Tú en Moncloa y yo en Eslovenia

Ucronías: Tú en Moncloa y yo en Eslovenia (fotografía: Antonio Lemus)
· Ucronías ·
Fran Vega
Tú en Moncloa y yo en Eslovenia
Fotografía: Antonio Lemus

Entre tantos tumultos y alborotos como últimamente contemplamos, no son menores los que anidan en los cráneos turbulentos de quienes dirigen los destinos y gobiernos, pues de ellos depende en buena parte lo que sucede y lo que ocurra en los tiempos inmediatos y comprender lo que se aloja en sus cerebros puede ser también un modo de obtener la razón que no nos proporcionan.
El presidente del artefacto nacional, Mariano Rajoy, se encuentra por fin en el momento más dulce de su trayectoria, animado por los que hasta ayer eran sus afables enemigos, apoyado por dirigentes europeos cuyos nombres no pronuncia ni recuerda y a punto de convertirse, tal vez, en el bizarro caballero de casino y cafetín que supo derrotar la algarada sediciosa y en el nuevo forjador de la España indivisible y sacrosanta. En su cabeza habitan los Borbones y los Austrias que en su momento batallaron en conflictos paralelos y en sus sueños aparecen los escritos de Quevedo contra el fuero de los temosos catalanes, como desfilan en sus noches de vigilia los abrazos de Espartero para apaciguar a los carlistas y hasta los espadones de Narváez y el caballo de Pavía para poner fin a tanta confusión como vislumbra.
Por primera vez en su lánguido cerebro se ha instalado un sueño del que no está dispuesto a desprenderse porque así lo quieran mediadores y terciarios, sino porque obtenga a cambio el histórico reconocimiento de que fue él quien contuvo con sus manos el mortífero veneno del reptil secesionista. Y tan iluminado se encuentra que pasea los domingos por las salas monclovitas repitiendo en voz alta y en pijama los grandes objetivos que sin duda nos aguardan si seguimos su camino y salvamos la unidad y la grandeza de la patria.
Piensa también el presidente qué respuesta ha de dar a su contrario, que en un gesto de osadía que le cuesta comprender le ha servido un reto envenenado que puede encumbrarle hasta el panteón en el que aguardan sus admirados personajes, pero que también puede cubrirle de miseria y enterrarle para siempre en el lodazal más olvidado de la historia. Y sabe Rajoy que un registrador de la propiedad como Dios manda no puede acobardarse ni rendirse, sino presentar contienda frente a gentes tan soberbias y luchar a la romana hasta que la sangre corra y los tunantes caigan.
No es Carles Puigdemont, el presidente del artefacto catalán, un oponente de brazo fácil y ataque breve, pues hay sitio también en su cabeza para los sueños que llegaron concedidos mediante raras carambolas que convirtieron un periodista de provincias en un altivo cortesano con afición por entablar fiera y desigual batalla. Porque así como en la Moncloa rigen los héroes titánicos de todas las Españas, en la Generalitat se encuentran los escudos y las armas de cuantos condes y honorables elevaron los territorios catalanes a categorías envidiadas por castellanos y gallegos y por aragoneses y franceses, que vieron a lo largo de los siglos cómo aquellas comarcas fronterizas se erigían en influencias y dineros por encima de las suyas y cómo hoy capitanean la anhelada rebelión, la ilusión incandescente de todo súbdito ciudadano frente al poder establecido.
Se despierta a veces el presidente catalán en su residencia gerundense repitiéndose a sí mismo las palabras de Companys y viéndose heredero y vengador de los oprobios cometidos, tratando de recordar también algún discurso de Macià y ensalzando una vez más los valores convergentes del acaudalado pujolismo con los que un día pasó de ignorado cronista a regidor de la ciudad hasta alcanzar sin esperarla su codiciada condición, no otros que los propios de la democracia cristiana —si alguna vez esta tuvo algunos— que también abraza su enemigo en la Moncloa. Pero frente a este advenedizo que no distingue un escudo de un pendón, Puigdemont esgrime en sus silencios a los condes medievales y a la corona de Aragón, a los reyes victoriosos frente a todo tipo de raleas y a aquellos que en tiempos memorables obligaron a emperadores y monarcas a acatar sus fueros para que nunca fueren otros, hasta que aquel antepasado del Borbón de nuestros tiempos, de nombre también Felipe, estableció una nueva planta para que en ella no cupieran otras leyes, otro idioma ni otra tradición.
No le cuesta mucho a este hombre de insulsa trayectoria viajar desde las históricas derrotas al reciente ejemplo de Eslovenia que le gusta recordar, pues aquellos antiguos yugoslavos supieron deshacerse de la hegemonía de Belgrado ejerciendo también la rebelión y asumiendo la protesta frente a quienes no querían atender su manumisión e independencia. Tal vez no tenga en cuenta el presidente, por ignorancia u omisión, que Eslovenia tuvo que aportar ataúdes a la causa, que su adversario no contaba con adeptos de postín y que le echaron una mano indispensable quienes entonces dirigían el artefacto occidental.
De modo que entre Wifredo el Velloso, fundador de la casa condal barcelonesa y medieval, y Milan Kučan, el primer presidente de la Eslovenia independiente, tiene el honorable en Barcelona mil años que le observan y una deuda con la historia que ha de resolver, pues ha de incorporarse también de homéricas maneras a la lista de próceres insignes que un día enaltecieron a sus pueblos prometiendo glorias y grandezas mediante herramientas muy antiguas y de sencilla aplicación, como son las que devienen de las banderas y las tierras y las que se proyectan sobre patrimonios y derechos a los que nadie puede renunciar. Y como su oponente, pero en realidad compañero de aventura y cómplice en ardides, pretensiones y objetivos, no está dispuesto a abandonar su valiosa posición por muchas leyes y uniformes que le inviten a ceder, salvo que su honor y su memoria queden para siempre con símbolos de oro en los augustos corredores de la Generalitat.
Comparten tantas cosas estos tipos de grises recorridos y presidentes de conservadores artefactos que no habrá de inundarnos la sorpresa ni la alarma si un día los vemos pasear juntos en un parque, sentarse a dar de comer a las palomas y recordar entre risotadas y partidos de petanca los tiempos en que discutían y reñían mientras sus gentes se enzarzaban en peleas en las calles y empuñaban cacerolas y banderas como si representaran algún modelo de buscada identidad. Porque estos dos hombres, aspirantes a héroes inmunes en sus respectivos escenarios, no están solos.

Ucronías: Tú en Moncloa y yo en Eslovenia (fotografía: Ed Nofri)
Fotografía: Ed Nofri

El muy liberal democristiano Mariano Rajoy tiene desde siempre el pescuezo tutelado por las huestes delictivas surgidas de la noche de los tiempos cuya primera y triste urgencia es la de ocultar, enterrar y disolver cuantos restos, pruebas, testimonios y vestigios queden de su profunda y enquistada corrupción, para lo que precisa con angustia un éxito en cualquier negociado o ministerio, qué mejor si se produce ante el riesgo de ruptura de las hispánicas amarras. Por su parte, el muy liberal democristiano Carles Puigdemont se debe a una confederación de malhechores cuyas manos saquearon hasta los últimos baúles y cuyo expediente no mejora ante el de sus antiguos socios madrileños, por lo que ha de encontrar también una adecuada vestidura que sirva de mortaja para sepultar tantas fechorías como sin duda han sido cometidas.
Y los dos dirigentes, tan incoloros e inodoros cada uno en su artefacto, viven entre las inquietas sombras y las holgadas influencias de sus funestos antecesores y mentores, pues fueron aupados por la guerra muy ficticia en desiertos muy lejanos inventada por Aznar en la Azores, en un caso, y por las muy severas corruptelas de Artur Mas ejercidas mediante porcentajes y coacciones a sus propios gobernados, en el otro. Así que los dos presidentes de estas andanadas necesitan desterrar por razones similares a quienes les dieron en su día mando, trono, altar y reino, pues de ello dependerá que sean también venerados y ensalzados y, en última instancia, recordados y admirados.
Tiene el gallego Rajoy su arcaica corte de inversores heredera de las grandes fortunas de otros tiempos que hoy habitan en el Ibex-35 y en luminosas oficinas de los barrios más lujosos de Madrid, aunque en sus sótanos se siguen practicando punibles maniobras que conducen cada año a sus mejores ejercicios en correcta proporcionalidad con el empobrecimiento general. Y tiene el catalán Puigdemont el manilargo Cercle d’Economia, que no es sino un consorcio misacantano y liberal cuyo cometido es mantener por cualquier medio los privilegios de la burguesía catalana mientras el populacho se ilusiona cuando hay que ir a votar. Y es sabido y conocido que ni el Ibex-35 ni el Cercle d’Economia pueden aprobar, bendecir y respaldar cualquier operación que implique el riesgo de un solo euro de sus arcas, por más que en el pasado hayan mimado y financiado a quienes ahora organizan y defienden el procesismo y la ruptura. Una cosa es la poética de la rebeldía y otra muy distinta los dineros, como hasta el último concejal del último distrito sabe desde el primer minuto en su electo y distinguido cargo.
Estos dos caballeros mandarines de lánguido discurso y aburrido proceder tienen también entre sus filas a quienes conservan las esencias y recuerdan la ortodoxia siempre que hay peligro de cometer algún desliz o de comportarse simplemente con decoro y dignidad. Si en Madrid la FAES pasa lista cada lunes para que nadie se desvíe de los objetivos primordiales, no otros que los dictados por la desvergüenza liberal, en Cataluña son la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural quienes forman las escuadras protectoras de cualquier gobierno que se adhiera a sus muy nacionalistas postulados y sin las cuales no podría comprenderse el esperpéntico protagonismo de Puigdemont y Forcadell. Y constatemos, hasta donde la memoria nos alcanza, que nunca se han presentado a unos comicios estas formaciones que despiertan a dragones y espantajos con sus himnos y banderas, que alientan y administran en las calles lo que ahora llaman emociones y que con la misma inconveniencia nos embarcan en conflictos fraudulentos o deciden en silencio quién se libra de la soga y quién perece al intentarlo.
Atesoran también estos dirigentes de maquinarias y artefactos un amplio repertorio de deudas y aranceles que les procuran vergonzosas servidumbres de las que ninguno se puede liberar, pues de ellos depende al mismo tiempo su propia obstinación. Guarda Rajoy en su carpeta de asistencias y favores los llegados de quienes le apoyan en los presupuestos estatales con la esperanza de tener un día un nuevo polideportivo en su ciudad y los de quienes se identifican de vez en cuando con sus fortuitas ocurrencias, desde los ciudadanistas de Rivera —ese chico desnortado que aún no ha podido distinguir un consejo de ministros de un martini dominguero— a los socialdemócratas de Sánchez —ese hombre giróscopo y flotante a quien esperan cada tarde en las esquinas con los cuchillos levantados—, acreedores todos ellos con la libranza asegurada por el lascivo crédito otorgado.
Por su parte, Puigdemont conserva completos anaqueles con las fianzas recibidas de los regimientos convergentes que le acunan cada día y las no menos importantes concedidas por los republicanos de Junqueras, acostumbrado como está al intercambio de agasajos y atenciones en las sacristías catalanas y el palacio episcopal. Y, por supuesto, tiene el honorable presidente una formidable deuda que pagar a las conmovedoras filas de la CUP, que en su temeraria ingenuidad pensaron que tan solo por apoyar la exigua minoría procesista los democristianos pondrían en sus manos la república catalana trabajadora y popular.
Pero a la vez que se confirman y cotejan las enormes y costosas deudas de estos inauditos dirigentes —que no impiden las traiciones soterradas y los engaños discontinuos—, observamos también los certeros silencios perpetrados durante el desarrollo procesista, pues nadie alcanza a creer que el ejército se mantenga en mutismo sepulcral, apenas roto por algún alférez despistado, y que las grandes entidades catalanas no decidieran migrar hasta el último momento para desfilar juntas en cayucos de oro por la Diagonal no solo en busca de su protección política y bursátil, sino de una puesta en escena organizada tiempo atrás. Y todo junto invita a suponer que el verano fue promiscuo en reuniones y corrillos en los que fueron proclamados juramentos y convenios.
Y así como rigen los asuntos y se instituyen los principios nacionales y las afrentas colectivas, los dos presidentes de nuestros más famosos artefactos se encuentran hoy hundidos y ofendidos en un grotesco barrizal para darse cuenta y ser conscientes del ínfimo papel que ambos representan, pero también para no cejar en el empeño de ser heroicos paladines y adalides en sus respectivos escenarios y no abandonar la frívola ilusión de situarse por hechos y derechos en los primeros puestos de la historia.

Volvamos a Eslovenia, el territorio balcánico y costero con el que sueña en ocasiones el presidente catalán, porque Milan Kučan aprendió en 1991 que en política eres quien eres si los demás quieren que lo seas. El gobierno de Liubliana desoyó las advertencias de Belgrado, convocó un referéndum, lo ganó, declaró la independencia y el ejército yugoslavo atacó, pero en aquel contexto histórico y estratégico los estados europeos decidieron apoyar la independencia de Eslovenia para tener un socio estable frente al polvorín serbio que no tardaría en estallar con el previsible respaldo de Moscú.
Y otro tanto o parecido puede decirse respecto a Estonia, el territorio báltico y también costero al que se refiere con frecuencia el dirigente catalán, cuya independencia fue aceptada de inmediato por los gobiernos europeos ante las inminentes ruinas de la Unión Soviética. En 1992 Estonia y Eslovenia se convirtieron en miembros de la ONU, organización que sigue sin reconocer a varios estados no porque no tengan derecho a ello, sino porque las razones políticas se imponen siempre sobre las reclamaciones de los pueblos. En cuanto a Kosovo, cuya guerra tenemos fresca en la memoria y en cuyo espejo también se miran los dirigentes del artefacto catalán, recordemos tan solo los cientos de miles de refugiados que produjo su enfrentamiento por la independencia y los miles de cuerpos que aún yacen enterrados en territorio balcánico.
Tan claro como que Madrid no es Belgrado es que Puigdemont no es Milan Kučan ni Cataluña es Estonia ni Eslovenia ni, por supuesto, Kosovo, por lo que apelar a la vía estonia, la vía eslovena o la vía kosovar como estrategias para lograr la independencia no es solo una insensata decisión, sino la demostración de que no importa el precio que haya que pagar para obtener el objetivo planteado, incluso el de balcanizarlo si fuere necesario. Los catalanes tiene tanto derecho a decidir su futuro como en su momento lo tuvieron estonios y eslovenos y lo tiene cualquier otra nación, pero es importante reconocer que este principio ya no se debate en ningún lado, porque la implacable realidad es que ya no hay debate alguno más allá de las demarcaciones catalanas.
La Moncloa está ganando la partida en el tablero internacional por la sencilla razón de que los demás estados, la banca y los mercados financieros quieren que la gane. Y si los demás han decidido que Cataluña pierda el desafío y han activado todos los mecanismos para que lo pierda, lo más seguro es que lo pierda. No se trata ya de invocar sus evidentes derechos colectivos ni de que a la Unión Europea, al FMI y al Banco Mundial les guste más la senyera o la estelada, sino de saber que los intereses internacionales priman sobre sus históricas aspiraciones y que su derrota ya está escrita y rubricada por los que mandan y deciden de verdad, no por quien ocupa temporalmente un puesto de gobierno. Como hace muchos años que aprendimos, hay asuntos que no son personales, sino solo negocios.

Regresemos ya a los artefactos nacionales, porque cabe preguntarse entonces a qué se debe que los descompuestos monclovitas de corbata y mocasín no permitan que los nuevos eslovenos voten y en su caso fracasen por sí solos, dado que apenas cuentan con apoyos y herramientas, en vez de generar las rudas imágenes de los antidisturbios en los colegios electorales y escudarse sin reparos ni rubor en la Constitución. La respuesta tal vez haya que encontrarla en que no asistimos a un enfrentamiento entre políticos mayúsculos cuyas capacidades se muestran al servicio de una causa o el cumplimiento de un deber, sino a una querella entre quienes necesitan ser al mismo tiempo sepultureros de sí mismos y de sus viciados artefactos e invictos triunfadores de una insólita batalla que a la vez les protege y les sustenta, aunque para ello tengan que poner en juego lo que ellos mismos contribuyeron a crear. Algunos conflictos, como tantas veces las guerras, trabajan en exclusiva para quienes los organizan y dirigen.
Y aunque solo fuera por ello los individuos que con tanta necedad dirigen sus grandes artefactos deberían iniciar el meritorio camino del olvido que sin duda ha de llevarles, junto a todo lo que representan, a las guaridas más inhóspitas y oscuras de nuestra historia, pues no tenemos causa que merezca enfrentamientos y ofensivas y a ningún gobierno deberíamos pagar tributos de semejante cualidad. Y de no ser así, recordaremos un día tantos daños y desastres como pudieron ser salvados y tanta infamia como generaron sus cerebros turbulentos, cráneos incendiarios que nunca fueron habitados por la inteligencia, la perspectiva, el entendimiento y la razón.

Ucronías: Tú en Moncloa y yo en Eslovenia (fotografía: Yann Grancher)
Fotografía: Yann Grancher
Artículos relacionados
«Turbio verano de bolardos y banderas»
«Tiempos sin excusa»
«El naufragio de la izquierda»
«Ideas, comunidades y naciones»

© Fran Vega, 14 de octubre de 2017

Anuncios

El naufragio de la izquierda

Apuntes del Subsuelo: El naufragio de la izquierda
· Apuntes del Subsuelo ·
El naufragio de la izquierda

Cuando las fuerzas conservadoras se enfrentaron al poder y salieron a las calles, la izquierda fue consciente de que algo no estaba haciendo bien, pues resultaba insólito que la derecha nacionalista se enfrentara a la gubernamental y que la derecha nacional acosara a la independentista.
Después supo también que un país en el que la derecha hace la revolución no puede esperar la mejora de las condiciones económicas y sociales de sus ciudadanos, porque cuando los conservadores se encargan de alterar lo establecido el resultado es siempre empobrecimiento y retroceso.
Pero ya era tarde, porque las filas conservadoras peleaban entre ellas en una batalla que había comenzado, como era de esperar, por la renta, el territorio, la tradición y las banderas.
Para cuando la izquierda quiso darse cuenta, la revolución ya estaba en marcha. Algunos dijeron después, cuando se produjeron los abrazos y todos pactaron de nuevo el reparto del poder, que había sido una nueva guerra carlista.

© Fran Vega, 2017

La fuerza de la lógica

Apuntes del Subsuelo: La fuerza de la lógica
· Apuntes del Subsuelo ·
La fuerza de la lógica

Solo las sociedades políticamente incultas, económicamente injustas, jurídicamente atrasadas y socialmente indignas resuelven sus diferencias políticas, económicas, jurídicas y sociales mediante la aplicación de la fuerza y la violencia, pues acostumbran a tener gobernantes incultos, injustos, indignos y atrasados. Y solo cuando estas mismas sociedades sean capaces de elegir a políticos desprovistos de ignorancia y sinrazón serán capaces también de superar cualquier conflicto y controversia mediante el pacto y el acuerdo.
Mientras tanto, es necesario aceptar que las abandone quien así lo quiera, aunque sea hacia el abismo o lo desconocido, pues siempre fue preferible lo recóndito a lo oscuro, lo mezquino, lo ruin y lo estridente.

© Fran Vega, 2017

Los cadáveres que investían a los muertos

Ucronías: Los cadáveres que investían a los muertos (fotografía: Patrick Gries)
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Tesoreros disyuntivos

Figuras del Dárdano: Tesoreros disyuntivos (fotografía: Geof Kern)
· Figuras del Dárdano ·
Fran Vega
Tesoreros disyuntivos
Fotografía: Geof Kern

De todas las misiones que en los nuevos tiempos se pueden cometer, la del tesorero es quizá una de las más complejas y atrevidas, pues requiere del oficiante gran manejo de las cuentas y un sentido del dinero que excluye merma y orfandad. No es sencilla su tarea, ya que ha de ser siempre más hábil que beneficiarios silenciosos y deudores malqueridos, pero la función más delicada de quien llega a tesorero se encuentra en las modernas matemáticas relacionadas con la lógica formal, porque ha de agrupar primero para dividir después sin que nada le distraiga y lograr que unas mismas cantidades aparezcan con valores diferentes considerando a quien le paga y recompensa por su intrépida labor. A los viejos dogmas de dos y dos son cuatro y cuatro y dos son seis debe añadir tantas unidades como las autoridades dictaminan y tantas tiene que restar para que los ciudadanos sepan cuántos ímprobos esfuerzos y augustos sacrificios se requieren para pagar no ya lo que no deben, sino lo que nunca llegaron a tener. Los oficiales del tesoro saben siempre de qué estadísticas hablar, así como qué gráficos mostrar y de qué deudas alertar, ingeniosos resortes inventados para que el dinero temerario desafíe la constante ley gravitatoria, pues fluye siempre a las alturas y jamás desciende a su lugar, no otro que el sitio en donde nace y se genera a costa del trabajo y la pobreza, la codicia y la crueldad. Y de su alquimia financiera pende la supervivencia de los amos y la miseria de la insolente mayoría, objetivos demostrados a través de tantos años de fraudes, latrocinios y espuelas tributarias que argumentarán ante el juicio y la sentencia mediante el silogismo disyuntivo de la lógica proposicional: tollendo ponens, que negando afirma.

Figura anterior
«Socialtecnócratas»
Figura siguiente
«El moderno legislador»

© Fran Vega, 2016

Zarzuela, Génova y Ferraz

Ucronías: Zarzuela, Génova y Ferraz

La ventaja de ser rey emérito es que no estás sujeto a ningún tipo de precepto legislativo, por lo que puedes hacer casi lo que quieras sin más frontera que la de tu propia ética, en caso de que la tengas. La Constitución impide que el rey que reina se inmiscuya en política o en asuntos propios de los partidos, pero nada limita la actividad del emérito, que hace y deshace sin rendir cuentas ni explicación.
Viene esto a propósito de que no resulta creíble que la carnicería que se está perpetrando en Ferraz sea ajena a conciliábulos como el que observan en la fotografía, en el que todos los comensales comparten objetivos e intereses. La ausencia de F6 se explica porque la propia Constitución le obliga a respetarla, pero no hay decreto que prohíba al emérito borbonear con el señor de los GAL, el señor de Irak, el señor de la Gürtel y un señor de León que fue invitado por cortesía.
Pensar que el enésimo movimiento cainita que los socialdemócratas están viviendo tiene su origen en pedristas y susanistas resultaría ingenuo. Hace meses que entre Zarzuela y Génova se estableció un hilo directo para lograr la investidura de Rajoy mediante la voladura de Ferraz siempre que esta se produjera desde dentro y con escenografía navajera. Y para ello se pidió colaboración al mejor dinamitero del reino: Felipe González, el viejo león superviviente de Suresnes con las cuatro patas hundidas en otros tantos consejos de administración. La Zarzuela se personó a través del emérito en un conflicto en el que no podía intervenir, pero del que dependía buena parte de su estabilidad.
No es creíble tampoco el difundido lapsus de González aludiendo a la guerra sucia en una entrevista radiofónica. En primer lugar, porque estaba grabada con anterioridad, y hubiera hecho falta una sola palabra del viejo león para que la Cadena Ser la editara y omitiera esa referencia. Y en segundo lugar, porque el viejo león es demasiado viejo y demasiado listo como para cometer ese pretendido error. Era una bala que tenía guardada para los de su propia tropa y que disparó con septembridad y alevosía. Un tá-pá-pá que en tres décadas no había dejado escapar, hasta que lo usó como fuego amigo camuflado entre críticas a su secretario general. Y una chulería, porque si en su momento ningún juez se atrevió a sentarle en el banquillo, él mismo ha confesado ahora sus fechorías sin que nadie le preguntara.
Es pronto para saber cómo terminará este golpe socialdemócrata y hasta qué punto beneficiará a sus instigadores y a quienes les financian o si se volverá en contra de sus cabecillas, pero no para observar la obscena fotografía tomada en un restaurante madrileño y reparar en que quien la hace no tiene plato en la mesa. No hay un sitio vacío, porque quien tomó la instantánea solo estaba convocado para que tomara nota del evento: Cebrián, ese fiel servidor y beneficiario de cualquier gobierno que lleva cuarenta años en todas las sombras de importancia.
Tal vez el partido socialdemócrata necesitaba un sepulturero y lo ha encontrado en el mismo que lo llevó al poder, pero una vez provocado el incendio, apagadas las llamas e identificados los pirómanos, ¿quién gestiona las cenizas? Pasarán años antes de que alguien se atreva a recogerlas y pueda responder.

Artículo relacionado
 «Réquiem por un socialista español»

© Fran Vega, 1 de octubre de 2016

Socialtecnócratas

Figuras del Dárdano: Socialtecnócratas (fotografía: Irwin Klein)
· Figuras del Dárdano ·
Fran Vega
Socialtecnócratas
Fotografía: Irwin Klein

Como síntoma constante de nuestro tiempo de desprecios y tinieblas, las turbas postergadas contemplan cómo los desaparecidos se transforman en ocultos y los recónditos anuncian su regreso, como si en sus mentes no existieran las preguntas pertinentes ni surgieran las incógnitas severas: dónde estaban cuando se desplegaban las tormentas y caían sobre las ciudades y las gentes la miseria y la pobreza, dónde habitaban durante el hierro y los incendios, durante tanto yugo y cuánta soga. Vuelven con euforia y sin desdoro para narrar promesas indignantes a quienes ya no tienen fuerza para un gesto parecido a la sonrisa y pasean por las calles en espera de ovación y bendición, como si aún pudiera sostenerse que es posible la batalla delegada en quienes huyen y desertan, en quienes pactan y consienten, en quienes callan y obedecen. Y no regresan avergonzados y aturdidos, sino orgullosos y contentos de llegar en el último momento al espectáculo acordado, no otro que echar flores sobre el estiércol fecundado para dejar su huella permanente junto a las aves carroñeras de enigmática fortuna. Cuando los amos hayan cumplido con su parte estipulada y la vida sea ya el reino de silencio que soñaron, llegará el socialtecnócrata a la puerta principal del cementerio para decir a cada muerto sucumbido durante la holganza y la apatía: levántate y anda, agrupémonos todos, que aún estamos a tiempo de la última traición.

Figura anterior
«Acaudalados y optimistas»
Figura siguiente
«Tesoreros disyuntivos»

© Fran Vega, 2016

El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza

Ucronías: El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza (Mariano Rajoy)

Según la última encuesta que El País ha hecho para Metroscopia, este hombre grisáceo, pazguato y anodino volverá a ganar las elecciones. Y no solo eso. Es probable que las gane incluso con un margen superior al de hace unos meses. Es difícil enmendar la plana a un diario sostenido y financiado por algunos de los imperios financieros más importantes de Europa, de modo que su titular resulta creíble por mucha desolación que produzca.
Cierto es que la banca aloja y desaloja la Moncloa cuando le viene en gana y que nombra y depone ministros y altos cargos según le conviene y le apetece, pero lo que no hace es depositar los votos de millones de españoles en las urnas.
Esas papeletas son llevadas una a una y hasta su destino por quienes todavía creen que este individuo de extraño cerebelo es el más adecuado para gobernarnos, dirigirnos y representarnos. Este señor que tanta risa nos da cuando no nos entristece es apoyado por una mayoría de ciudadanos que de manera inexplicable, cuando no del todo irracional, todavía confía en él.
Que El País cocina sus encuestas antes de servirlas a Metroscopia es un hecho evidente; que la banca cocina las suyas antes de dar precisas instrucciones al director de El País, también. Pero ¿cómo se cocinan millones de contribuyentes para que mantengan su adhesión inquebrantable a este señor de casino provinciano con el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza?

© Fran Vega, 23 de mayo de 2016

Carlos Soria y el PIB

Ucronías: Carlos Soria y el PIB

Supimos ayer que la deuda pública de este país que avanza por la senda de la recuperación y el desarrollo ha superado ya el 100 % del PIB, es decir, que debemos todo lo que producimos durante un año. Todo un año trabajando por salarios míseros y en condiciones más míseras aún para que nuestros acreedores se lo lleven de golpe a sus paraísos fiscales y jurídicos.
Se suponía que todos los recortes que hemos sufrido durante los últimos años tenían como objetivo no solo no incrementar la deuda pública, sino reducirla. Pues no. Y por si fuera poco, el FMI y Bruselas han caído en la cuenta de que las medidas de austeridad no han conducido a nada y preparan ya un nuevo paquete de recortes que el gobierno surgido de las próximas elecciones tendrá que aplicar, además de la correspondiente multa hipermillonaria por haber superado el techo de déficit. No es de extrañar que todos jueguen al escondite y traten por todos los medios de dar esquinazo a la Moncloa.
Al mismo tiempo, aparecía en los medios una entrevista con Carlos Soria, el antiguo tapicero de 77 años que un día se propuso escalar todos los «ochomiles» del planeta y continúa en su empeño. Dice que a veces le duele una rodilla, pero que a su edad no piensa renunciar a sus sueños y que la voluntad y la ilusión son sus mejores compañeras de escalada.
No sabemos que pensaría este hombre heroico y admirado si un día le dijeran que todos los miles de metros que ha subido y que todos los picos que ha alcanzado los tiene en deuda con una extraña organización que se dedica a vigilar el esfuerzo y el trabajo ajenos. Y no solo eso, sino que todas las cumbres que alcance en el futuro las tendrá también embargadas de antemano. Es de suponer que enterraría la mochila y el piolet y que a partir de entonces dedicaría su tiempo al plácido paseo o a la bien merecida holganza.
A nosotros nos dicen lo mismo, pero con la diferencia de que en los próximos comicios daremos el mando de nuevo a quienes se apropian de nuestra cordada.
Tal vez haya llegado el momento de quedarse en la cima del Annapurna y no volver.

© Fran Vega, 19 de mayo de 2016

Sin novedades

Para situarnos un poquito: resulta que estos señores que tan alegremente deciden sobre nuestras vidas y recortan presupuestos cada vez que desde Bruselas se les llama la atención, son incapaces de ponerse de acuerdo para reducir el gasto de la campaña electoral que, naturalmente, financiaremos entre todos. Cada uno quiere sus papelitos, sus folletos y sus banderolas y ninguno está dispuesto a que sus siglas y sus rancias fotografías desaparezcan de calles y buzones.
Hubiera sido razonable que después de haber estado seis meses sin nada que hacer afrontaran la situación con un poco más de perspectiva y humildad y dijeran: «Miren, ya que hemos sido incapaces de hacer nuestro trabajo, vamos a repetir las elecciones, pero de modo que les salga baratito. Disculpen las molestias».
No es nada que sorprenda, pero conviene recordarlo para que luego no cause alarma descubrir sus abundantes ineptitudes y sus ineficaces gestiones. Con tipos incapaces de renunciar a unas cuantas octavillas no podemos ir a ningún lado.

© Fran Vega, 12 de mayo de 2016

No nos aburran más

Ucronías: No nos aburran más

Decía F6 estos días que la campaña electoral que se nos viene encima debía ser austera y comedida, que no están los tiempos como para derroches y dispendios y que ya se han gastado los políticos muchos dineros en contarnos lo que ya sabemos y en ocultarnos lo que de verdad importa.
Sería la ocasión, por tanto, de rogarles que no hagan ninguna campaña, que continúen sus vidas como si tal cosa, que nos convoquen a las urnas pero que no nos canten milongas, que no aparezcan de nuevo en nuestras casas diciéndonos lo que tenían que haber hecho y no hicieron pero que esta vez sí harán y que nos dejen tranquilos con nuestros asuntos.
Que hagan lo que les venga en gana y les parezca bien, que para eso les pagamos, pero no nos merecemos que nos cansen y nos agoten otra vez con sus cantinelas y absurdas promesas que ya solo pueden incitar a la risa, cuando no a la irritación. Por favor, señores de la política, no nos aburran más.

© Fran Vega, 28 de abril de 2016

Episodios nacionales

Ucronías: Episodios nacionales (fotografía: Philipp Bonn)

Dicen estos días quienes se dedican a la extravagante actividad de la política que no queda otra salida que convocar elecciones generales, pero también hay quien augura un pacto de última hora entre socialdemócratas y democristianos, pues todos son una u otra cosa aunque sus siglas sean diferentes.
Y dicen quienes entienden de estos feos asuntos que los resultados de unos nuevos comicios no serían muy distintos de los conocidos, de modo que no parece tampoco que pueda suponer solución alguna al entretenido espectáculo que nos brindan. Mejor sería entonces que llegaran a un acuerdo no porque este fuera bueno, sino para dejar de aburrirnos con sus actitudes infantiles y sus infames teatralidades.
Por si acaso, vayamos preparando papel y papeletas, no vaya a ser que en cualquier momento suenen las cornetas y nos pillen despistados.
Ahí tienen las urnas. No olviden lavarse las manos después.

© Fran Vega, 24 de abril de 2016

Macarrones o república

Ucronías: Macarrones o república (fotografía: Madrid, 14 de abril de 1931, Martín Santos Yubero)
· Ucronías ·
Fran Vega
Madrid, 14 de abril de 1931
Fotografía: Martín Santos Yubero

La proximidad del 14 de abril es un pretexto adecuado para dar otra vuelta argumental a la necesidad de establecer un sistema republicano en nuestro país, tan asolado históricamente por dinastías deificadas que jamás han logrado el respeto de la sociedad sobre las que reinaron, seguramente porque no llegaron para ser respetadas, sino para ser temidas.
A finales de 1975, tras la muerte del dictador que en 1936 acabó con la Segunda República, los partidos políticos que entonces actuaban en la clandestinidad tuvieron que plantearse la aceptación de la monarquía como un mecanismo de transición o la reclamación del sistema republicano. Eligieron la primera opción, cuyos resultados son sobradamente conocidos, pero siempre nos quedará la duda de qué hubiera ocurrido si hubieran acudido a la segunda. No lo hicieron. Y su decisión supuso que la sociedad aceptara el trono borbónico como un mal menor frente a la situación apocalíptica que entonces nos dibujaban: desde una nueva guerra hasta la invasión amarilla.
Poco más ha hecho después este presunto país indignado por alcanzar otra forma de estado, aparte de pintorescas manifestaciones de cacerola y cuchufleta y de dejar pasar las décadas en un limbo político del que solo la crisis económica fue capaz de despertarlo. Mientras la despensa estuvo llena, poco nos importó el trono; cuando empezaron a faltar los macarrones, comenzamos también a ser republicanos.
Sin embargo, alguna vez tendremos que afrontar algo en serio de forma colectiva y debatir también en serio si queremos seguir siendo una reserva monárquica o si vamos a tener la valentía de darle la vuelta a lo que los vencedores de la guerra civil dejaron establecido. Cuarenta años debería ser un plazo lo suficientemente amplio como para haberlo pensado en calma.
Acabar legalmente con la monarquía es probablemente más sencillo de lo que parece, pero no basta con eso, pues se trata de prever qué vendrá después y quiénes gestionarán la situación resultante de esta abolición. Más allá de las proclamas y los eslóganes, va siendo hora de que asumamos que no bastan las pancartas para establecer un nuevo régimen. No son suficientes las banderas en primavera.
Cuando el republicanismo deje de ser una postura para ser una actitud estaremos en condiciones de aspirar a otro sistema diferente del que tenemos. Y será entonces cuando encontraremos entre nosotros los cráneos adecuados para gestionarlo, pues las banderolas y las insignias son tan solo viejos recuerdos de lo que nunca tuvimos. De modo que si de verdad deseamos la instauración de una nueva república no hemos de comenzar por la abolición de la monarquía, sino por la renovación profunda de nuestras estructuras y mentalidades en medio de una crisis que inventaron para que no inventáramos nada.
Y no olviden este 14 de abril poner la banderita republicana en las redes sociales: todos los monárquicos continuarán estando agradecidos.

© Fran Vega, 13 de abril de 2016

Una cultura jurídica distinta

Ucronías: Rafael Catalá, una cultura jurídica distinta

Afirma este hombre, que es el ministro de Justicia de un gobierno de la Unión Europea, que no es que en Panamá se hagan cosas muy feas a costa de los alegres contribuyentes españoles, sino que es un país «con una cultura jurídica distinta». Y se supone que debemos aceptar la financiación offshore de cuantos tienen allí sus ahorrillos porque ellos también tienen una cultura jurídica distinta.
Lo bueno del caso es que usted mismo puede dar hoy una paliza a su jefe, ya que será debido a que tiene una cultura sanitaria distinta, o puede cometer un atraco en la tienda más cercana, porque lo más probable es que tenga una cultura comercial distinta.
Y lo peor del caso no es que este hombre sea nuestro ministro de Justicia, sino que la mayoría de la gente quiere que siga siéndolo.

© Fran Vega, 12 de abril de 2016

Un tipo con suerte

Ucronías: Mario Conde, un tipo con suerte

Lo que más llama la atención de la historia de este hombre de gomina y maletín no es que vuelva al chabolo por blanqueo de capitales, que la cabra siempre tira al monte y no estamos ya para creernos cuentos de redención, sino lo benévolo que el sistema ha sido con él.
Resulta que cuando en los años noventa fue condenado, la sentencia estipulaba el embargo de sus propiedades como modo de hacer frente a sus delitos monetarios (robos, para entendernos), por lo que la administración de justicia debía comunicar a los organismos pertinentes que tomaran nota de la condición en la que quedaban sus bienes inmuebles a partir de ese momento. Pero… se les olvidó. Sí. Se les olvidó. Así que cuando este picarón salió de la cárcel se encontró con que sus fincas estaban, exactamente, como las había dejado cuando entró. Y como es lógico, se apresuró a cambiar su titularidad y declararlas, por tanto, inembargables. Y aquí paz y después gloria.
De modo que duerman tranquilos: tal vez la declaración de la renta les salga a pagar, pero es muy probable que Hacienda se olvide de ustedes, como es seguro que ya intuyen.
¿Es grande o no es grande nuestro sistema?

© Fran Vega, 11 de abril de 2016