Regalado, contentérrimo y radiante

Regalado, contentérrimo y radiante · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 83 ·
Fran Vega
Regalado, contentérrimo y radiante
Fotografía: Tommy Ingberg

Muy compuesto y ataviado con mi chaleco de otoño y mi sombrero de septiembre, ayer a media tarde llegué a la glorieta de los Lirios tras atravesar el puente de los Serafines y pasear despacio por el parque de los Querubines y entré en el cafetín de Tadeo para compartir in situ dos o tres ratos con todas mis amistades. Fulgencio y Lupicinio pronto hicieron ademán de sentarse ante la mesa de los naipes, pero Teofrasto estuvo al quite y les hizo un gesto a cada uno en el cogote, como para indicarles que estuvieran atentos a los eventos circundantes. Y Argimiro alzó su vaso de gaseosa en inequívoca señal de brindis y alegría, que Cristóforo confirmó con un repique de croquetas de gallina que en el cafetín siempre significa alborozo, optimismo y emoción. No se quedó atrás Carioco, el más feo de los hermanos Hinojosa, que en cuanto pudo me dio acústicas palmadas en las vértebras torácicas, ni tampoco el bueno de Ginés, que es la monda, porque de inmediato me informó acerca de los próximos campeonatos guiñotistas. Eché de menos a Sinforoso y Felixín, que aún estaban ocupados en sus prósperos talleres, pero su ausencia fue resuelta de espléndida manera por el simpático de Imeldo, que solo sonríe los jueves. Así que en un acto de armonía y entusiasmo animé a Justito para que corriera de mi cuenta una ronda de limonada, porque un día es un día y hay que ser agradecido con quienes te aguardan, aprecian y recuerdan. Estoy convencido de que en los mundos adyacentes no hay cafetines que puedan compararse con el nuestro ni amistades como las que yo tengo, de modo que hoy solo puedo sentirme regalado, contentérrimo y radiante. Voy a regar el junípero, que ya ha comenzado el otoño.

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Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

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Qué intensa es la modernidad

Qué intensa es la modernidad · Fotografía: Christopher Helin
· Diario de un hombre ridículo, 75 ·
Fran Vega
Qué intensa es la modernidad
Fotografía: Christopher Helin

Desde hace unos días estoy la mar de contento porque en nuestra excelsa subcomarca han tenido lugar acontecimientos que sin duda modificarán la historia, la intrahistoria y la infrahistoria de nuestra insigne población. Como yo llevaba unas cuantas tardes cavilando en la idea de adquirir un velocípedo con el que pasear alegremente durante las tardes de verano y parsimonia, Lupicinio tuvo la ocurrencia de mostrarme qué son y cómo funcionan las ingeniosas sinecuras de los automóviles, sobre todo para que advirtiera las muchas diferencias existentes entre este insólito artefacto y el original artilugio de dos ruedas con pedales y sillín. Así que sin pensarlo dos ni tres veces, puso en marcha el flamante automotor y me llevó a recorrer con grandes y peligrosas velocidades el bulevar de los Arcángeles y el puente de los Serafines para rodear después el parque de los Querubines y aparcar finalmente junto a la glorieta de los Lirios. ¡Qué alegría y qué vértigo a la vez! ¡Qué valeroso y heroico me observé! Del cafetín de Tadeo salieron a recibirnos todas las amistades y en medio de vítores, aplausos y algaradas pude saber por fin qué se siente cuando los seres humanos apoyan y defienden la ciencia y el progreso, si bien tuve que sentarme un ratito en el velador para recuperarme de las emociones que acababa de experimentar a bordo de este invento prodigioso. A partir de ahora pensaré cada día en lo que aportan estos vertiginosos adelantos y hablaré de ello con cualquier desconocido para valorar sus ilustres opiniones y ponderar con sapiencia y sensatez las que aniden y deambulen por mis paisajísticas y anhelosas mientes. ¡Qué intensa es la modernidad!

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Espléndidos veranos de ideas y artilugios

Espléndidos veranos de ideas y artilugios · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Diario de un hombre ridículo, 73 ·
Fran Vega
Espléndidos veranos de ideas y artilugios
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Con la llegada de los mirlos y las alegres buganvillas, he considerado con mucha seriedad en las últimas jornadas la original idea de adquirir una herramienta de transporte que facilite mis trayectos hasta la oficina y el cafetín de Tadeo. Cierto es que en esta época del año resulta muy agradable caminar por el bulevar de los Arcángeles hasta la glorieta de los Lirios e incluso bastante más lejos, hasta los confines del parque de los Querubines tras cruzar el puente de los Serafines, pero no es menos verdad que en estos tiempos tan modernos resulta conveniente disponer de un instrumento que agilice los itinerarios y proporcione tardes de asueto para disfrutarlas junto a todas mis amistades. Dice Abisinio, que por algo está al frente del Negociado de Pólizas y Recargos, que con el abono de los próximos trienios podría aspirar a un semoviente utilitario de cuatro ruedas, pero a mí me parece que eso es para caballeros importantes y yo solo soy un humildérrimo oficinista que a veces no entiende las cosas. Por el contrario, Cristóforo y Fulgencio aseguraban hace dos jueves que un velocípedo sería lo más adecuado para mi persona, pues me permitiría grandes excursiones hasta el distrito de las Afueras sin necesidad de consumir raros combustibles procedentes de países muy extraños. Y creo que no les falta conocimiento ni razón, pero no sé si aprenderé a manejar con cautela su complejo mecanismo y, sobre todo, desconozco cómo podré saludar con un toque de sombrero a las amables damiselas que transitan por las calles si en todo momento he de prestar atención a los dispositivos de semejante maquinaria. Lo mejor será que consulte con Don Helesponto, que no por nada es un hombre instruido y noticioso y entiende mucho de insólitos artilugios. Voy a pasear un ratito hasta la hora de la merienda.

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© Fran Vega, 2017

Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos

Inauditos alborotos de infrapícaros y malandrines · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 72 ·
Fran Vega
Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos
Fotografía: Tommy Ingberg

Iba yo paseando por el bulevar de los Arcángeles en dirección al parque de los Querubines, silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela, cuando me sorprendió un individuo medianero que leía ensimismado en un diario los curiosos alborotos que las constantes autoridades han organizado en los últimos trienios. No sabía yo que hubiera en nuestras bienquistas instituciones semejantes algazaras y aquelarres, pues tenía para mí que los encargados de administrar nuestra pudibunda contribución no se dedicaban a producir marimorenas y barbullas, sino a procurar el bien de los alegres convecinos que moramos en nuestra excelsa población. Y he podido conocer ahora que algunos malandrines y tarúpidos con extravagante seso en la testuz no solo expolian y malgastan los dineros que debieran emplearse en honrados horizontes ciudadanos, sino que además molestan e incomodan con sus querellas y altercados sin que pierdan por ello quinquenios de salario ni puestos en su ordenado escalafón, lo que me resulta tan horripilante que se aproxima a lo tremebundo. Sin embargo, enseguida me he puesto contento al recordar que en nuestra insólita oficina solo cometemos algarabías cuando llegan los nuevos lapiceros o cuando es la hora de almorzar bocadillos de mejillón en escabeche, y que jamás nos apropiamos de los formularios pertenecientes a otros negociados ni nos faltamos el respeto cuando nos disputamos la prensa deportiva para ir con ella al escusado. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero me parece a mí que en los mundos adyacentes y universos colindantes hay mucha falta de cordura y que la sabiduría y la razón empiezan a ser patrimonio de nuestra lúcida oficina y nuestro probo cafetín. Voy a ver si han florecido las petunias.

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«Diáfanos atuendos y lúcidas presencias»

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Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia

Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 68 ·
Fran Vega
Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia
Fotografía: Tommy Ingberg

Hoy estoy muy contento porque se celebran comicios vinculantes en los distritos suburbiales de nuestra excelsa población, que es un raro mecanismo por el que los alegres ciudadanos y simpáticos contribuyentes acudimos a saludar a intendentes y gobernantes, proclamamos nuestra perplejidad y turbación por los pensamientos incumplidos y les renovamos la autorización para que puedan ejercer su pintoresca actividad durante unos cuantos años más. Es muy bonito dedicar un día de fiesta a esta honrada diligencia, que habitualmente cometemos con gran esmero y entusiasmo, y tener después la urbana complacencia de haber contribuido al engrandecimiento y desarrollo de nuestra prospérrima y periférica metrópoli. Por si fuera poco, tengo entendido que en otras subcomarcas proceden de igual modo y que en los países extranjeros y mundos adyacentes también se practica esta digna tradición, aunque solo sea para demostrar que todos estamos de acuerdo en hacer guasas y cuchufletas de forma periódica y puntual. Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, decía ayer que hay que defender las propuestas de quienes apoyan la reducción de impuestos por merendar arenques y chistorra los jueves por la tarde, pero Abisinio se mostraba firme partidario de quienes impulsan la creación de una nueva autoridad o institución para controlar la propagación de la rana cuadriparda en nuestros parajes naturales, lo que no deja de ser una interesante ocurrencia de gran usanza y utilidad. También en el cafetín de Tadeo comentaron por la tarde que dos infraconcejales habían recibido boinazos variados en el parque de los Querubines y que incluso uno de ellos había perdido en la algarada dos botones del chaleco, luctuoso acontecimiento que ha enturbiado un poco los prolegómenos retóricos de esta histórica jornada y que me hizo pensar durante un buen rato en los panoramas circunflejos que condicionan nuestra cóncava existencia, quizá aturdido por las circunstancias antedichas o porque a veces no entiendo las cosas que afectan a los universos circundantes de compleja explicación. Voy a ver si han crecido los geranios.

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«La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad»

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Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón

Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón · Fotografía: Leszek Bujnowski
· Diario de un hombre ridículo, 66 ·
Fran Vega
Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón
Fotografía: Leszek Bujnowski

Estos días estoy teniendo la oportunidad de contemplar algunos espectáculos tan insólitos como inhóspitos que están siendo causa de raras preocupaciones. Resulta que iba yo la otra tarde por el parque de los Querubines silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela cuando al girar hacia el puente de los Serafines pude observar el atrevido avance de un grupo de encapuchados que portaban estatuas y moblaje y marcaban el paso como subtenientes con ambición. Animado por una súbita curiosidad no exenta de cabalérrima zozobra, me acerqué a ellos con tanta prudencia como bravura para comprobar que la imaginería de la que hacían gala estos embozados representaba suplicios y sacrificios que ni en los peores lustros de mi negociado hubiera sido capaz de conjeturar, así que interpelé a uno de estos enmascarados sobre el motivo de tan aciaga demostración y si era esta el resultado de un atraco o sustracción de nuestros egregios bienes y usufructos. Somos arrepentidos penitentes, me dijo sin quitarse el antifaz y señalando con una trompeta de inesperadas dimensiones a otra levantisca comparsa de encubiertos que prosperaba desde la glorieta de los Lirios con un sinfín de bártulos y artefactos, sin duda producto de nuevos saqueos y pillajes a costa de la honrada población. Me quedé atónito y turulato, porque a mí no puede parecerme bien que pícaros y manilargos se paseen por nuestras calles exhibiendo el desenlace de sus fechorías y que lo hagan además bajo la protección de capas y estrambóticos disfraces, pero mis amistades me aclararon después en el cafetín de Tadeo que en estas tardes de primavera no es extraño que haya gentes paseando con esfinges y alboroto y que no se trata de un delictivo acontecer, aunque sí tan molesto como cuando la Unión Deportiva San Onofre celebra la consecución del campeonato intercomarcal de carreras de sacos. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero hay ocasiones en que hasta en nuestras propias avenidas concurren desatinos y desafueros, cuando no despropósitos de extravagante sinrazón. Voy a prepararme una sopita de mollejas, que a mí me gustan mucho.

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Consideradas estampas de diciembre

Consideradas estampas de diciembre · Fotografía: Édouard Boubat
· Diario de un hombre ridículo, 54 ·
Fran Vega
Consideradas estampas de diciembre
Fotografía: Édouard Boubat

¡Qué tarde más estupenda pasé ayer, que coincidió en jueves y en alegre tarde de asueto y vacación! Resulta que con las primeras nieves y los primeros fríos de diciembre, el parque de los Querubines y la glorieta de los Lirios se han poblado de mozalbetes y chiquillos que juegan a lanzarse bolas unos a otros y a erigir muñecos de mentira que dan mucha risa, con narizotas y bufandas y chisteras sorprendentes que provocan contento y alegría. Al observar estas simpáticas escenas recordé al bisabuelo Conrado y al abuelo Conradino, que cuando era niño me llevaban al otro lado del puente de los Serafines para que viera el reflejo del cielo sobre el agua del río y los copos de nieve sobre los arces de la ribera, ante lo que era obligado abrigarse con guantes y capucha y botas de cuero repasadas despacio por el guarnicionero de nuestra misma calle. En ocasiones era mi egregio padre quien me acompañaba de la mano a contemplar los cerros nevados que se adivinaban después de las últimas casas, aunque yo me dedicaba a mirar con disimulo y desde abajo su abrigo largo y su sombrero siempre pulcro y cepillado. Después regresábamos a casa por el bulevar de los Arcángeles y caminábamos mucho rato en silencio distraído, porque él era un hombre muy cabal y yo comenzaba a serlo también, y saludaba muy serio a los amables vecinos del barrio, en donde no faltaban cafetines y comercios de integérrimos ciudadanos que atendían a sensatos y elegantes parroquianos. Con razón decía el difunto Estradivario, que fue uno de los mejores paseantes de nuestra excelsa subcomarca, que en la vida hay que tener armonía, memoria, paciencia y equidad. Voy a prepararme una sopita de estrellas, que casi sin darme cuenta me he puesto hoy un poco melindroso y delicado.

Para A. V., que se fue también en un día de nieve.

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Ideas revolucionarias en el cafetín

Ideas revolucionarias en el cafetín · Fotografía: Bill Brandt
· Diario de un hombre ridículo, 52 ·
Fran Vega
Ideas revolucionarias en el cafetín
Fotografía: Bill Brandt

Ayer por la tarde tuvo lugar en el cafetín de Tadeo un esmerado debate que sin duda transformará la historia reciente y futura de nuestra excelsa subcomarca. Teofrasto, que demuestra ser siempre un hombre honestérrimo y cabal, expuso la adecuada idea de instalar una nueva farola en la glorieta de los Lirios con el fin de tener un elemento más de referencia en las noches oscuras y en las tardes de ponche y media copita de brandy. Sin embargo, Lupicinio mantuvo la opinión de que ese dispendio bien podía dedicarse a iluminar los urinarios del parque de los Querubines para evitar tropiezos y estropicios, lo que hay que reconocer que es una ocurrencia fenomenal. Y Ginés, que es la monda, propuso decorar el puente de los Serafines con motivos tradicionales de nuestro entorno geoestratégico, lo que produjo la efusiva ovación de Sinforoso y la indisimulada ignorancia de Fulgencio. Y en medio de este lúcido hervor del intelecto cafetinesco apareció Venerando, que desde que es subconcejal de Acequias y Cloacas ya no usa sombrero, a todos nos tutea y saluda con gran estruendo a los ciudadanos de bien. Dijo entonces que la farola de Teofrasto le parecía un pensamiento estupendo y que podía presentarlo en la próxima Subcomisión de Planificaciones Ilusorias, pero que si le invitábamos a una gaseosa podía elevarlo al Infracomité de Proyectos Ficticios, que se reúne los jueves pares de los meses impares, así que Tadeo, que siempre ha tenido un pronto, le respondió que en el cafetín no están permitidas las actividades circenses y decidió auparlo a la categoría de excelentérrimo estólido municipal. Y a mí me parece que colocar una farola en la glorieta de los Lirios sería muy oportuno, sobre todo para asegurarme de que llevo bien abrochado el chaleco en estas noches tan insolentes y fresquitas. Voy a buscar la mantita de cuadros, que se me quedan frías las corvillas.

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© Fran Vega, 2016

La verdadera importancia de las temáticas

La verdadera importancia de las temáticas · Fotografía: Pavel Krukov
· Diario de un hombre ridículo, 51 ·
Fran Vega
La verdadera importancia de las temáticas
Fotografía: Pavel Krukov

¡Qué tarde más extraordinaria pasé ayer con todas mis amistades en el cafetín de Tadeo! Se celebraba la vicegésima edición del campeonato subcomarcal de guiñotistas y la campeonérrima pareja formada por Fulgencio y Argimiro logró llegar a la final con mucha elegancia y absoluto pundonor, pues por algo representaban a todo el ateneo cafetinesco y sus ilustres asociados. Frente a ellos jugaron Exuperancio y Quintiliano, que son asiduos de la taberna en donde se reúnen los del Sindicato de Oficinistas, nunca usan chaleco ni sombrero y son muy devotos de la Virgen de la Tregua, con lo que estoy en condiciones de afirmar que tenían la partida arruinada con solemne anticipación. Justito se encargó de servir las gaseosas y Tadeo se esmeró con unas copitas de ponche, mientras los demás vitoreábamos a los seguros triunfadores de tan emocionante contienda. Qué momentos, qué instantes tan épicos como legendarios pudimos vivir cuando Fulgencio y Argimiro levantaron los brazos en inequívoca señal de loada y merecida victoria. Y para festejarlo salimos todos a la glorieta de los Lirios y nos abrazamos durante mucho rato, aunque pronto aparecieron dos gendarmes proclamantes de que no teníamos autorización para organizar semejante algarabía, si bien nada dijeron de la ofrenda al Cristo de los Tréboles que en ese momento se estaba cometiendo en el contiguo parque de los Querubines. Yo no recuerdo bien qué estipulan al respecto las ordenanzas de nuestra insigne población, pero me parece a mí que estos augustos enviados de las autoridades no comprendieron dónde está la verdadera importancia de las temáticas, y no como Fulgencio y Argimiro, hombres sapientérrimos donde los haya y guiñotistas de postín. Voy a cepillar un poco los paraguas oscuritos, que ya casi es jueves.

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© Fran Vega, 2016

Insólitos recintos de la sapiencia

Insólitos recintos de la sapiencia · Fotografía: Dariusz Klimczak
· Diario de un hombre ridículo, 47 ·
Fran Vega
Insólitos recintos de la sapiencia
Fotografía: Dariusz Klimczak

Iba yo caminando la otra tarde por la glorieta de los Lirios hacia el parque de los Querubines cuando reparé en un distinguido edificio del que hasta entonces no tenía constancia. Qué extraño, pensé, que hasta hoy no me haya fijado en la existencia de tan ilustre monumento, pero como siempre me he tenido por un hombre adecuado que afronta las peripecias de la vida con valentía y determinación, me adentré más allá de la puerta principal y pude comprobar en su interior que numerosas damiselas y no pocos caballeros leían voluminosos ejemplares que trataban de insólitos asuntos, lo que me animó a preguntar a un amable subconserje qué extravagantes actividades se daban cita en aquella estancia pintoresca. Está usted en una biblioteca, me dijo, palabra que procede del antiguo latino y a su mismérrima vez del vetusto griego, a lo que añadió con un gesto que delató su bonhomía sin ningún indicio de fluctuación: lea. Y me entregó un libro inconcebible titulado Diccionario en el que están recogidas todas las palabras que los seres humanos de una misma subcomarca podemos discernir y utilizar. Salí de allí a puro ritmo de castañuelas por el contento que tenía en el propio entendimiento y llegué en un santiamén al cafetín de Tadeo con la intención de comunicar a mis amistades estas extraordinarias referencias, que todos recibieron con fruición y algarabía al tiempo que me felicitaban por tan revolucionario descubrimiento. Después dijo Lupicinio que un libro tan importante como el que había tenido en mis manos debía explicar qué es una biblioteca y a quién se le ocurrió semejante rudimento, así que tendré que consultar con Don Helesponto los históricos antecedentes de este fenomenal recinto de la sapiencia, que por algo en su juventud fue escritor de solapas y ladillos y es un hombre sapientérrimo y cabal. Voy a prepararme unos guisantitos con cecina, que ya es temporada.

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Las cosas que yo no puedo comprender

Las cosas que yo no puedo comprender · Fotografía: Valery Simov
· Diario de un hombre ridículo, 45 ·
Fran Vega
Las cosas que yo no puedo comprender
Fotografía: Valery Simov

Iba yo caminando por el puente de los Serafines en dirección al parque de los Querubines, silbando una alegre cancioncilla de mis años juveniles, cuando de repente sorprendí en plena actividad a unos mozalbetes que estaban cometiendo simultáneas infracciones, todas ellas relacionadas con la caballerosidad tan necesaria en nuestros días. No se contentaban con tomar a las damiselas por las áreas candentes situadas al sur de la honestérrima cintura, sino que fijaban sus miradas en las zonas más turgentes ubicadas al este y al oeste del púdico esternón, circum circa. Y por si fuera escaso el atropello, calzaban los pimpollos zapatillas de ejercitarse en el deporte y vestían las núbiles reducidos pantalones que supongo condenables por nuestras justas ordenanzas, según leí hace bien poco en el boletín subcomarcal. Pero tras instarles gentilmente a que depusieran su actitud indecorosa, evacuaron insolentes risotadas y uno de estos púberes llegó a manifestar ofensivas palabrotas mientras observaba mi sombrero, que es el que me pongo por las tardes cuando salgo a pasear. Como soy hombre de bien, no quise prolongar el altercado con gentes tan ausentes de razón y dejé que estos pequeños y futuros instigadores de quebrantos y descuidos marcharan hacia su destino, pues el mío era una sombra de la glorieta de los Lirios en la que me senté a pensar en las cosas que yo no puedo comprender y que después relaté a mis amistades en el cafetín, sin obviar detalle y ni una sola latitud. Y todos estuvimos de acuerdo en que el otoño de verdad no ha llegado todavía y en que este año hubo en la ciudad menos estorninos de lo que es habitual, por lo que estoy en condiciones de afirmar que en este mundo tan curioso y relevante todo tiene buen remedio y solución. Voy a regar el ficus, que me parece que aún no ha entrado en dormancia.

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Gloriosos episodios de nuestra insigne población

Gloriosos episodios de nuestra insigne población
· Diario de un hombre ridículo, 34 ·
Fran Vega
Gloriosos episodios de nuestra insigne población

Ayer me ocurrió un suceso sorprendente. Iba yo tan contento por la avenida de los Iscariotes, silbando un bonito romance popular, cuando al cruzar el puente de los Serafines se me acercó un hombre que me preguntó por la glorieta de los Lirios. En un momentito paso a explicárselo, distinguido caballero, respondí, y le indiqué el recorrido con detalle añadiendo algunos interesantes pasajes sobre la historia de nuestra insigne población. Pero cuando me disponía a narrarle el glorioso episodio del medioevo en el que un príncipe augustérrimo saltó desde el elevado puente en busca de su amada damisela, el caballero en cuestión se dio la vuelta y se marchó. Qué raro, pensé, que un señor tan educado se aleje sin que haya terminado de contarle las emocionantes leyendas que jalonan nuestra excelsa subcomarca, así que continué mi agradable y lírico paseo hacia el parque de los Querubines. En el cafetín de Tadeo dijeron después que se trataba sin duda de un forastero procedente de algún lugar extraordinario y desconocedor de nuestras lides históricas, pero yo no puedo entender que un hombre con chaleco, sombrero y corbatín no preste atención a estos vívidos relatos, a no ser que sufriera un repentino trastorno intestinal que exigiera urgente alivio y solución. Voy a sacar de la nevera el dulce de membrillo, por si después me apetece merendar un poco.

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La inaudita modernidad

La inaudita modernidad · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 23 ·
Fran Vega
La inaudita modernidad
Fotografía: Tommy Ingberg

Iba yo tan contento paseando por la glorieta de los Lirios, silbando una bonita cancioncilla, cuando de repente he visto a unos jóvenes alborotados que discutían en voz alta sobre algo que yo no acertaba a entender. Me he acercado con afán y decisión a este grupo de mozalbetes para afearles la conducta y amonestarles por lo inadecuado de su actitud, pero entonces me he dado cuenta de que no intercambiaban voces entre ellos, sino con otros ausentes a través de sus pequeños e incomprensibles artilugios. Qué raro, he pensado, que estos muchachos salgan juntos a la calle para hablar con otros que no están, así que he seguido estupefacto mi camino hacia el puente de los Serafines y el parque de los Querubines. Fulgencio y Felixín se han quedado después muy sorprendidos en el cafetín de Tadeo cuando he relatado esta curiosa experiencia, pero todas las amistades hemos estado de acuerdo en que no son necesarios los insólitos artificios para fomentar la nobleza y la buena relación entre las gentes y que no hay nada que no pueda resolverse mediante la partida de los jueves, el ponche de los domingos y la concordia establecida, así que me parece que no he de preocuparme por los asuntos de la modernidad y que soy un hombre muy afortunado. Voy a afilar mis lapiceros, que aún he de resolver el crucigrama trimestral.

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En los universos colindantes

En los universos colindantes
· Diario de un hombre ridículo, 4 ·
Fran Vega
En los universos colindantes

Ayer por la tarde fui a pasear por el barrio de San Arcadio y observé cosas muy raras, escaparates muy extraños y anuncios que no entendía. Como no salgo mucho por los universos colindantes me da la impresión de que las temáticas cambian muy deprisa, pero a lo mejor es que yo voy más despacio o soy más lento, no lo sé bien. En unos grandes almacenes había un montón de chicos arremolinados delante de una pantalla, gritando y diciendo palabrotas sin sentido cada vez que salían letreros y sonidos. Me fui de allí espantado. En el parque de los Querubines vi después jovenzuelos aparentemente amigos, porque cada uno estaba atento a su teléfono en miniatura y no hablaban entre ellos, sino con otros que no estaban presentes. La cosa es que la juventud de hoy se divierte de insólita forma y me parece que tampoco estudia como debiera, así que no estoy seguro de lo que pasará el día de mañana ni quién nos dirá lo que tenemos que hacer. Tengo que dar cuerda al reloj de cuco.

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