fulgencio, Lupicinio y Teofrasto me cedieron el mejor sitio de la mesa para la partida de guiñote, Justito sirvió unas gaseosas estupendas y Tadeo puso durante un buen rato bonitos discos de zarzuela, así que no pude sentirme más feliz y agradecido por estos prodigiosos homenajes. Y como decían con frecuencia el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino, en la vida hay que tener armonía, memoria, paciencia y equidad, así que aproveché la placentérrima jornada para poner en práctica estas sabias enseñanzas de tan profundo sentido y extensa aplicación y adquirí en la confitería de Cristeta unos pastelillos de ponche y dos botellas de sifón, porque no puede haber nada mejor que compartir con tantas amistades como tengo las cosas buenas de nuestra cóncava existencia. Después me acordé también de que el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino sostenían que las tardes glaucas de líneas pardas anuncian siempre noches garzas de luces gualdas, pero eso ya no sé qué significado puede tener ni por qué acude ahora a mi corto entendimiento. Voy a peinarme.

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Hablillas y consejas que nublan los alcances

Diario de un hombre ridículo, 50: Hablillas y consejas que nublan los alcances (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Hablillas y consejas que nublan los alcances
Fotografía: Rodney Smith

¡Estoy tan prospérrimo y contento que apenas he tenido tiempo de anotar en mi cuaderno las curiosas peripecias que a menudo me acontecen! Resulta que la otra mañana tuve que hacer unas gestiones en los mundos exteriores y un simpático mozalbete me obsequió en la calle con un diario ilustrado a todo color. Como aún era temprano para que abrieran la Delegación de Asuntos Insólitos, donde debía presentar un pliego de descargo en la Ventanilla de Reclamaciones Infundadas, me senté un rato en el bulevar de los Arcángeles para informarme de lo que ocurre en los universos colindantes y extranjeros, así que pude saber que por fin han terminado estos tiempos tan incapaces y molestos y que por fin volveremos a tener en la oficina lápices completos y gomas de borrar por si nos equivocamos al rellenar los subformularios destinados a cada negociado. Y como desde el primer instante fui consciente de la importancia de semejante testimonio, acudí por la tarde al cafetín de Tadeo para trasladar a todas mis amistades el anuncio de esta nueva era, pero Justito y Felixín me contaron que el Impuesto sobre Actividades Improbables ha sufrido un incremento que rebosa lo elementario y que a partir de ahora todos pagaremos la revisión cuatrimestral del Reglamento sobre Diligencias Circunspectas. Sin embargo, y como yo a veces no entiendo las cosas que son incomprensibles, mañana mismo pienso preguntar a Don Helesponto sobre todas estas trolas y consejas y si es cierto que nos incordian con hablillas el magín, porque es un hombre instruido y noticioso que respeta desde muy antiguo las nobles ordenanzas de nuestra excelsa subcomarca y cuando llueve pone hojas de periódico en el portal. Voy a apagar la radio, que ya comienza el boletín.

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Gloriosos episodios de nuestra insigne población

Diario de un hombre ridículo, 34: Gloriosos episodios de nuestra insigne población (fotografía: Rodney Smith)
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Gloriosos episodios de nuestra insigne población
Fotografía: Rodney Smith

Ayer me ocurrió un suceso sorprendente. Iba yo tan contento por la avenida de los Iscariotes, silbando un bonito romance popular, cuando al cruzar el puente de los Serafines se me acercó un hombre que me preguntó por la glorieta de los Lirios. En un momentito paso a explicárselo, distinguido caballero, respondí, y le indiqué el recorrido con detalle añadiendo algunos interesantes pasajes sobre la historia de nuestra insigne población. Pero cuando me disponía a narrarle el glorioso episodio del medioevo en el que un príncipe augustérrimo saltó desde el elevado puente en busca de su amada damisela, el caballero en cuestión se dio la vuelta y se marchó. Qué raro, pensé, que un señor tan educado se aleje sin que haya terminado de contarle las emocionantes leyendas que jalonan nuestra excelsa subcomarca, así que continué mi agradable y lírico paseo hacia el parque de los Querubines. En el cafetín de Tadeo dijeron después que se trataba sin duda de un forastero procedente de algún lugar extraordinario y desconocedor de nuestras lides históricas, pero yo no puedo entender que un hombre con chaleco, sombrero y corbatín no preste atención a estos vívidos relatos, a no ser que sufriera un repentino trastorno intestinal que exigiera urgente alivio y solución. Voy a sacar de la nevera el dulce de membrillo, por si después me apetece merendar un poco.

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Qué bonito es el turismo comarcal

Diario de un hombre ridículo, 32: Qué bonito es el turismo comarcal (fotografía: Rodney Smith)
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Qué bonito es el turismo comarcal
Fotografía: Rodney Smith

¡Qué contento estoy y qué verano más extraordinario estoy pasando con todas mis amistades! Después de disfrutar con los trigales y maizales que rodean la alquería del subcuñado de mi primo Escolástico, decidí continuar mi temeraria trayectoria y me dirigí a la ciudad de Traslosmontes, donde me aguardaban eminentes aventuras urbanas que jamás fui capaz de imaginar entre tanta agostidad. ¡Qué avenidas y glorietas tan grandiosas y graciosas, respectivamente hablando! ¡Y cuántas gentes caminan atareadérrimas en estas urbes tan modernas! Con la ayuda de unos mapas y la amable colaboración de otros ciudadanos que por allí pasaban, tuve oportunidad de tomar un descafeinado en una elegante cafetería, visitar un parque muy bonito con fuentecillas y rosales y admirar la estatua de un señor muy raro y a caballo que sin duda tuvo que ser un héroe municipal, con lo que di por concluida mi actividad turística del quinquenio que nos ocupa. Ya en el ferrocarril de regreso que me trajo a mi insigne población, entablé un extraordinario parloteo con dos gentiles caballeros de chaleco y corbatín sobre las apasionantes vicisitudes que nos ocurren a diario. Pero como yo a veces no entiendo las cosas, preferí que fueran ellos quienes expusieran sus andanzas y enormes pensamientos. ¡Cuántas frases decían! ¡Y cuántos adverbios y adjetivos les venían al magín! Yo les escuché como se espera de un hombre helespóntico y cabal, y si algo aprendí de aquellos distinguidos personajes es que todos los universos colindantes y los submundos que los circundan pueden terminar en añagaza, paparrucha y falsedad a menos que se liberen oportunamente de sus majaderías, imprudencias y torpezas. O lo que es lo mismo, que uno se mete en un trigal y aparece en un maizal. Voy a cerrar la galería, que ya empieza a refrescar un poquito.

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Las yemas almendradas de las madres lupulinas

Diario de un hombre ridículo, 31: Las yemas almendradas de las madres lupulinas (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Las yemas almendradas de las madres lupulinas
Fotografía: Rodney Smith

Con el calor agostérrimo de estos días me he puesto a recordar los campos de trigo, lúpulo y maíz que pude contemplar durante mis andanzas rurales, en las que no faltaron caudalosas avenidas de agua, de al menos metro y medio de anchura, y aves extrañísimas de las que ignoraba su existencia. Pude contar hasta tres tipos distintos de alados que volaban sobre los cultivos, de los que dos eran negros y un tercero era pardo. ¡Qué simpáticos son! ¡Y cuántos peces diferentes hay en esos majestuosos regatos en los que cubre hasta la pantorrilla! Yo llegué a distinguir dos de estos amigos pisciformes y una tarde en la que estaba muy atento avizoré una rana apostada en un charco, aunque en ese momento no llevaba puesto el chaleco de cazador que mi primo Escolástico me había recomendado para ocasiones semejantes. Yo creo que esto de visitar los campos está muy bien porque uno aprende cosas de las vidas salvajes, como la damisela de escasas vestimentas que dormitaba en el trigal y a la que saludaba cada tarde con un ademán de mi sombrero. A mí me parece que debía de ser extranjera o de lugares extraordinarios, porque nunca había visto a nadie ataviado de esas formas y me pareció que tenía un libro entre sus curiosas pertenencias. Sin embargo, su inaudita agroindumentaria no impidió que yo paseara cada día hasta la ermita de la Virgen de la Siembra, en donde las reverendas madres lupulinas elaboran unas yemas almendradas que hacen olvidar las más singulares presencias. Mañana mismo he de hablar de estos prodigiosos dulces a mis amistades del cafetín de Tadeo, por si alguna vez quieren satisfacer su hipotética curiosidad. Voy a comer medio albaricoque para merendar.

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Paseos de verano entre trigos y maizales

Diario de un hombre ridículo, 30: Paseos de verano entre trigos y maizales (fotografía: Rodney Smith)
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Paseos de verano entre trigos y maizales
Fotografía: Rodney Smith

¡Qué días más estupendos he pasado entre campos y labriegos! Como nunca había sido protagonista de rurales y resueltas aventuras, por fin puedo relatar lo que se siente cuando uno camina entre cultivos y deambula entre barbechos con bovina tranquilidad. Lo primero que hice al llegar a la alquería del subcuñado de mi primo Escolástico —sita en Valdetorreznos, provincia contigua— fue quitarme el corbatín, y no porque las altas temperaturas lo aconsejaran, sino porque me pareció que era correcto asemejarme en el atuendo a quienes tan amablemente me recibían, aunque ellos no fueran portadores de chaleco ni sombrero. Durante las primeras horas exploré el terreno con aplicada prudencia, pero después me lancé a tumba abierta entre los trigales y ya no hubo motivo ni causa para detener mis recorridos y embelesamientos, de los que disfruté tanto como cuando estoy sentado con mis amistades en el velador del cafetín. ¡Cuánta agua tienen los ríos! ¡Y qué antiguos son algunos puentes, sobre todo los romanos (o griegos, no estoy seguro), que llevan muchos años en su sitio sin que nada les inquiete! Algunos días me sorprendía encontrar a una damisela ataviada con escasas vestimentas que parecía dormitar entre las espigas, pero yo la saludaba cual turbado caballero y seguía mi paseo entre trigos y maizales pensando en las bondades que el Altérrimo nos otorga. Y una tarde conocí a un simpático lugareño que me enseñó a plantar chopos, aunque no sé ahora si voy a poder poner uno de estos arbolitos en la terraza, entre el ficus y el geranio, sobre todo porque me va a faltar tiempo para las tareas de regadío. Estoy tan contento y tengo tantas cosas que contar que voy a necesitar varios ratos para escribirlo todo en mi diario, así que ahora voy a sacar el equipaje de la maletita azul y a ponerme el pijama. El de cuadritos.

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Osadías estivales que la vida nos procura

Diario de un hombre ridículo, 29: Osadías estivales que la vida nos procura (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Osadías estivales que la vida nos procura
Fotografía: Rodney Smith

Esta mañana me he llevado una sorpresa morrocotuda. Resulta que Carmencita, la de Contaduría, ha tenido que suspender las vacaciones que tan generosamente rifó nuestro espléndido jefe oficinesco porque a su viceyerno le ha dado un ataque de realidad, así que me han preguntado en su negociado si había algún impedimento en que yo las disfrutara en su lugar, aun a sabiendas de que me causaban con ello un trastorno inesperado. Me he quedado estupefacto durante un par de ratos, al cabo de los cuales he concluido que es propio de personas de bien tener deferencias con los compañeros y he resuelto ausentarme unos días de mi pupitre de trabajo, con el consiguiente abandono de mis formularios, mis plumines y demás herramientas de escribir. Al principio no he podido asimilar el futuro yuxtapuesto de holganza y esparcimiento, pero después he pensado en viajar hasta la alquería del subcuñado de mi primo Escolástico, que tiene un simpático huerto ubicado en Valdetorreznos, provincia contigua. Así que por la tarde he ido al cafetín de Tadeo a despedirme de mis amistades, todas se han puesto contentérrimas por la bravía expedición que me aguarda y han salido a despedirme hasta la puerta, donde me han abrazado y deseado la mejor de las suertes para estos días venideros. A mí me da un poco de pena dejar mi sitio en el velador y en la partida de guiñote, pero de cuando en cuando hay que lucir osadía y mostrar atrevimiento ante las novedades que la vida nos procura, de modo que estoy muy alegre por esta intrépida y animosa decisión. Voy a coger la maletita azul, la que está sobre el armario.

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