Los universos adyacentes son más tácitos que implícitos

Diario de un hombre ridículo, 92: Los universos adyacentes son más tácitos que implícitos (fotografía: Detroit Publishing Company)
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Fran Vega
Los universos son más tácitos que implícitos
Fotografía: Detroit Publishing Company

No he dejado de pensar en las últimas semanas en lo que dijo Ercilio en la oficina acerca de esos modernos rudimentos donde ciudadanos que no se conocen hablan entre ellos para poder seguir sin conocerse. Y cuantos más ratos pasan, menos capaz soy de comprenderlo, tal vez porque esas peripecias que ocurren por usanza en los orbes de mentira o de ficción —virtuales o ilusorios, que no recuerdo bien ahora cómo los llaman— me parecen tan insólitas y ajenas como aquella provincia en la que estuve cuando era jovencito y petimetre para disputar una carrera de sacos con la Unión Deportiva San Onofre. El caso es que Justito, el sobrino de Tadeo que sirve gaseosas en el cafetín y usa calzado de ejercitarse en el deporte, mencionó esta temática cuando vio la fotografía del bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino que yo mismo llevé para que mis amistades supieran que mis ancestros fueron también auténticos ases de la pesca con señuelo y emboscada y grandes ilustrados sobre los seres pisciformes. Venerando se sumó enseguida al parloteo, quizá porque ahora es subconcejal de Acequias, Banderines y Cloacas y sabe mucho de los inframundos, pero Imeldo y Felixín estuvieron de acuerdo conmigo y concluyeron al unísono que no hay nada cardinal en la existencia conterránea que no pueda ser compartido junto a un velador cafetinesco y una buena gaseosa, aunque no indicaron si eso debe hacerse antes o después de la partida de guiñote. De lo que sí estoy seguro es de que en el cafetín se dan cita los personajes más cabalérrimos y doctos de nuestra excelsa subcomarca y que el contento y la alegría que nos unen son la mejor demostración de que los universos adyacentes son más tácitos que implícitos y que lo más probable es que estén hueros y sean anodinos. Voy a comprar media torrija y unas rosquillas almendradas, que ya asoma la primavera.

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Raros propósitos de la modernidad

Diario de un hombre ridículo, 91: Raros propósitos de la modernidad (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Raros propósitos de la modernidad
Fotografía: Rodney Smith

Contaba la otra tarde Ercilio en la oficina que ahora las gentes exponen sus fotografías y recuerdos a la contemplación de todo el mundo gracias a un invento de mucho ingenio en el que se enredan ardides y emboscadas con cofradías, grupos y consorcios, de lo que deduzco que se trata de un rudimento tan extravagante como inconcebible y más propio de gatuperios y murmullos que de una subcomarca tan ilustrada como la nuestra. Además, y por si la ocurrencia no fuera ya muy estrambótica, otras gentes igualmente antigregarias pueden hacer observaciones y comentos sin que nadie les haya dado vela en el entierro ni mantón en el bautizo, lo que ya me resulta disonante, estridente y tremebundo. Yo no encuentro el interés en dar a conocer las temáticas de mi humildérrima persona a las muchedumbres de otras subcomarcas, ni vislumbro qué ganancia podrían tener ellas en que yo supiera de sus aflicciones y contentos, pero tal vez no lo comprenda porque siempre puedo contar con mis amistades del cafetín de Tadeo para parlotear de los asuntos que nos conciernen sin tener que discurrir sobre los que incumben a los universos adyacentes. Y aunque ya sé que a veces no entiendo las cosas, me parece a mí que estos raros propósitos de la modernidad no pueden traer nada relevante a nuestra cordura, salvo disparates, yerros y barullos, así que prefiero que todo lo que ilustra mi campante trayectoria esté sobre la cómoda del saloncito para mi exclusivo usufructo y mi intrínseca expansión. Voy a sentarme un ratito en el mirador.

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Meriendas in excelsis

Diario de un hombre ridículo, 90: Meriendas in excelsis (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Meriendas in excelsis
Fotografía: Rodney Smith

He estado unos cuantos días muy atareado poniendo en orden mis carpetas y cuadernos y tratando de solventar las muy distintas temáticas que en ocasiones afectan a los mundos circundantes, pues ni los más preciados recovecos de parloteo y vacación permanecen a veces ajenos a conflictos y molestias. Resulta que hace dos martes entró en el cafetín de Tadeo el vicesacristán de la parroquia de la Virgen de los Zuecos, que anhela ser nombrado subdiácono por el infraobispo comarcal y no deja de hacer méritos para alcanzar tan insigne dignidad. Y como a su inmaculado entendimiento había llegado la fama de las croquetas de gallina que en ese día de la semana todas las amistades degustamos en el cafetín, se encomendó al Altérrimo y cruzó la puerta de nuestra noble institución con el fin de predicar con el ejemplo y merendar allí mismo empanadillas de chicharrones con clarete de otra subcomarca, lo que a todos nos resultó inaudito y sorprendente. Así que se formó entre las mesas de guiñote un pequeño revuelo no exento de alboroto que terminó cuando el vicesacristán salió muy airado del local, profiriendo bienaventuranzas inaudibles y prometiendo no regresar jamás a un establecimiento en el que las croquetas de gallina priman sobre las empanadillas de chicharrones y el clarete en porrón de tres cuartillos. Pero tienen razón Argimiro y Teofrasto cuando dicen que volverá en cuanto se entere de que los jueves tenemos en la mesa arenques con guindillas y rosquillas de huevo con anís, meriendas de hosanna e in excelsis que son conocidas incluso más allá de los universos colindantes. Voy a dar un paseíto, que parece que ha despejado y se va a quedar buena tarde.

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Alegres convergencias en el cafetín

Diario de un hombre ridículo, 89: Alegres convergencias en el cafetín (fotografía: Mark Kauffman)
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Fran Vega
Alegres convergencias en el cafetín
Fotografía: Mark Kauffman

La otra tarde iba paseando tan vívido y liviano por el bulevar de los Arcángeles en dirección al parque de los Querubines cuando de pronto observé que junto a la confitería de Cristeta se encontraba el bueno de Exuperancio, afamado as del guiñote que a pesar de esta suprema condición frecuenta la taberna del Sindicato de Oficinistas. A punto estaba de cruzar la calle para saludar como merece un hombre de su lúcida sapiencia cuando descubrí que tenía en la mano diestra uno de esos bebedizos que se anuncian en carteles y proclamas y que hasta Tadeo ha instalado en las paredes del cafetín. No podía yo creer que un coterráneo capaz de conquistar el subcampeonato de guiñote de nuestra excelsa población sucumbiera ante semejante despropósito, más aún cuando de todos es sabido que la ingesta de bebidas procedentes de otras subcomarcas puede dejarte estupefacto y turulato en lo que dura media croqueta de gallina, así que me mantuve en mi puesto de modo cauteloso mientras pensaba en la frágil consistencia del hombre mundano, siempre expuesto al zarandeo de la mentecata actualidad. Después continué mi itinerario habitual y tras cruzar el parque y la glorieta de los Lirios entré en el cafetín con el fin de averiguar si algún diáfano miembro del ateneo de guiñotistas estaba participando de esta desdichada temeridad, pero todos me miraron muy contentos con sus gaseosas en la mesa y yo les di un abrazo a cada uno en señal de aprecio y hermandad, pues estaba seguro de que ninguna de mis amistades había olvidado la naturaleza que nos une ni su intrínseca razón. Lo que no sé es si tras esta luctuosa usanza Exuperancio estará en condiciones de participar en el próximo campeonato de guiñote, pero preguntaré a Quintiliano, que es muy simpático y no por nada también fue subcampeón el año pasado, tal vez porque solo bebe zumo de alcachofas con sifón.

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Alusiones a la tremebunda actualidad

Diario de un hombre ridículo, 88: Alusiones a la tremebunda actualidad (fotografía: Mark Kauffman)
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Alusiones a la tremebunda actualidad
Fotografía: Mark Kauffman

Como ya ha comenzado a hacer un fresquito preinvernal en toda nuestra excelsa subcomarca, Tadeo no ha tenido más remedio que recoger y almacenar los tres veladores y medio de los que es titular y ya no podemos sentarnos por las tardes a contemplar el grácil paseo de las damiselas por la glorieta de los Lirios, así que hemos regresado al interior del cafetín para que la lluvia de diciembre y los fríos de estos tiempos no arruinen nuestras heroicas partidas de guiñote. Lo cierto es que resulta de lo más agradable sentarse de nuevo junto a la estufa catalítica y parlotear con todas mis amistades acerca de las muchas e importantes cuestiones que nos conciernen mientras disfrutamos de media copita de ponche, si es domingo, o de croqueta y media de gallina, si es jueves, porque el resto de la semana estamos tan contentos con nuestros chalecos de punto y nuestras gaseosas que solo echamos de menos los ilustres comentarios del difunto Estradivario, el primo de Teofrasto que murió de un rayo en el sombrero y que el Altérrimo tenga en su más que digna gloria. Lo que no comprendo es por qué Tadeo ha decidido instalar unas proclamas muy extrañas que anuncian brebajes más extraños todavía, ya que ningún miembro del ateneo de guiñotistas conocía hasta ahora la existencia de semejantes bebedizos y ni siquiera Carioco, aun siendo el más feo de los hermanos Hinojosa, había oído hablar de ellos. Yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero prefiero que la tremebunda actualidad no se inmiscuya en nuestros plácidos asuntos y que la vida siga como la hemos conocido hasta el día de la fecha, tan insigne y confortante. Voy a ver si Severino es capaz de traducir uno de esos modernos cartelitos, que no por nada es infraordenanza en el Registro de Entidades Superfluas y entiende de asuntos variopintos.

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Heroicas tareas del otoño

Diario de un hombre ridículo, 87: Heroicas tareas del otoño (fotografía: Philip McKay)
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Heroicas tareas del otoño
Fotografía: Philip McKay

Como seguramente hasta la primavera no volveré a sentir el júbilo piscícola de los meses de verano, he decidido dedicar mis ratos de asueto y vacación al rastreo y detención de gasterópodos terrestres, nobilérrima tarea cinegética con la que libero los cultivos de desacertados invasores que en nada favorecen las cosechas y al tiempo colmo con holgura la dimensión de mi cazuela. Hay que reconocer que la búsqueda y hallazgo de alegres caracoles exige grandes habilidades que hay que ensayar con liturgia y disciplina, pues para empezar es condición indispensable que hayan caído algunas lluvias para que estos simpáticos animalillos de inmediato futuro gastronómico tengan a bien pasearse por campos y jardines, lo que supone esperar con paciencia y mansedumbre y sin alteraciones propias del magín, y a continuación hay que recogerlos en silencio para que no sufran sustos y sofocos de modo eludible e innecesario. Y no digamos nada de la destreza requerida en la cocina, aunque yo administro una lúcida receta que me facilitó el año pasado la viuda de Socuéllamo y que es la envidia de todas mis amistades cafetinescas, acostumbradas como están a las croquetas de gallina que Tadeo prepara los martes impares por la tarde. Pero a mí me parece que el secreto está en salir a buscarlos con chaleco, paraguas y sombrero, porque así viajan más contentos en el zurrón y saben que se encuentran acogidos entre honradas y honorables gentes de bien. Voy a ver si llueve, que está muy nublada la tarde.

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Estas tardes fresquitas de noviembre

Diario de un hombre ridículo, 86: Estas tardes fresquitas de noviembre (fotografía: Tommy Ingberg)
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Estas tardes fresquitas de noviembre
Fotografía: Tommy Ingberg

Hace ya días que el otoño se instaló en nuestra excelsa subcomarca y comienzo a pensar si esto del tiempo no será cosa de mucha magia o hechiceros talentosos, porque aún no había acabado de guardar en el armarito del pasillo los aperos de pesca que me regaló mi viceprimo Arandillo y ya he tenido que sacar de la cómoda los chalecos de lana y los calcetines de doble vuelta que me recomendó el difunto Estradivario. Hasta Tadeo ha recogido el velador del cafetín y en la confitería de Cristeta ya encienden los jueves por la tarde la estufa catalítica, lo que supone un clementérrimo aliciente para quienes acuden a merendar alfajores, mantecadas, rosquillas y buñuelos. En la oficina, Carmencita y Abisinio no se desprenden ni un momento de sus bufandas de cuadritos, porque dicen que estos días acrecientan los catarros y producen severas afecciones en los bronquiolos secundarios, aunque yo no sé qué es eso ni si tiene seria trascendencia, y en la taberna del Sindicato de Oficinistas han colgado en el perchero algunas gorras de paño para que puedan usarse de forma rotatoria, porque no es cuestión ahora de invertir en gastos superfluos y es sabido que las capillas y monteras del establecimiento son propiedad de todos los compañeros. Y a mí me parece que lo más importante es aprovechar estas tardes fresquitas de noviembre para tomar media copita de ponche junto a mis amistades, que al fin y al cabo es lo que más abriga cuando llueve sin parar en la glorieta de los Lirios. Voy a revisar la bolsa de agua caliente, no vaya a ser que se haya malogrado su ingenioso mecanismo.

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El fenomenal funcionamiento de nuestros negociados

Diario de un hombre ridículo, 85: El fenomenal funcionamiento de nuestros negociados (fotografía: G. Harris & M. Ewing)
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El fenomenal funcionamiento de nuestros negociados
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

La otra mañana aproveché que mi egregio jefe oficinesco me había encomendado requerimientos y gestiones en el exterior para visitar a mi amigo Severino, que es un caballero tan docto que no sin razón desempeña con disciplina y pundonor el cargo de infraordenanza en el Registro de Entidades Superfluas. Estuvimos parloteando un rato sobre su diáfano porvenir, porque me manifestó su pretensión de pedir el traslado a la Delegación de Asuntos Insólitos, donde ya hace tiempo que Magdaleno profesa el puesto de bedel en la segunda planta, aunque la Subcomisión de Planificaciones Ilusorias considera que sus apreciadas cualidades estarían mejor aprovechadas en la Delegación de Negocios Extraños o, como estrago de menor cuantía, en la Oficina de Desatinos Nacionales. Poco me duró el contento de esta notable confidencia, porque al llegar a la Ventanilla de Reclamaciones Infundadas advertí que había olvidado el formulario que el Reglamento sobre Diligencias Circunspectas obliga a presentar en caso de aplazamiento del Impuesto sobre Actividades Improbables, así que tuve que regresar al Negociado de Pólizas y Recargos para cumplir con rectitud y probidad las vigentes ordenanzas de nuestra excelsa subcomarca. Y la verdad es que da mucha alegría conocer de cerca el fenomenal funcionamiento de la administración, en donde nada se deja al azar ni al albur y en donde todo está ordenadamente establecido para que las gentes de bien contribuyamos al sustento y bienestar de nuestros conterráneos y vecinos. Lo que ya sería el acabose es que nuestros lacónicos devengos de ecuánimes oficinistas fueran abonados con observancia y prontitud, pero ni siquiera eso enturbia la heroica y desprendida tarea de los negociados, pues por algo nuestro alabado jefe oficinesco suele decir los lunes impares por la mañana que todos estamos y remamos en el mismo barco, aunque yo no entiendo bien cuál es la relación entre bastimentos y estipendios. Voy a dar un paseíto.

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Ante mi gaveta y mi recado de escribir

Diario de un hombre ridículo, 84: Ante mi gaveta y mi recado de escribir (fotografía: G. Harris & M. Ewing)
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Ante mi gaveta y mi recado de escribir

Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Iba yo la otra mañana por el bulevar de los Arcángeles, silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela, cuando de repente me hallé ante la puerta que anuncia la entrada a la oficina, a la que había llegado sin apenas proponérmelo y guiado únicamente por la noble intención que es propia de las gentes de bien. ¡Qué alegría al constatar que nada ha cambiado durante mi prolongada ausencia veraniega y que todo se mantiene de forma unánime y cabal! ¡Qué ambiente tan entrañable se respira en los negociados! ¡Y cuántos impresos y formularios hay en todas las mesas! La verdad es que estuve en los confines de la emoción cuando el mismérrimo jefe en persona vino a saludarme con su medallita de la Virgen de la Alameda colgada bajo el gaznate y cuando Carmencita, la de Contaduría, me recibió con una beatífica sonrisa que no había visto desde que le regalamos por su cumpleaños un juego completo de espumadera y cucharón. Después dí unos buenos apretones de manos a Teodomiro y Abisinio y hasta Ercilio me propinó unas sonoras palmaditas en los omóplatos, lo que es muy meritorio en alguien que nunca ha jugado al guiñote. Y por fin, después de tanto anhelo y tantos días, pude sentarme ante mi gaveta y mi recado de escribir, afilar mis lapiceros de distinta intensidad, ordenar mis sacapuntas de diferentes calibres, revisar mi carpetilla de papel de calco, limpiar con esmero mis plumines, comprobar el óptimo nivel de mis tinteros y comenzar la jornada oficinesca como si el verano no hubiera transcurrido y los mundos exteriores estuvieran todavía de holganza y vacación. Voy a sentarme un ratito en el mirador, donde nada importante puede acontecerme.

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Regalado, contentérrimo y radiante

Diario de un hombre ridículo, 83: Regalado, contentérrimo y radiante (fotografía: Tommy Ingberg)
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Regalado, contentérrimo y radiante
Fotografía: Tommy Ingberg

Muy compuesto y ataviado con mi chaleco de otoño y mi sombrero de septiembre, ayer a media tarde llegué a la glorieta de los Lirios tras atravesar el puente de los Serafines y pasear despacio por el parque de los Querubines y entré en el cafetín de Tadeo para compartir in situ dos o tres ratos con todas mis amistades. Fulgencio y Lupicinio pronto hicieron ademán de sentarse ante la mesa de los naipes, pero Teofrasto estuvo al quite y les hizo un gesto a cada uno en el cogote, como para indicarles que estuvieran atentos a los eventos circundantes. Y Argimiro alzó su vaso de gaseosa en inequívoca señal de brindis y alegría, que Cristóforo confirmó con un repique de croquetas de gallina que en el cafetín siempre significa alborozo, optimismo y emoción. No se quedó atrás Carioco, el más feo de los hermanos Hinojosa, que en cuanto pudo me dio acústicas palmadas en las vértebras torácicas, ni tampoco el bueno de Ginés, que es la monda, porque de inmediato me informó acerca de los próximos campeonatos guiñotistas. Eché de menos a Sinforoso y Felixín, que aún estaban ocupados en sus prósperos talleres, pero su ausencia fue resuelta de espléndida manera por el simpático de Imeldo, que solo sonríe los jueves. Así que en un acto de armonía y entusiasmo animé a Justito para que corriera de mi cuenta una ronda de limonada, porque un día es un día y hay que ser agradecido con quienes te aguardan, aprecian y recuerdan. Estoy convencido de que en los mundos adyacentes no hay cafetines que puedan compararse con el nuestro ni amistades como las que yo tengo, de modo que hoy solo puedo sentirme regalado, contentérrimo y radiante. Voy a regar el junípero, que ya ha comenzado el otoño.

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Qué complaciente es la realidad

Diario de un hombre ridículo, 82: Qué complaciente es la realidad (fotografía: Rodney Smith)
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Qué complaciente es la realidad
Fotografía: Rodney Smith

Hoy estoy muy contento porque ha llegado el día de reconocer que he pasado un verano apacible y ejemplar en compañía de mis aladas y pisciformes amistades, a las que sin tardanza se sumaron las arbóreas, montuosas y lacustres, y que ante todas ellas, en todo momento y en cualquier lugar, he podido presumir de pertenecer no solo a una de las mejores oficinas que conozco, sino también a una de las más excelsas subcomarcas de nuestro extravagante trazado regional. Así que no es de extrañar que me haya faltado tiempo para relatar mis estivales aventuras, pues la constante presencia de mi viceprimo Arandillo y sus inagotables conocimientos sobre el mundo de la pesca me han tenido muy atento y ocupado en tan noble y heroica destreza. También tuve ocasión de parlotear animadamente con los más sabios lugareños de las comarcas adyacentes sobre cuestiones de insólita antigüedad, pero lo que más me gustó de mis andanzas veraniegas fue regresar al cafetín de Tadeo y comprobar que nada había cambiado durante mi ausencia y que todos mis conterráneos y compañeros de guiñote me recibían con sonoros abrazos y estruendosas bienvenidas, lo que hizo que me sintiera como trucha en el agua o como ardilla en conífera, que por algo tengo ahora titánicas sapiencias sobre la próvida madre naturaleza. Voy a tomar media copita de brandy para celebrar que ya estoy en casa y que pronto acudiré a mi eficiente negociado, porque hace ya muchos días que añoro con templanza mis formularios, mi papel de calco y mis lápiceros de apuntar. Qué complaciente es la realidad.

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Un épico contento de extraordinaria dimensión

Diario de un hombre ridículo, 81: Un épico contento de extraordinaria dimensión (fotografía: Marianne Breslauer)
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Un épico contento de extraordinaria dimensión
Fotografía: Marianne Breslauer

El óbito inminente del verano y el ya próximo advenimiento del otoño han supuesto importantes peripecias en mis particulares singladuras que no puedo dejar de reflejar en estos cuadernos míos, pues por algo son siempre testigos de cuantos avatares me acontecen. Para empezar, me vi impelido a despedirme con gran pena y aflicción de los seres alados y pisciformes con los que tan profunda hermandad trabé a lo largo del estío y a dejar a su libre arbitrio a bosques y arroyuelos, que solo el Altérrimo podrá custodiar durante mi prolongada y sentida ausencia. Sin embargo, como la vida siempre tiene dos cruces y tres caras, el regreso desde las comarcas adyacentes me proporcionó también el lisonjero episodio de reencontrarme con las bulliciosas plazas y avenidas de nuestra población, en donde las gentes de bien me recibieron con mucha alegría y no poco alborozo manifestado con estruendo en forma de abrazos y sonoras efusiones. Es bonito contemplar la próspera modernidad de nuestras calles y el simpático proceder de su educado vecindario, pero lo más eminente ocurrió cuando por fin entré en el cafetín de Tadeo, verdadera catedral del guiñotismo y permanente homenaje a la límpida amistad. Qué emoción sentarme de nuevo junto a mis homéricos compañeros y qué delicia ingerir despacio una gaseosa bien servida acompañada de las más que correctas croquetas de gallina. No faltaron las bromas por parte de Ginés, que es la monda, ni las risotadas de Argimiro y Felixín, que aplaudieron con gracia y devoción el breve relato de mi estancia en los universos colindantes, así que ahora mismo solo puedo decir que me embarga un épico contento de excelente altura y extraordinaria dimensión. Voy a cepillar los paraguas oscuritos, que parece que ya se acercan las lluvias.

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Cúmulos de nubes y sólitas tormentas

Diario de un hombre ridículo, 80: Cúmulos de nubes y sólitas tormentas (fotografía: Rodney Smith)
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Cúmulos de nubes y sólitas tormentas
Fotografía: Rodney Smith

Decían a menudo el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino que un hombre cabal se distingue siempre por su delicada puntualidad, así que estoy empezando a pensar que tanto las especies aladas como los variados seres pisciformes que he conocido durante estas cálidas semanas han alterado mi tradicional sentido de la observancia y el rigor. Resulta que mi egregio jefe oficinesco me autorizó a prolongar durante unos días mis seráficas y recuperables vacaciones, pero en uno de mis heroicos atardeceres de pesca con mi viceprimo Arandillo, a quien tantos conocimientos debo, perdí el telegrama que conservaba en el morral y desde entonces no he podido recordar en qué fecha exacta, cierta y verdadera debía regresar a mi eficiente negociado. Sin embargo, sospecho que tras la brisa vespertina de las últimas jornadas se oculta la indefendible llegada del otoño, lo que sin duda indica que es ya el momento de guardar mis ropajes y adminículos en la maletita de cuadros y despedirme transitoria y ordenadamente de álamos y chopos, de alondras y mochuelos y de lucios y siluros, que pronto tendré que sustituir por pólizas e impresos, tinteros y plumines y ventanillas y recargos. No es que lamente el retorno a la oficina, pues más bien es al contrario, sino que me apena abandonar a mis fáunicos aliados frente a los rigores del invierno, sobre todo porque no tienen en el río ni en el bosque elegantes cafetines en los que guarecerse de los fríos ni frondosos bulevares en los que parlotear con sus guiñotistas amistades, tan necesarias cuando cesan los calores y aparecen en la tarde cúmulos de nubes y sólitas tormentas. Voy a congregar sin prisa mis chalequitos y sombreros.

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Astucias veraniegas en el arroyo provincial

Diario de un hombre ridículo, 79: Astucias veraniegas en el arroyo provincial (fotografía: Rodney Smith)
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Astucias veraniegas en el arroyo provincial
Fotografía: Rodney Smith

Como mi excelso y munífico jefe oficinesco ha tenido un trastorno de altruismo al prorrogar mi semana y media de vacaciones rigurosamente recuperables, no sin atender con prontitud mi petitorio y sublimado telegrama, estoy aprovechando la inesperada estancia en la provincia colindante para introducirme en el noble y bienhallado mundo de los seres pisciformes, del que ya conozco siete especies nuevas y nueve variedades diferentes entre sí. He observado que estas simpáticas y escamadas criaturas acuden con bondad cuando se les ofrece un señuelo tentador, así que su captura no presenta impedimentos para pescadores avezados en las complejas artes del apresamiento de acuáticos animalillos cuya existencia finaliza entre los muros del fogón, lo que si bien produce cierta actitud conmiserativa genera al mismo tiempo gran delicia y bienestar. Así que he decidido acudir a la pródiga sabiduría de mi viceprimo Arandillo para que me enseñe cuantos conocimientos sean necesarios con el fin de convertirme en el más astuto pescador que haya conocido el límpido arroyuelo provincial, no vaya a ser que la profesión de oficinista esté en peligro de extinción y tenga que elegir otro ingenioso y apacible medio de sustento. Voy a comprar dos anzuelos y un morral.

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Indómitas especies de curiosos pisciformes

Diario de un hombre ridículo, 78: Indómitas especies de curiosos pisciformes (fotografía: Rodney Smith)
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Indómitas especies de curiosos pisciformes
Fotografía: Rodney Smith

El simpático airecito que sopla por las tardes en las provincias colindantes de los mundos adyacentes me está sirviendo no solo para inspeccionar indómitas especies de seres alados y curiosos pisciformes, sino también para olvidar todo un año de delicado cometido entre pólizas y formularios de mi eficiente negociado. En unos cuantos ratos he sido capaz de extraviar en el zaguán de la memoria la desvanecida imagen de meritorios y escribientes, si bien reconozco que me siento extraño sin mis lapiceros y plumines, herramientas cardinales de cualquier oficinista que se enorgullezca de serlo y más aún de haberlo sido. La verdad es que estoy pasando unos días insólitos de indagaciones y pesquisas sobre la vida salvaje que habita en estos andurriales y que mantengo la firme idea de descubrir las innúmeras ventajas que conlleva la serena agroexistencia, pues me tonifica el cerebelo, me alivia el intelecto y me alegra la razón. Así que estoy pensando con decoro y seriedad en tomar recado de escribir y enviar un telegrama a mi espléndido jefe oficinesco para que prolongue ad infinitum, circum circa, la semana y media recuperable que tuvo a bien concederme como expiación de mis perpetuos desvelos no remunerados. O tal vez sea mejor solicitar en la subcentralita de la rebotica una conferencia telefónica interprovincial, aunque sé que siempre llegan con puntualísima demora. Voy a merendar un paraguayo.

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