Concertinos y soplones

Concertinos y soplones · Fotografía: Fred Stein
· Cuadernos del Dárdano ·
Fran Vega
Concertinos y soplones
Fotografía: Fred Stein

El sistema general de enseñanza nacional que las autoridades estipulan con estoque y cartabón no incluye entre sus materias armonía y pensamiento, pues no tienen más remedio que definir y organizar la figura universal del concertino, quien hasta ahora se encargaba en las orquestas de afinar con su reconocido magisterio el resto de instrumentos. En su respetado lugar aparecerá en los libros y manuales el homónimo profesional que asume con diligencia y rectitud el oficio de observar la correcta aplicación de las concertinas, esos otros instrumentos que nunca ofrecen nota alguna de la escala musical, sino llantos y lamentos en quienes tienen la osadía de cruzar una frontera o el valor de asaltar verjas y murallas. No permite este innoble asalariado que las puntas afiladas yerren en su lúgubre misión, pues de ellas dependen las tempestades o el sosiego que se ciernen sobre una multitud tan vigilada que hasta los sacristanes tienen permiso para cacheo y detención y en donde los niños podrán ser acusados de impúdica mudanza. Cuando los jefes y los amos sepan que la facultad de un concertino no es tanto afilar como afinar, cambiarán astutamente registros y glosarios y ordenarán que en el foso filarmónico violinistas y flautistas sean relevados por vigilantes y guardianes encargados de velar por la entereza imperturbable del territorio nacional. La nueva sociedad meritoriamente conseguida es la de concertinas y cuchillas, alguaciles y censores, concertinos y soplones, sospechosos y traidores.

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«Banqueros y necrófagos»

© Fran Vega, 2017

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Banqueros y necrófagos

Banqueros y necrófagos
· Cuadernos del Dárdano ·
Fran Vega
Banqueros y necrófagos

Consumadas ya las directrices de las vigentes y prusianas autoridades y reciclados los antiguos bucaneros en modernos financieros de monóculo y espadón, los banqueros mendicantes tienen ya cédula y permiso para ofrecer a los recientes desahuciados aquello que los malhechores de misa y comunión les robaron al descuido. Entre anodinas melodías y moquetas con olor a hiena y casquería, el banquero empedernido tiene ante sí un futuro sufragado no por lo que algunos invirtieron, sino por lo que otros perdieron tras haberse confiado a los cómplices y socios de las cuevas abismales en las que se almacenan monedas y viviendas, sombras de naufragios que aún conservan las huellas de quienes hoy habitan en suburbios y se alimentan de basuras y despojos. Porque una vez abandonados los tiempos en que los banqueros se movían con sigilo y modélicas actitudes cercanas a la usura, ha surgido la figura del banquero rutilante para instalarse sin sonrojo entre las clases dirigentes apelando a las virtudes de toda condición: fe, esperanza y caridad, qué menos puede esperarse del cliente, templanza, prudencia y justicia, qué más puede exigirse al capital. Amparados por la ley y ordenados como frailes y terciarios, los nuevos sepulcristas exhiben su cinismo de casino y sacristía con alabadas transparencias de evangélica función: dad y se os dará. Y si tras jornadas de asalto y desalojo y rúbricas de oro en reuniones de funesto bandidaje se abriera el cerebro de uno solo de estos salteadores, se divisaría en el fondo de su oscura calavera un silo de inmundicias y miserias sobre el que abejorros y moscones vuelan con monótono zumbido en espera de inmediata cacería y siguiente ejecución. Son los banqueros deletéreos, los necrófagos más lúcidos de nuestra nueva sociedad.

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© Fran Vega, 2017

El moderno legislador

El moderno legislador · Fotografía: August Sander
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Fran Vega
El moderno legislador
Fotografía: August Sander

Una de las profesiones más tranquilas y longevas de nuestra nueva sociedad es la del legislador, antigua figura surgida del derecho cuando este era un valor y daba nombre a los sistemas. Su misión fundamental consiste en abolir y derogar todo cuanto quede de pernicioso y subversivo de la legislación que conocimos mediante intachables argumentos basados en doctrinas reformadas que no dejen rastro de duda en la autoridad. Con espíritu de jardinero y herramientas de leñador, el legislador ha de revisar todos los escritos y compendios que recogen normas y decretos, fueros y ordenanzas y hasta pragmáticas sanciones de mucha antigüedad, incluidas las procedentes de griegos y romanos y las instituidas en tiempos medievales, pues en cualquier lugar se ocultan y se esconden enunciados con peligro y alegatos con maldad. Con las leyes cercenadas y el derecho mutilado hasta donde nunca pudimos suponer, el experto en la materia puede vivir sin sobresaltos dedicado a vigilar que el reglamento renovado cumple su objetivo sin enmiendas ni mejoras, pues los despojos de otros tiempos son más que suficientes para garantizar la calma, evitar el caos y mantener la paz. Y con tan sencilla arquitectura legal, también jueces y fiscales conviven en concierto y armonía y tienen el sosiego inapelable que el legislador les administra, pues no hay nunca debates ni dislates que nublen al tribunal, toda vez que la abogacía ha quedado desterrada para siempre en beneficio de la urgencia y se mantiene como un recuerdo de cuando el tiempo se perdía defendiendo la verdad. Para cuando llegue el orden nuevo, la ley no será más que una anciana amortajada cuyo lugar será ocupado por la regla, el mandamiento y la instrucción, pilares esenciales de la generación que nos aguarda y de nuestra innovadora, granítica y austera sociedad.

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Tesoreros disyuntivos

Tesoreros disyuntivos · Fotografía: Geof Kern
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Fran Vega
Tesoreros disyuntivos
Fotografía: Geof Kern

De todas las misiones que en los nuevos tiempos se pueden cometer, la del tesorero es quizá una de las más complejas y atrevidas, pues requiere del oficiante gran manejo de las cuentas y un sentido del dinero que excluye merma y orfandad. No es sencilla su tarea, ya que ha de ser siempre más hábil que beneficiarios silenciosos y deudores malqueridos, pero la función más delicada de quien llega a tesorero se encuentra en las modernas matemáticas relacionadas con la lógica formal, porque ha de agrupar primero para dividir después sin que nada le distraiga y lograr que unas mismas cantidades aparezcan con valores diferentes considerando a quien le paga y recompensa por su intrépida labor. A los viejos dogmas de dos y dos son cuatro y cuatro y dos son seis debe añadir tantas unidades como las autoridades dictaminan y tantas tiene que restar para que los ciudadanos sepan cuántos ímprobos esfuerzos y augustos sacrificios se requieren para pagar no ya lo que no deben, sino lo que nunca llegaron a tener. Los oficiales del tesoro saben siempre de qué estadísticas hablar, así como qué gráficos mostrar y de qué deudas alertar, ingeniosos resortes inventados para que el dinero temerario desafíe la constante ley gravitatoria, pues fluye siempre a las alturas y jamás desciende a su lugar, no otro que el sitio en donde nace y se genera a costa del trabajo y la pobreza, la codicia y la crueldad. Y de su alquimia financiera pende la supervivencia de los amos y la miseria de la insolente mayoría, objetivos demostrados a través de tantos años de fraudes, latrocinios y espuelas tributarias que argumentarán ante el juicio y la sentencia mediante el silogismo disyuntivo de la lógica proposicional: tollendo ponens, que negando afirma.

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Socialtecnócratas

Socialtecnócratas · Fotografía: Irwin Klein
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Fran Vega
Socialtecnócratas
Fotografía: Irwin Klein

Como síntoma constante de nuestro tiempo de desprecios y tinieblas, las turbas postergadas contemplan cómo los desaparecidos se transforman en ocultos y los recónditos anuncian su regreso, como si en sus mentes no existieran las preguntas pertinentes ni surgieran las incógnitas severas: dónde estaban cuando se desplegaban las tormentas y caían sobre las ciudades y las gentes la miseria y la pobreza, dónde habitaban durante el hierro y los incendios, durante tanto yugo y cuánta soga. Vuelven con euforia y sin desdoro para narrar promesas indignantes a quienes ya no tienen fuerza para un gesto parecido a la sonrisa y pasean por las calles en espera de ovación y bendición, como si aún pudiera sostenerse que es posible la batalla delegada en quienes huyen y desertan, en quienes pactan y consienten, en quienes callan y obedecen. Y no regresan avergonzados y aturdidos, sino orgullosos y contentos de llegar en el último momento al espectáculo acordado, no otro que echar flores sobre el estiércol fecundado para dejar su huella permanente junto a las aves carroñeras de enigmática fortuna. Cuando los amos hayan cumplido con su parte estipulada y la vida sea ya el reino de silencio que soñaron, llegará el socialtecnócrata a la puerta principal del cementerio para decir a cada muerto sucumbido durante la holganza y la apatía: levántate y anda, agrupémonos todos, que aún estamos a tiempo de la última traición.

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Acaudalados y optimistas

Acaudalados y optimistas
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Fran Vega
Acaudalados y optimistas
Fotografía: G. Harris & M. Ewing

En la escalonada geografía que compone nuestra sociedad, el optimista desempeña una de las tareas más trascendentes que se pueden ejercer, pues su grandeza y su bravura son siempre necesarias cuando los ánimos del populacho se marchitan y decaen debido a los desmanes de tanto asaltante bien pagado como siempre hay que sustentar. Ante la miseria de los otros y la pobreza indiferente, aparece con un discurso bien plagado de esdrújulas y adverbios para demostrar que las oficinas de empleo son apacibles parques de recreo y que las neveras despobladas son tan solo síntoma evidente de nuestros progresos y mejoras, pues pronto no serán necesarios los subsidios y los siervos volverán a trabajar por un salario de desdicha, un zaguán en el que holgar y un mendrugo que ganar. El optimismo del pudiente queda siempre a resguardo de tormentas monetarias y oscilaciones financieras de imposible previsión, así como de la inaguantable austeridad y la intolerable autoridad que las hordas más pedestres deben soportar, pues nunca estará en riesgo de perder lo que las turbas proletarias le hicieron obtener durante siglos de silencio, débito y sudor. Cuando las almas desahuciadas ya no tengan aliento suficiente para llantos ni lamentos, llegará con espléndido talante el jovial acaudalado para exponer con sonrisa acomodada y cinismo liberal que quien está en el camposanto ya no tiene ventura ni fortuna, como si los muertos no supieran que el optimismo pestilente no es sino otra forma de mordaza, de ganancia, de penuria y de inversión.

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© Fran Vega, 2016

Revolucionarios y electores

Revolucionarios y electores · Fotografía: John Chillingworth
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Fran Vega
Revolucionarios y electores
Fotografía: John Chillingworth

En estos tiempos impensables que ya están en nuestras vidas, los revolucionarios y electores son bien deseados y mejor recompensados, entendidos ya como engranajes del sistema establecido del que obtienen plusvalías programáticas y argumentos de esmerada difusión. Son sus principales atributos la reclamación y la exigencia lanzadas a los vientos de las redes y los ecos militantes que aún perduran, pues todo poder necesita un instante de asonada y sedición para perpetuarse con causa y evidencia en los ínclitos resortes de la gris gobernación. Los revolucionarios y electores lo son ya de batín y mecedora, de pantallas superpuestas y electrónica pancarta desde las que orientan no las demandas de quienes sufren y resisten, sino las de quienes ordenan y ejecutan en nombre de los amos y del sagrado capital. Y cada viernes por la tarde recuperan su atuendo de otros tiempos para mirarse en el espejo y lanzar a un arbitrio imaginario adoquines de papel, piedras de espuma y ladrillos de cristal con los que jugar al perverso recorrido que siempre existió entre la revolución indispensable y la forzosa involución. Los nuevos revolucionarios son tan solo contables de adhesiones y contactos en su agenda personal, piezas necesarias y constantes para quienes siempre han decretado ínfulas de acero, lápidas de mármol y silencios de hormigón.

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Emprendedores

Emprendedores
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Fran Vega
Emprendedores

Sabido por cronistas y archiveros que toda nueva era exige la invención de un léxico flamante para poder contarla y alterarla, nos encontramos ya ante una ingente tarea que entregar a los descifradores de palabras de estos tiempos sorprendentes de abismos y hecatombes. Y hemos de proceder, con diligencia y con premura, a borrar de nuestras mentes aquellos términos que hasta ahora pronunciábamos y que han pasado ya a los zaguanes de la historia para ser sustituidos por sustantivos que no cumplen más que la función de líquidos homónimos para la que fueron construidos. No existirán más en nuestros ánimos empresarios y patronos, no mencionaremos jamás en las tabernas a financieros y tiranos, no aludiremos nunca en nuestras casas a jefes, dueños, superiores, amos ni señores, pues los negreros de otra época y explotadores muy recientes han perdido ya sus nombres y adquirido lúcida entidad bajo la capa protectora de la lengua camuflada. Cuando algún día desahuciados y parados se encuentren a las puertas de la fábrica convertida por los píos liberales en altar y santuario, les recibirá un selecto caballero de raya bien planchada y grilletes enfundados que sonreirá mientras declama: soy vuestro nuevo soberano, soy vuestro nuevo emprendedor.

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Apátridas y errantes

Apátridas y errantes · Fotografía: Kozak Lajos
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Fran Vega
Apátridas y errantes

Fotografía: Kozak Lajos

Sin antorchas ni banderas, sin cánticos ni alabanzas, los apátridas y errantes de estos tiempos de niebla y confusión disfrutan de un futuro promisorio en el que no caben ofrendas ni propuestas, pues en su nítido camino no existen nunca los ardides de los amos ni las falacias revestidas de verdad universal. No tienen tampoco que desmentir ni debatir, pues nada hay en su trayectoria que les impida transitar ni que les obligue a dedicar una menudencia de su tiempo a indiscretos y facundos, palabreros bulliciosos y estridentes lenguaraces que con tanto atrevimiento consagran sus vocablos a predicar y requerir la impávida adhesión a su lúgubre, sórdida y ávida intención. Alejados de los mapas e ignorantes por completo de cualquier cartografía, los errantes mantienen impecables no tan solo su vigilia y su conciencia, sino la frondosa inteligencia que su propia condición engendrará, redimidos de los males que conmueven a quienes todavía se ocultan y enmascaran como ciudadanos y patriotas de asediada voluntad. Ante el retórico festín de estandartes y blasones que ocultan los senderos y cimbrean la irritada dignidad, los apátridas y errantes tienen siempre en su memoria el único objetivo al que no pueden renunciar: no tenemos patria ni bandera, no nacimos para yugos camuflados, no somos tierra que vuestras manos puedan desear.

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Los santos insolentes

Los santos insolentes · Fotografía: Jerome Liebling
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Fran Vega
Los santos insolentes

Fotografía: Jerome Liebling

Clausuradas ya las revoluciones nunca cometidas, y sepultados también los revolucionarios que jamás lo fueron, queda como testigo de los tiempos iniciados el impávido insolente capaz de efectuar la única forma de protesta permitida en el nuevo imperio gobernado por el ultraje y el furor. Como no es posible el alboroto ni está autorizado el descontento, la insolencia se mantiene como síntoma absoluto del agravio y de la queja, del infortunio y de la ruina que los nuevos vientos disfrazados de pobreza reformada y policial austeridad han generado, pues cualquier otro modo de lamento está sujeto a la condena y destinado a las mazmorras necesarias y logradas mediante voto, tendencia y elección. El descaro y la impiedad, la licencia y la osadía, el desplante y la altivez son ya los pertrechos esenciales para transitar por las aceras asaltadas y los parques despojados de las viejas alamedas que un día pretendimos poseer, aquellas que nos prometieron en los tiempos de holguras ideológicas y que hoy solo son dueñas del silencio administrado por quienes fueron designados vigilantes, carceleros, centinelas y guardianes de nuestra propia voluntad. En esta barbarie permanente que nos ha correspondido y de la que solo tinieblas podemos esperar, los santos insolentes manifiestan todavía hacia dónde hay que mirar, hacia dónde es posible dirigir el paso, la rebeldía y la díscola obstrucción.

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Imputados

Imputados · Fotografía: Carl Mydans
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Fran Vega
Imputados

Fotografía: Carl Mydans

En estos tiempos de penuria que nos han correspondido en el que las autoridades y los amos pasan con frecuencia de la mesa de caoba en la que firman finiquitos y sentencias al banquillo de acusados y del cuartelillo policial a las más radiantes y cómodas mazmorras, los imputados llegan hasta nuestras puertas coronados de laureles, cubiertos de alabanzas en sus raros expedientes y con un aura de grandeza que jamás podremos conseguir. No tienen que esforzarse en cumplir su cometido ni en detallar con hechos su misión, pues su estólida presencia es argumento suficiente para lograr los mejores puestos conocidos en los que obtienen debidamente dignidad y emolumentos, no en vano trabajaron con esmero para llegar a ser un día verdaderos imputados con estrellas, palacetes, ministerios y un fulgor que tan solo los jefes de todas las cosas pueden admirar. Cuando en las crónicas venideras se mencionen nuestros méritos trataremos de que excluyan el de no haber sido imputados con causa ni motivo, pues arruinaría nuestro crédito y prestigio sin que podamos alcanzar ese puesto venerado de envidiada condición, el que ocupan quienes cada día nos hacen malvivir para mantenerse potentados, quienes escucharán en la penumbra de sus tumbas el susurro de la historia y quienes dejarán como legado el silencio de las gentes que quisieron olvidar.

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© Fran Vega, 2016

Patriotas y conversos

Patriotas y conversos · Fotografía: August Sander
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Patriotas y conversos

Fotografía: August Sander

De todos los héroes falsarios que la historia proporciona, los patriotas y conversos son sin duda algunos de los más admirados y mejor remunerados, pues no hay nunca suficiente recompensa para quienes conquistan territorio, exigen su defensa y defienden su exigencia. Anuladas las frágiles esquinas de la sociedad y los mercados, los conversos y patriotas ya pueden prescindir de cualquier teoría que alborote a fiscales y banqueros para centrar sus cóncavos discursos en arengas incendiarias basadas en dominios y fronteras, viejas insignias solapadas que antaño fueran escudos y banderas y que hoy son únicos blasones de volátil resistencia. No tienen tampoco que ofrecer explicaciones sobre trueques ideológicos, pues en la sociedad que han construido los pensamientos y conceptos solo existen en anaqueles cenicientos y en cabezas anticuadas de líquido entusiasmo e insociable aplicación. Cuando por fin mudemos de los ciclos medievales a las cofradías primordiales, descubriremos en oquedades y cavernas que los conversos y patriotas ya tenían por entonces un futuro diseñado para hacer acto de presencia en nuestras vidas como eternos inspectores y fosores y eficaces delatores, verdugos y guardianes.

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Excluidos y olvidados

Excluidos y olvidados · Fotografía: Fred Stein
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Fran Vega
Excluidos y olvidados
Fotografía: Fred Stein

En los férreos días del invierno en los que nada importa y todo afecta, los excluidos y olvidados recuerdan con gélida distancia las ofrendas canceladas de cuantas autoridades asumieron y saben que no es su destino un cometido pasajero de amarga exploración, sino que para el resto de sus vidas ejercerán su trayectoria gracias a la prófuga conciencia de quienes en otros tiempos se sirvieron de su alma, su pobreza y su afección. No pueden decidir ya más que la esquina del descanso o el muro en el que aún da el sol y buscan cada mañana en un cruce de dos calles todo aquello que perdieron cuando pensaban que al final de su existencia obtendrían con justicia al menos una parte de lo que durante años impartieron. Agotados por la derrota instituida y cansados de acatar el desfile interminable de verdugos encubiertos y forenses camuflados, los olvidados aguardan en silencio y con dolor a que economistas y banqueros declaren el final de la miseria para contemplar el resultado de toda la indigencia, cuánta carencia y tanta desnudez. Para cuando se alcen las banderas y se confirmen las sonrisas de quienes causaron vileza, derribo y destrucción, los excluidos serán ya lo que otros decidieron proceder con las tenues letras de su nombre y el sólido caudal de su memoria: bloque de mármol, losa quebrada y epitafio que acumula pérdidas y viento y que siente cada noche espanto, soledad y reclusión.

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© Fran Vega, 2016

Empoderados

Empoderados · Fotografía: August Sander
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Fran Vega
Empoderados
Fotografía: August Sander

Hostigados por un pasado de leyendas que no excluyen el engaño y aumentan la confusión, los antiguos sospechosos, desahuciados, pactados, penitentes y asustados han adquirido la nueva condición de empoderados y un holgado futuro de recursos con el que pronto alcanzarán la soñada indiferencia. No han sido necesarias nuevas leyes y fiscales y alguaciles tienen ya mucha calma y no poca ociosidad, pues los empoderados no son causa de problemas y en lo que reste de existencia recibirán geranios y amapolas sin pensar en quién les presta, quién les roba, quién les miente y quién socava sus más antiguas y construidas convicciones, resultado de tantos años de naufragios, frustraciones y quebrantos transformados de repente en olvido y bienestar. No tienen tampoco ocupaciones ni funciones, pues es su cometido vitorear las propuestas divulgadas y acudir de cuando en cuando a cumplir con sus derechos ciudadanos encriptados en urnas de cristal, en donde su voto es más que suficiente para prolongar la íntima ilusión de que su suerte y su destino reposan para siempre en un océano de jazmines y alhelíes regados con la savia celestial. Pero cuando cualquier tarde de paciencia salgan a caminar, aún encontrarán delante de su puerta quien les recuerde la estricta realidad: ¿a dónde vais, empoderados, si somos vuestros hidalgos y asesores, censores e inspectores, si somos vuestros banqueros, forenses, verdugos y guardianes?

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© Fran Vega, 2016