La gran misa en si menor de J. S. Bach

Johann Sebastian Bach retratado por Elias Gottlob Haussmann en 1746 (Altes Rathaus, Leipzig)
· Intermezzo ·
Fran Vega
La gran misa en si menor de Bach
Johann Sebastian Bach retratado por Elias G. Haussmann en 1746
(Altes Rathaus, Leipzig)

Cuando el Viernes Santo de 1724 Johann Sebastian Bach (1685-1750) estrenó en Leipzig la Johannes-Passion, ya en su mente, siempre llena de prodigios, se encontraba la Misa en si menor BWV 232, que él mismo titularía Gran Misa Católica. Es muy probable que en ese mismo año finalizara el Sanctus, si bien no dejó de trabajar en esta obra durante los veinticinco años siguientes. No obstante, es importante aclarar desde el principio que buena parte de las piezas que la componen está tomada de otras partituras del mismo autor, práctica habitual en el barroco y no muy ocasional en un músico cuyo obligado ritmo de creación le llevó a cerrar un catálogo que supera el millar de composiciones. Es lo que en el siglo XVIII se conocía como «parodia», que en su sentido exacto significa «texto compuesto para ser cantado con una música conocida», término que no resulta ajeno a contemporáneos de Bach como Haendel y Vivaldi, entre muchos otros.
No son pocos los musicólogos que han debatido acerca de si la gran misa de Bach es católica o luterana y tampoco lo son quienes han concluido que es católica en su forma y luterana en su espíritu. Sin embargo, en el legado de uno de los hijos de Bach, Carl Philippe Emanuel (1714-1788), aparece reseñada como Gran Misa Católica. Y el propio autor dirigió la dedicatoria inicial al muy católico príncipe elector de Dresde. Sea como fuere, la Misa en si menor, compuesta durante más de dos décadas y al mismo tiempo que las escritas en fa mayor (BWV 233), la mayor (BWV 234), sol menor (BWV 235) y sol mayor (BWV 236), es la gran misa de Johann Sebastian Bach, que construyó mientras componía —tras La Pasión según San Mateo BWV 244 y La Pasión según San Juan BWV 245— decenas de cantatas, suites solistas y orquestales, oratorios y numerosas piezas instrumentales que continúan modelando la música contemporánea.
Compuesta para soprano, contralto, tenor, bajo, coro y orquesta de dos violines, viola, dos flautas, dos oboes (oboe d’amore), dos fagotes, trompa (corno di caccia), dos trombones, timbales y continuo, la partitura completa no fue publicada hasta 1845 con el título Hole Messe in H moll.

Kyrie y Gloria
Comienza con el coro del Kyrie eleison [Señor ten piedad], un adagio de cuatro compases en si menor que da paso al Christe eleison [Cristo ten piedad], un dúo para soprano y contralto en re mayor que culmina con el coro del Kyrie, esta vez en fa sostenido menor, en el que la orquesta dobla las partes vocales.
Como es habitual en el compositor, con el vivace del Gloria in excelsis Deo rompe la atmósfera anterior mediante el uso del coro y toda la instrumentación orquestal en re mayor, que prepara al oyente para la primera intervención solista de la misa: el aria para contralto Laudamus te [Te alabamos] en el que mantiene la tonalidad mayor, en esta ocasión en la, así como en el coro del Gratias agimus tibi [Te damos gracias], esta vez en re. Es en este pietoso cuando aparece la primera parodia de la obra, pues la partitura procede de la cantata Wir danken dir, Gott, wir danken dir BWV 29 [Te damos gracias, Señor, te damos gracias], compuesta en Leipzig en 1731.
Es probable que la siguiente pieza, el dúo en sol mayor para soprano y tenor Domine Deus, tenga su origen en la cantata Ihr Häuser des Himmels, ihr scheinenden Lichter BWV 193a, una de las muchas partituras perdidas de Bach. Lo que sí sabemos es que el coro en si menor Qui tollis peccata mundi [Tú que quitas el pecado del mundo] procede de la cantata Schauet doch und sehet, ob irgend ein Schmerz sei BWV 46 [Mirad y ved si hay dolor como el mío], escrita probablemente en 1723.
Es importante observar que las dos parodias referenciadas hasta ahora, basadas en BWV 29 y BWV 46, pertenecen a épocas diferentes y, más aún, que el autor no siempre conservaba las partituras de sus obras, pues los conceptos de catálogo y autor no existían para un maestro cantor de la primera mitad del siglo XVIII.
La tonalidad en si menor se mantiene en la intervención solista para contralto del Qui sedes ad dextram Patris [Que estás sentado a la derecha del Padre], referenciada como allegro grandioso, y varía hacia el re mayor en la conocida aria para bajo Quoniam tu solus sanctus [Porque solo tú eres santo], indicada como andante pomposo y en donde la voz solista se encuentra acompañada de vientos y continuo.
Bach finaliza la primera parte de la misa (Kyrie y Gloria) con un coro en la misma tonalidad, re mayor, pues el vivace del Cum Sancto Spiritu [Con el Espíritu Santo] ha de dejar en el oyente la alegre sensación de espera y continuidad.

Credo
La parte central de la misa, y una de las últimas que compuso, es el Credo, dividido en nueve partes de las que siete son coros. Y, como es lógico, al escribirla en los dos últimos años de su vida el autor tenía ya un repertorio más amplio en el que poder basarse para su composición. Así, al Credo in unum Deum [Creo en un solo Dios] sigue el allegro en re mayor del Patrem omnipotentem, cuya parodia hay que encontrarla en la cantata Gott, wie dien Name, so ist auch dein Ruhm BWV 171 [Dios, como tu nombre, así es tu gloria], fechada en 1729.
El dúo de soprano y contralto del Christe eleison regresa ahora para el andante en sol mayor, instrumentado con oboes, del Et in unum Dominum [Un solo Señor], que nos traslada también a la cantata de 1733 Laßt uns sorgen, laßt uns wachen BWV 213 [Nosotros nos ocuparemos, nosotros velaremos]. Pero no piense el lector de estas líneas que con este «rastreo de parodias» —por lo demás, sobradamente conocidas y documentadas— se persigue otra cosa que comprender el proceso creativo de Bach y proponer alguna pista que conduzca a su mejor entendimiento. Ya dijimos al principio que no hay que extrañarse de esta forma de componer y, añadimos ahora, seríamos afortunados si todos los autoplagios conocidos y por conocer tuvieran la misma trascendencia.
Continúa el Credo con el coro en si menor del Et incarnatus est, referenciado como largo, que desemboca en el poco adagio del Crucifixus, un coro en mi menor basado en el de la conocida cantata Weinen, Klagen, Sorgen, Zagen BWV 12 [Lágrimas, lamentos, tormentos, dudas], de 1714, que el propio autor había utilizado también en el de Jesu, der du meine Seele BWV 78 [Jesús, Tú que redimiste mi alma], fechada diez años después, y sobre el que Franz Liszt escribiría en el siglo siguiente sus Variationen über das Motiv von Bach S 180.
Como es de esperar, la tonalidad menor se abre a mayor cuando llega el momento del Et resurrexit: no olvidemos que estamos ante una pieza litúrgica que ha de crear en el oyente del barroco la solemnidad y la alegría necesarias a medida que se suceden los acontecimientos. Y la segunda pieza solista del Credo surge a continuación con Et in Spiritum Sanctum, un allegretto grazioso en el que el bajo en la mayor se encuentra acompañado por los oboes.
El autor nos conduce ya hacia el final del Credo mediante los coros en tonalidad mayor del Confiteor [Confieso], un allegro molto de herencia gregoriana, y del Et expecto [Y espero], un vivace cuyo origen se encuentra en el coro de la cantata Gott, man lobet dich in der Stille BWV 120, compuesta en 1728-1729. Finaliza así el Symbolum Nicenum o Credo de Nicea-Constantinopla, surgido de los dos primeros concilios ecuménicos (siglo IV) y elemento común de Oriente y Occidente, que Bach concluyó en 1749, tan solo un año antes de morir.

Partitura de la Misa en si menor BWV 232 (Buchmuseum, Dresden)
Partitura de la Misa en si menor BWV 232 (Buchmuseum, Dresden)

Sanctus y Benedictus
Veinticinco años antes el maestro de Leipzig se encargó de escribir el Sanctus de su gran misa, un coro en re mayor que comienza en poco sostenuto y finaliza en allegro maestoso. Se trata del canto de alabanza de la liturgia que el compositor presenta a seis voces —doblando soprano y contralto— para pasar a ocho en el Osanna in excelsis, un coro interrumpido por la voz del tenor en si menor del Benedictus, acompañado tan solo por el violín antes de que el Osanna, seguramente basado en la cantata profana Preise dein Glücke, gesegnetes Sachsen BWV 215 [Alaba tu fortuna, bienaventurada Sajonia], de 1734, regrese de nuevo.
Hay que recordar, respecto a esta última parodia, que la clasificación de cantatas sacras y cantatas profanas es posterior a la época del compositor, pues para él cualquiera de sus partituras estaba destinada a glorificar a Dios sin que para ello importara el destino de la obra.
Bach cierra de este modo la tercera parte de la ordo missae, es decir, de los cantos ordinarios de la misa, que eran los que estaban permitidos con independencia de la fiesta que se conmemorara, y que se diferenciaban de los proprium missae o cantos propios en que estos estaban en función del calendario litúrgico.

Agnus Dei
Sin embargo, una gran misa católica debía finalizar con un dramático Agnus Dei, que compuso en sol menor para contralto a partir del aria en la menor de la cantata Lobet Gott in seinen Reichen BWB 11 [Alabad a Dios en su reino], escrita en 1735 y llamada también Oratorio de la Ascensión. Fue una de las últimas piezas que creó para esta obra y, con toda seguridad, uno de los Agnus Dei más conmovedores de la historia de la música, comparable quizá —con todas las diferencias establecidas entre el barroco y el clasicismo— al que Mozart compuso en 1779 para la Krönungsmesse KV 317, la misa para la coronación del emperador Leopoldo II, en el que se basó para el aria Dove sono i bei momenti de la ópera Le nozze di Figaro KV 492, terminada en 1786.
La tonalidad menor de este largo, solemne y recogido, deja el camino abierto para el cambio a re mayor del Dona nobis pacem, una pieza para coro reseñada como moderato-pietoso que retoma el Gratias agimus tibi y con la que Bach, en sus últimos meses de vida, finaliza su gran misa e implora junto a sus oyentes: Dadnos la paz.

No sería esta la única gran composición que el maestro de Leipzig jamás llegó a escuchar en su totalidad, como puede deducirse de su prolongado periodo de creación, pero sí es una de las que forman su portentoso legado y una de las más importantes de un género que no frecuentaron sus coetáneos Haendel, Telemann o Vivaldi. Habrá que esperar a que compositores como Haydn y Mozart, en su mismo siglo, o como Beethoven y Schubert, en el siguiente, retomen la herencia de Bach para escribir algunas de las mejores piezas litúrgicas que forman parte de la historia de la música.
A diferencia de Bach, el oyente del siglo XXI tiene diversas opciones discográficas para poder disfrutar de la Misa en si menor BWV 232, como las grabadas por Nikolaus Harnoncourt y el Concentus Musicus Wien (Das Alte Werk), por Gustav Leonhardt y La Petite Bande (Harmonia Mundi) o por Karl Richter y la Münchener Bach-Orchester (Deutsche Grammophon), entre otras muchas. Nosotros les dejamos con la dirigida por Jordi Savall al frente de Le Concert des Nations y la Capella Reial de Catalunya. Disfrútenla.

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© Fran Vega, 2017

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«El 2 de mayo de 1808 en Madrid», de Francisco de Goya

«El 2 de mayo de 1808 en Madrid», de Francisco de Goya
· Intramuros ·
Francisco de Goya
«El 2 de mayo de 1808 en Madrid», 1814
Óleo sobre lienzo (268 × 347 cm)
Museo del Prado, Madrid

Pintor de la corte y cronista de guerra antes de que esta figura existiera, Francisco de Goya (1746-1828) representa en este lienzo realista y violento la reacción del pueblo ante la invasión francesa y refleja el rechazo del artista a la opresión y a la guerra.
El 24 de febrero de 1814 Goya escribió al regente, el cardenal Luis de Borbón, para proponerle la realización de obras que conmemoraran hechos de la guerra de la Independencia y así «perpetuar por medio del pincel las más notables y heroicas escenas de nuestra gloriosa insurrección contra el tirano de Europa». El 9 de marzo se le respondió que «teniendo en consideración la gran importancia de tan loable empresa y la notoria capacidad de dicho profesor para desempeñarla, se le satisface el importe de lienzos, aparejos y colores», lo que se tradujo en 1500 reales que el artista recibió.
Así, Goya realizó dos obras, esta que nos ocupa, cuyo título completo es El 2 de mayo de 1808 en Madrid: la lucha con los mamelucos, y El 3 de mayo de 1808 en Madrid: los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío. Ambas pudieron formar parte de la decoración de un arco de triunfo para adornar las calles de Madrid durante la llegada del rey Fernando VII o para la conmemoración del 2 de mayo.
El cuadro representa el levantamiento del pueblo de Madrid el 2 de mayo de 1808, que atacó con navajas y cuchillos a los mamelucos, soldados turcos al servicio del ejército francés de Napoleón Bonaparte. El pintor no presenció la escena, pero la pintó según los relatos que pudo escuchar sobre el acontecimiento.
Además de un gran realismo, manifestado a través de los cuerpos que yacen sobre ríos de sangre, Goya consigue conferir a la escena un particular dinamismo reflejado a partir del movimiento nervioso de los caballos y de los personajes que luchan contra los invasores. Al mismo tiempo, el dramatismo de los cuerpos yacentes y ensangrentados guarda relación con algunas obras de Nicolas Poussin, Théodore Géricault o Eugène Delacroix.
La ejecución es de una gran violencia, con pinceladas rápidas y grandes manchas, como si el artista se hubiese contagiado del impulso de la acción. Esa pincelada suelta y vigorosa, así como la riqueza cromática, genera libertades como pintar de verde la cabeza de un caballo para representar la sombra, anteceden claramente a los principios en los que se basaría la pintura del siglo xx.
Gracias a las construcciones de Madrid, claramente identificables, Goya permite que se pueda reconocer la ciudad donde ocurre la acción. Pero aunque con ello deja constancia del lugar, enmarca la escena en un paisaje borroso, que además de ser una técnica para representar la oscuridad y la lejanía, se debe a la voluntad del pintor de evitar la distracción del espectador del acontecimiento principal que se halla en primer plano.
Antes de la restauración llevada a cabo en 2008, en el lateral izquierdo podían observarse las huellas del accidente que sufrió el lienzo en 1937. Durante la guerra civil, y para evitar que las tropas de Franco tomaran el tesoro pictórico del Museo del Prado, el gobierno de la República ordenó el traslado de los dos cuadros a la sede de Sociedad de Naciones en Ginebra. La furgoneta que los trasladaba de Valencia a Barcelona sufrió un accidente y los lienzos sufrieron un desgarro en el lado izquierdo al partirse la caja que los protegía. Nunca hubiera imaginado el autor que sus lienzos serían dañados durante una guerra aún peor que la que él pintó.

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Septeto para cuerda y viento en mi bemol mayor op. 20, de Beethoven

Septeto para cuerda y viento en mi bemol mayor op. 20, de Beethoven · Fotografía: Alexander Yakovlev
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Ludwig van Beethoven
Septeto para cuerda y viento en mi bemol mayor op. 20, 1799
Janine Jansen (violín), Dana Zemtsov (viola), Jens Peter Maintz (violonchelo),
Stacey Watton (contrabajo), Martin Fröst (clarinete),
Jasper de Waal (trompa) & Fredrik Ekdahl (fagot)

Fotografía: Alexander Yakovlev
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Concierto para clarinete en la mayor KV 622, de W. A. Mozart

Concierto para clarinete en la mayor KV 622, de W. A. Mozart · Fotografía: Alexander Yakovlev
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Wolfgang Amadeus Mozart
Concierto para clarinete en la mayor KV 622, 1791
Sharon Kam (clarinete) & Czech Philharmonic Orchestra
Manfred Honeck
Fotografía: Alexander Yakovlev
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«Fidelio op. 72: Mir ist so wunderbar», de Beethoven

«Fidelio op. 72: Mir ist so wunderbar», de Beethoven · Fotografía: David Benoliel
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Ludwig van Beethoven
«Fidelio op. 72: Mir ist so wunderbar», 1814
Lucia Popp (soprano), Gundula Janowitz (soprano),
Manfred Jungwirth (bajo), Adolf Dallapozza (tenor)
Chor und Orchester der Wiener Staatsoper
Leonard Bernstein
Fotografía: David Benoliel
(Marzelline)
Mir ist so wunderbar / Qué sentimiento extraño
 es engt Herz mir ein; / me oprime el corazón;
 er liebt mich, est ist klar, / me ama, eso está claro,
 ich werde glücklich sein. / y seré feliz.

(Leonore)
Wie gross ist die Gefahr, / Es tan grande el peligro
wie schwach der Hoffnung Schein. / y tan grande la esperanza.
Sie liebt mich, es ist klar, / Me ama, eso está claro,
oh, namen, namenlose Pein! / ¡oh, indecible tormento!

(Rocco)
Sie liebt ihn, es ist klar, / Lo ama, eso está claro,
ja, Mädchen, er wird dein. / sí, niña, él será tuyo.
Ein gutes, junges Paar, / Una buena y joven pareja,
sie werden glücklich, glücklich sein! / ¡qué felices serán!

(Jaquino)
Mir sträubt such schon das Haar, / Se me erizan los cabellos,
der Vater willigt ein; / el padre acepta;
mir wird so wunderbar, / qué extraño sentimiento,
mir fallt kein Mittel ein. / no sé cómo remediarlo.

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El último ciclo sinfónico de Mozart

El último ciclo sinfónico de Mozart · Fotografía: estatua de Wolfgang Amadeus Mozart en Viena
· Intermezzo ·
Fran Vega
El último ciclo sinfónico de Mozart
Estatua de Mozart en Viena

Hace unos días traíamos a estas páginas la sinfonía Praga de Mozart, compuesta en 1786 tras el exitoso estreno en esta ciudad de su ópera Le nozze di Figaro. Dos años después, durante el verano de 1788, el compositor llevó a cabo el que sería su último ciclo sinfónico, un epílogo portentoso tras su magnífica Sinfonía n.º 38 en re mayor KV 504 y un trabajo colosal que solo una mente creativa como la suya podía realizar.
Tenía entonces 32 años y quien ya era uno de los mayores genios de la historia de la música se encontraba solo, incomprendido y arruinado, pero eso no impidió que en ese mismo año terminara también el Concierto para piano en re mayor n.º 26 KV 537 y los tríos para piano KV 542, KV 548 y KV 564, así como que en mayo estrenara en Viena la ópera Don Giovanni con algunas modificaciones y añadidos respecto a la versión representada en Praga unos meses antes.
Este ciclo al que nos referíamos está formado por sus tres últimas sinfonías, registradas en su catálogo como KV 543 (n.º 39), KV 550 (n.º 40) y KV 551 (n.º 41) y seguramente escritas para los proyectados conciertos de Londres que iba a protagonizar junto a Joseph Haydn y que nunca llegaron a celebrarse.

Con la Sinfonía n.º 39 en mi bemol mayor KV 543, instrumentada para cuerda, flauta, clarinetes, fagotes, trompas y trompetas, el compositor regresó a la estructura de cuatro movimientos característica del clasicismo —recordemos que la n.º 38 tan solo tiene tres— que se inician con un breve adagio que preludia el allegro galante, en el que diferentes temas transitan hasta desembocar en el andante del segundo movimiento. En este punto aparece la forma sonata con su configuración clásica —introducción, exposición, desarrollo, reexposición y coda final—, que comienza con las cuerdas y que lentamente se extiende a toda la orquesta, una fórmula que influiría en la Sinfonía n.º 5 en si bemol mayor de Schubert.
Del mismo modo, el solo de clarinete que introduce en el menuetto —instrumento al que el autor otorgó una gran importancia en sus últimos años, tanto en las óperas como en la forma orquestal— recupera una danza austriaca denominada landler que serviría también de inspiración a Beethoven y Mahler, entre otros compositores posteriores. Mientras, Amadeus cerró esta sinfonía en mi bemol mayor con un allegro en el que se repiten los temas del desarrollo como un canto del cisne (Schwanengesang), que es el nombre con el que a veces es mencionada.

Mucho más conocida que la obra que acabamos de comentar es la Sinfonía n.º 40 en sol menor KV 550, aunque su popularidad se deba en buena a parte a las deplorables versiones comerciales que se han hecho de ella. Con sus cuatro movimientos clásicos, está orquestada para cuerdas, flauta, dos oboes, dos clarinetes, dos fagotes y dos trompas y fue una de las pocas ocasiones en que el autor corrigió posteriormente la partitura, al reescribir la parte de los oboes e introducir la de los clarinetes.
Comienza con un molto allegro en forma sonata, con un extenso desarrollo del tema inicial y una serie de sutilezas y matices orquestales que se producen en el intercambio de cuerdas y maderas. Le sigue el movimiento lento, un andante compuesto en mi bemol mayor, es decir, el único de los cuatro que no está escrito en tonalidad menor. Su estructura responde también a la forma sonata y asciende desde un sonido agudo a uno grave con la ayuda de las trompas, que desempeñan en esta parte un papel protagonista para otorgar a toda la obra un tono trágico y emocional que contrasta con la tonalidad empleada.
Para el tercer movimiento, un menuetto en forma ternaria —con las partes primera y tercera similares, mientras que la segunda es contrastante—, Mozart se ciñó a los cánones de su tiempo y evitó la introducción de alteraciones y disonancias que sorprendieran al oyente, una especie de tregua que el músico se concede a sí mismo y al auditorio antes de la parte final de la obra. En él se dan cita los juegos rítmicos a los que el público vienés estaba acostumbrado y que el propio Amadeus había aprendido de los minuetos de Haydn. Como ya comentamos en su momento, la influencia de Haydn en las composiciones sinfónicas de Mozart no finalizó con la KV 504, como algunas veces se ha escrito, sino que se mantuvo hasta la última sinfonía. No hay que olvidar que ambos se profesaban una mutua admiración y que la reciprocidad era tanto anímica como musical.
Y tras el menuetto, el autor cierra esta gran sinfonía en sol menor —nombre que suele recibir para diferenciarla de la pequeña sinfonía en la misma tonalidad, la n.º 25— con un allegro assai que irrumpe también con la forma sonata y un arpegio ascendente de violines. Los temas se suceden y se relevan hasta el tutti orquestal que dará paso a la reexposición del primer tema con una gran carga emocional, la misma que llevó al ensayista Charles Rosen a escribir que toda la sinfonía es «una obra de pasión, violencia y dolor». Como si alguna obra de Mozart no lo fuera y no permitiera asomarnos a los más profundos abismos del alma, se podría añadir.

Para cuando llegó el 25 de julio de 1788 la sinfonía en sol menor estaba terminada y el compositor se puso a trabajar de inmediato en su última partitura de este género, la Sinfonía n.º 41 en do mayor KV 551, renombrada Júpiter debido a su carácter solemne y triunfal, quizá menos trágica y oscura que la anterior. En dos semanas compuso la que para muchos críticos y musicólogos es la sinfonía perfecta, estructurada también en cuatro movimientos y orquestada para cuerda, flauta, dos oboes, dos fagotes, dos trompas, dos trompetas y timbales. Es decir, que Mozart recupera las trompetas y los timbales de los que había prescindido en la sinfonía anterior.
La tonalidad mayor con la que fue escrita se corresponde con el esplendor de su primer movimiento, un allegro vivace que inevitablemente nos lleva al primer movimiento de la sinfonía n.º 38, también en tonalidad mayor. Es el momento en el que la rotundidad de los metales se ve contrastada y acompañada por el lirismo de las cuerdas en un constante recorrido de íntima grandiosidad que enlaza perfectamente con el andante cantabile del segundo movimiento. Las trompetas y los timbales se mantienen aquí en silencio para que las cuerdas expongan distintos tonos cromáticos que aparecen suavemente al principio y se desarrollan después.
En el menuetto del tercer tiempo Mozart recupera la forma cortesana del mismo movimiento de la sinfonía n.º 39, aunque la introducción de pasajes de contrapunto modifica la que hubiera sido una sencilla danza tradicional. Y ya en el molto allegro que constituye el cuarto movimiento, el compositor combina todos los recursos y expone de distintas formas cinco temas diferentes que al final aparecen intrincados en una coda espectacular que reúne las últimas notas sinfónicas que Amadeus escribió. Un cierre glorioso que deja en el oyente la eterna duda de qué hubiera podido construir de haber vivido unos años más.

Así, y como ha quedado expuesto, el último ciclo sinfónico de Mozart se compone de estas tres sinfonías, escritas durante dos meses del verano vienés de 1788. Sin embargo, el motivo de que la sinfonía Praga no quede incluida es más cronológico que musical, pues si bien fue compuesta dos años antes, tiene todas las características y toda la carga dramática y emocional que hacen de él un conjunto fundamental en la historia de la música.
Por ello, proponemos un ciclo sinfónico ampliado al que se incorpora también la Sinfonía n.º 38 en re mayor KV 504, que podemos escuchar de nuevo en la grabación de Sándor Végh y la Wiener Philharmoniker, para comprender mejor las razones de esta ampliación.

Una vez revisada la sinfonía Praga, ya podemos sumergirnos en las tres últimas, de la mano del Concentus Musicus Wien y Nikolaus Harnoncourt. Quién mejor que él para llevarnos hasta las profundas galerías que surcaban el alma de Amadeus, más aún cuando fue también el último ciclo sinfónico que dirigió, en 2014, dos años antes de fallecer.

Todo Mozart está en estas cuatro composiciones: el sinfónico, el camerístico y el operístico, el trágico y el bufo, pues en la cabeza del músico no solamente resonaban las últimas arias de Don Giovanni que acababa de escribir para su estreno en Viena y el último concierto para piano que había finalizado, sino que pronto comenzaría algunas de las grandes páginas que ocuparían los tres años que le quedaban de vida. Y aunque solamente escuchen el primer movimiento de la sinfonía Praga y el último de la sinfonía Júpiter, entenderán enseguida que son motivos suficientes para amar a Mozart durante toda la eternidad. Porque no solamente sigue siendo el mejor, sino que con su música logra que nuestra vida también lo sea.

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© Fran Vega, 2016
Las Nueve Musas, 19 de septiembre de 2016
http://lasnuevemusas.com/not/9662/el-ultimo-ciclo-sinfonico-de-mozart/

«Fidelio op. 72: Coro de los prisioneros», de Beethoven

«Fidelio op 72: Chor der Gefangenen», de Beethoven · Fotografía: Gbenro Sholanke
· Intermezzo ·
Ludwig van Beethoven
«Fidelio op. 72: Chor der Gefangenen», 1814
Philharmonia Orchestra & The Philharmonia Chorus
Otto Klemperer
Fotografía: Gbenro Sholanke
O Welche Lust, in Freier Luft / ¡Oh, qué alegría, al aire libre
Den Atem leicht zu heben! / es más fácil respirar!
Nur hier, nur hier ist Leben! / ¡Solo aquí hay vida!
Der Kerker eine Gruft. / La mazmorra es una tumba.

Wir wollen mit Vertrauen / Queremos poder confiar
Auf Gottes Hilfe bauen! / en que Dios nos ayudará.
Die Hoffnung flüstert sanft mir zu: / La esperanza susurra y nos alienta:
Wir werden frei, wir finden Ruh! / ¡somos libres, encontramos la paz!

O Himmel! Rettung! Welch ein Glück! / ¡Oh, cielo, nos rescataste, qué fortuna!
O Freiheit! Kehrst du zurück? / ¡Oh, libertad! ¿Desaparecerás de nuevo?

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Cifras, opus y letras en la música clásica

ITZ 068 · La sinfonía Praga KV 504 de Mozart · Nikolaus Harnoncourt
· Intermezzo ·
Fran Vega
Cifras, opus y letras en la música clásica

No son pocos los lectores y aficionados a la música que se preguntan a menudo qué significan las letras y los números que aparecen en las denominaciones de las obras y que en la mayoría de las ocasiones resultan indescifrables o de difícil entendimiento. En realidad, es algo tan sencillo como el documento de identidad de la obra, su nombre científico, único e intransferible, que sirve para distinguirla en cualquier idioma en que se escriba, del mismo modo que se diferencian las flores y los pájaros.
Para explicar la forma de identificarlas hay que saber primero que hasta principios del siglo XIX, es decir, hasta anteayer, los compositores no mantenían algo parecido a un registro o un listado de sus propias obras, pues la mayoría ejercían su cometido como meros siervos de la nobleza o de la Iglesia y la noción de posteridad les era completamente ajena. Por supuesto, el concepto de «derechos de autor» ni siquiera existía. Recordemos, por ejemplo, que los pintores medievales y renacentistas no firmaban sus cuadros y que incluso la «categoría laboral» de Diego Velázquez al servicio de los Austria no era superior a la de un mayordomo. Y en pleno siglo XVIII un autor como Bach sobrevivía en Leipzig con la mísera asignación de maestro de capilla, Haydn trabajaba con ahínco al servicio de los Estérhazy y Mozart era humillado por el arzobispo de Salzburgo.
Tampoco hay que olvidar que hasta tiempos muy recientes era improbable que alguien escuchara más de una vez en su vida la misma obra, no existían los medios de grabación y las obras musicales se consumían a la misma velocidad que se componían, por lo que los plagios eran frecuentes y raramente descubiertos. La posibilidad de que un veneciano que hubiera asistido a un concierto de Vivaldi escuchara en Londres algo similar compuesto por Haendel era francamente remota, de modo que de poco servía la firma o el reconocimiento de una autoría que casi siempre resultaba efímera. Durante el barroco y gran parte del clasicismo, un músico componía una misa o un oratorio para una festividad, se ejecutaba en la fecha señalada y, en el mejor de los casos, se conservaba la partitura antes de que el autor se pusiera al trabajo de nuevo y olvidara el anterior. De ahí esa profusión compositiva en las biografías de Vivaldi, Bach o Haydn, por ejemplo.
Todo eso cambió con la llegada del romanticismo y una nueva consideración del compositor independiente —y, en general, de los artistas—, camino que fue iniciado por Mozart, a finales del siglo XVIII, y definitivamente desbrozado por Beethoven, a principios del XIX, cuando los músicos comenzaron a numerar y registrar sus partituras, alentados también por las empresas editoriales que obtenían buenos beneficios con su impresión, distribución y venta. Pero ¿qué ocurrió con las obras de todos los músicos anteriores que no habían anotado ni datado sus composiciones? Pues algo muy sencillo: que alguien hizo el trabajo que ellos no habían hecho mediante un laborioso trabajo de investigación y filología musical.
Así, Ludwig von Köchel dedicó buena parte de su vida a ordenar la obra de Mozart y construyó el catálogo que se mantiene vigente, el Köchel Verzeichnis, razón por la que el número de cada obra del maestro del Salzburgo va precedido de una K o de KV, siendo correctas las dos modalidades: por ejemplo, Sinfonía n.º 38 en re mayor KV 504, es decir, que esta obra ocupa el número 38 entre las sinfonías y el 504 en el total de su catálogo. A veces existen correcciones posteriores o adiciones que se han resuelto convenientemente mediante una doble numeración dividida por una barra, pero el catálogo de Mozart tiene además una feliz particularidad, pues Köchel tuvo el detalle de ordenarlo cronológicamente, de modo que resulta muy fácil ubicar una obra en la vida del autor. Como veremos, no en todos los casos es así.
Por su parte, el musicólogo alemán Wolfgang Schmieder fue un señor que se dedicó a clasificar la ingente producción de Johann Sebastian Bach en el Bach Werke Verzeichnis, motivo por que el número de cada obra va precedido de las siglas BWV. Sin embargo, Schmieder utilizó un sistema de catalogación más avanzado que Köchel y agrupó las obras de Bach en función de su género. De este modo, las cantatas están ubicadas entre BWV 1 y BWV 224, los motetes entre BWV 225 y BWV 231, las misas entre BWV 232 y BWV 242 y así hasta las últimas obras camerísticas, situadas entre BWV 1000 y BWV 1080.
Algo similar fue lo que hizo el holandés Anthony van Hoboken con la obra de Joseph Haydn, aunque en este caso adjudicó números romanos a los diferentes géneros compositivos precedidos de la abreviatura de su apellido: Hob. Por ejemplo, el grupo XV es el de los tríos para piano (Trío para piano, violín y violonchelo Hob. XV.35) y el XXII el de las misas (Misa en do mayor Hob. XXII.9). Hay que recordar que tanto el catálogo BWV de Bach como el Hoboken de Haydn no siguen un orden cronológico, sino analítico o temático.
En el caso de Antonio Vivaldi, fue el danés Peter Ryom quien llevó a cabo la catalogación más completa de su obra en el Ryom Verzeichnis. Y ahora ya podemos inferir que en las obras del veneciano siempre aparecen las letras RV antes de la numeración asignada: así, el popular concierto conocido como La Primavera es el Concierto para violín en mi mayor RV 269. Y el mismo sistema temático fue el que usó Bernd Baselt para ordenar la obra de Georg Friedrich Haendel en el Haendel Werke Verzeichnis, cuyas iniciales son las que aparecen en los títulos de sus composiciones, de modo que el oratorio El Mesías aparecerá siempre mencionado como HWV 56.
El breve repaso a la catalogación de las obras de Mozart, Bach, Vivaldi y Haendel sirve para deducir que siempre que encontremos una letra o un grupo de letras en el título de una obra significa que existe un catálogo ordenado del autor, cuya denominación puede incluir la inicial del apellido del catalogador.

Partitura de la sonata para piano n.º 4 en mi bemol mayor, de Mozart, con su número de catálogo: KV 282
Partitura de la sonata para piano n.º 4 en mi bemol mayor, de Mozart, con su número de catálogo: KV 282

Ya dijimos antes que a partir de principios del siglo XIX los compositores empezaron a llevar su propio registro de composiciones, a las que comenzaron a otorgar un número de opus, obra, razón por la que este término o su abreviatura (op.) es el que predomina en la mayoría de las obras escritas desde entonces. Por ejemplo, el concierto Emperador de Beethoven aparece registrado como Concierto para piano y orquesta en mi bemol mayor op. 73. En buena lógica, los autores catalogaban sus propias obras a medida que las componían, por lo que en muchos casos se mantiene el orden cronológico, aunque no son raros los errores e incluso los olvidos.
También hay que tener en cuenta que un mismo número de opus puede agrupar varias composiciones, como si se tratara de una suite. En ese caso, después de este aparecerá inmediatamente otro número que identifica cada una de ellas: por ejemplo, Cuarteto de cuerda en la menor op. 51 n.º 2, de Brahms.
De todo lo visto hasta aquí, conviene recalcar que no existe un sistema único de catalogación válido para todos los autores, por lo que los criterios pueden variar de uno a otro, así como la forma habitual de mencionar sus obras. Y entre estos criterios, en ocasiones se impone el más sencillo de comprender: el uso o la costumbre, argumentos que sirven para que ante determinado tipo de composiciones no aparezca nunca el número de catálogo o de opus, como es el caso de las óperas de Rossini y Verdi, por ejemplo.
Naturalmente, es imposible conocer todos los grupos temáticos y sus numeraciones, por lo que a veces es más práctico recordar el nombre o el sobrenombre por el que cada composición es conocida. Todo el mundo nos entenderá si mencionamos la Pastoral de Beethoven, pero serán menos los que sabrán a qué nos referimos si hablamos de la Sinfonía en fa mayor op. 68. No olvidemos que en tiempos medievales la gente ponía sobrenombres a sus soberanos para no tener que recordar sus ordinales. Y así han llegado hasta nosotros Juan Sin Tierra o Felipe el Hermoso. Inconfundibles.
Si bien son necesarios estos documentos de identidad a los que aludíamos al principio para impedir confusiones y facilitar su conocimiento y ubicación, conocerlos no nos hará mejores oyentes, sino solo tener un poco más de información de aquello que nos gusta y despejar la incógnita de las letras y los números en los nombres de las obras, si es que con estas breves explicaciones hemos conseguido este propósito.
De ser así, seguro que tendremos ocasión de contarlo cuando en la cena de Nochebuena alguien quiera escuchar el Weihnachtsoratorium Bach Werke Verzeichnis 248, que no es sino el oratorio de Navidad del maestro de Leipzig.
Disfruten de la música: sus sentidos son el mejor catálogo posible.

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© Fran Vega, 2016
Las Nueve Musas, 11 de septiembre de 2016
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Las tres últimas sinfonías de W. A. Mozart

Las tres últimas sinfonías de W. A. Mozart · Fotografía: Alex Currie
· Intermezzo ·
Wolfgang Amadeus Mozart
Sinfonía n.º 39 en mi bemol mayor KV 543 Schwanengesang, 1788
Sinfonía n.º 40 en sol menor KV 550, 1788
Sinfonía n.º 41 en do mayor KV 551 Júpiter, 1788
Orchestra of The Eighteenth Century
Frans Brüggen

Fotografía: Alex Currie
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La sinfonía «Praga KV 504» de Mozart

La sinfonía Praga KV 504 de Mozart · Fotografía: Nikolaus Harnoncourt durante un ensayo con el Concentus Musicus Wien
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Fran Vega
La sinfonía «Praga KV 504» de Mozart
Nikolaus Harnoncourt en un ensayo con el Concentus Musicus Wien

Casi agotado el verano y llegado septiembre, procede retomar en este espacio dedicado a la música y la ópera. Y seguramente uno de los mejores comienzos de temporada pueda ser el que hoy ofrecemos a los lectores con la ilusión y la esperanza de que regresen de mejor forma a sus quehaceres habituales tras sus hipotéticas y tal vez reales vacaciones.
Y como quizá suponen quienes nos siguen, empezaremos con el maestro de Salzburgo, Mozart, y su Sinfonía n.º 38 en re mayor KV 504, conocida como Prager o Sinfonía Praga, tal vez una de las páginas sinfónicas más brillantes que el compositor escribió en los últimos años de su vida.
Tras el estreno en Viena de Le nozze di Figaro en mayo de 1786, la deslumbrante y magistral ópera que tanto trabajo le había costado terminar y en la que tanto genio e ingenio había vertido, el músico no se sintió muy satisfecho de la reacción del público, que pareció mostrarse contento con algunos números populares sin reparar en los que él más apreciaba. No era una novedad que los ciudadanos vieneses pasaran de puntillas por la música de Mozart —y no solo de Mozart—, pero en su caso suponía un perjuicio económico y artístico que no se podía permitir.
Sabía que había compuesto una obra maestra y no estaba dispuesto a que fuera ignorada y olvidada por el solo motivo de que en la capital imperial no supieran apreciarla. De modo que a finales de aquel mismo año consiguió estrenarla en Praga, donde el reconocimiento de público y crítica fue mucho mayor que en Viena, y a principios del siguiente dirigió en la misma ciudad la sinfonía que lleva su nombre, como homenaje y agradecimiento a quienes después le harían el impagable encargo de una nueva ópera: Don Giovanni.
Se ha escrito en ocasiones que con esta obra Mozart puso fin a las sinfonías compuestas por influencia de Joseph Haydn, pero es algo que merece una cierta aclaración o matización, porque si bien es cierto que el autor se encontraba ya en plena madurez compositiva, el ascendiente de Haydn se mantuvo hasta el final de su vida, tan solo cuatro años después, especialmente en lo que se refiere a la música sinfónica y de cámara. Los dos compositores se influyeron mutuamente, se respetaron y quién sabe si alguna vez hubieran trabajado juntos de no haber sido por la temprana muerte del salzburgués.
Una de las primeras sensaciones que el oyente percibe al escuchar la Sinfonía Praga es su ritmo ascendente del adagio-allegro del primer movimiento, pues el autor suplió la ausencia de minueto con un lento comienzo, como ya hiciera en la Sinfonía n.º 36 en do mayor KV 425 y haría inmediatamente después en la Sinfonía n.º 39 en mi bemol mayor KV 543. No faltan desde el inicio las semejanzas con Le nozze di Figaro, que acababa de estrenar, ni faltarán tampoco referencias al universo barroco que ya había quedado atrás y al clasicista que él mismo protagonizó. Se trata, por tanto, de un movimiento que representa a la perfección todo aquello que habitaba en la capacidad creativa de un autor que justo en aquellos momentos se encontraba en uno de los períodos más fructíferos de su trayectoria.
Tras el final exultante del primer movimiento llega el andante del segundo, muy lírico en la primera parte y más turbulento en la segunda, en el que las maderas conducen a un tono camerístico que en algunos momentos hace olvidar el sinfónico mediante una contrastada calma. Es una característica que reaparecerá años después, en el romanticismo alemán, pero que de momento Mozart puede permitirse el lujo de anunciar.
Y es la razón por la que el presto final sorprende al oyente y lo saca de su ensoñación camerística, cuando los vientos traigan una vez más el tono de su última ópera y los diálogos instrumentales cierren apenas media hora de genialidad mozartiana. Este último movimiento se mantenía guardado en uno de los cajones del compositor desde que lo bocetara para la Sinfonía n.º 31 en re mayor KV 297/300a, del que salió para perfilarlo y encajarlo definitivamente en una de las mejores sinfonías del siglo en el que su autor vivió.
Instrumentada para cuerdas, dos flautas, dos oboes, dos fagotes, dos trompas y timbales, puede decirse que esta sinfonía en re mayor está a la altura de las más celebradas del autor, y que junto a la n.º 40 en sol menor (KV 550) y la n.º 41 en do mayor (KV 551) es también una de las más grabadas y ejecutadas.
No es difícil encontrar en el mercado discográfico registros con los que disfrutar de esta obra. Entre ellos, el de Nikolaus Harnoncourt al frente de la Royal Concertgebouw Orchestra (Elatus), el de Neville Marriner y la Academy of Saint Martin in the Fields (Philips) y el de Trevor Pinnock y The English Concert (Deutsche Grammophon).
En el siguiente enlace pueden escuchar la Sinfonía n.º 38 en re mayor KV 504, interpretada por la Wiener Philharmoniker bajo la dirección de Sándor Végh.

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«Cossì fan tutte KV 588: Ah, guarda, sorella, de W. A. Mozart»
«Così fan tutte KV 588: Soave sia il vento, de W. A. Mozart»
«La clemenza di Tito KV 621: Parto, ma tu ben mio, de W. A. Mozart»
«Die Zauberflöte KV 620: Der Hölle Rache, de W. A. Mozart»

© Fran Vega, 2016
Las Nueve Musas, 5 de septiembre de 2016
http://lasnuevemusas.com/not/9585/la-sinfonia-praga/

«Die Zauberflöte KV 620: Der Hölle Rache», de W. A. Mozart

«Die Zauberflöte KV 620: Der Hölle Rache», de W. A. Mozart · Fotografía: Andrea Tomas Prato
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Wolfgang Amadeus Mozart
«Die Zauberflöte KV 620: Der Hölle Rache», 1791
Patrice Petibon (soprano) & Concerto Köln
Daniel Harding
Fotografía: Andrea Tomas Prato
Der Hölle Rache kocht in meinem Herzen, / ¡La venganza del infierno hierve en mi corazón,
 Tod und Verzweiflung flammet um mich her! / la muerte y la desesperación arden en mí!
Fühlt nicht durch dich Sarastro / Si Sarastro no siente a través de ti
Todesschmerzen, / el dolor de la muerte,
So bist du meine Tochter nimmermehr / entonces ya no serás mi hija.
Verstossen sei auf ewig, / Que te repudien siempre,
Verlassen sei auf ewig, / que te abandonen siempre,
Zertrümmert sei’n auf ewig / que te destruyan siempre
Alle Bande der Natur. / todos los vínculos de la naturaleza.
Wenn nicht durch dich! / ¡Si no es a través de ti
Sarastro wird erblassen! / Sarastro palidecerá!
 Hört, Rachegötter, / ¡Oíd, dioses de la venganza!
Hört der Mutter Schwur! / ¡Oíd el juramento de una madre!

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«Cossì fan tutte KV 588: Ah, guarda, sorella», de W. A. Mozart

«Cossì fan tutte KV 588: Ah, guarda, sorella», de W. A. Mozart · Fotografía: Marc Hoppe
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Wolfgang Amadeus Mozart
«Cossì fan tutte KV 588: Ah, guarda, sorella», 1790
Kiri Te Kanawa (soprano), Frederica von Stade (mezzosoprano)
& Metropolitan Opera Orchestra

Patrick Summers
Fotografía: Marc Hoppe
Ah, guarda, sorella, / Ah, mira, hermana,
se bocca più bella, / si boca más bella,
se aspetto più nobile / de aspecto más noble
si può ritrovar. / se puede encontrar.
Osserva tu un poco, / Observa tú un poco,
osserva il fuoco ne'sguardi / observa el fuego de su mirada,
se fiamma, se dardi / si llamas, si dardos,
non sembran scoccar. / parece lanzar.
Si vede un sembiante / Se ve en su rostro
guerriero ed amante / un guerrero y amante.
Si vede una faccia / Se ve en su rostro
che alletta e minaccia. / que agrada y amenaza.
Io sono felice! / ¡Me siento feliz!
Se questo mio core / Si este corazón mío
mai cangia desio, / cambia alguna vez de deseo,
amore mi faccia / que el amor me haga
vivendo penar. / vivir sufriendo.

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La sinfonía de los adioses Hob. I.45, de Joseph Haydn

La sinfonía de los adioses Hob. I.45, de Joseph Haydn · Fotografía: la directora Kristiina Poska
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Fran Vega
La sinfonía de los adioses Hob. I.45, de Joseph Haydn
La directora Kristiina Poska

La amplia producción musical de Joseph Haydn, nacido en 1732 en Rohrau, cerca de Viena, incluye más de cien sinfonías y decenas de composiciones de cámara, de modo que siempre resulta difícil elegir una pieza representativa de su repertorio. Sin embargo, quien sería considerado después padre de la sinfonía y del cuarteto de cuerda tiene en su catálogo una obra que retrata muy bien al autor, a la época en que la compuso y a los motivos que le llevaron a hacerlo: se trata de la Sinfonía n.º 45 en fa sostenido menor Hob. I.45, titulada en alemán Abschieds, término que suele traducirse como La despedida o Los adioses.
El músico tenía 40 años cuando la compuso y llevaba seis al servicio de los Esterházy, la familia de terratenientes que en 1766 le había contratado como maestro de capilla. Su vida, por tanto, discurría entre las obligaciones propias de su cargo y el descubrimiento de nuevas formas musicales que le permitieran seguir expresando su indiscutida genialidad.
Durante el verano, toda la familia y su corte se instalaban en el palacio de Fertöd, en Hungría, llamado el Esterháza y también el Versalles húngaro, por ser el edificio de estilo rococó más importante del país. Pero los veranos podían ser muy largos y los músicos que acompañaban a Haydn se veían obligados a estar separados de sus familias durante varios meses. De modo que el maestro de capilla se las ingenió para hacerle saber a su patrón, el príncipe Nikolaus Esterházy, que había llegado el momento de regresar. Y lo hizo del mejor modo que sabía: con una sinfonía.
La obra comienza con un allegro assai en fa sostenido menor muy característico del Sturm und Drang («tormenta y pasión»), el movimiento artístico que tuvo lugar en los territorios de influencia germánica durante la segunda mitad del siglo XVIII. Arpegios menores descendentes en los primeros violines y acordes mantenidos por los vientos anuncian una forma sonata que pronto adquiere innovaciones formales en el desarrollo de los temas. El ímpetu de Haydn en el comienzo de muchas de sus sinfonías cede paso a un adagio en la menor que también reviste la forma sonata y que en algún instante anticipa la lentitud romántica mediante la alternancia entre tonos mayores y menores.
El tercer movimiento, un minueto en fa sostenido mayor, aporta a la sinfonía un pasaje de fragilidad y de transición hacia el último, que se inicia con un presto en tonalidad menor que mantiene la intensidad rítmica hasta que un nuevo adagio resurge de modo inesperado, algo inusual en las sinfonías clásicas.
Haydn utiliza esta última parte del cuarto movimiento para que los músicos abandonen la orquesta, un claro mensaje que Nikolaus Esterházy comprendió de inmediato. Algunos de los instrumentistas interpretan un pequeño solo antes de dejar el atril en riguroso orden: primer oboe y segunda trompa, fagot (sin solo), segundo oboe y primera trompa, contrabajos, violonchelos (sin solo), segundos violines y viola (sin solo). En las últimas notas, tan solo permanecen en su puesto dos violines, que en el día de su estreno estuvieron a cargo del propio compositor y el concertino.
Como era de esperar, el insólito final que Haydn había preparado fue impactante para la audiencia palaciega, que no dudó en aconsejar a los príncipes que dieran por finalizada la temporada de verano y permitieran que los músicos regresaran a sus casas. Y es muy probable que pronunciaran la frase que se les atribuye: «Si todos se van, tal vez nosotros debamos irnos también».
Desde entonces, la sinfonía Los adioses se sigue interpretando y representando del mismo modo, pues es imposible entenderla sin que cada intérprete deje su sitio vacío y sin que al final de los casi treinta minutos de audición los espectadores vean en el escenario tan solo dos violinistas ejecutando su instrumento. No hay duda de que mucho antes de que la revolución industrial que entonces comenzaba ideara diferentes formas de protesta, el ingenio de Joseph Haydn dejó para la historia un título perfecto para ejecutarlas: La despedida.
La pieza se cuenta entre las más grabadas del catálogo de Haydn y numerosos directores han accedido a «interpretar» el adagio final, que requiere necesariamente un estado de complicidad y, también, cierto sentido del humor, como Daniel Barenboim se ha encargado de demostrar al dirigirla en diferentes ocasiones.
Haydn reivindicó entonces el derecho de los músicos a estar junto a sus familias. Es buen momento también para reivindicar el papel de las directoras de orquesta, tan ausentes al frente de las grandes formaciones y tan importantes en los pequeños conjuntos de cámara.
Por tanto, Anna Rakitina dirige a la Chamber Orchestra Affrettando: juntas interpretan la Sinfonía n.º 45 en fa sostenido menor Hob. I.45, de Joseph Haydn.

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© Fran Vega, 2016
Las Nueve Musas, 11 de julio de 2016
http://lasnuevemusas.com/not/9405/los-adioses-de-haydn/

«La clemenza di Tito KV 621: Parto, ma tu ben mio», de W. A. Mozart

«La clemenza di Tito KV 621: Parto, ma tu ben mio», de W. A. Mozart · Fotografía: Jean-Francois Jonvelle
· Intermezzo ·
Wolfgang Amadeus Mozart
«La clemenza di Tito KV 621: Parto, ma tu ben mio», 1791
Elina Garanca (mezzosoprano) & Staatskapelle Dresden
Sebastian Weigle
Fotografía: Jean-François Jonvelle
Parto, parto, ma tu ben mio, / Me voy, pero tú, bien mío,
meco ritorna in pace; / vuelve a estar en paz conmigo;
sarò qual più ti piace, / será como tú quieras,
quel che vorrai, farò. / todo lo que quieras, haré.
Guardami, e tutto oblio, / Mírame, y lo olvidaré todo,
e a vendicarti io volo. / y querré vengarte.
A questo sguardo solo / ¡Solo esa mirada tuya
da me si penserá! / ocupará mis pensamientos!
Parto, ma tu... / Me voy, pero tú...
Ah, qual poter, oh Dei, / ¡Ah! ¡Qué poder, dioses,
donaste alla beltà! / concedisteis a la belleza!

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Sinfonía n.º 45 en fa sostenido menor Hob. I.45, de J. Haydn

Sinfonía n.º 45 en fa sostenido menor Hob. I.45, de J. Haydn · Fotografía: Christian Coigny
· Intermezzo ·
Joseph Haydn
Sinfonía n.º 45 en fa sostenido menor
Hob. I.45 Abschieds
, 1772
Stanislaw Moniuszko School
of Music Symphony Orchestra

Andrzej Kucybala
Fotografía: Christian Coigny
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