Tú has obedecido mi voz

Tú has obedecido mi voz · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Génesis, 64 ·
Sacrificio de Isaac, 22:9-19
Tú has obedecido mi voz
Fotografía: Hengki Koentjoro

Cuando llegaron al sitio que le había dicho Dios, Abraham levantó el altar, apiló la leña, ató a su hijo Isaac1 y lo puso en el altar sobre la leña. Entonces Abraham extendió su mano y tomó el cuchillo para sacrificar a su hijo, pero el ángel del Señor lo llamó desde el cielo y dijo:
—¡Abraham, Abraham!
Y él respondió:
—Aquí estoy.
Y el ángel dijo:
—No extiendas tu mano contra el muchacho, ni le hagas nada; porque ahora sé que temes a Dios, ya que no me has negado a tu hijo, tu único hijo.
Entonces Abraham alzó los ojos y vio un carnero detrás de él trabado por los cuernos en un matorral; y Abraham fue, tomó el carnero y lo ofreció en sacrificio en lugar de su hijo. El ángel del Señor llamó a Abraham por segunda vez desde el cielo, y dijo:
—Por mí mismo he jurado, declara el Señor, que por cuanto has hecho y no me has rehusado tu único hijo, te bendeciré y multiplicaré en gran manera tu descendencia como las estrellas del cielo y como la arena en la orilla del mar, y tu descendencia poseerá la puerta de sus enemigos. Y en tu simiente serán bendecidas todos los pueblos de la tierra, porque tú has obedecido mi voz.
Entonces Abraham volvió con sus criados, y se levantaron y fueron juntos a Beerseba.2 Y habitó Abraham en Beerseba.

1 Isaac: hijo de Abraham y Sara, esposo de Rebeca y padre de Esaú y Jacob.
2 Beerseba (Beer-se-ba): zona desértica situada al sur de Canaán, en el Neguev, cuyo nombre significa «el séptimo pozo».
→ Diccionario del Génesis

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Hizo llover azufre y fuego

Hizo llover azufre y fuego · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Génesis, 55 ·
Destrucción de Sodoma y Gomorra, 19:24-29
Hizo llover azufre y fuego

Fotografía: Hengki Koentjoro

Entonces el Señor desde el cielo hizo llover azufre y fuego sobre Sodoma y Gomorra.1 Y destruyó aquellas ciudades y todo el valle y todos los habitantes de las ciudades y todo lo que crecía en la tierra. Pero la mujer de Lot,2 que iba tras él, miró hacia atrás y se convirtió en una columna de sal.
Abraham3 se levantó muy de mañana, y fue al sitio donde había estado con el Señor. Y dirigió la vista hacia Sodoma y Gomorra y hacia toda la tierra del valle, y miró; y he aquí que el humo ascendía de la tierra como el humo de un horno. Y aconteció que cuando Dios destruyó las ciudades del valle, se acordó Dios de Abraham e hizo salir a Lot de en medio de la destrucción cuando destruyó las ciudades donde él había vivido.

1 Sodoma y Gomorra: ciudades cananeas situadas en el valle del Jordán, a orillas del Mar Muerto o Mar Salado, que con Adma, Zoar y Zeboim formaban la confederación o pentápolis de la llanura.
2 Lot: hijo de Harán, sobrino de Abraham y padre de Moab y Amón, patriarcas de los moabitas y los amonitas, respectivamente.
3 Abraham (Abram): descendiente de Noé por la rama de Sem. Hijo de Taré, hermano de Nacor y Harán, esposo de Sara (Sarai), tío de Lot y padre de Ismael (con Agar) e Isaac (con Sara); tras la muerte de Sara, casó con Cetura y fue padre de Zimram, Jocsán, Medán, Madián, Isbac y Súa. Abram y Sarai fueron llamados Abraham y Sara, respectivamente, a partir de la alianza con Dios.
 Diccionario del Génesis

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Todos se reunieron como aliados

Todos se reunieron como aliados · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Génesis, 39 ·
La guerra de los reyes, 14:1-7
Todos se reunieron como aliados

Fotografía: Hengki Koentjoro

Y aconteció en los días de Amrafel, rey de Sinar;1 Arioc, rey de Elasar;2 Quedorlaomer, rey de Elam,3 y Tidal, rey de Goim,4 que hicieron la guerra a Bera, rey de Sodoma; a Birsa, rey de Gomorra; a Sinab, rey de Adma; a Semeber, rey de Zeboim, y a Bela, rey de Zoar.5 Todos ellos se reunieron como aliados en el valle de Sidim,6 es decir, el mar Salado. Doce años habían servido a Quedorlaomer, pero en el año trece se rebelaron. Y en el año decimocuarto, Quedorlaomer y los reyes que estaban con él vinieron y derrotaron a los refaítas7 en Astarot Karnaim, a los zuzitas8 en Ham, a los emitas9 en Save-quiriataim y a los hurritas10 en el monte de Seir11 hasta el Parán,12 que está junto al desierto. Entonces volvieron a En-Mispat,13 es decir, Cades, y conquistaron todo el territorio de los amalecitas,14 y también a los amorreos15 que habitaban en Hazezon-tamar.16

Cartografía del Génesis · El valle de Sidim, al sur del mar Muerto o mar Salado
Cartografía del Génesis
El valle de Sidim, al sur del Mar Muerto o Mar Salado

1 Sinar: llanura aluvial situada entre el Tigris y el Éufrates (Mesopotamia), donde Nimrod fundó las ciudades de Babel, Erec, Acad y Calno.
2 Elasar (Larsa): ciudad situada al sur de Babilonia, entre Erec y Ur.
3 Elam: región de los montes Zagros, con capital en Susa, al este del Tigris.
4 Goim: territorio situado probablemente en el norte de Mesopotamia.
5 Sodoma, Gomorra, Adma, Zeboim y Zoar: ciudades cananeas situadas en el valle del Jordán, a orillas del Mar Muerto o Mar Salado, que formaban la confederación o pentápolis de la llanura.
6 Sidim: valle ubicado en el extremo sur del Mar Muerto o Mar Salado, donde Quedorlaomer y sus aliados derrotaron a la confederación o pentápolis de la llanura.
7 refaítas: pueblo cananeo que vivía en la llanura filistea, ocupada posteriormente por moabitas y amonitas.
8 zuzitas: pueblo cananeo que habitaba al este del Jordán, en Ham, entre Moab y Astarot Karnaim.
9 emitas: pueblo originario de Moab que habitaba en la llanura de Save-quiriataim, cerca de la actual Dhabian (Jordania).
10 hurritas u horeos: pueblo no semita que habitaba en el valle del río Khabur, al norte de Mesopotamia, tras haber sido expulsado de Seir por los edomitas.
11 Seir (Edom): región montañosa que se extiende desde el extremo sur del mar Muerto hasta las proximidades del golfo de Aqaba, habitada por los hurritas hasta la llegada de los edomitas o idumeos, y ubicada hoy entre los estados de Israel y Jordania.
12 Parán: desierto situado al sur de Canaán, en la zona central del desierto del Sinaí.
13 En-Mispat (Cades): población situada en el desierto de Parán, al sur de Canaán, cuyo nombre significa «fuente del juicio».
14 amalecitas o amalequitas: pueblo semita descendiente de Amalec, nieto de Esaú, que habitaba entre el desierto del Sinaí y el sur de Canaán.
15 amorreos: pueblo semita establecido al oeste de Mesopotamia, cuyo nombre significa «occidentales».
16 Hazezon-tamar (Engadí): población amorrea situada en la orilla occidental del Mar Muerto, caracterizada por su tierra fértil y la abundancia de agua.
→ Diccionario del Génesis

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Nunca más volveré a destruir todo

Nunca más volveré a destruir todo · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Génesis, 27 ·
El diluvio, 8:17-22
Nunca más volveré a destruir todo

Fotografía: Hengki Koentjoro

Salió, pues, Noé, y con él sus hijos y su mujer y las mujeres de sus hijos. Y todas las bestias, todos los reptiles, todas las aves y todo lo que se mueve sobre la tierra, salieron del arca según sus familias. Y edificó Noé un altar al Señor, tomó animales y aves de toda especie pura y los ofreció en sacrificio sobre el altar. El Señor olió el aroma agradable y se dijo:
—Nunca más volveré a maldecir la tierra por causa del hombre, porque la intención del corazón del hombre es mala desde su juventud; nunca más volveré a destruir todo ser viviente como lo he hecho. Mientras la tierra permanezca, la siembra y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche, nunca cesarán.

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«Sed fecundos y multiplicaos»

Maldita será la tierra por tu causa

Maldita será la tierra por tu causa · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Génesis, 14 ·
La desobediencia, 3:17-24
Maldita será la tierra por tu causa

Fotografía: Hengki Koentjoro

Al hombre le dijo:
—Porque hiciste caso a tu mujer y comiste del árbol prohibido, maldita será la tierra por tu causa y con trabajo comerás de ella todos los días de tu vida, te dará cardos y espinas, comerás hierba del campo y comerás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la tierra, pues de ella te sacaron, porque polvo eres y al polvo volverás.
El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven. El Señor Dios hizo unas túnicas de pieles para el hombre y la mujer y los vistió. Y entonces dijo:
—El hombre es ya como uno de nosotros en el conocimiento del bien y del mal, solo le falta extender su mano al árbol de la vida, tomar, comer y vivir para siempre.
Y el Señor Dios lo expulsó del Edén,1 para que trabajara la tierra de la que había sido tomado. Echó al hombre, y a oriente del jardín del Edén colocó a querubines2 y una espada de fuego que giraba en todas direcciones para que guardara el camino del árbol de la vida.

1 Edén: el huerto o jardín del Edén habría existido en la confluencia de los ríos Pisón (Arabia), Gihón (Etiopía), Hidekel o Tigris (Asiria) y Éufrates, junto al Mar Inferior (golfo Pérsico), en un territorio que hoy se correspondería con el este de Irak, el norte de Kuwait y el sur de Irán; sin embargo, algunos historiadores señalan su ubicación geográfica al sur de los montes de Ararat, en la zona oriental de la actual Turquía.
2 querubines: en la jerarquía celeste, los querubines forman parte de la tríada superior, junto a los serafines y los tronos, y son los ángeles encargados de custodiar la gloria de Dios. Su nombre significa «los próximos» y aparecen representados con la forma de un niño con alas.
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«Comerás polvo todos los días de tu vida»
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Entonces se les abrieron los ojos a los dos

Entonces se les abrieron los ojos a los dos · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Génesis, 12 ·
La desobediencia, 3:1-8
Entonces se les abrieron los ojos a los dos

Fotografía: Hengki Koentjoro

La serpiente era el animal más astuto de cuantos el Señor había creado y dijo a la mujer:
—¿Dios os ha dicho que no comáis de ningún árbol del huerto?
La mujer contestó a la serpiente:
—Podemos comer de todos los árboles del huerto, pero no del árbol que está en medio del huerto, pues si lo hacemos, moriremos.
La serpiente replicó:
—No moriréis, pues Dios sabe que si coméis de ese árbol, se os abrirán los ojos y seréis como Él, conocedores del bien y del mal.
Cuando la mujer vio que el árbol era bueno para comer, y que era agradable a los ojos, y que el árbol era deseable para alcanzar sabiduría, tomó de su fruto y comió; y dio también al hombre, y él comió. Entonces se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos y entrelazaron hojas de higuera para cubrirse. Entonces oyeron al Señor que paseaba por el jardín y el hombre y la mujer se escondieron entre los árboles del jardín para que el Señor no los viera.

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«Y estaban los dos desnudos»
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Y el cuarto río es el Éufrates

Y el cuarto río es el Éufrates · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Génesis, 9 ·
El huerto del Edén, 2:10-14
Y el cuarto río es el Éufrates

Fotografía: Hengki Koentjoro

En el Edén1 nacía un río que regaba el huerto y después se dividía en cuatro brazos. El nombre del primero es Pisón2 y rodea todo el territorio de Havila, donde hay oro; el oro de esa región es de calidad, y también hay allí ámbar y ónice. El segundo río se llama Gihón,3 y rodea toda la Nubia.4 El nombre del tercero es Tigris,5 y corre al este de Asiria.6 Y el cuarto río es el Éufrates.7

1 Edén: el huerto o jardín del Edén habría existido en la confluencia de los ríos Pisón (Arabia), Gihón (Etiopía), Hidekel o Tigris (Asiria) y Éufrates, junto al Mar Inferior (golfo Pérsico), en un territorio que hoy se correspondería con el este de Irak, el norte de Kuwait y el sur de Irán; sin embargo, algunos historiadores señalan su ubicación geográfica al sur de los montes de Ararat, en la zona oriental de la actual Turquía.
2 Pisón: uno de los cuatro ríos del Edén, cuyo significado es «el que fluye», situado en la tierra de Havila, en la zona occidental de Arabia.
3 Gihón: uno de los cuatro ríos del Edén, ubicado en las actuales tierras de Etiopía.
4 Nubia: región situada al sur de Egipto y al norte de Sudán.
5 Tigris: uno de los dos ríos del valle de Mesopotamia, llamado también Hidekel, que cruza los actuales territorios de Turquía, Siria e Irak y desemboca en el golfo Pérsico.
6 Asiria: imperio situado en el norte de Mesopotamia, donde Nimrod fundó Nínive, Rejobot, Kalaj y Resén.
7 Éufrates: río cuyo nombre significa «bueno y caudaloso», el más occidental de Mesopotamia, que corre por los actuales territorios de Turquía, Siria e Irak y desemboca en el golfo Pérsico.
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«Del árbol del conocimiento no comerás»

Este es mi amado

Este es mi amado · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Cantar de los Cantares, 8 ·
Este es mi amado
Fotografía: Hengki Koentjoro

¿Qué clase de amado es tu amado,
oh, la más hermosa de todas las mujeres,
qué clase de amado es tu amado
para que así nos conjures?

Mi amado es resplandeciente y sonrosado,
distinguido entre diez mil.
Su cabeza es como oro, como oro puro;
sus cabellos, como racimos de dátiles,
negros como el cuervo.
Sus ojos son como palomas
junto a corrientes de agua,
bañados en leche
y a la perfección colocados.
Sus mejillas, como eras de bálsamo,
como riberas de hierbas aromáticas;
sus labios son lirios
que destilan mirra fragante.
Sus manos, como anillos de oro
engastados de jacintos;
su vientre, marfil tallado
recubierto de zafiros.
Sus piernas, columnas de alabastro
asentadas sobre basas de oro puro;
su aspecto, como el Líbano,
gallardo como los cedros.
Su paladar, dulcísimo,
y todo él deseable.
Este es mi amado, este es mi amigo,
hijas de Jerusalén.

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Cantar de los Cantares

¿Quién es esta que sube del desierto?

¿Quién es esta que sube del desierto? · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Cantar de los Cantares, 4 ·
¿Quién es esta que sube del desierto?
Fotografía: Hengki Koentjoro

¿Quién es esta que sube del desierto
como columna de humo,
con aroma de mirra y de incienso
y de todos los perfumes exóticos?
He aquí, es la litera de Salomón;
sesenta valientes la rodean,
de los valientes de Israel.
Todos ellos tienen espadas,
son diestros en la guerra;
cada uno tiene la espada a su lado,
por los peligros de la noche.
El rey Salomón se hizo una carroza
de madera del Líbano.
Hizo sus columnas de plata,
su respaldo de oro,
su asiento de púrpura,
su interior tapizado con amor
por las hijas de Jerusalén.
Salid, hijas de Sión,
y ved al rey Salomón
con la corona con que le coronó su madre
en el día de su desposorio
y del gozo de su corazón.

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«Buscaré al que ama mi alma»
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«Toda tú eres hermosa, amada mía»

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Cantar de los Cantares

Y a la masa de las aguas la llamó mar

Y a la masa de las aguas la llamó mar · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Génesis, 3 ·
La creación, 1:9-13
Y a la masa de las aguas la llamó mar

Fotografía: Hengki Koentjoro

Entonces dijo Dios:
—Júntense en un solo lugar las aguas que están debajo de los cielos, y que aparezcan los continentes.
Y así fue. Y Dios llamó a los continentes tierra, y a la masa de las aguas la llamó mar. Y vio Dios que era bueno. Y entonces dijo Dios:
—Produzca la tierra vegetación y hierbas que den semilla, y árboles frutales que den fruto según su especie y que lleven semilla sobre la tierra.
Y así fue. Y produjo la tierra vegetación: hierbas que daban semilla según su género y árboles que daban fruto según su especie. Y vio Dios que era bueno. Y fue la tarde y fue la mañana: este fue el día tercero.

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«Y para separar la luz de las tinieblas»

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«Diccionario del Génesis»

Equus

Equus · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Cuentos del Mar Negro, 6 ·
Fran Vega
Equus
Fotografía: Hengki Koentjoro

Veloces emisarios recorrieron al galope cuantos bosques y prados encontraron a su paso. Ondeaban al viento sus cabellos y golpeaban al trote los zurrones, portadores como eran de urgentísimos mensajes que requerían inmediata entrega allá donde estuviesen sus destinatarios, ya fuera en las colinas, ya fuera tras los cerros. Desafiando a la noche, retando cuantas necesidades tuvieren, los jinetes avanzaron sin demora ni descanso hasta cumplir la misión para la que habían sido distinguidos. «Si fracasáis, responderéis con vuestras vidas», les había dicho el Archiconde.
Y por aquí marcharon, y por allá fueron, ora hambrientos, ora sedientos, en busca de quienes debían dirigirse a palacio para tratar en secretísima reunión asuntos cuya trascendencia ni siquiera sospechaban. Y al atardecer del tercer día, aquellos corceles de negra montura, aquellos mensajeros de delicado cometido, regresaron al castillo escoltando a los consejeros buscados, aquellos que habían sido requeridos para que su juicio y su sapiencia sellaran el destino inmediato que la vida, constante y en silencio, había deparado al Archiconde egregio y eminente.
Jarras de buen vino y viandas de exquisita factura compensaron tanto a caballeros como a heraldos antes de que el Archiconde tomara la palabra para agradecerles, primero, su inquebrantable lealtad hacia su título y persona, y solicitarles, después, su ilustrada opinión acerca de los graves hechos que le concernían.
«Hemos pensado», dijo uno de ellos al tiempo que disimulaba con afectación un eructito, resultado de los abundantes caldos que habían desfilado por sus fauces. «Hemos discurrido», señaló otro de los consejeros sin poder ocultar su dicharachero contento. «Y a pesar de ello», concluyó el tercero, «hemos decidido».
El Archiconde se puso en pie, dio unos pasos sobre el entarimado de la sala y con un gesto indicó a los criados que salieran, lo que hicieron con tanto desorden como alborozo. Cuando las puertas quedaron cerradas, el Archiconde adoptó el tono reservado de las circunstancias solemnes, se ajustó los lustrosos puños de la casaca y dijo por fin las palabras que los respetables esperaban: «Bien, señores, les escucho».

***

Ya era muy tarde cuando el Archiconde acompañó a los caballeros hasta la puerta de palacio. Uno a uno tomó sus manos, les dedicó unas palabras de cumplido afecto y les aseguró un encuentro próximo en el pabellón de caza. Los consejeros, con indisimulada alegría, resultado tanto de los fermentos ingeridos como del final de la ineludible reunión a la que habían sido convocados, se dirigieron a los carruajes que habían de conducirles a sus respectivas residencias, se despidieron con estruendosa algarada y sonoros palmetazos en las espaldas y después se perdieron en la oscuridad de la noche mientras tarareaban viejas canciones de infantería.
Y el Archiconde regresó tranquilo a sus aposentos, llamó con la campanilla a su ayuda de cámara, dio estrictas instrucciones y se retiró a descansar. Quedaron las ropas sobre el diván, acarició las sábanas de seda, cerró despacio los ojos y trazó una ligera sonrisa en su rostro antes de que le asaltara una pregunta sorprendente: ¿por qué ni el caballo más veloz había podido alcanzar lo que siempre habitaba en su alma? En ese momento, los mirlos iniciaban un auténtico alboroto.

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© Fran Vega, 2013

Príncipes del tiempo

Príncipes del tiempo · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Cuentos del Mar Negro, 2 ·
Fran Vega
Príncipes del tiempo
Fotografía: Hengki Koentjoro

Aún tardarían mucho tiempo en comprenderlo, pero aquella tarde en que hablaron por vez primera se abrió ante ellos un cruce de caminos que les llevaría siempre al mismo sitio. Ninguno de los dos era capaz de contar los motivos que le habían conducido hasta allí, pero tomados de los dedos paseaban, desconocidos y asustados, por alamedas de palabras que hasta entonces nunca habían pronunciado. Se anticipaban a los verbos y se adivinaban los pronombres, dibujaban adjetivos y matizaban los adverbios, de modo que cada día avanzaban sobre puentes y pasillos de conjunciones e intuiciones y exploraban convencidos la intención de sus audacias, pues merecían juntos un destino que explicara al menos un trayecto de sus vidas. Se observaban a veces en voz baja para no perderse los sonidos de la tierra, hablaban en susurros de los sauces venideros y caminaban muy despacio hacia puertos naturales que ignoraban todavía. Mucho tiempo después, al dejar atrás la bifurcación de los senderos y contemplar con calma el horizonte, aún recordarían en silencio aquella tarde en que habían comenzado a ser príncipes del tiempo, capitanes y reyes de sí mismos.

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© Fran Vega, 2013

Sea la luz

GÉNESIS

Sea la luz · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Génesis, 1 ·
La creación, 1:1-5
Sea la luz
Fotografía: Hengki Koentjoro

En el principio creó Dios los cielos y la tierra. Y la tierra estaba sin orden y vacía, y las tinieblas cubrían la superficie del abismo, y el espíritu de Dios se movía sobre la superficie de las aguas. Entonces dijo Dios:
—Sea la luz.
Y hubo luz. Y vio Dios que la luz era buena; y separó Dios la luz de las tinieblas. Y llamó Dios a la luz día, y a las tinieblas llamó noche. Y fue la tarde y fue la mañana: este fue el día primero.

Génesis: primer libro del Pentateuco o Cinco libros de Moisés (Torah), compuesto por Génesis (Bereishit), Éxodo (Shemot), Levítico (Vayikra), Números (Bamidbar) y Deuteronomio (Devarim).
 Diccionario del Génesis

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