No tiene buena condición quien tiene mala ley

No tiene buena condición quien tiene mala ley
· Historia de la vida del Buscón, 34 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo V
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

No tiene buena condición quien tiene mala ley

Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago,1 patio de estudiantes donde hay muchos juntos, aunque esta teníamos entre tres moradores diferentes no más. Era el dueño y güésped de los que creen en Dios por cortesía o sobre falso; moriscos2 los llaman en el pueblo. Recibiome, pues, el güésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento. Ni sé si lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto o por ser natural suyo de ellos, que no es mucho que tenga mala condición quien no tiene buena ley. Pusimos nuestro hatillo, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos aquella noche.
Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los estudiantes de la posada a pedir la patente3 a mi amo.4 Él, que no sabía lo que era, preguntome que qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media cabeza fuera, que parecía tortuga. Pidieron dos docenas de reales; diéronselos y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo:
—¡Viva el compañero y sea admitido en nuestra amistad! Goce de las preeminencias de antiguo. Pueda tener sarna, andar manchado y padecer la hambre que todos.

1 puerta de Santiago: llamada también postigo de los Judíos, formaba parte del recinto amurallado de Alcalá de Henares tras su ampliación a mediados del siglo XV.
2 moriscos: musulmanes convertidos al cristianismo tras el final de la reconquista y que fueron expulsados de la península entre 1609 y 1613, es decir, unos quince años antes de que Quevedo escribiera Historia de la vida del Buscón.
3 patente: dinero que los novatos pagaban a los veteranos.
4 amo: Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
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«Echose un poco de vino y llegamos al mesón»

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Echose un poco de vino y llegamos al mesón

Echose un poco de vino y llegamos al mesón · Bill Perlmutter
· Historia de la vida del Buscón, 33 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Echose un poco de vino y llegamos al mesón
Fotografía: Bill Perlmutter

Quedamos asustados con el gasto. Almorzamos un bocado, y el viejo tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con nadie, desatolas a oscuras debajo del gabán, y agarrando un yesón echósele en la boca y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los perdiera. Comenzó a escupir y hacer gestos de asco y de dolor; llegamos todos a él, y el cura el primero, diciéndole que qué tenía. Empezose a ofrecer a Satanás; dejó caer las alforjas; llegose a él el estudiante, y dijo:
¡Arriedro vayas, cata la cruz!1
Otro abrió un breviario; hiciéronle creer que estaba endemoniado, hasta que él mismo dijo lo que era, y pidió que le dejasen enjuagar la boca con un poco de vino, que él traía bota. Dejáronle y, sacándola, abriola; y echando en un vaso un poco de vino, salió con la lana y estopa un vino salvaje, tan barbado y velloso que no se podía beber ni colar. Entonces acabó de perder la paciencia el viejo, pero viendo las descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien el callar y subir en el carro con los rufianes y las mujeres. Los estudiantes y el cura se ensartaron en dos borricos, y nosotros nos subimos en el coche; y no bien comenzó a caminar cuando unos y otros nos comenzaron a dar vaya,2 declarando la burla. El ventero decía:
—Señor nuevo, a pocas estrenas3 como ésta, envejecerá.
El cura decía:
—Sacerdote soy; allá se lo diré de misas.4
Y el estudiante maldito voceaba:
—Señor primo, otra vez rásquese cuando le coman y no después.
El otro decía:
—Sarna de vuestra merced, señor don Diego.
Nosotros dimos en no hacer caso; Dios sabe cuán corridos íbamos. Con estas y otras cosas, llegamos a la villa; apeámonos en un mesón, y en todo el día, que llegamos a las nueve, acabamos de contar la cena pasada, y nunca pudimos en limpio sacar el gasto.

1 arriedro vayas, cata la cruz: conjuros para ahuyentar al diablo o espantar a alguien, pues tratan al viejo como si estuviera endemoniado.
2 dar vaya: burlarse.
3 estrena: primer acto con el que algo comienza.
4 decir de misas: expresión irónica para excusarse de pagar lo que se debe.
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Llegó la hora de caminar y despertaron todos

Llegó la hora de caminar y despertaron todos · Fotografía: Russell Lee
· Historia de la vida del Buscón, 32 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Llegó la hora de caminar y despertaron todos
Fotografía: Russell Lee

Con esto, se llegó y sacó al pobre viejo, que dormía, de debajo de los pies unas alforjas, y desenvolviéndolas halló una caja, y como si fuera de guerra,1 hizo gente. Llegáronse todos, y abriéndola, vio ser de alcorzas.2 Sacó todas cuantas había y en su lugar puso piedras, palos y lo que halló, y encima dos o tres yesones y un tarazón3 de teja. Cerró la caja y púsola donde estaba, y dijo:
—Pues aún no basta, que bota tiene el viejo.
Sacola el vino y desenfundando una almohada de nuestro coche, después de haber echado un poco de vino debajo, se la llenó de lana y estopa, y la cerró. Con esto, se fueron todos a acostar para una hora que quedaba o media, y el estudiante lo puso todo en las alforjas, y en la capilla4 del gabán le echó una gran piedra, y fuese a dormir.
Llegó la hora de caminar; despertaron todos, y el viejo todavía dormía. Llamáronle, y al levantarse, no podía levantar la capilla del gabán. Miró lo que era, y el mesonero adrede le riñó, diciendo:
—Cuerpo de Dios, ¿no halló otra cosa que llevarse, padre, sino esa piedra? ¿Qué les parece a vuestras mercedes, si yo no lo hubiera visto? Cosa es que estimo en más de cien ducados, porque es contra el dolor de estómago.5
Juraba y perjuraba diciendo que no había metido él tal en la capilla.
Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de cena sólo treinta reales, que no entendiera Juan de Leganés6 la suma. Decían los estudiantes:
—No pide más un ochavo.
Y respondió un rufián:
—No, sino burlárase con este caballero delante de nosotros; aunque ventero, sabe lo que ha de hacer. Déjese vuestra merced gobernar, que en mano está…7
Y tosiendo, cogió el dinero, contolo y, sobrando del que sacó mi amo cuatro reales, los asió, diciendo:
—Estos le daré de posada, que a estos pícaros con cuatro reales se les tapa la boca.

1 caja de guerra: tambores militares con los que los reclutadores atraían a la gente, es decir, hacían gente.
2 alcorza: pasta de azúcar y almidón utilizada en repostería.
3 tarazón: pedazo.
4 capilla: capucha del gabán.
5 contra el dolor de estómago: a las piedras preciosas se les atribuían virtudes contra algunas enfermedades y dolencias, aunque en este caso se trata de una broma del mesonero.
6 Juan de Leganés: bobo o bufón muy conocido en la época de Quevedo.
7 en mano está…: referencia al refrán «en mano está el pandero que lo sabrán bien tañer».
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No cene mucho, que le hará mal

No cene mucho, que le hará mal · Fotografía: Russell Lee
· Historia de la vida del Buscón, 31 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
No cene mucho, que le hará mal
Fotografía: Russell Lee

Decían los rufianes:
—No cene mucho, señor, que le hará mal.
Y replicaba el maldito estudiante:
—Y más que es menester hacerse a comer poco para la vida de Alcalá.1
Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les pusiese en corazón que dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo y que el cura repasaba los huesos de los otros, volvió el un rufián y dijo:
—Oh, pecador de mí, no habemos dejado nada a los criados. Vengan aquí vuestras mercedes. Ah, señor güésped, déles todo lo que hubiere; vea aquí un doblón.
Tan presto saltó el descomulgado pariente de mi amo (digo el estudiantón) y dijo:
—Aunque vuestra merced me perdone, señor hidalgo, debe de saber poco de cortesía. ¿Conoce, por dicha, a mi señor primo? Él dará a sus criados, y aun a los nuestros si los tuviéramos, como nos ha dado a nosotros.
Y volviéndose a don Diego,2 que estaba pasmado, dijo:
—No se enoje vuestra merced, que no le conocían.
Maldiciones le eché cuando vi tan gran disimulación que no pensé acabar.
Levantaron las mesas y todos dijeron a don Diego que se acostase. Él quería pagar la cena y replicáronle que no lo hiciese, que a la mañana habría lugar. Estuviéronse un rato parlando; pregúntole su nombre al estudiante, y él dijo que se llamaba tal Coronel. (En los infiernos descanse, dondequiera que está). Vio al avariento que dormía, y dijo:
—¿Vuestra merced quiere reír? Pues hagamos alguna burla a este mal viejo, que no ha comido sino un pero en todo el camino, y es riquísimo.
Los rufianes dijeron:
—Bien haya el licenciado; hágalo, que es razón.

1 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
2 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
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Y diciendo esto sepultó un panecillo

Y diciendo esto sepultó un panecillo · Fotografía: Willy Ronis
· Historia de la vida del Buscón, 30 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Y diciendo esto sepultó un panecillo
Fotografía: Willy Ronis

Llegó un rufián y puso asientos para todos y una silla para don Diego,1 y el otro trujo un plato. Los estudiantes dijeron:
—Cene vuestra merced, que, entre tanto que a nosotros nos aderezan lo que hubiere, le serviremos a la mesa.
—¡Jesús! —dijo don Diego—, vuestras mercedes se sienten, si son servidos.
Y a esto respondieron los rufianes (no hablando con ellos):
—Luego, mi señor, que aún no está todo a punto.
Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que se convidaban, afligime y temí lo que sucedió. Porque los estudiantes tomaron la ensalada, que era un razonable plato, y mirando a mi amo, dijeron:
—No es razón que donde está un caballero tan principal se queden estas damas sin comer. Mande vuestra merced que alcancen un bocado.
Él, haciendo del galán, convidolas. Sentáronse, y entre los dos estudiantes y ellas no dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el cual se comió don Diego. Y al dársele, aquel maldito estudiante le dijo:
—Un abuelo tuvo vuestra merced, tío de mi padre, que jamás comió lechugas,2 y son malas para la memoria, y más de noche, y éstas no son tan buenas.
Y diciendo esto sepultó un panecillo, y el otro, otro. Pues ¿las mujeres? Ya daban cuenta de un pan, y el que más comía era el cura, con el mirar sólo. Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas de tocino y un par de palomas cocidas, y dijeron:
—Pues padre, ¿ahí se está? Llegue y alcance, que mi señor don Diego nos hace merced a todos. ¡Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera!
No bien se lo dijeron, cuando se sentó. Ya, cuando vio mi amo que todos se le habían encajado, comenzose a afligir. Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no sé qué huesos y alones diciendo que «del cabrito el huesecito y del ave el aloncito» y que el refrán lo decía. Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo demás se engulleron el cura y los otros.

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 lechugas: en la época de Quevedo se consideraba que comer lechugas reducía el apetito sexual.
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«Puso los manteles oliéndose la estafa»
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Puso los manteles oliéndose la estafa

Puso los manteles oliéndose la estafa · Fotografía: Mario Cattaneo
· Historia de la vida del Buscón, 29 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Puso los manteles oliéndose la estafa
Fotografía: Mario Cattaneo

Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de la venta. Dijo una de las mujeres:
—¡Qué buen talle de caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es vuestra merced su criado?
Yo respondí, creyendo que era así como lo decían, que yo y el otro lo éramos. Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno de los estudiantes se llegó a él medio llorando, y dándole un abrazo apretadísimo, dijo:
—Oh, mi señor don Diego, ¿quién me dijera a mí, agora diez años, que había de ver yo a vuestra merced desta manera? ¡Desdichado de mí, que estoy tal que no me conocerá vuestra merced!
Él se quedó admirado, y yo también, que juráramos entrambos no haberle visto en nuestra vida. El otro compañero andaba mirando a don Diego a la cara, y dijo a su amigo:
—¿Es este señor de cuyo padre me dijistes vos tantas cosas? ¡Gran dicha ha sido nuestra conocelle según está de grande! ¡Dios le guarde!
Y empezó a santiguarse. ¿Quién no creyera que se habían criado con nosotros? Don Diego se le ofreció mucho, y preguntándole su nombre, salió el ventero y puso los manteles, y oliendo la estafa, dijo:
—Dejen eso, que después de cenar se hablará, que se enfría.

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Tú en Moncloa y yo en Eslovenia

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Antonio Lemus
· Ucronías ·
Fran Vega
Tú en Moncloa y yo en Eslovenia
Fotografía: Antonio Lemus

Entre tantos tumultos y alborotos como últimamente contemplamos, no son menores los que anidan en los cráneos turbulentos de quienes dirigen los destinos y gobiernos, pues de ellos depende en buena parte lo que sucede y lo que ocurra en los tiempos inmediatos y comprender lo que se aloja en sus cerebros puede ser también un modo de obtener la razón que no nos proporcionan.
El presidente del artefacto nacional, Mariano Rajoy, se encuentra por fin en el momento más dulce de su trayectoria, animado por los que hasta ayer eran sus afables enemigos, apoyado por dirigentes europeos cuyos nombres no pronuncia ni recuerda y a punto de convertirse, tal vez, en el bizarro caballero de casino y cafetín que supo derrotar la algarada sediciosa y en el nuevo forjador de la España indivisible y sacrosanta. En su cabeza habitan los Borbones y los Austrias que en su momento batallaron en conflictos paralelos y en sus sueños aparecen los escritos de Quevedo contra el fuero de los temosos catalanes, como desfilan en sus noches de vigilia los abrazos de Espartero para apaciguar a los carlistas y hasta los espadones de Narváez y el caballo de Pavía para poner fin a tanta confusión como vislumbra.
Por primera vez en su lánguido cerebro se ha instalado un sueño del que no está dispuesto a desprenderse porque así lo quieran mediadores y terciarios, sino porque obtenga a cambio el histórico reconocimiento de que fue él quien contuvo con sus manos el mortífero veneno del reptil secesionista. Y tan iluminado se encuentra que pasea los domingos por las salas monclovitas repitiendo en voz alta y en pijama los grandes objetivos que sin duda nos aguardan si seguimos su camino y salvamos la unidad y la grandeza de la patria.
Piensa también el presidente qué respuesta ha de dar a su contrario, que en un gesto de osadía que le cuesta comprender le ha servido un reto envenenado que puede encumbrarle hasta el panteón en el que aguardan sus admirados personajes, pero que también puede cubrirle de miseria y enterrarle para siempre en el lodazal más olvidado de la historia. Y sabe Rajoy que un registrador de la propiedad como Dios manda no puede acobardarse ni rendirse, sino presentar contienda frente a gentes tan soberbias y luchar a la romana hasta que la sangre corra y los tunantes caigan.
No es Carles Puigdemont, el presidente del artefacto catalán, un oponente de brazo fácil y ataque breve, pues hay sitio también en su cabeza para los sueños que llegaron concedidos mediante raras carambolas que convirtieron un periodista de provincias en un altivo cortesano con afición por entablar fiera y desigual batalla. Porque así como en la Moncloa rigen los héroes titánicos de todas las Españas, en la Generalitat se encuentran los escudos y las armas de cuantos condes y honorables elevaron los territorios catalanes a categorías envidiadas por castellanos y gallegos y por aragoneses y franceses, que vieron a lo largo de los siglos cómo aquellas comarcas fronterizas se erigían en influencias y dineros por encima de las suyas y cómo hoy capitanean la anhelada rebelión, la ilusión incandescente de todo súbdito ciudadano frente al poder establecido.
Se despierta a veces el presidente catalán en su residencia gerundense repitiéndose a sí mismo las palabras de Companys y viéndose heredero y vengador de los oprobios cometidos, tratando de recordar también algún discurso de Macià y ensalzando una vez más los valores convergentes del acaudalado pujolismo con los que un día pasó de ignorado cronista a regidor de la ciudad hasta alcanzar sin esperarla su codiciada condición, no otros que los propios de la democracia cristiana —si alguna vez esta tuvo algunos— que también abraza su enemigo en la Moncloa. Pero frente a este advenedizo que no distingue un escudo de un pendón, Puigdemont esgrime en sus silencios a los condes medievales y a la corona de Aragón, a los reyes victoriosos frente a todo tipo de raleas y a aquellos que en tiempos memorables obligaron a emperadores y monarcas a acatar sus fueros para que nunca fueren otros, hasta que aquel antepasado del Borbón de nuestros tiempos, de nombre también Felipe, estableció una nueva planta para que en ella no cupieran otras leyes, otro idioma ni otra tradición.
No le cuesta mucho a este hombre de insulsa trayectoria viajar desde las históricas derrotas al reciente ejemplo de Eslovenia que le gusta recordar, pues aquellos antiguos yugoslavos supieron deshacerse de la hegemonía de Belgrado ejerciendo también la rebelión y asumiendo la protesta frente a quienes no querían atender su manumisión e independencia. Tal vez no tenga en cuenta el presidente, por ignorancia u omisión, que Eslovenia tuvo que aportar ataúdes a la causa, que su adversario no contaba con adeptos de postín y que le echaron una mano indispensable quienes entonces dirigían el artefacto occidental.
De modo que entre Wifredo el Velloso, fundador de la casa condal barcelonesa y medieval, y Milan Kučan, el primer presidente de la Eslovenia independiente, tiene el honorable en Barcelona mil años que le observan y una deuda con la historia que ha de resolver, pues ha de incorporarse también de homéricas maneras a la lista de próceres insignes que un día enaltecieron a sus pueblos prometiendo glorias y grandezas mediante herramientas muy antiguas y de sencilla aplicación, como son las que devienen de las banderas y las tierras y las que se proyectan sobre patrimonios y derechos a los que nadie puede renunciar. Y como su oponente, pero en realidad compañero de aventura y cómplice en ardides, pretensiones y objetivos, no está dispuesto a abandonar su valiosa posición por muchas leyes y uniformes que le inviten a ceder, salvo que su honor y su memoria queden para siempre con símbolos de oro en los augustos corredores de la Generalitat.
Comparten tantas cosas estos tipos de grises recorridos y presidentes de conservadores artefactos que no habrá de inundarnos la sorpresa ni la alarma si un día los vemos pasear juntos en un parque, sentarse a dar de comer a las palomas y recordar entre risotadas y partidos de petanca los tiempos en que discutían y reñían mientras sus gentes se enzarzaban en peleas en las calles y empuñaban cacerolas y banderas como si representaran algún modelo de buscada identidad. Porque estos dos hombres, aspirantes a héroes inmunes en sus respectivos escenarios, no están solos.

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Ed Nofri
Fotografía: Ed Nofri

El muy liberal democristiano Mariano Rajoy tiene desde siempre el pescuezo tutelado por las huestes delictivas surgidas de la noche de los tiempos cuya primera y triste urgencia es la de ocultar, enterrar y disolver cuantos restos, pruebas, testimonios y vestigios queden de su profunda y enquistada corrupción, para lo que precisa con angustia un éxito en cualquier negociado o ministerio, qué mejor si se produce ante el riesgo de ruptura de las hispánicas amarras. Por su parte, el muy liberal democristiano Carles Puigdemont se debe a una confederación de malhechores cuyas manos saquearon hasta los últimos baúles y cuyo expediente no mejora ante el de sus antiguos socios madrileños, por lo que ha de encontrar también una adecuada vestidura que sirva de mortaja para sepultar tantas fechorías como sin duda han sido cometidas.
Y los dos dirigentes, tan incoloros e inodoros cada uno en su artefacto, viven entre las inquietas sombras y las holgadas influencias de sus funestos antecesores y mentores, pues fueron aupados por la guerra muy ficticia en desiertos muy lejanos inventada por Aznar en la Azores, en un caso, y por las muy severas corruptelas de Artur Mas ejercidas mediante porcentajes y coacciones a sus propios gobernados, en el otro. Así que los dos presidentes de estas andanadas necesitan desterrar por razones similares a quienes les dieron en su día mando, trono, altar y reino, pues de ello dependerá que sean también venerados y ensalzados y, en última instancia, recordados y admirados.
Tiene el gallego Rajoy su arcaica corte de inversores heredera de las grandes fortunas de otros tiempos que hoy habitan en el Ibex-35 y en luminosas oficinas de los barrios más lujosos de Madrid, aunque en sus sótanos se siguen practicando punibles maniobras que conducen cada año a sus mejores ejercicios en correcta proporcionalidad con el empobrecimiento general. Y tiene el catalán Puigdemont el manilargo Cercle d’Economia, que no es sino un consorcio misacantano y liberal cuyo cometido es mantener por cualquier medio los privilegios de la burguesía catalana mientras el populacho se ilusiona cuando hay que ir a votar. Y es sabido y conocido que ni el Ibex-35 ni el Cercle d’Economia pueden aprobar, bendecir y respaldar cualquier operación que implique el riesgo de un solo euro de sus arcas, por más que en el pasado hayan mimado y financiado a quienes ahora organizan y defienden el procesismo y la ruptura. Una cosa es la poética de la rebeldía y otra muy distinta los dineros, como hasta el último concejal del último distrito sabe desde el primer minuto en su electo y distinguido cargo.
Estos dos caballeros mandarines de lánguido discurso y aburrido proceder tienen también entre sus filas a quienes conservan las esencias y recuerdan la ortodoxia siempre que hay peligro de cometer algún desliz o de comportarse simplemente con decoro y dignidad. Si en Madrid la FAES pasa lista cada lunes para que nadie se desvíe de los objetivos primordiales, no otros que los dictados por la desvergüenza liberal, en Cataluña son la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural quienes forman las escuadras protectoras de cualquier gobierno que se adhiera a sus muy nacionalistas postulados y sin las cuales no podría comprenderse el esperpéntico protagonismo de Puigdemont y Forcadell. Y constatemos, hasta donde la memoria nos alcanza, que nunca se han presentado a unos comicios estas formaciones que despiertan a dragones y espantajos con sus himnos y banderas, que alientan y administran en las calles lo que ahora llaman emociones y que con la misma inconveniencia nos embarcan en conflictos fraudulentos o deciden en silencio quién se libra de la soga y quién perece al intentarlo.
Atesoran también estos dirigentes de maquinarias y artefactos un amplio repertorio de deudas y aranceles que les procuran vergonzosas servidumbres de las que ninguno se puede liberar, pues de ellos depende al mismo tiempo su propia obstinación. Guarda Rajoy en su carpeta de asistencias y favores los llegados de quienes le apoyan en los presupuestos estatales con la esperanza de tener un día un nuevo polideportivo en su ciudad y los de quienes se identifican de vez en cuando con sus fortuitas ocurrencias, desde los ciudadanistas de Rivera —ese chico desnortado que aún no ha podido distinguir un consejo de ministros de un martini dominguero— a los socialdemócratas de Sánchez —ese hombre giróscopo y flotante a quien esperan cada tarde en las esquinas con los cuchillos levantados—, acreedores todos ellos con la libranza asegurada por el lascivo crédito otorgado.
Por su parte, Puigdemont conserva completos anaqueles con las fianzas recibidas de los regimientos convergentes que le acunan cada día y las no menos importantes concedidas por los republicanos de Junqueras, acostumbrado como está al intercambio de agasajos y atenciones en las sacristías catalanas y el palacio episcopal. Y, por supuesto, tiene el honorable presidente una formidable deuda que pagar a las conmovedoras filas de la CUP, que en su temeraria ingenuidad pensaron que tan solo por apoyar la exigua minoría procesista los democristianos pondrían en sus manos la república catalana trabajadora y popular.
Pero a la vez que se confirman y cotejan las enormes y costosas deudas de estos inauditos dirigentes —que no impiden las traiciones soterradas y los engaños discontinuos—, observamos también los certeros silencios perpetrados durante el desarrollo procesista, pues nadie alcanza a creer que el ejército se mantenga en mutismo sepulcral, apenas roto por algún alférez despistado, y que las grandes entidades catalanas no decidieran migrar hasta el último momento para desfilar juntas en cayucos de oro por la Diagonal no solo en busca de su protección política y bursátil, sino de una puesta en escena organizada tiempo atrás. Y todo junto invita a suponer que el verano fue promiscuo en reuniones y corrillos en los que fueron proclamados juramentos y convenios.
Y así como rigen los asuntos y se instituyen los principios nacionales y las afrentas colectivas, los dos presidentes de nuestros más famosos artefactos se encuentran hoy hundidos y ofendidos en un grotesco barrizal para darse cuenta y ser conscientes del ínfimo papel que ambos representan, pero también para no cejar en el empeño de ser heroicos paladines y adalides en sus respectivos escenarios y no abandonar la frívola ilusión de situarse por hechos y derechos en los primeros puestos de la historia.

Volvamos a Eslovenia, el territorio balcánico y costero con el que sueña en ocasiones el presidente catalán, porque Milan Kučan aprendió en 1991 que en política eres quien eres si los demás quieren que lo seas. El gobierno de Liubliana desoyó las advertencias de Belgrado, convocó un referéndum, lo ganó, declaró la independencia y el ejército yugoslavo atacó, pero en aquel contexto histórico y estratégico los estados europeos decidieron apoyar la independencia de Eslovenia para tener un socio estable frente al polvorín serbio que no tardaría en estallar con el previsible respaldo de Moscú.
Y otro tanto o parecido puede decirse respecto a Estonia, el territorio báltico y también costero al que se refiere con frecuencia el dirigente catalán, cuya independencia fue aceptada de inmediato por los gobiernos europeos ante las inminentes ruinas de la Unión Soviética. En 1992 Estonia y Eslovenia se convirtieron en miembros de la ONU, organización que sigue sin reconocer a varios estados no porque no tengan derecho a ello, sino porque las razones políticas se imponen siempre sobre las reclamaciones de los pueblos. En cuanto a Kosovo, cuya guerra tenemos fresca en la memoria y en cuyo espejo también se miran los dirigentes del artefacto catalán, recordemos tan solo los cientos de miles de refugiados que produjo su enfrentamiento por la independencia y los miles de cuerpos que aún yacen enterrados en territorio balcánico.
Tan claro como que Madrid no es Belgrado es que Puigdemont no es Milan Kučan ni Cataluña es Estonia ni Eslovenia ni, por supuesto, Kosovo, por lo que apelar a la vía estonia, la vía eslovena o la vía kosovar como estrategias para lograr la independencia no es solo una insensata decisión, sino la demostración de que no importa el precio que haya que pagar para obtener el objetivo planteado, incluso el de balcanizarlo si fuere necesario. Los catalanes tiene tanto derecho a decidir su futuro como en su momento lo tuvieron estonios y eslovenos y lo tiene cualquier otra nación, pero es importante reconocer que este principio ya no se debate en ningún lado, porque la implacable realidad es que ya no hay debate alguno más allá de las demarcaciones catalanas.
La Moncloa está ganando la partida en el tablero internacional por la sencilla razón de que los demás estados, la banca y los mercados financieros quieren que la gane. Y si los demás han decidido que Cataluña pierda el desafío y han activado todos los mecanismos para que lo pierda, lo más seguro es que lo pierda. No se trata ya de invocar sus evidentes derechos colectivos ni de que a la Unión Europea, al FMI y al Banco Mundial les guste más la senyera o la estelada, sino de saber que los intereses internacionales priman sobre sus históricas aspiraciones y que su derrota ya está escrita y rubricada por los que mandan y deciden de verdad, no por quien ocupa temporalmente un puesto de gobierno. Como hace muchos años que aprendimos, hay asuntos que no son personales, sino solo negocios.

Regresemos ya a los artefactos nacionales, porque cabe preguntarse entonces a qué se debe que los descompuestos monclovitas de corbata y mocasín no permitan que los nuevos eslovenos voten y en su caso fracasen por sí solos, dado que apenas cuentan con apoyos y herramientas, en vez de generar las rudas imágenes de los antidisturbios en los colegios electorales y escudarse sin reparos ni rubor en la Constitución. La respuesta tal vez haya que encontrarla en que no asistimos a un enfrentamiento entre políticos mayúsculos cuyas capacidades se muestran al servicio de una causa o el cumplimiento de un deber, sino a una querella entre quienes necesitan ser al mismo tiempo sepultureros de sí mismos y de sus viciados artefactos e invictos triunfadores de una insólita batalla que a la vez les protege y les sustenta, aunque para ello tengan que poner en juego lo que ellos mismos contribuyeron a crear. Algunos conflictos, como tantas veces las guerras, trabajan en exclusiva para quienes los organizan y dirigen.
Y aunque solo fuera por ello los individuos que con tanta necedad dirigen sus grandes artefactos deberían iniciar el meritorio camino del olvido que sin duda ha de llevarles, junto a todo lo que representan, a las guaridas más inhóspitas y oscuras de nuestra historia, pues no tenemos causa que merezca enfrentamientos y ofensivas y a ningún gobierno deberíamos pagar tributos de semejante cualidad. Y de no ser así, recordaremos un día tantos daños y desastres como pudieron ser salvados y tanta infamia como generaron sus cerebros turbulentos, cráneos incendiarios que nunca fueron habitados por la inteligencia, la perspectiva, el entendimiento y la razón.

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Yann Grancher
Fotografía: Yann Grancher
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«El naufragio de la izquierda»
«Ideas, comunidades y naciones»

© Fran Vega, 14 de octubre de 2017

Era el ventero morisco y ladrón

Era el ventero morisco y ladrón · Fotografía: Enzo Sellerio
· Historia de la vida del Buscón, 28 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Era el ventero morisco y ladrón
Fotografía: Enzo Sellerio

El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi perro y gato1 juntos con la paz que aquel día. Hízonos gran fiesta, y como él y los ministros2 del carretero iban horros3 (que ya había llegado también con el hato antes, porque nosotros veníamos de espacio), pegose al coche, diome a mí la mano para salir del estribo, y díjome si iba a estudiar. Yo le respondí que sí; metiome adentro, y estaban dos rufianes con unas mujercillas, y un cura rezando al olor. Un viejo mercader y avariento, procurando olvidarse de cenar, andaba esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas; arremedaba los bostezos, diciendo:
—Más me engorda un poco de sueño que cuantos faisanes tiene el mundo.
Dos estudiantes fregones, de los de mantellina,4 panzas al trote,5 andaban aparecidos por la venta para engullir. Mi amo, pues, como más nuevo en la venta y muchacho, dijo:
—Señor güésped, déme lo que hubiere para mí y mis criados.
—Todos lo somos de vuestra merced —dijeron al punto los rufianes—, y le hemos de servir. Hola, güésped, mirad que este caballero os agradecerá lo que hiciéredes. Vaciad la dispensa.
Y, diciendo esto, llegose el uno y quitole la capa, y dijo:
—Descanse vuestra merced, mi señor.
Y púsola en un poyo.

1 perro y gato: perro era insulto para los judíos y moriscos, y gato, en germanía, significaba «ladrón».
2 ministros: ayudantes.
3 iban horros: estaban de acuerdo.
4 mantellina: capa corta que usaban las fregonas.
5 panzas al trote: gorrones.
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Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica

Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica
· Historia de la vida del Buscón, 27 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica

Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don Alonso1 de enviar a su hijo a Alcalá2 a estudiar lo que le faltaba de la Gramática. Díjome a mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos, ofrecí de servir a su hijo como vería. Y, con esto, diole un criado para ayo que le gobernase la casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cédulas3 para un hombre que se llamaba Julián Merluza. Pusimos el hato en el carro de un Diego Monje; era una media camita y otra de cordeles con ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba Baranda, cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa blanca, y las demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tardecica, una hora antes de anochecer, y llegamos a la media noche, poco más, a la siempre maldita venta de Viveros.4

1 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
2 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros al este de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
3 cédulas: letras de cambio.
4 venta de Viveros: venta de muy mala fama situada en el camino entre Madrid y Alcalá de Henares.
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Aún parecíamos sombras de otros hombres

Aún parecíamos sombras de otros hombres · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Historia de la vida del Buscón, 26 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Aún parecíamos sombras de otros hombres
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas,1 y así se dio orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez. Levantábamonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días, y aún parecíamos sombras de otros hombres, y en lo amarillo y flaco simiente de los Padres del yermo.2 Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la cautividad del fierísimo Cabra,3 y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso comiendo alguna vez nos acordábamos de las mesas del mal pupilero, se nos aumentaba la hambre tanto que acrecentábamos la costa aquel día. Solíamos contar a don Alonso4 cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula (no habiéndola él conocido en su vida), y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás metía perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.

1 alforzadas: dobladas, con pliegues y arrugas.
2 padres del yermo: eremitas.
3 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga.
4 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
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Trujeron médicos y mandaron los dotores

Trujeron médicos y mandaron los dotores · Fotografía: Elliot Erwitt
· Historia de la vida del Buscón, 25 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Trujeron médicos y mandaron los dotores
Fotografía: Elliot Erwitt

Entramos en casa de don Alonso1 y echáronnos en dos camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara, y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial, que al fin me trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron. Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras2 el polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos. Ordenaron que nos diesen sustancias y pistos.3 ¡Quién podrá contar, a la primera almendrada4 y a la primera ave, las luminarias que pusieron las tripas de contento? Todo les hacía novedad. Mandaron los dotores que por nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque como estaban güecos los estómagos sonaba en ellos el eco de cualquiera palabra.

1 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
2 zorras: plumeros.
3 pisto: sustancia de ave machacada que se da a los enfermos que no pueden masticar.
4 almendrada: jugo de almendra.
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Despedímonos del licenciado Vigilia

Despedímonos del licenciado Vigilia · Fotografía: August Sander
· Historia de la vida del Buscón, 24 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Despedímonos del licenciado Vigilia
Fotografía: August Sander

Pasamos en este trabajo hasta la Cuaresma; vino, y a la entrada della estuvo malo un compañero. Cabra,1 por no gastar, detuvo el llamar médico hasta que ya él pedía confesión más que otra cosa. Llamó entonces un platicante,2 el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre le había ganado por la mano en matar aquel hombre. Diéronle el Sacramento, y el pobre, cuando le vio (que había un día que no hablaba), dijo:
—Señor mío Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta casa para persuadirme que no es el infierno.
Imprimiéronseme estas razones en el corazón. Murió el pobre mozo, enterrámosle muy pobremente, por ser forastero, y quedamos todos asombrados.3 Divulgose por el pueblo el caso atroz, llegó a oídos de don Alonso Coronel4 y, como no tenía otro hijo, desengañose de los embustes de Cabra y comenzó a dar más crédito a las razones de dos sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable estado. Vino a sacarnos del pupilaje y, teniéndonos delante, nos preguntaba por nosotros. Y tales nos vio, que, sin aguardar a más, tratando muy mal de palabra al licenciado Vigilia,5 nos mandó llevar en dos sillas a casa. Despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en Argel, viendo venir rescatados por la Trinidad6 sus compañeros.

1 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga.
2 platicante: aprendiz que acompañaba al clérigo o cirujano.
3 asombrados: aterrorizados.
4 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
5 Vigilia: el protagonista se refiere a Cabra, a quien llama Vigilia por el hambre que le había hecho pasar.
6 Trinidad: los frailes trinitarios se encargaban de rescatar a los prisioneros cristianos en el norte de África.
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Una vieja para echarnos gaitas

Una vieja para echarnos gaitas · Fotografía: Oriol Maspons
· Historia de la vida del Buscón, 22 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Una vieja para echarnos gaitas
Fotografía: Oriol Maspons

Don Diego y yo nos vimos tan al cabo1 que, ya que para comer al cabo de un mes no hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos de mañana; y así, trazamos de decir que teníamos algún mal. No osamos decir calentura, porque no la teniendo era fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo. Dijimos al fin que nos dolían las tripas y que estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas2 en tres días, fiados en que a trueque de no gastar dos cuartos en una melecina,3 no buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque tenía una que había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomóla y aderezó una melecina, y haciendo llamar una vieja de setenta años, tía suya, que le servía de enfermera, dijo que nos echase sendas gaitas.4 Empezaron por don Diego; el desventurado atajóse,5 y la vieja, en vez de echársela dentro, disparósela por entre la camisa y el espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de guarnición la que dentro había de ser aforro. Quedó el mozo dando gritos; vino Cabra y, viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra, que luego tornarían a don Diego. Yo me resistía, pero no me valió, porque, teniéndome Cabra y otros, me la echó la vieja, a la cual de retorno di con ella en toda la cara. Enojóse Cabra conmigo y dijo que él me echaría de su casa, que bien se echaba de ver que era bellaquería todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me despidiese, mas no lo quiso mi ventura.

1 verse al cabo: verse al borde de la muerte.
2 hacer de las personas: defecar.
3 melecina: lavativa.
4 gaita: lavativa.
5 atajarse: desorientarse.
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Comíamos algunas sospechas de pernil

Comíamos algunas sospechas de pernil · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Historia de la vida del Buscón, 21 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Comíamos algunas sospechas de pernil
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó la hora de levantar. Dieron las seis y llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla todos. Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi hambre que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma topó muchos hombres, unos metiendo los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el portal de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que venía a sólo aquello de fuera; y preguntando a uno un día que qué sería (porque Cabra se enojó de que se lo preguntase) respondió que los unos tenían sarna y los otros sabañones y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre, de manera que no comían desde allí adelante. Certificome que era verdad, y yo, que conocí la casa, lo creo. Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la lición, diola y decorámosla.1 Y prosiguió siempre en aquel modo de vivir que he contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le dijeron un día de hidalguía2 allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda agujerada como salvadera,3 abríala y metía un pedazo de tocino en ella que la llenase y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para que la diese algún zumo por los agujeros y quedase para otro día el tocino. Pareciole después que en esto se gastaba mucho, y dio en sólo asomar el tocino a la olla. Dábase la olla por entendida del tocino y nosotros comíamos algunas sospechas de pernil. Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar.

1 decorámosla: la aprendimos de memoria.
2 hidalguía: como judíos y musulmanes no podían comer cerdo, el dómine añade tocino a la olla para demostrar que es cristiano viejo.
3 salvadera: vaso con tapa agujereada para espolvorear secante sobre la tinta.
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En toda la noche pudimos dormir

En toda la noche pudimos dormir · Fotografía: Esther Bubley
· Historia de la vida del Buscón, 20 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
En toda la noche pudimos dormir
Fotografía: Esther Bubley

Llegó la hora de cenar; pasose la merienda en blanco, y la cena ya que no se pasó en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con bendición.
—Es cosa saludable —decía— cenar poco, para tener el estómago desocupado.
Y citaba una retahíla de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron y cenamos todos y no cenó ninguno.
Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego1 dormir, él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí y yo aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:
—Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la pendencia de las berceras2 nos mataron, y que somos ánimas que estamos en el Purgatorio. Y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones3 y nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.4

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 pendencia de las berceras: el protagonista se refiere a la «batalla nabal» con las berceras narrada en el cap. II.
3 cuenta de perdones: tipo de cuentas que forman parte del rosario.
4 altar previlegiado: el que tiene concedida indulgencia plenaria.
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