Qué intensa es la modernidad

Qué intensa es la modernidad · Fotografía: Christopher Helin
· Diario de un hombre ridículo, 75 ·
Fran Vega
Qué intensa es la modernidad
Fotografía: Christopher Helin

Desde hace unos días estoy la mar de contento porque en nuestra excelsa subcomarca han tenido lugar acontecimientos que sin duda modificarán la historia, la intrahistoria y la infrahistoria de nuestra insigne población. Como yo llevaba unas cuantas tardes cavilando en la idea de adquirir un velocípedo con el que pasear alegremente durante las tardes de verano y parsimonia, Lupicinio tuvo la ocurrencia de mostrarme qué son y cómo funcionan las ingeniosas sinecuras de los automóviles, sobre todo para que advirtiera las muchas diferencias existentes entre este insólito artefacto y el original artilugio de dos ruedas con pedales y sillín. Así que sin pensarlo dos ni tres veces, puso en marcha el flamante automotor y me llevó a recorrer con grandes y peligrosas velocidades el bulevar de los Arcángeles y el puente de los Serafines para rodear después el parque de los Querubines y aparcar finalmente junto a la glorieta de los Lirios. ¡Qué alegría y qué vértigo a la vez! ¡Qué valeroso y heroico me observé! Del cafetín de Tadeo salieron a recibirnos todas las amistades y en medio de vítores, aplausos y algaradas pude saber por fin qué se siente cuando los seres humanos apoyan y defienden la ciencia y el progreso, si bien tuve que sentarme un ratito en el velador para recuperarme de las emociones que acababa de experimentar a bordo de este invento prodigioso. A partir de ahora pensaré cada día en lo que aportan estos vertiginosos adelantos y hablaré de ello con cualquier desconocido para valorar sus ilustres opiniones y ponderar con sapiencia y sensatez las que aniden y deambulen por mis paisajísticas y anhelosas mientes. ¡Qué intensa es la modernidad!

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© Fran Vega, 2017

Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva

Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva · Fotografía: Jacques-Henri Lartigue
· Diario de un hombre ridículo, 74 ·
Fran Vega
Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva
Fotografía: Jacques-Henri Lartigue

Ayer por la tarde iba yo paseando por la avenida de los Iscariotes en compañía de mi primo Escolástico, que me explicaba con monástica paciencia las innúmeras características de los velocípedos, cuando observamos una escena prodigiosa que nos dejó sumidos en la perplejidad, cuando no en el más grande de los atolondramientos. Resulta que un caballero de buen porte circulaba por la calzada a lomos de uno de estos extraordinarios artefactos sin importarle el tráfico rodado ni la brisa vespertina y saludaba con mucho contento a los alegres contribuyentes que caminaban por la acera al tiempo que transitaba y sonreía sin perder el control de su insólita maquinaria, pues aparentaba ser un hombre de provecho y perspectiva, de los que nunca pierden las mientes ni el magín ante los episodios circundantes de la vida cotidiana. Yo me quedé estupefacto ante semejante demostración de pericia y facultad y crucé en un periquete la glorieta de los Lirios para dar cuenta del episodio a mis amistades del cafetín de Tadeo, quienes apenas podían dar crédito a esta intrépida aventura y pedían pormenores y comentos sobre la hazaña presenciada. Y esta fue la razón que me condujo a postergar el verdadero entendimiento del suceso, pues hasta que no ingerí una gaseosa no pude comprender que el antedicho gentilhombre lucía chaleco y sombrero según nuestras nobilérrimas usanzas y que su adecuada indumentaria en ningún momento le impedía pedalear con entusiasmo ni atender a las damiselas que con tanta diligencia pasean por las avenidas, lo que me aviva en el caletre la formidable idea de procurarme uno de estos admirados velocípedos. Con razón decía siempre el difunto Honorino, que no por casualidad regentaba un prospérrimo taller de picaportes, que los inventos de nuestra insigne población son un portento de la ciencia.

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Espléndidos veranos de ideas y artilugios

Espléndidos veranos de ideas y artilugios · Fotografía: G. Harris & M. Ewing
· Diario de un hombre ridículo, 73 ·
Fran Vega
Espléndidos veranos de ideas y artilugios
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Con la llegada de los mirlos y las alegres buganvillas, he considerado con mucha seriedad en las últimas jornadas la original idea de adquirir una herramienta de transporte que facilite mis trayectos hasta la oficina y el cafetín de Tadeo. Cierto es que en esta época del año resulta muy agradable caminar por el bulevar de los Arcángeles hasta la glorieta de los Lirios e incluso bastante más lejos, hasta los confines del parque de los Querubines tras cruzar el puente de los Serafines, pero no es menos verdad que en estos tiempos tan modernos resulta conveniente disponer de un instrumento que agilice los itinerarios y proporcione tardes de asueto para disfrutarlas junto a todas mis amistades. Dice Abisinio, que por algo está al frente del Negociado de Pólizas y Recargos, que con el abono de los próximos trienios podría aspirar a un semoviente utilitario de cuatro ruedas, pero a mí me parece que eso es para caballeros importantes y yo solo soy un humildérrimo oficinista que a veces no entiende las cosas. Por el contrario, Cristóforo y Fulgencio aseguraban hace dos jueves que un velocípedo sería lo más adecuado para mi persona, pues me permitiría grandes excursiones hasta el distrito de las Afueras sin necesidad de consumir raros combustibles procedentes de países muy extraños. Y creo que no les falta conocimiento ni razón, pero no sé si aprenderé a manejar con cautela su complejo mecanismo y, sobre todo, desconozco cómo podré saludar con un toque de sombrero a las amables damiselas que transitan por las calles si en todo momento he de prestar atención a los dispositivos de semejante maquinaria. Lo mejor será que consulte con Don Helesponto, que no por nada es un hombre instruido y noticioso y entiende mucho de insólitos artilugios. Voy a pasear un ratito hasta la hora de la merienda.

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Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos

Inauditos alborotos de infrapícaros y malandrines · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 72 ·
Fran Vega
Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos
Fotografía: Tommy Ingberg

Iba yo paseando por el bulevar de los Arcángeles en dirección al parque de los Querubines, silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela, cuando me sorprendió un individuo medianero que leía ensimismado en un diario los curiosos alborotos que las constantes autoridades han organizado en los últimos trienios. No sabía yo que hubiera en nuestras bienquistas instituciones semejantes algazaras y aquelarres, pues tenía para mí que los encargados de administrar nuestra pudibunda contribución no se dedicaban a producir marimorenas y barbullas, sino a procurar el bien de los alegres convecinos que moramos en nuestra excelsa población. Y he podido conocer ahora que algunos malandrines y tarúpidos con extravagante seso en la testuz no solo expolian y malgastan los dineros que debieran emplearse en honrados horizontes ciudadanos, sino que además molestan e incomodan con sus querellas y altercados sin que pierdan por ello quinquenios de salario ni puestos en su ordenado escalafón, lo que me resulta tan horripilante que se aproxima a lo tremebundo. Sin embargo, enseguida me he puesto contento al recordar que en nuestra insólita oficina solo cometemos algarabías cuando llegan los nuevos lapiceros o cuando es la hora de almorzar bocadillos de mejillón en escabeche, y que jamás nos apropiamos de los formularios pertenecientes a otros negociados ni nos faltamos el respeto cuando nos disputamos la prensa deportiva para ir con ella al escusado. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero me parece a mí que en los mundos adyacentes y universos colindantes hay mucha falta de cordura y que la sabiduría y la razón empiezan a ser patrimonio de nuestra lúcida oficina y nuestro probo cafetín. Voy a ver si han florecido las petunias.

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Diáfanos atuendos y lúcidas presencias

Diáfanos atuendos y lúcidas presencias · Fotografía: Martín Santos Yubero
· Diario de un hombre ridículo, 71 ·
Fran Vega
Diáfanos atuendos y lúcidas presencias
Fotografía: Martín Santos Yubero

Por fin ha llegado la calma al cafetín después de tantos días de tránsito y dilema como hemos tenido, porque el ateneo de guiñotistas proclamó en solemne y estrambótica sesión que Fulgencio asumiera el cargo de presidente vitalicio y que Argimiro se ocupara de la secretaría perpetua. Esto nos puso a todos muy vivaces y contentos, porque en nada han cambiado nuestras vidas y todos los aconteceres parecen discurrir del mismo modo, así que creo que debemos considerar este lance provisorio como un tumulto sin enjundia ni entidad y dedicarnos a las cardinales peripecias que nos sobrevienen cada día, que no son pocas en el cafetín y menos todavía en la oficina. Además, y animado por las alegres temperaturas, Tadeo instaló la otra tarde los veladores frente a la glorieta de los Lirios y es hora de sentarse a contemplar las gentes que zanganean y deambulan con el airecito de la tarde y de compartir gaseosas y refrescos mientras parloteo con todas mis amistades, así que este mismo domingo cepillaré los sombreros de verano y ordenaré los chalecos de lino y algodón, porque parece que ha llegado ya el momento de atildarse con diáfanos atuendos y lúcidas presencias. Voy a comprar un pez desaforado para la cena, que así lo pongo de guarnición con las patatitas que compré anteayer en el mercado y un pimiento sandunguero que conservo en la despensa.

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Embrollos y barullos en nuestra insigne institución

Embrollos y barullos en nuestra insigne institución · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 70 ·
Fran Vega
Embrollos y barullos en nuestra insigne institución
Fotografía: Tommy Ingberg

Desde hace unos días están las temáticas muy revoloteadas y agitadas en el cafetín de Tadeo. Resulta que cuando constituimos el ateneo de guiñotistas resolvimos que Argimiro sería presidente vitalicio y que Fulgencio haría las veces de secretario perpetuo, pero ahora, y sin que tengamos conocimiento de causas ni motivos, quieren intercambiar las tareas de modo que la perpetuidad de la secretaría pase a manos de Argimiro y que la infinitud de la presidencia sea competencia de Fulgencio. A mí no me parece que esto vaya a cambiar esencias ni sustancias, porque las ordenanzas que rigen el guiñote seguirán siendo las mismas y porque lo importante es pasar buenos ratos con las amistades y terminar la tarde con vivas y hurras hacia los acreditados ganadores, pero dice Teofrasto que cesantías y traspasos implican una reunión extraordinaria de todos los guiñotistas cafetinescos para que podamos competir con garantías en el próximo campeonato subcomarcal, lo que hay que reconocer que es un sapientérrimo criterio. Carioco, que no por nada es el más feo de los hermanos Hinojosa, piensa que para que todo siga igual es mejor dejar los asuntos como están, pero Ginés, que es la monda, considera que los perpetuismos no redundan en beneficios multivalentes para nuestra insigne institución y sí en disparates y torpezas de extravagante finalidad, lo que no acabo de saber qué puede significar y de qué forma nos abarca. Y yo, aunque a veces no entiendo las cosas, creo que lo adecuado sería tener en cuenta los discernimientos al respecto que cada persona tenga en el magín, incluso de quienes prefieren el asombroso juego de la petanca en vez de nuestro dilecto y tradicional guiñote. Voy a parlotear un poco con Don Helesponto, mi cabalérrimo vecino, que siempre ilumina los embrollos con su copiosa erudición.

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La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad

La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad · Fotografía: Rodney Smith
· Diario de un hombre ridículo, 69 ·
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La memoria, la armonía, la paciencia y la equidad
Fotografía: Rodney Smith

Estoy en condiciones de afirmar que la otra tarde fue una de las más extraordinarias que recuerdo en compañía de todas mis amistades, pues en tan digna fecha conmemoré la colosal jornada en la que tuve el contento de ser bien recibido en este mundo y no en los colindantes o adyacentes. Carmencita y Abisinio pidieron permiso a Teodomiro para el usufructo temporal del Negociado de Reclamos, ya que organizaron un generoso ágape en el que no faltaron los refrescos, los frutos secos y las croquetas de gallina con unas briznas de panceta y que culminó con una opípara ronda de sorprendentes descafeinados. Y Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, proclamó con su propia solemnidad que de vez en cuando es bueno olvidar los infraconvenios para convertir los negociados en lugares de esparcimiento y mucha broma. Por la tarde, en el cafetín, Fulgencio, Lupicinio y Teofrasto me cedieron el mejor sitio de la mesa para la partida de guiñote, Justito sirvió unas gaseosas estupendas y Tadeo puso durante un buen rato bonitos discos de zarzuela, así que no pude sentirme más feliz y agradecido por estos prodigiosos homenajes. Y como decían con frecuencia el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino, en la vida hay que tener armonía, memoria, paciencia y equidad, así que aproveché la placentérrima jornada para poner en práctica estas sabias enseñanzas de tan profundo sentido y extensa aplicación y adquirí en la confitería de Cristeta unos pastelillos de ponche y dos botellas de sifón, porque no puede haber nada mejor que compartir con tantas amistades como tengo las cosas buenas de nuestra cóncava existencia. Después me acordé también de que el bisabuelo Conrado y el abuelo Conradino sostenían que las tardes glaucas de líneas pardas anuncian siempre noches garzas de luces gualdas, pero eso ya no sé qué significado puede tener ni por qué acude ahora a mi corto entendimiento. Voy a peinarme.

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Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia

Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 68 ·
Fran Vega
Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia
Fotografía: Tommy Ingberg

Hoy estoy muy contento porque se celebran comicios vinculantes en los distritos suburbiales de nuestra excelsa población, que es un raro mecanismo por el que los alegres ciudadanos y simpáticos contribuyentes acudimos a saludar a intendentes y gobernantes, proclamamos nuestra perplejidad y turbación por los pensamientos incumplidos y les renovamos la autorización para que puedan ejercer su pintoresca actividad durante unos cuantos años más. Es muy bonito dedicar un día de fiesta a esta honrada diligencia, que habitualmente cometemos con gran esmero y entusiasmo, y tener después la urbana complacencia de haber contribuido al engrandecimiento y desarrollo de nuestra prospérrima y periférica metrópoli. Por si fuera poco, tengo entendido que en otras subcomarcas proceden de igual modo y que en los países extranjeros y mundos adyacentes también se practica esta digna tradición, aunque solo sea para demostrar que todos estamos de acuerdo en hacer guasas y cuchufletas de forma periódica y puntual. Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, decía ayer que hay que defender las propuestas de quienes apoyan la reducción de impuestos por merendar arenques y chistorra los jueves por la tarde, pero Abisinio se mostraba firme partidario de quienes impulsan la creación de una nueva autoridad o institución para controlar la propagación de la rana cuadriparda en nuestros parajes naturales, lo que no deja de ser una interesante ocurrencia de gran usanza y utilidad. También en el cafetín de Tadeo comentaron por la tarde que dos infraconcejales habían recibido boinazos variados en el parque de los Querubines y que incluso uno de ellos había perdido en la algarada dos botones del chaleco, luctuoso acontecimiento que ha enturbiado un poco los prolegómenos retóricos de esta histórica jornada y que me hizo pensar durante un buen rato en los panoramas circunflejos que condicionan nuestra cóncava existencia, quizá aturdido por las circunstancias antedichas o porque a veces no entiendo las cosas que afectan a los universos circundantes de compleja explicación. Voy a ver si han crecido los geranios.

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La serena algarabía y los raros argumentos

La serena algarabía y los raros argumentos · Fotografía: Geof Kern
· Diario de un hombre ridículo, 67 ·
Fran Vega
La serena algarabía y los raros argumentos
Fotografía: Geof Kern

He pasado unas jornadas luctuosas y estupendas en compañía de todas mis amistades del cafetín de Tadeo, donde siempre reinan el cordialismo y la alegre erudición. Como en los negociados nos otorgaron unos días festivos y recuperables para que nuestro egregio jefe oficinesco pudiera acudir a las procesiones y desfiles de la Virgen de la Alameda, de la que él es muy devoto, hemos aprovechado el tiempo para consolidar nuestro ateneo de guiñotistas y ejercer la excelentérrima amistad que nos une en pos de tan entrañable actividad. Lupicinio también quería asistir a una de estas concentraciones multitudinarias en las que hay que presentarse con oscuros ropajes y semblantes más oscuros todavía, pero hubo que convencerle de que no podía desfilar vestido de romano con la prensa deportiva bajo el brazo, sobre todo porque en tiempos de los romanos ni siquiera habían inventado aún la gaseosa y es probable que tampoco las empanadillas, según comentaron la otra tarde en el fidedigno boletín de la radio. También Teofrasto quiso ponerse una capucha para caminar embozado por las calles junto al Cristo de los Tréboles, pero al final dijo que tenía una discontinua dolencia en el chaleco y se quedó con nosotros en el cafetín, donde Justito cantó saetas y jarandas que hicieron las delicias de Ginés, que es la monda hasta en los días de recogimiento y serena algarabía. La verdad es que yo no termino de comprender estas celebraciones, porque son un poco lánguidas y a veces se ven gentes en las calles que gimen y murmuran con muy raros argumentos, así que me pareció mejor pasar las mañanas apostado en la glorieta de los Lirios y las tardes escuchando las disertaciones de Fulgencio en el cafetín, que desde que estuvo en su callista de cabecera siempre tiene cosas interesantes que contar. Voy a ordenar el armario de los sombreros importantes, que ya es momento de cometer alguna heroicidad.

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© Fran Vega, 2017

Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón

Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón · Fotografía: Leszek Bujnowski
· Diario de un hombre ridículo, 66 ·
Fran Vega
Encapuchados, embozados y la extravagante sinrazón
Fotografía: Leszek Bujnowski

Estos días estoy teniendo la oportunidad de contemplar algunos espectáculos tan insólitos como inhóspitos que están siendo causa de raras preocupaciones. Resulta que iba yo la otra tarde por el parque de los Querubines silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela cuando al girar hacia el puente de los Serafines pude observar el atrevido avance de un grupo de encapuchados que portaban estatuas y moblaje y marcaban el paso como subtenientes con ambición. Animado por una súbita curiosidad no exenta de cabalérrima zozobra, me acerqué a ellos con tanta prudencia como bravura para comprobar que la imaginería de la que hacían gala estos embozados representaba suplicios y sacrificios que ni en los peores lustros de mi negociado hubiera sido capaz de conjeturar, así que interpelé a uno de estos enmascarados sobre el motivo de tan aciaga demostración y si era esta el resultado de un atraco o sustracción de nuestros egregios bienes y usufructos. Somos arrepentidos penitentes, me dijo sin quitarse el antifaz y señalando con una trompeta de inesperadas dimensiones a otra levantisca comparsa de encubiertos que prosperaba desde la glorieta de los Lirios con un sinfín de bártulos y artefactos, sin duda producto de nuevos saqueos y pillajes a costa de la honrada población. Me quedé atónito y turulato, porque a mí no puede parecerme bien que pícaros y manilargos se paseen por nuestras calles exhibiendo el desenlace de sus fechorías y que lo hagan además bajo la protección de capas y estrambóticos disfraces, pero mis amistades me aclararon después en el cafetín de Tadeo que en estas tardes de primavera no es extraño que haya gentes paseando con esfinges y alboroto y que no se trata de un delictivo acontecer, aunque sí tan molesto como cuando la Unión Deportiva San Onofre celebra la consecución del campeonato intercomarcal de carreras de sacos. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero hay ocasiones en que hasta en nuestras propias avenidas concurren desatinos y desafueros, cuando no despropósitos de extravagante sinrazón. Voy a prepararme una sopita de mollejas, que a mí me gustan mucho.

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Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril

Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril · Fotografía: Howard W. Davidson
· Diario de un hombre ridículo, 65 ·
Fran Vega
Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril
Fotografía: Howard W. Davidson

Esto de la primavera es un invento fabuloso. En cuanto gira el calendario y asoman unos cuantos rayos de sol por la glorieta de los Lirios, la vida cambia en un momento y las gentes parecen más contentas y dichosas, con sus sombreritos de marzo y sus chalecos de abril. Carmencita, la de Contaduría, ha hecho unas declaraciones esta misma mañana con las que ha confirmado su irrevocable disposición de abrir las ventanas de los negociados para que llegue aire fresco a los anaqueles de los formularios, acontecimiento que no se producía desde finales de septiembre. Y el propio Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, ha dicho que no se opondrá a semejante providencia porque no la considera vinculante a la pertinaz lucha de clases. Esto es todo contento y alegría. Por la tarde comenté lo sucedido en el cafetín de Tadeo antes de que llegara Bernardino, porque una tarde de mayo se rompió una clavícula jugando a la petanca y la primavera le trae malos recuerdos, y después de que Imeldo se marchara, porque solo sonríe los jueves y los martes se le pone como una dolencia en la región occipital. Todas mis amistades han coincidido al afirmar que el buen tiempo es inminente y que hay que empezar a poner alcanfor en los bolsillos de los chalecos oscuritos, no vaya a ser que Tadeo instale el velador un día de estos y nos sorprenda sin los atuendos necesarios, lo que sería un infortunio de embarazosa solución. Por mi parte, he decidido dejar a mano los paraguas importantes porque nunca se sabe qué piensan en los cielos en estas tardes prominentes. Qué alborozo, cuánto alboroto.

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© Fran Vega, 2017

El mundo es como una ciclópea escribanía

El mundo es como una ciclópea escribanía
· Diario de un hombre ridículo, 63 ·
Fran Vega
El mundo es como una ciclópea escribanía
Fotografía: Howard W. Davidson

Cada quinquenio que pasa estoy más contento y comprendo mejor a quienes ensalzan el insigne trabajo que se desarrolla en nuestra solícita oficina, pues estoy en condiciones de afirmar que se trata de uno de los más generosos cometidos que las gentes de bien pueden ofrecer tanto a sus semejantes como a los simpáticos contribuyentes, sean o no alegres convecinos de nuestra ilustre población. ¡Qué solemne cantidad de adecuados formularios concebidos para el desarrollo y bienestar de subfamilias y otras periferias! ¡Y cuántos negociados puestos al servicio de nuestra prospérrima infracomunidad! Con razón decía Lupicinio la otra tarde en el cafetín de Tadeo que mi egregio jefe oficinesco sería un extraordinario corregidor en el distrito de las Afueras, donde la subcomarca pierde su nombre para adentrarse en terrenos de tácita umbría y escaso labrantío. Y por algo yo no custodio ninguna duda razonable de que los mundos adyacentes se parecen cada vez más a una ciclópea y vitalicia escribanía en la que solo los lustrosos mostradores separan a los intrépidos ciudadanos de quienes les atienden con escrupulosa indiferencia y exacta imprevisión, condiciones esenciales para que cualquier oficina de este y otros universos colindantes tengan éxito y notoriedad frente a las singulares peripecias de quienes acuden a ella en rigurosa búsqueda de secreto y confusión. Voy a prepararme un descafeinado bien templadito, que hoy tengo la tarde lírica y conspicua y aún he de realizar meritorias gestiones en el cafetín.

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Una cuchipanda de postín

Una cuchipanda de postín · Fotografía: Het Leven
· Diario de un hombre ridículo, 62 ·
Fran Vega
Una cuchipanda de postín
Fotografía: Het Leven

Estos días estoy muy contento porque se ha celebrado en nuestra excelsa subcomarca la acostumbrada fiesta de disfraces que precede a la Cuaresma, así que Tadeo organizó una francachela en el cafetín para que acudiéramos debidamente enmascarados y ataviados y para que en la taberna del Sindicato de Oficinistas supieran que nosotros también sabemos disfrazarnos. Después de varias tardes de muchos pensamientos todas las amistades decidimos asistir al festejo, si bien cada uno fue libre de elegir su ropaje y su sombrero. Fulgencio y Argimiro acordaron vestirse de naipes, pues por algo son los flamantes triunfadores del campeonato guiñotista, mientras que Imeldo se las ingenió para encasquetarse un disfraz de picaporte, sin duda en homenaje al taller de aldabas y fallebas que regentaba el difunto Honorino. Carioco, por su parte, que es el más feo de los hermanos Hinojosa, tuvo la radiante idea de aparecer vestido de tunante concejal, con muchos billetes de broma que le asomaban de los bolsillos, y a Cristóforo no se le alcanzó otra cosa que inducir al engaño con su disfraz de noticiario, con numerosas cuchufletas y bagatelas ocultas bajo alegres titulares. Pero lo mejor de la tarde estuvo cuando Ginés, que es la monda, llegó con atuendo de banquero tomador y manilargo, con su antifaz como anteojos, sus ganzúas de mentira y sus sacos de esparto cargados en los hombros. A todos nos dio mucha risa y celebramos su ocurrencia, incluso Justito, que llevaba un espléndido uniforme de croqueta de gallina. Y la verdad es que también me felicitaron a mí, que acudí a la merendola con un novísimo atavío de primordial cafetinesco, aunque sustituí mi habitual chaleco de invierno por uno de cuadritos escoceses muy elegante y oportuno. Un día es un día, como dice mi instruido y cabal vecino Don Helesponto, el del principal segunda.

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Homéricos avances de las ciencias

Homéricos avances de las ciencias
· Diario de un hombre ridículo, 61 ·
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Homéricos avances de las ciencias
Fotografía: Howard W. Davidson

Ayer fue un día memorable porque al fin se ha producido en la oficina la revolución que todos estábamos esperando desde la infinitérrima noche de los tiempos, ya que un versado conjunto de científicos politécnicos ha logrado instalar un moderno sistema de telefonía que sin duda supondrá un homérico avance en las tareas de nuestros negociados. A partir de ahora todo va a funcionar como el Altérrimo dispone y no solo Teodomiro y Abisinio podrán glosar las noticias deportivas sin abandonar sus desusados pupitres, sino que incluso nos llamarán desde cualquier otra institución de nuestra excelsa subcomarca cuando algún competente subalterno necesite privilegiada información sobre pólizas y formularios. Qué alegría. Y hay que reconocer que nuestro egregio jefe oficinesco ha estado muy oportuno con este inapelable impulso tecnológico, aunque nos disgusta un poco que durante los próximos quinquenios tenga que reducirnos el estipendio mensual para sufragar así los gastos ocasionados. Con razón suele decir Severino, que por algo es infraordenanza en el Registro de Entidades Superfluas y entiende mucho de ingenios y artificios, que la ciencia es muy buena cosa para todas las gentes, pero que cada vez que inauguran una farola en la glorieta de los Lirios nos vemos obligados a mitigar el consumo de croquetas de gallina. Voy ahora mismo a dar la buena nueva a todas mis amistades cafetinescas, por si alguna de ellas tiene conocimiento de un invento similar o parecido.

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La arcana realidad de nuestros negociados

La arcana realidad de nuestros negociados · Fotografía: Francesc Català-Roca
· Diario de un hombre ridículo, 60 ·
Fran Vega
La arcana realidad de nuestros negociados
Fotografía: Francesc Català-Roca

Andan estos días muy revueltas todas las temáticas cabales y concretas, porque ahora nadie quiere tener en cuenta los innúmeros desvelos de nuestro egregio jefe oficinesco y todas las gentes entienden que los estrambóticos enigmas que nos conciernen pueden solventarse en un periquete. Resulta que Teodomiro insiste en trasladar el Negociado de Reclamos que con tanto fervor dirige hasta el final del subpasillo, más cerca de Contaduría y Pagaduría que del Negociado de Pólizas y Recargos que Abisinio regenta con verdadera vocación, lo que nos privaría a todos del chiribitil en el que casi a diario almorzamos ensaladas de caballa y bocadillos de calamares encebollados. Y según dice Ercilio, que de cualquier asunto sabe mucho, eso no puede ser. Y, al mismo tiempo, el Sindicato de Oficinistas, del que Amalio es unánime representante y facundo portavoz, había prometido que para este año tendríamos lapiceros nuevos y papel de calco desechable, pero parece que la intransigencia de los mercados y la arcana realidad impedirán conjuntamente alcanzar tan honestas y antiguas aspiraciones. Yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero me parece a mí que Teodomiro no se percata de que la migración de su negociado no impediría el acecho y avistamiento de nuestro jefe oficinesco, más aún cuando acaba de entrar en vigor el nuevo Impuesto sobre Actos Impropios Documentados, y que Amalio tendría que acudir algunas tardes al cafetín de Tadeo para que los hermanos Hinojosa le ilustraran acerca de todas las problemáticas de los universos propios y adyacentes. Por mi parte, consultaré mañana mismo a Magdaleno, que no sin motivo es bedel en la Delegación de Asuntos Insólitos y conoce extravagantes entelequias y extrañérrimas certidumbres.

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