El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza

20160523 · El vacío del mundo

Según la última encuesta que El País ha hecho para Metroscopia, este hombre grisáceo, pazguato y anodino volverá a ganar las elecciones. Y no solo eso. Es probable que las gane incluso con un margen superior al de hace unos meses. Es difícil enmendar la plana a un diario sostenido y financiado por algunos de los imperios financieros más importantes de Europa, de modo que su titular resulta creíble por mucha desolación que produzca.
Cierto es que la banca aloja y desaloja la Moncloa cuando le viene en gana y que nombra y depone ministros y altos cargos según le conviene y le apetece, pero lo que no hace es depositar los votos de millones de españoles en las urnas.
Esas papeletas son llevadas una a una y hasta su destino por quienes todavía creen que este individuo de extraño cerebelo es el más adecuado para gobernarnos, dirigirnos y representarnos. Este señor que tanta risa nos da cuando no nos entristece es apoyado por una mayoría de ciudadanos que de manera inexplicable, cuando no del todo irracional, todavía confía en él.
Que El País cocina sus encuestas antes de servirlas a Metroscopia es un hecho evidente; que la banca cocina las suyas antes de dar precisas instrucciones al director de El País, también. Pero ¿cómo se cocinan millones de contribuyentes para que mantengan su adhesión inquebrantable a este señor de casino provinciano con el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza?

© Fran Vega, 23 de mayo de 2016

No nos aburran más

20160428 · Ovejas

Decía F6 estos días que la campaña electoral que se nos viene encima debía ser austera y comedida, que no están los tiempos como para derroches y dispendios y que ya se han gastado los políticos muchos dineros en contarnos lo que ya sabemos y en ocultarnos lo que de verdad importa.
Sería la ocasión, por tanto, de rogarles que no hagan ninguna campaña, que continúen sus vidas como si tal cosa, que nos convoquen a las urnas pero que no nos canten milongas, que no aparezcan de nuevo en nuestras casas diciéndonos lo que tenían que haber hecho y no hicieron pero que esta vez sí harán y que nos dejen tranquilos con nuestros asuntos.
Que hagan lo que les venga en gana y les parezca bien, que para eso les pagamos, pero no nos merecemos que nos cansen y nos agoten otra vez con sus cantinelas y absurdas promesas que ya solo pueden incitar a la risa, cuando no a la irritación. Por favor, señores de la política, no nos aburran más.

© Fran Vega, 28 de abril de 2016

Famaztella, S.A.

20160421 · Aznar

Nadie sabe en qué momento exacto este hombre pasó de ser un perfecto cretino a un inigualable cínico. Nadie sabe si fue antes o después de llegar a la Moncloa o antes o después de convertirse en una figura indeseada y vomitiva. Un tipo de cuya imaginación surge el nombre de Famaztella, S.A. (Familia Aznar Botella, S. A.) no merece mayor credibilidad. Y un individuo que lleva años luciendo y exigiendo patriotismo mientras elude sus impuestos debería ser condenado, por lo menos, a permanecer en silencio durante las próximas décadas.
Y este mismo hombre ganó dos elecciones seguidas, nos metió en una guerra para su exclusiva satisfacción y sembró discordias y corrupciones durante años.
Y es el mismo hombre que preside ese partido político del que usted me habla. Ese partido político que tal vez vuelva a gobernar sobre un país sin criterio. Y sin memoria.

© Fran Vega, 21 de abril de 2016

Esa persona de la que usted me habla

Sáenz de Santamaría y Soria

Tenemos un patriota menos en las filas del gobierno y uno más en el sector de “esas personas de las que usted me habla”, que es como el presidente en funciones suele referirse a quienes en algún momento fueron de su máxima confianza y hoy hacen fila en la puerta del juzgado.
La estrepitosa caída del imaginativo ministro que estableció un impuesto al Sol reaviva en las tropas populares la operación Menina, es decir, la operación Soraya. Tan abrasado está Rajoy que ya ni los suyos creen que pueda salvarse de las cenizas, por lo que impulsarían a SSS como candidata popular en unas hipotéticas elecciones con la esperanza de que su condición femenina y su, hasta el momento, limpia trayectoria robara votos a socialdemócratas, podemitas y ciudadanitas.
Pero hay que esperar, porque tal vez un acuerdo de última hora coloque a Soraya en la Moncloa sin necesidad de pasar por las urnas: Pedro Sánchez dijo que nunca apoyaría a Rajoy, pero nada dijo de la Menina.
Que la fiesta continúe.

© Fran Vega, 18 de abril de 2016

Cosas de estos chicos

Rajoy, Sánchez, Rivera, Iglesias

Que dicen estos chicos que no pactan, que lo de pactar es estupendo, pero que eso nunca ha sido tradición en nuestro país y que aquí lo que nos va es liarnos a gorrazos en la calle para mantener las esencias patrias.
Y que dicen los de la izquierda que están muy ocupados devorándose entre ellos, que por algo han sido siempre cainitas y caníbales, pero que los de la derecha lo tienen peor, porque están de escombros y basura offshore hasta las cejas y que con ellos no se puede ir ni a la tasca de enfrente a formar coaliciones ante el mostrador.
Y que dicen los chicos de Bruselas, del Banco Central Europeo y del FMI que se pongan de acuerdo ya, que dice la chica de Berlín que hay recortes urgentes que aplicar y que lo que hemos visto hasta ahora va a parecer una tarde en Disneylandia. Así que dicen nuestros chicos que a ver quién se come ese marrón.
Y que dice Mariano, ese hombre permanentemente en funciones, que «aquí os quería ver yo, bah… ¡aficionados!».
Y que dicen los del Ibex-35 que qué hay de lo mío.

© Fran Vega, 10 de abril de 2016

Beneficios del buen desgobierno

Un tipo intrascendente
· Ucronías ·
Fran Vega
Beneficios del buen desgobierno

Ese hombre de lánguida mirada y triste caminar que a veces ustedes ven en los informativos mientras oculta la prensa deportiva bajo el brazo y la quiniela en el bolsillo interior de la americana es el presidente del gobierno en funciones. Desde que en otoño convocó las elecciones del 20 de diciembre está así, en este plan gandul y remolón, contemplando cómo los gallos se enfrentan en el corral mientras él lanza volutas de humo por encima de las gafas. Un hombre en funciones, una especie de la serie B que la política nos ha proporcionado. Un tipo intrascendente.
Tal vez mientras observan su absurda realidad hayan caído en la cuenta de que pertenecemos a una generación privilegiada, estratosférica y homérica, que está viviendo un acontecimiento sin precedentes en la historia de esta España nuestra: llevamos más de cien días sin gobierno. No tenemos quien nos represente, las reuniones internacionales de primeros ministros nos importan un comino y aquí ya no se mueve un folio ni una firma hasta que el rey no bendiga al nuevo presidente. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, disfrutemos.
Podría parecer que el país está paralizado, que las fábricas han dejado de producir aparatos insensatos o que las gentes han dejado de adquirir cosas que no utilizarán. Pero no. Siguen sonando los despertadores, la chavalería acude a sus clases y la liga de fútbol continúa su curso. No sé qué más puede pedirse a un estado sin gobierno.
Sin embargo, la gran ventaja de la prolongación de este juego de trileros en que se han convertido las negociaciones consiste en que nadie puede robar un euro de partidas presupuestarias inexistentes. Sin gobierno, no hay firma; sin firma, no hay presupuesto; y sin presupuesto, no hay hurto ni soborno. De modo que mientras que todos los ladronzuelos y pillastres que nos gobiernan se mantengan en funciones tendremos un oasis de honradez que generaciones enteras querrán ver alguna vez.
Más beneficios: no hay declaraciones a la prensa. Durante este tiempo de parálisis, solo Mariano se ha atrevido con algunas de sus incomprensibles frases, pero desde la vicepresidenta al último subsecretario se observa un silencio que solo es interrumpido de vez en cuando por ese personaje que custodia la cartera de Interior debidamente respaldado por su ángel de la guarda. Ningún responsable del gobierno en funciones se la quiere jugar, no vaya a ser que en una de esas carambolas que la política produce acaben con algún cargo de importancia en cualquier coalición, por estrambótica que esta sea.
Y finalmente, y no por ello menos trascendente, tampoco hay ideas. Por fin. Todos guardan sus mejores bazas y se limitan a exponer viejos asuntos que ya hemos escuchado demasiadas veces, así que llevamos una agradable temporadita en la que salvo las ocurrencias de los bufones habituales de la corte no tenemos que mostrarnos perplejos ante lo que algún ministro haya pensado entre el primer martini y el último gin-tonic.
Y por lo demás, ¿qué importa este asunto de estar o ser en funciones?, ¿acaso estaríamos mejor con cualquiera de los negociadores instalado en la Moncloa? No creo que debamos preocuparnos. O al menos, no todavía. Se está bien sin nadie al frente. Nos da un poco de rollito ácrata y nos permite pensar que somos un país maduro con las cositas bien claras. Después de todo, ser presidente del gobierno es serlo siempre en función de lo que ordenen la banca, la sacristía y la bolsa. De modo que mientras no podamos elegir a los presidentes de estas tres columnas básicas del estado, cualquiera que ocupe el sillón de presidente lo hará en calidad de provisional y transitorio. Como cualquier tipo intrascendente.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 6 de abril de 2016

Pactando con lobos

Mas y Rajoy: pactando con lobos
· Ucronías ·
Fran Vega
Mas y Rajoy: pactando con lobos

Resulta que en esta España nuestra de sargentos y furrieles se impone ahora la obligada necesidad del diálogo y el pacto, de conversaciones de sofá mientras suenan en las calles alegres villancicos y se adivina en el ambiente un aroma de convivencia y amistad. Resulta que en este país nuestro, tan tabernario y jaranero, no hay más remedio estos días que escuchar a quien no quisiéramos tratar y atender su respetable exposición que en el fondo nos delata. Resulta ahora que los políticos de este país de ordenanzas y decretos se comportan como si vinieran a cenar los cuñados más impertinentes de la historia.
Quién le iba a decir a nuestro atribulado presidente del gobierno que tendría que sentarse a dialogar con quien hace poco le afeaba su rarísima conducta o con quien viste camisas adquiridas en hipermercados de barrios que todavía no ha pisado. Quién le iba a decir en su atalaya monclovita que se terminó lo del plasma y la menina y que no tiene otra salida que aflojarse la corbata y escuchar las bobaditas de derechosos e izquierdosos porque medio país aún no se ha enterado de las hazañas cometidas. Quién le iba a decir que más allá de la prensa deportiva que cada mañana revisa en el retrete hay una diabólica existencia llena de cepos y de trampas, de laberintos maquiavélicos en los que no sirve para nada el escapulario ni la sorna, de ciénagas y charcos repletos de alimañas que arruinan y sepultan nuestro digno acontecer. Quién le iba a decir a él, que todo lo ha sido en esta España nuestra, desde aburrido concejal a incompetente presidente, que ahora su futuro depende de un par de guaperas perfectamente rasurados y un tipo extraño con coleta y cierto deje al caminar.
Y como todo ser alucinado e insensato, nuestro registrador no termina de creerse lo que las urnas le tenían preparado ni puede comprender que la patria le traicione, la misma patria que rescató solemnemente del desastre y los mercados antes de sentarse en la tribuna a aplaudir dos goles y un penalti, la misma patria a la que tanto ha dado y a la que tanto quiso procurar. El cisne negro vive estos días sin vivir en él, sin fumarse un puro por las tardes ni jugar mentalmente al dominó, porque por primera vez en su amarillenta trayectoria tiene que escuchar y dialogar, tiene que ofrecer y conversar, tiene que ceder y proceder. It’s very difficult todo esto, se dice cabizbajo por las noches cuando recuerda con nostalgia los recientes tiempos absolutos de silencio y cerrazón.
Y quién le iba a decir también al otro atildado presidente, al mesiánico protector de las esencias catalanas y relamido dirigente con hechuras de convincente vendedor, que un día tendría que esperar en la buhardilla de su casa a que un grupo de mochileros dominantes, de revoltosos con sudadera y camiseta y asamblea y opinión, votara y decidiera su agonía y frustración y prolongara y estirara su esperpéntico fracaso, su ridícula postura y su humillante situación. Quién le iba a decir a él, que a punto ha estado varias veces de inmolarse por desconexión e independencia, que tendría que vérselas al fin con semejantes individuos de atuendos prohibitivos y cabelleras clandestinas, con la turba indeseable de barriada y callejón. Quién le iba a decir al estirado presidente de trajes a medida y afeitado milimétrico que a esta alegre muchachada tendría que ofrecerles oro, incienso y mirra para permitirse un poco más de heroísmo provinciano, de épica grotesca y de estilo degradante ante su propia multitud.
Estos dos hombrecillos que tanto se quisieron y adoraron, que tantos ajustes y recortes acordaron mientras parecían detestarse y separarse, que tantas mayorías se otorgaron en hoteles y burdeles y que tanto se parecen en su mísera actitud, no tienen más remedio ahora que pactar por separado unos cuantos votos del ignorado populacho para sobrevivir entre alfombras y moquetas sin olfatear siquiera la empobrecida, cansada y arruinada realidad.
Y estos dos tipos casi divinos, estos dos tipos que hace mucho tiempo que entendieron que el arte de la política no es sino la guerra por otros medios, se sienten ahora humillados y ofendidos ante lo que consideran un injusto castigo procedente de un pueblo descarriado e ignorante, una impropia circunstancia macabra y juguetona que la vida les ha dado para que se arrodillen y defequen de pánico y temor ante los leones y las hienas surgidos de sus propias felonías y de su única y exclusiva perversión.
Así están, así son y así seguirán estos dos oscuros personajes de funesto advenimiento, estos tristes responsables de tanto como hemos padecido y estos patibularios mercaderes capaces de alcanzar las más altas cimas de miseria, embuste y podredumbre a cambio de lamer y relamer cualquier esfínter y conducto que les otorgue la aritmética adición. Cada uno por su lado pactará con quien le toque, no importará qué ni tampoco hasta cuándo, y solo ellos serán conocedores de la cláusulas secretas que su acuerdo implique, pues nosotros tan solo veremos otra vez chirriantes apretones de manos y saludos complacientes entre quienes se necesitan y negocian en nombre de la estabilidad, la prima de riesgo y la doliente democracia.
Pactemos también nosotros no alterarnos por tanta infamia como contemplamos, no sufrir por tanto ingenio y artificio y no acoger a estos comerciantes de mercadillo y ocasión, porque al fin y al cabo seguiremos soportando los efectos de su pacto y ellos sonreirán en sus despachos por la suerte de tener junto a su mesa otro bandido salvador. Continuemos entonces atentos a lo nuestro, a nuestras cosas y a los nuestros, porque entre lobos de antorchas y banderas ni se duermen ni se muerden.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 30 de diciembre de 2015

Mariano, el cisne negro

Mariano, el cisne negro
· Ucronías ·
Fran Vega
Mariano, el cisne negro

Cuando nos encontramos casi al borde de las elecciones, conviene recordar que algunos historiadores definen el cisne negro como el hecho resultante de circunstancias que en principio se presentan desconectadas entre sí, pero que confluyen en un mismo momento para generar un resultado adverso.
A partir de esta formulación, podemos indagar por qué tenemos un cisne negro entre nosotros, por qué en uno de los periodos más duros y frustrantes que hemos conocido tenemos al frente a un hombre tan absurdo como inepto y por qué corremos el riesgo de seguir teniendo en el futuro a este mismo cisne negro, cuando no a otro tan tristemente parecido.
Enemistado con Fraga desde los años ochenta, Mariano Rajoy supo quedar a salvo de las grandes purgas estalinistas que antecedieron a la refundación de Alianza Popular en 1989. Ya entonces daba muestras del principal activo de su personalidad: la resistencia. Y con Aznar a la cabeza del PP, se hizo un hueco en la ejecutiva nacional y a partir de 1996 comenzó su desfile por diversos ministerios encargados de materias que ignoraba en los que dejó olvidable huella de otras dos de sus características: la pereza y la indecisión. Su presencia en el despacho se deducía del olor a habano y de la prensa deportiva olvidada en el retrete.
El ascendente estrellato de nuestro personaje conoció horas bajas durante la zafia gestión del desastre del Prestige en 2002, cuando ya había alcanzado la vicepresidencia del gobierno, pero «el señor de los hilillos» salió de aquella crisis en mejor situación que otros más torpes que él y se mantuvo a flote como una boya en la cisterna. Ni siquiera la marea negra le salpicó.
Al año siguiente, Rodrigo Rato le hizo el impagable favor de oponerse a la guerra de Irak, lo que supuso su defenestración como hipotético sucesor de Aznar, travestido ya en mercenario chusquero de corneta y mosquetón. De no haber sido por los intereses de Rato, tal vez hoy en la Moncloa estaría sentado un hombre con tarjetas black en el bolsillo, aunque a cambio tenemos a otro con sobres en la billetera de los que «todo es falso, salvo alguna cosa».
En la terna azul manejada por el entonces presidente figuraba también Mayor Oreja, el hombre que sabía que con Franco vivíamos mejor, pero el arquitecto del aznarato descartó las veleidades del primero y la disolución mental del segundo y optó por el candidato más cómodo y manejable. Rajoy pasaba por allí, como un señor vestido de gris que da de comer a las palomas en el parque, y en septiembre de 2003 fue designado candidato a la Moncloa: un inspector de Hacienda sería sustituido por un registrador de la propiedad, una de esas circunstancias esperpénticas tan propias de nuestra historia. Y ni en su propia casa sabían que tenían un cisne negro en el salón.
Los atentados del 11-M sorprendieron a Rajoy al borde de la victoria electoral, pero apoyó la farsa inventada por su jefe, se tragó la derrota y quedó el hombre al frente de un partido que nadie lideraba. Sin embargo, para él significó un «ahora o nunca» y una batalla a muerte de la que podía salir despedazado o laureado. Nuevamente, la resistencia jugaría a su favor.
Volvió a perder las elecciones en 2008 después de una ridícula campaña protagonizada por «la niña de los chuches» —esa fantasía freudiana que debió de costarle más de un almohadazo en la alcoba conyugal—, y mientras algunos pedían su cabeza, otros pensaron que Rajoy era un mal menor frente al peligro que llevaban en sus garras quienes aspiraban a presidir el partido. Así que en el congreso de Valencia de ese mismo año fue reelegido presidente del PP. No había nadie mejor y sus barones decidieron que era preferible dejar que se abrasara en la planta noble de Génova 13.
El cisne negro no comenzó a ver la luz hasta que se hicieron evidentes la profundidad de la crisis que entonces se iniciaba y la incapacidad de Rodríguez Zapatero para reaccionar ante los alarmantes datos que llegaban cada día. Y cuando en mayo de 2010 el gobierno socialdemócrata dio un giro a su política económica obligado por Bruselas y Berlín, Rajoy supo que de nuevo tenía ante sí el «ahora o nunca». Estaba en el sitio adecuado y en el momento oportuno. «Mariano, es tu hora», se dijo mientras veía en televisión la repetición de las jugadas más interesantes.
A partir de entonces solo tuvo que emular a Newton: sentado con el Marca bajo el árbol de la crisis, la fruta madura caería por su propio peso y llegaría a sus manos sin haber hecho una sola mueca y ni un solo gesto de impaciencia. Y la manzana cayó un 20 de noviembre, esa fecha incomparable que en su partido recuerdan con esmero cuando ondean banderines con olor a naftalina y almidón.
«¡Presente!», exclamó frente al espejo el mejor registrador de la propiedad que hemos tenido nunca en la Moncloa. Y en 2011 este hombre resistente, indeciso, absurdo, ignorante, oportunista y perezoso se convirtió en presidente del gobierno gracias a los votos de once millones de españoles que lo eligieron ante la debilidad de sus rivales y la indisimulada manipulación de la crisis, convertida ya en la ocasión de oro para tantos retrocesos y abandonos como hemos conocido. Porque España es lo que tiene: que tiene españoles y mucho españoles.
Por sí solo Rajoy jamás hubiera llegado a la Moncloa, pues la ausencia de carisma, liderazgo, presencia, oratoria e inteligencia le hubiera condenado de por vida a su próspera y gris oficina de provincias, pero la suma de factores externos le convirtieron en un cisne negro que, de momento, aún chapotea en su nigérrimo estanque. Nada propio le favorecía, pero todo lo ajeno le resultó favorable.
Su legislatura ha servido para consolidar el profundo cambio ideológico, económico y social tejido alrededor de la crisis, pero también para comprobar las toneladas de basura que se ocultan tras las siglas de los partidos políticos, entre los que el suyo se ha erigido en olímpico campeón. «Mariano, sé fuerte», le dijo su tesorero desde el chabolo una tarde plomiza de domingo. Y lo ha sido como nadie, ignorando las rotundas evidencias de absurda negación.
Y por si no fuera suficiente, la política contrarreformista apadrinada por los eurobuitres ha dejado sus excrementos en cada uno de los servicios públicos que aún quedan en pie hasta condenar a más de un tercio de la población a la supervivencia insoportable. Menos mal que el mejor filósofo de nuestra historia contemporánea encuentra siempre una buena explicación: un vaso es un vaso y un plato es un plato.
En este paisaje de aguas negras no es difícil imaginar la aparición de un nuevo personaje que sea capaz de arrastrar a los electores mediante dos simples mecanismos de sencilla adquisición para los alegres contribuyentes: credibilidad y ausencia de pasado. Cualquiera que no haya estado en la cúpula de los partidos políticos ni de los gobiernos y que no tenga oscuridades ni sobresueldos en su expediente se hará un hueco destacado en la política española. Cualquiera que sea igual de ignorante, indeciso, oportunista, resistente y majadero. Y si consigue que sus propuestas fiscales y laborales resulten creíbles, arrasará.
Las circunstancias socioeconómicas y la falta de confianza en nuestro propio sistema pueden facilitar la llegada de un nuevo cisne negro que en otro contexto no hubiera pasado de subencargado en unos pequeños almacenes, pero que en el actual puede convertirse en líder, presidente y salvador. Y nuestra larga experiencia nos dice que no hay nada peor que un político iluminado que se considere a sí mismo salvador de las Españas.
Once millones de electores votaron al último cisne negro. Y es probable que estos mismos electores vuelvan a llevarlo a la Moncloa o elijan a otro de plumaje parecido. Pero que en ningún momento olviden que bajo las alas de estos cisnes han crecido siempre las herramientas más negras que la historia ha conocido.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 17 de diciembre de 2015

La paz, ¡qué buen invento!

Desfile de la Legión, 2014
· Ucronías ·
Fran Vega
La paz, ¡qué buen invento!

Como una maldición inesperada o como un tropiezo colateral, el gobierno se ha encontrado en vísperas electorales con un dilema que no va a saber resolver: la incorporación de España a la coalición internacional que pretende acabar con las fuerzas del Estado Islámico, es decir, la participación en una guerra.
Para ser justos, hay que decir que el problema sería el mismo para cualquier inquilino de la Moncloa, pues ninguno se atrevería a hacer un llamamiento a filas cuando tan solo quedan unas semanas para los comicios generales. Y en ningún caso se trataría únicamente de un posicionamiento a favor o en contra de la guerra o de esta guerra, sino de algo más complejo que habita en la memoria de nuestra sociedad y que está presente en nuestra identidad y nuestra cultura. Y me refiero no solo a la idea de que una guerra jamás es deseable, sino a que los tratados de paz siempre nos han perjudicado.
La paz, esa invención moderna a la que se refiere Michael Howard (The Invention of Peace, 2000), se instaló en nuestra historia con agrio sabor al menos desde el final de la guerra de Sucesión (1701-1714), cuando los Habsburgo dejaron en manos de los Borbón el gobierno del reino de España y abandonaron la disputa internacional que durante años habían mantenido por la hegemonía dinástica en Europa.
El resultado fue la paz de Utrecht (1713) y una torpeza colosal por parte de Felipe V a la hora de gestionar su victoria, ya que mantuvo vivo el enfrentamiento entre regiones y ciudades borbonistas y austracistas y castigó a estas últimas con una serie de decretos que aún hoy mantienen abiertas las heridas, pues la guerra de Sucesión se había transformado desde el inicio en una guerra civil.
Durante los años siguientes al tratado de Utrecht hubo diversas escaramuzas bélicas principalmente contra Francia, contra InglaterraFelipe V y el emperador Carlos VI, antiguos enemigos en la guerra de Sucesión, pactaron contra ella en el tratado de Viena (1725)—, contra Polonia durante su propia guerra de Sucesión (1733), contra Gran Bretaña en el Caribe durante la guerra del Asiento (1739-1748) y la guerra de los Siete Años (1756-1763) —Carlos III, más hábil que su padre y predecesor, eligió congraciarse con Luis XV—, contra Marruecos en 1774, contra Inglaterra de nuevo durante la guerra de Independencia de Estados Unidos (1775-1783), contra Francia durante la guerra de la Convención (1793-1795) —el manejable Carlos IV ya apuntaba maneras— y, para finalizar el siglo, de nuevo contra Inglaterra mediante el tratado de San Ildefonso (1796) con Francia.
Aliados y enemigos fueron rotando durante todo el siglo de la Ilustración, pero solo hubo una vez en que el territorio peninsular fue invadido por otra potencia. Ocurrió durante la guerra de la Convención, cuando las tropas francesas entraron por Guipúzcoa y Girona, ocupación finalizada mediante la paz de Basilea (1795).
El nuevo siglo comenzó con la guerra de las Naranjas frente a Portugal (1801), un pequeño ejercicio con el que Manuel de Godoy —que con el tratado de Basilea había obtenido el título de Príncipe de la Paz— quiso hacer méritos ante Napoleón Bonaparte antes de que Francia afrontara la guerra de la Tercera Coalición, durante la cual España fue severamente derrotada en Trafalgar y Finisterre (1805).
Y por fin llegó la gran ocasión esperada: el tratado de Fontainebleau (1807) entre España y Francia —surgido, cómo no, de una conspiración interna contra Carlos IV— por el que se permitía la entrada en la península de las tropas de Bonaparte.
No es esta la ocasión para analizar la guerra de la Independencia (1808-1814) y las sucesivas campañas del ejército francés en la península, pero hay que subrayar que será la última vez que un ciudadano español vea pasar ante su casa a un soldado de otra potencia en tiempos de guerra, lo que doscientos años después influirá en nuestras pacifistas intenciones.
España «ganó» aquella guerra —y si el verbo aparece entrecomillado es porque nunca una victoria supuso tantas pérdidas—, consiguió la retirada de Bonaparte y al grito de «¡vivan las cadenas!» regresó al trono Fernando VII, quien derogó la Constitución de Cádiz (1812), restableció la Inquisición y llevó al exilio a los afrancesados, al mismo tiempo que Francisco de Goya terminaba Los desastres de la guerra, una crónica despiadada de hasta dónde se puede llegar en el nombre del reino y de la patria.
Con el reinado de Isabel II llegaron otros enfrentamientos internos después de que hubieran sido contenidos los movimientos liberales de los años anteriores, de modo que las sucesivas guerras carlistas tuvieron ocupadas a las tropas realistas al menos durante cuatro décadas, sobre todo en el País Vasco, Levante y Cataluña.
Cuando en 1898 se produjo el hundimiento del Maine en el puerto de La Habana que dio origen a la guerra con Estados Unidos, España llevaba ya noventa años sin enfrentarse a un ejército de importancia y su influencia en el tablero internacional era completamente residual, así que el conflicto apenas duró unos meses y el tratado de París firmado en diciembre de ese mismo año supuso la pérdida de Cuba, Puerto Rico y Filipinas. Una paz muy costosa que quedaría anclada para siempre en la historia de nuestras relaciones exteriores y hasta en el folclore patrio.
En los primeros años del siglo XX la guerra de Marruecos generó una fuerte resistencia entre la población que llegó a su punto álgido durante la semana trágica de Barcelona (1909), que supuso cientos de detenciones y el fusilamiento del pedagogo Ferrer Guardia en las laderas de Montjüic mientras los jóvenes reclutas caían tiroteados por los rifeños en el barranco del Lobo y en el monte Gurugú. La experiencia bélica fuera del territorio peninsular se saldaba, una vez más, con una carnicería que tan solo serviría para el relevo de puestos en la cúpula del estado y para el dolor de miles de familias que comenzaban a asistir a una tragedia de la que solamente habían contemplado el primer acto.

Semana trágica, 1909. Fotografía: Josep Brangulí
Semana trágica, 1909. Fotografía: Josep Brangulí

Cuando comenzó la Gran Guerra, el gobierno conservador de Eduardo Dato declaró la neutralidad española en el conflicto, lo que se tradujo en el aumento de las exportaciones de materias primas, productos agrícolas, carbón y manufacturas textiles, así como el desarrollo de sociedades navieras y financieras. La guerra, que siempre ha reportado grandes beneficios a quien ha sabido utilizarla, supuso durante cuatro años una importante fuente de ingresos para las arcas españolas y fue el origen de no pocas fortunas amasadas al calor de los obuses y al ritmo de los muertos, de modo que el final trajo consigo una profunda crisis económica que se prolongaría durante la década siguiente. Nuevamente, el armisticio y la paz resultaban perjudiciales para los intereses nacionales.
Y para entonces, un nuevo invento se había introducido en las ciudades para revolucionar fantasías y sacudir conciencias: el cine. Si el frente de batalla era hasta ese momento algo conocido por las crónicas periodísticas y el relato de los supervivientes, a partir de la primera guerra mundial se convirtió gracias a los primeros documentales cinematográficos en un paisaje reconocible por madres y esposas, que comenzaron a ver en la gran pantalla de qué modo los soldados caían acribillados y de qué forma morían quienes eran alcanzados por un obús. El cine cambiaría para siempre la percepción ciudadana de la guerra y el orgullo por el alabado heroísmo de las tropas se transformó en horror, pánico y desolación.
Ninguna de las batallas conocidas hasta ese momento tuvo tanto impacto como la de Annual, en la que unos 15.000 soldados españoles murieron ante las tropas del Rif dirigidas por Abd el-Krim. Aquel 22 de julio de 1921 quedaría grabado en nuestra historia como un fatídico ejemplo de cómo no se debe dirigir una guerra y de cómo el interés político puede permitir una carnicería sin que importen las vidas de miles de jóvenes completamente ajenos a lo que se dirime en los despachos.
El desastre de Annual no solo alimentó durante años el rencor y el rechazo a las aventuras coloniales, sino que creó también una deuda pendiente entre políticos y militares que no se resolvería hasta 1936. Y no solo porque se impidiera que el informe encargado al general Juan Picasso demostrara la responsabilidad de la corona y de altos mandos militares en una de las más crueles derrotas de las tropas españolas, sino porque el ejército consideró que, como el alemán en noviembre de 1918, él también había tenido su «puñalada por la espalda». A partir de entonces, términos como «honor», «patria» y «bandera» pasaron a ser sinónimos de manipulación, dolor y muerte.
La guerra del Rif, una lengua de tierra que se asoma a la cornisa mediterránea en el norte de África, alteró también el sistema constitucional establecido en 1876, pues en septiembre de 1923 el general Miguel Primo de Rivera se hizo con el poder con la complacencia de Alfonso XIII y el gobierno fue sustituido por un directorio militar. Una vez más, la guerra pasaba una elevada factura sin que la sociedad recibiera a cambio algo más que involución, olvido y represión.
Dos años después, con Primo de Rivera como jefe del Ejército de Operaciones en África y con el teniente coronel Francisco Franco al frente del Tercio de Marruecos, las tropas españolas desembarcaron en Alhucemas y tomaron Axdir como un ajuste de cuentas interno que no satisfizo a los militares africanistas ni a los políticos conservadores y liberales que habían aceptado la dictadura, pero que supuso la restauración del «honor» en las salas de banderas de los cuarteles españoles.
La proclamación de la segunda república en abril de 1931 y el exilio de Alfonso XIII lavaron parcialmente las viejas heridas y crearon la sensación de que el belicismo era un concepto anticuado que ya no tenía cabida en la nueva España republicana y laica, pero quienes así pensaron no tuvieron en cuenta que las palabras del militar prusiano Carl von Clausewitz seguían vigentes en las cabezas de muchos militares, políticos y empresarios españoles: «La guerra es la continuación de la política por otros medios».
Cinco años de legalidad republicana fueron suficientes para que los viejos guardianes de las esencias patrias originaran el mayor desastre en suelo español y determinaran el destino de generaciones enteras para las que la guerra civil de 1936-1939 fue símbolo de sufrimiento, hambre, sangre, prisión y exilio, padecidos a cambio de cuatro décadas de dictadura y represión que marcarían el futuro de nuestra sociedad.
Las causas de la guerra sobrepasan el límite de este recorrido, pero no hay duda de que la victoria del general Franco supuso de nuevo el enaltecimiento de la muerte en el campo de batalla como el mayor honor al que un ciudadano podía aspirar y la revalorización de conceptos que quedarían asociados a términos como «patriotismo», «lealtad» y «mando», un léxico castrense muy apropiado para quien desde el palacio de El Pardo gobernaba el país como si fuera un viejo cuartel de provincias.
Cuando en una sociedad los muertos y heridos se cuentan por centenares de miles como consecuencia de un enfrentamiento civil, la palabra «guerra» queda incrustada para siempre como el peor escenario posible en el que un país se puede encontrar sin que importen los motivos y razones que la originan ni el enemigo al que hay que derrotar. La guerra civil fue un episodio traumático cuyas secuelas aún vivimos, pero de nuevo la paz trajo dolorosas consecuencias que en algunos casos fueron más terribles que la contienda en sí.
La nueva España de los vencedores prolongó su ardor guerrero gracias a la guerra mundial que comenzó unos meses después de que Franco diera por terminado el conflicto y lo mantuvo a pesar de su declaración de «neutralidad» del 3 de septiembre de 1939, sustituida el 12 de junio siguiente por la de «no beligerancia».
El 23 de octubre de 1940, Franco y Serrano Suñer —ex ministro de Gobernación y ministro de Asuntos Exteriores desde la semana anterior— se entrevistaron en Hendaya con Hitler y Von Ribbentrop para negociar la entrada de España en la guerra mundial. El Führer no se limitó a exponer la alianza ideológica que los unía, sino las considerables deudas acumuladas por la fundamental ayuda que había prestado a Franco para una victoria que difícilmente hubiera logrado sin ella.

Franco y Hitler en Hendaya, octubre de 1940
Franco y Hitler en Hendaya, octubre de 1940

Franco sabía que el ejército español era tras la contienda un amasijo sin medios ni formación y que su triunfo podía derrumbarse fácilmente si aceptaba embarcarse en una guerra de semejantes proporciones, así que sustituyó la excusa por la exigencia y pidió a Hitler todo el Marruecos francés y grandes cantidades de alimentos, gasolina y equipo militar. Fue el momento en que Hitler consideró la posibilidad de provocar un golpe de estado que acabara con el general y facilitara la invasión de la península para el control total del Mediterráneo y el estrecho de Gibraltar, pero sus planes para Europa oriental y la dificultad logística de defender casi cinco mil kilómetros de costa peninsular, entre otras razones, le llevaron a renunciar a un plan que a España le hubiera supuesto la sustitución de un Caudillo por un Führer.
Pero el mismo día en que Hitler dio comienzo a la Operación Barbarroja para la invasión de la Unión Soviética, el 22 de junio de 1941, se iniciaba el reclutamiento de la División Española de Voluntarios o División Azul, que se constituirá como la 250.ª División de la Wehrmacht y que luchará durante los años siguientes en el frente ruso junto a los soldados alemanes.
Animados por el grito de ¡Rusia es culpable! y constituida por falangistas y no pocos republicanos que esperaban lavar así su expediente ante las nuevas autoridades franquistas, la División Azul estuvo dirigida por los generales Agustín Muñoz Grandes y Emilio Esteban-Infantes, quienes recibirían de Hitler la Cruz de Hierro por sus servicios en el sitio de Leningrado, la batalla de Voljov, la campaña del lago Ilmen y la batalla de Krasny Bor, entre otras acciones relevantes.
La prensa del régimen enalteció sin límite el heroísmo de los muchachos españoles en territorio bolchevique, pero cuando Franco supo que el general Von Paulus había caído en Stalingrado se apresuró a ordenar la repatriación de la División Azul tras haber sustituido a Serrano Suñer por Gómez Jordana en el Ministerio de Asuntos Exteriores.
De los miles de voluntarios que estuvieron a las órdenes del ejército alemán, muchos no volvieron y permanecieron enterrados durante décadas bajo la nieve rusa, mientras que los que fueron apresados por las tropas soviéticas no pudieron regresar a España hasta 1954, tras la muerte de Stalin. Un triste balance que acabó pronto con la euforia desatada en los primeros años de guerra.
Sin embargo, la experiencia en la contienda mundial no se limitó a los divisionarios reclutados por el régimen, pues muchos republicanos que habían cruzado la frontera se sumaron a la resistencia francesa y otros se incorporaron a la novena unidad de la 2.ª División blindada del ejército francés, la llamada «División Leclerc». Fue la primera que entró en París en el día de su liberación, en agosto de 1944, y sobre sus tanques se podía distinguir a los soldados españoles que portaban la bandera republicana.

La División Leclerc en París, agosto de 1944
La División Leclerc en París, agosto de 1944

Para entonces, Franco ya había pasado de la «no beligerancia» a la «neutralidad vigilante» y se preparaba para lo peor: la victoria aliada que le dejaría aislado, cuando no amenazado, en medio de una Europa en ruinas. En efecto, la paz alcanzada en mayo de 1945 tras el suicidio de Hitler y la caída de Berlín no solo dejó a Franco como el último reducto de la Europa de los dictadores, sino que aisló al país durante décadas, le privó de los beneficios que el plan Marshall repartió entre los antiguos contendientes y dejó que el dictador gobernara sin apoyos internacionales, pero también sin oposición. De nuevo la paz llegaba tarde para España.
Tres años de guerra civil y seis de guerra mundial dejaron en la sociedad española un poso ineludible de rechazo a cualquier motivo bélico que supusiera una nueva pérdida de vidas y el franquismo supo aprovecharlo para elevar el mérito de la «paz de Franco» y la deuda que por este motivo todos los españoles habían contraído con él, a pesar de que cientos de miles de personas estaban en el exilio o en la cárcel y de que las paredes de los cementerios repicaban todos los amaneceres las balas de los pelotones de fusilamiento.
Para Estados Unidos el general español era un aliado incómodo, pero en 1950 el aislamiento comenzó a mostrar sus primeras fisuras y la ONU abrió tímidamente sus puertas. La paz, que tanto miedo había causado en el palacio de El Pardo, se volvía ahora en su favor gracias a la vieja consigna de quien ya era su principal consejero, Luis Carrero Blanco: «Orden, unidad y aguantar».
Con la firma de los acuerdos bilaterales hispano-estadounidenses y la admisión de España en los organismos internacionales, en 1957 el dictador pudo recibir en Madrid al presidente de Estados Unidos, Dwight D. Eisenhower, quien realizó una corta visita protocolaria para poner fin a casi veinte años de soledad de un régimen que no solo no mostraba todavía signos de debilidad, sino que aún se permitía aventuras coloniales.
Unas semanas antes, las tropas marroquíes de Muhammad V habían ocupado el territorio de Ifni en el África Occidental Española. Durante los meses siguientes se produjeron ataques y escaramuzas entre tropas españolas, ayudadas por las francesas, y las marroquíes, hasta que a finales de febrero de 1958 pudo ser derrotado el denominado Ejército de Liberación Sahariano.
El conflicto del Sidi Ifni, presentado en el interior del régimen como una heroica campaña de las tropas españolas en territorio norteafricano tras las derrotas anteriores a la guerra civil, se mantuvo hasta que la ONU instó a su descolonización mediante una resolución de 1965, vertida en el acuerdo tripartito de Madrid de 1975 entre España, Marruecos y Mauritania. Fue la última guerra de Franco.
Con todo, el dictador y su corte no perdían ocasión de enaltecer el largo periodo de paz —si así puede llamarse— del que disfrutaba la sociedad española y en 1964 aprovechó el vigesimoquinto aniversario del final de la guerra para lanzar la campaña de los Veinticinco Años de Paz, un diabólico proyecto propagandístico orquestado por el ministro de Información y Turismo, Fraga Iribarne, que se aprovechaba del profundo temor a un nuevo enfrentamiento civil para exponer los grandes logros del régimen. La paz que en 1936 había quedado destrozada por el golpe de estado militar era ahora reivindicada precisamente por sus responsables.
El ejército español se mantuvo sin actividad bélica hasta poco antes de la agonía y muerte de Franco, cuando el rey Hassan II de Marruecos instó a su población a iniciar una marcha pacífica con el fin de ocupar los territorios del Sahara español. La «marcha verde» contó con el beneplácito de Estados Unidos y Francia y en pocas semanas logró su propósito sin haber realizado un solo disparo, pues el 14 de noviembre de 1975 se firmó en Madrid el acuerdo tripartito. Seis días después se producía la muerte de Franco.
Sin colonias que defender y huérfanas de quien hasta entonces había sido su «generalísimo», las tropas españolas iniciaron una larga travesía a través del nuevo sistema democrático que no estuvo exenta de grotescos incidentes, como el intento de golpe de estado del 23 de febrero de 1981, y discrepancias internas respecto a la Constitución de 1978 y el papel de la Corona.

Referendum sobre la OTAN, 1986
Propaganda del PSOE a favor de la Alianza Atlántica

Paradójicamente, fueron los socialdemócratas españoles quienes avivaron el temor a la guerra durante la campaña del referéndum sobre la OTAN celebrado en marzo de 1986. El gobierno, que durante su permanencia en la oposición se había negado a la entrada de España en la Alianza Atlántica, se empleó a fondo en mentalizar a la sociedad de que sin ella no solo corríamos el peligro de ser invadidos, sino de ser devorados por nosotros mismos. El entonces presidente del gobierno, Felipe González, supo utilizar hábilmente los recuerdos de la guerra civil todavía presentes en la población, el reciente intento de golpe de estado y el término que más le costaba explicar: paz. Y la paz atlántica se impuso frente a quienes dudaban seriamente sobre el mensaje socialdemócrata con el 52,5 % de los votos.
Sin ninguna duda, la campaña a favor de la permanencia en la OTAN —fundada en 1949 para «mantener a los estadounidenses dentro de Europa, a los rusos fuera y a los alemanes debajo»— fue la que más utilizó el miedo como factor estratégico y la que convenció a muchos españoles de que únicamente en compañía de otros podíamos estar a salvo y librarnos de la peor pesadilla que el país recordaba: la guerra.
Y la guerra llegó pocos años después, en enero de 1991, como consecuencia de la invasión de Kuwait por parte de las tropas iraquíes en agosto del año anterior. El ejército español participó en la guerra del Golfo como miembro de una coalición aprobada por la ONU, y dirigida por Estados Unidos, que puso a casi un millón de hombres frente a los batallones de Sadam Husein. Apenas fueron siete meses de combates que terminaron con la retirada del ejército iraquí y la imposición de sanciones económicas al régimen de Sadam, pero la sociedad española tuvo la sensación de que por fin tenía un ejército moderno capaz de batallar junto a ingleses y estadounidenses.
Fue el gran estreno internacional para el ejército español, una puesta de largo que apenas causó disensiones parlamentarias o sociales y que confirmó que tras la desaparición del bloque soviético únicamente Estados Unidos podía asumir el papel de gendarme mundial. Y como no hubo después tratado de paz ni reparto de botín de guerra como a lo largo de la historia había ocurrido, las tropas regresaron a casa con la marca de «socio occidental preferente». Solo había sido una guerra light, una guerra en prime time.
Sin embargo, Irak volvió al primer plano tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York. Esta vez no se trataba de un minúsculo pero millonario país en el golfo pérsico, sino del corazón político y financiero del mundo, por lo que la respuesta debía estar, por lo menos, a la altura de la agresión. Y así se lo propuso George W. Bush cuando ordenó la invasión de Afganistán en busca del responsable de la matanza neoyorquina: un argumento perfecto para ejecutar un plan diseñado anteriormente con el fin de reordenar el mapa petrolífero y poner a cada uno en su sitio en el viejo avispero mesopotámico.
Pero en esta ocasión nadie quiso sumarse a la embestida estadounidense en Irak sin el permiso de la ONU. ¿Nadie? No, porque quien era una figura importante en las relaciones internacionales, Tony Blair, y el inspector de Hacienda que presidía entonces el gobierno español, José María Aznar, se sumaron a la cruzada de Bush tras haberse hecho en las Azores la fotografía más bochornosa de la historia reciente. Un documento que muestra hasta qué punto los dirigentes políticos actuales siguen viviendo de las mismas perversiones bárbaras de sus antecesores y decidiendo en los despachos la vida de miles de inocentes que mueren sin saber por qué lo hacen.

Blair, Bush y Aznar en las Azores
Blair, Bush y Aznar en las Azores

De nada sirvieron las masivas manifestaciones que a principios de 2003 tuvieron lugar en toda España en contra de la participación en la guerra de los Bush, porque la pequeña coalición azorí ya tenía trazado su plan en busca de las hipotéticas armas de destrucción masiva que jamás aparecieron y el presidente del gobierno pensó que nunca tendría mejor ocasión para escalar hasta la gloria de los auténticos patriotas. Irak fue invadido con la participación del ejército español y a finales de año Sadam Husein fue detenido y encarcelado. Pero unos meses después, el 11 de marzo de 2004, las consecuencias de la guerra golpearon directamente en la sociedad española con el peor atentado sufrido en la historia de Europa, la masacre de la madrileña estación de Atocha de la que nadie de los que aplaudieron la guerra en el Congreso de los Diputados ha confesado sentirse al menos mínimamente responsable.
Una vez más, la guerra y sus secuelas demostraban ser una funesta experiencia para un país que siempre ha jugado mal sus cartas en el exterior, que a lo largo de su historia ha salido perjudicado de todas las aventuras bélicas en las que ha participado y que siempre ha quedado dañado en los acuerdos de paz, incluso cuando estos se han producido después de guerras en las que no ha participado.
No se trata de que los españoles seamos un pueblo pacifista, ni de que aún estemos purgando los excesos cometidos en épocas lejanas. Y tampoco de que seamos el país occidental más comprometido con la paz y la armonía o el que no quiere dilapidar sus mermados recursos económicos en aventuras bélicas lejanas.

Desfile de la Legión, 2014

Se trata, en primer lugar, de que somos el único país europeo que no ha sido invadido en los últimos doscientos años y el único en el que no hay un solo ciudadano que haya visto en sus calles a soldados de una potencia invasora. En Inglaterra, Francia, Alemania o Italia quedan muchos miles de supervivientes de la segunda guerra mundial. En Praga y Budapest aún se recuerdan los tanques soviéticos en sus avenidas. En los países balcánicos todavía resuenan los tiros de la última guerra. En España nadie ha visto al último soldado extranjero en tiempos de guerra, aunque sí a soldados propios combatir contra su propia población durante la guerra civil.
Según el Centro de Investigaciones Sociológicas, el miedo a la guerra es tradicionalmente una preocupación residual entre los españoles, que no temen ser invadidos por una potencia agresora por la sencilla razón de que nadie lo ha hecho en los últimos doscientos años. El argumento histórico no avala que no pueda ocurrir, pero sí justifica la extendida sensación de que no corremos ese peligro, de que tenemos otros temores entre los que no se encuentra el de ser invadidos o conquistados y de que los asuntos bélicos pertenecen a otros países. Rechazamos las guerras porque pensamos que ninguna nos incumbe.
Sin embargo, el temor a un atentado de importancia similar al de 2004 en Madrid se refleja en una amplia mayoría de la población, que considera que la participación de España en una guerra tendría consecuencias como aquellas. Una herencia de Irak que tardará décadas en ser olvidada.
Y se trata, en segundo lugar, de que jamás en la historia hemos obtenido nada importante de una guerra o de un acuerdo de paz. Hemos visto cómo de todos los conflictos hemos salido con el territorio mermado, con involuciones políticas y sociales, con aislamientos y penalidades de diversa índole y, por último, con dolorosos atentados en respuesta a nuestra acción. Ninguna guerra nos ha beneficiado, ninguna paz nos ha mejorado.
De modo que una vez visto todo lo anterior, la pregunta que cabe hacerse no es si somos un país pacifista, sino si somos un país consciente de que las guerras las organizan naciones entre las que nada contamos y las concluyen estados entre los que nunca estamos para dictar acuerdos en los que nada importamos.
Y así la cosas, es evidente que preferimos pensar: la paz, ¡qué buen invento!

© Fran Vega, 2015

El Cotidiano, 28 de noviembre de 2015