«Invictus», de William Ernest Henley

«Invictus», de William Ernest Henley · Fotografía: Franz Schumacher
· Biblioteca del Bósforo ·
William Ernest Henley
«Invictus», 1875
Fotografía: Franz Schumacher

Más allá de este lugar de ira y de lágrimas
es inminente el horror de la sombra.
Y, sin embargo, la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

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«Tu rostro mañana, de Javier Marías»

«Tu rostro mañana», de Javier Marías

«Tu rostro mañana», de Javier Marías · Francesco Romoli
· Biblioteca del Bósforo ·
Javier Marías
«Tu rostro mañana (Veneno y sombra y adiós)», 2007
Alfaguara Ediciones. Madrid, 2007
Fotografía: Francesco Romoli

Para qué hizo esto, dirán de ti, para qué tanta zozobra y la aceleración de su pulso, para qué aquel movimiento, y aquel vuelco; y de mí dirán: por qué habló o calló y guardó tantas ausencias, para qué aquel vértigo, tantas las dudas y tal tormento, para qué dio aquellos y tantos pasos. Y de los dos dirán: por qué se enfrentaron y para qué tanto esfuerzo, para qué guerrearon en lugar de mirar y de quedarse quietos, por qué no supieron verse o seguirse viendo, y a qué tanto sueño y aquel rasguño, mi dolor, mi palabra, tu fiebre, nuestro veneno y la sombra, y tantas las dudas, y tal tormento.

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«Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin»
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«Invictus, de William Ernest Henley»

«Berlin Alexanderplatz», de Alfred Döblin

«Berlin Alexanderplatz», de Alfred Döblin · Fotografía: Philip McKay
· Biblioteca del Bósforo ·
Alfred Döblin
«Berlin Alexanderplatz», 1930
Traducción: Miguel Sáenz
Ediciones Cátedra. Madrid, 2002
Fotografía: Philip McKay

Había jurado al mundo entero y se había jurado a sí mismo ser honrado. Y mientras tuvo dinero fue honrado. Luego, sin embargo, se le acabó el dinero, momento que había estado esperando para demostrar de una vez a todos qué es un hombre.

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«Viaje de invierno: Buenas noches, de Wilhelm Müller»
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«Tu rostro mañana, de Javier Marías»

«Viaje de invierno: Buenas noches», de Wilhelm Müller

«Viaje de invierno: Buenas noches», de Wilhelm Müller · Fotografía: Logan Zillmer
· Bibloteca del Bósforo ·
Wilhelm Müller
«Viaje de invierno: Buenas noches» («Winterreise: Gute Nacht»)
Traducción: Andrés Neuman
El Acantilado. Barcelona, 2003

Fotografía: Logan Zillmer

Extranjero he llegado, extranjero me voy. Mayo fue favorable con sus ramos de flores. Ella me habló de amor —su madre, hasta de boda—. Ahora el mundo oscurece, y es de nieve el camino.

No puedo, para el viaje, elegir el momento: solitario en la sombra he de encontrar mi norte. Me acompaña tan solo el perfil de la luna y, en los campos nevados, las huellas de las bestias.

¿Cómo iba a quedarme hasta que me expulsaran? ¡Que los perros aúllen en la puerta del amo! Ama el amor errar —así nos hizo Dios— y pasa de uno a otro… ¡Buenas noches, amada!

No turbaré tu sueño, ¿cómo herir tu descanso? Mis pasos serán leves, la puerta irá despacio. Y escribiré en la entrada, al partir: «¡Buenas noches!», para que puedas ver que he pensado en ti.

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«Canción de Navidad, de Charles Dickens»
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«Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin»

«Canción de Navidad», de Charles Dickens

«Canción de Navidad», de Charles Dickens · Fotografía: Eugene Smith
· Biblioteca del Bósforo ·
Charles Dickens
«Canción de Navidad» («A Christmas Carol»), 1842
Traducción: José Méndez Herrera
Editorial Aguilar. Madrid, 1973

Fotografía: Eugene Smith

Dígase para empezar que Marley había muerto. De eso no cabe duda ya. Firmada fue el acta de su entierro por el sacerdote, el sacristán, el empresario de pompas fúnebres y el presidente del duelo. También Scrooge la firmó. Y el nombre de Scrooge lo aceptaba la Bolsa como bueno en todo aquello en que quisiera poner su mano. Muerto estaba el pobre Marley como el clavo de una puerta. Pero ¡cuidado! No quiere esto decir que yo sepa, por experiencia, qué es lo que tiene de muerto el clavo de una puerta. Acaso pensara yo que un clavo de ataúd es la pieza de ferretería más muerta que existe en este gremio. Pero la sabiduría de nuestros antepasados se apoya en los símiles, y no serán mis manos pecadoras las que la perturben, si no ha de darse por perdida la nación. Me habréis de permitir por ello que repita, insistentemente, que Marley estaba más muerto que el clavo de una puerta.

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«El testamento de un optimista, de Slawomir Mrozek»
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«Viaje de invierno: Buenas noches, de Wilhelm Müller»

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«Casa desolada, de Charles Dickens»

«El testamento de un optimista», de Slawomir Mrozek

«El testamento de un optimista», de Slawomir Mrozek · Fotografía: Henri Cartier-Bresson
· Biblioteca del Bósforo ·
Slawomir Mrozek
«El testamento de un optimista»
Traducción: Bozena Zaboklicka
Quaderns Crema. Barcelona, 1998

Fotografía: Henri Cartier-Bresson

Todo va bien. Ayer Wiktor me devolvió el dinero. Del resfriado no queda ni rastro. La pierna rota de Genia se ha soldado casi perfectamente. El tiempo también se ha normalizado y, tras un período de lluvias persistentes, por fin brilla el sol y han llegado unos días azules y dorados. (…) Sabcia está cada vez más alta, dentro de poco llegará al hombro de tía, lleva una trenza muy gruesa. A Kawusia le ha mordido un perro, pero no era rabioso, y Kawusia se ríe de ello. Yo creo que ese C. en invierno también conseguiremos arreglarlo, ¡qué gozada será! Me preocupa un poco la situación de A. Tatar, pero semejantes cosas ya han ocurrido otras veces, y él mismo, cuando nos encontramos, dijo que me animara, que todo iría bien; además R. estaba allí y dijo que la mejoría era notable y que, de hecho, enseguida podría salir con los pies por delante. ¡Ostras, qué fresquito! Sólo hay una cosa que no comprendo: ¿por qué me llevan cuatro hombres en una caja de madera, tumbado, con la tapa cerrada bajo llave…?

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«El negro del “Narcissus”, de Joseph Conrad»
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«Canción de Navidad, de Charles Dickens»

«El negro del “Narcissus”», de Joseph Conrad

«El negro del “Narcissus”», de Joseph Conrad · Fotografía: Antoni Arissa
· Biblioteca del Bósforo ·
Joseph Conrad
«El negro del “Narcissus”» («The nigger of the “Narcissus”»), 1898
Traducción: Ricardo Baeza
Editorial Seix Barral. Barcelona, 1985

Fotografía: Antoni Arissa

Su generación vivía muda e indispensable, sin conocer la dulzura de los afectos o el refugio de un hogar, y moría libre de la oscura amenaza de una tumba estrecha. Eran los hijos del eterno mar misterioso. Sus sucesores son los hijos envejecidos de una tierra descontenta. Son menos díscolos, pero menos inocentes; menos blasfemos, pero quizá también menos creyentes; y aunque aprendieron a hablar, aprendieron asimismo a gemir. Pero los otros eran fuertes y silenciosos; modestos, encorvados y sufridos, fueron como cariátides de piedra que en la noche sostuvieran las salas resplandecientes de un edificio rutilante y glorioso. Ahora han desaparecido, y poco importa eso.

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«Los hermanos Karamazov, de Fiodor M. Dostoievski»
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«El testamento de un optimista, de Slawomir Mrozek»

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«Los hermanos Karamazov», de Fiodor M. Dostoievski

Los hermanos Karamazov · Fotografía: Cornell Capa
· Biblioteca del Bósforo ·
Fiodor M. Dostoievski
«Los hermanos Karamazov» («Bratia Karamazovii»), 1880
Traducción: Augusto Vidal
Ediciones Cátedra. Madrid, 2005

Fotografía: Cornell Capa

Había empezado casi sin nada, como un terrateniente de los más insignificantes, amigo de comer en mesa ajena, empeñado en hacer vida de gorrón; sin embargo, al morir, resultó que tenía hasta cien mil rublos en dinero contante y sonante. Al mismo tiempo, siguió siendo toda su vida uno de los hombres más torpemente insensatos de nuestro distrito. Lo repito una vez más: no es cuestión de estupidez, la mayoría de estos insensatos son bastante inteligentes y astutos; son, precisamente, de una torpeza peculiar, nacional.

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«El padre Sergio, de Lev Tolstoi»
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«El negro del “Narcissus”, de Joseph Conrad»

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«El padre Sergio», de Lev Tolstoi

«El padre Sergio», de Lev Tolstoi · Fotografía: John Vachon
· Biblioteca del Bósforo ·
Lev Tolstoi
«El padre Sergio» («Otets Sergiy»), 1898
Traducción: V. Gallego Ballestero
Alba Editorial. Barcelona, 2006

Fotografía: John Vachon

Entonces, y me figuro que ello es así siempre y en todas partes, la alta sociedad constaba de cuatro clases de gentes, a saber: de cortesanos ricos; de gente no rica, pero nacida y educada en los medios cortesanos; de gente rica que imita a los cortesanos, y de gente ni rica ni cortesana que pretende ser lo uno y lo otro.

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«Casa desolada, de Charles Dickens»
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«Casa desolada», de Charles Dickens

«Casa desolada», de Charles Dickens · Fotografía: Bernard Eilers
· Biblioteca del Bósforo ·
Charles Dickens
«Casa desolada» («Bleak House»), 1852-1853
Traducción: Fernando Santos Fontela
Ediciones Alfaguara. Madrid, 1987

Fotografía: Bernard Eilers

Humo que baja de los sombreretes de las chimeneas creando una llovizna negra y blanda con copos de hollín del tamaño de verdaderos copos de nieve, que cabría imaginar de luto por la muerte del sol. Perros, invisibles en el fango. Caballos, poco menos; enfangados hasta las anteojeras. Peatones que entrechocan sus paraguas, en una infección general de mal humor, que se resbalan en las esquinas, donde decenas de miles de otros peatones llevan resbalando y cayéndose desde que amaneció (si cupiera decir que ha amanecido) y añaden nuevos sedimentos a las costras superpuestas de barro, que en esos puntos se pega tenazmente al pavimento y se acumula a interés compuesto.

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«Ana Karenina, de Lev Tolstoi»
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«El padre Sergio, de Lev Tolstoi»

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«Ana Karenina», de Lev Tolstoi

«Ana Karenina», de Lev Tolstoi
· Biblioteca del Bósforo ·
Lev Tolstoi
«Ana Karenina», 1875-1877
Traducción: Juan López-Morillas
Alianza Editorial. Madrid, 1990

Todas las familias felices se parecen; sin embargo, cada familia infeliz lo es a su manera. Todo iba manga por hombro en casa de los Oblonski. La esposa, enterada de que el marido andaba en relaciones íntimas con una muchacha francesa que había sido institutriz en la casa, había anunciado que no podía seguir viviendo con él bajo el mismo techo. Tres días duraba ya esta situación, que afectaba penosamente no sólo a los esposos, sino a todos los miembros de la familia y a la servidumbre.

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«El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad»
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«Casa desolada, de Charles Dickens»

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«El corazón de las tinieblas», de Joseph Conrad

«El corazón de las tinieblas», de Joseph Conrad · Fotografía: Elisabet Ferrari
· Biblioteca del Bósforo ·
Joseph Conrad
«El corazón de las tinieblas» («Heart of darkness»), 1899
Traducción: Araceli García Ros e Isabel Sánchez Araujo
Alianza Editorial. Madrid, 1986

Fotografía: Elisabet Ferrari

Existía entre nosotros, como ya lo he dicho en alguna otra parte, el vínculo del mar. Además de mantener nuestros corazones unidos durante largos periodos de separación, tenía la fuerza de hacernos tolerantes ante las experiencias personales, y aun ante las convicciones de cada uno.

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«Diario del año de la peste, de Daniel Defoe»
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«Ana Karenina, de Lev Tolstoi»

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«Diario del año de la peste», de Daniel Defoe

«Diario del año de la peste», de Daniel Defoe · Fotografía: Else Ernestine Neulander-Simon
· Biblioteca del Bósforo ·
Daniel Defoe
«Diario del año de la peste»
(«A Journal of the Plague Year»), 1722
Traducción: Carlos Pujol
Alba Editorial. Barcelona, 2006

Fotografía: Else Ernestine Neulander-Simon

En aquella época aún no teníamos diarios impresos que difundieran los rumores y las noticias, y que las embelleciesen por obra de la imaginación de los hombres, como luego he visto que se hacía. Sino que entonces nos enterábamos de tales cosas gracias a cartas de mercaderes y otras personas que tenían correspondencia con países extranjeros, y la noticia sólo circulaba de boca en boca; de modo que tales cosas no se difundían instantáneamente por toda la nación, como ahora ocurre.

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«El fulgor y la sangre, de Ignacio Aldecoa»
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«El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad»

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«El fulgor y la sangre», de Ignacio Aldecoa

«El fulgor y la sangre», de Ignacio Aldecoa · Fotografía: Duru Florin
· Biblioteca del Bósforo ·
Ignacio Aldecoa
«El fulgor y la sangre», 1954
Editorial Planeta. Barcelona, 1976
Fotografía: Duru Florin

De vez en cuando arrastraba el pie por la pista de las hormigas y producía el desastre. Luego, aburridamente, contemplaba la triste y perfecta organización de los insectos hasta que la normalidad y la urgencia en la normalidad volvían. Su mirada, arrastrándose por la tierra, le descubría pequeñas cosas para las que iba creando imágenes que las aislaban, las circuían y les daban nuevos valores que impedían su olvido momentáneo.

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«Crímenes ejemplares, de Max Aub»
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«Diario del año de la peste, de Daniel Defoe»

«Crímenes ejemplares», de Max Aub

«Crímenes ejemplares», de Max Aub · Fotografía: Boris Ignatovich
· Biblioteca del Bósforo ·
Max Aub
«Crímenes ejemplares», 1969
Editorial Lumen. Barcelona, 1972
Fotografía: Boris Ignatovich

Pueden ustedes preguntarlo en la Sociedad de Ajedrez de Mexicali, en el Casino de Hermosillo, en la Casa de Sonora: yo soy, yo era, muchísimo mejor jugador de ajedrez que él. No había comparación posible. Y me ganó cinco partidas seguidas. No sé si se dan ustedes cuenta. ¡Él, un jugador de clase C! Al mate, cogí un alfil y se lo clavé, dicen que en el ojo. El auténtico mate del pastor.

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