Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica

Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica
· Historia de la vida del Buscón, 27 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica

Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don Alonso1 de enviar a su hijo a Alcalá2 a estudiar lo que le faltaba de la Gramática. Díjome a mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos, ofrecí de servir a su hijo como vería. Y, con esto, diole un criado para ayo que le gobernase la casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cédulas3 para un hombre que se llamaba Julián Merluza. Pusimos el hato en el carro de un Diego Monje; era una media camita y otra de cordeles con ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba Baranda, cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa blanca, y las demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tardecica, una hora antes de anochecer, y llegamos a la media noche, poco más, a la siempre maldita venta de Viveros.4

1 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
2 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros al este de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
3 cédulas: letras de cambio.
4 venta de Viveros: venta de muy mala fama situada en el camino entre Madrid y Alcalá de Henares.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Aún parecíamos sombras de otros hombres»

Inicio
Historia de la vida del Buscón
Anuncios

Pienso hacer tales hazañas que apenas serán creídas

Pienso hacer tales hazañas que apenas serán creídas · Fotografía: Henri Cartier-Bresson
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 71 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote
tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Pienso hacer tales hazañas que apenas serán creídas
Fotografía: Henri Cartier-Bresson

Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y, cuando llegó, halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
¡Válame Dios!1 —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón2 que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo,3 han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba; y hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice,4 porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero,5 sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza; y diciéndoselo a su escudero, le dijo:
—Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas,6 habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así, él como sus descendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca. Hete dicho esto porque de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquel que me imagino; y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.

1 ¡válame Dios!: expresión de sorpresa, en la que «válame» se usaba por el moderno «válgame».
2 Frestón: personaje que residía en la Selva de la Muerte, a quien se atribuía la autoría de Don Belianís de Grecia y al que don Quijote culpa de la desaparición de su biblioteca en el capítulo VII, cuando ama y sobrina equivocan su nombre con Muñatón y Fritón.
3 al cabo al cabo: al fin de todo, al fin y al cabo.
4 Puerto Lápice: población de la actual provincia de Ciudad Real, situada en el camino real de la Mancha a Andalucía, que el autor ya menciona en el capítulo II a propósito de la primera salida de don Quijote.
5 lugar muy pasajero: sitio muy transitado.
6 Diego Pérez de Vargas: caballero castellano al servicio del rey Fernando III el Santo (1199-1252), cuyo sobrenombre, Machuca, procede de su acción frente a los musulmanes durante el cerco de Jerez (1223).
 Diccionario de Don Quijote

Capítulo anterior
«Un solo caballero es el que os acomete»

Inicio
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Aún parecíamos sombras de otros hombres

Aún parecíamos sombras de otros hombres · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Historia de la vida del Buscón, 26 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Aún parecíamos sombras de otros hombres
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas,1 y así se dio orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez. Levantábamonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días, y aún parecíamos sombras de otros hombres, y en lo amarillo y flaco simiente de los Padres del yermo.2 Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la cautividad del fierísimo Cabra,3 y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso comiendo alguna vez nos acordábamos de las mesas del mal pupilero, se nos aumentaba la hambre tanto que acrecentábamos la costa aquel día. Solíamos contar a don Alonso4 cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula (no habiéndola él conocido en su vida), y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás metía perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.

1 alforzadas: dobladas, con pliegues y arrugas.
2 padres del yermo: eremitas.
3 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga.
4 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Trujeron médicos y mandaron los dotores»
Capítulo siguiente
«Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Un solo caballero es el que os acomete

Un solo caballero es el que os acomete · Fotografía: Fernando Herráez
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 70 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote
tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Un solo caballero es el que os acomete
Fotografía: Fernando Herráez

Y , diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:
—Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo,1 me lo habéis de pagar.
Y, en diciendo esto y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela,2 con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante, y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.

1 Briareo: en la mitología griega, gigante de cien brazos y cincuenta cabezas que luchó junto a Zeus.
2 rodela: escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando con espada «a la romana», es decir, de pie.
 Diccionario de Don Quijote

Capítulo anterior
«Desaforados gigantes de los brazos largos»
Capítulo siguiente
«Pienso hacer tales hazañas que apenas serán creídas»

Inicio
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Trujeron médicos y mandaron los dotores

Trujeron médicos y mandaron los dotores · Fotografía: Elliot Erwitt
· Historia de la vida del Buscón, 25 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Trujeron médicos y mandaron los dotores
Fotografía: Elliot Erwitt

Entramos en casa de don Alonso1 y echáronnos en dos camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara, y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial, que al fin me trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron. Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras2 el polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos. Ordenaron que nos diesen sustancias y pistos.3 ¡Quién podrá contar, a la primera almendrada4 y a la primera ave, las luminarias que pusieron las tripas de contento? Todo les hacía novedad. Mandaron los dotores que por nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque como estaban güecos los estómagos sonaba en ellos el eco de cualquiera palabra.

1 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
2 zorras: plumeros.
3 pisto: sustancia de ave machacada que se da a los enfermos que no pueden masticar.
4 almendrada: jugo de almendra.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Despedímonos del licenciado Vigilia»
Capítulo siguiente
«Aún parecíamos sombras de otros hombres»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Desaforados gigantes de los brazos largos

Desaforados gigantes de los brazos largos
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 69 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote
tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Desaforados gigantes de los brazos largos

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento1 que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra,2 y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

1 molino de viento: aunque el molino de viento más antiguo del que se tiene constancia en la península data de finales del siglo XV, es probable que fuera entonces una novedad en el paisaje castellano, en donde habrían comenzado a instalarse en la segunda mitad del XVI, es decir, unas décadas antes de la segunda salida de don Quijote por los campos de Montiel.
2 buena guerra: guerra justa, en la que era lícito apropiarse del botín.
 Diccionario de Don Quijote

Capítulo anterior
«Teniendo tan principal amo en vuestra merced»
Capítulo siguiente
«Un solo caballero es el que os acomete»

Inicio
El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

«Pensar y no caer», de Ramón Andrés

«Pensar y no caer», de Ramón Andrés · Fotografía: Gyula Halász (Brassai)
· Biblioteca del Bósforo ·
Ramón Andrés
«Pensar y no caer», 2016
El Acantilado. Barcelona, 2016
Fotografía: Gyula Halász (Brassai)

Todos, alguna vez, hemos sido calumniados. Es tan común, tanta su costumbre, que no sabríamos desenvolvernos sin ella. La difamación parece tener la potestad de construir una realidad de perversos equívocos. La pasión de juzgar al próximo subyuga. Causa disgusto que los demás vivan despreocupados, sin dar cuenta de sus actos a nadie. Se envidian demasiado las casas solitarias, las que están en la colina.

Título anterior
«Invictus, de William Ernest Henley»

Artículos relacionados
«Il barbiere di Siviglia: La calunnia, de G. Rossini»
«Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros, de Ramón Andrés»

Despedímonos del licenciado Vigilia

Despedímonos del licenciado Vigilia · Fotografía: August Sander
· Historia de la vida del Buscón, 24 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Despedímonos del licenciado Vigilia
Fotografía: August Sander

Pasamos en este trabajo hasta la Cuaresma; vino, y a la entrada della estuvo malo un compañero. Cabra,1 por no gastar, detuvo el llamar médico hasta que ya él pedía confesión más que otra cosa. Llamó entonces un platicante,2 el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre le había ganado por la mano en matar aquel hombre. Diéronle el Sacramento, y el pobre, cuando le vio (que había un día que no hablaba), dijo:
—Señor mío Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta casa para persuadirme que no es el infierno.
Imprimiéronseme estas razones en el corazón. Murió el pobre mozo, enterrámosle muy pobremente, por ser forastero, y quedamos todos asombrados.3 Divulgose por el pueblo el caso atroz, llegó a oídos de don Alonso Coronel4 y, como no tenía otro hijo, desengañose de los embustes de Cabra y comenzó a dar más crédito a las razones de dos sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable estado. Vino a sacarnos del pupilaje y, teniéndonos delante, nos preguntaba por nosotros. Y tales nos vio, que, sin aguardar a más, tratando muy mal de palabra al licenciado Vigilia,5 nos mandó llevar en dos sillas a casa. Despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en Argel, viendo venir rescatados por la Trinidad6 sus compañeros.

1 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga.
2 platicante: aprendiz que acompañaba al clérigo o cirujano.
3 asombrados: aterrorizados.
4 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
5 Vigilia: el protagonista se refiere a Cabra, a quien llama Vigilia por el hambre que le había hecho pasar.
6 Trinidad: los frailes trinitarios se encargaban de rescatar a los prisioneros cristianos en el norte de África.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Era el ama sorda, de luto y rezadora»
Capítulo siguiente
«Trujeron médicos y mandaron los dotores»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Era el ama sorda, de luto y rezadora

Era el ama sorda, de luto y rezadora · Fotografía: Cristina García Rodero
· Historia de la vida del Buscón, 23 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Era el ama sorda, de luto y rezadora
Fotografía: Cristina García Rodero

Quejábamonos nosotros a don Alonso1 y el Cabra le hacía creer que lo hacíamos por no asistir al estudio. Con esto no nos valían plegarias. Metió en casa la vieja por ama, para que guisase de comer y sirviese a los pupilos, y despidió al criado porque le halló, un viernes a la mañana, con unas migajas de pan en la ropilla. Lo que pasamos con la vieja Dios lo sabe. Era tan sorda que no oía nada; entendía por señas; ciega, y tan gran rezadora que un día se le desensartó el rosario sobre la olla y nos la trujo con el caldo más devoto que he comido. Unos decían: «¡Garbanzos negros! Sin duda son de Etiopía». Otro decía: «¡Garbanzos con luto! ¿Quién se les habrá muerto?». Mi amo fue el primero que se encajó una cuenta y, al mascarla, se quebró un diente. Los viernes solía inviar unos güevos con tantas barbas, a fuerza de pelos y canas suyas, que pudieran pretender corregimiento u abogacía.2 Pues meter el badil por el cucharón y inviar una escudilla de caldo empedrada era ordinario. Mil veces topé yo sabandijas, palos y estopa de la que hilaba en la olla. Y todo lo metía para que hiciese presencia en las tripas y abultase.

1 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
2 pretender corregimiento u abogacía: a los corregidores y abogados se les representaba siempre con barba.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Una vieja para echarnos gaitas»
Capítulo siguiente
«Despedímonos del licenciado Vigilia»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Una vieja para echarnos gaitas

Una vieja para echarnos gaitas · Fotografía: Oriol Maspons
· Historia de la vida del Buscón, 22 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Una vieja para echarnos gaitas
Fotografía: Oriol Maspons

Don Diego y yo nos vimos tan al cabo1 que, ya que para comer al cabo de un mes no hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos de mañana; y así, trazamos de decir que teníamos algún mal. No osamos decir calentura, porque no la teniendo era fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo. Dijimos al fin que nos dolían las tripas y que estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas2 en tres días, fiados en que a trueque de no gastar dos cuartos en una melecina,3 no buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque tenía una que había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomóla y aderezó una melecina, y haciendo llamar una vieja de setenta años, tía suya, que le servía de enfermera, dijo que nos echase sendas gaitas.4 Empezaron por don Diego; el desventurado atajóse,5 y la vieja, en vez de echársela dentro, disparósela por entre la camisa y el espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de guarnición la que dentro había de ser aforro. Quedó el mozo dando gritos; vino Cabra y, viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra, que luego tornarían a don Diego. Yo me resistía, pero no me valió, porque, teniéndome Cabra y otros, me la echó la vieja, a la cual de retorno di con ella en toda la cara. Enojóse Cabra conmigo y dijo que él me echaría de su casa, que bien se echaba de ver que era bellaquería todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me despidiese, mas no lo quiso mi ventura.

1 verse al cabo: verse al borde de la muerte.
2 hacer de las personas: defecar.
3 melecina: lavativa.
4 gaita: lavativa.
5 atajarse: desorientarse.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Comíamos algunas sospechas de pernil»
Capítulo siguiente
«Era el ama sorda, de luto y rezadora»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Comíamos algunas sospechas de pernil

Comíamos algunas sospechas de pernil · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Historia de la vida del Buscón, 21 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Comíamos algunas sospechas de pernil
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó la hora de levantar. Dieron las seis y llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla todos. Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi hambre que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma topó muchos hombres, unos metiendo los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el portal de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que venía a sólo aquello de fuera; y preguntando a uno un día que qué sería (porque Cabra se enojó de que se lo preguntase) respondió que los unos tenían sarna y los otros sabañones y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre, de manera que no comían desde allí adelante. Certificome que era verdad, y yo, que conocí la casa, lo creo. Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la lición, diola y decorámosla.1 Y prosiguió siempre en aquel modo de vivir que he contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le dijeron un día de hidalguía2 allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda agujerada como salvadera,3 abríala y metía un pedazo de tocino en ella que la llenase y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para que la diese algún zumo por los agujeros y quedase para otro día el tocino. Pareciole después que en esto se gastaba mucho, y dio en sólo asomar el tocino a la olla. Dábase la olla por entendida del tocino y nosotros comíamos algunas sospechas de pernil. Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar.

1 decorámosla: la aprendimos de memoria.
2 hidalguía: como judíos y musulmanes no podían comer cerdo, el dómine añade tocino a la olla para demostrar que es cristiano viejo.
3 salvadera: vaso con tapa agujereada para espolvorear secante sobre la tinta.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«En toda la noche pudimos dormir»
Capítulo siguiente
«Una vieja para echarnos gaitas»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

En toda la noche pudimos dormir

En toda la noche pudimos dormir · Fotografía: Esther Bubley
· Historia de la vida del Buscón, 20 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
En toda la noche pudimos dormir
Fotografía: Esther Bubley

Llegó la hora de cenar; pasose la merienda en blanco, y la cena ya que no se pasó en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con bendición.
—Es cosa saludable —decía— cenar poco, para tener el estómago desocupado.
Y citaba una retahíla de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron y cenamos todos y no cenó ninguno.
Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego1 dormir, él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí y yo aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:
—Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la pendencia de las berceras2 nos mataron, y que somos ánimas que estamos en el Purgatorio. Y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones3 y nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.4

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 pendencia de las berceras: el protagonista se refiere a la «batalla nabal» con las berceras narrada en el cap. II.
3 cuenta de perdones: tipo de cuentas que forman parte del rosario.
4 altar previlegiado: el que tiene concedida indulgencia plenaria.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Se brindaba y no hacían la razón»
Capítulo siguiente
«Comíamos algunas sospechas de pernil»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Se brindaba y no hacían la razón

Se brindaba y no hacían la razón · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Historia de la vida del Buscón, 19 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Se brindaba y no hacían la razón
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Sentámonos nosotros, y yo, que vi el negocio malparado y que mis tripas pedían justicia, como más sano y más fuerte que los otros, arremetí al plato, como arremetieron todos, y emboquéme de tres mendrugos los dos y el un pellejo. Comenzaron los otros a gruñir; al ruido entró Cabra, diciendo:
—Coman como hermanos, pues Dios les da con qué. No riñan, que para todos hay.
Volviose al sol y dejonos solos. Certifico a vuestra merced que vi al uno de ellos, que se llamaba Jurre, vizcaíno, tan olvidado ya de cómo y por dónde se comía, que una cortecilla que le cupo la llevó dos veces a los ojos, y entre tres no le acertaban a encaminar las manos a la boca. Pedí yo de beber, que los otros, por estar casi en ayunas, no lo hacían, y diéronme un vaso con agua, y no le hube bien llegado a la boca, cuando, como si fuera lavatorio de comunión, me le quitó el mozo espiritado que dije. Levantéme con grande dolor de mi alma, viendo que estaba en casa donde se brindaba a las tripas y no hacían la razón.1 Diome gana de descomer, aunque no había comido, digo, de proveerme,2 y pregunté por las necesarias a un antiguo, y díjome:
—Como no lo son en esta casa, no las hay. Para una vez que os proveeréis mientras aquí estuviéredes, dondequiera podréis; que aquí estoy dos meses ha y no he hecho tal cosa sino el día que entré, como ahora vos, de lo que cené en mi casa la noche antes.
¿Cómo encareceré yo mi tristeza y pena? Fue tanta, que considerando lo poco que había de entrar en mi cuerpo, no osé, aunque tenía gana, echar nada de él.
Entretuvímonos hasta la noche. Decíame don Diego que qué haría él para persuadir a las tripas que habían comido, porque no lo querían creer. Andaban váguidos3 en aquella casa como en otras ahítos.

1 hacer la razón: responder a un brindis bebiendo e invitando a beber, aunque en casa de Cabra se brinda pero no se hace la razón.
2 proveerse: defecar.
3 váguidos: desmayos.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«Entonces yo no pude tener la risa»
Capítulo siguiente
«En toda la noche pudimos dormir»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

Entonces yo no pude tener la risa

Entonces yo no pude tener la risa · Fotografía: Aleksandr M. Rodchenko
· Historia de la vida del Buscón, 18 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Entonces yo no pude tener la risa
Fotografía: Aleksandr M. Rodchenko

Venía un nabo aventurero a vueltas de la carne (apenas), y dijo el maestro en viéndole:
—¿Nabo hay? No hay perdiz para mí que se le iguale. Coman, que me huelgo de verlos comer.
Y tomando el cuchillo por el cuerno,1 picóle con la punta y asomándole a las narices, trayéndole en procesión por la portada de la cara, meciendo la cabeza dos veces, dijo:
—Conforta realmente, y son cordiales2 —que era grande adulador de las legumbres.
Repartió a cada uno tan poco carnero, que entre lo que se les pegó en las uñas y se les quedó entre los dientes, pienso que se consumió todo, dejando descomulgadas las tripas de participantes. Cabra los miraba y decía:
—Coman, que mozos son y me huelgo de ver sus buenas ganas.
¡Mire vuestra merced qué aliño para los que bostezaban de hambre! Acabaron de comer y quedaron unos mendrugos en la mesa, y en el plato dos pellejos y unos huesos, y dijo el pupilero:
—Quede esto para los criados, que también han de comer; no lo queramos todo.
—¡Mal te haga Dios y lo que has comido, lacerado —decía yo—, que tal amenaza has hecho a mis tripas!
Echó la bendición, y dijo:
—Ea, demos lugar a la gentecilla que se repapile,3 y váyanse hasta las dos a hacer ejercicio, no les haga mal lo que han comido.
Entonces yo no pude tener la risa, abriendo toda la boca. Enojose mucho y díjome que aprendiese modestia y tres o cuatro sentencias viejas y fuese.

1 cuerno: los mangos de los cuchillos se hacían de cuerno.
2 cordiales: que resultan buenos para el corazón.
3 repapilarse: hartarse.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«No hay tal cosa como la olla»
Capítulo siguiente
«Se brindaba y no hacían la razón»

Inicio
Historia de la vida del Buscón

No hay tal cosa como la olla

No hay tal cosa como la olla · Fotografía: Jack Delano
· Historia de la vida del Buscón, 17 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
No hay tal cosa como la olla
Fotografía: Jack Delano

Yo, con esto, me comencé a afligir, y más me susté cuando advertí que todos los que vivían en el pupilaje de antes estaban como leznas, con unas caras que parecía se afeitaban con diaquilón.1 Sentose el licenciado Cabra y echó la bendición. Comieron una comida eterna, sin principio ni fin. Trujeron caldo en unas escudillas de madera, tan claro, que en comer una de ellas peligrara Narciso2 más que en la fuente. Noté con la ansia que los macilentos dedos se echaban a nado tras un garbanzo huérfano y solo que estaba en el suelo.3 Decía Cabra a cada sorbo:
—Cierto que no hay tal cosa como la olla, digan lo que dijeren; todo lo demás es vicio y gula.
Y, sacando la lengua, la paseaba por los bigotes, lamiéndoselos, con que dejaba la barba pavonada de caldo. Acabando de decirlo, echose su escudilla a pechos, diciendo:
—Todo esto es salud, y otro tanto ingenio.
¡Mal ingenio te acabe!, decía yo entre mí, cuando vi un mozo medio espíritu y tan flaco, con un plato de carne en las manos que parecía que la había quitado de sí mismo.

1 diaquilón: ungüento utilizado como pomada desecativa.
2 Narciso: personaje mitológico que se ahogó en el agua en la que se miraba.
3 suelo: el fondo de la escudilla.
→ Diccionario del Buscón

Capítulo anterior
«El refectorio era como medio celemín»
Capítulo siguiente
«Entonces yo no pude tener la risa»

Inicio
Historia de la vida del Buscón