Los cadáveres que investían a los muertos

Los cadáveres que investían a los muertos · Fotografía: Patrick Gries
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Réquiem por un socialista español

Réquiem por un socialista español

Con ferracidad y alevosía, el partido de los socialdemócratas españoles ha decidido poner fin a su existencia mediante un suicidio asistido, programado y ejecutado en dos tomas. Nada les obligaba a ello y ellos solos se han bastado para descerrajarse un tiro en el hígado y otro en la sien.
En realidad, ¿cuándo se rompió el socialismo español? Habría que remontarse para saberlo a los días de julio de 1936, a la ineptitud mostrada durante la guerra civil y a los lobos depredadores en la hora de la derrota, cuando entre ellos se daban dentelladas con Franco a las puertas de Madrid. Y también a Suresnes, en 1974, cuando los sevillanos del clan de la tortilla decidieron que ellos eran más grandes y mejores que quienes llevaban ya más de tres décadas en el exilio. Y, sobre todo, a 1979, cuando de la mano de su ya turbio secretario general se entregó a la socialdemocracia para poder llegar tres años después a la Moncloa.
Habría que pensar también en 1986, cuando hubo que tragarse el voto afirmativo en el referéndum atlántico. Y en la huelga general de 1988, cuando renovadores y guerristas peleaban por la protoherencia del felipismo. Y en todos los cocederos que se descubrieron después, en los que de igual modo se echaba la mano a la caja que se echaba mano de la cal. Y en todos los navajazos y ejecuciones que se han producido desde entonces en los pasillos de Ferraz sin que a ningún dirigente le importara la delirante deriva de su formación. Nos dio pena Borrell, pero lo suyo no fue nada comparado con lo de Sánchez, ese hombre desubicado entre perfectas manadas de fieras.
Y ahora, una vez consumado el ofertorio, ¿quién recoge estas cenizas tras el incendio felipista, la trama cebrianista y la soberbia susanista? Dicen que estos cráneos privilegiados esperan no solo que la derecha les devuelva el favor, sino que todos los resortes del sistema actúen de igual modo cuando las tornas cambien. Y se equivocan. Porque la derecha es mucho más lista y uniforme, se mantiene recta como un bloque de granito y jamás cometería el mismo error, sabedora de que un político suicida es lo último que los electores quieren. Y dicen también que la muerte asistida de los socialdemócratas cambiará para siempre el paisaje político heredado de la transición. Ya lo ha cambiado.
El socialismo español tenía una oportunidad de demostrar que quedaba en él algo de la izquierda que alguna vez quiso ser. Y de devolver a la izquierda todo lo que le hemos aguantado, todas las veces que nos ha sonrojado y todas las ocasiones en que nos ha avergonzado. Y no solo no lo ha hecho, sino que ya no tendrá más oportunidades de hacerlo, porque los muertos se quedan muy solos y no hablan con nadie. Y como los muertos en la antigüedad, los socialdemócratas viajan ya con una moneda en la boca, la que les han puesto los regidores eternos de cuanto acontece, las bandas que nunca han dejado de gobernarnos y los príncipes democristianos y financieros que son los únicos dueños del juego. Ha sido largo el viaje desde la trinchera a la colaboración: agrúpense todos en la tumba final.

Artículo relacionado
 «Zarzuela, Génova y Ferraz»

© Fran Vega, 26 de octubre de 2016

Rajoy no existe

20160628 · Rajoy no existe

A ver, que lo fácil ahora es decir que Mariano ha ganado las elecciones, pero eso es imposible por la incuestionada verdad de que Rajoy no existe. Todos los votantes del Partido Popular son conscientes de esta exactitud, así que socialdemócratas y podemitas son los únicos que permanecen en el limbo y siguen sin saber que el gran Mariano solo tiene vida en nuestra confusa imaginación. Veamos por qué.
En primer lugar, porque Aznar está satisfecho con el resultado y ha felicitado a su sucesor. Y esto es muy mal asunto, porque significa que es Josemari quien habita en la oquedad craneal de Mariano.
Después, porque nada podía esperarse de una campaña podemita basada en invocaciones a la patria y corazoncitos veraniegos. ¿Qué creían estos chicos? ¿Que hemos llegado hasta aquí para escuchar estas cosas? ¿Que hemos peleado tanto para llevar un corazoncito en la solapa? No, muchachos, no basta con la camisa blanca remangada y tres o cinco ocurrencias en prime time. Necesitamos dinamita intelectual y fuego en las neuronas, no carantoñas ni ternura de colegas.
A continuación, porque solo los socialdemócratas pueden aprobar un eslogan electoral tan hueco como “Vota sí al cambio”. Eso del cambio funcionó una vez, pero está claro que no es una mina sin fondo. Y menos aún si va impreso sobre la foto de un líder errático y errante cuya vida política pende de un pedo. ¿Cuándo se van a convencer los políticos de que la gente jamás vota incertidumbre?
Más todavía: es imposible que exista alguien como Mariano Rajoy. Es imposible que alguien así dirija una banda perfectamente organizada que gana elecciones y aumenta su ventaja en cada convocatoria. Eso no puede ser verdad.
Pero, sobre todo, Rajoy no existe porque el Partido Popular no lo necesita. ¿Para qué tener un líder si no hay nadie que trabaje mejor por el partido que podemitas y socialdemócratas?
Rajoy no ha existido nunca. Y la izquierda solo ha demostrado un principio físico irrebatible: dos fuerzas que chocan siempre impulsan a una tercera.
(En efecto, lector: usted y yo tampoco existimos. Solo somos el resultado de un capricho algorítmico).

© Fran Vega, 28 de junio de 2016

Sin novedades

20160512 · Presupuesto electoral

Para situarnos un poquito: resulta que estos señores que tan alegremente deciden sobre nuestras vidas y recortan presupuestos cada vez que desde Bruselas se les llama la atención, son incapaces de ponerse de acuerdo para reducir el gasto de la campaña electoral que, naturalmente, financiaremos entre todos. Cada uno quiere sus papelitos, sus folletos y sus banderolas y ninguno está dispuesto a que sus siglas y sus rancias fotografías desaparezcan de calles y buzones.
Hubiera sido razonable que después de haber estado seis meses sin nada que hacer afrontaran la situación con un poco más de perspectiva y humildad y dijeran: «Miren, ya que hemos sido incapaces de hacer nuestro trabajo, vamos a repetir las elecciones, pero de modo que les salga baratito. Disculpen las molestias».
No es nada que sorprenda, pero conviene recordarlo para que luego no cause alarma descubrir sus abundantes ineptitudes y sus ineficaces gestiones. Con tipos incapaces de renunciar a unas cuantas octavillas no podemos ir a ningún lado.

© Fran Vega, 12 de mayo de 2016

Esa persona de la que usted me habla

Sáenz de Santamaría y Soria

Tenemos un patriota menos en las filas del gobierno y uno más en el sector de “esas personas de las que usted me habla”, que es como el presidente en funciones suele referirse a quienes en algún momento fueron de su máxima confianza y hoy hacen fila en la puerta del juzgado.
La estrepitosa caída del imaginativo ministro que estableció un impuesto al Sol reaviva en las tropas populares la operación Menina, es decir, la operación Soraya. Tan abrasado está Rajoy que ya ni los suyos creen que pueda salvarse de las cenizas, por lo que impulsarían a SSS como candidata popular en unas hipotéticas elecciones con la esperanza de que su condición femenina y su, hasta el momento, limpia trayectoria robara votos a socialdemócratas, podemitas y ciudadanitas.
Pero hay que esperar, porque tal vez un acuerdo de última hora coloque a Soraya en la Moncloa sin necesidad de pasar por las urnas: Pedro Sánchez dijo que nunca apoyaría a Rajoy, pero nada dijo de la Menina.
Que la fiesta continúe.

© Fran Vega, 18 de abril de 2016

Cosas de estos chicos

Rajoy, Sánchez, Rivera, Iglesias

Que dicen estos chicos que no pactan, que lo de pactar es estupendo, pero que eso nunca ha sido tradición en nuestro país y que aquí lo que nos va es liarnos a gorrazos en la calle para mantener las esencias patrias.
Y que dicen los de la izquierda que están muy ocupados devorándose entre ellos, que por algo han sido siempre cainitas y caníbales, pero que los de la derecha lo tienen peor, porque están de escombros y basura offshore hasta las cejas y que con ellos no se puede ir ni a la tasca de enfrente a formar coaliciones ante el mostrador.
Y que dicen los chicos de Bruselas, del Banco Central Europeo y del FMI que se pongan de acuerdo ya, que dice la chica de Berlín que hay recortes urgentes que aplicar y que lo que hemos visto hasta ahora va a parecer una tarde en Disneylandia. Así que dicen nuestros chicos que a ver quién se come ese marrón.
Y que dice Mariano, ese hombre permanentemente en funciones, que «aquí os quería ver yo, bah… ¡aficionados!».
Y que dicen los del Ibex-35 que qué hay de lo mío.

© Fran Vega, 10 de abril de 2016

Príncipe y mendigo

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez
· Ucronías ·
Fran Vega
Príncipe y mendigo

La novela de Mark Twain publicada en 1881 que narra la historia de dos muchachos de idéntica apariencia —un mendigo que vive con su padre y un príncipe que es hijo del rey de Inglaterra— representa la absurda realidad que contemplamos desde que en vísperas navideñas acudimos a las urnas.
Rajoy, ese amargo cisne negro que la historia nos ha proporcionado, se encuentra en agrias circunstancias de mendicidad sociopolítica que no solo le retratan como presidente y miembro de nuestra misma especie (sic), sino que nos delatan como votantes de presunta inteligencia electoral. Aislado en la caverna monclovita, deambula por pasillos y despachos, repasa la prensa deportiva, envía mensajes por las tardes y espera angustiado la llamada del monarca que le obligue a abandonar sus dependencias. Nadie le quiere. Nadie le escribe. Solo piensan en él para mofarse de sus lapsus y lagunas. Es la imagen perfecta del ostracismo y la exclusión.
A no mucha distancia, y en la misma capital estupefacta, reside el príncipe que un día recibió el manto de la rosa bajo la estricta vigilancia de quienes le habían antecedido: predecesores y ascendientes que todavía le tutelan bajo la amenaza de usurparle sus emblemas mayestáticos. El príncipe Sánchez es un rehén de sí mismo, pues aceptó en su momento una fatídica elección y unas condiciones de contrato que tan solo le permiten decidir lo que en realidad no importa. Es el hombre sin atributos en el reino de Kakania que Robert Musil describió en su novela inacabada (Der Mann ohne Eigenschaften). Y es también el hombre de laboratorio que Mary W. Shelley hubiera querido diseñar para su Frankenstein o el moderno Prometeo.
Príncipe y mendigo protagonizan estos días la más esperpéntica comedia que hubiéramos podido imaginar, pues ambos se arrogan la victoria cuando ellos mismos saben que fueron derrotados por una pizpireta sociedad que aún no tiene claro en qué consiste el arte de gobernar. No se llaman porque no saben qué decirse. Y si se encuentran de chiripa miran cada uno hacia otro lado, como adolescentes en la plaza esperando que un compañero de colegio acuda e interceda.
Y, en efecto, algún miembro del sanedrín que nos gobierna —ese consejo oculto en el que habitan desde el Ibex-35 hasta el Bilderberg de Guindos, desde la FAES de Aznar hasta el yate de González— atenderá la llamada de socorro desde los sótanos de la monarquía —cuyo titular ha visto malograda su temporada de esquí debido a estas trifulcas— y pondrá orden y concierto entre tanta algarabía y tanto caos como afecta a los mercados.
Poco importa si príncipe y mendigo al final hacen las paces y caminan de la mano hacia la investidura en el Congreso. Poco importa si cada uno de ellos busca otros aliados para formar gobiernos multicolores y psicodélicos con los que aguantar en primera fila un par de temporadas más. Importa que en toda trama hay una zona oscura de acceso restringido en la que se escriben los guiones. Y que sus finales son puntualmente ignorados por quienes debieran protagonizarlos.
Respetado mendigo, respetado príncipe: conversen, argumenten, discutan, pacten, decidan. Ustedes tampoco importan.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 31 de enero de 2016

Los gobiernos y el síndrome Benítez

Mariano Rajoy y Florentino Pérez
· Ucronías ·
Fran Vega
Los gobiernos y el síndrome Benítez

Mas y Rajoy deambulaban por los pasillos de sus lánguidos palacios cuando la noticia les llegó en la tarde más fría y lluviosa de los últimos meses: Benítez, ese hombre con apellido de sargento benemérito, había sido despedido como primer espada del club blanco. Y un interrogante bíblico se instaló de repente en los graníticos cerebros de nuestros más ilustres regidores: ¿por qué, Señor, por qué?
Poco o nada entiendo de fútbol, o al menos no todavía, pero dicen quienes saben de colores y balones que a un entrenador lo despiden siempre los jugadores, no los presidentes, pues estos solo ejecutan lo que aquellos deciden en los húmedos vestuarios y manifiestan después con su holganza sobre el césped. De modo que esto y no otra cosa se preguntan los líderes democristianos que todavía nos gobiernan y los dirigentes socialdemócratas que anhelan gobernarnos: si los campeonísimos de Europa han conseguido derrocar a su laureado y afamado jefe, ¿qué será de nosotros si tampoco nos quieren los nuestros?
Mas y Rajoy ganaron las elecciones y Sánchez no las perdió del todo, pues salvó los muebles frente a la hecatombe prevista, pero ahora resulta que ninguno de los tres es bienvenido ni en su propia casa a la hora de los postres. Rajoy es un obstáculo catedralicio para alcanzar acuerdos estables con la oposición y con sus propias filas, Mas lleva meses recibiendo soplamocos y guantazos hasta en el paladar y Sánchez sabe que desde generales a furrieles le siegan la hierba bajo los pies. Qué efímera es la victoria, se dicen entre bastidores los cómicos de la legua.
Sin embargo, cuando comenzó la temporada político-deportiva todos eran claros triunfadores en sus circunscripciones emocionales y hasta el último niñato del barrio quería hacerse una foto con ellos. ¿Qué ha pasado para que en un trimestre se hayan convertido en malolientes y apestados?
No lo saben, porque solo recuerdan que ganaron y que ello les confiere el derecho a resistir cada uno a su manera. Rajoy sueña con ser ahora el abanderado del consenso y el acuerdo, Sánchez se ve a sí mismo como Allende en el palacio de la Moneda y Mas, el mesiánico y letárgico Mas, quisiera pasar a la historia como Companys para que en el futuro sea celebrado con antorchas y esteladas. Pero los tres tienen ya marcado el camino de salida y se asustan ante el abismo del olvido.
Ninguno de estos patéticos candidatos a regentes se plantea renunciar por cortesía, buen gusto y dignidad, ninguno asume que sus días han terminado y que ya no habrá más escenas de sofá, ninguno hace el equipaje y se despide con sosiego y elegancia. Y todos venderían su alma al diablo a cambio de mantener su trasero electo en el sillón omnipresente del poder.
No hay norma ni ley que impida que un político convoque elecciones una y otra vez hasta que resulte claro vencedor y no hay nada que pueda detener esta aburrida situación, lo que aumenta las probabilidades de que quien constitucionalmente está por encima de ellos intervenga, influya, convenza y fuerce la rendición de los más ásperos resistentes. La ley se lo permite, pero el jefe supremo de todas las tropas sabe que en su acción estaría implícito su demérito y que no está la corona para muchas romerías, lo que no impide que los lúgubres aspirantes que hoy transitan todavía por salones y despachos teman el sonido de sus móviles y la inequívoca identidad del reclamante: F6.
Y así como Benítez recibió la llamada de F1 anunciándole su despedida y finiquito, los mercaderes de cláusulas y acuerdos viven sospechando que a F6 también se le acaba la paciencia, ante lo que solo cabe pedirles que emulen al entrenador y no al emperador: recojan sus bártulos en silencio, llamen a un taxi y regresen ordenadamente a sus casas. Viva Benítez.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 7 de enero de 2016

Pactando con lobos

Mas y Rajoy: pactando con lobos
· Ucronías ·
Fran Vega
Mas y Rajoy: pactando con lobos

Resulta que en esta España nuestra de sargentos y furrieles se impone ahora la obligada necesidad del diálogo y el pacto, de conversaciones de sofá mientras suenan en las calles alegres villancicos y se adivina en el ambiente un aroma de convivencia y amistad. Resulta que en este país nuestro, tan tabernario y jaranero, no hay más remedio estos días que escuchar a quien no quisiéramos tratar y atender su respetable exposición que en el fondo nos delata. Resulta ahora que los políticos de este país de ordenanzas y decretos se comportan como si vinieran a cenar los cuñados más impertinentes de la historia.
Quién le iba a decir a nuestro atribulado presidente del gobierno que tendría que sentarse a dialogar con quien hace poco le afeaba su rarísima conducta o con quien viste camisas adquiridas en hipermercados de barrios que todavía no ha pisado. Quién le iba a decir en su atalaya monclovita que se terminó lo del plasma y la menina y que no tiene otra salida que aflojarse la corbata y escuchar las bobaditas de derechosos e izquierdosos porque medio país aún no se ha enterado de las hazañas cometidas. Quién le iba a decir que más allá de la prensa deportiva que cada mañana revisa en el retrete hay una diabólica existencia llena de cepos y de trampas, de laberintos maquiavélicos en los que no sirve para nada el escapulario ni la sorna, de ciénagas y charcos repletos de alimañas que arruinan y sepultan nuestro digno acontecer. Quién le iba a decir a él, que todo lo ha sido en esta España nuestra, desde aburrido concejal a incompetente presidente, que ahora su futuro depende de un par de guaperas perfectamente rasurados y un tipo extraño con coleta y cierto deje al caminar.
Y como todo ser alucinado e insensato, nuestro registrador no termina de creerse lo que las urnas le tenían preparado ni puede comprender que la patria le traicione, la misma patria que rescató solemnemente del desastre y los mercados antes de sentarse en la tribuna a aplaudir dos goles y un penalti, la misma patria a la que tanto ha dado y a la que tanto quiso procurar. El cisne negro vive estos días sin vivir en él, sin fumarse un puro por las tardes ni jugar mentalmente al dominó, porque por primera vez en su amarillenta trayectoria tiene que escuchar y dialogar, tiene que ofrecer y conversar, tiene que ceder y proceder. It’s very difficult todo esto, se dice cabizbajo por las noches cuando recuerda con nostalgia los recientes tiempos absolutos de silencio y cerrazón.
Y quién le iba a decir también al otro atildado presidente, al mesiánico protector de las esencias catalanas y relamido dirigente con hechuras de convincente vendedor, que un día tendría que esperar en la buhardilla de su casa a que un grupo de mochileros dominantes, de revoltosos con sudadera y camiseta y asamblea y opinión, votara y decidiera su agonía y frustración y prolongara y estirara su esperpéntico fracaso, su ridícula postura y su humillante situación. Quién le iba a decir a él, que a punto ha estado varias veces de inmolarse por desconexión e independencia, que tendría que vérselas al fin con semejantes individuos de atuendos prohibitivos y cabelleras clandestinas, con la turba indeseable de barriada y callejón. Quién le iba a decir al estirado presidente de trajes a medida y afeitado milimétrico que a esta alegre muchachada tendría que ofrecerles oro, incienso y mirra para permitirse un poco más de heroísmo provinciano, de épica grotesca y de estilo degradante ante su propia multitud.
Estos dos hombrecillos que tanto se quisieron y adoraron, que tantos ajustes y recortes acordaron mientras parecían detestarse y separarse, que tantas mayorías se otorgaron en hoteles y burdeles y que tanto se parecen en su mísera actitud, no tienen más remedio ahora que pactar por separado unos cuantos votos del ignorado populacho para sobrevivir entre alfombras y moquetas sin olfatear siquiera la empobrecida, cansada y arruinada realidad.
Y estos dos tipos casi divinos, estos dos tipos que hace mucho tiempo que entendieron que el arte de la política no es sino la guerra por otros medios, se sienten ahora humillados y ofendidos ante lo que consideran un injusto castigo procedente de un pueblo descarriado e ignorante, una impropia circunstancia macabra y juguetona que la vida les ha dado para que se arrodillen y defequen de pánico y temor ante los leones y las hienas surgidos de sus propias felonías y de su única y exclusiva perversión.
Así están, así son y así seguirán estos dos oscuros personajes de funesto advenimiento, estos tristes responsables de tanto como hemos padecido y estos patibularios mercaderes capaces de alcanzar las más altas cimas de miseria, embuste y podredumbre a cambio de lamer y relamer cualquier esfínter y conducto que les otorgue la aritmética adición. Cada uno por su lado pactará con quien le toque, no importará qué ni tampoco hasta cuándo, y solo ellos serán conocedores de la cláusulas secretas que su acuerdo implique, pues nosotros tan solo veremos otra vez chirriantes apretones de manos y saludos complacientes entre quienes se necesitan y negocian en nombre de la estabilidad, la prima de riesgo y la doliente democracia.
Pactemos también nosotros no alterarnos por tanta infamia como contemplamos, no sufrir por tanto ingenio y artificio y no acoger a estos comerciantes de mercadillo y ocasión, porque al fin y al cabo seguiremos soportando los efectos de su pacto y ellos sonreirán en sus despachos por la suerte de tener junto a su mesa otro bandido salvador. Continuemos entonces atentos a lo nuestro, a nuestras cosas y a los nuestros, porque entre lobos de antorchas y banderas ni se duermen ni se muerden.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 30 de diciembre de 2015