Si las señoras del coche no le pidieran tal merced

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Si las señoras del coche no le pidieran tal merced (fotografía: G. Harris & M. Ewing) / Cap. IX, 9h
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 88 ·
Capítulo IX. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Si las señoras del coche no le pidieran tal merced
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y, como lo vio caer, saltó de su caballo, y con mucha ligereza se llegó a él, y, poniéndole la punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la cabeza.1 Estaba el vizcaíno tan turbado que no podía responder palabra, y él lo pasara mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia, no fueran a donde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió, con mucho entono y gravedad:
—Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís, mas ha de ser con una condición y concierto, y es que este caballero me ha de prometer de ir al lugar del Toboso2 y presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga de él lo que más fuere de su voluntad.
Las temerosas y desconsoladas señoras, sin entrar en cuenta de lo que don Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometieron que el escudero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado.
—Pues en fe de esa palabra, yo no le haré más daño, puesto que me lo tenía bien merecido.

1 En los libros de caballerías, fórmula habitual para exigir la rendición del contrario.
2 El Toboso: población manchega, ubicada en la actual provincia de Toledo, de la que era natural Dulcinea.
 Diccionario de Don Quijote

Capítulo anterior
«Comenzaba su segunda parte de esta manera»

Inicio 
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha
Anuncios

Era un hombre alto con ropa barata y nueva

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Caruthersville, Missouri, 1938 (fotografía: Russell Lee) / Cap. II, 3a
· The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira ·
Capítulo II, 3. John Steinbeck, 1939
Era un hombre alto con ropa barata y nueva
Caruthersville, Missouri, 1938 (Russell Lee)

La ropa que llevaba el hombre era nueva, toda barata y nueva. Su gorra gris era tan nueva, que la visera estaba rígida y el botón todavía seguía en su sitio; no estaba llena de bultos y arrugada como estaría después de haber cumplido durante un tiempo todos los servicios de una gorra: bolsa, toalla, pañuelo. El traje era de tela rígida gris y barata y tan nueva que los pantalones aún mostraban la raya. La camisa azul de chambray estaba tiesa y suave, almidonada. La chaqueta era demasiado grande para él y los pantalones le estaban cortos porque era un hombre alto. Los hombros de la chaqueta le quedaban descolgados por los brazos, pero, incluso así, las mangas eran demasiado cortas y la chaqueta aleteaba suelta sobre su estómago. Calzaba un par de zapatos nuevos de color mostaza de los que llaman army last, claveteados y con semicírculos como herraduras para proteger los bordes de los tacones del uso. El hombre se sentó en el estribo, se quitó la gorra y se enjugó la cara con ella. Luego se la volvió a poner y empezó a tirar de la visera, comenzando así a estropearla. Los pies atrajeron su atención. Se inclinó, desató los cordones y los dejó sin atar. Sobre su cabeza, el gas del motor diésel susurraba en rápidas rachas de humo azul.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Orth, Minnesota, 1937 (fotografía: Russell Lee) / Cap. II, 3b
Orth, Minnesota, 1937 (Russell Lee)
Capítulo anterior
«Un hombre caminaba por el arcén»
(fotografías: Dorothea Lange)

Inicio
The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira

No cabía el ama de contenta conmigo

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: No cabía el ama de contenta conmigo (fotografía: Franco Pinna) / Libro I, Cap. VIb
· Historia de la vida del Buscón, 42 ·
Libro I, Cap. VI. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
No cabía el ama de contenta conmigo
Fotografía: Franco Pinna

Supo, pues, don Diego1 el caso, y enojose conmigo de manera que obligó a los güéspedes (que de risa no se podían valer) a volver por mí.2 Preguntábame don Diego que qué había de decir si me acusaban y me prendía la justicia, a lo cual respondí yo que me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes; y que si no me valiese, diría que como se entraron sin llamar a la puerta como en su casa, que entendí que eran nuestros. Riéronse todos de las disculpas. Dijo don Diego:
—A fe, Pablos, que os hacéis a las armas.
Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso y a mí tan travieso, que el uno exageraba al otro o la virtud o el vicio.
No cabía el ama de contento conmigo, porque éramos dos al mohíno:3 habíamonos conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas, de botas a bolsa,4 que desde entonces hereda no sé qué amor a la sisa este oficio. La carne no guardaba en manos de la ama la orden retórica, porque siempre iba de más a menos; no era nada carnal, antes de puro penitente estaba en los güesos. Y la vez que podía echar cabra u oveja no echaba carnero, y si había güesos, no entraba cosa magra. Era cercenadora5 de porciones como de moneda, y así hacía unas ollas éticas de puro flacas, unos caldos que a estar cuajados se pudieran hacer sartas de cristal de ellos. Las Pascuas, por diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía echar cabos de vela de sebo y así decía que estaban sus ollas gordas por el cabo.6 Y era verdad según me lo parló un pabilo que yo masqué un día. Ella decía, cuando yo estaba delante:
—Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si él no fuese travieso; consérvele vuestra merced, que bien se le puede sufrir el ser bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la plaza trae.

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 volver a mí: defenderme.
3 dos al mohíno: en algunos juegos, conchabarse dos contra uno.
4 Judas, de botas a bolsa: Judas suele ser representado con una bolsa y unas botas.
5 cercenadora: una de las formas de sisar era recortar o limar las monedas para quedarse con el metal cercenado.
6 estar por el cabo: estar bien, perfectamente.
Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Comenzaba su segunda parte de esta manera

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Comenzaba su segunda parte de esta manera (fotografía: David Moore) / Parte I, Cap. 9g
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 87 ·
Capítulo IX. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Comenzaba su segunda parte de esta manera
Fotografía: David Moore

Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que tenían. Y el primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno, el cual fue dado con tanta fuerza y tanta furia, que, a no volvérsele la espada en el camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran parte de la celada,1 con la mitad de la oreja, que todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy maltrecho.
¡Válame Dios,2 y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar3 de aquella manera! No se diga más sino que fue de manera que se alzó de nuevo en los estribos,4 y, apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él una montaña, comenzó a echar sangre por las narices y por la boca y por los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello; pero con todo eso, sacó los pies de los estribos, y luego soltó los brazos, y la mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos5 dio con su dueño en tierra.

1 celada: pieza de la armadura destinada a proteger la cabeza; la celada de encaje tenía en la base una pieza o falda que se encajaba en la coraza.
2 ¡Válame Dios!: expresión de sorpresa, en la que «válame» se usaba por el moderno «válgame».
3 parar: maltratar.
4 estribo: pieza de metal, madera o cuero en que el jinete apoya el pie.
5 corcovo: salto que dan algunos animales encorvando el lomo.
 Diccionario de Don Quijote

Capítulo anterior
«Testigo de lo pasado, aviso de lo presente y advertencia de lo por venir»
Capítulo siguiente
«Si las señoras del coche no le pidieran tal merced»

Inicio 
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Un hombre caminaba por el arcén

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Napa Valley, California, 1935 (fotografía: Dorothea Lange) / Cap. II, 2a
· The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira ·
Capítulo II, 2. John Steinbeck, 1939
Un hombre caminaba por el arcén
Napa Valley, California, 1935 (Dorothea Lange)

De vez en cuando las moscas zumbaban con suavidad en la puerta de tela metálica. La máquina del café arrojó vapor y la camarera la apagó sin mirar hacia atrás. Afuera, un hombre que caminaba por el arcén de la carretera cruzó y se acercó al camión. Fue despacio hasta la parte delantera, puso las manos en el brillante guardabarros y contempló la pegatina del parabrisas que decía «Autoestopistas no». Por un momento estuvo a punto de seguir andando por la carretera, pero, en vez de eso, se sentó en el estribo del lado que no daba al restaurante. No tenía más de treinta años. Sus ojos eran de un color marrón muy oscuro y una sombra de pigmentación marrón se adivinaba en el blanco de los ojos. Tenía los pómulos altos y anchos y unas líneas profundas y marcadas cortaban sus mejillas y se curvaban junto a la boca. Su labio superior era largo y, como sus dientes sobresalían, los labios se estiraban para cubrirlos porque este hombre mantenía los labios cerrados. Las manos eran duras, con dedos anchos y las uñas tan recias y estriadas como pequeñas conchas de almeja. El espacio entre el pulgar y el índice y la parte blanda de las palmas de sus manos brillaban llenas de callos.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Firebaugh, California, 1938 (fotografía: Dorothea Lange) / Cap. II, 2b
Firebaugh, California, 1938 (Dorothea Lange)
Capítulo anterior
«Dentro sonaba una radio como cuando nadie la escucha»
(fotografías: Arthur Rothstein)
Capítulo siguiente
«Era un hombre alto con ropa barata y nueva»
(fotografías: Russell Lee)

Inicio
The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira

Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena (fotografía: Toshiteru Yamaji) / Libro I, Cap. 6a
· Historia de la vida del Buscón, 41 ·
Libro I, Cap. VI. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena
Fotografía: Toshiteru Yamaji

Haz como vieres, dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No sé si salí con ello, pero yo aseguro a vuestra merced que hice todas las diligencias posibles.
Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa y a los pollos de la ama que del corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día entraron dos puercos del mejor garbo que vi en mi vida. Yo estaba jugando con los otros criados, y oilos gruñir, y dije al uno:
—Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa.
Fue, y dijo que dos marranos. Yo que lo oí, me enojé tanto que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casa ajena. Y diciendo esto, envásole a cada uno a puerta cerrada la espada por los pechos, y luego los acogotamos. Porque no se oyese el ruido que hacían, todos a la par dábamos grandísimos gritos como que cantábamos y así expiraron en nuestras manos. Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones los medio chamuscamos en el corral, de suerte que cuando vinieron los amos ya estaba todo hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que aún no estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta de prisa, en verdad, que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo que ellas se tenían dentro, y nos las comimos las más como se las traía hechas el cochino en la barriga.

Capítulo anterior
«Hechos amigos y como hermanos»
Capítulo siguiente
«No cabía el ama de contenta conmigo»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Testigo de lo pasado, aviso de lo presente y advertencia de lo por venir

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Testigo de lo pasado, aviso de lo presente y advertencia de lo por venir (fotografía: Wolfgang Suschitzky) / Parte I, Cap. 9f
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 86 ·
Capítulo IX. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Testigo de lo pasado, aviso de lo presente
y advertencia de lo por venir

Fotografía: Wolfgang Suschitzky

Si a esta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo,1 siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos, aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues, cuando pudiera y debiera extender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria2 las pasa en silencio; cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada3 apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En esta sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo4 de su autor, antes que por falta del sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la traducción, comenzaba de esta manera.

1 Referencia a Cide Hamete Benengeli, supuesto autor morisco a quien Cervantes atribuye la narración de las aventuras de don Quijote, como explica al principio de este mismo capítulo.
2 de industria: adrede.
3 nonada: nada.
4 galgo: galgo y perro eran insultos que recíprocamente se dedicaban cristianos y musulmanes, como también refiere Francisco de Quevedo en Historia de la vida del Buscón (1626).
 Diccionario de Don Quijote

Capítulo anterior 
«Puestos en la misma postura que la historia cuenta»
Capítulo siguiente
«Comenzaba su segunda parte de esta manera»

Inicio 
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Hechos amigos y como hermanos

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Hechos amigos y como hermanos (fotografía: Romualdas Rakauskas) / Libro I, Cap. 5g
· Historia de la vida del Buscón, 40 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Hechos amigos y como hermanos
Fotografía: Romualdas Rakauskas

Yo, que veía poco remedio en el negocio y que me iban a echar la garra, fingí que me había dado mal de corazón: agarreme a los palos, hice visajes… Ellos, que sabían el misterio, apretaron conmigo, diciendo:
—¡Gran lástima!
Don Diego me tomó el dedo del corazón1 y, al fin, entre los cinco me levantaron, y al alzar las sábanas fue tanta la risa de todos viendo los recientes no ya palominos2 sino palomos grandes, que se hundía el aposento.
—¡Pobre de él! —decían los bellacos (yo hacía del desmayado)—; tírele vuestra merced mucho de ese dedo del corazón.
Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tiró que me le desconcertó. Los otros trataron de darme un garrote en los muslos, y decían:
—El pobrecito agora sin duda se ensució, cuando le dio el mal.
¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza, descoyuntado un dedo y a peligro de que me diesen garrote! Al fin, de miedo de que me le diesen, que ya me tenían los cordeles en los muslos, hice que había vuelto, y por presto que lo hice, como los bellacos iban con malicia, ya me habían hecho dos dedos de señal en cada pierna. Dejáronme diciendo:
—¡Jesús, y qué flaco sois!
Yo lloraba de enojo, y ellos decían adrede:
—Más va en vuestra salud que en haberos ensuciado. Callá.
Y con esto me pusieron en la cama, después de haberme lavado, y se fueron.
Yo no hacía a solas sino considerar cómo casi era peor lo que había pasado en Alcalá3 en un día que todo lo que me sucedió con Cabra.4 A mediodía me vestí, limpié la sotana lo mejor que pude, lavándola como gualdrapa, y aguardé a mi amo5 que, en llegando, me preguntó cómo estaba. Comieron todos los de la casa y yo, aunque poco y de mala gana. Y después, juntándonos todos a parlar en el corredor, los otros criados, después de darme vaya,6 declararon la burla. Riéronla todos, doblose mi afrenta, y dije entre mí: «Avisón, Pablos, alerta».
Propuse de hacer nueva vida, y con esto, hechos amigos, vivimos de allí adelante todos los de la casa como hermanos, y en las escuelas y patios nadie me inquietó más.

1 dedo del corazón: en la época se creía que existía una relación entre el dedo corazón y el corazón, y que tirando de este dedo se aliviaban los males cardíacos.
2 palominos: manchas de excrementos.
3 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros al este de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
4 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga, pasaje narrado en el capítulo III.
5 amo: el protagonista se refiere a Diego de Zúñiga.
6 dar vaya: burlarse.
Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Decían que no se podía estar allí»
Capítulo siguiente
«Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Puestos en la misma postura que la historia cuenta

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Puestos en la misma postura que la historia cuenta (fotografía: Einar Erici) / Parte I, Cap. 9e
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 85 ·
Capítulo IX. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Puestos en la misma postura que la historia cuenta
Fotografía: Einar Erici

Estaba en el primero cartapacio pintada muy al natural la batalla de don Quijote con el vizcaíno, puestos en la misma postura que la historia cuenta, levantadas las espadas, el uno cubierto de su rodela,1 el otro de la almohada, y la mula del vizcaíno tan al vivo, que estaba mostrando ser de alquiler a tiro de ballesta. Tenía a los pies escrito el vizcaíno un título que decía «Don Sancho de Azpeitia», que sin duda debía de ser su nombre, y a los pies de Rocinante estaba otro que decía «Don Quijote». Estaba Rocinante maravillosamente pintado, tan largo y tendido, tan atenuado y flaco, con tanto espinazo, tan hético2 confirmado, que mostraba bien al descubierto con cuánta advertencia y propiedad se le había puesto el nombre de «Rocinante». Junto a él estaba Sancho Panza, que tenía del cabestro a su asno, a los pies del cual estaba otro rétulo que decía «Sancho Zancas», y debía de ser que tenía, a lo que mostraba la pintura, la barriga grande, el talle corto y las zancas largas, y por esto se le debió de poner nombre de «Panza» y de «Zancas», que con estos dos sobrenombres le llama algunas veces la historia. Otras algunas menudencias había que advertir, pero todas son de poca importancia, y que no hacen al caso a la verdadera relación de la historia, que ninguna es mala como sea verdadera.

1 rodela: escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando espada «a la romana», es decir, a pie.
2 hético: muy flaco y casi en los huesos.
 Diccionario de Don Quijote

Capítulo anterior
«Tradujo aquellos cartapacios como aquí se refiere»
Capítulo siguiente
«Testigo de lo pasado, aviso de lo presente y advertencia de lo por venir»

Inicio
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Los hombres se quedaron pensando, calculando

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Ozark Mountains, Missouri, 1940 (fotografía: John Vachon) / Cap. I, 7a
· The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira ·
Capítulo I, 7. John Steinbeck, 1939
Los hombres se quedaron pensando, calculando
Ozark Mountains, Missouri, 1940 (John Vachon)

Las gentes salieron de sus casas y olfatearon el aire cálido y picante y se cubrieron la nariz defendiéndose de esa atmósfera. Los niños salieron de las casas, pero no corrieron ni gritaron como hubieran hecho después de la lluvia. Los hombres, de pie junto a las cercas, contemplaron el maíz echado a perder, muriendo deprisa ahora, solo un poco de verde visible tras la película de polvo. Callaban y se movían apenas. Y las mujeres salieron de las casas para ponerse junto a sus hombres, para sentir si esta vez ellos se irían abajo. Observaron a hurtadillas sus semblantes, sabiendo que no tenía importancia que el maíz se perdiera siempre que otra cosa persistiese. Los niños se quedaron cerca, dibujando en el polvo con los dedos de los pies desnudos y pusieron sus sentidos en acción para averiguar si los hombres y las mujeres se vendrían abajo. Miraron furtivamente los rostros de los adultos, y luego, con esmero, sus dedos dibujaron líneas en el polvo. Los caballos se acercaron a los abrevaderos y agitaron el agua con los belfos para apartar el polvo de la superficie. Pasado un rato, los rostros atentos de los hombres perdieron la expresión de perplejidad y se tornaron duros y airados, dispuestos a resistir. Entonces las mujeres supieron que estaban seguras y que sus hombres no se derrumbarían. Luego preguntaron: ¿Qué vamos a hacer? Y los hombres replicaron: No sé. Pero estaban en buen camino. Las mujeres supieron que la situación tenía arreglo, y los niños lo supieron también. Unos y otros supieron en lo más hondo que no había desgracia que no se pudiera soportar si los hombres estaban enteros. Las mujeres entraron en las casas para comenzar a trabajar y los niños empezaron a jugar, aunque cautelosos. A medida que el día avanzaba, el sol fue perdiendo su color rojo. Resplandeció sobre la tierra cubierta de polvo. Los hombres, sentados a la puerta de sus casas, juguetearon con palitos y piedras pequeñas; permanecieron inmóviles sentados, pensando y calculando.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: San Augustine, Texas, 1943 (fotografía: John Vachon) / Cap. I, 7b
San Augustine, Texas, 1943 (John Vachon)

John Felix Vachon nació en 1914 en Saint Paul (Minnesota). En 1937 comenzó a trabajar en la FSA gracias a una cámara Leica que le prestó el también fotógrafo Ben Shahn. Con la ayuda profesional de Walker Evans y Arthur Rothstein, recorrió el valle del Potomac por encargo de Roy E. Striker, así como las ciudades y zonas rurales de Virginia y Nebraska. Tras la desaparición de la FSA trabajó como fotógrafo en la Office of War Information (OWI) y, tras la guerra, para la Standard Oil antes de trasladarse a Polonia por encargo de la United Nations Relief and Rehabilitation Administration (UNRA). Fue asiduo colaborador de las revistas Look y Life y en 1975, pocos meses antes de morir, se convirtió en profesor del Minneapolis Institute of Arts.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: John Vachon (1914-1975) en 1942 / Cap. I, 7c
John Vachon (1914-1975) en 1942
Capítulo anterior
«Una manta uniforme cubrió la tierra»
(fotografías: Jack Delano)
Capítulo siguiente
«Dentro sonaba una radio como cuando nadie la escucha»
(fotografías: Arthur Rothstein)

Inicio
The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira

Decían que no se podía estar allí

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Decían que no se podía estar allí (fotografía: Carl Mydans) / Libro I, Cap. 5f
· Historia de la vida del Buscón, 39 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

Decían que no se podía estar allí
Fotografía: Carl Mydans

Acosteme y cubrime y torné a dormir, y como entre sueños me revolcase, cuando desperté halleme proveído y hecho una necesaria.1 Levantáronse todos y yo tomé por achaque2 los azotes para no vestirme. No había diablos que me moviesen de un lado. Estaba confuso, considerando si acaso, con el miedo y la turbación, sin sentirlo, había hecho aquella vileza, o si entre sueños. Al fin, yo me hallaba inocente y culpado y no sabía cómo disculparme.
Los compañeros se llegaron a mí, quejándose y muy disimulados, a preguntarme cómo estaba; yo les dije que muy malo, porque me habían dado muchos azotes. Preguntábales yo que qué podía haber sido, y ellos decían:
—A fe que no se escape, que el matemático3 nos lo dirá. Pero, dejando esto, veamos si estáis herido, que os quejábades mucho.
Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme. En esto, mi amo entró diciendo:
—¿Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son las ocho ¿y estaste en la cama? ¡Levántate enhoramala!
Los otros, por asegurarme, contaron a don Diego el caso todo y pidiéronle que me dejase dormir. Y decía uno:
—Y si vuestra merced no lo cree, levantad, amigo.
Y agarraba de la ropa. Yo la tenía asida con los dientes por no mostrar la caca. Y cuando ellos vieron que no había remedio por aquel camino, dijo uno:
—¡Cuerpo de Dios y cómo hiede!
Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego, tras él, todos comenzaron a mirar si había en el aposento algún servicio.4 Decían que no se podía estar allí. Dijo uno:
—¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!
Miraron las camas y quitáronlas para ver debajo, y dijeron:
—Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasémosle a una de las nuestras y miremos debajo de ella.

1 necesaria: privada, letrina.
2 achaque: excusa.
3 matemático: astrónomo.
4 servicio: orinal.
Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«El retor tiene la culpa en no poner remedio»
Capítulo siguiente
«Hechos amigos y como hermanos»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Tradujo aquellos cartapacios como aquí se refiere

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Tradujo aquellos cartapacios como aquí se refiere (fotografía: André Kertész) / Parte II, Cap. 9d
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 84 ·
Capítulo IX. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Tradujo aquellos cartapacios como aquí se refiere
Fotografía: André Kerstéz

Cuando yo oí decir «Dulcinea del Toboso», quedé atónito y suspenso, porque luego se me representó que aquellos cartapacios contenían la historia de don Quijote. Con esta imaginación le di priesa que leyese el principio, y haciéndolo así, volviendo de improviso el arábigo en castellano, dijo que decía: «Historia de don Quijote de la Mancha, escrita por Cide Hamete Benengeli, historiador arábigo».1 Mucha discreción fue menester para disimular el contento que recibí cuando llegó a mis oídos el título del libro, y, salteándosele al sedero, compré al muchacho todos los papeles y cartapacios por medio real;2 que si él tuviera discreción y supiera lo que yo los deseaba, bien se pudiera prometer y llevar más de seis reales de la compra. Apartéme luego con el morisco por el claustro de la iglesia mayor, y roguéle me volviese3 aquellos cartapacios, todos los que trataban de don Quijote, en lengua castellana, sin quitarles ni añadirles nada, ofreciéndole la paga que él quisiese. Contentóse con dos arrobas4 de pasas y dos fanegas5 de trigo, y prometió de traducirlos bien y fielmente y con mucha brevedad. Pero yo, por facilitar más el negocio y por no dejar de la mano tan buen hallazgo, le traje a mi casa, donde en poco más de mes y medio la tradujo toda, del mismo modo que aquí se refiere.

1 Cide Hamete Benengeli: supuesto autor morisco —cuyo nombre procede de Cide (señor), Hamete (Hamid, nombre árabe) y Benengeli (deformación arábiga del apellido Cervantes— a quien Cervantes atribuye la narración de las aventuras de don Quijote.
2 real: moneda que empezó a circular en Castilla en el siglo XIV y que tuvo diferentes valores en función de la época y su composición. Un real de vellón valía 34 maravedíes, mientras que el de plata equivalía a dos reales de vellón (68 maravedíes); un real de plata equivalía a 8,5 cuartos y 16 reales de plata valían 1 escudo de oro.
3 volviese: tradujese.
4 arroba: medida de peso equivalente a 11,5 kg en Castilla y a 12,5 kg en Aragón.
5 fanega: medida de capacidad para áridos que, según el marco de Castilla, tiene 12 celemines y equivale a 55,5 litros, pero cuyo valor varía según las diversas regiones peninsulares.
 Diccionario de Don Quijote

Capítulo anterior
«Abrió el libro por medio y comenzó a reír»
Capítulo siguiente
«Puestos en la misma postura que la historia cuenta»

Inicio
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

El retor tiene la culpa en no poner remedio

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: El retor tiene la culpa en no poner remedio (fotografía: August Sander) / Libro I, Cap. 5e
· Historia de la vida del Buscón, 38 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

El retor tiene la culpa en no poner remedio
Fotografía: August Sander

Pero, cuando comienzan desgracias en uno, parece que nunca se han de acabar, que andan encadenadas y unas traían a otras. Viniéronse a acostar los otros criados y, saludándome todos, me preguntaron si estaba malo y cómo estaba en la cama. Yo les conté el caso y, al punto, como si en ellos no hubiera mal ninguno, se empezaron a santiguar, diciendo:
—No se hiciera entre luteranos. ¿Hay tal maldad?
Otro decía:
—El retor tiene la culpa en no poner remedio. ¿Conocerá los que eran?
Yo respondí que no, y agradeciles la merced que me mostraban hacer. Con esto se acabaron de desnudar, acostáronse, mataron la luz, y dormime yo, que me parecía que estaba con mi padre y mis hermanos.
Debían de ser las doce cuando el uno de ellos me despertó a puros gritos, diciendo:
—¡Ay, que me matan! ¡Ladrones!
Sonaban en su cama, entre estas voces, unos golpazos de látigo. Yo levanté la cabeza y dije:
—¿Qué es eso?
Y apenas la descubrí, cuando con una maroma me asentaron un azote con hijos1 en todas las espaldas. Comencé a quejarme; quíseme levantar; quejábase el otro también; dábanme a mí sólo. Yo comencé a decir:
—¡Justicia de Dios!
Pero menudeaban tanto los azotes sobre mí, que ya no me quedó, por haberme tirado las frazadas abajo, otro remedio sino el de meterme debajo de la cama. Hícelo así, y al punto los tres que dormían empezaron a dar gritos también, y como sonaban los azotes, yo creí que alguno de fuera nos daba a todos. Entre tanto, aquel maldito que estaba junto a mí se pasó a mi cama y proveyó en ella, y cubriola, volviéndose a la suya. Cesaron los azotes y levantáronse con grandes gritos todos cuatro, diciendo:
—¡Es gran bellaquería, y no ha de quedar así!
Yo todavía me estaba debajo de la cama quejándome como perro cogido entre puertas, tan encogido que parecía galgo con calambre. Hicieron los otros que cerraban la puerta, y yo entonces salí de donde estaba y subime a mi cama, preguntando si acaso les habían hecho mal. Todos se quejaban de muerte.

1 azote con hijos: látigo de varios ramales.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Vi lo que jamás se ha visto en paso»
Capítulo siguiente
«Decían que no se podía estar allí»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Una manta uniforme cubrió la tierra

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Pacolet, South Carolina, 1941 (Jack Delano) / Cap. I, 6a
· The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira ·
Capítulo I, 6. John Steinbeck, 1939
Una manta uniforme cubrió la tierra
Pacolet, South Carolina, 1941 (Jack Delano)

A media noche el viento pasó y dejó la tierra en silencio. El aire lleno de polvo amortiguaba el sonido mejor que la niebla. La gente, tumbada en la cama, oyó cómo el viento paraba. Se despertaron cuando el impetuoso viento desapareció. Tumbados en silencio escucharon intensamente la quietud. Luego cantaron los gallos, un canto amortiguado y las personas se removieron inquietas en sus camas deseando que llegara la mañana. Sabían que el polvo tardaría mucho tiempo en dejar el aire y asentarse. Por la mañana el polvo colgó como una niebla y el sol era de un rojo intenso, igual que sangre joven. Durante todo ese día y el día siguiente el polvo se fue filtrando desde el cielo. Una manta uniforme cubrió la tierra. Se asentó en el maíz, se apiló encima de los postes de las cercas y sobre los alambres, se posó en los tejados y cubrió la maleza y los árboles.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Chemung County, New York, 1940 (fotografía: Jack Delano) / Cap. I, 6b
Chemung County, New York, 1940 (Jack Delano)

Nacido en 1914 como Jacob Ovcharov en Voroshilovka (Rusia, hoy Ucrania), emigró a Estados Unidos junto a su familia en 1923, donde se convirtió en Jack Delano y donde estudió arte, música y fotografía en Filadelfia. Se graduó en la Pennsylvania Academy of the Fine Arts (PAFA) en 1934 y comenzó a trabajar para la FSA, en la que se mantuvo hasta que en 1943 pasó al ejército durante la segunda guerra mundial. Tras el fin de la contienda se estableció en Puerto Rico y se dedicó a la producción cinematográfica y musical. Murió el 12 de agosto de 1997.

«The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira» (1939), de John Steinbeck: Jack Delano (1914-1997) en 1942 / Cap. I, 6c
Jack Delano (1914-1997) en 1942
Capítulo anterior
«Llegó la aurora, pero no el día»
(fotografías: George E. Marsh)
Capítulo siguiente
«Los hombres se quedaron pensando, calculando»
(fotografías: John Vachon)

Inicio
The Grapes of Wrath / Las uvas de la ira

Vi lo que jamás se ha visto en paso

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Vi lo que jamás se ha visto en paso (fotografía: David Seymour, Chim) / Libro I, Cap. 5d
· Historia de la vida del Buscón, 37 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Vi lo que jamás se ha visto en paso
Fotografía: David Seymour (Chim)

Vino mi amo, y como me halló durmiendo y no sabía la asquerosa aventura, enojose y comenzó a darme repelones con tanta prisa, que a dos más, despierto calvo. Levanteme dando voces y quejándome, y él, con más cólera, dijo:
—¿Es buen modo de servir ése, Pablos? Ya es otra vida.
Yo, cuando oí decir «otra vida», entendí que era ya muerto, y dije:
—Bien me anima vuestra merced en mis trabajos. Vea cuál está aquella sotana y manteo, que ha servido de pañizuelo a las mayores narices que se han visto jamás en paso,1 y mire estas costillas.
Y con esto empecé a llorar. Él, viendo mi llanto, creyolo, y buscando la sotana y viéndola, compadeciose de mí y dijo:
—Pablos, abre el ojo que asan carne.2 Mira por ti, que aquí no tienes otro padre ni madre.
Contele todo lo que había pasado y mandome desnudar y llevar a mi aposento, que era donde dormían cuatro criados de los güéspedes de casa. Acosteme y dormí; y con esto, a la noche, después de haber comido y cenado bien, me hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado por mí nada.

1 paso: se refiere a los pasos de Semana Santa, donde salen judíos, a los que se atribuían grandes narices.
2 abre el ojo que asan carne: dicho con el que se avisa a alguien para que esté prevenido.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Iba ya hecho zufaina»
Capítulo siguiente
«El retor tiene la culpa en no poner remedio»

Inicio
Historia de la vida del Buscón