Tú en Moncloa y yo en Eslovenia

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Antonio Lemus
· Ucronías ·
Fran Vega
Tú en Moncloa y yo en Eslovenia
Fotografía: Antonio Lemus

Entre tantos tumultos y alborotos como últimamente contemplamos, no son menores los que anidan en los cráneos turbulentos de quienes dirigen los destinos y gobiernos, pues de ellos depende en buena parte lo que sucede y lo que ocurra en los tiempos inmediatos y comprender lo que se aloja en sus cerebros puede ser también un modo de obtener la razón que no nos proporcionan.
El presidente del artefacto nacional, Mariano Rajoy, se encuentra por fin en el momento más dulce de su trayectoria, animado por los que hasta ayer eran sus afables enemigos, apoyado por dirigentes europeos cuyos nombres no pronuncia ni recuerda y a punto de convertirse, tal vez, en el bizarro caballero de casino y cafetín que supo derrotar la algarada sediciosa y en el nuevo forjador de la España indivisible y sacrosanta. En su cabeza habitan los Borbones y los Austrias que en su momento batallaron en conflictos paralelos y en sus sueños aparecen los escritos de Quevedo contra el fuero de los temosos catalanes, como desfilan en sus noches de vigilia los abrazos de Espartero para apaciguar a los carlistas y hasta los espadones de Narváez y el caballo de Pavía para poner fin a tanta confusión como vislumbra.
Por primera vez en su lánguido cerebro se ha instalado un sueño del que no está dispuesto a desprenderse porque así lo quieran mediadores y terciarios, sino porque obtenga a cambio el histórico reconocimiento de que fue él quien contuvo con sus manos el mortífero veneno del reptil secesionista. Y tan iluminado se encuentra que pasea los domingos por las salas monclovitas repitiendo en voz alta y en pijama los grandes objetivos que sin duda nos aguardan si seguimos su camino y salvamos la unidad y la grandeza de la patria.
Piensa también el presidente qué respuesta ha de dar a su contrario, que en un gesto de osadía que le cuesta comprender le ha servido un reto envenenado que puede encumbrarle hasta el panteón en el que aguardan sus admirados personajes, pero que también puede cubrirle de miseria y enterrarle para siempre en el lodazal más olvidado de la historia. Y sabe Rajoy que un registrador de la propiedad como Dios manda no puede acobardarse ni rendirse, sino presentar contienda frente a gentes tan soberbias y luchar a la romana hasta que la sangre corra y los tunantes caigan.
No es Carles Puigdemont, el presidente del artefacto catalán, un oponente de brazo fácil y ataque breve, pues hay sitio también en su cabeza para los sueños que llegaron concedidos mediante raras carambolas que convirtieron un periodista de provincias en un altivo cortesano con afición por entablar fiera y desigual batalla. Porque así como en la Moncloa rigen los héroes titánicos de todas las Españas, en la Generalitat se encuentran los escudos y las armas de cuantos condes y honorables elevaron los territorios catalanes a categorías envidiadas por castellanos y gallegos y por aragoneses y franceses, que vieron a lo largo de los siglos cómo aquellas comarcas fronterizas se erigían en influencias y dineros por encima de las suyas y cómo hoy capitanean la anhelada rebelión, la ilusión incandescente de todo súbdito ciudadano frente al poder establecido.
Se despierta a veces el presidente catalán en su residencia gerundense repitiéndose a sí mismo las palabras de Companys y viéndose heredero y vengador de los oprobios cometidos, tratando de recordar también algún discurso de Macià y ensalzando una vez más los valores convergentes del acaudalado pujolismo con los que un día pasó de ignorado cronista a regidor de la ciudad hasta alcanzar sin esperarla su codiciada condición, no otros que los propios de la democracia cristiana —si alguna vez esta tuvo algunos— que también abraza su enemigo en la Moncloa. Pero frente a este advenedizo que no distingue un escudo de un pendón, Puigdemont esgrime en sus silencios a los condes medievales y a la corona de Aragón, a los reyes victoriosos frente a todo tipo de raleas y a aquellos que en tiempos memorables obligaron a emperadores y monarcas a acatar sus fueros para que nunca fueren otros, hasta que aquel antepasado del Borbón de nuestros tiempos, de nombre también Felipe, estableció una nueva planta para que en ella no cupieran otras leyes, otro idioma ni otra tradición.
No le cuesta mucho a este hombre de insulsa trayectoria viajar desde las históricas derrotas al reciente ejemplo de Eslovenia que le gusta recordar, pues aquellos antiguos yugoslavos supieron deshacerse de la hegemonía de Belgrado ejerciendo también la rebelión y asumiendo la protesta frente a quienes no querían atender su manumisión e independencia. Tal vez no tenga en cuenta el presidente, por ignorancia u omisión, que Eslovenia tuvo que aportar ataúdes a la causa, que su adversario no contaba con adeptos de postín y que le echaron una mano indispensable quienes entonces dirigían el artefacto occidental.
De modo que entre Wifredo el Velloso, fundador de la casa condal barcelonesa y medieval, y Milan Kučan, el primer presidente de la Eslovenia independiente, tiene el honorable en Barcelona mil años que le observan y una deuda con la historia que ha de resolver, pues ha de incorporarse también de homéricas maneras a la lista de próceres insignes que un día enaltecieron a sus pueblos prometiendo glorias y grandezas mediante herramientas muy antiguas y de sencilla aplicación, como son las que devienen de las banderas y las tierras y las que se proyectan sobre patrimonios y derechos a los que nadie puede renunciar. Y como su oponente, pero en realidad compañero de aventura y cómplice en ardides, pretensiones y objetivos, no está dispuesto a abandonar su valiosa posición por muchas leyes y uniformes que le inviten a ceder, salvo que su honor y su memoria queden para siempre con símbolos de oro en los augustos corredores de la Generalitat.
Comparten tantas cosas estos tipos de grises recorridos y presidentes de conservadores artefactos que no habrá de inundarnos la sorpresa ni la alarma si un día los vemos pasear juntos en un parque, sentarse a dar de comer a las palomas y recordar entre risotadas y partidos de petanca los tiempos en que discutían y reñían mientras sus gentes se enzarzaban en peleas en las calles y empuñaban cacerolas y banderas como si representaran algún modelo de buscada identidad. Porque estos dos hombres, aspirantes a héroes inmunes en sus respectivos escenarios, no están solos.

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Ed Nofri
Fotografía: Ed Nofri

El muy liberal democristiano Mariano Rajoy tiene desde siempre el pescuezo tutelado por las huestes delictivas surgidas de la noche de los tiempos cuya primera y triste urgencia es la de ocultar, enterrar y disolver cuantos restos, pruebas, testimonios y vestigios queden de su profunda y enquistada corrupción, para lo que precisa con angustia un éxito en cualquier negociado o ministerio, qué mejor si se produce ante el riesgo de ruptura de las hispánicas amarras. Por su parte, el muy liberal democristiano Carles Puigdemont se debe a una confederación de malhechores cuyas manos saquearon hasta los últimos baúles y cuyo expediente no mejora ante el de sus antiguos socios madrileños, por lo que ha de encontrar también una adecuada vestidura que sirva de mortaja para sepultar tantas fechorías como sin duda han sido cometidas.
Y los dos dirigentes, tan incoloros e inodoros cada uno en su artefacto, viven entre las inquietas sombras y las holgadas influencias de sus funestos antecesores y mentores, pues fueron aupados por la guerra muy ficticia en desiertos muy lejanos inventada por Aznar en la Azores, en un caso, y por las muy severas corruptelas de Artur Mas ejercidas mediante porcentajes y coacciones a sus propios gobernados, en el otro. Así que los dos presidentes de estas andanadas necesitan desterrar por razones similares a quienes les dieron en su día mando, trono, altar y reino, pues de ello dependerá que sean también venerados y ensalzados y, en última instancia, recordados y admirados.
Tiene el gallego Rajoy su arcaica corte de inversores heredera de las grandes fortunas de otros tiempos que hoy habitan en el Ibex-35 y en luminosas oficinas de los barrios más lujosos de Madrid, aunque en sus sótanos se siguen practicando punibles maniobras que conducen cada año a sus mejores ejercicios en correcta proporcionalidad con el empobrecimiento general. Y tiene el catalán Puigdemont el manilargo Cercle d’Economia, que no es sino un consorcio misacantano y liberal cuyo cometido es mantener por cualquier medio los privilegios de la burguesía catalana mientras el populacho se ilusiona cuando hay que ir a votar. Y es sabido y conocido que ni el Ibex-35 ni el Cercle d’Economia pueden aprobar, bendecir y respaldar cualquier operación que implique el riesgo de un solo euro de sus arcas, por más que en el pasado hayan mimado y financiado a quienes ahora organizan y defienden el procesismo y la ruptura. Una cosa es la poética de la rebeldía y otra muy distinta los dineros, como hasta el último concejal del último distrito sabe desde el primer minuto en su electo y distinguido cargo.
Estos dos caballeros mandarines de lánguido discurso y aburrido proceder tienen también entre sus filas a quienes conservan las esencias y recuerdan la ortodoxia siempre que hay peligro de cometer algún desliz o de comportarse simplemente con decoro y dignidad. Si en Madrid la FAES pasa lista cada lunes para que nadie se desvíe de los objetivos primordiales, no otros que los dictados por la desvergüenza liberal, en Cataluña son la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural quienes forman las escuadras protectoras de cualquier gobierno que se adhiera a sus muy nacionalistas postulados y sin las cuales no podría comprenderse el esperpéntico protagonismo de Puigdemont y Forcadell. Y constatemos, hasta donde la memoria nos alcanza, que nunca se han presentado a unos comicios estas formaciones que despiertan a dragones y espantajos con sus himnos y banderas, que alientan y administran en las calles lo que ahora llaman emociones y que con la misma inconveniencia nos embarcan en conflictos fraudulentos o deciden en silencio quién se libra de la soga y quién perece al intentarlo.
Atesoran también estos dirigentes de maquinarias y artefactos un amplio repertorio de deudas y aranceles que les procuran vergonzosas servidumbres de las que ninguno se puede liberar, pues de ellos depende al mismo tiempo su propia obstinación. Guarda Rajoy en su carpeta de asistencias y favores los llegados de quienes le apoyan en los presupuestos estatales con la esperanza de tener un día un nuevo polideportivo en su ciudad y los de quienes se identifican de vez en cuando con sus fortuitas ocurrencias, desde los ciudadanistas de Rivera —ese chico desnortado que aún no ha podido distinguir un consejo de ministros de un martini dominguero— a los socialdemócratas de Sánchez —ese hombre giróscopo y flotante a quien esperan cada tarde en las esquinas con los cuchillos levantados—, acreedores todos ellos con la libranza asegurada por el lascivo crédito otorgado.
Por su parte, Puigdemont conserva completos anaqueles con las fianzas recibidas de los regimientos convergentes que le acunan cada día y las no menos importantes concedidas por los republicanos de Junqueras, acostumbrado como está al intercambio de agasajos y atenciones en las sacristías catalanas y el palacio episcopal. Y, por supuesto, tiene el honorable presidente una formidable deuda que pagar a las conmovedoras filas de la CUP, que en su temeraria ingenuidad pensaron que tan solo por apoyar la exigua minoría procesista los democristianos pondrían en sus manos la república catalana trabajadora y popular.
Pero a la vez que se confirman y cotejan las enormes y costosas deudas de estos inauditos dirigentes —que no impiden las traiciones soterradas y los engaños discontinuos—, observamos también los certeros silencios perpetrados durante el desarrollo procesista, pues nadie alcanza a creer que el ejército se mantenga en mutismo sepulcral, apenas roto por algún alférez despistado, y que las grandes entidades catalanas no decidieran migrar hasta el último momento para desfilar juntas en cayucos de oro por la Diagonal no solo en busca de su protección política y bursátil, sino de una puesta en escena organizada tiempo atrás. Y todo junto invita a suponer que el verano fue promiscuo en reuniones y corrillos en los que fueron proclamados juramentos y convenios.
Y así como rigen los asuntos y se instituyen los principios nacionales y las afrentas colectivas, los dos presidentes de nuestros más famosos artefactos se encuentran hoy hundidos y ofendidos en un grotesco barrizal para darse cuenta y ser conscientes del ínfimo papel que ambos representan, pero también para no cejar en el empeño de ser heroicos paladines y adalides en sus respectivos escenarios y no abandonar la frívola ilusión de situarse por hechos y derechos en los primeros puestos de la historia.

Volvamos a Eslovenia, el territorio balcánico y costero con el que sueña en ocasiones el presidente catalán, porque Milan Kučan aprendió en 1991 que en política eres quien eres si los demás quieren que lo seas. El gobierno de Liubliana desoyó las advertencias de Belgrado, convocó un referéndum, lo ganó, declaró la independencia y el ejército yugoslavo atacó, pero en aquel contexto histórico y estratégico los estados europeos decidieron apoyar la independencia de Eslovenia para tener un socio estable frente al polvorín serbio que no tardaría en estallar con el previsible respaldo de Moscú.
Y otro tanto o parecido puede decirse respecto a Estonia, el territorio báltico y también costero al que se refiere con frecuencia el dirigente catalán, cuya independencia fue aceptada de inmediato por los gobiernos europeos ante las inminentes ruinas de la Unión Soviética. En 1992 Estonia y Eslovenia se convirtieron en miembros de la ONU, organización que sigue sin reconocer a varios estados no porque no tengan derecho a ello, sino porque las razones políticas se imponen siempre sobre las reclamaciones de los pueblos. En cuanto a Kosovo, cuya guerra tenemos fresca en la memoria y en cuyo espejo también se miran los dirigentes del artefacto catalán, recordemos tan solo los cientos de miles de refugiados que produjo su enfrentamiento por la independencia y los miles de cuerpos que aún yacen enterrados en territorio balcánico.
Tan claro como que Madrid no es Belgrado es que Puigdemont no es Milan Kučan ni Cataluña es Estonia ni Eslovenia ni, por supuesto, Kosovo, por lo que apelar a la vía estonia, la vía eslovena o la vía kosovar como estrategias para lograr la independencia no es solo una insensata decisión, sino la demostración de que no importa el precio que haya que pagar para obtener el objetivo planteado, incluso el de balcanizarlo si fuere necesario. Los catalanes tiene tanto derecho a decidir su futuro como en su momento lo tuvieron estonios y eslovenos y lo tiene cualquier otra nación, pero es importante reconocer que este principio ya no se debate en ningún lado, porque la implacable realidad es que ya no hay debate alguno más allá de las demarcaciones catalanas.
La Moncloa está ganando la partida en el tablero internacional por la sencilla razón de que los demás estados, la banca y los mercados financieros quieren que la gane. Y si los demás han decidido que Cataluña pierda el desafío y han activado todos los mecanismos para que lo pierda, lo más seguro es que lo pierda. No se trata ya de invocar sus evidentes derechos colectivos ni de que a la Unión Europea, al FMI y al Banco Mundial les guste más la senyera o la estelada, sino de saber que los intereses internacionales priman sobre sus históricas aspiraciones y que su derrota ya está escrita y rubricada por los que mandan y deciden de verdad, no por quien ocupa temporalmente un puesto de gobierno. Como hace muchos años que aprendimos, hay asuntos que no son personales, sino solo negocios.

Regresemos ya a los artefactos nacionales, porque cabe preguntarse entonces a qué se debe que los descompuestos monclovitas de corbata y mocasín no permitan que los nuevos eslovenos voten y en su caso fracasen por sí solos, dado que apenas cuentan con apoyos y herramientas, en vez de generar las rudas imágenes de los antidisturbios en los colegios electorales y escudarse sin reparos ni rubor en la Constitución. La respuesta tal vez haya que encontrarla en que no asistimos a un enfrentamiento entre políticos mayúsculos cuyas capacidades se muestran al servicio de una causa o el cumplimiento de un deber, sino a una querella entre quienes necesitan ser al mismo tiempo sepultureros de sí mismos y de sus viciados artefactos e invictos triunfadores de una insólita batalla que a la vez les protege y les sustenta, aunque para ello tengan que poner en juego lo que ellos mismos contribuyeron a crear. Algunos conflictos, como tantas veces las guerras, trabajan en exclusiva para quienes los organizan y dirigen.
Y aunque solo fuera por ello los individuos que con tanta necedad dirigen sus grandes artefactos deberían iniciar el meritorio camino del olvido que sin duda ha de llevarles, junto a todo lo que representan, a las guaridas más inhóspitas y oscuras de nuestra historia, pues no tenemos causa que merezca enfrentamientos y ofensivas y a ningún gobierno deberíamos pagar tributos de semejante cualidad. Y de no ser así, recordaremos un día tantos daños y desastres como pudieron ser salvados y tanta infamia como generaron sus cerebros turbulentos, cráneos incendiarios que nunca fueron habitados por la inteligencia, la perspectiva, el entendimiento y la razón.

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Yann Grancher
Fotografía: Yann Grancher
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© Fran Vega, 14 de octubre de 2017

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Turbio verano de bolardos y banderas

Turbio verano de bolardos y banderas
· Ucronías ·
Turbio verano de bolardos y banderas

Este país raro, tan etéreo y transitorio como si los años no pasaran, sigue provocando el mismo espanto en cualquier circunstancia en que se encuentre. No importa lo que ocurra ni lo que pase, porque las absurdas y graníticas reacciones se suceden con independencia de los acontecimientos y de la situación en la que estemos. Vivir en este país, tan curioso y pintoresco, supone permanecer anclado en la antesala de las ideas, sufrir la desértica soberbia de quienes aún defienden la ignorancia y batallar para no contagiarse con desdén de la muy histórica y patriótica majadería nacional.

Cualquier sociedad atraviesa un estado de horror y estupefacción cuando sufre un atentado, más aún si este se produce como los últimos tiempos nos han acostumbrado: en cualquier momento, en cualquier lugar y contra cualquier objetivo. Y cualquier sociedad honra a sus víctimas, se pregunta por los motivos de la barbarie y exige y clama a sus gobernantes que impidan y prevengan la repetición de los sucesos.
Sin embargo, en este país extraño culpamos de la matanza a la ausencia de bolardos y alabamos con vítores y hurras a las fuerzas del orden que ejecutan sin miramientos a los responsables de lo acontecido. Incapaces de un análisis riguroso y sosegado de lo que sucede en esta parte del mundo, buscamos en el mobiliario urbano las causas de nuestros males y publicitamos hasta el bochorno las presuntas heroicidades de quienes han de defendernos, pues para eso les contratamos, sostenemos y pagamos. Y culminamos las jornadas luctuosas sin preguntarnos si de verdad era necesario liquidar —abatir, según la nueva jerga establecida entre gobernantes y gobernados— a quienes tal vez hubieran podido aportar información, indicios o sospechas acerca de nuevos atentados, datos con los que quizá futuras víctimas no adquirirían esta última y funesta condición.
Hemos pasado de exigir dimisiones ministeriales por los excesos policiales a aplaudir con babosería y agostidad el abatimiento —no olvidemos el término, pues tal vez tengamos que usarlo con frecuencia en adelante— de quienes suponemos que realizaron la masacre, que en su primitivismo manifiesto huían entre las viñas o se abalanzaban sobre los agentes con machetes y cuchillos adquiridos horas antes en un supermercado. Y aceptamos sin pedir explicaciones que no había más remedio que vaciar los cargadores entre las cejas de quienes, tal vez, hubieran podido convertirse en confidenciales herramientas. No se trata ya de que merecieran o no la muerte inmediata como último acto de nuestro desprecio, sino de que hubiera sido más útil hacerlos caer, abatirlos, con certeros disparos en las rótulas para que nuestros loados cuerpos policiales hubieran podido ampliar el horizonte de sus investigaciones e impedir que la gente muera, también abatida, mientras pasea durante una tarde de verano.
Cabe preguntarse cuál hubiera sido la reacción de nuestra moderna ciudadanía si los abatidos hubieran sido de los nuestros, es decir, de nuestras creencias, tradiciones y costumbres. Pero no lo eran, así que cometemos la imprudencia de aplaudir a quienes un día pueden tomarse en serio la alabanza y pensar que ya tienen vía libre y carta blanca para abatir cualquier objetivo que consideren peligroso, pues la sociedad que les mantiene también les ha de respaldar. Ya no estamos en contra de los excesos, sino en contra de que nos afecten. Y este es un cambio importante en la mentalidad de este país que tanto asusta.

Así las cosas, resulta aún más cínico y chocante el lema elegido para la manifestación de repulsa de los atentados que encabezaron las escuadras de asalto y protección acompañadas de los más ilustres regidores: no tenemos miedo. De todos los eslóganes políticos y ciudadanos que hemos visto, y hemos visto muchos, este es quizá uno de los más absurdos y teatrales. Celebramos el abatimiento de los terroristas porque ello nos libra de la amenaza evidente de que despedacen nuestros cuerpos o destrocen nuestras vidas, pero no tenemos miedo. No tenemos miedo de que nos degüellen mientras compartimos un café o de que atropellen a nuestros hijos mientras corretean por la calle, no tenemos miedo de salir volando en nombre de una religión y no tenemos miedo de que la sangre nos alcance. ¿No tenemos miedo? ¿Este país de cuchufleta es ahora el nuevo héroe de Occidente? Recordemos que el terrorista de las Ramblas huyó a pie y a la luz del día y que nadie, como es lógico, se atrevió a enfrentarse a él. Pero una vez abatido ya no le tememos y estamos dispuestos a batallar sin miedo, con la camisa abierta y la cabeza alta.
Por supuesto que tenemos miedo. Y por supuesto que no temer por nuestras vidas o por las de los nuestros sería un ejercicio de inconsciencia e ibérica ignorancia, de modo que además de para repudiar los atentados —hecho en sí que pertenece a la obviedad— la manifestación debería haber servido para exigir a quienes tan dignamente la encabezaban que cumplan con el trabajo que les encomendamos cada día, no otro que velar por nuestra seguridad en vez de entorpecerse mutuamente su labor en nombre de un corporativismo trasnochado y más digno de un cuartelillo rural que de una sociedad plural y global en la que el terrorismo se presenta, también, de formas plurales y globales.

Al disgusto por la ausencia de bolardos sucedió el de la presencia de banderas. Vuelven de nuevo —hace tiempo que regresaron o quizá es que nunca se fueron— los himnos, las consignas, las antorchas y todos los simulacros de ideas que tan tristemente han estructurado nuestra historia. Y lo hacen como siempre lo hicieron: en nombre de la dignidad de un pueblo. Todas las sociedades que dicen defender su dignidad coinciden en sus objetivos sacrosantos e inviolables y todas esgrimen los mismos conceptos y herramientas: patria, bandera, idioma, territorio y tradición, es decir, todo aquello que ha originado en los últimos cincuenta siglos centenares de carnicerías y millones de muertos. Y todo y siempre con idénticos argumentos.
No importa tanto la opción como la forma en que se defiende. Y quienes defienden votar en nombre de un país se alinean con quienes defienden no hacerlo en nombre de otro, porque parece necesario identificarse con una nación, una bandera y una causa. Y lo cierto es que esto resulta intrascendente cuando quienes están obligados a entenderse y resolver conflictos —pues para eso les contratamos, sostenemos y pagamos— se desentienden de su cometido y pretenden que su trabajo lo resuelvan las gentes de quienes cobran. Olvidamos demasiado a menudo que esto es propio de una picaresca ramplona y absoluta. Y recurrimos con frecuencia a la idea de que la fuerza de las calles ha de imponerse por encima de cualquier otro concepto. Y eso, en este país desdibujado y transitorio, es siempre un acicate de imprevisibles consecuencias que algún día habrá que reprochar a quienes lo impulsan y alimentan.

No era tan difícil ponerse de acuerdo. No era imposible aceptar que la gente diga y vote. No era descabellado organizar un referéndum correcto en el que las partes afectadas y los ciudadanos manifiesten libremente sus opciones. ¿No existe en nuestro ordenamiento una ley que lo ampare? Pues hágase la ley, que otras muchas de ínfima importancia aprueban cada día decenas de diputados y senadores cuando no están en su bar subvencionado. ¿No lo permite la intocable Constitución? Pues cámbiese la Constitución, que ya va siendo hora de actualizar ese libro de encantamientos que amarillea por desuso. ¿La negociación política exige contrapartidas y cesiones? Por supuesto, como todas las negociaciones de cualquier ámbito. ¿Para qué creen nuestros representantes que ocupan sus puestos si no es para negociar, pactar y distribuir derechos y recursos? Y si los personajes que en su momento elegimos para ello no lo hacen con templanza y armonía, y es evidente que se comportan como trastornados y dementes al mando de trituradoras de quinta generación, déseles carta de despido y sean relegados a la última baldosa del último rincón de la memoria.
Casi cualquier opción era mejor que la elegida por la incompetencia y el quietismo —que tantos adioses producen— y por la alucinación y la ignorancia —que tantos patriotismos generan—, es decir, el callejón oscuro en el que los matones de cada barrio dirimen sus diferencias mediante gargajos y empellones tras haber paseado sus manos por la entrepierna sudorosa de quien no tiene más ideas ni razón. Que la institucionalización de la bravuconería no nos engañe, porque seguimos viviendo en donde sobre la mesa se ponen exabruptos y atributos en vez de cerebros y propuestas. Es lo que tradicionalmente hemos hecho en este país que tanto asusta y desconsuela.

Lo que sorprende no es la voluntad de independizarse, aunque nadie sepa de qué, si de Alemania, del Banco Europeo, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional o del Club Bilderberg, si de los populares para sustituirlos por los convergentes y democristianos de Artur Mas y el converso Lluís Llach, de Rajoy y Soraya para reemplazarlos por Puigdemont y Forcadell, de Montoro para relevarlo por Turull o de Iglesias y Sánchez para sustituirlos por Junqueras y Romeva, si de la política despiadada de la Moncloa para aceptar la muy salvaje de la plaza de Sant Jaume o si de las cloacas nacionales para transitar en su lugar por las aguas negras que bajan de la Generalitat. Lo decepcionante es querer independizarse con semejantes compañeros de viaje para cambiar un patriotismo por otro del mismo alcance y unas miserias constantes por otras permanentes. A partir de ahí, y en el escenario presente, asumamos que la verdadera tragedia de los independizados no sería su nuevo estatus, sino las manos de quienes lo gestionen, porque el futuro estado lo construirían los mismos que antes lo arrasaron. De modo que las dos partes en litigio tienen un gran problema en común que les acerca y asemeja: eligen para su propio gobierno a quien les desprecia, les asalta, les utiliza, les empobrece y les maltrata en nombre de la patria, la bandera, el idioma, el territorio y la tradición. No son pocas las coincidencias.

Seamos convocados para construir una república igualitaria y progresista, sin corruptas oscuridades ni doctrinas, regida por quienes deseen establecer los cimientos de un estado basado en el derecho y la razón sin apelar a ingenuas emociones y establecido a partir de la honrada distribución de los recursos, la adecuada administración de la justicia, la correcta planificación social y educativa y las necesarias estructuras que demandan las sociedades de nuestro tiempo. Mientras tanto, sigamos nutriéndonos de patrióticos artificios revestidos de viejas consignas que a nada nos conducen, salvo a la profunda convicción de que ni antorchas ni banderas de uno u otro signo harán de este país —ni de ningún otro— un lugar más habitable, más equilibrado y mejor administrado, sino que en las condiciones actuales contribuirán a que siga siendo el vertedero ideológico que siempre ha sido y el estercolero político y social que siempre fue. Y todo junto es para sentirse frustrados, desolados y asustados. Abatidos, decimos ya.

«Duelo a garrotazos», de Francisco de Goya
Francisco de Goya
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© Fran Vega, 13 de septiembre de 2017

Los cadáveres que investían a los muertos

Los cadáveres que investían a los muertos · Fotografía: Patrick Gries
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Zarzuela, Génova y Ferraz

Zarzuela, Génova y Ferraz

La ventaja de ser rey emérito es que no estás sujeto a ningún tipo de precepto legislativo, por lo que puedes hacer casi lo que quieras sin más frontera que la de tu propia ética, en caso de que la tengas. La Constitución impide que el rey que reina se inmiscuya en política o en asuntos propios de los partidos, pero nada limita la actividad del emérito, que hace y deshace sin rendir cuentas ni explicación.
Viene esto a propósito de que no resulta creíble que la carnicería que se está perpetrando en Ferraz sea ajena a conciliábulos como el que observan en la fotografía, en el que todos los comensales comparten objetivos e intereses. La ausencia de F6 se explica porque la propia Constitución le obliga a respetarla, pero no hay decreto que prohíba al emérito borbonear con el señor de los GAL, el señor de Irak, el señor de la Gürtel y un señor de León que fue invitado por cortesía.
Pensar que el enésimo movimiento cainita que los socialdemócratas están viviendo tiene su origen en pedristas y susanistas resultaría ingenuo. Hace meses que entre Zarzuela y Génova se estableció un hilo directo para lograr la investidura de Rajoy mediante la voladura de Ferraz siempre que esta se produjera desde dentro y con escenografía navajera. Y para ello se pidió colaboración al mejor dinamitero del reino: Felipe González, el viejo león superviviente de Suresnes con las cuatro patas hundidas en otros tantos consejos de administración. La Zarzuela se personó a través del emérito en un conflicto en el que no podía intervenir, pero del que dependía buena parte de su estabilidad.
No es creíble tampoco el difundido lapsus de González aludiendo a la guerra sucia en una entrevista radiofónica. En primer lugar, porque estaba grabada con anterioridad, y hubiera hecho falta una sola palabra del viejo león para que la Cadena Ser la editara y omitiera esa referencia. Y en segundo lugar, porque el viejo león es demasiado viejo y demasiado listo como para cometer ese pretendido error. Era una bala que tenía guardada para los de su propia tropa y que disparó con septembridad y alevosía. Un tá-pá-pá que en tres décadas no había dejado escapar, hasta que lo usó como fuego amigo camuflado entre críticas a su secretario general. Y una chulería, porque si en su momento ningún juez se atrevió a sentarle en el banquillo, él mismo ha confesado ahora sus fechorías sin que nadie le preguntara.
Es pronto para saber cómo terminará este golpe socialdemócrata y hasta qué punto beneficiará a sus instigadores y a quienes les financian o si se volverá en contra de sus cabecillas, pero no para observar la obscena fotografía tomada en un restaurante madrileño y reparar en que quien la hace no tiene plato en la mesa. No hay un sitio vacío, porque quien tomó la instantánea solo estaba convocado para que tomara nota del evento: Cebrián, ese fiel servidor y beneficiario de cualquier gobierno que lleva cuarenta años en todas las sombras de importancia.
Tal vez el partido socialdemócrata necesitaba un sepulturero y lo ha encontrado en el mismo que lo llevó al poder, pero una vez provocado el incendio, apagadas las llamas e identificados los pirómanos, ¿quién gestiona las cenizas? Pasarán años antes de que alguien se atreva a recogerlas y pueda responder.

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© Fran Vega, 1 de octubre de 2016

El Libro de Marianías

El Libro de Marianías
· Apuntes del Subsuelo ·
El Libro de Marianías

Yo apacentaba mis corderos y dormía la siesta bajo la higuera de la indolencia mientras los lobos aullaban y se despedazaban entre ellos sin que fueran necesarias mi acción ni mi palabra. Cuando desperté y abrí los ojos, de mis enemigos solo quedaban los pellejos, las vísceras desparramadas y algunos supervivientes que pronto ofrecerían su cuello ante el único y magnánimo vencedor: yo.
Todo estaba, por fin, en orden.

© Fran Vega, 2016

Mariano Go

20160901 · Mariano Go
A veces veo Marianos. Sí. Los veo agazapados en las calles, ocultos tras los buzones amarillos de correos, esperando al autobús o cruzando pasos de cebra como si nada ocurriera. Me sucede como al fotógrafo Karak Apok, que retrató a un señor con sombrero y después resultó que era un Mariano o quizá un replicante de Mariano. Yo veo Marianos. Así es.
En ocasiones quiero cazarlos disparando con mi móvil, llevármelos a casa y ocultarlos en el desván, para que nadie les vea y les encuentre utilidad. Pero dicen en el vecindario que nunca se sabe.
Han de saber también que durante mucho tiempo vi Josemaris. Era agobiante. Pero debieron de cazarlos a todos y desaparecieron. Un alivio.
La cosa es que ahora encuentro Marianos por las esquinas. Pero eso no es lo peor, porque hay exactamente 7.906.185 Marianos Go en nuestras vidas. Tengan cuidado al salir de casa, al aparcar el coche o al pasear al perro. Porque lo único que la izquierda va a hacer frente a ellos es esperar a que se extingan. Como los Josemaris.

© Fran Vega, 1 de septiembre de 2016

Rajoy no existe

20160628 · Rajoy no existe

A ver, que lo fácil ahora es decir que Mariano ha ganado las elecciones, pero eso es imposible por la incuestionada verdad de que Rajoy no existe. Todos los votantes del Partido Popular son conscientes de esta exactitud, así que socialdemócratas y podemitas son los únicos que permanecen en el limbo y siguen sin saber que el gran Mariano solo tiene vida en nuestra confusa imaginación. Veamos por qué.
En primer lugar, porque Aznar está satisfecho con el resultado y ha felicitado a su sucesor. Y esto es muy mal asunto, porque significa que es Josemari quien habita en la oquedad craneal de Mariano.
Después, porque nada podía esperarse de una campaña podemita basada en invocaciones a la patria y corazoncitos veraniegos. ¿Qué creían estos chicos? ¿Que hemos llegado hasta aquí para escuchar estas cosas? ¿Que hemos peleado tanto para llevar un corazoncito en la solapa? No, muchachos, no basta con la camisa blanca remangada y tres o cinco ocurrencias en prime time. Necesitamos dinamita intelectual y fuego en las neuronas, no carantoñas ni ternura de colegas.
A continuación, porque solo los socialdemócratas pueden aprobar un eslogan electoral tan hueco como “Vota sí al cambio”. Eso del cambio funcionó una vez, pero está claro que no es una mina sin fondo. Y menos aún si va impreso sobre la foto de un líder errático y errante cuya vida política pende de un pedo. ¿Cuándo se van a convencer los políticos de que la gente jamás vota incertidumbre?
Más todavía: es imposible que exista alguien como Mariano Rajoy. Es imposible que alguien así dirija una banda perfectamente organizada que gana elecciones y aumenta su ventaja en cada convocatoria. Eso no puede ser verdad.
Pero, sobre todo, Rajoy no existe porque el Partido Popular no lo necesita. ¿Para qué tener un líder si no hay nadie que trabaje mejor por el partido que podemitas y socialdemócratas?
Rajoy no ha existido nunca. Y la izquierda solo ha demostrado un principio físico irrebatible: dos fuerzas que chocan siempre impulsan a una tercera.
(En efecto, lector: usted y yo tampoco existimos. Solo somos el resultado de un capricho algorítmico).

© Fran Vega, 28 de junio de 2016

Que vuelva ya Georgie Dann

20160607 · Que vuelva ya Georgie Dann

Los chicos del Partido Popular anunciaron y divulgaron ayer el nuevo arreglo musical de su himno, que en esta ocasión ha adquirido ritmo de merengue. Dijeron también que habían dudado entre varias opciones rítmicas, pero que al final se había impuesto el merengue. Así. Sin avisar ni nada.
Es de suponer que con esta innovación esperan triunfar en las verbenas rurales del verano después de haberse alzado con el primer premio en las elecciones, lo que sin duda supondrá un sustancioso incremento del consumo de alcohol y otras sustancias aún mejores por parte del personal menos inclinado hacia la nueva gaviota merengada.
Pero lo verdaderamente inquietante es intentar ponerse en la cabeza de quienes han tomado esta siniestra decisión. Nada tengo en contra de este ritmo tan alegre, pero reconozcamos que no parece la idea más brillante para intentar ganar adeptos o siquiera votantes. De modo que solo queda pensar que una vez instaladas la memez absoluta y la corrupción generalizada en la sede negra de la calle Génova, solo faltaba que lo hiciera también la demencia total.
Si a la iniciativa bailonga de los populares añadimos el corazoncito podemita y las invocaciones suaristas de los muchachos de Ferraz, cabe preguntarse qué será lo siguiente en esta tronchante campaña electoral de piscina, frigodedo y trampolín.
Es hora, por tanto, de reivindicar las auténticas canciones del verano para que en las plazas de los pueblos suenen este año de forma atronadora y acallen, por favor, ese himno merengoso cuyos primeros acordes ya invitan al alboroto, al incendio e incluso al merengue de neutrones.
Que vuelva ya Georgie Dann.

© Fran Vega, 7 de junio de 2016

Mariano, un artista entre nosotros

20160601 · Un artista entre nosotros

Tenemos todavía un artista en la Moncloa y lo hemos ignorado hasta ahora como si no fuera importante la creatividad en la heroica tarea de dirigir un país y hasta un gobierno. Rajoy nos ha sorprendido con un tuit, élfico y misterioso, en el que junto a la imagen que contemplan ha añadido el siguiente texto: «Después de estos meses, así veo yo la situación política».
¿Qué? ¿Es grande o no es grande Mariano? ¿Tiene arte o no lo tiene? Hay que ser muy bueno, hay que tener una amplitud de miras espectacular y hay que tener conciencia de la historia para publicar algo así. Hay que tener muy claras las ideas, muy definidos los proyectos y muy estructurados los planes de futuro para resumir de este modo un semestre de fútbol y vagancia y encarar unas nuevas elecciones.
Al final, somos nosotros los únicos preocupados por el déficit, los recortes, la prima de riesgo, la corrupción, los refugiados y el cambio climático. Somos nosotros los que nos angustiamos solitos y contemplamos todo con lamento y pesimismo.
Sean optimistas, alegren esa cara, miren la vida como si hubiera mil mañanas y aprendan de Mariano: una línea roja sobre un fondo blanco. Ya está. Eso es todo.

© Fran Vega, 1 de junio de 2016

El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza

20160523 · El vacío del mundo

Según la última encuesta que El País ha hecho para Metroscopia, este hombre grisáceo, pazguato y anodino volverá a ganar las elecciones. Y no solo eso. Es probable que las gane incluso con un margen superior al de hace unos meses. Es difícil enmendar la plana a un diario sostenido y financiado por algunos de los imperios financieros más importantes de Europa, de modo que su titular resulta creíble por mucha desolación que produzca.
Cierto es que la banca aloja y desaloja la Moncloa cuando le viene en gana y que nombra y depone ministros y altos cargos según le conviene y le apetece, pero lo que no hace es depositar los votos de millones de españoles en las urnas.
Esas papeletas son llevadas una a una y hasta su destino por quienes todavía creen que este individuo de extraño cerebelo es el más adecuado para gobernarnos, dirigirnos y representarnos. Este señor que tanta risa nos da cuando no nos entristece es apoyado por una mayoría de ciudadanos que de manera inexplicable, cuando no del todo irracional, todavía confía en él.
Que El País cocina sus encuestas antes de servirlas a Metroscopia es un hecho evidente; que la banca cocina las suyas antes de dar precisas instrucciones al director de El País, también. Pero ¿cómo se cocinan millones de contribuyentes para que mantengan su adhesión inquebrantable a este señor de casino provinciano con el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza?

© Fran Vega, 23 de mayo de 2016

Sin novedades

20160512 · Presupuesto electoral

Para situarnos un poquito: resulta que estos señores que tan alegremente deciden sobre nuestras vidas y recortan presupuestos cada vez que desde Bruselas se les llama la atención, son incapaces de ponerse de acuerdo para reducir el gasto de la campaña electoral que, naturalmente, financiaremos entre todos. Cada uno quiere sus papelitos, sus folletos y sus banderolas y ninguno está dispuesto a que sus siglas y sus rancias fotografías desaparezcan de calles y buzones.
Hubiera sido razonable que después de haber estado seis meses sin nada que hacer afrontaran la situación con un poco más de perspectiva y humildad y dijeran: «Miren, ya que hemos sido incapaces de hacer nuestro trabajo, vamos a repetir las elecciones, pero de modo que les salga baratito. Disculpen las molestias».
No es nada que sorprenda, pero conviene recordarlo para que luego no cause alarma descubrir sus abundantes ineptitudes y sus ineficaces gestiones. Con tipos incapaces de renunciar a unas cuantas octavillas no podemos ir a ningún lado.

© Fran Vega, 12 de mayo de 2016

Esa persona de la que usted me habla

Sáenz de Santamaría y Soria

Tenemos un patriota menos en las filas del gobierno y uno más en el sector de “esas personas de las que usted me habla”, que es como el presidente en funciones suele referirse a quienes en algún momento fueron de su máxima confianza y hoy hacen fila en la puerta del juzgado.
La estrepitosa caída del imaginativo ministro que estableció un impuesto al Sol reaviva en las tropas populares la operación Menina, es decir, la operación Soraya. Tan abrasado está Rajoy que ya ni los suyos creen que pueda salvarse de las cenizas, por lo que impulsarían a SSS como candidata popular en unas hipotéticas elecciones con la esperanza de que su condición femenina y su, hasta el momento, limpia trayectoria robara votos a socialdemócratas, podemitas y ciudadanitas.
Pero hay que esperar, porque tal vez un acuerdo de última hora coloque a Soraya en la Moncloa sin necesidad de pasar por las urnas: Pedro Sánchez dijo que nunca apoyaría a Rajoy, pero nada dijo de la Menina.
Que la fiesta continúe.

© Fran Vega, 18 de abril de 2016

Cosas de estos chicos

Rajoy, Sánchez, Rivera, Iglesias

Que dicen estos chicos que no pactan, que lo de pactar es estupendo, pero que eso nunca ha sido tradición en nuestro país y que aquí lo que nos va es liarnos a gorrazos en la calle para mantener las esencias patrias.
Y que dicen los de la izquierda que están muy ocupados devorándose entre ellos, que por algo han sido siempre cainitas y caníbales, pero que los de la derecha lo tienen peor, porque están de escombros y basura offshore hasta las cejas y que con ellos no se puede ir ni a la tasca de enfrente a formar coaliciones ante el mostrador.
Y que dicen los chicos de Bruselas, del Banco Central Europeo y del FMI que se pongan de acuerdo ya, que dice la chica de Berlín que hay recortes urgentes que aplicar y que lo que hemos visto hasta ahora va a parecer una tarde en Disneylandia. Así que dicen nuestros chicos que a ver quién se come ese marrón.
Y que dice Mariano, ese hombre permanentemente en funciones, que «aquí os quería ver yo, bah… ¡aficionados!».
Y que dicen los del Ibex-35 que qué hay de lo mío.

© Fran Vega, 10 de abril de 2016

Beneficios del buen desgobierno

Un tipo intrascendente
· Ucronías ·
Fran Vega
Beneficios del buen desgobierno

Ese hombre de lánguida mirada y triste caminar que a veces ustedes ven en los informativos mientras oculta la prensa deportiva bajo el brazo y la quiniela en el bolsillo interior de la americana es el presidente del gobierno en funciones. Desde que en otoño convocó las elecciones del 20 de diciembre está así, en este plan gandul y remolón, contemplando cómo los gallos se enfrentan en el corral mientras él lanza volutas de humo por encima de las gafas. Un hombre en funciones, una especie de la serie B que la política nos ha proporcionado. Un tipo intrascendente.
Tal vez mientras observan su absurda realidad hayan caído en la cuenta de que pertenecemos a una generación privilegiada, estratosférica y homérica, que está viviendo un acontecimiento sin precedentes en la historia de esta España nuestra: llevamos más de cien días sin gobierno. No tenemos quien nos represente, las reuniones internacionales de primeros ministros nos importan un comino y aquí ya no se mueve un folio ni una firma hasta que el rey no bendiga al nuevo presidente. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, disfrutemos.
Podría parecer que el país está paralizado, que las fábricas han dejado de producir aparatos insensatos o que las gentes han dejado de adquirir cosas que no utilizarán. Pero no. Siguen sonando los despertadores, la chavalería acude a sus clases y la liga de fútbol continúa su curso. No sé qué más puede pedirse a un estado sin gobierno.
Sin embargo, la gran ventaja de la prolongación de este juego de trileros en que se han convertido las negociaciones consiste en que nadie puede robar un euro de partidas presupuestarias inexistentes. Sin gobierno, no hay firma; sin firma, no hay presupuesto; y sin presupuesto, no hay hurto ni soborno. De modo que mientras que todos los ladronzuelos y pillastres que nos gobiernan se mantengan en funciones tendremos un oasis de honradez que generaciones enteras querrán ver alguna vez.
Más beneficios: no hay declaraciones a la prensa. Durante este tiempo de parálisis, solo Mariano se ha atrevido con algunas de sus incomprensibles frases, pero desde la vicepresidenta al último subsecretario se observa un silencio que solo es interrumpido de vez en cuando por ese personaje que custodia la cartera de Interior debidamente respaldado por su ángel de la guarda. Ningún responsable del gobierno en funciones se la quiere jugar, no vaya a ser que en una de esas carambolas que la política produce acaben con algún cargo de importancia en cualquier coalición, por estrambótica que esta sea.
Y finalmente, y no por ello menos trascendente, tampoco hay ideas. Por fin. Todos guardan sus mejores bazas y se limitan a exponer viejos asuntos que ya hemos escuchado demasiadas veces, así que llevamos una agradable temporadita en la que salvo las ocurrencias de los bufones habituales de la corte no tenemos que mostrarnos perplejos ante lo que algún ministro haya pensado entre el primer martini y el último gin-tonic.
Y por lo demás, ¿qué importa este asunto de estar o ser en funciones?, ¿acaso estaríamos mejor con cualquiera de los negociadores instalado en la Moncloa? No creo que debamos preocuparnos. O al menos, no todavía. Se está bien sin nadie al frente. Nos da un poco de rollito ácrata y nos permite pensar que somos un país maduro con las cositas bien claras. Después de todo, ser presidente del gobierno es serlo siempre en función de lo que ordenen la banca, la sacristía y la bolsa. De modo que mientras no podamos elegir a los presidentes de estas tres columnas básicas del estado, cualquiera que ocupe el sillón de presidente lo hará en calidad de provisional y transitorio. Como cualquier tipo intrascendente.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 6 de abril de 2016

Las cuentas del titiritero

Cuentas y cuentos de la presidencia
· Ucronías ·
Fran Vega
Las cuentas del titiritero

A mediados de junio de 2012, nuestro deprimido y deprimente presidente del gobierno tuvo el detalle de informarnos de que el reino al que tan complacidamente pertenecemos había pedido una pequeña ayuda al imperio germánico al que nos sometemos: 100 000 millones de euros que servirían para aliviar un poco las maltrechas arcas estatales y animar esos brotes verdes que ya se divisaban en el horizonte.
Y nos lo dijo contento, animadillo, alentándonos al sacrificio por el bien de la patria y de la reducción del déficit. Cierto es que habría que recortar un poquito por aquí y por allá, pero ¿qué importancia podía tener eso ante el halagüeño futuro que se nos ofrecía en boca de nuestro estadista-registrador?
Se presentó en directo una mañana de domingo, con la corbata nueva y recién peinado, para decirnos: «Miren ustedes, he pedido una ayuda que no es un rescate, nadie va a notar nada porque no es lo que parece y a partir de ahora y durante muchos años pagaremos una deuda para que en Alemania estén contentos y yo siga siendo presidente. Jódanse, buena gente».
Reconozcámoslo: ¿quién se hubiera atrevido a semejante desparpajo, valentía y sinceridad? Nadie. Ni Napoleón, ni Bismarck, ni Churchill, ni Roosevelt, ni Adenauer Nadie. Al menos Churchill tuvo aquel ramalazo épico cuando asumió el gobierno una vez comenzada la segunda guerra mundial: «Solo puedo ofrecer tiempos de privaciones, sudor y lágrimas. Lucharemos en las playas. Lucharemos en los campos y en las calles. Iremos hasta el final. No nos rendiremos jamás».
Pero Mariano se fue al fútbol. Sí, al fútbol, porque esa tarde la selección española jugaba algún campeonato en algún lugar de Europa. Y ya está. Mientras tanto, el sudor y las lágrimas siguieron corriendo por el rostro de millones de ciudadanos y nuestros egregios dirigentes se dedicaron a hacer lo que mejor saben: leer la prensa deportiva y atender en cuanto pueden al ángel de la guarda.
Una legislatura después, después de toda una legislatura de recortes, abusos y privaciones sin cuento y sin fin, las cuentas del reino están aún mucho peor que aquel domingo en el que Mariano jaleaba las cabalgadas de los chicos nacionales sobre el césped. Tenemos menos y debemos más: ¿es posible? Es perfectamente posible, porque en el universo marianesco todo es posible. Todo.
Durante este largo y aburrido marianato, la deuda pública ha aumentado en 326 000 millones de euros, de modo que a día de hoy debemos la bonita suma de 1,069 billones de euros, es decir, el 100 % del PIB. Sumen a esto unos langostinos de Rodrigo Rato y un par de copas de Rita Barberá y comprenderán fácilmente que la cifra es escandalosa. Se trata del mayor incremento del déficit público en una sola legislatura, con el agravante de que ha sido la legislatura en la que mayores recortes se han aplicado en todos los departamentos ministeriales.
Las causas de este crecimiento de la deuda en tan solo cuatro años son complejas de explicar, pero no son ajenas al «no rescate» de 2012, al monumental endeudamiento de ayuntamientos y comunidades autónomas, al «sí rescate» de las entidades financieras y, según el gobierno, a la manita que ha habido que echar a países como Grecia, Irlanda o Portugal.
Para que lo entendamos bien y claro: hemos trabajado más y hemos cobrado menos para pagar una deuda, pero resulta que la deuda sigue creciendo y nosotros seguimos sin poder cambiar la tapicería del sofá.
¿Y por qué, si nosotros hemos gastado menos porque teníamos menos para gastar y la administración también ha gastado menos porque recortaron sus presupuestos, debemos más que cuando gastábamos más? Pues por dos razones que les explico en un periquete para no extenderme y correr el riesgo de que se me vayan a otra pantalla.
Por un lado, porque la política de austeridad propugnada por el eje financiero del mal no va a ningún lado. No sirve. No funciona. Se trata de que el gasto tenga una distribución acorde con las necesidades de quien gasta y de que la administración esté regida por cráneos con capacidad de decisión, no por monigotes de plasma que no saben pronunciar una frase completa sin equivocarse.
Y por otro, se trata de que la crisis anunciada hace casi ocho años no ha existido, no existe y no existirá. Hemos asistido, y asistimos todavía, a un engaño de proporciones hasta ahora desconocidas maquinado e ideado para poner fin a los derechos sociales duramente conquistados y para que la brecha entre ricos y pobres sea ya imposible de cruzar.
Debemos una cantidad de dinero equivalente a todo nuestro PIB. Y se supone que con las medidas económicas del gobierno que acaba de ganar las elecciones no solo íbamos a reducir esa deuda, sino que nos íbamos a convertir en la locomotora de Europa. Pero resulta que estamos más endeudados que antes, más arruinados, más empobrecidos y más envilecidos.
Hay titiriteros que pasan noches en prisión. A otros, sin embargo, habría que aplicarles su propia reforma del código penal no solo por estafa, sino por idiotez: prisión permanente revisable. O no revisable.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 18 de febrero de 2016