Qué intensa es la modernidad

Qué intensa es la modernidad · Fotografía: Christopher Helin
· Diario de un hombre ridículo, 75 ·
Fran Vega
Qué intensa es la modernidad
Fotografía: Christopher Helin

Desde hace unos días estoy la mar de contento porque en nuestra excelsa subcomarca han tenido lugar acontecimientos que sin duda modificarán la historia, la intrahistoria y la infrahistoria de nuestra insigne población. Como yo llevaba unas cuantas tardes cavilando en la idea de adquirir un velocípedo con el que pasear alegremente durante las tardes de verano y parsimonia, Lupicinio tuvo la ocurrencia de mostrarme qué son y cómo funcionan las ingeniosas sinecuras de los automóviles, sobre todo para que advirtiera las muchas diferencias existentes entre este insólito artefacto y el original artilugio de dos ruedas con pedales y sillín. Así que sin pensarlo dos ni tres veces, puso en marcha el flamante automotor y me llevó a recorrer con grandes y peligrosas velocidades el bulevar de los Arcángeles y el puente de los Serafines para rodear después el parque de los Querubines y aparcar finalmente junto a la glorieta de los Lirios. ¡Qué alegría y qué vértigo a la vez! ¡Qué valeroso y heroico me observé! Del cafetín de Tadeo salieron a recibirnos todas las amistades y en medio de vítores, aplausos y algaradas pude saber por fin qué se siente cuando los seres humanos apoyan y defienden la ciencia y el progreso, si bien tuve que sentarme un ratito en el velador para recuperarme de las emociones que acababa de experimentar a bordo de este invento prodigioso. A partir de ahora pensaré cada día en lo que aportan estos vertiginosos adelantos y hablaré de ello con cualquier desconocido para valorar sus ilustres opiniones y ponderar con sapiencia y sensatez las que aniden y deambulen por mis paisajísticas y anhelosas mientes. ¡Qué intensa es la modernidad!

Capítulo anterior
«Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva»
Capítulo siguiente
«Días de extravío y distracción»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Anuncios

Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva

Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva · Fotografía: Jacques-Henri Lartigue
· Diario de un hombre ridículo, 74 ·
Fran Vega
Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva
Fotografía: Jacques-Henri Lartigue

Ayer por la tarde iba yo paseando por la avenida de los Iscariotes en compañía de mi primo Escolástico, que me explicaba con monástica paciencia las innúmeras características de los velocípedos, cuando observamos una escena prodigiosa que nos dejó sumidos en la perplejidad, cuando no en el más grande de los atolondramientos. Resulta que un caballero de buen porte circulaba por la calzada a lomos de uno de estos extraordinarios artefactos sin importarle el tráfico rodado ni la brisa vespertina y saludaba con mucho contento a los alegres contribuyentes que caminaban por la acera al tiempo que transitaba y sonreía sin perder el control de su insólita maquinaria, pues aparentaba ser un hombre de provecho y perspectiva, de los que nunca pierden las mientes ni el magín ante los episodios circundantes de la vida cotidiana. Yo me quedé estupefacto ante semejante demostración de pericia y facultad y crucé en un periquete la glorieta de los Lirios para dar cuenta del episodio a mis amistades del cafetín de Tadeo, quienes apenas podían dar crédito a esta intrépida aventura y pedían pormenores y comentos sobre la hazaña presenciada. Y esta fue la razón que me condujo a postergar el verdadero entendimiento del suceso, pues hasta que no ingerí una gaseosa no pude comprender que el antedicho gentilhombre lucía chaleco y sombrero según nuestras nobilérrimas usanzas y que su adecuada indumentaria en ningún momento le impedía pedalear con entusiasmo ni atender a las damiselas que con tanta diligencia pasean por las avenidas, lo que me aviva en el caletre la formidable idea de procurarme uno de estos admirados velocípedos. Con razón decía siempre el difunto Honorino, que no por casualidad regentaba un prospérrimo taller de picaportes, que los inventos de nuestra insigne población son un portento de la ciencia.

Capítulo anterior
«Espléndidos veranos de ideas y artilugios»
Capítulo siguiente
«Qué intensa es la modernidad»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Espléndidos veranos de ideas y artilugios

Espléndidos veranos de ideas y artilugios · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Diario de un hombre ridículo, 73 ·
Fran Vega
Espléndidos veranos de ideas y artilugios
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Con la llegada de los mirlos y las alegres buganvillas, he considerado con mucha seriedad en las últimas jornadas la original idea de adquirir una herramienta de transporte que facilite mis trayectos hasta la oficina y el cafetín de Tadeo. Cierto es que en esta época del año resulta muy agradable caminar por el bulevar de los Arcángeles hasta la glorieta de los Lirios e incluso bastante más lejos, hasta los confines del parque de los Querubines tras cruzar el puente de los Serafines, pero no es menos verdad que en estos tiempos tan modernos resulta conveniente disponer de un instrumento que agilice los itinerarios y proporcione tardes de asueto para disfrutarlas junto a todas mis amistades. Dice Abisinio, que por algo está al frente del Negociado de Pólizas y Recargos, que con el abono de los próximos trienios podría aspirar a un semoviente utilitario de cuatro ruedas, pero a mí me parece que eso es para caballeros importantes y yo solo soy un humildérrimo oficinista que a veces no entiende las cosas. Por el contrario, Cristóforo y Fulgencio aseguraban hace dos jueves que un velocípedo sería lo más adecuado para mi persona, pues me permitiría grandes excursiones hasta el distrito de las Afueras sin necesidad de consumir raros combustibles procedentes de países muy extraños. Y creo que no les falta conocimiento ni razón, pero no sé si aprenderé a manejar con cautela su complejo mecanismo y, sobre todo, desconozco cómo podré saludar con un toque de sombrero a las amables damiselas que transitan por las calles si en todo momento he de prestar atención a los dispositivos de semejante maquinaria. Lo mejor será que consulte con Don Helesponto, que no por nada es un hombre instruido y noticioso y entiende mucho de insólitos artilugios. Voy a pasear un ratito hasta la hora de la merienda.

Capítulo anterior
«Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos»
Capítulo siguiente
«Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Diáfanos atuendos y lúcidas presencias

Diáfanos atuendos y lúcidas presencias · Fotografía: Martín Santos Yubero
· Diario de un hombre ridículo, 71 ·
Fran Vega
Diáfanos atuendos y lúcidas presencias
Fotografía: Martín Santos Yubero

Por fin ha llegado la calma al cafetín después de tantos días de tránsito y dilema como hemos tenido, porque el ateneo de guiñotistas proclamó en solemne y estrambótica sesión que Fulgencio asumiera el cargo de presidente vitalicio y que Argimiro se ocupara de la secretaría perpetua. Esto nos puso a todos muy vivaces y contentos, porque en nada han cambiado nuestras vidas y todos los aconteceres parecen discurrir del mismo modo, así que creo que debemos considerar este lance provisorio como un tumulto sin enjundia ni entidad y dedicarnos a las cardinales peripecias que nos sobrevienen cada día, que no son pocas en el cafetín y menos todavía en la oficina. Además, y animado por las alegres temperaturas, Tadeo instaló la otra tarde los veladores frente a la glorieta de los Lirios y es hora de sentarse a contemplar las gentes que zanganean y deambulan con el airecito de la tarde y de compartir gaseosas y refrescos mientras parloteo con todas mis amistades, así que este mismo domingo cepillaré los sombreros de verano y ordenaré los chalecos de lino y algodón, porque parece que ha llegado ya el momento de atildarse con diáfanos atuendos y lúcidas presencias. Voy a comprar un pez desaforado para la cena, que así lo pongo de guarnición con las patatitas que compré anteayer en el mercado y un pimiento sandunguero que conservo en la despensa.

Capítulo anterior
«Embrollos y barullos en nuestra insigne institución»
Capítulo siguiente
«Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón

Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón · Fotografía: Leszek Bujnowski
· Diario de un hombre ridículo, 66 ·
Fran Vega
Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón
Fotografía: Leszek Bujnowski

Estos días estoy teniendo la oportunidad de contemplar algunos espectáculos tan insólitos como inhóspitos que están siendo causa de raras preocupaciones. Resulta que iba yo la otra tarde por el parque de los Querubines silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela cuando al girar hacia el puente de los Serafines pude observar el atrevido avance de un grupo de encapuchados que portaban estatuas y moblaje y marcaban el paso como subtenientes con ambición. Animado por una súbita curiosidad no exenta de cabalérrima zozobra, me acerqué a ellos con tanta prudencia como bravura para comprobar que la imaginería de la que hacían gala estos embozados representaba suplicios y sacrificios que ni en los peores lustros de mi negociado hubiera sido capaz de conjeturar, así que interpelé a uno de estos enmascarados sobre el motivo de tan aciaga demostración y si era esta el resultado de un atraco o sustracción de nuestros egregios bienes y usufructos. Somos arrepentidos penitentes, me dijo sin quitarse el antifaz y señalando con una trompeta de inesperadas dimensiones a otra levantisca comparsa de encubiertos que prosperaba desde la glorieta de los Lirios con un sinfín de bártulos y artefactos, sin duda producto de nuevos saqueos y pillajes a costa de la honrada población. Me quedé atónito y turulato, porque a mí no puede parecerme bien que pícaros y manilargos se paseen por nuestras calles exhibiendo el desenlace de sus fechorías y que lo hagan además bajo la protección de capas y estrambóticos disfraces, pero mis amistades me aclararon después en el cafetín de Tadeo que en estas tardes de primavera no es extraño que haya gentes paseando con esfinges y alboroto y que no se trata de un delictivo acontecer, aunque sí tan molesto como cuando la Unión Deportiva San Onofre celebra la consecución del campeonato intercomarcal de carreras de sacos. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero hay ocasiones en que hasta en nuestras propias avenidas concurren desatinos y desafueros, cuando no despropósitos de extravagante sinrazón. Voy a prepararme una sopita de mollejas, que a mí me gustan mucho.

Capítulo anterior
«Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril»
Capítulo siguiente
«La serena algarabía y los raros argumentos»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril

Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril · Fotografía: Howard W. Davidson
· Diario de un hombre ridículo, 65 ·
Fran Vega
Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril
Fotografía: Howard W. Davidson

Esto de la primavera es un invento fabuloso. En cuanto gira el calendario y asoman unos cuantos rayos de sol por la glorieta de los Lirios, la vida cambia en un momento y las gentes parecen más contentas y dichosas, con sus sombreritos de marzo y sus chalecos de abril. Carmencita, la de Contaduría, ha hecho unas declaraciones esta misma mañana con las que ha confirmado su irrevocable disposición de abrir las ventanas de los negociados para que llegue aire fresco a los anaqueles de los formularios, acontecimiento que no se producía desde finales de septiembre. Y el propio Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, ha dicho que no se opondrá a semejante providencia porque no la considera vinculante a la pertinaz lucha de clases. Esto es todo contento y alegría. Por la tarde comenté lo sucedido en el cafetín de Tadeo antes de que llegara Bernardino, porque una tarde de mayo se rompió una clavícula jugando a la petanca y la primavera le trae malos recuerdos, y después de que Imeldo se marchara, porque solo sonríe los jueves y los martes se le pone como una dolencia en la región occipital. Todas mis amistades han coincidido al afirmar que el buen tiempo es inminente y que hay que empezar a poner alcanfor en los bolsillos de los chalecos oscuritos, no vaya a ser que Tadeo instale el velador un día de estos y nos sorprenda sin los atuendos necesarios, lo que sería un infortunio de embarazosa solución. Por mi parte, he decidido dejar a mano los paraguas importantes porque nunca se sabe qué piensan en los cielos en estas tardes prominentes. Qué alborozo, cuánto alboroto.

Capítulo anterior
«Qué universo tan armónico y cordial»
Capítulo siguiente
«Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Que las buenas gentes tengan un prospérrimo año nuevo

Que las buenas gentes tengan un prospérrimo año nuevo · Fotografía: Philip McKay
· Diario de un hombre ridículo, 56 ·
Fran Vega
Que las buenas gentes tengan un prospérrimo año nuevo
Fotografía: Philip McKay

El bueno de Tadeo ha organizado en el cafetín un piscolabis extraordinario con motivo del singular acontecimiento cronológico que todos los años ocurre en esta misma fecha, porque dice que es un asunto de contento y alegría que es necesario celebrar con muchos vítores y hurras, aunque no ha permitido que su sobrino Justito adquiera tracas y petardos ni que Ginés pueda hacer volatines sobre el mostrador, como era su jovial y atlética intención. Y como otros años en estas mismas circunstancias, ha preparado bandeja y media de meritorias croquetas de gallina y ha puesto a enfriar en la tina unas gaseosas, mientras que Cristóforo ha prometido aportar a tan fantástico festín una estupenda tortilla de chicharrones, lo que ya de por sí es motivo de júbilo y godeo. Sin embargo, yo no termino de entender por qué tengo que esperar a que el calendario indique una fecha o a que el reloj marque una hora para abrazar a los amigos, saludar con entusiasmo a los conocidos y desear buena suerte a paseantes y vecinos, pero Lupicinio y Argimiro están seguros de que tiene que hacerse así y todos los guiñotistas han prometido situarse esta noche cerca del transistor desde muy temprano, no vaya a ser que las campanadas se adelanten y nos sorprendan en pleno auge del despiste, sin nuestros gorritos y nuestros vasos de limonada ordenadamente preparados. Yo, por si acaso, en cuanto anochezca me sentaré en mi lugar favorito de la glorieta de los Lirios, desde donde se divisan el puente de los Serafines y el bulevar de los Arcángeles, para desear concordia, armonía y equidad a todo el que vea, sea oficinista o no, y para pensar que todas las buenas gentes son merecedoras de un prospérrimo año nuevo en compañía de sus mejores y más cabales amistades. Voy a comprar ahora mismo dos serpentinas y una trompetilla de colores para ovacionarme y festejarme.

Capítulo anterior
«Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos»
Capítulo siguiente
«Los extravagantes días que acontecen»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos

Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 55 ·
Fran Vega
Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos
Fotografía: Tommy Ingberg

Hoy he podido saber por el boletín subcomarcal que se ha producido un descubrimiento científico de primera magnitud que sin duda afecta a nuestra oficina y al cafetín de Tadeo. Dicen ahora los que son expertos en numerosas temáticas que todos los universos se formaron gracias a una morrocotuda explosión que tuvo lugar hace muchos años, no recuerdo ahora cuántos ni en qué momento fue. Incluso afirman que los luceros que algunas noches iluminan la glorieta de los Lirios son una especie de arenilla cósmica, lo que a mí me resulta un tratamiento un poco pánfilo para un asunto de tanta importancia. Yo no sé si todo esto es verdad o mendaz, pero si fuera cierto estaría en condiciones de afirmar que el mundo relevante en que vivimos es el resultado de un tropiezo fortuito entre cachivaches de un bazar pomposo y adventicio, como cuando Abisinio sale del Negociado de Pólizas y Recargos y se da de bruces con Teodomiro en la puerta del escusado con el diario deportivo bajo el brazo. Tampoco sé bien a dónde pueden conducirnos estas averiguaciones, porque Ercilio ha dicho esta misma mañana que él piensa seguir tocando el bombardino los martes por la tarde y Lupicinio ha declarado después que no dejará de jugar al guiñote por muchos enredos celestes que se desembuchen, lo que me ha llevado a pensar en la seriedad de estas gentes que investigan y sorprenden con estos insólitos hallazgos que alteran los sosiegos. Después de todo, no atisbo el interés en saber cuándo empezaron estas cosas de la infinitud si en el bulevar de los Arcángeles aún no florecen los magnolios y si el invierno solo acaba de empezar en nuestra excelsa población. Voy a hacer recuento de peladillas y guirlaches, que ya se acerca el aniversario del Altérrimo.

Capítulo anterior
«Consideradas estampas de diciembre»
Capítulo siguiente
«Que las buenas gentes tengan un prospérrimo año nuevo»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Consideradas estampas de diciembre

Consideradas estampas de diciembre · Fotografía: Édouard Boubat
· Diario de un hombre ridículo, 54 ·
Fran Vega
Consideradas estampas de diciembre
Fotografía: Édouard Boubat

¡Qué tarde más estupenda pasé ayer, que coincidió en jueves y en alegre tarde de asueto y vacación! Resulta que con las primeras nieves y los primeros fríos de diciembre, el parque de los Querubines y la glorieta de los Lirios se han poblado de mozalbetes y chiquillos que juegan a lanzarse bolas unos a otros y a erigir muñecos de mentira que dan mucha risa, con narizotas y bufandas y chisteras sorprendentes que provocan contento y alegría. Al observar estas simpáticas escenas recordé al bisabuelo Conrado y al abuelo Conradino, que cuando era niño me llevaban al otro lado del puente de los Serafines para que viera el reflejo del cielo sobre el agua del río y los copos de nieve sobre los arces de la ribera, ante lo que era obligado abrigarse con guantes y capucha y botas de cuero repasadas despacio por el guarnicionero de nuestra misma calle. En ocasiones era mi egregio padre quien me acompañaba de la mano a contemplar los cerros nevados que se adivinaban después de las últimas casas, aunque yo me dedicaba a mirar con disimulo y desde abajo su abrigo largo y su sombrero siempre pulcro y cepillado. Después regresábamos a casa por el bulevar de los Arcángeles y caminábamos mucho rato en silencio distraído, porque él era un hombre muy cabal y yo comenzaba a serlo también, y saludaba muy serio a los amables vecinos del barrio, en donde no faltaban cafetines y comercios de integérrimos ciudadanos que atendían a sensatos y elegantes parroquianos. Con razón decía el difunto Estradivario, que fue uno de los mejores paseantes de nuestra excelsa subcomarca, que en la vida hay que tener armonía, memoria, paciencia y equidad. Voy a prepararme una sopita de estrellas, que casi sin darme cuenta me he puesto hoy un poco melindroso y delicado.

Para A. V., que se fue también en un día de nieve.

Capítulo anterior
«Tiempos de querencia y dilección»
Capítulo siguiente
«Insólitos hallazgos que alteran los sosiegos»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

La verdadera importancia de las temáticas

La verdadera importancia de las temáticas · Fotografía: Pavel Krukov
· Diario de un hombre ridículo, 51 ·
Fran Vega
La verdadera importancia de las temáticas
Fotografía: Pavel Krukov

¡Qué tarde más extraordinaria pasé ayer con todas mis amistades en el cafetín de Tadeo! Se celebraba la vicegésima edición del campeonato subcomarcal de guiñotistas y la campeonérrima pareja formada por Fulgencio y Argimiro logró llegar a la final con mucha elegancia y absoluto pundonor, pues por algo representaban a todo el ateneo cafetinesco y sus ilustres asociados. Frente a ellos jugaron Exuperancio y Quintiliano, que son asiduos de la taberna en donde se reúnen los del Sindicato de Oficinistas, nunca usan chaleco ni sombrero y son muy devotos de la Virgen de la Tregua, con lo que estoy en condiciones de afirmar que tenían la partida arruinada con solemne anticipación. Justito se encargó de servir las gaseosas y Tadeo se esmeró con unas copitas de ponche, mientras los demás vitoreábamos a los seguros triunfadores de tan emocionante contienda. Qué momentos, qué instantes tan épicos como legendarios pudimos vivir cuando Fulgencio y Argimiro levantaron los brazos en inequívoca señal de loada y merecida victoria. Y para festejarlo salimos todos a la glorieta de los Lirios y nos abrazamos durante mucho rato, aunque pronto aparecieron dos gendarmes proclamantes de que no teníamos autorización para organizar semejante algarabía, si bien nada dijeron de la ofrenda al Cristo de los Tréboles que en ese momento se estaba cometiendo en el contiguo parque de los Querubines. Yo no recuerdo bien qué estipulan al respecto las ordenanzas de nuestra insigne población, pero me parece a mí que estos augustos enviados de las autoridades no comprendieron dónde está la verdadera importancia de las temáticas, y no como Fulgencio y Argimiro, hombres sapientérrimos donde los haya y guiñotistas de postín. Voy a cepillar un poco los paraguas oscuritos, que ya casi es jueves.

Capítulo anterior
«Hablillas y consejas que nublan los alcances»
Capítulo siguiente
«Ideas revolucionarias en el cafetín»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Insólitos recintos de la sapiencia

Insólitos recintos de la sapiencia · Fotografía: Dariusz Klimczak
· Diario de un hombre ridículo, 47 ·
Fran Vega
Insólitos recintos de la sapiencia
Fotografía: Dariusz Klimczak

Iba yo caminando la otra tarde por la glorieta de los Lirios hacia el parque de los Querubines cuando reparé en un distinguido edificio del que hasta entonces no tenía constancia. Qué extraño, pensé, que hasta hoy no me haya fijado en la existencia de tan ilustre monumento, pero como siempre me he tenido por un hombre adecuado que afronta las peripecias de la vida con valentía y determinación, me adentré más allá de la puerta principal y pude comprobar en su interior que numerosas damiselas y no pocos caballeros leían voluminosos ejemplares que trataban de insólitos asuntos, lo que me animó a preguntar a un amable subconserje qué extravagantes actividades se daban cita en aquella estancia pintoresca. Está usted en una biblioteca, me dijo, palabra que procede del antiguo latino y a su mismérrima vez del vetusto griego, a lo que añadió con un gesto que delató su bonhomía sin ningún indicio de fluctuación: lea. Y me entregó un libro inconcebible titulado Diccionario en el que están recogidas todas las palabras que los seres humanos de una misma subcomarca podemos discernir y utilizar. Salí de allí a puro ritmo de castañuelas por el contento que tenía en el propio entendimiento y llegué en un santiamén al cafetín de Tadeo con la intención de comunicar a mis amistades estas extraordinarias referencias, que todos recibieron con fruición y algarabía al tiempo que me felicitaban por tan revolucionario descubrimiento. Después dijo Lupicinio que un libro tan importante como el que había tenido en mis manos debía explicar qué es una biblioteca y a quién se le ocurrió semejante rudimento, así que tendré que consultar con Don Helesponto los históricos antecedentes de este fenomenal recinto de la sapiencia, que por algo en su juventud fue escritor de solapas y ladillos y es un hombre sapientérrimo y cabal. Voy a prepararme unos guisantitos con cecina, que ya es temporada.

Capítulo anterior
«Los arcanos del magín»
Capítulo siguiente
«Contubernios y algaradas en horas de oficina»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Las cosas que yo no puedo comprender

Las cosas que yo no puedo comprender · Fotografía: Valery Simov
· Diario de un hombre ridículo, 45 ·
Fran Vega
Las cosas que yo no puedo comprender
Fotografía: Valery Simov

Iba yo caminando por el puente de los Serafines en dirección al parque de los Querubines, silbando una alegre cancioncilla de mis años juveniles, cuando de repente sorprendí en plena actividad a unos mozalbetes que estaban cometiendo simultáneas infracciones, todas ellas relacionadas con la caballerosidad tan necesaria en nuestros días. No se contentaban con tomar a las damiselas por las áreas candentes situadas al sur de la honestérrima cintura, sino que fijaban sus miradas en las zonas más turgentes ubicadas al este y al oeste del púdico esternón, circum circa. Y por si fuera escaso el atropello, calzaban los pimpollos zapatillas de ejercitarse en el deporte y vestían las núbiles reducidos pantalones que supongo condenables por nuestras justas ordenanzas, según leí hace bien poco en el boletín subcomarcal. Pero tras instarles gentilmente a que depusieran su actitud indecorosa, evacuaron insolentes risotadas y uno de estos púberes llegó a manifestar ofensivas palabrotas mientras observaba mi sombrero, que es el que me pongo por las tardes cuando salgo a pasear. Como soy hombre de bien, no quise prolongar el altercado con gentes tan ausentes de razón y dejé que estos pequeños y futuros instigadores de quebrantos y descuidos marcharan hacia su destino, pues el mío era una sombra de la glorieta de los Lirios en la que me senté a pensar en las cosas que yo no puedo comprender y que después relaté a mis amistades en el cafetín, sin obviar detalle y ni una sola latitud. Y todos estuvimos de acuerdo en que el otoño de verdad no ha llegado todavía y en que este año hubo en la ciudad menos estorninos de lo que es habitual, por lo que estoy en condiciones de afirmar que en este mundo tan curioso y relevante todo tiene buen remedio y solución. Voy a regar el ficus, que me parece que aún no ha entrado en dormancia.

Capítulo anterior
«Cabales remedios para las ocurrencias»
Capítulo siguiente
«Los arcanos del magín»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Relaciones sociales en el mundo relevante

Relaciones sociales en el mundo relevante · Fotografía: Paul Wolff
· Diario de un hombre ridículo, 40 ·
Fran Vega
Relaciones sociales en el mundo relevante
Fotografía: Paul Wolff

Desde que ha regresado el otoño con sus tardes agradables disfruto de unos ratos de mucho entretenimiento contemplando a las muchedumbres y saludando con cortesía a las elegantes damiselas que caminan por las calles, porque aunque no sepa sus nombres son admiradas ciudadanas de esta insigne población. Y hasta tal punto he tomado afecto a esta noble actividad que el otro día estuve parloteando con unas señoritas muy atentas que preguntaban por la confitería de Cristeta y después con unos aseados caballeros que se sentaron en el cafetín para tratar unos asuntos de difícil entendimiento, al menos para lo que resulta ser mi modestérrima persona. Dicen Felixín y Teofrasto que un día tendríamos que ir a pasear entre las gentes, pero yo no termino de entender ese interés en recorrer los universos colindantes, sobre todo ahora que nos da el airecito de la tarde en la glorieta de los Lirios. Además, paso bastante tiempo en la oficina con Teodomiro y Abisinio, porque sus negociados están junto al mío, y en ocasiones intercambio comentarios con Don Helesponto en el portal, así que no tengo más que buenos motivos para sentirme muy bien relacionado y socialmente satisfecho. Voy a ver si ya ha hervido la leche.

Capítulo anterior
«Las personas razonables caminan muy contentas»
Capítulo siguiente
«Raros acontecimientos en los albores del otoño»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Los poetas de la glorieta de los Lirios

Los poetas de la glorieta de los Lirios · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 35 ·
Fran Vega
Los poetas de la glorieta de los Lirios
Fotografía: Rodney Smith

Ayer tuve ocasión de asistir a un acontecimiento cultural de primerísima magnitud. Resulta que con motivo del aniversario del pavimentado de la glorieta de los Lirios, los vecinos organizaron un certamen de estribillos que fue la mar de simpático. La entrada era gratuita, pero casi todos dimos un exiguo y voluntario donativo para que puedan seguir celebrándose festejos de tanta importancia. Lo mejor de la tarde fue cuando los hermanos Hinojosa subieron al entarimado a recitar un estribillo de su invención que nos llenó a todos de mucho orgullo y que a petición popular repitieron después en la misma glorieta y en el cafetín de Tadeo, donde Justito nos esperaba ya con las gaseosas sobre la mesa. Empezaba así: «Cuán felicérrimos somos los humanos cuando por la glorieta paseamos…». Ya no me acuerdo de más, porque yo casi nunca recuerdo las cosas, pero cualquiera puede advertir en estos amigos míos a verdaderos ases del verso, comparables a los mejores juglares que ha tenido nuestra insigne población, de modo que pasamos una tarde estupenda en el cafetín repitiendo todos juntos el estribillo de los hermanos Hinojosa, sobre todo Carioco, que es el más feo de los dos. ¡Cuán felicérrimos somos en el cafetín, con tantos compañeros de postín!

Capítulo anterior
«Gloriosos episodios de nuestra insigne población»
Capítulo siguiente
«Un hombre instruido y noticioso»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016

Gloriosos episodios de nuestra insigne población

Gloriosos episodios de nuestra insigne población
· Diario de un hombre ridículo, 34 ·
Fran Vega
Gloriosos episodios de nuestra insigne población

Ayer me ocurrió un suceso sorprendente. Iba yo tan contento por la avenida de los Iscariotes, silbando un bonito romance popular, cuando al cruzar el puente de los Serafines se me acercó un hombre que me preguntó por la glorieta de los Lirios. En un momentito paso a explicárselo, distinguido caballero, respondí, y le indiqué el recorrido con detalle añadiendo algunos interesantes pasajes sobre la historia de nuestra insigne población. Pero cuando me disponía a narrarle el glorioso episodio del medioevo en el que un príncipe augustérrimo saltó desde el elevado puente en busca de su amada damisela, el caballero en cuestión se dio la vuelta y se marchó. Qué raro, pensé, que un señor tan educado se aleje sin que haya terminado de contarle las emocionantes leyendas que jalonan nuestra excelsa subcomarca, así que continué mi agradable y lírico paseo hacia el parque de los Querubines. En el cafetín de Tadeo dijeron después que se trataba sin duda de un forastero procedente de algún lugar extraordinario y desconocedor de nuestras lides históricas, pero yo no puedo entender que un hombre con chaleco, sombrero y corbatín no preste atención a estos vívidos relatos, a no ser que sufriera un repentino trastorno intestinal que exigiera urgente alivio y solución. Voy a sacar de la nevera el dulce de membrillo, por si después me apetece merendar un poco.

Capítulo anterior
«Cuánta paz hay en mi universo sin par»
Capítulo siguiente
«Los poetas de la glorieta de los Lirios»

Inicio
Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2016