Zarzuela, Génova y Ferraz

Zarzuela, Génova y Ferraz

La ventaja de ser rey emérito es que no estás sujeto a ningún tipo de precepto legislativo, por lo que puedes hacer casi lo que quieras sin más frontera que la de tu propia ética, en caso de que la tengas. La Constitución impide que el rey que reina se inmiscuya en política o en asuntos propios de los partidos, pero nada limita la actividad del emérito, que hace y deshace sin rendir cuentas ni explicación.
Viene esto a propósito de que no resulta creíble que la carnicería que se está perpetrando en Ferraz sea ajena a conciliábulos como el que observan en la fotografía, en el que todos los comensales comparten objetivos e intereses. La ausencia de F6 se explica porque la propia Constitución le obliga a respetarla, pero no hay decreto que prohíba al emérito borbonear con el señor de los GAL, el señor de Irak, el señor de la Gürtel y un señor de León que fue invitado por cortesía.
Pensar que el enésimo movimiento cainita que los socialdemócratas están viviendo tiene su origen en pedristas y susanistas resultaría ingenuo. Hace meses que entre Zarzuela y Génova se estableció un hilo directo para lograr la investidura de Rajoy mediante la voladura de Ferraz siempre que esta se produjera desde dentro y con escenografía navajera. Y para ello se pidió colaboración al mejor dinamitero del reino: Felipe González, el viejo león superviviente de Suresnes con las cuatro patas hundidas en otros tantos consejos de administración. La Zarzuela se personó a través del emérito en un conflicto en el que no podía intervenir, pero del que dependía buena parte de su estabilidad.
No es creíble tampoco el difundido lapsus de González aludiendo a la guerra sucia en una entrevista radiofónica. En primer lugar, porque estaba grabada con anterioridad, y hubiera hecho falta una sola palabra del viejo león para que la Cadena Ser la editara y omitiera esa referencia. Y en segundo lugar, porque el viejo león es demasiado viejo y demasiado listo como para cometer ese pretendido error. Era una bala que tenía guardada para los de su propia tropa y que disparó con septembridad y alevosía. Un tá-pá-pá que en tres décadas no había dejado escapar, hasta que lo usó como fuego amigo camuflado entre críticas a su secretario general. Y una chulería, porque si en su momento ningún juez se atrevió a sentarle en el banquillo, él mismo ha confesado ahora sus fechorías sin que nadie le preguntara.
Es pronto para saber cómo terminará este golpe socialdemócrata y hasta qué punto beneficiará a sus instigadores y a quienes les financian o si se volverá en contra de sus cabecillas, pero no para observar la obscena fotografía tomada en un restaurante madrileño y reparar en que quien la hace no tiene plato en la mesa. No hay un sitio vacío, porque quien tomó la instantánea solo estaba convocado para que tomara nota del evento: Cebrián, ese fiel servidor y beneficiario de cualquier gobierno que lleva cuarenta años en todas las sombras de importancia.
Tal vez el partido socialdemócrata necesitaba un sepulturero y lo ha encontrado en el mismo que lo llevó al poder, pero una vez provocado el incendio, apagadas las llamas e identificados los pirómanos, ¿quién gestiona las cenizas? Pasarán años antes de que alguien se atreva a recogerlas y pueda responder.

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© Fran Vega, 1 de octubre de 2016

El informe Chilcot y la inteligencia

El informe Chilcot y la inteligencia
Lo que más sorprende del Irak Inquiry o informe Chilcot conocido hace unos días no es lo que cualquier ser inteligente y bien nacido sabía desde hace años, esto es, que la invasión de Irak fue una guerra prefabricada y que quienes la organizaron mintieron y estafaron a todo el planeta, sino que haya sido necesaria más de una década para que la comisión investigadora presidida por John Chilcot haya llegado a esa misma conclusión.
Sorprende también que periodistas, analistas y medios de comunicación se lleven ahora las manos a la cabeza por lo que desde el primer momento era una obviedad. ¿Acaso podía esperarse otra cosa de los tipos reunidos en las Azores en la primavera de 2003? Allí estaban Tony Blair, ese político desdichado sin un solo gramo de criterio en su cabeza; George W. Bush, el peor presidente que Estados Unidos podía haber tenido en uno de los peores momentos de su historia, y José María Aznar, a quien es difícil calificar sin infringir el Código Penal. Los tres acogidos y bien recibidos por Durão Barroso, quien obtuvo a cambio la presidencia de la Comisión Europea y quien acaba de incorporarse a la de Goldman Sachs para terminar de destruir lo poco que dejó en pie en el continente.
No había entonces ninguna duda de que todos mentían, nadie que no fuera un ingenuo pudo creer aquellos discursos argumentales y nadie que no tuviera sangre y muerte en su cabeza pudo pensar que aquellos tipos decían la verdad. Nos metieron en una guerra y la jugada nos salió muy cara. Y ahora hay grandes titulares que dicen: ¡Oh! ¡Nos mintió! Como si no hubiera mentido antes y después, cuando nos devolvieron la carnicería en vagones y apeaderos.
Dice también el informe Chilcot, en un insólito alarde de perspicacia, que la invasión de Irak propició la actividad del ISIS y extendió la guerra a conflictos como el sirio, cuyas consecuencias son evidentes y de sobra conocidas. A esa conclusión han llegado los servicios de inteligencia tras años de análisis y financiación, la misma a la que cualquiera con un mínimo de información y perspectiva ha podido llegar por su cuenta durante todo este tiempo. Reconozcamos que con servicios de inteligencia de este nivel, no necesitamos ningún estúpido al que investigar.
El informe Chilcot no solo es insultante para las víctimas de cualquier bando y cualquier país en donde aquella guerra sigue dejando huella, sino para los millones de personas que en su momento nos manifestamos en todo el mundo en contra de una operación demencial urdida por aquellos enfermos que nos gobernaron.
Trece años después, Aznar, cuyo vicepresidente de entonces gobierna y gobernará, aúlla todavía como una hiena con la boca ensangrentada por la carroña que devora: ¡créanme!, dice.
Tal vez sabe que en los cementerios sirios e iraquíes aún hay tumbas que no debieran estar vacías, pues no es posible que no exista el infierno también para ellos.

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© Fran Vega, 11 de julio de 2016

Rajoy no existe

20160628 · Rajoy no existe

A ver, que lo fácil ahora es decir que Mariano ha ganado las elecciones, pero eso es imposible por la incuestionada verdad de que Rajoy no existe. Todos los votantes del Partido Popular son conscientes de esta exactitud, así que socialdemócratas y podemitas son los únicos que permanecen en el limbo y siguen sin saber que el gran Mariano solo tiene vida en nuestra confusa imaginación. Veamos por qué.
En primer lugar, porque Aznar está satisfecho con el resultado y ha felicitado a su sucesor. Y esto es muy mal asunto, porque significa que es Josemari quien habita en la oquedad craneal de Mariano.
Después, porque nada podía esperarse de una campaña podemita basada en invocaciones a la patria y corazoncitos veraniegos. ¿Qué creían estos chicos? ¿Que hemos llegado hasta aquí para escuchar estas cosas? ¿Que hemos peleado tanto para llevar un corazoncito en la solapa? No, muchachos, no basta con la camisa blanca remangada y tres o cinco ocurrencias en prime time. Necesitamos dinamita intelectual y fuego en las neuronas, no carantoñas ni ternura de colegas.
A continuación, porque solo los socialdemócratas pueden aprobar un eslogan electoral tan hueco como “Vota sí al cambio”. Eso del cambio funcionó una vez, pero está claro que no es una mina sin fondo. Y menos aún si va impreso sobre la foto de un líder errático y errante cuya vida política pende de un pedo. ¿Cuándo se van a convencer los políticos de que la gente jamás vota incertidumbre?
Más todavía: es imposible que exista alguien como Mariano Rajoy. Es imposible que alguien así dirija una banda perfectamente organizada que gana elecciones y aumenta su ventaja en cada convocatoria. Eso no puede ser verdad.
Pero, sobre todo, Rajoy no existe porque el Partido Popular no lo necesita. ¿Para qué tener un líder si no hay nadie que trabaje mejor por el partido que podemitas y socialdemócratas?
Rajoy no ha existido nunca. Y la izquierda solo ha demostrado un principio físico irrebatible: dos fuerzas que chocan siempre impulsan a una tercera.
(En efecto, lector: usted y yo tampoco existimos. Solo somos el resultado de un capricho algorítmico).

© Fran Vega, 28 de junio de 2016

Famaztella, S.A.

20160421 · Aznar

Nadie sabe en qué momento exacto este hombre pasó de ser un perfecto cretino a un inigualable cínico. Nadie sabe si fue antes o después de llegar a la Moncloa o antes o después de convertirse en una figura indeseada y vomitiva. Un tipo de cuya imaginación surge el nombre de Famaztella, S.A. (Familia Aznar Botella, S. A.) no merece mayor credibilidad. Y un individuo que lleva años luciendo y exigiendo patriotismo mientras elude sus impuestos debería ser condenado, por lo menos, a permanecer en silencio durante las próximas décadas.
Y este mismo hombre ganó dos elecciones seguidas, nos metió en una guerra para su exclusiva satisfacción y sembró discordias y corrupciones durante años.
Y es el mismo hombre que preside ese partido político del que usted me habla. Ese partido político que tal vez vuelva a gobernar sobre un país sin criterio. Y sin memoria.

© Fran Vega, 21 de abril de 2016

Príncipe y mendigo

Mariano Rajoy y Pedro Sánchez
· Ucronías ·
Fran Vega
Príncipe y mendigo

La novela de Mark Twain publicada en 1881 que narra la historia de dos muchachos de idéntica apariencia —un mendigo que vive con su padre y un príncipe que es hijo del rey de Inglaterra— representa la absurda realidad que contemplamos desde que en vísperas navideñas acudimos a las urnas.
Rajoy, ese amargo cisne negro que la historia nos ha proporcionado, se encuentra en agrias circunstancias de mendicidad sociopolítica que no solo le retratan como presidente y miembro de nuestra misma especie (sic), sino que nos delatan como votantes de presunta inteligencia electoral. Aislado en la caverna monclovita, deambula por pasillos y despachos, repasa la prensa deportiva, envía mensajes por las tardes y espera angustiado la llamada del monarca que le obligue a abandonar sus dependencias. Nadie le quiere. Nadie le escribe. Solo piensan en él para mofarse de sus lapsus y lagunas. Es la imagen perfecta del ostracismo y la exclusión.
A no mucha distancia, y en la misma capital estupefacta, reside el príncipe que un día recibió el manto de la rosa bajo la estricta vigilancia de quienes le habían antecedido: predecesores y ascendientes que todavía le tutelan bajo la amenaza de usurparle sus emblemas mayestáticos. El príncipe Sánchez es un rehén de sí mismo, pues aceptó en su momento una fatídica elección y unas condiciones de contrato que tan solo le permiten decidir lo que en realidad no importa. Es el hombre sin atributos en el reino de Kakania que Robert Musil describió en su novela inacabada (Der Mann ohne Eigenschaften). Y es también el hombre de laboratorio que Mary W. Shelley hubiera querido diseñar para su Frankenstein o el moderno Prometeo.
Príncipe y mendigo protagonizan estos días la más esperpéntica comedia que hubiéramos podido imaginar, pues ambos se arrogan la victoria cuando ellos mismos saben que fueron derrotados por una pizpireta sociedad que aún no tiene claro en qué consiste el arte de gobernar. No se llaman porque no saben qué decirse. Y si se encuentran de chiripa miran cada uno hacia otro lado, como adolescentes en la plaza esperando que un compañero de colegio acuda e interceda.
Y, en efecto, algún miembro del sanedrín que nos gobierna —ese consejo oculto en el que habitan desde el Ibex-35 hasta el Bilderberg de Guindos, desde la FAES de Aznar hasta el yate de González— atenderá la llamada de socorro desde los sótanos de la monarquía —cuyo titular ha visto malograda su temporada de esquí debido a estas trifulcas— y pondrá orden y concierto entre tanta algarabía y tanto caos como afecta a los mercados.
Poco importa si príncipe y mendigo al final hacen las paces y caminan de la mano hacia la investidura en el Congreso. Poco importa si cada uno de ellos busca otros aliados para formar gobiernos multicolores y psicodélicos con los que aguantar en primera fila un par de temporadas más. Importa que en toda trama hay una zona oscura de acceso restringido en la que se escriben los guiones. Y que sus finales son puntualmente ignorados por quienes debieran protagonizarlos.
Respetado mendigo, respetado príncipe: conversen, argumenten, discutan, pacten, decidan. Ustedes tampoco importan.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 31 de enero de 2016

De Damasco a París

París, noviembre de 2015
· Ucronías ·
Fran Vega
De Damasco a París

Los atentados de París del pasado 13 de noviembre han dejado, además de una lamentable lista de fallecidos y heridos y de afirmaciones que se aproximan a la xenofobia que tanto decimos denostar, no pocos interrogantes sobre el origen y las causas de una guerra que se ha metido en nuestras casas y ciudades sin que sepamos los motivos de semejante atrocidad.
No hay una sola bala ni un solo instante de lo ocurrido en París que tenga justificación, pero hace mucho que la historia nos enseñó que nada en ella ocurre por casualidad ni mala suerte. Y es hora de revisar el pasado para saber qué ocurre en el presente y qué es probable que suceda en el futuro.
Hace exactamente un siglo, en noviembre de 1915, dos individuos se reunieron en secreto con el fin de negociar el reparto del apetecible territorio de Oriente Próximo tras el final de la Gran Guerra, que aún estaba lejano y que depararía todavía innumerables matanzas en las trincheras europeas. Estos dos hombres eran el británico Mark Sykes, teniente coronel y miembro del partido conservador —quien afirmaba que los árabes «detestan a los europeos con bigotudo, estúpido e insensato desprecio»—, y el abogado y diplomático francés François Georges-Picot. Los dos habían recibido de sus respectivos gobiernos la misión de llegar a un acuerdo para cuando se produjera la derrota del imperio otomano, aliado en la contienda con Alemania y Austria-Hungría.

Raymond Poincaré, presidente de Francia en 1915
Raymond Poincaré, presidente de Francia en 1915

Al mismo tiempo, en el territorio otomano —donde desde 1909 reinaba el sultán Mehmed V— se libraba una guerra de guerrillas comandada por el coronel inglés Thomas E. Lawrence con el fin de provocar el levantamiento de las tribus árabes contra el poder imperial y colaborar con la victoria aliada a cambio de obtener después el control total de su territorio en forma de un estado árabe unificado o de una confederación de estados árabes. No era la primera vez que Lawrence pisaba suelo turco, pues sus estudios de arqueología le habían llevado unos años antes a recorrer Oriente Próximo con el fin de recoger material para su tesis sobre la arquitectura militar de las cruzadas (The influence of the Crusades on european military architecture) y desde el principio de la guerra se encontraba en El Cairo adscrito al Departamento de Inteligencia Militar.

Herbert H. Asquith, primer ministro de Reino Unido en 1915
Herbert H. Asquith, primer ministro de Reino Unido en 1915

Sykes y Picot conocían perfectamente cuál era la situación social y militar en Oriente Próximo y cuáles eran los términos del acuerdo impulsado por Lawrence y sus superiores militares, pero no dudaron en emprender una política opuesta y sembraron con su pacto décadas de sangre que aún no han terminado.

De Constantinopla a Sarajevo

Habría que remontarse mucho tiempo atrás para comprender la importancia que tenía para Europa el imperio otomano, fundado a finales del siglo XIII por Osmán I, patriarca de la dinastía osmanlí, pero en la historia del mundo hay un lugar y una fecha que separan los tiempos medievales de los modernos y que determinaron buena parte de la historia continental hasta el inicio de la primera guerra mundial: Constantinopla, 1453, cuando las tropas del sultán Mehmed II entraron en la capital del imperio romano de Oriente y obligaron a portugueses y castellanos a buscar a través del océano una nueva forma de llegar a China y la India sin atravesar la Sublime Puerta.
Más de cuatrocientos años de enfrentamientos en territorio balcánico, numerosas guerras y tratados con rusos, franceses, ingleses y austro-húngaros, varios estados conquistados a lo largo de la historia e intereses comerciales y geoestratégicos de primer orden no podían permitir que las potencias aliadas dejaran escapar el destino de un imperio que tras las guerras balcánicas de 1912-1913 todavía abarcaba desde Adrianópolis hasta Basora y Bagdad, al este, y hasta la Meca y Medina, al oeste, que controlaba la costa meridional del mar Negro y la oriental del Mediterráneo y que vigilaba los estrechos del Bósforo y los Dardanelos.
El imperio otomano había sobrevivido al Sacro Imperio y a diversas alianzas pontificias y dinásticas, había resistido todos los intentos del imperio austro-húngaro y del imperio ruso por enterrarlo y había sobrevivido a sí mismo, pues la sucesión de sultanes durante más de seis siglos había sido casi siempre traumática y los problemas internos relacionados con la religión y la administración de su vasto territorio habían dificultado su lenta modernización. Sin embargo, una guerra que en poco tiempo adquiriría dimensiones mundiales y dos negociadores secretos acabarían en menos de dos años no solo con el imperio de la dinastía osmanlí, sino con las esperanzas de los diferentes pueblos y creencias que lo habitaban.

El imperio otomano hacia 1900
El imperio otomano hacia 1900

El gobierno de Mehmed V había llegado a 1914 con una importante reducción de su territorio balcánico y con serias amenazas sobre el asiático, pues la aplicación de las resoluciones del congreso de Berlín de 1878, las guerras balcánicas y el empeño ruso de obtener por todos los medios una salida al Mediterráneo a través de los estrechos no hacían sino debilitar su estructura imperial y su propio poder personal. Al mismo tiempo, Alemania y Austria-Hungría, por un lado, y Francia e Inglaterra, por otro, temían que en Oriente Próximo los osmanlíes fueran sustituidos por los Romanov. Y esa era una circunstancia que ninguna potencia estaba dispuesta a admitir.
Los principales gobiernos europeos tampoco imaginaban en qué podía desembocar el complejo sistema de alianzas que habían tejido durante los años anteriores, así que cuando en la mañana del 28 de junio de 1914 llegaron a todas las cancillerías los ecos de los disparos de Gavrilo Princip sobre el archiduque Francisco Fernando de Habsburgo en Sarajevo, algunos pensaron que se abría una nueva posibilidad de poner orden en un continente que, en realidad, jamás había estado ordenado.
Princip era un nacionalista serbio perteneciente a Mlada Bosna (Joven Bosnia), la organización que había denunciado la ilegitimidad de la anexión de Bosnia-Herzegovina por parte del imperio austro-húngaro llevada a cabo en 1908, de modo que los Habsburgo no dudaron en señalar a Serbia como la única responsable del atentado e inmediatamente redactaron la declaración de guerra. Serbia dejó claro que no pensaba renunciar a su paneslavismo, es decir, la unión de todos los territorios balcánicos en torno a Belgrado. Y Rusia advirtió a Austria-Hungría de que no toleraría su intromisión en un país aliado.
El gobierno del emperador Francisco José, presidido en Austria por Karl von Stürgkh y en Hungría por Istvan Tisza, declaró la guerra a Serbia el 28 de julio con el fin de mantener la integridad de su territorio y anexionarse los de Serbia y Montenegro, rectificar sus fronteras con Italia y Rumanía y eliminar la influencia rusa en el área balcánica y en la de los estrechos del Bósforo y los Dardanelos. Como el gobierno austro-húngaro sabía muy bien, su iniciativa podía suponer la declaración de guerra por parte de Rusia, con lo que Alemania declararía la guerra a Rusia y Francia se la declararía a Alemania. Así estaba previsto en los acuerdos que habían dado lugar a la creación de la Triple Alianza, firmada en 1882 por Alemania, Italia y Austria-Hungría, y a la formación de la Triple Entente, constituida en 1907 por Francia, Reino Unido y Rusia. Nada se había dejado al azar, por lo que Grey afirmó con razón unos días después: «Las luces de Europa se están apagando; no las veremos encendidas jamás».
El sistema de alianzas se puso en marcha, Rusia declaró la guerra a Austria-Hungría, pues sabía que sus objetivos estratégicos en los estrechos solo podrían obtenerse mediante un conflicto armado, y el káiser Guillermo II declaró la guerra al zar Nicolás II, ya que deseaba acabar con el movimiento eslavista en el imperio austro-húngaro, detener la expansión rusa y liquidar la hegemonía económica y colonial de Francia e Inglaterra, que para el 4 de agosto ya habían entrado en guerra contra Alemania.
Por su parte, Mehmed V se adhirió pronto a la Triple Alianza, ya que era su única posibilidad de salvaguardar sus intereses en los Balcanes y de protegerse del expansionismo ruso en los estrechos, pero intentó al mismo tiempo pactar con Rusia su apoyo frente a Alemania a cambio de la retrocesión de Tracia y las islas del Egeo. El gobierno ruso decidió esperar, pues se fiaba del sultán tan poco como de sus propios aliados. Y, en efecto, cuando el sultanato avistó desde su costa los buques de guerra alemanes, no dudó en ofrecerles su protección, lo que en la práctica fue entendido por Rusia como una abierta declaración de guerra, a la que Francia y Reino Unido se sumaron al día siguiente. El sultán miraba entonces hacia Moscú, pero en poco tiempo tendrá que girar la vista hacia Londres y París.
El gobierno del imperio otomano, controlado por el Ittihad ve Terakki Cemiyeti —Comité de Unión y Progreso, conocido como Jóvenes Turcos— declaró la guerra a la Triple Entente a mediados de noviembre de 1914 con la clara intención de recuperar los territorios europeos perdidos en el congreso de Berlín de 1878 y en las guerras balcánicas de 1912-1913, obtener la Armenia rusa, Egipto y Chipre, alejar el intervencionismo ruso-británico de Oriente Próximo, extenderse hasta Asia central a través del Cáucaso, establecer el panturanismo —unión de todos los pueblos otomanos bajo la supremacía de Turquía— y mantener la yihad, dictada por Mehmed V en su calidad de califa del islam. De este modo, seiscientos años de sultanato quedaron unidos al destino de las potencias centrales en la Gran Guerra.
Era la situación que Rusia, Francia y Reino Unido estaban esperando desde el inicio del conflicto, pues a partir de ese momento nada impediría intervenir en Oriente Próximo, deshacer el nudo que desde siglos antes estaba anclado en el Bósforo y conquistar los inmensos territorios que se extendían entre Constantinopla y Bagdad. Al fin y al cabo, el futuro botín de guerra a costa del sultán osmanlí era aún más interesante que lo que alemanes y austro-húngaros pudieran conquistar en los Balcanes.
Durante los primeros meses de 1915, Rusia intensificó la presión sobre sus socios de la Triple Entente para tomar el control de Constantinopla y los estrechos, pero el fracaso de la operación en los Dardanelos diseñada por el primer lord del Almirantazgo, Winston Churchill, obligó a Asquith a reconsiderar su estrategia y a pensar que en los despachos podía resolverse lo que sus acorazados no habían logrado. Sin embargo, el exterminio de los armenios cristianos establecidos en territorio otomano llevó al papa Benedicto XV a presionar también a los aliados para que derrotaran a los otomanos.
Para entonces, el gobierno de Asquith ya había establecido contacto con Husayn ibn Ali —jerife de la Meca y cabeza de la dinastía de los hachemíes— a través del comisario británico en El Cairo, Henry McMahon, con el fin de organizar la rebelión de las tribus árabes contra el gobierno del sultán a cambio de garantizar la protección ante cualquier intervención extranjera en su territorio y facilitar la creación de un estado árabe unificado. El jerife aceptó la difícil e insólita tarea de unir a todas las tribus árabes y exigió a cambio su reconocimiento como «rey de los árabes».
El movimiento de la Triple Entente en Oriente Próximo fue respondido por la Triple Alianza con el ofrecimiento a Bulgaria, la gran perdedora de las guerras balcánicas, de la retrocesión de Macedonia y Dobrudja a cambio de su incorporación a la guerra, lo que permitiría a las potencias centrales crear el eje Berlín-Viena-Sofia-Constantinopla con el fin de desplazar sus tropas hacia Egipto y el canal de Suez. En septiembre de 1915, Bulgaria se sumó a la Triple Alianza.
Y a finales de octubre, los emisarios ingleses comunicaron a Husayn ibn Ali que aceptaban sus condiciones para iniciar la rebelión árabe, lo que significó una situación inédita en los territorios otomanos, pues hasta aquel momento era casi impensable que las diferentes tribus se unieran con un mismo objetivo y, menos aún, frente al poder absoluto que el sultán representaba. Pero Asquith y Poincaré tenían otros planes.

El pacto Sykes-Picot

Habíamos dejado a mister Sykes y monsieur Picot negociando el futuro de Oriente Próximo mientras italianos y austro-húngaros se enfrentaban por cuarta vez a orillas del río Isonzo y mientras la última acción de la caballería en una guerra moderna tenía lugar en la batalla de Champagne entre los ejércitos franceses y alemanes.

François Georges-Picot
El diplomático francés François Georges-Picot

Respaldados sin fisuras por los gobiernos de sus países y avalados por los de Rusia e Italia —presididos por Iván Goremikin y Antonio Salandra, respectivamente—, todos ellos temerosos de que tras la liquidación del imperio otomano surgiera en la zona una gran potencia árabe que sirviera de ejemplo a sus colonias —y también, en el caso de Inglaterra y Francia, de que Rusia se apoderara de él—, los negociadores acordaron que Oriente Próximo quedaría dividido en cinco zonas políticas y económicas sin tener en cuenta su población, su etnia o su religión. Y olvidar estas tres cuestiones capitales será un error que durante los cien años siguientes pesará en todo el mundo occidental.

Mark Sykes
El militar británico Mark Sykes

Así, se establecería una zona de control británico al este de Mesopotamia, en el actual Irak, con la inclusión de Bagdad y Basora y con salida al mar en el golfo Pérsico; una zona de control francés al norte de la actual Siria, con la inclusión de Beirut y el futuro Líbano y con salida marítima al Mediterráneo; un protectorado británico o zona de influencia en el sur de Irak y Transjordania; un protectorado francés en el norte de Irak y el resto de Siria, desde Mosul a Damasco, y una zona internacional situada en Cisjordania y Palestina, con Jerusalén como centro neurálgico, cuyo control quedaría encomendado a la ineficaz Sociedad de Naciones, antecedente de lo que hoy es la Organización de Naciones Unidas (ONU).
De modo que lo que hasta entonces había sido un territorio tribal quedó descuartizado gracias a los mapas, la escuadra y el cartabón de Sykes y Picot, que traicionaron al jerife de la Meca mientras se atusaban delicadamente los bigotes y que disolvieron el sueño de un estado árabe unificado entre pastas y tazas de té. En el plan anglo-francés apenas había lugar para Rusia, su aliado —si bien contemplaban concederle la zona turca de Armenia y el control de los Dardanelos—, y menos aún para los países balcánicos que durante siglos se habían enfrentado al poder otomano, pues a esas alturas de la guerra la euforia de 1914 se había transformado en una colección de mapas que dividían el mundo en dos partes bien diferenciadas: las potencias dominantes y los pueblos dominados.

Acuerdos Sykes-Picot (1916)
Acuerdos Sykes-Picot, 1916

El acuerdo fue firmado el 16 de mayo de 1916, mientras en Francia se libraba una de las más duras batallas que el mundo moderno recuerda: Verdún. Y para contentar a otro socio importante de la alianza, unos días después fue firmado el acuerdo de Saint-Jean-de-Maurienne con Italia, por el que esta obtenía también algunas concesiones territoriales otomanas. Paradójicamente, una vez terminada la contienda solo Turquía logrará quedar al margen de estas argucias diplomáticas, ya que a través del tratado de Lausana (1923) sabrá deshacerse muy pronto de las consecuencias de la derrota, alejarse del revisionismo e iniciar su propio camino hacia la independencia mediante la figura de Kemal Atatürk, artífice del actual estado turco.
Naturalmente, los términos del acuerdo anglo-francés se mantuvieron en secreto, pues su aplicación dependía de la derrota otomana y esta solo podía lograrse con la colaboración de las tribus árabes que el jerife de la Meca y el coronel Lawrence habían conseguido. Tres semanas después de la firma del tratado, las tropas anglo-árabes iniciaban la rebelión en el Hijaz con el ataque a Medina, que continuará en 1917 con la exitosa toma del golfo de Aqaba y la conquista de Gaza y Jerusalén, victorias en las que tuvo una participación decisiva la caballería británica dirigida por el mariscal Edmund Allenby. Entre tanto, y como se había anunciado, Husayn ibn Ali fue proclamado «rey de los árabes», si bien Francia e Inglaterra solo le reconocieron como «rey del Hijaz». Un matiz importante que encerraba una trampa de larga duración.

Damasco, 1918

Al escenario anglo-francés de alfombras y maderas nobles se sumó al año siguiente un nuevo personaje, el también británico y conservador Arthur James Balfour, que tras haber sido primer ministro en 1902-1905 se convirtió en secretario de Asuntos Exteriores durante el gobierno de Asquith y mantuvo el puesto durante el «gabinete de guerra» formado por Lloyd George en diciembre de 1916.
Y en virtud de este cargo declaró en noviembre de 1917 que Gran Bretaña favorecería «el establecimiento en Palestina de una patria nacional para el pueblo judío» —declaración a la que no fue ajena la poderosa familia de los Rothschild, de origen judeo-alemán, que había financiado al gobierno británico en la construcción del canal de Suez—, lo que era incompatible con el «compromiso McMahon» y con las promesas de panarabisno e independencia realizadas a los representantes árabes de Hijaz y Nejd, pero ya era demasiado tarde: Rusia se desligaba del conflicto tras el inicio de la revolución bolchevique, el presidente Woodrow Wilson incorporaba a Estados Unidos a la guerra y los aliados se encaminaban ya hacia la victoria sobre las potencias centrales.

Arthur James Balfour
El británico Arthur James Balfour

Así que este trío de ases formado por Sykes, Picot y Balfour pasaría a la historia de la política y de la diplomacia como una banda de tahúres controlada por presidentes y primeros ministros y dispuesta a engañar a quienes les habían ayudado a derrotar a uno de sus principales enemigos, así como el causante de uno de los más importantes desastres del siglo XX. Y como bien sabemos, también del siglo XXI. El pueblo árabe no olvidará jamás que su futuro y su independencia fueron decididos a sus espaldas por las potencias occidentales y durante los cien años siguientes no perderá ocasión de recordarlo, unas veces de forma verbal y pacífica, y otras de modo bélico y violento.
La guerra continuó en Europa, Estados Unidos aprovechó el conflicto para poner su pie izquierdo en el continente —tendría que esperar hasta 1941 para colocar el derecho—, la revolución de octubre y el nuevo gobierno de Lenin liberaron a Rusia de cualquier compromiso anterior mediante el tratado de Brest-Litovsk y el 11 de noviembre de 1918 el ejército alemán firmó en París el armisticio que puso fin a cuatro años de carnicería europea, si bien no fue más que una tregua que quedaría disuelta en 1939.

Thomas E. Lawrence
El coronel Thomas E. Lawrence

Pero cuando unas semanas antes entraron en Damasco las tropas anglo-árabes de Allenby y Lawrence y este fue informado de los términos exactos del acuerdo Sykes-Picot y de la declaración de Balfour, el coronel quedó convencido de que los pueblos árabes habían sido engañados en beneficio de las potencias occidentales y de que la ética nada tiene que ver con la política. Y así lo explicó a sus superiores antes de pedir el relevo al mariscal y regresar a Inglaterra. La película Lawrence de Arabia, dirigida por David Lean en 1962, es un relato fidedigno de las amplias diferencias que pueden existir entre la guerra de trincheras y la guerra de despachos, como cualquier lector interesado puede deducir del libro Los siete pilares de la sabiduría, escrito por el propio coronel.

La conferencia de paz

Las potencias vencedoras llegaron a la conferencia de paz de París, celebrada en 1919, con dos objetivos primordiales: la destrucción total de Alemania como potencia industrial y militar y la obtención de un suculento botín de guerra que compensara las penalidades sufridas durante la contienda. Y en los dos se equivocaron, pues si el primero encendió la mecha de la siguiente guerra mundial, el segundo generó un conflicto lento y duradero cuya sangre ocasionada aún mancha sus manos.
En el palacio de Versalles y en la posterior conferencia de San Remo se materializaron los acuerdos secretos que tres años antes habían alcanzado Sykes y Picot: Reino Unido, representado por Lloyd George, añadió Mosul a su zurrón y creó el estado de Irak, mientras que Francia, representada por Georges Clemenceau, cedió un pequeño territorio de su porción y dejó establecidas las fronteras de Siria y del futuro Líbano.

Tratado de Versalles
De izquierda a derecha: David Lloyd George (Gran Bretaña), Vittorio Orlando (Italia), Georges Clemenceau (Francia) y Thomas W. Wilson (Estados Unidos) en la conferencia de paz de París (1919)

Transjordania fue separada de Palestina y entregada a Abd Allah ibn Husayn, hijo de Husayn ibn Ali, primero como emir de Transjordania y finalmente como rey de Jordania. En cuanto a Siria e Irak, los británicos decidieron que era mejor dejar estos territorios en manos de un gobierno manejable y los entregaron a Faysal ibn Husayn, también hijo de Husayn ibn Ali y hermano, por tanto, del flamante emir de Transjordania. De modo que en 1920 los actuales estados de Siria, Irak y Jordania estaban en manos de los hachemíes, aunque muy poco después Francia reclamó el territorio sirio en virtud de los acuerdos de 1916 y Faysal se mantuvo únicamente como monarca iraquí.
¿Y Palestina? Gran Bretaña obtuvo el mandato pactado en el acuerdo Sykes-Picot y los árabes de Cisjordania contemplaron cómo las palabras de Balfour se hacían realidad al introducir en su propio territorio el destinado a la comunidad judía, que tras la segunda guerra mundial adquiriría la forma de Estado de Israel. La comunidad árabe sufrió también sus propios desacuerdos internos tras la paz de París, pues la aplicación de la «declaración Balfour» fue posible mediante un pacto entre Chaim Weizmann, futuro presidente de la Organización Sionista, y Faysal ibn Husayn, que alejaba así a la comunidad judía de su propio territorio. Pero no parece necesario recordar que un siglo después el conflicto árabe-israelí continúa latente y que cada vez que una bomba cae sobre Gaza alguien recuerda los nombres de Sykes, Picot y Balfour.

Tratado de Versalles y posteriores
Fronteras de Europa y Oriente Próximo tras el tratado de Versalles y acuerdos posteriores

A partir de entonces, los territorios que hoy conocemos como estados integrantes de Oriente Próximo —península arábiga, Siria, Jordania, Líbano, Turquía, Israel, Irak e Irán— vivieron sus propias vicisitudes políticas, étnicas y religiosas derivadas del control aliado, de su evolución estatal, del secular enfrentamiento árabe-israelí y del no menos secular conflicto entre suníes, rama mayoritaria del islam, y chiíes, minoría musulmana que tradicionalmente ha ocupado el poder.

Hacia el abismo radical

Inglaterra y Francia asumieron durante la Gran Guerra, la paz de Versalles y la conferencia de San Remo un riesgo en Oriente Próximo cuyas consecuencias nunca han sabido gestionar, pues el territorio quedó muy lejos de ser pacificado y el proceso de balcanización de la zona ha servido en los últimos cien años para ser escenario de luchas encarnizadas, polvorín de continuas detonaciones y granero de conflictos de alcance mundial.
Por su parte, Estados Unidos, permanente aliado de Israel y dependiente de los lobbies judíos asentados en su propio continente, lo ha hecho aún peor desde que terminara la segunda guerra mundial e incluso antes de que concluyera la guerra fría. Y no solo por el tenaz apoyo a su socio en las sucesivas guerras entre árabes e israelíes —desde la ocasionada en 1948 tras la declaración de independencia de Israel, la guerra de los Seis Días de 1967 y la guerra del Yom Kipur de 1973 hasta los acuerdos de Camp David de 1978, los tratados de Oslo de 1993, los constantes enfrentamientos en la franja de Gaza y las guerras civiles de Líbano y Siria—, sino por la torpeza y la falta de previsión que mostró cuando la Unión Soviética invadió Afganistán en diciembre de 1979.
Al apoyar y armar a los combatientes afganos que luchaban contra el ejército soviético, los estadounidenses edificaron el nido en el que ya habitaba Osama bin Laden, pero a Jimmy Carter, presidente desde 1977, le pareció que aquello podía ser un buen atajo para acabar con la URSS, ya debilitada económica y militarmente en la última fase del mandato de Leonid Brézhnev.
La CIA fue la encargada de suministrar miles de millones de dólares a los muyahidines —denominación que en el contexto islámico hace referencia a quien hace la yihad— y de asesorar y adiestrar a los fundamentalistas islámicos mediante la operación Ciclón, financiada también por Reino Unido y Arabia Saudí y en la que Pakistán ejerció un importante papel de intermediario. Las tropas rusas se retiraron en 1989 y la URSS quedó oficialmente disuelta en 1991, pero muchos de los combatientes afganos entrenados por militares estadounidenses pasaron a engrosar las filas del ejército talibán y muchos otros traspasaron a Al Qaeda los conocimientos aprendidos y las armas adquiridas con dinero occidental.
Ni Carter ni su sucesor, Ronald Reagan, fueron capaces de prever que un día la maniobra se volvería en su contra. Diez años antes, ni siquiera Nixon se hubiera atrevido a semejante despropósito.
Y diez años después, en agosto de 1990, George H. Bush apareció ante el mundo como el salvador del pueblo kuwaití frente a las garras iraquíes y dio un paso más en su enfrentamiento con el mundo árabe, pues si hasta entonces Estados Unidos gestionaba los asuntos de Oriente Próximo sin salir de casa, a partir de la guerra del Golfo demostró que podía poner los pies y los tanques en territorio musulmán sin que le importaran las consecuencias.
La operación Tormenta del Desierto puesta en marcha en enero de 1991 estuvo liderada por Estados Unidos, con el respaldo de la ONU, y en pocas semanas logró que las tropas de Sadam Husein retrocedieran hasta detrás de sus fronteras. Pero una vez que el pequeño y millonario Kuwait había sido liberado y que Irak no había logrado lavar las heridas ni enjuagar las cuantiosas deudas de la guerra irano-iraquí de 1980-1988, la comunidad islámica entendió la intervención occidental como una intromisión más en un territorio que no le pertenecía. Y Occidente, una vez más también, fue incapaz de comprender un concepto religioso, étnico y cultural diferente al suyo.
Las piezas del tablero se habían movido mucho desde los tiempos de Sykes-Picot y la necesidad petrolífera de reordenar el territorio se impuso sobre los mapas tras el 11 de septiembre de 2001. La matanza organizada por Bin Laden en Nueva York fue el pistoletazo de salida para una empresa que Estados Unidos tenía en mente desde mucho antes de que Al Qaeda planificara la suya y fue el argumento perfecto para que Bush (hijo) terminara el desastre iniciado por Bush (padre).
No es necesario recurrir a teorías sobre oscuras conspiraciones entre Al Qaeda y la CIA para comprender que la disolución de la URSS y la guerra del Golfo habían abierto el camino a la administración estadounidense para alterar regímenes y fronteras en Oriente Medio como se había hecho en Oriente Próximo menos de un siglo antes. De modo que en la Casa Blanca ya se estaba diseñando el Gran Oriente Medio —el mundo árabe, Palestina, Turquía, Irán, Irak, Pakistán y Afganistán—, concebido como una gran región necesitada de intervención externa para la liberalización de su política y su comercio, cuando a George W. Bush le avisaron aquella mañana de que América estaba siendo atacada.

Blair, Bush y Aznar en las Azores
Blair, Bush y Aznar en las Azores

Tras el rechazo de la ONU a una nueva invasión en la zona, Bush tuvo la precaución de incorporar a su operación a un peso pesado de la política internacional, Tony Blair, primer ministro británico desde 1997, y al inspector de Hacienda que entonces presidía el gobierno español, José María Aznar. Los dos le servirán de teloneros y comparsas en una de las fotografías más lamentables de la historia reciente, la de las Azores, seguida de aquellos aplausos funerarios que la bancada popular dedicó a su líder en el Congreso de los Diputados tras anunciar la incorporación de España a la cruzada estadounidense. Una bochornosa página de nuestros tiempos de la que alguien debería responder, pues ciudadanos ingleses y españoles pagaron muy cara la osadía de sus dirigentes en forma de atentados indiscriminados perpetrados en Madrid, el 11 de marzo de 2004, y en Londres, el 7 de julio de 2005.
La invasión de Irak tuvo lugar en la primavera de 2003 con la oposición de Francia, Bélgica, Alemania y Rusia, entre otras potencias, mientras que Estados Unidos, Reino Unido, España y Polonia formaron la coalición encargada de hallar y destruir las armas de destrucción masiva que supuestamente se encontraban en manos del gobierno iraquí, de acabar con el régimen de Sadam Husein y de iniciar la gran operación que terminaría con el «eje del mal»: un término con reminiscencias históricas de las dos guerras mundiales que Bush utilizó con frecuencia para referirse a Irán, Irak y Corea del Norte, lista a la que después añadiría desde Cuba hasta Zimbabue.
Como es sabido, las armas de destrucción masiva jamás estuvieron en otro lugar que no fuera el argumentario de la coalición para poner los pies en el Gran Oriente Medio, en donde Sadam Husein fue detenido a finales de 2003 y ejecutado tres años después, cuando los servicios secretos estadounidenses aún buscaban a Bin Laden, quien no pudo ser capturado hasta mayo de 2011. La gran operación diseñada por Bush y su vicepresidente, el empresario metodista Dick Cheney, volvió a mostrar al mundo que los tentáculos occidentales nunca han dejado de vigilar los territorios musulmanes y, sobre todo, que nunca han dejado de pensar en cómo apoderarse de unos recursos naturales que hoy resultan indispensables en un mundo altamente industrializado.
Y sin embargo, la historia parece pasar de puntillas por las mentes de estadistas y políticos que se niegan a aprender de los errores cometidos y se niegan a aceptar que no existe la guerra de civilizaciones inventada tras el 11-S, sino una colisión de intereses económicos occidentales frente a una realidad territorial, étnica y religiosa que no solo desconocen, sino que tampoco les interesa conocer.

Cien años de errores

Llegados a este punto conviene recordar la línea lenta y continua que comenzó el día de 1915 en que se reunieron Sykes y Picot y que ha avanzado en el último siglo a través del tratado de Versalles y la conferencia de San Remo en 1919, la independencia de Israel en 1948, la guerra fría, la invasión de Afganistán en 1979, la guerra del Golfo en 1991 y la invasión de Irak en 2003, pues en todas estas «estaciones» se fueron sumando al yihadismo grupos islamistas radicalizados que prolongan su trazo hasta Al Qaeda y la organización que ahora mismo Occidente teme y tiene en su punto de mira: el Estado Islámico, ISIS (Islamic State of Iraq and Syria) o Daesh (al-Dawla al-Islamiya al-Iraq al-Sham).
La invasión de Irak por parte de la pequeña coalición liderada por Estados Unidos supuso no solo que en pocos meses se desplazaran centenares de miles de refugiados, sino la radicalización de grupos religiosos que durante mucho tiempo compartieron celdas y salas de tortura con antiguos miembros de las fuerzas armadas iraquíes, desmanteladas mientras el mundo se sonrojaba al comprobar que las armas de destrucción masiva habitaban solo en las fantasías bélicas de algunos dirigentes occidentales.
Y de los bombardeos de ciudades como Faluya, donde se empleó fósforo blanco contra la población civil, y de cárceles como la de Camp Bucca surgieron muchos futuros militantes de ISIS y una alianza que hasta entonces era difícil de imaginar, es decir, la de suníes y chiíes frente a dos enemigos comunes: su propio gobierno, que reprimió duramente las protestas populares de 2010, y los ejércitos occidentales que le apoyaban.
En 2011 las revueltas se extendieron a la vecina Siria y el Ejército Islámico no tardó en sumarse a una rebelión antigubernamental que se fue ampliando a medida que la oposición iraquí hizo suyas las pretensiones de la siria. En poco más de dos años los grupos suníes del ISIS se deshicieron de sus lazos con Al Qaeda y lograron tomar buena parte de Irak y amplias zonas de Siria, lo que les llevó a proclamar en 2014 el Califato del Estado Islámico de Irak y Siria mientras reclutaban musulmanes procedentes de todo el mundo a través de medios tan modernos como las redes sociales y lo que los expertos informáticos denominan «internet profunda», es decir, oculta.
Su ideología fundamentalista, basada en la yihad y el wahabismo —rama extrema de los suníes surgida en el siglo XVIII y caracterizada por su rigor doctrinal y su afán de expansión—, no ha impedido que Daesh haya sido visto con simpatía por estados tan dispares como Israel o Arabia Saudí —no incluidos en el «eje del mal»— en su lucha frente a otro enemigo no menos feroz: Irán. Por su parte, Turquía, miembro de la OTAN desde 1952, considera que los suníes del Estado Islámico pueden detener el avance de la influencia chií en su territorio y contener el movimiento kurdo, de modo que no ha impedido el tráfico de crudo por su territorio procedente de los campos petrolíferos controlados por el ISIS, operación que junto a la venta de gas y fosfatos supone casi la mitad de sus ingresos totales.

División política de Oriente Próximo
División política de Oriente Próximo

Siempre que hay un conflicto armado hay que preguntarse quién lo financia y a quién beneficia. Y en este aspecto entran en juego no solo las autoridades turcas, sino también las saudíes y las israelíes —aliadas naturales de Estados Unidos—, sabedoras también de que no pocos particulares entregan importantes sumas de dinero a los suníes de Daesh para que lo empleen en cualquiera de los objetivos preferentes para ellas: debilitar a Irán, frenar a los chiíes o contener a los kurdos.
Y en esta enrevesada trama en la que se dan cita actores tan opuestos y diversos no puede faltar una guerra civil de la que todos se aprovechan: Siria.
Iniciada en 2011 como un enfrentamiento entre las fuerzas gubernamentales de Bashar Al-Asad —presidente del país desde el año 2000— y diferentes grupos de oposición a los que se sumaron organizaciones yihadistas como ISIS y Al Nusra, considerada la rama de Al Qaeda en territorio sirio, ha ocasionado ya uno de los movimientos de refugiados más importantes de las últimas décadas, con más de tres millones de desplazados, y ha provocado la muerte de 300 000 personas, de las que al menos un tercio son civiles.
El presidente Al-Asad cuenta principalmente con el respaldo de Rusia, Irán y Hezbolá, la organización chií libanesa que ha tenido siempre el apoyo de las autoridades sirias e iraníes, que coinciden al afirmar que el inicio de la guerra se debió al interés de otras potencias en precipitar la caída del gobierno. Por su parte, los grupos de oposición cuentan con la ayuda de Estados Unidos, Israel, Turquía, Arabia Saudí y Qatar, por lo que en ocasiones se ha querido entender esta contienda como un enfrentamiento entre chiíes y suníes dentro del territorio sirio.
Sin embargo, los grupos enfrentados a las fuerzas gubernamentales no representan un bloque compacto, pues el Estado Islámico se mantiene en guerra con los dos bandos y desea la derrota del gobierno y de la oposición en su lucha por establecer su propia ley. No hay que olvidar que Daesh se remonta a los tiempos anteriores a la Gran Guerra para reclamar la unificación de la antigua Mesopotamia que la propia contienda y el tratado de Versalles desbarataron.
Pero en este complicado tablero geoestratégico las fuerzas de ISIS no se proponen el establecimiento de su califato únicamente en Siria e Irak, sino que el wahabismo de sus líderes y seguidores les lleva a pretender la conquista de todos los territorios del mundo en los que no se obedece con estricto rigor la sharia, es decir, la ley islámica, y especialmente de aquellas potencias occidentales que favorecen o favorecieron la división política y administrativa de su área de actuación.
Es probable que Turquía resulte la gran beneficiada de este complejo escenario, pues Europa se ha mostrado ya desbordada por la crisis de los refugiados y necesita utilizarla como barrera disuasoria ante las miles de personas que desean entrar en el continente, para lo que ya ha comenzado a inyectar importantes sumas de dinero en las arcas de la república presidida por Recep Tayyip Erdogan.
Y como era de esperar, la ayuda que Occidente necesita tiene un precio más alto: el anhelado ingreso de Turquía en la Unión Europea. Se trataría, en su caso, de uno de esos curiosos guiños de la historia, pues la república heredera del viejo imperio otomano que durante siglos batalló por entrar en Europa ingresaría ahora en su club más importante al beneficiarse de los errores cometidos por quienes acabaron con él.

París, 2015

Volvamos a París, 13 de noviembre de 2015. Cuando los terroristas riegan de sangre la ciudad no lo hacen porque hayan entonado el canto de guerra contra la capital de Francia, sino porque es una acción mediática en uno de los iconos de la cultura europea que durante semanas ocupará las portadas de prensa y medios audiovisuales. Reventar un monumento milenario en tierras sirias o iraquíes apenas ocupa un faldón en los periódicos antes de las páginas de deportes, pero atacar París, como atacar Londres, Roma, Madrid o Berlín, tiene un efecto propagandístico que resulta muy atractivo para quienes aprietan el gatillo y que no se logra con un atentado en Beirut, como ocurrió en la misma fecha. La guerra entre Francia y el ISIS no existe, pero sí una guerra de ISIS contra todos en la que uno puede ser víctima, pero no causa.
No hay mayor error en un ejército que pensar que su enemigo ha enloquecido o no sabe lo que hace. Y pensar que los combatientes de Daesh forman una organización sin más rumbo que el terror sería una equivocación muy grave que Occidente no debe cometer, como tampoco debe repetir operaciones que en el pasado sembraron más sangre y, a medio plazo, mayor radicalización. Los atentados de Nueva York, Madrid, Londres y París han llenado nuestras calles de dolor, pero en ningún momento hay que olvidar que los objetivos no siempre son seleccionados por su relación directa con la causa que defienden quienes los cometen, sino por su efectividad.

París, noviembre de 2015
París, noviembre de 2015

Cuando los dirigentes occidentales se jactan de vivir en el sistema que mejor asegura las libertades individuales y colectivas, deberían pensar que resolver un conflicto internacional como el sirio también forma parte de sus obligaciones, pues hace ya mucho tiempo que sabemos que las guerras regionales desaparecieron del mapa y que una bala disparada en cualquier punto del planeta resuena inmediatamente en los cinco continentes. La globalización ha supuesto grandes cambios, incluido este, y es hora de que quienes se consideran líderes mundiales aprendan a pensar en términos globales y a olvidar sus propias tendencias electorales y locales, pues lo contrario no conducirá más que a contar los muertos y los desplazados por decenas de millones y a una involución política y económica de imprevisibles consecuencias.
Del mismo modo, y por las mismas razones, quienes han sido elegidos democráticamente no pueden olvidar que también están obligados a defendernos de la xenofobia y que si pretenden mantener en sus respectivos países una convivencia pacífica tienen que empezar por aprender a diferenciar entre árabes, musulmanes e islamistas —así como nosotros sabemos diferenciar entre europeos y creyentes—, única manera de no criminalizar a todo un pueblo por las atrocidades que otros cometieron, de conservar la razón y de poder seguir viviendo en paz con quienes cada día llegan a Europa en busca de una vida mejor.
Hoy es oportuno recordar que han sido necesarias decenas de muertos en las calles de París para que la Unión Europea se ponga a pensar en el modo de detener la guerra civil siria, algo que las 300 000 personas asesinadas hasta entonces no lograron.
Y es oportuno recordar también que tras la invasión de Irak, en 2003, escribí un texto en el que afirmaba que si no se ponían los medios políticos y legales para evitarla, la guerra que acababa de comenzar duraría cien años de dolor y sufrimiento. Solo llevamos doce.

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© Fran Vega, 2015
FronteraD, 17 de diciembre de 2015
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De Damasco a París

El imperio otomano en 1900
· Ucronías ·
Fran Vega
De Damasco a París
Mapa del imperio otomano a principios del siglo XX

Los atentados de París del pasado 13 de noviembre han dejado, además de una interminable lista de comentarios y afirmaciones que se aproximan a la xenofobia que tanto decimos denostar, no pocos interrogantes sobre el origen y las causas de una guerra que se ha metido en nuestras casas y ciudades sin que sepamos los motivos de semejante atrocidad.
No hay una sola bala ni un solo instante de lo ocurrido en París que tenga justificación, pero hace mucho que la historia nos enseñó que nada en ella ocurre por fatalismo ni casualidad. Y es hora de revisar el pasado para saber qué ocurre en el presente y qué es probable que suceda en el futuro.

La misión de Sykes-Picot

Hace exactamente un siglo, en noviembre de 1915, dos individuos se reunieron en secreto con el fin de negociar el reparto de Oriente Próximo tras el final de la Gran Guerra, que aún estaba lejano y que depararía todavía innumerables matanzas en las trincheras europeas. Estos dos hombres eran el británico Mark Sykes, militar y miembro del partido conservador que afirmaba que los árabes «detestan a los europeos con bigotudo, estúpido e insensato desprecio», y el abogado y diplomático francés François Georges-Picot. Los dos habían recibido de sus respectivos gobiernos la misión de llegar a un acuerdo para cuando se produjera la derrota del imperio otomano, aliado en la contienda con Alemania.

François Georges-Picot
El diplomático francés François Georges-Picot

Al mismo tiempo, en el territorio turco se libraba una guerra de guerrillas comandada por el coronel inglés Thomas E. Lawrence con el fin de provocar el levantamiento de las tribus árabes contra el poder otomano y colaborar con la victoria aliada a cambio de obtener después el control total de su territorio en forma de un estado árabe unificado o de una confederación de estados árabesSykes y Picot conocían perfectamente cuál era la situación social y militar en Oriente Próximo y cuáles eran los términos del acuerdo impulsado por Lawrence —y por sus superiores militares—, pero no dudaron en emprender una política opuesta y sembraron con su pacto décadas de sangre que aún no han terminado.
Respaldados sin fisuras por los gobiernos de sus países —presididos por el liberal Herbert H. Asquith, en Gran Bretaña, y por el conservador Raymond Poincaré, en Francia—, y avalados por los de Rusia e Italia, temerosos todos de que tras la liquidación del imperio otomano surgiera en la zona una gran potencia árabe que sirviera de ejemplo a sus respectivas colonias, los negociadores acordaron que Oriente Próximo quedaría dividido en cinco zonas políticas y económicas sin tener en cuenta su población, su etnia o su religión.

Mark Sykes
El militar británico Mark Sykes

Así, se establecería una zona de control británico al este del actual Irak, con la inclusión de Bagdad y Basora y con salida al mar en el Golfo Pérsico; una zona de control francés al norte de la actual Siria, con la inclusión de Beirut y el futuro Líbano y con salida marítima al Mediterráneo; un protectorado británico o zona de influencia en el sur de Irak y Transjordania; un protectorado francés en el norte de Irak y el resto de Siria, desde Mosul a Damasco, y una zona internacional situada en Cisjordania y Palestina, con Jerusalén como centro neurálgico, cuyo control quedó encomendado a la ineficaz Sociedad de Naciones, antecedente de lo que hoy es la Organización de Naciones Unidas (ONU).
El acuerdo fue firmado el 16 de mayo de 1916 y solo Turquía logró quedar fuera de estas argucias diplomáticas, ya que a través de diferentes tratados durante la postguerra supo deshacerse muy pronto de las consecuencias de la derrota e inició su propio camino hacia la independencia mediante la figura de Kemal Atatürk, artífice del actual estado turco.

Acuerdos Sykes-Picot (1916)
Acuerdos Sykes-Picot (1916)

De modo que lo que hasta entonces había sido un territorio tribal quedó descuartizado gracias a los mapas, la escuadra y el cartabón de mister Sykes y monsieur Picot, que traicionaron al pueblo árabe mientras se atusaban delicadamente los bigotes, y el sueño de un estado unificado fue liquidado entre pastas y tazas de té, como el coronel Lawrence explicó a sus superiores en Damasco cuando fue informado del acuerdo anglo-francés, convencido ya de que la ética nada tiene que ver con la política. La película Lawrence de Arabia, dirigida por David Lean en 1962, es un relato fidedigno de las amplias diferencias que pueden existir entre la guerra de trincheras y la guerra de despachos, como cualquier lector interesado puede deducir del libro Los siete pilares de la sabiduría, escrito por el propio coronel.

Thomas E. Lawrence
El coronel Thomas E. Lawrence

A este escenario de alfombras y maderas nobles se sumó al año siguiente un nuevo personaje, el también británico y conservador Arthur James Balfour, que tras haber sido primer ministro en 1902-1905 se convirtió en secretario de Asuntos Exteriores durante el gobierno de Asquith. Y en virtud de este cargo declaró en noviembre de 1917 que Gran Bretaña favorecería la creación de un estado judío en el territorio palestino, lo que inmediatamente levantó los recelos de las tribus árabes, pero ya era demasiado tarde: Rusia se desligaba del conflicto, Estados Unidos se incorporaba a la guerra y los aliados se encaminaban ya hacia la victoria sobre las potencias centrales.
Así que este trío de ases formado por Sykes, Picot y Balfour pasaría a la historia de la política y de la diplomacia como una banda de tahúres controlada por presidentes y primeros ministros y dispuesta a engañar a quienes les habían ayudado a derrotar a uno de sus principales enemigos, así como el causante de uno de los más importantes desastres del siglo XX. Y como bien sabemos, también del siglo XXI.
La guerra continuó en Europa, Estados Unidos aprovechó el conflicto para poner su pie izquierdo en el continente —tendría que esperar hasta 1941 para colocar el derecho—, la revolución de octubre y el nuevo gobierno de Lenin liberaron a Rusia de cualquier compromiso anterior mediante el tratado de Brest-Litovsk y en noviembre de 1918 el ejército alemán firmó en París el armisticio que puso fin a cuatro años de carnicería europea, si bien no fue más que una tregua que quedaría disuelta en 1939.

La conferencia de Versalles

Los países aliados llegaron a la conferencia de paz de París, celebrada en 1919, con dos objetivos primordiales: la destrucción total de Alemania como potencia industrial y militar y la obtención de un suculento botín de guerra que compensara las penalidades sufridas durante la contienda. Y en los dos se equivocaron, pues si el primero encendió la mecha de la siguiente guerra mundial, el segundo generó un conflicto lento y duradero cuya sangre ocasionada aún mancha sus manos.

Tratado de Versalles
De izquierda a derecha: David Lloyd George (Gran Bretaña), Vittorio Orlando (Italia), Georges Clemenceau (Francia) y Thomas W. Wilson (Estados Unidos) en la conferencia de paz de París (1919)

En el palacio de Versalles se materializaron los acuerdos secretos que tres años antes habían alcanzado Sykes y Picot: Gran Bretaña obtuvo el mandato de Palestina, añadió Mosul a su zurrón y creó el estado de Irak, mientras que Francia cedió un pequeño territorio de su porción y dejó establecidas las fronteras de Siria.
Transjordania fue separada de Palestina y entregada a Abd Allah ibn Husayn, hijo de Husayn ibn Ali —jerife de La Meca y cabeza de la dinastía de los hachemíes, con quien Lawrence había negociado la creación del estado árabe unificado—, primero como emir de Transjordania y finalmente como rey de Jordania. Por su parte, los británicos decidieron que era mejor dejar Siria e Irak en manos de un gobierno manejable y entregaron el territorio a Faysal ibn Husayn, también hijo de Husayn ibn Ali y hermano, por tanto, del flamante emir de Transjordania. De modo que en 1920 los actuales estados de Siria, Irak y Jordania estaban en manos de los hachemíes, aunque muy poco después Francia reclamó el territorio sirio en virtud de los acuerdos de 1916 y Faysal se mantuvo únicamente como monarca iraquí.
¿Y Palestina? Los árabes de Cisjordania, bajo mandato británico, contemplaron cómo las palabras de Balfour se hacían realidad al introducir en su propio territorio el destinado a la comunidad judía, que tras la segunda guerra mundial adquiriría la forma de Estado de Israel.

Estados Unidos en el laberinto

A partir de entonces, los territorios que hoy conocemos como estados integrantes de Oriente Próximo vivieron sus propias vicisitudes políticas, étnicas y religiosas derivadas del control aliado, de su evolución estatal, del secular enfrentamiento árabe-israelí y del no menos secular conflicto entre suníes y chiíes, minoría musulmana que tradicionalmente ha ocupado el poder.

Tratado de Versalles y posteriores
Fronteras de Europa y Oriente Próximo tras el tratado de Versalles y acuerdos posteriores

Inglaterra y Francia jugaron con fuego al finalizar la Gran Guerra y Estados Unidos, permanente aliado de Israel y dependiente de los lobbies judíos asentados en su propio continente, lo ha hecho aún peor desde que terminara la segunda guerra mundial e incluso antes de que concluyera la guerra fría. Y no solo por el tenaz apoyo a sus socios en las sucesivas guerras entre árabes e israelíes, sino por la torpeza y la falta de previsión que mostró cuando la Unión Soviética invadió Afganistán en 1980. Al apoyar y armar a los muyahidines que luchaban contra el ejército soviético, los estadounidenses edificaron el nido en el que ya habitaba Osama bin Laden, pero a Jimmy CarterRonald Reagan les pareció que aquello podía ser un atajo para acabar con la URSS, ya debilitada económica y militarmente, y fue incapaz de prever que un día la maniobra se volvería en su contra. Diez años antes, ni siquiera Nixon se hubiera atrevido a semejante despropósito.
Y diez años después, George H. Bush apareció ante el mundo como el salvador del pueblo kuwaití frente a las garras iraquíes y dio un paso más en su enfrentamiento con la comunidad árabe internacional, pues si hasta entonces Estados Unidos gestionaba los asuntos de Oriente Próximo sin salir de casa, a partir de la guerra del Golfo demostró que podía poner los pies y los tanques en territorio musulmán sin que le importaran las consecuencias.
Las piezas del tablero se habían movido mucho desde los tiempos de Sykes-Picot y la necesidad petrolífera de reordenar el territorio se impuso sobre los mapas tras el 11 de septiembre de 2001. La matanza organizada por Bin Laden en Nueva York fue el pistoletazo de salida para una empresa que Estados Unidos tenía en mente desde mucho antes de que Al Qaeda planificara la suya y fue el argumento perfecto para que Bush (hijo) terminara el desastre iniciado por Bush (padre).
Sin embargo, el nuevo presidente tuvo la precaución de incorporar a su operación a un peso pesado de la política internacional, Tony Blair, y a un inspector de Hacienda venido arriba tras haber ganado dos elecciones seguidas en España, José María Aznar. Los dos le servirían de teloneros y comparsas en una de las fotografías más lamentables de la historia reciente, la de las Azores, seguida de aquellos lúgubres aplausos que la bancada popular dedicó a su líder en el Congreso de los Diputados tras anunciar la incorporación de España a la cruzada estadounidense. Una bochornosa página de nuestros tiempos de la que alguien debería responder, pues ciudadanos ingleses y españoles pagaron muy cara la osadía de sus dirigentes en forma de atentados indiscriminados perpetrados en Madrid, el 11 de marzo de 2004, y en Londres, el 7 de julio de 2005.

Blair, Bush y Aznar en las Azores
Blair, Bush y Aznar en las Azores

Y sin embargo, la historia parece pasar de puntillas por las mentes de estadistas y políticos que se niegan a aprender de los errores cometidos y, sobre todo, se niegan a aceptar que no existe la guerra de civilizaciones que se inventaron tras el 11-S, sino una colisión de intereses económicos occidentales frente a una realidad territorial, étnica y religiosa que no solo desconocen, sino que tampoco les interesa conocer.

De Sykes-Picot al ISIS

Así pues, la línea lenta y continua que comenzó el día de 1915 en que se reunieron los señores Sykes y Picot siguió su trazado con la declaración de Balfour en 1917, con el tratado de Versalles en 1919, con la independencia de Israel en 1948, con la guerra fría, con la invasión de Afganistán en 1980, con la guerra del Golfo en 1991, con la invasión de Irak en 2003 y con la creación en beneficio propio de la organización que ahora mismo Occidente teme y tiene en su punto de mira: el Estado Islámico, ISIS (Islamic State of Iraq and Syria) o Daesh (al-Dawla al-Islamiya al-Iraq al-Sham).
La invasión de Irak por parte de la pequeña coalición liderada por Estados Unidos supuso no solo que en pocos meses se desplazaran centenares de miles de refugiados, sino la radicalización de grupos religiosos que durante mucho tiempo compartieron celdas y salas de tortura con antiguos miembros de las fuerzas armadas iraquíes, desmanteladas mientras el mundo se sonrojaba al comprobar que las «armas de destrucción masiva» en poder de Sadam Husein habitaban solo en las fantasías bélicas de algunos dirigentes occidentales.
Y de los bombardeos de ciudades como Faluya, donde se empleó fósforo blanco contra la población civil, y de cárceles como la de Camp Bucca surgieron muchos futuros militantes de ISIS y una alianza que hasta entonces era difícil de imaginar, es decir, la de suníes y chiíes frente a dos enemigos comunes: su propio gobierno, que reprimió duramente las protestas populares de 2010 con ayuda de las tropas estadounidenses, y los ejércitos occidentales.

Invasión de Irak, 2003
Invasión de Irak, 2003

En 2011 las revueltas se extendieron a la vecina Siria y el Ejército Islámico no tardó en sumarse a una rebelión que se fue ampliando a medida que la oposición iraquí hizo suyas las pretensiones de la siria. En poco más de dos años los grupos suníes del ISIS se deshicieron de sus lazos con Al Qaeda y lograron tomar buena parte de Irak y amplias zonas de Siria, lo que les llevó a proclamar en 2014 el Califato del Estado Islámico de Irak y Siria mientras reclutaban musulmanes procedentes de todo el mundo.
Su ideología fundamentalista, basada en la yihad y el wahabismo —rama extrema de los suníes surgida en el siglo XVIII y caracterizada por su rigor doctrinal y por su afán de expansión—, no ha impedido que Daesh haya sido visto con simpatía por estados tan dispares como Israel o Arabia Saudí en su lucha frente a otro enemigo no menos feroz: Irán. Por su parte, Turquía —miembro de la OTAN— considera que los suníes del Estado Islámico pueden detener el avance de la influencia chií en su territorio y contener al movimiento kurdo, de modo que no ha impedido el tráfico de crudo por su territorio procedente de los campos petrolíferos controlados por el ISIS, operación que junto a la venta de gas y fosfatos supone casi la mitad de sus ingresos totales.
Siempre que hay un conflicto armado hay que preguntarse quién lo financia y a quién beneficia. Y en este aspecto entran en juego no solo las autoridades turcas, sino también las saudíes y las israelíes —aliadas naturales de Estados Unidos—, sabedoras también de que no pocos particulares entregan importantes sumas de dinero a los suníes de Daesh para que lo empleen en cualquiera de los objetivos preferentes para ellas: debilitar a Irán, frenar a los chiíes o contener a los kurdos.
Y en esta complicada trama en la que se dan cita diversos actores no puede faltar una guerra civil de la que todos los bandos se aprovechan: Siria.

LA PIEZA SIRIA

Iniciada en 2011 como un enfrentamiento entre las fuerzas gubernamentales de Bashar Al-Asad —presidente del país desde el año 2000— y diversos grupos de oposición a los que se sumaron organizaciones yihadistas como ISIS y Al Nusra, considerada la rama de Al Qaeda en territorio sirio, ha ocasionado ya uno de los movimientos de refugiados más importantes de las últimas décadas, con más de tres millones de desplazados, y ha provocado la muerte de 300 000 personas, de las que al menos un tercio son civiles.
El conflicto ha permitido a ISIS avanzar desde sus posiciones en Irak hasta tomar la mitad del territorio sirio, lo que incluye grandes reservas de gas y petróleo, gracias a la complejidad del conflicto y a los diferentes intereses que se citan en él.
El presidente Al-Asad cuenta principalmente con el respaldo de Rusia, Irán y Hezbolá, la organización chií libanesa que ha tenido siempre el apoyo de las autoridades sirias e iraníes, que coinciden al afirmar que el inicio de la guerra se debió al interés de otras potencias en precipitar la caída del gobierno. Por su parte, los grupos de oposición cuentan con la ayuda de Estados Unidos, Israel, Turquía, Arabia Saudí y Qatar, por lo que en ocasiones se ha querido entender esta contienda como un enfrentamiento entre chiíes y suníes dentro del territorio sirio.
Sin embargo, los grupos enfrentados a las fuerzas gubernamentales no representan un bloque compacto, pues el Estado Islámico se mantiene en guerra con los dos bandos y desea la derrota del gobierno y de la oposición en su lucha por establecer su propia ley. No hay que olvidar que Daesh se remonta a los tiempos anteriores a la Gran Guerra para reclamar la unificación de la antigua Mesopotamia que el tratado de Versalles desbarató.
Pero en este complicado tablero geoestratégico las fuerzas de ISIS no se proponen el establecimiento de su califato únicamente en Siria e Irak, sino que el wahabismo de sus líderes y seguidores les lleva a pretender la conquista de todos los territorios del mundo en los que no se obedece con estricto rigor la sharia, es decir, la ley islámica, y especialmente de aquellas potencias occidentales que favorecen o favorecieron la división política y administrativa de su área de actuación.

De Damasco a París

Llegados a este punto conviene recordar de nuevo la línea lenta y continua que originaron Sykes y Picot y que ha avanzado en el último siglo a través de Versalles, Israel, Afganistán e Irak, pues en todas estas «estaciones» se fueron sumando al yihadismo grupos islamistas radicalizados que prolongan el trazo hasta Al Qaeda y Daesh.

París, noviembre de 2015
París, noviembre de 2015

Volvamos a París, 13 de noviembre de 2015. Cuando los terroristas riegan de sangre la ciudad no lo hacen porque hayan entonado el canto de guerra contra la capital de Francia, sino porque es una acción mediática contra uno de los iconos de la cultura europea que durante semanas ocupará las portadas de prensa y medios audiovisuales. Reventar un monumento milenario en tierras sirias o iraquíes apenas ocupa un faldón en los periódicos antes de las páginas de deportes, pero atacar París, como atacar Londres, Roma, Madrid o Berlín, tiene un efecto propagandístico que resulta muy atractivo para quienes aprietan el gatillo y que no se logra con un atentado en Beirut, como ocurrió en la misma fecha. La guerra entre Francia y el ISIS no existe, pero sí una guerra del ISIS contra todos en la que uno puede ser víctima, pero no causa.
No hay mayor error en un ejército que pensar que su enemigo ha enloquecido o no sabe lo que hace. Y pensar que los combatientes de Daesh forman una organización sin más rumbo que el terror sería una equivocación muy grave que Occidente no debe cometer, como tampoco debe repetir operaciones que en el pasado sembraron más sangre y, a medio plazo, mayor radicalización. Los atentados de Nueva York, Madrid, Londres y París han llenado nuestras calles de dolor, pero en ningún momento hay que olvidar que los objetivos no siempre son seleccionados por su relación directa con la causa que defienden quienes los cometen, sino por su efectividad.
Cuando los dirigentes occidentales se jactan de vivir en el sistema que mejor asegura las libertades individuales y colectivas, deberían pensar que resolver un conflicto internacional como el sirio también forma parte de sus obligaciones, pues hace ya mucho tiempo que sabemos que las guerras regionales desaparecieron del mapa y que una bala disparada en cualquier punto del planeta resuena inmediatamente en los cinco continentes. La globalización ha supuesto grandes cambios, incluido este, y es hora de que quienes se consideran líderes mundiales aprendan a pensar en términos globales y aprendan a olvidar sus propias tendencias electorales y locales, pues lo contrario no conducirá más que a contar los muertos y los desplazados por decenas de millones y una involución política y económica de imprevisibles consecuencias.
Del mismo modo, y por las mismas razones, quienes han sido elegidos democráticamente no pueden olvidar que también están obligados a defendernos de la xenofobia y que si pretenden mantener en sus respectivos países una convivencia pacífica tienen que empezar por aprender a diferenciar entre árabes, musulmanes e islamistas —así como nosotros sabemos diferenciar entre europeos y creyentes—, única manera de no criminalizar a todo un pueblo por las atrocidades que otros cometieron, de conservar la razón y de poder seguir viviendo en paz con quienes cada día llegan a Europa en busca de una vida mejor.
Hoy es oportuno recordar que han sido necesarias decenas de muertos en las calles de París para que la Unión Europea se ponga a pensar en el modo de detener la guerra civil siria, algo que las 300 000 personas asesinadas hasta entonces no lograron.
Y es oportuno recordar también que tras la invasión de Irak, en 2003, firmé un texto en el que aseguraba que la guerra que acababa de comenzar duraría cien años de dolor y sufrimiento si no se ponían los medios políticos y legales para evitarla. Solo llevamos doce.

© Fran Vega, 2015
Revista Rambla, 24 de noviembre de 2015
http://www.revistarambla.com/v1/sociedad/articulos/3088-de-damasco-a-paris

Mariano, el cisne negro

Mariano, el cisne negro
· Ucronías ·
Fran Vega
Mariano, el cisne negro

Cuando nos encontramos casi al borde de las elecciones, conviene recordar que algunos historiadores definen el cisne negro como el hecho resultante de circunstancias que en principio se presentan desconectadas entre sí, pero que confluyen en un mismo momento para generar un resultado adverso.
A partir de esta formulación, podemos indagar por qué tenemos un cisne negro entre nosotros, por qué en uno de los periodos más duros y frustrantes que hemos conocido tenemos al frente a un hombre tan absurdo como inepto y por qué corremos el riesgo de seguir teniendo en el futuro a este mismo cisne negro, cuando no a otro tan tristemente parecido.
Enemistado con Fraga desde los años ochenta, Mariano Rajoy supo quedar a salvo de las grandes purgas estalinistas que antecedieron a la refundación de Alianza Popular en 1989. Ya entonces daba muestras del principal activo de su personalidad: la resistencia. Y con Aznar a la cabeza del PP, se hizo un hueco en la ejecutiva nacional y a partir de 1996 comenzó su desfile por diversos ministerios encargados de materias que ignoraba en los que dejó olvidable huella de otras dos de sus características: la pereza y la indecisión. Su presencia en el despacho se deducía del olor a habano y de la prensa deportiva olvidada en el retrete.
El ascendente estrellato de nuestro personaje conoció horas bajas durante la zafia gestión del desastre del Prestige en 2002, cuando ya había alcanzado la vicepresidencia del gobierno, pero «el señor de los hilillos» salió de aquella crisis en mejor situación que otros más torpes que él y se mantuvo a flote como una boya en la cisterna. Ni siquiera la marea negra le salpicó.
Al año siguiente, Rodrigo Rato le hizo el impagable favor de oponerse a la guerra de Irak, lo que supuso su defenestración como hipotético sucesor de Aznar, travestido ya en mercenario chusquero de corneta y mosquetón. De no haber sido por los intereses de Rato, tal vez hoy en la Moncloa estaría sentado un hombre con tarjetas black en el bolsillo, aunque a cambio tenemos a otro con sobres en la billetera de los que «todo es falso, salvo alguna cosa».
En la terna azul manejada por el entonces presidente figuraba también Mayor Oreja, el hombre que sabía que con Franco vivíamos mejor, pero el arquitecto del aznarato descartó las veleidades del primero y la disolución mental del segundo y optó por el candidato más cómodo y manejable. Rajoy pasaba por allí, como un señor vestido de gris que da de comer a las palomas en el parque, y en septiembre de 2003 fue designado candidato a la Moncloa: un inspector de Hacienda sería sustituido por un registrador de la propiedad, una de esas circunstancias esperpénticas tan propias de nuestra historia. Y ni en su propia casa sabían que tenían un cisne negro en el salón.
Los atentados del 11-M sorprendieron a Rajoy al borde de la victoria electoral, pero apoyó la farsa inventada por su jefe, se tragó la derrota y quedó el hombre al frente de un partido que nadie lideraba. Sin embargo, para él significó un «ahora o nunca» y una batalla a muerte de la que podía salir despedazado o laureado. Nuevamente, la resistencia jugaría a su favor.
Volvió a perder las elecciones en 2008 después de una ridícula campaña protagonizada por «la niña de los chuches» —esa fantasía freudiana que debió de costarle más de un almohadazo en la alcoba conyugal—, y mientras algunos pedían su cabeza, otros pensaron que Rajoy era un mal menor frente al peligro que llevaban en sus garras quienes aspiraban a presidir el partido. Así que en el congreso de Valencia de ese mismo año fue reelegido presidente del PP. No había nadie mejor y sus barones decidieron que era preferible dejar que se abrasara en la planta noble de Génova 13.
El cisne negro no comenzó a ver la luz hasta que se hicieron evidentes la profundidad de la crisis que entonces se iniciaba y la incapacidad de Rodríguez Zapatero para reaccionar ante los alarmantes datos que llegaban cada día. Y cuando en mayo de 2010 el gobierno socialdemócrata dio un giro a su política económica obligado por Bruselas y Berlín, Rajoy supo que de nuevo tenía ante sí el «ahora o nunca». Estaba en el sitio adecuado y en el momento oportuno. «Mariano, es tu hora», se dijo mientras veía en televisión la repetición de las jugadas más interesantes.
A partir de entonces solo tuvo que emular a Newton: sentado con el Marca bajo el árbol de la crisis, la fruta madura caería por su propio peso y llegaría a sus manos sin haber hecho una sola mueca y ni un solo gesto de impaciencia. Y la manzana cayó un 20 de noviembre, esa fecha incomparable que en su partido recuerdan con esmero cuando ondean banderines con olor a naftalina y almidón.
«¡Presente!», exclamó frente al espejo el mejor registrador de la propiedad que hemos tenido nunca en la Moncloa. Y en 2011 este hombre resistente, indeciso, absurdo, ignorante, oportunista y perezoso se convirtió en presidente del gobierno gracias a los votos de once millones de españoles que lo eligieron ante la debilidad de sus rivales y la indisimulada manipulación de la crisis, convertida ya en la ocasión de oro para tantos retrocesos y abandonos como hemos conocido. Porque España es lo que tiene: que tiene españoles y mucho españoles.
Por sí solo Rajoy jamás hubiera llegado a la Moncloa, pues la ausencia de carisma, liderazgo, presencia, oratoria e inteligencia le hubiera condenado de por vida a su próspera y gris oficina de provincias, pero la suma de factores externos le convirtieron en un cisne negro que, de momento, aún chapotea en su nigérrimo estanque. Nada propio le favorecía, pero todo lo ajeno le resultó favorable.
Su legislatura ha servido para consolidar el profundo cambio ideológico, económico y social tejido alrededor de la crisis, pero también para comprobar las toneladas de basura que se ocultan tras las siglas de los partidos políticos, entre los que el suyo se ha erigido en olímpico campeón. «Mariano, sé fuerte», le dijo su tesorero desde el chabolo una tarde plomiza de domingo. Y lo ha sido como nadie, ignorando las rotundas evidencias de absurda negación.
Y por si no fuera suficiente, la política contrarreformista apadrinada por los eurobuitres ha dejado sus excrementos en cada uno de los servicios públicos que aún quedan en pie hasta condenar a más de un tercio de la población a la supervivencia insoportable. Menos mal que el mejor filósofo de nuestra historia contemporánea encuentra siempre una buena explicación: un vaso es un vaso y un plato es un plato.
En este paisaje de aguas negras no es difícil imaginar la aparición de un nuevo personaje que sea capaz de arrastrar a los electores mediante dos simples mecanismos de sencilla adquisición para los alegres contribuyentes: credibilidad y ausencia de pasado. Cualquiera que no haya estado en la cúpula de los partidos políticos ni de los gobiernos y que no tenga oscuridades ni sobresueldos en su expediente se hará un hueco destacado en la política española. Cualquiera que sea igual de ignorante, indeciso, oportunista, resistente y majadero. Y si consigue que sus propuestas fiscales y laborales resulten creíbles, arrasará.
Las circunstancias socioeconómicas y la falta de confianza en nuestro propio sistema pueden facilitar la llegada de un nuevo cisne negro que en otro contexto no hubiera pasado de subencargado en unos pequeños almacenes, pero que en el actual puede convertirse en líder, presidente y salvador. Y nuestra larga experiencia nos dice que no hay nada peor que un político iluminado que se considere a sí mismo salvador de las Españas.
Once millones de electores votaron al último cisne negro. Y es probable que estos mismos electores vuelvan a llevarlo a la Moncloa o elijan a otro de plumaje parecido. Pero que en ningún momento olviden que bajo las alas de estos cisnes han crecido siempre las herramientas más negras que la historia ha conocido.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 17 de diciembre de 2015

Un poquito de Educación

Escuela
· Ucronías ·
Fran Vega
Un poquito de Educación

En los días en que tiene lugar la campaña electoral para las elecciones generales del 20 de diciembre, resulta desolador que ningún partido político haya elaborado y presentado un proyecto que trate de resolver asuntos enquistados desde hace décadas, como la administración de justicia o la educación.
La educación en nuestro país es un problema tan grave como el desempleo, pero ningún gobierno desde 1975 ha tomado en serio la tarea de estructurar un sistema educativo que atienda las importantes y seculares carencias de educadores y alumnos. El resultado, cuatro décadas después, no puede ser más que desastroso.
Tras la Ley General de Educación (LGE) de Villar Palasí (1970), que introdujo la nefasta Enseñanza General Básica (EGB) y el infame Bachillerato Unificado Polivalente (BUP), la primera ley educativa de la democracia fue la Ley Orgánica del Estatuto de Centros Escolares (LOECE), impulsada en 1980 por el ucedista Otero Novas.
Cinco años después, el socialdemócrata José María Maravall fue el encargado de que se aprobara la Ley Orgánica del Derecho a la Educación (LODE), que estableció los colegios concertados. Y no fue hasta 1990 cuando otro ministro del PSOE, Javier Solana, desarrolló la Ley Orgánica General del Sistema Educativo (LOGSE), que introdujo la fracasada Educación Secundaria Obligatoria (ESO) y otorgó a las comunidades autónomas la potestad de decidir y gestionar buena parte de los contenidos educativos.
La Ley Orgánica de Calidad de la Educación (LOCE), aprobada en 2002 por el gobierno conservador de Aznar, con Pilar del Castillo como ministra del ramo, no llegó a ser aplicada y en su lugar el gabinete socialdemócrata de Rodríguez Zapatero puso en marcha la Ley Orgánica de Educación (LOE), publicada en 2006. Pero bastó la llegada al poder del Partido Popular a finales de 2011 para que se redactara la Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa (LOMCE), presentada por José Ignacio Wert y aprobada en 2013.
Además de los citados, recordemos que desde 1975 han sido titulares del Ministerio de Educación ilustres personajes como Robles Piquer, Mayor Zaragoza, Pérez Rubalcaba, Esperanza Aguirre, Mariano Rajoy, Mercedes Cabrera y Ángel Gabilondo, entre otros. Y observemos que cada cambio de tendencia en el gobierno ha conllevado una nueva ley de educación.
Pero si tenemos en cuenta que desde las primeras elecciones democráticas, en 1977, solo ha habido tres partidos en el poder (UCD, PSOE y PP), la situación no puede ser más sorprendente: tres partidos distintos y seis leyes diferentes para un mismo objetivo frustrado.
Casi no es necesario repasar el informe del Programa Internacional para la Evaluación de Estudiantes (PISA) para comprobar que el fracaso educativo en España es una constante desde hace décadas debido, entre otras razones, a que cada inquilino de la Moncloa impulsa una nueva reforma y a que cada ministro quiere dejar su huella en las aulas atendiendo exclusivamente a la ideología del partido que gobierna.
Nunca la educación ha sido tratada como un asunto de estado y siempre ha servido para camuflar tendencias y para que sus responsables ejercieran sus ministerios como trampolines en espera de mejores destinos, como muestran los casos de Mayor Zaragoza, Solana, Rubalcaba, Aguirre, Rajoy y Wert, por ejemplo. Mencionar la larga lista de consejeros de los gobiernos autónomos que han introducido modificaciones en muchas ocasiones esperpénticas en sus respectivos territorios sería demasiado largo.
En estos tiempos de crisis económica y social, en los que desde todos los foros se promueven cambios rotundos dirigidos a modificar nuestro sistema de vida y nuestro modelo productivo —si es que alguna vez hemos tenido alguno que sobrepase los límites del ladrillo y el chiringuito playero—, urge como una necesidad ineludible la transformación profunda y radical de nuestro fracasado sistema de enseñanza, que obviamente no es ajeno a nuestras elevadas tasas de desempleo y que es responsable de buena parte de las carencias profesionales, culturales y éticas de nuestra sociedad, traducidas en un panorama que resulta inútil describir.
Sin embargo, en todos los discursos que hemos escuchado durante la precampaña, y en todos los que quedan por escuchar hasta las elecciones, la educación es tratada como una cuestión tangencial y como parte de una larga lista de reformas que todos los candidatos se comprometen a realizar.
El escenario resultante será que en caso de alcance la Moncloa un partido diferente al que hoy aún gobierna, e incluso si la alcanza el mismo, una nueva ley de educación sobrevendrá y muy probablemente no resolverá lo que desde hace cuarenta años es urgente resolver, si es que se elabora también pensando en el partido y la ideología y no en quienes debieran ser los verdaderos protagonistas de la misma: la comunidad educativa, formada por educadores, educandos y cualquier persona con alguna responsabilidad en este asunto fundamental para nuestro presente y, sobre todo, para nuestro futuro.
Porque mientras la educación no sea abordada por quienes deben hacerlo, y no por políticos y técnicos que bailan al son de su ministro de turno, nuestro destino seguirá estando en manos de quienes promueven un futuro de casino y castañuelas, esa fosa sin fondo que a veces parecen cavar quienes nos gobiernan.

© Fran Vega, 2015
El Cotidiano, 4 de diciembre de 2015