Tú en Moncloa y yo en Eslovenia

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Antonio Lemus
· Ucronías ·
Fran Vega
Tú en Moncloa y yo en Eslovenia
Fotografía: Antonio Lemus

Entre tantos tumultos y alborotos como últimamente contemplamos, no son menores los que anidan en los cráneos turbulentos de quienes dirigen los destinos y gobiernos, pues de ellos depende en buena parte lo que sucede y lo que ocurra en los tiempos inmediatos y comprender lo que se aloja en sus cerebros puede ser también un modo de obtener la razón que no nos proporcionan.
El presidente del artefacto nacional, Mariano Rajoy, se encuentra por fin en el momento más dulce de su trayectoria, animado por los que hasta ayer eran sus afables enemigos, apoyado por dirigentes europeos cuyos nombres no pronuncia ni recuerda y a punto de convertirse, tal vez, en el bizarro caballero de casino y cafetín que supo derrotar la algarada sediciosa y en el nuevo forjador de la España indivisible y sacrosanta. En su cabeza habitan los Borbones y los Austrias que en su momento batallaron en conflictos paralelos y en sus sueños aparecen los escritos de Quevedo contra el fuero de los temosos catalanes, como desfilan en sus noches de vigilia los abrazos de Espartero para apaciguar a los carlistas y hasta los espadones de Narváez y el caballo de Pavía para poner fin a tanta confusión como vislumbra.
Por primera vez en su lánguido cerebro se ha instalado un sueño del que no está dispuesto a desprenderse porque así lo quieran mediadores y terciarios, sino porque obtenga a cambio el histórico reconocimiento de que fue él quien contuvo con sus manos el mortífero veneno del reptil secesionista. Y tan iluminado se encuentra que pasea los domingos por las salas monclovitas repitiendo en voz alta y en pijama los grandes objetivos que sin duda nos aguardan si seguimos su camino y salvamos la unidad y la grandeza de la patria.
Piensa también el presidente qué respuesta ha de dar a su contrario, que en un gesto de osadía que le cuesta comprender le ha servido un reto envenenado que puede encumbrarle hasta el panteón en el que aguardan sus admirados personajes, pero que también puede cubrirle de miseria y enterrarle para siempre en el lodazal más olvidado de la historia. Y sabe Rajoy que un registrador de la propiedad como Dios manda no puede acobardarse ni rendirse, sino presentar contienda frente a gentes tan soberbias y luchar a la romana hasta que la sangre corra y los tunantes caigan.
No es Carles Puigdemont, el presidente del artefacto catalán, un oponente de brazo fácil y ataque breve, pues hay sitio también en su cabeza para los sueños que llegaron concedidos mediante raras carambolas que convirtieron un periodista de provincias en un altivo cortesano con afición por entablar fiera y desigual batalla. Porque así como en la Moncloa rigen los héroes titánicos de todas las Españas, en la Generalitat se encuentran los escudos y las armas de cuantos condes y honorables elevaron los territorios catalanes a categorías envidiadas por castellanos y gallegos y por aragoneses y franceses, que vieron a lo largo de los siglos cómo aquellas comarcas fronterizas se erigían en influencias y dineros por encima de las suyas y cómo hoy capitanean la anhelada rebelión, la ilusión incandescente de todo súbdito ciudadano frente al poder establecido.
Se despierta a veces el presidente catalán en su residencia gerundense repitiéndose a sí mismo las palabras de Companys y viéndose heredero y vengador de los oprobios cometidos, tratando de recordar también algún discurso de Macià y ensalzando una vez más los valores convergentes del acaudalado pujolismo con los que un día pasó de ignorado cronista a regidor de la ciudad hasta alcanzar sin esperarla su codiciada condición, no otros que los propios de la democracia cristiana —si alguna vez esta tuvo algunos— que también abraza su enemigo en la Moncloa. Pero frente a este advenedizo que no distingue un escudo de un pendón, Puigdemont esgrime en sus silencios a los condes medievales y a la corona de Aragón, a los reyes victoriosos frente a todo tipo de raleas y a aquellos que en tiempos memorables obligaron a emperadores y monarcas a acatar sus fueros para que nunca fueren otros, hasta que aquel antepasado del Borbón de nuestros tiempos, de nombre también Felipe, estableció una nueva planta para que en ella no cupieran otras leyes, otro idioma ni otra tradición.
No le cuesta mucho a este hombre de insulsa trayectoria viajar desde las históricas derrotas al reciente ejemplo de Eslovenia que le gusta recordar, pues aquellos antiguos yugoslavos supieron deshacerse de la hegemonía de Belgrado ejerciendo también la rebelión y asumiendo la protesta frente a quienes no querían atender su manumisión e independencia. Tal vez no tenga en cuenta el presidente, por ignorancia u omisión, que Eslovenia tuvo que aportar ataúdes a la causa, que su adversario no contaba con adeptos de postín y que le echaron una mano indispensable quienes entonces dirigían el artefacto occidental.
De modo que entre Wifredo el Velloso, fundador de la casa condal barcelonesa y medieval, y Milan Kučan, el primer presidente de la Eslovenia independiente, tiene el honorable en Barcelona mil años que le observan y una deuda con la historia que ha de resolver, pues ha de incorporarse también de homéricas maneras a la lista de próceres insignes que un día enaltecieron a sus pueblos prometiendo glorias y grandezas mediante herramientas muy antiguas y de sencilla aplicación, como son las que devienen de las banderas y las tierras y las que se proyectan sobre patrimonios y derechos a los que nadie puede renunciar. Y como su oponente, pero en realidad compañero de aventura y cómplice en ardides, pretensiones y objetivos, no está dispuesto a abandonar su valiosa posición por muchas leyes y uniformes que le inviten a ceder, salvo que su honor y su memoria queden para siempre con símbolos de oro en los augustos corredores de la Generalitat.
Comparten tantas cosas estos tipos de grises recorridos y presidentes de conservadores artefactos que no habrá de inundarnos la sorpresa ni la alarma si un día los vemos pasear juntos en un parque, sentarse a dar de comer a las palomas y recordar entre risotadas y partidos de petanca los tiempos en que discutían y reñían mientras sus gentes se enzarzaban en peleas en las calles y empuñaban cacerolas y banderas como si representaran algún modelo de buscada identidad. Porque estos dos hombres, aspirantes a héroes inmunes en sus respectivos escenarios, no están solos.

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Ed Nofri
Fotografía: Ed Nofri

El muy liberal democristiano Mariano Rajoy tiene desde siempre el pescuezo tutelado por las huestes delictivas surgidas de la noche de los tiempos cuya primera y triste urgencia es la de ocultar, enterrar y disolver cuantos restos, pruebas, testimonios y vestigios queden de su profunda y enquistada corrupción, para lo que precisa con angustia un éxito en cualquier negociado o ministerio, qué mejor si se produce ante el riesgo de ruptura de las hispánicas amarras. Por su parte, el muy liberal democristiano Carles Puigdemont se debe a una confederación de malhechores cuyas manos saquearon hasta los últimos baúles y cuyo expediente no mejora ante el de sus antiguos socios madrileños, por lo que ha de encontrar también una adecuada vestidura que sirva de mortaja para sepultar tantas fechorías como sin duda han sido cometidas.
Y los dos dirigentes, tan incoloros e inodoros cada uno en su artefacto, viven entre las inquietas sombras y las holgadas influencias de sus funestos antecesores y mentores, pues fueron aupados por la guerra muy ficticia en desiertos muy lejanos inventada por Aznar en la Azores, en un caso, y por las muy severas corruptelas de Artur Mas ejercidas mediante porcentajes y coacciones a sus propios gobernados, en el otro. Así que los dos presidentes de estas andanadas necesitan desterrar por razones similares a quienes les dieron en su día mando, trono, altar y reino, pues de ello dependerá que sean también venerados y ensalzados y, en última instancia, recordados y admirados.
Tiene el gallego Rajoy su arcaica corte de inversores heredera de las grandes fortunas de otros tiempos que hoy habitan en el Ibex-35 y en luminosas oficinas de los barrios más lujosos de Madrid, aunque en sus sótanos se siguen practicando punibles maniobras que conducen cada año a sus mejores ejercicios en correcta proporcionalidad con el empobrecimiento general. Y tiene el catalán Puigdemont el manilargo Cercle d’Economia, que no es sino un consorcio misacantano y liberal cuyo cometido es mantener por cualquier medio los privilegios de la burguesía catalana mientras el populacho se ilusiona cuando hay que ir a votar. Y es sabido y conocido que ni el Ibex-35 ni el Cercle d’Economia pueden aprobar, bendecir y respaldar cualquier operación que implique el riesgo de un solo euro de sus arcas, por más que en el pasado hayan mimado y financiado a quienes ahora organizan y defienden el procesismo y la ruptura. Una cosa es la poética de la rebeldía y otra muy distinta los dineros, como hasta el último concejal del último distrito sabe desde el primer minuto en su electo y distinguido cargo.
Estos dos caballeros mandarines de lánguido discurso y aburrido proceder tienen también entre sus filas a quienes conservan las esencias y recuerdan la ortodoxia siempre que hay peligro de cometer algún desliz o de comportarse simplemente con decoro y dignidad. Si en Madrid la FAES pasa lista cada lunes para que nadie se desvíe de los objetivos primordiales, no otros que los dictados por la desvergüenza liberal, en Cataluña son la Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural quienes forman las escuadras protectoras de cualquier gobierno que se adhiera a sus muy nacionalistas postulados y sin las cuales no podría comprenderse el esperpéntico protagonismo de Puigdemont y Forcadell. Y constatemos, hasta donde la memoria nos alcanza, que nunca se han presentado a unos comicios estas formaciones que despiertan a dragones y espantajos con sus himnos y banderas, que alientan y administran en las calles lo que ahora llaman emociones y que con la misma inconveniencia nos embarcan en conflictos fraudulentos o deciden en silencio quién se libra de la soga y quién perece al intentarlo.
Atesoran también estos dirigentes de maquinarias y artefactos un amplio repertorio de deudas y aranceles que les procuran vergonzosas servidumbres de las que ninguno se puede liberar, pues de ellos depende al mismo tiempo su propia obstinación. Guarda Rajoy en su carpeta de asistencias y favores los llegados de quienes le apoyan en los presupuestos estatales con la esperanza de tener un día un nuevo polideportivo en su ciudad y los de quienes se identifican de vez en cuando con sus fortuitas ocurrencias, desde los ciudadanistas de Rivera —ese chico desnortado que aún no ha podido distinguir un consejo de ministros de un martini dominguero— a los socialdemócratas de Sánchez —ese hombre giróscopo y flotante a quien esperan cada tarde en las esquinas con los cuchillos levantados—, acreedores todos ellos con la libranza asegurada por el lascivo crédito otorgado.
Por su parte, Puigdemont conserva completos anaqueles con las fianzas recibidas de los regimientos convergentes que le acunan cada día y las no menos importantes concedidas por los republicanos de Junqueras, acostumbrado como está al intercambio de agasajos y atenciones en las sacristías catalanas y el palacio episcopal. Y, por supuesto, tiene el honorable presidente una formidable deuda que pagar a las conmovedoras filas de la CUP, que en su temeraria ingenuidad pensaron que tan solo por apoyar la exigua minoría procesista los democristianos pondrían en sus manos la república catalana trabajadora y popular.
Pero a la vez que se confirman y cotejan las enormes y costosas deudas de estos inauditos dirigentes —que no impiden las traiciones soterradas y los engaños discontinuos—, observamos también los certeros silencios perpetrados durante el desarrollo procesista, pues nadie alcanza a creer que el ejército se mantenga en mutismo sepulcral, apenas roto por algún alférez despistado, y que las grandes entidades catalanas no decidieran migrar hasta el último momento para desfilar juntas en cayucos de oro por la Diagonal no solo en busca de su protección política y bursátil, sino de una puesta en escena organizada tiempo atrás. Y todo junto invita a suponer que el verano fue promiscuo en reuniones y corrillos en los que fueron proclamados juramentos y convenios.
Y así como rigen los asuntos y se instituyen los principios nacionales y las afrentas colectivas, los dos presidentes de nuestros más famosos artefactos se encuentran hoy hundidos y ofendidos en un grotesco barrizal para darse cuenta y ser conscientes del ínfimo papel que ambos representan, pero también para no cejar en el empeño de ser heroicos paladines y adalides en sus respectivos escenarios y no abandonar la frívola ilusión de situarse por hechos y derechos en los primeros puestos de la historia.

Volvamos a Eslovenia, el territorio balcánico y costero con el que sueña en ocasiones el presidente catalán, porque Milan Kučan aprendió en 1991 que en política eres quien eres si los demás quieren que lo seas. El gobierno de Liubliana desoyó las advertencias de Belgrado, convocó un referéndum, lo ganó, declaró la independencia y el ejército yugoslavo atacó, pero en aquel contexto histórico y estratégico los estados europeos decidieron apoyar la independencia de Eslovenia para tener un socio estable frente al polvorín serbio que no tardaría en estallar con el previsible respaldo de Moscú.
Y otro tanto o parecido puede decirse respecto a Estonia, el territorio báltico y también costero al que se refiere con frecuencia el dirigente catalán, cuya independencia fue aceptada de inmediato por los gobiernos europeos ante las inminentes ruinas de la Unión Soviética. En 1992 Estonia y Eslovenia se convirtieron en miembros de la ONU, organización que sigue sin reconocer a varios estados no porque no tengan derecho a ello, sino porque las razones políticas se imponen siempre sobre las reclamaciones de los pueblos. En cuanto a Kosovo, cuya guerra tenemos fresca en la memoria y en cuyo espejo también se miran los dirigentes del artefacto catalán, recordemos tan solo los cientos de miles de refugiados que produjo su enfrentamiento por la independencia y los miles de cuerpos que aún yacen enterrados en territorio balcánico.
Tan claro como que Madrid no es Belgrado es que Puigdemont no es Milan Kučan ni Cataluña es Estonia ni Eslovenia ni, por supuesto, Kosovo, por lo que apelar a la vía estonia, la vía eslovena o la vía kosovar como estrategias para lograr la independencia no es solo una insensata decisión, sino la demostración de que no importa el precio que haya que pagar para obtener el objetivo planteado, incluso el de balcanizarlo si fuere necesario. Los catalanes tiene tanto derecho a decidir su futuro como en su momento lo tuvieron estonios y eslovenos y lo tiene cualquier otra nación, pero es importante reconocer que este principio ya no se debate en ningún lado, porque la implacable realidad es que ya no hay debate alguno más allá de las demarcaciones catalanas.
La Moncloa está ganando la partida en el tablero internacional por la sencilla razón de que los demás estados, la banca y los mercados financieros quieren que la gane. Y si los demás han decidido que Cataluña pierda el desafío y han activado todos los mecanismos para que lo pierda, lo más seguro es que lo pierda. No se trata ya de invocar sus evidentes derechos colectivos ni de que a la Unión Europea, al FMI y al Banco Mundial les guste más la senyera o la estelada, sino de saber que los intereses internacionales priman sobre sus históricas aspiraciones y que su derrota ya está escrita y rubricada por los que mandan y deciden de verdad, no por quien ocupa temporalmente un puesto de gobierno. Como hace muchos años que aprendimos, hay asuntos que no son personales, sino solo negocios.

Regresemos ya a los artefactos nacionales, porque cabe preguntarse entonces a qué se debe que los descompuestos monclovitas de corbata y mocasín no permitan que los nuevos eslovenos voten y en su caso fracasen por sí solos, dado que apenas cuentan con apoyos y herramientas, en vez de generar las rudas imágenes de los antidisturbios en los colegios electorales y escudarse sin reparos ni rubor en la Constitución. La respuesta tal vez haya que encontrarla en que no asistimos a un enfrentamiento entre políticos mayúsculos cuyas capacidades se muestran al servicio de una causa o el cumplimiento de un deber, sino a una querella entre quienes necesitan ser al mismo tiempo sepultureros de sí mismos y de sus viciados artefactos e invictos triunfadores de una insólita batalla que a la vez les protege y les sustenta, aunque para ello tengan que poner en juego lo que ellos mismos contribuyeron a crear. Algunos conflictos, como tantas veces las guerras, trabajan en exclusiva para quienes los organizan y dirigen.
Y aunque solo fuera por ello los individuos que con tanta necedad dirigen sus grandes artefactos deberían iniciar el meritorio camino del olvido que sin duda ha de llevarles, junto a todo lo que representan, a las guaridas más inhóspitas y oscuras de nuestra historia, pues no tenemos causa que merezca enfrentamientos y ofensivas y a ningún gobierno deberíamos pagar tributos de semejante cualidad. Y de no ser así, recordaremos un día tantos daños y desastres como pudieron ser salvados y tanta infamia como generaron sus cerebros turbulentos, cráneos incendiarios que nunca fueron habitados por la inteligencia, la perspectiva, el entendimiento y la razón.

Tú en Moncloa y yo en Eslovenia · Fotografía: Yann Grancher
Fotografía: Yann Grancher
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© Fran Vega, 14 de octubre de 2017

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El naufragio de la izquierda

El naufragio de la izquierda
· Apuntes del Subsuelo ·
El naufragio de la izquierda

Cuando las fuerzas conservadoras se enfrentaron al poder y salieron a las calles, la izquierda fue consciente de que algo no estaba haciendo bien, pues resultaba insólito que la derecha nacionalista se enfrentara a la gubernamental y que la derecha nacional acosara a la independentista.
Después supo también que un país en el que la derecha hace la revolución no puede esperar la mejora de las condiciones económicas y sociales de sus ciudadanos, porque cuando los conservadores se encargan de alterar lo establecido el resultado es siempre empobrecimiento y retroceso.
Pero ya era tarde, porque las filas conservadoras peleaban entre ellas en una batalla que había comenzado, como era de esperar, por la renta, el territorio, la tradición y las banderas.
Para cuando la izquierda quiso darse cuenta, la revolución ya estaba en marcha. Algunos dijeron después, cuando se produjeron los abrazos y todos pactaron de nuevo el reparto del poder, que había sido una nueva guerra carlista.

© Fran Vega, 2017

La fuerza de la lógica

La fuerza de la lógica
· Apuntes del Subsuelo ·
La fuerza de la lógica

Solo las sociedades políticamente incultas, económicamente injustas, jurídicamente atrasadas y socialmente indignas resuelven sus diferencias políticas, económicas, jurídicas y sociales mediante la aplicación de la fuerza y la violencia, pues acostumbran a tener gobernantes incultos, injustos, indignos y atrasados. Y solo cuando estas mismas sociedades sean capaces de elegir a políticos desprovistos de ignorancia y sinrazón serán capaces también de superar cualquier conflicto y controversia mediante el pacto y el acuerdo.
Mientras tanto, es necesario aceptar que las abandone quien así lo quiera, aunque sea hacia el abismo o lo desconocido, pues siempre fue preferible lo recóndito a lo oscuro, lo mezquino, lo ruin y lo estridente.

© Fran Vega, 2017

Es grande amigo mío ese Cervantes

Es grande amigo mío ese Cervantes · Fotografía: Carl Mydans
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 61 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VI
«Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo»
Es grande amigo mío ese Cervantes
Fotografía: Carl Mydans

Este es —siguió el barbero— el Cancionero de López Maldonado.1
—También el autor de ese libro —replicó el cura— es grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a quien los oye, y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que encanta. Algo largo es en las églogas, pero nunca lo bueno fue mucho; guárdese con los escogidos. Pero ¿qué libro es ese que está junto a él?
La Galatea,2 de Miguel de Cervantes —dijo el barbero.
—Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada. Es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.
—Que me place —respondió el barbero—. Y aquí vienen tres todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla,3 La Austriada de Juan Rufo,4 jurado de Córdoba, y El Monserrate de Cristóbal de Virués,5 poeta valenciano.
—Todos esos tres libros —dijo el cura— son los mejores que en verso heroico6 en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia; guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.
Cansose el cura de ver más libros, y así, a carga cerrada,7 quiso que todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba Las Lágrimas de Angélica.8
—Lloráralas yo —dijo el cura, en oyendo el nombre— si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio.9

1 López Maldonado, Gabriel: poeta toledano fallecido en 1615, miembro de la Academia de los Nocturnos de Valencia y autor de El Cancionero, publicado en Madrid en 1586, que recoge dos composiciones poéticas de Cervantes.
2 La Galatea: novela de Miguel de Cervantes publicada en 1585 en Alcalá de Henares con el título de Primera parte de La Galatea, dividida en seis libros. El autor habla de sí mismo al citar «la segunda parte que promete», pues Cervantes nunca llegó a escribirla.
3 Alonso de Ercilla: poeta y soldado madrileño (1533-1594), autor de La Araucana (1569-1589), poema épico que relata la primera fase de la guerra de Arauco entre conquistadores españoles y mapuches o araucanos.
4 Juan Rufo: escritor y soldado cordobés (1547-1620), autor de La Austriada (1584), obra épica sobre las hazañas de Juan de Austria y la victoria en la batalla de Lepanto, en la que participó el propio Cervantes.
5 Cristóbal de Virués: dramaturgo y poeta valenciano (1550-1614), autor de El Monserrate (1587), poema épico que narra la construcción del monasterio de Montserrat.
6 verso heroico: octava rima en endecasílabos, que era la forma habitual del poema épico culto.
7 a carga cerrada: a bulto, sin examinar.
8 Las lágrimas de Angélica: continuación del episodio de Angélica y Medoro incluido en Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, escrita por el poeta cordobés Luis Barahona de Soto (1548-1595) y publicada en Granada en 1586 con el título Primera parte de la Angélica. Con esta mención termina la descripción de la biblioteca de don Quijote incluida en el capítulo VI, si bien al comienzo del VII se citan dos títulos más.
9 Ovidio: poeta romano (43 a. C.-17 d. C.), autor de Arte de amar, Las Metamorfosis y Medea.
 Diccionario de Don Quijote

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El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha

Congresos y concilios

Congresos y concilios
· Apuntes del Subsuelo ·
Congresos y concilios

Concluidas las reuniones y dividido el territorio, los dirigentes realizaban absurdas declaraciones y abrazaban a los antiguos adversarios con la sonrisa de quien tiene en la cartera una oferta inmejorable que no se puede rechazar. Mientras tanto, asociados y secuaces de una y otra banda anotaban los testigos y esperaban en el patio a que fueran necesarios sus encargos para afianzar por otros medios las victorias conseguidas. Los congresos habían terminado.

© Fran Vega, 2017

Sean estos libros condenados al fuego

Sean estos libros condenados al fuego · Fotografía: Margaret Bourke-White
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 56 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VI
«Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo»
Sean estos libros condenados al fuego

Fotografía: Margaret Bourke-White

Abrióse otro libro, y vieron que tenía por título El Caballero de la Cruz.1
—Por nombre tan santo como este libro tiene, se podía perdonar su ignorancia; mas también se suele decir «tras la cruz está el diablo». Vaya al fuego.
Tomando el barbero otro libro dijo:
—Este es Espejo de caballerías.2
—Ya conozco a su merced —dijo el cura—; ahí anda el señor Reinaldos de Montalbán3 con sus amigos y compañeros, más ladrones que Caco,4 y los Doce Pares,5 con el verdadero historiador Turpín,6 y en verdad que estoy por condenarlos no más que a destierro perpetuo, siquiera porque tienen parte de la invención del famoso Mateo Boyardo,7 de donde también tejió su tela el cristiano poeta Ludovico Ariosto,8 al cual, si aquí le hallo, y que habla en otra lengua que la suya, no le guardaré respeto alguno; pero, si habla en su idioma, le pondré sobre mi cabeza.9
—Pues yo le tengo en italiano —dijo el barbero—, mas no le entiendo.
—Ni aun fuera bien que vos le entendiérades —respondió el cura—; y aquí le perdonáramos al señor capitán que no le hubiera traído a España y hecho castellano, que le quitó mucho de su natural valor, y lo mismo harán todos aquellos que los libros de verso quisieren volver en otra lengua, que, por mucho cuidado que pongan y habilidad que muestren, jamás llegarán al punto que ellos tienen en su primer nacimiento. Digo, en efecto, que este libro y todos los que se hallaren que tratan de estas cosas de Francia, se echen y depositen en un pozo seco, hasta que con más acuerdo se vea lo que se ha de hacer de ellos, exceptuando a un Bernardo del Carpio10 que anda por ahí, y a otro llamado Roncesvalles;11 que estos, en llegando a mis manos, han de estar en las del ama y de ellas en las del fuego, sin remisión alguna.

1 El Caballero de la Cruz: libro de caballerías cuya primera parte apareció en Valencia en 1521 con el título Crónica de Lepolemo, llamado el Caballero de la Cruz, hijo del emperador de Alemania, compuesta en arábigo por Xarton y trasladada en castellano por Alonso de Salazar; la segunda parte se publicó en Toledo en 1563 con el título Leandro el Bel.
2 Espejo de caballerías: serie de libros de caballerías de la primera mitad del siglo XVI que consta de tres partes. Las dos primeras, aparecidas en Toledo entre 1525 y 1527, fueron escritas por Pedro López de Santa Catalina a partir de una traducción libre de Orlando enamorado, de Mateo Boyardo, y de materiales procedentes de obras épicas italianas. La tercera parte, publicada en Toledo en 1547, es original de Pedro de Reinosa.
3 Reinaldos de Montalbán: caballero perteneciente a los Doce Pares de Francia y uno de los preferidos de don Quijote.
4 Caco: en la mitología griega, Caco, hijo de Hefesto, era un gigante mitad hombre y mitad sátiro que vomitaba torbellinos de llamas y humo. En el Siglo de Oro el personaje se convirtió en ladrón mitológico, de donde procede el término como sinónimo de «ladrón».
5 Doce Pares de Francia: caballeros feudales al servicio de la corona francesa citados en el poema épico La Chanson de Roland, escrito a finales del siglo XI.
6 Turpín: consejero de Carlomagno y arzobispo de Reims que murió con Roldán en Roncesvalles y a quien se le atribuyó la Historia Caroli Magni et Rotholandi, en la que se contaba la institución de los Doce Pares y las hazañas de algunos de ellos.
7 Mateo Boyardo: escritor italiano (1441-1494), autor de Orlando enamorado, poema épico que sería continuado por el también italiano Ludovico Ariosto en Orlando furioso.
8 Ludovico Ariosto: escritor italiano (1474-1533), autor de Orlando furioso, continuación del poema inacabado Orlando enamorado, de Mateo Boyardo.
9 poner sobre la cabeza: expresión metafórica que procede del acto de colocar sobre la cabeza, como prueba de acatamiento y vasallaje, las órdenes reales y las bulas del papa.
10 Bernardo del Carpio: personaje legendario que derrotó a Roldán en la batalla de Roncesvalles (778), lo que le convirtió en protagonista de diversos romances y libros de caballerías, como Historia de las hazañas y hechos del invencible caballero Bernardo del Carpio, poema escrito por Agustín Alonso y publicado en Toledo en 1585.
11 Roncesvalles: vía de paso entre Francia y Navarra en la que en 778 tuvo lugar la batalla entre las tropas vasconas y las de Carlomagno, dirigidas por Roldán, sobre la que en la Edad Media se escribieron varios poemas épicos y libros de caballerías.
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Los cadáveres que investían a los muertos

Los cadáveres que investían a los muertos · Fotografía: Patrick Gries
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Tesoreros disyuntivos

Tesoreros disyuntivos · Fotografía: Geof Kern
· Figuras del Dárdano ·
Fran Vega
Tesoreros disyuntivos
Fotografía: Geof Kern

De todas las misiones que en los nuevos tiempos se pueden cometer, la del tesorero es quizá una de las más complejas y atrevidas, pues requiere del oficiante gran manejo de las cuentas y un sentido del dinero que excluye merma y orfandad. No es sencilla su tarea, ya que ha de ser siempre más hábil que beneficiarios silenciosos y deudores malqueridos, pero la función más delicada de quien llega a tesorero se encuentra en las modernas matemáticas relacionadas con la lógica formal, porque ha de agrupar primero para dividir después sin que nada le distraiga y lograr que unas mismas cantidades aparezcan con valores diferentes considerando a quien le paga y recompensa por su intrépida labor. A los viejos dogmas de dos y dos son cuatro y cuatro y dos son seis debe añadir tantas unidades como las autoridades dictaminan y tantas tiene que restar para que los ciudadanos sepan cuántos ímprobos esfuerzos y augustos sacrificios se requieren para pagar no ya lo que no deben, sino lo que nunca llegaron a tener. Los oficiales del tesoro saben siempre de qué estadísticas hablar, así como qué gráficos mostrar y de qué deudas alertar, ingeniosos resortes inventados para que el dinero temerario desafíe la constante ley gravitatoria, pues fluye siempre a las alturas y jamás desciende a su lugar, no otro que el sitio en donde nace y se genera a costa del trabajo y la pobreza, la codicia y la crueldad. Y de su alquimia financiera pende la supervivencia de los amos y la miseria de la insolente mayoría, objetivos demostrados a través de tantos años de fraudes, latrocinios y espuelas tributarias que argumentarán ante el juicio y la sentencia mediante el silogismo disyuntivo de la lógica proposicional: tollendo ponens, que negando afirma.

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«El moderno legislador»

© Fran Vega, 2016

Recuestando muchas viudas y deshaciendo algunas doncellas

Recuestando muchas viudas y deshaciendo algunas doncellas
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 27 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo III
«Donde se cuenta la graciosa manera
que tuvo don Quijote en armarse caballero»
Recuestando muchas viudas y deshaciendo algunas doncellas
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

El ventero, que, como está dicho, era un poco socarrón y ya tenía algunos barruntos de la falta de juicio de su huésped, acabó de creerlo cuando acabó de oírle semejantes razones y, por tener que reír aquella noche, determinó de seguirle el humor; y así, le dijo que andaba muy acertado en lo que deseaba y pedía, y que tal prosupuesto era propio y natural de los caballeros tan principales como él parecía y como su gallarda presencia mostraba; y que él asimismo, en los años de su mocedad, se había dado a aquel honroso ejercicio, andando por diversas partes del mundo, buscando sus aventuras, sin que hubiese dejado los Percheles de Málaga,1 Islas de Riarán,2 Compás de Sevilla,3 Azoguejo de Segovia,4 la Olivera de Valencia,5 Rondilla de Granada,6 Playa de Sanlúcar,7 Potro de Córdoba8 y las Ventillas de Toledo9 y otras diversas partes, donde había ejercitado la ligereza de sus pies, sutileza de sus manos, haciendo muchos tuertos,10 recuestando11 muchas viudas, deshaciendo algunas doncellas y engañando a algunos pupilos, y, finalmente, dándose a conocer por cuantas audiencias y tribunales hay casi en toda España; y que, a lo último, se había venido a recoger a aquel su castillo, donde vivía con su hacienda y con las ajenas, recogiendo en él a todos los caballeros andantes, de cualquiera calidad y condición que fuesen, sólo por la mucha afición que les tenía, y porque partiesen con él de sus haberes, en pago de su buen deseo.

1 Percheles de Málaga: barrio malagueño que recibía su nombre porque en él se secaban los pescados en perchas y que era frecuentado por pícaros, tahúres y rufianes.
2 Islas de Riarán: barrio de Málaga formado por manzanas de casas denominadas «islas» o «ínsulas» porque ninguna estaba pegada a la otra.
3 Compás de Sevilla: antiguo barrio sevillano separado del resto de la ciudad por una tapia y dedicado a albergar la prostitución.
4 Azoguejo de Segovia: plaza del arrabal segoviano por donde pasa el acueducto.
5 Olivera de Valencia: antigua plaza de Valencia, cuyo nombre deriva de un olivo desaparecido en el siglo XVI, conocida por maleantes, pícaros y prostitutas.
6 Rondilla de Granada: barrio granadino famoso por albergar pícaros y maleantes.
7 Playa de Sanlúcar: Sanlúcar de Barrameda, población de la actual provincia de Cádiz, cuya playa era en tiempos de Cervantes lugar de reunión de pícaros, indeseables y fugitivos de la justicia.
8 Potro de Córdoba: plaza cordobesa que debía su nombre al mesón del Potro, conocido por albergar a diversas clases de pícaros.
9 Ventillas de Toledo: zona situada en el antiguo camino de Madrid, lugar habitual de pícaros y maleantes.
10 tuerto o entuerto: injuria, injusticia o agravio que se hace a alguien.
11 recuestar: atraer con halago o dulzura de amante.
→ Diccionario de Don Quijote

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El discreto encanto del perdedor

El discreto encanto del perdedor
· Ucronías ·
Fran Vega
El discreto encanto del perdedor

Cuando termine la final del raro concurso futbolístico que se celebra hoy, la copa se quedará en alguna vitrina de la capital de este reino de vino tinto con sifón y comenzaremos a pensar en el siguiente trofeo deportivo que nos alivie la realidad. Se festejará en las calles y habrá quienes brinden y celebren, como habrá quien se apene y se lamente de la sin duda trágica derrota que siempre acompaña a un adverso marcador.
Y comprobaremos una vez más que siempre es más interesante la experiencia del perdedor. La del ganador no encierra mística ni misterio, pues nunca hay laberinto en la alegría de quien gana, cuyo ánimo se transcribe en abrazos y sonrisas, en chocar esos cinco, en reconocerse los méritos, en ocultar prudentemente los deméritos y en bailar congas o cosas aún peores hasta que el amanecer aconseje el cierre y los adioses. Nada que no conozcamos. Nada que incluso no hayamos vivido en nuestras anodinas y anónimas vidas.
Pero la liturgia del perdedor es mucho más exigente y atractiva, porque encierra individualidades y procesos internos que pocas veces se exteriorizan y que no aparecen nunca en las crónicas deportivas a las que tan perezosamente estamos acostumbrados. Cierto que veremos aún sobre el césped algún rostro de tristeza, algún abrazo entre lágrimas contenidas y tal vez muecas de rabia frente a sus propios seguidores, con sus bufandas y banderas y sus escudos y colores derrotados. Pero cada uno de quienes pierdan el partido vivirá su propia desolación no compartida y arrastrará su ánimo de forma indefinida y quizá imprevista hasta límites imposibles de saber.
Cualquiera puede imaginarse lo que se siente al ganar un campeonato con la repercusión que el fútbol tiene en nuestros tiempos, un deporte que si desapareciera originaría tremebundas y terribles guerras coloniales, y no es difícil suponer el orgullo inalcanzable que la victoria representa. Pero la voracidad que nos es propia implica que en poco tiempo los triunfadores estarán ya pensando en los siguientes objetivos y en nuevas metas que lograr. No digan que no es una vida plomizamente aburrida.
Sin  embargo, el perdedor recordará durante décadas la noche aciaga en que pudo ser y no fue, el pase errado, la falta discordante, el penalti fallado y el balón que entró sin que el portero lo rozara o peor aún si lo rozó. Durante noches pensará en qué hubiera ocurrido de tirarse en plancha sobre el área, si debió poner la zancadilla a tal o cual rival o si pensó con equívoco la jugada de los últimos minutos en un estadio que jamás olvidará. Su derrota le acompañará mientras viva.
No soy de un equipo ni de otro, me da lo mismo quien gane y quien pierda y ni siquiera veré un espectáculo cuyas normas no comprendo. Pero mañana buscaré en los diarios alguna imagen que atestigüe qué grande y minuciosa es la vida del discreto perdedor.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 28 de mayo de 2016

Al sol que más calienta

Al sol que más calienta · Fotografía: Ramón Masats
· Apuntes del Subsuelo ·
Al sol que más calienta
Fotografía: Ramón Masats

Como todas las sociedades felices se parecen, pero las desdichadas lo son cada una a su manera, dejemos que la islandesa se indigne porque un primer ministro les ha engañado y que la francesa se eche a la calle por una injusta reforma laboral, que en la nuestra hay buen fútbol, paella, cervecita, sol y gobiernos de ocasión. ¿Qué ocurre, entonces, si lo tenemos todo para ser la locomotora de Europa?

Apuntes del Subsuelo, 9
© Fran Vega, 2016

Macarrones o república

Madrid, 14 de abril de 1931 · Fotografía: Martín Santos Yubero
· Ucronías ·
Fran Vega
Madrid, 14 de abril de 1931
Fotografía: Martín Santos Yubero

La proximidad del 14 de abril es un pretexto adecuado para dar otra vuelta argumental a la necesidad de establecer un sistema republicano en nuestro país, tan asolado históricamente por dinastías deificadas que jamás han logrado el respeto de la sociedad sobre las que reinaron, seguramente porque no llegaron para ser respetadas, sino para ser temidas.
A finales de 1975, tras la muerte del dictador que en 1936 acabó con la Segunda República, los partidos políticos que entonces actuaban en la clandestinidad tuvieron que plantearse la aceptación de la monarquía como un mecanismo de transición o la reclamación del sistema republicano. Eligieron la primera opción, cuyos resultados son sobradamente conocidos, pero siempre nos quedará la duda de qué hubiera ocurrido si hubieran acudido a la segunda. No lo hicieron. Y su decisión supuso que la sociedad aceptara el trono borbónico como un mal menor frente a la situación apocalíptica que entonces nos dibujaban: desde una nueva guerra hasta la invasión amarilla.
Poco más ha hecho después este presunto país indignado por alcanzar otra forma de estado, aparte de pintorescas manifestaciones de cacerola y cuchufleta y de dejar pasar las décadas en un limbo político del que solo la crisis económica fue capaz de despertarlo. Mientras la despensa estuvo llena, poco nos importó el trono; cuando empezaron a faltar los macarrones, comenzamos también a ser republicanos.
Sin embargo, alguna vez tendremos que afrontar algo en serio de forma colectiva y debatir también en serio si queremos seguir siendo una reserva monárquica o si vamos a tener la valentía de darle la vuelta a lo que los vencedores de la guerra civil dejaron establecido. Cuarenta años debería ser un plazo lo suficientemente amplio como para haberlo pensado en calma.
Acabar legalmente con la monarquía es probablemente más sencillo de lo que parece, pero no basta con eso, pues se trata de prever qué vendrá después y quiénes gestionarán la situación resultante de esta abolición. Más allá de las proclamas y los eslóganes, va siendo hora de que asumamos que no bastan las pancartas para establecer un nuevo régimen. No son suficientes las banderas en primavera.
Cuando el republicanismo deje de ser una postura para ser una actitud estaremos en condiciones de aspirar a otro sistema diferente del que tenemos. Y será entonces cuando encontraremos entre nosotros los cráneos adecuados para gestionarlo, pues las banderolas y las insignias son tan solo viejos recuerdos de lo que nunca tuvimos. De modo que si de verdad deseamos la instauración de una nueva república no hemos de comenzar por la abolición de la monarquía, sino por la renovación profunda de nuestras estructuras y mentalidades en medio de una crisis que inventaron para que no inventáramos nada.
Y no olviden este 14 de abril poner la banderita republicana en las redes sociales: todos los monárquicos continuarán estando agradecidos.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 13 de abril de 2016

Una cultura jurídica distinta

20160412 · Rafael Catala

Afirma este hombre, que es el ministro de Justicia de un gobierno de la Unión Europea, que no es que en Panamá se hagan cosas muy feas a costa de los alegres contribuyentes españoles, sino que es un país «con una cultura jurídica distinta». Y se supone que debemos aceptar la financiación offshore de cuantos tienen allí sus ahorrillos porque ellos también tienen una cultura jurídica distinta.
Lo bueno del caso es que usted mismo puede dar hoy una paliza a su jefe, ya que será debido a que tiene una cultura sanitaria distinta, o puede cometer un atraco en la tienda más cercana, porque lo más probable es que tenga una cultura comercial distinta.
Y lo peor del caso no es que este hombre sea nuestro ministro de Justicia, sino que la mayoría de la gente quiere que siga siéndolo.

© Fran Vega, 12 de abril de 2016

Un tipo con suerte

Mario Conde

Lo que más llama la atención de la historia de este hombre de gomina y maletín no es que vuelva al chabolo por blanqueo de capitales, que la cabra siempre tira al monte y no estamos ya para creernos cuentos de redención, sino lo benévolo que el sistema ha sido con él.
Resulta que cuando en los años noventa fue condenado, la sentencia estipulaba el embargo de sus propiedades como modo de hacer frente a sus delitos monetarios (robos, para entendernos), por lo que la administración de justicia debía comunicar a los organismos pertinentes que tomaran nota de la condición en la que quedaban sus bienes inmuebles a partir de ese momento. Pero… se les olvidó. Sí. Se les olvidó. Así que cuando este picarón salió de la cárcel se encontró con que sus fincas estaban, exactamente, como las había dejado cuando entró. Y como es lógico, se apresuró a cambiar su titularidad y declararlas, por tanto, inembargables. Y aquí paz y después gloria.
De modo que duerman tranquilos: tal vez la declaración de la renta les salga a pagar, pero es muy probable que Hacienda se olvide de ustedes, como es seguro que ya intuyen.
¿Es grande o no es grande nuestro sistema?

© Fran Vega, 11 de abril de 2016

Beneficios del buen desgobierno

Un tipo intrascendente
· Ucronías ·
Fran Vega
Beneficios del buen desgobierno

Ese hombre de lánguida mirada y triste caminar que a veces ustedes ven en los informativos mientras oculta la prensa deportiva bajo el brazo y la quiniela en el bolsillo interior de la americana es el presidente del gobierno en funciones. Desde que en otoño convocó las elecciones del 20 de diciembre está así, en este plan gandul y remolón, contemplando cómo los gallos se enfrentan en el corral mientras él lanza volutas de humo por encima de las gafas. Un hombre en funciones, una especie de la serie B que la política nos ha proporcionado. Un tipo intrascendente.
Tal vez mientras observan su absurda realidad hayan caído en la cuenta de que pertenecemos a una generación privilegiada, estratosférica y homérica, que está viviendo un acontecimiento sin precedentes en la historia de esta España nuestra: llevamos más de cien días sin gobierno. No tenemos quien nos represente, las reuniones internacionales de primeros ministros nos importan un comino y aquí ya no se mueve un folio ni una firma hasta que el rey no bendiga al nuevo presidente. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, disfrutemos.
Podría parecer que el país está paralizado, que las fábricas han dejado de producir aparatos insensatos o que las gentes han dejado de adquirir cosas que no utilizarán. Pero no. Siguen sonando los despertadores, la chavalería acude a sus clases y la liga de fútbol continúa su curso. No sé qué más puede pedirse a un estado sin gobierno.
Sin embargo, la gran ventaja de la prolongación de este juego de trileros en que se han convertido las negociaciones consiste en que nadie puede robar un euro de partidas presupuestarias inexistentes. Sin gobierno, no hay firma; sin firma, no hay presupuesto; y sin presupuesto, no hay hurto ni soborno. De modo que mientras que todos los ladronzuelos y pillastres que nos gobiernan se mantengan en funciones tendremos un oasis de honradez que generaciones enteras querrán ver alguna vez.
Más beneficios: no hay declaraciones a la prensa. Durante este tiempo de parálisis, solo Mariano se ha atrevido con algunas de sus incomprensibles frases, pero desde la vicepresidenta al último subsecretario se observa un silencio que solo es interrumpido de vez en cuando por ese personaje que custodia la cartera de Interior debidamente respaldado por su ángel de la guarda. Ningún responsable del gobierno en funciones se la quiere jugar, no vaya a ser que en una de esas carambolas que la política produce acaben con algún cargo de importancia en cualquier coalición, por estrambótica que esta sea.
Y finalmente, y no por ello menos trascendente, tampoco hay ideas. Por fin. Todos guardan sus mejores bazas y se limitan a exponer viejos asuntos que ya hemos escuchado demasiadas veces, así que llevamos una agradable temporadita en la que salvo las ocurrencias de los bufones habituales de la corte no tenemos que mostrarnos perplejos ante lo que algún ministro haya pensado entre el primer martini y el último gin-tonic.
Y por lo demás, ¿qué importa este asunto de estar o ser en funciones?, ¿acaso estaríamos mejor con cualquiera de los negociadores instalado en la Moncloa? No creo que debamos preocuparnos. O al menos, no todavía. Se está bien sin nadie al frente. Nos da un poco de rollito ácrata y nos permite pensar que somos un país maduro con las cositas bien claras. Después de todo, ser presidente del gobierno es serlo siempre en función de lo que ordenen la banca, la sacristía y la bolsa. De modo que mientras no podamos elegir a los presidentes de estas tres columnas básicas del estado, cualquiera que ocupe el sillón de presidente lo hará en calidad de provisional y transitorio. Como cualquier tipo intrascendente.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 6 de abril de 2016