Congresos y concilios

Congresos y concilios
· Apuntes del Subsuelo ·
Congresos y concilios

Concluidas las reuniones y dividido el territorio, los dirigentes realizaban absurdas declaraciones y abrazaban a los antiguos adversarios con la sonrisa de quien tiene en la cartera una oferta inmejorable que no se puede rechazar. Mientras tanto, asociados y secuaces de una y otra banda anotaban los testigos y esperaban en el patio a que fueran necesarios sus encargos para afianzar por otros medios las victorias conseguidas. Los congresos habían terminado.

© Fran Vega, 2017

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Los cadáveres que investían a los muertos

Los cadáveres que investían a los muertos · Fotografía: Patrick Gries
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Zarzuela, Génova y Ferraz

Zarzuela, Génova y Ferraz

La ventaja de ser rey emérito es que no estás sujeto a ningún tipo de precepto legislativo, por lo que puedes hacer casi lo que quieras sin más frontera que la de tu propia ética, en caso de que la tengas. La Constitución impide que el rey que reina se inmiscuya en política o en asuntos propios de los partidos, pero nada limita la actividad del emérito, que hace y deshace sin rendir cuentas ni explicación.
Viene esto a propósito de que no resulta creíble que la carnicería que se está perpetrando en Ferraz sea ajena a conciliábulos como el que observan en la fotografía, en el que todos los comensales comparten objetivos e intereses. La ausencia de F6 se explica porque la propia Constitución le obliga a respetarla, pero no hay decreto que prohíba al emérito borbonear con el señor de los GAL, el señor de Irak, el señor de la Gürtel y un señor de León que fue invitado por cortesía.
Pensar que el enésimo movimiento cainita que los socialdemócratas están viviendo tiene su origen en pedristas y susanistas resultaría ingenuo. Hace meses que entre Zarzuela y Génova se estableció un hilo directo para lograr la investidura de Rajoy mediante la voladura de Ferraz siempre que esta se produjera desde dentro y con escenografía navajera. Y para ello se pidió colaboración al mejor dinamitero del reino: Felipe González, el viejo león superviviente de Suresnes con las cuatro patas hundidas en otros tantos consejos de administración. La Zarzuela se personó a través del emérito en un conflicto en el que no podía intervenir, pero del que dependía buena parte de su estabilidad.
No es creíble tampoco el difundido lapsus de González aludiendo a la guerra sucia en una entrevista radiofónica. En primer lugar, porque estaba grabada con anterioridad, y hubiera hecho falta una sola palabra del viejo león para que la Cadena Ser la editara y omitiera esa referencia. Y en segundo lugar, porque el viejo león es demasiado viejo y demasiado listo como para cometer ese pretendido error. Era una bala que tenía guardada para los de su propia tropa y que disparó con septembridad y alevosía. Un tá-pá-pá que en tres décadas no había dejado escapar, hasta que lo usó como fuego amigo camuflado entre críticas a su secretario general. Y una chulería, porque si en su momento ningún juez se atrevió a sentarle en el banquillo, él mismo ha confesado ahora sus fechorías sin que nadie le preguntara.
Es pronto para saber cómo terminará este golpe socialdemócrata y hasta qué punto beneficiará a sus instigadores y a quienes les financian o si se volverá en contra de sus cabecillas, pero no para observar la obscena fotografía tomada en un restaurante madrileño y reparar en que quien la hace no tiene plato en la mesa. No hay un sitio vacío, porque quien tomó la instantánea solo estaba convocado para que tomara nota del evento: Cebrián, ese fiel servidor y beneficiario de cualquier gobierno que lleva cuarenta años en todas las sombras de importancia.
Tal vez el partido socialdemócrata necesitaba un sepulturero y lo ha encontrado en el mismo que lo llevó al poder, pero una vez provocado el incendio, apagadas las llamas e identificados los pirómanos, ¿quién gestiona las cenizas? Pasarán años antes de que alguien se atreva a recogerlas y pueda responder.

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© Fran Vega, 1 de octubre de 2016

Rajoy no existe

20160628 · Rajoy no existe

A ver, que lo fácil ahora es decir que Mariano ha ganado las elecciones, pero eso es imposible por la incuestionada verdad de que Rajoy no existe. Todos los votantes del Partido Popular son conscientes de esta exactitud, así que socialdemócratas y podemitas son los únicos que permanecen en el limbo y siguen sin saber que el gran Mariano solo tiene vida en nuestra confusa imaginación. Veamos por qué.
En primer lugar, porque Aznar está satisfecho con el resultado y ha felicitado a su sucesor. Y esto es muy mal asunto, porque significa que es Josemari quien habita en la oquedad craneal de Mariano.
Después, porque nada podía esperarse de una campaña podemita basada en invocaciones a la patria y corazoncitos veraniegos. ¿Qué creían estos chicos? ¿Que hemos llegado hasta aquí para escuchar estas cosas? ¿Que hemos peleado tanto para llevar un corazoncito en la solapa? No, muchachos, no basta con la camisa blanca remangada y tres o cinco ocurrencias en prime time. Necesitamos dinamita intelectual y fuego en las neuronas, no carantoñas ni ternura de colegas.
A continuación, porque solo los socialdemócratas pueden aprobar un eslogan electoral tan hueco como “Vota sí al cambio”. Eso del cambio funcionó una vez, pero está claro que no es una mina sin fondo. Y menos aún si va impreso sobre la foto de un líder errático y errante cuya vida política pende de un pedo. ¿Cuándo se van a convencer los políticos de que la gente jamás vota incertidumbre?
Más todavía: es imposible que exista alguien como Mariano Rajoy. Es imposible que alguien así dirija una banda perfectamente organizada que gana elecciones y aumenta su ventaja en cada convocatoria. Eso no puede ser verdad.
Pero, sobre todo, Rajoy no existe porque el Partido Popular no lo necesita. ¿Para qué tener un líder si no hay nadie que trabaje mejor por el partido que podemitas y socialdemócratas?
Rajoy no ha existido nunca. Y la izquierda solo ha demostrado un principio físico irrebatible: dos fuerzas que chocan siempre impulsan a una tercera.
(En efecto, lector: usted y yo tampoco existimos. Solo somos el resultado de un capricho algorítmico).

© Fran Vega, 28 de junio de 2016

Que vuelva ya Georgie Dann

20160607 · Que vuelva ya Georgie Dann

Los chicos del Partido Popular anunciaron y divulgaron ayer el nuevo arreglo musical de su himno, que en esta ocasión ha adquirido ritmo de merengue. Dijeron también que habían dudado entre varias opciones rítmicas, pero que al final se había impuesto el merengue. Así. Sin avisar ni nada.
Es de suponer que con esta innovación esperan triunfar en las verbenas rurales del verano después de haberse alzado con el primer premio en las elecciones, lo que sin duda supondrá un sustancioso incremento del consumo de alcohol y otras sustancias aún mejores por parte del personal menos inclinado hacia la nueva gaviota merengada.
Pero lo verdaderamente inquietante es intentar ponerse en la cabeza de quienes han tomado esta siniestra decisión. Nada tengo en contra de este ritmo tan alegre, pero reconozcamos que no parece la idea más brillante para intentar ganar adeptos o siquiera votantes. De modo que solo queda pensar que una vez instaladas la memez absoluta y la corrupción generalizada en la sede negra de la calle Génova, solo faltaba que lo hiciera también la demencia total.
Si a la iniciativa bailonga de los populares añadimos el corazoncito podemita y las invocaciones suaristas de los muchachos de Ferraz, cabe preguntarse qué será lo siguiente en esta tronchante campaña electoral de piscina, frigodedo y trampolín.
Es hora, por tanto, de reivindicar las auténticas canciones del verano para que en las plazas de los pueblos suenen este año de forma atronadora y acallen, por favor, ese himno merengoso cuyos primeros acordes ya invitan al alboroto, al incendio e incluso al merengue de neutrones.
Que vuelva ya Georgie Dann.

© Fran Vega, 7 de junio de 2016

Episodios nacionales

20160424 · Philip Bonn

Dicen estos días quienes se dedican a la extravagante actividad de la política que no queda otra salida que convocar elecciones generales, pero también hay quien augura un pacto de última hora entre socialdemócratas y democristianos, pues todos son una u otra cosa aunque sus siglas sean diferentes.
Y dicen quienes entienden de estos feos asuntos que los resultados de unos nuevos comicios no serían muy distintos de los conocidos, de modo que no parece tampoco que pueda suponer solución alguna al entretenido espectáculo que nos brindan. Mejor sería entonces que llegaran a un acuerdo no porque este fuera bueno, sino para dejar de aburrirnos con sus actitudes infantiles y sus infames teatralidades.
Por si acaso, vayamos preparando papel y papeletas, no vaya a ser que en cualquier momento suenen las cornetas y nos pillen despistados.
Ahí tienen las urnas. No olviden lavarse las manos después.

© Fran Vega, 24 de abril de 2016

Famaztella, S.A.

20160421 · Aznar

Nadie sabe en qué momento exacto este hombre pasó de ser un perfecto cretino a un inigualable cínico. Nadie sabe si fue antes o después de llegar a la Moncloa o antes o después de convertirse en una figura indeseada y vomitiva. Un tipo de cuya imaginación surge el nombre de Famaztella, S.A. (Familia Aznar Botella, S. A.) no merece mayor credibilidad. Y un individuo que lleva años luciendo y exigiendo patriotismo mientras elude sus impuestos debería ser condenado, por lo menos, a permanecer en silencio durante las próximas décadas.
Y este mismo hombre ganó dos elecciones seguidas, nos metió en una guerra para su exclusiva satisfacción y sembró discordias y corrupciones durante años.
Y es el mismo hombre que preside ese partido político del que usted me habla. Ese partido político que tal vez vuelva a gobernar sobre un país sin criterio. Y sin memoria.

© Fran Vega, 21 de abril de 2016

Esa persona de la que usted me habla

Sáenz de Santamaría y Soria

Tenemos un patriota menos en las filas del gobierno y uno más en el sector de “esas personas de las que usted me habla”, que es como el presidente en funciones suele referirse a quienes en algún momento fueron de su máxima confianza y hoy hacen fila en la puerta del juzgado.
La estrepitosa caída del imaginativo ministro que estableció un impuesto al Sol reaviva en las tropas populares la operación Menina, es decir, la operación Soraya. Tan abrasado está Rajoy que ya ni los suyos creen que pueda salvarse de las cenizas, por lo que impulsarían a SSS como candidata popular en unas hipotéticas elecciones con la esperanza de que su condición femenina y su, hasta el momento, limpia trayectoria robara votos a socialdemócratas, podemitas y ciudadanitas.
Pero hay que esperar, porque tal vez un acuerdo de última hora coloque a Soraya en la Moncloa sin necesidad de pasar por las urnas: Pedro Sánchez dijo que nunca apoyaría a Rajoy, pero nada dijo de la Menina.
Que la fiesta continúe.

© Fran Vega, 18 de abril de 2016

Un país de mucho honor

20160415 · Ajax

Ser algo a título honorífico es, seguramente, lo más triste que se puede ser. Sabíamos hasta ahora que se puede alcanzar semejante rango siendo pontífice, monarca o presidente de cualquier partido político que se desenvuelva con destreza entre escombros y basura. Pero desde hace unos días sabemos también que se puede ser comisario honorífico, un nombramiento muy extraño que nos lleva a preguntarnos qué se consume en las altas instancias del Ministerio del Interior, ese oscuro departamento en donde la última palabra la tiene un ángel de la guarda.
De modo que tras la entrega de medallas y condecoraciones a vírgenes y gacetilleros de variada condición, nos preguntamos muy estupefactos qué será lo siguiente. Y no estamos seguros de querer saberlo.
¿No les parece que vivimos en un país muy raro?

© Fran Vega, 15 de abril de 2016

Príncipe y mendigo

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez
· Ucronías ·
Fran Vega
Príncipe y mendigo

La novela de Mark Twain publicada en 1881 que narra la historia de dos muchachos de idéntica apariencia —un mendigo que vive con su padre y un príncipe que es hijo del rey de Inglaterra— representa la absurda realidad que contemplamos desde que en vísperas navideñas acudimos a las urnas.
Rajoy, ese amargo cisne negro que la historia nos ha proporcionado, se encuentra en agrias circunstancias de mendicidad sociopolítica que no solo le retratan como presidente y miembro de nuestra misma especie (sic), sino que nos delatan como votantes de presunta inteligencia electoral. Aislado en la caverna monclovita, deambula por pasillos y despachos, repasa la prensa deportiva, envía mensajes por las tardes y espera angustiado la llamada del monarca que le obligue a abandonar sus dependencias. Nadie le quiere. Nadie le escribe. Solo piensan en él para mofarse de sus lapsus y lagunas. Es la imagen perfecta del ostracismo y la exclusión.
A no mucha distancia, y en la misma capital estupefacta, reside el príncipe que un día recibió el manto de la rosa bajo la estricta vigilancia de quienes le habían antecedido: predecesores y ascendientes que todavía le tutelan bajo la amenaza de usurparle sus emblemas mayestáticos. El príncipe Sánchez es un rehén de sí mismo, pues aceptó en su momento una fatídica elección y unas condiciones de contrato que tan solo le permiten decidir lo que en realidad no importa. Es el hombre sin atributos en el reino de Kakania que Robert Musil describió en su novela inacabada (Der Mann ohne Eigenschaften). Y es también el hombre de laboratorio que Mary W. Shelley hubiera querido diseñar para su Frankenstein o el moderno Prometeo.
Príncipe y mendigo protagonizan estos días la más esperpéntica comedia que hubiéramos podido imaginar, pues ambos se arrogan la victoria cuando ellos mismos saben que fueron derrotados por una pizpireta sociedad que aún no tiene claro en qué consiste el arte de gobernar. No se llaman porque no saben qué decirse. Y si se encuentran de chiripa miran cada uno hacia otro lado, como adolescentes en la plaza esperando que un compañero de colegio acuda e interceda.
Y, en efecto, algún miembro del sanedrín que nos gobierna —ese consejo oculto en el que habitan desde el Ibex-35 hasta el Bilderberg de Guindos, desde la FAES de Aznar hasta el yate de González— atenderá la llamada de socorro desde los sótanos de la monarquía —cuyo titular ha visto malograda su temporada de esquí debido a estas trifulcas— y pondrá orden y concierto entre tanta algarabía y tanto caos como afecta a los mercados.
Poco importa si príncipe y mendigo al final hacen las paces y caminan de la mano hacia la investidura en el Congreso. Poco importa si cada uno de ellos busca otros aliados para formar gobiernos multicolores y psicodélicos con los que aguantar en primera fila un par de temporadas más. Importa que en toda trama hay una zona oscura de acceso restringido en la que se escriben los guiones. Y que sus finales son puntualmente ignorados por quienes debieran protagonizarlos.
Respetado mendigo, respetado príncipe: conversen, argumenten, discutan, pacten, decidan. Ustedes tampoco importan.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 31 de enero de 2016

Los gobiernos y el síndrome Benítez

Mariano Rajoy y Florentino Pérez
· Ucronías ·
Fran Vega
Los gobiernos y el síndrome Benítez

Mas y Rajoy deambulaban por los pasillos de sus lánguidos palacios cuando la noticia les llegó en la tarde más fría y lluviosa de los últimos meses: Benítez, ese hombre con apellido de sargento benemérito, había sido despedido como primer espada del club blanco. Y un interrogante bíblico se instaló de repente en los graníticos cerebros de nuestros más ilustres regidores: ¿por qué, Señor, por qué?
Poco o nada entiendo de fútbol, o al menos no todavía, pero dicen quienes saben de colores y balones que a un entrenador lo despiden siempre los jugadores, no los presidentes, pues estos solo ejecutan lo que aquellos deciden en los húmedos vestuarios y manifiestan después con su holganza sobre el césped. De modo que esto y no otra cosa se preguntan los líderes democristianos que todavía nos gobiernan y los dirigentes socialdemócratas que anhelan gobernarnos: si los campeonísimos de Europa han conseguido derrocar a su laureado y afamado jefe, ¿qué será de nosotros si tampoco nos quieren los nuestros?
Mas y Rajoy ganaron las elecciones y Sánchez no las perdió del todo, pues salvó los muebles frente a la hecatombe prevista, pero ahora resulta que ninguno de los tres es bienvenido ni en su propia casa a la hora de los postres. Rajoy es un obstáculo catedralicio para alcanzar acuerdos estables con la oposición y con sus propias filas, Mas lleva meses recibiendo soplamocos y guantazos hasta en el paladar y Sánchez sabe que desde generales a furrieles le siegan la hierba bajo los pies. Qué efímera es la victoria, se dicen entre bastidores los cómicos de la legua.
Sin embargo, cuando comenzó la temporada político-deportiva todos eran claros triunfadores en sus circunscripciones emocionales y hasta el último niñato del barrio quería hacerse una foto con ellos. ¿Qué ha pasado para que en un trimestre se hayan convertido en malolientes y apestados?
No lo saben, porque solo recuerdan que ganaron y que ello les confiere el derecho a resistir cada uno a su manera. Rajoy sueña con ser ahora el abanderado del consenso y el acuerdo, Sánchez se ve a sí mismo como Allende en el palacio de la Moneda y Mas, el mesiánico y letárgico Mas, quisiera pasar a la historia como Companys para que en el futuro sea celebrado con antorchas y esteladas. Pero los tres tienen ya marcado el camino de salida y se asustan ante el abismo del olvido.
Ninguno de estos patéticos candidatos a regentes se plantea renunciar por cortesía, buen gusto y dignidad, ninguno asume que sus días han terminado y que ya no habrá más escenas de sofá, ninguno hace el equipaje y se despide con sosiego y elegancia. Y todos venderían su alma al diablo a cambio de mantener su trasero electo en el sillón omnipresente del poder.
No hay norma ni ley que impida que un político convoque elecciones una y otra vez hasta que resulte claro vencedor y no hay nada que pueda detener esta aburrida situación, lo que aumenta las probabilidades de que quien constitucionalmente está por encima de ellos intervenga, influya, convenza y fuerce la rendición de los más ásperos resistentes. La ley se lo permite, pero el jefe supremo de todas las tropas sabe que en su acción estaría implícito su demérito y que no está la corona para muchas romerías, lo que no impide que los lúgubres aspirantes que hoy transitan todavía por salones y despachos teman el sonido de sus móviles y la inequívoca identidad del reclamante: F6.
Y así como Benítez recibió la llamada de F1 anunciándole su despedida y finiquito, los mercaderes de cláusulas y acuerdos viven sospechando que a F6 también se le acaba la paciencia, ante lo que solo cabe pedirles que emulen al entrenador y no al emperador: recojan sus bártulos en silencio, llamen a un taxi y regresen ordenadamente a sus casas. Viva Benítez.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 7 de enero de 2016

Pactando con lobos

Mas y Rajoy: pactando con lobos
· Ucronías ·
Fran Vega
Mas y Rajoy: pactando con lobos

Resulta que en esta España nuestra de sargentos y furrieles se impone ahora la obligada necesidad del diálogo y el pacto, de conversaciones de sofá mientras suenan en las calles alegres villancicos y se adivina en el ambiente un aroma de convivencia y amistad. Resulta que en este país nuestro, tan tabernario y jaranero, no hay más remedio estos días que escuchar a quien no quisiéramos tratar y atender su respetable exposición que en el fondo nos delata. Resulta ahora que los políticos de este país de ordenanzas y decretos se comportan como si vinieran a cenar los cuñados más impertinentes de la historia.
Quién le iba a decir a nuestro atribulado presidente del gobierno que tendría que sentarse a dialogar con quien hace poco le afeaba su rarísima conducta o con quien viste camisas adquiridas en hipermercados de barrios que todavía no ha pisado. Quién le iba a decir en su atalaya monclovita que se terminó lo del plasma y la menina y que no tiene otra salida que aflojarse la corbata y escuchar las bobaditas de derechosos e izquierdosos porque medio país aún no se ha enterado de las hazañas cometidas. Quién le iba a decir que más allá de la prensa deportiva que cada mañana revisa en el retrete hay una diabólica existencia llena de cepos y de trampas, de laberintos maquiavélicos en los que no sirve para nada el escapulario ni la sorna, de ciénagas y charcos repletos de alimañas que arruinan y sepultan nuestro digno acontecer. Quién le iba a decir a él, que todo lo ha sido en esta España nuestra, desde aburrido concejal a incompetente presidente, que ahora su futuro depende de un par de guaperas perfectamente rasurados y un tipo extraño con coleta y cierto deje al caminar.
Y como todo ser alucinado e insensato, nuestro registrador no termina de creerse lo que las urnas le tenían preparado ni puede comprender que la patria le traicione, la misma patria que rescató solemnemente del desastre y los mercados antes de sentarse en la tribuna a aplaudir dos goles y un penalti, la misma patria a la que tanto ha dado y a la que tanto quiso procurar. El cisne negro vive estos días sin vivir en él, sin fumarse un puro por las tardes ni jugar mentalmente al dominó, porque por primera vez en su amarillenta trayectoria tiene que escuchar y dialogar, tiene que ofrecer y conversar, tiene que ceder y proceder. It’s very difficult todo esto, se dice cabizbajo por las noches cuando recuerda con nostalgia los recientes tiempos absolutos de silencio y cerrazón.
Y quién le iba a decir también al otro atildado presidente, al mesiánico protector de las esencias catalanas y relamido dirigente con hechuras de convincente vendedor, que un día tendría que esperar en la buhardilla de su casa a que un grupo de mochileros dominantes, de revoltosos con sudadera y camiseta y asamblea y opinión, votara y decidiera su agonía y frustración y prolongara y estirara su esperpéntico fracaso, su ridícula postura y su humillante situación. Quién le iba a decir a él, que a punto ha estado varias veces de inmolarse por desconexión e independencia, que tendría que vérselas al fin con semejantes individuos de atuendos prohibitivos y cabelleras clandestinas, con la turba indeseable de barriada y callejón. Quién le iba a decir al estirado presidente de trajes a medida y afeitado milimétrico que a esta alegre muchachada tendría que ofrecerles oro, incienso y mirra para permitirse un poco más de heroísmo provinciano, de épica grotesca y de estilo degradante ante su propia multitud.
Estos dos hombrecillos que tanto se quisieron y adoraron, que tantos ajustes y recortes acordaron mientras parecían detestarse y separarse, que tantas mayorías se otorgaron en hoteles y burdeles y que tanto se parecen en su mísera actitud, no tienen más remedio ahora que pactar por separado unos cuantos votos del ignorado populacho para sobrevivir entre alfombras y moquetas sin olfatear siquiera la empobrecida, cansada y arruinada realidad.
Y estos dos tipos casi divinos, estos dos tipos que hace mucho tiempo que entendieron que el arte de la política no es sino la guerra por otros medios, se sienten ahora humillados y ofendidos ante lo que consideran un injusto castigo procedente de un pueblo descarriado e ignorante, una impropia circunstancia macabra y juguetona que la vida les ha dado para que se arrodillen y defequen de pánico y temor ante los leones y las hienas surgidos de sus propias felonías y de su única y exclusiva perversión.
Así están, así son y así seguirán estos dos oscuros personajes de funesto advenimiento, estos tristes responsables de tanto como hemos padecido y estos patibularios mercaderes capaces de alcanzar las más altas cimas de miseria, embuste y podredumbre a cambio de lamer y relamer cualquier esfínter y conducto que les otorgue la aritmética adición. Cada uno por su lado pactará con quien le toque, no importará qué ni tampoco hasta cuándo, y solo ellos serán conocedores de la cláusulas secretas que su acuerdo implique, pues nosotros tan solo veremos otra vez chirriantes apretones de manos y saludos complacientes entre quienes se necesitan y negocian en nombre de la estabilidad, la prima de riesgo y la doliente democracia.
Pactemos también nosotros no alterarnos por tanta infamia como contemplamos, no sufrir por tanto ingenio y artificio y no acoger a estos comerciantes de mercadillo y ocasión, porque al fin y al cabo seguiremos soportando los efectos de su pacto y ellos sonreirán en sus despachos por la suerte de tener junto a su mesa otro bandido salvador. Continuemos entonces atentos a lo nuestro, a nuestras cosas y a los nuestros, porque entre lobos de antorchas y banderas ni se duermen ni se muerden.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 30 de diciembre de 2015

¿Un país indignado?

¿Un país indignado?
· Ucronías ·
Fran Vega
¿Un país indignado?

Se suponía que estábamos enfadados. Muy enfadados. Enfadados con nuestra propia historia, con nuestros gobernantes, con quienes nos gobiernan sin que les hayamos elegido y con quienes gestionan desde despachos lejanos nuestro presente y nuestro destino. Se suponía que estábamos tan enfadados que íbamos a darle matarile a la Cibeles y que nuestros cánticos revolucionarios se iban a escuchar desde Madrid hasta la cancillería de Berlín. Tan enfadados se suponía que estábamos, tan cansados e indignados, que esperábamos el día de las urnas para entregar la cartilla del paro al presidente del gobierno y el billete de regreso al líder de la oposición. Se suponía que estábamos tan enfadados que hasta habíamos aprendido a estarlo.
Y no. No estábamos tan enfadados, ni tan indignados, ni tan cansados. Solo estábamos jugando a la revolución, a desempolvar proclamas y pancartas, a anunciar a las gentes de bien condenas y castigos que nunca se creyeron para que nadie nos dijera que no estábamos enfadados, sino asustados. Muy asustados.
En las elecciones del pasado día 20, más del 50 % de los votos ha ido a parar al zurrón de los partidos tradicionales, los de toda la vida, esos mismos de los que llevamos años quejándonos porque nos engañan, nos estafan y se arrodillan ante quienes no deben. Más de catorce millones de personas de este país nuestro se levantaron el pasado domingo por la mañana y pensaron que sí, que vale, que lo han hecho muy mal, pero que es Navidad, y qué caramba, vamos a darles otra oportunidad. Y más de catorce millones de electores entregaron su papeleta a los partidos que nos han traído hasta aquí, esos mismos de los que nos queríamos librar y que en este mismo instante están decidiendo qué diablos hacen con sus sillones y sus pactos y cómo nos venden el asunto de las coaliciones o de las nuevas elecciones.
Hay que suponer, por tanto, que en estas jornadas prenavideñas los dirigentes democristianos y socialdemócratas están silbando villancicos con los pies encima de la mesa y una copa bien servida mientras piensan en la clase de ciudadanos que les votan, en la tropa mentecata y majadera que se ha pasado toda una legislatura de protestas y mareas para dejarlos donde estaban, en este paisanaje asustadizo que tolera lo intolerable y se entretiene con su propia farsa mientras los culpables de tantas tropelías como hemos conocido se aflojan las corbatas y respiran aliviados y sonríen como hienas de cínica mirada.
Es cierto que hay una cuña incómoda en el arco parlamentario generada por casi nueve millones de votantes que eligieron a partidos diferentes, pero no es más que un espejismo que la cartografía ideológica se encarga de aclarar. El voto democristiano se ha fragmentado en dos grupos, que juntos suman el mismo número de votos con el que Mariano Rajoy se convirtió en vencedor absoluto hace cuatro años. El voto socialdemócrata ha retrocedido un poco en favor del tándem Iglesias-Errejón, pero Podemos solo ha ganado en dos circunscripciones y sus 69 diputados están muy lejos de propiciar los cambios que tanto han sido coreados. Y el partido que aún continúa en el poder mantiene la mayoría absoluta en el Senado, que por muy inútil que parezca tiene una diabólica importancia.
Así que el mapa de la España en la que todo iba a cambiar sigue teñido de azul, de un azul que ahora decepciona no solo por lo que políticamente representa, sino por lo que socialmente significa. Tanta marea por las calles, tanta acampada en los parques y en las plazas para comprobar que la gaviota de siempre planea sobre la casi totalidad del territorio.
Formamos parte de un país al que le asustan tanto los cambios que preferimos no hacerlos y dejar que otros los hagan por nosotros para poder quejarnos después al sol de las terrazas o acodados en los bares, mientras murmuramos algo incomprensible sobre el tiempo o los deportes. Nos gusta lamentarnos, maldecir a quien gobierna y proclamar que ya estamos hartos y que ya está bien y que a la próxima se van a enterar, pero actuamos después como un yerno acomodado que lleva flores a su suegra en el día de su santo y tiende la mano a su cuñado con humillante complacencia.
No somos un país indignado: solo somos un país asustado que de vez en cuando se molesta porque le tocan la cartera o los impuestos, porque le hacen esperar en la consulta del médico o porque llueve en un fin de semana de agosto. Y del mismo modo que esperamos a que salga el sol, aguardamos en nuestra esquina a que otros resuelvan lo que nos afecta, pero sabiendo perfectamente que no lo resolverán y que así podremos seguir instalados en la queja mediterránea de cerveza y boquerón.
Se suponía que estábamos indignados. Muy indignados. Pero solo estábamos disgustados, mohínos y enojados. Y, sobre todo, estábamos asustados. Y así seguimos: cubiertos de basura hasta el gaznate mientras confiamos en que la aurora boreal nos saque de esta ciénaga infinita en la que un día nos metieron. Bienvenidos a la misma Iberia de siempre.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 23 de diciembre de 2015

Mariano, el cisne negro

Mariano, el cisne negro
· Ucronías ·
Fran Vega
Mariano, el cisne negro

Cuando nos encontramos casi al borde de las elecciones, conviene recordar que algunos historiadores definen el cisne negro como el hecho resultante de circunstancias que en principio se presentan desconectadas entre sí, pero que confluyen en un mismo momento para generar un resultado adverso.
A partir de esta formulación, podemos indagar por qué tenemos un cisne negro entre nosotros, por qué en uno de los periodos más duros y frustrantes que hemos conocido tenemos al frente a un hombre tan absurdo como inepto y por qué corremos el riesgo de seguir teniendo en el futuro a este mismo cisne negro, cuando no a otro tan tristemente parecido.
Enemistado con Fraga desde los años ochenta, Mariano Rajoy supo quedar a salvo de las grandes purgas estalinistas que antecedieron a la refundación de Alianza Popular en 1989. Ya entonces daba muestras del principal activo de su personalidad: la resistencia. Y con Aznar a la cabeza del PP, se hizo un hueco en la ejecutiva nacional y a partir de 1996 comenzó su desfile por diversos ministerios encargados de materias que ignoraba en los que dejó olvidable huella de otras dos de sus características: la pereza y la indecisión. Su presencia en el despacho se deducía del olor a habano y de la prensa deportiva olvidada en el retrete.
El ascendente estrellato de nuestro personaje conoció horas bajas durante la zafia gestión del desastre del Prestige en 2002, cuando ya había alcanzado la vicepresidencia del gobierno, pero «el señor de los hilillos» salió de aquella crisis en mejor situación que otros más torpes que él y se mantuvo a flote como una boya en la cisterna. Ni siquiera la marea negra le salpicó.
Al año siguiente, Rodrigo Rato le hizo el impagable favor de oponerse a la guerra de Irak, lo que supuso su defenestración como hipotético sucesor de Aznar, travestido ya en mercenario chusquero de corneta y mosquetón. De no haber sido por los intereses de Rato, tal vez hoy en la Moncloa estaría sentado un hombre con tarjetas black en el bolsillo, aunque a cambio tenemos a otro con sobres en la billetera de los que «todo es falso, salvo alguna cosa».
En la terna azul manejada por el entonces presidente figuraba también Mayor Oreja, el hombre que sabía que con Franco vivíamos mejor, pero el arquitecto del aznarato descartó las veleidades del primero y la disolución mental del segundo y optó por el candidato más cómodo y manejable. Rajoy pasaba por allí, como un señor vestido de gris que da de comer a las palomas en el parque, y en septiembre de 2003 fue designado candidato a la Moncloa: un inspector de Hacienda sería sustituido por un registrador de la propiedad, una de esas circunstancias esperpénticas tan propias de nuestra historia. Y ni en su propia casa sabían que tenían un cisne negro en el salón.
Los atentados del 11-M sorprendieron a Rajoy al borde de la victoria electoral, pero apoyó la farsa inventada por su jefe, se tragó la derrota y quedó el hombre al frente de un partido que nadie lideraba. Sin embargo, para él significó un «ahora o nunca» y una batalla a muerte de la que podía salir despedazado o laureado. Nuevamente, la resistencia jugaría a su favor.
Volvió a perder las elecciones en 2008 después de una ridícula campaña protagonizada por «la niña de los chuches» —esa fantasía freudiana que debió de costarle más de un almohadazo en la alcoba conyugal—, y mientras algunos pedían su cabeza, otros pensaron que Rajoy era un mal menor frente al peligro que llevaban en sus garras quienes aspiraban a presidir el partido. Así que en el congreso de Valencia de ese mismo año fue reelegido presidente del PP. No había nadie mejor y sus barones decidieron que era preferible dejar que se abrasara en la planta noble de Génova 13.
El cisne negro no comenzó a ver la luz hasta que se hicieron evidentes la profundidad de la crisis que entonces se iniciaba y la incapacidad de Rodríguez Zapatero para reaccionar ante los alarmantes datos que llegaban cada día. Y cuando en mayo de 2010 el gobierno socialdemócrata dio un giro a su política económica obligado por Bruselas y Berlín, Rajoy supo que de nuevo tenía ante sí el «ahora o nunca». Estaba en el sitio adecuado y en el momento oportuno. «Mariano, es tu hora», se dijo mientras veía en televisión la repetición de las jugadas más interesantes.
A partir de entonces solo tuvo que emular a Newton: sentado con el Marca bajo el árbol de la crisis, la fruta madura caería por su propio peso y llegaría a sus manos sin haber hecho una sola mueca y ni un solo gesto de impaciencia. Y la manzana cayó un 20 de noviembre, esa fecha incomparable que en su partido recuerdan con esmero cuando ondean banderines con olor a naftalina y almidón.
«¡Presente!», exclamó frente al espejo el mejor registrador de la propiedad que hemos tenido nunca en la Moncloa. Y en 2011 este hombre resistente, indeciso, absurdo, ignorante, oportunista y perezoso se convirtió en presidente del gobierno gracias a los votos de once millones de españoles que lo eligieron ante la debilidad de sus rivales y la indisimulada manipulación de la crisis, convertida ya en la ocasión de oro para tantos retrocesos y abandonos como hemos conocido. Porque España es lo que tiene: que tiene españoles y mucho españoles.
Por sí solo Rajoy jamás hubiera llegado a la Moncloa, pues la ausencia de carisma, liderazgo, presencia, oratoria e inteligencia le hubiera condenado de por vida a su próspera y gris oficina de provincias, pero la suma de factores externos le convirtieron en un cisne negro que, de momento, aún chapotea en su nigérrimo estanque. Nada propio le favorecía, pero todo lo ajeno le resultó favorable.
Su legislatura ha servido para consolidar el profundo cambio ideológico, económico y social tejido alrededor de la crisis, pero también para comprobar las toneladas de basura que se ocultan tras las siglas de los partidos políticos, entre los que el suyo se ha erigido en olímpico campeón. «Mariano, sé fuerte», le dijo su tesorero desde el chabolo una tarde plomiza de domingo. Y lo ha sido como nadie, ignorando las rotundas evidencias de absurda negación.
Y por si no fuera suficiente, la política contrarreformista apadrinada por los eurobuitres ha dejado sus excrementos en cada uno de los servicios públicos que aún quedan en pie hasta condenar a más de un tercio de la población a la supervivencia insoportable. Menos mal que el mejor filósofo de nuestra historia contemporánea encuentra siempre una buena explicación: un vaso es un vaso y un plato es un plato.
En este paisaje de aguas negras no es difícil imaginar la aparición de un nuevo personaje que sea capaz de arrastrar a los electores mediante dos simples mecanismos de sencilla adquisición para los alegres contribuyentes: credibilidad y ausencia de pasado. Cualquiera que no haya estado en la cúpula de los partidos políticos ni de los gobiernos y que no tenga oscuridades ni sobresueldos en su expediente se hará un hueco destacado en la política española. Cualquiera que sea igual de ignorante, indeciso, oportunista, resistente y majadero. Y si consigue que sus propuestas fiscales y laborales resulten creíbles, arrasará.
Las circunstancias socioeconómicas y la falta de confianza en nuestro propio sistema pueden facilitar la llegada de un nuevo cisne negro que en otro contexto no hubiera pasado de subencargado en unos pequeños almacenes, pero que en el actual puede convertirse en líder, presidente y salvador. Y nuestra larga experiencia nos dice que no hay nada peor que un político iluminado que se considere a sí mismo salvador de las Españas.
Once millones de electores votaron al último cisne negro. Y es probable que estos mismos electores vuelvan a llevarlo a la Moncloa o elijan a otro de plumaje parecido. Pero que en ningún momento olviden que bajo las alas de estos cisnes han crecido siempre las herramientas más negras que la historia ha conocido.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 17 de diciembre de 2015

Un poquito de Educación

Escuela
· Ucronías ·
Fran Vega
Un poquito de Educación

En los días en que tiene lugar la campaña electoral para las elecciones generales del 20 de diciembre, resulta desolador que ningún partido político haya elaborado y presentado un proyecto que trate de resolver asuntos enquistados desde hace décadas, como la administración de justicia o la educación.
La educación en nuestro país es un problema tan grave como el desempleo, pero ningún gobierno desde 1975 ha tomado en serio la tarea de estructurar un sistema educativo que atienda las importantes y seculares carencias de educadores y alumnos. El resultado, cuatro décadas después, no puede ser más que desastroso.
Tras la Ley General de Educación (LGE) de Villar Palasí (1970), que introdujo la nefasta Enseñanza General Básica (EGB) y el infame Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), la primera ley educativa de la democracia fue la Ley Orgánica del Estatuto de Centros Escolares (LOECE), impulsada en 1980 por el ucedista Otero Novas.
Cinco años después, el socialdemócrata José María Maravall fue el encargado de que se aprobara la Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE), que estableció los colegios concertados. Y no fue hasta 1990 cuando otro ministro del PSOE, Javier Solana, desarrolló la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE), que introdujo la fracasada Educación Secundaria Obligatoria (ESO) y otorgó a las comunidades autónomas la potestad de decidir y gestionar buena parte de los contenidos educativos.
La Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE), aprobada en 2002 por el gobierno conservador de Aznar, con Pilar del Castillo como ministra del ramo, no llegó a ser aplicada y en su lugar el gabinete socialdemócrata de Rodríguez Zapatero puso en marcha la Ley Orgánica de Educación (LOE), publicada en 2006. Pero bastó la llegada al poder del Partido Popular a finales de 2011 para que se redactara la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), presentada por José Ignacio Wert y aprobada en 2013.
Además de los citados, recordemos que desde 1975 han sido titulares del Ministerio de Educación ilustres personajes como Robles Piquer, Mayor Zaragoza, Pérez Rubalcaba, Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy, Mercedes Cabrera y Ángel Gabilondo, entre otros. Y observemos que cada cambio de tendencia en el gobierno ha conllevado una nueva ley de educación.
Pero si tenemos en cuenta que desde las primeras elecciones democráticas, en 1977, solo ha habido tres partidos en el poder (UCD, PSOE y PP), la situación no puede ser más sorprendente: tres partidos distintos y seis leyes diferentes para un mismo objetivo frustrado.
Casi no es necesario repasar el informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA) para comprobar que el fracaso educativo en España es una constante desde hace décadas debido, entre otras razones, a que cada inquilino de la Moncloa impulsa una nueva reforma y a que cada ministro quiere dejar su huella en las aulas atendiendo exclusivamente a la ideología del partido que gobierna.
Nunca la educación ha sido tratada como un asunto de estado y siempre ha servido para camuflar tendencias y para que sus responsables ejercieran sus ministerios como trampolines en espera de mejores destinos, como muestran los casos de Mayor Zaragoza, Solana, Rubalcaba, Aguirre, Rajoy y Wert, por ejemplo. Mencionar la larga lista de consejeros de los gobiernos autónomos que han introducido modificaciones en muchas ocasiones esperpénticas en sus respectivos territorios sería demasiado largo.
En estos tiempos de crisis económica y social, en los que desde todos los foros se promueven cambios rotundos dirigidos a modificar nuestro sistema de vida y nuestro modelo productivo —si es que alguna vez hemos tenido alguno que sobrepase los límites del ladrillo y el chiringuito playero—, urge como una necesidad ineludible la transformación profunda y radical de nuestro fracasado sistema de enseñanza, que obviamente no es ajeno a nuestras elevadas tasas de desempleo y que es responsable de buena parte de las carencias profesionales, culturales y éticas de nuestra sociedad, traducidas en un panorama que resulta inútil describir.
Sin embargo, en todos los discursos que hemos escuchado durante la precampaña, y en todos los que quedan por escuchar hasta las elecciones, la educación es tratada como una cuestión tangencial y como parte de una larga lista de reformas que todos los candidatos se comprometen a realizar.
El escenario resultante será que en caso de alcance la Moncloa un partido diferente al que hoy aún gobierna, e incluso si la alcanza el mismo, una nueva ley de educación sobrevendrá y muy probablemente no resolverá lo que desde hace cuarenta años es urgente resolver, si es que se elabora también pensando en el partido y la ideología y no en quienes debieran ser los verdaderos protagonistas de la misma: la comunidad educativa, formada por educadores, educandos y cualquier persona con alguna responsabilidad en este asunto fundamental para nuestro presente y, sobre todo, para nuestro futuro.
Porque mientras la educación no sea abordada por quienes deben hacerlo, y no por políticos y técnicos que bailan al son de su ministro de turno, nuestro destino seguirá estando en manos de quienes promueven un futuro de casino y castañuelas, esa fosa sin fondo que a veces parecen cavar quienes nos gobiernan.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 4 de diciembre de 2015