Regalado, contentérrimo y radiante

Regalado, contentérrimo y radiante · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 83 ·
Fran Vega
Regalado, contentérrimo y radiante
Fotografía: Tommy Ingberg

Muy compuesto y ataviado con mi chaleco de otoño y mi sombrero de septiembre, ayer a media tarde llegué a la glorieta de los Lirios tras atravesar el puente de los Serafines y pasear despacio por el parque de los Querubines y entré en el cafetín de Tadeo para compartir in situ dos o tres ratos con todas mis amistades. Fulgencio y Lupicinio pronto hicieron ademán de sentarse ante la mesa de los naipes, pero Teofrasto estuvo al quite y les hizo un gesto a cada uno en el cogote, como para indicarles que estuvieran atentos a los eventos circundantes. Y Argimiro alzó su vaso de gaseosa en inequívoca señal de brindis y alegría, que Cristóforo confirmó con un repique de croquetas de gallina que en el cafetín siempre significa alborozo, optimismo y emoción. No se quedó atrás Carioco, el más feo de los hermanos Hinojosa, que en cuanto pudo me dio acústicas palmadas en las vértebras torácicas, ni tampoco el bueno de Ginés, que es la monda, porque de inmediato me informó acerca de los próximos campeonatos guiñotistas. Eché de menos a Sinforoso y Felixín, que aún estaban ocupados en sus prósperos talleres, pero su ausencia fue resuelta de espléndida manera por el simpático de Imeldo, que solo sonríe los jueves. Así que en un acto de armonía y entusiasmo animé a Justito para que corriera de mi cuenta una ronda de limonada, porque un día es un día y hay que ser agradecido con quienes te aguardan, aprecian y recuerdan. Estoy convencido de que en los mundos adyacentes no hay cafetines que puedan compararse con el nuestro ni amistades como las que yo tengo, de modo que hoy solo puedo sentirme regalado, contentérrimo y radiante. Voy a regar el junípero, que ya ha comenzado el otoño.

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© Fran Vega, 2017

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Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril

Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril · Fotografía: Howard W. Davidson
· Diario de un hombre ridículo, 65 ·
Fran Vega
Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril
Fotografía: Howard W. Davidson

Esto de la primavera es un invento fabuloso. En cuanto gira el calendario y asoman unos cuantos rayos de sol por la glorieta de los Lirios, la vida cambia en un momento y las gentes parecen más contentas y dichosas, con sus sombreritos de marzo y sus chalecos de abril. Carmencita, la de Contaduría, ha hecho unas declaraciones esta misma mañana con las que ha confirmado su irrevocable disposición de abrir las ventanas de los negociados para que llegue aire fresco a los anaqueles de los formularios, acontecimiento que no se producía desde finales de septiembre. Y el propio Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, ha dicho que no se opondrá a semejante providencia porque no la considera vinculante a la pertinaz lucha de clases. Esto es todo contento y alegría. Por la tarde comenté lo sucedido en el cafetín de Tadeo antes de que llegara Bernardino, porque una tarde de mayo se rompió una clavícula jugando a la petanca y la primavera le trae malos recuerdos, y después de que Imeldo se marchara, porque solo sonríe los jueves y los martes se le pone como una dolencia en la región occipital. Todas mis amistades han coincidido al afirmar que el buen tiempo es inminente y que hay que empezar a poner alcanfor en los bolsillos de los chalecos oscuritos, no vaya a ser que Tadeo instale el velador un día de estos y nos sorprenda sin los atuendos necesarios, lo que sería un infortunio de embarazosa solución. Por mi parte, he decidido dejar a mano los paraguas importantes porque nunca se sabe qué piensan en los cielos en estas tardes prominentes. Qué alborozo, cuánto alboroto.

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Una cuchipanda de postín

Una cuchipanda de postín · Fotografía: Het Leven
· Diario de un hombre ridículo, 62 ·
Fran Vega
Una cuchipanda de postín
Fotografía: Het Leven

Estos días estoy muy contento porque se ha celebrado en nuestra excelsa subcomarca la acostumbrada fiesta de disfraces que precede a la Cuaresma, así que Tadeo organizó una francachela en el cafetín para que acudiéramos debidamente enmascarados y ataviados y para que en la taberna del Sindicato de Oficinistas supieran que nosotros también sabemos disfrazarnos. Después de varias tardes de muchos pensamientos todas las amistades decidimos asistir al festejo, si bien cada uno fue libre de elegir su ropaje y su sombrero. Fulgencio y Argimiro acordaron vestirse de naipes, pues por algo son los flamantes triunfadores del campeonato guiñotista, mientras que Imeldo se las ingenió para encasquetarse un disfraz de picaporte, sin duda en homenaje al taller de aldabas y fallebas que regentaba el difunto Honorino. Carioco, por su parte, que es el más feo de los hermanos Hinojosa, tuvo la radiante idea de aparecer vestido de tunante concejal, con muchos billetes de broma que le asomaban de los bolsillos, y a Cristóforo no se le alcanzó otra cosa que inducir al engaño con su disfraz de noticiario, con numerosas cuchufletas y bagatelas ocultas bajo alegres titulares. Pero lo mejor de la tarde estuvo cuando Ginés, que es la monda, llegó con atuendo de banquero tomador y manilargo, con su antifaz como anteojos, sus ganzúas de mentira y sus sacos de esparto cargados en los hombros. A todos nos dio mucha risa y celebramos su ocurrencia, incluso Justito, que llevaba un espléndido uniforme de croqueta de gallina. Y la verdad es que también me felicitaron a mí, que acudí a la merendola con un novísimo atavío de primordial cafetinesco, aunque sustituí mi habitual chaleco de invierno por uno de cuadritos escoceses muy elegante y oportuno. Un día es un día, como dice mi instruido y cabal vecino Don Helesponto, el del principal segunda.

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Cuánto aprendo en los debates cafetinescos

Cuánto aprendo en los debates cafetinescos · Fotografía: Patrick Gonzales
· Diario de un hombre ridículo, 42 ·
Fran Vega
Cuánto aprendo en los debates cafetinescos
Fotografía: Patrick Gonzales

Ayer pasé una tarde fenomenal en el cafetín de Tadeo, en donde tuve oportunidad de asistir a un notorio parlamento entre mis apreciadas amistades, que son también conocedoras de los grandes avatares que acontecen en los universos colindantes. Resulta que Fulgencio, que en su juventud fue uno de los más aventajados fabricantes de cojinetes de nuestra insigne población, tiene en el intelecto la noble idea de establecerse como autónomo fijo discontinuo o perentorio, no sé bien ahora, porque pretende despachar bígaros y quisquillas en cucurucho de papel de estraza siempre que se lo permita su entregada dedicación al ateneo de guiñotistas al que dignamente pertenece. A Cristóforo le pareció un rudimento un tanto descabellado, porque antes era inventor de vitolas y sabe mucho de avenencias comerciales, pero a Imeldo le resultó un prospérrimo bosquejo, no sé si porque está muy contento con su taller de calderines o porque es un hombre que solo sonríe los jueves. Argimiro también intervino en este debate excepcional para exponer con el raciocinio que le caracteriza que vivimos tiempos de mucha dificultad y que el peculio no está para dispendios, aunque no comprendí bien qué quiso decir con este magnífico discurso. Al final, Fulgencio dijo que consultaría sus pensamientos con un subcuñado suyo que trabaja como escribiente en el Infracomité de Proyectos Ficticios, a ver qué opina. Y yo me quedé pensando en lo mucho que me gusta mi negociado oficinesco y en los buenos ratos que paso escuchando a todos mis amigos, tan ilustrados como instruidos en todas las ramas del saber que el mundo relevante nos procura. Voy a prepararme una sopita de estrellas para comer, que hoy es domingo.

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Raros acontecimientos en los albores del otoño

Raros acontecimientos en los albores del otoño · Fotografía: Valentín Canadell
· Diario de un hombre ridículo, 41 ·
Fran Vega
Raros acontecimientos en los albores del otoño
Fotografía: Valentín Canadell

Ayer ocurrió un sorprendente suceso que me causó una gran inquietud. Resulta que estaba sentado en el velador del cafetín de Tadeo en compañía de Imeldo, que es reparador de calderines y solo sonríe los jueves, cuando de repente se abalanzaron sobre nuestras personas unos oscuros nubarrones de aspecto malicioso y comenzó a llover. Yo me quedé estupefacto ante semejante circunstancia acontecida a principios del otoño y Cristóforo y Tadeo salieron del cafetín con el espanto en sus facies. ¿Qué ocurre aquí?, preguntaron al unísono no sin cierto arrobamiento. Que llueve, respondí para iluminar sus atribuladas mentes. Después de unos momentos de expectante coyuntura, todos nos pusimos a ayudar a Justito para que no se mojaran los veladores y Tadeo esparció un poco de serrín en el suelo para que cuando llegara Sinforoso no se partiera las tibias al resbalar. Dijo entonces Carioco, que es el más feo de los hermanos Hinojosa, que es costumbre muy antigua que llueva en esta época del año, pero a Teofrasto le pareció un acontecimiento muy raro, seguramente porque antes era afilador y de estas cosas sabe mucho, y esta mañana ha dicho Amalio en su negociado que todo forma parte de la misma lucha de clases, tal vez porque él es vicemiembro del Sindicato de Oficinistas y se percata bien de las temáticas. Y yo no sé qué pensar, porque aunque a veces no entiendo las cosas, me da la impresión de que unos días llueve y otros no, así que mañana mismo hablaré con Magdaleno, que por algo es el bedel de la Delegación de Asuntos Insólitos. Voy a tomar un poco de ponche para el destemple.

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© Fran Vega, 2016

Un hombre instruido y noticioso

Un hombre instruido y noticioso · Fotografía: Philip McKay
· Diario de un hombre ridículo, 36 ·
Fran Vega
Un hombre instruido y noticioso
Fotografía: Philip McKay

Estoy muy contento porque ayer pude resolver un curioso enigma que me producía mucha inquietud y un gran confusionismo. Se trata de que algunas tardes se sienta en el cafetín de Tadeo el bueno de Don Helesponto, que a veces se queda en silencio como si estuviera pensando en los cerros ubetenses o meditando en carpetovetónicos asuntos. Yo no lograba comprender a qué podía deberse esta insólita actitud, sobre todo porque ninguna de mis amistades parecía haber reparado en ella, así que se me ocurrió preguntar a Imeldo, que también es un poco raro, pero no dijo nada porque solo sonríe los jueves. Ginés me comentó en un aparte muy discreto que él tampoco conocía el motivo, pero que le hacía mucha gracia, porque a Ginés todo le hace mucha gracia. Y como Sinforoso se dio cuenta de mi pertinente investigación, se acercó para decirme que tal vez Don Helesponto ya no tiene nada que contar por haber contado mucho en otros tiempos. Pero la respuesta oportuna y verdadera me la proporcionó Teofrasto, que por algo fue afilador y conoce muchos arcanos de la vida. Lo hace porque es un hombre muy leído, me dijo, un hombre instruido y noticioso. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero esta la he comprendido espléndidamente, así que estoy muy alegre y pajarero. Es un hombre muy leído.

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© Fran Vega, 2016

Novedades que sobrecogen el magín

Novedades que sobrecogen el magín · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 27 ·
Fran Vega
Novedades que sobrecogen el magín
Fotografía: Tommy Ingberg

Llevo unos días un poco preocupado debido a insólitos acontecimientos que ocurren en los universos colindantes. Resulta que Abisinio, que regenta el Negociado de Pólizas y Recargos, ha comenzado a asistir a la oficina sin chaleco, lo que es incomprensible para cualquiera que tenga en buena consideración su digna ocupación y a sus compañeros de mayor entendimiento. No sé qué tendrá que decir al respecto el Sindicato de Oficinistas, pero a mí me parece que no es la conducta que se espera de quienes deben desempeñar su trabajo con diligencia y pundonor. Por otra parte, pero no por ello menos cardinal, Tadeo ha culminado su oferta de desayunos en el cafetín con unos ilustres pestiños, de modo que ahora me veo obligado a decidir cada día entre uno de estos notabilérrimos dulces o los churritos de siempre, lo que me supone verdaderos trastornos y requiebros tormentosos en el magín. Y como yo no puedo asimilar tantas novedades en tan poco tiempo, espero que a Imeldo no se le ocurra ahora sonreír los martes en vez de los jueves y que Teofrasto no decida sustituir la pajarita por el corbatín. Voy a desenredar los cordones de los zapatos, que a veces se retuercen solos sin motivo.

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© Fran Vega, 2016

Todos formamos un todo

Todos formamos un todo · Fotografía: Eugene de Salignac
· Diario de un hombre ridículo, 26 ·
Fran Vega
Todos formamos un todo
Fotografía: Eugene de Salignac

¡Qué tardes más estupendas paso con todas mis amistades en el cafetín de Tadeo! Y desde que hemos creado el ateneo de guiñotistas nos ponemos muy serios a jugar, para que todos sepan que tenemos un reglamento que cumplir y que anotamos con cuidado las ganancias y las pérdidas. Por ejemplo, Justito solo puede traernos gaseosas si se lo pedimos, no cuando a él le apetezca; si Teofrasto quiere media copita de ponche, tiene que esperar al descanso o a que alguno de nosotros tenga que ir a hacer del vientre, con perdón; y Ginés, que es la monda, solo puede hacer bromas antes de repartir las cartas, para no distraernos y no equivocarnos con las cuentas. Y como Imeldo solo sonríe los jueves, ese día hacemos una excepción y dejamos que se siente con nosotros. Así que ahora todo es más divertido y estamos más organizados, porque también nos hemos puesto de acuerdo en los cargos de la junta directiva: todos somos presidentes, secretarios, tesoreros, portavoces y vocales, y como somos también muy buenos amigos es imposible que surjan disputas o rencillas. Estoy tan contento que después de cenar pienso tomarme un vasito de leche con galletas. Porque hay acontecimientos que merecen ser celebrados.

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Negociados y lapiceros

Negociados y lapiceros · Fotografía: Carl Mydans
· Diario de un hombre ridículo, 25 ·
Fran Vega
Negociados y lapiceros
Fotografía: Carl Mydans

Hoy hemos tenido en la oficina una valiosa conversación con el jefe, que es devoto de la Virgen de la Alameda y toma media copita de anís los domingos por la tarde. Resulta que hasta el año pasado nos daban tres lápices al mes y una goma de borrar al trimestre, porque todos somos muy cumplidores y rara vez nos equivocamos, pero como ahora todo está más crítico y difícil quieren quitarnos un lápiz mensual. A mí eso no puede parecerme bien, porque lapiceros y plumines forman parte de mi caja de herramientas y sin ellos no puedo desempeñar mi humildérrima labor como se espera de un hombre cabal. Ercilio le ha dicho que no debe someterse a la tiranía del mercado, pero no sé qué ha querido decir con eso, y Amalio ha añadido que la lucha de clases aún se mantiene en pie, aunque creo que es algo que dicen siempre los del Sindicato de Oficinistas cuando se reúnen en el bar de la glorieta. Imeldo ha comentado después en el cafetín de Tadeo que la solución está en hacer la letra más pequeña para gastar menos lápices, y yo no sé qué pensar, porque a veces no entiendo las cosas y me desorientan estas trifulcas abracadabrantes que a nada conducen y todo provocan. Voy a regar el geranio.

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© Fran Vega, 2016

Un obsequio conveniente

Un obsequio conveniente · Fotografía: Geof Kern
· Diario de un hombre ridículo, 17 ·
Fran Vega
Un obsequio conveniente
Fotografía: Geof Kern

Ayer por la mañana me personé en las oficinas de la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de San Cosme y San Damián, sitas en la avenida de los Iscariotes, donde recibí una espléndida y mayúscula sorpresa. Resulta que la lucífera señorita que atiende en ventanilla me ofreció un obsequio después de actualizar diligentemente mi modestérrima libreta y yo me puse muy contento, que es como deben sentirse los hombres que tienen algún conocimiento acerca de la gratitud. Se trata de un presente motivado por mi fidelidad a tan benefactora institución, que no solo colma de parabienes y regalos a sus clientes, sino que colabora interesadamente con organizaciones de ayuda a los necesitados, aunque a estos no los conozco ni sé quiénes ni cuántos son. Así que llegué a casa muy dichoso con mi nuevo exprimidor manual de cítricos intrascendentes, si bien sé que el zumo de estos estupendos frutos me produce acidez de estómago. También tuve que firmar unos papeles que no leí de lo venturoso que me sentía, pero por la tarde todos me felicitaron en el cafetín de Tadeo, incluso Imeldo, que solo sonríe los jueves. Voy a ver si tengo dos clementinas en la nevera.

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© Fran Vega, 2016

Mi humildérrimo quehacer

Mi humildérrimo quehacer
· Diario de un hombre ridículo, 9 ·
Fran Vega
Mi humildérrimo quehacer

Hoy estoy muy contento. Resulta que necesitaba pedir dos horas de permiso en la oficina porque el doctor Islallana, mi callista de cabecera, tenía que asistir por la tarde al bautizo de un vicesobrino, así que me he armado de valor para pedir al jefe esa grandiosa clemencia y poder acudir a la consulta de la susodicha eminencia. No es que sea yo hombre de apuros y temores, pero sé que hay que mostrarse prudente desde las últimas ordenanzas exhibidas. Y me he llevado una sorpresa pistonuda cuando el jefe en persona no solo ha dicho que sí, sino que se ha puesto en pie, me ha acompañado hasta la puerta tomándome del hombro y me ha dicho que soy un hombre de la casa y que tiene toda su confianza depositada en mi humildérrimo quehacer. Y también ha afirmado que estamos en el mismo barco, o barca, no sé bien ahora, lo que me ha ayudado a entender lo que nos explicó el otro día sobre remar juntos y ahorrarse la paga extraordinaria. Todos me han felicitado después en el cafetín de Tadeo, incluso Imeldo, el que arregla calderines y solo sonríe los jueves, que nunca se presta a las euforias y hoy se ha tomado una limonada. Y es que no hay como el decoro y el pundonor para que uno alcance las más altas cimas de la consideración.

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