Menudeando tragos y buscando las aventuras

Menudeando tragos y buscando las aventuras · Fotografía: Willy Ronis
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 72 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote tuvo en la
espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento, con otros sucesos dignos de felice recordación»

Menudeando tragos y buscando las aventuras
Fotografía: Willy Ronis

A la mano de Dios1 —dijo Sancho—; yo lo creo todo así como vuestra merced lo dice; pero enderécese un poco, que parece que va de medio lado, y debe de ser del molimiento de la caída.
—Así es la verdad —respondió don Quijote—, y si no me quejo del dolor, es porque no es dado a los caballeros andantes quejarse de herida alguna, aunque se le salgan las tripas por ella.
—Si eso es así, no tengo yo que replicar —respondió Sancho—; pero sabe Dios si yo me holgara que vuestra merced se quejara cuando alguna cosa le doliera. De mí sé decir que me he de quejar del más pequeño dolor que tenga, si ya no se entiende también con los escuderos de los caballeros andantes eso del no quejarse.
No se dejó de reír don Quijote de la simplicidad de su escudero, y así, le declaró que podía muy bien quejarse como y cuando quisiese, sin gana o con ella, que hasta entonces no había leído cosa en contrario en la orden de caballería. Díjole Sancho que mirase que era hora de comer. Respondiole su amo que por entonces no le hacía menester, que comiese él cuando se le antojase. Con esta licencia, se acomodó Sancho lo mejor que pudo sobre su jumento y, sacando de las alforjas lo que en ellas había puesto, iba caminando y comiendo detrás de su amo muy de su espacio,2 y de cuando en cuando empinaba la bota, con tanto gusto, que le pudiera envidiar el más regalado bodegonero de Málaga.3 Y en tanto que él iba de aquella manera menudeando tragos, no se le acordaba de ninguna promesa que su amo le hubiese hecho, ni tenía por ningún trabajo, sino por mucho descanso, andar buscando las aventuras, por peligrosas que fuesen.

1 a la mano de Dios: que sea lo que Dios quiera.
2 de su espacio: a sus anchas, con toda comodidad.
3 Málaga: capital de la provincia andaluza del mismo nombre, cuyos vinos eran muy celebrados.
 Diccionario de Don Quijote

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Pienso hacer tales hazañas que apenas serán creídas

Pienso hacer tales hazañas que apenas serán creídas · Fotografía: Henri Cartier-Bresson
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 71 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote
tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Pienso hacer tales hazañas que apenas serán creídas
Fotografía: Henri Cartier-Bresson

Acudió Sancho Panza a socorrerle, a todo el correr de su asno, y, cuando llegó, halló que no se podía menear: tal fue el golpe que dio con él Rocinante.
¡Válame Dios!1 —dijo Sancho—. ¿No le dije yo a vuestra merced que mirase bien lo que hacía, que no eran sino molinos de viento, y no lo podía ignorar sino quien llevase otros tales en la cabeza?
—Calla, amigo Sancho —respondió don Quijote—, que las cosas de la guerra más que otras están sujetas a continua mudanza; cuanto más que yo pienso, y es así verdad, que aquel sabio Frestón2 que me robó el aposento y los libros ha vuelto estos gigantes en molinos, por quitarme la gloria de su vencimiento: tal es la enemistad que me tiene; mas, al cabo al cabo,3 han de poder poco sus malas artes contra la bondad de mi espada.
—Dios lo haga como puede —respondió Sancho Panza.
Y, ayudándole a levantar, tornó a subir sobre Rocinante, que medio despaldado estaba; y hablando en la pasada aventura, siguieron el camino del Puerto Lápice,4 porque allí decía don Quijote que no era posible dejar de hallarse muchas y diversas aventuras, por ser lugar muy pasajero,5 sino que iba muy pesaroso por haberle faltado la lanza; y diciéndoselo a su escudero, le dijo:
—Yo me acuerdo haber leído que un caballero español llamado Diego Pérez de Vargas,6 habiéndosele en una batalla roto la espada, desgajó de una encina un pesado ramo o tronco, y con él hizo tales cosas aquel día, y machacó tantos moros, que le quedó por sobrenombre Machuca, y así, él como sus descendientes se llamaron desde aquel día en adelante Vargas y Machuca. Hete dicho esto porque de la primera encina o roble que se me depare pienso desgajar otro tronco, tal y tan bueno como aquel que me imagino; y pienso hacer con él tales hazañas, que tú te tengas por bien afortunado de haber merecido venir a vellas y a ser testigo de cosas que apenas podrán ser creídas.

1 ¡válame Dios!: expresión de sorpresa, en la que «válame» se usaba por el moderno «válgame».
2 Frestón: personaje que residía en la Selva de la Muerte, a quien se atribuía la autoría de Don Belianís de Grecia y al que don Quijote culpa de la desaparición de su biblioteca en el capítulo VII, cuando ama y sobrina equivocan su nombre con Muñatón y Fritón.
3 al cabo al cabo: al fin de todo, al fin y al cabo.
4 Puerto Lápice: población de la actual provincia de Ciudad Real, situada en el camino real de la Mancha a Andalucía, que el autor ya menciona en el capítulo II a propósito de la primera salida de don Quijote.
5 lugar muy pasajero: sitio muy transitado.
6 Diego Pérez de Vargas: caballero castellano al servicio del rey Fernando III el Santo (1199-1252), cuyo sobrenombre, Machuca, procede de su acción frente a los musulmanes durante el cerco de Jerez (1223).
 Diccionario de Don Quijote

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Un solo caballero es el que os acomete

Un solo caballero es el que os acomete · Fotografía: Fernando Herráez
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 70 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote
tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Un solo caballero es el que os acomete
Fotografía: Fernando Herráez

Y , diciendo esto, dio de espuelas a su caballo Rocinante, sin atender a las voces que su escudero Sancho le daba, advirtiéndole que sin duda alguna eran molinos de viento, y no gigantes, aquellos que iba a acometer. Pero él iba tan puesto en que eran gigantes, que ni oía las voces de su escudero Sancho, ni echaba de ver, aunque estaba ya bien cerca, lo que eran, antes iba diciendo en voces altas:
—Non fuyades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete.
Levantose en esto un poco de viento, y las grandes aspas comenzaron a moverse, lo cual visto por don Quijote, dijo:
—Pues aunque mováis más brazos que los del gigante Briareo,1 me lo habéis de pagar.
Y, en diciendo esto y encomendándose de todo corazón a su señora Dulcinea, pidiéndole que en tal trance le socorriese, bien cubierto de su rodela,2 con la lanza en el ristre, arremetió a todo el galope de Rocinante y embistió con el primero molino que estaba delante, y dándole una lanzada en el aspa, la volvió el viento con tanta furia que hizo la lanza pedazos, llevándose tras sí al caballo y al caballero, que fue rodando muy maltrecho por el campo.

1 Briareo: en la mitología griega, gigante de cien brazos y cincuenta cabezas que luchó junto a Zeus.
2 rodela: escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando con espada «a la romana», es decir, de pie.
 Diccionario de Don Quijote

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Desaforados gigantes de los brazos largos

Desaforados gigantes de los brazos largos
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 69 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VIII
«Del buen suceso que el valeroso don Quijote
tuvo en la espantable y jamás imaginada aventura de los molinos de viento,
con otros sucesos dignos de felice recordación»
Desaforados gigantes de los brazos largos

En esto, descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento1 que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vio, dijo a su escudero:
—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o pocos más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer, que esta es buena guerra,2 y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.
—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.
—Aquellos que allí ves —respondió su amo—, de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.
—Mire vuestra merced —respondió Sancho— que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino.
—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras: ellos son gigantes; y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

1 molino de viento: aunque el molino de viento más antiguo del que se tiene constancia en la península data de finales del siglo XV, es probable que fuera entonces una novedad en el paisaje castellano, en donde habrían comenzado a instalarse en la segunda mitad del XVI, es decir, unas décadas antes de la segunda salida de don Quijote por los campos de Montiel.
2 buena guerra: guerra justa, en la que era lícito apropiarse del botín.
 Diccionario de Don Quijote

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Teniendo tan principal amo en vuestra merced

Teniendo tan principal amo en vuestra merced · Fotografía: Dorothea Lange
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 68 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VII
«De la segunda salida de nuestro buen caballero
don Quijote de la Mancha»
Teniendo tan principal amo en vuestra merced
Fotografía: Dorothea Lange

De esa manera —replicó Sancho Panza—, si yo fuese rey por algún milagro de los que vuestra merced dice, por lo menos Juana Gutiérrez,1 mi oíslo,2 vendría a ser reina, y mis hijos infantes.
—Pues ¿quién lo duda? —respondió don Quijote.
—Yo lo dudo —replicó Sancho Panza—, porque tengo para mí que, aunque lloviese Dios reinos sobre la tierra, ninguno asentaría bien sobre la cabeza de Mari Gutiérrez. Sepa, señor, que no vale dos maravedís3 para reina; condesa le caerá mejor, y aun Dios y ayuda.4
—Encomiéndalo tú a Dios, Sancho —respondió don Quijote—, que Él dará lo que más le convenga; pero no apoques tu ánimo tanto, que te vengas a contentar con menos que con ser adelantado.5
—No haré, señor mío —respondió Sancho—, y más teniendo tan principal amo en vuestra merced, que me sabrá dar todo aquello que me esté bien y yo pueda llevar.

1 Juana Gutiérrez: nombre de la mujer de Sancho Panza, que unas líneas después es mencionada como Mari Gutiérrez y, más adelante, como Juana Panza. El autor salva estos equívocos en la segunda parte de la obra, cuando le da el nombre definitivo de Teresa Panza.
2 oíslo: persona querida y de confianza, principalmente la mujer respecto del marido.
3 maravedí: moneda antigua castellana, utilizada entre los siglos XII y XIX, empleada también como unidad de cuenta. En la época de Cervantes, 34 maravedíes equivalían a 1 real de plata y 16 reales de plata equivalían a 1 escudo de oro.
4 Dios y ayuda: expresión para encarecer la dificultad que algo entraña.
5 adelantado: antiguamente, gobernador con plenos poderes en un territorio recién conquistado o fronterizo. Si bien en el siglo XVII no era más que un título honorífico, Cervantes mantiene con el término las antiguas atribuciones descritas en los romances.
 Diccionario de Don Quijote

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Que me dijese si era hijo de mi padre

Que me dijese si era hijo de mi padre · Fotografía: Luciano D'Alessandro
· Historia de la vida del Buscón, 8 ·
Francisco de Quevedo, 1626
Libro Primero, Capítulo II
«De cómo fue a la escuela y lo que en ella le sucedió»
Que me dijese si era hijo de mi padre
Fotografía: Luciano D’Alessandro

Cuando yo oí esto, como siempre tuve altos pensamientos, volvime a ella y roguela me declarase si le podía desmentir con verdad u que me dijese si me había concebido a escote entre muchos u si era hijo de mi padre. Riose y dijo:
—¡Ah, noramaza!,1 ¿eso sabes decir? No serás bobo: gracia tienes. Muy bien hiciste en quebrarle la cabeza, que esas cosas, aunque sean verdad, no se han de decir.
Yo con esto quedé como muerto, y dime por novillo de legítimo matrimonio, determinado de coger lo que pudiese en breves días y salirme de en casa de mi padre: tanto pudo conmigo la vergüenza. Disimulé; fue mi padre, curó al muchacho, apaciguolo y volviome a la escuela, adonde el maestro me recibió con ira, hasta que oyendo la causa de la riña se le aplacó el enojo, considerando la razón que había tenido.

1 noramaza: en hora maza, es decir, en mala hora. Cervantes, en el capítulo V de El Quijote, utiliza la misma expresión con la forma «en hora maza».
→ Diccionario del Buscón

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Acertó a tomar la misma derrota que la vez primera

Acertó a tomar la misma derrota que la vez primera · Fotografía: Bernd Walz
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 67 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VII
«De la segunda salida de nuestro buen caballero
don Quijote de la Mancha»
Acertó a tomar la misma derrota que la vez primera
Fotografía: Bernd Walz

Iba Sancho Panza sobre su jumento como un patriarca, con sus alforjas y su bota, y con mucho deseo de verse ya gobernador de la ínsula1 que su amo le había prometido. Acertó don Quijote a tomar la misma derrota2 y camino que el que él había tomado en su primer viaje, que fue por el campo de Montiel,3 por el cual caminaba con menos pesadumbre que la vez pasada, porque por ser la hora de la mañana y herirles a soslayo4 los rayos del sol no les fatigaban. Dijo en esto Sancho Panza a su amo:
—Mire vuestra merced, señor caballero andante, que no se le olvide lo que de la ínsula me tiene prometido, que yo la sabré gobernar por grande que sea.
A lo cual le respondió don Quijote:
—Has de saber, amigo Sancho Panza, que fue costumbre muy usada de los caballeros andantes antiguos hacer gobernadores a sus escuderos de las ínsulas o reinos que ganaban, y yo tengo determinado de que por mí no falte tan agradecida usanza, antes pienso aventajarme en ella; porque ellos algunas veces, y quizá las más, esperaban a que sus escuderos fuesen viejos, y ya, después de hartos de seguir y de llevar malos días y peores noches, les daban algún título de conde, o por lo mucho de marqués, de algún valle o provincia de poco más a menos; pero si tú vives y yo vivo, bien podría ser que antes de seis días ganase yo tal reino, que tuviese otros a él adherentes que viniesen de molde5 para coronarte por rey de uno de ellos. Y no lo tengas a mucho, que cosas y casos acontecen a los tales caballeros por modos tan nunca vistos ni pensados, que con facilidad te podría dar aún más de lo que te prometo.

Cartografía del Quijote · Que comprende los parages por donde anduvo Don Quixote
Cartografía del Quijote
Que comprende los parages por donde anduvo Don Quixote

1 ínsula: forma culta de «isla» que aparece en los libros de caballerías.
2 derrota: rumbo, camino, derrotero.
3 campo de Montiel: zona geográfica de la Mancha, ubicada entre las actuales provincias de Ciudad Real y Albacete, que don Quijote recorre también en su primera salida.
4 soslayo: a soslayo o de soslayo, oblicuamente, de lado.
5 venir de molde: ser adecuado.
 Diccionario de Don Quijote

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No los hallarían aunque los buscasen

No los hallarían aunque los buscasen · Fotografía: Aleksandr Smirnov
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 66 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VII
«De la segunda salida de nuestro buen caballero
don Quijote de la Mancha»
No los hallarían aunque los buscasen
Fotografía: Aleksandr Smirnov

Dio luego don Quijote orden en buscar dineros, y, vendiendo una cosa y empeñando otra y malbaratándolas todas, llegó una razonable cantidad. Acomodóse asimismo de una rodela1 que pidió prestada a un su amigo, y, pertrechando su rota celada2 lo mejor que pudo, avisó a su escudero Sancho del día y la hora que pensaba ponerse en camino, para que él se acomodase de lo que viese que más le era menester. Sobre todo, le encargó que llevase alforjas. Él dijo que sí llevaría y que asimismo pensaba llevar un asno que tenía muy bueno, porque él no estaba duecho a andar mucho a pie. En lo del asno reparó un poco don Quijote, imaginando si se le acordaba si algún caballero andante había traído escudero caballero asnalmente, pero nunca le vino alguno a la memoria; mas, con todo esto, determinó que le llevase, con presupuesto de acomodarle de más honrada caballería en habiendo ocasión para ello, quitándole el caballo al primer descortés caballero que topase. Proveyóse de camisas y de las demás cosas que él pudo, conforme al consejo que el ventero3 le había dado; todo lo cual hecho y cumplido, sin despedirse Panza de sus hijos y mujer, ni don Quijote de su ama y sobrina, una noche se salieron del lugar sin que persona los viese, en la cual caminaron tanto, que al amanecer se tuvieron por seguros de que no los hallarían aunque los buscasen.

1 rodela: escudo redondo y delgado que, embrazado en el brazo izquierdo, cubría el pecho al que se servía de él peleando con espada «a la romana», es decir, de pie.
2 celada: pieza de la armadura destinada a proteger la cabeza; la celada de encaje tenía en la base una pieza o falda que se encajaba en la coraza.
3 ventero: el autor se refiere al encuentro entre don Quijote y el ventero narrado en el capítulo III.
 Diccionario de Don Quijote

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Hombre de bien, mas de poca sal en la mollera

Hombre de bien. mas de poca sal en la mollera · Fotografía: Einar Erici
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 65 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VII
«De la segunda salida de nuestro buen caballero
don Quijote de la Mancha»
Hombre de bien, mas de poca sal en la mollera
Fotografía: Einar Erici

Es, pues, el caso que él estuvo quince días en casa muy sosegado, sin dar muestras de querer segundar sus primeros devaneos; en los cuales días pasó graciosísimos cuentos1 con sus dos compadres el cura y el barbero, sobre que él decía que la cosa de que más necesidad tenía en el mundo era de caballeros andantes y de que en él se resucitase la caballería andantesca. El cura algunas veces le contradecía y otras concedía, porque si no guardaba este artificio no había poder averiguarse con él.2
En este tiempo solicitó don Quijote a un labrador vecino suyo, hombre de bien —si es que este título se puede dar al que es pobre—, pero de muy poca sal en la mollera. En resolución, tanto le dijo, tanto le persuadió y prometió, que el pobre villano se determinó de salirse con él y servirle de escudero.3 Decíale entre otras cosas don Quijote que se dispusiese a ir con él de buena gana, porque tal vez le podía suceder aventura que ganase, en quítame allá esas pajas, alguna ínsula,4 y le dejase a él por gobernador5 de ella. Con estas promesas y otras tales, Sancho Panza,6 que así se llamaba el labrador, dejó su mujer y hijos y asentó por escudero de su vecino.

1 pasó graciosísimos cuentos: tuvo conversaciones divertidas o entretenidas.
2 averiguarse con él: hacerle entrar en razón.
3 escudero: «El hidalgo que lleva el escudo al caballero, en tanto que no pelea con él. En la paz, los escuderos sirven a los grandes señores, de acompañar delante de sus personas, asistir en la antecámara y sala; otros están en sus casas, y llevan acostamiento de los señores, acudiendo a sus obligaciones militares o cortesanas a tiempos ciertos; los que tienen alguna pasada (es decir aquellos con mayores fortunas) huelgan más de estar en sus casas que de servir, por lo poco que medran y lo mucho que les ocupan», Tesoro de la Lengua (1611).
4 ínsula: forma culta de «isla» que aparece en los libros de caballerías.
5 gobernador: delegado del rey con funciones gubernativas y militares.
6 Sancho Panza: primera aparición del escudero de don Quijote, ya mencionado al final del prólogo: «Quiero que me agradezcas el conocimiento que tendrás del famoso Sancho Panza, su escudero, en quien, a mi parecer, te doy cifradas todas las gracias escuderiles que en la caterva de los libros vanos de caballerías están esparcidas».
 Diccionario de Don Quijote

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Y vieron que se le encendía la cólera

Y vieron que se le encendía la cólera · Fotografía: Robert Doisneau
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 64 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VII
«De la segunda salida de nuestro buen caballero
don Quijote de la Mancha»
Y vieron que se le encendía la cólera
Fotografía: Robert Doisneau

No era diablo —replicó la sobrina—, sino un encantador que vino sobre una nube una noche, después del día que vuestra merced de aquí se partió, y apeándose de una sierpe en que venía caballero, entró en el aposento, y no sé lo que se hizo dentro, que a cabo de poca pieza salió volando por el tejado y dejó la casa llena de humo; y cuando acordamos a mirar lo que dejaba hecho, no vimos libro ni aposento alguno: sólo se nos acuerda muy bien a mí y al ama que al tiempo del partirse aquel mal viejo dijo en altas voces que, por enemistad secreta que tenía al dueño de aquellos libros y aposento dejaba hecho el daño en aquella casa que después se vería. Dijo también que se llamaba «el sabio Muñatón».1
Frestón2 diría —dijo don Quijote.
—No sé —respondió el ama— si se llamaba «Frestón» o «Fritón», sólo sé que acabó en tón su nombre.
—Así es —dijo don Quijote—; que ese es un sabio encantador, grande enemigo mío, que me tiene ojeriza, porque sabe por sus artes y letras que tengo de venir, andando los tiempos, a pelear en singular batalla con un caballero a quien él favorece y le tengo de vencer sin que él lo pueda estorbar, y por esto procura hacerme todos los sinsabores que puede; y mándole yo que mal podrá él contradecir ni evitar lo que por el cielo está ordenado.
—¿Quién duda de eso? —dijo la sobrina—. Pero ¿quién le mete a vuestra merced, señor tío, en esas pendencias? ¿No será mejor estarse pacífico en su casa, y no irse por el mundo a buscar pan de trastrigo,3 sin considerar que muchos van por lana y vuelven trasquilados?
—¡Oh sobrina mía —respondió don Quijote—, y cuán mal que estás en la cuenta! Primero que a mí me trasquilen tendré peladas y quitadas las barbas a cuantos imaginaren tocarme en la punta de un solo cabello.
No quisieron las dos replicarle más, porque vieron que se le encendía la cólera.

1 muñatón: nombre que designaba al profesional de la hechicería contigua a la alcahuetería.
2 Frestón: personaje que residía en la Selva de la Muerte y al que se atribuía la autoría del Belianís de Grecia, cuyo nombre ama y sobrina confunden con Muñatón, Frestón y Fritón.
3 buscar pan de trastrigo: pretender uno cosas fuera de tiempo o mezclarse en las que solo daños pueden ocasionarle.
 Diccionario de Don Quijote

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Todo se lo llevó el mismo diablo

Todo se lo llevó el mismo diablo
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 63 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VII
«De la segunda salida de nuestro buen caballero
don Quijote de la Mancha»
Todo se lo llevó el mismo diablo

Aquella noche quemó y abrasó el ama cuantos libros había en el corral y en toda la casa, y tales debieron de arder que merecían guardarse en perpetuos archivos; mas no lo permitió su suerte y la pereza del escrutiñador, y así se cumplió el refrán en ellos de que pagan a las veces justos por pecadores.
Uno de los remedios que el cura y el barbero dieron por entonces para el mal de su amigo fue que le murasen y tapiasen el aposento de los libros, porque cuando se levantase, no los hallase —quizá quitando la causa cesaría el efecto—, y que dijesen que un encantador se los había llevado, y el aposento y todo; y así fue hecho con mucha presteza.
De allí a dos días se levantó don Quijote, y lo primero que hizo fue ir a ver sus libros, y, como no hallaba el aposento donde le había dejado, andaba de una en otra parte buscándole. Llegaba adonde solía tener la puerta, y tentábala con las manos, y volvía y revolvía los ojos por todo, sin decir palabra; pero al cabo de una buena pieza preguntó a su ama que hacia qué parte estaba el aposento de sus libros. El ama, que ya estaba bien advertida de lo que había de responder, le dijo:
—¿Qué aposento o qué nada busca vuestra merced? Ya no hay aposento ni libros en esta casa, porque todo se lo llevó el mismo diablo.

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Quédese lo del vengarme a mi cargo

Quédese lo del vengarme a mi cargo · Fotografía: Russell Lee
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 62 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VII
«De la segunda salida de nuestro buen caballero
don Quijote de la Mancha»
Quédese lo del vengarme a mi cargo
Fotografía: Russell Lee

Estando en esto, comenzó a dar voces don Quijote, diciendo:
—¡Aquí, aquí, valerosos caballeros, aquí es menester mostrar la fuerza de vuestros valerosos brazos, que los cortesanos llevan lo mejor del torneo!
Por acudir a este ruido y estruendo, no se pasó adelante con el escrutinio de los demás libros que quedaban, y así se cree que fueron al fuego, sin ser vistos ni oídos, La Carolea1 y León de España,2 con los hechos del Emperador, compuestos por don Luis de Ávila,3 que sin duda debían de estar entre los que quedaban, y quizá si el cura los viera no pasaran por tan rigurosa sentencia.
Cuando llegaron a don Quijote, ya él estaba levantado de la cama, y proseguía en sus voces y en sus desatinos, dando cuchilladas y reveses a todas partes, estando tan despierto como si nunca hubiera dormido. Abrazáronse con él y por fuerza le volvieron al lecho; y después que hubo sosegado un poco, volviéndose a hablar con el cura le dijo:
—Por cierto, señor arzobispo Turpín, que es gran mengua de los que nos llamamos Doce Pares4 dejar tan sin más ni más llevar la victoria de este torneo a los caballeros cortesanos, habiendo nosotros los aventureros ganado el prez5 en los tres días antecedentes.
—Calle vuestra merced, señor compadre —dijo el cura—, que Dios será servido que la suerte se mude y que lo que hoy se pierde se gane mañana; y atienda vuestra merced a su salud por ahora, que me parece que debe de estar demasiadamente cansado, si ya no es que está malherido.
—Ferido, no —dijo don Quijote—, pero molido y quebrantado, no hay duda en ello, porque aquel bastardo de don Roldán6 me ha molido a palos con el tronco de una encina, y todo de envidia, porque ve que yo solo soy el opuesto de sus valentías. Mas no me llamaría yo Reinaldos de Montalbán7 si, en levantándome de este lecho no me lo pagare, a pesar de todos sus encantamentos;8 y por ahora tráiganme de yantar,9 que sé que es lo que más me hará al caso, y quédese lo del vengarme a mi cargo.
Hiciéronlo así: diéronle de comer, y quedose otra vez dormido, y ellos, admirados de su locura.

1 La Carolea: poema épico de Jerónimo Sempere, aparecido en Valencia en 1560, que narra la guerra del emperador Carlos V frente a los protestantes alemanes.
2 León de España: historia del reinado de Carlos V escrita por Pedro de la Vecilla e impresa en Salamanca en 1586.
3 Luis de Ávila y Zúñiga: militar extremeño (1504-1573) que acompañó a Carlos V en varias campañas frente a los protestantes y permaneció junto a él hasta su muerte.
4 Doce Pares de Francia: caballeros feudales al servicio de la corona francesa, entre los que se encontraba el arzobispo Turpín.
5 prez: honor, estima o consideración que se adquiere o gana con una acción gloriosa y que simboliza el premio que los jueces de campo daban a los vencedores de un torneo.
6 Roldán: caballero al servicio de Carlomagno que murió en 778 durante la batalla de Roncesvalles y cuya figura protagoniza numerosos romances y cantares de la Edad Media, como el Cantar de Roldán (La Chanson de Roland), poema épico de finales del siglo XI.
7 Reinaldos de Montalbán: caballero perteneciente a los Doce Pares de Francia y uno de los preferidos de don Quijote.
8 encantamento: forma en desuso de «encantamiento».
9 yantar: arcaísmo por «comer».
 Diccionario de Don Quijote

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Es grande amigo mío ese Cervantes

Es grande amigo mío ese Cervantes · Fotografía: Carl Mydans
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 61 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VI
«Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo»
Es grande amigo mío ese Cervantes
Fotografía: Carl Mydans

Este es —siguió el barbero— el Cancionero de López Maldonado.1
—También el autor de ese libro —replicó el cura— es grande amigo mío, y sus versos en su boca admiran a quien los oye, y tal es la suavidad de la voz con que los canta, que encanta. Algo largo es en las églogas, pero nunca lo bueno fue mucho; guárdese con los escogidos. Pero ¿qué libro es ese que está junto a él?
La Galatea,2 de Miguel de Cervantes —dijo el barbero.
—Muchos años ha que es grande amigo mío ese Cervantes, y sé que es más versado en desdichas que en versos. Su libro tiene algo de buena invención; propone algo, y no concluye nada. Es menester esperar la segunda parte que promete; quizá con la enmienda alcanzará del todo la misericordia que ahora se le niega; y entre tanto que esto se ve, tenedle recluso en vuestra posada, señor compadre.
—Que me place —respondió el barbero—. Y aquí vienen tres todos juntos: La Araucana de don Alonso de Ercilla,3 La Austriada de Juan Rufo,4 jurado de Córdoba, y El Monserrate de Cristóbal de Virués,5 poeta valenciano.
—Todos esos tres libros —dijo el cura— son los mejores que en verso heroico6 en lengua castellana están escritos, y pueden competir con los más famosos de Italia; guárdense como las más ricas prendas de poesía que tiene España.
Cansose el cura de ver más libros, y así, a carga cerrada,7 quiso que todos los demás se quemasen; pero ya tenía abierto uno el barbero, que se llamaba Las Lágrimas de Angélica.8
—Lloráralas yo —dijo el cura, en oyendo el nombre— si tal libro hubiera mandado quemar, porque su autor fue uno de los famosos poetas del mundo, no sólo de España, y fue felicísimo en la traducción de algunas fábulas de Ovidio.9

1 López Maldonado, Gabriel: poeta toledano fallecido en 1615, miembro de la Academia de los Nocturnos de Valencia y autor de El Cancionero, publicado en Madrid en 1586, que recoge dos composiciones poéticas de Cervantes.
2 La Galatea: novela de Miguel de Cervantes publicada en 1585 en Alcalá de Henares con el título de Primera parte de La Galatea, dividida en seis libros. El autor habla de sí mismo al citar «la segunda parte que promete», pues Cervantes nunca llegó a escribirla.
3 Alonso de Ercilla: poeta y soldado madrileño (1533-1594), autor de La Araucana (1569-1589), poema épico que relata la primera fase de la guerra de Arauco entre conquistadores españoles y mapuches o araucanos.
4 Juan Rufo: escritor y soldado cordobés (1547-1620), autor de La Austriada (1584), obra épica sobre las hazañas de Juan de Austria y la victoria en la batalla de Lepanto, en la que participó el propio Cervantes.
5 Cristóbal de Virués: dramaturgo y poeta valenciano (1550-1614), autor de El Monserrate (1587), poema épico que narra la construcción del monasterio de Montserrat.
6 verso heroico: octava rima en endecasílabos, que era la forma habitual del poema épico culto.
7 a carga cerrada: a bulto, sin examinar.
8 Las lágrimas de Angélica: continuación del episodio de Angélica y Medoro incluido en Orlando furioso, de Ludovico Ariosto, escrita por el poeta cordobés Luis Barahona de Soto (1548-1595) y publicada en Granada en 1586 con el título Primera parte de la Angélica. Con esta mención termina la descripción de la biblioteca de don Quijote incluida en el capítulo VI, si bien al comienzo del VII se citan dos títulos más.
9 Ovidio: poeta romano (43 a. C.-17 d. C.), autor de Arte de amar, Las Metamorfosis y Medea.
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Que este libro se escarde y limpie

Que este libro se escarde y limpie
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 60 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VI
«Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo»
Que este libro se escarde y limpie

Este que se sigue —dijo el barbero—, es La Diana, llamada segunda, del Salmantino,1 y este, otro que tiene el mismo nombre, cuyo autor es Gil Polo.2
—Pues la del Salmantino —respondió el cura— acompañe y acreciente el número de los condenados al corral, y la de Gil Polo se guarde como si fuera del mismo Apolo;3 y pase adelante, señor compadre, y démonos prisa, que se va haciendo tarde.
—Este libro es —dijo el barbero abriendo otro— Los diez libros de Fortuna de amor, compuestos por Antonio de Lofraso,4 poeta sardo.
—Por las órdenes que recibí —dijo el cura—, que desde que Apolo fue Apolo y las musas musas, y los poetas poetas, tan gracioso ni tan disparatado libro como ese no se ha compuesto, y que, por su camino, es el mejor y el más único de cuantos de este género han salido a la luz del mundo, y el que no le ha leído puede hacer cuenta que no ha leído jamás cosa de gusto. Dádmele acá, compadre, que precio más haberle hallado que si me dieran una sotana de raja de Florencia.5
Púsole aparte con grandísimo gusto, y el barbero prosiguió diciendo:
—Estos que se siguen son: El pastor de Iberia,6 Ninfas de Henares7 y Desengaños de celos.8
—Pues no hay más que hacer —dijo el cura—, sino entregarlos al brazo seglar9 del ama, y no se me pregunte el porqué, que sería nunca acabar.
—Este que viene es El pastor de Fílida.10
—No es ese pastor —dijo el cura—, sino muy discreto cortesano; guárdese como joya preciosa.
—Este grande que aquí viene se intitula —dijo el barbero— Tesoro de varias poesías.11
—Como ellas no fueran tantas —dijo el cura—, fueran más estimadas; menester es que este libro se escarde y limpie de algunas bajezas que entre sus grandezas tiene; guárdese, porque su autor es amigo mío, y por respeto de otras más heroicas y levantadas obras que ha escrito.

1 Salmantino: Alonso Pérez, médico natural de Salamanca y autor de Segunda parte de la Diana, publicada en 1563.
2 Gil Polo: Gaspar Gil Polo (1530-1584), escritor valenciano autor de La Diana enamorada, publicada en 1564.
3 Apolo: en la mitología greco-romana, dios del sol y de la música, inventor de la poesía y jefe de las musas. Hijo de Zeus y Leto y hermano gemelo de Artemisa.
4 Antonio de Lofraso: poeta sardo (h. 1540-1600), autor de la obra pastoril Los diez libros de Fortuna de Amor, publicada en Barcelona en 1573.
5 raja de Florencia: paño muy costoso, de lana fina, que comenzó a usarse en Florencia en el siglo XVI.
6 El pastor de Iberia: novela pastoril del escritor español Bernardo de la Vega (1560-1625) publicada en Sevilla en 1591.
7 Ninfas y pastores del Henares: novela pastoril publicada en Alcalá en 1587 y escrita por Bernardo González de Bobadilla.
8 Desengaño de celos: novela pastoril escrita por Bartolomé López de Enciso y publicada en Madrid en 1586.
9 brazo seglar: el Tribunal de la Inquisición entregaba sus condenados a la justicia criminal —el brazo seglar de la sociedad, frente al eclesiástico— para que se ejecutase la sentencia.
10 El pastor de Fílida: novela pastoril escrita por Luis Gálvez de Montalvo (1549-1591) y publicada en Madrid en 1582.
11 Tesoro de varias poesías: recopilación poética debida a Pedro de Padilla (1540-1599) y aparecida en Madrid en 1580.
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Habiendo sanado de la enfermedad caballeresca

Habiendo sanado de la enfermedad caballeresca · Fotografía: Gilbert Garcin
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha, 59 ·
Miguel de Cervantes, 1605
Primera parte, Capítulo VI
«Del donoso y grande escrutinio que el cura y el barbero
hicieron en la librería de nuestro ingenioso hidalgo»
Habiendo sanado de la enfermedad caballeresca

Fotografía: Gilbert Garcin

Así será —respondió el barbero—, pero ¿qué haremos de estos pequeños libros que quedan?
—Estos —dijo el cura—, no deben de ser de caballerías, sino de poesía.
Y, abriendo uno, vio que era La Diana de Jorge de Montemayor,1 y dijo, creyendo que todos los demás eran del mismo género:
—Estos no merecen ser quemados, como los demás, porque no hacen ni harán el daño que los de caballerías han hecho, que son libros de entendimiento, sin perjuicio de tercero.
—¡Ay, señor! —dijo la sobrina—, bien los puede vuestra merced mandar quemar como a los demás, porque no sería mucho que, habiendo sanado mi señor tío de la enfermedad caballeresca, leyendo estos se le antojase de hacerse pastor y andarse por los bosques y prados cantando y tañendo, y, lo que sería peor, hacerse poeta, que, según dicen, es enfermedad incurable y pegadiza.
—Verdad dice esta doncella —dijo el cura—, y será bien quitarle a nuestro amigo este tropiezo y ocasión delante. Y pues comenzamos por La Diana de Montemayor, soy de parecer que no se queme, sino que se le quite todo aquello que trata de la sabia Felicia2 y de la agua encantada, y casi todos los versos mayores, y quédesele enhorabuena la prosa y la honra de ser primero en semejantes libros.

1 Jorge de Montemayor: escritor portugués en lengua castellana (h. 1520-1561), autor de Los siete libros de la Diana, considerada la primera novela pastoril.
2 Felicia: personaje de Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor.
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