Raros propósitos de la modernidad

Diario de un hombre ridículo, 91: Raros propósitos de la modernidad (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Raros propósitos de la modernidad
Fotografía: Rodney Smith

Contaba la otra tarde Ercilio en la oficina que ahora las gentes exponen sus fotografías y recuerdos a la contemplación de todo el mundo gracias a un invento de mucho ingenio en el que se enredan ardides y emboscadas con cofradías, grupos y consorcios, de lo que deduzco que se trata de un rudimento tan extravagante como inconcebible y más propio de gatuperios y murmullos que de una subcomarca tan ilustrada como la nuestra. Además, y por si la ocurrencia no fuera ya muy estrambótica, otras gentes igualmente antigregarias pueden hacer observaciones y comentos sin que nadie les haya dado vela en el entierro ni mantón en el bautizo, lo que ya me resulta disonante, estridente y tremebundo. Yo no encuentro el interés en dar a conocer las temáticas de mi humildérrima persona a las muchedumbres de otras subcomarcas, ni vislumbro qué ganancia podrían tener ellas en que yo supiera de sus aflicciones y contentos, pero tal vez no lo comprenda porque siempre puedo contar con mis amistades del cafetín de Tadeo para parlotear de los asuntos que nos conciernen sin tener que discurrir sobre los que incumben a los universos adyacentes. Y aunque ya sé que a veces no entiendo las cosas, me parece a mí que estos raros propósitos de la modernidad no pueden traer nada relevante a nuestra cordura, salvo disparates, yerros y barullos, así que prefiero que todo lo que ilustra mi campante trayectoria esté sobre la cómoda del saloncito para mi exclusivo usufructo y mi intrínseca expansión. Voy a sentarme un ratito en el mirador.

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© Fran Vega, 2018

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Meriendas in excelsis

Diario de un hombre ridículo, 90: Meriendas in excelsis (fotografía: Rodney Smith)
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Fran Vega
Meriendas in excelsis
Fotografía: Rodney Smith

He estado unos cuantos días muy atareado poniendo en orden mis carpetas y cuadernos y tratando de solventar las muy distintas temáticas que en ocasiones afectan a los mundos circundantes, pues ni los más preciados recovecos de parloteo y vacación permanecen a veces ajenos a conflictos y molestias. Resulta que hace dos martes entró en el cafetín de Tadeo el vicesacristán de la parroquia de la Virgen de los Zuecos, que anhela ser nombrado subdiácono por el infraobispo comarcal y no deja de hacer méritos para alcanzar tan insigne dignidad. Y como a su inmaculado entendimiento había llegado la fama de las croquetas de gallina que en ese día de la semana todas las amistades degustamos en el cafetín, se encomendó al Altérrimo y cruzó la puerta de nuestra noble institución con el fin de predicar con el ejemplo y merendar allí mismo empanadillas de chicharrones con clarete de otra subcomarca, lo que a todos nos resultó inaudito y sorprendente. Así que se formó entre las mesas de guiñote un pequeño revuelo no exento de alboroto que terminó cuando el vicesacristán salió muy airado del local, profiriendo bienaventuranzas inaudibles y prometiendo no regresar jamás a un establecimiento en el que las croquetas de gallina priman sobre las empanadillas de chicharrones y el clarete en porrón de tres cuartillos. Pero tienen razón Argimiro y Teofrasto cuando dicen que volverá en cuanto se entere de que los jueves tenemos en la mesa arenques con guindillas y rosquillas de huevo con anís, meriendas de hosanna e in excelsis que son conocidas incluso más allá de los universos colindantes. Voy a dar un paseíto, que parece que ha despejado y se va a quedar buena tarde.

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Alusiones a la tremebunda actualidad

Diario de un hombre ridículo, 88: Alusiones a la tremebunda actualidad (fotografía: Mark Kauffman)
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Fran Vega
Alusiones a la tremebunda actualidad
Fotografía: Mark Kauffman

Como ya ha comenzado a hacer un fresquito preinvernal en toda nuestra excelsa subcomarca, Tadeo no ha tenido más remedio que recoger y almacenar los tres veladores y medio de los que es titular y ya no podemos sentarnos por las tardes a contemplar el grácil paseo de las damiselas por la glorieta de los Lirios, así que hemos regresado al interior del cafetín para que la lluvia de diciembre y los fríos de estos tiempos no arruinen nuestras heroicas partidas de guiñote. Lo cierto es que resulta de lo más agradable sentarse de nuevo junto a la estufa catalítica y parlotear con todas mis amistades acerca de las muchas e importantes cuestiones que nos conciernen mientras disfrutamos de media copita de ponche, si es domingo, o de croqueta y media de gallina, si es jueves, porque el resto de la semana estamos tan contentos con nuestros chalecos de punto y nuestras gaseosas que solo echamos de menos los ilustres comentarios del difunto Estradivario, el primo de Teofrasto que murió de un rayo en el sombrero y que el Altérrimo tenga en su más que digna gloria. Lo que no comprendo es por qué Tadeo ha decidido instalar unas proclamas muy extrañas que anuncian brebajes más extraños todavía, ya que ningún miembro del ateneo de guiñotistas conocía hasta ahora la existencia de semejantes bebedizos y ni siquiera Carioco, aun siendo el más feo de los hermanos Hinojosa, había oído hablar de ellos. Yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero prefiero que la tremebunda actualidad no se inmiscuya en nuestros plácidos asuntos y que la vida siga como la hemos conocido hasta el día de la fecha, tan insigne y confortante. Voy a ver si Severino es capaz de traducir uno de esos modernos cartelitos, que no por nada es infraordenanza en el Registro de Entidades Superfluas y entiende de asuntos variopintos.

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Regalado, contentérrimo y radiante

Diario de un hombre ridículo, 83: Regalado, contentérrimo y radiante (fotografía: Tommy Ingberg)
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Fran Vega
Regalado, contentérrimo y radiante
Fotografía: Tommy Ingberg

Muy compuesto y ataviado con mi chaleco de otoño y mi sombrero de septiembre, ayer a media tarde llegué a la glorieta de los Lirios tras atravesar el puente de los Serafines y pasear despacio por el parque de los Querubines y entré en el cafetín de Tadeo para compartir in situ dos o tres ratos con todas mis amistades. Fulgencio y Lupicinio pronto hicieron ademán de sentarse ante la mesa de los naipes, pero Teofrasto estuvo al quite y les hizo un gesto a cada uno en el cogote, como para indicarles que estuvieran atentos a los eventos circundantes. Y Argimiro alzó su vaso de gaseosa en inequívoca señal de brindis y alegría, que Cristóforo confirmó con un repique de croquetas de gallina que en el cafetín siempre significa alborozo, optimismo y emoción. No se quedó atrás Carioco, el más feo de los hermanos Hinojosa, que en cuanto pudo me dio acústicas palmadas en las vértebras torácicas, ni tampoco el bueno de Ginés, que es la monda, porque de inmediato me informó acerca de los próximos campeonatos guiñotistas. Eché de menos a Sinforoso y Felixín, que aún estaban ocupados en sus prósperos talleres, pero su ausencia fue resuelta de espléndida manera por el simpático de Imeldo, que solo sonríe los jueves. Así que en un acto de armonía y entusiasmo animé a Justito para que corriera de mi cuenta una ronda de limonada, porque un día es un día y hay que ser agradecido con quienes te aguardan, aprecian y recuerdan. Estoy convencido de que en los mundos adyacentes no hay cafetines que puedan compararse con el nuestro ni amistades como las que yo tengo, de modo que hoy solo puedo sentirme regalado, contentérrimo y radiante. Voy a regar el junípero, que ya ha comenzado el otoño.

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Qué complaciente es la realidad

Diario de un hombre ridículo, 82: Qué complaciente es la realidad (fotografía: Rodney Smith)
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Qué complaciente es la realidad
Fotografía: Rodney Smith

Hoy estoy muy contento porque ha llegado el día de reconocer que he pasado un verano apacible y ejemplar en compañía de mis aladas y pisciformes amistades, a las que sin tardanza se sumaron las arbóreas, montuosas y lacustres, y que ante todas ellas, en todo momento y en cualquier lugar, he podido presumir de pertenecer no solo a una de las mejores oficinas que conozco, sino también a una de las más excelsas subcomarcas de nuestro extravagante trazado regional. Así que no es de extrañar que me haya faltado tiempo para relatar mis estivales aventuras, pues la constante presencia de mi viceprimo Arandillo y sus inagotables conocimientos sobre el mundo de la pesca me han tenido muy atento y ocupado en tan noble y heroica destreza. También tuve ocasión de parlotear animadamente con los más sabios lugareños de las comarcas adyacentes sobre cuestiones de insólita antigüedad, pero lo que más me gustó de mis andanzas veraniegas fue regresar al cafetín de Tadeo y comprobar que nada había cambiado durante mi ausencia y que todos mis conterráneos y compañeros de guiñote me recibían con sonoros abrazos y estruendosas bienvenidas, lo que hizo que me sintiera como trucha en el agua o como ardilla en conífera, que por algo tengo ahora titánicas sapiencias sobre la próvida madre naturaleza. Voy a tomar media copita de brandy para celebrar que ya estoy en casa y que pronto acudiré a mi eficiente negociado, porque hace ya muchos días que añoro con templanza mis formularios, mi papel de calco y mis lápiceros de apuntar. Qué complaciente es la realidad.

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Un épico contento de extraordinaria dimensión

Diario de un hombre ridículo, 81: Un épico contento de extraordinaria dimensión (fotografía: Marianne Breslauer)
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Un épico contento de extraordinaria dimensión
Fotografía: Marianne Breslauer

El óbito inminente del verano y el ya próximo advenimiento del otoño han supuesto importantes peripecias en mis particulares singladuras que no puedo dejar de reflejar en estos cuadernos míos, pues por algo son siempre testigos de cuantos avatares me acontecen. Para empezar, me vi impelido a despedirme con gran pena y aflicción de los seres alados y pisciformes con los que tan profunda hermandad trabé a lo largo del estío y a dejar a su libre arbitrio a bosques y arroyuelos, que solo el Altérrimo podrá custodiar durante mi prolongada y sentida ausencia. Sin embargo, como la vida siempre tiene dos cruces y tres caras, el regreso desde las comarcas adyacentes me proporcionó también el lisonjero episodio de reencontrarme con las bulliciosas plazas y avenidas de nuestra población, en donde las gentes de bien me recibieron con mucha alegría y no poco alborozo manifestado con estruendo en forma de abrazos y sonoras efusiones. Es bonito contemplar la próspera modernidad de nuestras calles y el simpático proceder de su educado vecindario, pero lo más eminente ocurrió cuando por fin entré en el cafetín de Tadeo, verdadera catedral del guiñotismo y permanente homenaje a la límpida amistad. Qué emoción sentarme de nuevo junto a mis homéricos compañeros y qué delicia ingerir despacio una gaseosa bien servida acompañada de las más que correctas croquetas de gallina. No faltaron las bromas por parte de Ginés, que es la monda, ni las risotadas de Argimiro y Felixín, que aplaudieron con gracia y devoción el breve relato de mi estancia en los universos colindantes, así que ahora mismo solo puedo decir que me embarga un épico contento de excelente altura y extraordinaria dimensión. Voy a cepillar los paraguas oscuritos, que parece que ya se acercan las lluvias.

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Portentosos descubrimientos planetarios

Diario de un hombre ridículo, 77: Portentosos descubrimientos planetarios (fotografía: Rodney Smith)
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Portentosos descubrimientos planetarios
Fotografía: Rodney Smith

Ayer por la tarde estuve dando un paseo por un prado centenario que atrajo eficazmente mi atención. Resulta que estaba en su totalidad cubierto de hierba y que de vez en cuando, y en número indeterminado, aparecían unas diminutas florecitas de colores blanco y amarillo que los lugareños de estos pagos tienen a bien denominar margaritas, sin que hasta el momento haya podido averiguar la razón de tan pintoresca decisión. Me permití recoger algunas con mis propias manos, sin estar seguro de si hacía el bien o el mal, y cuando todavía no me había recuperado de semejante estupefacción paisajística descubrí un conjunto de arbolillos distribuidos en hilera y de tan respetable altura que ni siquiera la copa de su ramaje podía avistar. Los lugareños antedichos les llaman chopos y dicen que siempre crecen junto a ríos y arroyuelos, lo que pude comprobar al aproximarme atrevidamente al regato acuático que atravesaba la campiña mencionada. Es muy bonito contemplar estos prodigios de la naturaleza y deambular entre frondas y praderas como si uno mismo lo hubiera hecho durante toda la vida, aunque hacía tanto calor que no tuve más remedio que despojarme de mi chaqueta de lino y caminar con el chaleco parcialmente desabrochado para hacer frente con elegancia y dignidad a los rigores del verano. Sin embargo, no sé si en el cafetín de Tadeo me creerán cuando ofrezca detallada cuenta de estos portentosos descubrimientos planetarios que me ocupan el magín, sobre todo porque al final olvidé pedir prestado a Exuperancio su moderno tomavistas. Qué insignes son los universos adyacentes y cuántos seres insólitos habitan en ellos.

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Días de extravío y distracción

Diario de un hombre ridículo, 76: Días de extravío y distracción (fotografía: Rodney Smith)
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Días de extravío y distracción
Fotografía: Rodney Smith

Esta mañana he cepillado la maletita de cuadros para preparar con esmero mis atavíos y adminículos, pues en unas horas o días iniciaré un grandioso tránsito estival a través de la provincia contigua. Como en tiempos pretéritos estuve en Traslosmontes y en el maizal del subcuñado de mi primo Escolástico, este año me he decidido por las largas distancias y visitaré los universos colindantes y las comarcas adyacentes, en donde dicen que existen prados centenarios y ríos milenarios a los que seguramente adeudo mi presencia. También he estado pensando en pedir prestado a Exuperancio su moderno tomavistas, aunque en el cafetín de Tadeo me han confirmado la existencia de otros artefactos tecnológicos de compleja utilización que ofrecen resultados aún mejores y notorios. Sea como fuere, estoy dispuesto a pasar unas jornadas de campeonato gracias a la incontestable bondad de nuestro egregio jefe oficinesco, que con la nobleza que le caracteriza nos ha concedido semana y media recuperable para que podamos utilizarla en nuestras particulares y siempre bienquistas aventuras, lo que hay que reconocer que es una intrepidez de tanto mérito como extravagancia. Así que estoy tan contento que voy a planchar ahora mismo los chalecos de lino y los calcetines de algodón para que después no se me olvide repasar el pijama de rayitas, no vaya a ser que contraiga constipados en estas noches de verano, tan propicias al olvido, al extravío y la distracción. Cuánta calma me procuran estos días tan simpáticos de hazañas, propósitos y sol.

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Qué intensa es la modernidad

Diario de un hombre ridículo, 75: Qué intensa es la modernidad (fotografía: Christopher Helin)
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Qué intensa es la modernidad
Fotografía: Christopher Helin

Desde hace unos días estoy la mar de contento porque en nuestra excelsa subcomarca han tenido lugar acontecimientos que sin duda modificarán la historia, la intrahistoria y la infrahistoria de nuestra insigne población. Como yo llevaba unas cuantas tardes cavilando en la idea de adquirir un velocípedo con el que pasear alegremente durante las tardes de verano y parsimonia, Lupicinio tuvo la ocurrencia de mostrarme qué son y cómo funcionan las ingeniosas sinecuras de los automóviles, sobre todo para que advirtiera las muchas diferencias existentes entre este insólito artefacto y el original artilugio de dos ruedas con pedales y sillín. Así que sin pensarlo dos ni tres veces, puso en marcha el flamante automotor y me llevó a recorrer con grandes y peligrosas velocidades el bulevar de los Arcángeles y el puente de los Serafines para rodear después el parque de los Querubines y aparcar finalmente junto a la glorieta de los Lirios. ¡Qué alegría y qué vértigo a la vez! ¡Qué valeroso y heroico me observé! Del cafetín de Tadeo salieron a recibirnos todas las amistades y en medio de vítores, aplausos y algaradas pude saber por fin qué se siente cuando los seres humanos apoyan y defienden la ciencia y el progreso, si bien tuve que sentarme un ratito en el velador para recuperarme de las emociones que acababa de experimentar a bordo de este invento prodigioso. A partir de ahora pensaré cada día en lo que aportan estos vertiginosos adelantos y hablaré de ello con cualquier desconocido para valorar sus ilustres opiniones y ponderar con sapiencia y sensatez las que aniden y deambulen por mis paisajísticas y anhelosas mientes. ¡Qué intensa es la modernidad!

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Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva

Diario de un hombre ridículo, 74: Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva (fotografía: Jacques-Henri Lartigue)
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Intrépidas aventuras de perpleja perspectiva
Fotografía: Jacques-Henri Lartigue

Ayer por la tarde iba yo paseando por la avenida de los Iscariotes en compañía de mi primo Escolástico, que me explicaba con monástica paciencia las innúmeras características de los velocípedos, cuando observamos una escena prodigiosa que nos dejó sumidos en la perplejidad, cuando no en el más grande de los atolondramientos. Resulta que un caballero de buen porte circulaba por la calzada a lomos de uno de estos extraordinarios artefactos sin importarle el tráfico rodado ni la brisa vespertina y saludaba con mucho contento a los alegres contribuyentes que caminaban por la acera al tiempo que transitaba y sonreía sin perder el control de su insólita maquinaria, pues aparentaba ser un hombre de provecho y perspectiva, de los que nunca pierden las mientes ni el magín ante los episodios circundantes de la vida cotidiana. Yo me quedé estupefacto ante semejante demostración de pericia y facultad y crucé en un periquete la glorieta de los Lirios para dar cuenta del episodio a mis amistades del cafetín de Tadeo, quienes apenas podían dar crédito a esta intrépida aventura y pedían pormenores y comentos sobre la hazaña presenciada. Y esta fue la razón que me condujo a postergar el verdadero entendimiento del suceso, pues hasta que no ingerí una gaseosa no pude comprender que el antedicho gentilhombre lucía chaleco y sombrero según nuestras nobilérrimas usanzas y que su adecuada indumentaria en ningún momento le impedía pedalear con entusiasmo ni atender a las damiselas que con tanta diligencia pasean por las avenidas, lo que me aviva en el caletre la formidable idea de procurarme uno de estos admirados velocípedos. Con razón decía siempre el difunto Honorino, que no por casualidad regentaba un prospérrimo taller de picaportes, que los inventos de nuestra insigne población son un portento de la ciencia.

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Espléndidos veranos de ideas y artilugios

Diario de un hombre ridículo, 73: Espléndidos veranos de ideas y artilugios (fotografía: G. Harris & M. Ewing)
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Espléndidos veranos de ideas y artilugios
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

Con la llegada de los mirlos y las alegres buganvillas, he considerado con mucha seriedad en las últimas jornadas la original idea de adquirir una herramienta de transporte que facilite mis trayectos hasta la oficina y el cafetín de Tadeo. Cierto es que en esta época del año resulta muy agradable caminar por el bulevar de los Arcángeles hasta la glorieta de los Lirios e incluso bastante más lejos, hasta los confines del parque de los Querubines tras cruzar el puente de los Serafines, pero no es menos verdad que en estos tiempos tan modernos resulta conveniente disponer de un instrumento que agilice los itinerarios y proporcione tardes de asueto para disfrutarlas junto a todas mis amistades. Dice Abisinio, que por algo está al frente del Negociado de Pólizas y Recargos, que con el abono de los próximos trienios podría aspirar a un semoviente utilitario de cuatro ruedas, pero a mí me parece que eso es para caballeros importantes y yo solo soy un humildérrimo oficinista que a veces no entiende las cosas. Por el contrario, Cristóforo y Fulgencio aseguraban hace dos jueves que un velocípedo sería lo más adecuado para mi persona, pues me permitiría grandes excursiones hasta el distrito de las Afueras sin necesidad de consumir raros combustibles procedentes de países muy extraños. Y creo que no les falta conocimiento ni razón, pero no sé si aprenderé a manejar con cautela su complejo mecanismo y, sobre todo, desconozco cómo podré saludar con un toque de sombrero a las amables damiselas que transitan por las calles si en todo momento he de prestar atención a los dispositivos de semejante maquinaria. Lo mejor será que consulte con Don Helesponto, que no por nada es un hombre instruido y noticioso y entiende mucho de insólitos artilugios. Voy a pasear un ratito hasta la hora de la merienda.

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Diáfanos atuendos y lúcidas presencias

Diario de un hombre ridículo, 71: Diáfanos atuendos y lúcidas presencias (fotografía: Martín Santos Yubero)
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Diáfanos atuendos y lúcidas presencias
Fotografía: Martín Santos Yubero

Por fin ha llegado la calma al cafetín después de tantos días de tránsito y dilema como hemos tenido, porque el ateneo de guiñotistas proclamó en solemne y estrambótica sesión que Fulgencio asumiera el cargo de presidente vitalicio y que Argimiro se ocupara de la secretaría perpetua. Esto nos puso a todos muy vivaces y contentos, porque en nada han cambiado nuestras vidas y todos los aconteceres parecen discurrir del mismo modo, así que creo que debemos considerar este lance provisorio como un tumulto sin enjundia ni entidad y dedicarnos a las cardinales peripecias que nos sobrevienen cada día, que no son pocas en el cafetín y menos todavía en la oficina. Además, y animado por las alegres temperaturas, Tadeo instaló la otra tarde los veladores frente a la glorieta de los Lirios y es hora de sentarse a contemplar las gentes que zanganean y deambulan con el airecito de la tarde y de compartir gaseosas y refrescos mientras parloteo con todas mis amistades, así que este mismo domingo cepillaré los sombreros de verano y ordenaré los chalecos de lino y algodón, porque parece que ha llegado ya el momento de atildarse con diáfanos atuendos y lúcidas presencias. Voy a comprar un pez desaforado para la cena, que así lo pongo de guarnición con las patatitas que compré anteayer en el mercado y un pimiento sandunguero que conservo en la despensa.

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Embrollos y barullos en nuestra insigne institución

Diario de un hombre ridículo, 70: Embrollos y barullos en nuestra insigne institución (fotografía: Tommy Ingberg)
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Embrollos y barullos en nuestra insigne institución
Fotografía: Tommy Ingberg

Desde hace unos días están las temáticas muy revoloteadas y agitadas en el cafetín de Tadeo. Resulta que cuando constituimos el ateneo de guiñotistas resolvimos que Argimiro sería presidente vitalicio y que Fulgencio haría las veces de secretario perpetuo, pero ahora, y sin que tengamos conocimiento de causas ni motivos, quieren intercambiar las tareas de modo que la perpetuidad de la secretaría pase a manos de Argimiro y que la infinitud de la presidencia sea competencia de Fulgencio. A mí no me parece que esto vaya a cambiar esencias ni sustancias, porque las ordenanzas que rigen el guiñote seguirán siendo las mismas y porque lo importante es pasar buenos ratos con las amistades y terminar la tarde con vivas y hurras hacia los acreditados ganadores, pero dice Teofrasto que cesantías y traspasos implican una reunión extraordinaria de todos los guiñotistas cafetinescos para que podamos competir con garantías en el próximo campeonato subcomarcal, lo que hay que reconocer que es un sapientérrimo criterio. Carioco, que no por nada es el más feo de los hermanos Hinojosa, piensa que para que todo siga igual es mejor dejar los asuntos como están, pero Ginés, que es la monda, considera que los perpetuismos no redundan en beneficios multivalentes para nuestra insigne institución y sí en disparates y torpezas de extravagante finalidad, lo que no acabo de saber qué puede significar y de qué forma nos abarca. Y yo, aunque a veces no entiendo las cosas, creo que lo adecuado sería tener en cuenta los discernimientos al respecto que cada persona tenga en el magín, incluso de quienes prefieren el asombroso juego de la petanca en vez de nuestro dilecto y tradicional guiñote. Voy a parlotear un poco con Don Helesponto, mi cabalérrimo vecino, que siempre ilumina los embrollos con su copiosa erudición.

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Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia

Diario de un hombre ridículo, 68: Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia (fotografía: Tommy Ingberg)
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Los panoramas circunflejos de nuestra cóncava existencia
Fotografía: Tommy Ingberg

Hoy estoy muy contento porque se celebran comicios vinculantes en los distritos suburbiales de nuestra excelsa población, que es un raro mecanismo por el que los alegres ciudadanos y simpáticos contribuyentes acudimos a saludar a intendentes y gobernantes, proclamamos nuestra perplejidad y turbación por los pensamientos incumplidos y les renovamos la autorización para que puedan ejercer su pintoresca actividad durante unos cuantos años más. Es muy bonito dedicar un día de fiesta a esta honrada diligencia, que habitualmente cometemos con gran esmero y entusiasmo, y tener después la urbana complacencia de haber contribuido al engrandecimiento y desarrollo de nuestra prospérrima y periférica metrópoli. Por si fuera poco, tengo entendido que en otras subcomarcas proceden de igual modo y que en los países extranjeros y mundos adyacentes también se practica esta digna tradición, aunque solo sea para demostrar que todos estamos de acuerdo en hacer guasas y cuchufletas de forma periódica y puntual. Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, decía ayer que hay que defender las propuestas de quienes apoyan la reducción de impuestos por merendar arenques y chistorra los jueves por la tarde, pero Abisinio se mostraba firme partidario de quienes impulsan la creación de una nueva autoridad o institución para controlar la propagación de la rana cuadriparda en nuestros parajes naturales, lo que no deja de ser una interesante ocurrencia de gran usanza y utilidad. También en el cafetín de Tadeo comentaron por la tarde que dos infraconcejales habían recibido boinazos variados en el parque de los Querubines y que incluso uno de ellos había perdido en la algarada dos botones del chaleco, luctuoso acontecimiento que ha enturbiado un poco los prolegómenos retóricos de esta histórica jornada y que me hizo pensar durante un buen rato en los panoramas circunflejos que condicionan nuestra cóncava existencia, quizá aturdido por las circunstancias antedichas o porque a veces no entiendo las cosas que afectan a los universos circundantes de compleja explicación. Voy a ver si han crecido los geranios.

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La serena algarabía y los raros argumentos

Diario de un hombre ridículo, 67: La serena algarabía y los raros argumentos (fotografía: Geof Kern)
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La serena algarabía y los raros argumentos
Fotografía: Geof Kern

He pasado unas jornadas luctuosas y estupendas en compañía de todas mis amistades del cafetín de Tadeo, donde siempre reinan el cordialismo y la alegre erudición. Como en los negociados nos otorgaron unos días festivos y recuperables para que nuestro egregio jefe oficinesco pudiera acudir a las procesiones y desfiles de la Virgen de la Alameda, de la que él es muy devoto, hemos aprovechado el tiempo para consolidar nuestro ateneo de guiñotistas y ejercer la excelentérrima amistad que nos une en pos de tan entrañable actividad. Lupicinio también quería asistir a una de estas concentraciones multitudinarias en las que hay que presentarse con oscuros ropajes y semblantes más oscuros todavía, pero hubo que convencerle de que no podía desfilar vestido de romano con la prensa deportiva bajo el brazo, sobre todo porque en tiempos de los romanos ni siquiera habían inventado aún la gaseosa y es probable que tampoco las empanadillas, según comentaron la otra tarde en el fidedigno boletín de la radio. También Teofrasto quiso ponerse una capucha para caminar embozado por las calles junto al Cristo de los Tréboles, pero al final dijo que tenía una discontinua dolencia en el chaleco y se quedó con nosotros en el cafetín, donde Justito cantó saetas y jarandas que hicieron las delicias de Ginés, que es la monda hasta en los días de recogimiento y serena algarabía. La verdad es que yo no termino de comprender estas celebraciones, porque son un poco lánguidas y a veces se ven gentes en las calles que gimen y murmuran con muy raros argumentos, así que me pareció mejor pasar las mañanas apostado en la glorieta de los Lirios y las tardes escuchando las disertaciones de Fulgencio en el cafetín, que desde que estuvo en su callista de cabecera siempre tiene cosas interesantes que contar. Voy a ordenar el armario de los sombreros importantes, que ya es momento de cometer alguna heroicidad.

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