Miramos tranquilos las huellas del tiempo

Miramos tranquilos las huellas del tiempo · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, y 22 ·
Fran Vega
Miramos tranquilos las huellas del tiempo
Fotografía: Juan Muñiz

Han pasado los años. Ahora somos adultos que observamos la vida y miramos contentos los veranos de entonces, cuando los balandros acunaban la playa y nosotros mecíamos las olas del mar. No hay nostalgia ni añoranza, sino retorno de lo vivido y de quienes nos llevaron a conocer la sal y la tierra, el agua y el sol, cuánto sube la marea en las noches claras de luna y cómo silban los viejos fareros que descansan bajo los toldos antiguos de la edad. Vuelven a veces las miradas nocturnas y vemos los peces de plata que se acercan despacio, las piedras más planas que pueden volar y los barcos que pescan cuando avanza la tarde, en horas que ofrecen colores de agosto y olores de frutas que comimos en calma sobre las rocas más altas que pudimos conquistar. Volvemos ahora la vista sobre los ciclos pasados y sabemos que somos también lo que fuimos entonces y nos atrevimos a ser, domadores de olas y arquitectos de arena, viajeros constantes y exploradores sin miedo, soldados sin batalla y jinetes sin montura, pescadores sin suerte y caballeros en el mar. Y hoy miramos tranquilos las huellas del tiempo y vemos en ellas nuestros propios caminos, sendas marcadas que narran los pasos que dimos y volveremos a dar, cuando abramos los ojos y sigan brillando con la luz que ilumina cada verano de nuestras vidas.

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«La última aventura del verano»
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«Llegaba la Navidad, empezaba el invierno»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

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La última aventura del verano

La última aventura del verano · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 21 ·
Fran Vega
La última aventura del verano
Fotografía: Juan Muñiz

El largo viaje de regreso hacia los mapas de invierno se teñía de calor y paciencia y era necesario conservar la calma durante horas de asfalto y biodramina antes de que mi padre encontrara un sitio adecuado en el que descansar de infantes y conducción. Sudorosos y aburridos, nos bajábamos del coche y mi madre desplegaba tarteras y mantel del que salían rápido los bocadillos junto a advertencias no atendidas por haberlo sido tantas veces, no os alejéis que enseguida nos vamos, tened cuidado con la carretera, y corríamos cuanto podíamos junto a un río desconocido en un intento de prolongar un verano que ya se estaba despidiendo. Mi padre aprovechaba para caminar fumando un cigarrillo y mi madre para hacerle una carantoña agradecida por su esmero ante el volante, pero nosotros estábamos ya muy ocupados en explorar ese pequeño territorio que llegaba como un regalo en una jornada de tedio y disputas internas por el reducido espacio del automóvil, me empujaste tú primero, te burlaste tú después. Era la última aventura, la última carrera junto al agua de la que muchos años después recordaríamos el olor a hierba fresca, el sabor de los melocotones comidos a la sombra de los sauces y las risas compartidas entre los árboles de la ribera.

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«Las sinuosas sendas de nuestra historia»
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«Miramos tranquilos las huellas del tiempo»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Las sinuosas sendas de nuestra historia

Las sinuosas sendas de nuestra historia · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 20 ·
Fran Vega
Las sinuosas sendas de nuestra historia
Fotografía: Juan Muñiz

Comenzaba en casa el movimiento de maletas y el despliegue de los mapas y a nosotros nos invadía una melancolía anticipada ante lo que estábamos a punto de perder, como si ya nunca más fuéramos a regresar a nuestra playa o como si aquel rincón de nuestra primera adolescencia fuera a desaparecer para siempre de nuestra particular cartografía. Nos escapábamos para el último chapuzón y escogíamos el trayecto largo para pasar por delante de las casitas bajas, donde descubríamos con pena que las persianas tapaban los cristales y que no había ya nada que mirar entre los setos, así que por un rato regresábamos a la infancia y hacíamos la última bola de barro y la última carrera ante la orilla, conscientes como éramos de que en unas horas todo aquel mundo de fantasías y aventuras sería clausurado durante once meses de bolis y carpetas y trescientos días de apuntes y uniformes. Hasta que en un instante recorríamos todo con nuestros ojos, convertidos en obturadores y diafragmas, y cada ola y cada huella quedaban registradas en nuestra memoria para que no olvidáramos nunca quiénes habíamos sido y quiénes seríamos en un futuro muy cercano, aquel que aparecía ya por las sinuosas sendas de nuestra historia.

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«Los bravos abismos del alma»
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«La última aventura del verano»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Los bravos abismos del alma

Los bravos abismos del alma · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 19 ·
Fran Vega
Los bravos abismos del alma
Fotografía: Juan Muñiz

La adolescencia nos sorprendió una tarde mientras jugábamos en la arena, de modo que a partir de entonces nuestros pasos nos alejarían de los asuntos infantiles para adentrarnos en territorios en los que el corazón mandaba, pues no éramos aún sino aprendices de un futuro en el que sería necesario saber nadar en aguas turbulentas y alcanzar a tiempo cualquier orilla. Así que los más pequeños nos miraban perplejos cuando abandonábamos los rastrillos en la playa y nos encaminábamos hacia la zona de las casitas bajas, en donde veraneaban familias que vestían polos en vez de niquis, para mirar entre los setos los chapuzones en la piscina de quienes ya lucían biquini y andares de compleja definición. Era asomarse a un mundo de sensaciones nuevas y curiosos pálpitos que intentábamos disimular con muecas de indiferencia y gestos de distancia, pero que nos mantendrían ocupados durante el resto de la tarde y que trataríamos de olvidar durante la cena para que los mayores no hicieran broma con nuestras cosas y no nos delatara el sonrojo ni asomara la sonrisa. El verano se acercaba a sus últimos días y queríamos aprovechar todos los caminos y rincones, pues eran también los últimos antes de que nuestros acantilados de infancia fueran sustituidos por los bravos abismos del alma.

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«Éramos ya nuestra propia y singular aventura»
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«Las sinuosas sendas de nuestra historia»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Éramos ya nuestra propia y singular aventura

Éramos ya nuestra propia y singular aventura · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 18 ·
Fran Vega
Éramos ya nuestra propia y singular aventura
Fotografía: Juan Muñiz

A medida que avanzaban los veranos aparecían en nosotros las primeras huellas de una infancia que empezaba a quedarse rezagada en favor de la edad del pavo, turbulento período caracterizado por la mutación de los sueños en ensoñaciones sin causa aparente. Pisábamos la misma arena de todos los años, seguíamos celebrando el primer baño como un acontecimiento histórico y nos lanzábamos del mismo modo sobre las rodajas de melón recién cortado, pero o la vida estaba cambiando mucho o nosotros ya no éramos los mismos. Habíamos crecido sin darnos cuenta y nos fijábamos en otras cosas y otras miradas, por más que en casa siguieran tratándonos como lo que seguramente éramos todavía. Y los días de castillos en la playa y duelos de rastrillos frente a las olas fueron sustituidos de repente por algún paseo solitario, un melancólico trajinar sin rumbo al que no encontrábamos explicación ni se la buscábamos, y por conversaciones en voz baja sobre asuntos de los que nada entendíamos, laberintos de almas y pasillos por los que transitábamos a veces y de los que regresábamos para volver a ser lo que seguíamos siendo. Aún tardaríamos muchos años en comprenderlo, pero en un solo verano habíamos dejado atrás las tardes de aventuras para convertirnos en nuestra propia y singular aventura.

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«Las sombras de la tormenta»
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«Los bravos abismos del alma»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Las sombras de la tormenta

Las sombras de la tormenta · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 17 ·
Fran Vega
Las sombras de la tormenta
Fotografía: Juan Muñiz

Con las primeras lluvias del verano llegaban también las tardes de paseo sobre la arena mojada de la playa, en el mismo lugar donde ayer levantábamos castillos, y las huellas a lo largo de la orilla con los pies descalzos que la marea cubría casi al mismo tiempo de formarlas. Sin que hubieran aparecido aún los días de brisa fresca, presentíamos que las horas de baño se acababan y nos inundaba la urgencia por aprovechar las horas y no preguntar nada, por si el cambio de tiempo suponía también un retorno anticipado. De modo que caminábamos despacio sobre las algas y observábamos las sombras de la tormenta, pues siempre había junto a las barcas cuatro o cinco conchas sin mérito y algún pez defenestrado, y tratábamos de no entender lo inevitable cuando mirábamos las nubes y nos quedábamos con los brazos en jarras frente a las olas desiertas, sin nadie que las conquistara ni retara. Y de pronto caíamos en la cuenta de que había un dato que debíamos conocer, así que corríamos de regreso a casa, anunciábamos nuestra llegada desde el portal y avanzábamos en tromba por el pasillo sin escuchar advertencias ni atender futuras consecuencias: las maletas seguían en su sitio, aún quedaban días por delante. Qué más daba cuántos, si ya era seguro que no nos íbamos todavía. Aún era verano.

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«De las cosas y los sueños»
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«Éramos ya nuestra propia y singular aventura»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

De las cosas y los sueños

De las cosas y los sueños · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 16 ·
Fran Vega
De las cosas y los sueños
Fotografía: Juan Muñiz

De pronto comenzaban a llegar las lluvias de la tarde que caían sin avisar y con fuerza, pero anunciándonos algo que no nos atrevíamos a pronunciar. Nos sorprendían a veces en las terrazas o en el paseo y había que mostrarse espabilado para sortear los charcos de puntillas hasta casa, en donde mi madre dictaba una insólita instrucción dadas nuestras empapadas circunstancias: secaos y a la ducha. Nos resultaba inexplicable, pero acatábamos lo dicho porque el baño siempre era lugar propicio para la broma, como vestirse de romano con las toallas o imitar a un pescador frente al espejo, con los brazos tensos y el gesto serio y una sombra de barba que no teníamos y aún tardaríamos en tener. Las simulaciones de voces hombrunas y la continuación de las risas se interrumpían ante el aviso que llegaba desde el pasillo, niños qué hacéis no oigo los grifos, señal de que al menos había que dejarlos abiertos un rato. Y después, ya en la cama, peinados pero no duchados, planificábamos el día siguiente con necesaria imprecisión y nos dormíamos hablando cada uno de sus asuntos y los sueños, imaginando ballenas azules en alta mar, recordando a la niña del vestido de topitos y sandalias con hebilla de los primeros días, organizando expediciones de mucho riesgo junto a los bravos acantilados… no te duermas todavía, hay más cosas que quiero contarte.

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«Ajenos al paso de los días»
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«Las sombras de la tormenta»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Ajenos al paso de los días

Ajenos al paso de los días · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 15 ·
Fran Vega
Ajenos al paso de los días
Fotografía: Juan Muñiz

Entre el ajetreo de los primos y el desorden de los días siempre había un momento para la espera: esperar a que alguien vuelva o llegue, a que se vistan los pequeños, a que discutan los mayores o a que sea otra hora diferente. Pero eran ratos que aprovechábamos para contar con los dedos las jornadas transcurridas y las que quedaban por transcurrir, para renovar planes no cumplidos y organizar otros por cumplir y para exagerarlo todo un poco en nuestra extensa memoria veraniega. Aún no habíamos conseguido pescar quisquilla o calamar, ni habíamos ido hasta las ruinas de las torres y ni siquiera habíamos visitado la cueva del año pasado en la que tan disimuladamente nos asustamos. Y siempre había alguno que preguntaba por el día de regreso y le hacíamos callar con fechas improbables y datos rigurosamente falsos, mamá me lo dijo a mí, papá me lo dijo el otro día. Pero no importaba, porque cuántas mañanas y tardes quedaban todavía, con cuántas olas podríamos combatir aún, cuántos peces muy grandes encontraríamos en el mar y cuántas cosas podría contarnos el farero sentado muy serio bajo el sol. En aquellos días el tiempo era un concepto que solo los adultos manejaban y nosotros estábamos tan lejos de serlo que podíamos gestionarlo a nuestro antojo, como la brisa que se levantaba por las tardes y nos mecía en sueños de aventura, sabiendo que la espera era tan solo un fragmento sin importancia en nuestra pequeña historia del verano.

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«Cuánta ilusión y tanta magia»
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«De las cosas y los sueños»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Cuánta ilusión y tanta magia

Cuánta ilusión y tanta magia · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 14 ·
Fran Vega
Cuánta ilusión y tanta magia
Fotografía: Juan Muñiz

Las iniciativas culturales del verano tenían un complemento que nos ayudaba a resistir la mañana de catedrales y museos: los restaurantes de la capital. Mis padres nos llevaban a un local semivacío en donde no llamáramos mucho la atención y nos recordaban antes de sentarnos las más básicas y repetidas normas de conducta. A continuación elegían los menús en función de los gustos conocidos y de nuestras habilidades en la mesa y nos llamaban al orden si alguno pellizcaba el pan antes de tiempo o apoyaba los codos con descaro. Pero nada evitaba que aprendiéramos de memoria y con buen acento las especialidades de la casa recitadas que después repetíamos entre risas y voz baja durante la comida, hasta que las disputas por los postres originaban las también esperadas quejas maternas, os estáis portando fatal, última vez que venimos. Aunque todo se solucionaba en cuanto mi padre apagaba el cigarrillo y sin mirar a nadie decía: vamos al cine. Qué rápido nos recolocábamos en la silla y pedíamos después permiso para levantarnos. Qué emoción acudir a una sala cómoda y grande, hacer fila muy educados y entrar a oscuras y en silencio. Cuántas aventuras saldrían de aquella fábrica de sueños y cuánto tiempo nos durarían. Cuántos héroes y cuántos villanos. Cuántas luces y tantas sombras. Cuánta ilusión y tanta magia.

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«Entre pasillos a la sombra y salas sin asientos»
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«Ajenos al paso de los días»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Entre pasillos a la sombra y salas sin asientos

Entre pasillos a la sombra y salas sin asientos · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 13 ·
Fran Vega
Entre pasillos a la sombra y salas sin asientos
Fotografía: Juan Muñiz

No había verano sin excursión cultural que mi madre organizaba ante la perplejidad general por hurtarnos un par de días de playa, aunque lo aceptábamos contentos porque sabíamos que la jornada nos proporcionaría muchos y grandes descubrimientos. Mis padres pasaban atenta revista a las tropas, a ver esas uñas, tú no te has peinado, y nos poníamos en marcha hacia museos o lugares más extraños todavía. Entre pasillos a la sombra y salas sin asientos contemplábamos boquiabiertos cuadros que no entendíamos, retratos de reyes muy antiguos y escenas de guerra que nadie nos había contado. A veces hacíamos preguntas y mi madre nos explicaba quiénes eran aquellas niñas junto a un perro y qué hacía el pintor con ellas, si acaso no era el mismo pintor el que pintaba, o qué habían hecho aquellos señores sin uniforme para que los fusilaran de noche otros señores uniformados, pero no por qué había que acelerar el paso cuando nos deteníamos ante esculturas de señoras sin ropa que solo nos provocaban inocentes y pícaras sonrisas. Entre lienzos y figuras las horas transcurrían hasta que el cansancio nos derrotaba, pero esa noche en nuestros sueños habitarían soldados y batallas y príncipes y reyes y seguiríamos pensando en el pintor que se pintaba a sí mismo mientras pintaba, porque aunque no recordáramos títulos ni nombres mantendríamos durante días un estado de magia y de ficción que aún tardaríamos años en comprender y muchos más en reconocer.

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«Caminar, observar y recordar»
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«Cuánta ilusión y tanta magia»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Caminar, observar y recordar

Caminar, observar y recordar · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 12 ·
Fran Vega
Caminar, observar y recordar
Fotografía: Juan Muñiz

Los paseos vespertinos solían transcurrir en calma junto al mar o en la parte antigua de la ciudad y siempre tenían el aliciente de que iban acompañados de un cucurucho de helado que esperábamos con gusto y degustábamos con atención, pues mancharse el niqui no era propio de niños educados y estaba muy mal visto por el código de asuntos internos. Nos agolpábamos frente al mostrador y dudábamos varias veces antes de decidirnos por uno de los pocos sabores de entonces, yo de chocolate, mejor de fresa, elige ya, pues de vainilla, y en el gesto austero de mis padres adivinábamos el tamaño que nos correspondería. Y a continuación un transitar lento, en el que ellos hablaban o discutían de sus cosas mientras nosotros sujetábamos con cuidado el cucurucho y lo mirábamos para empezar a comprender el principio y el fin de todas las cosas. A veces paseábamos hasta el puerto y otras veces hasta la iglesia, y en ocasiones nos acercábamos al centro, donde señores muy altos bebían cerveza y pronunciaban palabras muy raras en idiomas muy extraños. En realidad, no importaba el escenario siempre que no escucháramos la orden de ponernos las chaquetas y menos aún la de regreso a casa, porque lo que de verdad nos gustaba era caminar, observar y recordar todo aquello que contaríamos después, sabiéndonos únicos testigos de lo que nadie hasta entonces había contemplado.

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«Capitanes y reyes entre océanos de colores»
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«Entre pasillos a la sombra y salas sin asientos»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Capitanes y reyes entre océanos de colores

Capitanes y reyes entre océanos de colores · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 11 ·
Fran Vega
Capitanes y reyes entre océanos de colores
Fotografía: Juan Muñiz

Subir a la noria con nocturnidad era uno de los regalos del verano que solo podíamos recibir con sonrisa abierta y gran estruendo en el pasillo. Solía coincidir con el santo de mi madre o la llegada de un primo atolondrado, pero caminar entre lucecitas y animadas melodías nos situaba ya ante una experiencia que sin duda contaríamos a nuestros vecinos de aburrido aspecto y mejor automóvil que el nuestro. Mi padre gestionaba estas situaciones con la calma de un coronel retirado, nos colocaba a todos en fila y hacía recuento por si alguno había quedado rezagado entre casetas de tiro y tómbolas con peluches deslucidos. Después nos dividía en dos grupos, ponía a mi madre al frente de los pequeños para que él comandara el de los mayores y recitaba instrucciones que seguramente había leído en la crónica de la guerra vietnamita, sujetaos con fuerza y sin gritar, si alguno tiene miedo que no mire abajo y cuidado con los chicles no os los vayáis a tragar. Con las últimas ordenanzas recibidas escalábamos y saltábamos entre las estrellas hasta llegar a alturas inalcanzables desde las que el mundo, convertido en océanos de colores y en diminutas referencias que no importaban, parecía tallado a nuestra exacta medida para que desde allí nos sintiéramos capitanes y reyes de nosotros mismos. Era emoción pura, pura infancia resumida en nuestros ojos, cuyo brillo era más intenso que el del cielo tan cercano.

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«Subíamos y girábamos y el mundo era pequeño»
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«Caminar, observar y recordar»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Subíamos y girábamos y el mundo era pequeño

Subíamos y girábamos y el mundo era pequeño · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 10 ·
Fran Vega
Subíamos y girábamos y el mundo era pequeño
Fotografía: Juan Muñiz

En cuanto aquel ingenio se ponía en marcha y se oían extraños sonidos que surgían de una oculta maquinaria, nuestros estómagos comenzaban a agitarse y nos sujetábamos con fuerza unos a otros sin poder disimular un gesto muy parecido al miedo. Con el primer movimiento saludábamos con las manos a quienes se quedaban en tierra, desconocidos o no, tal vez pensando que el viaje era muy largo o muy alto, pues ambas cosas incitaban al adiós. Y enseguida aquellas barquichuelas de vivos colores se alzaban por encima de todas las cosas y empezábamos a ver reducidos los tamaños de las casetas de feria, de edificios un poco más lejanos y de nuestros propios padres, que aparecían ya como banderitas colocadas sobre un mapa. Nos elevábamos y durante unos instantes no pensábamos en nada, porque la emoción ocupaba todo el espacio posible y porque no era momento para otra cosa que no fueran ojos abiertos de par en par, flequillo al aire y un homérico esfuerzo para que nadie notara pánico o siquiera susto. Subíamos, girábamos y el mundo se detenía cuando aquel monstruo mecánico se paraba y nos dejaba altos y quietos. Tan altos y tan quietos que podíamos alcanzar el cielo con la punta de los dedos. Y lo alcanzábamos.

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«Entre cucuruchos y el sabor del algodón»
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«Capitanes y reyes entre océanos de colores»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Entre cucuruchos y el sabor del algodón

Entre cucuruchos y el sabor del algodón · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 9 ·
Fran Vega
Entre cucuruchos y el sabor del algodón
Fotografía: Juan Muñiz

A lo largo de las vacaciones siempre había un lugar en fiestas, un pueblo con caballitos y casetas al que mis padres nos llevaban para pasar una tarde diferente y caminar entre olor a churros y canciones del verano. Nos vestían con la ropa nueva de visitar a los abuelos y nos organizaban por edades para distribuir las atracciones, tú al tren de la bruja, vosotros a la noria, de modo que en el balance final nadie saliera perdiendo ni habiendo obtenido un viaje de más. Pero no había edades a la hora de repartir los algodones y compartir los cucuruchos, pues en eso todos competíamos en igualdad de condiciones y las únicas normas que cumplir eran el orden, el poco a poco y de uno en uno. Sin embargo, cuántos abismos existían si nos parábamos a mirar los coches de choque, con aquellos muchachotes que conducían con la izquierda y pasaban el brazo derecho por el hombro de sus chicas, más despeinados que nosotros pero con fichas y monedas en sus manos. Y mientras nos manchábamos las mejillas con el color rosa del algodón, nos preguntábamos si algún día seríamos como ellos y caminaríamos del mismo modo, con la camisa abierta y la sonrisa ancha, pero entre tanto corríamos hasta otras y aún mejores atracciones y mirábamos hacia arriba enseñando el paladar para ver cómo de alta era la noria.

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«Con la sonrisa propia de los cómplices»
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«Subíamos y girábamos y el mundo era pequeño»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Con la sonrisa propia de los cómplices

Con la sonrisa propia de los cómplices · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 8 ·
Fran Vega
Con la sonrisa propia de los cómplices
Fotografía: Juan Muñiz

Algunas tardes dejábamos atrás el puerto y la playa y organizábamos grandes exploraciones por los lejanos alrededores, sitios que nadie había pisado antes y que solo nosotros podíamos descubrir. Conquistábamos rocas solitarias, dificilísimos peñascos y llanuras de conchas y arena que por vez primera conocían la huella humana. Y osados y atrevidos, saltábamos de piedra en piedra y encontrábamos tesoros que pasaban a formar parte de nuestros secretos mejor guardados, de aquellos que solo pueden ser compartidos entre los más astutos expedicionarios. También había un rato para concurso de planas, que exigía encontrar guijarros adecuados que rebotaran con maestría hasta cuatro o cinco veces sobre el agua, y cuyo dudoso resultado provocaba ingeniosas discusiones y elaborados argumentos, yo no he visto ese bote, no ha valido ese rebote, ya no juego más contigo, pero nunca amenazas ni avisos de delación, pues en nuestro código de entonces importaba más la amistad que la victoria. Y al final de la tarde llegaba el momento de mirarnos en el mar para reconocernos satisfechos y contentos con tantas cosas como habíamos logrado, sabiéndonos valientes compañeros que crecían con la sonrisa propia de los cómplices.

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«Ya éramos todos héroes invictos»
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«Entre cucuruchos y el sabor del algodón»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012