Era diestro y sabio verdadero

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Era diestro y sabio verdadero (fotografía: G. Harris & M. Ewing) / Parte II, Cap. 1d
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro II, Cap. I, 4. Francisco de Quevedo, 1626
«Del camino de Alcalá para Segovia, y de lo que sucedió en él
hasta Rejas, en donde durmió aquella noche»
Era diestro y sabio verdadero
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Y empezó a meter una parola1 tan grande que me forzó a preguntarle qué materia profesaba. Díjome que él era diestro2 verdadero y que lo haría bueno en cualquiera parte. Yo, movido a risa, le dije:
—Pues, en verdad, que por lo que yo vi hacer a vuestra merced en el campo denantes, que más le tenía por encantador, viendo los círculos.3
—Eso —me dijo— era que se me ofreció una treta por el cuarto círculo con el compás mayor,4 continuando la espada para matar sin confesión al contrario, porque no diga quién lo hizo y estaba poniéndolo en términos de matemática.
—¿Es posible —le dije yo—que hay matemática en eso?
—No solamente matemática —dijo—, mas teología, filosofía, música y medicina.
—Esa postrera no lo dudo, pues se trata de matar en esa arte.
—No os burléis —me dijo—, que agora aprendo yo la limpiadera5 contra la espada, haciendo los tajos mayores que comprehenden en sí las aspirales de la espada.
—No entiendo cosa de cuantas me decís, chica ni grande.
—Pues este libro las dice —me respondió—, que se llama Grandezas de la espada,6 y es muy bueno y dice milagros; y para que lo creáis, en Rejas7 que dormiremos esta noche, con dos asadores me veréis hacer maravillas. Y no dudéis que cualquiera que leyere en este libro matará a todos los que quisiere.
—U ese libro enseña a ser pestes a los hombres u le compuso algún doctor.
—¿Cómo doctor? Bien lo entiende —me dijo—: es un gran sabio y aun estoy por decir más.

1 parola: conversación larga e insustancial.
2 diestro: maestro de esgrima.
3 círculos: referencia a los círculos que los brujos hacían en el suelo para hacer sus conjuros en ellos.
4 cuarto círculo con el compás mayor: en esgrima, movimiento en el que la espada describe un cuarto de círculo.
5 limpiadera: cepillo.
6 Grandezas de la espada: tratado sobre esgrima, titulado Libro de las grandezas de la espada en que se declaran muchos secretos del que compuso el comendador Jerónimo de Carranza, publicado en 1600 por Luis Pacheco de Narváez.
7 Rejas: población situada al este de Madrid y al norte de San Fernando de Henares.
Diccionario del Buscón

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Ante ella se levantó el terraplén de la carretera

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Bridgeton, New Jersey, 1940 (fotografía: Marion P. Wolcott) / Cap. III, 2a
· The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira ·
Capítulo III, 2. John Steinbeck, 1939
Ante ella se levantó el terraplén de la carretera
Bridgeton, New Jersey, 1940 (Marion P. Wolcott)

El sol descansaba sobre la hierba calentándola y en la sombra bajo la hierba se agitaban los insectos, las hormigas y hormigas león tendiendo trampas, los saltamontes saltando en el aire y chasqueando las alas amarillas durante un instante, las cochinillas como pequeños armadillos andando con esfuerzo e impaciencia con multitud de pies tiernos. Y sobre la hierba que bordeaba la carretera avanzaba lentamente una tortuga de tierra, sin desviarse por nada, arrastrando la alta bóveda de su concha sobre la hierba. Sus duras patas y sus pezuñas de uñas amarillas trillaban la hierba lentamente, en realidad no andando, sino impulsando y arrastrando la concha por la que resbalaban las barbas de cebada al tiempo que los tréboles espinosos caían encima y rodaban hasta el suelo. Llevaba el córneo pico medio abierto y sus ojos, humorísticos y fieros, bajo cejas como uñas, miraban adelante. Avanzó por la hierba dejando un rastro batido detrás y ante ella se levantó la colina que era el terraplén de la carretera. Se detuvo un momento, manteniendo alta la cabeza. Parpadeó y miró de un lado a otro. Por último, empezó a escalar el terraplén. Las pezuñas delanteras se adelantaron, pero no se apoyaron. Las traseras empujaron la concha que arañó en la hierba y la grava. Cuanto más empinado se hacía el terraplén, más frenéticos eran los esfuerzos de la tortuga. Las tensas patas traseras empujaban y resbalaban, impulsando la concha adelante y la córnea cabeza sobresalía donde el cuello podía estirarse.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Copperhill, Tennessee, 1940 (fotografía: Marion P. Wolcott) / Cap. III, 2b
Copperhill, Tennessee, 1940 (Marion P. Wolcott)

Historia de dos generaciones: en constante ira y dudosa batalla

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Browns Mills, New Jersey, 1910 (fotografía: Lewis W. Hine) / Cap. III, 2c
Browns Mills, New Jersey, 1910 (Lewis W. Hine)
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«Vida latente esperando ser esparcida»
(fotografías: Russell Lee)

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Te ruego que cantes el romance de tus amores

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Te ruego que cantes el romance de tus amores (fotografía: George G. Bain) / Parte I, Cap. 11e
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo XI, 5. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros»
Te ruego que cantes el romance de tus amores
Fotografía: George G. Bain

Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien escusar) dijo nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho asimismo callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque,1 que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque.
Más tardó en hablar don Quijote que en acabarse la cena, al fin de la cual uno de los cabreros dijo:
—Para que con más veras pueda vuestra merced decir, señor caballero andante, que le agasajamos con pronta y buena voluntad, queremos darle solaz y contento con hacer que cante un compañero nuestro que no tardará mucho en estar aquí; el cual es un zagal muy entendido y muy enamorado, y que, sobre todo, sabe leer y escribir, y es músico de un rabel,2 que no hay más que desear.
Apenas había el cabrero acabado de decir esto, cuando llegó a sus oídos el son del rabel, y de allí a poco llegó el que le tañía, que era un mozo de hasta veinte y dos años, de muy buena gracia. Preguntáronle sus compañeros si había cenado, y, respondiendo que sí, el que había hecho los ofrecimientos le dijo:
—De esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco, porque vea este señor huésped que tenemos que también por los montes y selvas hay quien sepa de música. Hémosle dicho tus buenas habilidades y deseamos que las muestres y nos saques verdaderos; y así, te ruego por tu vida que te sientes y cantes el romance de tus amores, que te compuso el beneficiado3 tu tío, que en el pueblo ha parecido muy bien.
—Que me place —respondió el mozo.

1 zaque: odre pequeño, de cuero cosido y empegado por todas partes menos por la correspondiente al cuello del animal, que sirve para contener líquidos como vino o aceite.
2 rabel: instrumento de cuerda y arco, de hechura como la del laúd, y compuesto de dos o tres cuerdas solas, que se toca apoyado en la rodilla y tiene un sonido muy agudo. Es el instrumento rústico por excelencia, con el que acompañan sus quejas los pastores del romancero nuevo.
3 beneficiado: clérigo de órdenes mayores o menores que disfruta de una renta por ejercer alguna función en la iglesia o en alguna capilla particular.
Diccionario de Don Quijote

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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Todo era paz, amistad y concordia

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Todo era paz, amistad y concordia (fotografía: Lutz Dille) / Parte I, Cap. 11d
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo XI, 4. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros»
Todo era paz, amistad y concordia
Fotografía: Lutz Dille

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.1 Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía por todas las partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro2 y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos3 y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van ahora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude,4 el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje5 aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y ahora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta;6 porque allí, por los resquicios, o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia7 y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje8 y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.

1 Don Quijote hace referencia en esta intervención a la idealización de la Edad de Oro —época mítica en la que, según los poetas, la tierra brindaba espontáneamente sus frutos y los hombres vivían felices—, vinculada a la literatura pastoril sobre el modelo de Ovidio y Virgilio, se desarrolló en España entre los siglos XVI y XVII, cuando se intensificó la vida urbana.
2 Tiro: colonia fenicia en el Mediterráneo famosa por el comercio de su púrpura.
3 lampazo: bardana, amor de hortelano, planta de hojas grandes y vellosas con flores en forma de bola rodeadas de pinchos.
4 fraude: en la época de Cervantes se usaba en femenino.
5 ley del encaje: sentencia que se aplica por analogía, aunque su significado se transformó con el tiempo en «resolución arbitraria y caprichosa».
6 Creta: isla del Mediterráneo en cuyo laberinto vivía el Minotauro, vencido por Teseo con la ayuda de Ariadna.
7 amorosa pestilencia: tópico renacentista de la locura amorosa, de la que son víctimas algunos personajes de la obra de Cervantes.
8 gasaje: agasajo, regalo o muestra de afecto o consideración.
→ Diccionario de Don Quijote

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Vida latente esperando ser esparcida

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Muskogee, Oklahoma, 1940 (fotografía: Russell Lee) / Cap. III, 1a
· The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira ·
Capítulo III, 1. John Steinbeck, 1939
Vida latente esperando ser esparcida
Muskogee, Oklahoma, 1940 (Russell Lee)

El asfalto de la carretera estaba bordeado de una maraña de hierba seca, enredada y quebrada, y las puntas de las hierbas estaban cargadas de barbas de avena preparadas para pegarse en el pelo de los perros; con colas de zorra destinadas a enredarse en los menudillos de un caballo y tréboles espinosos listos para fijarse en la lana de las ovejas; vida latente esperando ser esparcida y dispersada, cada semilla equipada con un dispositivo de dispersión, dardos retorcidos y paracaídas para el viento, pequeños arpones y bolas de espinas diminutas, todos esperando a los animales y al viento, a los bajos de un pantalón de hombre o el borde de la falda de una mujer, pasivas todas pero armadas con mecanismos de actividad, quietas pero aptas para el movimiento.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: New Madrid, Missouri, 1938 (fotografía: Russell Lee) / Cap. III, 1b
New Madrid, Missouri, 1938 (Russell Lee)

Historia de dos generaciones: en constante ira y dudosa batalla

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Rochester, Massachusetts, 1911 (fotografía: Lewis W. Hine) / Cap. III, 1c
Rochester, Massachusetts, 1911 (Lewis W. Hine)
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(fotografías: Dorothea Lange)
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(fotografías: Marion P. Wolcott)

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Preguntó si iba a Madrid por línea recta o circunfleja

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Preguntó si iba a Madrid por línea recta o circunfleja / Parte II, Cap. 1c
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro II, Cap. I, 3. Francisco de Quevedo, 1626
«Del camino de Alcalá para Segovia, y de lo que sucedió en él
hasta Rejas, en donde durmió aquella noche»
Preguntó si iba a Madrid por línea recta o circunfleja

Yo pasé adelante pereciéndome de risa de los arbitrios en que ocupaba el tiempo, cuando, Dios y enhorabuena, desde lejos vi una mula suelta y un hombre junto a ella a pie, que mirando a un libro hacía unas rayas que medía con un compás. Daba vueltas y saltos a un lado y a otro, y de rato en rato, poniendo un dedo encima de otro, hacía con ellos mil cosas saltando. Yo confieso que entendí por gran rato (que me paré desde lejos a verlo) que era encantador, y casi no me determinaba a pasar. Al fin me determiné, y llegando cerca, sintióme, cerró el libro, y al poner el pie en el estribo, resbalósele y cayó. Levantéle, y díjome:
—No tomé bien el medio de proporción1 para hacer la circunferencia al subir.
Yo no le entendí lo que me dijo y luego temí lo que era, porque más desatinado hombre no ha nacido de las mujeres. Preguntóme si iba a Madrid2 por línea recta o si iba por camino circunflejo. Yo, aunque no lo entendí, le dije que circunflejo. Preguntóme cúya era la espada que llevaba al lado. Respondíle que mía, y mirándola, dijo:
—Esos gavilanes3 habían de ser más largos, para reparar los tajos4 que se forman sobre el centro de las estocadas.

1 medio de proporción: en esgrima, distancia que se toma para formar la herida.
2 Madrid: ciudad castellana y capital de la corte desde el siglo XVI, que en la época de Quevedo tenía unos 65 000 habitantes.
3 gavilanes: hierros que salen de la guarnición de la espada.
4 reparar los tajos: en esgrima, defenderse de los tajos.
Diccionario del Buscón

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Vació un zaque de dos que estaban de manifiesto

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Vació un zaque de dos que estaban de manifiesto (fotografía: Arthur Rothstein) / Parte I, Cap. 11c
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo XI, 3. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros»
Vació un zaque de dos que estaban de manifiesto
Fotografía: Arthur Rothstein

No entendían los cabreros aquella jerigonza1 de escuderos y de caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar y mirar a sus huéspedes, que con mucho donaire y gana embaulaban2 tasajo3 como el puño. Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas4 gran cantidad de bellotas avellanadas,5 y juntamente pusieron un medio queso, más duro que si fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo, ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria,6 que con facilidad vació un zaque7 de dos que estaban de manifiesto. Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:

1 jerigonza: lengua o jerga específica de una profesión o gremio.
2 embaular: engullir, comer deprisa.
3 tasajo: dado o tira de carne, a veces curado con sal, al aire o al humo, que es la base de guisos y pucheros.
4 zalea: cuero de oveja o carnero, curtido de modo que conserve la lana, empleado para preservar de la humedad y del frío.
5 bellota avellanada: bellota dulce, con sabor semejante a la avellana.
6 arcaduz de noria: cangilón o recipiente que se puede sujetar a la noria para subir el agua.
7 zaque: odre pequeño, de cuero cosido y empegado por todas partes, menos por la correspondiente al cuello del animal, que sirve para contener líquidos como agua, vino o aceite.
→ Diccionario de Don Quijote

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Hundir la mar en doce estados

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Hundir la mar en doce estados (fotografía: G. Harris & M. Ewing) / Libro II, Cap. 1b
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro II, Cap. I, 2. Francisco de Quevedo, 1626
«Del camino de Alcalá para Segovia, y de lo que sucedió en él
hasta Rejas, en donde durmió aquella noche»
Hundir la mar en doce estados
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Proseguimos en la conversación (propia de pícaros), y venimos a dar de una cosa en otra, en Flandes.1 Aquí fue ello, que empezó a suspirar y a decir:
—Más me cuestan a mí esos estados que al rey, porque ha catorce años que ando con un arbitrio que, si como es imposible no lo fuera, ya estuviera todo sosegado.
—¿Qué cosa puede ser —le dije yo— que, conviniendo tanto, sea imposible y no se pueda hacer?
—¿Quién le dice a vuestra merced —dijo luego— que no se pueda hacer? Hacerse puede, que ser imposible es otra cosa. Y si no fuera por dar pesadumbre, le contara a vuestra merced lo que es; pero allá se verá, que agora lo pienso imprimir con otros trabajillos, entre los cuales le doy al rey modo de ganar a Ostende2 por dos caminos.
Roguele que me los dijese, y al punto, sacando de las faldriqueras3 un gran papel, me mostró pintado el fuerte del enemigo y el nuestro, y dijo:
—Bien ve vuestra merced que la dificultad de todo está en este pedazo de mar; pues yo doy orden de chuparle todo con esponjas y quitarle de allí.
Di yo con este desatino una gran risada, y él entonces mirándome a la cara, me dijo:
—A nadie se lo he dicho que no haya hecho otro tanto, que a todos les da gran contento.
—Ese tengo yo, por cierto —le dije—, de oír cosa tan nueva y tan bien fundada, pero advierta vuestra merced que ya que chupe el agua que hubiere entonces, tornará luego la mar a echar más.
—No hará la mar tal cosa que lo tengo yo eso muy apurado —me respondió—, y no hay que tratar; fuera de que yo tengo pensada una invención para hundir la mar por aquella parte doce estados.4
No lo osé replicar de miedo que me dijese que tenía arbitrio para tirar el cielo acá abajo. No vi en mi vida tan gran orate.5 Decíame que Joanelo6 no había hecho nada, que él trazaba agora de subir toda el agua de Tajo7 a Toledo8 de otra manera más fácil. Y sabido lo que era, dijo que por ensalmo. ¡Mire vuestra merced quién tal oyó en el mundo! Y al cabo, me dijo:
—Y no lo pienso poner en ejecución si primero el rey no me da una encomienda,9 que la puedo tener muy bien, y tengo una ejecutoria10 muy honrada.
Con estas pláticas y desconciertos llegamos a Torrejón,11 donde se quedó, que venía a ver una parienta suya.

1 Flandes: zona geográfica que hoy comprende parte de Bélgica, Francia y los Países Bajos y que entre los siglos XV y XVIII perteneció a la casa de Habsburgo.
2 Ostende: ciudad de Flandes, hoy en Bélgica, que entre 1601 y 1604 fue asediada por los tercios españoles durante la guerra de Flandes o de los Ochenta Años (1568-1648).
3 faldriquera: faltriquera, bolsillo de las prendas de vestir o bolsa de tela que se ata a la cintura.
4 estado: medida aproximada de la altura de un hombre.
5 orate: persona de escaso o ningún juicio.
6 Joanelo: Juanelo Turriano (Janello Torriani, 1500-1585), ingeniero italiano que inventó una maquinaria para subir el agua del Tajo a Toledo.
7 Tajo: río que cruza la península ibérica desde la sierra de Albarracín (Teruel) hasta Lisboa, con un recorrido de 1007 kilómetros.
8 Toledo: ciudad castellana situada al sur de Madrid, a orillas del Tajo, en donde se encontraba la cárcel del Tribunal de la Inquisición.
9 encomienda: dignidad de las órdenes militares que llevaba aneja una renta.
10 ejecutoria: documento que certificaba la hidalguía.
11 Torrejón: población situada a unos veinte kilómetros al este de Madrid, en el valle del Henares.
Diccionario del Buscón

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Echó a andar por el camino de tierra

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Monterrey, California, 1936 (fotografía: Dorothea Lange) / Cap. II, 15a
· The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira ·
Capítulo II, 15. John Steinbeck, 1939
Echó a andar por el camino de tierra
Monterrey, California, 1936 (Dorothea Lange)

El agudo murmullo del motor se apagó y el sonido de los neumáticos bajó de tono. Joad sacó su botella y bebió otro trago corto. El camión se detuvo al principio de un camino de tierra que salía en ángulo recto de la carretera. Joad bajó y esperó de pie junto a la ventana de la cabina. El tubo de escape vertical arrojó el humo azul casi invisible. Joad se inclinó hacia el conductor.
—Homicidio —dijo con rapidez—. Es una de aquellas palabras… significa que maté a un tipo. Siete años me echaron. He salido en cuatro por buen comportamiento.
El camionero pasó los ojos sobre el rostro de Joad para memorizarlo.
—Yo no le he preguntado nada —dijo—. Yo me ocupo de mis asuntos.
—Puede decirlo en todos los garitos de aquí a Texola —sonrió—. Hasta otra, hombre. Se ha portado bien. Pero ¿sabe?, cuando has pasado un rato en chirona, hueles las preguntas desde lejos. Usted estaba preguntando nada más abrir el pico —empujó la puerta metálica con la palma de la mano—. Gracias por el viaje —dijo—. Adiós —dio media vuelta y echó a andar por el camino de tierra.
Por unmomento el camionero le vio alejarse y luego gritó:
—¡Suerte!
Joad agitó la mano sin volverse a mirar. Entonces el motor rugió, las marchas entraron y el enorme camión rojo se alejó pesadamente.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: El Paso, Texas, 1938 (fotografía: Dorothea Lange) / Cap II, 15b
El Paso, Texas, 1938 (Dorothea Lange)

En constante ira y dudosa batalla

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Pittston, Pennsylvania, 1911 (fotografía: Lewis W. Hine) / Cap. II, 15c
Pittston, Pennsylvania, 1911 (Lewis W. Hine)
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«He estado en la cárcel»
(fotografías: Marion P. Wolcott)
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(fotografías: Russell Lee)

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Lo que la soledad y la libertad traen consigo

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Lo que la soledad y la libertad traen consigo (fotografía: Bernard Cole) / Parte I, Cap. 11b
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo XI, 2. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros»
Lo que la soledad y la libertad traen consigo
Fotografía: Bernard Cole

Gran merced —dijo Sancho—, pero sé decir a vuestra merced que, como yo tuviese bien de comer, también y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres1 ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos2 de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Asín que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo y provecho; que estas, aunque las doy por bien recibidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo.
—Con todo eso, te has de sentar, porque a quien se humilla, Dios le ensalza.3
Y, asiéndole por el brazo, le forzó a que junto de él se sentase.

1 melindre: delicadeza afectada y excesiva en palabras, acciones y ademanes.
2 gallipavo: pavo común, americano, frente al pavón o pavo real.
3 a quien se humilla, Dios le ensalza: referencia a los evangelios de Mateo (23:12), «Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado», y Lucas (14:11), «Porque todo el que se ensalce, será humillado, y el que se humille será ensalzado», que indica que Dios premia la humildad y castiga la soberbia.
→ Diccionario de Don Quijote

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«Historia de dos ciudades», de Charles Dickens

«A Tale of Two Cities / Historia de dos ciudades» (1859), de Charles Dickens (fotografía: Puente de la Libertad, Bucarest)
· Biblioteca del Bósforo ·
Charles Dickens
«A Tale of Two Cities / Historia de dos ciudades», 1859
Alba Editorial, Barcelona, 2012
Fotografía: Szabadság híd (Puente de la Libertad), Budapest

Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos, era la edad de la sabiduría, era la edad de la estupidez, era la época de la creencia, era la época de la incredulidad, era la estación de la Luz, era la estación de la Oscuridad, era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperanza, lo teníamos todo ante nosotros, no teníamos nada ante nosotros, todos íbamos a ir directamente al cielo, todos íbamos a ir directamente en la otra dirección; en resumen, el período era tan distinto al período actual que algunas de sus autoridades más ruidosas insistían en que se recibiera, para lo bueno y para lo malo, solo en el grado superlativo de comparación.

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«En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust»

He estado en la cárcel

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Erwin West, Virginia, 1938 (fotografía: Marion P. Wolcott) / Cap. II, 14a
· The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira ·
Capítulo II, 14. John Steinbeck, 1939
He estado en la cárcel
Erwin, West Virginia, 1938 (Marion P. Wolcott)

El camionero calló.
—¿No es cierto? —insistió Joad.
—Bueno… sí. Quiero decir… puede que sí. Pero no es asunto mío. Yo me ocupo de mis asuntos. No es cosa mía —ahora las palabras salieron rodando—. Yo no meto la nariz en lo que no me importa —de repente calló y esperó. Y las manos seguían blancas en el volante. Un saltamontes entró volando por la ventana y aterrizó encima del tablero de mandos, donde se sentó y procedió a rascarse las alas con las saltarinas patas dobladas en ángulo. Joad alargó la mano y aplastó con los dedos la dura cabeza en forma de calavera y lo empujó hasta que la corriente de aire se lo llevó por la ventana. Volvió a reírse mientras se sacudía de las yemas de los dedos los restos del insecto aplastado.
—Se ha equivocado conmigo, mire —dijo—. No lo estoy ocultando. Sí que he estado en McAlester. He estado cuatro años. Está claro que estas ropas son las que me dieron al salir. No me importa un comino quién lo sepa. Y vuelvo donde mi viejo para no tener que mentir para conseguir trabajo.
El conductor dijo:
—Bueno, no es asunto mío. No soy un tipo entrometido.
—¡Y un cuerno! —replicó Joad—. Su enorme nariz ha estado husmeando de mala manera. Me ha estado olfateando como haría una oveja en un bancal de verduras.
La cara del camionero se tensó.
—Me ha malinterpretado… —empezó débilmente.
Joad se rio de él.
—Se ha portado bien, me ha llevado. Bueno, qué más da. He estado en la cárcel. Y qué. Quiere saber por qué, ¿no es verdad?
—No es asunto mío.
—Su único asunto es conducir este monstruo y eso es a lo que menos se dedica. Mire, ¿ve aquella carretera allí delante?
—Sí.
—Bueno, yo me quedo allí. Ya sé que se muere de ganas de saber qué hice. No soy quién para decepcionarle.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Mississippi Delta, Mississippi, 1939 (fotografía: Marion P. Wolcott) / Cap. II, 14b
Mississippi Delta, Mississippi, 1939 (Marion P. Wolcott)

En constante ira y dudosa batalla

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Eastport, Maine, 1911 (fotografía: Lewis W. Hine) / Cap. II, 14c
Eastport, Maine, 1911 (Lewis W. Hine)
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(fotografías: Ben Shahn)
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«Echó a andar por el camino de tierra»
(fotografías: Dorothea Lange)

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La caballería andante todas las cosas iguala

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: La caballería andante todas las cosas iguala (fotografía: William H. Jackson) / Parte I, Cap. 11a
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo XI, 1. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros»
La caballería andante todas las cosas iguala
Fotografía: William H. Jackson

Fue recogido de los cabreros con buen ánimo y, habiendo Sancho lo mejor que pudo acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos1 de cabra que hirviendo al fuego en un caldero estaban, y aunque él quisiera en aquel mesmo punto ver si estaban en sazón de trasladarlos del caldero al estómago, lo dejó de hacer, porque los cabreros los quitaron del fuego y, tendiendo por el suelo unas pieles de ovejas, aderezaron con mucha priesa su rústica mesa y convidaron a los dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que tenían. Sentáronse a la redonda de las pieles seis dellos, que eran los que en la majada2 había, habiendo primero con groseras ceremonias rogado a don Quijote que se sentase sobre un dornajo3 que vuelto del revés le pusieron. Sentóse don Quijote y quedábase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de cuerno. Viéndole en pie su amo, le dijo:
—Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería y cuán a pique4 están los que en cualquiera ministerio de ella se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí, a mi lado y en compañía de esta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala.5

1 tasajo: dado o tira de carne, a veces curado con sal, al aire o al humo, que es la base de guisos y pucheros.
2 majada: lugar donde se recoge de noche el ganado y se albergan los pastores.
3 dornajo: especie de artesa, pequeña y redonda, que sirve para dar de comer al ganado, para fregar o para otros usos.
4 estar a pique: estar a punto, cerca.
5 El amor igualador es un concepto tópico tanto de la literatura culta como de la popular y puede considerarse como el comienzo del discurso de la Edad de Oro, con la alusión a la amistad e igualdad entre los hombres y el uso en común de los bienes.
 Diccionario de Don Quijote

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Bien decían que era un trampista

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Bien decían que era un trampista (fotografía: Lutz Dille) / Libro II, Cap. 1a
· Historia de la vida del Buscón ·
Libro II, Cap. I, 1. Francisco de Quevedo, 1626
«Del camino de Alcalá para Segovia, y de lo que sucedió en él
hasta Rejas, en donde durmió aquella noche»
Bien decían que era un trampista
Fotografía: Lutz Dille

Llegó el día de apartarme de la mejor vida que hallo haber pasado. Dios sabe lo que sentí el dejar tantos amigos y apasionados, que eran sin número. Vendí lo poco que tenía de secreto, para el camino, y con ayuda de unos embustes hice hasta seiscientos reales.1 Alquilé una mula y salime de la posada, adonde ya no tenía que sacar más de mi sombra. ¿Quién contará las angustias del zapatero por lo fiado, las solicitudes del ama por el salario, las voces del huésped de la casa por el arrendamiento? Uno decía: «¡Siempre me lo dijo el corazón!»; otro: «¡Bien me decían a mí que este era un trampista!».2 Al fin, yo salí tan bienquisto3 del pueblo que dejé con mi ausencia a la mitad de él llorando y a la otra mitad riéndose de los que lloraban.
Yo me iba entreteniendo por el camino considerando en estas cosas, cuando pasado Torote,4 encontré con un hombre en un macho de albarda, el cual iba hablando entre sí con muy gran prisa y tan embebecido,5 que aun estando a su lado no me veía. Saludele y saludome; preguntele dónde iba, y después que nos pagamos las respuestas, comenzamos luego a tratar de si bajaba el turco6 y de las fuerzas del rey.7 Comenzó a decir de qué manera se podía conquistar la Tierra Santa y cómo se ganaría Argel, en los cuales discursos eché de ver que era loco repúblico8 y de gobierno.

1 real: moneda que empezó a circular en Castilla en el siglo XIV y que tuvo diferentes valores en función de la época y su composición. Un real de vellón valía 34 maravedíes, mientras que el de plata equivalía a dos reales de vellón (68 maravedíes); un real de plata equivalía a 8,5 cuartos y 16 reales de plata valían 1 escudo de oro.
2 trampista: embustero, petardista que, con ardides y engaños, anda continuamente sacando dinero prestado, o géneros fiados, sin ánimo de pagar.
3 bienquisto: de buena fama y generalmente estimado.
4 Torote: río que nace en la provincia de Guadalajara y desemboca en el Henares.
5 embebecerse: entretenerse, divertirse, pero aquí con el sentido de estar embelesado o pasmado.
6 turco: las ofensivas de los turcos eran tema habitual en las conversaciones de la época.
7 rey: reinaba en la época Felipe IV de Habsburgo (1605-1665), quien en 1621 había heredado el trono de su padre, Felipe III, y a quien sucedería su hijo Carlos II.
8 repúblico: alusión a los arbitristas, quienes proponían arbitrios y soluciones para los problemas del reino.
Diccionario del Buscón

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Sabe de dónde vengo

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Maynardville, Tennessee, 1935 (fotografía: Ben Shahn) / Cap. II, 13a
· The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira ·
Capítulo II, 13. John Steinbeck, 1939
Sabe de dónde vengo
Maynardville, Tennessee, 1935 (Ben Shahn)

Joad bebió un trago del frasco. Dio la última calada al cigarrillo humeante y luego, con los encallecidos pulgar e índice, aplastó el extremo encendido. Restregó la colilla hasta deshacerla y la sacó por la ventana dejando que la brisa se la llevara en los dedos. Los grandes neumáticos sonaron con una nota aguda en el asfalto. Los tranquilos ojos oscuros de Joad mostraron una expresión de humor mientras observaba la carretera. El conductor esperó y le miró intranquilo. Por fin, el labio superior de Joad se curvó en una sonrisa sobre sus dientes y él rio silenciosamente, su pecho agitándose con la risa.
—Le ha llevado de verdad un montón de rato llegar.
El camionero no le miró.
—¿Llegar a dónde? ¿Qué quiere decir?
Joad estiró los labios por un momento sobre los largos dientes y chupó loslabios como un perro, dos veces, una en cada dirección desde el medio. La voz sevolvió dura.
—Ya sabe lo que quiero decir. Me miró de arriba abajo cuando entré, me di cuenta —el conductor miró hacia adelante, agarró el volante con tanta fuerza que sus manos palidecieron mientras las palmas se abultaban. Joad continuó—. Sabe de dónde vengo.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Boone County, Arkansas, 1935 (fotografía: Ben Shahn) / Cap. II, 13b
Boone County, Arkansas, 1935 (Ben Shahn)

Nacido en Kaunas (Lituania, entonces Rusia) en 1898 como Benjamin Hessel, Ben Shahn emigró junto a su familia a Estados Unidos en 1906, donde trabajó en un taller de litografía y estudió en la National Academy of Design de Nueva York. A principios de los años treinta expuso su obra pictórica La pasión de Sacco y Vanzetti y comenzó a trabajar junto al pintor mexicano Diego Rivera, hasta que en 1935, y a través del fotógrafo Walker Evans, se incorporó al servicio de documentación de la Farm Security Administration (FSA). Al mismo tiempo, realizó una serie de trece murales inspirados en el poema de Walt Whitman I See America Working y encargados por el gobierno de Roosevelt. Tras la segunda guerra mundial continuó su trayectoria de fotógrafo, pintor e ilustrador en la ciudad de Nueva York, donde murió el 14 de marzo de 1969.


En constante ira y dudosa batalla

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Campbell, Kentucky, 1916 (fotografía: Lewis W. Hine) / Cap. II, 13c
Campbell, Kentucky, 1916 (Lewis W. Hine)
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«Le sorprendería lo que una persona puede recordar»
(fotografías: Theodor Jung)
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«He estado en la cárcel»
(fotografías: Marion P. Wolcott)

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