Es grande amigo mío ese Cervantes

Es grande amigo mío ese Cervantes · Fotografía: Carl Mydans
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 61 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VI
«Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo»
Es grande amigo mío ese Cervantes
Fotografía: Carl Mydans

Este es —siguió el barbero— el Cancionero de López Maldonado.1
—También el autor de ese libro —replicó el cura— es grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a quien los oye, y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que encanta. Algo largo es en las églogas, pero nunca lo bueno fue mucho; guárdese con los escogidos. Pero ¿qué libro es ese que está junto a él?
La Galatea,2 de Miguel de Cervantes —dijo el barbero.
—Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada. Es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.
—Que me place —respondió el barbero—. Y aquí vienen tres todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla,3 La Austriada de Juan Rufo,4 jurado de Córdoba, y El Monserrate de Cristóbal de Virués,5 poeta valenciano.
—Todos esos tres libros —dijo el cura— son los mejores que en verso heroico6 en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia; guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.
Cansose el cura de ver más libros, y así, a carga cerrada,7 quiso que todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba Las Lágrimas de Angélica.8
—Lloráralas yo —dijo el cura, en oyendo el nombre— si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio.9

1 López Maldonado, Gabriel: poeta toledano fallecido en 1615, miembro de la Academia de los Nocturnos de Valencia y autor de El Cancionero, publicado en Madrid en 1586, que recoge dos composiciones poéticas de Cervantes.
2 La Galatea: novela de Miguel de Cervantes publicada en 1585 en Alcalá de Henares con el título de Primera parte de La Galatea, dividida en seis libros. El autor habla de sí mismo al citar «la segunda parte que promete», pues Cervantes nunca llegó a escribirla.
3 Alonso de Ercilla: poeta y soldado madrileño (1533-1594), autor de La Araucana (1569-1589), poema épico que relata la primera fase de la guerra de Arauco entre conquistadores españoles y mapuches o araucanos.
4 Juan Rufo: escritor y soldado cordobés (1547-1620), autor de La Austriada (1584), obra épica sobre las hazañas de Juan de Austria y la victoria en la batalla de Lepanto, en la que participó el propio Cervantes.
5 Cristóbal de Virués: dramaturgo y poeta valenciano (1550-1614), autor de El Monserrate (1587), poema épico que narra la construcción del monasterio de Montserrat.
6 verso heroico: octava rima en endecasílabos, que era la forma habitual del poema épico culto.
7 a carga cerrada: a bulto, sin examinar.
8 Las lágrimas de Angélica: continuación del episodio de Angélica y Medoro incluido en Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, escrita por el poeta cordobés Luis Barahona de Soto (1548-1595) y publicada en Granada en 1586 con el título Primera parte de la Angélica. Con esta mención termina la descripción de la biblioteca de don Quijote incluida en el capítulo VI, si bien al comienzo del VII se citan dos títulos más.
9 Ovidio: poeta romano (43 a. C.-17 d. C.), autor de Arte de amar, Las Metamorfosis y Medea.
 Diccionario de Don Quijote

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Congresos y concilios

Congresos y concilios
· Apuntes del Subsuelo ·
Congresos y concilios

Concluidas las reuniones y dividido el territorio, los dirigentes realizaban absurdas declaraciones y abrazaban a los antiguos adversarios con la sonrisa de quien tiene en la cartera una oferta inmejorable que no se puede rechazar. Mientras tanto, asociados y secuaces de una y otra banda anotaban los testigos y esperaban en el patio a que fueran necesarios sus encargos para afianzar por otros medios las victorias conseguidas. Los congresos habían terminado.

© Fran Vega, 2017

Sean estos libros condenados al fuego

Sean estos libros condenados al fuego · Fotografía: Margaret Bourke-White
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 56 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VI
«Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo»
Sean estos libros condenados al fuego

Fotografía: Margaret Bourke-White

Abrióse otro libro, y vieron que tenía por título El Caballero de la Cruz.1
—Por nombre tan santo como este libro tiene, se podía perdonar su ignorancia; mas también se suele decir «tras la cruz está el diablo». Vaya al fuego.
Tomando el barbero otro libro dijo:
—Este es Espejo de caballerías.2
—Ya conozco a su merced —dijo el cura—; ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán3 con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco,4 y los Doce Pares,5 con el verdadero historiador Turpín,6 y en verdad que estoy por condenarlos no más que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo,7 de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto,8 al cual, si aquí le hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no le guardaré respeto alguno; pero, si habla en su idioma, le pondré sobre mi cabeza.9
—Pues yo le tengo en italiano —dijo el barbero—, mas no le entiendo.
—Ni aun fuera bien que vos le entendiérades —respondió el cura—; y aquí le perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho castellano, que le quitó mucho de su natural valor, y lo mismo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua, que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento. Digo, en efecto, que este libro y todos los que se hallaren que tratan de estas cosas de Francia, se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer de ellos, exceptuando a un Bernardo del Carpio10 que anda por ahí, y a otro llamado Roncesvalles;11 que estos, en llegando a mis manos, han de estar en las del ama y de ellas en las del fuego, sin remisión alguna.

1 El Caballero de la Cruz: libro de caballerías cuya primera parte apareció en Valencia en 1521 con el título Crónica de Lepolemo, llamado el Caballero de la Cruz, hijo del emperador de Alemania, compuesta en arábigo por Xarton y trasladada en castellano por Alonso de Salazar; la segunda parte se publicó en Toledo en 1563 con el título Leandro el Bel.
2 Espejo de caballerías: serie de libros de caballerías de la primera mitad del siglo XVI que consta de tres partes. Las dos primeras, aparecidas en Toledo entre 1525 y 1527, fueron escritas por Pedro López de Santa Catalina a partir de una traducción libre de Orlando enamorado, de Mateo Boyardo, y de materiales procedentes de obras épicas italianas. La tercera parte, publicada en Toledo en 1547, es original de Pedro de Reinosa.
3 Reinaldos de Montalbán: caballero perteneciente a los Doce Pares de Francia y uno de los preferidos de don Quijote.
4 Caco: en la mitología griega, Caco, hijo de Hefesto, era un gigante mitad hombre y mitad sátiro que vomitaba torbellinos de llamas y humo. En el Siglo de Oro el personaje se convirtió en ladrón mitológico, de donde procede el término como sinónimo de «ladrón».
5 Doce Pares de Francia: caballeros feudales al servicio de la corona francesa citados en el poema épico La Chanson de Roland, escrito a finales del siglo XI.
6 Turpín: consejero de Carlomagno y arzobispo de Reims que murió con Roldán en Roncesvalles y a quien se le atribuyó la Historia Caroli Magni et Rotholandi, en la que se contaba la institución de los Doce Pares y las hazañas de algunos de ellos.
7 Mateo Boyardo: escritor italiano (1441-1494), autor de Orlando enamorado, poema épico que sería continuado por el también italiano Ludovico Ariosto en Orlando furioso.
8 Ludovico Ariosto: escritor italiano (1474-1533), autor de Orlando furioso, continuación del poema inacabado Orlando enamorado, de Mateo Boyardo.
9 poner sobre la cabeza: expresión metafórica que procede del acto de colocar sobre la cabeza, como prueba de acatamiento y vasallaje, las órdenes reales y las bulas del papa.
10 Bernardo del Carpio: personaje legendario que derrotó a Roldán en la batalla de Roncesvalles (778), lo que le convirtió en protagonista de diversos romances y libros de caballerías, como Historia de las hazañas y hechos del invencible caballero Bernardo del Carpio, poema escrito por Agustín Alonso y publicado en Toledo en 1585.
11 Roncesvalles: vía de paso entre Francia y Navarra en la que en 778 tuvo lugar la batalla entre las tropas vasconas y las de Carlomagno, dirigidas por Roldán, sobre la que en la Edad Media se escribieron varios poemas épicos y libros de caballerías.
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Los cadáveres que investían a los muertos

Los cadáveres que investían a los muertos · Fotografía: Patrick Gries
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Tesoreros disyuntivos

Tesoreros disyuntivos · Fotografía: Geof Kern
· Cuadernos del Dárdano ·
Fran Vega
Tesoreros disyuntivos
Fotografía: Geof Kern

De todas las misiones que en los nuevos tiempos se pueden cometer, la del tesorero es quizá una de las más complejas y atrevidas, pues requiere del oficiante gran manejo de las cuentas y un sentido del dinero que excluye merma y orfandad. No es sencilla su tarea, ya que ha de ser siempre más hábil que beneficiarios silenciosos y deudores malqueridos, pero la función más delicada de quien llega a tesorero se encuentra en las modernas matemáticas relacionadas con la lógica formal, porque ha de agrupar primero para dividir después sin que nada le distraiga y lograr que unas mismas cantidades aparezcan con valores diferentes considerando a quien le paga y recompensa por su intrépida labor. A los viejos dogmas de dos y dos son cuatro y cuatro y dos son seis debe añadir tantas unidades como las autoridades dictaminan y tantas tiene que restar para que los ciudadanos sepan cuántos ímprobos esfuerzos y augustos sacrificios se requieren para pagar no ya lo que no deben, sino lo que nunca llegaron a tener. Los oficiales del tesoro saben siempre de qué estadísticas hablar, así como qué gráficos mostrar y de qué deudas alertar, ingeniosos resortes inventados para que el dinero temerario desafíe la constante ley gravitatoria, pues fluye siempre a las alturas y jamás desciende a su lugar, no otro que el sitio en donde nace y se genera a costa del trabajo y la pobreza, la codicia y la crueldad. Y de su alquimia financiera pende la supervivencia de los amos y la miseria de la insolente mayoría, objetivos demostrados a través de tantos años de fraudes, latrocinios y espuelas tributarias que argumentarán ante el juicio y la sentencia mediante el silogismo disyuntivo de la lógica proposicional: tollendo ponens, que negando afirma.

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© Fran Vega, 2016

Recuestando muchas viudas y deshaciendo algunas doncellas

Recuestando muchas viudas y deshaciendo algunas doncellas
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 27 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo III
«Donde se cuenta la graciosa manera
que tuvo don Quijote en armarse caballero»
Recuestando muchas viudas y deshaciendo algunas doncellas
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones y, por tener que reír aquella noche, determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él asimismo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo, buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga,1 Islas de Riarán,2 Compás de Sevilla,3 Azoguejo de Segovia,4 la Olivera de Valencia,5 Rondilla de Granada,6 Playa de Sanlúcar,7 Potro de Córdoba8 y las Ventillas de Toledo9 y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos,10 recuestando11 muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía, y porque partiesen con él de sus haberes, en pago de su buen deseo.

1 Percheles de Málaga: barrio malagueño que recibía su nombre porque en él se secaban los pescados en perchas y que era frecuentado por pícaros, tahúres y rufianes.
2 Islas de Riarán: barrio de Málaga formado por manzanas de casas denominadas «islas» o «ínsulas» porque ninguna estaba pegada a la otra.
3 Compás de Sevilla: antiguo barrio sevillano separado del resto de la ciudad por una tapia y dedicado a albergar la prostitución.
4 Azoguejo de Segovia: plaza del arrabal segoviano por donde pasa el acueducto.
5 Olivera de Valencia: antigua plaza de Valencia, cuyo nombre deriva de un olivo desaparecido en el siglo XVI, conocida por maleantes, pícaros y prostitutas.
6 Rondilla de Granada: barrio granadino famoso por albergar pícaros y maleantes.
7 Playa de Sanlúcar: Sanlúcar de Barrameda, población de la actual provincia de Cádiz, cuya playa era en tiempos de Cervantes lugar de reunión de pícaros, indeseables y fugitivos de la justicia.
8 Potro de Córdoba: plaza cordobesa que debía su nombre al mesón del Potro, conocido por albergar a diversas clases de pícaros.
9 Ventillas de Toledo: zona situada en el antiguo camino de Madrid, lugar habitual de pícaros y maleantes.
10 tuerto o entuerto: injuria, injusticia o agravio que se hace a alguien.
11 recuestar: atraer con halago o dulzura de amante.
→ Diccionario de Don Quijote

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El discreto encanto del perdedor

El discreto encanto del perdedor
· Ucronías ·
Fran Vega
El discreto encanto del perdedor

Cuando termine la final del raro concurso futbolístico que se celebra hoy, la copa se quedará en alguna vitrina de la capital de este reino de vino tinto con sifón y comenzaremos a pensar en el siguiente trofeo deportivo que nos alivie la realidad. Se festejará en las calles y habrá quienes brinden y celebren, como habrá quien se apene y se lamente de la sin duda trágica derrota que siempre acompaña a un adverso marcador.
Y comprobaremos una vez más que siempre es más interesante la experiencia del perdedor. La del ganador no encierra mística ni misterio, pues nunca hay laberinto en la alegría de quien gana, cuyo ánimo se transcribe en abrazos y sonrisas, en chocar esos cinco, en reconocerse los méritos, en ocultar prudentemente los deméritos y en bailar congas o cosas aún peores hasta que el amanecer aconseje el cierre y los adioses. Nada que no conozcamos. Nada que incluso no hayamos vivido en nuestras anodinas y anónimas vidas.
Pero la liturgia del perdedor es mucho más exigente y atractiva, porque encierra individualidades y procesos internos que pocas veces se exteriorizan y que no aparecen nunca en las crónicas deportivas a las que tan perezosamente estamos acostumbrados. Cierto que veremos aún sobre el césped algún rostro de tristeza, algún abrazo entre lágrimas contenidas y tal vez muecas de rabia frente a sus propios seguidores, con sus bufandas y banderas y sus escudos y colores derrotados. Pero cada uno de quienes pierdan el partido vivirá su propia desolación no compartida y arrastrará su ánimo de forma indefinida y quizá imprevista hasta límites imposibles de saber.
Cualquiera puede imaginarse lo que se siente al ganar un campeonato con la repercusión que el fútbol tiene en nuestros tiempos, un deporte que si desapareciera originaría tremebundas y terribles guerras coloniales, y no es difícil suponer el orgullo inalcanzable que la victoria representa. Pero la voracidad que nos es propia implica que en poco tiempo los triunfadores estarán ya pensando en los siguientes objetivos y en nuevas metas que lograr. No digan que no es una vida plomizamente aburrida.
Sin  embargo, el perdedor recordará durante décadas la noche aciaga en que pudo ser y no fue, el pase errado, la falta discordante, el penalti fallado y el balón que entró sin que el portero lo rozara o peor aún si lo rozó. Durante noches pensará en qué hubiera ocurrido de tirarse en plancha sobre el área, si debió poner la zancadilla a tal o cual rival o si pensó con equívoco la jugada de los últimos minutos en un estadio que jamás olvidará. Su derrota le acompañará mientras viva.
No soy de un equipo ni de otro, me da lo mismo quien gane y quien pierda y ni siquiera veré un espectáculo cuyas normas no comprendo. Pero mañana buscaré en los diarios alguna imagen que atestigüe qué grande y minuciosa es la vida del discreto perdedor.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 28 de mayo de 2016

Al sol que más calienta

Al sol que más calienta · Fotografía: Ramón Masats
· Apuntes del Subsuelo ·
Al sol que más calienta
Fotografía: Ramón Masats

Como todas las sociedades felices se parecen, pero las desdichadas lo son cada una a su manera, dejemos que la islandesa se indigne porque un primer ministro les ha engañado y que la francesa se eche a la calle por una injusta reforma laboral, que en la nuestra hay buen fútbol, paella, cervecita, sol y gobiernos de ocasión. ¿Qué ocurre, entonces, si lo tenemos todo para ser la locomotora de Europa?

Apuntes del Subsuelo, 9
© Fran Vega, 2016

Macarrones o república

Madrid, 14 de abril de 1931 · Fotografía: Martín Santos Yubero
· Ucronías ·
Fran Vega
Madrid, 14 de abril de 1931
Fotografía: Martín Santos Yubero

La proximidad del 14 de abril es un pretexto adecuado para dar otra vuelta argumental a la necesidad de establecer un sistema republicano en nuestro país, tan asolado históricamente por dinastías deificadas que jamás han logrado el respeto de la sociedad sobre las que reinaron, seguramente porque no llegaron para ser respetadas, sino para ser temidas.
A finales de 1975, tras la muerte del dictador que en 1936 acabó con la Segunda República, los partidos políticos que entonces actuaban en la clandestinidad tuvieron que plantearse la aceptación de la monarquía como un mecanismo de transición o la reclamación del sistema republicano. Eligieron la primera opción, cuyos resultados son sobradamente conocidos, pero siempre nos quedará la duda de qué hubiera ocurrido si hubieran acudido a la segunda. No lo hicieron. Y su decisión supuso que la sociedad aceptara el trono borbónico como un mal menor frente a la situación apocalíptica que entonces nos dibujaban: desde una nueva guerra hasta la invasión amarilla.
Poco más ha hecho después este presunto país indignado por alcanzar otra forma de estado, aparte de pintorescas manifestaciones de cacerola y cuchufleta y de dejar pasar las décadas en un limbo político del que solo la crisis económica fue capaz de despertarlo. Mientras la despensa estuvo llena, poco nos importó el trono; cuando empezaron a faltar los macarrones, comenzamos también a ser republicanos.
Sin embargo, alguna vez tendremos que afrontar algo en serio de forma colectiva y debatir también en serio si queremos seguir siendo una reserva monárquica o si vamos a tener la valentía de darle la vuelta a lo que los vencedores de la guerra civil dejaron establecido. Cuarenta años debería ser un plazo lo suficientemente amplio como para haberlo pensado en calma.
Acabar legalmente con la monarquía es probablemente más sencillo de lo que parece, pero no basta con eso, pues se trata de prever qué vendrá después y quiénes gestionarán la situación resultante de esta abolición. Más allá de las proclamas y los eslóganes, va siendo hora de que asumamos que no bastan las pancartas para establecer un nuevo régimen. No son suficientes las banderas en primavera.
Cuando el republicanismo deje de ser una postura para ser una actitud estaremos en condiciones de aspirar a otro sistema diferente del que tenemos. Y será entonces cuando encontraremos entre nosotros los cráneos adecuados para gestionarlo, pues las banderolas y las insignias son tan solo viejos recuerdos de lo que nunca tuvimos. De modo que si de verdad deseamos la instauración de una nueva república no hemos de comenzar por la abolición de la monarquía, sino por la renovación profunda de nuestras estructuras y mentalidades en medio de una crisis que inventaron para que no inventáramos nada.
Y no olviden este 14 de abril poner la banderita republicana en las redes sociales: todos los monárquicos continuarán estando agradecidos.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 13 de abril de 2016

Una cultura jurídica distinta

20160412 · Rafael Catala

Afirma este hombre, que es el ministro de Justicia de un gobierno de la Unión Europea, que no es que en Panamá se hagan cosas muy feas a costa de los alegres contribuyentes españoles, sino que es un país «con una cultura jurídica distinta». Y se supone que debemos aceptar la financiación offshore de cuantos tienen allí sus ahorrillos porque ellos también tienen una cultura jurídica distinta.
Lo bueno del caso es que usted mismo puede dar hoy una paliza a su jefe, ya que será debido a que tiene una cultura sanitaria distinta, o puede cometer un atraco en la tienda más cercana, porque lo más probable es que tenga una cultura comercial distinta.
Y lo peor del caso no es que este hombre sea nuestro ministro de Justicia, sino que la mayoría de la gente quiere que siga siéndolo.

© Fran Vega, 12 de abril de 2016

Un tipo con suerte

Mario Conde

Lo que más llama la atención de la historia de este hombre de gomina y maletín no es que vuelva al chabolo por blanqueo de capitales, que la cabra siempre tira al monte y no estamos ya para creernos cuentos de redención, sino lo benévolo que el sistema ha sido con él.
Resulta que cuando en los años noventa fue condenado, la sentencia estipulaba el embargo de sus propiedades como modo de hacer frente a sus delitos monetarios (robos, para entendernos), por lo que la administración de justicia debía comunicar a los organismos pertinentes que tomaran nota de la condición en la que quedaban sus bienes inmuebles a partir de ese momento. Pero… se les olvidó. Sí. Se les olvidó. Así que cuando este picarón salió de la cárcel se encontró con que sus fincas estaban, exactamente, como las había dejado cuando entró. Y como es lógico, se apresuró a cambiar su titularidad y declararlas, por tanto, inembargables. Y aquí paz y después gloria.
De modo que duerman tranquilos: tal vez la declaración de la renta les salga a pagar, pero es muy probable que Hacienda se olvide de ustedes, como es seguro que ya intuyen.
¿Es grande o no es grande nuestro sistema?

© Fran Vega, 11 de abril de 2016

Beneficios del buen desgobierno

Un tipo intrascendente
· Ucronías ·
Fran Vega
Beneficios del buen desgobierno

Ese hombre de lánguida mirada y triste caminar que a veces ustedes ven en los informativos mientras oculta la prensa deportiva bajo el brazo y la quiniela en el bolsillo interior de la americana es el presidente del gobierno en funciones. Desde que en otoño convocó las elecciones del 20 de diciembre está así, en este plan gandul y remolón, contemplando cómo los gallos se enfrentan en el corral mientras él lanza volutas de humo por encima de las gafas. Un hombre en funciones, una especie de la serie B que la política nos ha proporcionado. Un tipo intrascendente.
Tal vez mientras observan su absurda realidad hayan caído en la cuenta de que pertenecemos a una generación privilegiada, estratosférica y homérica, que está viviendo un acontecimiento sin precedentes en la historia de esta España nuestra: llevamos más de cien días sin gobierno. No tenemos quien nos represente, las reuniones internacionales de primeros ministros nos importan un comino y aquí ya no se mueve un folio ni una firma hasta que el rey no bendiga al nuevo presidente. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, disfrutemos.
Podría parecer que el país está paralizado, que las fábricas han dejado de producir aparatos insensatos o que las gentes han dejado de adquirir cosas que no utilizarán. Pero no. Siguen sonando los despertadores, la chavalería acude a sus clases y la liga de fútbol continúa su curso. No sé qué más puede pedirse a un estado sin gobierno.
Sin embargo, la gran ventaja de la prolongación de este juego de trileros en que se han convertido las negociaciones consiste en que nadie puede robar un euro de partidas presupuestarias inexistentes. Sin gobierno, no hay firma; sin firma, no hay presupuesto; y sin presupuesto, no hay hurto ni soborno. De modo que mientras que todos los ladronzuelos y pillastres que nos gobiernan se mantengan en funciones tendremos un oasis de honradez que generaciones enteras querrán ver alguna vez.
Más beneficios: no hay declaraciones a la prensa. Durante este tiempo de parálisis, solo Mariano se ha atrevido con algunas de sus incomprensibles frases, pero desde la vicepresidenta al último subsecretario se observa un silencio que solo es interrumpido de vez en cuando por ese personaje que custodia la cartera de Interior debidamente respaldado por su ángel de la guarda. Ningún responsable del gobierno en funciones se la quiere jugar, no vaya a ser que en una de esas carambolas que la política produce acaben con algún cargo de importancia en cualquier coalición, por estrambótica que esta sea.
Y finalmente, y no por ello menos trascendente, tampoco hay ideas. Por fin. Todos guardan sus mejores bazas y se limitan a exponer viejos asuntos que ya hemos escuchado demasiadas veces, así que llevamos una agradable temporadita en la que salvo las ocurrencias de los bufones habituales de la corte no tenemos que mostrarnos perplejos ante lo que algún ministro haya pensado entre el primer martini y el último gin-tonic.
Y por lo demás, ¿qué importa este asunto de estar o ser en funciones?, ¿acaso estaríamos mejor con cualquiera de los negociadores instalado en la Moncloa? No creo que debamos preocuparnos. O al menos, no todavía. Se está bien sin nadie al frente. Nos da un poco de rollito ácrata y nos permite pensar que somos un país maduro con las cositas bien claras. Después de todo, ser presidente del gobierno es serlo siempre en función de lo que ordenen la banca, la sacristía y la bolsa. De modo que mientras no podamos elegir a los presidentes de estas tres columnas básicas del estado, cualquiera que ocupe el sillón de presidente lo hará en calidad de provisional y transitorio. Como cualquier tipo intrascendente.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 6 de abril de 2016

Tiempos de fantasmas

Tiempos de fantasmas
· Ucronías ·
Fran Vega
Tiempos de fantasmas

Hasta no hace mucho tiempo, y desde la primera batalla de carros de la que se tiene noticia, todas las guerras tuvieron nombre propio y quedaron para la historia los de sus mariscales, generales y almirantes. Casi cualquiera es capaz de recordar una lista no precisamente corta de quienes combatieron aquí y allá y resultan conocidos quienes protagonizaron enfrentamientos y batallas de gran fama y trascendencia. No faltan tampoco quienes saben distinguir mortíferos artilugios usados por la artillería ni quienes recuerdan el tipo de aparato que sobrevolaba ciudades asediadas. Así era antes. Sabíamos cosas. Conocíamos nombres.
En las batallas que hoy se libran los rostros de sus planificadores y estrategas nunca están al descubierto y sus nombres solo se escuchan en forma de eufemismos que hasta hace poco casi considerábamos de indigna pronunciación. Y el paisaje gráfico de la contienda suele resumirse en forma de líneas descendentes o ascendentes que indican la recuperación o el desastre de una moneda o el coste y sobrecoste de nuestras deudas y, sobre todo, de las ajenas. No hay nombres. No hay rostros. La identificación es tarea imposible.
Conocemos, porque viven de ello, las caras de todos los alfiles que se mueven por el tablero. Y sabemos los nombres de quienes dirigen organizaciones que han adquirido forma de países o instituciones, porque necesitarán que sean reconocibles cuando de vez en vez pidan el voto, pero estos no son quienes de verdad importan, no son quienes toman decisiones sobre nuestras vidas, pues solo encarnan la marca creada para lograr el objetivo.
Y no únicamente se trata de que ignoremos quiénes son los mercaderes y los dueños del mercado, sino que tampoco sabemos nada de quienes cocinan acuerdos y desacuerdos y sirven en bandeja las decisiones que luego son resumidas en torpes y embusteras declaraciones, cuando no en pactos sonrojantes de absurda signatura. Dónde están aquellos que se remangan en los subdespachos y trazan líneas rojas y azules sobre estadísticas y mapas, quiénes deciden hasta el último decimal de nuestro futuro, quiénes viajan de incógnito y negocian con otros desconocidos nuestros impuestos y salarios, nuestra sanidad y la educación de nuestros hijos. Quiénes son y dónde están aquellos que saben ya cuánto y de qué forma pagaremos, durante cuánto tiempo padeceremos las consecuencias de sus pactos y la infamia que ocupa sus mentes.
No sabemos. Y no sabemos porque no hay peor enemigo que el que no tiene nombre, ni rival más temido que aquel del que se desconoce su rostro, como bien sabe cualquiera empeñado en generar pánico y espanto. Y lo que ahora se presenta entre tinieblas es más que una batalla y una guerra, pues es un nuevo modo de entender las cosas que nos afectan y las relaciones entre los ciudadanos y el poder económico, único que sobrevive a la crisis prefabricada y cuyo triunfo pasa por el desconocimiento de sus mariscales.
Nos movemos entre fantasmas y los fantasmas se mueven con total impunidad entre nosotros, convertidos ya en anónima masa de indignaciones y protestas dirigidas a quienes no tienen rostro ni nombre. Es hora de identificar a sus alfiles y peones, descifrarlos, despedirlos y olvidarlos para que no acabemos también sin rostro, sin nombre, sin techo y hasta sin sábana con que cubrir los ojos que no ven quienes tratan de convertirnos en fantasmagórica existencia.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 4 de marzo de 2016

Pactando con lobos

Mas y Rajoy: pactando con lobos
· Ucronías ·
Fran Vega
Mas y Rajoy: pactando con lobos

Resulta que en esta España nuestra de sargentos y furrieles se impone ahora la obligada necesidad del diálogo y el pacto, de conversaciones de sofá mientras suenan en las calles alegres villancicos y se adivina en el ambiente un aroma de convivencia y amistad. Resulta que en este país nuestro, tan tabernario y jaranero, no hay más remedio estos días que escuchar a quien no quisiéramos tratar y atender su respetable exposición que en el fondo nos delata. Resulta ahora que los políticos de este país de ordenanzas y decretos se comportan como si vinieran a cenar los cuñados más impertinentes de la historia.
Quién le iba a decir a nuestro atribulado presidente del gobierno que tendría que sentarse a dialogar con quien hace poco le afeaba su rarísima conducta o con quien viste camisas adquiridas en hipermercados de barrios que todavía no ha pisado. Quién le iba a decir en su atalaya monclovita que se terminó lo del plasma y la menina y que no tiene otra salida que aflojarse la corbata y escuchar las bobaditas de derechosos e izquierdosos porque medio país aún no se ha enterado de las hazañas cometidas. Quién le iba a decir que más allá de la prensa deportiva que cada mañana revisa en el retrete hay una diabólica existencia llena de cepos y de trampas, de laberintos maquiavélicos en los que no sirve para nada el escapulario ni la sorna, de ciénagas y charcos repletos de alimañas que arruinan y sepultan nuestro digno acontecer. Quién le iba a decir a él, que todo lo ha sido en esta España nuestra, desde aburrido concejal a incompetente presidente, que ahora su futuro depende de un par de guaperas perfectamente rasurados y un tipo extraño con coleta y cierto deje al caminar.
Y como todo ser alucinado e insensato, nuestro registrador no termina de creerse lo que las urnas le tenían preparado ni puede comprender que la patria le traicione, la misma patria que rescató solemnemente del desastre y los mercados antes de sentarse en la tribuna a aplaudir dos goles y un penalti, la misma patria a la que tanto ha dado y a la que tanto quiso procurar. El cisne negro vive estos días sin vivir en él, sin fumarse un puro por las tardes ni jugar mentalmente al dominó, porque por primera vez en su amarillenta trayectoria tiene que escuchar y dialogar, tiene que ofrecer y conversar, tiene que ceder y proceder. It’s very difficult todo esto, se dice cabizbajo por las noches cuando recuerda con nostalgia los recientes tiempos absolutos de silencio y cerrazón.
Y quién le iba a decir también al otro atildado presidente, al mesiánico protector de las esencias catalanas y relamido dirigente con hechuras de convincente vendedor, que un día tendría que esperar en la buhardilla de su casa a que un grupo de mochileros dominantes, de revoltosos con sudadera y camiseta y asamblea y opinión, votara y decidiera su agonía y frustración y prolongara y estirara su esperpéntico fracaso, su ridícula postura y su humillante situación. Quién le iba a decir a él, que a punto ha estado varias veces de inmolarse por desconexión e independencia, que tendría que vérselas al fin con semejantes individuos de atuendos prohibitivos y cabelleras clandestinas, con la turba indeseable de barriada y callejón. Quién le iba a decir al estirado presidente de trajes a medida y afeitado milimétrico que a esta alegre muchachada tendría que ofrecerles oro, incienso y mirra para permitirse un poco más de heroísmo provinciano, de épica grotesca y de estilo degradante ante su propia multitud.
Estos dos hombrecillos que tanto se quisieron y adoraron, que tantos ajustes y recortes acordaron mientras parecían detestarse y separarse, que tantas mayorías se otorgaron en hoteles y burdeles y que tanto se parecen en su mísera actitud, no tienen más remedio ahora que pactar por separado unos cuantos votos del ignorado populacho para sobrevivir entre alfombras y moquetas sin olfatear siquiera la empobrecida, cansada y arruinada realidad.
Y estos dos tipos casi divinos, estos dos tipos que hace mucho tiempo que entendieron que el arte de la política no es sino la guerra por otros medios, se sienten ahora humillados y ofendidos ante lo que consideran un injusto castigo procedente de un pueblo descarriado e ignorante, una impropia circunstancia macabra y juguetona que la vida les ha dado para que se arrodillen y defequen de pánico y temor ante los leones y las hienas surgidos de sus propias felonías y de su única y exclusiva perversión.
Así están, así son y así seguirán estos dos oscuros personajes de funesto advenimiento, estos tristes responsables de tanto como hemos padecido y estos patibularios mercaderes capaces de alcanzar las más altas cimas de miseria, embuste y podredumbre a cambio de lamer y relamer cualquier esfínter y conducto que les otorgue la aritmética adición. Cada uno por su lado pactará con quien le toque, no importará qué ni tampoco hasta cuándo, y solo ellos serán conocedores de la cláusulas secretas que su acuerdo implique, pues nosotros tan solo veremos otra vez chirriantes apretones de manos y saludos complacientes entre quienes se necesitan y negocian en nombre de la estabilidad, la prima de riesgo y la doliente democracia.
Pactemos también nosotros no alterarnos por tanta infamia como contemplamos, no sufrir por tanto ingenio y artificio y no acoger a estos comerciantes de mercadillo y ocasión, porque al fin y al cabo seguiremos soportando los efectos de su pacto y ellos sonreirán en sus despachos por la suerte de tener junto a su mesa otro bandido salvador. Continuemos entonces atentos a lo nuestro, a nuestras cosas y a los nuestros, porque entre lobos de antorchas y banderas ni se duermen ni se muerden.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 30 de diciembre de 2015

¿Un país indignado?

¿Un país indignado?
· Ucronías ·
Fran Vega
¿Un país indignado?

Se suponía que estábamos enfadados. Muy enfadados. Enfadados con nuestra propia historia, con nuestros gobernantes, con quienes nos gobiernan sin que les hayamos elegido y con quienes gestionan desde despachos lejanos nuestro presente y nuestro destino. Se suponía que estábamos tan enfadados que íbamos a darle matarile a la Cibeles y que nuestros cánticos revolucionarios se iban a escuchar desde Madrid hasta la cancillería de Berlín. Tan enfadados se suponía que estábamos, tan cansados e indignados, que esperábamos el día de las urnas para entregar la cartilla del paro al presidente del gobierno y el billete de regreso al líder de la oposición. Se suponía que estábamos tan enfadados que hasta habíamos aprendido a estarlo.
Y no. No estábamos tan enfadados, ni tan indignados, ni tan cansados. Solo estábamos jugando a la revolución, a desempolvar proclamas y pancartas, a anunciar a las gentes de bien condenas y castigos que nunca se creyeron para que nadie nos dijera que no estábamos enfadados, sino asustados. Muy asustados.
En las elecciones del pasado día 20, más del 50 % de los votos ha ido a parar al zurrón de los partidos tradicionales, los de toda la vida, esos mismos de los que llevamos años quejándonos porque nos engañan, nos estafan y se arrodillan ante quienes no deben. Más de catorce millones de personas de este país nuestro se levantaron el pasado domingo por la mañana y pensaron que sí, que vale, que lo han hecho muy mal, pero que es Navidad, y qué caramba, vamos a darles otra oportunidad. Y más de catorce millones de electores entregaron su papeleta a los partidos que nos han traído hasta aquí, esos mismos de los que nos queríamos librar y que en este mismo instante están decidiendo qué diablos hacen con sus sillones y sus pactos y cómo nos venden el asunto de las coaliciones o de las nuevas elecciones.
Hay que suponer, por tanto, que en estas jornadas prenavideñas los dirigentes democristianos y socialdemócratas están silbando villancicos con los pies encima de la mesa y una copa bien servida mientras piensan en la clase de ciudadanos que les votan, en la tropa mentecata y majadera que se ha pasado toda una legislatura de protestas y mareas para dejarlos donde estaban, en este paisanaje asustadizo que tolera lo intolerable y se entretiene con su propia farsa mientras los culpables de tantas tropelías como hemos conocido se aflojan las corbatas y respiran aliviados y sonríen como hienas de cínica mirada.
Es cierto que hay una cuña incómoda en el arco parlamentario generada por casi nueve millones de votantes que eligieron a partidos diferentes, pero no es más que un espejismo que la cartografía ideológica se encarga de aclarar. El voto democristiano se ha fragmentado en dos grupos, que juntos suman el mismo número de votos con el que Mariano Rajoy se convirtió en vencedor absoluto hace cuatro años. El voto socialdemócrata ha retrocedido un poco en favor del tándem Iglesias-Errejón, pero Podemos solo ha ganado en dos circunscripciones y sus 69 diputados están muy lejos de propiciar los cambios que tanto han sido coreados. Y el partido que aún continúa en el poder mantiene la mayoría absoluta en el Senado, que por muy inútil que parezca tiene una diabólica importancia.
Así que el mapa de la España en la que todo iba a cambiar sigue teñido de azul, de un azul que ahora decepciona no solo por lo que políticamente representa, sino por lo que socialmente significa. Tanta marea por las calles, tanta acampada en los parques y en las plazas para comprobar que la gaviota de siempre planea sobre la casi totalidad del territorio.
Formamos parte de un país al que le asustan tanto los cambios que preferimos no hacerlos y dejar que otros los hagan por nosotros para poder quejarnos después al sol de las terrazas o acodados en los bares, mientras murmuramos algo incomprensible sobre el tiempo o los deportes. Nos gusta lamentarnos, maldecir a quien gobierna y proclamar que ya estamos hartos y que ya está bien y que a la próxima se van a enterar, pero actuamos después como un yerno acomodado que lleva flores a su suegra en el día de su santo y tiende la mano a su cuñado con humillante complacencia.
No somos un país indignado: solo somos un país asustado que de vez en cuando se molesta porque le tocan la cartera o los impuestos, porque le hacen esperar en la consulta del médico o porque llueve en un fin de semana de agosto. Y del mismo modo que esperamos a que salga el sol, aguardamos en nuestra esquina a que otros resuelvan lo que nos afecta, pero sabiendo perfectamente que no lo resolverán y que así podremos seguir instalados en la queja mediterránea de cerveza y boquerón.
Se suponía que estábamos indignados. Muy indignados. Pero solo estábamos disgustados, mohínos y enojados. Y, sobre todo, estábamos asustados. Y así seguimos: cubiertos de basura hasta el gaznate mientras confiamos en que la aurora boreal nos saque de esta ciénaga infinita en la que un día nos metieron. Bienvenidos a la misma Iberia de siempre.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 23 de diciembre de 2015