Cuando la luz del invierno regrese de nuevo

Cuando la luz del invierno regresa de nuevo · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, y 16 ·
Fran Vega
Cuando la luz del invierno regrese de nuevo
Fotografía: Juan Muñiz

Nos despertábamos temprano, cuando aún era de noche, y nos llamábamos unos a otros con mucho frío y mucha urgencia, convencidos de que en la otra punta de la casa el despacho de mi padre custodiaba todo aquello que habíamos pedido y quién podía saber cuántos regalos más. Tras los cristales esmerilados era imposible distinguir paquetes y envoltorios, pero alguno de nosotros adivinaba a oscuras lo que estaba allí guardado e incluso la correcta distribución de los juguetes. Y pasábamos un buen rato de nerviosismo y comentarios hasta que mi padre llegaba desde el pasillo simulando un gran despiste y preguntando qué ocurría, para añadir casi sin mirarnos el olvido de la llave y fingir su intensa búsqueda en cajones y bolsillos, pequeña argucia y tradición que aumentaba nuestro anhelo hasta que se abrían las dos hojas de la puerta y las luces iluminaban tantas cosas que costaba separar lo que a cada uno ya le pertenecía tras las cartas redactadas y tantos desvelos como habíamos tenido. Doce meses de espera quedaban dibujados y en un instante el suelo se llenaba de cajas y papeles con instrucciones que no llegaríamos a leer, como tampoco leeríamos nunca las que encontraríamos después en cada curva de los años.

Y hoy miramos con alma de adultos los inviernos pasados y regresan sonidos que nunca quisimos perder, aromas mezclados en la cocina de leña, bromas infantiles que en ocasiones asoman y estampas guardadas de quienes un día estuvieron, piezas complejas que a veces se unen y forman retratos y espejos de todo aquello que fuimos un día, cuando la luz del invierno regrese de nuevo y tengamos los ojos puestos en él.

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«Noches de magia y de prodigios»
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© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Noches de magia y de prodigios

Noches de magia y de prodigios · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 15 ·
Fran Vega
Noches de magia y de prodigios
Fotografía: Juan Muñiz

El día de la cabalgata sabíamos que por fin estábamos ante la noche más esperada de la Navidad. Había mucho ajetreo de ropas y de plancha, porque todos debíamos prepararnos para salir juntos y muy formales hacia la elegante casa de las tías, donde seríamos agasajados y mimados como auténticos príncipes de Oriente. Con los abrigos nuevos y peinados hasta el último cabello, cruzábamos importantes avenidas y plazas de mucho tránsito hasta llegar a un edificio señorial, con miradores acristalados y escaleras de mármol sin ascensor. Qué guapos estábamos y cómo habíamos crecido, preámbulo de horas emocionantes en las que no faltaban carantoñas y cumplidos y en las que nuestro compromiso consistía en portarnos bien y esperar sin alboroto y con paciencia. Y entre comentarios y merienda comenzaba a anochecer y alguna de las tías asomada en el balcón avisaba de que llegaban los pajes a caballo y detrás sus majestades con mantos muy bonitos en carrozas de colores, saludando con las manos y respondiendo con constancia al griterío de los niños, que no impedía que desde el mirador escucháramos nuestros nombres como un designio incuestionable de que en aquellos cargamentos de charol y fantasía viajaban ya nuestros regalos. Y sin ninguna duda era y fue siempre así, porque cuando ya de noche nos despedíamos de las tías con más besos y sonrisas y volvíamos a casa contentos y agitados, comenzaba la tarea de otras majestades que en silencio preparaban los paquetes y envolvían los últimos juguetes. Para entonces nosotros ya estábamos en la cama y musitábamos dormidos lo vivido y por vivir, porque era parte de un sueño que tuvimos y que pasados tantos años aún regresa cada invierno, cuando desde las ventanas contemplamos cabalgatas y camellos que nos llevan otra vez a noches de magia y de prodigios en las que todo nos lo podíamos creer.

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© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Cada personaje cumplía su función

Cada personaje cumplía su función · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 14 ·
Fran Vega
Cada personaje cumplía su función
Fotografía: Juan Muñiz

Era sabido que una tarde de las vacaciones teníamos que dedicarla a deshacernos de todo aquello que estorbaba y ya colmaba roperos y cajones, de los que sobresalían a veces juguetes que no usábamos y cachivaches entregados al olvido. Con sentido práctico y mucho ingenio, mi madre nos tenía convencidos de que los Reyes Magos no dejaban regalos donde vieran otros, de modo que esas fechas le servían para prescindir de pequeños trastos y lograr tal vez un poco de espacio en los altillos. La maniobra era muy compleja porque requería el acuerdo entre nosotros para tirar un cochecito sin tres ruedas o guardar unos soldados sin fusil ni graduación, así que pasábamos las horas discurriendo acerca de qué podíamos eliminar y qué era imprescindible conservar. Tras no pocas discusiones y algún enfado resuelto en doméstico silencio, conveníamos que lo mejor era ordenar todo con cuidado y dejar los armarios despejados para cuando llegara la inspección, momento que asumíamos cabizbajos esperando algún reproche y orgullosos y contentos de nuestra propia picardía. Al final, mi madre se conformaba con que las habitaciones tuvieran otro aspecto y con perder de vista algunas cosas, que bajábamos deprisa por las escaleras para que terminara cuanto antes tan aburrida operación. Era un ritual anunciado y navideño cuyo resultado era conocido y previsible, pues cada personaje cumplía su función y representaba el papel que le habían asignado, ya fuera el de cómplice callado, el de protagonista y portavoz o el de encargado por carácter de la calma, el orden y la paz.

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«Noches de magia y de prodigios»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

El recuento de las horas

El recuento de las horas · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 13 ·
Fran Vega
El recuento de las horas
Fotografía: Juan Muñiz

Un par de días antes de la cabalgata nos llevaban de paseo por la ciudad, como si quisieran enseñarnos todo aquello que podíamos alcanzar con tan solo escribirlo en una carta dirigida a nuestros queridos Reyes Magos. Con las bufandas y los guantes nos acercábamos hasta los escaparates conocidos y permanecíamos mucho rato contemplando espadas y balones, cocinitas y muñecas, juegos muy completos y reunidos y cajas de colores para pintar. Mis padres esperaban con paciencia hablando de sus cosas hasta que lograban despegarnos del cristal con cualquier razón improvisada, vamos a ver si aún está la castañera, daos prisa que están a punto de cerrar. Así que corríamos de un lado para otro convencidos de que todo lo que veíamos llegaría bien envuelto a nuestro nombre y competíamos por saber quién estaba más seguro de las cosas que nadie sabía, pero hablábamos temerosos de que alguno desmintiera los anhelos y nos dejara con la duda de si su afirmación era verdad, no te traerán lo que pediste, voy a decírselo a papá. Mi madre intervenía si observaba cierto cataclismo y nos separaba en dos grupos hasta el siguiente escaparate, donde todo volvía a comenzar con las mismas ilusiones y esperanzas, con el mismo recuento coral de las horas y los días. No faltaba tampoco quien advertía de repente que no pidió un estuche y un compás o cualquier otro capricho inesperado que surgiera a lo largo de la tarde y que mis padres anotaban con sigilo, pues habíamos salido todos juntos para completar con disimulo el escenario que ellos mismos prepararían cuando pasaran dos noches más y llegaran hasta casa cargamentos y camellos, carruajes y juguetes y tres reyes con barba de aparente majestad.

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© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Con cien cañones por banda

Con cien cañones por banda · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 12 ·
Fran Vega
Con cien cañones por banda
Fotografía: Juan Muñiz

Había tardes navideñas en que deambulábamos sin rumbo por la casa, tomando mazapanes a hurtadillas o abriendo habitaciones ajenas por el solo gusto de incordiar. Jugábamos a todo y hablábamos de nada, porque nada podíamos contarnos que no supiéramos ya, de modo que pasábamos las horas conteniendo las disputas y teniendo en cuenta que los pajes de los reyes nos vigilaban siempre muy de cerca. En alguna de estas excursiones entre la cocina y el salón nos deslizábamos hasta un escritorio acristalado en el que mi madre conservaba secretos y recuerdos de juventud, fotos dedicadas de mi padre y del abuelo muy tranquilo con el traje de cazar, estampas de otros tiempos que dormían silenciosas entre ásperos rincones de la memoria y álbumes ocultos de terciopelo. A veces hojeábamos los libros y descubríamos fragmentos de poetas olvidados que aprendíamos despacio para recitar en cualquier momento o pensamientos muy profundos que nos daban mucha risa, pero también nos sentábamos callados con el ánimo de explorar todo aquello que aún no conocíamos y que pasados muchos años llegaría a emocionarnos, porque había allí guardados relatos de islas misteriosas, aventuras de épocas antiguas y batallas de romanos que comenzaban a introducirse en nuestras vidas para construir sobre nosotros catedrales de ilusiones y edificios de palabras que no olvidaríamos jamás. Y cuando al cabo de mucho rato escuchábamos de nuevo las indicaciones de mi madre, id recogiendo que vamos a cenar, recordábamos en silencio algunos versos divertidos o una novela destinada a conquistar cualquiera de nuestros primeros horizontes… con cien cañones por banda, viento en popa a toda vela… todos recibimos una parte del botín hallado en la isla del tesoro… caminante, no hay camino, se hace camino al andar.

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Luz de Invierno, 12
© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Tras las curvas de los años

Tras las curvas de los años · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 11 ·
Fran Vega
Tras las curvas de los años
Fotografía: Juan Muñiz

El año nuevo comenzaba de modo inevitable con el sonido de los valses y cierta pereza al desayunar, aturdidos todavía por la larga noche transcurrida y la alteración de nuestros horarios acostumbrados. No prestábamos atención a los bailarines ni a la orquesta y menos aún a los esquiadores de nombres extranjeros que aparecían en pantalla justo antes de comer, cuando ya nos habíamos duchado y estábamos de nuevo preparados para los guirlaches y turrones. Y había entre nosotros cierta sensación de broma permanente y hacíamos ingeniosos juegos de palabras para acabar diciendo siempre que el año pasado fue el de ayer y que el año que viene ya era hoy, malabares infantiles que en nada trascendían y que mostraban todavía la inocencia contemplada por quienes tenían otra cosa en que pensar. Pero ese día era sobre todo la línea divisoria entre las fiestas familiares y el gran festín de los juguetes que todavía no llegaba, para el que comenzábamos a organizarnos recogiendo las habitaciones, repasando los pedidos realizados y cambiando cada tarde de opinión, pues no importaba que la carta de los magos llegara un poco tarde, que por algo eran generosas y muy queridas nuestras majestades de Oriente. Los días navideños transcurrían y con el nuevo año las ilusiones de los dulces y las cenas eran sustituidas por otros trayectos de inexcusable recorrido, los que aguardaban tras las curvas de los años y que quedaban aplazados de momento ante las soñadas sorpresas que encontraríamos al final.

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«Con cien cañones por banda»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Puentes levadizos que habría que cruzar

Puentes levadizos que habría que cruzar · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 10 ·
Fran Vega
Puentes levadizos que habría que cruzar
Fotografía: Juan Muñiz

Sin que tuviéramos claros los motivos, quizá porque nadie nos los había explicado, en la tarde de fin de año notábamos en casa un insólito contento que se incrementaba a medida que se recibían conferencias telefónicas desde ciudades muy lejanas y en el pasillo se escuchaban en voz alta los deseos generosos y un abrazo para todos. Mi madre trajinaba entre la cocina y el salón y mi padre atendía circunspecto la visita de un vecino intrascendente que cumplía con el rito de los brindis y saludos a destiempo, mientras nosotros iniciábamos de nuevo la compleja operación de cubiertos y vajilla, dijo mamá que los tenedores a la izquierda, dice papá que hay que lavarse las manos antes de empezar. La cena transcurría entre bromas no pensadas y algún chiste incomprensible recogido en el colegio, aunque en nuestras cabezas infantiles comenzaban a surgir ideas semejantes a las de los adultos y objetivos que enseguida se tendrían que cumplir, quién sabe si un notable en matemáticas, aprendernos de una vez las capitales y los ríos o renunciar a las trampas y trifulcas al jugar. Y para cuando llegaban las campanadas y el ajetreo de las uvas numeradas, estábamos ya más atentos a otras cosas y nunca éramos conscientes de que el tiempo transcurría seriamente, pues este era un concepto que llegaría muy despacio, cuando nos hiciéramos mayores y empezáramos a pensar que en la vida había calendarios y relojes, caminos y senderos y puentes levadizos que en ocasiones habría que cruzar.

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«Descubridores de nosotros mismos»
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«Tras las curvas de los años»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Descubridores de nosotros mismos

Descubridores de nosotros mismos · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 9 ·
Fran Vega
Descubridores de nosotros mismos
Fotografía: Juan Muñiz

Si el tiempo lo permitía y dejaba de llover, mi padre aprovechaba una gestión intrascendente en cualquier sitio para llevarnos de excursión y a merendar, lo que nuevamente suponía repaso de ordenanzas y puesta a punto de instrucciones de obligada ejecución por si los pajes de los reyes estaban atentos a nuestra ocasional indisciplina. Una vez revisada la intendencia de gorros y bufandas y jerseys de cuello alto, nos dirigíamos en el coche hacia lugares con nombres difíciles de recordar y observábamos en el viaje los árboles desnudos, la niebla sobre el río y las cimas nevadas que surgían tras los valles, estampas de un invierno que siempre era demasiado largo pero que teníamos asumido como el lógico y natural. A veces se cruzaba en el camino una vaca despistada o un conejo apresurado y mi padre frenaba con cuidado para que mi madre no le llamara la atención y nosotros le miráramos como valiente defensor de la fauna silvestre, pero preferíamos que se detuviera para poder correr nosotros sobre las hojas caídas y la hierba helada y jugar también a los exploradores, pues éramos en realidad descubridores de nosotros mismos que apurábamos los últimos inviernos de la infancia para adentrarnos en caminos ignorados todavía, trayectos sinuosos que pronto habrían de llegar.

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«La sala oscura de las ilusiones»
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«Puentes levadizos que habría que cruzar»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

La sala oscura de las ilusiones

La sala oscura de las ilusiones · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 8 ·
Fran Vega
La sala oscura de las ilusiones
Fotografía: Juan Muñiz

La cartelera navideña en los cines de la ciudad incluía en ocasiones películas aptas, clasificación que entonces suponía puertas abiertas para todas las edades y despreocupación paterna por lo que podíamos llegar a descubrir, cine cómico o dibujos animados, comedia ligera o aventura musical. Si los méritos habían sido suficientes y la conducta parecida a la ejemplar, obteníamos de mi padre las monedas necesarias para dedicar la tarde a un programa doble en blanco y negro en butacas de madera precedido de documentales y noticiarios que del mismo modo mostraban generales y soldados, acontecimientos deportivos y hasta nombres ingeniosos de extrañísimos inventos. Pasábamos aquellas horas a oscuras y en un silencio solo interrumpido por las risas de los niños, que mirábamos embobados las aventuras muy graciosas de dos torpes individuos que iban siempre juntos con bombín y las piruetas y tropiezos de un señor con bigotito y un bastón. No había entonces otra fábrica de sueños que igualara a aquella sala, de la que nos despedíamos escuchando los aplausos antes de volver a donde otros sueños esperaban, pues los días transcurrían y había que acercar un poco los reyes al portal y pensar todavía en cuántas cosas, si pediste el traje de vaquero, si pusiste en la carta los cuadernos de pintar.

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«El día de la hipotética inocencia»
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«Descubridores de nosotros mismos»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

El día de la hipotética inocencia

El día de la hipotética inocencia · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 7 ·
Fran Vega
El día de la hipotética inocencia
Fotografía: Juan Muñiz

El día de las bromas amanecía con todo el interés, pues se trataba de hacer lo que estuviera a nuestro alcance sin que nadie lo supiera y tratando de que ninguno se quejara en forma de lamentos o denuncia ante el mando familiar. Y como no teníamos monedas para ir al bazar en busca de ocurrencias, nos sentábamos con diarios atrasados y tijeras de punta redonda a recortar monigotes que colgar en la espalda de inocentes transeúntes y de señoras muy extrañas con aspecto de ir a misa o a comprar. Con la delatora sonrisa de quien aparenta formalidad, salíamos por la tarde cogidos de la mano y caminábamos por la plaza hasta que un señor de abrigo oscuro se detenía en algún sitio, momento en el que nos acercábamos despacio y dejábamos pegado un muñeco de papel, ingenua operación que requería quitarse los guantes y no perderlos, pues el tacto era importante a la hora de triunfar. Y antes de volver a casa nos deshacíamos de todo lo sobrante para que mi madre no indagara sobre las horas transcurridas e insistíamos en lo bonita que estaba la ciudad, sin saber que ella misma nos había visto por la calle y había suspirado con paciencia y a la espera de que terminara de una vez la santa jornada de la hipotética inocencia.

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«Mirábamos a hurtadillas la merienda»
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«La sala oscura de las ilusiones»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Mirábamos a hurtadillas la merienda

Mirábamos a hurtadillas la merienda · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 6 ·
Fran Vega
Mirábamos a hurtadillas la merienda
Fotografía: Juan Muñiz

El tiempo navideño tenía un componente familiar que revolucionaba la marcha de los días y alteraba el ritmo de las horas y los juegos. Mi madre distribuía las visitas en función del calendario para que no acabáramos cansados, y por lo tanto ingobernables, y anunciaba durante el desayuno el programa de la jornada que recibíamos con más o menos alborozo en función del pariente visitado. Con el jersey de los domingos y las botas relucientes, comenzaba el ajetreo de la tarde y la inspección en fila delante de la puerta, tú no te has peinado, abróchate la trenca, coged todos las bufandas, procedimiento indispensable para salir de casa con aspecto muy sensato y comedido. Un rato después, y ya en casa de unos tíos con un primo atolondrado, mirábamos a hurtadillas la merienda y escuchábamos preguntas cuya respuesta no importaba, porque no entendíamos dónde estaba el interés en saber quién sacó un ocho en aritmética, quién era mejor en geografía o que esperábamos de sus misteriosas majestades de Oriente, de modo que contestábamos según nos habían enseñado y aguardábamos impacientes pastelillos de colores y refrescos en vasos de cristal. Y cuando al anochecer regresábamos a casa recibíamos certeras calificaciones en función de la conducta, siempre un poco peor de la esperada, y luego entre nosotros comentábamos las cosas que pasarían a formar parte de nuestra lúcida y cambiante historia familiar.

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«Mañanas de calma razonable»
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«El día de la hipotética inocencia»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Mañanas de calma razonable

Mañanas de calma razonable · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 5 ·
Fran Vega
Mañanas de calma razonable
Fotografía: Juan Muñiz

La Navidad era larga y había tiempo para casi todo, hasta para aburrirnos un poco mientras esperábamos la llegada de los días importantes señalados en el calendario. Por eso había que discurrir en qué emplear el tiempo y pasarlo del mejor modo a resguardo del frío y de la nieve, así que tras el desayuno diario en la cocina nos mirábamos unos a otros hasta que el más despierto hacía la pregunta trascendental de la mañana, a qué jugamos. No importaba mucho la respuesta, porque lo que contaba era poder hacerlo entre todos y que todos participáramos hasta la hora de comer, de modo que en pijama y con jersey ocupábamos la parte de la casa que nos estaba permitida para pasar allí las horas entregados a lo que hubiéramos decidido. No faltaban las disputas por las bromas ni minúsculos agravios que mi madre resolvía protegiendo a los pequeños y mirando seriamente a los mayores, código jerárquico que durante años funcionó con calculada precisión. Pero todo transcurría en medio de una calma razonable hasta que sin darnos cuenta comenzaba el trajín de servilletas y cubiertos y el sonido de las llaves que anunciaba la llegada a casa de mi padre. Eran mañanas de juegos, condiciones de la infancia con las que tantas cosas aprendimos a mostrar.

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«Estaba yo primero, llegaste tú después»
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«Mirábamos a hurtadillas la merienda»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Estaba yo primero, llegaste tú después

Estaba yo primero, llegaste tú después · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 4 ·
Fran Vega
Estaba yo primero, llegaste tú después
Fotografía: Juan Muñiz

Nos levantábamos sin prisa el día de Navidad y el sabor del pan con mantequilla se mezclaba con el olor a tomates y pimientos que salía del horno de leña en el que mi madre preparaba un cordero al chilindrón. El frío de las primeras horas invitaba a quedarnos un buen rato junto a la mesa de mármol y madera, pues la cocina era entonces el centro de la casa y en ella se vivía y se decidían las cosas importantes, hasta que en un intermedio del quehacer culinario recibíamos las instrucciones de la mañana basadas en el orden y el aseo, pues nadie estaba autorizado a llegar al mediodía en pijama y sin peinar. Así que comenzaban las batallas en el baño con el fin de superar más tarde la inspección, estaba yo primero, llegaste tú después, alborotos infantiles mientras por el patio se escuchaba una misa pontificia y en el pasillo nuevas ordenanzas obligaban a poner los platos con cuidado, cortar el pan en rebanadas y ubicar cada copa en su lugar. Y a la hora señalada nos sentábamos a comer y con un gesto muy ligero mi padre indicaba que algo sobraba antes de empezar, pues mi madre en un descuido aún tenía puesto el delantal. Horas de postres y sonrisas, días de luces e ilusiones que se incorporaban despacio a los largos inviernos de nuestras vidas.

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«Fieles aliados de guirlache y mazapán»
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«Mañanas de calma razonable»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Fieles aliados de guirlache y mazapán

Fieles aliados de guirlache y mazapán · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 3 ·
Fran Vega
Fieles aliados de guirlache y mazapán
Fotografía: Juan Muñiz

Desde muy temprano se notaba en la cocina que la nochebuena requería no solo la logística de la que mis padres se encargaban, sino la actitud que los niños de buena voluntad teníamos que mostrar desde la hora del desayuno. Durante unos días quedaban pospuestas las peleas y aplazadas las disputas, pues no había tebeo ni juguete por los que mereciera la pena arriesgar la paz de la jornada. Por la tarde, las fuentes con la cena y las bandejas de los postres ocupaban el espacio normalmente dedicado a la merienda bajo la estricta vigilancia de mi madre, que jamás autorizaba cata y degustación antes de la hora señalada. De modo que hasta ese momento, y con gran responsabilidad no exenta de cierta habilidad, la cristalería y la vajilla de los abuelos abandonaban la vitrina para pasar de mano en mano con los paños delicados y colocarlas en la mesa según las instrucciones, cualquier orden no servía, y someterlas después a la aprobación de quien aparentaba comprender los asuntos del protocolo. Y esa noche cenábamos con los mayores, con servilletas de hilo anudadas en el cuello, y mi padre lograba por fin los aplausos merecidos con las copas en cascada de sidra o de champán. Nosotros decíamos chin-chin y por un momento parecía que hubiéramos crecido, porque sabíamos que en nochebuena nos acostábamos más tarde, mirándonos como fieles aliados y trazando en nuestros rostros pícaras sonrisas de polvorones y turrones, de guirlache y mazapán.

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«Constructores y arquitectos de sueños»
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«Estaba yo primero, llegaste tú después»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Constructores y arquitectos de sueños

Constructores y arquitectos de los sueños · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 2 ·
Fran Vega
Constructores y arquitectos de sueños
Fotografía: Juan Muñiz

Sacar del armario empotrado las cajas perfectamente rotuladas en las que conservábamos los adornos para decorar la Navidad era una tarea que requería cierta organización que solo un hombre con aspecto de coronel retirado como mi padre era capaz de establecer. Primero, la escalera firmemente sostenida por los mayores, y después, la cadena humana formada a lo largo del pasillo, distribuyéndonos como si de verdad fuéramos necesarios para que todo llegara sin tropiezos hasta el salón, centro de operaciones que en cuestión de minutos quedaba poblado de espumillones y guirnaldas, pastorcillos sonrientes, camellos de mentira y muchas bolas impecables y brillantes que mi madre observaba de reojo, niños con cuidado que se rompen por favor. El árbol y el belén ocupaban todo un día de instrucciones y desorden que culminaba al colocar mi padre la estrella en la punta más alta del abeto y al mirar nosotros con envidia a quien hubiera sido autorizado para poner los patos sobre el lago y los reyes camino del portal. Y al anochecer, un mecanismo prodigioso iluminaba nuestra obra y nosotros volvíamos a sentirnos otra vez constructores y arquitectos de un sueño perfectamente trabajado que cada invierno regresaba a nuestro lado.

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«Llegaba la Navidad, empezaba el invierno»
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«Fieles aliados de guirlache y mazapán»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012