Te ruego que cantes el romance de tus amores

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Te ruego que cantes el romance de tus amores (fotografía: George G. Bain) / Parte I, Cap. 11e
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo XI, 5. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros»
Te ruego que cantes el romance de tus amores
Fotografía: George G. Bain

Toda esta larga arenga (que se pudiera muy bien escusar) dijo nuestro caballero, porque las bellotas que le dieron le trujeron a la memoria la edad dorada, y antojósele hacer aquel inútil razonamiento a los cabreros, que, sin respondelle palabra, embobados y suspensos, le estuvieron escuchando. Sancho asimismo callaba y comía bellotas, y visitaba muy a menudo el segundo zaque,1 que, porque se enfriase el vino, le tenían colgado de un alcornoque.
Más tardó en hablar don Quijote que en acabarse la cena, al fin de la cual uno de los cabreros dijo:
—Para que con más veras pueda vuestra merced decir, señor caballero andante, que le agasajamos con pronta y buena voluntad, queremos darle solaz y contento con hacer que cante un compañero nuestro que no tardará mucho en estar aquí; el cual es un zagal muy entendido y muy enamorado, y que, sobre todo, sabe leer y escribir, y es músico de un rabel,2 que no hay más que desear.
Apenas había el cabrero acabado de decir esto, cuando llegó a sus oídos el son del rabel, y de allí a poco llegó el que le tañía, que era un mozo de hasta veinte y dos años, de muy buena gracia. Preguntáronle sus compañeros si había cenado, y, respondiendo que sí, el que había hecho los ofrecimientos le dijo:
—De esa manera, Antonio, bien podrás hacernos placer de cantar un poco, porque vea este señor huésped que tenemos que también por los montes y selvas hay quien sepa de música. Hémosle dicho tus buenas habilidades y deseamos que las muestres y nos saques verdaderos; y así, te ruego por tu vida que te sientes y cantes el romance de tus amores, que te compuso el beneficiado3 tu tío, que en el pueblo ha parecido muy bien.
—Que me place —respondió el mozo.

1 zaque: odre pequeño, de cuero cosido y empegado por todas partes menos por la correspondiente al cuello del animal, que sirve para contener líquidos como vino o aceite.
2 rabel: instrumento de cuerda y arco, de hechura como la del laúd, y compuesto de dos o tres cuerdas solas, que se toca apoyado en la rodilla y tiene un sonido muy agudo. Es el instrumento rústico por excelencia, con el que acompañan sus quejas los pastores del romancero nuevo.
3 beneficiado: clérigo de órdenes mayores o menores que disfruta de una renta por ejercer alguna función en la iglesia o en alguna capilla particular.
Diccionario de Don Quijote

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Todo era paz, amistad y concordia

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Todo era paz, amistad y concordia (fotografía: Lutz Dille) / Parte I, Cap. 11d
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo XI, 4. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros»
Todo era paz, amistad y concordia
Fotografía: Lutz Dille

Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados, y no porque en ellos el oro, que en esta nuestra edad de hierro tanto se estima, se alcanzase en aquella venturosa sin fatiga alguna, sino porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío.1 Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle de las robustas encinas, que liberalmente les estaban convidando con su dulce y sazonado fruto. Las claras fuentes y corrientes ríos, en magnífica abundancia, sabrosas y transparentes aguas les ofrecían. En las quiebras de las peñas y en lo hueco de los árboles formaban su república las solícitas y discretas abejas, ofreciendo a cualquiera mano, sin interés alguno, la fértil cosecha de su dulcísimo trabajo. Los valientes alcornoques despedían de sí, sin otro artificio que el de su cortesía, sus anchas y livianas cortezas, con que se comenzaron a cubrir las casas, sobre rústicas estacas sustentadas, no más que para defensa de las inclemencias del cielo. Todo era paz entonces, todo amistad, todo concordia; aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía por todas las partes de su fértil y espacioso seno lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían. Entonces sí que andaban las simples y hermosas zagalejas de valle en valle y de otero en otero, en trenza y en cabello, sin más vestidos de aquellos que eran menester para cubrir honestamente lo que la honestidad quiere y ha querido siempre que se cubra, y no eran sus adornos de los que ahora se usan, a quien la púrpura de Tiro2 y la por tantos modos martirizada seda encarecen, sino de algunas hojas verdes de lampazos3 y yedra entretejidas, con lo que quizá iban tan pomposas y compuestas como van ahora nuestras cortesanas con las raras y peregrinas invenciones que la curiosidad ociosa les ha mostrado. Entonces se decoraban los concetos amorosos del alma simple y sencillamente, del mesmo modo y manera que ella los concebía, sin buscar artificioso rodeo de palabras para encarecerlos. No había la fraude,4 el engaño ni la malicia mezcládose con la verdad y llaneza. La justicia se estaba en sus proprios términos, sin que la osasen turbar ni ofender los del favor y los del interés, que tanto ahora la menoscaban, turban y persiguen. La ley del encaje5 aún no se había sentado en el entendimiento del juez, porque entonces no había qué juzgar ni quién fuese juzgado. Las doncellas y la honestidad andaban, como tengo dicho, por dondequiera, sola y señera, sin temor que la ajena desenvoltura y lascivo intento le menoscabasen, y su perdición nacía de su gusto y propria voluntad. Y ahora, en estos nuestros detestables siglos, no está segura ninguna, aunque la oculte y cierre otro nuevo laberinto como el de Creta;6 porque allí, por los resquicios, o por el aire, con el celo de la maldita solicitud, se les entra la amorosa pestilencia7 y les hace dar con todo su recogimiento al traste. Para cuya seguridad, andando más los tiempos y creciendo más la malicia, se instituyó la orden de los caballeros andantes, para defender las doncellas, amparar las viudas y socorrer a los huérfanos y a los menesterosos. De esta orden soy yo, hermanos cabreros, a quien agradezco el gasaje8 y buen acogimiento que hacéis a mí y a mi escudero. Que aunque por ley natural están todos los que viven obligados a favorecer a los caballeros andantes, todavía, por saber que sin saber vosotros esta obligación me acogistes y regalastes, es razón que con la voluntad a mí posible, os agradezca la vuestra.

1 Don Quijote hace referencia en esta intervención a la idealización de la Edad de Oro —época mítica en la que, según los poetas, la tierra brindaba espontáneamente sus frutos y los hombres vivían felices—, vinculada a la literatura pastoril sobre el modelo de Ovidio y Virgilio, se desarrolló en España entre los siglos XVI y XVII, cuando se intensificó la vida urbana.
2 Tiro: colonia fenicia en el Mediterráneo famosa por el comercio de su púrpura.
3 lampazo: bardana, amor de hortelano, planta de hojas grandes y vellosas con flores en forma de bola rodeadas de pinchos.
4 fraude: en la época de Cervantes se usaba en femenino.
5 ley del encaje: sentencia que se aplica por analogía, aunque su significado se transformó con el tiempo en «resolución arbitraria y caprichosa».
6 Creta: isla del Mediterráneo en cuyo laberinto vivía el Minotauro, vencido por Teseo con la ayuda de Ariadna.
7 amorosa pestilencia: tópico renacentista de la locura amorosa, de la que son víctimas algunos personajes de la obra de Cervantes.
8 gasaje: agasajo, regalo o muestra de afecto o consideración.
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Vació un zaque de dos que estaban de manifiesto

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Vació un zaque de dos que estaban de manifiesto (fotografía: Arthur Rothstein) / Parte I, Cap. 11c
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Capítulo XI, 3. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros»
Vació un zaque de dos que estaban de manifiesto
Fotografía: Arthur Rothstein

No entendían los cabreros aquella jerigonza1 de escuderos y de caballeros andantes, y no hacían otra cosa que comer y callar y mirar a sus huéspedes, que con mucho donaire y gana embaulaban2 tasajo3 como el puño. Acabado el servicio de carne, tendieron sobre las zaleas4 gran cantidad de bellotas avellanadas,5 y juntamente pusieron un medio queso, más duro que si fuera hecho de argamasa. No estaba, en esto, ocioso el cuerno, porque andaba a la redonda tan a menudo, ya lleno, ya vacío, como arcaduz de noria,6 que con facilidad vació un zaque7 de dos que estaban de manifiesto. Después que don Quijote hubo bien satisfecho su estómago, tomó un puño de bellotas en la mano y, mirándolas atentamente, soltó la voz a semejantes razones:

1 jerigonza: lengua o jerga específica de una profesión o gremio.
2 embaular: engullir, comer deprisa.
3 tasajo: dado o tira de carne, a veces curado con sal, al aire o al humo, que es la base de guisos y pucheros.
4 zalea: cuero de oveja o carnero, curtido de modo que conserve la lana, empleado para preservar de la humedad y del frío.
5 bellota avellanada: bellota dulce, con sabor semejante a la avellana.
6 arcaduz de noria: cangilón o recipiente que se puede sujetar a la noria para subir el agua.
7 zaque: odre pequeño, de cuero cosido y empegado por todas partes, menos por la correspondiente al cuello del animal, que sirve para contener líquidos como agua, vino o aceite.
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Lo que la soledad y la libertad traen consigo

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Lo que la soledad y la libertad traen consigo (fotografía: Bernard Cole) / Parte I, Cap. 11b
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Capítulo XI, 2. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros»
Lo que la soledad y la libertad traen consigo
Fotografía: Bernard Cole

Gran merced —dijo Sancho—, pero sé decir a vuestra merced que, como yo tuviese bien de comer, también y mejor me lo comería en pie y a mis solas como sentado a par de un emperador. Y aun, si va a decir verdad, mucho mejor me sabe lo que como en mi rincón sin melindres1 ni respetos, aunque sea pan y cebolla, que los gallipavos2 de otras mesas donde me sea forzoso mascar despacio, beber poco, limpiarme a menudo, no estornudar ni toser si me viene gana, ni hacer otras cosas que la soledad y la libertad traen consigo. Asín que, señor mío, estas honras que vuestra merced quiere darme por ser ministro y adherente de la caballería andante, como lo soy siendo escudero de vuestra merced, conviértalas en otras cosas que me sean de más cómodo y provecho; que estas, aunque las doy por bien recibidas, las renuncio para desde aquí al fin del mundo.
—Con todo eso, te has de sentar, porque a quien se humilla, Dios le ensalza.3
Y, asiéndole por el brazo, le forzó a que junto de él se sentase.

1 melindre: delicadeza afectada y excesiva en palabras, acciones y ademanes.
2 gallipavo: pavo común, americano, frente al pavón o pavo real.
3 a quien se humilla, Dios le ensalza: referencia a los evangelios de Mateo (23:12), «Y cualquiera que se ensalce, será humillado, y cualquiera que se humille, será ensalzado», y Lucas (14:11), «Porque todo el que se ensalce, será humillado, y el que se humille será ensalzado», que indica que Dios premia la humildad y castiga la soberbia.
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La caballería andante todas las cosas iguala

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: La caballería andante todas las cosas iguala (fotografía: William H. Jackson) / Parte I, Cap. 11a
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Capítulo XI, 1. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que sucedió a don Quijote con unos cabreros»
La caballería andante todas las cosas iguala
Fotografía: William H. Jackson

Fue recogido de los cabreros con buen ánimo y, habiendo Sancho lo mejor que pudo acomodado a Rocinante y a su jumento, se fue tras el olor que despedían de sí ciertos tasajos1 de cabra que hirviendo al fuego en un caldero estaban, y aunque él quisiera en aquel mesmo punto ver si estaban en sazón de trasladarlos del caldero al estómago, lo dejó de hacer, porque los cabreros los quitaron del fuego y, tendiendo por el suelo unas pieles de ovejas, aderezaron con mucha priesa su rústica mesa y convidaron a los dos, con muestras de muy buena voluntad, con lo que tenían. Sentáronse a la redonda de las pieles seis dellos, que eran los que en la majada2 había, habiendo primero con groseras ceremonias rogado a don Quijote que se sentase sobre un dornajo3 que vuelto del revés le pusieron. Sentóse don Quijote y quedábase Sancho en pie para servirle la copa, que era hecha de cuerno. Viéndole en pie su amo, le dijo:
—Porque veas, Sancho, el bien que en sí encierra la andante caballería y cuán a pique4 están los que en cualquiera ministerio de ella se ejercitan de venir brevemente a ser honrados y estimados del mundo, quiero que aquí, a mi lado y en compañía de esta buena gente te sientes, y que seas una mesma cosa conmigo, que soy tu amo y natural señor; que comas en mi plato y bebas por donde yo bebiere, porque de la caballería andante se puede decir lo mesmo que del amor se dice: que todas las cosas iguala.5

1 tasajo: dado o tira de carne, a veces curado con sal, al aire o al humo, que es la base de guisos y pucheros.
2 majada: lugar donde se recoge de noche el ganado y se albergan los pastores.
3 dornajo: especie de artesa, pequeña y redonda, que sirve para dar de comer al ganado, para fregar o para otros usos.
4 estar a pique: estar a punto, cerca.
5 El amor igualador es un concepto tópico tanto de la literatura culta como de la popular y puede considerarse como el comienzo del discurso de la Edad de Oro, con la alusión a la amistad e igualdad entre los hombres y el uso en común de los bienes.
 Diccionario de Don Quijote

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Faltóles el sol y la esperanza

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Faltóles el sol y la esperanza (fotografía: Marion P. Wolcott) / Parte I, Cap. 10g
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Capítulo X, 7. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno
y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses»
Faltóles el sol y la esperanza
Fotografía: Marion P. Wolcott

Perdóneme vuestra merced —dijo Sancho—, que, como yo no sé leer ni escribir, como otra vez he dicho, no sé ni he caído en las reglas de la profesión caballeresca, y de aquí adelante yo proveeré las alforjas de todo género de fruta seca para vuestra merced, que es caballero, y para mí las proveeré, pues no lo soy, de otras cosas volátiles y de más sustancia.
—No digo yo, Sancho —replicó don Quijote—, que sea forzoso a los caballeros andantes no comer otra cosa sino esas frutas que dices, sino que su más ordinario sustento debía de ser de ellas y de algunas yerbas que hallaban por los campos, que ellos conocían y yo también conozco.
—Virtud es —respondió Sancho— conocer esas yerbas, que, según yo me voy imaginando, algún día será menester usar de ese conocimiento.
Y sacando, en esto, lo que dijo que traía, comieron los dos en buena paz y compaña. Pero, deseosos de buscar donde alojar aquella noche, acabaron con mucha brevedad su pobre y seca comida. Subieron luego a caballo y diéronse priesa por llegar a poblado antes que anocheciese, pero faltóles el sol, y la esperanza de alcanzar lo que deseaban, junto a unas chozas de unos cabreros, y así, determinaron de pasarla allí; que cuanto fue de pesadumbre para Sancho no llegar a poblado fue de contento para su amo dormirla al cielo descubierto, por parecerle que cada vez que esto le sucedía era hacer un acto posesivo que facilitaba la prueba de su caballería.

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«La caballería andante todas las cosas iguala»

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No quieras tú hacer mundo nuevo

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: No quieras tú hacer mundo nuevo (fotografía: Nicolas Muller) / Parte I, Cap. 10f
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Capítulo X, 6. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno
y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses»
No quieras tú hacer mundo nuevo
Fotografía: Nicolas Muller

Engáñaste en eso —dijo don Quijote—, porque no habremos estado dos horas por estas encrucijadas, cuando veamos más armados que los que vinieron sobre Albraca,1 a la conquista de Angélica la Bella.
—Alto, pues, sea así —dijo Sancho—, y a Dios prazga que nos suceda bien, y que se llegue ya el tiempo de ganar esta ínsula que tan cara me cuesta, y muérame yo luego.2
—Ya te he dicho, Sancho, que no te dé eso cuidado alguno, que, cuando faltare ínsula, ahí está el reino de Dinamarca, o el de Sobradisa,3 que te vendrán como anillo al dedo, y más que, por ser en tierra firme, te debes más alegrar. Pero dejemos esto para su tiempo y mira si traes algo en esas alforjas que comamos, porque vamos luego en busca de algún castillo donde alojemos esta noche y hagamos el bálsamo que te he dicho, porque yo te voto a Dios que me va doliendo mucho la oreja.
—Aquí trayo una cebolla y un poco de queso y no sé cuántos mendrugos de pan —dijo Sancho—, pero no son manjares que pertenecen a tan valiente caballero como vuestra merced.4
—¡Qué mal lo entiendes! —respondió don Quijote—. Hágote saber, Sancho, que es honra de los caballeros andantes no comer en un mes, y, ya que coman, sea de aquello que hallaren más a mano; y esto se te hiciera cierto si hubieras leído tantas historias como yo, que, aunque han sido muchas, en todas ellas no he hallado hecha relación de que los caballeros andantes comiesen, si no era acaso y en algunos suntuosos banquetes que les hacían, y los demás días se los pasaban en flores.5 Y aunque se deja entender que no podían pasar sin comer y sin hacer todos los otros menesteres naturales, porque en efecto eran hombres como nosotros, hase de entender también que, andando lo más del tiempo de su vida por las florestas y despoblados, y sin cocinero, que su más ordinaria comida sería de viandas rústicas, tales como las que tú ahora me ofreces. Así que, Sancho amigo, no te congoje lo que a mí me da gusto, ni quieras tú hacer mundo nuevo, ni sacar la caballería andante de sus quicios.

1 Albraca: castillo imaginario citado en el Orlando enamorado, de Mateo Boyardo (1441-1494), en el que el rey de Catay tenía prisionera a su hija, Angélica la Bella, citada a continuación.
2 Sancho cita el verso de un villancico muy popular de la segunda mitad del siglo XVI: «Véante mis ojos, / y muérame yo luego, / dulce amor mío / y lo que yo más quiero».
3 Sobradisa: reino escandinavo, tenido como paradigma de lo remoto y lejano, que estaba bajo el gobierno de Galaor, hermano de Amadís de Gaula.
4 cebolla y pan era comida propia de villanos, no de caballeros.
5 pasar los días en flores: gastar el tiempo en cosas inútiles, aunque Cervantes juega aquí con el sentido de ocupaciones inmateriales.
 Diccionario de Don Quijote

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Dormir vestido y no hacerlo en poblado

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Dormir vestido y no hacerlo en poblado (fotografía: Russell Lee) / Parte I, Cap. 10e
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Capítulo X, 5. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno
y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses»
Dormir vestido y no hacerlo en poblado
Fotografía: Russell Lee

Oyendo esto Sancho, le dijo:
—Advierta vuestra merced, señor don Quijote, que si el caballero cumplió lo que se le dejó ordenado de irse a presentar ante mi señora Dulcinea del Toboso, ya habrá cumplido con lo que debía, y no merece otra pena si no comete nuevo delito.
—Has hablado y apuntado muy bien —respondió don Quijote—, y así, anulo el juramento en cuanto lo que toca a tomar de él nueva venganza, pero hágole y confírmole de nuevo de hacer la vida que he dicho hasta tanto que quite por fuerza otra celada1 tal y tan buena como esta a algún caballero. Y no pienses, Sancho, que así a humo de pajas2 hago esto, que bien tengo a quien imitar en ello, que esto mismo pasó al pie de la letra sobre el yelmo de Mambrino,3 que tan caro le costó a Sacripante.4
—Que dé al diablo vuestra merced tales juramentos, señor mío —replicó Sancho—, que son muy en daño de la salud y muy en perjuicio de la conciencia. Si no, dígame ahora: si acaso en muchos días no topamos hombre armado con celada, ¿qué hemos de hacer? ¿Hase de cumplir el juramento a despecho de tantos inconvenientes e incomodidades, como será el dormir vestido y el no dormir en poblado,5 y otras mil penitencias que contenía el juramento de aquel loco viejo del marqués de Mantua,6 que vuestra merced quiere revalidar ahora? Mire vuestra merced bien que por todos estos caminos no andan hombres armados, sino arrieros y carreteros, que no solo no traen celadas, pero quizá no las han oído nombrar en todos los días de su vida.

1 celada: pieza de la armadura destinada a proteger la cabeza; la celada de encaje tenía en la base una pieza o falda que se encajaba en la coraza
2 a humo de pajas: vanamente, sin fin ni provecho.
3 Mambrino: rey musulmán poseedor de un famoso yelmo que le fue arrebatado por Reinaldos de Montalbán, caballero perteneciente a los Doce Pares de Francia y uno de los más admirados por don Quijote.
4 Sacripante: el caballero confunde el nombre de Dardinel de Almonte, quien murió al intentar recuperar el yelmo de Mambrino, sin que se conozca el origen de la confusión, aunque es probable que se deba a uno de los nada infrecuentes despistes del autor.
5 Sancho se refiere así a un conocido romance: «De no vestir otras ropas / ni renovar mi calzare, / de no entrar en poblado / ni las armas me quitare».
6 marqués de Mantua: tío de Valdovinos, a quien le prometió venganza tras haber sido herido por Carloto, hijo de Carlomagno. El episodio aparece narrado en un romance popular y en la obra de Lope de Vega El marqués de Mantua o Valdovinos y Carloto (1604).
 Diccionario de Don Quijote

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Mayores secretos pienso enseñarte y mercedes hacerte

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Mayores secretos pienso enseñarte y mercedes hacerte (fotografía: Oskar Jaren) / Parte I, Cap. 10d
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Capítulo X, 4. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno
y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses»
Mayores secretos pienso enseñarte y mercedes hacerte
Fotografía: Oskar Jaren

Si eso hay —dijo Panza—, yo renuncio desde aquí el gobierno de la prometida ínsula, y no quiero otra cosa en pago de mis muchos y buenos servicios1 sino que vuestra merced me dé la receta de ese estremado licor, que para mí tengo que valdrá la onza2 adondequiera más de a dos reales,3 y no he menester yo más para pasar esta vida honrada y descansadamente. Pero es de saber ahora si tiene mucha costa el hacelle.
—Con menos de tres reales se pueden hacer tres azumbres4 —respondió don Quijote.
—¡Pecador de mí! —replicó Sancho—, pues ¿a qué aguarda vuestra merced a hacelle y a enseñármele?
—Calla, amigo —respondió don Quijote—, que mayores secretos pienso enseñarte y mayores mercedes hacerte; y por ahora curémonos, que la oreja me duele más de lo que yo quisiera.
Sacó Sancho de las alforjas hilas5 y ungüento.6 Mas, cuando don Quijote llegó a ver rota su celada,7 pensó perder el juicio, y, puesta la mano en la espada y alzando los ojos al cielo, dijo:
—Yo hago juramento al Criador de todas las cosas, y a los santos cuatro Evangelios donde más largamente están escritos, de hacer la vida que hizo el grande marqués de Mantua8 cuando juró de vengar la muerte de su sobrino Valdovinos, que fue de no comer pan a manteles, ni con su mujer folgar, y otras cosas que, aunque de ellas no me acuerdo, las doy aquí por expresadas, hasta tomar entera venganza del que tal desaguisado me fizo.

1 Fórmula habitual con la que se cerraban los memoriales destinados al rey en los que se solicitaba un premio o cargo.
2 onza: medida de peso, una de las dieciséis partes en que se divide la libra, equivalente a 28,75 gramos.
3 real: moneda que empezó a circular en Castilla en el siglo XIV y que tuvo diferentes valores en función de la época y su composición. Un real de vellón valía 34 maravedíes, mientras que el de plata equivalía a dos reales de vellón (68 maravedíes); un real de plata equivalía a 8,5 cuartos y 16 reales de plata valían 1 escudo de oro.
4 azumbre: medida de capacidad para líquidos, que equivale a unos dos litros.
5 hila: hebra que se sacaba de un trapo de lienzo, y servía, junta con otras, para curar las llagas y heridas.
6 ungüento blanco: crema cicatrizante y protectora.
7 celada: pieza de la armadura destinada a proteger la cabeza; la celada de encaje tenía en la base una pieza o falda que se encajaba en la coraza.
8 marqués de Mantua: tío de Valdovinos, a quien le prometió venganza tras haber sido herido por Carloto, hijo de Carlomagno. El episodio aparece narrado en un romance popular y en la obra de Lope de Vega El marqués de Mantua o Valdovinos y Carloto (1604).
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Nada temo con el bálsamo de Fierabrás

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Nada temo con el bálsamo de Fierabrás (fotografía: G. Harris & M. Ewing) / Parte I, Cap. 10c
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Capítulo X, 3. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno
y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses»
Nada temo con el bálsamo de Fierabrás
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

La verdad sea —respondió Sancho— que yo no he leído ninguna historia jamás, porque ni sé leer ni escribir; mas lo que osaré apostar es que más atrevido amo que vuestra merced yo no le he servido en todos los días de mi vida, y quiera Dios que estos atrevimientos no se paguen donde tengo dicho. Lo que le ruego a vuestra merced es que se cure, que le va mucha sangre de esa oreja; que aquí traigo hilas1 y un poco de ungüento blanco2 en las alforjas.
—Todo eso fuera bien escusado —respondió don Quijote— si a mí se me acordara de hacer una redoma3 del bálsamo de Fierabrás,4 que con sola una gota se ahorraran tiempo y medicinas.
—¿Qué redoma y qué bálsamo es ese? —dijo Sancho Panza.
—Es un bálsamo —respondió don Quijote— de quien tengo la receta en la memoria, con el cual no hay que tener temor a la muerte ni hay pensar morir de ferida alguna. Y así, cuando yo le haga y te le dé, no tienes más que hacer sino que, cuando vieres que en alguna batalla me han partido por medio del cuerpo, como muchas veces suele acontecer, bonitamente la parte del cuerpo que hubiere caído en el suelo, y con mucha sotileza, antes que la sangre se yele, la pondrás sobre la otra mitad que quedare en la silla, advirtiendo de encajallo igualmente y al justo. Luego me darás a beber solos dos tragos del bálsamo que he dicho y verasme quedar más sano que una manzana.

1 hila: hebra que se sacaba de un trapo de lienzo, y servía, junta con otras, para curar las llagas y heridas.
2 ungüento blanco: crema cicatrizante y protectora.
3 redoma: vasija de vidrio, ancha en su fondo, que va estrechándose hacia la boca.
4 Fierabrás: gigante cuyo nombre era Fier-a-bras («el de los feroces brazos») y que llevaba en dos barriles el bálsamo empleado en la sepultura de Jesucristo. Su padre, el emir Balante, fue derrotado por los soldados de Carlomagno, y Fierabrás se convirtió en señor de las Españas. Se trata de una leyenda asociada a los Doce Pares de Francia, admirados por don Quijote.
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Con destreza en el herir y maña en el derribar

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Con destreza en el herir y maña en el derribar (fotografía: Willy Ronis) / Parte I, Cap. 10b
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo X, 2. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno
y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses»
Con destreza en el herir y maña en el derribar
Fotografía: Willy Ronis

Agradecióselo mucho Sancho y, besándole otra vez la mano y la falda de la loriga,1 le ayudó a subir sobre Rocinante, y él subió sobre su asno y comenzó a seguir a su señor, que a paso tirado, sin despedirse ni hablar más con las del coche, se entró por un bosque que allí junto estaba. Seguíale Sancho a todo el trote de su jumento, pero caminaba tanto Rocinante que, viéndose quedar atrás, le fue forzoso dar voces a su amo que se aguardase. Hízolo así don Quijote, teniendo las riendas a Rocinante hasta que llegase su cansado escudero, el cual, en llegando, le dijo:
—Paréceme, señor, que sería acertado irnos a retraer a alguna iglesia, que, según quedó maltrecho aquel con quien os combatistes, no será mucho que den noticia del caso a la Santa Hermandad2 y nos prendan; y a fe que, si lo hacen, que primero que salgamos de la cárcel, que nos ha de sudar el hopo.3
—Calla —dijo don Quijote—, ¿y dónde has visto tú o leído jamás que caballero andante haya sido puesto ante la justicia por más homicidios que hubiese cometido?
—Yo no sé nada de omecillos4 —respondió Sancho—, ni en mi vida le caté a ninguno; solo sé que la Santa Hermandad tiene que ver con los que pelean en el campo, y en esotro no me entremeto.
—Pues no tengas pena, amigo —respondió don Quijote—, que yo te sacaré de las manos de los caldeos,5 cuanto más de las de la Hermandad. Pero dime, por tu vida: ¿has visto más valeroso caballero que yo en todo lo descubierto de la tierra? ¿Has leído en historias otro que tenga ni haya tenido más brío en acometer, más aliento en el perseverar, más destreza en el herir, ni más maña en el derribar?

1 loriga: cota ligera, de cuero, de tejido guateado, de laminillas de acero o de malla, sobre la que se colocaban el peto y el espaldar de la coraza.
2 Santa Hermandad: milicia creada por los Reyes Católicos en 1476 y pagada por los concejos para perseguir hechos delictivos cometidos en descampado, si bien sus miembros, los cuadrilleros, tenían fama de arbitrarios y desentendidos; se mantuvo activa hasta 1834.
3 sudar el hopo: costar mucho trabajo y afán la consecución de algo.
4 omecillo: odio, aversión hacia algo, término que Sancho confunde por «homicidio».
5 sacar de las manos de los caldeos: sacar a alguien del peligro o evitarlo con su acción, alusión bíblica al Libro de Jeremías.
 Diccionario de Don Quijote

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Tened paciencia, hermano Sancho

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Tened paciencia, hermano Sancho (fotografía: Enrico Pasquali) / Parte I, Cap. 10a
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo X, 1. Miguel de Cervantes, 1605
«De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno
y del peligro en que se vio con una caterva de yangüeses»
Tened paciencia, hermano Sancho
Fotografía: Enrico Pasquali

Ya en este tiempo se había levantado Sancho Panza, algo maltratado de los mozos de los frailes, y había estado atento a la batalla de su señor don Quijote, y rogaba a Dios en su corazón fuese servido de darle vitoria, y que en ella ganase alguna ínsula de donde le hiciese gobernador, como se lo había prometido. Viendo, pues, ya acabada la pendencia y que su amo volvía a subir sobre Rocinante, llegó a tenerle el estribo y antes que subiese se hincó de rodillas delante de él, y, asiéndole de la mano, se la besó y le dijo:
—Sea vuestra merced servido, señor don Quijote mío, de darme el gobierno de la ínsula que en esta rigurosa pendencia se ha ganado, que, por grande que sea, yo me siento con fuerzas de saberla gobernar, tal y tan bien como otro que haya gobernado ínsulas en el mundo.
A lo cual respondió don Quijote:
—Advertid, hermano Sancho, que esta aventura y las a esta semejantes no son aventuras de ínsulas, sino de encrucijadas, en las cuales no se gana otra cosa que sacar rota la cabeza o una oreja menos. Tened paciencia, que aventuras se ofrecerán donde no solamente os pueda hacer gobernador, sino más adelante.

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Si las señoras del coche no le pidieran tal merced

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Si las señoras del coche no le pidieran tal merced (fotografía: G. Harris & M. Ewing) / Parte I, Cap. 9h
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo IX, 8. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Si las señoras del coche no le pidieran tal merced
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Estábaselo con mucho sosiego mirando don Quijote, y, como lo vio caer, saltó de su caballo, y con mucha ligereza se llegó a él, y, poniéndole la punta de la espada en los ojos, le dijo que se rindiese; si no, que le cortaría la cabeza.1 Estaba el vizcaíno tan turbado que no podía responder palabra, y él lo pasara mal, según estaba ciego don Quijote, si las señoras del coche, que hasta entonces con gran desmayo habían mirado la pendencia, no fueran a donde estaba y le pidieran con mucho encarecimiento les hiciese tan gran merced y favor de perdonar la vida a aquel su escudero. A lo cual don Quijote respondió, con mucho entono y gravedad:
—Por cierto, fermosas señoras, yo soy muy contento de hacer lo que me pedís, mas ha de ser con una condición y concierto, y es que este caballero me ha de prometer de ir al lugar del Toboso2 y presentarse de mi parte ante la sin par doña Dulcinea, para que ella haga de él lo que más fuere de su voluntad.
Las temerosas y desconsoladas señoras, sin entrar en cuenta de lo que don Quijote pedía, y sin preguntar quién Dulcinea fuese, le prometieron que el escudero haría todo aquello que de su parte le fuese mandado.
—Pues en fe de esa palabra, yo no le haré más daño, puesto que me lo tenía bien merecido.

1 En los libros de caballerías, fórmula habitual para exigir la rendición del contrario.
2 El Toboso: población manchega, ubicada en la actual provincia de Toledo, de la que era natural Dulcinea.
 Diccionario de Don Quijote

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Comenzaba su segunda parte de esta manera

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Comenzaba su segunda parte de esta manera (fotografía: David Moore) / Parte I, Cap. 9g
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo IX, 7. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Comenzaba su segunda parte de esta manera
Fotografía: David Moore

Puestas y levantadas en alto las cortadoras espadas de los dos valerosos y enojados combatientes, no parecía sino que estaban amenazando al cielo, a la tierra y al abismo: tal era el denuedo y continente que tenían. Y el primero que fue a descargar el golpe fue el colérico vizcaíno, el cual fue dado con tanta fuerza y tanta furia, que, a no volvérsele la espada en el camino, aquel solo golpe fuera bastante para dar fin a su rigurosa contienda y a todas las aventuras de nuestro caballero; mas la buena suerte, que para mayores cosas le tenía guardado, torció la espada de su contrario, de modo que, aunque le acertó en el hombro izquierdo, no le hizo otro daño que desarmarle todo aquel lado, llevándole de camino gran parte de la celada,1 con la mitad de la oreja, que todo ello con espantosa ruina vino al suelo, dejándole muy maltrecho.
¡Válame Dios,2 y quién será aquel que buenamente pueda contar ahora la rabia que entró en el corazón de nuestro manchego, viéndose parar3 de aquella manera! No se diga más sino que fue de manera que se alzó de nuevo en los estribos,4 y, apretando más la espada en las dos manos, con tal furia descargó sobre el vizcaíno, acertándole de lleno sobre la almohada y sobre la cabeza, que, sin ser parte tan buena defensa, como si cayera sobre él una montaña, comenzó a echar sangre por las narices y por la boca y por los oídos, y a dar muestras de caer de la mula abajo, de donde cayera, sin duda, si no se abrazara con el cuello; pero con todo eso, sacó los pies de los estribos, y luego soltó los brazos, y la mula, espantada del terrible golpe, dio a correr por el campo, y a pocos corcovos5 dio con su dueño en tierra.

1 celada: pieza de la armadura destinada a proteger la cabeza; la celada de encaje tenía en la base una pieza o falda que se encajaba en la coraza.
2 ¡Válame Dios!: expresión de sorpresa, en la que «válame» se usaba por el moderno «válgame».
3 parar: maltratar.
4 estribo: pieza de metal, madera o cuero en que el jinete apoya el pie.
5 corcovo: salto que dan algunos animales encorvando el lomo.
 Diccionario de Don Quijote

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Testigo de lo pasado, aviso de lo presente y advertencia de lo por venir

«Don Quijote de la Mancha» (1605), de Miguel de Cervantes: Testigo de lo pasado, aviso de lo presente y advertencia de lo por venir (fotografía: Wolfgang Suschitzky) / Parte I, Cap. 9f
· El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha ·
Capítulo IX, 6. Miguel de Cervantes, 1605
«Donde se concluye y da fin a la estupenda batalla
que el gallardo vizcaíno y el valiente manchego tuvieron»
Testigo de lo pasado, aviso de lo presente
y advertencia de lo por venir

Fotografía: Wolfgang Suschitzky

Si a esta se le puede poner alguna objeción cerca de su verdad, no podrá ser otra sino haber sido su autor arábigo,1 siendo muy propio de los de aquella nación ser mentirosos, aunque, por ser tan nuestros enemigos, antes se puede entender haber quedado falto en ella que demasiado. Y ansí me parece a mí, pues, cuando pudiera y debiera extender la pluma en las alabanzas de tan buen caballero, parece que de industria2 las pasa en silencio; cosa mal hecha y peor pensada, habiendo y debiendo ser los historiadores puntuales, verdaderos y nonada3 apasionados, y que ni el interés ni el miedo, el rencor ni la afición, no les hagan torcer del camino de la verdad, cuya madre es la historia, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir. En esta sé que se hallará todo lo que se acertare a desear en la más apacible; y si algo bueno en ella faltare, para mí tengo que fue por culpa del galgo4 de su autor, antes que por falta del sujeto. En fin, su segunda parte, siguiendo la traducción, comenzaba de esta manera.

1 Referencia a Cide Hamete Benengeli, supuesto autor morisco a quien Cervantes atribuye la narración de las aventuras de don Quijote, como explica al principio de este mismo capítulo.
2 de industria: adrede.
3 nonada: nada.
4 galgo: galgo y perro eran insultos que recíprocamente se dedicaban cristianos y musulmanes, como también refiere Francisco de Quevedo en Historia de la vida del Buscón (1626).
 Diccionario de Don Quijote

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