El aire era tenue y el cielo más pálido

El aire era tenue y el cielo más pálido · Fotografía: Arthur Rothstein
· Las uvas de la ira, 2 ·
John Steinbeck, 1939
Capítulo I
El aire era tenue y el cielo más pálido
Lancaster County, Nebraska, 1936 (Arthur Rothstein)

En los barrancos abiertos por las aguas, la tierra se deshizo en secos riachuelos de polvo. Las ardillas de tierra y las hormigas león iniciaron pequeñas avalanchas. Y mientras el fiero sol atacaba día tras día, las hojas del maíz joven fueron perdiendo rigidez y tiesura; al principio se inclinaron dibujando una curva, y luego, cuando la armadura central se debilitó, cada hoja se agachó hacia el suelo. Entonces llegó junio y el sol brilló aún más cruelmente. Los bordes marrones de las hojas del maíz se ensancharon y alcanzaron la armadura central. La maleza se agostó y se encogió, volviendo hacia sus raíces. El aire era tenue y el cielo más pálido; y la tierra palideció día a día.

Arthur Rothstein (1915-1985) en Pensilvania, 1938
Arthur Rothstein (1915-1985) en Pensilvania, 1938
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 Las uvas de la ira
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Temerosos de tan grande peligro en que se hallaban

Temerosos de tan grande peligro en que se hallaban · Fotografía: David Seymour (Chim)
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 80 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable
y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Temerosos de tan grande peligro en que se hallaban
Fotografía: David Seymour (Chim)

El vizcaíno, que así le vio venir contra él, bien entendió por su denuedo su coraje, y determinó de hacer lo mismo que don Quijote; y así, le aguardó bien cubierto de su almohada, sin poder rodear la mula a una ni a otra parte, que ya, de puro cansada y no hecha a semejantes niñerías, no podía dar un paso.
Venía, pues, como se ha dicho, don Quijote contra el cauto vizcaíno con la espada en alto, con determinación de abrirle por medio, y el vizcaíno le aguardaba asimismo levantada la espada y aforrado, y todos los circunstantes estaban temerosos y colgados de lo que había de suceder de aquellos tamaños golpes con que se amenazaban; y la señora del coche y las demás criadas suyas estaban haciendo mil votos y ofrecimientos a todas las imágenes y casas de devoción1 de España,2 porque Dios librase a su escudero y a ellas de aquel tan grande peligro en que se hallaban.
Pero está el daño de todo esto que, en este punto y término, deja pendiente el autor de esta historia esta batalla, disculpándose que no halló más escrito de estas hazañas de don Quijote de las que deja referidas. Bien es verdad que el segundo autor de esta obra no quiso creer que tan curiosa historia estuviese entregada a las leyes del olvido, ni que hubiesen sido tan poco curiosos los ingenios de la Mancha,3 que no tuviesen en sus archivos o en sus escritorios algunos papeles que de este famoso caballero tratasen; y así, con esta imaginación, no se desesperó de hallar el fin de esta apacible historia, el cual, siéndole el cielo favorable, le halló del modo que se contará en la segunda parte.

1 casas de devoción: santuarios, ermitas.
2 España: primera ocasión en la que aparece citada en la obra, si bien más como concepto geográfico que político o administrativo.
3 la Mancha: zona geográfica de la península ibérica que se extiende sobre las actuales provincias de Albacete, Ciudad Real, Cuenca y Toledo.
 Diccionario de Don Quijote

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«Se le avino el vizcaíno para acabar batalla»

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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

No tiene buena condición quien tiene mala ley

No tiene buena condición quien tiene mala ley
· Historia de la vida del Buscón, 34 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo V
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

No tiene buena condición quien tiene mala ley

Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago,1 patio de estudiantes donde hay muchos juntos, aunque esta teníamos entre tres moradores diferentes no más. Era el dueño y güésped de los que creen en Dios por cortesía o sobre falso; moriscos2 los llaman en el pueblo. Recibiome, pues, el güésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento. Ni sé si lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto o por ser natural suyo de ellos, que no es mucho que tenga mala condición quien no tiene buena ley. Pusimos nuestro hatillo, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos aquella noche.
Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los estudiantes de la posada a pedir la patente3 a mi amo.4 Él, que no sabía lo que era, preguntome que qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media cabeza fuera, que parecía tortuga. Pidieron dos docenas de reales; diéronselos y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo:
—¡Viva el compañero y sea admitido en nuestra amistad! Goce de las preeminencias de antiguo. Pueda tener sarna, andar manchado y padecer la hambre que todos.

1 puerta de Santiago: llamada también postigo de los Judíos, formaba parte del recinto amurallado de Alcalá de Henares tras su ampliación a mediados del siglo XV.
2 moriscos: musulmanes convertidos al cristianismo tras el final de la reconquista y que fueron expulsados de la península entre 1609 y 1613, es decir, unos quince años antes de que Quevedo escribiera Historia de la vida del Buscón.
3 patente: dinero que los novatos pagaban a los veteranos.
4 amo: Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
→ Diccionario del Buscón

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«Echose un poco de vino y llegamos al mesón»

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Historia de la vida del Buscón

La tierra palideció y se cubrió de cicatrices

La tierra palideció y se cubrió de cicatrices · Fotografía: Dorothea Lange
· Las uvas de la ira, 1 ·
John Steinbeck, 1939
Capítulo I
La tierra palideció y se cubrió de cicatrices
Dalhart, Texas, 1938 (Dorothea Lange)

Las últimas lluvias cayeron con suavidad sobre los campos rojos y parte de los campos grises de Oklahoma, y no hendieron la tierra llena de cicatrices. Los arados cruzaron una y otra vez por encima de las huellas dejadas por los arroyos. Las últimas lluvias hicieron crecer rápidamente el maíz y salpicaron las orillas de las carreteras de hierbas y maleza, hasta que el gris y el rojo oscuro de los campos empezaron a desaparecer bajo una manta de color verde. A finales de mayo el cielo palideció y las rachas de nubes altas que habían estado colgando tanto tiempo durante la primavera se disiparon. El sol ardió un día tras otro sobre el maíz que crecía hasta que una línea marrón tiñó el borde de las bayonetas verdes. Las nubes aparecieron, luego se trasladaron y después de un tiempo ya no volvieron a asomar. La maleza intentó protegerse oscureciendo su color verde y cesó de extenderse. Una costra cubrió la superficie de la tierra, una costra delgada y dura, y a medida que el cielo palidecía, la tierra palideció también, rosa en el campo rojo y blanca en el campo gris.

Dorothea Lange (1895-1965) en California, 1936
Dorothea Lange (1895-1965) en California, 1936
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 Las uvas de la ira

Las uvas de la ira

Campamento de Nipomo, California, 1936 · Fotografía: Dorothea Lange
Campamento de Nipomo, California, 1936 (Dorothea Lange)

Depresión económica, crisis social, movimientos migratorios y desplazamiento de refugiados: se trata de conceptos ligados entre sí que para cualquier ciudadano de nuestro tiempo son de sobra conocidos. Y tras ellos, las estructuras gubernamentales y financieras interesadas en no pocas ocasiones en perpetuar los daños, cuando no en causarlos, y en ralentizar las soluciones.
En los años treinta del siglo XX los estados norteamericanos de Oklahoma, Kansas, Texas y Nuevo México se vieron afectados por el Dust Bowl («cuenco de polvo»), fenómeno generado por una prolongada sequía y malas prácticas agrarias que dejaron el suelo, desprovisto de humedad, a merced de los «vientos negros». Los efectos de la catástrofe ecológica del Dust Bowl multiplicaron los de la Gran Depresión iniciada unos años antes y se prolongaron hasta el comienzo de la segunda guerra mundial, cuando más de seis millones de personas habían abandonado ya sus hogares, sus granjas y sus cultivos para emigrar a otros estados. Familias enteras formadas por dos o tres generaciones se vieron obligadas a dejar atrás sus pequeñas propiedades arrastrando consigo, en la mayoría de los casos, el endeudamiento contraído.

Tormenta de polvo en Cimarron County, Oklahoma, 1936 · Fotografía: Arthur Rothstein
Tormenta de polvo en Cimarron County, Oklahoma, 1936 (Arthur Rothstein)

La crisis provocó la activación de planes de reasentamiento dirigidos por el gobierno del demócrata Franklin D. Roosevelt, que se presentaba a la reelección en noviembre de 1936 con el New Deal como estandarte, a través de organismos como la Federal Surplus Relief Corporation (FSRC), que canalizó los productos agrarios hacia organizaciones de auxilio social; el Drought Relief Service (DRS), que permitió que los granjeros recibieran subvenciones y que el precio de la carne se estabilizara, y sobre todo la Resettlement Administration (RA), creada en 1935, que en 1937 se transformó en la Farm Security Administration (FSA), cuya actividad se extendió hasta 1943.
Organizada por el economista Rexford Tugwell, la FSA creó un departamento de fotografía con el fin de documentar las condiciones en que vivían agricultores y granjeros de los territorios afectados por el Dust Bowl, para lo que el también economista Roy E. Striker reclutó a numerosos fotógrafos cuyo trabajo es hoy una referencia indiscutida: Dorothea Lange, Arthur Rothstein, Walker Evans, John Vachon, Marion P. Wolcott, Marjory Collins, Russell Lee y Carl Mydans son solo algunos de los que trabajaron para la FSA recorriendo con sus cámaras miles de hectáreas de polvo y abandono y visitando campamentos de refugiados cuyos rostros de desolación quedaron retratados para siempre en decenas de miles de fotografías.
La crisis de los años treinta generó también la «cultura de la depresión», sustentada por novelistas como Erskine Caldwell (La ruta del tabaco, 1932), James T. Farrell (Studs Lonigan, 1932-1935), John Dos Passos (Trilogía U.S.A., 1930-1936) y, en especial, John Steinbeck. El cine también reflejó la crisis de la década, pues además del documental The Plow That Broke the Plains, dirigido por Pare Lorentz en 1936, numerosas películas del género negro muestran la vida en las ciudades saturadas por el desempleo y la delincuencia en sus más diversas facetas, como se encargaron de mostrar directores como William Wellman (El enemigo público, 1931), Mervin Le Roy (Hampa dorada, 1931), Howard Hawks (Sacarface, 1932), Michael Curtiz (Ángeles con caras sucias, 1938) y John Ford. Así mismo, Charles Chaplin (Tiempos modernos, 1936) y el cantante Woody Guthrie, autor del álbum Dust Bowl Ballads (1940), dieron imágenes y voz a una década de crisis económica, precariedad laboral y agitación social. Tuvieron que pasar setenta años para que un nuevo documental, The Bust Bowl, dirigido en 2012 por Ken Burns, se encargara de rescatar aquellos años de privaciones que afectaron a millones de personas y determinaron la vida de toda una generación.

John Steinbeck
John Steinbeck, autor de «Las uvas de la ira» (1939)

John Steinbeck (1902-1968) publicó The Grapes of Wrath (Las uvas de la ira) en 1939, después de que otras dos novelas suyas, In Dubious Battle (En dudosa batalla, 1936) y Of Mice and Men (De ratones y hombres, 1937), describieran también los efectos de la Gran Depresión en la población estadounidense. Basada en los artículos que él mismo había escrito en San Francisco, le supuso el premio Pulitzer en 1940, si bien sus posturas políticas a favor del presidente Roosevelt y el New Deal le valieron la crítica de los sectores más tradicionalistas. En los años siguientes publicó The Pearl (La perla, 1947) y East of Eden (Al este del Edén, 1952) y en 1962 obtuvo el premio Nobel de Literatura.
Las uvas de la ira, que ha quedado para la historia como el gran fresco narrativo que describe toda una época, fue llevada inmediatamente al cine por John Ford, cuya producción corrió a cargo de Darryl F. Zanuck. Interpretada en 1940 por Henry Fonda, Jane Darwell y John Carradine, con fotografía de Gregg Toland y música de Alfred Newman, la cinta supuso el segundo Oscar para Ford y el primero y único para Darwell.

«Las uvas de la ira», de John Ford
«Las uvas de la ira» (1940), de John Ford

Casi ocho décadas después, los efectos de otra gran depresión recorren Europa y definirán durante mucho tiempo sus estructuras demográficas, económicas, sociales y culturales. Sin embargo, y a diferencia de entonces, Steinbeck, Ford, Lange, Lorentz y Rothstein no pueden describir ya las graves consecuencias que nos afectan y no contamos con quienes les hayan sustituido en sensibilidad y talento. Revisemos, por tanto, el trabajo de quienes supieron hablarnos de un tiempo que hoy es también el nuestro.

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«La tierra palideció y se cubrió de cicatrices»

Se le avino el vizcaíno para acabar batalla

Se le avino el vizcaíno para acabar batalla · Fotografía: George G. Bain
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 79 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable
y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Se le avino el vizcaíno para acabar batalla
Fotografía: George G. Bain

El vizcaíno, que así le vio venir, aunque quisiera apearse de la mula, que, por ser de las malas de alquiler, no había que fiar en ella, no pudo hacer otra cosa sino sacar su espada; pero avínole bien que se halló junto al coche, de donde pudo tomar una almohada, que le sirvió de escudo, y luego se fueron el uno para el otro, como si fueran dos mortales enemigos. La demás gente quisiera ponerlos en paz, mas no pudo, porque decía el vizcaíno en sus mal trabadas razones que si no le dejaban acabar su batalla, que él mismo había de matar a su ama y a toda la gente que se lo estorbase. La señora del coche, admirada y temerosa de lo que veía, hizo al cochero que se desviase de allí algún poco, y desde lejos se puso a mirar la rigurosa contienda, en el discurso de la cual dio el vizcaíno una gran cuchillada a don Quijote encima de un hombro, por encima de la rodela, que, a dársela sin defensa, le abriera hasta la cintura. Don Quijote, que sintió la pesadumbre de aquel desaforado golpe, dio una gran voz diciendo:
—¡Oh señora de mi alma, Dulcinea, flor de la fermosura, socorred a este vuestro caballero, que por satisfacer a la vuestra mucha bondad, en este riguroso trance se halla!
El decir esto, y el apretar la espada y el cubrirse bien de su rodela, y el arremeter al vizcaíno todo fue en un tiempo, llevando determinación de aventurarlo todo a la de un golpe solo.

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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Echose un poco de vino y llegamos al mesón

Echose un poco de vino y llegamos al mesón · Bill Perlmutter
· Historia de la vida del Buscón, 33 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Echose un poco de vino y llegamos al mesón
Fotografía: Bill Perlmutter

Quedamos asustados con el gasto. Almorzamos un bocado, y el viejo tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con nadie, desatolas a oscuras debajo del gabán, y agarrando un yesón echósele en la boca y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los perdiera. Comenzó a escupir y hacer gestos de asco y de dolor; llegamos todos a él, y el cura el primero, diciéndole que qué tenía. Empezose a ofrecer a Satanás; dejó caer las alforjas; llegose a él el estudiante, y dijo:
¡Arriedro vayas, cata la cruz!1
Otro abrió un breviario; hiciéronle creer que estaba endemoniado, hasta que él mismo dijo lo que era, y pidió que le dejasen enjuagar la boca con un poco de vino, que él traía bota. Dejáronle y, sacándola, abriola; y echando en un vaso un poco de vino, salió con la lana y estopa un vino salvaje, tan barbado y velloso que no se podía beber ni colar. Entonces acabó de perder la paciencia el viejo, pero viendo las descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien el callar y subir en el carro con los rufianes y las mujeres. Los estudiantes y el cura se ensartaron en dos borricos, y nosotros nos subimos en el coche; y no bien comenzó a caminar cuando unos y otros nos comenzaron a dar vaya,2 declarando la burla. El ventero decía:
—Señor nuevo, a pocas estrenas3 como ésta, envejecerá.
El cura decía:
—Sacerdote soy; allá se lo diré de misas.4
Y el estudiante maldito voceaba:
—Señor primo, otra vez rásquese cuando le coman y no después.
El otro decía:
—Sarna de vuestra merced, señor don Diego.
Nosotros dimos en no hacer caso; Dios sabe cuán corridos íbamos. Con estas y otras cosas, llegamos a la villa; apeámonos en un mesón, y en todo el día, que llegamos a las nueve, acabamos de contar la cena pasada, y nunca pudimos en limpio sacar el gasto.

1 arriedro vayas, cata la cruz: conjuros para ahuyentar al diablo o espantar a alguien, pues tratan al viejo como si estuviera endemoniado.
2 dar vaya: burlarse.
3 estrena: primer acto con el que algo comienza.
4 decir de misas: expresión irónica para excusarse de pagar lo que se debe.
→ Diccionario del Buscón

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Si lanza arrojas y espada sacas

Si lanza arrojas y espada sacas · Fotografía: Henri Cartier-Bresson
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 78 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo
en la espantable y jamás imaginada aventura
de los molinos de viento, con otros sucesos dignos
de felice recordación»

Si lanza arrojas y espada sacas
Fotografía: Henri Cartier-Bresson

Todo esto que don Quijote decía escuchaba un escudero de los que el coche acompañaban, que era vizcaíno, el cual, viendo que no quería dejar pasar el coche adelante, sino que decía que luego había de dar la vuelta al Toboso,1 se fue para don Quijote, y, asiéndole de la lanza, le dijo, en mala lengua castellana y peor vizcaína, de esta manera:
—Anda, caballero que mal andes;2 por el Dios que crióme, que, si no dejas coche, así te matas como estás ahí vizcaíno.3
Entendióle muy bien don Quijote, y con mucho sosiego le respondió:
—Si fueras caballero, como no lo eres, ya yo hubiera castigado tu sandez y atrevimiento, cautiva criatura.
A lo cual replicó el vizcaíno:
—¿Yo no caballero? Juro a Dios tan mientes como cristiano. Si lanza arrojas y espada sacas, ¡el agua cuán presto verás que al gato llevas! Vizcaíno por tierra, hidalgo por mar, hidalgo por el diablo, y mientes que mira si otra dices cosa.
—¡Ahora lo veredes, dijo Agrajes!4 —respondió don Quijote.
Y, arrojando la lanza en el suelo, sacó su espada y embrazó su rodela,5 y arremetió al vizcaíno con determinación de quitarle la vida.

1 El Toboso: población manchega, ubicada en la actual provincia de Toledo, de la que era natural Dulcinea.
2 caballero que mal andes: forma despectiva de referirse a quien pretende pasar por caballero sin serlo.
3 vizcaíno: en el lenguaje de la época, se caricaturizaba a los vizcaínos como gentes de habla convencional, con ínfulas de nobleza, facilidad para ofenderse y talante valeroso, como así los retrata Francisco de Quevedo en Libro de todas las cosas y otras muchas más (1631).
4 Agrajes: caballero del linaje de Amadís de Gaula conocido por su habilidad en el manejo de la espada y por la frase con la que respondía a las provocaciones de los adversarios, «¡Ahora lo veredes!», que se usa para dudar o negar.
5 rodela: escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando con espada «a la romana», es decir, a pie.
 Diccionario de Don Quijote

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Llegó la hora de caminar y despertaron todos

Llegó la hora de caminar y despertaron todos · Fotografía: Russell Lee
· Historia de la vida del Buscón, 32 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Llegó la hora de caminar y despertaron todos
Fotografía: Russell Lee

Con esto, se llegó y sacó al pobre viejo, que dormía, de debajo de los pies unas alforjas, y desenvolviéndolas halló una caja, y como si fuera de guerra,1 hizo gente. Llegáronse todos, y abriéndola, vio ser de alcorzas.2 Sacó todas cuantas había y en su lugar puso piedras, palos y lo que halló, y encima dos o tres yesones y un tarazón3 de teja. Cerró la caja y púsola donde estaba, y dijo:
—Pues aún no basta, que bota tiene el viejo.
Sacola el vino y desenfundando una almohada de nuestro coche, después de haber echado un poco de vino debajo, se la llenó de lana y estopa, y la cerró. Con esto, se fueron todos a acostar para una hora que quedaba o media, y el estudiante lo puso todo en las alforjas, y en la capilla4 del gabán le echó una gran piedra, y fuese a dormir.
Llegó la hora de caminar; despertaron todos, y el viejo todavía dormía. Llamáronle, y al levantarse, no podía levantar la capilla del gabán. Miró lo que era, y el mesonero adrede le riñó, diciendo:
—Cuerpo de Dios, ¿no halló otra cosa que llevarse, padre, sino esa piedra? ¿Qué les parece a vuestras mercedes, si yo no lo hubiera visto? Cosa es que estimo en más de cien ducados, porque es contra el dolor de estómago.5
Juraba y perjuraba diciendo que no había metido él tal en la capilla.
Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de cena sólo treinta reales, que no entendiera Juan de Leganés6 la suma. Decían los estudiantes:
—No pide más un ochavo.
Y respondió un rufián:
—No, sino burlárase con este caballero delante de nosotros; aunque ventero, sabe lo que ha de hacer. Déjese vuestra merced gobernar, que en mano está…7
Y tosiendo, cogió el dinero, contolo y, sobrando del que sacó mi amo cuatro reales, los asió, diciendo:
—Estos le daré de posada, que a estos pícaros con cuatro reales se les tapa la boca.

1 caja de guerra: tambores militares con los que los reclutadores atraían a la gente, es decir, hacían gente.
2 alcorza: pasta de azúcar y almidón utilizada en repostería.
3 tarazón: pedazo.
4 capilla: capucha del gabán.
5 contra el dolor de estómago: a las piedras preciosas se les atribuían virtudes contra algunas enfermedades y dolencias, aunque en este caso se trata de una broma del mesonero.
6 Juan de Leganés: bobo o bufón muy conocido en la época de Quevedo.
7 en mano está…: referencia al refrán «en mano está el pandero que lo sabrán bien tañer».
→ Diccionario del Buscón

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Sabed que soy caballero andante y aventurero

Sabed que soy caballero andante y aventurero · Fotografía: Christopher Helin
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 77 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable
y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Sabed que soy caballero andante y aventurero
Fotografía: Christopher Helin

Sancho Panza, que vio en el suelo al fraile, apeándose ligeramente de su asno arremetió a él y le comenzó a quitar los hábitos. Llegaron en esto dos mozos de los frailes y preguntáronle que por qué le desnudaba. Respondioles Sancho que aquello le tocaba a él legítimamente, como despojos de la batalla que su señor don Quijote había ganado. Los mozos, que no sabían de burlas, ni entendían aquello de despojos ni batallas, viendo que ya don Quijote estaba desviado de allí hablando con las que en el coche venían, arremetieron con Sancho y dieron con él en el suelo, y, sin dejarle pelo en las barbas, le molieron a coces y le dejaron tendido en el suelo, sin aliento ni sentido. Y, sin detenerse un punto, tornó a subir el fraile, todo temeroso y acobardado y sin color en el rostro; y cuando se vio a caballo, picó tras su compañero, que un buen espacio de allí le estaba aguardando y esperando en qué paraba aquel sobresalto, y, sin querer aguardar el fin de todo aquel comenzado suceso, siguieron su camino, haciéndose más cruces que si llevaran al diablo a las espaldas.
Don Quijote estaba, como se ha dicho, hablando con la señora del coche, diciéndole:
—La vuestra fermosura, señora mía, puede facer de su persona lo que más le viniere en talante, porque ya la soberbia de vuestros robadores yace por el suelo, derribada por este mi fuerte brazo; y, porque no penéis por saber el nombre de vuestro libertador, sabed que yo me llamo don Quijote de la Mancha, caballero andante y aventurero, y cautivo de la sin par y hermosa doña Dulcinea del Toboso; y, en pago del beneficio que de mí habéis recibido, no quiero otra cosa sino que volváis al Toboso,1 y que de mi parte os presentéis ante esta señora y le digáis lo que por vuestra libertad he fecho.

1 El Toboso: población manchega, ubicada en la actual provincia de Toledo, de la que era natural Dulcinea.
 Diccionario de Don Quijote

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No cene mucho, que le hará mal

No cene mucho, que le hará mal · Fotografía: Russell Lee
· Historia de la vida del Buscón, 31 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
No cene mucho, que le hará mal
Fotografía: Russell Lee

Decían los rufianes:
—No cene mucho, señor, que le hará mal.
Y replicaba el maldito estudiante:
—Y más que es menester hacerse a comer poco para la vida de Alcalá.1
Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les pusiese en corazón que dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo y que el cura repasaba los huesos de los otros, volvió el un rufián y dijo:
—Oh, pecador de mí, no habemos dejado nada a los criados. Vengan aquí vuestras mercedes. Ah, señor güésped, déles todo lo que hubiere; vea aquí un doblón.
Tan presto saltó el descomulgado pariente de mi amo (digo el estudiantón) y dijo:
—Aunque vuestra merced me perdone, señor hidalgo, debe de saber poco de cortesía. ¿Conoce, por dicha, a mi señor primo? Él dará a sus criados, y aun a los nuestros si los tuviéramos, como nos ha dado a nosotros.
Y volviéndose a don Diego,2 que estaba pasmado, dijo:
—No se enoje vuestra merced, que no le conocían.
Maldiciones le eché cuando vi tan gran disimulación que no pensé acabar.
Levantaron las mesas y todos dijeron a don Diego que se acostase. Él quería pagar la cena y replicáronle que no lo hiciese, que a la mañana habría lugar. Estuviéronse un rato parlando; pregúntole su nombre al estudiante, y él dijo que se llamaba tal Coronel. (En los infiernos descanse, dondequiera que está). Vio al avariento que dormía, y dijo:
—¿Vuestra merced quiere reír? Pues hagamos alguna burla a este mal viejo, que no ha comido sino un pero en todo el camino, y es riquísimo.
Los rufianes dijeron:
—Bien haya el licenciado; hágalo, que es razón.

1 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
2 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
→ Diccionario del Buscón

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Por justo castigo de vuestras malas obras

Por justo castigo de vuestras malas obras · Fotografía: Eugeni Forcano
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 76 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo
en la espantable y jamás imaginada aventura
de los molinos de viento,

con otros sucesos dignos de felice recordación»
Por justo castigo de vuestras malas obras
Fotografía: Eugeni Forcano

Y diciendo esto se adelantó y se puso en la mitad del camino por donde los frailes venían, y, en llegando tan cerca que a él le pareció que le podrían oír lo que dijese, en alta voz dijo:
—¡Gente endiablada y descomunal, dejad luego al punto las altas princesas que en ese coche lleváis forzadas; si no, aparejaos a recibir presta muerte, por justo castigo de vuestras malas obras!
Detuvieron los frailes las riendas y quedaron admirados así de la figura de don Quijote como de sus razones, a las cuales respondieron:
—Señor caballero, nosotros no somos endiablados ni descomunales, sino dos religiosos de San Benito1 que vamos nuestro camino, y no sabemos si en este coche vienen o no ningunas forzadas princesas.
—Para conmigo no hay palabras blandas, que ya yo os conozco, fementida2 canalla —dijo don Quijote.
Y sin esperar más respuesta picó a Rocinante y, la lanza baja, arremetió contra el primer fraile, con tanta furia y denuedo, que si el fraile no se dejara caer de la mula él le hiciera venir al suelo mal de su grado, y aun malherido, si no cayera muerto. El segundo religioso, que vio del modo que trataban a su compañero, puso piernas al castillo de su buena mula, y comenzó a correr por aquella campaña, más ligero que el mesmo viento.

1 Orden de San Benito: Ordo Sancti Benedicti (OSB), orden religiosa dedicada a la contemplación fundada por Benito de Nursia en el siglo VI.
2 fementida: dicho de una persona, falta de fe y palabra.
 Diccionario de Don Quijote

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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Y diciendo esto sepultó un panecillo

Y diciendo esto sepultó un panecillo · Fotografía: Willy Ronis
· Historia de la vida del Buscón, 30 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Y diciendo esto sepultó un panecillo
Fotografía: Willy Ronis

Llegó un rufián y puso asientos para todos y una silla para don Diego,1 y el otro trujo un plato. Los estudiantes dijeron:
—Cene vuestra merced, que, entre tanto que a nosotros nos aderezan lo que hubiere, le serviremos a la mesa.
—¡Jesús! —dijo don Diego—, vuestras mercedes se sienten, si son servidos.
Y a esto respondieron los rufianes (no hablando con ellos):
—Luego, mi señor, que aún no está todo a punto.
Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que se convidaban, afligime y temí lo que sucedió. Porque los estudiantes tomaron la ensalada, que era un razonable plato, y mirando a mi amo, dijeron:
—No es razón que donde está un caballero tan principal se queden estas damas sin comer. Mande vuestra merced que alcancen un bocado.
Él, haciendo del galán, convidolas. Sentáronse, y entre los dos estudiantes y ellas no dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el cual se comió don Diego. Y al dársele, aquel maldito estudiante le dijo:
—Un abuelo tuvo vuestra merced, tío de mi padre, que jamás comió lechugas,2 y son malas para la memoria, y más de noche, y éstas no son tan buenas.
Y diciendo esto sepultó un panecillo, y el otro, otro. Pues ¿las mujeres? Ya daban cuenta de un pan, y el que más comía era el cura, con el mirar sólo. Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas de tocino y un par de palomas cocidas, y dijeron:
—Pues padre, ¿ahí se está? Llegue y alcance, que mi señor don Diego nos hace merced a todos. ¡Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera!
No bien se lo dijeron, cuando se sentó. Ya, cuando vio mi amo que todos se le habían encajado, comenzose a afligir. Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no sé qué huesos y alones diciendo que «del cabrito el huesecito y del ave el aloncito» y que el refrán lo decía. Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo demás se engulleron el cura y los otros.

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 lechugas: en la época de Quevedo se consideraba que comer lechugas reducía el apetito sexual.
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Asomaron por el camino dos frailes con antojos

Asomaron por el camino dos frailes con antojos · Fotografía: Francesc Català-Roca
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 75 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la espantable
y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Asomaron por el camino dos frailes con antojos
Fotografía: Francesc Català-Roca

Estando en estas razones, asomaron por el camino dos frailes de la orden de San Benito,1 caballeros sobre dos dromedarios, que no eran más pequeñas dos mulas en que venían. Traían sus antojos2 de camino y sus quitasoles. Detrás de ellos venía un coche, con cuatro o cinco de a caballo que le acompañaban, y dos mozos de mulas a pie. Venía en el coche, como después se supo, una señora vizcaína que iba a Sevilla,3 donde estaba su marido, que pasaba a las Indias4 con un muy honroso cargo. No venían los frailes con ella, aunque iban el mismo camino; mas apenas los divisó don Quijote, cuando dijo a su escudero:
—O yo me engaño, o esta ha de ser la más famosa aventura que se haya visto, porque aquellos bultos negros que allí parecen deben de ser y son sin duda algunos encantadores que llevan hurtada alguna princesa en aquel coche, y es menester deshacer este tuerto5 a todo mi poderío.6
—Peor será esto que los molinos de viento —dijo Sancho—. Mire, señor, que aquellos son frailes de San Benito, y el coche debe de ser de alguna gente pasajera. Mire que digo que mire bien lo que hace, no sea el diablo que le engañe.
—Ya te he dicho, Sancho —respondió don Quijote—, que sabes poco de achaque7 de aventuras; lo que yo digo es verdad, y ahora lo verás.

1 Orden de San Benito: Ordo Sancti Benedicti (OSB), orden religiosa dedicada a la contemplación fundada por Benito de Nursia en el siglo VI.
2 antojos: anteojos de cristal de roca acoplados a un tafetán que tapaba el rostro para protegerlo durante los viajes.
3 Sevilla: ciudad situada en Andalucía occidental, que en época de Cervantes tenía unos 130 000 habitantes y era el centro económico y administrativo de las posesiones españolas, de donde dos veces al año salía la flota hacia el Nuevo Mundo.
4 Indias: término utilizado entre los siglos XVI y XIX para hacer referencia al Nuevo Mundo, denominado también Indias Occidentales por contraposición a las Orientales, es decir, al continente asiático.
5 tuerto o entuerto: injuria, injusticia o agravio que se hace a alguien.
6 a todo mi poderío: con toda mi autoridad.
7 achaque: ocasión, asunto o materia.
 Diccionario de Don Quijote

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Puso los manteles oliéndose la estafa

Puso los manteles oliéndose la estafa · Fotografía: Mario Cattaneo
· Historia de la vida del Buscón, 29 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Puso los manteles oliéndose la estafa
Fotografía: Mario Cattaneo

Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de la venta. Dijo una de las mujeres:
—¡Qué buen talle de caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es vuestra merced su criado?
Yo respondí, creyendo que era así como lo decían, que yo y el otro lo éramos. Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno de los estudiantes se llegó a él medio llorando, y dándole un abrazo apretadísimo, dijo:
—Oh, mi señor don Diego, ¿quién me dijera a mí, agora diez años, que había de ver yo a vuestra merced desta manera? ¡Desdichado de mí, que estoy tal que no me conocerá vuestra merced!
Él se quedó admirado, y yo también, que juráramos entrambos no haberle visto en nuestra vida. El otro compañero andaba mirando a don Diego a la cara, y dijo a su amigo:
—¿Es este señor de cuyo padre me dijistes vos tantas cosas? ¡Gran dicha ha sido nuestra conocelle según está de grande! ¡Dios le guarde!
Y empezó a santiguarse. ¿Quién no creyera que se habían criado con nosotros? Don Diego se le ofreció mucho, y preguntándole su nombre, salió el ventero y puso los manteles, y oliendo la estafa, dijo:
—Dejen eso, que después de cenar se hablará, que se enfría.

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