No cabía el ama de contenta conmigo

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: No cabía el ama de contenta conmigo (fotografía: Franco Pinna) / Libro I, Cap. VIb
· Historia de la vida del Buscón, 42 ·
Libro I, Cap. VI. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
No cabía el ama de contenta conmigo
Fotografía: Franco Pinna

Supo, pues, don Diego1 el caso, y enojose conmigo de manera que obligó a los güéspedes (que de risa no se podían valer) a volver por mí.2 Preguntábame don Diego que qué había de decir si me acusaban y me prendía la justicia, a lo cual respondí yo que me llamaría a hambre, que es el sagrado de los estudiantes; y que si no me valiese, diría que como se entraron sin llamar a la puerta como en su casa, que entendí que eran nuestros. Riéronse todos de las disculpas. Dijo don Diego:
—A fe, Pablos, que os hacéis a las armas.
Era de notar ver a mi amo tan quieto y religioso y a mí tan travieso, que el uno exageraba al otro o la virtud o el vicio.
No cabía el ama de contento conmigo, porque éramos dos al mohíno:3 habíamonos conjurado contra la despensa. Yo era el despensero Judas, de botas a bolsa,4 que desde entonces hereda no sé qué amor a la sisa este oficio. La carne no guardaba en manos de la ama la orden retórica, porque siempre iba de más a menos; no era nada carnal, antes de puro penitente estaba en los güesos. Y la vez que podía echar cabra u oveja no echaba carnero, y si había güesos, no entraba cosa magra. Era cercenadora5 de porciones como de moneda, y así hacía unas ollas éticas de puro flacas, unos caldos que a estar cuajados se pudieran hacer sartas de cristal de ellos. Las Pascuas, por diferenciar, para que estuviese gorda la olla, solía echar cabos de vela de sebo y así decía que estaban sus ollas gordas por el cabo.6 Y era verdad según me lo parló un pabilo que yo masqué un día. Ella decía, cuando yo estaba delante:
—Mi amo, por cierto que no hay servicio como el de Pablicos, si él no fuese travieso; consérvele vuestra merced, que bien se le puede sufrir el ser bellaquillo por la fidelidad; lo mejor de la plaza trae.

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 volver a mí: defenderme.
3 dos al mohíno: en algunos juegos, conchabarse dos contra uno.
4 Judas, de botas a bolsa: Judas suele ser representado con una bolsa y unas botas.
5 cercenadora: una de las formas de sisar era recortar o limar las monedas para quedarse con el metal cercenado.
6 estar por el cabo: estar bien, perfectamente.
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Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena (fotografía: Toshiteru Yamaji) / Libro I, Cap. 6a
· Historia de la vida del Buscón, 41 ·
Libro I, Cap. VI. Francisco de Quevedo, 1626
«De las crueldades de la ama y travesuras que hizo»
Era mucho atrevimiento venir a gruñir a casa ajena
Fotografía: Toshiteru Yamaji

Haz como vieres, dice el refrán, y dice bien. De puro considerar en él, vine a resolverme de ser bellaco con los bellacos, y más, si pudiese, que todos. No sé si salí con ello, pero yo aseguro a vuestra merced que hice todas las diligencias posibles.
Lo primero, yo puse pena de la vida a todos los cochinos que se entrasen en casa y a los pollos de la ama que del corral pasasen a mi aposento. Sucedió que un día entraron dos puercos del mejor garbo que vi en mi vida. Yo estaba jugando con los otros criados, y oilos gruñir, y dije al uno:
—Vaya y vea quién gruñe en nuestra casa.
Fue, y dijo que dos marranos. Yo que lo oí, me enojé tanto que salí allá diciendo que era mucha bellaquería y atrevimiento venir a gruñir a casa ajena. Y diciendo esto, envásole a cada uno a puerta cerrada la espada por los pechos, y luego los acogotamos. Porque no se oyese el ruido que hacían, todos a la par dábamos grandísimos gritos como que cantábamos y así expiraron en nuestras manos. Sacamos los vientres, recogimos la sangre, y a puros jergones los medio chamuscamos en el corral, de suerte que cuando vinieron los amos ya estaba todo hecho, aunque mal, si no eran los vientres, que aún no estaban acabadas de hacer las morcillas. Y no por falta de prisa, en verdad, que por no detenernos las habíamos dejado la mitad de lo que ellas se tenían dentro, y nos las comimos las más como se las traía hechas el cochino en la barriga.

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Hechos amigos y como hermanos

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Hechos amigos y como hermanos (fotografía: Romualdas Rakauskas) / Libro I, Cap. 5g
· Historia de la vida del Buscón, 40 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Hechos amigos y como hermanos
Fotografía: Romualdas Rakauskas

Yo, que veía poco remedio en el negocio y que me iban a echar la garra, fingí que me había dado mal de corazón: agarreme a los palos, hice visajes… Ellos, que sabían el misterio, apretaron conmigo, diciendo:
—¡Gran lástima!
Don Diego me tomó el dedo del corazón1 y, al fin, entre los cinco me levantaron, y al alzar las sábanas fue tanta la risa de todos viendo los recientes no ya palominos2 sino palomos grandes, que se hundía el aposento.
—¡Pobre de él! —decían los bellacos (yo hacía del desmayado)—; tírele vuestra merced mucho de ese dedo del corazón.
Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tiró que me le desconcertó. Los otros trataron de darme un garrote en los muslos, y decían:
—El pobrecito agora sin duda se ensució, cuando le dio el mal.
¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza, descoyuntado un dedo y a peligro de que me diesen garrote! Al fin, de miedo de que me le diesen, que ya me tenían los cordeles en los muslos, hice que había vuelto, y por presto que lo hice, como los bellacos iban con malicia, ya me habían hecho dos dedos de señal en cada pierna. Dejáronme diciendo:
—¡Jesús, y qué flaco sois!
Yo lloraba de enojo, y ellos decían adrede:
—Más va en vuestra salud que en haberos ensuciado. Callá.
Y con esto me pusieron en la cama, después de haberme lavado, y se fueron.
Yo no hacía a solas sino considerar cómo casi era peor lo que había pasado en Alcalá3 en un día que todo lo que me sucedió con Cabra.4 A mediodía me vestí, limpié la sotana lo mejor que pude, lavándola como gualdrapa, y aguardé a mi amo5 que, en llegando, me preguntó cómo estaba. Comieron todos los de la casa y yo, aunque poco y de mala gana. Y después, juntándonos todos a parlar en el corredor, los otros criados, después de darme vaya,6 declararon la burla. Riéronla todos, doblose mi afrenta, y dije entre mí: «Avisón, Pablos, alerta».
Propuse de hacer nueva vida, y con esto, hechos amigos, vivimos de allí adelante todos los de la casa como hermanos, y en las escuelas y patios nadie me inquietó más.

1 dedo del corazón: en la época se creía que existía una relación entre el dedo corazón y el corazón, y que tirando de este dedo se aliviaban los males cardíacos.
2 palominos: manchas de excrementos.
3 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros al este de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
4 Cabra: dómine y licenciado a cuyo pupilaje entra el protagonista junto a Diego de Zúñiga, pasaje narrado en el capítulo III.
5 amo: el protagonista se refiere a Diego de Zúñiga.
6 dar vaya: burlarse.
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Decían que no se podía estar allí

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Decían que no se podía estar allí (fotografía: Carl Mydans) / Libro I, Cap. 5f
· Historia de la vida del Buscón, 39 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

Decían que no se podía estar allí
Fotografía: Carl Mydans

Acosteme y cubrime y torné a dormir, y como entre sueños me revolcase, cuando desperté halleme proveído y hecho una necesaria.1 Levantáronse todos y yo tomé por achaque2 los azotes para no vestirme. No había diablos que me moviesen de un lado. Estaba confuso, considerando si acaso, con el miedo y la turbación, sin sentirlo, había hecho aquella vileza, o si entre sueños. Al fin, yo me hallaba inocente y culpado y no sabía cómo disculparme.
Los compañeros se llegaron a mí, quejándose y muy disimulados, a preguntarme cómo estaba; yo les dije que muy malo, porque me habían dado muchos azotes. Preguntábales yo que qué podía haber sido, y ellos decían:
—A fe que no se escape, que el matemático3 nos lo dirá. Pero, dejando esto, veamos si estáis herido, que os quejábades mucho.
Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme. En esto, mi amo entró diciendo:
—¿Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son las ocho ¿y estaste en la cama? ¡Levántate enhoramala!
Los otros, por asegurarme, contaron a don Diego el caso todo y pidiéronle que me dejase dormir. Y decía uno:
—Y si vuestra merced no lo cree, levantad, amigo.
Y agarraba de la ropa. Yo la tenía asida con los dientes por no mostrar la caca. Y cuando ellos vieron que no había remedio por aquel camino, dijo uno:
—¡Cuerpo de Dios y cómo hiede!
Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego, tras él, todos comenzaron a mirar si había en el aposento algún servicio.4 Decían que no se podía estar allí. Dijo uno:
—¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!
Miraron las camas y quitáronlas para ver debajo, y dijeron:
—Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasémosle a una de las nuestras y miremos debajo de ella.

1 necesaria: privada, letrina.
2 achaque: excusa.
3 matemático: astrónomo.
4 servicio: orinal.
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El retor tiene la culpa en no poner remedio

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: El retor tiene la culpa en no poner remedio (fotografía: August Sander) / Libro I, Cap. 5e
· Historia de la vida del Buscón, 38 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

El retor tiene la culpa en no poner remedio
Fotografía: August Sander

Pero, cuando comienzan desgracias en uno, parece que nunca se han de acabar, que andan encadenadas y unas traían a otras. Viniéronse a acostar los otros criados y, saludándome todos, me preguntaron si estaba malo y cómo estaba en la cama. Yo les conté el caso y, al punto, como si en ellos no hubiera mal ninguno, se empezaron a santiguar, diciendo:
—No se hiciera entre luteranos. ¿Hay tal maldad?
Otro decía:
—El retor tiene la culpa en no poner remedio. ¿Conocerá los que eran?
Yo respondí que no, y agradeciles la merced que me mostraban hacer. Con esto se acabaron de desnudar, acostáronse, mataron la luz, y dormime yo, que me parecía que estaba con mi padre y mis hermanos.
Debían de ser las doce cuando el uno de ellos me despertó a puros gritos, diciendo:
—¡Ay, que me matan! ¡Ladrones!
Sonaban en su cama, entre estas voces, unos golpazos de látigo. Yo levanté la cabeza y dije:
—¿Qué es eso?
Y apenas la descubrí, cuando con una maroma me asentaron un azote con hijos1 en todas las espaldas. Comencé a quejarme; quíseme levantar; quejábase el otro también; dábanme a mí sólo. Yo comencé a decir:
—¡Justicia de Dios!
Pero menudeaban tanto los azotes sobre mí, que ya no me quedó, por haberme tirado las frazadas abajo, otro remedio sino el de meterme debajo de la cama. Hícelo así, y al punto los tres que dormían empezaron a dar gritos también, y como sonaban los azotes, yo creí que alguno de fuera nos daba a todos. Entre tanto, aquel maldito que estaba junto a mí se pasó a mi cama y proveyó en ella, y cubriola, volviéndose a la suya. Cesaron los azotes y levantáronse con grandes gritos todos cuatro, diciendo:
—¡Es gran bellaquería, y no ha de quedar así!
Yo todavía me estaba debajo de la cama quejándome como perro cogido entre puertas, tan encogido que parecía galgo con calambre. Hicieron los otros que cerraban la puerta, y yo entonces salí de donde estaba y subime a mi cama, preguntando si acaso les habían hecho mal. Todos se quejaban de muerte.

1 azote con hijos: látigo de varios ramales.
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Vi lo que jamás se ha visto en paso

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Vi lo que jamás se ha visto en paso (fotografía: David Seymour, Chim) / Libro I, Cap. 5d
· Historia de la vida del Buscón, 37 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Vi lo que jamás se ha visto en paso
Fotografía: David Seymour (Chim)

Vino mi amo, y como me halló durmiendo y no sabía la asquerosa aventura, enojose y comenzó a darme repelones con tanta prisa, que a dos más, despierto calvo. Levanteme dando voces y quejándome, y él, con más cólera, dijo:
—¿Es buen modo de servir ése, Pablos? Ya es otra vida.
Yo, cuando oí decir «otra vida», entendí que era ya muerto, y dije:
—Bien me anima vuestra merced en mis trabajos. Vea cuál está aquella sotana y manteo, que ha servido de pañizuelo a las mayores narices que se han visto jamás en paso,1 y mire estas costillas.
Y con esto empecé a llorar. Él, viendo mi llanto, creyolo, y buscando la sotana y viéndola, compadeciose de mí y dijo:
—Pablos, abre el ojo que asan carne.2 Mira por ti, que aquí no tienes otro padre ni madre.
Contele todo lo que había pasado y mandome desnudar y llevar a mi aposento, que era donde dormían cuatro criados de los güéspedes de casa. Acosteme y dormí; y con esto, a la noche, después de haber comido y cenado bien, me hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado por mí nada.

1 paso: se refiere a los pasos de Semana Santa, donde salen judíos, a los que se atribuían grandes narices.
2 abre el ojo que asan carne: dicho con el que se avisa a alguien para que esté prevenido.
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Iba ya hecho zufaina

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Iba ya hecho zufaina (fotografía: Eugene Smith) / Libro I, Cap. 5c
· Historia de la vida del Buscón, 36 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Iba ya hecho zufaina
Fotografía: Eugene Smith

Yo estaba cubierto el rostro con la capa, y tan blanco, que todos tiraban a mí, y era de ver cómo tomaban la puntería. Estaba ya nevado de pies a cabeza, pero un bellaco, viéndome cubierto y que no tenía en la cara cosa, arrancó hacia mí diciendo con gran cólera:
—¡Baste, no le deis con el palo!
Que yo, según me trataban, creí de ellos que lo harían. Destapeme por ver lo que era, y al mismo tiempo, el que daba las voces me enclavó un gargajo en los dos ojos. Aquí se han de considerar mis angustias. Levantó la infernal gente una grita que me aturdieron, y yo, según lo que echaron sobre mí de sus estómagos, pensé que por ahorrar de médicos y boticas aguardan nuevos para purgarse. Quisieron tras esto darme de pescozones, pero no había dónde sin llevarse en las manos la mitad del afeite1 de mi negra capa, ya blanca por mis pecados. Dejáronme, y iba hecho zufaina2 de viejo a pura saliva. Fuime a casa, que apenas acerté, y fue ventura el ser de mañana, pues sólo topé dos o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados porque no me tiraron más de cuatro o seis trapajos y luego me dejaron.
Entré en casa, y el morisco que me vio comenzose a reír y a hacer como que quería escupirme. Yo, que temí que lo hiciese, dije:
—Tened, güésped, que no soy Ecce-Homo.3
Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos, dándome sobre los hombros con las pesas que tenía. Con esta ayuda de costa, medio derrengado, subí arriba; y en buscar por dónde asir la sotana y el manteo para quitármelos, se pasó mucho rato. Al fin, le quité y me eché en la cama y colguelo en una azutea.

1 afeite: cosmético con el que se maquillaban las mujeres.
2 zufaina: jofaina, escupidera.
3 Ecce Homo: imagen de Cristo con la corona de espinas y cetro de caña, tal como Pilatos lo enseñó al pueblo judío. Como los judíos escupieron y vejaron a Cristo, le dice Pablos que no le escupa a él, que no es Cristo, por lo que le está tratando como judío.
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Vi que se me aparejaban los gargajos

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Vi que se me aparejaban los gargajos (fotografía: Mark Kauffman) / Libro I, Cap. 5b
· Historia de la vida del Buscón, 35 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le hicieron por nuevo»
Vi que se me aparejaban los gargajos
Fotografía: Mark Kauffman

Y con esto (¡mire vuestra merced qué previlegios!) volaron por la escalera, y al momento nos vestimos nosotros y tomamos el camino para escuelas.1 A mi amo2 apadrináronle unos colegiales conocidos de su padre y entró en su general,3 pero yo, que había de entrar en otro diferente y fui solo, comencé a temblar. Entré en el patio, y no hube metido bien un pie, cuando me encararon y comenzaron a decir: «¡Nuevo!». Yo, por disimular di en reír, como que no hacía caso; mas no bastó, porque llegándose a mí ocho o nueve, comenzaron a reírse. Púseme colorado; nunca Dios lo permitiera, pues al instante se puso uno que estaba a mi lado las manos en las narices y apartándose, dijo:
—Por resucitar está este Lázaro, según olisca.4
Y con esto todos se apartaron tapándose las narices. Yo, que me pensé escapar, puse las manos también y dije:
—Vuestras mercedes tienen razón, que huele muy mal.
Dioles mucha risa y, apartándose, ya estaban juntos hasta ciento. Comenzaron a escarrar5 y tocar al arma y en las toses y abrir y cerrar de las bocas, vi que se me aparejaban gargajos. En esto, un manchegazo acatarrado hízome alarde de uno terrible, diciendo:
—Esto hago.
Yo entonces, que me vi perdido, dije:
—¡Juro a Dios que ma…!
Iba a decir te, pero fue tal la batería y lluvia que cayó sobre mí, que no pude acabar la razón.

1 escuelas: lugar donde se encontraban las aulas de la universidad.
2 amo: se refiere a Diego de Zúñiga.
3 general: aula abierta y común a todos los estudiantes.
4 oliscar: oler mal.
5 escarrar: carraspear para preparar las flemas que se van a escupir.
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No tiene buena condición quien tiene mala ley

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: No tiene buena condición quien tiene mala ley / Libro I, Cap. 5a
· Historia de la vida del Buscón, 34 ·
Libro I, Cap. V. Francisco de Quevedo, 1626
«De la entrada de Alcalá, patente y burlas
que le hicieron por nuevo»

No tiene buena condición quien tiene mala ley

Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago,1 patio de estudiantes donde hay muchos juntos, aunque esta teníamos entre tres moradores diferentes no más. Era el dueño y güésped de los que creen en Dios por cortesía o sobre falso; moriscos2 los llaman en el pueblo. Recibiome, pues, el güésped con peor cara que si yo fuera el Santísimo Sacramento. Ni sé si lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto o por ser natural suyo de ellos, que no es mucho que tenga mala condición quien no tiene buena ley. Pusimos nuestro hatillo, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos aquella noche.
Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los estudiantes de la posada a pedir la patente3 a mi amo.4 Él, que no sabía lo que era, preguntome que qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía suceder, me acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media cabeza fuera, que parecía tortuga. Pidieron dos docenas de reales; diéronselos y con tanto comenzaron una grita del diablo, diciendo:
—¡Viva el compañero y sea admitido en nuestra amistad! Goce de las preeminencias de antiguo. Pueda tener sarna, andar manchado y padecer la hambre que todos.

1 puerta de Santiago: llamada también postigo de los Judíos, formaba parte del recinto amurallado de Alcalá de Henares tras su ampliación a mediados del siglo XV.
2 moriscos: musulmanes convertidos al cristianismo tras el final de la reconquista y que fueron expulsados de la península entre 1609 y 1613, es decir, unos quince años antes de que Quevedo escribiera Historia de la vida del Buscón.
3 patente: dinero que los novatos pagaban a los veteranos.
4 amo: Diego de Zúñiga, compañero de escuela y pupilaje del protagonista.
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Echose un poco de vino y llegamos al mesón

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Echose un poco de vino y llegamos al mesón (fotografía: Bill Perlmutter) / Libro I, Cap. 4i
· Historia de la vida del Buscón, 33 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Echose un poco de vino y llegamos al mesón
Fotografía: Bill Perlmutter

Quedamos asustados con el gasto. Almorzamos un bocado, y el viejo tomó sus alforjas y, porque no viésemos lo que sacaba y no partir con nadie, desatolas a oscuras debajo del gabán, y agarrando un yesón echósele en la boca y fuele a hincar una muela y medio diente que tenía, y por poco los perdiera. Comenzó a escupir y hacer gestos de asco y de dolor; llegamos todos a él, y el cura el primero, diciéndole que qué tenía. Empezose a ofrecer a Satanás; dejó caer las alforjas; llegose a él el estudiante, y dijo:
¡Arriedro vayas, cata la cruz!1
Otro abrió un breviario; hiciéronle creer que estaba endemoniado, hasta que él mismo dijo lo que era, y pidió que le dejasen enjuagar la boca con un poco de vino, que él traía bota. Dejáronle y, sacándola, abriola; y echando en un vaso un poco de vino, salió con la lana y estopa un vino salvaje, tan barbado y velloso que no se podía beber ni colar. Entonces acabó de perder la paciencia el viejo, pero viendo las descompuestas carcajadas de risa, tuvo por bien el callar y subir en el carro con los rufianes y las mujeres. Los estudiantes y el cura se ensartaron en dos borricos, y nosotros nos subimos en el coche; y no bien comenzó a caminar cuando unos y otros nos comenzaron a dar vaya,2 declarando la burla. El ventero decía:
—Señor nuevo, a pocas estrenas3 como ésta, envejecerá.
El cura decía:
—Sacerdote soy; allá se lo diré de misas.4
Y el estudiante maldito voceaba:
—Señor primo, otra vez rásquese cuando le coman y no después.
El otro decía:
—Sarna de vuestra merced, señor don Diego.
Nosotros dimos en no hacer caso; Dios sabe cuán corridos íbamos. Con estas y otras cosas, llegamos a la villa; apeámonos en un mesón, y en todo el día, que llegamos a las nueve, acabamos de contar la cena pasada, y nunca pudimos en limpio sacar el gasto.

1 arriedro vayas, cata la cruz: conjuros para ahuyentar al diablo o espantar a alguien, pues tratan al viejo como si estuviera endemoniado.
2 dar vaya: burlarse.
3 estrena: primer acto con el que algo comienza.
4 decir de misas: expresión irónica para excusarse de pagar lo que se debe.
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«Llegó la hora de caminar y despertaron todos»
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Llegó la hora de caminar y despertaron todos

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Llegó la hora de caminar y despertaron todos (fotografía: Russell Lee) / Libro I, Cap. 4h
· Historia de la vida del Buscón, 32 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Llegó la hora de caminar y despertaron todos
Fotografía: Russell Lee

Con esto, se llegó y sacó al pobre viejo, que dormía, de debajo de los pies unas alforjas, y desenvolviéndolas halló una caja, y como si fuera de guerra,1 hizo gente. Llegáronse todos, y abriéndola, vio ser de alcorzas.2 Sacó todas cuantas había y en su lugar puso piedras, palos y lo que halló, y encima dos o tres yesones y un tarazón3 de teja. Cerró la caja y púsola donde estaba, y dijo:
—Pues aún no basta, que bota tiene el viejo.
Sacola el vino y desenfundando una almohada de nuestro coche, después de haber echado un poco de vino debajo, se la llenó de lana y estopa, y la cerró. Con esto, se fueron todos a acostar para una hora que quedaba o media, y el estudiante lo puso todo en las alforjas, y en la capilla4 del gabán le echó una gran piedra, y fuese a dormir.
Llegó la hora de caminar; despertaron todos, y el viejo todavía dormía. Llamáronle, y al levantarse, no podía levantar la capilla del gabán. Miró lo que era, y el mesonero adrede le riñó, diciendo:
—Cuerpo de Dios, ¿no halló otra cosa que llevarse, padre, sino esa piedra? ¿Qué les parece a vuestras mercedes, si yo no lo hubiera visto? Cosa es que estimo en más de cien ducados, porque es contra el dolor de estómago.5
Juraba y perjuraba diciendo que no había metido él tal en la capilla.
Los rufianes hicieron la cuenta, y vino a montar de cena sólo treinta reales, que no entendiera Juan de Leganés6 la suma. Decían los estudiantes:
—No pide más un ochavo.
Y respondió un rufián:
—No, sino burlárase con este caballero delante de nosotros; aunque ventero, sabe lo que ha de hacer. Déjese vuestra merced gobernar, que en mano está…7
Y tosiendo, cogió el dinero, contolo y, sobrando del que sacó mi amo cuatro reales, los asió, diciendo:
—Estos le daré de posada, que a estos pícaros con cuatro reales se les tapa la boca.

1 caja de guerra: tambores militares con los que los reclutadores atraían a la gente, es decir, hacían gente.
2 alcorza: pasta de azúcar y almidón utilizada en repostería.
3 tarazón: pedazo.
4 capilla: capucha del gabán.
5 contra el dolor de estómago: a las piedras preciosas se les atribuían virtudes contra algunas enfermedades y dolencias, aunque en este caso se trata de una broma del mesonero.
6 Juan de Leganés: bobo o bufón muy conocido en la época de Quevedo.
7 en mano está…: referencia al refrán «en mano está el pandero que lo sabrán bien tañer».
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«No cene mucho, que le hará mal»
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No cene mucho, que le hará mal

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: No cene mucho, que le hará mal (fotografía: Russell Lee) / Libro I, Cap. 4g
· Historia de la vida del Buscón, 31 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
No cene mucho, que le hará mal
Fotografía: Russell Lee

Decían los rufianes:
—No cene mucho, señor, que le hará mal.
Y replicaba el maldito estudiante:
—Y más que es menester hacerse a comer poco para la vida de Alcalá.1
Yo y el otro criado estábamos rogando a Dios que les pusiese en corazón que dejasen algo. Y ya que lo hubieron comido todo y que el cura repasaba los huesos de los otros, volvió el un rufián y dijo:
—Oh, pecador de mí, no habemos dejado nada a los criados. Vengan aquí vuestras mercedes. Ah, señor güésped, déles todo lo que hubiere; vea aquí un doblón.
Tan presto saltó el descomulgado pariente de mi amo (digo el estudiantón) y dijo:
—Aunque vuestra merced me perdone, señor hidalgo, debe de saber poco de cortesía. ¿Conoce, por dicha, a mi señor primo? Él dará a sus criados, y aun a los nuestros si los tuviéramos, como nos ha dado a nosotros.
Y volviéndose a don Diego,2 que estaba pasmado, dijo:
—No se enoje vuestra merced, que no le conocían.
Maldiciones le eché cuando vi tan gran disimulación que no pensé acabar.
Levantaron las mesas y todos dijeron a don Diego que se acostase. Él quería pagar la cena y replicáronle que no lo hiciese, que a la mañana habría lugar. Estuviéronse un rato parlando; pregúntole su nombre al estudiante, y él dijo que se llamaba tal Coronel. (En los infiernos descanse, dondequiera que está). Vio al avariento que dormía, y dijo:
—¿Vuestra merced quiere reír? Pues hagamos alguna burla a este mal viejo, que no ha comido sino un pero en todo el camino, y es riquísimo.
Los rufianes dijeron:
—Bien haya el licenciado; hágalo, que es razón.

1 Alcalá de Henares: población situada a unos treinta kilómetros de Madrid, cuya universidad fue inaugurada en 1499, y ciudad natal de Miguel de Cervantes.
2 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
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Y diciendo esto sepultó un panecillo

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Y diciendo esto sepultó un panecillo (fotografía: Willy Ronis) / Libro I, Cap. 4f
· Historia de la vida del Buscón, 30 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Y diciendo esto sepultó un panecillo
Fotografía: Willy Ronis

Llegó un rufián y puso asientos para todos y una silla para don Diego,1 y el otro trujo un plato. Los estudiantes dijeron:
—Cene vuestra merced, que, entre tanto que a nosotros nos aderezan lo que hubiere, le serviremos a la mesa.
—¡Jesús! —dijo don Diego—, vuestras mercedes se sienten, si son servidos.
Y a esto respondieron los rufianes (no hablando con ellos):
—Luego, mi señor, que aún no está todo a punto.
Yo, cuando vi a los unos convidados y a los otros que se convidaban, afligime y temí lo que sucedió. Porque los estudiantes tomaron la ensalada, que era un razonable plato, y mirando a mi amo, dijeron:
—No es razón que donde está un caballero tan principal se queden estas damas sin comer. Mande vuestra merced que alcancen un bocado.
Él, haciendo del galán, convidolas. Sentáronse, y entre los dos estudiantes y ellas no dejaron sino un cogollo, en cuatro bocados, el cual se comió don Diego. Y al dársele, aquel maldito estudiante le dijo:
—Un abuelo tuvo vuestra merced, tío de mi padre, que jamás comió lechugas,2 y son malas para la memoria, y más de noche, y éstas no son tan buenas.
Y diciendo esto sepultó un panecillo, y el otro, otro. Pues ¿las mujeres? Ya daban cuenta de un pan, y el que más comía era el cura, con el mirar sólo. Sentáronse los rufianes con medio cabrito asado y dos lonjas de tocino y un par de palomas cocidas, y dijeron:
—Pues padre, ¿ahí se está? Llegue y alcance, que mi señor don Diego nos hace merced a todos. ¡Pesia diez, la Iglesia ha de ser la primera!
No bien se lo dijeron, cuando se sentó. Ya, cuando vio mi amo que todos se le habían encajado, comenzose a afligir. Repartiéronlo todo y a don Diego dieron no sé qué huesos y alones diciendo que «del cabrito el huesecito y del ave el aloncito» y que el refrán lo decía. Con lo cual nosotros comimos refranes y ellos aves. Lo demás se engulleron el cura y los otros.

1 Diego de Zúñiga: compañero de escuela y pupilaje del protagonista e hijo de Alonso Coronel de Zúñiga.
2 lechugas: en la época de Quevedo se consideraba que comer lechugas reducía el apetito sexual.
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Puso los manteles oliéndose la estafa

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Puso los manteles oliéndose la estafa (fotografía: Mario Cattaneo) / Libro I, Cap. 4e
· Historia de la vida del Buscón, 29 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Puso los manteles oliéndose la estafa
Fotografía: Mario Cattaneo

Estaba yo con esto desvanecido y hecho dueño de la venta. Dijo una de las mujeres:
—¡Qué buen talle de caballero! ¿Y va a estudiar? ¿Es vuestra merced su criado?
Yo respondí, creyendo que era así como lo decían, que yo y el otro lo éramos. Preguntáronme su nombre, y no bien lo dije, cuando el uno de los estudiantes se llegó a él medio llorando, y dándole un abrazo apretadísimo, dijo:
—Oh, mi señor don Diego, ¿quién me dijera a mí, agora diez años, que había de ver yo a vuestra merced desta manera? ¡Desdichado de mí, que estoy tal que no me conocerá vuestra merced!
Él se quedó admirado, y yo también, que juráramos entrambos no haberle visto en nuestra vida. El otro compañero andaba mirando a don Diego a la cara, y dijo a su amigo:
—¿Es este señor de cuyo padre me dijistes vos tantas cosas? ¡Gran dicha ha sido nuestra conocelle según está de grande! ¡Dios le guarde!
Y empezó a santiguarse. ¿Quién no creyera que se habían criado con nosotros? Don Diego se le ofreció mucho, y preguntándole su nombre, salió el ventero y puso los manteles, y oliendo la estafa, dijo:
—Dejen eso, que después de cenar se hablará, que se enfría.

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Era el ventero morisco y ladrón

«Historia de la vida del Buscón» (1626), de Francisco de Quevedo: Era el ventero morisco y ladrón (fotografía: Enzo Sellerio) / Libro I, Cap. 4d
· Historia de la vida del Buscón, 28 ·
Libro I, Cap. IV. Francisco de Quevedo, 1626
«De la convalecencia y ida a estudiar a Alcalá de Henares»
Era el ventero morisco y ladrón
Fotografía: Enzo Sellerio

El ventero era morisco y ladrón, que en mi vida vi perro y gato1 juntos con la paz que aquel día. Hízonos gran fiesta, y como él y los ministros2 del carretero iban horros3 (que ya había llegado también con el hato antes, porque nosotros veníamos de espacio), pegose al coche, diome a mí la mano para salir del estribo, y díjome si iba a estudiar. Yo le respondí que sí; metiome adentro, y estaban dos rufianes con unas mujercillas, y un cura rezando al olor. Un viejo mercader y avariento, procurando olvidarse de cenar, andaba esforzando sus ojos que se durmiesen en ayunas; arremedaba los bostezos, diciendo:
—Más me engorda un poco de sueño que cuantos faisanes tiene el mundo.
Dos estudiantes fregones, de los de mantellina,4 panzas al trote,5 andaban aparecidos por la venta para engullir. Mi amo, pues, como más nuevo en la venta y muchacho, dijo:
—Señor güésped, déme lo que hubiere para mí y mis criados.
—Todos lo somos de vuestra merced —dijeron al punto los rufianes—, y le hemos de servir. Hola, güésped, mirad que este caballero os agradecerá lo que hiciéredes. Vaciad la dispensa.
Y, diciendo esto, llegose el uno y quitole la capa, y dijo:
—Descanse vuestra merced, mi señor.
Y púsola en un poyo.

1 perro y gato: perro era insulto para los judíos y moriscos, y gato, en germanía, significaba «ladrón».
2 ministros: ayudantes.
3 iban horros: estaban de acuerdo.
4 mantellina: capa corta que usaban las fregonas.
5 panzas al trote: gorrones.
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