Chiquillo

Chiquillo · Fotografía: Kevin Saint-Grey
· Cuentos del Mar Negro, y 8 ·
Fran Vega
Chiquillo

Fotografía: Kevin Saint-Grey

Había olvidado su voz mediante la ausencia y el tiempo, estaba olvidando despacio su casa como si nunca hubiera existido, pronto olvidaría también sus ojos hundidos entre la lluvia y el fango y había decidido olvidar hasta las letras fingidas con que escribía su nombre, de modo que ya no tendría en su lúcida memoria casa ni voz que invocaran los naufragios cometidos ni nombre ni ojos que mostraran las pérdidas y ruinas que había descubierto en el último y delicado puente de su vida. Había recorrido hasta entonces todos los trayectos principales y casi todos los caminos secundarios que podían conducirle al territorio imaginado, itinerarios y senderos de cóncava distancia en los que siempre transitaban la búsqueda evidente y la fuga invariable de una realidad que se negaba a consentir. Y tenía aún en el recuerdo los urgentes y oportunos atajos juveniles, las veredas sinuosas a la sombra de los sauces, los bosques inconstantes de refugios y espirales, las cumbres inmediatas de mármoles y arcillas, los ríos y los valles de remolinos y ficciones, los océanos primarios de tinieblas y tormentas y los tenues horizontes de espejismos y penumbras que había conocido mientras esperaba completar los mapas impacientes de su incierta geografía. Para cuando terminó de conquistar los contornos más abruptos y sutiles de la orilla, de escuchar los últimos acordes de las bisagras del tiempo y de medir sobre la arena las huellas que los abismos totales y los temores antiguos otorgan, supo también que los cerezos y acantilados nocturnos que susurraban verbos comparados, los muros construidos que albergaban catacumbas y alianzas, los adverbios matizados que avanzaban sobre pasillos de intuiciones, las audacias que justificaban los adioses descuidados y los silencios que explicaban un futuro de artificios y omisiones debían convertirse junto a la luz inquietante de sus ojos, las esquinas inexactas de su voz y el sonido absoluto de su nombre en piedra sellada, fiera cegada, lápida oscura, furia callada y ceniza olvidada. Resolverlo solo le llevaría una vida.

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Cuentos del Mar Negro

© Fran Vega, 2016

Chiquilla

Chiquilla · Fotografía: Pavel Tereshkovets
· Cuentos del Mar Negro, 7 ·
Fran Vega
Chiquilla
Fotografía: Pavel Tereshkovets

Había recorrido tantas carreteras secundarias que conocía de memoria todas las sorpresas y ocurrencias que la vida le tenía reservadas, de modo que ya no habría en su trayecto más esquinas ni recodos que sus pasos de silencio no hubieran aprendido a rechazar. Caminaba despacio como solo las sombras saben hacerlo, con la mirada propia de quien alguna vez tuvo algo que decir, y veía desde lejos los mares y los lagos que hasta entonces ignoraba, sueños que había logrado atesorar como único recurso frente a una vida desatenta de olvidos y distancias y que aún componía en las noches oscuras de naufragio, indolencia y exclusión. Tenía en los labios las huellas invencibles de los años transcurridos y guardaba en la piel el agrio sabor del desconsuelo como un manto que ella misma tejía con cuidado ante un futuro de artificios y omisiones, convencida como estaba de que no hallaría a nadie entre sus manos capaz de acariciar los visillos más ligeros de su alma ni de conquistar las cumbres y las brumas que mucho tiempo atrás imaginó. Pero cuando un día supo que iba a asaltar los cielos que hasta entonces no había encontrado, supo también que las murallas de acero nunca serían exactas y que tenía en sus ojos el vivo reflejo de los senderos callados y la única luz que entre los vientos en calma mostraría las rutas perfectas y los puertos eternos, donde el frío parece que nunca ha existido y donde el temor queda oculto bajo la lluvia constante junto a la orilla del mar.

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© Fran Vega, 2014

Equus

Equus · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Cuentos del Mar Negro, 6 ·
Fran Vega
Equus
Fotografía: Hengki Koentjoro

Veloces emisarios recorrieron al galope cuantos bosques y prados encontraron a su paso. Ondeaban al viento sus cabellos y golpeaban al trote los zurrones, portadores como eran de urgentísimos mensajes que requerían inmediata entrega allá donde estuviesen sus destinatarios, ya fuera en las colinas, ya fuera tras los cerros. Desafiando a la noche, retando cuantas necesidades tuvieren, los jinetes avanzaron sin demora ni descanso hasta cumplir la misión para la que habían sido distinguidos. «Si fracasáis, responderéis con vuestras vidas», les había dicho el Archiconde.
Y por aquí marcharon, y por allá fueron, ora hambrientos, ora sedientos, en busca de quienes debían dirigirse a palacio para tratar en secretísima reunión asuntos cuya trascendencia ni siquiera sospechaban. Y al atardecer del tercer día, aquellos corceles de negra montura, aquellos mensajeros de delicado cometido, regresaron al castillo escoltando a los consejeros buscados, aquellos que habían sido requeridos para que su juicio y su sapiencia sellaran el destino inmediato que la vida, constante y en silencio, había deparado al Archiconde egregio y eminente.
Jarras de buen vino y viandas de exquisita factura compensaron tanto a caballeros como a heraldos antes de que el Archiconde tomara la palabra para agradecerles, primero, su inquebrantable lealtad hacia su título y persona, y solicitarles, después, su ilustrada opinión acerca de los graves hechos que le concernían.
«Hemos pensado», dijo uno de ellos al tiempo que disimulaba con afectación un eructito, resultado de los abundantes caldos que habían desfilado por sus fauces. «Hemos discurrido», señaló otro de los consejeros sin poder ocultar su dicharachero contento. «Y a pesar de ello», concluyó el tercero, «hemos decidido».
El Archiconde se puso en pie, dio unos pasos sobre el entarimado de la sala y con un gesto indicó a los criados que salieran, lo que hicieron con tanto desorden como alborozo. Cuando las puertas quedaron cerradas, el Archiconde adoptó el tono reservado de las circunstancias solemnes, se ajustó los lustrosos puños de la casaca y dijo por fin las palabras que los respetables esperaban: «Bien, señores, les escucho».

***

Ya era muy tarde cuando el Archiconde acompañó a los caballeros hasta la puerta de palacio. Uno a uno tomó sus manos, les dedicó unas palabras de cumplido afecto y les aseguró un encuentro próximo en el pabellón de caza. Los consejeros, con indisimulada alegría, resultado tanto de los fermentos ingeridos como del final de la ineludible reunión a la que habían sido convocados, se dirigieron a los carruajes que habían de conducirles a sus respectivas residencias, se despidieron con estruendosa algarada y sonoros palmetazos en las espaldas y después se perdieron en la oscuridad de la noche mientras tarareaban viejas canciones de infantería.
Y el Archiconde regresó tranquilo a sus aposentos, llamó con la campanilla a su ayuda de cámara, dio estrictas instrucciones y se retiró a descansar. Quedaron las ropas sobre el diván, acarició las sábanas de seda, cerró despacio los ojos y trazó una ligera sonrisa en su rostro antes de que le asaltara una pregunta sorprendente: ¿por qué ni el caballo más veloz había podido alcanzar lo que siempre habitaba en su alma? En ese momento, los mirlos iniciaban un auténtico alboroto.

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© Fran Vega, 2013

Entre Elam y el Sinaí

Entre Elam y el Sinaí
· Cuentos del Mar Negro, 5 ·
Fran Vega
Entre Elam y el Sinaí

Un babilonio salió temprano de su casa e inició el camino hacia las tierras de Nínive y Asur, pues había llegado el momento de encontrar una respuesta a la duda que tanto le inquietaba. Bordeó el Éufrates y el Tigris y tras muchas jornadas de silencio llegó hasta el Taurus y Marqash sin que nadie hubiera podido contestar a su pregunta entre los valles y los montes o bajo los techos de adobe y de tapial. Llevaba consigo un pequeño retrato en nácar y marfil que mostraba a cuantos comerciantes y mercaderes hallaba, y hacía detener las caravanas portadoras de ricas telas y cuidadas especias para que los viajeros respondieran a su única demanda, pero de todos obtenía negativas y quietud.
Llegó hasta Damasco y las costas de Sidón, cruzó Samaria y el Neguev y sentado en el puerto de Aqaba un marinero de Elat por fin le respondió: «Babilonio, no busques más, regresa con los tuyos y duerme en paz». Aquel hombre recorrió entonces las viejas rutas asirias hasta los mercados de Petra y de Moab, alcanzó las ciudades de Palmira y de Dumah y llegó a las puertas de Babilonia con su retrato de nácar y marfil.
«Has tardado mucho, babilonio», escuchó el caminante al cruzar callado la puerta de su hogar. «Así es, babilonia», dijo en voz baja, «quise saber si eras las más bella de Summer y de Akkad, recorrí los pueblos de Mesopotamia y Canaán y conocí los desiertos arábigos desde el golfo de Elam hasta el mar del Sinaí, pero ahora sé que eres también la mujer más noble y buena de todos los territorios que los hombres han podido conocer». Aquella babilonia que tanto tiempo había esperado le miró a los ojos, puso en sus manos una vasija de agua fresca y le ofreció su pan.
Y durante todo el imperio siguiente, el que precedió a la dinastía del País del Mar, cada mañana se despertaron con el sol sobre las nueces y el centeno y el único alboroto de los mirlos.

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© Fran Vega, 2013

Entre cimas y cantillos

Entre cimas y cantillos · Fotografía: Rob Woodcox
· Cuentos del Mar Negro, 4 ·
Fran Vega
Entre cimas y cantillos
Fotografía: Rob Woodcox

Caminaban a veces sobre las grietas antiguas de los muros de piedra para encontrar en ellas la llama escondida que les llevara hasta la orilla esperada. No había en sus ojos más huellas que las de oscuras guaridas ni más arena en sus pies que las de playas desiertas, territorios comunes que cada día olvidaban para asaltar los cielos y los mares y acometer los horizontes omitidos, convencidos como estaban de que había llegado el momento de arrinconar en el desván de la memoria los miedos desusados y los fríos cancelados. Se adentraban juntos y constantes en las aguas permanentes sin observar la sólida presencia de sílices y lápidas, de lajas y cantillos que salpicaban su trayecto hacia las cumbres y los ápices, lugares desde los que señalar por fin con la mirada los destinos más preciados, aquellos que justificaran los caminos recorridos, los adioses descuidados y los silencios aceptados. Para cuando las primeras luces llegaron a sus manos, sus almas eran ya puro clamor frente a la tierra buscada, amparo perpetuo y refugio perfecto ante las lluvias eternas.

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© Fran Vega, 2013

Los paseantes

Los paseantes · Fotografía: René Giton (René-Jacques)
· Cuentos del Mar Negro, 3 ·
Fran Vega
Los paseantes
Fotografía: René Giton (René-Jacques)

Habían dejado atrás tantas orillas distantes y ajenas que ahora triunfaban por fin sobre la arena infinita y escuchaban el canto del mar como sonatas de gloria que llegaban despacio bajo sus huellas de plata. Tenían manos perfectas que sabían a tardes de ojos claros y oscuros, se acariciaban los hombros como solo lo hacen quienes se saben exactos y dibujaban templados los mapas con suaves palabras de pálpito, pues eran pura sonrisa, clamor puro, y hasta pura venganza frente a los años pasados. Caminaban buscando la senda del otro, se tropezaban adrede para que los besos tuvieran excusas y entre los dos tenían la calma que las derrotas totales otorgan, por lo que cada noche pensaban si las bisagras del tiempo serían eternas o si eran ellos la causa de que se iniciaran los días. Se mecían el alma.

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© Fran Vega, 2013

Príncipes del tiempo

Príncipes del tiempo · Fotografía: Hengki Koentjoro
· Cuentos del Mar Negro, 2 ·
Fran Vega
Príncipes del tiempo
Fotografía: Hengki Koentjoro

Aún tardarían mucho tiempo en comprenderlo, pero aquella tarde en que hablaron por vez primera se abrió ante ellos un cruce de caminos que les llevaría siempre al mismo sitio. Ninguno de los dos era capaz de contar los motivos que le habían conducido hasta allí, pero tomados de los dedos paseaban, desconocidos y asustados, por alamedas de palabras que hasta entonces nunca habían pronunciado. Se anticipaban a los verbos y se adivinaban los pronombres, dibujaban adjetivos y matizaban los adverbios, de modo que cada día avanzaban sobre puentes y pasillos de conjunciones e intuiciones y exploraban convencidos la intención de sus audacias, pues merecían juntos un destino que explicara al menos un trayecto de sus vidas. Se observaban a veces en voz baja para no perderse los sonidos de la tierra, hablaban en susurros de los sauces venideros y caminaban muy despacio hacia puertos naturales que ignoraban todavía. Mucho tiempo después, al dejar atrás la bifurcación de los senderos y contemplar con calma el horizonte, aún recordarían en silencio aquella tarde en que habían comenzado a ser príncipes del tiempo, capitanes y reyes de sí mismos.

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© Fran Vega, 2013

Piedras de Nínive, mármoles de Ur

CUENTOS DEL MAR NEGRO

Piedras de Nínive, mármoles de Ur · Fotografía: Fan Ho
· Cuentos del Mar Negro, 1 ·
Fran Vega
Piedras de Nínive, mármoles de Ur
Fotografía: Fan Ho

En la época en que asirios y caldeos competían en la construcción del zigurat más alto de Oriente, y convencida como estaba de que había llegado el momento de conquistar los ríos y los mares, aquella babilonia se dirigió con paso firme hacia la orilla que desde su ventana tantas veces había contemplado. Muchos babilonios salieron a su paso ofreciéndole territorios ignorados y hasta cuantos reinos e imperios deseara, pero aquella babilonia de aspecto frágil y mirada clara ni siquiera se detuvo a escuchar promesas que no eran sino música palaciega de irrelevante trascendencia y siguió el camino con el que lograría justificar al menos una parte de su vida. Arrastrando su vestido por guijarros y areniscas, olvidando cansancios lejanos y heridas antiguas que otros cometieron, encontró junto a las olas a un callado babilonio que compartió con ella su agua y su reposo. «¿A dónde te diriges, babilonia?», preguntó. «A asaltar los mares, babilonio», respondió. «¿Solo los mares, babilonia? Vayamos a mecer los mares y asaltemos después los cielos». Para cuando iniciaron juntos el ascenso al zigurat, aquel edificio con forma de trapecio y espiral construido por asirios y caldeos con piedras de Nínive y mármoles de Ur, los dedos de sus manos no hacían ya sino templar las cuerdas más finas de sus almas. Recorrerlo solo les llevaría una vida.

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«Príncipes del tiempo»

© Fran Vega, 2013