Lawrence de Arabia

Peter O’Toole en «Lawrence de Arabia», dirigida en 1962 por David Lean
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Fran Vega
Peter O’Toole en «Lawrence de Arabia», dirigida en 1962 por David Lean

Había luchado tanto por tantos que ya no lucharía nunca por nadie. Había transitado por tantos desiertos que ya no encontraría otro a su medida. Y había contemplado tantos espejismos que solo pudo rendirse ante el último que vio.
Nos hubiera gustado ser alguna vez como Lawrence de Arabia, caminar sobre la arena con la mirada perdida y vencer finalmente en el puerto de Aqaba, derrotar también a los otros y a los nuestros para darnos cuenta después de que eran los mismos y salir victoriosos del desierto del Nefud mientras Daud aguarda en su camello nuestra imagen difusa y cansada.
Es quizá uno de los secretos de la película que en 1962 rodó David Lean, ese gigante que ya nos había regalado hasta entonces Breve encuentro y El puente sobre el río Kwai y que aún filmaría en los años siguientes Doctor Zhivago, La hija de Ryan y Pasaje a la India. Porque frente al gran Peter O’Toole como el capitán T. E. Lawrence solo cabía oponerle John Dimech en el papel de Daud, un personaje secundario en la trama que asume la misión más delicada y arriesgada de todas: esperar, esperar a que Lawrence sobreviva al yunque del Nefud. Esperar casi sin ninguna esperanza. Y Daud espera.

Lawrence de Arabia junto al mar

En la producción de Sam Spiegel y el propio Lean destacan personajes como el príncipe Faysal (Alec Guinness), el jerife Alí (Omar Sharif) y Auda abu Tayi (Anthony Quinn), que giran alrededor de Lawrence bajo la música de Maurice Jarre, pero ninguno logra esa impactante imagen de Daud a las puertas del desierto del Nefud. Solo Daud es capaz de gritar el nombre de Lawrence tras haberse jugado la vida a cambio de casi nada, que es exactamente como siempre nos la hemos jugado.
Daud muere después, como un prefacio de la propia muerte de Lawrence, quien asume al fin su derrota con la elegancia propia de quien sabe desde el principio que será derrotado, con el alma inconclusa del perdedor en que un día se convirtió. Pero ya no importa. Ha vencido a los invencibles, ha atravesado el Nefud como un espectro sin más compañía que el sol y ha logrado que al final del camino, y por primera vez en su vida, alguien le espere y repita su nombre.
El resto carece de interés. Solo por ese instante desértico fotografiado por Freddie Young a las órdenes de David Lean, acompañado por la música de Maurice Jarre mientras Daud espera, ya hubiera merecido la pena ser y seguir siendo Lawrence de Arabia.

Daud (John Dimech) espera a Lawrence de Arabia junto al desierto del Nefud
Daud (John Dimech) espera a Lawrence de Arabia junto al desierto del Nefud
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«Clara Aldán»

© Fran Vega, 2016

Clara Aldán

Charo López en «Los gozos y las sombras» (1982), serie de televisión dirigida por Rafael Moreno Alba
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Fran Vega
Charo López en «Los gozos y las sombras» (1982), serie de televisión dirigida por Rafael Moreno Alba

Nos hubiera gustado ser como Clara Aldán. Cómo no querer serlo, si durante los trece capítulos de Los gozos y las sombras que Televisión Española emitió en 1982 nos mantuvo como atentos aliados frente a las bravuconadas de Cayetano Salgado (Carlos Larrañaga), la educada prudencia de Carlos Deza (Eusebio Poncela) y las artimañas de Mariana Sarmiento (Amparo Rivelles). Cómo no querer serlo si se enfrentó a los que gobernaban y decidían y no cedió a pesar del alto precio que debía pagar por ello. Y cómo no querer serlo si entre gozos y sombras protagonizó una de las escenas más sutiles y mejor rodadas de la historia de la televisión.
El éxito le llegó a Charo López a punto de cumplir 40 años, que era la edad a la que antes llegaban los éxitos, para consagrarse como una de las más rotundas actrices de aquella España aún oscura y transitoria. La Ava Gardner nacional, se decía de ella en la época. Había trabajado antes en series como El pícaro y Fortunata y Jacinta y en largometrajes de escasa repercusión, a pesar de que Luis Buñuel y Gonzalo Suárez hubieran contado con ella para diferentes proyectos.
Hasta que Rafael Moreno Alba decidió que ella era la mejor Clara Aldán, la actriz ideal para meterse en el papel de aquella mujer firme y reservada, entregada y rotunda, frágil y aparente. Y a Gonzalo Torrente Ballester, que había escrito la novela veinticinco años antes, le pareció bien. Y a nosotros, que entonces éramos jovenzuelos sin experiencia en series ni en nada, nos pareció muy bien.
La fuerza de Clara Aldán estaba en su sola presencia, en cómo hacía dudar y titubear a Carlos Deza y en cómo enervaba a Cayetano Salgado hasta provocar entre ellos un enfrentamiento metafórico, pues la acción se desarrolla en los años finales de la república. Y entre los dos poderes que ambos representan se erige la libertad y la dignidad que emanan del personaje de Clara.
Cómo no querer ser Clara Aldán, si derrota a quien le hiere, vence a quien le ofende y conquista a quien la quiere. Desde entonces se quedó entre nosotros una idea que aún pervive y que con los años se convertiría en una actitud de imposible abdicación y renuncia: seguir siendo como Clara Aldán, derrotando a quien nos hiere y conquistando a quien nos quiere.

Charo López y Eusebio Poncela en «Los gozos y las sombras»
Charo López y Eusebio Poncela en «Los gozos y las sombras»
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«Lawrence de Arabia»

© Fran Vega, 2016

Sonny Liston

Sonny Liston y Cassius Clay, 25 de febrero de 1964 · Fotografía: Neil Leifer
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Fran Vega
Sonny Liston y Cassius Clay, 25 de febrero de 1964
Fotografía: Neil Leifer

Esta no es una crónica deportiva, porque la competición no reviste ningún interés para mí. Casi cualquiera puede convertirse en ganador un día, pasar del anonimato a la celebridad en una tarde de éxito y suerte y convertirse en héroe público o privado aunque nunca fuera esa su intención. Sin embargo, un perdedor lleva su estigma en las venas, se percibe su condición en la mirada y deja durante toda su vida la huella de quien no tiene otro sendero ni destino. Y para eso no necesita competir con nadie, excepto contra sí mismo. Desde el primer llanto hasta el último estertor.
Entre la fotografía que está sobre estas líneas y la que se encuentra al final hay quince meses de diferencia, los que transcurrieron entre el combate por el título mundial de los pesos pesados que enfrentó al campeón Sonny Liston y el aspirante Cassius Clay, celebrado el 25 de febrero de 1964 en Miami Beach, y el que tuvo lugar en Lewiston el 25 de mayo de 1965 entre el campeón del mundo Muhammad Alí y el aspirante Sonny Liston. Se trata de los mismos protagonistas en circunstancias contrarias.
Charles L. Liston era campeón de los pesos pesados desde el 25 de septiembre de 1962, cuando noqueó a Floyd Patterson en el primer asalto del combate celebrado en Chicago. Al año siguiente Patterson quiso la revancha, pero también acabó en la lona en el primer asalto.
Sonny era un púgil temido por su corpulencia y su estilo ortodoxo. Había aprendido a boxear en la cárcel estatal de Missouri, donde cumplió condena por atraco a mano armada. Después pasó seis meses en prisión por un incidente con la policía y fue suspendido por la comisión de boxeo estadounidense, tropiezos legales que los representantes de sus rivales y las casas de apuestas utilizaron en su propio beneficio. Había alcanzado el campeonato del mundo a los 30 años, estaba dispuesto a defender el título y no se detendría ante ningún reto. Había nacido el 8 de mayo de 1932.
De modo que cuando en su trayectoria se cruzó un joven Cassius Clay, un púgil con diez años menos pero con siete centímetros más (1,91 frente a 1,84 m) que había ganado la medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Roma, Sonny quiso demostrar que seguía siendo el dueño del cuadrilátero y que ese chico lenguaraz no podría arrebatarle el cinturón de los pesos pesados.
Habían pasado quince meses desde su victoria frente a Patterson. Y aquel 25 de febrero de 1964 Liston subió a pelear con todo a su favor, pero hay quien solo puede ganar de forma efímera y pasajera, porque su destino final es siempre la derrota. Sonny Liston era uno de ellos.
Comenzó tratando de imponerse ante un rival que se movía como una mariposa, queriendo avasallar con su rotunda pegada a un púgil que esquivaba todos los golpes. Observen la fotografía superior, en la que los dos boxeadores se miran a los ojos: Liston parece seguro y Clay adopta un gesto asustado. El fotógrafo Neil Leifer estaba allí.
El pómulo derecho de Sonny empezó a sangrar en el tercer asalto. Ya sabía entonces que iba a perder. Para cuando llegó el quinto, la agilidad de Clay, su sincronizado movimiento de brazos y piernas y su rápida recuperación física ya habían agotado a un Liston que se mostraba incapaz de comprender su propia evidencia. Y antes de que comenzara el séptimo alegó molestias en un hombro y tiró la toalla en su rincón.
Un KO técnico. Había sido derrotado y ya no era campeón del mundo. Y un hombre derrotado no solo pierde todos los sueños que tiene, sino todos aquellos que hubiera podido tener.
Clay alzó los brazos y se dirigió al público gritando I am the greatest!, I am the greatest! Al día siguiente anunció que a partir de entonces su nombre sería Muhammad Alí, «el elegido de Dios». Era un ganador puro.
Los perdedores natos necesitan la derrota total, así que Liston no se conformó con haber entregado el título en Miami Beach. Esperó a que la densa y oscura red de organizadores y managers se pusiera de acuerdo y a que Alí se recuperara de una pequeña intervención quirúrgica. Y el combate de revancha quedó programado para el 25 de mayo de 1964, quince meses después de su derrota frente a Cassius Clay. Se había arriesgado espectacularmente. Y ahora fracasaría de la misma forma.
Sonny comenzó el combate como un aspirante de su condición debía hacerlo, lanzando golpes directos al rostro de su oponente, que este esquivaba con un magistral juego de hombros y pies. Cuando solo había pasado un minuto y cuarenta y cinco segundos del primer asalto, Liston recibió un derechazo y cayó a la lona. Observen la imagen inferior, en la que Alí increpa a su rival derrotado: Get up and fight! Get up and fight! ¡Levántate y pelea!
Entre las primeras filas de espectadores se encontraban el fotógrafo John Rooney, que ese mismo año obtendría el World Press Photo por la instantánea en blanco y negro en la que Alí vocifera sobre Liston, y Neil Leifer, que estuvo igual de atento para tomar la suya en color.
Pero Sonny Liston ni siquiera tuvo intención de ponerse en pie. Necesitaba perder de forma inapelable y dejó que el árbitro contara hasta diez. Diez segundos para que Muhammad Alí renovara su título de campeón del mundo. Dos minutos y doce segundos para que él perdiera ya cualquier posibilidad de recuperarlo.
Pocos espectadores se dieron cuenta del rápido golpe que el Oso Negro había recibido, por lo que el anchor punch de Alí fue conocido desde ese día como «el golpe fantasma», aunque la grabación del combate no arroja dudas sobre el derechazo del campeón. Se dijo que las casas de apuestas forzaron el resultado e incluso que Liston había recibido amenazas por parte de grupos musulmanes relacionados con Alí.
Sonny Liston había consumado una derrota gestada desde tiempo atrás por un motivo que no podía eludir: era un perdedor, un hombre con el fracaso escrito en los ojos que solo durante un tiempo pudo asomarse a la gloria. Había sido campeón durante quince meses y había tardado otros quince en aceptar su derrota definitiva. Y para cuando aquella noche se bajó del cuadrilátero, supo que acababa de poner orden en su vida. Había perdido.
Aún combatió durante algún tiempo, venció en encuentros más o menos amañados y desfiguró las caras de algunos rivales, poca cosa para quien había poseído el cinturón de Jack Johnson, Joe Louis y Rocky Marciano. Murió el 30 de diciembre de 1970, seis años después de su última derrota frente a Muhammad Alí y en circunstancias nunca aclaradas, pero situadas entre el consumo de heroína y el ajuste de cuentas de la mafia relacionada con el boxeo. Sigue estando considerado entre los mejores pesos pesados de la historia.
La competición no tiene ningún interés para mí, pero sí el reflejo que transmite cada uno de los que participan en ella. Y el de Sonny Liston se apagó entre sus propias orillas, las mismas contra las que había combatido durante toda su vida. En la lápida sobre su tumba solo hay dos palabras: An Man. Un hombre.

Muhammad Alí y Sonny Liston, 25 de mayo de 1965 · Fotografía: Neil Leifer
Muhammad Alí y Sonny Liston, 25 de mayo de 1965
Fotografía: Neil Leifer
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«Clara Aldán»

© Fran Vega, 2016

Eddie Felson

Paul Newman y Jackie Gleason en «The Hustler» (1961)
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Fran Vega
Paul Newman y Jackie Gleason en «The Hustler» (1961)

Puestos a perder, hubiéramos preferido perder a lo grande, como Lawrence de Arabia y Sebastian Flyte, o frente al más grande, como Sonny Liston y Eddie Felson. Perder ante cualquier tipo listo al que de forma imprudente hemos mostrado nuestro juego es inaceptable para un perdedor que quiera serlo a lo grande. Y un error grave hasta para perdedores de barrio como nosotros.
Eddie Felson lo sabe desde el inicio de El buscavidas, la película que en 1961 dirigió Robert Rossen para que Paul Newman se midiera frente a Piper Laurie, Jackie Gleason y George C. Scott. No serán el Gordo de Minnesota ni Bert Gordon quienes le rompan los pulgares para que no pueda volver a coger un taco de billar, pero sí será Minnesota Fats quien sepa leer en sus ojos azules la materia de la que está hecho. Eddie Felson es un perdedor nato que hasta entonces solo ha podido ganar a quienes ni siquiera podían ser competidores. No necesita excusa para perder, porque la excusa es él mismo.
Y para cuando Jackie Gleason finalmente le venza y le rinda, Eddie Felson sabrá ya cuál ha sido su principal error: confiar en sí mismo como si fuera un ganador. La peor equivocación que puedes cometer cuando no lo eres.
Eddie Felson tardará muchos años en regresar, los que Martin Scorsese necesitó para rodar El color del dinero (1986), una continuación perfectamente prescindible de The Hustler que solo sirvió para constatar el vacío de un inadecuado compañero de reparto.
Menos mal que para entonces ya habíamos construido nuestro refugio particular, ese en el que habitan tipos como Eddie Felson. Un buscavidas. Uno de los grandes.

George C. Scott y Jackie Gleason en «The Hustler»
George C. Scott y Jackie Gleason en «The Hustler»
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«Sonny Liston»

© Fran Vega, 2016

Jimmy McNulty

Dominic West es el detective Jimmy McNulty en «The Wire» (2002-2007)
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Fran Vega
Dominic West es el detective Jimmy McNulty en «The Wire» (2002-2007)

Nos hubiera gustado a veces ser como McNulty, aunque lo lógico es dudar ante cualquier revisión de The Wire entre Omar Little y Stringer Bell. Pero de todos los personajes perfectamente dibujados que aparecen y se meten en nuestras vidas, el detective McNulty posee todas las características del héroe perdedor que tanto se aproxima a los sueños de cualquier espectador.
Terco, noble y borrachín, siempre en el punto de mira del comisario Rawls, constantemente fiel a su amigo y compañero Bunk y eterno perseguidor de ese gigantesco personaje que es Omar Little, interpretado por Michael K. Williams, y de esa viva imagen de nuestro tiempo que supone Idris Elba en el papel de Stringer Bell.
Dominic West se hubiera quedado en algún desván de nuestra memoria de no ser por McNulty, porque en todos sus trabajos anteriores quedaba siempre detrás de quien merecía estar primero. Pero llegó David Simon con el guión de The Wire bajo el brazo y el actor se convirtió en uno de los mejores miembros del panteón particular de la HBO, uno de esos lugares en los que todos quisiéramos estar al menos una tarde en nuestras vidas.
Si acaso, habría que reivindicar un sombrero para que McNulty pudiera lanzarlo al perchero como Bogart al llegar a la oficina. Pero nos gustas igual, Jimmy McNulty, con tus resacas imposibles y tu cabeza testaruda. Qué menos se le puede pedir a un detective.

Bunk Moreland (Wendell Pierce) y Jimmy McNulty (Dominic West) en «The Wire»
Bunk Moreland (Wendell Pierce) y Jimmy McNulty (Dominic West) en «The Wire»
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«Eddie Felson»

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C. K. Dexter Haven

Cary Grant y Katherine Hepburn en «The Philadelphia Story» (1940), de George Cukor
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Fran Vega
Cary Grant y Katherine Hepburn en «The Philadelphia Story» (1940), de George Cukor

Y también nos hubiera encantado ser C. K. Dexter Haven, el pícaro dandi y seductor que logra conquistar de nuevo a Katherine Hepburn, ahí es nada, en The Philadelphia Story, la película de George Cukor que desde 1940 ilumina la comedia y enseña cómo hacer maravillas con dos escenarios y tres actores.
C. K. Dexter Haven llena la pantalla en cuanto entra en escena y no solo enamora con las cejas a Tracy Lord, sino a todos a quienes alguna vez nos hemos sentado ante él para intentar aprender algo de su impresionante presencia.
Le bastó un año más para convertirse en Johnnie Aysgarth, el hombre sospechoso que aterroriza sin quererlo a Joan Fontaine bajo la dirección de Alfred Hitchcock. Y para 1944 ya era Mortimer Brewster, el inocente sobrino de tía Abby y tía Martha en Arsenic and Old Lace, esa clase magistral de cine que Frank Capra rodó para que otros supieran cómo rodar.
Después, el muy británico Cary Grant —nacido  Archibald Alexander Leach— sería también John Robie en To Catch a Thief (1955) y Roger O. Thornhill en North by Northwest (1959), en las dos dirigido de nuevo por Hitchcock, pero el reparto de los Oscar solo se acordó de él en 1969 para entregarle un premio honorífico.
No importa, porque C. K. Dexter Haven se quedó para siempre con nosotros —quién no hubiera querido enamorar una y dos veces a Kathie Hepburn— y creó una escuela de galanes divertidos y atrevidos que hoy encabeza George Clooney, ese alumno disciplinado que con los años ha aprendido a sonreír y mover las cejas como Dexter.
Pero por muchos discípulos que hayan surgido, seguimos prefiriendo a nuestro C. K. Dexter Haven, el hombre que llevaba las manos en los bolsillos como nadie las ha llevado.

Cary Grant

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«Jimmy McNulty»

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William Munny

Clint Eastwood en «Unforgiven» (1992), dirigida y protagonizada por él mismo
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Fran Vega
Clint Eastwood en «Unforgiven» (1992), dirigida y protagonizada por él mismo

Y a quién no le hubiera gustado ser alguna vez como William Munny, el pistolero retirado que en Sin perdón va en busca del último encargo y se encuentra frente a frente con el despiadado Gene Hackman, un tipo capaz de dar una paliza al mismísimo Richard Harris. Quién no ha querido entrar alguna vez en su trabajo apuntando con el rifle y con barba de tres días para decir sin mover una ceja: «Todo el que quiera seguir respirando, que se largue».
Ya habíamos visto a Clint Eastwood con sombrero y pistoleras, pero quizá entonces nos llamaba menos la atención porque eran tiempos de otras cosas. Y hasta su papel de Harry el Sucio, que ahora miramos con simpatía, nos parecía entonces un poco macarra y fuera de nuestra órbita intelectual.
Pero apareció Munny en Unforgiven y todo cambió, porque para eso fue rodada, del mismo modo que unos años después Frankie Dunn fue capaz de dejar huella en Million Dollar Baby junto a Morgan Freeman. Hay que ser muy bueno para ser Frankie Dunn.
Y luego, claro, también nos hubiera gustado heredar el Gran Torino de Walt Kowalski, ese infalible gruñón de una sola pieza. Para entonces ya hubiéramos dado media vida por dirigir un solo cuarto de hora de Bird o de Mystic River. Incluso un par de minutos. Pero para eso hay que ser William Munny.

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Sean Thornton

John Wayne y Maureen O’Hara en «The Quiet Man» (1952), de John Ford
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Fran Vega
John Wayne y Maureen O’Hara en «The Quiet Man» (1952), de John Ford

Quién en algún momento de su vida no ha querido ser Sean Thornton, el hombre tranquilo que regresa a Innisfree para conquistar a Mary Kate Danaher. Quién no ha querido decirle alguna vez a alguien como la intensa Maureen O’Hara las palabras con las que John Wayne establece un pacto temprano de acero: «Entre tú y yo no habrá más cerrojos que los que tú pongas en tu mezquino corazón». Quién no ha querido vencer alguna vez a un tipo como Victor McLaglen.
Y quién no ha deseado tener el mejor giro de cadera de la historia del cine, los andares de Ethan Edwards al otro lado de la puerta con la que John Ford cierra ese poema épico titulado The Searchers.
Y quién no ha querido ser Tom Doniphon, el hombre que mató a Liberty Valance para que Ransom Stoddard se salvara aun a costa de perder lo que amaba.
Nos costaba reconocerlo, pero entre todo lo que alguna vez contemplamos las sombras de Thornton, Ethan y Doniphon siempre estuvieron entre nosotros, tan presentes como la mirada definitiva de Mary Kate Danaher.
Porque era «impetuoso, homérico», que dijo con tanta sabiduría el adorable Barry Fitzgerald. Y porque nos gusta mucho.

Barry Fitzgerald y John Wayne en «The Quiet Man»
Barry Fitzgerald y John Wayne en «The Quiet Man»
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