La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad

La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 69 ·
Fran Vega
La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad
Fotografía: Rodney Smith

Estoy en condiciones de afirmar que la otra tarde fue una de las más extraordinarias que recuerdo en compañía de todas mis amistades, pues en tan digna fecha conmemoré la colosal jornada en la que tuve el contento de ser bien recibido en este mundo y no en los colindantes o adyacentes. Carmencita y Abisinio pidieron permiso a Teodomiro para el usufructo temporal del Negociado de Reclamos, ya que organizaron un generoso ágape en el que no faltaron los refrescos, los frutos secos y las croquetas de gallina con unas briznas de panceta y que culminó con una opípara ronda de sorprendentes descafeinados. Y Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, proclamó con su propia solemnidad que de vez en cuando es bueno olvidar los infraconvenios para convertir los negociados en lugares de esparcimiento y mucha broma. Por la tarde, en el cafetín, Fulgencio, Lupicinio y Teofrasto me cedieron el mejor sitio de la mesa para la partida de guiñote, Justito sirvió unas gaseosas estupendas y Tadeo puso durante un buen rato bonitos discos de zarzuela, así que no pude sentirme más feliz y agradecido por estos prodigiosos homenajes. Y como decían con frecuencia el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino, en la vida hay que tener armonía, memoria, paciencia y equidad, así que aproveché la placentérrima jornada para poner en práctica estas sabias enseñanzas de tan profundo sentido y extensa aplicación y adquirí en la confitería de Cristeta unos pastelillos de ponche y dos botellas de sifón, porque no puede haber nada mejor que compartir con tantas amistades como tengo las cosas buenas de nuestra cóncava existencia. Después me acordé también de que el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino sostenían que las tardes glaucas de líneas pardas anuncian siempre noches garzas de luces gualdas, pero eso ya no sé qué significado puede tener ni por qué acude ahora a mi corto entendimiento. Voy a peinarme.

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© Fran Vega, 2017

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La serena algarabía y los raros argumentos

La serena algarabía y los raros argumentos · Fotografía: Geof Kern
· Diario de un hombre ridículo, 67 ·
Fran Vega
La serena algarabía y los raros argumentos
Fotografía: Geof Kern

He pasado unas jornadas luctuosas y estupendas en compañía de todas mis amistades del cafetín de Tadeo, donde siempre reinan el cordialismo y la alegre erudición. Como en los negociados nos otorgaron unos días festivos y recuperables para que nuestro egregio jefe oficinesco pudiera acudir a las procesiones y desfiles de la Virgen de la Alameda, de la que él es muy devoto, hemos aprovechado el tiempo para consolidar nuestro ateneo de guiñotistas y ejercer la excelentérrima amistad que nos une en pos de tan entrañable actividad. Lupicinio también quería asistir a una de estas concentraciones multitudinarias en las que hay que presentarse con oscuros ropajes y semblantes más oscuros todavía, pero hubo que convencerle de que no podía desfilar vestido de romano con la prensa deportiva bajo el brazo, sobre todo porque en tiempos de los romanos ni siquiera habían inventado aún la gaseosa y es probable que tampoco las empanadillas, según comentaron la otra tarde en el fidedigno boletín de la radio. También Teofrasto quiso ponerse una capucha para caminar embozado por las calles junto al Cristo de los Tréboles, pero al final dijo que tenía una discontinua dolencia en el chaleco y se quedó con nosotros en el cafetín, donde Justito cantó saetas y jarandas que hicieron las delicias de Ginés, que es la monda hasta en los días de recogimiento y serena algarabía. La verdad es que yo no termino de comprender estas celebraciones, porque son un poco lánguidas y a veces se ven gentes en las calles que gimen y murmuran con muy raros argumentos, así que me pareció mejor pasar las mañanas apostado en la glorieta de los Lirios y las tardes escuchando las disertaciones de Fulgencio en el cafetín, que desde que estuvo en su callista de cabecera siempre tiene cosas interesantes que contar. Voy a ordenar el armario de los sombreros importantes, que ya es momento de cometer alguna heroicidad.

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© Fran Vega, 2017

Una cuchipanda de postín

Una cuchipanda de postín · Fotografía: Het Leven
· Diario de un hombre ridículo, 62 ·
Fran Vega
Una cuchipanda de postín
Fotografía: Het Leven

Estos días estoy muy contento porque se ha celebrado en nuestra excelsa subcomarca la acostumbrada fiesta de disfraces que precede a la Cuaresma, así que Tadeo organizó una francachela en el cafetín para que acudiéramos debidamente enmascarados y ataviados y para que en la taberna del Sindicato de Oficinistas supieran que nosotros también sabemos disfrazarnos. Después de varias tardes de muchos pensamientos todas las amistades decidimos asistir al festejo, si bien cada uno fue libre de elegir su ropaje y su sombrero. Fulgencio y Argimiro acordaron vestirse de naipes, pues por algo son los flamantes triunfadores del campeonato guiñotista, mientras que Imeldo se las ingenió para encasquetarse un disfraz de picaporte, sin duda en homenaje al taller de aldabas y fallebas que regentaba el difunto Honorino. Carioco, por su parte, que es el más feo de los hermanos Hinojosa, tuvo la radiante idea de aparecer vestido de tunante concejal, con muchos billetes de broma que le asomaban de los bolsillos, y a Cristóforo no se le alcanzó otra cosa que inducir al engaño con su disfraz de noticiario, con numerosas cuchufletas y bagatelas ocultas bajo alegres titulares. Pero lo mejor de la tarde estuvo cuando Ginés, que es la monda, llegó con atuendo de banquero tomador y manilargo, con su antifaz como anteojos, sus ganzúas de mentira y sus sacos de esparto cargados en los hombros. A todos nos dio mucha risa y celebramos su ocurrencia, incluso Justito, que llevaba un espléndido uniforme de croqueta de gallina. Y la verdad es que también me felicitaron a mí, que acudí a la merendola con un novísimo atavío de primordial cafetinesco, aunque sustituí mi habitual chaleco de invierno por uno de cuadritos escoceses muy elegante y oportuno. Un día es un día, como dice mi instruido y cabal vecino Don Helesponto, el del principal segunda.

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Que las buenas gentes tengan un prospérrimo año nuevo

Que las buenas gentes tengan un prospérrimo año nuevo · Fotografía: Philip McKay
· Diario de un hombre ridículo, 56 ·
Fran Vega
Que las buenas gentes tengan un prospérrimo año nuevo
Fotografía: Philip McKay

El bueno de Tadeo ha organizado en el cafetín un piscolabis extraordinario con motivo del singular acontecimiento cronológico que todos los años ocurre en esta misma fecha, porque dice que es un asunto de contento y alegría que es necesario celebrar con muchos vítores y hurras, aunque no ha permitido que su sobrino Justito adquiera tracas y petardos ni que Ginés pueda hacer volatines sobre el mostrador, como era su jovial y atlética intención. Y como otros años en estas mismas circunstancias, ha preparado bandeja y media de meritorias croquetas de gallina y ha puesto a enfriar en la tina unas gaseosas, mientras que Cristóforo ha prometido aportar a tan fantástico festín una estupenda tortilla de chicharrones, lo que ya de por sí es motivo de júbilo y godeo. Sin embargo, yo no termino de entender por qué tengo que esperar a que el calendario indique una fecha o a que el reloj marque una hora para abrazar a los amigos, saludar con entusiasmo a los conocidos y desear buena suerte a paseantes y vecinos, pero Lupicinio y Argimiro están seguros de que tiene que hacerse así y todos los guiñotistas han prometido situarse esta noche cerca del transistor desde muy temprano, no vaya a ser que las campanadas se adelanten y nos sorprendan en pleno auge del despiste, sin nuestros gorritos y nuestros vasos de limonada ordenadamente preparados. Yo, por si acaso, en cuanto anochezca me sentaré en mi lugar favorito de la glorieta de los Lirios, desde donde se divisan el puente de los Serafines y el bulevar de los Arcángeles, para desear concordia, armonía y equidad a todo el que vea, sea oficinista o no, y para pensar que todas las buenas gentes son merecedoras de un prospérrimo año nuevo en compañía de sus mejores y más cabales amistades. Voy a comprar ahora mismo dos serpentinas y una trompetilla de colores para ovacionarme y festejarme.

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Tiempos de querencia y dilección

Tiempos de querencia y dilección · Fotografía: Josep Brangulí
· Diario de un hombre ridículo, 53 ·
Fran Vega
Tiempos de querencia y dilección
Fotografía: Josep Brangulí

Ayer por la tarde estuve paseando por la avenida de los Iscariotes y tuve oportunidad de descubrir algunos acontecimientos que llamaron mucho mi atención, tal vez porque en las últimas semanas he estado muy ocupado cepillando los chalecos de invierno y poniendo en orden los sombreros oscuritos. Resulta que como ya se aproximan las celebraciones de fin de año y los subsiguientes festejos navideños, las gentes han comenzado a procurarse obsequios para sí mismos e incluso para otros, y por ello invaden y pueblan las aceras y las instituciones comerciales sin que las personas austeras y juiciosas podamos transitar en calma silbando bonitos fragmentos de zarzuela o contemplando el pacífico devenir de las horas vespertinas. Yo no comprendo por qué algo que ocurre todos los años desde tiempos antiquérrimos ha de ser vitoreado con tantos estruendos y derroches, ni vislumbro la concurrente relación entre el ocaso de un año como cualquier otro y el suministro de fragancias a un infrayerno o una viceprima, pero como ya sé que a veces no entiendo las cosas he preguntado en el cafetín de Tadeo y tanto Justito como Cristóforo me han asegurado que la navidad es una época de mucha querencia y bastante dilección. Esto me ha causado aún más perplejidad y gran confusionismo, así que mañana mismo iré a parlotear un rato con Don Helesponto, que es un hombre sapientérrimo y cabal y está acostumbrado a resolver peripatéticos enigmas. Qué extrañas son las afueras.

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La verdadera importancia de las temáticas

La verdadera importancia de las temáticas · Fotografía: Pavel Krukov
· Diario de un hombre ridículo, 51 ·
Fran Vega
La verdadera importancia de las temáticas
Fotografía: Pavel Krukov

¡Qué tarde más extraordinaria pasé ayer con todas mis amistades en el cafetín de Tadeo! Se celebraba la vicegésima edición del campeonato subcomarcal de guiñotistas y la campeonérrima pareja formada por Fulgencio y Argimiro logró llegar a la final con mucha elegancia y absoluto pundonor, pues por algo representaban a todo el ateneo cafetinesco y sus ilustres asociados. Frente a ellos jugaron Exuperancio y Quintiliano, que son asiduos de la taberna en donde se reúnen los del Sindicato de Oficinistas, nunca usan chaleco ni sombrero y son muy devotos de la Virgen de la Tregua, con lo que estoy en condiciones de afirmar que tenían la partida arruinada con solemne anticipación. Justito se encargó de servir las gaseosas y Tadeo se esmeró con unas copitas de ponche, mientras los demás vitoreábamos a los seguros triunfadores de tan emocionante contienda. Qué momentos, qué instantes tan épicos como legendarios pudimos vivir cuando Fulgencio y Argimiro levantaron los brazos en inequívoca señal de loada y merecida victoria. Y para festejarlo salimos todos a la glorieta de los Lirios y nos abrazamos durante mucho rato, aunque pronto aparecieron dos gendarmes proclamantes de que no teníamos autorización para organizar semejante algarabía, si bien nada dijeron de la ofrenda al Cristo de los Tréboles que en ese momento se estaba cometiendo en el contiguo parque de los Querubines. Yo no recuerdo bien qué estipulan al respecto las ordenanzas de nuestra insigne población, pero me parece a mí que estos augustos enviados de las autoridades no comprendieron dónde está la verdadera importancia de las temáticas, y no como Fulgencio y Argimiro, hombres sapientérrimos donde los haya y guiñotistas de postín. Voy a cepillar un poco los paraguas oscuritos, que ya casi es jueves.

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© Fran Vega, 2016

Hablillas y consejas que nublan los alcances

Hablillas y consejas que nublan los alcances · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 50 ·
Fran Vega
Hablillas y consejas que nublan los alcances
Fotografía: Rodney Smith

¡Estoy tan prospérrimo y contento que apenas he tenido tiempo de anotar en mi cuaderno las curiosas peripecias que a menudo me acontecen! Resulta que la otra mañana tuve que hacer unas gestiones en los mundos exteriores y un simpático mozalbete me obsequió en la calle con un diario ilustrado a todo color. Como aún era temprano para que abrieran la Delegación de Asuntos Insólitos, donde debía presentar un pliego de descargo en la Ventanilla de Reclamaciones Infundadas, me senté un rato en el bulevar de los Arcángeles para informarme de lo que ocurre en los universos colindantes y extranjeros, así que pude saber que por fin han terminado estos tiempos tan incapaces y molestos y que por fin volveremos a tener en la oficina lápices completos y gomas de borrar por si nos equivocamos al rellenar los subformularios destinados a cada negociado. Y como desde el primer instante fui consciente de la importancia de semejante testimonio, acudí por la tarde al cafetín de Tadeo para trasladar a todas mis amistades el anuncio de esta nueva era, pero Justito y Felixín me contaron que el Impuesto sobre Actividades Improbables ha sufrido un incremento que rebosa lo elementario y que a partir de ahora todos pagaremos la revisión cuatrimestral del Reglamento sobre Diligencias Circunspectas. Sin embargo, y como yo a veces no entiendo las cosas que son incomprensibles, mañana mismo pienso preguntar a Don Helesponto sobre todas estas trolas y consejas y si es cierto que nos incordian con hablillas el magín, porque es un hombre instruido y noticioso que respeta desde muy antiguo las nobles ordenanzas de nuestra excelsa subcomarca y cuando llueve pone hojas de periódico en el portal. Voy a apagar la radio, que ya comienza el boletín.

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Cabales remedios para las ocurrencias

Cabales remedios para las ocurrencias · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 44 ·
Fran Vega
Cabales remedios para las ocurrencias
Fotografía: Tommy Ingberg

Se están produciendo en nuestra excelsa subcomarca algunos cambios sorprendentes en los que no dejo de pensar un ratito cada tarde. Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, ha resuelto acudir al trabajo sin corbata, lo que me resulta incomprensible en un hombre con un predicamento como el suyo. Cuando dejó de usar sombrero me pareció una extravagancia que solo podía ser resultado de un alboroto transitorio, pero abandonar la corbata en el armario y acudir a la oficina luciendo la medallita de la Virgen de la Tregua resulta todo un despropósito en alguien que camina por las calles con la testa en evidencia. Tadeo, por su parte, ha decidido que los domingos en el cafetín no solo servirá ponche por las tardes, sino naranjada y limonada en vaso alto y con pajita, que por algo la semana pasada invirtió sus alcancías en un artilugio manual adquirido con este fin, y ha colocado un pizarrón en la entrada con este ingenioso y sugerente anuncio: «Hay naranjada. Hay limonada». Ginés, que es la monda, dijo que tenía que escribirlo también en germánico y londinense, pero ni siquiera Carioco supo traducirlo, y eso que es el más feo de los hermanos Hinojosa, así que Justito dibujó unas naranjas muy graciosas junto a unos cubitos de hielo y se olvidó de los limones. También quiere sustituir las croquetas de gallina por unas modernas empanadillas de chicharrones y que los frutos secos de la barra precedan en importancia a las torrijas, porque dice que así su balanza de pagos tendrá espléndidas mejoras. Yo no sé bien qué significan estas cosas, porque a mí me parece que lo más importante es que todas las amistades estemos contentas mientras jugamos al guiñote o parloteamos de los relevantes episodios que nos acontecen a diario, pero por hoy ya he cavilado bastante, así que voy a tomar de inmediato media copita de brandy, porque dice Don Helesponto que es muy bueno para las ocurrencias.

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© Fran Vega, 2016

Raros acontecimientos en los albores del otoño

Raros acontecimientos en los albores del otoño · Fotografía: Valentín Canadell
· Diario de un hombre ridículo, 41 ·
Fran Vega
Raros acontecimientos en los albores del otoño
Fotografía: Valentín Canadell

Ayer ocurrió un sorprendente suceso que me causó una gran inquietud. Resulta que estaba sentado en el velador del cafetín de Tadeo en compañía de Imeldo, que es reparador de calderines y solo sonríe los jueves, cuando de repente se abalanzaron sobre nuestras personas unos oscuros nubarrones de aspecto malicioso y comenzó a llover. Yo me quedé estupefacto ante semejante circunstancia acontecida a principios del otoño y Cristóforo y Tadeo salieron del cafetín con el espanto en sus facies. ¿Qué ocurre aquí?, preguntaron al unísono no sin cierto arrobamiento. Que llueve, respondí para iluminar sus atribuladas mentes. Después de unos momentos de expectante coyuntura, todos nos pusimos a ayudar a Justito para que no se mojaran los veladores y Tadeo esparció un poco de serrín en el suelo para que cuando llegara Sinforoso no se partiera las tibias al resbalar. Dijo entonces Carioco, que es el más feo de los hermanos Hinojosa, que es costumbre muy antigua que llueva en esta época del año, pero a Teofrasto le pareció un acontecimiento muy raro, seguramente porque antes era afilador y de estas cosas sabe mucho, y esta mañana ha dicho Amalio en su negociado que todo forma parte de la misma lucha de clases, tal vez porque él es vicemiembro del Sindicato de Oficinistas y se percata bien de las temáticas. Y yo no sé qué pensar, porque aunque a veces no entiendo las cosas, me da la impresión de que unos días llueve y otros no, así que mañana mismo hablaré con Magdaleno, que por algo es el bedel de la Delegación de Asuntos Insólitos. Voy a tomar un poco de ponche para el destemple.

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© Fran Vega, 2016

Las personas razonables caminan muy contentas

Las personas razonables caminan muy contentas
· Diario de un hombre ridículo, 39 ·
Fran Vega
Las personas razonables caminan muy contentas

Como ya estamos casi en otoño, que es una parte estupenda del año, paso las tardes sentado con todos mis amigos junto a la puerta del cafetín para aprovechar los últimos efluvios del solecito vespertino. Veo pasar muchas damiselas distinguidas a las que saludo con un toque de sombrero y a muchos caballeros con cara de preocupación, como si tuvieran alguna cosa en sus mentes que no les deja descansar. Yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero no acierto a comprender qué motivos pueden tener estos señores para caminar tan cabizbajos, si hasta en la cantina del Sindicato de Oficinistas gobierna la tranquilidad y Justito tiene bien asegurado el suministro de gaseosas y frutos secos. Dice Ginés, que es la monda, que a estos individuos les contrata el ayuntamiento de nuestra insigne población para que vayan muy serios por las calles y den mucho postín a la ciudad, pero a mí me parece que es una de sus chanzas, porque a veces se pone a parlotear con nosotros y adopta actitudes de mucha guasa. Además, mi bisabuelo Conrado y mi abuelo Conradino también eran hombres muy serios, pero caminaban por las avenidas mirando al frente y muy contentos, que es lo que se espera de las personas razonables de verdad. Creo que lo mejor será que pregunte por esta importantérrima cuestión al doctor Islallana, que por algo es mi callista de cabecera, y que saque de la cómoda los chalecos oscuritos, por si comienza a llover.

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Los poetas de la glorieta de los Lirios

Los poetas de la glorieta de los Lirios · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 35 ·
Fran Vega
Los poetas de la glorieta de los Lirios
Fotografía: Rodney Smith

Ayer tuve ocasión de asistir a un acontecimiento cultural de primerísima magnitud. Resulta que con motivo del aniversario del pavimentado de la glorieta de los Lirios, los vecinos organizaron un certamen de estribillos que fue la mar de simpático. La entrada era gratuita, pero casi todos dimos un exiguo y voluntario donativo para que puedan seguir celebrándose festejos de tanta importancia. Lo mejor de la tarde fue cuando los hermanos Hinojosa subieron al entarimado a recitar un estribillo de su invención que nos llenó a todos de mucho orgullo y que a petición popular repitieron después en la misma glorieta y en el cafetín de Tadeo, donde Justito nos esperaba ya con las gaseosas sobre la mesa. Empezaba así: «Cuán felicérrimos somos los humanos cuando por la glorieta paseamos…». Ya no me acuerdo de más, porque yo casi nunca recuerdo las cosas, pero cualquiera puede advertir en estos amigos míos a verdaderos ases del verso, comparables a los mejores juglares que ha tenido nuestra insigne población, de modo que pasamos una tarde estupenda en el cafetín repitiendo todos juntos el estribillo de los hermanos Hinojosa, sobre todo Carioco, que es el más feo de los dos. ¡Cuán felicérrimos somos en el cafetín, con tantos compañeros de postín!

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Todos formamos un todo

Todos formamos un todo · Fotografía: Eugene de Salignac
· Diario de un hombre ridículo, 26 ·
Fran Vega
Todos formamos un todo
Fotografía: Eugene de Salignac

¡Qué tardes más estupendas paso con todas mis amistades en el cafetín de Tadeo! Y desde que hemos creado el ateneo de guiñotistas nos ponemos muy serios a jugar, para que todos sepan que tenemos un reglamento que cumplir y que anotamos con cuidado las ganancias y las pérdidas. Por ejemplo, Justito solo puede traernos gaseosas si se lo pedimos, no cuando a él le apetezca; si Teofrasto quiere media copita de ponche, tiene que esperar al descanso o a que alguno de nosotros tenga que ir a hacer del vientre, con perdón; y Ginés, que es la monda, solo puede hacer bromas antes de repartir las cartas, para no distraernos y no equivocarnos con las cuentas. Y como Imeldo solo sonríe los jueves, ese día hacemos una excepción y dejamos que se siente con nosotros. Así que ahora todo es más divertido y estamos más organizados, porque también nos hemos puesto de acuerdo en los cargos de la junta directiva: todos somos presidentes, secretarios, tesoreros, portavoces y vocales, y como somos también muy buenos amigos es imposible que surjan disputas o rencillas. Estoy tan contento que después de cenar pienso tomarme un vasito de leche con galletas. Porque hay acontecimientos que merecen ser celebrados.

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Lo importante es participar

Lo importante es participar · Fotografía: Emil Heilborn
· Diario de un hombre ridículo, 18 ·
Fran Vega
Lo importante es participar
Fotografía: Emil Heilborn

Ayer por la tarde asistí a un sobresaliente acontecimiento deportivo que tuvo lugar en nuestra excelsa población, un campeonato heroico y colosal del que fui testigo de excepción. Resulta que con motivo de las fiestas del barrio de San Arcadio se organizó un encuentro entre la Unión Deportiva San Onofre y el Virgen de la Alameda Sport Club, que compitieron alegremente con orgullo formidable y fabuloso pundonor. Yo acudí muy contento porque en el cafetín de Tadeo repartieron algunas entradas gratuitas que Justito había sonsacado a Venerando, nuestro flamante concejal de Acequias y Cloacas, así que estuve en compañía de Fulgencio y los hermanos Hinojosa, que aplaudieron sin cesar a la briosa U. D. San Onofre. En el intermedio ingerí media limonada para poder seguir atento el desarrollo de la olímpica contienda, que finalmente ganaron con mucho mérito y devoción los del Virgen de la Alameda S. C. Exceptuando mi gloriosa intervención en torneos del escondite y las canicas, nunca había disfrutado tanto con los ases del deporte como ayer, así que tal vez acabe aficionándome a estas carreras de sacos que resultan tan bonitas y arriesgadas. Voy a descansar un ratito hasta la hora de la siesta.

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Una cosa para cada tiempo y un tiempo para cada cosa

Una cosa para cada tiempo y un tiempo para cada cosa · Fotografía: Francesc Català-Roca
· Diario de un hombre ridículo, 13 ·
Fran Vega
Una cosa para cada tiempo y un tiempo para cada cosa
Fotografía: Francesc Català-Roca

Hay un asunto que me tiene preocupado y no dejo de pensar en él. Se trata de que antes la gente vestía con decoro para acudir al trabajo, pero he observado últimamente que algunos (no quiero dar nombres) van a la oficina sin corbata. Y a mí eso no puede parecerme bien. Incluso hay un joven que viste a diario pantalones insólitos, con remaches metálicos en los bolsillos delanteros y extravagantes bordados en los traseros, y calza zapatillas de ejercitarse en el deporte como las que usa Justito, el sobrino de Tadeo, para descargar del motocarro las cajas de gaseosas. Yo creo que confundir conceptos no es bueno, por la misma razón que desayuno una ensaimada los domingos y churros los días laborables, así que voy muy alegre con mi traje y mi chaleco, mi corbata entre semana y mi corbatín los días de fiesta, porque las personas cumplidoras no deben ir por esos mundos con extrañas vestimentas. Y es que Carioco, el más feo de los hermanos Hinojosa, tiene toda la razón cuando dice en el cafetín que hay una cosa para cada tiempo y un tiempo para cada cosa. Voy a tomar media copita de brandy o no dormiré bien.

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