No cabía el ama de contenta conmigo

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: No cabía el ama de contenta conmigo (fotografía: Franco Pinna) / Libro I, Cap. VIb
· Historia de la vida del Buscón, 42 ·
Libro I, Cap. VI. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
No cabía el ama de contenta conmigo
Fotografía: Franco Pinna

Supo, pues, don Diego1 el caso, y enojose conmigo de manera que obligó a los güéspedes (que de risa no se podían valer) a volver por mí.2 Preguntábame don Diego que qué había de decir si me acusaban y me prendía la justicia, a lo cual respondí yo que me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes; y que si no me valiese, diría que como se entraron sin llamar a la puerta como en su casa, que entendí que eran nuestros. Riéronse todos de las disculpas. Dijo don Diego:
—A fe, Pablos, que os hacéis a las armas.
Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso y a mí tan travieso, que el uno exageraba al otro o la virtud o el vicio.
No cabía el ama de contento conmigo, porque éramos dos al mohíno:3 habíamonos conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas, de botas a bolsa,4 que desde entonces hereda no sé qué amor a la sisa este oficio. La carne no guardaba en manos de la ama la orden retórica, porque siempre iba de más a menos; no era nada carnal, antes de puro penitente estaba en los güesos. Y la vez que podía echar cabra u oveja no echaba carnero, y si había güesos, no entraba cosa magra. Era cercenadora5 de porciones como de moneda, y así hacía unas ollas éticas de puro flacas, unos caldos que a estar cuajados se pudieran hacer sartas de cristal de ellos. Las Pascuas, por diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía echar cabos de vela de sebo y así decía que estaban sus ollas gordas por el cabo.6 Y era verdad según me lo parló un pabilo que yo masqué un día. Ella decía, cuando yo estaba delante:
—Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si él no fuese travieso; consérvele vuestra merced, que bien se le puede sufrir el ser bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la plaza trae.

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 volver a mí: defenderme.
3 dos al mohíno: en algunos juegos, conchabarse dos contra uno.
4 Judas, de botas a bolsa: Judas suele ser representado con una bolsa y unas botas.
5 cercenadora: una de las formas de sisar era recortar o limar las monedas para quedarse con el metal cercenado.
6 estar por el cabo: estar bien, perfectamente.
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Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena (fotografía: Toshiteru Yamaji) / Libro I, Cap. 6a
· Historia de la vida del Buscón, 41 ·
Libro I, Cap. VI. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena
Fotografía: Toshiteru Yamaji

Haz como vieres, dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No sé si salí con ello, pero yo aseguro a vuestra merced que hice todas las diligencias posibles.
Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa y a los pollos de la ama que del corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día entraron dos puercos del mejor garbo que vi en mi vida. Yo estaba jugando con los otros criados, y oilos gruñir, y dije al uno:
—Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa.
Fue, y dijo que dos marranos. Yo que lo oí, me enojé tanto que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casa ajena. Y diciendo esto, envásole a cada uno a puerta cerrada la espada por los pechos, y luego los acogotamos. Porque no se oyese el ruido que hacían, todos a la par dábamos grandísimos gritos como que cantábamos y así expiraron en nuestras manos. Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones los medio chamuscamos en el corral, de suerte que cuando vinieron los amos ya estaba todo hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que aún no estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta de prisa, en verdad, que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo que ellas se tenían dentro, y nos las comimos las más como se las traía hechas el cochino en la barriga.

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Hechos amigos y como hermanos

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Hechos amigos y como hermanos (fotografía: Romualdas Rakauskas) / Libro I, Cap. 5g
· Historia de la vida del Buscón, 40 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Hechos amigos y como hermanos
Fotografía: Romualdas Rakauskas

Yo, que veía poco remedio en el negocio y que me iban a echar la garra, fingí que me había dado mal de corazón: agarreme a los palos, hice visajes… Ellos, que sabían el misterio, apretaron conmigo, diciendo:
—¡Gran lástima!
Don Diego me tomó el dedo del corazón1 y, al fin, entre los cinco me levantaron, y al alzar las sábanas fue tanta la risa de todos viendo los recientes no ya palominos2 sino palomos grandes, que se hundía el aposento.
—¡Pobre de él! —decían los bellacos (yo hacía del desmayado)—; tírele vuestra merced mucho de ese dedo del corazón.
Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tiró que me le desconcertó. Los otros trataron de darme un garrote en los muslos, y decían:
—El pobrecito agora sin duda se ensució, cuando le dio el mal.
¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza, descoyuntado un dedo y a peligro de que me diesen garrote! Al fin, de miedo de que me le diesen, que ya me tenían los cordeles en los muslos, hice que había vuelto, y por presto que lo hice, como los bellacos iban con malicia, ya me habían hecho dos dedos de señal en cada pierna. Dejáronme diciendo:
—¡Jesús, y qué flaco sois!
Yo lloraba de enojo, y ellos decían adrede:
—Más va en vuestra salud que en haberos ensuciado. Callá.
Y con esto me pusieron en la cama, después de haberme lavado, y se fueron.
Yo no hacía a solas sino considerar cómo casi era peor lo que había pasado en Alcalá3 en un día que todo lo que me sucedió con Cabra.4 A mediodía me vestí, limpié la sotana lo mejor que pude, lavándola como gualdrapa, y aguardé a mi amo5 que, en llegando, me preguntó cómo estaba. Comieron todos los de la casa y yo, aunque poco y de mala gana. Y después, juntándonos todos a parlar en el corredor, los otros criados, después de darme vaya,6 declararon la burla. Riéronla todos, doblose mi afrenta, y dije entre mí: «Avisón, Pablos, alerta».
Propuse de hacer nueva vida, y con esto, hechos amigos, vivimos de allí adelante todos los de la casa como hermanos, y en las escuelas y patios nadie me inquietó más.

1 dedo del corazón: en la época se creía que existía una relación entre el dedo corazón y el corazón, y que tirando de este dedo se aliviaban los males cardíacos.
2 palominos: manchas de excrementos.
3 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros al este de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
4 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga, pasaje narrado en el capítulo III.
5 amo: el protagonista se refiere a Diego de Zúñiga.
6 dar vaya: burlarse.
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Decían que no se podía estar allí

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Decían que no se podía estar allí (fotografía: Carl Mydans) / Libro I, Cap. 5f
· Historia de la vida del Buscón, 39 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

Decían que no se podía estar allí
Fotografía: Carl Mydans

Acosteme y cubrime y torné a dormir, y como entre sueños me revolcase, cuando desperté halleme proveído y hecho una necesaria.1 Levantáronse todos y yo tomé por achaque2 los azotes para no vestirme. No había diablos que me moviesen de un lado. Estaba confuso, considerando si acaso, con el miedo y la turbación, sin sentirlo, había hecho aquella vileza, o si entre sueños. Al fin, yo me hallaba inocente y culpado y no sabía cómo disculparme.
Los compañeros se llegaron a mí, quejándose y muy disimulados, a preguntarme cómo estaba; yo les dije que muy malo, porque me habían dado muchos azotes. Preguntábales yo que qué podía haber sido, y ellos decían:
—A fe que no se escape, que el matemático3 nos lo dirá. Pero, dejando esto, veamos si estáis herido, que os quejábades mucho.
Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme. En esto, mi amo entró diciendo:
—¿Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son las ocho ¿y estaste en la cama? ¡Levántate enhoramala!
Los otros, por asegurarme, contaron a don Diego el caso todo y pidiéronle que me dejase dormir. Y decía uno:
—Y si vuestra merced no lo cree, levantad, amigo.
Y agarraba de la ropa. Yo la tenía asida con los dientes por no mostrar la caca. Y cuando ellos vieron que no había remedio por aquel camino, dijo uno:
—¡Cuerpo de Dios y cómo hiede!
Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego, tras él, todos comenzaron a mirar si había en el aposento algún servicio.4 Decían que no se podía estar allí. Dijo uno:
—¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!
Miraron las camas y quitáronlas para ver debajo, y dijeron:
—Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasémosle a una de las nuestras y miremos debajo de ella.

1 necesaria: privada, letrina.
2 achaque: excusa.
3 matemático: astrónomo.
4 servicio: orinal.
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El retor tiene la culpa en no poner remedio

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: El retor tiene la culpa en no poner remedio (fotografía: August Sander) / Libro I, Cap. 5e
· Historia de la vida del Buscón, 38 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

El retor tiene la culpa en no poner remedio
Fotografía: August Sander

Pero, cuando comienzan desgracias en uno, parece que nunca se han de acabar, que andan encadenadas y unas traían a otras. Viniéronse a acostar los otros criados y, saludándome todos, me preguntaron si estaba malo y cómo estaba en la cama. Yo les conté el caso y, al punto, como si en ellos no hubiera mal ninguno, se empezaron a santiguar, diciendo:
—No se hiciera entre luteranos. ¿Hay tal maldad?
Otro decía:
—El retor tiene la culpa en no poner remedio. ¿Conocerá los que eran?
Yo respondí que no, y agradeciles la merced que me mostraban hacer. Con esto se acabaron de desnudar, acostáronse, mataron la luz, y dormime yo, que me parecía que estaba con mi padre y mis hermanos.
Debían de ser las doce cuando el uno de ellos me despertó a puros gritos, diciendo:
—¡Ay, que me matan! ¡Ladrones!
Sonaban en su cama, entre estas voces, unos golpazos de látigo. Yo levanté la cabeza y dije:
—¿Qué es eso?
Y apenas la descubrí, cuando con una maroma me asentaron un azote con hijos1 en todas las espaldas. Comencé a quejarme; quíseme levantar; quejábase el otro también; dábanme a mí sólo. Yo comencé a decir:
—¡Justicia de Dios!
Pero menudeaban tanto los azotes sobre mí, que ya no me quedó, por haberme tirado las frazadas abajo, otro remedio sino el de meterme debajo de la cama. Hícelo así, y al punto los tres que dormían empezaron a dar gritos también, y como sonaban los azotes, yo creí que alguno de fuera nos daba a todos. Entre tanto, aquel maldito que estaba junto a mí se pasó a mi cama y proveyó en ella, y cubriola, volviéndose a la suya. Cesaron los azotes y levantáronse con grandes gritos todos cuatro, diciendo:
—¡Es gran bellaquería, y no ha de quedar así!
Yo todavía me estaba debajo de la cama quejándome como perro cogido entre puertas, tan encogido que parecía galgo con calambre. Hicieron los otros que cerraban la puerta, y yo entonces salí de donde estaba y subime a mi cama, preguntando si acaso les habían hecho mal. Todos se quejaban de muerte.

1 azote con hijos: látigo de varios ramales.
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Vi lo que jamás se ha visto en paso

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Vi lo que jamás se ha visto en paso (fotografía: David Seymour, Chim) / Libro I, Cap. 5d
· Historia de la vida del Buscón, 37 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Vi lo que jamás se ha visto en paso
Fotografía: David Seymour (Chim)

Vino mi amo, y como me halló durmiendo y no sabía la asquerosa aventura, enojose y comenzó a darme repelones con tanta prisa, que a dos más, despierto calvo. Levanteme dando voces y quejándome, y él, con más cólera, dijo:
—¿Es buen modo de servir ése, Pablos? Ya es otra vida.
Yo, cuando oí decir «otra vida», entendí que era ya muerto, y dije:
—Bien me anima vuestra merced en mis trabajos. Vea cuál está aquella sotana y manteo, que ha servido de pañizuelo a las mayores narices que se han visto jamás en paso,1 y mire estas costillas.
Y con esto empecé a llorar. Él, viendo mi llanto, creyolo, y buscando la sotana y viéndola, compadeciose de mí y dijo:
—Pablos, abre el ojo que asan carne.2 Mira por ti, que aquí no tienes otro padre ni madre.
Contele todo lo que había pasado y mandome desnudar y llevar a mi aposento, que era donde dormían cuatro criados de los güéspedes de casa. Acosteme y dormí; y con esto, a la noche, después de haber comido y cenado bien, me hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado por mí nada.

1 paso: se refiere a los pasos de Semana Santa, donde salen judíos, a los que se atribuían grandes narices.
2 abre el ojo que asan carne: dicho con el que se avisa a alguien para que esté prevenido.
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Iba ya hecho zufaina

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Iba ya hecho zufaina (fotografía: Eugene Smith) / Libro I, Cap. 5c
· Historia de la vida del Buscón, 36 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Iba ya hecho zufaina
Fotografía: Eugene Smith

Yo estaba cubierto el rostro con la capa, y tan blanco, que todos tiraban a mí, y era de ver cómo tomaban la puntería. Estaba ya nevado de pies a cabeza, pero un bellaco, viéndome cubierto y que no tenía en la cara cosa, arrancó hacia mí diciendo con gran cólera:
—¡Baste, no le deis con el palo!
Que yo, según me trataban, creí de ellos que lo harían. Destapeme por ver lo que era, y al mismo tiempo, el que daba las voces me enclavó un gargajo en los dos ojos. Aquí se han de considerar mis angustias. Levantó la infernal gente una grita que me aturdieron, y yo, según lo que echaron sobre mí de sus estómagos, pensé que por ahorrar de médicos y boticas aguardan nuevos para purgarse. Quisieron tras esto darme de pescozones, pero no había dónde sin llevarse en las manos la mitad del afeite1 de mi negra capa, ya blanca por mis pecados. Dejáronme, y iba hecho zufaina2 de viejo a pura saliva. Fuime a casa, que apenas acerté, y fue ventura el ser de mañana, pues sólo topé dos o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados porque no me tiraron más de cuatro o seis trapajos y luego me dejaron.
Entré en casa, y el morisco que me vio comenzose a reír y a hacer como que quería escupirme. Yo, que temí que lo hiciese, dije:
—Tened, güésped, que no soy Ecce-Homo.3
Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos, dándome sobre los hombros con las pesas que tenía. Con esta ayuda de costa, medio derrengado, subí arriba; y en buscar por dónde asir la sotana y el manteo para quitármelos, se pasó mucho rato. Al fin, le quité y me eché en la cama y colguelo en una azutea.

1 afeite: cosmético con el que se maquillaban las mujeres.
2 zufaina: jofaina, escupidera.
3 Ecce Homo: imagen de Cristo con la corona de espinas y cetro de caña, tal como Pilatos lo enseñó al pueblo judío. Como los judíos escupieron y vejaron a Cristo, le dice Pablos que no le escupa a él, que no es Cristo, por lo que le está tratando como judío.
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Vi que se me aparejaban los gargajos

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Vi que se me aparejaban los gargajos (fotografía: Mark Kauffman) / Libro I, Cap. 5b
· Historia de la vida del Buscón, 35 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Vi que se me aparejaban los gargajos
Fotografía: Mark Kauffman

Y con esto (¡mire vuestra merced qué previlegios!) volaron por la escalera, y al momento nos vestimos nosotros y tomamos el camino para escuelas.1 A mi amo2 apadrináronle unos colegiales conocidos de su padre y entró en su general,3 pero yo, que había de entrar en otro diferente y fui solo, comencé a temblar. Entré en el patio, y no hube metido bien un pie, cuando me encararon y comenzaron a decir: «¡Nuevo!». Yo, por disimular di en reír, como que no hacía caso; mas no bastó, porque llegándose a mí ocho o nueve, comenzaron a reírse. Púseme colorado; nunca Dios lo permitiera, pues al instante se puso uno que estaba a mi lado las manos en las narices y apartándose, dijo:
—Por resucitar está este Lázaro, según olisca.4
Y con esto todos se apartaron tapándose las narices. Yo, que me pensé escapar, puse las manos también y dije:
—Vuestras mercedes tienen razón, que huele muy mal.
Dioles mucha risa y, apartándose, ya estaban juntos hasta ciento. Comenzaron a escarrar5 y tocar al arma y en las toses y abrir y cerrar de las bocas, vi que se me aparejaban gargajos. En esto, un manchegazo acatarrado hízome alarde de uno terrible, diciendo:
—Esto hago.
Yo entonces, que me vi perdido, dije:
—¡Juro a Dios que ma…!
Iba a decir te, pero fue tal la batería y lluvia que cayó sobre mí, que no pude acabar la razón.

1 escuelas: lugar donde se encontraban las aulas de la universidad.
2 amo: se refiere a Diego de Zúñiga.
3 general: aula abierta y común a todos los estudiantes.
4 oliscar: oler mal.
5 escarrar: carraspear para preparar las flemas que se van a escupir.
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No tiene buena condición quien tiene mala ley

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: No tiene buena condición quien tiene mala ley / Libro I, Cap. 5a
· Historia de la vida del Buscón, 34 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

No tiene buena condición quien tiene mala ley

Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago,1 patio de estudiantes donde hay muchos juntos, aunque esta teníamos entre tres moradores diferentes no más. Era el dueño y güésped de los que creen en Dios por cortesía o sobre falso; moriscos2 los llaman en el pueblo. Recibiome, pues, el güésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento. Ni sé si lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto o por ser natural suyo de ellos, que no es mucho que tenga mala condición quien no tiene buena ley. Pusimos nuestro hatillo, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos aquella noche.
Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los estudiantes de la posada a pedir la patente3 a mi amo.4 Él, que no sabía lo que era, preguntome que qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media cabeza fuera, que parecía tortuga. Pidieron dos docenas de reales; diéronselos y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo:
—¡Viva el compañero y sea admitido en nuestra amistad! Goce de las preeminencias de antiguo. Pueda tener sarna, andar manchado y padecer la hambre que todos.

1 puerta de Santiago: llamada también postigo de los Judíos, formaba parte del recinto amurallado de Alcalá de Henares tras su ampliación a mediados del siglo XV.
2 moriscos: musulmanes convertidos al cristianismo tras el final de la reconquista y que fueron expulsados de la península entre 1609 y 1613, es decir, unos quince años antes de que Quevedo escribiera Historia de la vida del Buscón.
3 patente: dinero que los novatos pagaban a los veteranos.
4 amo: Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
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Echose un poco de vino y llegamos al mesón

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Echose un poco de vino y llegamos al mesón (fotografía: Bill Perlmutter) / Libro I, Cap. 4i
· Historia de la vida del Buscón, 33 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Echose un poco de vino y llegamos al mesón
Fotografía: Bill Perlmutter

Quedamos asustados con el gasto. Almorzamos un bocado, y el viejo tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con nadie, desatolas a oscuras debajo del gabán, y agarrando un yesón echósele en la boca y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los perdiera. Comenzó a escupir y hacer gestos de asco y de dolor; llegamos todos a él, y el cura el primero, diciéndole que qué tenía. Empezose a ofrecer a Satanás; dejó caer las alforjas; llegose a él el estudiante, y dijo:
¡Arriedro vayas, cata la cruz!1
Otro abrió un breviario; hiciéronle creer que estaba endemoniado, hasta que él mismo dijo lo que era, y pidió que le dejasen enjuagar la boca con un poco de vino, que él traía bota. Dejáronle y, sacándola, abriola; y echando en un vaso un poco de vino, salió con la lana y estopa un vino salvaje, tan barbado y velloso que no se podía beber ni colar. Entonces acabó de perder la paciencia el viejo, pero viendo las descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien el callar y subir en el carro con los rufianes y las mujeres. Los estudiantes y el cura se ensartaron en dos borricos, y nosotros nos subimos en el coche; y no bien comenzó a caminar cuando unos y otros nos comenzaron a dar vaya,2 declarando la burla. El ventero decía:
—Señor nuevo, a pocas estrenas3 como ésta, envejecerá.
El cura decía:
—Sacerdote soy; allá se lo diré de misas.4
Y el estudiante maldito voceaba:
—Señor primo, otra vez rásquese cuando le coman y no después.
El otro decía:
—Sarna de vuestra merced, señor don Diego.
Nosotros dimos en no hacer caso; Dios sabe cuán corridos íbamos. Con estas y otras cosas, llegamos a la villa; apeámonos en un mesón, y en todo el día, que llegamos a las nueve, acabamos de contar la cena pasada, y nunca pudimos en limpio sacar el gasto.

1 arriedro vayas, cata la cruz: conjuros para ahuyentar al diablo o espantar a alguien, pues tratan al viejo como si estuviera endemoniado.
2 dar vaya: burlarse.
3 estrena: primer acto con el que algo comienza.
4 decir de misas: expresión irónica para excusarse de pagar lo que se debe.
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«Llegó la hora de caminar y despertaron todos»
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Llegó la hora de caminar y despertaron todos

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Llegó la hora de caminar y despertaron todos (fotografía: Russell Lee) / Libro I, Cap. 4h
· Historia de la vida del Buscón, 32 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Llegó la hora de caminar y despertaron todos
Fotografía: Russell Lee

Con esto, se llegó y sacó al pobre viejo, que dormía, de debajo de los pies unas alforjas, y desenvolviéndolas halló una caja, y como si fuera de guerra,1 hizo gente. Llegáronse todos, y abriéndola, vio ser de alcorzas.2 Sacó todas cuantas había y en su lugar puso piedras, palos y lo que halló, y encima dos o tres yesones y un tarazón3 de teja. Cerró la caja y púsola donde estaba, y dijo:
—Pues aún no basta, que bota tiene el viejo.
Sacola el vino y desenfundando una almohada de nuestro coche, después de haber echado un poco de vino debajo, se la llenó de lana y estopa, y la cerró. Con esto, se fueron todos a acostar para una hora que quedaba o media, y el estudiante lo puso todo en las alforjas, y en la capilla4 del gabán le echó una gran piedra, y fuese a dormir.
Llegó la hora de caminar; despertaron todos, y el viejo todavía dormía. Llamáronle, y al levantarse, no podía levantar la capilla del gabán. Miró lo que era, y el mesonero adrede le riñó, diciendo:
—Cuerpo de Dios, ¿no halló otra cosa que llevarse, padre, sino esa piedra? ¿Qué les parece a vuestras mercedes, si yo no lo hubiera visto? Cosa es que estimo en más de cien ducados, porque es contra el dolor de estómago.5
Juraba y perjuraba diciendo que no había metido él tal en la capilla.
Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de cena sólo treinta reales, que no entendiera Juan de Leganés6 la suma. Decían los estudiantes:
—No pide más un ochavo.
Y respondió un rufián:
—No, sino burlárase con este caballero delante de nosotros; aunque ventero, sabe lo que ha de hacer. Déjese vuestra merced gobernar, que en mano está…7
Y tosiendo, cogió el dinero, contolo y, sobrando del que sacó mi amo cuatro reales, los asió, diciendo:
—Estos le daré de posada, que a estos pícaros con cuatro reales se les tapa la boca.

1 caja de guerra: tambores militares con los que los reclutadores atraían a la gente, es decir, hacían gente.
2 alcorza: pasta de azúcar y almidón utilizada en repostería.
3 tarazón: pedazo.
4 capilla: capucha del gabán.
5 contra el dolor de estómago: a las piedras preciosas se les atribuían virtudes contra algunas enfermedades y dolencias, aunque en este caso se trata de una broma del mesonero.
6 Juan de Leganés: bobo o bufón muy conocido en la época de Quevedo.
7 en mano está…: referencia al refrán «en mano está el pandero que lo sabrán bien tañer».
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«No cene mucho, que le hará mal»
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No cene mucho, que le hará mal

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: No cene mucho, que le hará mal (fotografía: Russell Lee) / Libro I, Cap. 4g
· Historia de la vida del Buscón, 31 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
No cene mucho, que le hará mal
Fotografía: Russell Lee

Decían los rufianes:
—No cene mucho, señor, que le hará mal.
Y replicaba el maldito estudiante:
—Y más que es menester hacerse a comer poco para la vida de Alcalá.1
Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les pusiese en corazón que dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo y que el cura repasaba los huesos de los otros, volvió el un rufián y dijo:
—Oh, pecador de mí, no habemos dejado nada a los criados. Vengan aquí vuestras mercedes. Ah, señor güésped, déles todo lo que hubiere; vea aquí un doblón.
Tan presto saltó el descomulgado pariente de mi amo (digo el estudiantón) y dijo:
—Aunque vuestra merced me perdone, señor hidalgo, debe de saber poco de cortesía. ¿Conoce, por dicha, a mi señor primo? Él dará a sus criados, y aun a los nuestros si los tuviéramos, como nos ha dado a nosotros.
Y volviéndose a don Diego,2 que estaba pasmado, dijo:
—No se enoje vuestra merced, que no le conocían.
Maldiciones le eché cuando vi tan gran disimulación que no pensé acabar.
Levantaron las mesas y todos dijeron a don Diego que se acostase. Él quería pagar la cena y replicáronle que no lo hiciese, que a la mañana habría lugar. Estuviéronse un rato parlando; pregúntole su nombre al estudiante, y él dijo que se llamaba tal Coronel. (En los infiernos descanse, dondequiera que está). Vio al avariento que dormía, y dijo:
—¿Vuestra merced quiere reír? Pues hagamos alguna burla a este mal viejo, que no ha comido sino un pero en todo el camino, y es riquísimo.
Los rufianes dijeron:
—Bien haya el licenciado; hágalo, que es razón.

1 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
2 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
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Y diciendo esto sepultó un panecillo

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Y diciendo esto sepultó un panecillo (fotografía: Willy Ronis) / Libro I, Cap. 4f
· Historia de la vida del Buscón, 30 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Y diciendo esto sepultó un panecillo
Fotografía: Willy Ronis

Llegó un rufián y puso asientos para todos y una silla para don Diego,1 y el otro trujo un plato. Los estudiantes dijeron:
—Cene vuestra merced, que, entre tanto que a nosotros nos aderezan lo que hubiere, le serviremos a la mesa.
—¡Jesús! —dijo don Diego—, vuestras mercedes se sienten, si son servidos.
Y a esto respondieron los rufianes (no hablando con ellos):
—Luego, mi señor, que aún no está todo a punto.
Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que se convidaban, afligime y temí lo que sucedió. Porque los estudiantes tomaron la ensalada, que era un razonable plato, y mirando a mi amo, dijeron:
—No es razón que donde está un caballero tan principal se queden estas damas sin comer. Mande vuestra merced que alcancen un bocado.
Él, haciendo del galán, convidolas. Sentáronse, y entre los dos estudiantes y ellas no dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el cual se comió don Diego. Y al dársele, aquel maldito estudiante le dijo:
—Un abuelo tuvo vuestra merced, tío de mi padre, que jamás comió lechugas,2 y son malas para la memoria, y más de noche, y éstas no son tan buenas.
Y diciendo esto sepultó un panecillo, y el otro, otro. Pues ¿las mujeres? Ya daban cuenta de un pan, y el que más comía era el cura, con el mirar sólo. Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas de tocino y un par de palomas cocidas, y dijeron:
—Pues padre, ¿ahí se está? Llegue y alcance, que mi señor don Diego nos hace merced a todos. ¡Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera!
No bien se lo dijeron, cuando se sentó. Ya, cuando vio mi amo que todos se le habían encajado, comenzose a afligir. Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no sé qué huesos y alones diciendo que «del cabrito el huesecito y del ave el aloncito» y que el refrán lo decía. Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo demás se engulleron el cura y los otros.

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 lechugas: en la época de Quevedo se consideraba que comer lechugas reducía el apetito sexual.
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Puso los manteles oliéndose la estafa

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Puso los manteles oliéndose la estafa (fotografía: Mario Cattaneo) / Libro I, Cap. 4e
· Historia de la vida del Buscón, 29 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Puso los manteles oliéndose la estafa
Fotografía: Mario Cattaneo

Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de la venta. Dijo una de las mujeres:
—¡Qué buen talle de caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es vuestra merced su criado?
Yo respondí, creyendo que era así como lo decían, que yo y el otro lo éramos. Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno de los estudiantes se llegó a él medio llorando, y dándole un abrazo apretadísimo, dijo:
—Oh, mi señor don Diego, ¿quién me dijera a mí, agora diez años, que había de ver yo a vuestra merced desta manera? ¡Desdichado de mí, que estoy tal que no me conocerá vuestra merced!
Él se quedó admirado, y yo también, que juráramos entrambos no haberle visto en nuestra vida. El otro compañero andaba mirando a don Diego a la cara, y dijo a su amigo:
—¿Es este señor de cuyo padre me dijistes vos tantas cosas? ¡Gran dicha ha sido nuestra conocelle según está de grande! ¡Dios le guarde!
Y empezó a santiguarse. ¿Quién no creyera que se habían criado con nosotros? Don Diego se le ofreció mucho, y preguntándole su nombre, salió el ventero y puso los manteles, y oliendo la estafa, dijo:
—Dejen eso, que después de cenar se hablará, que se enfría.

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Tú en Moncloa y yo en Eslovenia

Ucronías: Tú en Moncloa y yo en Eslovenia (fotografía: Antonio Lemus)
· Ucronías ·
Fran Vega
Tú en Moncloa y yo en Eslovenia
Fotografía: Antonio Lemus

Entre tantos tumultos y alborotos como últimamente contemplamos, no son menores los que anidan en los cráneos turbulentos de quienes dirigen los destinos y gobiernos, pues de ellos depende en buena parte lo que sucede y lo que ocurra en los tiempos inmediatos y comprender lo que se aloja en sus cerebros puede ser también un modo de obtener la razón que no nos proporcionan.
El presidente del artefacto nacional, Mariano Rajoy, se encuentra por fin en el momento más dulce de su trayectoria, animado por los que hasta ayer eran sus afables enemigos, apoyado por dirigentes europeos cuyos nombres no pronuncia ni recuerda y a punto de convertirse, tal vez, en el bizarro caballero de casino y cafetín que supo derrotar la algarada sediciosa y en el nuevo forjador de la España indivisible y sacrosanta. En su cabeza habitan los Borbones y los Austrias que en su momento batallaron en conflictos paralelos y en sus sueños aparecen los escritos de Quevedo contra el fuero de los temosos catalanes, como desfilan en sus noches de vigilia los abrazos de Espartero para apaciguar a los carlistas y hasta los espadones de Narváez y el caballo de Pavía para poner fin a tanta confusión como vislumbra.
Por primera vez en su lánguido cerebro se ha instalado un sueño del que no está dispuesto a desprenderse porque así lo quieran mediadores y terciarios, sino porque obtenga a cambio el histórico reconocimiento de que fue él quien contuvo con sus manos el mortífero veneno del reptil secesionista. Y tan iluminado se encuentra que pasea los domingos por las salas monclovitas repitiendo en voz alta y en pijama los grandes objetivos que sin duda nos aguardan si seguimos su camino y salvamos la unidad y la grandeza de la patria.
Piensa también el presidente qué respuesta ha de dar a su contrario, que en un gesto de osadía que le cuesta comprender le ha servido un reto envenenado que puede encumbrarle hasta el panteón en el que aguardan sus admirados personajes, pero que también puede cubrirle de miseria y enterrarle para siempre en el lodazal más olvidado de la historia. Y sabe Rajoy que un registrador de la propiedad como Dios manda no puede acobardarse ni rendirse, sino presentar contienda frente a gentes tan soberbias y luchar a la romana hasta que la sangre corra y los tunantes caigan.
No es Carles Puigdemont, el presidente del artefacto catalán, un oponente de brazo fácil y ataque breve, pues hay sitio también en su cabeza para los sueños que llegaron concedidos mediante raras carambolas que convirtieron un periodista de provincias en un altivo cortesano con afición por entablar fiera y desigual batalla. Porque así como en la Moncloa rigen los héroes titánicos de todas las Españas, en la Generalitat se encuentran los escudos y las armas de cuantos condes y honorables elevaron los territorios catalanes a categorías envidiadas por castellanos y gallegos y por aragoneses y franceses, que vieron a lo largo de los siglos cómo aquellas comarcas fronterizas se erigían en influencias y dineros por encima de las suyas y cómo hoy capitanean la anhelada rebelión, la ilusión incandescente de todo súbdito ciudadano frente al poder establecido.
Se despierta a veces el presidente catalán en su residencia gerundense repitiéndose a sí mismo las palabras de Companys y viéndose heredero y vengador de los oprobios cometidos, tratando de recordar también algún discurso de Macià y ensalzando una vez más los valores convergentes del acaudalado pujolismo con los que un día pasó de ignorado cronista a regidor de la ciudad hasta alcanzar sin esperarla su codiciada condición, no otros que los propios de la democracia cristiana —si alguna vez esta tuvo algunos— que también abraza su enemigo en la Moncloa. Pero frente a este advenedizo que no distingue un escudo de un pendón, Puigdemont esgrime en sus silencios a los condes medievales y a la corona de Aragón, a los reyes victoriosos frente a todo tipo de raleas y a aquellos que en tiempos memorables obligaron a emperadores y monarcas a acatar sus fueros para que nunca fueren otros, hasta que aquel antepasado del Borbón de nuestros tiempos, de nombre también Felipe, estableció una nueva planta para que en ella no cupieran otras leyes, otro idioma ni otra tradición.
No le cuesta mucho a este hombre de insulsa trayectoria viajar desde las históricas derrotas al reciente ejemplo de Eslovenia que le gusta recordar, pues aquellos antiguos yugoslavos supieron deshacerse de la hegemonía de Belgrado ejerciendo también la rebelión y asumiendo la protesta frente a quienes no querían atender su manumisión e independencia. Tal vez no tenga en cuenta el presidente, por ignorancia u omisión, que Eslovenia tuvo que aportar ataúdes a la causa, que su adversario no contaba con adeptos de postín y que le echaron una mano indispensable quienes entonces dirigían el artefacto occidental.
De modo que entre Wifredo el Velloso, fundador de la casa condal barcelonesa y medieval, y Milan Kučan, el primer presidente de la Eslovenia independiente, tiene el honorable en Barcelona mil años que le observan y una deuda con la historia que ha de resolver, pues ha de incorporarse también de homéricas maneras a la lista de próceres insignes que un día enaltecieron a sus pueblos prometiendo glorias y grandezas mediante herramientas muy antiguas y de sencilla aplicación, como son las que devienen de las banderas y las tierras y las que se proyectan sobre patrimonios y derechos a los que nadie puede renunciar. Y como su oponente, pero en realidad compañero de aventura y cómplice en ardides, pretensiones y objetivos, no está dispuesto a abandonar su valiosa posición por muchas leyes y uniformes que le inviten a ceder, salvo que su honor y su memoria queden para siempre con símbolos de oro en los augustos corredores de la Generalitat.
Comparten tantas cosas estos tipos de grises recorridos y presidentes de conservadores artefactos que no habrá de inundarnos la sorpresa ni la alarma si un día los vemos pasear juntos en un parque, sentarse a dar de comer a las palomas y recordar entre risotadas y partidos de petanca los tiempos en que discutían y reñían mientras sus gentes se enzarzaban en peleas en las calles y empuñaban cacerolas y banderas como si representaran algún modelo de buscada identidad. Porque estos dos hombres, aspirantes a héroes inmunes en sus respectivos escenarios, no están solos.

Ucronías: Tú en Moncloa y yo en Eslovenia (fotografía: Ed Nofri)
Fotografía: Ed Nofri

El muy liberal democristiano Mariano Rajoy tiene desde siempre el pescuezo tutelado por las huestes delictivas surgidas de la noche de los tiempos cuya primera y triste urgencia es la de ocultar, enterrar y disolver cuantos restos, pruebas, testimonios y vestigios queden de su profunda y enquistada corrupción, para lo que precisa con angustia un éxito en cualquier negociado o ministerio, qué mejor si se produce ante el riesgo de ruptura de las hispánicas amarras. Por su parte, el muy liberal democristiano Carles Puigdemont se debe a una confederación de malhechores cuyas manos saquearon hasta los últimos baúles y cuyo expediente no mejora ante el de sus antiguos socios madrileños, por lo que ha de encontrar también una adecuada vestidura que sirva de mortaja para sepultar tantas fechorías como sin duda han sido cometidas.
Y los dos dirigentes, tan incoloros e inodoros cada uno en su artefacto, viven entre las inquietas sombras y las holgadas influencias de sus funestos antecesores y mentores, pues fueron aupados por la guerra muy ficticia en desiertos muy lejanos inventada por Aznar en la Azores, en un caso, y por las muy severas corruptelas de Artur Mas ejercidas mediante porcentajes y coacciones a sus propios gobernados, en el otro. Así que los dos presidentes de estas andanadas necesitan desterrar por razones similares a quienes les dieron en su día mando, trono, altar y reino, pues de ello dependerá que sean también venerados y ensalzados y, en última instancia, recordados y admirados.
Tiene el gallego Rajoy su arcaica corte de inversores heredera de las grandes fortunas de otros tiempos que hoy habitan en el Ibex-35 y en luminosas oficinas de los barrios más lujosos de Madrid, aunque en sus sótanos se siguen practicando punibles maniobras que conducen cada año a sus mejores ejercicios en correcta proporcionalidad con el empobrecimiento general. Y tiene el catalán Puigdemont el manilargo Cercle d’Economia, que no es sino un consorcio misacantano y liberal cuyo cometido es mantener por cualquier medio los privilegios de la burguesía catalana mientras el populacho se ilusiona cuando hay que ir a votar. Y es sabido y conocido que ni el Ibex-35 ni el Cercle d’Economia pueden aprobar, bendecir y respaldar cualquier operación que implique el riesgo de un solo euro de sus arcas, por más que en el pasado hayan mimado y financiado a quienes ahora organizan y defienden el procesismo y la ruptura. Una cosa es la poética de la rebeldía y otra muy distinta los dineros, como hasta el último concejal del último distrito sabe desde el primer minuto en su electo y distinguido cargo.
Estos dos caballeros mandarines de lánguido discurso y aburrido proceder tienen también entre sus filas a quienes conservan las esencias y recuerdan la ortodoxia siempre que hay peligro de cometer algún desliz o de comportarse simplemente con decoro y dignidad. Si en Madrid la FAES pasa lista cada lunes para que nadie se desvíe de los objetivos primordiales, no otros que los dictados por la desvergüenza liberal, en Cataluña son la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural quienes forman las escuadras protectoras de cualquier gobierno que se adhiera a sus muy nacionalistas postulados y sin las cuales no podría comprenderse el esperpéntico protagonismo de Puigdemont y Forcadell. Y constatemos, hasta donde la memoria nos alcanza, que nunca se han presentado a unos comicios estas formaciones que despiertan a dragones y espantajos con sus himnos y banderas, que alientan y administran en las calles lo que ahora llaman emociones y que con la misma inconveniencia nos embarcan en conflictos fraudulentos o deciden en silencio quién se libra de la soga y quién perece al intentarlo.
Atesoran también estos dirigentes de maquinarias y artefactos un amplio repertorio de deudas y aranceles que les procuran vergonzosas servidumbres de las que ninguno se puede liberar, pues de ellos depende al mismo tiempo su propia obstinación. Guarda Rajoy en su carpeta de asistencias y favores los llegados de quienes le apoyan en los presupuestos estatales con la esperanza de tener un día un nuevo polideportivo en su ciudad y los de quienes se identifican de vez en cuando con sus fortuitas ocurrencias, desde los ciudadanistas de Rivera —ese chico desnortado que aún no ha podido distinguir un consejo de ministros de un martini dominguero— a los socialdemócratas de Sánchez —ese hombre giróscopo y flotante a quien esperan cada tarde en las esquinas con los cuchillos levantados—, acreedores todos ellos con la libranza asegurada por el lascivo crédito otorgado.
Por su parte, Puigdemont conserva completos anaqueles con las fianzas recibidas de los regimientos convergentes que le acunan cada día y las no menos importantes concedidas por los republicanos de Junqueras, acostumbrado como está al intercambio de agasajos y atenciones en las sacristías catalanas y el palacio episcopal. Y, por supuesto, tiene el honorable presidente una formidable deuda que pagar a las conmovedoras filas de la CUP, que en su temeraria ingenuidad pensaron que tan solo por apoyar la exigua minoría procesista los democristianos pondrían en sus manos la república catalana trabajadora y popular.
Pero a la vez que se confirman y cotejan las enormes y costosas deudas de estos inauditos dirigentes —que no impiden las traiciones soterradas y los engaños discontinuos—, observamos también los certeros silencios perpetrados durante el desarrollo procesista, pues nadie alcanza a creer que el ejército se mantenga en mutismo sepulcral, apenas roto por algún alférez despistado, y que las grandes entidades catalanas no decidieran migrar hasta el último momento para desfilar juntas en cayucos de oro por la Diagonal no solo en busca de su protección política y bursátil, sino de una puesta en escena organizada tiempo atrás. Y todo junto invita a suponer que el verano fue promiscuo en reuniones y corrillos en los que fueron proclamados juramentos y convenios.
Y así como rigen los asuntos y se instituyen los principios nacionales y las afrentas colectivas, los dos presidentes de nuestros más famosos artefactos se encuentran hoy hundidos y ofendidos en un grotesco barrizal para darse cuenta y ser conscientes del ínfimo papel que ambos representan, pero también para no cejar en el empeño de ser heroicos paladines y adalides en sus respectivos escenarios y no abandonar la frívola ilusión de situarse por hechos y derechos en los primeros puestos de la historia.

Volvamos a Eslovenia, el territorio balcánico y costero con el que sueña en ocasiones el presidente catalán, porque Milan Kučan aprendió en 1991 que en política eres quien eres si los demás quieren que lo seas. El gobierno de Liubliana desoyó las advertencias de Belgrado, convocó un referéndum, lo ganó, declaró la independencia y el ejército yugoslavo atacó, pero en aquel contexto histórico y estratégico los estados europeos decidieron apoyar la independencia de Eslovenia para tener un socio estable frente al polvorín serbio que no tardaría en estallar con el previsible respaldo de Moscú.
Y otro tanto o parecido puede decirse respecto a Estonia, el territorio báltico y también costero al que se refiere con frecuencia el dirigente catalán, cuya independencia fue aceptada de inmediato por los gobiernos europeos ante las inminentes ruinas de la Unión Soviética. En 1992 Estonia y Eslovenia se convirtieron en miembros de la ONU, organización que sigue sin reconocer a varios estados no porque no tengan derecho a ello, sino porque las razones políticas se imponen siempre sobre las reclamaciones de los pueblos. En cuanto a Kosovo, cuya guerra tenemos fresca en la memoria y en cuyo espejo también se miran los dirigentes del artefacto catalán, recordemos tan solo los cientos de miles de refugiados que produjo su enfrentamiento por la independencia y los miles de cuerpos que aún yacen enterrados en territorio balcánico.
Tan claro como que Madrid no es Belgrado es que Puigdemont no es Milan Kučan ni Cataluña es Estonia ni Eslovenia ni, por supuesto, Kosovo, por lo que apelar a la vía estonia, la vía eslovena o la vía kosovar como estrategias para lograr la independencia no es solo una insensata decisión, sino la demostración de que no importa el precio que haya que pagar para obtener el objetivo planteado, incluso el de balcanizarlo si fuere necesario. Los catalanes tiene tanto derecho a decidir su futuro como en su momento lo tuvieron estonios y eslovenos y lo tiene cualquier otra nación, pero es importante reconocer que este principio ya no se debate en ningún lado, porque la implacable realidad es que ya no hay debate alguno más allá de las demarcaciones catalanas.
La Moncloa está ganando la partida en el tablero internacional por la sencilla razón de que los demás estados, la banca y los mercados financieros quieren que la gane. Y si los demás han decidido que Cataluña pierda el desafío y han activado todos los mecanismos para que lo pierda, lo más seguro es que lo pierda. No se trata ya de invocar sus evidentes derechos colectivos ni de que a la Unión Europea, al FMI y al Banco Mundial les guste más la senyera o la estelada, sino de saber que los intereses internacionales priman sobre sus históricas aspiraciones y que su derrota ya está escrita y rubricada por los que mandan y deciden de verdad, no por quien ocupa temporalmente un puesto de gobierno. Como hace muchos años que aprendimos, hay asuntos que no son personales, sino solo negocios.

Regresemos ya a los artefactos nacionales, porque cabe preguntarse entonces a qué se debe que los descompuestos monclovitas de corbata y mocasín no permitan que los nuevos eslovenos voten y en su caso fracasen por sí solos, dado que apenas cuentan con apoyos y herramientas, en vez de generar las rudas imágenes de los antidisturbios en los colegios electorales y escudarse sin reparos ni rubor en la Constitución. La respuesta tal vez haya que encontrarla en que no asistimos a un enfrentamiento entre políticos mayúsculos cuyas capacidades se muestran al servicio de una causa o el cumplimiento de un deber, sino a una querella entre quienes necesitan ser al mismo tiempo sepultureros de sí mismos y de sus viciados artefactos e invictos triunfadores de una insólita batalla que a la vez les protege y les sustenta, aunque para ello tengan que poner en juego lo que ellos mismos contribuyeron a crear. Algunos conflictos, como tantas veces las guerras, trabajan en exclusiva para quienes los organizan y dirigen.
Y aunque solo fuera por ello los individuos que con tanta necedad dirigen sus grandes artefactos deberían iniciar el meritorio camino del olvido que sin duda ha de llevarles, junto a todo lo que representan, a las guaridas más inhóspitas y oscuras de nuestra historia, pues no tenemos causa que merezca enfrentamientos y ofensivas y a ningún gobierno deberíamos pagar tributos de semejante cualidad. Y de no ser así, recordaremos un día tantos daños y desastres como pudieron ser salvados y tanta infamia como generaron sus cerebros turbulentos, cráneos incendiarios que nunca fueron habitados por la inteligencia, la perspectiva, el entendimiento y la razón.

Ucronías: Tú en Moncloa y yo en Eslovenia (fotografía: Yann Grancher)
Fotografía: Yann Grancher
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© Fran Vega, 14 de octubre de 2017