Regalado, contentérrimo y radiante

Regalado, contentérrimo y radiante · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 83 ·
Fran Vega
Regalado, contentérrimo y radiante
Fotografía: Tommy Ingberg

Muy compuesto y ataviado con mi chaleco de otoño y mi sombrero de septiembre, ayer a media tarde llegué a la glorieta de los Lirios tras atravesar el puente de los Serafines y pasear despacio por el parque de los Querubines y entré en el cafetín de Tadeo para compartir in situ dos o tres ratos con todas mis amistades. Fulgencio y Lupicinio pronto hicieron ademán de sentarse ante la mesa de los naipes, pero Teofrasto estuvo al quite y les hizo un gesto a cada uno en el cogote, como para indicarles que estuvieran atentos a los eventos circundantes. Y Argimiro alzó su vaso de gaseosa en inequívoca señal de brindis y alegría, que Cristóforo confirmó con un repique de croquetas de gallina que en el cafetín siempre significa alborozo, optimismo y emoción. No se quedó atrás Carioco, el más feo de los hermanos Hinojosa, que en cuanto pudo me dio acústicas palmadas en las vértebras torácicas, ni tampoco el bueno de Ginés, que es la monda, porque de inmediato me informó acerca de los próximos campeonatos guiñotistas. Eché de menos a Sinforoso y Felixín, que aún estaban ocupados en sus prósperos talleres, pero su ausencia fue resuelta de espléndida manera por el simpático de Imeldo, que solo sonríe los jueves. Así que en un acto de armonía y entusiasmo animé a Justito para que corriera de mi cuenta una ronda de limonada, porque un día es un día y hay que ser agradecido con quienes te aguardan, aprecian y recuerdan. Estoy convencido de que en los mundos adyacentes no hay cafetines que puedan compararse con el nuestro ni amistades como las que yo tengo, de modo que hoy solo puedo sentirme regalado, contentérrimo y radiante. Voy a regar el junípero, que ya ha comenzado el otoño.

Capítulo anterior
«Qué complaciente es la realidad»
Capítulo siguiente
«Ante mi gaveta y mi recado de escribir»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Anuncios

Embrollos y barullos en nuestra insigne institución

Embrollos y barullos en nuestra insigne institución · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 70 ·
Fran Vega
Embrollos y barullos en nuestra insigne institución
Fotografía: Tommy Ingberg

Desde hace unos días están las temáticas muy revoloteadas y agitadas en el cafetín de Tadeo. Resulta que cuando constituimos el ateneo de guiñotistas resolvimos que Argimiro sería presidente vitalicio y que Fulgencio haría las veces de secretario perpetuo, pero ahora, y sin que tengamos conocimiento de causas ni motivos, quieren intercambiar las tareas de modo que la perpetuidad de la secretaría pase a manos de Argimiro y que la infinitud de la presidencia sea competencia de Fulgencio. A mí no me parece que esto vaya a cambiar esencias ni sustancias, porque las ordenanzas que rigen el guiñote seguirán siendo las mismas y porque lo importante es pasar buenos ratos con las amistades y terminar la tarde con vivas y hurras hacia los acreditados ganadores, pero dice Teofrasto que cesantías y traspasos implican una reunión extraordinaria de todos los guiñotistas cafetinescos para que podamos competir con garantías en el próximo campeonato subcomarcal, lo que hay que reconocer que es un sapientérrimo criterio. Carioco, que no por nada es el más feo de los hermanos Hinojosa, piensa que para que todo siga igual es mejor dejar los asuntos como están, pero Ginés, que es la monda, considera que los perpetuismos no redundan en beneficios multivalentes para nuestra insigne institución y sí en disparates y torpezas de extravagante finalidad, lo que no acabo de saber qué puede significar y de qué forma nos abarca. Y yo, aunque a veces no entiendo las cosas, creo que lo adecuado sería tener en cuenta los discernimientos al respecto que cada persona tenga en el magín, incluso de quienes prefieren el asombroso juego de la petanca en vez de nuestro dilecto y tradicional guiñote. Voy a parlotear un poco con Don Helesponto, mi cabalérrimo vecino, que siempre ilumina los embrollos con su copiosa erudición.

Capítulo anterior
«La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad»
Capítulo siguiente
«Diáfanos atuendos y lúcidas presencias»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Una cuchipanda de postín

Una cuchipanda de postín · Fotografía: Het Leven
· Diario de un hombre ridículo, 62 ·
Fran Vega
Una cuchipanda de postín
Fotografía: Het Leven

Estos días estoy muy contento porque se ha celebrado en nuestra excelsa subcomarca la acostumbrada fiesta de disfraces que precede a la Cuaresma, así que Tadeo organizó una francachela en el cafetín para que acudiéramos debidamente enmascarados y ataviados y para que en la taberna del Sindicato de Oficinistas supieran que nosotros también sabemos disfrazarnos. Después de varias tardes de muchos pensamientos todas las amistades decidimos asistir al festejo, si bien cada uno fue libre de elegir su ropaje y su sombrero. Fulgencio y Argimiro acordaron vestirse de naipes, pues por algo son los flamantes triunfadores del campeonato guiñotista, mientras que Imeldo se las ingenió para encasquetarse un disfraz de picaporte, sin duda en homenaje al taller de aldabas y fallebas que regentaba el difunto Honorino. Carioco, por su parte, que es el más feo de los hermanos Hinojosa, tuvo la radiante idea de aparecer vestido de tunante concejal, con muchos billetes de broma que le asomaban de los bolsillos, y a Cristóforo no se le alcanzó otra cosa que inducir al engaño con su disfraz de noticiario, con numerosas cuchufletas y bagatelas ocultas bajo alegres titulares. Pero lo mejor de la tarde estuvo cuando Ginés, que es la monda, llegó con atuendo de banquero tomador y manilargo, con su antifaz como anteojos, sus ganzúas de mentira y sus sacos de esparto cargados en los hombros. A todos nos dio mucha risa y celebramos su ocurrencia, incluso Justito, que llevaba un espléndido uniforme de croqueta de gallina. Y la verdad es que también me felicitaron a mí, que acudí a la merendola con un novísimo atavío de primordial cafetinesco, aunque sustituí mi habitual chaleco de invierno por uno de cuadritos escoceses muy elegante y oportuno. Un día es un día, como dice mi instruido y cabal vecino Don Helesponto, el del principal segunda.

Capítulo anterior
«Homéricos avances de las ciencias»
Capítulo siguiente
«El mundo es como una ciclópea escribanía»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

La arcana realidad de nuestros negociados

La arcana realidad de nuestros negociados · Fotografía: Francesc Català-Roca
· Diario de un hombre ridículo, 60 ·
Fran Vega
La arcana realidad de nuestros negociados
Fotografía: Francesc Català-Roca

Andan estos días muy revueltas todas las temáticas cabales y concretas, porque ahora nadie quiere tener en cuenta los innúmeros desvelos de nuestro egregio jefe oficinesco y todas las gentes entienden que los estrambóticos enigmas que nos conciernen pueden solventarse en un periquete. Resulta que Teodomiro insiste en trasladar el Negociado de Reclamos que con tanto fervor dirige hasta el final del subpasillo, más cerca de Contaduría y Pagaduría que del Negociado de Pólizas y Recargos que Abisinio regenta con verdadera vocación, lo que nos privaría a todos del chiribitil en el que casi a diario almorzamos ensaladas de caballa y bocadillos de mejillón en escabeche. Y según dice Ercilio, que de cualquier enredo sabe mucho, eso no puede ser. Al mismo tiempo y a la vez, el Sindicato de Oficinistas, del que Amalio es unánime representante y facundo portavoz, había prometido que para este año tendríamos lapiceros nuevos y papel de calco desechable, pero parece que la intransigencia de los mercados y la arcana realidad impedirán conjuntamente alcanzar tan honestas y antiguas aspiraciones. Yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero me parece a mí que Teodomiro no se percata de que la migración e indemnidad de su negociado no impedirían el acecho y avistamiento de nuestro jefe oficinesco, más aún por las singularidades del nuevo Impuesto sobre Abstracciones Divergentes, y que Amalio tendría que acudir algunas tardes al cafetín de Tadeo para que los hermanos Hinojosa le ilustraran acerca de todas las problemáticas de los universos propios y adyacentes. Por mi parte, consultaré mañana mismo a Magdaleno, que no sin motivo es bedel en la Delegación de Asuntos Insólitos y conoce extravagantes entelequias y excepcionales certidumbres.

Capítulo anterior
«Turbaciones sorprendentes en los mundos adyacentes»
Capítulo siguiente
«Homéricos avances de las ciencias»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Cabales remedios para las ocurrencias

Cabales remedios para las ocurrencias · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 44 ·
Fran Vega
Cabales remedios para las ocurrencias
Fotografía: Tommy Ingberg

Se están produciendo en nuestra excelsa subcomarca algunos cambios sorprendentes en los que no dejo de pensar un ratito cada tarde. Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, ha resuelto acudir al trabajo sin corbata, lo que me resulta incomprensible en un hombre con un predicamento como el suyo. Cuando dejó de usar sombrero me pareció una extravagancia que solo podía ser resultado de un alboroto transitorio, pero abandonar la corbata en el armario y acudir a la oficina luciendo la medallita de la Virgen de la Tregua resulta todo un despropósito en alguien que camina por las calles con la testa en evidencia. Tadeo, por su parte, ha decidido que los domingos en el cafetín no solo servirá ponche por las tardes, sino naranjada y limonada en vaso alto y con pajita, que por algo la semana pasada invirtió sus alcancías en un artilugio manual adquirido con este fin, y ha colocado un pizarrón en la entrada con este ingenioso y sugerente anuncio: «Hay naranjada. Hay limonada». Ginés, que es la monda, dijo que tenía que escribirlo también en germánico y londinense, pero ni siquiera Carioco supo traducirlo, y eso que es el más feo de los hermanos Hinojosa, así que Justito dibujó unas naranjas muy graciosas junto a unos cubitos de hielo y se olvidó de los limones. También quiere sustituir las croquetas de gallina por unas modernas empanadillas de chicharrones y que los frutos secos de la barra precedan en importancia a las torrijas, porque dice que así su balanza de pagos tendrá espléndidas mejoras. Yo no sé bien qué significan estas cosas, porque a mí me parece que lo más importante es que todas las amistades estemos contentas mientras jugamos al guiñote o parloteamos de los relevantes episodios que nos acontecen a diario, pero por hoy ya he cavilado bastante, así que voy a tomar de inmediato media copita de brandy, porque dice Don Helesponto que es muy bueno para las ocurrencias.

Capítulo anterior
«La ordenación del mundo relevante»
Capítulo siguiente
«Las cosas que yo no puedo comprender»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Raros acontecimientos en los albores del otoño

Raros acontecimientos en los albores del otoño · Fotografía: Valentín Canadell
· Diario de un hombre ridículo, 41 ·
Fran Vega
Raros acontecimientos en los albores del otoño
Fotografía: Valentín Canadell

Ayer ocurrió un sorprendente suceso que me causó una gran inquietud. Resulta que estaba sentado en el velador del cafetín de Tadeo en compañía de Imeldo, que es reparador de calderines y solo sonríe los jueves, cuando de repente se abalanzaron sobre nuestras personas unos oscuros nubarrones de aspecto malicioso y comenzó a llover. Yo me quedé estupefacto ante semejante circunstancia acontecida a principios del otoño y Cristóforo y Tadeo salieron del cafetín con el espanto en sus facies. ¿Qué ocurre aquí?, preguntaron al unísono no sin cierto arrobamiento. Que llueve, respondí para iluminar sus atribuladas mentes. Después de unos momentos de expectante coyuntura, todos nos pusimos a ayudar a Justito para que no se mojaran los veladores y Tadeo esparció un poco de serrín en el suelo para que cuando llegara Sinforoso no se partiera las tibias al resbalar. Dijo entonces Carioco, que es el más feo de los hermanos Hinojosa, que es costumbre muy antigua que llueva en esta época del año, pero a Teofrasto le pareció un acontecimiento muy raro, seguramente porque antes era afilador y de estas cosas sabe mucho, y esta mañana ha dicho Amalio en su negociado que todo forma parte de la misma lucha de clases, tal vez porque él es vicemiembro del Sindicato de Oficinistas y se percata bien de las temáticas. Y yo no sé qué pensar, porque aunque a veces no entiendo las cosas, me da la impresión de que unos días llueve y otros no, así que mañana mismo hablaré con Magdaleno, que por algo es el bedel de la Delegación de Asuntos Insólitos. Voy a tomar un poco de ponche para el destemple.

Capítulo anterior
«Relaciones sociales en el mundo relevante»
Capítulo siguiente
«Cuánto aprendo en los debates cafetinescos»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Los poetas de la glorieta de los Lirios

Los poetas de la glorieta de los Lirios · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 35 ·
Fran Vega
Los poetas de la glorieta de los Lirios
Fotografía: Rodney Smith

Ayer tuve ocasión de asistir a un acontecimiento cultural de primerísima magnitud. Resulta que con motivo del aniversario del pavimentado de la glorieta de los Lirios, los vecinos organizaron un certamen de estribillos que fue la mar de simpático. La entrada era gratuita, pero casi todos dimos un exiguo y voluntario donativo para que puedan seguir celebrándose festejos de tanta importancia. Lo mejor de la tarde fue cuando los hermanos Hinojosa subieron al entarimado a recitar un estribillo de su invención que nos llenó a todos de mucho orgullo y que a petición popular repitieron después en la misma glorieta y en el cafetín de Tadeo, donde Justito nos esperaba ya con las gaseosas sobre la mesa. Empezaba así: «Cuán felicérrimos somos los humanos cuando por la glorieta paseamos…». Ya no me acuerdo de más, porque yo casi nunca recuerdo las cosas, pero cualquiera puede advertir en estos amigos míos a verdaderos ases del verso, comparables a los mejores juglares que ha tenido nuestra insigne población, de modo que pasamos una tarde estupenda en el cafetín repitiendo todos juntos el estribillo de los hermanos Hinojosa, sobre todo Carioco, que es el más feo de los dos. ¡Cuán felicérrimos somos en el cafetín, con tantos compañeros de postín!

Capítulo anterior
«Gloriosos episodios de nuestra insigne población»
Capítulo siguiente
«Un hombre instruido y noticioso»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Lo importante es participar

Lo importante es participar · Fotografía: Emil Heilborn
· Diario de un hombre ridículo, 18 ·
Fran Vega
Lo importante es participar
Fotografía: Emil Heilborn

Ayer por la tarde asistí a un sobresaliente acontecimiento deportivo que tuvo lugar en nuestra excelsa población, un campeonato heroico y colosal del que fui testigo de excepción. Resulta que con motivo de las fiestas del barrio de San Arcadio se organizó un encuentro entre la Unión Deportiva San Onofre y el Virgen de la Alameda Sport Club, que compitieron alegremente con orgullo formidable y fabuloso pundonor. Yo acudí muy contento porque en el cafetín de Tadeo repartieron algunas entradas gratuitas que Justito había sonsacado a Venerando, nuestro flamante concejal de Acequias y Cloacas, así que estuve en compañía de Fulgencio y los hermanos Hinojosa, que aplaudieron sin cesar a la briosa U. D. San Onofre. En el intermedio ingerí media limonada para poder seguir atento el desarrollo de la olímpica contienda, que finalmente ganaron con mucho mérito y devoción los del Virgen de la Alameda S. C. Exceptuando mi gloriosa intervención en torneos del escondite y las canicas, nunca había disfrutado tanto con los ases del deporte como ayer, así que tal vez acabe aficionándome a estas carreras de sacos que resultan tan bonitas y arriesgadas. Voy a descansar un ratito hasta la hora de la siesta.

Capítulo anterior
«Un obsequio conveniente»
Capítulo siguiente
«Como para morir de un rayo en el sombrero»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Una cosa para cada tiempo y un tiempo para cada cosa

Una cosa para cada tiempo y un tiempo para cada cosa · Fotografía: Francesc Català-Roca
· Diario de un hombre ridículo, 13 ·
Fran Vega
Una cosa para cada tiempo y un tiempo para cada cosa
Fotografía: Francesc Català-Roca

Hay un asunto que me tiene preocupado y no dejo de pensar en él. Se trata de que antes la gente vestía con decoro para acudir al trabajo, pero he observado últimamente que algunos (no quiero dar nombres) van a la oficina sin corbata. Y a mí eso no puede parecerme bien. Incluso hay un joven que viste a diario pantalones insólitos, con remaches metálicos en los bolsillos delanteros y extravagantes bordados en los traseros, y calza zapatillas de ejercitarse en el deporte como las que usa Justito, el sobrino de Tadeo, para descargar del motocarro las cajas de gaseosas. Yo creo que confundir conceptos no es bueno, por la misma razón que desayuno una ensaimada los domingos y churros los días laborables, así que voy muy alegre con mi traje y mi chaleco, mi corbata entre semana y mi corbatín los días de fiesta, porque las personas cumplidoras no deben ir por esos mundos con extrañas vestimentas. Y es que Carioco, el más feo de los hermanos Hinojosa, tiene toda la razón cuando dice en el cafetín que hay una cosa para cada tiempo y un tiempo para cada cosa. Voy a tomar media copita de brandy o no dormiré bien.

Capítulo anterior
«A mí lo que más me gusta es la normalidad»
Capítulo siguiente
«A veces me pongo a discurrir»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Dispendios en el cafetín

Dispendios en el cafetín · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 8 ·
Fran Vega
Dispendios en el cafetín
Fotografía: Rodney Smith

Ayer por la tarde tuvimos merendola en el cafetín de Tadeo y lo pasamos estupendamente. Asistieron los de la partida de guiñote, Ginés, los hermanos Hinojosa, Sinforoso y Lupicinio, porque había que celebrar el éxito de Argimiro, ya que lo han ascendido de oficial de segunda a ayudante de encargado y eso nos ha alegrado mucho a todas sus amistades. Tomamos refrescos, croquetas de gallina, frutos secos y hasta un poco de ponche que trajo la mujer de Felixín, aunque yo apenas lo probé porque luego tengo pesadillas. Dice Don Helesponto que hay que repetir estos festines con más frecuencia, pero yo no sé si será conveniente tanto dispendio en estos tiempos en los que dicen que hay que remar juntos para tener mucho menos peculio y bastante más inopia. Lo más gracioso fue cuando Tadeo puso en marcha el transistor, porque a bailar pasodobles no le gana nadie, y eso que tiene un pie averiado desde que el otro día le cayeron encima dos coliflores y un cardo borrejón. Voy a tomar una cucharadita de bicarbonato antes de ir dormir.

Capítulo anterior
«Lo que importa es la geometría»
Capítulo siguiente
«Mi humildérrimo quehacer»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

La gente presta demasiada atención a los asuntos

La gente presta demasiada atención a los asuntos · Fotografía: Jürgen Schadeberg
· Diario de un hombre ridículo, 2 ·
Fran Vega
La gente presta demasiada atención a los asuntos
Fotografía: Jürgen Schadeberg

Hoy me he llevado un susto morrocotudo. Estaba en el cafetín de Tadeo cuando de repente ha llegado Teofrasto, que antes era afilador y ahora es técnico en metales de doble uso, diciendo que a lo mejor tenemos que trabajar los sábados. Al muy lelo a poco le sacan a palos los hermanos Hinojosa, sobre todo el más feo, al que le dicen Carioco, porque han pensado que se estaba riendo de ellos y han querido darle una tunda en la glorieta de los Lirios. Después se ha calmado la temática porque en el boletín de la radio han dicho que de momento es una ordenanza para los griegos, que por lo visto andan fatal. Yo no creo que lo vayan a hacer en nuestra excelsa subcomarca y me parece que la gente presta demasiada atención a estos asuntos. Voy a hacer un poco de sopa.

Capítulo anterior
«Y es que yo a veces no entiendo las cosas»
Capítulo siguiente
«Parece asunto de fantasmas»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016