No tiene buena condición quien tiene mala ley

No tiene buena condición quien tiene mala ley
· Historia de la vida del Buscón, 34 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo V
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

No tiene buena condición quien tiene mala ley

Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago,1 patio de estudiantes donde hay muchos juntos, aunque esta teníamos entre tres moradores diferentes no más. Era el dueño y güésped de los que creen en Dios por cortesía o sobre falso; moriscos2 los llaman en el pueblo. Recibiome, pues, el güésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento. Ni sé si lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto o por ser natural suyo de ellos, que no es mucho que tenga mala condición quien no tiene buena ley. Pusimos nuestro hatillo, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos aquella noche.
Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los estudiantes de la posada a pedir la patente3 a mi amo.4 Él, que no sabía lo que era, preguntome que qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media cabeza fuera, que parecía tortuga. Pidieron dos docenas de reales; diéronselos y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo:
—¡Viva el compañero y sea admitido en nuestra amistad! Goce de las preeminencias de antiguo. Pueda tener sarna, andar manchado y padecer la hambre que todos.

1 puerta de Santiago: llamada también postigo de los Judíos, formaba parte del recinto amurallado de Alcalá de Henares tras su ampliación a mediados del siglo XV.
2 moriscos: musulmanes convertidos al cristianismo tras el final de la reconquista y que fueron expulsados de la península entre 1609 y 1613, es decir, unos quince años antes de que Quevedo escribiera Historia de la vida del Buscón.
3 patente: dinero que los novatos pagaban a los veteranos.
4 amo: Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
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Echose un poco de vino y llegamos al mesón

Echose un poco de vino y llegamos al mesón · Bill Perlmutter
· Historia de la vida del Buscón, 33 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Echose un poco de vino y llegamos al mesón
Fotografía: Bill Perlmutter

Quedamos asustados con el gasto. Almorzamos un bocado, y el viejo tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con nadie, desatolas a oscuras debajo del gabán, y agarrando un yesón echósele en la boca y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los perdiera. Comenzó a escupir y hacer gestos de asco y de dolor; llegamos todos a él, y el cura el primero, diciéndole que qué tenía. Empezose a ofrecer a Satanás; dejó caer las alforjas; llegose a él el estudiante, y dijo:
¡Arriedro vayas, cata la cruz!1
Otro abrió un breviario; hiciéronle creer que estaba endemoniado, hasta que él mismo dijo lo que era, y pidió que le dejasen enjuagar la boca con un poco de vino, que él traía bota. Dejáronle y, sacándola, abriola; y echando en un vaso un poco de vino, salió con la lana y estopa un vino salvaje, tan barbado y velloso que no se podía beber ni colar. Entonces acabó de perder la paciencia el viejo, pero viendo las descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien el callar y subir en el carro con los rufianes y las mujeres. Los estudiantes y el cura se ensartaron en dos borricos, y nosotros nos subimos en el coche; y no bien comenzó a caminar cuando unos y otros nos comenzaron a dar vaya,2 declarando la burla. El ventero decía:
—Señor nuevo, a pocas estrenas3 como ésta, envejecerá.
El cura decía:
—Sacerdote soy; allá se lo diré de misas.4
Y el estudiante maldito voceaba:
—Señor primo, otra vez rásquese cuando le coman y no después.
El otro decía:
—Sarna de vuestra merced, señor don Diego.
Nosotros dimos en no hacer caso; Dios sabe cuán corridos íbamos. Con estas y otras cosas, llegamos a la villa; apeámonos en un mesón, y en todo el día, que llegamos a las nueve, acabamos de contar la cena pasada, y nunca pudimos en limpio sacar el gasto.

1 arriedro vayas, cata la cruz: conjuros para ahuyentar al diablo o espantar a alguien, pues tratan al viejo como si estuviera endemoniado.
2 dar vaya: burlarse.
3 estrena: primer acto con el que algo comienza.
4 decir de misas: expresión irónica para excusarse de pagar lo que se debe.
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Llegó la hora de caminar y despertaron todos

Llegó la hora de caminar y despertaron todos · Fotografía: Russell Lee
· Historia de la vida del Buscón, 32 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Llegó la hora de caminar y despertaron todos
Fotografía: Russell Lee

Con esto, se llegó y sacó al pobre viejo, que dormía, de debajo de los pies unas alforjas, y desenvolviéndolas halló una caja, y como si fuera de guerra,1 hizo gente. Llegáronse todos, y abriéndola, vio ser de alcorzas.2 Sacó todas cuantas había y en su lugar puso piedras, palos y lo que halló, y encima dos o tres yesones y un tarazón3 de teja. Cerró la caja y púsola donde estaba, y dijo:
—Pues aún no basta, que bota tiene el viejo.
Sacola el vino y desenfundando una almohada de nuestro coche, después de haber echado un poco de vino debajo, se la llenó de lana y estopa, y la cerró. Con esto, se fueron todos a acostar para una hora que quedaba o media, y el estudiante lo puso todo en las alforjas, y en la capilla4 del gabán le echó una gran piedra, y fuese a dormir.
Llegó la hora de caminar; despertaron todos, y el viejo todavía dormía. Llamáronle, y al levantarse, no podía levantar la capilla del gabán. Miró lo que era, y el mesonero adrede le riñó, diciendo:
—Cuerpo de Dios, ¿no halló otra cosa que llevarse, padre, sino esa piedra? ¿Qué les parece a vuestras mercedes, si yo no lo hubiera visto? Cosa es que estimo en más de cien ducados, porque es contra el dolor de estómago.5
Juraba y perjuraba diciendo que no había metido él tal en la capilla.
Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de cena sólo treinta reales, que no entendiera Juan de Leganés6 la suma. Decían los estudiantes:
—No pide más un ochavo.
Y respondió un rufián:
—No, sino burlárase con este caballero delante de nosotros; aunque ventero, sabe lo que ha de hacer. Déjese vuestra merced gobernar, que en mano está…7
Y tosiendo, cogió el dinero, contolo y, sobrando del que sacó mi amo cuatro reales, los asió, diciendo:
—Estos le daré de posada, que a estos pícaros con cuatro reales se les tapa la boca.

1 caja de guerra: tambores militares con los que los reclutadores atraían a la gente, es decir, hacían gente.
2 alcorza: pasta de azúcar y almidón utilizada en repostería.
3 tarazón: pedazo.
4 capilla: capucha del gabán.
5 contra el dolor de estómago: a las piedras preciosas se les atribuían virtudes contra algunas enfermedades y dolencias, aunque en este caso se trata de una broma del mesonero.
6 Juan de Leganés: bobo o bufón muy conocido en la época de Quevedo.
7 en mano está…: referencia al refrán «en mano está el pandero que lo sabrán bien tañer».
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No cene mucho, que le hará mal

No cene mucho, que le hará mal · Fotografía: Russell Lee
· Historia de la vida del Buscón, 31 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
No cene mucho, que le hará mal
Fotografía: Russell Lee

Decían los rufianes:
—No cene mucho, señor, que le hará mal.
Y replicaba el maldito estudiante:
—Y más que es menester hacerse a comer poco para la vida de Alcalá.1
Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les pusiese en corazón que dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo y que el cura repasaba los huesos de los otros, volvió el un rufián y dijo:
—Oh, pecador de mí, no habemos dejado nada a los criados. Vengan aquí vuestras mercedes. Ah, señor güésped, déles todo lo que hubiere; vea aquí un doblón.
Tan presto saltó el descomulgado pariente de mi amo (digo el estudiantón) y dijo:
—Aunque vuestra merced me perdone, señor hidalgo, debe de saber poco de cortesía. ¿Conoce, por dicha, a mi señor primo? Él dará a sus criados, y aun a los nuestros si los tuviéramos, como nos ha dado a nosotros.
Y volviéndose a don Diego,2 que estaba pasmado, dijo:
—No se enoje vuestra merced, que no le conocían.
Maldiciones le eché cuando vi tan gran disimulación que no pensé acabar.
Levantaron las mesas y todos dijeron a don Diego que se acostase. Él quería pagar la cena y replicáronle que no lo hiciese, que a la mañana habría lugar. Estuviéronse un rato parlando; pregúntole su nombre al estudiante, y él dijo que se llamaba tal Coronel. (En los infiernos descanse, dondequiera que está). Vio al avariento que dormía, y dijo:
—¿Vuestra merced quiere reír? Pues hagamos alguna burla a este mal viejo, que no ha comido sino un pero en todo el camino, y es riquísimo.
Los rufianes dijeron:
—Bien haya el licenciado; hágalo, que es razón.

1 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
2 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
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Y diciendo esto sepultó un panecillo

Y diciendo esto sepultó un panecillo · Fotografía: Willy Ronis
· Historia de la vida del Buscón, 30 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Y diciendo esto sepultó un panecillo
Fotografía: Willy Ronis

Llegó un rufián y puso asientos para todos y una silla para don Diego,1 y el otro trujo un plato. Los estudiantes dijeron:
—Cene vuestra merced, que, entre tanto que a nosotros nos aderezan lo que hubiere, le serviremos a la mesa.
—¡Jesús! —dijo don Diego—, vuestras mercedes se sienten, si son servidos.
Y a esto respondieron los rufianes (no hablando con ellos):
—Luego, mi señor, que aún no está todo a punto.
Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que se convidaban, afligime y temí lo que sucedió. Porque los estudiantes tomaron la ensalada, que era un razonable plato, y mirando a mi amo, dijeron:
—No es razón que donde está un caballero tan principal se queden estas damas sin comer. Mande vuestra merced que alcancen un bocado.
Él, haciendo del galán, convidolas. Sentáronse, y entre los dos estudiantes y ellas no dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el cual se comió don Diego. Y al dársele, aquel maldito estudiante le dijo:
—Un abuelo tuvo vuestra merced, tío de mi padre, que jamás comió lechugas,2 y son malas para la memoria, y más de noche, y éstas no son tan buenas.
Y diciendo esto sepultó un panecillo, y el otro, otro. Pues ¿las mujeres? Ya daban cuenta de un pan, y el que más comía era el cura, con el mirar sólo. Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas de tocino y un par de palomas cocidas, y dijeron:
—Pues padre, ¿ahí se está? Llegue y alcance, que mi señor don Diego nos hace merced a todos. ¡Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera!
No bien se lo dijeron, cuando se sentó. Ya, cuando vio mi amo que todos se le habían encajado, comenzose a afligir. Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no sé qué huesos y alones diciendo que «del cabrito el huesecito y del ave el aloncito» y que el refrán lo decía. Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo demás se engulleron el cura y los otros.

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 lechugas: en la época de Quevedo se consideraba que comer lechugas reducía el apetito sexual.
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Puso los manteles oliéndose la estafa

Puso los manteles oliéndose la estafa · Fotografía: Mario Cattaneo
· Historia de la vida del Buscón, 29 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Puso los manteles oliéndose la estafa
Fotografía: Mario Cattaneo

Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de la venta. Dijo una de las mujeres:
—¡Qué buen talle de caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es vuestra merced su criado?
Yo respondí, creyendo que era así como lo decían, que yo y el otro lo éramos. Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno de los estudiantes se llegó a él medio llorando, y dándole un abrazo apretadísimo, dijo:
—Oh, mi señor don Diego, ¿quién me dijera a mí, agora diez años, que había de ver yo a vuestra merced desta manera? ¡Desdichado de mí, que estoy tal que no me conocerá vuestra merced!
Él se quedó admirado, y yo también, que juráramos entrambos no haberle visto en nuestra vida. El otro compañero andaba mirando a don Diego a la cara, y dijo a su amigo:
—¿Es este señor de cuyo padre me dijistes vos tantas cosas? ¡Gran dicha ha sido nuestra conocelle según está de grande! ¡Dios le guarde!
Y empezó a santiguarse. ¿Quién no creyera que se habían criado con nosotros? Don Diego se le ofreció mucho, y preguntándole su nombre, salió el ventero y puso los manteles, y oliendo la estafa, dijo:
—Dejen eso, que después de cenar se hablará, que se enfría.

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Era el ventero morisco y ladrón

Era el ventero morisco y ladrón · Fotografía: Enzo Sellerio
· Historia de la vida del Buscón, 28 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Era el ventero morisco y ladrón
Fotografía: Enzo Sellerio

El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi perro y gato1 juntos con la paz que aquel día. Hízonos gran fiesta, y como él y los ministros2 del carretero iban horros3 (que ya había llegado también con el hato antes, porque nosotros veníamos de espacio), pegose al coche, diome a mí la mano para salir del estribo, y díjome si iba a estudiar. Yo le respondí que sí; metiome adentro, y estaban dos rufianes con unas mujercillas, y un cura rezando al olor. Un viejo mercader y avariento, procurando olvidarse de cenar, andaba esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas; arremedaba los bostezos, diciendo:
—Más me engorda un poco de sueño que cuantos faisanes tiene el mundo.
Dos estudiantes fregones, de los de mantellina,4 panzas al trote,5 andaban aparecidos por la venta para engullir. Mi amo, pues, como más nuevo en la venta y muchacho, dijo:
—Señor güésped, déme lo que hubiere para mí y mis criados.
—Todos lo somos de vuestra merced —dijeron al punto los rufianes—, y le hemos de servir. Hola, güésped, mirad que este caballero os agradecerá lo que hiciéredes. Vaciad la dispensa.
Y, diciendo esto, llegose el uno y quitole la capa, y dijo:
—Descanse vuestra merced, mi señor.
Y púsola en un poyo.

1 perro y gato: perro era insulto para los judíos y moriscos, y gato, en germanía, significaba «ladrón».
2 ministros: ayudantes.
3 iban horros: estaban de acuerdo.
4 mantellina: capa corta que usaban las fregonas.
5 panzas al trote: gorrones.
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«Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica»
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Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica

Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica
· Historia de la vida del Buscón, 27 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Pusimos el hato en el carro y salimos a la tardecica

Pasáronsenos tres meses en esto, y, al cabo, trató don Alonso1 de enviar a su hijo a Alcalá2 a estudiar lo que le faltaba de la Gramática. Díjome a mí si quería ir, y yo, que no deseaba otra cosa sino salir de tierra donde se oyese el nombre de aquel malvado perseguidor de estómagos, ofrecí de servir a su hijo como vería. Y, con esto, diole un criado para ayo que le gobernase la casa y tuviese cuenta del dinero del gasto, que nos daba remitido en cédulas3 para un hombre que se llamaba Julián Merluza. Pusimos el hato en el carro de un Diego Monje; era una media camita y otra de cordeles con ruedas para meterla debajo de la otra mía y del mayordomo, que se llamaba Baranda, cinco colchones, ocho sábanas, ocho almohadas, cuatro tapices, un cofre con ropa blanca, y las demás zarandajas de casa. Nosotros nos metimos en un coche, salimos a la tardecica, una hora antes de anochecer, y llegamos a la media noche, poco más, a la siempre maldita venta de Viveros.4

1 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
2 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros al este de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
3 cédulas: letras de cambio.
4 venta de Viveros: venta de muy mala fama situada en el camino entre Madrid y Alcalá de Henares.
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Aún parecíamos sombras de otros hombres

Aún parecíamos sombras de otros hombres · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Historia de la vida del Buscón, 26 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Aún parecíamos sombras de otros hombres
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Con estas y otras prevenciones comenzamos a volver y cobrar algún aliento, pero nunca podían las quijadas desdoblarse, que estaban magras y alforzadas,1 y así se dio orden que cada día nos las ahormasen con la mano del almirez. Levantábamonos a hacer pinicos dentro de cuarenta días, y aún parecíamos sombras de otros hombres, y en lo amarillo y flaco simiente de los Padres del yermo.2 Todo el día gastábamos en dar gracias a Dios por habernos rescatado de la cautividad del fierísimo Cabra,3 y rogábamos al Señor que ningún cristiano cayese en sus manos crueles. Si acaso comiendo alguna vez nos acordábamos de las mesas del mal pupilero, se nos aumentaba la hambre tanto que acrecentábamos la costa aquel día. Solíamos contar a don Alonso4 cómo al sentarse en la mesa nos decía males de la gula (no habiéndola él conocido en su vida), y reíase mucho cuando le contábamos que en el mandamiento de No matarás metía perdices y capones, gallinas y todas las cosas que no quería darnos, y, por el consiguiente, la hambre, pues parecía que tenía por pecado el matarla, y aun el herirla, según regateaba el comer.

1 alforzadas: dobladas, con pliegues y arrugas.
2 padres del yermo: eremitas.
3 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga.
4 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
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Trujeron médicos y mandaron los dotores

Trujeron médicos y mandaron los dotores · Fotografía: Elliot Erwitt
· Historia de la vida del Buscón, 25 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo IV
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Trujeron médicos y mandaron los dotores
Fotografía: Elliot Erwitt

Entramos en casa de don Alonso1 y echáronnos en dos camas con mucho tiento, porque no se nos desparramasen los huesos de puro roídos de la hambre. Trujeron exploradores que nos buscasen los ojos por toda la cara, y a mí, como había sido mi trabajo mayor y la hambre imperial, que al fin me trataban como a criado, en buen rato no me los hallaron. Trujeron médicos y mandaron que nos limpiasen con zorras2 el polvo de las bocas, como a retablos, y bien lo éramos de duelos. Ordenaron que nos diesen sustancias y pistos.3 ¡Quién podrá contar, a la primera almendrada4 y a la primera ave, las luminarias que pusieron las tripas de contento? Todo les hacía novedad. Mandaron los dotores que por nueve días no hablase nadie recio en nuestro aposento, porque como estaban güecos los estómagos sonaba en ellos el eco de cualquiera palabra.

1 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
2 zorras: plumeros.
3 pisto: sustancia de ave machacada que se da a los enfermos que no pueden masticar.
4 almendrada: jugo de almendra.
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Despedímonos del licenciado Vigilia

Despedímonos del licenciado Vigilia · Fotografía: August Sander
· Historia de la vida del Buscón, 24 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Despedímonos del licenciado Vigilia
Fotografía: August Sander

Pasamos en este trabajo hasta la Cuaresma; vino, y a la entrada della estuvo malo un compañero. Cabra,1 por no gastar, detuvo el llamar médico hasta que ya él pedía confesión más que otra cosa. Llamó entonces un platicante,2 el cual le tomó el pulso y dijo que la hambre le había ganado por la mano en matar aquel hombre. Diéronle el Sacramento, y el pobre, cuando le vio (que había un día que no hablaba), dijo:
—Señor mío Jesucristo, necesario ha sido el veros entrar en esta casa para persuadirme que no es el infierno.
Imprimiéronseme estas razones en el corazón. Murió el pobre mozo, enterrámosle muy pobremente, por ser forastero, y quedamos todos asombrados.3 Divulgose por el pueblo el caso atroz, llegó a oídos de don Alonso Coronel4 y, como no tenía otro hijo, desengañose de los embustes de Cabra y comenzó a dar más crédito a las razones de dos sombras, que ya estábamos reducidos a tan miserable estado. Vino a sacarnos del pupilaje y, teniéndonos delante, nos preguntaba por nosotros. Y tales nos vio, que, sin aguardar a más, tratando muy mal de palabra al licenciado Vigilia,5 nos mandó llevar en dos sillas a casa. Despedímonos de los compañeros, que nos seguían con los deseos y con los ojos, haciendo las lástimas que hace el que queda en Argel, viendo venir rescatados por la Trinidad6 sus compañeros.

1 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga.
2 platicante: aprendiz que acompañaba al clérigo o cirujano.
3 asombrados: aterrorizados.
4 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
5 Vigilia: el protagonista se refiere a Cabra, a quien llama Vigilia por el hambre que le había hecho pasar.
6 Trinidad: los frailes trinitarios se encargaban de rescatar a los prisioneros cristianos en el norte de África.
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Era el ama sorda, de luto y rezadora

Era el ama sorda, de luto y rezadora · Fotografía: Cristina García Rodero
· Historia de la vida del Buscón, 23 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Era el ama sorda, de luto y rezadora
Fotografía: Cristina García Rodero

Quejábamonos nosotros a don Alonso1 y el Cabra le hacía creer que lo hacíamos por no asistir al estudio. Con esto no nos valían plegarias. Metió en casa la vieja por ama, para que guisase de comer y sirviese a los pupilos, y despidió al criado porque le halló, un viernes a la mañana, con unas migajas de pan en la ropilla. Lo que pasamos con la vieja Dios lo sabe. Era tan sorda que no oía nada; entendía por señas; ciega, y tan gran rezadora que un día se le desensartó el rosario sobre la olla y nos la trujo con el caldo más devoto que he comido. Unos decían: «¡Garbanzos negros! Sin duda son de Etiopía». Otro decía: «¡Garbanzos con luto! ¿Quién se les habrá muerto?». Mi amo fue el primero que se encajó una cuenta y, al mascarla, se quebró un diente. Los viernes solía inviar unos güevos con tantas barbas, a fuerza de pelos y canas suyas, que pudieran pretender corregimiento u abogacía.2 Pues meter el badil por el cucharón y inviar una escudilla de caldo empedrada era ordinario. Mil veces topé yo sabandijas, palos y estopa de la que hilaba en la olla. Y todo lo metía para que hiciese presencia en las tripas y abultase.

1 Alonso Coronel de Zúñiga: mencionado también como Alonso de Zúñiga y padre de Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
2 pretender corregimiento u abogacía: a los corregidores y abogados se les representaba siempre con barba.
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Una vieja para echarnos gaitas

Una vieja para echarnos gaitas · Fotografía: Oriol Maspons
· Historia de la vida del Buscón, 22 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Una vieja para echarnos gaitas
Fotografía: Oriol Maspons

Don Diego y yo nos vimos tan al cabo1 que, ya que para comer al cabo de un mes no hallábamos remedio, le buscamos para no levantarnos de mañana; y así, trazamos de decir que teníamos algún mal. No osamos decir calentura, porque no la teniendo era fácil de conocer el enredo. Dolor de cabeza u muelas era poco estorbo. Dijimos al fin que nos dolían las tripas y que estábamos muy malos de achaque de no haber hecho de nuestras personas2 en tres días, fiados en que a trueque de no gastar dos cuartos en una melecina,3 no buscaría el remedio. Mas ordenólo el diablo de otra suerte, porque tenía una que había heredado de su padre, que fue boticario. Supo el mal, y tomóla y aderezó una melecina, y haciendo llamar una vieja de setenta años, tía suya, que le servía de enfermera, dijo que nos echase sendas gaitas.4 Empezaron por don Diego; el desventurado atajóse,5 y la vieja, en vez de echársela dentro, disparósela por entre la camisa y el espinazo y diole con ella en el cogote, y vino a servir por defuera de guarnición la que dentro había de ser aforro. Quedó el mozo dando gritos; vino Cabra y, viéndolo, dijo que me echasen a mí la otra, que luego tornarían a don Diego. Yo me resistía, pero no me valió, porque, teniéndome Cabra y otros, me la echó la vieja, a la cual de retorno di con ella en toda la cara. Enojóse Cabra conmigo y dijo que él me echaría de su casa, que bien se echaba de ver que era bellaquería todo. Yo rogaba a Dios que se enojase tanto que me despidiese, mas no lo quiso mi ventura.

1 verse al cabo: verse al borde de la muerte.
2 hacer de las personas: defecar.
3 melecina: lavativa.
4 gaita: lavativa.
5 atajarse: desorientarse.
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«Comíamos algunas sospechas de pernil»
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Comíamos algunas sospechas de pernil

Comíamos algunas sospechas de pernil · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Historia de la vida del Buscón, 21 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
Comíamos algunas sospechas de pernil
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Entre estas pláticas y un poco que dormimos, se llegó la hora de levantar. Dieron las seis y llamó Cabra a lición; fuimos y oímosla todos. Mandáronme leer el primer nominativo a los otros, y era de manera mi hambre que me desayuné con la mitad de las razones, comiéndomelas. Y todo esto creerá quien supiere lo que me contó el mozo de Cabra, diciendo que una Cuaresma topó muchos hombres, unos metiendo los pies, otros las manos y otros todo el cuerpo en el portal de su casa, y esto por muy gran rato, y mucha gente que venía a sólo aquello de fuera; y preguntando a uno un día que qué sería (porque Cabra se enojó de que se lo preguntase) respondió que los unos tenían sarna y los otros sabañones y que en metiéndolos en aquella casa morían de hambre, de manera que no comían desde allí adelante. Certificome que era verdad, y yo, que conocí la casa, lo creo. Dígolo porque no parezca encarecimiento lo que dije. Y volviendo a la lición, diola y decorámosla.1 Y prosiguió siempre en aquel modo de vivir que he contado. Sólo añadió a la comida tocino en la olla, por no sé qué que le dijeron un día de hidalguía2 allá fuera. Y así, tenía una caja de hierro, toda agujerada como salvadera,3 abríala y metía un pedazo de tocino en ella que la llenase y tornábala a cerrar y metíala colgando de un cordel en la olla, para que la diese algún zumo por los agujeros y quedase para otro día el tocino. Pareciole después que en esto se gastaba mucho, y dio en sólo asomar el tocino a la olla. Dábase la olla por entendida del tocino y nosotros comíamos algunas sospechas de pernil. Pasábamoslo con estas cosas como se puede imaginar.

1 decorámosla: la aprendimos de memoria.
2 hidalguía: como judíos y musulmanes no podían comer cerdo, el dómine añade tocino a la olla para demostrar que es cristiano viejo.
3 salvadera: vaso con tapa agujereada para espolvorear secante sobre la tinta.
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En toda la noche pudimos dormir

En toda la noche pudimos dormir · Fotografía: Esther Bubley
· Historia de la vida del Buscón, 20 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo III
«De cómo fue a un pupilaje por criado de don Diego Coronel»
En toda la noche pudimos dormir
Fotografía: Esther Bubley

Llegó la hora de cenar; pasose la merienda en blanco, y la cena ya que no se pasó en blanco, se pasó en moreno: pasas y almendras y candil y dos bendiciones, porque se dijese que cenábamos con bendición.
—Es cosa saludable —decía— cenar poco, para tener el estómago desocupado.
Y citaba una retahíla de médicos infernales. Decía alabanzas de la dieta y que se ahorraba un hombre de sueños pesados, sabiendo que en su casa no se podía soñar otra cosa sino que comían. Cenaron y cenamos todos y no cenó ninguno.
Fuímonos a acostar y en toda la noche pudimos yo ni don Diego1 dormir, él trazando de quejarse a su padre y pedir que le sacase de allí y yo aconsejándole que lo hiciese; aunque últimamente le dije:
—Señor, ¿sabéis de cierto si estamos vivos? Porque yo imagino que en la pendencia de las berceras2 nos mataron, y que somos ánimas que estamos en el Purgatorio. Y así, es por demás decir que nos saque vuestro padre, si alguno no nos reza en alguna cuenta de perdones3 y nos saca de penas con alguna misa en altar previlegiado.4

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 pendencia de las berceras: el protagonista se refiere a la «batalla nabal» con las berceras narrada en el cap. II.
3 cuenta de perdones: tipo de cuentas que forman parte del rosario.
4 altar previlegiado: el que tiene concedida indulgencia plenaria.
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