Errejón, el loro y el viejo profesor

Errejón, el loro y el viejo profesor

En los pintorescos años del tránsito —ese período de nuestra historia revestido de heroísmo, cuando en realidad lo fue de cobardía y sumisión—, en los que la España de eucaristía y uniforme pasó a ser la que aún no es y a la que le falta mucho por ser, hubo en las filas de la izquierda un revuelo solo comparable al que ahora contemplamos. Cierto es que nuestra izquierda fue siempre pajarera y zascandil, pero estaba en juego entonces nada menos que el futuro, esa fantasía a la que solo aluden quienes ven en ella ocasiones de lucro, poderío y promoción.
Fue en esa época cuando las cartas marcadas por los trileros internacionales que nos predestinan y gobiernan se pusieron del lado socialdemócrata no porque se lo hubieran ganado durante la larga noche oscurantista, sino porque en política y economía hay carambolas que te entronizan con armiño o te conducen directamente al paredón. Tenía entonces Felipe González las patillas como hachas y Alfonso Guerra aspecto de mal poeta y perdedor, pero descubrieron que uniendo el encanto y las argucias podían llegar a lo más alto sin haber pasado antes por las grisuras clandestinas ni por los méritos cansados de la derrota y el exilio que exhibían los viejos compañeros de partido.
Sin embargo, juntos tenían también un adversario heterodoxo que no lo era porque arañara votos en sus feudos o alterara su folclórico programa electoral, sino porque era en sí mismo un personaje diferente a los clanes de tortilla y camisas de leñador, con lecturas a su espalda y un estilo labrado en bibliotecas que incordiaba en gran manera a quienes reinarían en Ferraz. A González le molestaban sus aires documentados; a Guerra, que le usurpara protagonismo entre fontaneros y arribistas y que le hiciera sombra entre quienes aún apreciaban la inteligencia.
De no haber sido por estos pequeños dolores, Enrique Tierno Galván hubiera sido uno de los ponentes de la Constitución y en su momento hubiera ocupado el puesto que otros ocuparon teniendo menos pedigrí, pero el caso es que los socialdemócratas del PSOE ya habían devorado a los sociopopulares del PSP y decidieron que nada mejor que auparlo a una alcaldía de postín para que fuera venerado sin inmiscuirse en asuntos para los que los cachorros sevillanos estaban sobradamente ansiosos y dispuestos.
Y así fue. En las primeras elecciones municipales, las de 1979, fue elegido alcalde de Madrid, plaza señera y buque insignia de cualquier formación política que se precie, lo que allanó el camino para que tres años después González y Guerra saludaran desde el Palace con la rosa en una mano y la estampa de Iscariote junto a la televisión.
A Tierno Galván, que en la transición ya era conocido como «el viejo profesor» sin haber cumplido los sesenta, se lo quitaron de encima como quien espanta de la calva una mosca reincidente, pero supo tomar posesión de sus dominios, se convirtió en el alcalde más popular de la villa y, una vez reelegido, se mantuvo al frente hasta que la muerte se lo llevó por delante un día de enero de 1986.
Para entonces había logrado de sus votantes algo por lo que cualquier diputado de provincias daría hoy hasta un pedazo de su páncreas: el afecto. Por razones que no pueden limitarse a sus bandos divertidos, a su monástica presencia y ni siquiera a las decisiones que tomó, los madrileños acudieron en masa a su sepelio mientras coreaban una de las frases que le hicieron popular: ¡A colocarse y al loro! Por supuesto, entre quienes jaleaban las consignas y vitoreaban el cadáver estaban no pocos de quienes le habían defenestrado unos años antes.
Seguramente sean muchas las diferencias de todo tipo entre el viejo profesor y el joven Errejón —no se trata aquí de la ideología, sino de la historia—, pero a este le proponen ahora el mismo puente de plata por no haber entendido que lo más sagrado en un partido es la jerárquica cadena de mando y que pretender obviarla suele ser sinónimo de patíbulo o exclusión, pues siempre hay tras esta iniciativa un loro copetudo que con su arrogancia y vanidad tiende a que hagan aguas los intentos de incumplir los rigores de las lógicas internas.
Después de todo, no le fue mal al viejo profesor en su destino, pero deberá decidir el joven Errejón si acepta la intendencia que le ofrecen como parte del programa de castigo y repulsión o si recoge sus enseres y regresa a su exclusivo núcleo irradiador. En cualquiera de los casos tendrá que estar listo y muy atento, no vaya a ser que quienes hoy le ensalzan mañana le lleven y despidan en caja de pino y en volandas por la calle de Alcalá, por donde dicen que la izquierda viene y va.
Hay veces en que la gente es conocida por sus retos, pero en la mayoría de las ocasiones lo es por sus renuncias. Al loro, joven.

© Fran Vega, 20 de febrero de 2017

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Zarzuela, Génova y Ferraz

Zarzuela, Génova y Ferraz

La ventaja de ser rey emérito es que no estás sujeto a ningún tipo de precepto legislativo, por lo que puedes hacer casi lo que quieras sin más frontera que la de tu propia ética, en caso de que la tengas. La Constitución impide que el rey que reina se inmiscuya en política o en asuntos propios de los partidos, pero nada limita la actividad del emérito, que hace y deshace sin rendir cuentas ni explicación.
Viene esto a propósito de que no resulta creíble que la carnicería que se está perpetrando en Ferraz sea ajena a conciliábulos como el que observan en la fotografía, en el que todos los comensales comparten objetivos e intereses. La ausencia de F6 se explica porque la propia Constitución le obliga a respetarla, pero no hay decreto que prohíba al emérito borbonear con el señor de los GAL, el señor de Irak, el señor de la Gürtel y un señor de León que fue invitado por cortesía.
Pensar que el enésimo movimiento cainita que los socialdemócratas están viviendo tiene su origen en pedristas y susanistas resultaría ingenuo. Hace meses que entre Zarzuela y Génova se estableció un hilo directo para lograr la investidura de Rajoy mediante la voladura de Ferraz siempre que esta se produjera desde dentro y con escenografía navajera. Y para ello se pidió colaboración al mejor dinamitero del reino: Felipe González, el viejo león superviviente de Suresnes con las cuatro patas hundidas en otros tantos consejos de administración. La Zarzuela se personó a través del emérito en un conflicto en el que no podía intervenir, pero del que dependía buena parte de su estabilidad.
No es creíble tampoco el difundido lapsus de González aludiendo a la guerra sucia en una entrevista radiofónica. En primer lugar, porque estaba grabada con anterioridad, y hubiera hecho falta una sola palabra del viejo león para que la Cadena Ser la editara y omitiera esa referencia. Y en segundo lugar, porque el viejo león es demasiado viejo y demasiado listo como para cometer ese pretendido error. Era una bala que tenía guardada para los de su propia tropa y que disparó con septembridad y alevosía. Un tá-pá-pá que en tres décadas no había dejado escapar, hasta que lo usó como fuego amigo camuflado entre críticas a su secretario general. Y una chulería, porque si en su momento ningún juez se atrevió a sentarle en el banquillo, él mismo ha confesado ahora sus fechorías sin que nadie le preguntara.
Es pronto para saber cómo terminará este golpe socialdemócrata y hasta qué punto beneficiará a sus instigadores y a quienes les financian o si se volverá en contra de sus cabecillas, pero no para observar la obscena fotografía tomada en un restaurante madrileño y reparar en que quien la hace no tiene plato en la mesa. No hay un sitio vacío, porque quien tomó la instantánea solo estaba convocado para que tomara nota del evento: Cebrián, ese fiel servidor y beneficiario de cualquier gobierno que lleva cuarenta años en todas las sombras de importancia.
Tal vez el partido socialdemócrata necesitaba un sepulturero y lo ha encontrado en el mismo que lo llevó al poder, pero una vez provocado el incendio, apagadas las llamas e identificados los pirómanos, ¿quién gestiona las cenizas? Pasarán años antes de que alguien se atreva a recogerlas y pueda responder.

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© Fran Vega, 1 de octubre de 2016

Rajoy no existe

20160628 · Rajoy no existe

A ver, que lo fácil ahora es decir que Mariano ha ganado las elecciones, pero eso es imposible por la incuestionada verdad de que Rajoy no existe. Todos los votantes del Partido Popular son conscientes de esta exactitud, así que socialdemócratas y podemitas son los únicos que permanecen en el limbo y siguen sin saber que el gran Mariano solo tiene vida en nuestra confusa imaginación. Veamos por qué.
En primer lugar, porque Aznar está satisfecho con el resultado y ha felicitado a su sucesor. Y esto es muy mal asunto, porque significa que es Josemari quien habita en la oquedad craneal de Mariano.
Después, porque nada podía esperarse de una campaña podemita basada en invocaciones a la patria y corazoncitos veraniegos. ¿Qué creían estos chicos? ¿Que hemos llegado hasta aquí para escuchar estas cosas? ¿Que hemos peleado tanto para llevar un corazoncito en la solapa? No, muchachos, no basta con la camisa blanca remangada y tres o cinco ocurrencias en prime time. Necesitamos dinamita intelectual y fuego en las neuronas, no carantoñas ni ternura de colegas.
A continuación, porque solo los socialdemócratas pueden aprobar un eslogan electoral tan hueco como “Vota sí al cambio”. Eso del cambio funcionó una vez, pero está claro que no es una mina sin fondo. Y menos aún si va impreso sobre la foto de un líder errático y errante cuya vida política pende de un pedo. ¿Cuándo se van a convencer los políticos de que la gente jamás vota incertidumbre?
Más todavía: es imposible que exista alguien como Mariano Rajoy. Es imposible que alguien así dirija una banda perfectamente organizada que gana elecciones y aumenta su ventaja en cada convocatoria. Eso no puede ser verdad.
Pero, sobre todo, Rajoy no existe porque el Partido Popular no lo necesita. ¿Para qué tener un líder si no hay nadie que trabaje mejor por el partido que podemitas y socialdemócratas?
Rajoy no ha existido nunca. Y la izquierda solo ha demostrado un principio físico irrebatible: dos fuerzas que chocan siempre impulsan a una tercera.
(En efecto, lector: usted y yo tampoco existimos. Solo somos el resultado de un capricho algorítmico).

© Fran Vega, 28 de junio de 2016

Que vuelva ya Georgie Dann

20160607 · Que vuelva ya Georgie Dann

Los chicos del Partido Popular anunciaron y divulgaron ayer el nuevo arreglo musical de su himno, que en esta ocasión ha adquirido ritmo de merengue. Dijeron también que habían dudado entre varias opciones rítmicas, pero que al final se había impuesto el merengue. Así. Sin avisar ni nada.
Es de suponer que con esta innovación esperan triunfar en las verbenas rurales del verano después de haberse alzado con el primer premio en las elecciones, lo que sin duda supondrá un sustancioso incremento del consumo de alcohol y otras sustancias aún mejores por parte del personal menos inclinado hacia la nueva gaviota merengada.
Pero lo verdaderamente inquietante es intentar ponerse en la cabeza de quienes han tomado esta siniestra decisión. Nada tengo en contra de este ritmo tan alegre, pero reconozcamos que no parece la idea más brillante para intentar ganar adeptos o siquiera votantes. De modo que solo queda pensar que una vez instaladas la memez absoluta y la corrupción generalizada en la sede negra de la calle Génova, solo faltaba que lo hiciera también la demencia total.
Si a la iniciativa bailonga de los populares añadimos el corazoncito podemita y las invocaciones suaristas de los muchachos de Ferraz, cabe preguntarse qué será lo siguiente en esta tronchante campaña electoral de piscina, frigodedo y trampolín.
Es hora, por tanto, de reivindicar las auténticas canciones del verano para que en las plazas de los pueblos suenen este año de forma atronadora y acallen, por favor, ese himno merengoso cuyos primeros acordes ya invitan al alboroto, al incendio e incluso al merengue de neutrones.
Que vuelva ya Georgie Dann.

© Fran Vega, 7 de junio de 2016

Mariano, un artista entre nosotros

20160601 · Un artista entre nosotros

Tenemos todavía un artista en la Moncloa y lo hemos ignorado hasta ahora como si no fuera importante la creatividad en la heroica tarea de dirigir un país y hasta un gobierno. Rajoy nos ha sorprendido con un tuit, élfico y misterioso, en el que junto a la imagen que contemplan ha añadido el siguiente texto: «Después de estos meses, así veo yo la situación política».
¿Qué? ¿Es grande o no es grande Mariano? ¿Tiene arte o no lo tiene? Hay que ser muy bueno, hay que tener una amplitud de miras espectacular y hay que tener conciencia de la historia para publicar algo así. Hay que tener muy claras las ideas, muy definidos los proyectos y muy estructurados los planes de futuro para resumir de este modo un semestre de fútbol y vagancia y encarar unas nuevas elecciones.
Al final, somos nosotros los únicos preocupados por el déficit, los recortes, la prima de riesgo, la corrupción, los refugiados y el cambio climático. Somos nosotros los que nos angustiamos solitos y contemplamos todo con lamento y pesimismo.
Sean optimistas, alegren esa cara, miren la vida como si hubiera mil mañanas y aprendan de Mariano: una línea roja sobre un fondo blanco. Ya está. Eso es todo.

© Fran Vega, 1 de junio de 2016

El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza

20160523 · El vacío del mundo

Según la última encuesta que El País ha hecho para Metroscopia, este hombre grisáceo, pazguato y anodino volverá a ganar las elecciones. Y no solo eso. Es probable que las gane incluso con un margen superior al de hace unos meses. Es difícil enmendar la plana a un diario sostenido y financiado por algunos de los imperios financieros más importantes de Europa, de modo que su titular resulta creíble por mucha desolación que produzca.
Cierto es que la banca aloja y desaloja la Moncloa cuando le viene en gana y que nombra y depone ministros y altos cargos según le conviene y le apetece, pero lo que no hace es depositar los votos de millones de españoles en las urnas.
Esas papeletas son llevadas una a una y hasta su destino por quienes todavía creen que este individuo de extraño cerebelo es el más adecuado para gobernarnos, dirigirnos y representarnos. Este señor que tanta risa nos da cuando no nos entristece es apoyado por una mayoría de ciudadanos que de manera inexplicable, cuando no del todo irracional, todavía confía en él.
Que El País cocina sus encuestas antes de servirlas a Metroscopia es un hecho evidente; que la banca cocina las suyas antes de dar precisas instrucciones al director de El País, también. Pero ¿cómo se cocinan millones de contribuyentes para que mantengan su adhesión inquebrantable a este señor de casino provinciano con el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza?

© Fran Vega, 23 de mayo de 2016

Carlos Soria y el PIB

20160519 · Carlos Soria

Supimos ayer que la deuda pública de este país que avanza por la senda de la recuperación y el desarrollo ha superado ya el 100 % del PIB, es decir, que debemos todo lo que producimos durante un año. Todo un año trabajando por salarios míseros y en condiciones más míseras aún para que nuestros acreedores se lo lleven de golpe a sus paraísos fiscales y jurídicos.
Se suponía que todos los recortes que hemos sufrido durante los últimos años tenían como objetivo no solo no incrementar la deuda pública, sino reducirla. Pues no. Y por si fuera poco, el FMI y Bruselas han caído en la cuenta de que las medidas de austeridad no han conducido a nada y preparan ya un nuevo paquete de recortes que el gobierno surgido de las próximas elecciones tendrá que aplicar, además de la correspondiente multa hipermillonaria por haber superado el techo de déficit. No es de extrañar que todos jueguen al escondite y traten por todos los medios de dar esquinazo a la Moncloa.
Al mismo tiempo, aparecía en los medios una entrevista con Carlos Soria, el antiguo tapicero de 77 años que un día se propuso escalar todos los «ochomiles» del planeta y continúa en su empeño. Dice que a veces le duele una rodilla, pero que a su edad no piensa renunciar a sus sueños y que la voluntad y la ilusión son sus mejores compañeras de escalada.
No sabemos que pensaría este hombre heroico y admirado si un día le dijeran que todos los miles de metros que ha subido y que todos los picos que ha alcanzado los tiene en deuda con una extraña organización que se dedica a vigilar el esfuerzo y el trabajo ajenos. Y no solo eso, sino que todas las cumbres que alcance en el futuro las tendrá también embargadas de antemano. Es de suponer que enterraría la mochila y el piolet y que a partir de entonces dedicaría su tiempo al plácido paseo o a la bien merecida holganza.
A nosotros nos dicen lo mismo, pero con la diferencia de que en los próximos comicios daremos el mando de nuevo a quienes se apropian de nuestra cordada.
Tal vez haya llegado el momento de quedarse en la cima del Annapurna y no volver.

http://www.publico.es/deportes/carlos-soria-inmortal-77-anos.html

© Fran Vega, 19 de mayo de 2016

Sin novedades

20160512 · Presupuesto electoral

Para situarnos un poquito: resulta que estos señores que tan alegremente deciden sobre nuestras vidas y recortan presupuestos cada vez que desde Bruselas se les llama la atención, son incapaces de ponerse de acuerdo para reducir el gasto de la campaña electoral que, naturalmente, financiaremos entre todos. Cada uno quiere sus papelitos, sus folletos y sus banderolas y ninguno está dispuesto a que sus siglas y sus rancias fotografías desaparezcan de calles y buzones.
Hubiera sido razonable que después de haber estado seis meses sin nada que hacer afrontaran la situación con un poco más de perspectiva y humildad y dijeran: «Miren, ya que hemos sido incapaces de hacer nuestro trabajo, vamos a repetir las elecciones, pero de modo que les salga baratito. Disculpen las molestias».
No es nada que sorprenda, pero conviene recordarlo para que luego no cause alarma descubrir sus abundantes ineptitudes y sus ineficaces gestiones. Con tipos incapaces de renunciar a unas cuantas octavillas no podemos ir a ningún lado.

© Fran Vega, 12 de mayo de 2016

No nos aburran más

20160428 · Ovejas

Decía F6 estos días que la campaña electoral que se nos viene encima debía ser austera y comedida, que no están los tiempos como para derroches y dispendios y que ya se han gastado los políticos muchos dineros en contarnos lo que ya sabemos y en ocultarnos lo que de verdad importa.
Sería la ocasión, por tanto, de rogarles que no hagan ninguna campaña, que continúen sus vidas como si tal cosa, que nos convoquen a las urnas pero que no nos canten milongas, que no aparezcan de nuevo en nuestras casas diciéndonos lo que tenían que haber hecho y no hicieron pero que esta vez sí harán y que nos dejen tranquilos con nuestros asuntos.
Que hagan lo que les venga en gana y les parezca bien, que para eso les pagamos, pero no nos merecemos que nos cansen y nos agoten otra vez con sus cantinelas y absurdas promesas que ya solo pueden incitar a la risa, cuando no a la irritación. Por favor, señores de la política, no nos aburran más.

© Fran Vega, 28 de abril de 2016

Episodios nacionales

20160424 · Philip Bonn

Dicen estos días quienes se dedican a la extravagante actividad de la política que no queda otra salida que convocar elecciones generales, pero también hay quien augura un pacto de última hora entre socialdemócratas y democristianos, pues todos son una u otra cosa aunque sus siglas sean diferentes.
Y dicen quienes entienden de estos feos asuntos que los resultados de unos nuevos comicios no serían muy distintos de los conocidos, de modo que no parece tampoco que pueda suponer solución alguna al entretenido espectáculo que nos brindan. Mejor sería entonces que llegaran a un acuerdo no porque este fuera bueno, sino para dejar de aburrirnos con sus actitudes infantiles y sus infames teatralidades.
Por si acaso, vayamos preparando papel y papeletas, no vaya a ser que en cualquier momento suenen las cornetas y nos pillen despistados.
Ahí tienen las urnas. No olviden lavarse las manos después.

© Fran Vega, 24 de abril de 2016

Beneficios del buen desgobierno

Un tipo intrascendente
· Ucronías ·
Fran Vega
Beneficios del buen desgobierno

Ese hombre de lánguida mirada y triste caminar que a veces ustedes ven en los informativos mientras oculta la prensa deportiva bajo el brazo y la quiniela en el bolsillo interior de la americana es el presidente del gobierno en funciones. Desde que en otoño convocó las elecciones del 20 de diciembre está así, en este plan gandul y remolón, contemplando cómo los gallos se enfrentan en el corral mientras él lanza volutas de humo por encima de las gafas. Un hombre en funciones, una especie de la serie B que la política nos ha proporcionado. Un tipo intrascendente.
Tal vez mientras observan su absurda realidad hayan caído en la cuenta de que pertenecemos a una generación privilegiada, estratosférica y homérica, que está viviendo un acontecimiento sin precedentes en la historia de esta España nuestra: llevamos más de cien días sin gobierno. No tenemos quien nos represente, las reuniones internacionales de primeros ministros nos importan un comino y aquí ya no se mueve un folio ni una firma hasta que el rey no bendiga al nuevo presidente. ¿Y mientras tanto? Mientras tanto, disfrutemos.
Podría parecer que el país está paralizado, que las fábricas han dejado de producir aparatos insensatos o que las gentes han dejado de adquirir cosas que no utilizarán. Pero no. Siguen sonando los despertadores, la chavalería acude a sus clases y la liga de fútbol continúa su curso. No sé qué más puede pedirse a un estado sin gobierno.
Sin embargo, la gran ventaja de la prolongación de este juego de trileros en que se han convertido las negociaciones consiste en que nadie puede robar un euro de partidas presupuestarias inexistentes. Sin gobierno, no hay firma; sin firma, no hay presupuesto; y sin presupuesto, no hay hurto ni soborno. De modo que mientras que todos los ladronzuelos y pillastres que nos gobiernan se mantengan en funciones tendremos un oasis de honradez que generaciones enteras querrán ver alguna vez.
Más beneficios: no hay declaraciones a la prensa. Durante este tiempo de parálisis, solo Mariano se ha atrevido con algunas de sus incomprensibles frases, pero desde la vicepresidenta al último subsecretario se observa un silencio que solo es interrumpido de vez en cuando por ese personaje que custodia la cartera de Interior debidamente respaldado por su ángel de la guarda. Ningún responsable del gobierno en funciones se la quiere jugar, no vaya a ser que en una de esas carambolas que la política produce acaben con algún cargo de importancia en cualquier coalición, por estrambótica que esta sea.
Y finalmente, y no por ello menos trascendente, tampoco hay ideas. Por fin. Todos guardan sus mejores bazas y se limitan a exponer viejos asuntos que ya hemos escuchado demasiadas veces, así que llevamos una agradable temporadita en la que salvo las ocurrencias de los bufones habituales de la corte no tenemos que mostrarnos perplejos ante lo que algún ministro haya pensado entre el primer martini y el último gin-tonic.
Y por lo demás, ¿qué importa este asunto de estar o ser en funciones?, ¿acaso estaríamos mejor con cualquiera de los negociadores instalado en la Moncloa? No creo que debamos preocuparnos. O al menos, no todavía. Se está bien sin nadie al frente. Nos da un poco de rollito ácrata y nos permite pensar que somos un país maduro con las cositas bien claras. Después de todo, ser presidente del gobierno es serlo siempre en función de lo que ordenen la banca, la sacristía y la bolsa. De modo que mientras no podamos elegir a los presidentes de estas tres columnas básicas del estado, cualquiera que ocupe el sillón de presidente lo hará en calidad de provisional y transitorio. Como cualquier tipo intrascendente.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 6 de abril de 2016

Tiempos de fantasmas

Tiempos de fantasmas
· Ucronías ·
Fran Vega
Tiempos de fantasmas

Hasta no hace mucho tiempo, y desde la primera batalla de carros de la que se tiene noticia, todas las guerras tuvieron nombre propio y quedaron para la historia los de sus mariscales, generales y almirantes. Casi cualquiera es capaz de recordar una lista no precisamente corta de quienes combatieron aquí y allá y resultan conocidos quienes protagonizaron enfrentamientos y batallas de gran fama y trascendencia. No faltan tampoco quienes saben distinguir mortíferos artilugios usados por la artillería ni quienes recuerdan el tipo de aparato que sobrevolaba ciudades asediadas. Así era antes. Sabíamos cosas. Conocíamos nombres.
En las batallas que hoy se libran los rostros de sus planificadores y estrategas nunca están al descubierto y sus nombres solo se escuchan en forma de eufemismos que hasta hace poco casi considerábamos de indigna pronunciación. Y el paisaje gráfico de la contienda suele resumirse en forma de líneas descendentes o ascendentes que indican la recuperación o el desastre de una moneda o el coste y sobrecoste de nuestras deudas y, sobre todo, de las ajenas. No hay nombres. No hay rostros. La identificación es tarea imposible.
Conocemos, porque viven de ello, las caras de todos los alfiles que se mueven por el tablero. Y sabemos los nombres de quienes dirigen organizaciones que han adquirido forma de países o instituciones, porque necesitarán que sean reconocibles cuando de vez en vez pidan el voto, pero estos no son quienes de verdad importan, no son quienes toman decisiones sobre nuestras vidas, pues solo encarnan la marca creada para lograr el objetivo.
Y no únicamente se trata de que ignoremos quiénes son los mercaderes y los dueños del mercado, sino que tampoco sabemos nada de quienes cocinan acuerdos y desacuerdos y sirven en bandeja las decisiones que luego son resumidas en torpes y embusteras declaraciones, cuando no en pactos sonrojantes de absurda signatura. Dónde están aquellos que se remangan en los subdespachos y trazan líneas rojas y azules sobre estadísticas y mapas, quiénes deciden hasta el último decimal de nuestro futuro, quiénes viajan de incógnito y negocian con otros desconocidos nuestros impuestos y salarios, nuestra sanidad y la educación de nuestros hijos. Quiénes son y dónde están aquellos que saben ya cuánto y de qué forma pagaremos, durante cuánto tiempo padeceremos las consecuencias de sus pactos y la infamia que ocupa sus mentes.
No sabemos. Y no sabemos porque no hay peor enemigo que el que no tiene nombre, ni rival más temido que aquel del que se desconoce su rostro, como bien sabe cualquiera empeñado en generar pánico y espanto. Y lo que ahora se presenta entre tinieblas es más que una batalla y una guerra, pues es un nuevo modo de entender las cosas que nos afectan y las relaciones entre los ciudadanos y el poder económico, único que sobrevive a la crisis prefabricada y cuyo triunfo pasa por el desconocimiento de sus mariscales.
Nos movemos entre fantasmas y los fantasmas se mueven con total impunidad entre nosotros, convertidos ya en anónima masa de indignaciones y protestas dirigidas a quienes no tienen rostro ni nombre. Es hora de identificar a sus alfiles y peones, descifrarlos, despedirlos y olvidarlos para que no acabemos también sin rostro, sin nombre, sin techo y hasta sin sábana con que cubrir los ojos que no ven quienes tratan de convertirnos en fantasmagórica existencia.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 4 de marzo de 2016

Pactando con lobos

Mas y Rajoy: pactando con lobos
· Ucronías ·
Fran Vega
Mas y Rajoy: pactando con lobos

Resulta que en esta España nuestra de sargentos y furrieles se impone ahora la obligada necesidad del diálogo y el pacto, de conversaciones de sofá mientras suenan en las calles alegres villancicos y se adivina en el ambiente un aroma de convivencia y amistad. Resulta que en este país nuestro, tan tabernario y jaranero, no hay más remedio estos días que escuchar a quien no quisiéramos tratar y atender su respetable exposición que en el fondo nos delata. Resulta ahora que los políticos de este país de ordenanzas y decretos se comportan como si vinieran a cenar los cuñados más impertinentes de la historia.
Quién le iba a decir a nuestro atribulado presidente del gobierno que tendría que sentarse a dialogar con quien hace poco le afeaba su rarísima conducta o con quien viste camisas adquiridas en hipermercados de barrios que todavía no ha pisado. Quién le iba a decir en su atalaya monclovita que se terminó lo del plasma y la menina y que no tiene otra salida que aflojarse la corbata y escuchar las bobaditas de derechosos e izquierdosos porque medio país aún no se ha enterado de las hazañas cometidas. Quién le iba a decir que más allá de la prensa deportiva que cada mañana revisa en el retrete hay una diabólica existencia llena de cepos y de trampas, de laberintos maquiavélicos en los que no sirve para nada el escapulario ni la sorna, de ciénagas y charcos repletos de alimañas que arruinan y sepultan nuestro digno acontecer. Quién le iba a decir a él, que todo lo ha sido en esta España nuestra, desde aburrido concejal a incompetente presidente, que ahora su futuro depende de un par de guaperas perfectamente rasurados y un tipo extraño con coleta y cierto deje al caminar.
Y como todo ser alucinado e insensato, nuestro registrador no termina de creerse lo que las urnas le tenían preparado ni puede comprender que la patria le traicione, la misma patria que rescató solemnemente del desastre y los mercados antes de sentarse en la tribuna a aplaudir dos goles y un penalti, la misma patria a la que tanto ha dado y a la que tanto quiso procurar. El cisne negro vive estos días sin vivir en él, sin fumarse un puro por las tardes ni jugar mentalmente al dominó, porque por primera vez en su amarillenta trayectoria tiene que escuchar y dialogar, tiene que ofrecer y conversar, tiene que ceder y proceder. It’s very difficult todo esto, se dice cabizbajo por las noches cuando recuerda con nostalgia los recientes tiempos absolutos de silencio y cerrazón.
Y quién le iba a decir también al otro atildado presidente, al mesiánico protector de las esencias catalanas y relamido dirigente con hechuras de convincente vendedor, que un día tendría que esperar en la buhardilla de su casa a que un grupo de mochileros dominantes, de revoltosos con sudadera y camiseta y asamblea y opinión, votara y decidiera su agonía y frustración y prolongara y estirara su esperpéntico fracaso, su ridícula postura y su humillante situación. Quién le iba a decir a él, que a punto ha estado varias veces de inmolarse por desconexión e independencia, que tendría que vérselas al fin con semejantes individuos de atuendos prohibitivos y cabelleras clandestinas, con la turba indeseable de barriada y callejón. Quién le iba a decir al estirado presidente de trajes a medida y afeitado milimétrico que a esta alegre muchachada tendría que ofrecerles oro, incienso y mirra para permitirse un poco más de heroísmo provinciano, de épica grotesca y de estilo degradante ante su propia multitud.
Estos dos hombrecillos que tanto se quisieron y adoraron, que tantos ajustes y recortes acordaron mientras parecían detestarse y separarse, que tantas mayorías se otorgaron en hoteles y burdeles y que tanto se parecen en su mísera actitud, no tienen más remedio ahora que pactar por separado unos cuantos votos del ignorado populacho para sobrevivir entre alfombras y moquetas sin olfatear siquiera la empobrecida, cansada y arruinada realidad.
Y estos dos tipos casi divinos, estos dos tipos que hace mucho tiempo que entendieron que el arte de la política no es sino la guerra por otros medios, se sienten ahora humillados y ofendidos ante lo que consideran un injusto castigo procedente de un pueblo descarriado e ignorante, una impropia circunstancia macabra y juguetona que la vida les ha dado para que se arrodillen y defequen de pánico y temor ante los leones y las hienas surgidos de sus propias felonías y de su única y exclusiva perversión.
Así están, así son y así seguirán estos dos oscuros personajes de funesto advenimiento, estos tristes responsables de tanto como hemos padecido y estos patibularios mercaderes capaces de alcanzar las más altas cimas de miseria, embuste y podredumbre a cambio de lamer y relamer cualquier esfínter y conducto que les otorgue la aritmética adición. Cada uno por su lado pactará con quien le toque, no importará qué ni tampoco hasta cuándo, y solo ellos serán conocedores de la cláusulas secretas que su acuerdo implique, pues nosotros tan solo veremos otra vez chirriantes apretones de manos y saludos complacientes entre quienes se necesitan y negocian en nombre de la estabilidad, la prima de riesgo y la doliente democracia.
Pactemos también nosotros no alterarnos por tanta infamia como contemplamos, no sufrir por tanto ingenio y artificio y no acoger a estos comerciantes de mercadillo y ocasión, porque al fin y al cabo seguiremos soportando los efectos de su pacto y ellos sonreirán en sus despachos por la suerte de tener junto a su mesa otro bandido salvador. Continuemos entonces atentos a lo nuestro, a nuestras cosas y a los nuestros, porque entre lobos de antorchas y banderas ni se duermen ni se muerden.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 30 de diciembre de 2015

¿Un país indignado?

¿Un país indignado?
· Ucronías ·
Fran Vega
¿Un país indignado?

Se suponía que estábamos enfadados. Muy enfadados. Enfadados con nuestra propia historia, con nuestros gobernantes, con quienes nos gobiernan sin que les hayamos elegido y con quienes gestionan desde despachos lejanos nuestro presente y nuestro destino. Se suponía que estábamos tan enfadados que íbamos a darle matarile a la Cibeles y que nuestros cánticos revolucionarios se iban a escuchar desde Madrid hasta la cancillería de Berlín. Tan enfadados se suponía que estábamos, tan cansados e indignados, que esperábamos el día de las urnas para entregar la cartilla del paro al presidente del gobierno y el billete de regreso al líder de la oposición. Se suponía que estábamos tan enfadados que hasta habíamos aprendido a estarlo.
Y no. No estábamos tan enfadados, ni tan indignados, ni tan cansados. Solo estábamos jugando a la revolución, a desempolvar proclamas y pancartas, a anunciar a las gentes de bien condenas y castigos que nunca se creyeron para que nadie nos dijera que no estábamos enfadados, sino asustados. Muy asustados.
En las elecciones del pasado día 20, más del 50 % de los votos ha ido a parar al zurrón de los partidos tradicionales, los de toda la vida, esos mismos de los que llevamos años quejándonos porque nos engañan, nos estafan y se arrodillan ante quienes no deben. Más de catorce millones de personas de este país nuestro se levantaron el pasado domingo por la mañana y pensaron que sí, que vale, que lo han hecho muy mal, pero que es Navidad, y qué caramba, vamos a darles otra oportunidad. Y más de catorce millones de electores entregaron su papeleta a los partidos que nos han traído hasta aquí, esos mismos de los que nos queríamos librar y que en este mismo instante están decidiendo qué diablos hacen con sus sillones y sus pactos y cómo nos venden el asunto de las coaliciones o de las nuevas elecciones.
Hay que suponer, por tanto, que en estas jornadas prenavideñas los dirigentes democristianos y socialdemócratas están silbando villancicos con los pies encima de la mesa y una copa bien servida mientras piensan en la clase de ciudadanos que les votan, en la tropa mentecata y majadera que se ha pasado toda una legislatura de protestas y mareas para dejarlos donde estaban, en este paisanaje asustadizo que tolera lo intolerable y se entretiene con su propia farsa mientras los culpables de tantas tropelías como hemos conocido se aflojan las corbatas y respiran aliviados y sonríen como hienas de cínica mirada.
Es cierto que hay una cuña incómoda en el arco parlamentario generada por casi nueve millones de votantes que eligieron a partidos diferentes, pero no es más que un espejismo que la cartografía ideológica se encarga de aclarar. El voto democristiano se ha fragmentado en dos grupos, que juntos suman el mismo número de votos con el que Mariano Rajoy se convirtió en vencedor absoluto hace cuatro años. El voto socialdemócrata ha retrocedido un poco en favor del tándem Iglesias-Errejón, pero Podemos solo ha ganado en dos circunscripciones y sus 69 diputados están muy lejos de propiciar los cambios que tanto han sido coreados. Y el partido que aún continúa en el poder mantiene la mayoría absoluta en el Senado, que por muy inútil que parezca tiene una diabólica importancia.
Así que el mapa de la España en la que todo iba a cambiar sigue teñido de azul, de un azul que ahora decepciona no solo por lo que políticamente representa, sino por lo que socialmente significa. Tanta marea por las calles, tanta acampada en los parques y en las plazas para comprobar que la gaviota de siempre planea sobre la casi totalidad del territorio.
Formamos parte de un país al que le asustan tanto los cambios que preferimos no hacerlos y dejar que otros los hagan por nosotros para poder quejarnos después al sol de las terrazas o acodados en los bares, mientras murmuramos algo incomprensible sobre el tiempo o los deportes. Nos gusta lamentarnos, maldecir a quien gobierna y proclamar que ya estamos hartos y que ya está bien y que a la próxima se van a enterar, pero actuamos después como un yerno acomodado que lleva flores a su suegra en el día de su santo y tiende la mano a su cuñado con humillante complacencia.
No somos un país indignado: solo somos un país asustado que de vez en cuando se molesta porque le tocan la cartera o los impuestos, porque le hacen esperar en la consulta del médico o porque llueve en un fin de semana de agosto. Y del mismo modo que esperamos a que salga el sol, aguardamos en nuestra esquina a que otros resuelvan lo que nos afecta, pero sabiendo perfectamente que no lo resolverán y que así podremos seguir instalados en la queja mediterránea de cerveza y boquerón.
Se suponía que estábamos indignados. Muy indignados. Pero solo estábamos disgustados, mohínos y enojados. Y, sobre todo, estábamos asustados. Y así seguimos: cubiertos de basura hasta el gaznate mientras confiamos en que la aurora boreal nos saque de esta ciénaga infinita en la que un día nos metieron. Bienvenidos a la misma Iberia de siempre.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 23 de diciembre de 2015

Mariano, el cisne negro

Mariano, el cisne negro
· Ucronías ·
Fran Vega
Mariano, el cisne negro

Cuando nos encontramos casi al borde de las elecciones, conviene recordar que algunos historiadores definen el cisne negro como el hecho resultante de circunstancias que en principio se presentan desconectadas entre sí, pero que confluyen en un mismo momento para generar un resultado adverso.
A partir de esta formulación, podemos indagar por qué tenemos un cisne negro entre nosotros, por qué en uno de los periodos más duros y frustrantes que hemos conocido tenemos al frente a un hombre tan absurdo como inepto y por qué corremos el riesgo de seguir teniendo en el futuro a este mismo cisne negro, cuando no a otro tan tristemente parecido.
Enemistado con Fraga desde los años ochenta, Mariano Rajoy supo quedar a salvo de las grandes purgas estalinistas que antecedieron a la refundación de Alianza Popular en 1989. Ya entonces daba muestras del principal activo de su personalidad: la resistencia. Y con Aznar a la cabeza del PP, se hizo un hueco en la ejecutiva nacional y a partir de 1996 comenzó su desfile por diversos ministerios encargados de materias que ignoraba en los que dejó olvidable huella de otras dos de sus características: la pereza y la indecisión. Su presencia en el despacho se deducía del olor a habano y de la prensa deportiva olvidada en el retrete.
El ascendente estrellato de nuestro personaje conoció horas bajas durante la zafia gestión del desastre del Prestige en 2002, cuando ya había alcanzado la vicepresidencia del gobierno, pero «el señor de los hilillos» salió de aquella crisis en mejor situación que otros más torpes que él y se mantuvo a flote como una boya en la cisterna. Ni siquiera la marea negra le salpicó.
Al año siguiente, Rodrigo Rato le hizo el impagable favor de oponerse a la guerra de Irak, lo que supuso su defenestración como hipotético sucesor de Aznar, travestido ya en mercenario chusquero de corneta y mosquetón. De no haber sido por los intereses de Rato, tal vez hoy en la Moncloa estaría sentado un hombre con tarjetas black en el bolsillo, aunque a cambio tenemos a otro con sobres en la billetera de los que «todo es falso, salvo alguna cosa».
En la terna azul manejada por el entonces presidente figuraba también Mayor Oreja, el hombre que sabía que con Franco vivíamos mejor, pero el arquitecto del aznarato descartó las veleidades del primero y la disolución mental del segundo y optó por el candidato más cómodo y manejable. Rajoy pasaba por allí, como un señor vestido de gris que da de comer a las palomas en el parque, y en septiembre de 2003 fue designado candidato a la Moncloa: un inspector de Hacienda sería sustituido por un registrador de la propiedad, una de esas circunstancias esperpénticas tan propias de nuestra historia. Y ni en su propia casa sabían que tenían un cisne negro en el salón.
Los atentados del 11-M sorprendieron a Rajoy al borde de la victoria electoral, pero apoyó la farsa inventada por su jefe, se tragó la derrota y quedó el hombre al frente de un partido que nadie lideraba. Sin embargo, para él significó un «ahora o nunca» y una batalla a muerte de la que podía salir despedazado o laureado. Nuevamente, la resistencia jugaría a su favor.
Volvió a perder las elecciones en 2008 después de una ridícula campaña protagonizada por «la niña de los chuches» —esa fantasía freudiana que debió de costarle más de un almohadazo en la alcoba conyugal—, y mientras algunos pedían su cabeza, otros pensaron que Rajoy era un mal menor frente al peligro que llevaban en sus garras quienes aspiraban a presidir el partido. Así que en el congreso de Valencia de ese mismo año fue reelegido presidente del PP. No había nadie mejor y sus barones decidieron que era preferible dejar que se abrasara en la planta noble de Génova 13.
El cisne negro no comenzó a ver la luz hasta que se hicieron evidentes la profundidad de la crisis que entonces se iniciaba y la incapacidad de Rodríguez Zapatero para reaccionar ante los alarmantes datos que llegaban cada día. Y cuando en mayo de 2010 el gobierno socialdemócrata dio un giro a su política económica obligado por Bruselas y Berlín, Rajoy supo que de nuevo tenía ante sí el «ahora o nunca». Estaba en el sitio adecuado y en el momento oportuno. «Mariano, es tu hora», se dijo mientras veía en televisión la repetición de las jugadas más interesantes.
A partir de entonces solo tuvo que emular a Newton: sentado con el Marca bajo el árbol de la crisis, la fruta madura caería por su propio peso y llegaría a sus manos sin haber hecho una sola mueca y ni un solo gesto de impaciencia. Y la manzana cayó un 20 de noviembre, esa fecha incomparable que en su partido recuerdan con esmero cuando ondean banderines con olor a naftalina y almidón.
«¡Presente!», exclamó frente al espejo el mejor registrador de la propiedad que hemos tenido nunca en la Moncloa. Y en 2011 este hombre resistente, indeciso, absurdo, ignorante, oportunista y perezoso se convirtió en presidente del gobierno gracias a los votos de once millones de españoles que lo eligieron ante la debilidad de sus rivales y la indisimulada manipulación de la crisis, convertida ya en la ocasión de oro para tantos retrocesos y abandonos como hemos conocido. Porque España es lo que tiene: que tiene españoles y mucho españoles.
Por sí solo Rajoy jamás hubiera llegado a la Moncloa, pues la ausencia de carisma, liderazgo, presencia, oratoria e inteligencia le hubiera condenado de por vida a su próspera y gris oficina de provincias, pero la suma de factores externos le convirtieron en un cisne negro que, de momento, aún chapotea en su nigérrimo estanque. Nada propio le favorecía, pero todo lo ajeno le resultó favorable.
Su legislatura ha servido para consolidar el profundo cambio ideológico, económico y social tejido alrededor de la crisis, pero también para comprobar las toneladas de basura que se ocultan tras las siglas de los partidos políticos, entre los que el suyo se ha erigido en olímpico campeón. «Mariano, sé fuerte», le dijo su tesorero desde el chabolo una tarde plomiza de domingo. Y lo ha sido como nadie, ignorando las rotundas evidencias de absurda negación.
Y por si no fuera suficiente, la política contrarreformista apadrinada por los eurobuitres ha dejado sus excrementos en cada uno de los servicios públicos que aún quedan en pie hasta condenar a más de un tercio de la población a la supervivencia insoportable. Menos mal que el mejor filósofo de nuestra historia contemporánea encuentra siempre una buena explicación: un vaso es un vaso y un plato es un plato.
En este paisaje de aguas negras no es difícil imaginar la aparición de un nuevo personaje que sea capaz de arrastrar a los electores mediante dos simples mecanismos de sencilla adquisición para los alegres contribuyentes: credibilidad y ausencia de pasado. Cualquiera que no haya estado en la cúpula de los partidos políticos ni de los gobiernos y que no tenga oscuridades ni sobresueldos en su expediente se hará un hueco destacado en la política española. Cualquiera que sea igual de ignorante, indeciso, oportunista, resistente y majadero. Y si consigue que sus propuestas fiscales y laborales resulten creíbles, arrasará.
Las circunstancias socioeconómicas y la falta de confianza en nuestro propio sistema pueden facilitar la llegada de un nuevo cisne negro que en otro contexto no hubiera pasado de subencargado en unos pequeños almacenes, pero que en el actual puede convertirse en líder, presidente y salvador. Y nuestra larga experiencia nos dice que no hay nada peor que un político iluminado que se considere a sí mismo salvador de las Españas.
Once millones de electores votaron al último cisne negro. Y es probable que estos mismos electores vuelvan a llevarlo a la Moncloa o elijan a otro de plumaje parecido. Pero que en ningún momento olviden que bajo las alas de estos cisnes han crecido siempre las herramientas más negras que la historia ha conocido.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 17 de diciembre de 2015