Épica, ética y estética

Ucronías: Épica, ética y estética en el proceso catalán
· Ucronías ·
Épica, ética y estética

Hemos sido sacrificados. La lapidaria frase de Carles Puigdemont enviada a uno de sus lugartenientes supone una profunda revelación del espíritu que anida en quien se considera ungido por la historia y entregado a una causa omnipotente: el sacrificio como argumento último de todo, según consta en cualquier manual del victimario y en los párrafos bíblicos en los que se señala al pueblo sufriente y elegido. Y explica con no poca claridad un proceso que comenzó con la izquierda asediando a un gobierno conservador y que a día de hoy ha finalizado con esa misma izquierda implorando la investidura de un presidente también conservador y heredero ideológico y político del anterior.
Se trata de los bucles infinitos a los que algunos procesos nos tienen acostumbrados, pero que en el caso catalán se ha revestido, además, de una muy dudosa épica establecida bajo la aparente protección del sufrimiento colectivo. Y ante semejante tentación no hay pueblo que se resista, como bien tenemos visto y comprobado.
Que la manipulación, el contorsionismo y la estafa han presidido esta curiosa peripecia es algo que está ya fuera de toda duda, desde la utilización de la independencia como camuflaje ante una clamorosa protesta social por la política democristiana y liberal hasta las sonrojantes demostraciones de la presunta izquierda en favor de gobiernos que son exactamente lo opuesto a cualquier planteamiento social y progresista.
Y se da al mismo tiempo la circunstancia de que es la izquierda (¿izquierda?) la que sostiene la rebelión de las derechas mientras las muy derechas se enfrentan, con escaso cálculo y mucha zafiedad, a sus correligionarios ideológicos y tantas veces compañeros a la hora de legislar contra los presupuestos de la izquierda. No digan que no es un proceso diabólico.
Tan diabólico que ha dejado por el camino a su principal instigador, Artur Mas, el hombre que pasó de cenar en la Moncloa a convertirse en el Moisés del Llobregat; que ha aupado a la categoría de héroe fugado a un insólito personaje como Puigdemont, instalado en el mesianismo cuando no en el iluminismo propio del aznarato; que ha aniquilado durante años la emergente influencia de la CUP al no haber sabido soportar la presión del sugus histórico que la derecha le ofrecía; que ha expuesto las lógicas debilidades de quienes pasaron por los calabozos e hicieron muestra de inconsistencia y delación; que ha mandado a las catacumbas a fakes como Marta Rovira, porque el pueblo elige siempre entre héroes y traidores, pero jamás entre llorones; que mantiene entre barrotes a un extraño individuo como el cardenal Junqueras, que tan solo rinde cuentas ante la historia y el altar mientras escribe decimonónicas proclamas acerca del bien y del mal, y que, en definitiva, ha sacado a la luz todas las infinitas miserias de la derecha y todas las eternas carencias de la izquierda. Y, en este último sentido, estamos ante un proceso ejemplarizante.
Pero todo lo ejemplarizante está siempre a punto de caer en lo ridículo. Que la revolución de las sonrisas y las marchas en nombre de la dignidad hayan concluido en un programa matinal de televisión junto a chascarrillos de moda y sociedad ilustra sin fisuras el nivel de lo ocurrido. Y las imágenes de tietas de todas las edades con caretas en las calles son, permítanme, algunas de las más reveladoras de esta nueva masa líquida construida a partir del más absoluto vacío ideológico y de la más escandalosa manipulación por parte de quienes tienen la capacidad de transformar sentimentalismo y tradición en estadística electoral. Y, por ello, el proceso catalán es también digno de estudio e importante aviso de lo que sucede y quizá suceda en el siempre revuelto avispero europeo.
Casi sobra ya decir que el proceso ha dejado también para la historia asombrosas piruetas de personajes con sólido bagaje intelectual que de repente se han erigido en defensores de la república igualitaria y socialista… dirigida por democristianos y liberales. El despropósito alcanza características monumentales y es también una demostración de hasta qué punto la derecha ha sido capaz de poner a la izquierda mirando a Cuenca hasta perder el norte y el oremus para convertirlos en lamentables benedictus.
Y es, así mismo, una clara muestra de que la artimaña política que alguien inventó para que no se notaran mucho la corrupción y los recortes ha acabado, está acabando, con todo lo que aún merecía la pena mantener. Reconozcamos que más que un proceso político ha sido, está siendo, un proceso de aniquilación ideológica y social del que no pocos mecanismos de poder estarán tomando nota. El daño, en este último sentido, es aún imposible de calcular.
Todo pueblo tiene derecho a elegir su destino, pero ha de ser cuidadoso a la hora de decidir con quién lo hace, porque en ocasiones la línea que separa la gloria del lodo es tan frágil que casi cualquiera puede atreverse a cruzarla. Por lo demás, es notorio que nada ha terminado y que ni siquiera el Grand Cirque de la Belgique ha dado todavía sus últimos coletazos, a pesar de estar ya al servicio de magacines y periodistas de estrafalaria condición. Todavía se mantendrá durante un tiempo, y tras un previsible y necesario periodo de calma y descanso, resurgirá para seguir alimentando las muchas bocas que alimenta. Esperemos, eso sí, que en la próxima edición procuren que su épica, su ética y su estética sean un poco menos esperpénticas. Aunque solo sea para salvaguardar la dignidad propia y el apoyo ajeno.

Ucronías: Épica, ética y estética en el proceso catalán

© Fran Vega, 2018

Anuncios

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia

Ucronías: Tú en Moncloa y yo en Eslovenia (fotografía: Antonio Lemus)
· Ucronías ·
Fran Vega
Tú en Moncloa y yo en Eslovenia
Fotografía: Antonio Lemus

Entre tantos tumultos y alborotos como últimamente contemplamos, no son menores los que anidan en los cráneos turbulentos de quienes dirigen los destinos y gobiernos, pues de ellos depende en buena parte lo que sucede y lo que ocurra en los tiempos inmediatos y comprender lo que se aloja en sus cerebros puede ser también un modo de obtener la razón que no nos proporcionan.
El presidente del artefacto nacional, Mariano Rajoy, se encuentra por fin en el momento más dulce de su trayectoria, animado por los que hasta ayer eran sus afables enemigos, apoyado por dirigentes europeos cuyos nombres no pronuncia ni recuerda y a punto de convertirse, tal vez, en el bizarro caballero de casino y cafetín que supo derrotar la algarada sediciosa y en el nuevo forjador de la España indivisible y sacrosanta. En su cabeza habitan los Borbones y los Austrias que en su momento batallaron en conflictos paralelos y en sus sueños aparecen los escritos de Quevedo contra el fuero de los temosos catalanes, como desfilan en sus noches de vigilia los abrazos de Espartero para apaciguar a los carlistas y hasta los espadones de Narváez y el caballo de Pavía para poner fin a tanta confusión como vislumbra.
Por primera vez en su lánguido cerebro se ha instalado un sueño del que no está dispuesto a desprenderse porque así lo quieran mediadores y terciarios, sino porque obtenga a cambio el histórico reconocimiento de que fue él quien contuvo con sus manos el mortífero veneno del reptil secesionista. Y tan iluminado se encuentra que pasea los domingos por las salas monclovitas repitiendo en voz alta y en pijama los grandes objetivos que sin duda nos aguardan si seguimos su camino y salvamos la unidad y la grandeza de la patria.
Piensa también el presidente qué respuesta ha de dar a su contrario, que en un gesto de osadía que le cuesta comprender le ha servido un reto envenenado que puede encumbrarle hasta el panteón en el que aguardan sus admirados personajes, pero que también puede cubrirle de miseria y enterrarle para siempre en el lodazal más olvidado de la historia. Y sabe Rajoy que un registrador de la propiedad como Dios manda no puede acobardarse ni rendirse, sino presentar contienda frente a gentes tan soberbias y luchar a la romana hasta que la sangre corra y los tunantes caigan.
No es Carles Puigdemont, el presidente del artefacto catalán, un oponente de brazo fácil y ataque breve, pues hay sitio también en su cabeza para los sueños que llegaron concedidos mediante raras carambolas que convirtieron un periodista de provincias en un altivo cortesano con afición por entablar fiera y desigual batalla. Porque así como en la Moncloa rigen los héroes titánicos de todas las Españas, en la Generalitat se encuentran los escudos y las armas de cuantos condes y honorables elevaron los territorios catalanes a categorías envidiadas por castellanos y gallegos y por aragoneses y franceses, que vieron a lo largo de los siglos cómo aquellas comarcas fronterizas se erigían en influencias y dineros por encima de las suyas y cómo hoy capitanean la anhelada rebelión, la ilusión incandescente de todo súbdito ciudadano frente al poder establecido.
Se despierta a veces el presidente catalán en su residencia gerundense repitiéndose a sí mismo las palabras de Companys y viéndose heredero y vengador de los oprobios cometidos, tratando de recordar también algún discurso de Macià y ensalzando una vez más los valores convergentes del acaudalado pujolismo con los que un día pasó de ignorado cronista a regidor de la ciudad hasta alcanzar sin esperarla su codiciada condición, no otros que los propios de la democracia cristiana —si alguna vez esta tuvo algunos— que también abraza su enemigo en la Moncloa. Pero frente a este advenedizo que no distingue un escudo de un pendón, Puigdemont esgrime en sus silencios a los condes medievales y a la corona de Aragón, a los reyes victoriosos frente a todo tipo de raleas y a aquellos que en tiempos memorables obligaron a emperadores y monarcas a acatar sus fueros para que nunca fueren otros, hasta que aquel antepasado del Borbón de nuestros tiempos, de nombre también Felipe, estableció una nueva planta para que en ella no cupieran otras leyes, otro idioma ni otra tradición.
No le cuesta mucho a este hombre de insulsa trayectoria viajar desde las históricas derrotas al reciente ejemplo de Eslovenia que le gusta recordar, pues aquellos antiguos yugoslavos supieron deshacerse de la hegemonía de Belgrado ejerciendo también la rebelión y asumiendo la protesta frente a quienes no querían atender su manumisión e independencia. Tal vez no tenga en cuenta el presidente, por ignorancia u omisión, que Eslovenia tuvo que aportar ataúdes a la causa, que su adversario no contaba con adeptos de postín y que le echaron una mano indispensable quienes entonces dirigían el artefacto occidental.
De modo que entre Wifredo el Velloso, fundador de la casa condal barcelonesa y medieval, y Milan Kučan, el primer presidente de la Eslovenia independiente, tiene el honorable en Barcelona mil años que le observan y una deuda con la historia que ha de resolver, pues ha de incorporarse también de homéricas maneras a la lista de próceres insignes que un día enaltecieron a sus pueblos prometiendo glorias y grandezas mediante herramientas muy antiguas y de sencilla aplicación, como son las que devienen de las banderas y las tierras y las que se proyectan sobre patrimonios y derechos a los que nadie puede renunciar. Y como su oponente, pero en realidad compañero de aventura y cómplice en ardides, pretensiones y objetivos, no está dispuesto a abandonar su valiosa posición por muchas leyes y uniformes que le inviten a ceder, salvo que su honor y su memoria queden para siempre con símbolos de oro en los augustos corredores de la Generalitat.
Comparten tantas cosas estos tipos de grises recorridos y presidentes de conservadores artefactos que no habrá de inundarnos la sorpresa ni la alarma si un día los vemos pasear juntos en un parque, sentarse a dar de comer a las palomas y recordar entre risotadas y partidos de petanca los tiempos en que discutían y reñían mientras sus gentes se enzarzaban en peleas en las calles y empuñaban cacerolas y banderas como si representaran algún modelo de buscada identidad. Porque estos dos hombres, aspirantes a héroes inmunes en sus respectivos escenarios, no están solos.

Ucronías: Tú en Moncloa y yo en Eslovenia (fotografía: Ed Nofri)
Fotografía: Ed Nofri

El muy liberal democristiano Mariano Rajoy tiene desde siempre el pescuezo tutelado por las huestes delictivas surgidas de la noche de los tiempos cuya primera y triste urgencia es la de ocultar, enterrar y disolver cuantos restos, pruebas, testimonios y vestigios queden de su profunda y enquistada corrupción, para lo que precisa con angustia un éxito en cualquier negociado o ministerio, qué mejor si se produce ante el riesgo de ruptura de las hispánicas amarras. Por su parte, el muy liberal democristiano Carles Puigdemont se debe a una confederación de malhechores cuyas manos saquearon hasta los últimos baúles y cuyo expediente no mejora ante el de sus antiguos socios madrileños, por lo que ha de encontrar también una adecuada vestidura que sirva de mortaja para sepultar tantas fechorías como sin duda han sido cometidas.
Y los dos dirigentes, tan incoloros e inodoros cada uno en su artefacto, viven entre las inquietas sombras y las holgadas influencias de sus funestos antecesores y mentores, pues fueron aupados por la guerra muy ficticia en desiertos muy lejanos inventada por Aznar en la Azores, en un caso, y por las muy severas corruptelas de Artur Mas ejercidas mediante porcentajes y coacciones a sus propios gobernados, en el otro. Así que los dos presidentes de estas andanadas necesitan desterrar por razones similares a quienes les dieron en su día mando, trono, altar y reino, pues de ello dependerá que sean también venerados y ensalzados y, en última instancia, recordados y admirados.
Tiene el gallego Rajoy su arcaica corte de inversores heredera de las grandes fortunas de otros tiempos que hoy habitan en el Ibex-35 y en luminosas oficinas de los barrios más lujosos de Madrid, aunque en sus sótanos se siguen practicando punibles maniobras que conducen cada año a sus mejores ejercicios en correcta proporcionalidad con el empobrecimiento general. Y tiene el catalán Puigdemont el manilargo Cercle d’Economia, que no es sino un consorcio misacantano y liberal cuyo cometido es mantener por cualquier medio los privilegios de la burguesía catalana mientras el populacho se ilusiona cuando hay que ir a votar. Y es sabido y conocido que ni el Ibex-35 ni el Cercle d’Economia pueden aprobar, bendecir y respaldar cualquier operación que implique el riesgo de un solo euro de sus arcas, por más que en el pasado hayan mimado y financiado a quienes ahora organizan y defienden el procesismo y la ruptura. Una cosa es la poética de la rebeldía y otra muy distinta los dineros, como hasta el último concejal del último distrito sabe desde el primer minuto en su electo y distinguido cargo.
Estos dos caballeros mandarines de lánguido discurso y aburrido proceder tienen también entre sus filas a quienes conservan las esencias y recuerdan la ortodoxia siempre que hay peligro de cometer algún desliz o de comportarse simplemente con decoro y dignidad. Si en Madrid la FAES pasa lista cada lunes para que nadie se desvíe de los objetivos primordiales, no otros que los dictados por la desvergüenza liberal, en Cataluña son la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural quienes forman las escuadras protectoras de cualquier gobierno que se adhiera a sus muy nacionalistas postulados y sin las cuales no podría comprenderse el esperpéntico protagonismo de Puigdemont y Forcadell. Y constatemos, hasta donde la memoria nos alcanza, que nunca se han presentado a unos comicios estas formaciones que despiertan a dragones y espantajos con sus himnos y banderas, que alientan y administran en las calles lo que ahora llaman emociones y que con la misma inconveniencia nos embarcan en conflictos fraudulentos o deciden en silencio quién se libra de la soga y quién perece al intentarlo.
Atesoran también estos dirigentes de maquinarias y artefactos un amplio repertorio de deudas y aranceles que les procuran vergonzosas servidumbres de las que ninguno se puede liberar, pues de ellos depende al mismo tiempo su propia obstinación. Guarda Rajoy en su carpeta de asistencias y favores los llegados de quienes le apoyan en los presupuestos estatales con la esperanza de tener un día un nuevo polideportivo en su ciudad y los de quienes se identifican de vez en cuando con sus fortuitas ocurrencias, desde los ciudadanistas de Rivera —ese chico desnortado que aún no ha podido distinguir un consejo de ministros de un martini dominguero— a los socialdemócratas de Sánchez —ese hombre giróscopo y flotante a quien esperan cada tarde en las esquinas con los cuchillos levantados—, acreedores todos ellos con la libranza asegurada por el lascivo crédito otorgado.
Por su parte, Puigdemont conserva completos anaqueles con las fianzas recibidas de los regimientos convergentes que le acunan cada día y las no menos importantes concedidas por los republicanos de Junqueras, acostumbrado como está al intercambio de agasajos y atenciones en las sacristías catalanas y el palacio episcopal. Y, por supuesto, tiene el honorable presidente una formidable deuda que pagar a las conmovedoras filas de la CUP, que en su temeraria ingenuidad pensaron que tan solo por apoyar la exigua minoría procesista los democristianos pondrían en sus manos la república catalana trabajadora y popular.
Pero a la vez que se confirman y cotejan las enormes y costosas deudas de estos inauditos dirigentes —que no impiden las traiciones soterradas y los engaños discontinuos—, observamos también los certeros silencios perpetrados durante el desarrollo procesista, pues nadie alcanza a creer que el ejército se mantenga en mutismo sepulcral, apenas roto por algún alférez despistado, y que las grandes entidades catalanas no decidieran migrar hasta el último momento para desfilar juntas en cayucos de oro por la Diagonal no solo en busca de su protección política y bursátil, sino de una puesta en escena organizada tiempo atrás. Y todo junto invita a suponer que el verano fue promiscuo en reuniones y corrillos en los que fueron proclamados juramentos y convenios.
Y así como rigen los asuntos y se instituyen los principios nacionales y las afrentas colectivas, los dos presidentes de nuestros más famosos artefactos se encuentran hoy hundidos y ofendidos en un grotesco barrizal para darse cuenta y ser conscientes del ínfimo papel que ambos representan, pero también para no cejar en el empeño de ser heroicos paladines y adalides en sus respectivos escenarios y no abandonar la frívola ilusión de situarse por hechos y derechos en los primeros puestos de la historia.

Volvamos a Eslovenia, el territorio balcánico y costero con el que sueña en ocasiones el presidente catalán, porque Milan Kučan aprendió en 1991 que en política eres quien eres si los demás quieren que lo seas. El gobierno de Liubliana desoyó las advertencias de Belgrado, convocó un referéndum, lo ganó, declaró la independencia y el ejército yugoslavo atacó, pero en aquel contexto histórico y estratégico los estados europeos decidieron apoyar la independencia de Eslovenia para tener un socio estable frente al polvorín serbio que no tardaría en estallar con el previsible respaldo de Moscú.
Y otro tanto o parecido puede decirse respecto a Estonia, el territorio báltico y también costero al que se refiere con frecuencia el dirigente catalán, cuya independencia fue aceptada de inmediato por los gobiernos europeos ante las inminentes ruinas de la Unión Soviética. En 1992 Estonia y Eslovenia se convirtieron en miembros de la ONU, organización que sigue sin reconocer a varios estados no porque no tengan derecho a ello, sino porque las razones políticas se imponen siempre sobre las reclamaciones de los pueblos. En cuanto a Kosovo, cuya guerra tenemos fresca en la memoria y en cuyo espejo también se miran los dirigentes del artefacto catalán, recordemos tan solo los cientos de miles de refugiados que produjo su enfrentamiento por la independencia y los miles de cuerpos que aún yacen enterrados en territorio balcánico.
Tan claro como que Madrid no es Belgrado es que Puigdemont no es Milan Kučan ni Cataluña es Estonia ni Eslovenia ni, por supuesto, Kosovo, por lo que apelar a la vía estonia, la vía eslovena o la vía kosovar como estrategias para lograr la independencia no es solo una insensata decisión, sino la demostración de que no importa el precio que haya que pagar para obtener el objetivo planteado, incluso el de balcanizarlo si fuere necesario. Los catalanes tiene tanto derecho a decidir su futuro como en su momento lo tuvieron estonios y eslovenos y lo tiene cualquier otra nación, pero es importante reconocer que este principio ya no se debate en ningún lado, porque la implacable realidad es que ya no hay debate alguno más allá de las demarcaciones catalanas.
La Moncloa está ganando la partida en el tablero internacional por la sencilla razón de que los demás estados, la banca y los mercados financieros quieren que la gane. Y si los demás han decidido que Cataluña pierda el desafío y han activado todos los mecanismos para que lo pierda, lo más seguro es que lo pierda. No se trata ya de invocar sus evidentes derechos colectivos ni de que a la Unión Europea, al FMI y al Banco Mundial les guste más la senyera o la estelada, sino de saber que los intereses internacionales priman sobre sus históricas aspiraciones y que su derrota ya está escrita y rubricada por los que mandan y deciden de verdad, no por quien ocupa temporalmente un puesto de gobierno. Como hace muchos años que aprendimos, hay asuntos que no son personales, sino solo negocios.

Regresemos ya a los artefactos nacionales, porque cabe preguntarse entonces a qué se debe que los descompuestos monclovitas de corbata y mocasín no permitan que los nuevos eslovenos voten y en su caso fracasen por sí solos, dado que apenas cuentan con apoyos y herramientas, en vez de generar las rudas imágenes de los antidisturbios en los colegios electorales y escudarse sin reparos ni rubor en la Constitución. La respuesta tal vez haya que encontrarla en que no asistimos a un enfrentamiento entre políticos mayúsculos cuyas capacidades se muestran al servicio de una causa o el cumplimiento de un deber, sino a una querella entre quienes necesitan ser al mismo tiempo sepultureros de sí mismos y de sus viciados artefactos e invictos triunfadores de una insólita batalla que a la vez les protege y les sustenta, aunque para ello tengan que poner en juego lo que ellos mismos contribuyeron a crear. Algunos conflictos, como tantas veces las guerras, trabajan en exclusiva para quienes los organizan y dirigen.
Y aunque solo fuera por ello los individuos que con tanta necedad dirigen sus grandes artefactos deberían iniciar el meritorio camino del olvido que sin duda ha de llevarles, junto a todo lo que representan, a las guaridas más inhóspitas y oscuras de nuestra historia, pues no tenemos causa que merezca enfrentamientos y ofensivas y a ningún gobierno deberíamos pagar tributos de semejante cualidad. Y de no ser así, recordaremos un día tantos daños y desastres como pudieron ser salvados y tanta infamia como generaron sus cerebros turbulentos, cráneos incendiarios que nunca fueron habitados por la inteligencia, la perspectiva, el entendimiento y la razón.

Ucronías: Tú en Moncloa y yo en Eslovenia (fotografía: Yann Grancher)
Fotografía: Yann Grancher
Artículos relacionados
«Turbio verano de bolardos y banderas»
«Tiempos sin excusa»
«El naufragio de la izquierda»
«Ideas, comunidades y naciones»

© Fran Vega, 14 de octubre de 2017

Turbio verano de bolardos y banderas

Ucronías: Turbio verano de bolardos y banderas
· Ucronías ·
Turbio verano de bolardos y banderas

Este país raro, tan etéreo y transitorio como si los años no pasaran, sigue provocando el mismo espanto en cualquier circunstancia en que se encuentre. No importa lo que ocurra ni lo que pase, porque las absurdas y graníticas reacciones se suceden con independencia de los acontecimientos y de la situación en la que estemos. Vivir en este país, tan curioso y pintoresco, supone permanecer anclado en la antesala de las ideas, sufrir la desértica soberbia de quienes aún defienden la ignorancia y batallar para no contagiarse con desdén de la muy histórica y patriótica majadería nacional.

Cualquier sociedad atraviesa un estado de horror y estupefacción cuando sufre un atentado, más aún si este se produce como los últimos tiempos nos han acostumbrado: en cualquier momento, en cualquier lugar y contra cualquier objetivo. Y cualquier sociedad honra a sus víctimas, se pregunta por los motivos de la barbarie y exige y clama a sus gobernantes que impidan y prevengan la repetición de los sucesos.
Sin embargo, en este país extraño culpamos de la matanza a la ausencia de bolardos y alabamos con vítores y hurras a las fuerzas del orden que ejecutan sin miramientos a los responsables de lo acontecido. Incapaces de un análisis riguroso y sosegado de lo que sucede en esta parte del mundo, buscamos en el mobiliario urbano las causas de nuestros males y publicitamos hasta el bochorno las presuntas heroicidades de quienes han de defendernos, pues para eso les contratamos, sostenemos y pagamos. Y culminamos las jornadas luctuosas sin preguntarnos si de verdad era necesario liquidar —abatir, según la nueva jerga establecida entre gobernantes y gobernados— a quienes tal vez hubieran podido aportar información, indicios o sospechas acerca de nuevos atentados, datos con los que quizá futuras víctimas no adquirirían esta última y funesta condición.
Hemos pasado de exigir dimisiones ministeriales por los excesos policiales a aplaudir con babosería y agostidad el abatimiento —no olvidemos el término, pues tal vez tengamos que usarlo con frecuencia en adelante— de quienes suponemos que realizaron la masacre, que en su primitivismo manifiesto huían entre las viñas o se abalanzaban sobre los agentes con machetes y cuchillos adquiridos horas antes en un supermercado. Y aceptamos sin pedir explicaciones que no había más remedio que vaciar los cargadores entre las cejas de quienes, tal vez, hubieran podido convertirse en confidenciales herramientas. No se trata ya de que merecieran o no la muerte inmediata como último acto de nuestro desprecio, sino de que hubiera sido más útil hacerlos caer, abatirlos, con certeros disparos en las rótulas para que nuestros loados cuerpos policiales hubieran podido ampliar el horizonte de sus investigaciones e impedir que la gente muera, también abatida, mientras pasea durante una tarde de verano.
Cabe preguntarse cuál hubiera sido la reacción de nuestra moderna ciudadanía si los abatidos hubieran sido de los nuestros, es decir, de nuestras creencias, tradiciones y costumbres. Pero no lo eran, así que cometemos la imprudencia de aplaudir a quienes un día pueden tomarse en serio la alabanza y pensar que ya tienen vía libre y carta blanca para abatir cualquier objetivo que consideren peligroso, pues la sociedad que les mantiene también les ha de respaldar. Ya no estamos en contra de los excesos, sino en contra de que nos afecten. Y este es un cambio importante en la mentalidad de este país que tanto asusta.

Así las cosas, resulta aún más cínico y chocante el lema elegido para la manifestación de repulsa de los atentados que encabezaron las escuadras de asalto y protección acompañadas de los más ilustres regidores: no tenemos miedo. De todos los eslóganes políticos y ciudadanos que hemos visto, y hemos visto muchos, este es quizá uno de los más absurdos y teatrales. Celebramos el abatimiento de los terroristas porque ello nos libra de la amenaza evidente de que despedacen nuestros cuerpos o destrocen nuestras vidas, pero no tenemos miedo. No tenemos miedo de que nos degüellen mientras compartimos un café o de que atropellen a nuestros hijos mientras corretean por la calle, no tenemos miedo de salir volando en nombre de una religión y no tenemos miedo de que la sangre nos alcance. ¿No tenemos miedo? ¿Este país de cuchufleta es ahora el nuevo héroe de Occidente? Recordemos que el terrorista de las Ramblas huyó a pie y a la luz del día y que nadie, como es lógico, se atrevió a enfrentarse a él. Pero una vez abatido ya no le tememos y estamos dispuestos a batallar sin miedo, con la camisa abierta y la cabeza alta.
Por supuesto que tenemos miedo. Y por supuesto que no temer por nuestras vidas o por las de los nuestros sería un ejercicio de inconsciencia e ibérica ignorancia, de modo que además de para repudiar los atentados —hecho en sí que pertenece a la obviedad— la manifestación debería haber servido para exigir a quienes tan dignamente la encabezaban que cumplan con el trabajo que les encomendamos cada día, no otro que velar por nuestra seguridad en vez de entorpecerse mutuamente su labor en nombre de un corporativismo trasnochado y más digno de un cuartelillo rural que de una sociedad plural y global en la que el terrorismo se presenta, también, de formas plurales y globales.

Al disgusto por la ausencia de bolardos sucedió el de la presencia de banderas. Vuelven de nuevo —hace tiempo que regresaron o quizá es que nunca se fueron— los himnos, las consignas, las antorchas y todos los simulacros de ideas que tan tristemente han estructurado nuestra historia. Y lo hacen como siempre lo hicieron: en nombre de la dignidad de un pueblo. Todas las sociedades que dicen defender su dignidad coinciden en sus objetivos sacrosantos e inviolables y todas esgrimen los mismos conceptos y herramientas: patria, bandera, idioma, territorio y tradición, es decir, todo aquello que ha originado en los últimos cincuenta siglos centenares de carnicerías y millones de muertos. Y todo y siempre con idénticos argumentos.
No importa tanto la opción como la forma en que se defiende. Y quienes defienden votar en nombre de un país se alinean con quienes defienden no hacerlo en nombre de otro, porque parece necesario identificarse con una nación, una bandera y una causa. Y lo cierto es que esto resulta intrascendente cuando quienes están obligados a entenderse y resolver conflictos —pues para eso les contratamos, sostenemos y pagamos— se desentienden de su cometido y pretenden que su trabajo lo resuelvan las gentes de quienes cobran. Olvidamos demasiado a menudo que esto es propio de una picaresca ramplona y absoluta. Y recurrimos con frecuencia a la idea de que la fuerza de las calles ha de imponerse por encima de cualquier otro concepto. Y eso, en este país desdibujado y transitorio, es siempre un acicate de imprevisibles consecuencias que algún día habrá que reprochar a quienes lo impulsan y alimentan.

No era tan difícil ponerse de acuerdo. No era imposible aceptar que la gente diga y vote. No era descabellado organizar un referéndum correcto en el que las partes afectadas y los ciudadanos manifiesten libremente sus opciones. ¿No existe en nuestro ordenamiento una ley que lo ampare? Pues hágase la ley, que otras muchas de ínfima importancia aprueban cada día decenas de diputados y senadores cuando no están en su bar subvencionado. ¿No lo permite la intocable Constitución? Pues cámbiese la Constitución, que ya va siendo hora de actualizar ese libro de encantamientos que amarillea por desuso. ¿La negociación política exige contrapartidas y cesiones? Por supuesto, como todas las negociaciones de cualquier ámbito. ¿Para qué creen nuestros representantes que ocupan sus puestos si no es para negociar, pactar y distribuir derechos y recursos? Y si los personajes que en su momento elegimos para ello no lo hacen con templanza y armonía, y es evidente que se comportan como trastornados y dementes al mando de trituradoras de quinta generación, déseles carta de despido y sean relegados a la última baldosa del último rincón de la memoria.
Casi cualquier opción era mejor que la elegida por la incompetencia y el quietismo —que tantos adioses producen— y por la alucinación y la ignorancia —que tantos patriotismos generan—, es decir, el callejón oscuro en el que los matones de cada barrio dirimen sus diferencias mediante gargajos y empellones tras haber paseado sus manos por la entrepierna sudorosa de quien no tiene más ideas ni razón. Que la institucionalización de la bravuconería no nos engañe, porque seguimos viviendo en donde sobre la mesa se ponen exabruptos y atributos en vez de cerebros y propuestas. Es lo que tradicionalmente hemos hecho en este país que tanto asusta y desconsuela.

Lo que sorprende no es la voluntad de independizarse, aunque nadie sepa de qué, si de Alemania, del Banco Europeo, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional o del Club Bilderberg, si de los populares para sustituirlos por los convergentes y democristianos de Artur Mas y el converso Lluís Llach, de Rajoy y Soraya para reemplazarlos por Puigdemont y Forcadell, de Montoro para relevarlo por Turull o de Iglesias y Sánchez para sustituirlos por Junqueras y Romeva, si de la política despiadada de la Moncloa para aceptar la muy salvaje de la plaza de Sant Jaume o si de las cloacas nacionales para transitar en su lugar por las aguas negras que bajan de la Generalitat. Lo decepcionante es querer independizarse con semejantes compañeros de viaje para cambiar un patriotismo por otro del mismo alcance y unas miserias constantes por otras permanentes. A partir de ahí, y en el escenario presente, asumamos que la verdadera tragedia de los independizados no sería su nuevo estatus, sino las manos de quienes lo gestionen, porque el futuro estado lo construirían los mismos que antes lo arrasaron. De modo que las dos partes en litigio tienen un gran problema en común que les acerca y asemeja: eligen para su propio gobierno a quien les desprecia, les asalta, les utiliza, les empobrece y les maltrata en nombre de la patria, la bandera, el idioma, el territorio y la tradición. No son pocas las coincidencias.

Seamos convocados para construir una república igualitaria y progresista, sin corruptas oscuridades ni doctrinas, regida por quienes deseen establecer los cimientos de un estado basado en el derecho y la razón sin apelar a ingenuas emociones y establecido a partir de la honrada distribución de los recursos, la adecuada administración de la justicia, la correcta planificación social y educativa y las necesarias estructuras que demandan las sociedades de nuestro tiempo. Mientras tanto, sigamos nutriéndonos de patrióticos artificios revestidos de viejas consignas que a nada nos conducen, salvo a la profunda convicción de que ni antorchas ni banderas de uno u otro signo harán de este país —ni de ningún otro— un lugar más habitable, más equilibrado y mejor administrado, sino que en las condiciones actuales contribuirán a que siga siendo el vertedero ideológico que siempre ha sido y el estercolero político y social que siempre fue. Y todo junto es para sentirse frustrados, desolados y asustados. Abatidos, decimos ya.

Ucronías: Turbio verano de bolardos y banderas («Duelo a garrotazos», de Francisco de Goya)
Francisco de Goya
«Duelo a garrotazos»
Artículo relacionado
«Tú en Moncloa y yo en Eslovenia»

© Fran Vega, 13 de septiembre de 2017

Los cadáveres que investían a los muertos

Ucronías: Los cadáveres que investían a los muertos (fotografía: Patrick Gries)
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Zarzuela, Génova y Ferraz

Ucronías: Zarzuela, Génova y Ferraz

La ventaja de ser rey emérito es que no estás sujeto a ningún tipo de precepto legislativo, por lo que puedes hacer casi lo que quieras sin más frontera que la de tu propia ética, en caso de que la tengas. La Constitución impide que el rey que reina se inmiscuya en política o en asuntos propios de los partidos, pero nada limita la actividad del emérito, que hace y deshace sin rendir cuentas ni explicación.
Viene esto a propósito de que no resulta creíble que la carnicería que se está perpetrando en Ferraz sea ajena a conciliábulos como el que observan en la fotografía, en el que todos los comensales comparten objetivos e intereses. La ausencia de F6 se explica porque la propia Constitución le obliga a respetarla, pero no hay decreto que prohíba al emérito borbonear con el señor de los GAL, el señor de Irak, el señor de la Gürtel y un señor de León que fue invitado por cortesía.
Pensar que el enésimo movimiento cainita que los socialdemócratas están viviendo tiene su origen en pedristas y susanistas resultaría ingenuo. Hace meses que entre Zarzuela y Génova se estableció un hilo directo para lograr la investidura de Rajoy mediante la voladura de Ferraz siempre que esta se produjera desde dentro y con escenografía navajera. Y para ello se pidió colaboración al mejor dinamitero del reino: Felipe González, el viejo león superviviente de Suresnes con las cuatro patas hundidas en otros tantos consejos de administración. La Zarzuela se personó a través del emérito en un conflicto en el que no podía intervenir, pero del que dependía buena parte de su estabilidad.
No es creíble tampoco el difundido lapsus de González aludiendo a la guerra sucia en una entrevista radiofónica. En primer lugar, porque estaba grabada con anterioridad, y hubiera hecho falta una sola palabra del viejo león para que la Cadena Ser la editara y omitiera esa referencia. Y en segundo lugar, porque el viejo león es demasiado viejo y demasiado listo como para cometer ese pretendido error. Era una bala que tenía guardada para los de su propia tropa y que disparó con septembridad y alevosía. Un tá-pá-pá que en tres décadas no había dejado escapar, hasta que lo usó como fuego amigo camuflado entre críticas a su secretario general. Y una chulería, porque si en su momento ningún juez se atrevió a sentarle en el banquillo, él mismo ha confesado ahora sus fechorías sin que nadie le preguntara.
Es pronto para saber cómo terminará este golpe socialdemócrata y hasta qué punto beneficiará a sus instigadores y a quienes les financian o si se volverá en contra de sus cabecillas, pero no para observar la obscena fotografía tomada en un restaurante madrileño y reparar en que quien la hace no tiene plato en la mesa. No hay un sitio vacío, porque quien tomó la instantánea solo estaba convocado para que tomara nota del evento: Cebrián, ese fiel servidor y beneficiario de cualquier gobierno que lleva cuarenta años en todas las sombras de importancia.
Tal vez el partido socialdemócrata necesitaba un sepulturero y lo ha encontrado en el mismo que lo llevó al poder, pero una vez provocado el incendio, apagadas las llamas e identificados los pirómanos, ¿quién gestiona las cenizas? Pasarán años antes de que alguien se atreva a recogerlas y pueda responder.

Artículo relacionado
 «Réquiem por un socialista español»

© Fran Vega, 1 de octubre de 2016

El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza

Ucronías: El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza (Mariano Rajoy)

Según la última encuesta que El País ha hecho para Metroscopia, este hombre grisáceo, pazguato y anodino volverá a ganar las elecciones. Y no solo eso. Es probable que las gane incluso con un margen superior al de hace unos meses. Es difícil enmendar la plana a un diario sostenido y financiado por algunos de los imperios financieros más importantes de Europa, de modo que su titular resulta creíble por mucha desolación que produzca.
Cierto es que la banca aloja y desaloja la Moncloa cuando le viene en gana y que nombra y depone ministros y altos cargos según le conviene y le apetece, pero lo que no hace es depositar los votos de millones de españoles en las urnas.
Esas papeletas son llevadas una a una y hasta su destino por quienes todavía creen que este individuo de extraño cerebelo es el más adecuado para gobernarnos, dirigirnos y representarnos. Este señor que tanta risa nos da cuando no nos entristece es apoyado por una mayoría de ciudadanos que de manera inexplicable, cuando no del todo irracional, todavía confía en él.
Que El País cocina sus encuestas antes de servirlas a Metroscopia es un hecho evidente; que la banca cocina las suyas antes de dar precisas instrucciones al director de El País, también. Pero ¿cómo se cocinan millones de contribuyentes para que mantengan su adhesión inquebrantable a este señor de casino provinciano con el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza?

© Fran Vega, 23 de mayo de 2016

Sin novedades

Para situarnos un poquito: resulta que estos señores que tan alegremente deciden sobre nuestras vidas y recortan presupuestos cada vez que desde Bruselas se les llama la atención, son incapaces de ponerse de acuerdo para reducir el gasto de la campaña electoral que, naturalmente, financiaremos entre todos. Cada uno quiere sus papelitos, sus folletos y sus banderolas y ninguno está dispuesto a que sus siglas y sus rancias fotografías desaparezcan de calles y buzones.
Hubiera sido razonable que después de haber estado seis meses sin nada que hacer afrontaran la situación con un poco más de perspectiva y humildad y dijeran: «Miren, ya que hemos sido incapaces de hacer nuestro trabajo, vamos a repetir las elecciones, pero de modo que les salga baratito. Disculpen las molestias».
No es nada que sorprenda, pero conviene recordarlo para que luego no cause alarma descubrir sus abundantes ineptitudes y sus ineficaces gestiones. Con tipos incapaces de renunciar a unas cuantas octavillas no podemos ir a ningún lado.

© Fran Vega, 12 de mayo de 2016

Cosas de estos chicos

Cosas de estos chicos (Rajoy, Sánchez, Rivera e Iglesias)

Que dicen estos chicos que no pactan, que lo de pactar es estupendo, pero que eso nunca ha sido tradición en nuestro país y que aquí lo que nos va es liarnos a gorrazos en la calle para mantener las esencias patrias.
Y que dicen los de la izquierda que están muy ocupados devorándose entre ellos, que por algo han sido siempre cainitas y caníbales, pero que los de la derecha lo tienen peor, porque están de escombros y basura offshore hasta las cejas y que con ellos no se puede ir ni a la tasca de enfrente a formar coaliciones ante el mostrador.
Y que dicen los chicos de Bruselas, del Banco Central Europeo y del FMI que se pongan de acuerdo ya, que dice la chica de Berlín que hay recortes urgentes que aplicar y que lo que hemos visto hasta ahora va a parecer una tarde en Disneylandia. Así que dicen nuestros chicos que a ver quién se come ese marrón.
Y que dice Mariano, ese hombre permanentemente en funciones, que «aquí os quería ver yo, bah… ¡aficionados!».
Y que dicen los del Ibex-35 que qué hay de lo mío.

© Fran Vega, 10 de abril de 2016

Beneficios del buen desgobierno

Ucronías: Beneficios del buen desgobierno
· Ucronías ·
Fran Vega
Beneficios del buen desgobierno

Ese hombre de lánguida mirada y triste caminar que a veces ustedes ven en los informativos mientras oculta la prensa deportiva bajo el brazo y la quiniela en el bolsillo interior de la americana es el presidente del gobierno en funciones. Desde que en otoño convocó las elecciones del 20 de diciembre está así, en este plan gandul y remolón, contemplando cómo los gallos se enfrentan en el corral mientras él lanza volutas de humo por encima de las gafas. Un hombre en funciones, una especie de la serie B que la política nos ha proporcionado. Un tipo intrascendente.
Tal vez mientras observan su absurda realidad hayan caído en la cuenta de que pertenecemos a una generación privilegiada, estratosférica y homérica, que está viviendo un acontecimiento sin precedentes en la historia de esta España nuestra: llevamos más de cien días sin gobierno. No tenemos quien nos represente, las reuniones internacionales de primeros ministros nos importan un comino y aquí ya no se mueve un folio ni una firma hasta que el rey no bendiga al nuevo presidente. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, disfrutemos.
Podría parecer que el país está paralizado, que las fábricas han dejado de producir aparatos insensatos o que las gentes han dejado de adquirir cosas que no utilizarán. Pero no. Siguen sonando los despertadores, la chavalería acude a sus clases y la liga de fútbol continúa su curso. No sé qué más puede pedirse a un estado sin gobierno.
Sin embargo, la gran ventaja de la prolongación de este juego de trileros en que se han convertido las negociaciones consiste en que nadie puede robar un euro de partidas presupuestarias inexistentes. Sin gobierno, no hay firma; sin firma, no hay presupuesto; y sin presupuesto, no hay hurto ni soborno. De modo que mientras que todos los ladronzuelos y pillastres que nos gobiernan se mantengan en funciones tendremos un oasis de honradez que generaciones enteras querrán ver alguna vez.
Más beneficios: no hay declaraciones a la prensa. Durante este tiempo de parálisis, solo Mariano se ha atrevido con algunas de sus incomprensibles frases, pero desde la vicepresidenta al último subsecretario se observa un silencio que solo es interrumpido de vez en cuando por ese personaje que custodia la cartera de Interior debidamente respaldado por su ángel de la guarda. Ningún responsable del gobierno en funciones se la quiere jugar, no vaya a ser que en una de esas carambolas que la política produce acaben con algún cargo de importancia en cualquier coalición, por estrambótica que esta sea.
Y finalmente, y no por ello menos trascendente, tampoco hay ideas. Por fin. Todos guardan sus mejores bazas y se limitan a exponer viejos asuntos que ya hemos escuchado demasiadas veces, así que llevamos una agradable temporadita en la que salvo las ocurrencias de los bufones habituales de la corte no tenemos que mostrarnos perplejos ante lo que algún ministro haya pensado entre el primer martini y el último gin-tonic.
Y por lo demás, ¿qué importa este asunto de estar o ser en funciones?, ¿acaso estaríamos mejor con cualquiera de los negociadores instalado en la Moncloa? No creo que debamos preocuparnos. O al menos, no todavía. Se está bien sin nadie al frente. Nos da un poco de rollito ácrata y nos permite pensar que somos un país maduro con las cositas bien claras. Después de todo, ser presidente del gobierno es serlo siempre en función de lo que ordenen la banca, la sacristía y la bolsa. De modo que mientras no podamos elegir a los presidentes de estas tres columnas básicas del estado, cualquiera que ocupe el sillón de presidente lo hará en calidad de provisional y transitorio. Como cualquier tipo intrascendente.

© Fran Vega, 6 de abril de 2016

Las cuentas del titiritero

Ucronías: Mariano Rajoy y las cuentas del titiritero
· Ucronías ·
Fran Vega
Las cuentas del titiritero

A mediados de junio de 2012, nuestro deprimido y deprimente presidente del gobierno tuvo el detalle de informarnos de que el reino al que tan complacidamente pertenecemos había pedido una pequeña ayuda al imperio germánico al que nos sometemos: 100 000 millones de euros que servirían para aliviar un poco las maltrechas arcas estatales y animar esos brotes verdes que ya se divisaban en el horizonte.
Y nos lo dijo contento, animadillo, alentándonos al sacrificio por el bien de la patria y de la reducción del déficit. Cierto es que habría que recortar un poquito por aquí y por allá, pero ¿qué importancia podía tener eso ante el halagüeño futuro que se nos ofrecía en boca de nuestro estadista-registrador?
Se presentó en directo una mañana de domingo, con la corbata nueva y recién peinado, para decirnos: «Miren ustedes, he pedido una ayuda que no es un rescate, nadie va a notar nada porque no es lo que parece y a partir de ahora y durante muchos años pagaremos una deuda para que en Alemania estén contentos y yo siga siendo presidente. Jódanse, buena gente».
Reconozcámoslo: ¿quién se hubiera atrevido a semejante desparpajo, valentía y sinceridad? Nadie. Ni Napoleón, ni Bismarck, ni Churchill, ni Roosevelt, ni Adenauer Nadie. Al menos Churchill tuvo aquel ramalazo épico cuando asumió el gobierno una vez comenzada la segunda guerra mundial: «Solo puedo ofrecer tiempos de privaciones, sudor y lágrimas. Lucharemos en las playas. Lucharemos en los campos y en las calles. Iremos hasta el final. No nos rendiremos jamás».
Pero Mariano se fue al fútbol. Sí, al fútbol, porque esa tarde la selección española jugaba algún campeonato en algún lugar de Europa. Y ya está. Mientras tanto, el sudor y las lágrimas siguieron corriendo por el rostro de millones de ciudadanos y nuestros egregios dirigentes se dedicaron a hacer lo que mejor saben: leer la prensa deportiva y atender en cuanto pueden al ángel de la guarda.
Una legislatura después, después de toda una legislatura de recortes, abusos y privaciones sin cuento y sin fin, las cuentas del reino están aún mucho peor que aquel domingo en el que Mariano jaleaba las cabalgadas de los chicos nacionales sobre el césped. Tenemos menos y debemos más: ¿es posible? Es perfectamente posible, porque en el universo marianesco todo es posible. Todo.
Durante este largo y aburrido marianato, la deuda pública ha aumentado en 326 000 millones de euros, de modo que a día de hoy debemos la bonita suma de 1,069 billones de euros, es decir, el 100 % del PIB. Sumen a esto unos langostinos de Rodrigo Rato y un par de copas de Rita Barberá y comprenderán fácilmente que la cifra es escandalosa. Se trata del mayor incremento del déficit público en una sola legislatura, con el agravante de que ha sido la legislatura en la que mayores recortes se han aplicado en todos los departamentos ministeriales.
Las causas de este crecimiento de la deuda en tan solo cuatro años son complejas de explicar, pero no son ajenas al «no rescate» de 2012, al monumental endeudamiento de ayuntamientos y comunidades autónomas, al «sí rescate» de las entidades financieras y, según el gobierno, a la manita que ha habido que echar a países como Grecia, Irlanda o Portugal.
Para que lo entendamos bien y claro: hemos trabajado más y hemos cobrado menos para pagar una deuda, pero resulta que la deuda sigue creciendo y nosotros seguimos sin poder cambiar la tapicería del sofá.
¿Y por qué, si nosotros hemos gastado menos porque teníamos menos para gastar y la administración también ha gastado menos porque recortaron sus presupuestos, debemos más que cuando gastábamos más? Pues por dos razones que les explico en un periquete para no extenderme y correr el riesgo de que se me vayan a otra pantalla.
Por un lado, porque la política de austeridad propugnada por el eje financiero del mal no va a ningún lado. No sirve. No funciona. Se trata de que el gasto tenga una distribución acorde con las necesidades de quien gasta y de que la administración esté regida por cráneos con capacidad de decisión, no por monigotes de plasma que no saben pronunciar una frase completa sin equivocarse.
Y por otro, se trata de que la crisis anunciada hace casi ocho años no ha existido, no existe y no existirá. Hemos asistido, y asistimos todavía, a un engaño de proporciones hasta ahora desconocidas maquinado e ideado para poner fin a los derechos sociales duramente conquistados y para que la brecha entre ricos y pobres sea ya imposible de cruzar.
Debemos una cantidad de dinero equivalente a todo nuestro PIB. Y se supone que con las medidas económicas del gobierno que acaba de ganar las elecciones no solo íbamos a reducir esa deuda, sino que nos íbamos a convertir en la locomotora de Europa. Pero resulta que estamos más endeudados que antes, más arruinados, más empobrecidos y más envilecidos.
Hay titiriteros que pasan noches en prisión. A otros, sin embargo, habría que aplicarles su propia reforma del código penal no solo por estafa, sino por idiotez: prisión permanente revisable. O no revisable.

© Fran Vega, 18 de febrero de 2016

Príncipe y mendigo

La novela de Mark Twain publicada en 1881 que narra la historia de dos muchachos de idéntica apariencia —un mendigo que vive con su padre y un príncipe que es hijo del rey de Inglaterra— representa la absurda realidad que contemplamos desde que en vísperas navideñas acudimos a las urnas.
Rajoy, ese amargo cisne negro que la historia nos ha proporcionado, se encuentra en agrias circunstancias de mendicidad sociopolítica que no solo le retratan como presidente y miembro de nuestra misma especie (sic), sino que nos delatan como votantes de presunta inteligencia electoral. Aislado en la caverna monclovita, deambula por pasillos y despachos, repasa la prensa deportiva, envía mensajes por las tardes y espera angustiado la llamada del monarca que le obligue a abandonar sus dependencias. Nadie le quiere. Nadie le escribe. Solo piensan en él para mofarse de sus lapsus y lagunas. Es la imagen perfecta del ostracismo y la exclusión.
A no mucha distancia, y en la misma capital estupefacta, reside el príncipe que un día recibió el manto de la rosa bajo la estricta vigilancia de quienes le habían antecedido: predecesores y ascendientes que todavía le tutelan bajo la amenaza de usurparle sus emblemas mayestáticos. El príncipe Sánchez es un rehén de sí mismo, pues aceptó en su momento una fatídica elección y unas condiciones de contrato que tan solo le permiten decidir lo que en realidad no importa. Es el hombre sin atributos en el reino de Kakania que Robert Musil describió en su novela inacabada (Der Mann ohne Eigenschaften). Y es también el hombre de laboratorio que Mary W. Shelley hubiera querido diseñar para su Frankenstein o el moderno Prometeo.
Príncipe y mendigo protagonizan estos días la más esperpéntica comedia que hubiéramos podido imaginar, pues ambos se arrogan la victoria cuando ellos mismos saben que fueron derrotados por una pizpireta sociedad que aún no tiene claro en qué consiste el arte de gobernar. No se llaman porque no saben qué decirse. Y si se encuentran de chiripa miran cada uno hacia otro lado, como adolescentes en la plaza esperando que un compañero de colegio acuda e interceda.
Y, en efecto, algún miembro del sanedrín que nos gobierna —ese consejo oculto en el que habitan desde el Ibex-35 hasta el Bilderberg de Guindos, desde la FAES de Aznar hasta el yate de González— atenderá la llamada de socorro desde los sótanos de la monarquía —cuyo titular ha visto malograda su temporada de esquí debido a estas trifulcas— y pondrá orden y concierto entre tanta algarabía y tanto caos como afecta a los mercados.
Poco importa si príncipe y mendigo al final hacen las paces y caminan de la mano hacia la investidura en el Congreso. Poco importa si cada uno de ellos busca otros aliados para formar gobiernos multicolores y psicodélicos con los que aguantar en primera fila un par de temporadas más. Importa que en toda trama hay una zona oscura de acceso restringido en la que se escriben los guiones. Y que sus finales son puntualmente ignorados por quienes debieran protagonizarlos.
Respetado mendigo, respetado príncipe: conversen, argumenten, discutan, pacten, decidan. Ustedes tampoco importan.

© Fran Vega, 31 de enero de 2016

Los gobiernos y el síndrome Benítez

Mas y Rajoy deambulaban por los pasillos de sus lánguidos palacios cuando la noticia les llegó en la tarde más fría y lluviosa de los últimos meses: Benítez, ese hombre con apellido de sargento benemérito, había sido despedido como primer espada del club blanco. Y un interrogante bíblico se instaló de repente en los graníticos cerebros de nuestros más ilustres regidores: ¿por qué, Señor, por qué?
Poco o nada entiendo de fútbol, o al menos no todavía, pero dicen quienes saben de colores y balones que a un entrenador lo despiden siempre los jugadores, no los presidentes, pues estos solo ejecutan lo que aquellos deciden en los húmedos vestuarios y manifiestan después con su holganza sobre el césped. De modo que esto y no otra cosa se preguntan los líderes democristianos que todavía nos gobiernan y los dirigentes socialdemócratas que anhelan gobernarnos: si los campeonísimos de Europa han conseguido derrocar a su laureado y afamado jefe, ¿qué será de nosotros si tampoco nos quieren los nuestros?
Mas y Rajoy ganaron las elecciones y Sánchez no las perdió del todo, pues salvó los muebles frente a la hecatombe prevista, pero ahora resulta que ninguno de los tres es bienvenido ni en su propia casa a la hora de los postres. Rajoy es un obstáculo catedralicio para alcanzar acuerdos estables con la oposición y con sus propias filas, Mas lleva meses recibiendo soplamocos y guantazos hasta en el paladar y Sánchez sabe que desde generales a furrieles le siegan la hierba bajo los pies. Qué efímera es la victoria, se dicen entre bastidores los cómicos de la legua.
Sin embargo, cuando comenzó la temporada político-deportiva todos eran claros triunfadores en sus circunscripciones emocionales y hasta el último niñato del barrio quería hacerse una foto con ellos. ¿Qué ha pasado para que en un trimestre se hayan convertido en malolientes y apestados?
No lo saben, porque solo recuerdan que ganaron y que ello les confiere el derecho a resistir cada uno a su manera. Rajoy sueña con ser ahora el abanderado del consenso y el acuerdo, Sánchez se ve a sí mismo como Allende en el palacio de la Moneda y Mas, el mesiánico y letárgico Mas, quisiera pasar a la historia como Companys para que en el futuro sea celebrado con antorchas y esteladas. Pero los tres tienen ya marcado el camino de salida y se asustan ante el abismo del olvido.
Ninguno de estos patéticos candidatos a regentes se plantea renunciar por cortesía, buen gusto y dignidad, ninguno asume que sus días han terminado y que ya no habrá más escenas de sofá, ninguno hace el equipaje y se despide con sosiego y elegancia. Y todos venderían su alma al diablo a cambio de mantener su trasero electo en el sillón omnipresente del poder.
No hay norma ni ley que impida que un político convoque elecciones una y otra vez hasta que resulte claro vencedor y no hay nada que pueda detener esta aburrida situación, lo que aumenta las probabilidades de que quien constitucionalmente está por encima de ellos intervenga, influya, convenza y fuerce la rendición de los más ásperos resistentes. La ley se lo permite, pero el jefe supremo de todas las tropas sabe que en su acción estaría implícito su demérito y que no está la corona para muchas romerías, lo que no impide que los lúgubres aspirantes que hoy transitan todavía por salones y despachos teman el sonido de sus móviles y la inequívoca identidad del reclamante: F6.
Y así como Benítez recibió la llamada de F1 anunciándole su despedida y finiquito, los mercaderes de cláusulas y acuerdos viven sospechando que a F6 también se le acaba la paciencia, ante lo que solo cabe pedirles que emulen al entrenador y no al emperador: recojan sus bártulos en silencio, llamen a un taxi y regresen ordenadamente a sus casas. Viva Benítez.

© Fran Vega, 7 de enero de 2016

Pactando con lobos

Ucronías: Pactando con lobos (Mariano Rajoy y Artur Mas)
· Ucronías ·
Fran Vega
Mas y Rajoy: pactando con lobos

Resulta que en esta España nuestra de sargentos y furrieles se impone ahora la obligada necesidad del diálogo y el pacto, de conversaciones de sofá mientras suenan en las calles alegres villancicos y se adivina en el ambiente un aroma de convivencia y amistad. Resulta que en este país nuestro, tan tabernario y jaranero, no hay más remedio estos días que escuchar a quien no quisiéramos tratar y atender su respetable exposición que en el fondo nos delata. Resulta ahora que los políticos de este país de ordenanzas y decretos se comportan como si vinieran a cenar los cuñados más impertinentes de la historia.
Quién le iba a decir a nuestro atribulado presidente del gobierno que tendría que sentarse a dialogar con quien hace poco le afeaba su rarísima conducta o con quien viste camisas adquiridas en hipermercados de barrios que todavía no ha pisado. Quién le iba a decir en su atalaya monclovita que se terminó lo del plasma y la menina y que no tiene otra salida que aflojarse la corbata y escuchar las bobaditas de derechosos e izquierdosos porque medio país aún no se ha enterado de las hazañas cometidas. Quién le iba a decir que más allá de la prensa deportiva que cada mañana revisa en el retrete hay una diabólica existencia llena de cepos y de trampas, de laberintos maquiavélicos en los que no sirve para nada el escapulario ni la sorna, de ciénagas y charcos repletos de alimañas que arruinan y sepultan nuestro digno acontecer. Quién le iba a decir a él, que todo lo ha sido en esta España nuestra, desde aburrido concejal a incompetente presidente, que ahora su futuro depende de un par de guaperas perfectamente rasurados y un tipo extraño con coleta y cierto deje al caminar.
Y como todo ser alucinado e insensato, nuestro registrador no termina de creerse lo que las urnas le tenían preparado ni puede comprender que la patria le traicione, la misma patria que rescató solemnemente del desastre y los mercados antes de sentarse en la tribuna a aplaudir dos goles y un penalti, la misma patria a la que tanto ha dado y a la que tanto quiso procurar. El cisne negro vive estos días sin vivir en él, sin fumarse un puro por las tardes ni jugar mentalmente al dominó, porque por primera vez en su amarillenta trayectoria tiene que escuchar y dialogar, tiene que ofrecer y conversar, tiene que ceder y proceder. It’s very difficult todo esto, se dice cabizbajo por las noches cuando recuerda con nostalgia los recientes tiempos absolutos de silencio y cerrazón.
Y quién le iba a decir también al otro atildado presidente, al mesiánico protector de las esencias catalanas y relamido dirigente con hechuras de convincente vendedor, que un día tendría que esperar en la buhardilla de su casa a que un grupo de mochileros dominantes, de revoltosos con sudadera y camiseta y asamblea y opinión, votara y decidiera su agonía y frustración y prolongara y estirara su esperpéntico fracaso, su ridícula postura y su humillante situación. Quién le iba a decir a él, que a punto ha estado varias veces de inmolarse por desconexión e independencia, que tendría que vérselas al fin con semejantes individuos de atuendos prohibitivos y cabelleras clandestinas, con la turba indeseable de barriada y callejón. Quién le iba a decir al estirado presidente de trajes a medida y afeitado milimétrico que a esta alegre muchachada tendría que ofrecerles oro, incienso y mirra para permitirse un poco más de heroísmo provinciano, de épica grotesca y de estilo degradante ante su propia multitud.
Estos dos hombrecillos que tanto se quisieron y adoraron, que tantos ajustes y recortes acordaron mientras parecían detestarse y separarse, que tantas mayorías se otorgaron en hoteles y burdeles y que tanto se parecen en su mísera actitud, no tienen más remedio ahora que pactar por separado unos cuantos votos del ignorado populacho para sobrevivir entre alfombras y moquetas sin olfatear siquiera la empobrecida, cansada y arruinada realidad.
Y estos dos tipos casi divinos, estos dos tipos que hace mucho tiempo que entendieron que el arte de la política no es sino la guerra por otros medios, se sienten ahora humillados y ofendidos ante lo que consideran un injusto castigo procedente de un pueblo descarriado e ignorante, una impropia circunstancia macabra y juguetona que la vida les ha dado para que se arrodillen y defequen de pánico y temor ante los leones y las hienas surgidos de sus propias felonías y de su única y exclusiva perversión.
Así están, así son y así seguirán estos dos oscuros personajes de funesto advenimiento, estos tristes responsables de tanto como hemos padecido y estos patibularios mercaderes capaces de alcanzar las más altas cimas de miseria, embuste y podredumbre a cambio de lamer y relamer cualquier esfínter y conducto que les otorgue la aritmética adición. Cada uno por su lado pactará con quien le toque, no importará qué ni tampoco hasta cuándo, y solo ellos serán conocedores de la cláusulas secretas que su acuerdo implique, pues nosotros tan solo veremos otra vez chirriantes apretones de manos y saludos complacientes entre quienes se necesitan y negocian en nombre de la estabilidad, la prima de riesgo y la doliente democracia.
Pactemos también nosotros no alterarnos por tanta infamia como contemplamos, no sufrir por tanto ingenio y artificio y no acoger a estos comerciantes de mercadillo y ocasión, porque al fin y al cabo seguiremos soportando los efectos de su pacto y ellos sonreirán en sus despachos por la suerte de tener junto a su mesa otro bandido salvador. Continuemos entonces atentos a lo nuestro, a nuestras cosas y a los nuestros, porque entre lobos de antorchas y banderas ni se duermen ni se muerden.

© Fran Vega, 30 de diciembre de 2015

¿Un país indignado?

Se suponía que estábamos enfadados. Muy enfadados. Enfadados con nuestra propia historia, con nuestros gobernantes, con quienes nos gobiernan sin que les hayamos elegido y con quienes gestionan desde despachos lejanos nuestro presente y nuestro destino. Se suponía que estábamos tan enfadados que íbamos a darle matarile a la Cibeles y que nuestros cánticos revolucionarios se iban a escuchar desde Madrid hasta la cancillería de Berlín. Tan enfadados se suponía que estábamos, tan cansados e indignados, que esperábamos el día de las urnas para entregar la cartilla del paro al presidente del gobierno y el billete de regreso al líder de la oposición. Se suponía que estábamos tan enfadados que hasta habíamos aprendido a estarlo.
Y no. No estábamos tan enfadados, ni tan indignados, ni tan cansados. Solo estábamos jugando a la revolución, a desempolvar proclamas y pancartas, a anunciar a las gentes de bien condenas y castigos que nunca se creyeron para que nadie nos dijera que no estábamos enfadados, sino asustados. Muy asustados.
En las elecciones del pasado día 20, más del 50 % de los votos ha ido a parar al zurrón de los partidos tradicionales, los de toda la vida, esos mismos de los que llevamos años quejándonos porque nos engañan, nos estafan y se arrodillan ante quienes no deben. Más de catorce millones de personas de este país nuestro se levantaron el pasado domingo por la mañana y pensaron que sí, que vale, que lo han hecho muy mal, pero que es Navidad, y qué caramba, vamos a darles otra oportunidad. Y más de catorce millones de electores entregaron su papeleta a los partidos que nos han traído hasta aquí, esos mismos de los que nos queríamos librar y que en este mismo instante están decidiendo qué diablos hacen con sus sillones y sus pactos y cómo nos venden el asunto de las coaliciones o de las nuevas elecciones.
Hay que suponer, por tanto, que en estas jornadas prenavideñas los dirigentes democristianos y socialdemócratas están silbando villancicos con los pies encima de la mesa y una copa bien servida mientras piensan en la clase de ciudadanos que les votan, en la tropa mentecata y majadera que se ha pasado toda una legislatura de protestas y mareas para dejarlos donde estaban, en este paisanaje asustadizo que tolera lo intolerable y se entretiene con su propia farsa mientras los culpables de tantas tropelías como hemos conocido se aflojan las corbatas y respiran aliviados y sonríen como hienas de cínica mirada.
Es cierto que hay una cuña incómoda en el arco parlamentario generada por casi nueve millones de votantes que eligieron a partidos diferentes, pero no es más que un espejismo que la cartografía ideológica se encarga de aclarar. El voto democristiano se ha fragmentado en dos grupos, que juntos suman el mismo número de votos con el que Mariano Rajoy se convirtió en vencedor absoluto hace cuatro años. El voto socialdemócrata ha retrocedido un poco en favor del tándem Iglesias-Errejón, pero Podemos solo ha ganado en dos circunscripciones y sus 69 diputados están muy lejos de propiciar los cambios que tanto han sido coreados. Y el partido que aún continúa en el poder mantiene la mayoría absoluta en el Senado, que por muy inútil que parezca tiene una diabólica importancia.
Así que el mapa de la España en la que todo iba a cambiar sigue teñido de azul, de un azul que ahora decepciona no solo por lo que políticamente representa, sino por lo que socialmente significa. Tanta marea por las calles, tanta acampada en los parques y en las plazas para comprobar que la gaviota de siempre planea sobre la casi totalidad del territorio.
Formamos parte de un país al que le asustan tanto los cambios que preferimos no hacerlos y dejar que otros los hagan por nosotros para poder quejarnos después al sol de las terrazas o acodados en los bares, mientras murmuramos algo incomprensible sobre el tiempo o los deportes. Nos gusta lamentarnos, maldecir a quien gobierna y proclamar que ya estamos hartos y que ya está bien y que a la próxima se van a enterar, pero actuamos después como un yerno acomodado que lleva flores a su suegra en el día de su santo y tiende la mano a su cuñado con humillante complacencia.
No somos un país indignado: solo somos un país asustado que de vez en cuando se molesta porque le tocan la cartera o los impuestos, porque le hacen esperar en la consulta del médico o porque llueve en un fin de semana de agosto. Y del mismo modo que esperamos a que salga el sol, aguardamos en nuestra esquina a que otros resuelvan lo que nos afecta, pero sabiendo perfectamente que no lo resolverán y que así podremos seguir instalados en la queja mediterránea de cerveza y boquerón.
Se suponía que estábamos indignados. Muy indignados. Pero solo estábamos disgustados, mohínos y enojados. Y, sobre todo, estábamos asustados. Y así seguimos: cubiertos de basura hasta el gaznate mientras confiamos en que la aurora boreal nos saque de esta ciénaga infinita en la que un día nos metieron. Bienvenidos a la misma Iberia de siempre.

© Fran Vega, 23 de diciembre de 2015

Berlín, 21 de diciembre de 2015

Ucronías: Berlín, 21 de diciembre de 2015 (Angela Merkel en la cancillería)
· Revista Rambla ·
Fran Vega
Berlín, 21 de diciembre de 2015
Angela Merkel en la Cancillería

El lunes 21 de diciembre de 2015 un hombre se levantará por la mañana sabiendo que va a ser el próximo presidente del gobierno. Sería muy aventurado vaticinar quién tomará su primer café del día con la mirada puesta en la Moncloa y quiénes enterrarán sus objetivos hasta una mejor ocasión, pero es seguro que cuando pasen las fiestas navideñas alguien será investido como triunfador de las elecciones o de los pactos posteriores que se hilvanen en el cuarto oscuro que cada partido político tiene reservado.
En Berlín, a la misma hora del mismo día, una mujer sacará de un cajón de su despacho la carpeta con la etiqueta Spanien y marcará con líneas gruesas los asuntos que habrá de poner sobre la mesa del nuevo presidente, independientemente de quién esté en ese instante celebrando su victoria al olor de las tostadas. Esta mujer, nacida Hamburgo en 1954 y canciller de Alemania desde 2005, ya habrá hablado muy temprano con Christine Lagarde, nacida en París en 1956 y desde 2011 directora del International Monetary Fund (FMI). Y también con su ministro de Finanzas, Wolfgang Schäuble, y con el italiano Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo (BCE).
Estos cuatro jinetes capitaneados por Angela Merkel se recordarán mutuamente los asuntillos pendientes de resolver en Spanien, como una nueva reforma laboral que simplifique aún más los despidos y abarate la propia vida del trabajador, un nuevo ajuste fiscal que exprima a la casi inexistente clase media, una nueva batería de recortes que convierta la sanidad pública en un recuerdo del pasado y la educación en un sueño imposible de alcanzar y una nueva subida de impuestos directos e indirectos que deje el nivel de renta líquida con la más ridícula de las apariencias.
La lista contenida en la carpeta Spanien no será una relación de ruegos o peticiones dirigida al nuevo presidente del gobierno español, sino una sucesión de exigencias de obligado cumplimiento en la que poco o nada importará la ideología de quien desempeñe esta tarea durante los próximos cuatro años.
Los cuatro abanderados de la austeridad pública y del pertinaz liberalismo sabrán, ellos sí, lo que más conviene a un país que en ningún caso representan. Y el nuevo presidente del gobierno inclinará la cabeza, caminará despacio por el pasillo y antes de que termine el día se pondrá a estudiar los deberes encomendados, como si el país que le ha elegido debiera algo a esta Europa de mercaderes y chiflados que todavía nos gobierna.

De Gante a Bonaparte

Hace quinientos años, un jovenzuelo borgoñón llegaba a tierras de Castilla dispuesto a perpetrar un golpe dinástico que le proporcionara el reino de las Españas y le allanara el camino hacia el sacro y anhelado imperio. Muerto su padre, Felipe de Habsburgo, y encarcelada su madre, Juana de Castilla, Carlos de Gante pagó un elevado precio a príncipes, archiduques, arzobispos y banqueros y en poco tiempo se convirtió en el primer emperador con poder sobre los cinco continentes. Nunca antes un dinasta había obtenido semejante dominio. Y nunca nadie lo obtendría después.
Si la península era entonces un pintoresco territorio que aún no se había adaptado a la conquista católica y al descubrimiento de nuevos mundos, el continente no le iba a la zaga en cuanto al caos y al despiste, pues no era todavía sino un surtido de pequeños territorios y mandatos en los que el cáliz y la espada se alzaban con frecuencia en defensa de dinastías y fronteras. Así era desde los últimos siglos del imperio romano. Y así seguiría durante trescientos años más.
Rendido ante la cabezonería ibérica, y convencido de que los reinos castellanos y aragoneses eran una tierra inhóspita que jamás entendería, el joven Carlos se propuso ensamblar las alejadas y alocadas piezas de su imperio con la ayuda del pontífice León X, que preparaba su batalla frente a quien había osado dudar de sus infalibles atribuciones: Martín Lutero.
Carlos de Gante se enfrentó a Francisco I y Enrique II de Francia, a Enrique VIII de Inglaterra, al papa Clemente VII, a los protestantes de la liga de Smalkalda, al sultán Solimán el Magnífico y a todo aquel que se opusiera a su idea de una Europa unificada bajo una misma religión y una misma dinastía. Y así fue hasta que en la dieta de Augsburgo de 1555 luteranos y católicos llegaron a un acuerdo: cuius regio, eius religio. Es decir, que la religión de cada rey sería también la de su reino.
Pocos políticos han insistido con tanto tesón y durante tanto tiempo en un proyecto tan imposible como adverso, de modo que Europa continuó siendo un cobertizo de guerreros, prestamistas y prelados y el viejo borgoñón murió en 1558 en un monasterio aquejado de abandono, naufragio y mal humor. Suele ser citado en la historiografía como el César Carlos, el ensalzado Carlos I de España y V de Alemania, pero su cesarismo estuvo basado en medio siglo de permanentes ruinas y fracasos que anunciaban un lúgubre destino.
Acabada la aventura imperial, la monarquía hispánica de altar y trono se afianzó en su línea contrarreformista y apenas volvió a acordarse de Europa, salvo para batallas de heroica recreación y bravuconadas flamencas de efímera expectación. Felipe II tuvo sus días de gloria en San Quintín y Lepanto, pero en 1588 sus barcos de la Armada Invencible volvieron derrotados del canal de la Mancha y el rey se retiró también a un monasterio, el del Escorial, a rumiar su desengaño en soledad.
No les fue mejor a sus sucesores, los Austrias Menores —así llamados por deferencia ante la supuesta grandeza de los Mayores—, pues entre todos fueron perdiendo los territorios conquistados por sus antecesores y llevaron el reino a la quiebra y bancarrota, una proeza digna de nuestros tiempos que los validos del siglo XVII ejecutaban con aritmética exactitud.
De modo que Europa, ese sitio tan extraño del que los soldados casi siempre regresaban vencidos, comenzó a considerar que el Atlas rifeño se erguía en los Pirineos y que al sur de esta cordillera solo existía una meseta que podía utilizar en su beneficio cuando lo considerara necesario.
Y así fue a principios del siglo XVIII, cuando los Habsburgo y los Borbón se enfrentaron por el poder continental y convirtieron su disputa en una nueva guerra civil española, pues también lo había sido la iniciada en Covadonga en el siglo VIII y terminada en las afueras de Granada en 1492.
Que tres siglos después aún se invoquen los infaustos decretos firmados por Felipe V es solo una muestra de que en nuestro país todas las heridas han quedado siempre mal cerradas. Y de que Europa, una vez que colocó a Carlos de Habsburgo en el Sacro Imperio y a Felipe de Anjou en el trono español, le importaban muy poco las consecuencias peninsulares de sus disputas. Una tradición que se mantiene hasta hoy.

Y que vivan las cadenas

Napoleón Bonaparte lo ignoraba todo sobre España cuando se le ocurrió usar el teatro de operaciones peninsular como escenario de distracción y envió al más torpe de sus hermanos y a los más toscos de sus batallones a luchar durante el tórrido verano carpetovetónico y manchego. No contaba con que tendría que enfrentarse a pertinaces lugareños de cuchillo al cinto y morcilla en el zurrón. Y tampoco con que la heroicidad durmiente de los españoles expulsaría a los refinados franceses herederos de la revolución. Quién sabe lo que hubiera sido de nosotros si los mejores generales del obstinado corso hubieran cruzado los Pirineos.
En su error estuvo nuestra condena, ya que con el exilio o muerte de los afrancesados el rey Fernando VII fue recibido con vivas y hurras en las calles de la capital. ¡Vivan las cadenas!, gritaban nuestros antepasados cuando despidieron a aquellas primeras brigadas internacionales llegadas desde Inglaterra no para defender la soberanía ibérica, sino para impedir que la ocupación bonapartista afectara al balance de sus intereses. La meseta solariega solo había sido un patio trasero para el duelo entre dos potencias enfrentadas, ante las que la España campesina solo podía reaccionar con la Iglesia delante y la Inquisición detrás.
No mucho más ha dado Europa al viejo reino de las Españas, si se exceptúa el trato mercantil que concedió al gobierno español durante la Gran Guerra, con el que autorizó su neutralidad para que suministrara material de campaña a los dos bandos y con el que demostró que la firma de la paz puede ser también el primer paso hacia la quiebra. Como tantas veces en la historia, el acuerdo entre terceros perjudica al más débil, de modo que no hubo más que reclamar cuando el alto el fuego se logró y las empresas españolas redujeron drásticamente sus exportaciones.
Y una vez entusiasmados y embravecidos los generales africanistas que originaron la guerra civil, nada se podía esperar de una Europa acobardada y temerosa que en 1938 ofrecía en Múnich su gaznate y reconocía el mandato del caudillo por la gracia de Dios. Cincuenta años después las fronteras quedaron abiertas mediante la rara Grosse Koalition urdida entre socialdemócratas españoles y democristianos alemanes para que en 1986 las Españas ingresaran en el club de las Germanias, si bien aquellas por la puerta de servicio para que estas se sintieran complacidas y atendidas. Que se lo hubieran dicho a Carlos de Gante cuando casi quinientos años antes pisó las tierras de Castilla.

Fiesta und siesta

Si durante varias décadas el muro de Berlín representó la línea divisoria vertical entre el este y el oeste, la frontera alemana es hoy la marca horizontal que separa a los europeos laboriosos y obedientes de los europeos desempleados y verbeneros a los que eternamente pertenecemos. De todos los modos posibles nos han dicho quiénes somos, qué tendremos y a qué estaremos subyugados y condenados, no a otra cosa que a la servidumbre y la genuflexión ante la nueva evangelización económica propagada por los ulemas liberales del Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional, así como por sus sicarios apostados en las oficinas del gobierno.

Ucronías: Berlín, 21 de diciembre de 2015 (Angela Merkel y Mariano Rajoy)
Angela Merkel y Mariano Rajoy

Hubo un tiempo en que pensamos que Europa podía ser un cobijo para nosotros mismos, un refugio ante nuestras seculares tentaciones de estoque y paredón y un escudo frente a nuestras esencias más cainitas, pero hoy el continente se ha convertido en un triste espejo que refleja lo que mejor conocemos: pobreza, ultraje y mala suerte.
España firmó con Europa un contrato de precariedad y Europa no ha hecho desde entonces más que ondear este acuerdo bilateral y airear nuestra condición de país ensimismado con la fiesta und siesta, pues así se refieren a Spanien en los pasillos de la cancillería alemana. Un país en el que la paella de lata engorda las barrigas tendidas al sol de quienes organizan cada día la realidad de nuestro paisaje y de nuestro distraído paisanaje, en total complicidad con los gobernadores que incomprensiblemente toleramos.
Dentro de este club de archiduques y barones padecemos como esclavos y sufrimos como bufones en la celebración de los señores. Y fuera de él nos aguardan penalidades sin fin y desérticas travesías de impensable destino, de modo que no hay mucho que hacer frente a este artefacto sinodal en el que fariseos y falsarios de casi una treintena de países pasan los años debatiendo la protección del cardo simplón mientras se encogen de hombros ante las múltiples penurias de Portugal, Irlanda, Grecia y Spanien. Somos parte importante de los PIGS, los cuñados desdichados de la Europa dirigente, los vecinos pobres de puchero y zapatero remendón.
Así que a partir del 21 de diciembre seguiremos aceptando lo que dicten los cuatro jinetes apocalípticos —Merkel, Lagarde, Schäuble y Draghi— y sosteniendo con nuestros impuestos esta confederación patibularia de horticultores y hanseáticos, de rocieros y luteranos y de indigentes y opulentos, pero comprendamos de una vez que la Unión Europea es un casino provinciano en el que los señoritos fuman habanos y toman copas de brandy mientras los parroquianos acodados en la barra aguardan el óbolo en silencio bajo la amenaza directa de hecatombe y exclusión.
Votaremos el día 20 para que el 21 de diciembre nos lleguen instrucciones desde un elegante despacho berlinés, porque los viejos eslabones siguen anudando las cadenas de siempre y porque nada ha cambiado en Spanien desde que cinco siglos antes fracasara en Europa aquel joven borgoñón: sin espuelas ni montura, dolientes, aturdidos, turbados y arruinados.

© Fran Vega, 15 de diciembre de 2015