Los cadáveres que investían a los muertos

Los cadáveres que investían a los muertos · Fotografía: Patrick Gries
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Zarzuela, Génova y Ferraz

Zarzuela, Génova y Ferraz

La ventaja de ser rey emérito es que no estás sujeto a ningún tipo de precepto legislativo, por lo que puedes hacer casi lo que quieras sin más frontera que la de tu propia ética, en caso de que la tengas. La Constitución impide que el rey que reina se inmiscuya en política o en asuntos propios de los partidos, pero nada limita la actividad del emérito, que hace y deshace sin rendir cuentas ni explicación.
Viene esto a propósito de que no resulta creíble que la carnicería que se está perpetrando en Ferraz sea ajena a conciliábulos como el que observan en la fotografía, en el que todos los comensales comparten objetivos e intereses. La ausencia de F6 se explica porque la propia Constitución le obliga a respetarla, pero no hay decreto que prohíba al emérito borbonear con el señor de los GAL, el señor de Irak, el señor de la Gürtel y un señor de León que fue invitado por cortesía.
Pensar que el enésimo movimiento cainita que los socialdemócratas están viviendo tiene su origen en pedristas y susanistas resultaría ingenuo. Hace meses que entre Zarzuela y Génova se estableció un hilo directo para lograr la investidura de Rajoy mediante la voladura de Ferraz siempre que esta se produjera desde dentro y con escenografía navajera. Y para ello se pidió colaboración al mejor dinamitero del reino: Felipe González, el viejo león superviviente de Suresnes con las cuatro patas hundidas en otros tantos consejos de administración. La Zarzuela se personó a través del emérito en un conflicto en el que no podía intervenir, pero del que dependía buena parte de su estabilidad.
No es creíble tampoco el difundido lapsus de González aludiendo a la guerra sucia en una entrevista radiofónica. En primer lugar, porque estaba grabada con anterioridad, y hubiera hecho falta una sola palabra del viejo león para que la Cadena Ser la editara y omitiera esa referencia. Y en segundo lugar, porque el viejo león es demasiado viejo y demasiado listo como para cometer ese pretendido error. Era una bala que tenía guardada para los de su propia tropa y que disparó con septembridad y alevosía. Un tá-pá-pá que en tres décadas no había dejado escapar, hasta que lo usó como fuego amigo camuflado entre críticas a su secretario general. Y una chulería, porque si en su momento ningún juez se atrevió a sentarle en el banquillo, él mismo ha confesado ahora sus fechorías sin que nadie le preguntara.
Es pronto para saber cómo terminará este golpe socialdemócrata y hasta qué punto beneficiará a sus instigadores y a quienes les financian o si se volverá en contra de sus cabecillas, pero no para observar la obscena fotografía tomada en un restaurante madrileño y reparar en que quien la hace no tiene plato en la mesa. No hay un sitio vacío, porque quien tomó la instantánea solo estaba convocado para que tomara nota del evento: Cebrián, ese fiel servidor y beneficiario de cualquier gobierno que lleva cuarenta años en todas las sombras de importancia.
Tal vez el partido socialdemócrata necesitaba un sepulturero y lo ha encontrado en el mismo que lo llevó al poder, pero una vez provocado el incendio, apagadas las llamas e identificados los pirómanos, ¿quién gestiona las cenizas? Pasarán años antes de que alguien se atreva a recogerlas y pueda responder.

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© Fran Vega, 1 de octubre de 2016

El Libro de Marianías

El Libro de Marianías
· Apuntes del Subsuelo ·
El Libro de Marianías

Yo apacentaba mis corderos y dormía la siesta bajo la higuera de la indolencia mientras los lobos aullaban y se despedazaban entre ellos sin que fueran necesarias mi acción ni mi palabra. Cuando desperté y abrí los ojos, de mis enemigos solo quedaban los pellejos, las vísceras desparramadas y algunos supervivientes que pronto ofrecerían su cuello ante el único y magnánimo vencedor: yo.
Todo estaba, por fin, en orden.

© Fran Vega, 2016

Mariano Go

20160901 · Mariano Go
A veces veo Marianos. Sí. Los veo agazapados en las calles, ocultos tras los buzones amarillos de correos, esperando al autobús o cruzando pasos de cebra como si nada ocurriera. Me sucede como al fotógrafo Karak Apok, que retrató a un señor con sombrero y después resultó que era un Mariano o quizá un replicante de Mariano. Yo veo Marianos. Así es.
En ocasiones quiero cazarlos disparando con mi móvil, llevármelos a casa y ocultarlos en el desván, para que nadie les vea y les encuentre utilidad. Pero dicen en el vecindario que nunca se sabe.
Han de saber también que durante mucho tiempo vi Josemaris. Era agobiante. Pero debieron de cazarlos a todos y desaparecieron. Un alivio.
La cosa es que ahora encuentro Marianos por las esquinas. Pero eso no es lo peor, porque hay exactamente 7.906.185 Marianos Go en nuestras vidas. Tengan cuidado al salir de casa, al aparcar el coche o al pasear al perro. Porque lo único que la izquierda va a hacer frente a ellos es esperar a que se extingan. Como los Josemaris.

© Fran Vega, 1 de septiembre de 2016

Rajoy no existe

20160628 · Rajoy no existe

A ver, que lo fácil ahora es decir que Mariano ha ganado las elecciones, pero eso es imposible por la incuestionada verdad de que Rajoy no existe. Todos los votantes del Partido Popular son conscientes de esta exactitud, así que socialdemócratas y podemitas son los únicos que permanecen en el limbo y siguen sin saber que el gran Mariano solo tiene vida en nuestra confusa imaginación. Veamos por qué.
En primer lugar, porque Aznar está satisfecho con el resultado y ha felicitado a su sucesor. Y esto es muy mal asunto, porque significa que es Josemari quien habita en la oquedad craneal de Mariano.
Después, porque nada podía esperarse de una campaña podemita basada en invocaciones a la patria y corazoncitos veraniegos. ¿Qué creían estos chicos? ¿Que hemos llegado hasta aquí para escuchar estas cosas? ¿Que hemos peleado tanto para llevar un corazoncito en la solapa? No, muchachos, no basta con la camisa blanca remangada y tres o cinco ocurrencias en prime time. Necesitamos dinamita intelectual y fuego en las neuronas, no carantoñas ni ternura de colegas.
A continuación, porque solo los socialdemócratas pueden aprobar un eslogan electoral tan hueco como “Vota sí al cambio”. Eso del cambio funcionó una vez, pero está claro que no es una mina sin fondo. Y menos aún si va impreso sobre la foto de un líder errático y errante cuya vida política pende de un pedo. ¿Cuándo se van a convencer los políticos de que la gente jamás vota incertidumbre?
Más todavía: es imposible que exista alguien como Mariano Rajoy. Es imposible que alguien así dirija una banda perfectamente organizada que gana elecciones y aumenta su ventaja en cada convocatoria. Eso no puede ser verdad.
Pero, sobre todo, Rajoy no existe porque el Partido Popular no lo necesita. ¿Para qué tener un líder si no hay nadie que trabaje mejor por el partido que podemitas y socialdemócratas?
Rajoy no ha existido nunca. Y la izquierda solo ha demostrado un principio físico irrebatible: dos fuerzas que chocan siempre impulsan a una tercera.
(En efecto, lector: usted y yo tampoco existimos. Solo somos el resultado de un capricho algorítmico).

© Fran Vega, 28 de junio de 2016

Que vuelva ya Georgie Dann

20160607 · Que vuelva ya Georgie Dann

Los chicos del Partido Popular anunciaron y divulgaron ayer el nuevo arreglo musical de su himno, que en esta ocasión ha adquirido ritmo de merengue. Dijeron también que habían dudado entre varias opciones rítmicas, pero que al final se había impuesto el merengue. Así. Sin avisar ni nada.
Es de suponer que con esta innovación esperan triunfar en las verbenas rurales del verano después de haberse alzado con el primer premio en las elecciones, lo que sin duda supondrá un sustancioso incremento del consumo de alcohol y otras sustancias aún mejores por parte del personal menos inclinado hacia la nueva gaviota merengada.
Pero lo verdaderamente inquietante es intentar ponerse en la cabeza de quienes han tomado esta siniestra decisión. Nada tengo en contra de este ritmo tan alegre, pero reconozcamos que no parece la idea más brillante para intentar ganar adeptos o siquiera votantes. De modo que solo queda pensar que una vez instaladas la memez absoluta y la corrupción generalizada en la sede negra de la calle Génova, solo faltaba que lo hiciera también la demencia total.
Si a la iniciativa bailonga de los populares añadimos el corazoncito podemita y las invocaciones suaristas de los muchachos de Ferraz, cabe preguntarse qué será lo siguiente en esta tronchante campaña electoral de piscina, frigodedo y trampolín.
Es hora, por tanto, de reivindicar las auténticas canciones del verano para que en las plazas de los pueblos suenen este año de forma atronadora y acallen, por favor, ese himno merengoso cuyos primeros acordes ya invitan al alboroto, al incendio e incluso al merengue de neutrones.
Que vuelva ya Georgie Dann.

© Fran Vega, 7 de junio de 2016

Mariano, un artista entre nosotros

20160601 · Un artista entre nosotros

Tenemos todavía un artista en la Moncloa y lo hemos ignorado hasta ahora como si no fuera importante la creatividad en la heroica tarea de dirigir un país y hasta un gobierno. Rajoy nos ha sorprendido con un tuit, élfico y misterioso, en el que junto a la imagen que contemplan ha añadido el siguiente texto: «Después de estos meses, así veo yo la situación política».
¿Qué? ¿Es grande o no es grande Mariano? ¿Tiene arte o no lo tiene? Hay que ser muy bueno, hay que tener una amplitud de miras espectacular y hay que tener conciencia de la historia para publicar algo así. Hay que tener muy claras las ideas, muy definidos los proyectos y muy estructurados los planes de futuro para resumir de este modo un semestre de fútbol y vagancia y encarar unas nuevas elecciones.
Al final, somos nosotros los únicos preocupados por el déficit, los recortes, la prima de riesgo, la corrupción, los refugiados y el cambio climático. Somos nosotros los que nos angustiamos solitos y contemplamos todo con lamento y pesimismo.
Sean optimistas, alegren esa cara, miren la vida como si hubiera mil mañanas y aprendan de Mariano: una línea roja sobre un fondo blanco. Ya está. Eso es todo.

© Fran Vega, 1 de junio de 2016

El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza

20160523 · El vacío del mundo

Según la última encuesta que El País ha hecho para Metroscopia, este hombre grisáceo, pazguato y anodino volverá a ganar las elecciones. Y no solo eso. Es probable que las gane incluso con un margen superior al de hace unos meses. Es difícil enmendar la plana a un diario sostenido y financiado por algunos de los imperios financieros más importantes de Europa, de modo que su titular resulta creíble por mucha desolación que produzca.
Cierto es que la banca aloja y desaloja la Moncloa cuando le viene en gana y que nombra y depone ministros y altos cargos según le conviene y le apetece, pero lo que no hace es depositar los votos de millones de españoles en las urnas.
Esas papeletas son llevadas una a una y hasta su destino por quienes todavía creen que este individuo de extraño cerebelo es el más adecuado para gobernarnos, dirigirnos y representarnos. Este señor que tanta risa nos da cuando no nos entristece es apoyado por una mayoría de ciudadanos que de manera inexplicable, cuando no del todo irracional, todavía confía en él.
Que El País cocina sus encuestas antes de servirlas a Metroscopia es un hecho evidente; que la banca cocina las suyas antes de dar precisas instrucciones al director de El País, también. Pero ¿cómo se cocinan millones de contribuyentes para que mantengan su adhesión inquebrantable a este señor de casino provinciano con el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza?

© Fran Vega, 23 de mayo de 2016

Sin novedades

20160512 · Presupuesto electoral

Para situarnos un poquito: resulta que estos señores que tan alegremente deciden sobre nuestras vidas y recortan presupuestos cada vez que desde Bruselas se les llama la atención, son incapaces de ponerse de acuerdo para reducir el gasto de la campaña electoral que, naturalmente, financiaremos entre todos. Cada uno quiere sus papelitos, sus folletos y sus banderolas y ninguno está dispuesto a que sus siglas y sus rancias fotografías desaparezcan de calles y buzones.
Hubiera sido razonable que después de haber estado seis meses sin nada que hacer afrontaran la situación con un poco más de perspectiva y humildad y dijeran: «Miren, ya que hemos sido incapaces de hacer nuestro trabajo, vamos a repetir las elecciones, pero de modo que les salga baratito. Disculpen las molestias».
No es nada que sorprenda, pero conviene recordarlo para que luego no cause alarma descubrir sus abundantes ineptitudes y sus ineficaces gestiones. Con tipos incapaces de renunciar a unas cuantas octavillas no podemos ir a ningún lado.

© Fran Vega, 12 de mayo de 2016

Esa persona de la que usted me habla

Sáenz de Santamaría y Soria

Tenemos un patriota menos en las filas del gobierno y uno más en el sector de “esas personas de las que usted me habla”, que es como el presidente en funciones suele referirse a quienes en algún momento fueron de su máxima confianza y hoy hacen fila en la puerta del juzgado.
La estrepitosa caída del imaginativo ministro que estableció un impuesto al Sol reaviva en las tropas populares la operación Menina, es decir, la operación Soraya. Tan abrasado está Rajoy que ya ni los suyos creen que pueda salvarse de las cenizas, por lo que impulsarían a SSS como candidata popular en unas hipotéticas elecciones con la esperanza de que su condición femenina y su, hasta el momento, limpia trayectoria robara votos a socialdemócratas, podemitas y ciudadanitas.
Pero hay que esperar, porque tal vez un acuerdo de última hora coloque a Soraya en la Moncloa sin necesidad de pasar por las urnas: Pedro Sánchez dijo que nunca apoyaría a Rajoy, pero nada dijo de la Menina.
Que la fiesta continúe.

© Fran Vega, 18 de abril de 2016

Cosas de estos chicos

Rajoy, Sánchez, Rivera, Iglesias

Que dicen estos chicos que no pactan, que lo de pactar es estupendo, pero que eso nunca ha sido tradición en nuestro país y que aquí lo que nos va es liarnos a gorrazos en la calle para mantener las esencias patrias.
Y que dicen los de la izquierda que están muy ocupados devorándose entre ellos, que por algo han sido siempre cainitas y caníbales, pero que los de la derecha lo tienen peor, porque están de escombros y basura offshore hasta las cejas y que con ellos no se puede ir ni a la tasca de enfrente a formar coaliciones ante el mostrador.
Y que dicen los chicos de Bruselas, del Banco Central Europeo y del FMI que se pongan de acuerdo ya, que dice la chica de Berlín que hay recortes urgentes que aplicar y que lo que hemos visto hasta ahora va a parecer una tarde en Disneylandia. Así que dicen nuestros chicos que a ver quién se come ese marrón.
Y que dice Mariano, ese hombre permanentemente en funciones, que «aquí os quería ver yo, bah… ¡aficionados!».
Y que dicen los del Ibex-35 que qué hay de lo mío.

© Fran Vega, 10 de abril de 2016

Beneficios del buen desgobierno

Un tipo intrascendente
· Ucronías ·
Fran Vega
Beneficios del buen desgobierno

Ese hombre de lánguida mirada y triste caminar que a veces ustedes ven en los informativos mientras oculta la prensa deportiva bajo el brazo y la quiniela en el bolsillo interior de la americana es el presidente del gobierno en funciones. Desde que en otoño convocó las elecciones del 20 de diciembre está así, en este plan gandul y remolón, contemplando cómo los gallos se enfrentan en el corral mientras él lanza volutas de humo por encima de las gafas. Un hombre en funciones, una especie de la serie B que la política nos ha proporcionado. Un tipo intrascendente.
Tal vez mientras observan su absurda realidad hayan caído en la cuenta de que pertenecemos a una generación privilegiada, estratosférica y homérica, que está viviendo un acontecimiento sin precedentes en la historia de esta España nuestra: llevamos más de cien días sin gobierno. No tenemos quien nos represente, las reuniones internacionales de primeros ministros nos importan un comino y aquí ya no se mueve un folio ni una firma hasta que el rey no bendiga al nuevo presidente. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, disfrutemos.
Podría parecer que el país está paralizado, que las fábricas han dejado de producir aparatos insensatos o que las gentes han dejado de adquirir cosas que no utilizarán. Pero no. Siguen sonando los despertadores, la chavalería acude a sus clases y la liga de fútbol continúa su curso. No sé qué más puede pedirse a un estado sin gobierno.
Sin embargo, la gran ventaja de la prolongación de este juego de trileros en que se han convertido las negociaciones consiste en que nadie puede robar un euro de partidas presupuestarias inexistentes. Sin gobierno, no hay firma; sin firma, no hay presupuesto; y sin presupuesto, no hay hurto ni soborno. De modo que mientras que todos los ladronzuelos y pillastres que nos gobiernan se mantengan en funciones tendremos un oasis de honradez que generaciones enteras querrán ver alguna vez.
Más beneficios: no hay declaraciones a la prensa. Durante este tiempo de parálisis, solo Mariano se ha atrevido con algunas de sus incomprensibles frases, pero desde la vicepresidenta al último subsecretario se observa un silencio que solo es interrumpido de vez en cuando por ese personaje que custodia la cartera de Interior debidamente respaldado por su ángel de la guarda. Ningún responsable del gobierno en funciones se la quiere jugar, no vaya a ser que en una de esas carambolas que la política produce acaben con algún cargo de importancia en cualquier coalición, por estrambótica que esta sea.
Y finalmente, y no por ello menos trascendente, tampoco hay ideas. Por fin. Todos guardan sus mejores bazas y se limitan a exponer viejos asuntos que ya hemos escuchado demasiadas veces, así que llevamos una agradable temporadita en la que salvo las ocurrencias de los bufones habituales de la corte no tenemos que mostrarnos perplejos ante lo que algún ministro haya pensado entre el primer martini y el último gin-tonic.
Y por lo demás, ¿qué importa este asunto de estar o ser en funciones?, ¿acaso estaríamos mejor con cualquiera de los negociadores instalado en la Moncloa? No creo que debamos preocuparnos. O al menos, no todavía. Se está bien sin nadie al frente. Nos da un poco de rollito ácrata y nos permite pensar que somos un país maduro con las cositas bien claras. Después de todo, ser presidente del gobierno es serlo siempre en función de lo que ordenen la banca, la sacristía y la bolsa. De modo que mientras no podamos elegir a los presidentes de estas tres columnas básicas del estado, cualquiera que ocupe el sillón de presidente lo hará en calidad de provisional y transitorio. Como cualquier tipo intrascendente.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 6 de abril de 2016

Las cuentas del titiritero

Cuentas y cuentos de la presidencia
· Ucronías ·
Fran Vega
Las cuentas del titiritero

A mediados de junio de 2012, nuestro deprimido y deprimente presidente del gobierno tuvo el detalle de informarnos de que el reino al que tan complacidamente pertenecemos había pedido una pequeña ayuda al imperio germánico al que nos sometemos: 100 000 millones de euros que servirían para aliviar un poco las maltrechas arcas estatales y animar esos brotes verdes que ya se divisaban en el horizonte.
Y nos lo dijo contento, animadillo, alentándonos al sacrificio por el bien de la patria y de la reducción del déficit. Cierto es que habría que recortar un poquito por aquí y por allá, pero ¿qué importancia podía tener eso ante el halagüeño futuro que se nos ofrecía en boca de nuestro estadista-registrador?
Se presentó en directo una mañana de domingo, con la corbata nueva y recién peinado, para decirnos: «Miren ustedes, he pedido una ayuda que no es un rescate, nadie va a notar nada porque no es lo que parece y a partir de ahora y durante muchos años pagaremos una deuda para que en Alemania estén contentos y yo siga siendo presidente. Jódanse, buena gente».
Reconozcámoslo: ¿quién se hubiera atrevido a semejante desparpajo, valentía y sinceridad? Nadie. Ni Napoleón, ni Bismarck, ni Churchill, ni Roosevelt, ni Adenauer Nadie. Al menos Churchill tuvo aquel ramalazo épico cuando asumió el gobierno una vez comenzada la segunda guerra mundial: «Solo puedo ofrecer tiempos de privaciones, sudor y lágrimas. Lucharemos en las playas. Lucharemos en los campos y en las calles. Iremos hasta el final. No nos rendiremos jamás».
Pero Mariano se fue al fútbol. Sí, al fútbol, porque esa tarde la selección española jugaba algún campeonato en algún lugar de Europa. Y ya está. Mientras tanto, el sudor y las lágrimas siguieron corriendo por el rostro de millones de ciudadanos y nuestros egregios dirigentes se dedicaron a hacer lo que mejor saben: leer la prensa deportiva y atender en cuanto pueden al ángel de la guarda.
Una legislatura después, después de toda una legislatura de recortes, abusos y privaciones sin cuento y sin fin, las cuentas del reino están aún mucho peor que aquel domingo en el que Mariano jaleaba las cabalgadas de los chicos nacionales sobre el césped. Tenemos menos y debemos más: ¿es posible? Es perfectamente posible, porque en el universo marianesco todo es posible. Todo.
Durante este largo y aburrido marianato, la deuda pública ha aumentado en 326 000 millones de euros, de modo que a día de hoy debemos la bonita suma de 1,069 billones de euros, es decir, el 100 % del PIB. Sumen a esto unos langostinos de Rodrigo Rato y un par de copas de Rita Barberá y comprenderán fácilmente que la cifra es escandalosa. Se trata del mayor incremento del déficit público en una sola legislatura, con el agravante de que ha sido la legislatura en la que mayores recortes se han aplicado en todos los departamentos ministeriales.
Las causas de este crecimiento de la deuda en tan solo cuatro años son complejas de explicar, pero no son ajenas al «no rescate» de 2012, al monumental endeudamiento de ayuntamientos y comunidades autónomas, al «sí rescate» de las entidades financieras y, según el gobierno, a la manita que ha habido que echar a países como Grecia, Irlanda o Portugal.
Para que lo entendamos bien y claro: hemos trabajado más y hemos cobrado menos para pagar una deuda, pero resulta que la deuda sigue creciendo y nosotros seguimos sin poder cambiar la tapicería del sofá.
¿Y por qué, si nosotros hemos gastado menos porque teníamos menos para gastar y la administración también ha gastado menos porque recortaron sus presupuestos, debemos más que cuando gastábamos más? Pues por dos razones que les explico en un periquete para no extenderme y correr el riesgo de que se me vayan a otra pantalla.
Por un lado, porque la política de austeridad propugnada por el eje financiero del mal no va a ningún lado. No sirve. No funciona. Se trata de que el gasto tenga una distribución acorde con las necesidades de quien gasta y de que la administración esté regida por cráneos con capacidad de decisión, no por monigotes de plasma que no saben pronunciar una frase completa sin equivocarse.
Y por otro, se trata de que la crisis anunciada hace casi ocho años no ha existido, no existe y no existirá. Hemos asistido, y asistimos todavía, a un engaño de proporciones hasta ahora desconocidas maquinado e ideado para poner fin a los derechos sociales duramente conquistados y para que la brecha entre ricos y pobres sea ya imposible de cruzar.
Debemos una cantidad de dinero equivalente a todo nuestro PIB. Y se supone que con las medidas económicas del gobierno que acaba de ganar las elecciones no solo íbamos a reducir esa deuda, sino que nos íbamos a convertir en la locomotora de Europa. Pero resulta que estamos más endeudados que antes, más arruinados, más empobrecidos y más envilecidos.
Hay titiriteros que pasan noches en prisión. A otros, sin embargo, habría que aplicarles su propia reforma del código penal no solo por estafa, sino por idiotez: prisión permanente revisable. O no revisable.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 18 de febrero de 2016

Príncipe y mendigo

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez
· Ucronías ·
Fran Vega
Príncipe y mendigo

La novela de Mark Twain publicada en 1881 que narra la historia de dos muchachos de idéntica apariencia —un mendigo que vive con su padre y un príncipe que es hijo del rey de Inglaterra— representa la absurda realidad que contemplamos desde que en vísperas navideñas acudimos a las urnas.
Rajoy, ese amargo cisne negro que la historia nos ha proporcionado, se encuentra en agrias circunstancias de mendicidad sociopolítica que no solo le retratan como presidente y miembro de nuestra misma especie (sic), sino que nos delatan como votantes de presunta inteligencia electoral. Aislado en la caverna monclovita, deambula por pasillos y despachos, repasa la prensa deportiva, envía mensajes por las tardes y espera angustiado la llamada del monarca que le obligue a abandonar sus dependencias. Nadie le quiere. Nadie le escribe. Solo piensan en él para mofarse de sus lapsus y lagunas. Es la imagen perfecta del ostracismo y la exclusión.
A no mucha distancia, y en la misma capital estupefacta, reside el príncipe que un día recibió el manto de la rosa bajo la estricta vigilancia de quienes le habían antecedido: predecesores y ascendientes que todavía le tutelan bajo la amenaza de usurparle sus emblemas mayestáticos. El príncipe Sánchez es un rehén de sí mismo, pues aceptó en su momento una fatídica elección y unas condiciones de contrato que tan solo le permiten decidir lo que en realidad no importa. Es el hombre sin atributos en el reino de Kakania que Robert Musil describió en su novela inacabada (Der Mann ohne Eigenschaften). Y es también el hombre de laboratorio que Mary W. Shelley hubiera querido diseñar para su Frankenstein o el moderno Prometeo.
Príncipe y mendigo protagonizan estos días la más esperpéntica comedia que hubiéramos podido imaginar, pues ambos se arrogan la victoria cuando ellos mismos saben que fueron derrotados por una pizpireta sociedad que aún no tiene claro en qué consiste el arte de gobernar. No se llaman porque no saben qué decirse. Y si se encuentran de chiripa miran cada uno hacia otro lado, como adolescentes en la plaza esperando que un compañero de colegio acuda e interceda.
Y, en efecto, algún miembro del sanedrín que nos gobierna —ese consejo oculto en el que habitan desde el Ibex-35 hasta el Bilderberg de Guindos, desde la FAES de Aznar hasta el yate de González— atenderá la llamada de socorro desde los sótanos de la monarquía —cuyo titular ha visto malograda su temporada de esquí debido a estas trifulcas— y pondrá orden y concierto entre tanta algarabía y tanto caos como afecta a los mercados.
Poco importa si príncipe y mendigo al final hacen las paces y caminan de la mano hacia la investidura en el Congreso. Poco importa si cada uno de ellos busca otros aliados para formar gobiernos multicolores y psicodélicos con los que aguantar en primera fila un par de temporadas más. Importa que en toda trama hay una zona oscura de acceso restringido en la que se escriben los guiones. Y que sus finales son puntualmente ignorados por quienes debieran protagonizarlos.
Respetado mendigo, respetado príncipe: conversen, argumenten, discutan, pacten, decidan. Ustedes tampoco importan.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 31 de enero de 2016

Los gobiernos y el síndrome Benítez

Mariano Rajoy y Florentino Pérez
· Ucronías ·
Fran Vega
Los gobiernos y el síndrome Benítez

Mas y Rajoy deambulaban por los pasillos de sus lánguidos palacios cuando la noticia les llegó en la tarde más fría y lluviosa de los últimos meses: Benítez, ese hombre con apellido de sargento benemérito, había sido despedido como primer espada del club blanco. Y un interrogante bíblico se instaló de repente en los graníticos cerebros de nuestros más ilustres regidores: ¿por qué, Señor, por qué?
Poco o nada entiendo de fútbol, o al menos no todavía, pero dicen quienes saben de colores y balones que a un entrenador lo despiden siempre los jugadores, no los presidentes, pues estos solo ejecutan lo que aquellos deciden en los húmedos vestuarios y manifiestan después con su holganza sobre el césped. De modo que esto y no otra cosa se preguntan los líderes democristianos que todavía nos gobiernan y los dirigentes socialdemócratas que anhelan gobernarnos: si los campeonísimos de Europa han conseguido derrocar a su laureado y afamado jefe, ¿qué será de nosotros si tampoco nos quieren los nuestros?
Mas y Rajoy ganaron las elecciones y Sánchez no las perdió del todo, pues salvó los muebles frente a la hecatombe prevista, pero ahora resulta que ninguno de los tres es bienvenido ni en su propia casa a la hora de los postres. Rajoy es un obstáculo catedralicio para alcanzar acuerdos estables con la oposición y con sus propias filas, Mas lleva meses recibiendo soplamocos y guantazos hasta en el paladar y Sánchez sabe que desde generales a furrieles le siegan la hierba bajo los pies. Qué efímera es la victoria, se dicen entre bastidores los cómicos de la legua.
Sin embargo, cuando comenzó la temporada político-deportiva todos eran claros triunfadores en sus circunscripciones emocionales y hasta el último niñato del barrio quería hacerse una foto con ellos. ¿Qué ha pasado para que en un trimestre se hayan convertido en malolientes y apestados?
No lo saben, porque solo recuerdan que ganaron y que ello les confiere el derecho a resistir cada uno a su manera. Rajoy sueña con ser ahora el abanderado del consenso y el acuerdo, Sánchez se ve a sí mismo como Allende en el palacio de la Moneda y Mas, el mesiánico y letárgico Mas, quisiera pasar a la historia como Companys para que en el futuro sea celebrado con antorchas y esteladas. Pero los tres tienen ya marcado el camino de salida y se asustan ante el abismo del olvido.
Ninguno de estos patéticos candidatos a regentes se plantea renunciar por cortesía, buen gusto y dignidad, ninguno asume que sus días han terminado y que ya no habrá más escenas de sofá, ninguno hace el equipaje y se despide con sosiego y elegancia. Y todos venderían su alma al diablo a cambio de mantener su trasero electo en el sillón omnipresente del poder.
No hay norma ni ley que impida que un político convoque elecciones una y otra vez hasta que resulte claro vencedor y no hay nada que pueda detener esta aburrida situación, lo que aumenta las probabilidades de que quien constitucionalmente está por encima de ellos intervenga, influya, convenza y fuerce la rendición de los más ásperos resistentes. La ley se lo permite, pero el jefe supremo de todas las tropas sabe que en su acción estaría implícito su demérito y que no está la corona para muchas romerías, lo que no impide que los lúgubres aspirantes que hoy transitan todavía por salones y despachos teman el sonido de sus móviles y la inequívoca identidad del reclamante: F6.
Y así como Benítez recibió la llamada de F1 anunciándole su despedida y finiquito, los mercaderes de cláusulas y acuerdos viven sospechando que a F6 también se le acaba la paciencia, ante lo que solo cabe pedirles que emulen al entrenador y no al emperador: recojan sus bártulos en silencio, llamen a un taxi y regresen ordenadamente a sus casas. Viva Benítez.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 7 de enero de 2016