Tú en Moncloa y yo en Eslovenia

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Antonio Lemus
· Ucronías ·
Fran Vega
Tú en Moncloa y yo en Eslovenia
Fotografía: Antonio Lemus

Entre tantos tumultos y alborotos como últimamente contemplamos, no son menores los que anidan en los cráneos turbulentos de quienes dirigen los destinos y gobiernos, pues de ellos depende en buena parte lo que sucede y lo que ocurra en los tiempos inmediatos y comprender lo que se aloja en sus cerebros puede ser también un modo de obtener la razón que no nos proporcionan.
El presidente del artefacto nacional, Mariano Rajoy, se encuentra por fin en el momento más dulce de su trayectoria, animado por los que hasta ayer eran sus afables enemigos, apoyado por dirigentes europeos cuyos nombres no pronuncia ni recuerda y a punto de convertirse, tal vez, en el bizarro caballero de casino y cafetín que supo derrotar la algarada sediciosa y en el nuevo forjador de la España indivisible y sacrosanta. En su cabeza habitan los Borbones y los Austrias que en su momento batallaron en conflictos paralelos y en sus sueños aparecen los escritos de Quevedo contra el fuero de los temosos catalanes, como desfilan en sus noches de vigilia los abrazos de Espartero para apaciguar a los carlistas y hasta los espadones de Narváez y el caballo de Pavía para poner fin a tanta confusión como vislumbra.
Por primera vez en su lánguido cerebro se ha instalado un sueño del que no está dispuesto a desprenderse porque así lo quieran mediadores y terciarios, sino porque obtenga a cambio el histórico reconocimiento de que fue él quien contuvo con sus manos el mortífero veneno del reptil secesionista. Y tan iluminado se encuentra que pasea los domingos por las salas monclovitas repitiendo en voz alta y en pijama los grandes objetivos que sin duda nos aguardan si seguimos su camino y salvamos la unidad y la grandeza de la patria.
Piensa también el presidente qué respuesta ha de dar a su contrario, que en un gesto de osadía que le cuesta comprender le ha servido un reto envenenado que puede encumbrarle hasta el panteón en el que aguardan sus admirados personajes, pero que también puede cubrirle de miseria y enterrarle para siempre en el lodazal más olvidado de la historia. Y sabe Rajoy que un registrador de la propiedad como Dios manda no puede acobardarse ni rendirse, sino presentar contienda frente a gentes tan soberbias y luchar a la romana hasta que la sangre corra y los tunantes caigan.
No es Carles Puigdemont, el presidente del artefacto catalán, un oponente de brazo fácil y ataque breve, pues hay sitio también en su cabeza para los sueños que llegaron concedidos mediante raras carambolas que convirtieron un periodista de provincias en un altivo cortesano con afición por entablar fiera y desigual batalla. Porque así como en la Moncloa rigen los héroes titánicos de todas las Españas, en la Generalitat se encuentran los escudos y las armas de cuantos condes y honorables elevaron los territorios catalanes a categorías envidiadas por castellanos y gallegos y por aragoneses y franceses, que vieron a lo largo de los siglos cómo aquellas comarcas fronterizas se erigían en influencias y dineros por encima de las suyas y cómo hoy capitanean la anhelada rebelión, la ilusión incandescente de todo súbdito ciudadano frente al poder establecido.
Se despierta a veces el presidente catalán en su residencia gerundense repitiéndose a sí mismo las palabras de Companys y viéndose heredero y vengador de los oprobios cometidos, tratando de recordar también algún discurso de Macià y ensalzando una vez más los valores convergentes del acaudalado pujolismo con los que un día pasó de ignorado cronista a regidor de la ciudad hasta alcanzar sin esperarla su codiciada condición, no otros que los propios de la democracia cristiana —si alguna vez esta tuvo algunos— que también abraza su enemigo en la Moncloa. Pero frente a este advenedizo que no distingue un escudo de un pendón, Puigdemont esgrime en sus silencios a los condes medievales y a la corona de Aragón, a los reyes victoriosos frente a todo tipo de raleas y a aquellos que en tiempos memorables obligaron a emperadores y monarcas a acatar sus fueros para que nunca fueren otros, hasta que aquel antepasado del Borbón de nuestros tiempos, de nombre también Felipe, estableció una nueva planta para que en ella no cupieran otras leyes, otro idioma ni otra tradición.
No le cuesta mucho a este hombre de insulsa trayectoria viajar desde las históricas derrotas al reciente ejemplo de Eslovenia que le gusta recordar, pues aquellos antiguos yugoslavos supieron deshacerse de la hegemonía de Belgrado ejerciendo también la rebelión y asumiendo la protesta frente a quienes no querían atender su manumisión e independencia. Tal vez no tenga en cuenta el presidente, por ignorancia u omisión, que Eslovenia tuvo que aportar ataúdes a la causa, que su adversario no contaba con adeptos de postín y que le echaron una mano indispensable quienes entonces dirigían el artefacto occidental.
De modo que entre Wifredo el Velloso, fundador de la casa condal barcelonesa y medieval, y Milan Kučan, el primer presidente de la Eslovenia independiente, tiene el honorable en Barcelona mil años que le observan y una deuda con la historia que ha de resolver, pues ha de incorporarse también de homéricas maneras a la lista de próceres insignes que un día enaltecieron a sus pueblos prometiendo glorias y grandezas mediante herramientas muy antiguas y de sencilla aplicación, como son las que devienen de las banderas y las tierras y las que se proyectan sobre patrimonios y derechos a los que nadie puede renunciar. Y como su oponente, pero en realidad compañero de aventura y cómplice en ardides, pretensiones y objetivos, no está dispuesto a abandonar su valiosa posición por muchas leyes y uniformes que le inviten a ceder, salvo que su honor y su memoria queden para siempre con símbolos de oro en los augustos corredores de la Generalitat.
Comparten tantas cosas estos tipos de grises recorridos y presidentes de conservadores artefactos que no habrá de inundarnos la sorpresa ni la alarma si un día los vemos pasear juntos en un parque, sentarse a dar de comer a las palomas y recordar entre risotadas y partidos de petanca los tiempos en que discutían y reñían mientras sus gentes se enzarzaban en peleas en las calles y empuñaban cacerolas y banderas como si representaran algún modelo de buscada identidad. Porque estos dos hombres, aspirantes a héroes inmunes en sus respectivos escenarios, no están solos.

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Ed Nofri
Fotografía: Ed Nofri

El muy liberal democristiano Mariano Rajoy tiene desde siempre el pescuezo tutelado por las huestes delictivas surgidas de la noche de los tiempos cuya primera y triste urgencia es la de ocultar, enterrar y disolver cuantos restos, pruebas, testimonios y vestigios queden de su profunda y enquistada corrupción, para lo que precisa con angustia un éxito en cualquier negociado o ministerio, qué mejor si se produce ante el riesgo de ruptura de las hispánicas amarras. Por su parte, el muy liberal democristiano Carles Puigdemont se debe a una confederación de malhechores cuyas manos saquearon hasta los últimos baúles y cuyo expediente no mejora ante el de sus antiguos socios madrileños, por lo que ha de encontrar también una adecuada vestidura que sirva de mortaja para sepultar tantas fechorías como sin duda han sido cometidas.
Y los dos dirigentes, tan incoloros e inodoros cada uno en su artefacto, viven entre las inquietas sombras y las holgadas influencias de sus funestos antecesores y mentores, pues fueron aupados por la guerra muy ficticia en desiertos muy lejanos inventada por Aznar en la Azores, en un caso, y por las muy severas corruptelas de Artur Mas ejercidas mediante porcentajes y coacciones a sus propios gobernados, en el otro. Así que los dos presidentes de estas andanadas necesitan desterrar por razones similares a quienes les dieron en su día mando, trono, altar y reino, pues de ello dependerá que sean también venerados y ensalzados y, en última instancia, recordados y admirados.
Tiene el gallego Rajoy su arcaica corte de inversores heredera de las grandes fortunas de otros tiempos que hoy habitan en el Ibex-35 y en luminosas oficinas de los barrios más lujosos de Madrid, aunque en sus sótanos se siguen practicando punibles maniobras que conducen cada año a sus mejores ejercicios en correcta proporcionalidad con el empobrecimiento general. Y tiene el catalán Puigdemont el manilargo Cercle d’Economia, que no es sino un consorcio misacantano y liberal cuyo cometido es mantener por cualquier medio los privilegios de la burguesía catalana mientras el populacho se ilusiona cuando hay que ir a votar. Y es sabido y conocido que ni el Ibex-35 ni el Cercle d’Economia pueden aprobar, bendecir y respaldar cualquier operación que implique el riesgo de un solo euro de sus arcas, por más que en el pasado hayan mimado y financiado a quienes ahora organizan y defienden el procesismo y la ruptura. Una cosa es la poética de la rebeldía y otra muy distinta los dineros, como hasta el último concejal del último distrito sabe desde el primer minuto en su electo y distinguido cargo.
Estos dos caballeros mandarines de lánguido discurso y aburrido proceder tienen también entre sus filas a quienes conservan las esencias y recuerdan la ortodoxia siempre que hay peligro de cometer algún desliz o de comportarse simplemente con decoro y dignidad. Si en Madrid la FAES pasa lista cada lunes para que nadie se desvíe de los objetivos primordiales, no otros que los dictados por la desvergüenza liberal, en Cataluña son la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural quienes forman las escuadras protectoras de cualquier gobierno que se adhiera a sus muy nacionalistas postulados y sin las cuales no podría comprenderse el esperpéntico protagonismo de Puigdemont y Forcadell. Y constatemos, hasta donde la memoria nos alcanza, que nunca se han presentado a unos comicios estas formaciones que despiertan a dragones y espantajos con sus himnos y banderas, que alientan y administran en las calles lo que ahora llaman emociones y que con la misma inconveniencia nos embarcan en conflictos fraudulentos o deciden en silencio quién se libra de la soga y quién perece al intentarlo.
Atesoran también estos dirigentes de maquinarias y artefactos un amplio repertorio de deudas y aranceles que les procuran vergonzosas servidumbres de las que ninguno se puede liberar, pues de ellos depende al mismo tiempo su propia obstinación. Guarda Rajoy en su carpeta de asistencias y favores los llegados de quienes le apoyan en los presupuestos estatales con la esperanza de tener un día un nuevo polideportivo en su ciudad y los de quienes se identifican de vez en cuando con sus fortuitas ocurrencias, desde los ciudadanistas de Rivera —ese chico desnortado que aún no ha podido distinguir un consejo de ministros de un martini dominguero— a los socialdemócratas de Sánchez —ese hombre giróscopo y flotante a quien esperan cada tarde en las esquinas con los cuchillos levantados—, acreedores todos ellos con la libranza asegurada por el lascivo crédito otorgado.
Por su parte, Puigdemont conserva completos anaqueles con las fianzas recibidas de los regimientos convergentes que le acunan cada día y las no menos importantes concedidas por los republicanos de Junqueras, acostumbrado como está al intercambio de agasajos y atenciones en las sacristías catalanas y el palacio episcopal. Y, por supuesto, tiene el honorable presidente una formidable deuda que pagar a las conmovedoras filas de la CUP, que en su temeraria ingenuidad pensaron que tan solo por apoyar la exigua minoría procesista los democristianos pondrían en sus manos la república catalana trabajadora y popular.
Pero a la vez que se confirman y cotejan las enormes y costosas deudas de estos inauditos dirigentes —que no impiden las traiciones soterradas y los engaños discontinuos—, observamos también los certeros silencios perpetrados durante el desarrollo procesista, pues nadie alcanza a creer que el ejército se mantenga en mutismo sepulcral, apenas roto por algún alférez despistado, y que las grandes entidades catalanas no decidieran migrar hasta el último momento para desfilar juntas en cayucos de oro por la Diagonal no solo en busca de su protección política y bursátil, sino de una puesta en escena organizada tiempo atrás. Y todo junto invita a suponer que el verano fue promiscuo en reuniones y corrillos en los que fueron proclamados juramentos y convenios.
Y así como rigen los asuntos y se instituyen los principios nacionales y las afrentas colectivas, los dos presidentes de nuestros más famosos artefactos se encuentran hoy hundidos y ofendidos en un grotesco barrizal para darse cuenta y ser conscientes del ínfimo papel que ambos representan, pero también para no cejar en el empeño de ser heroicos paladines y adalides en sus respectivos escenarios y no abandonar la frívola ilusión de situarse por hechos y derechos en los primeros puestos de la historia.

Volvamos a Eslovenia, el territorio balcánico y costero con el que sueña en ocasiones el presidente catalán, porque Milan Kučan aprendió en 1991 que en política eres quien eres si los demás quieren que lo seas. El gobierno de Liubliana desoyó las advertencias de Belgrado, convocó un referéndum, lo ganó, declaró la independencia y el ejército yugoslavo atacó, pero en aquel contexto histórico y estratégico los estados europeos decidieron apoyar la independencia de Eslovenia para tener un socio estable frente al polvorín serbio que no tardaría en estallar con el previsible respaldo de Moscú.
Y otro tanto o parecido puede decirse respecto a Estonia, el territorio báltico y también costero al que se refiere con frecuencia el dirigente catalán, cuya independencia fue aceptada de inmediato por los gobiernos europeos ante las inminentes ruinas de la Unión Soviética. En 1992 Estonia y Eslovenia se convirtieron en miembros de la ONU, organización que sigue sin reconocer a varios estados no porque no tengan derecho a ello, sino porque las razones políticas se imponen siempre sobre las reclamaciones de los pueblos. En cuanto a Kosovo, cuya guerra tenemos fresca en la memoria y en cuyo espejo también se miran los dirigentes del artefacto catalán, recordemos tan solo los cientos de miles de refugiados que produjo su enfrentamiento por la independencia y los miles de cuerpos que aún yacen enterrados en territorio balcánico.
Tan claro como que Madrid no es Belgrado es que Puigdemont no es Milan Kučan ni Cataluña es Estonia ni Eslovenia ni, por supuesto, Kosovo, por lo que apelar a la vía estonia, la vía eslovena o la vía kosovar como estrategias para lograr la independencia no es solo una insensata decisión, sino la demostración de que no importa el precio que haya que pagar para obtener el objetivo planteado, incluso el de balcanizarlo si fuere necesario. Los catalanes tiene tanto derecho a decidir su futuro como en su momento lo tuvieron estonios y eslovenos y lo tiene cualquier otra nación, pero es importante reconocer que este principio ya no se debate en ningún lado, porque la implacable realidad es que ya no hay debate alguno más allá de las demarcaciones catalanas.
La Moncloa está ganando la partida en el tablero internacional por la sencilla razón de que los demás estados, la banca y los mercados financieros quieren que la gane. Y si los demás han decidido que Cataluña pierda el desafío y han activado todos los mecanismos para que lo pierda, lo más seguro es que lo pierda. No se trata ya de invocar sus evidentes derechos colectivos ni de que a la Unión Europea, al FMI y al Banco Mundial les guste más la senyera o la estelada, sino de saber que los intereses internacionales priman sobre sus históricas aspiraciones y que su derrota ya está escrita y rubricada por los que mandan y deciden de verdad, no por quien ocupa temporalmente un puesto de gobierno. Como hace muchos años que aprendimos, hay asuntos que no son personales, sino solo negocios.

Regresemos ya a los artefactos nacionales, porque cabe preguntarse entonces a qué se debe que los descompuestos monclovitas de corbata y mocasín no permitan que los nuevos eslovenos voten y en su caso fracasen por sí solos, dado que apenas cuentan con apoyos y herramientas, en vez de generar las rudas imágenes de los antidisturbios en los colegios electorales y escudarse sin reparos ni rubor en la Constitución. La respuesta tal vez haya que encontrarla en que no asistimos a un enfrentamiento entre políticos mayúsculos cuyas capacidades se muestran al servicio de una causa o el cumplimiento de un deber, sino a una querella entre quienes necesitan ser al mismo tiempo sepultureros de sí mismos y de sus viciados artefactos e invictos triunfadores de una insólita batalla que a la vez les protege y les sustenta, aunque para ello tengan que poner en juego lo que ellos mismos contribuyeron a crear. Algunos conflictos, como tantas veces las guerras, trabajan en exclusiva para quienes los organizan y dirigen.
Y aunque solo fuera por ello los individuos que con tanta necedad dirigen sus grandes artefactos deberían iniciar el meritorio camino del olvido que sin duda ha de llevarles, junto a todo lo que representan, a las guaridas más inhóspitas y oscuras de nuestra historia, pues no tenemos causa que merezca enfrentamientos y ofensivas y a ningún gobierno deberíamos pagar tributos de semejante cualidad. Y de no ser así, recordaremos un día tantos daños y desastres como pudieron ser salvados y tanta infamia como generaron sus cerebros turbulentos, cráneos incendiarios que nunca fueron habitados por la inteligencia, la perspectiva, el entendimiento y la razón.

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Yann Grancher
Fotografía: Yann Grancher
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© Fran Vega, 14 de octubre de 2017

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Errejón, el loro y el viejo profesor

Errejón, el loro y el viejo profesor

En los pintorescos años del tránsito —ese período de nuestra historia revestido de heroísmo, cuando en realidad lo fue de cobardía y sumisión—, en los que la España de eucaristía y uniforme pasó a ser la que aún no es y a la que le falta mucho por ser, hubo en las filas de la izquierda un revuelo solo comparable al que ahora contemplamos. Cierto es que nuestra izquierda fue siempre pajarera y zascandil, pero estaba en juego entonces nada menos que el futuro, esa fantasía a la que solo aluden quienes ven en ella ocasiones de lucro, poderío y promoción.
Fue en esa época cuando las cartas marcadas por los trileros internacionales que nos predestinan y gobiernan se pusieron del lado socialdemócrata no porque se lo hubieran ganado durante la larga noche oscurantista, sino porque en política y economía hay carambolas que te entronizan con armiño o te conducen directamente al paredón. Tenía entonces Felipe González las patillas como hachas y Alfonso Guerra aspecto de mal poeta y perdedor, pero descubrieron que uniendo el encanto y las argucias podían llegar a lo más alto sin haber pasado antes por las grisuras clandestinas ni por los méritos cansados de la derrota y el exilio que exhibían los viejos compañeros de partido.
Sin embargo, juntos tenían también un adversario heterodoxo que no lo era porque arañara votos en sus feudos o alterara su folclórico programa electoral, sino porque era en sí mismo un personaje diferente a los clanes de tortilla y camisas de leñador, con lecturas a su espalda y un estilo labrado en bibliotecas que incordiaba en gran manera a quienes reinarían en Ferraz. A González le molestaban sus aires documentados; a Guerra, que le usurpara protagonismo entre fontaneros y arribistas y que le hiciera sombra entre quienes aún apreciaban la inteligencia.
De no haber sido por estos pequeños dolores, Enrique Tierno Galván hubiera sido uno de los ponentes de la Constitución y en su momento hubiera ocupado el puesto que otros ocuparon teniendo menos pedigrí, pero el caso es que los socialdemócratas del PSOE ya habían devorado a los sociopopulares del PSP y decidieron que nada mejor que auparlo a una alcaldía de postín para que fuera venerado sin inmiscuirse en asuntos para los que los cachorros sevillanos estaban sobradamente ansiosos y dispuestos.
Y así fue. En las primeras elecciones municipales, las de 1979, fue elegido alcalde de Madrid, plaza señera y buque insignia de cualquier formación política que se precie, lo que allanó el camino para que tres años después González y Guerra saludaran desde el Palace con la rosa en una mano y la estampa de Iscariote junto a la televisión.
A Tierno Galván, que en la transición ya era conocido como «el viejo profesor» sin haber cumplido los sesenta, se lo quitaron de encima como quien espanta de la calva una mosca reincidente, pero supo tomar posesión de sus dominios, se convirtió en el alcalde más popular de la villa y, una vez reelegido, se mantuvo al frente hasta que la muerte se lo llevó por delante un día de enero de 1986.
Para entonces había logrado de sus votantes algo por lo que cualquier diputado de provincias daría hoy hasta un pedazo de su páncreas: el afecto. Por razones que no pueden limitarse a sus bandos divertidos, a su monástica presencia y ni siquiera a las decisiones que tomó, los madrileños acudieron en masa a su sepelio mientras coreaban una de las frases que le hicieron popular: ¡A colocarse y al loro! Por supuesto, entre quienes jaleaban las consignas y vitoreaban el cadáver estaban no pocos de quienes le habían defenestrado unos años antes.
Seguramente sean muchas las diferencias de todo tipo entre el viejo profesor y el joven Errejón —no se trata aquí de la ideología, sino de la historia—, pero a este le proponen ahora el mismo puente de plata por no haber entendido que lo más sagrado en un partido es la jerárquica cadena de mando y que pretender obviarla suele ser sinónimo de patíbulo o exclusión, pues siempre hay tras esta iniciativa un loro copetudo que con su arrogancia y vanidad tiende a que hagan aguas los intentos de incumplir los rigores de las lógicas internas.
Después de todo, no le fue mal al viejo profesor en su destino, pero deberá decidir el joven Errejón si acepta la intendencia que le ofrecen como parte del programa de castigo y repulsión o si recoge sus enseres y regresa a su exclusivo núcleo irradiador. En cualquiera de los casos tendrá que estar listo y muy atento, no vaya a ser que quienes hoy le ensalzan mañana le lleven y despidan en caja de pino y en volandas por la calle de Alcalá, por donde dicen que la izquierda viene y va.
Hay veces en que la gente es conocida por sus retos, pero en la mayoría de las ocasiones lo es por sus renuncias. Al loro, joven.

© Fran Vega, 20 de febrero de 2017

Los cadáveres que investían a los muertos

Los cadáveres que investían a los muertos · Fotografía: Patrick Gries
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Réquiem por un socialista español

Réquiem por un socialista español

Con ferracidad y alevosía, el partido de los socialdemócratas españoles ha decidido poner fin a su existencia mediante un suicidio asistido, programado y ejecutado en dos tomas. Nada les obligaba a ello y ellos solos se han bastado para descerrajarse un tiro en el hígado y otro en la sien.
En realidad, ¿cuándo se rompió el socialismo español? Habría que remontarse para saberlo a los días de julio de 1936, a la ineptitud mostrada durante la guerra civil y a los lobos depredadores en la hora de la derrota, cuando entre ellos se daban dentelladas con Franco a las puertas de Madrid. Y también a Suresnes, en 1974, cuando los sevillanos del clan de la tortilla decidieron que ellos eran más grandes y mejores que quienes llevaban ya más de tres décadas en el exilio. Y, sobre todo, a 1979, cuando de la mano de su ya turbio secretario general se entregó a la socialdemocracia para poder llegar tres años después a la Moncloa.
Habría que pensar también en 1986, cuando hubo que tragarse el voto afirmativo en el referéndum atlántico. Y en la huelga general de 1988, cuando renovadores y guerristas peleaban por la protoherencia del felipismo. Y en todos los cocederos que se descubrieron después, en los que de igual modo se echaba la mano a la caja que se echaba mano de la cal. Y en todos los navajazos y ejecuciones que se han producido desde entonces en los pasillos de Ferraz sin que a ningún dirigente le importara la delirante deriva de su formación. Nos dio pena Borrell, pero lo suyo no fue nada comparado con lo de Sánchez, ese hombre desubicado entre perfectas manadas de fieras.
Y ahora, una vez consumado el ofertorio, ¿quién recoge estas cenizas tras el incendio felipista, la trama cebrianista y la soberbia susanista? Dicen que estos cráneos privilegiados esperan no solo que la derecha les devuelva el favor, sino que todos los resortes del sistema actúen de igual modo cuando las tornas cambien. Y se equivocan. Porque la derecha es mucho más lista y uniforme, se mantiene recta como un bloque de granito y jamás cometería el mismo error, sabedora de que un político suicida es lo último que los electores quieren. Y dicen también que la muerte asistida de los socialdemócratas cambiará para siempre el paisaje político heredado de la transición. Ya lo ha cambiado.
El socialismo español tenía una oportunidad de demostrar que quedaba en él algo de la izquierda que alguna vez quiso ser. Y de devolver a la izquierda todo lo que le hemos aguantado, todas las veces que nos ha sonrojado y todas las ocasiones en que nos ha avergonzado. Y no solo no lo ha hecho, sino que ya no tendrá más oportunidades de hacerlo, porque los muertos se quedan muy solos y no hablan con nadie. Y como los muertos en la antigüedad, los socialdemócratas viajan ya con una moneda en la boca, la que les han puesto los regidores eternos de cuanto acontece, las bandas que nunca han dejado de gobernarnos y los príncipes democristianos y financieros que son los únicos dueños del juego. Ha sido largo el viaje desde la trinchera a la colaboración: agrúpense todos en la tumba final.

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© Fran Vega, 26 de octubre de 2016

Zarzuela, Génova y Ferraz

Zarzuela, Génova y Ferraz

La ventaja de ser rey emérito es que no estás sujeto a ningún tipo de precepto legislativo, por lo que puedes hacer casi lo que quieras sin más frontera que la de tu propia ética, en caso de que la tengas. La Constitución impide que el rey que reina se inmiscuya en política o en asuntos propios de los partidos, pero nada limita la actividad del emérito, que hace y deshace sin rendir cuentas ni explicación.
Viene esto a propósito de que no resulta creíble que la carnicería que se está perpetrando en Ferraz sea ajena a conciliábulos como el que observan en la fotografía, en el que todos los comensales comparten objetivos e intereses. La ausencia de F6 se explica porque la propia Constitución le obliga a respetarla, pero no hay decreto que prohíba al emérito borbonear con el señor de los GAL, el señor de Irak, el señor de la Gürtel y un señor de León que fue invitado por cortesía.
Pensar que el enésimo movimiento cainita que los socialdemócratas están viviendo tiene su origen en pedristas y susanistas resultaría ingenuo. Hace meses que entre Zarzuela y Génova se estableció un hilo directo para lograr la investidura de Rajoy mediante la voladura de Ferraz siempre que esta se produjera desde dentro y con escenografía navajera. Y para ello se pidió colaboración al mejor dinamitero del reino: Felipe González, el viejo león superviviente de Suresnes con las cuatro patas hundidas en otros tantos consejos de administración. La Zarzuela se personó a través del emérito en un conflicto en el que no podía intervenir, pero del que dependía buena parte de su estabilidad.
No es creíble tampoco el difundido lapsus de González aludiendo a la guerra sucia en una entrevista radiofónica. En primer lugar, porque estaba grabada con anterioridad, y hubiera hecho falta una sola palabra del viejo león para que la Cadena Ser la editara y omitiera esa referencia. Y en segundo lugar, porque el viejo león es demasiado viejo y demasiado listo como para cometer ese pretendido error. Era una bala que tenía guardada para los de su propia tropa y que disparó con septembridad y alevosía. Un tá-pá-pá que en tres décadas no había dejado escapar, hasta que lo usó como fuego amigo camuflado entre críticas a su secretario general. Y una chulería, porque si en su momento ningún juez se atrevió a sentarle en el banquillo, él mismo ha confesado ahora sus fechorías sin que nadie le preguntara.
Es pronto para saber cómo terminará este golpe socialdemócrata y hasta qué punto beneficiará a sus instigadores y a quienes les financian o si se volverá en contra de sus cabecillas, pero no para observar la obscena fotografía tomada en un restaurante madrileño y reparar en que quien la hace no tiene plato en la mesa. No hay un sitio vacío, porque quien tomó la instantánea solo estaba convocado para que tomara nota del evento: Cebrián, ese fiel servidor y beneficiario de cualquier gobierno que lleva cuarenta años en todas las sombras de importancia.
Tal vez el partido socialdemócrata necesitaba un sepulturero y lo ha encontrado en el mismo que lo llevó al poder, pero una vez provocado el incendio, apagadas las llamas e identificados los pirómanos, ¿quién gestiona las cenizas? Pasarán años antes de que alguien se atreva a recogerlas y pueda responder.

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© Fran Vega, 1 de octubre de 2016

Socialtecnócratas

Socialtecnócratas · Fotografía: Irwin Klein
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Fran Vega
Socialtecnócratas
Fotografía: Irwin Klein

Como síntoma constante de nuestro tiempo de desprecios y tinieblas, las turbas postergadas contemplan cómo los desaparecidos se transforman en ocultos y los recónditos anuncian su regreso, como si en sus mentes no existieran las preguntas pertinentes ni surgieran las incógnitas severas: dónde estaban cuando se desplegaban las tormentas y caían sobre las ciudades y las gentes la miseria y la pobreza, dónde habitaban durante el hierro y los incendios, durante tanto yugo y cuánta soga. Vuelven con euforia y sin desdoro para narrar promesas indignantes a quienes ya no tienen fuerza para un gesto parecido a la sonrisa y pasean por las calles en espera de ovación y bendición, como si aún pudiera sostenerse que es posible la batalla delegada en quienes huyen y desertan, en quienes pactan y consienten, en quienes callan y obedecen. Y no regresan avergonzados y aturdidos, sino orgullosos y contentos de llegar en el último momento al espectáculo acordado, no otro que echar flores sobre el estiércol fecundado para dejar su huella permanente junto a las aves carroñeras de enigmática fortuna. Cuando los amos hayan cumplido con su parte estipulada y la vida sea ya el reino de silencio que soñaron, llegará el socialtecnócrata a la puerta principal del cementerio para decir a cada muerto sucumbido durante la holganza y la apatía: levántate y anda, agrupémonos todos, que aún estamos a tiempo de la última traición.

Figura anterior
«Acaudalados y optimistas»
Figura siguiente
«Tesoreros disyuntivos»

© Fran Vega, 2016

Rajoy no existe

20160628 · Rajoy no existe

A ver, que lo fácil ahora es decir que Mariano ha ganado las elecciones, pero eso es imposible por la incuestionada verdad de que Rajoy no existe. Todos los votantes del Partido Popular son conscientes de esta exactitud, así que socialdemócratas y podemitas son los únicos que permanecen en el limbo y siguen sin saber que el gran Mariano solo tiene vida en nuestra confusa imaginación. Veamos por qué.
En primer lugar, porque Aznar está satisfecho con el resultado y ha felicitado a su sucesor. Y esto es muy mal asunto, porque significa que es Josemari quien habita en la oquedad craneal de Mariano.
Después, porque nada podía esperarse de una campaña podemita basada en invocaciones a la patria y corazoncitos veraniegos. ¿Qué creían estos chicos? ¿Que hemos llegado hasta aquí para escuchar estas cosas? ¿Que hemos peleado tanto para llevar un corazoncito en la solapa? No, muchachos, no basta con la camisa blanca remangada y tres o cinco ocurrencias en prime time. Necesitamos dinamita intelectual y fuego en las neuronas, no carantoñas ni ternura de colegas.
A continuación, porque solo los socialdemócratas pueden aprobar un eslogan electoral tan hueco como “Vota sí al cambio”. Eso del cambio funcionó una vez, pero está claro que no es una mina sin fondo. Y menos aún si va impreso sobre la foto de un líder errático y errante cuya vida política pende de un pedo. ¿Cuándo se van a convencer los políticos de que la gente jamás vota incertidumbre?
Más todavía: es imposible que exista alguien como Mariano Rajoy. Es imposible que alguien así dirija una banda perfectamente organizada que gana elecciones y aumenta su ventaja en cada convocatoria. Eso no puede ser verdad.
Pero, sobre todo, Rajoy no existe porque el Partido Popular no lo necesita. ¿Para qué tener un líder si no hay nadie que trabaje mejor por el partido que podemitas y socialdemócratas?
Rajoy no ha existido nunca. Y la izquierda solo ha demostrado un principio físico irrebatible: dos fuerzas que chocan siempre impulsan a una tercera.
(En efecto, lector: usted y yo tampoco existimos. Solo somos el resultado de un capricho algorítmico).

© Fran Vega, 28 de junio de 2016

Que vuelva ya Georgie Dann

20160607 · Que vuelva ya Georgie Dann

Los chicos del Partido Popular anunciaron y divulgaron ayer el nuevo arreglo musical de su himno, que en esta ocasión ha adquirido ritmo de merengue. Dijeron también que habían dudado entre varias opciones rítmicas, pero que al final se había impuesto el merengue. Así. Sin avisar ni nada.
Es de suponer que con esta innovación esperan triunfar en las verbenas rurales del verano después de haberse alzado con el primer premio en las elecciones, lo que sin duda supondrá un sustancioso incremento del consumo de alcohol y otras sustancias aún mejores por parte del personal menos inclinado hacia la nueva gaviota merengada.
Pero lo verdaderamente inquietante es intentar ponerse en la cabeza de quienes han tomado esta siniestra decisión. Nada tengo en contra de este ritmo tan alegre, pero reconozcamos que no parece la idea más brillante para intentar ganar adeptos o siquiera votantes. De modo que solo queda pensar que una vez instaladas la memez absoluta y la corrupción generalizada en la sede negra de la calle Génova, solo faltaba que lo hiciera también la demencia total.
Si a la iniciativa bailonga de los populares añadimos el corazoncito podemita y las invocaciones suaristas de los muchachos de Ferraz, cabe preguntarse qué será lo siguiente en esta tronchante campaña electoral de piscina, frigodedo y trampolín.
Es hora, por tanto, de reivindicar las auténticas canciones del verano para que en las plazas de los pueblos suenen este año de forma atronadora y acallen, por favor, ese himno merengoso cuyos primeros acordes ya invitan al alboroto, al incendio e incluso al merengue de neutrones.
Que vuelva ya Georgie Dann.

© Fran Vega, 7 de junio de 2016

Episodios nacionales

20160424 · Philip Bonn

Dicen estos días quienes se dedican a la extravagante actividad de la política que no queda otra salida que convocar elecciones generales, pero también hay quien augura un pacto de última hora entre socialdemócratas y democristianos, pues todos son una u otra cosa aunque sus siglas sean diferentes.
Y dicen quienes entienden de estos feos asuntos que los resultados de unos nuevos comicios no serían muy distintos de los conocidos, de modo que no parece tampoco que pueda suponer solución alguna al entretenido espectáculo que nos brindan. Mejor sería entonces que llegaran a un acuerdo no porque este fuera bueno, sino para dejar de aburrirnos con sus actitudes infantiles y sus infames teatralidades.
Por si acaso, vayamos preparando papel y papeletas, no vaya a ser que en cualquier momento suenen las cornetas y nos pillen despistados.
Ahí tienen las urnas. No olviden lavarse las manos después.

© Fran Vega, 24 de abril de 2016

Príncipe y mendigo

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez
· Ucronías ·
Fran Vega
Príncipe y mendigo

La novela de Mark Twain publicada en 1881 que narra la historia de dos muchachos de idéntica apariencia —un mendigo que vive con su padre y un príncipe que es hijo del rey de Inglaterra— representa la absurda realidad que contemplamos desde que en vísperas navideñas acudimos a las urnas.
Rajoy, ese amargo cisne negro que la historia nos ha proporcionado, se encuentra en agrias circunstancias de mendicidad sociopolítica que no solo le retratan como presidente y miembro de nuestra misma especie (sic), sino que nos delatan como votantes de presunta inteligencia electoral. Aislado en la caverna monclovita, deambula por pasillos y despachos, repasa la prensa deportiva, envía mensajes por las tardes y espera angustiado la llamada del monarca que le obligue a abandonar sus dependencias. Nadie le quiere. Nadie le escribe. Solo piensan en él para mofarse de sus lapsus y lagunas. Es la imagen perfecta del ostracismo y la exclusión.
A no mucha distancia, y en la misma capital estupefacta, reside el príncipe que un día recibió el manto de la rosa bajo la estricta vigilancia de quienes le habían antecedido: predecesores y ascendientes que todavía le tutelan bajo la amenaza de usurparle sus emblemas mayestáticos. El príncipe Sánchez es un rehén de sí mismo, pues aceptó en su momento una fatídica elección y unas condiciones de contrato que tan solo le permiten decidir lo que en realidad no importa. Es el hombre sin atributos en el reino de Kakania que Robert Musil describió en su novela inacabada (Der Mann ohne Eigenschaften). Y es también el hombre de laboratorio que Mary W. Shelley hubiera querido diseñar para su Frankenstein o el moderno Prometeo.
Príncipe y mendigo protagonizan estos días la más esperpéntica comedia que hubiéramos podido imaginar, pues ambos se arrogan la victoria cuando ellos mismos saben que fueron derrotados por una pizpireta sociedad que aún no tiene claro en qué consiste el arte de gobernar. No se llaman porque no saben qué decirse. Y si se encuentran de chiripa miran cada uno hacia otro lado, como adolescentes en la plaza esperando que un compañero de colegio acuda e interceda.
Y, en efecto, algún miembro del sanedrín que nos gobierna —ese consejo oculto en el que habitan desde el Ibex-35 hasta el Bilderberg de Guindos, desde la FAES de Aznar hasta el yate de González— atenderá la llamada de socorro desde los sótanos de la monarquía —cuyo titular ha visto malograda su temporada de esquí debido a estas trifulcas— y pondrá orden y concierto entre tanta algarabía y tanto caos como afecta a los mercados.
Poco importa si príncipe y mendigo al final hacen las paces y caminan de la mano hacia la investidura en el Congreso. Poco importa si cada uno de ellos busca otros aliados para formar gobiernos multicolores y psicodélicos con los que aguantar en primera fila un par de temporadas más. Importa que en toda trama hay una zona oscura de acceso restringido en la que se escriben los guiones. Y que sus finales son puntualmente ignorados por quienes debieran protagonizarlos.
Respetado mendigo, respetado príncipe: conversen, argumenten, discutan, pacten, decidan. Ustedes tampoco importan.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 31 de enero de 2016

Los gobiernos y el síndrome Benítez

Mariano Rajoy y Florentino Pérez
· Ucronías ·
Fran Vega
Los gobiernos y el síndrome Benítez

Mas y Rajoy deambulaban por los pasillos de sus lánguidos palacios cuando la noticia les llegó en la tarde más fría y lluviosa de los últimos meses: Benítez, ese hombre con apellido de sargento benemérito, había sido despedido como primer espada del club blanco. Y un interrogante bíblico se instaló de repente en los graníticos cerebros de nuestros más ilustres regidores: ¿por qué, Señor, por qué?
Poco o nada entiendo de fútbol, o al menos no todavía, pero dicen quienes saben de colores y balones que a un entrenador lo despiden siempre los jugadores, no los presidentes, pues estos solo ejecutan lo que aquellos deciden en los húmedos vestuarios y manifiestan después con su holganza sobre el césped. De modo que esto y no otra cosa se preguntan los líderes democristianos que todavía nos gobiernan y los dirigentes socialdemócratas que anhelan gobernarnos: si los campeonísimos de Europa han conseguido derrocar a su laureado y afamado jefe, ¿qué será de nosotros si tampoco nos quieren los nuestros?
Mas y Rajoy ganaron las elecciones y Sánchez no las perdió del todo, pues salvó los muebles frente a la hecatombe prevista, pero ahora resulta que ninguno de los tres es bienvenido ni en su propia casa a la hora de los postres. Rajoy es un obstáculo catedralicio para alcanzar acuerdos estables con la oposición y con sus propias filas, Mas lleva meses recibiendo soplamocos y guantazos hasta en el paladar y Sánchez sabe que desde generales a furrieles le siegan la hierba bajo los pies. Qué efímera es la victoria, se dicen entre bastidores los cómicos de la legua.
Sin embargo, cuando comenzó la temporada político-deportiva todos eran claros triunfadores en sus circunscripciones emocionales y hasta el último niñato del barrio quería hacerse una foto con ellos. ¿Qué ha pasado para que en un trimestre se hayan convertido en malolientes y apestados?
No lo saben, porque solo recuerdan que ganaron y que ello les confiere el derecho a resistir cada uno a su manera. Rajoy sueña con ser ahora el abanderado del consenso y el acuerdo, Sánchez se ve a sí mismo como Allende en el palacio de la Moneda y Mas, el mesiánico y letárgico Mas, quisiera pasar a la historia como Companys para que en el futuro sea celebrado con antorchas y esteladas. Pero los tres tienen ya marcado el camino de salida y se asustan ante el abismo del olvido.
Ninguno de estos patéticos candidatos a regentes se plantea renunciar por cortesía, buen gusto y dignidad, ninguno asume que sus días han terminado y que ya no habrá más escenas de sofá, ninguno hace el equipaje y se despide con sosiego y elegancia. Y todos venderían su alma al diablo a cambio de mantener su trasero electo en el sillón omnipresente del poder.
No hay norma ni ley que impida que un político convoque elecciones una y otra vez hasta que resulte claro vencedor y no hay nada que pueda detener esta aburrida situación, lo que aumenta las probabilidades de que quien constitucionalmente está por encima de ellos intervenga, influya, convenza y fuerce la rendición de los más ásperos resistentes. La ley se lo permite, pero el jefe supremo de todas las tropas sabe que en su acción estaría implícito su demérito y que no está la corona para muchas romerías, lo que no impide que los lúgubres aspirantes que hoy transitan todavía por salones y despachos teman el sonido de sus móviles y la inequívoca identidad del reclamante: F6.
Y así como Benítez recibió la llamada de F1 anunciándole su despedida y finiquito, los mercaderes de cláusulas y acuerdos viven sospechando que a F6 también se le acaba la paciencia, ante lo que solo cabe pedirles que emulen al entrenador y no al emperador: recojan sus bártulos en silencio, llamen a un taxi y regresen ordenadamente a sus casas. Viva Benítez.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 7 de enero de 2016

Pactando con lobos

Mas y Rajoy: pactando con lobos
· Ucronías ·
Fran Vega
Mas y Rajoy: pactando con lobos

Resulta que en esta España nuestra de sargentos y furrieles se impone ahora la obligada necesidad del diálogo y el pacto, de conversaciones de sofá mientras suenan en las calles alegres villancicos y se adivina en el ambiente un aroma de convivencia y amistad. Resulta que en este país nuestro, tan tabernario y jaranero, no hay más remedio estos días que escuchar a quien no quisiéramos tratar y atender su respetable exposición que en el fondo nos delata. Resulta ahora que los políticos de este país de ordenanzas y decretos se comportan como si vinieran a cenar los cuñados más impertinentes de la historia.
Quién le iba a decir a nuestro atribulado presidente del gobierno que tendría que sentarse a dialogar con quien hace poco le afeaba su rarísima conducta o con quien viste camisas adquiridas en hipermercados de barrios que todavía no ha pisado. Quién le iba a decir en su atalaya monclovita que se terminó lo del plasma y la menina y que no tiene otra salida que aflojarse la corbata y escuchar las bobaditas de derechosos e izquierdosos porque medio país aún no se ha enterado de las hazañas cometidas. Quién le iba a decir que más allá de la prensa deportiva que cada mañana revisa en el retrete hay una diabólica existencia llena de cepos y de trampas, de laberintos maquiavélicos en los que no sirve para nada el escapulario ni la sorna, de ciénagas y charcos repletos de alimañas que arruinan y sepultan nuestro digno acontecer. Quién le iba a decir a él, que todo lo ha sido en esta España nuestra, desde aburrido concejal a incompetente presidente, que ahora su futuro depende de un par de guaperas perfectamente rasurados y un tipo extraño con coleta y cierto deje al caminar.
Y como todo ser alucinado e insensato, nuestro registrador no termina de creerse lo que las urnas le tenían preparado ni puede comprender que la patria le traicione, la misma patria que rescató solemnemente del desastre y los mercados antes de sentarse en la tribuna a aplaudir dos goles y un penalti, la misma patria a la que tanto ha dado y a la que tanto quiso procurar. El cisne negro vive estos días sin vivir en él, sin fumarse un puro por las tardes ni jugar mentalmente al dominó, porque por primera vez en su amarillenta trayectoria tiene que escuchar y dialogar, tiene que ofrecer y conversar, tiene que ceder y proceder. It’s very difficult todo esto, se dice cabizbajo por las noches cuando recuerda con nostalgia los recientes tiempos absolutos de silencio y cerrazón.
Y quién le iba a decir también al otro atildado presidente, al mesiánico protector de las esencias catalanas y relamido dirigente con hechuras de convincente vendedor, que un día tendría que esperar en la buhardilla de su casa a que un grupo de mochileros dominantes, de revoltosos con sudadera y camiseta y asamblea y opinión, votara y decidiera su agonía y frustración y prolongara y estirara su esperpéntico fracaso, su ridícula postura y su humillante situación. Quién le iba a decir a él, que a punto ha estado varias veces de inmolarse por desconexión e independencia, que tendría que vérselas al fin con semejantes individuos de atuendos prohibitivos y cabelleras clandestinas, con la turba indeseable de barriada y callejón. Quién le iba a decir al estirado presidente de trajes a medida y afeitado milimétrico que a esta alegre muchachada tendría que ofrecerles oro, incienso y mirra para permitirse un poco más de heroísmo provinciano, de épica grotesca y de estilo degradante ante su propia multitud.
Estos dos hombrecillos que tanto se quisieron y adoraron, que tantos ajustes y recortes acordaron mientras parecían detestarse y separarse, que tantas mayorías se otorgaron en hoteles y burdeles y que tanto se parecen en su mísera actitud, no tienen más remedio ahora que pactar por separado unos cuantos votos del ignorado populacho para sobrevivir entre alfombras y moquetas sin olfatear siquiera la empobrecida, cansada y arruinada realidad.
Y estos dos tipos casi divinos, estos dos tipos que hace mucho tiempo que entendieron que el arte de la política no es sino la guerra por otros medios, se sienten ahora humillados y ofendidos ante lo que consideran un injusto castigo procedente de un pueblo descarriado e ignorante, una impropia circunstancia macabra y juguetona que la vida les ha dado para que se arrodillen y defequen de pánico y temor ante los leones y las hienas surgidos de sus propias felonías y de su única y exclusiva perversión.
Así están, así son y así seguirán estos dos oscuros personajes de funesto advenimiento, estos tristes responsables de tanto como hemos padecido y estos patibularios mercaderes capaces de alcanzar las más altas cimas de miseria, embuste y podredumbre a cambio de lamer y relamer cualquier esfínter y conducto que les otorgue la aritmética adición. Cada uno por su lado pactará con quien le toque, no importará qué ni tampoco hasta cuándo, y solo ellos serán conocedores de la cláusulas secretas que su acuerdo implique, pues nosotros tan solo veremos otra vez chirriantes apretones de manos y saludos complacientes entre quienes se necesitan y negocian en nombre de la estabilidad, la prima de riesgo y la doliente democracia.
Pactemos también nosotros no alterarnos por tanta infamia como contemplamos, no sufrir por tanto ingenio y artificio y no acoger a estos comerciantes de mercadillo y ocasión, porque al fin y al cabo seguiremos soportando los efectos de su pacto y ellos sonreirán en sus despachos por la suerte de tener junto a su mesa otro bandido salvador. Continuemos entonces atentos a lo nuestro, a nuestras cosas y a los nuestros, porque entre lobos de antorchas y banderas ni se duermen ni se muerden.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 30 de diciembre de 2015

¿Un país indignado?

¿Un país indignado?
· Ucronías ·
Fran Vega
¿Un país indignado?

Se suponía que estábamos enfadados. Muy enfadados. Enfadados con nuestra propia historia, con nuestros gobernantes, con quienes nos gobiernan sin que les hayamos elegido y con quienes gestionan desde despachos lejanos nuestro presente y nuestro destino. Se suponía que estábamos tan enfadados que íbamos a darle matarile a la Cibeles y que nuestros cánticos revolucionarios se iban a escuchar desde Madrid hasta la cancillería de Berlín. Tan enfadados se suponía que estábamos, tan cansados e indignados, que esperábamos el día de las urnas para entregar la cartilla del paro al presidente del gobierno y el billete de regreso al líder de la oposición. Se suponía que estábamos tan enfadados que hasta habíamos aprendido a estarlo.
Y no. No estábamos tan enfadados, ni tan indignados, ni tan cansados. Solo estábamos jugando a la revolución, a desempolvar proclamas y pancartas, a anunciar a las gentes de bien condenas y castigos que nunca se creyeron para que nadie nos dijera que no estábamos enfadados, sino asustados. Muy asustados.
En las elecciones del pasado día 20, más del 50 % de los votos ha ido a parar al zurrón de los partidos tradicionales, los de toda la vida, esos mismos de los que llevamos años quejándonos porque nos engañan, nos estafan y se arrodillan ante quienes no deben. Más de catorce millones de personas de este país nuestro se levantaron el pasado domingo por la mañana y pensaron que sí, que vale, que lo han hecho muy mal, pero que es Navidad, y qué caramba, vamos a darles otra oportunidad. Y más de catorce millones de electores entregaron su papeleta a los partidos que nos han traído hasta aquí, esos mismos de los que nos queríamos librar y que en este mismo instante están decidiendo qué diablos hacen con sus sillones y sus pactos y cómo nos venden el asunto de las coaliciones o de las nuevas elecciones.
Hay que suponer, por tanto, que en estas jornadas prenavideñas los dirigentes democristianos y socialdemócratas están silbando villancicos con los pies encima de la mesa y una copa bien servida mientras piensan en la clase de ciudadanos que les votan, en la tropa mentecata y majadera que se ha pasado toda una legislatura de protestas y mareas para dejarlos donde estaban, en este paisanaje asustadizo que tolera lo intolerable y se entretiene con su propia farsa mientras los culpables de tantas tropelías como hemos conocido se aflojan las corbatas y respiran aliviados y sonríen como hienas de cínica mirada.
Es cierto que hay una cuña incómoda en el arco parlamentario generada por casi nueve millones de votantes que eligieron a partidos diferentes, pero no es más que un espejismo que la cartografía ideológica se encarga de aclarar. El voto democristiano se ha fragmentado en dos grupos, que juntos suman el mismo número de votos con el que Mariano Rajoy se convirtió en vencedor absoluto hace cuatro años. El voto socialdemócrata ha retrocedido un poco en favor del tándem Iglesias-Errejón, pero Podemos solo ha ganado en dos circunscripciones y sus 69 diputados están muy lejos de propiciar los cambios que tanto han sido coreados. Y el partido que aún continúa en el poder mantiene la mayoría absoluta en el Senado, que por muy inútil que parezca tiene una diabólica importancia.
Así que el mapa de la España en la que todo iba a cambiar sigue teñido de azul, de un azul que ahora decepciona no solo por lo que políticamente representa, sino por lo que socialmente significa. Tanta marea por las calles, tanta acampada en los parques y en las plazas para comprobar que la gaviota de siempre planea sobre la casi totalidad del territorio.
Formamos parte de un país al que le asustan tanto los cambios que preferimos no hacerlos y dejar que otros los hagan por nosotros para poder quejarnos después al sol de las terrazas o acodados en los bares, mientras murmuramos algo incomprensible sobre el tiempo o los deportes. Nos gusta lamentarnos, maldecir a quien gobierna y proclamar que ya estamos hartos y que ya está bien y que a la próxima se van a enterar, pero actuamos después como un yerno acomodado que lleva flores a su suegra en el día de su santo y tiende la mano a su cuñado con humillante complacencia.
No somos un país indignado: solo somos un país asustado que de vez en cuando se molesta porque le tocan la cartera o los impuestos, porque le hacen esperar en la consulta del médico o porque llueve en un fin de semana de agosto. Y del mismo modo que esperamos a que salga el sol, aguardamos en nuestra esquina a que otros resuelvan lo que nos afecta, pero sabiendo perfectamente que no lo resolverán y que así podremos seguir instalados en la queja mediterránea de cerveza y boquerón.
Se suponía que estábamos indignados. Muy indignados. Pero solo estábamos disgustados, mohínos y enojados. Y, sobre todo, estábamos asustados. Y así seguimos: cubiertos de basura hasta el gaznate mientras confiamos en que la aurora boreal nos saque de esta ciénaga infinita en la que un día nos metieron. Bienvenidos a la misma Iberia de siempre.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 23 de diciembre de 2015

Un poquito de Educación

Escuela
· Ucronías ·
Fran Vega
Un poquito de Educación

En los días en que tiene lugar la campaña electoral para las elecciones generales del 20 de diciembre, resulta desolador que ningún partido político haya elaborado y presentado un proyecto que trate de resolver asuntos enquistados desde hace décadas, como la administración de justicia o la educación.
La educación en nuestro país es un problema tan grave como el desempleo, pero ningún gobierno desde 1975 ha tomado en serio la tarea de estructurar un sistema educativo que atienda las importantes y seculares carencias de educadores y alumnos. El resultado, cuatro décadas después, no puede ser más que desastroso.
Tras la Ley General de Educación (LGE) de Villar Palasí (1970), que introdujo la nefasta Enseñanza General Básica (EGB) y el infame Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), la primera ley educativa de la democracia fue la Ley Orgánica del Estatuto de Centros Escolares (LOECE), impulsada en 1980 por el ucedista Otero Novas.
Cinco años después, el socialdemócrata José María Maravall fue el encargado de que se aprobara la Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE), que estableció los colegios concertados. Y no fue hasta 1990 cuando otro ministro del PSOE, Javier Solana, desarrolló la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE), que introdujo la fracasada Educación Secundaria Obligatoria (ESO) y otorgó a las comunidades autónomas la potestad de decidir y gestionar buena parte de los contenidos educativos.
La Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE), aprobada en 2002 por el gobierno conservador de Aznar, con Pilar del Castillo como ministra del ramo, no llegó a ser aplicada y en su lugar el gabinete socialdemócrata de Rodríguez Zapatero puso en marcha la Ley Orgánica de Educación (LOE), publicada en 2006. Pero bastó la llegada al poder del Partido Popular a finales de 2011 para que se redactara la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), presentada por José Ignacio Wert y aprobada en 2013.
Además de los citados, recordemos que desde 1975 han sido titulares del Ministerio de Educación ilustres personajes como Robles Piquer, Mayor Zaragoza, Pérez Rubalcaba, Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy, Mercedes Cabrera y Ángel Gabilondo, entre otros. Y observemos que cada cambio de tendencia en el gobierno ha conllevado una nueva ley de educación.
Pero si tenemos en cuenta que desde las primeras elecciones democráticas, en 1977, solo ha habido tres partidos en el poder (UCD, PSOE y PP), la situación no puede ser más sorprendente: tres partidos distintos y seis leyes diferentes para un mismo objetivo frustrado.
Casi no es necesario repasar el informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA) para comprobar que el fracaso educativo en España es una constante desde hace décadas debido, entre otras razones, a que cada inquilino de la Moncloa impulsa una nueva reforma y a que cada ministro quiere dejar su huella en las aulas atendiendo exclusivamente a la ideología del partido que gobierna.
Nunca la educación ha sido tratada como un asunto de estado y siempre ha servido para camuflar tendencias y para que sus responsables ejercieran sus ministerios como trampolines en espera de mejores destinos, como muestran los casos de Mayor Zaragoza, Solana, Rubalcaba, Aguirre, Rajoy y Wert, por ejemplo. Mencionar la larga lista de consejeros de los gobiernos autónomos que han introducido modificaciones en muchas ocasiones esperpénticas en sus respectivos territorios sería demasiado largo.
En estos tiempos de crisis económica y social, en los que desde todos los foros se promueven cambios rotundos dirigidos a modificar nuestro sistema de vida y nuestro modelo productivo —si es que alguna vez hemos tenido alguno que sobrepase los límites del ladrillo y el chiringuito playero—, urge como una necesidad ineludible la transformación profunda y radical de nuestro fracasado sistema de enseñanza, que obviamente no es ajeno a nuestras elevadas tasas de desempleo y que es responsable de buena parte de las carencias profesionales, culturales y éticas de nuestra sociedad, traducidas en un panorama que resulta inútil describir.
Sin embargo, en todos los discursos que hemos escuchado durante la precampaña, y en todos los que quedan por escuchar hasta las elecciones, la educación es tratada como una cuestión tangencial y como parte de una larga lista de reformas que todos los candidatos se comprometen a realizar.
El escenario resultante será que en caso de alcance la Moncloa un partido diferente al que hoy aún gobierna, e incluso si la alcanza el mismo, una nueva ley de educación sobrevendrá y muy probablemente no resolverá lo que desde hace cuarenta años es urgente resolver, si es que se elabora también pensando en el partido y la ideología y no en quienes debieran ser los verdaderos protagonistas de la misma: la comunidad educativa, formada por educadores, educandos y cualquier persona con alguna responsabilidad en este asunto fundamental para nuestro presente y, sobre todo, para nuestro futuro.
Porque mientras la educación no sea abordada por quienes deben hacerlo, y no por políticos y técnicos que bailan al son de su ministro de turno, nuestro destino seguirá estando en manos de quienes promueven un futuro de casino y castañuelas, esa fosa sin fondo que a veces parecen cavar quienes nos gobiernan.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 4 de diciembre de 2015