Errejón, el loro y el viejo profesor

Errejón, el loro y el viejo profesor

En los pintorescos años del tránsito —ese período de nuestra historia revestido de heroísmo, cuando en realidad lo fue de cobardía y sumisión—, en los que la España de eucaristía y uniforme pasó a ser la que aún no es y a la que le falta mucho por ser, hubo en las filas de la izquierda un revuelo solo comparable al que ahora contemplamos. Cierto es que nuestra izquierda fue siempre pajarera y zascandil, pero estaba en juego entonces nada menos que el futuro, esa fantasía a la que solo aluden quienes ven en ella ocasiones de lucro, poderío y promoción.
Fue en esa época cuando las cartas marcadas por los trileros internacionales que nos predestinan y gobiernan se pusieron del lado socialdemócrata no porque se lo hubieran ganado durante la larga noche oscurantista, sino porque en política y economía hay carambolas que te entronizan con armiño o te conducen directamente al paredón. Tenía entonces Felipe González las patillas como hachas y Alfonso Guerra aspecto de mal poeta y perdedor, pero descubrieron que uniendo el encanto y las argucias podían llegar a lo más alto sin haber pasado antes por las grisuras clandestinas ni por los méritos cansados de la derrota y el exilio que exhibían los viejos compañeros de partido.
Sin embargo, juntos tenían también un adversario heterodoxo que no lo era porque arañara votos en sus feudos o alterara su folclórico programa electoral, sino porque era en sí mismo un personaje diferente a los clanes de tortilla y camisas de leñador, con lecturas a su espalda y un estilo labrado en bibliotecas que incordiaba en gran manera a quienes reinarían en Ferraz. A González le molestaban sus aires documentados; a Guerra, que le usurpara protagonismo entre fontaneros y arribistas y que le hiciera sombra entre quienes aún apreciaban la inteligencia.
De no haber sido por estos pequeños dolores, Enrique Tierno Galván hubiera sido uno de los ponentes de la Constitución y en su momento hubiera ocupado el puesto que otros ocuparon teniendo menos pedigrí, pero el caso es que los socialdemócratas del PSOE ya habían devorado a los sociopopulares del PSP y decidieron que nada mejor que auparlo a una alcaldía de postín para que fuera venerado sin inmiscuirse en asuntos para los que los cachorros sevillanos estaban sobradamente ansiosos y dispuestos.
Y así fue. En las primeras elecciones municipales, las de 1979, fue elegido alcalde de Madrid, plaza señera y buque insignia de cualquier formación política que se precie, lo que allanó el camino para que tres años después González y Guerra saludaran desde el Palace con la rosa en una mano y la estampa de Iscariote junto a la televisión.
A Tierno Galván, que en la transición ya era conocido como «el viejo profesor» sin haber cumplido los sesenta, se lo quitaron de encima como quien espanta de la calva una mosca reincidente, pero supo tomar posesión de sus dominios, se convirtió en el alcalde más popular de la villa y, una vez reelegido, se mantuvo al frente hasta que la muerte se lo llevó por delante un día de enero de 1986.
Para entonces había logrado de sus votantes algo por lo que cualquier diputado de provincias daría hoy hasta un pedazo de su páncreas: el afecto. Por razones que no pueden limitarse a sus bandos divertidos, a su monástica presencia y ni siquiera a las decisiones que tomó, los madrileños acudieron en masa a su sepelio mientras coreaban una de las frases que le hicieron popular: ¡A colocarse y al loro! Por supuesto, entre quienes jaleaban las consignas y vitoreaban el cadáver estaban no pocos de quienes le habían defenestrado unos años antes.
Seguramente sean muchas las diferencias de todo tipo entre el viejo profesor y el joven Errejón —no se trata aquí de la ideología, sino de la historia—, pero a este le proponen ahora el mismo puente de plata por no haber entendido que lo más sagrado en un partido es la jerárquica cadena de mando y que pretender obviarla suele ser sinónimo de patíbulo o exclusión, pues siempre hay tras esta iniciativa un loro copetudo que con su arrogancia y vanidad tiende a que hagan aguas los intentos de incumplir los rigores de las lógicas internas.
Después de todo, no le fue mal al viejo profesor en su destino, pero deberá decidir el joven Errejón si acepta la intendencia que le ofrecen como parte del programa de castigo y repulsión o si recoge sus enseres y regresa a su exclusivo núcleo irradiador. En cualquiera de los casos tendrá que estar listo y muy atento, no vaya a ser que quienes hoy le ensalzan mañana le lleven y despidan en caja de pino y en volandas por la calle de Alcalá, por donde dicen que la izquierda viene y va.
Hay veces en que la gente es conocida por sus retos, pero en la mayoría de las ocasiones lo es por sus renuncias. Al loro, joven.

© Fran Vega, 20 de febrero de 2017

Los cadáveres que investían a los muertos

Los cadáveres que investían a los muertos · Fotografía: Patrick Gries
Fotografía: Patrick Gries

Con Ferraz convertido en Puerto Hurraco y Génova en la tumba de Lázaro, no había otra fecha más idónea para investir al nuevo presidente que la víspera de la noche de los muertos vivientes, en la que algunos cadáveres se dirigieron a otros para decirles que de acuerdo, que adelante con el gobierno, pero que no piensen por ello que ahora son camaradas de uniforme y batallón. No habíamos presenciado una sesión parlamentaria tan fúnebre como la del 29 de octubre.
Con Sánchez huido en mitad de la andanada tras una profunda declaración de principios resumida en la frase «el lunes cojo mi coche», con el portavoz de su exgrupo haciendo un sentido homenaje a su trabajada miseria intelectual y con los muñidores de la trama tomando gintonics subvencionados en el cafetín del Parlamento, nuestro heroico presidente del gobierno pudo ser por fin investido con los votos necesarios.
Revolotearon alrededor Pablo Iglesias y su discurso de andamio y acampada, erigiéndose a sí mismo en líder de la oposición —ese puesto que Alfonso Guerra creó para Manuel Fraga con el único fin de que se perpetuara en él—, y ese chico tan gracioso y catalán que aún no se ha enterado de que no necesitamos políticos de chiste fácil y duelos tabernarios.
Así que dejemos de lamentar que Rajoy se mantiene en la Moncloa por culpa de conspiradores y banqueros, porque continúa en su puesto debido a una mayoría de votantes que ha seguido confiando en él. De otro modo hace un año que se hubiera formado gobierno, en caso de que nuestra hipotética y tullida izquierda hubiera sabido construir una alternativa sólida y audaz. Es obvio, por tanto, que los conservadores seguirán gobernando porque el electorado también lo es, no importa bajo qué siglas se refugien. González y Cebrián acudieron a cubrir con las navajas los escaños que faltaban para obtener la mayoría, pero la parte gruesa del trabajo se debe a quienes votan y defienden a quienes estafan y nos hunden.
Por su parte, tras cuatro años de trágica legislatura, procesos judiciales sin fin y trescientos días de limbo presidencial, Rajoy continúa en su sitio como si nada hubiera ocurrido y saliendo a caminar moviendo los bracitos en beatífico ademán. Como en las viejas carreras de cuadrigas, ha sabido esperar a que los demás se descuarticen y se estrellen y con sus cuatro caballos cojitrancos ha entrado en línea de meta con aplausos crecientes y vítores en masa. Y lleva ganadas tres elecciones generales consecutivas, acercándose con peligrosidad a la marca establecida por el viejo zorro de Suresnes, que ganó cuatro.
Sin embargo, es ahora cuando está muerto de verdad, aunque él todavía no lo sabe, porque su única opción es pactar con sombras y fantasmas que exhibirán como un triunfo la mínima cláusula lograda y, sobre todo, con sus propios compañeros de partido, que aprovecharán cualquier desliz negociador para partirle la columna vertebral. Los únicos interlocutores de Rajoy están muertos. Y los muertos no hablan con nadie, excepto con quienes son como ellos.

© Fran Vega, 2 de noviembre de 2016

Réquiem por un socialista español

Réquiem por un socialista español

Con ferracidad y alevosía, el partido de los socialdemócratas españoles ha decidido poner fin a su existencia mediante un suicidio asistido, programado y ejecutado en dos tomas. Nada les obligaba a ello y ellos solos se han bastado para descerrajarse un tiro en el hígado y otro en la sien.
En realidad, ¿cuándo se rompió el socialismo español? Habría que remontarse para saberlo a los días de julio de 1936, a la ineptitud mostrada durante la guerra civil y a los lobos depredadores en la hora de la derrota, cuando entre ellos se daban dentelladas con Franco a las puertas de Madrid. Y también a Suresnes, en 1974, cuando los sevillanos del clan de la tortilla decidieron que ellos eran más grandes y mejores que quienes llevaban ya más de tres décadas en el exilio. Y, sobre todo, a 1979, cuando de la mano de su ya turbio secretario general se entregó a la socialdemocracia para poder llegar tres años después a la Moncloa.
Habría que pensar también en 1986, cuando hubo que tragarse el voto afirmativo en el referéndum atlántico. Y en la huelga general de 1988, cuando renovadores y guerristas peleaban por la protoherencia del felipismo. Y en todos los cocederos que se descubrieron después, en los que de igual modo se echaba la mano a la caja que se echaba mano de la cal. Y en todos los navajazos y ejecuciones que se han producido desde entonces en los pasillos de Ferraz sin que a ningún dirigente le importara la delirante deriva de su formación. Nos dio pena Borrell, pero lo suyo no fue nada comparado con lo de Sánchez, ese hombre desubicado entre perfectas manadas de fieras.
Y ahora, una vez consumado el ofertorio, ¿quién recoge estas cenizas tras el incendio felipista, la trama cebrianista y la soberbia susanista? Dicen que estos cráneos privilegiados esperan no solo que la derecha les devuelva el favor, sino que todos los resortes del sistema actúen de igual modo cuando las tornas cambien. Y se equivocan. Porque la derecha es mucho más lista y uniforme, se mantiene recta como un bloque de granito y jamás cometería el mismo error, sabedora de que un político suicida es lo último que los electores quieren. Y dicen también que la muerte asistida de los socialdemócratas cambiará para siempre el paisaje político heredado de la transición. Ya lo ha cambiado.
El socialismo español tenía una oportunidad de demostrar que quedaba en él algo de la izquierda que alguna vez quiso ser. Y de devolver a la izquierda todo lo que le hemos aguantado, todas las veces que nos ha sonrojado y todas las ocasiones en que nos ha avergonzado. Y no solo no lo ha hecho, sino que ya no tendrá más oportunidades de hacerlo, porque los muertos se quedan muy solos y no hablan con nadie. Y como los muertos en la antigüedad, los socialdemócratas viajan ya con una moneda en la boca, la que les han puesto los regidores eternos de cuanto acontece, las bandas que nunca han dejado de gobernarnos y los príncipes democristianos y financieros que son los únicos dueños del juego. Ha sido largo el viaje desde la trinchera a la colaboración: agrúpense todos en la tumba final.

Artículo relacionado
 «Zarzuela, Génova y Ferraz»

© Fran Vega, 26 de octubre de 2016

Zarzuela, Génova y Ferraz

Zarzuela, Génova y Ferraz

La ventaja de ser rey emérito es que no estás sujeto a ningún tipo de precepto legislativo, por lo que puedes hacer casi lo que quieras sin más frontera que la de tu propia ética, en caso de que la tengas. La Constitución impide que el rey que reina se inmiscuya en política o en asuntos propios de los partidos, pero nada limita la actividad del emérito, que hace y deshace sin rendir cuentas ni explicación.
Viene esto a propósito de que no resulta creíble que la carnicería que se está perpetrando en Ferraz sea ajena a conciliábulos como el que observan en la fotografía, en el que todos los comensales comparten objetivos e intereses. La ausencia de F6 se explica porque la propia Constitución le obliga a respetarla, pero no hay decreto que prohíba al emérito borbonear con el señor de los GAL, el señor de Irak, el señor de la Gürtel y un señor de León que fue invitado por cortesía.
Pensar que el enésimo movimiento cainita que los socialdemócratas están viviendo tiene su origen en pedristas y susanistas resultaría ingenuo. Hace meses que entre Zarzuela y Génova se estableció un hilo directo para lograr la investidura de Rajoy mediante la voladura de Ferraz siempre que esta se produjera desde dentro y con escenografía navajera. Y para ello se pidió colaboración al mejor dinamitero del reino: Felipe González, el viejo león superviviente de Suresnes con las cuatro patas hundidas en otros tantos consejos de administración. La Zarzuela se personó a través del emérito en un conflicto en el que no podía intervenir, pero del que dependía buena parte de su estabilidad.
No es creíble tampoco el difundido lapsus de González aludiendo a la guerra sucia en una entrevista radiofónica. En primer lugar, porque estaba grabada con anterioridad, y hubiera hecho falta una sola palabra del viejo león para que la Cadena Ser la editara y omitiera esa referencia. Y en segundo lugar, porque el viejo león es demasiado viejo y demasiado listo como para cometer ese pretendido error. Era una bala que tenía guardada para los de su propia tropa y que disparó con septembridad y alevosía. Un tá-pá-pá que en tres décadas no había dejado escapar, hasta que lo usó como fuego amigo camuflado entre críticas a su secretario general. Y una chulería, porque si en su momento ningún juez se atrevió a sentarle en el banquillo, él mismo ha confesado ahora sus fechorías sin que nadie le preguntara.
Es pronto para saber cómo terminará este golpe socialdemócrata y hasta qué punto beneficiará a sus instigadores y a quienes les financian o si se volverá en contra de sus cabecillas, pero no para observar la obscena fotografía tomada en un restaurante madrileño y reparar en que quien la hace no tiene plato en la mesa. No hay un sitio vacío, porque quien tomó la instantánea solo estaba convocado para que tomara nota del evento: Cebrián, ese fiel servidor y beneficiario de cualquier gobierno que lleva cuarenta años en todas las sombras de importancia.
Tal vez el partido socialdemócrata necesitaba un sepulturero y lo ha encontrado en el mismo que lo llevó al poder, pero una vez provocado el incendio, apagadas las llamas e identificados los pirómanos, ¿quién gestiona las cenizas? Pasarán años antes de que alguien se atreva a recogerlas y pueda responder.

Artículo relacionado
 «Réquiem por un socialista español»

© Fran Vega, 1 de octubre de 2016

The Affluent Worker

The Affluent Worker
A mediados de los años ochenta, con Margaret Thatcher, Ronald Reagan y Juan Pablo II en la cúspide del gobierno occidental y el sistema soviético con evidentes síntomas de hundimiento, se celebró en un hotel de Ginebra una de esas reuniones a las que acuden los auténticos mandatarios del mundo. No presidentes electos ni primeros ministros surgidos de las urnas, sino dueños de empresas dedicadas al tráfico legal de energía, armamento, fronteras, territorios y creencias. Y, naturalmente, banqueros democristianos e intelectuales socialdemócratas. Es decir, la cúpula planetaria.
En aquella reunión se analizaron los avances conseguidos desde la gran crisis de los años cuarenta —cuyo protagonismo fue entregado al pequeño cabo austríaco a cambio de que Estados Unidos pudiera comprar Europa y Asia al irrisorio precio de cincuenta millones de muertos— y se analizaron las perspectivas de un futuro inmediato en el que la guerra fría estaba a punto de ser incinerada.
Para entonces se habían producido ya conatos revolucionarios sin graves consecuencias que habían servido para encender las alarmas en los consejos de administración más influyentes del mundo, pues jóvenes lanzando adoquines en las calles de París y vietnamitas derrotando a las tropas occidentales no podían presagiar nada bueno. Pero, sobre todo, había una figura que se había vuelto peligrosa y que podía acabar siendo subversiva: el Affluent Worker, el trabajador opulento.
Superadas las esquirlas de la última guerra y levantadas de las ruinas las ciudades que las multinacionales ordenaron destruir, la clase trabajadora había alcanzado ya las líneas rojas de lo que el gran capital estaba dispuesto a tolerar: los obreros de medio mundo no solo tenían contratos fijos, pagas extraordinarias, vacaciones financiadas, asistencia sanitaria y hasta segundas residencias, sino que entre ellos había comenzado a proliferar el pensamiento, no pocos se habían infiltrado en organizaciones desestabilizadoras que suponían un riesgo innecesario y existía la posibilidad de que en algunos países los revoltosos tomaran el poder. Así que una vez más en la historia era necesario dar un golpe de timón al rumbo de los tiempos.
Los mandatarios tuvieron claro de inmediato que no podían volver a organizar una guerra intercontinental para acabar con toda esa pillería y que estaría feo sacar de nuevo la artillería pesada y las armas nucleares. Verdún y Nagasaki habían sido bonitas experiencias, pero en esta ocasión debía imponerse la habilidad y el disimulo. De los campos de concentración ni siquiera se llegó a hablar.
Y si en otros momentos la dirección de operaciones similares había recaído en industriales y profetas, en aquel momento la capitanía de la misión fue encomendada a la gran banca mundial. Esta vez os toca a vosotros, dijeron los fabricantes de armamento y de cámaras de gas, organizad una gran crisis y no malgastéis ni una sola bala. Nosotros lo hicimos con las botas y las bombas, hacedlo ahora con algo mucho más limpio y elegante: el dinero, es decir, la deuda.
Las mejores propuestas fluyeron enseguida y consistieron en idear mecanismos para que en una primera fase la gente se enriqueciese y confiase en el sistema mediante créditos y préstamos hipotecarios —lo que a su vez enriquecería también a sus inventores—, para acometer después una segunda etapa en la que todo eso desaparecería y no hubiera más remedio que empezar de cero, trabajando con ahínco y devoción para hacer más grandes las empresas a cambio de míseros salarios, humillantes condiciones laborales que serían aceptadas y el olvido de cualquier reivindicación.
La guinda del diabólico plan la pusieron los banqueros democristianos, que transmitieron la idea de los intelectuales socialdemócratas para convencer a las masas trabajadoras de que ellas eran las únicas responsables de su pobreza debido a su inconsciencia y bobería, su falta de planificación y sus desmedidas ambiciones. No tendrán nada y nos lo deberán todo, dijeron, pero no vaciaremos hasta el fondo sus despensas: han de ser pobres, pero no hambrientos, y necesitados, pero no desesperados, porque el peor enemigo es quien no tiene nada que perder.
Sin embargo, democristianos y socialdemócratas pidieron a industriales y empresarios que les ayudaran a crear otro peligro, pues si rusos y chinos dejaban de ser una amenaza, alguien tenía que representar el complemento perfecto de la pobreza: el miedo. Las dudas quedaron despejadas en cuanto uno de ellos trazó un esquema para dotar al mundo de grupos extremistas encargados de sembrar inseguridad y pánico entre la población. Que parezca un atentado, concluyó el presidente de una petrolera.
Por último, en aquel hotelito de Suiza se decidió que si habían sido necesarios más de treinta años para que el mundo girara por completo —los que van del disparo de Sarajevo en 1914 a la destrucción de Dresde en 1945—, no harían falta menos para que volviera a hacerlo y lo hiciera en la buena dirección.
No hubo más debates y todos se sentaron a cenar entre grandes risotadas y abrazos de júbilo y deleite. Adiós, Affluent Worker, pronto volverás a confiar en nosotros y nos votarás en todas las elecciones, dijeron al brindar, porque solo nosotros podemos asegurarte un plato caliente en la mesa, pero nunca más pretenderás nuestras ganancias ni pagaremos tu dentista ni tus hijos soñarán con un mundo mejor que el tuyo. Somos tu único futuro.

Han pasado treinta años desde aquella reunión en Suiza y la pieza de relojería diseñada entonces por quienes de verdad deciden el mundo ha funcionado a la perfección. La llamaron «crisis». El resto es pura fantasía.

© Fran Vega, 16 de septiembre de 2016

Antropoceno, Bilbao, 1950

Antropoceno, Bilbao, 1950
Siete años de trabajo de treinta y cinco científicos han servido para llegar a la conclusión de que nuestro planeta se encuentra en una nueva época geológica denominada Antropoceno, cuyo origen se sitúa en 1950. ¿Y en qué lugar de la Tierra se demuestra que el Antropoceno es una realidad? En Bilbao.
Para situarnos un poco, recordemos que hasta ahora vivíamos en el Holoceno, última época del período Cuaternario iniciada hace unos doce mil años. Es decir, que todo lo que conocíamos de la historia, desde el diluvio universal hasta la última pifia del gobierno y su presidente, había transcurrido en el Holoceno. La fundación de Asiria, la filosofía griega, el imperio romano, los reyes godos, las cruzadas, el medioevo, la caída de Constantinopla, el Renacimiento, la revolución industrial y las dos guerras mundiales se ubicaban en el Holoceno. Y se siguen ubicando, porque los sedimentos hallados en la ría de Bilbao demuestran que la nueva época geológica comenzó en 1950. Es decir, que el gol de Iniesta y Mariano Rajoy ya pertenecen al Antropoceno.
La fecha elegida no reviste mayor trascendencia y el límite entre una y otra época podía haberse establecido un par de años antes o un par de años después, pero ¿por qué en Bilbao?
La respuesta está en una franja de siete metros de sedimentos originada como consecuencia de la industrialización y visible en la playa cementada de Tunelboca, que indica que la huella humana en el planeta es ya lo suficientemente profunda y definitiva como para que pueda hablarse de un cambio de época. No son ajenos a este cambio, por supuesto, los residuos radiactivos de plutonio esparcidos por todos los continentes, pero es importante destacar que tras poco más de doscientos años de industrialización —lo que en términos geológicos es una minucia— la Tierra ha sufrido una transformación que no había experimentado en los doce mil años anteriores, desde que se iniciaron la agricultura y los primeros asentamientos urbanos. Y es en los acantilados de Getxo donde el profesor Alejandro Cearreta, geólogo de la Universidad del País Vasco, propone situar el clavo dorado, es decir, el lugar de referencia planetaria para el comienzo del Antropoceno.
Cualquier otro descubrimiento científico cuyo núcleo demostrable se encontrara en las playas bilbaínas sería motivo de contento, pero pensar que en ellas se encuentra este clavo dorado que evidencia el cambio geológico nos deja un ánimo lánguido por la constatación de que, en efecto, nos estamos cargando lo único que de verdad hemos heredado: el planeta.
Hubiera estado bien saber que el arca de Noé no se asentó sobre los montes Ararat tras el diluvio, sino junto al mismísimo puente colgante, o que el Artibai es en realidad la auténtica fuente del Nilo. Sin embargo, lo que sabemos nos lleva a preguntarnos si habrá una siguiente época geológica o si esta es ya la última, definitiva y funeraria transformación de la Tierra.
La propia ría de Bilbao nos responderá, pero tal vez lo haga con el silencio.

© Fran Vega, 9 de septiembre de 2016

Mariano Go

20160901 · Mariano Go
A veces veo Marianos. Sí. Los veo agazapados en las calles, ocultos tras los buzones amarillos de correos, esperando al autobús o cruzando pasos de cebra como si nada ocurriera. Me sucede como al fotógrafo Karak Apok, que retrató a un señor con sombrero y después resultó que era un Mariano o quizá un replicante de Mariano. Yo veo Marianos. Así es.
En ocasiones quiero cazarlos disparando con mi móvil, llevármelos a casa y ocultarlos en el desván, para que nadie les vea y les encuentre utilidad. Pero dicen en el vecindario que nunca se sabe.
Han de saber también que durante mucho tiempo vi Josemaris. Era agobiante. Pero debieron de cazarlos a todos y desaparecieron. Un alivio.
La cosa es que ahora encuentro Marianos por las esquinas. Pero eso no es lo peor, porque hay exactamente 7.906.185 Marianos Go en nuestras vidas. Tengan cuidado al salir de casa, al aparcar el coche o al pasear al perro. Porque lo único que la izquierda va a hacer frente a ellos es esperar a que se extingan. Como los Josemaris.

© Fran Vega, 1 de septiembre de 2016

El informe Chilcot y la inteligencia

El informe Chilcot y la inteligencia
Lo que más sorprende del Irak Inquiry o informe Chilcot conocido hace unos días no es lo que cualquier ser inteligente y bien nacido sabía desde hace años, esto es, que la invasión de Irak fue una guerra prefabricada y que quienes la organizaron mintieron y estafaron a todo el planeta, sino que haya sido necesaria más de una década para que la comisión investigadora presidida por John Chilcot haya llegado a esa misma conclusión.
Sorprende también que periodistas, analistas y medios de comunicación se lleven ahora las manos a la cabeza por lo que desde el primer momento era una obviedad. ¿Acaso podía esperarse otra cosa de los tipos reunidos en las Azores en la primavera de 2003? Allí estaban Tony Blair, ese político desdichado sin un solo gramo de criterio en su cabeza; George W. Bush, el peor presidente que Estados Unidos podía haber tenido en uno de los peores momentos de su historia, y José María Aznar, a quien es difícil calificar sin infringir el Código Penal. Los tres acogidos y bien recibidos por Durão Barroso, quien obtuvo a cambio la presidencia de la Comisión Europea y quien acaba de incorporarse a la de Goldman Sachs para terminar de destruir lo poco que dejó en pie en el continente.
No había entonces ninguna duda de que todos mentían, nadie que no fuera un ingenuo pudo creer aquellos discursos argumentales y nadie que no tuviera sangre y muerte en su cabeza pudo pensar que aquellos tipos decían la verdad. Nos metieron en una guerra y la jugada nos salió muy cara. Y ahora hay grandes titulares que dicen: ¡Oh! ¡Nos mintió! Como si no hubiera mentido antes y después, cuando nos devolvieron la carnicería en vagones y apeaderos.
Dice también el informe Chilcot, en un insólito alarde de perspicacia, que la invasión de Irak propició la actividad del ISIS y extendió la guerra a conflictos como el sirio, cuyas consecuencias son evidentes y de sobra conocidas. A esa conclusión han llegado los servicios de inteligencia tras años de análisis y financiación, la misma a la que cualquiera con un mínimo de información y perspectiva ha podido llegar por su cuenta durante todo este tiempo. Reconozcamos que con servicios de inteligencia de este nivel, no necesitamos ningún estúpido al que investigar.
El informe Chilcot no solo es insultante para las víctimas de cualquier bando y cualquier país en donde aquella guerra sigue dejando huella, sino para los millones de personas que en su momento nos manifestamos en todo el mundo en contra de una operación demencial urdida por aquellos enfermos que nos gobernaron.
Trece años después, Aznar, cuyo vicepresidente de entonces gobierna y gobernará, aúlla todavía como una hiena con la boca ensangrentada por la carroña que devora: ¡créanme!, dice.
Tal vez sabe que en los cementerios sirios e iraquíes aún hay tumbas que no debieran estar vacías, pues no es posible que no exista el infierno también para ellos.

Artículo relacionado
«De Damasco a París»

© Fran Vega, 11 de julio de 2016

Rajoy no existe

20160628 · Rajoy no existe

A ver, que lo fácil ahora es decir que Mariano ha ganado las elecciones, pero eso es imposible por la incuestionada verdad de que Rajoy no existe. Todos los votantes del Partido Popular son conscientes de esta exactitud, así que socialdemócratas y podemitas son los únicos que permanecen en el limbo y siguen sin saber que el gran Mariano solo tiene vida en nuestra confusa imaginación. Veamos por qué.
En primer lugar, porque Aznar está satisfecho con el resultado y ha felicitado a su sucesor. Y esto es muy mal asunto, porque significa que es Josemari quien habita en la oquedad craneal de Mariano.
Después, porque nada podía esperarse de una campaña podemita basada en invocaciones a la patria y corazoncitos veraniegos. ¿Qué creían estos chicos? ¿Que hemos llegado hasta aquí para escuchar estas cosas? ¿Que hemos peleado tanto para llevar un corazoncito en la solapa? No, muchachos, no basta con la camisa blanca remangada y tres o cinco ocurrencias en prime time. Necesitamos dinamita intelectual y fuego en las neuronas, no carantoñas ni ternura de colegas.
A continuación, porque solo los socialdemócratas pueden aprobar un eslogan electoral tan hueco como “Vota sí al cambio”. Eso del cambio funcionó una vez, pero está claro que no es una mina sin fondo. Y menos aún si va impreso sobre la foto de un líder errático y errante cuya vida política pende de un pedo. ¿Cuándo se van a convencer los políticos de que la gente jamás vota incertidumbre?
Más todavía: es imposible que exista alguien como Mariano Rajoy. Es imposible que alguien así dirija una banda perfectamente organizada que gana elecciones y aumenta su ventaja en cada convocatoria. Eso no puede ser verdad.
Pero, sobre todo, Rajoy no existe porque el Partido Popular no lo necesita. ¿Para qué tener un líder si no hay nadie que trabaje mejor por el partido que podemitas y socialdemócratas?
Rajoy no ha existido nunca. Y la izquierda solo ha demostrado un principio físico irrebatible: dos fuerzas que chocan siempre impulsan a una tercera.
(En efecto, lector: usted y yo tampoco existimos. Solo somos el resultado de un capricho algorítmico).

© Fran Vega, 28 de junio de 2016

Que vuelva ya Georgie Dann

20160607 · Que vuelva ya Georgie Dann

Los chicos del Partido Popular anunciaron y divulgaron ayer el nuevo arreglo musical de su himno, que en esta ocasión ha adquirido ritmo de merengue. Dijeron también que habían dudado entre varias opciones rítmicas, pero que al final se había impuesto el merengue. Así. Sin avisar ni nada.
Es de suponer que con esta innovación esperan triunfar en las verbenas rurales del verano después de haberse alzado con el primer premio en las elecciones, lo que sin duda supondrá un sustancioso incremento del consumo de alcohol y otras sustancias aún mejores por parte del personal menos inclinado hacia la nueva gaviota merengada.
Pero lo verdaderamente inquietante es intentar ponerse en la cabeza de quienes han tomado esta siniestra decisión. Nada tengo en contra de este ritmo tan alegre, pero reconozcamos que no parece la idea más brillante para intentar ganar adeptos o siquiera votantes. De modo que solo queda pensar que una vez instaladas la memez absoluta y la corrupción generalizada en la sede negra de la calle Génova, solo faltaba que lo hiciera también la demencia total.
Si a la iniciativa bailonga de los populares añadimos el corazoncito podemita y las invocaciones suaristas de los muchachos de Ferraz, cabe preguntarse qué será lo siguiente en esta tronchante campaña electoral de piscina, frigodedo y trampolín.
Es hora, por tanto, de reivindicar las auténticas canciones del verano para que en las plazas de los pueblos suenen este año de forma atronadora y acallen, por favor, ese himno merengoso cuyos primeros acordes ya invitan al alboroto, al incendio e incluso al merengue de neutrones.
Que vuelva ya Georgie Dann.

© Fran Vega, 7 de junio de 2016

Mariano, un artista entre nosotros

20160601 · Un artista entre nosotros

Tenemos todavía un artista en la Moncloa y lo hemos ignorado hasta ahora como si no fuera importante la creatividad en la heroica tarea de dirigir un país y hasta un gobierno. Rajoy nos ha sorprendido con un tuit, élfico y misterioso, en el que junto a la imagen que contemplan ha añadido el siguiente texto: «Después de estos meses, así veo yo la situación política».
¿Qué? ¿Es grande o no es grande Mariano? ¿Tiene arte o no lo tiene? Hay que ser muy bueno, hay que tener una amplitud de miras espectacular y hay que tener conciencia de la historia para publicar algo así. Hay que tener muy claras las ideas, muy definidos los proyectos y muy estructurados los planes de futuro para resumir de este modo un semestre de fútbol y vagancia y encarar unas nuevas elecciones.
Al final, somos nosotros los únicos preocupados por el déficit, los recortes, la prima de riesgo, la corrupción, los refugiados y el cambio climático. Somos nosotros los que nos angustiamos solitos y contemplamos todo con lamento y pesimismo.
Sean optimistas, alegren esa cara, miren la vida como si hubiera mil mañanas y aprendan de Mariano: una línea roja sobre un fondo blanco. Ya está. Eso es todo.

© Fran Vega, 1 de junio de 2016

El discreto encanto del perdedor

El discreto encanto del perdedor
· Ucronías ·
Fran Vega
El discreto encanto del perdedor

Cuando termine la final del raro concurso futbolístico que se celebra hoy, la copa se quedará en alguna vitrina de la capital de este reino de vino tinto con sifón y comenzaremos a pensar en el siguiente trofeo deportivo que nos alivie la realidad. Se festejará en las calles y habrá quienes brinden y celebren, como habrá quien se apene y se lamente de la sin duda trágica derrota que siempre acompaña a un adverso marcador.
Y comprobaremos una vez más que siempre es más interesante la experiencia del perdedor. La del ganador no encierra mística ni misterio, pues nunca hay laberinto en la alegría de quien gana, cuyo ánimo se transcribe en abrazos y sonrisas, en chocar esos cinco, en reconocerse los méritos, en ocultar prudentemente los deméritos y en bailar congas o cosas aún peores hasta que el amanecer aconseje el cierre y los adioses. Nada que no conozcamos. Nada que incluso no hayamos vivido en nuestras anodinas y anónimas vidas.
Pero la liturgia del perdedor es mucho más exigente y atractiva, porque encierra individualidades y procesos internos que pocas veces se exteriorizan y que no aparecen nunca en las crónicas deportivas a las que tan perezosamente estamos acostumbrados. Cierto que veremos aún sobre el césped algún rostro de tristeza, algún abrazo entre lágrimas contenidas y tal vez muecas de rabia frente a sus propios seguidores, con sus bufandas y banderas y sus escudos y colores derrotados. Pero cada uno de quienes pierdan el partido vivirá su propia desolación no compartida y arrastrará su ánimo de forma indefinida y quizá imprevista hasta límites imposibles de saber.
Cualquiera puede imaginarse lo que se siente al ganar un campeonato con la repercusión que el fútbol tiene en nuestros tiempos, un deporte que si desapareciera originaría tremebundas y terribles guerras coloniales, y no es difícil suponer el orgullo inalcanzable que la victoria representa. Pero la voracidad que nos es propia implica que en poco tiempo los triunfadores estarán ya pensando en los siguientes objetivos y en nuevas metas que lograr. No digan que no es una vida plomizamente aburrida.
Sin  embargo, el perdedor recordará durante décadas la noche aciaga en que pudo ser y no fue, el pase errado, la falta discordante, el penalti fallado y el balón que entró sin que el portero lo rozara o peor aún si lo rozó. Durante noches pensará en qué hubiera ocurrido de tirarse en plancha sobre el área, si debió poner la zancadilla a tal o cual rival o si pensó con equívoco la jugada de los últimos minutos en un estadio que jamás olvidará. Su derrota le acompañará mientras viva.
No soy de un equipo ni de otro, me da lo mismo quien gane y quien pierda y ni siquiera veré un espectáculo cuyas normas no comprendo. Pero mañana buscaré en los diarios alguna imagen que atestigüe qué grande y minuciosa es la vida del discreto perdedor.

© Fran Vega, 2016
El Cotidiano, 28 de mayo de 2016

El vacío del mundo en la oquedad de su cabeza

20160523 · El vacío del mundo

Según la última encuesta que El País ha hecho para Metroscopia, este hombre grisáceo, pazguato y anodino volverá a ganar las elecciones. Y no solo eso. Es probable que las gane incluso con un margen superior al de hace unos meses. Es difícil enmendar la plana a un diario sostenido y financiado por algunos de los imperios financieros más importantes de Europa, de modo que su titular resulta creíble por mucha desolación que produzca.
Cierto es que la banca aloja y desaloja la Moncloa cuando le viene en gana y que nombra y depone ministros y altos cargos según le conviene y le apetece, pero lo que no hace es depositar los votos de millones de españoles en las urnas.
Esas papeletas son llevadas una a una y hasta su destino por quienes todavía creen que este individuo de extraño cerebelo es el más adecuado para gobernarnos, dirigirnos y representarnos. Este señor que tanta risa nos da cuando no nos entristece es apoyado por una mayoría de ciudadanos que de manera inexplicable, cuando no del todo irracional, todavía confía en él.
Que El País cocina sus encuestas antes de servirlas a Metroscopia es un hecho evidente; que la banca cocina las suyas antes de dar precisas instrucciones al director de El País, también. Pero ¿cómo se cocinan millones de contribuyentes para que mantengan su adhesión inquebrantable a este señor de casino provinciano con el vacío del mundo en la oquedad de su cabeza?

© Fran Vega, 23 de mayo de 2016

Carlos Soria y el PIB

20160519 · Carlos Soria

Supimos ayer que la deuda pública de este país que avanza por la senda de la recuperación y el desarrollo ha superado ya el 100 % del PIB, es decir, que debemos todo lo que producimos durante un año. Todo un año trabajando por salarios míseros y en condiciones más míseras aún para que nuestros acreedores se lo lleven de golpe a sus paraísos fiscales y jurídicos.
Se suponía que todos los recortes que hemos sufrido durante los últimos años tenían como objetivo no solo no incrementar la deuda pública, sino reducirla. Pues no. Y por si fuera poco, el FMI y Bruselas han caído en la cuenta de que las medidas de austeridad no han conducido a nada y preparan ya un nuevo paquete de recortes que el gobierno surgido de las próximas elecciones tendrá que aplicar, además de la correspondiente multa hipermillonaria por haber superado el techo de déficit. No es de extrañar que todos jueguen al escondite y traten por todos los medios de dar esquinazo a la Moncloa.
Al mismo tiempo, aparecía en los medios una entrevista con Carlos Soria, el antiguo tapicero de 77 años que un día se propuso escalar todos los «ochomiles» del planeta y continúa en su empeño. Dice que a veces le duele una rodilla, pero que a su edad no piensa renunciar a sus sueños y que la voluntad y la ilusión son sus mejores compañeras de escalada.
No sabemos que pensaría este hombre heroico y admirado si un día le dijeran que todos los miles de metros que ha subido y que todos los picos que ha alcanzado los tiene en deuda con una extraña organización que se dedica a vigilar el esfuerzo y el trabajo ajenos. Y no solo eso, sino que todas las cumbres que alcance en el futuro las tendrá también embargadas de antemano. Es de suponer que enterraría la mochila y el piolet y que a partir de entonces dedicaría su tiempo al plácido paseo o a la bien merecida holganza.
A nosotros nos dicen lo mismo, pero con la diferencia de que en los próximos comicios daremos el mando de nuevo a quienes se apropian de nuestra cordada.
Tal vez haya llegado el momento de quedarse en la cima del Annapurna y no volver.

http://www.publico.es/deportes/carlos-soria-inmortal-77-anos.html

© Fran Vega, 19 de mayo de 2016

Sin novedades

20160512 · Presupuesto electoral

Para situarnos un poquito: resulta que estos señores que tan alegremente deciden sobre nuestras vidas y recortan presupuestos cada vez que desde Bruselas se les llama la atención, son incapaces de ponerse de acuerdo para reducir el gasto de la campaña electoral que, naturalmente, financiaremos entre todos. Cada uno quiere sus papelitos, sus folletos y sus banderolas y ninguno está dispuesto a que sus siglas y sus rancias fotografías desaparezcan de calles y buzones.
Hubiera sido razonable que después de haber estado seis meses sin nada que hacer afrontaran la situación con un poco más de perspectiva y humildad y dijeran: «Miren, ya que hemos sido incapaces de hacer nuestro trabajo, vamos a repetir las elecciones, pero de modo que les salga baratito. Disculpen las molestias».
No es nada que sorprenda, pero conviene recordarlo para que luego no cause alarma descubrir sus abundantes ineptitudes y sus ineficaces gestiones. Con tipos incapaces de renunciar a unas cuantas octavillas no podemos ir a ningún lado.

© Fran Vega, 12 de mayo de 2016