Espléndidos veranos de ideas y artilugios

Espléndidos veranos de ideas y artilugios · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Diario de un hombre ridículo, 73 ·
Fran Vega
Espléndidos veranos de ideas y artilugios
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Con la llegada de los mirlos y las alegres buganvillas, he considerado con mucha seriedad en las últimas jornadas la original idea de adquirir una herramienta de transporte que facilite mis trayectos hasta la oficina y el cafetín de Tadeo. Cierto es que en esta época del año resulta muy agradable caminar por el bulevar de los Arcángeles hasta la glorieta de los Lirios e incluso bastante más lejos, hasta los confines del parque de los Querubines tras cruzar el puente de los Serafines, pero no es menos verdad que en estos tiempos tan modernos resulta conveniente disponer de un instrumento que agilice los itinerarios y proporcione tardes de asueto para disfrutarlas junto a todas mis amistades. Dice Abisinio, que por algo está al frente del Negociado de Pólizas y Recargos, que con el abono de los próximos trienios podría aspirar a un semoviente utilitario de cuatro ruedas, pero a mí me parece que eso es para caballeros importantes y yo solo soy un humildérrimo oficinista que a veces no entiende las cosas. Por el contrario, Cristóforo y Fulgencio aseguraban hace dos jueves que un velocípedo sería lo más adecuado para mi persona, pues me permitiría grandes excursiones hasta el distrito de las Afueras sin necesidad de consumir raros combustibles procedentes de países muy extraños. Y creo que no les falta conocimiento ni razón, pero no sé si aprenderé a manejar con cautela su complejo mecanismo y, sobre todo, desconozco cómo podré saludar con un toque de sombrero a las amables damiselas que transitan por las calles si en todo momento he de prestar atención a los dispositivos de semejante maquinaria. Lo mejor será que consulte con Don Helesponto, que no por nada es un hombre instruido y noticioso y entiende mucho de insólitos artilugios. Voy a pasear un ratito hasta la hora de la merienda.

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Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

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Embrollos y barullos en nuestra insigne institución

Embrollos y barullos en nuestra insigne institución · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 70 ·
Fran Vega
Embrollos y barullos en nuestra insigne institución
Fotografía: Tommy Ingberg

Desde hace unos días están las temáticas muy revoloteadas y agitadas en el cafetín de Tadeo. Resulta que cuando constituimos el ateneo de guiñotistas resolvimos que Argimiro sería presidente vitalicio y que Fulgencio haría las veces de secretario perpetuo, pero ahora, y sin que tengamos conocimiento de causas ni motivos, quieren intercambiar las tareas de modo que la perpetuidad de la secretaría pase a manos de Argimiro y que la infinitud de la presidencia sea competencia de Fulgencio. A mí no me parece que esto vaya a cambiar esencias ni sustancias, porque las ordenanzas que rigen el guiñote seguirán siendo las mismas y porque lo importante es pasar buenos ratos con las amistades y terminar la tarde con vivas y hurras hacia los acreditados ganadores, pero dice Teofrasto que cesantías y traspasos implican una reunión extraordinaria de todos los guiñotistas cafetinescos para que podamos competir con garantías en el próximo campeonato subcomarcal, lo que hay que reconocer que es un sapientérrimo criterio. Carioco, que no por nada es el más feo de los hermanos Hinojosa, piensa que para que todo siga igual es mejor dejar los asuntos como están, pero Ginés, que es la monda, considera que los perpetuismos no redundan en beneficios multivalentes para nuestra insigne institución y sí en disparates y torpezas de extravagante finalidad, lo que no acabo de saber qué puede significar y de qué forma nos abarca. Y yo, aunque a veces no entiendo las cosas, creo que lo adecuado sería tener en cuenta los discernimientos al respecto que cada persona tenga en el magín, incluso de quienes prefieren el asombroso juego de la petanca en vez de nuestro dilecto y tradicional guiñote. Voy a parlotear un poco con Don Helesponto, mi cabalérrimo vecino, que siempre ilumina los embrollos con su copiosa erudición.

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«La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad»
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Diario de un hombre ridículo

© Fran Vega, 2017

Una cuchipanda de postín

Una cuchipanda de postín · Fotografía: Het Leven
· Diario de un hombre ridículo, 62 ·
Fran Vega
Una cuchipanda de postín
Fotografía: Het Leven

Estos días estoy muy contento porque se ha celebrado en nuestra excelsa subcomarca la acostumbrada fiesta de disfraces que precede a la Cuaresma, así que Tadeo organizó una francachela en el cafetín para que acudiéramos debidamente enmascarados y ataviados y para que en la taberna del Sindicato de Oficinistas supieran que nosotros también sabemos disfrazarnos. Después de varias tardes de muchos pensamientos todas las amistades decidimos asistir al festejo, si bien cada uno fue libre de elegir su ropaje y su sombrero. Fulgencio y Argimiro acordaron vestirse de naipes, pues por algo son los flamantes triunfadores del campeonato guiñotista, mientras que Imeldo se las ingenió para encasquetarse un disfraz de picaporte, sin duda en homenaje al taller de aldabas y fallebas que regentaba el difunto Honorino. Carioco, por su parte, que es el más feo de los hermanos Hinojosa, tuvo la radiante idea de aparecer vestido de tunante concejal, con muchos billetes de broma que le asomaban de los bolsillos, y a Cristóforo no se le alcanzó otra cosa que inducir al engaño con su disfraz de noticiario, con numerosas cuchufletas y bagatelas ocultas bajo alegres titulares. Pero lo mejor de la tarde estuvo cuando Ginés, que es la monda, llegó con atuendo de banquero tomador y manilargo, con su antifaz como anteojos, sus ganzúas de mentira y sus sacos de esparto cargados en los hombros. A todos nos dio mucha risa y celebramos su ocurrencia, incluso Justito, que llevaba un espléndido uniforme de croqueta de gallina. Y la verdad es que también me felicitaron a mí, que acudí a la merendola con un novísimo atavío de primordial cafetinesco, aunque sustituí mi habitual chaleco de invierno por uno de cuadritos escoceses muy elegante y oportuno. Un día es un día, como dice mi instruido y cabal vecino Don Helesponto, el del principal segunda.

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© Fran Vega, 2017

Tiempos de querencia y dilección

Tiempos de querencia y dilección · Fotografía: Josep Brangulí
· Diario de un hombre ridículo, 53 ·
Fran Vega
Tiempos de querencia y dilección
Fotografía: Josep Brangulí

Ayer por la tarde estuve paseando por la avenida de los Iscariotes y tuve oportunidad de descubrir algunos acontecimientos que llamaron mucho mi atención, tal vez porque en las últimas semanas he estado muy ocupado cepillando los chalecos de invierno y poniendo en orden los sombreros oscuritos. Resulta que como ya se aproximan las celebraciones de fin de año y los subsiguientes festejos navideños, las gentes han comenzado a procurarse obsequios para sí mismos e incluso para otros, y por ello invaden y pueblan las aceras y las instituciones comerciales sin que las personas austeras y juiciosas podamos transitar en calma silbando bonitos fragmentos de zarzuela o contemplando el pacífico devenir de las horas vespertinas. Yo no comprendo por qué algo que ocurre todos los años desde tiempos antiquérrimos ha de ser vitoreado con tantos estruendos y derroches, ni vislumbro la concurrente relación entre el ocaso de un año como cualquier otro y el suministro de fragancias a un infrayerno o una viceprima, pero como ya sé que a veces no entiendo las cosas he preguntado en el cafetín de Tadeo y tanto Justito como Cristóforo me han asegurado que la navidad es una época de mucha querencia y bastante dilección. Esto me ha causado aún más perplejidad y gran confusionismo, así que mañana mismo iré a parlotear un rato con Don Helesponto, que es un hombre sapientérrimo y cabal y está acostumbrado a resolver peripatéticos enigmas. Qué extrañas son las afueras.

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Hablillas y consejas que nublan los alcances

Hablillas y consejas que nublan los alcances · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 50 ·
Fran Vega
Hablillas y consejas que nublan los alcances
Fotografía: Rodney Smith

¡Estoy tan prospérrimo y contento que apenas he tenido tiempo de anotar en mi cuaderno las curiosas peripecias que a menudo me acontecen! Resulta que la otra mañana tuve que hacer unas gestiones en los mundos exteriores y un simpático mozalbete me obsequió en la calle con un diario ilustrado a todo color. Como aún era temprano para que abrieran la Delegación de Asuntos Insólitos, donde debía presentar un pliego de descargo en la Ventanilla de Reclamaciones Infundadas, me senté un rato en el bulevar de los Arcángeles para informarme de lo que ocurre en los universos colindantes y extranjeros, así que pude saber que por fin han terminado estos tiempos tan incapaces y molestos y que por fin volveremos a tener en la oficina lápices completos y gomas de borrar por si nos equivocamos al rellenar los subformularios destinados a cada negociado. Y como desde el primer instante fui consciente de la importancia de semejante testimonio, acudí por la tarde al cafetín de Tadeo para trasladar a todas mis amistades el anuncio de esta nueva era, pero Justito y Felixín me contaron que el Impuesto sobre Actividades Improbables ha sufrido un incremento que rebosa lo elementario y que a partir de ahora todos pagaremos la revisión cuatrimestral del Reglamento sobre Diligencias Circunspectas. Sin embargo, y como yo a veces no entiendo las cosas que son incomprensibles, mañana mismo pienso preguntar a Don Helesponto sobre todas estas trolas y consejas y si es cierto que nos incordian con hablillas el magín, porque es un hombre instruido y noticioso que respeta desde muy antiguo las nobles ordenanzas de nuestra excelsa subcomarca y cuando llueve pone hojas de periódico en el portal. Voy a apagar la radio, que ya comienza el boletín.

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© Fran Vega, 2016

Insólitos recintos de la sapiencia

Insólitos recintos de la sapiencia · Fotografía: Dariusz Klimczak
· Diario de un hombre ridículo, 47 ·
Fran Vega
Insólitos recintos de la sapiencia
Fotografía: Dariusz Klimczak

Iba yo caminando la otra tarde por la glorieta de los Lirios hacia el parque de los Querubines cuando reparé en un distinguido edificio del que hasta entonces no tenía constancia. Qué extraño, pensé, que hasta hoy no me haya fijado en la existencia de tan ilustre monumento, pero como siempre me he tenido por un hombre adecuado que afronta las peripecias de la vida con valentía y determinación, me adentré más allá de la puerta principal y pude comprobar en su interior que numerosas damiselas y no pocos caballeros leían voluminosos ejemplares que trataban de insólitos asuntos, lo que me animó a preguntar a un amable subconserje qué extravagantes actividades se daban cita en aquella estancia pintoresca. Está usted en una biblioteca, me dijo, palabra que procede del antiguo latino y a su mismérrima vez del vetusto griego, a lo que añadió con un gesto que delató su bonhomía sin ningún indicio de fluctuación: lea. Y me entregó un libro inconcebible titulado Diccionario en el que están recogidas todas las palabras que los seres humanos de una misma subcomarca podemos discernir y utilizar. Salí de allí a puro ritmo de castañuelas por el contento que tenía en el propio entendimiento y llegué en un santiamén al cafetín de Tadeo con la intención de comunicar a mis amistades estas extraordinarias referencias, que todos recibieron con fruición y algarabía al tiempo que me felicitaban por tan revolucionario descubrimiento. Después dijo Lupicinio que un libro tan importante como el que había tenido en mis manos debía explicar qué es una biblioteca y a quién se le ocurrió semejante rudimento, así que tendré que consultar con Don Helesponto los históricos antecedentes de este fenomenal recinto de la sapiencia, que por algo en su juventud fue escritor de solapas y ladillos y es un hombre sapientérrimo y cabal. Voy a prepararme unos guisantitos con cecina, que ya es temporada.

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«Contubernios y algaradas en horas de oficina»

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© Fran Vega, 2016

Cabales remedios para las ocurrencias

Cabales remedios para las ocurrencias · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 44 ·
Fran Vega
Cabales remedios para las ocurrencias
Fotografía: Tommy Ingberg

Se están produciendo en nuestra excelsa subcomarca algunos cambios sorprendentes en los que no dejo de pensar un ratito cada tarde. Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, ha resuelto acudir al trabajo sin corbata, lo que me resulta incomprensible en un hombre con un predicamento como el suyo. Cuando dejó de usar sombrero me pareció una extravagancia que solo podía ser resultado de un alboroto transitorio, pero abandonar la corbata en el armario y acudir a la oficina luciendo la medallita de la Virgen de la Tregua resulta todo un despropósito en alguien que camina por las calles con la testa en evidencia. Tadeo, por su parte, ha decidido que los domingos en el cafetín no solo servirá ponche por las tardes, sino naranjada y limonada en vaso alto y con pajita, que por algo la semana pasada invirtió sus alcancías en un artilugio manual adquirido con este fin, y ha colocado un pizarrón en la entrada con este ingenioso y sugerente anuncio: «Hay naranjada. Hay limonada». Ginés, que es la monda, dijo que tenía que escribirlo también en germánico y londinense, pero ni siquiera Carioco supo traducirlo, y eso que es el más feo de los hermanos Hinojosa, así que Justito dibujó unas naranjas muy graciosas junto a unos cubitos de hielo y se olvidó de los limones. También quiere sustituir las croquetas de gallina por unas modernas empanadillas de chicharrones y que los frutos secos de la barra precedan en importancia a las torrijas, porque dice que así su balanza de pagos tendrá espléndidas mejoras. Yo no sé bien qué significan estas cosas, porque a mí me parece que lo más importante es que todas las amistades estemos contentas mientras jugamos al guiñote o parloteamos de los relevantes episodios que nos acontecen a diario, pero por hoy ya he cavilado bastante, así que voy a tomar de inmediato media copita de brandy, porque dice Don Helesponto que es muy bueno para las ocurrencias.

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© Fran Vega, 2016

Relaciones sociales en el mundo relevante

Relaciones sociales en el mundo relevante · Fotografía: Paul Wolff
· Diario de un hombre ridículo, 40 ·
Fran Vega
Relaciones sociales en el mundo relevante
Fotografía: Paul Wolff

Desde que ha regresado el otoño con sus tardes agradables disfruto de unos ratos de mucho entretenimiento contemplando a las muchedumbres y saludando con cortesía a las elegantes damiselas que caminan por las calles, porque aunque no sepa sus nombres son admiradas ciudadanas de esta insigne población. Y hasta tal punto he tomado afecto a esta noble actividad que el otro día estuve parloteando con unas señoritas muy atentas que preguntaban por la confitería de Cristeta y después con unos aseados caballeros que se sentaron en el cafetín para tratar unos asuntos de difícil entendimiento, al menos para lo que resulta ser mi modestérrima persona. Dicen Felixín y Teofrasto que un día tendríamos que ir a pasear entre las gentes, pero yo no termino de entender ese interés en recorrer los universos colindantes, sobre todo ahora que nos da el airecito de la tarde en la glorieta de los Lirios. Además, paso bastante tiempo en la oficina con Teodomiro y Abisinio, porque sus negociados están junto al mío, y en ocasiones intercambio comentarios con Don Helesponto en el portal, así que no tengo más que buenos motivos para sentirme muy bien relacionado y socialmente satisfecho. Voy a ver si ya ha hervido la leche.

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«Las personas razonables caminan muy contentas»
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© Fran Vega, 2016

Un hombre instruido y noticioso

Un hombre instruido y noticioso · Fotografía: Philip McKay
· Diario de un hombre ridículo, 36 ·
Fran Vega
Un hombre instruido y noticioso
Fotografía: Philip McKay

Estoy muy contento porque ayer pude resolver un curioso enigma que me producía mucha inquietud y un gran confusionismo. Se trata de que algunas tardes se sienta en el cafetín de Tadeo el bueno de Don Helesponto, que a veces se queda en silencio como si estuviera pensando en los cerros ubetenses o meditando en carpetovetónicos asuntos. Yo no lograba comprender a qué podía deberse esta insólita actitud, sobre todo porque ninguna de mis amistades parecía haber reparado en ella, así que se me ocurrió preguntar a Imeldo, que también es un poco raro, pero no dijo nada porque solo sonríe los jueves. Ginés me comentó en un aparte muy discreto que él tampoco conocía el motivo, pero que le hacía mucha gracia, porque a Ginés todo le hace mucha gracia. Y como Sinforoso se dio cuenta de mi pertinente investigación, se acercó para decirme que tal vez Don Helesponto ya no tiene nada que contar por haber contado mucho en otros tiempos. Pero la respuesta oportuna y verdadera me la proporcionó Teofrasto, que por algo fue afilador y conoce muchos arcanos de la vida. Lo hace porque es un hombre muy leído, me dijo, un hombre instruido y noticioso. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero esta la he comprendido espléndidamente, así que estoy muy alegre y pajarero. Es un hombre muy leído.

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«Los poetas de la glorieta de los Lirios»
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© Fran Vega, 2016

El astrágalo del pie izquierdo

El astrágalo del pie izquierdo · Fotografía: Francesc Català-Roca
· Diario de un hombre ridículo, 21 ·
Fran Vega
El astrágalo del pie izquierdo

Fotografía: Francesc Català-Roca

Ayer por la tarde coincidí con Don Helesponto en la tintorería, y como es el vecino del principal, nos pusimos a parlotear un rato sobre las cosas de la vida. Estuvo hablándome de cuando era jefe de negociado en la Delegación de Asuntos Insólitos, en la que trabajó hasta que le regalaron una distinguida estilográfica en agradecimiento a sus cuarenta y siete años de servicio, lo que fue sin duda un halago para alguien tan íntegro y honrado como él. Luego me acompañó hasta la avenida de los Iscariotes, porque yo tenía que comprar dos fusibles, y quise compartir con él una gaseosa como muestra de mi aprecio, pero dijo que prefería tomar un descafeinado en casa junto a su señora y nos despedimos con un bonito apretón de manos. Después comentó Sinforoso en el cafetín de Tadeo que Don Helesponto es un hombre extraño, y no porque sea cliente de su prospérrimo taller de embudos y coladores, sino porque hace tiempo se rompió el astrágalo del pie izquierdo jugando al dominó. Y aunque yo a veces no entiendo las cosas, sé que me gusta hablar con señores respetables de los que siempre puedo aprender asuntos convenientes. Voy a hervir un poco de leche, que hoy he traído unas galletitas muy ricas para acompañarla.

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© Fran Vega, 2016

Un hombre helespóntico y cabal

Un hombre helespóntico y cabal · Fotografía: Lutz Dille
· Diario de un hombre ridículo, 16 ·
Fran Vega
Un hombre helespóntico y cabal
Fotografía: Lutz Dille

Como el otro día coincidió en domingo, pasé una tarde estupenda en el cafetín de Tadeo jugando al guiñote y parloteando sobre temas de actualidad con todas mis amistades. La partida con Carioco, Fulgencio y Lupicinio estuvo sembrada de risotadas debido a las bromas de Ginés, que no dejaba de decir cosas la mar de graciosas. Después llegaron Argimiro y Teofrasto, que venían de pasear un rato en la glorieta de los Lirios, y un poco más tarde apareció Sinforoso, al que le va muy bien en su taller de embudos y coladores, hasta el punto de que nos convidó a limonada con sifón, menos a Cristóforo, porque le produce gases. Felixín contó que había visto en televisión un documental sobre cigüeñales incandescentes, que no sabemos lo que son, pero todos estuvimos de acuerdo en que se trata de un gran avance del que pronto tendremos interesantes novedades. Y casi al atardecer llegó al cafetín Don Helesponto, que como su nombre indica es un hombre heroico, helespóntico y cabal con quien me une una estrecha vecindad, pues no en vano compartimos escalera y en no pocas ocasiones animadas conversaciones sobre distópicos asuntos. Así que estoy en condiciones de afirmar que hoy me encuentro contentérrimo y jovial.

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Asuntos muy extraños

Asuntos muy extraños
· Diario de un hombre ridículo, 10 ·
Fran Vega
Asuntos muy extraños

Ayer llevaba un buen rato sentado en mi sillón favorito cuando de pronto sonó el timbre de la puerta. Pensé que sería uno de esos señores trajeados que venden libros de ficciones y poesías, pero se trataba de Don Helesponto, mi vecino del principal, que venía a comunicarme con mucha aflicción el fallecimiento de la concuñada de su viceprimo. Le ofrecí unas galletitas y un descafeinado, para consolarle, y estuvimos parloteando un rato sobre el desarrollo cerealístico en las submesetas colindantes, porque él es un hombre muy sabio. Así que esta tarde he acudido al funeral, que es un acto bastante serio en el que las gentes suelen estar muy tristes y hablan de asuntos muy extraños, y me he dado cuenta de que casi ningún miembro de nuestro instruido vecindario vestía de negro y ni siquiera de oscuro. En el cafetín de Tadeo han comentado después que eso era muy raro, aunque Teofrasto ha añadido que él tampoco se puso de luto cuando expiró el añorado y difunto Estradivario, a pesar de que eran buenos compañeros de guiñote. Y yo no he dicho nada, porque algunas veces no entiendo las cosas.

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Dispendios en el cafetín

Dispendios en el cafetín · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 8 ·
Fran Vega
Dispendios en el cafetín
Fotografía: Rodney Smith

Ayer por la tarde tuvimos merendola en el cafetín de Tadeo y lo pasamos estupendamente. Asistieron los de la partida de guiñote, Ginés, los hermanos Hinojosa, Sinforoso y Lupicinio, porque había que celebrar el éxito de Argimiro, ya que lo han ascendido de oficial de segunda a ayudante de encargado y eso nos ha alegrado mucho a todas sus amistades. Tomamos refrescos, croquetas de gallina, frutos secos y hasta un poco de ponche que trajo la mujer de Felixín, aunque yo apenas lo probé porque luego tengo pesadillas. Dice Don Helesponto que hay que repetir estos festines con más frecuencia, pero yo no sé si será conveniente tanto dispendio en estos tiempos en los que dicen que hay que remar juntos para tener mucho menos peculio y bastante más inopia. Lo más gracioso fue cuando Tadeo puso en marcha el transistor, porque a bailar pasodobles no le gana nadie, y eso que tiene un pie averiado desde que el otro día le cayeron encima dos coliflores y un cardo borrejón. Voy a tomar una cucharadita de bicarbonato antes de ir dormir.

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© Fran Vega, 2016

Lo que importa es la geometría

Lo que importa es la geometría
· Diario de un hombre ridículo, 7 ·
Fran Vega
Lo que importa es la geometría

Ayer por la mañana iba tan contento por el barrio de San Arcadio, silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela, cuando un joven me entregó un periódico. Y como tenía pocas páginas, me puse a leerlo en el cafetín de Tadeo mientras tomaba una gaseosa. He podido saber que las cosas andan mal en el mundo y que continúan algunas guerras, pero que los rusos ya no son tan peligrosos porque vienen de veraneo y nos compran cosas. También he averiguado que ahora los alemanes mandan mucho, aunque eso ya pasaba en tiempos del bisabuelo Conrado y del abuelo Conradino, y que hasta los chinos se han modernizado una barbaridad. Quién lo iba a imaginar, cuando hasta hace poco tiempo las señoras de la parroquia pedían con sus huchas una limosna para los chinitos. Dice Don Helesponto, que además de un hombre sabio es mi vecino del principal, que no me preocupe de nada, porque lo único que importa es la horticultura y la geometría. Y cuánta razón tiene. Menos mal que después ha llegado Ginés al cafetín y nos ha hecho reír a todos con sus bromas. Por algo digo yo siempre que es la monda.

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© Fran Vega, 2016