El encuentro

El encuentro · Fotografía: René Maltête
· Páginas del Mármara, 1 ·
Fran Vega
El encuentro
Fotografía: René Maltête

Con la proximidad de los inviernos que anunciaban las tormentas de noviembre y la inercia que los años generaban en el miedo y la esperanza, los pasajeros permanentes decidieron alcanzar las cimas de sí mismos para comprobar si aún estaban preparados para entender lo inolvidable o si debían insistir en las lápidas de mármol que el tiempo había tallado con esmero en lo más lejano de sus vidas. Sabedores de que entre las brumas heredadas permanecen siempre las tinieblas y que en las cumbres indefensas solo se contempla el olor a hierro viejo y el humo de las ruinas, los convidados al encuentro no sabían todavía que los caminos se definen en un tiempo sin palabras y que los viajes se estructuran en función de la memoria. Para cuando quisieron comprenderlo los vientos se habían alterado y los hombres se ajustaban con acierto los sombreros.

© Fran Vega, 2017

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El Proceso

«Der Prozess», de Franz Kafka
· Apuntes del Subsuelo ·
El Proceso

Convocados en un discreto hotelito de un cantón suizo, representantes de las organizaciones económicas mundiales y de las federaciones políticas internacionales se reunieron para evaluar el resultado de las crisis de subsistencia organizadas unos años antes. Comprobaron que nada sustancial había cambiado excepto la mejora de sus balances y ganancias, pues la gente seguía animando a sus equipos y votando alegremente en los comicios, por lo que tramaron un nuevo experimento destinado a constatar la resistencia ante la demolición de las estructuras y sistemas que amparan el derecho y la razón.
Eligieron para ello una zona occidental donde el tiempo fuera cálido, porque la gente no se manifiesta donde llueve y hace frío, y donde tampoco fueran deficitarios o muy pobres, porque los pobres prestan más atención a la despensa, y pusieron en marcha un plan de desestabilización atomizada basado en la disgregación de los asuntos y en la revolución de las banderas que condujera a la absoluta aniquilación de los derechos otorgados.
Lo llamaron Análisis de Involución en las Sociedades Avanzadas, pero como era un nombre muy largo lo abreviaron y anotaron como el Proceso. A partir de entonces se sentaron a esperar el resultado de sus actos, del mismo modo que un tiempo atrás habían aguardado las consecuencias de la crisis entre los pueblos rescatados. De momento, se dijeron, no se estaban produciendo grandes alborotos en los territorios elegidos.

© Fran Vega, 2017

El naufragio de la izquierda

El naufragio de la izquierda
· Apuntes del Subsuelo ·
El naufragio de la izquierda

Cuando las fuerzas conservadoras se enfrentaron al poder y salieron a las calles, la izquierda fue consciente de que algo no estaba haciendo bien, pues resultaba insólito que la derecha nacionalista se enfrentara a la gubernamental y que la derecha nacional acosara a la independentista.
Después supo también que un país en el que la derecha hace la revolución no puede esperar la mejora de las condiciones económicas y sociales de sus ciudadanos, porque cuando los conservadores se encargan de alterar lo establecido el resultado es siempre empobrecimiento y retroceso.
Pero ya era tarde, porque las filas conservadoras peleaban entre ellas en una batalla que había comenzado, como era de esperar, por la renta, el territorio, la tradición y las banderas.
Para cuando la izquierda quiso darse cuenta, la revolución ya estaba en marcha. Algunos dijeron después, cuando se produjeron los abrazos y todos pactaron de nuevo el reparto del poder, que había sido una nueva guerra carlista.

© Fran Vega, 2017

La fuerza de la lógica

La fuerza de la lógica
· Apuntes del Subsuelo ·
La fuerza de la lógica

Solo las sociedades políticamente incultas, económicamente injustas, jurídicamente atrasadas y socialmente indignas resuelven sus diferencias políticas, económicas, jurídicas y sociales mediante la aplicación de la fuerza y la violencia, pues acostumbran a tener gobernantes incultos, injustos, indignos y atrasados. Y solo cuando estas mismas sociedades sean capaces de elegir a políticos desprovistos de ignorancia y sinrazón serán capaces también de superar cualquier conflicto y controversia mediante el pacto y el acuerdo.
Mientras tanto, es necesario aceptar que las abandone quien así lo quiera, aunque sea hacia el abismo o lo desconocido, pues siempre fue preferible lo recóndito a lo oscuro, lo mezquino, lo ruin y lo estridente.

© Fran Vega, 2017

Tiempos sin excusa

Tiempos sin excusa · Fotografía: Martín Santos Yubero
· Apuntes del Subsuelo ·
Tiempos sin excusa
Fotografía: Martín Santos Yubero

Animados y exaltados por quienes también entonces soñaban con nuevos tiempos repletos de futuro y esplendor, los niños caminaban envueltos en consignas y banderas que ni siquiera comprendían, pero con las que emulaban la actitud de los adultos que habían sustituido en sus cabecitas y en sus vidas los juegos infantiles por los objetivos alcanzables.
Algunos perdieron la inocencia entre antorchas y uniformes, otros todavía yacen hoy en las cunetas. Nadie se responsabilizó nunca de aquel desastre sin excusa, todos fueron olvidados por quienes ganaron y perdieron y ninguno pudo recobrar la infancia utilizada y estafada en favor de las miserias y torpezas que sus padres generaron.
La historia, esa implacable compañera, siempre regresa y se la espera cuando los hombres y los tiempos se turban y enloquecen.

© Fran Vega, 2017

«Semper dolens», de Ramón Andrés

«Semper dolens», de Ramón Andrés · Fotografía: Harry Gruyaert
· Biblioteca del Bósforo ·
Ramón Andrés
«Semper dolens»
El Acantilado, Barcelona, 2015
Fotografía: Harry Gruyaert

Poner fin al dolor, bien sea moral o físico, acabar con el aislamiento, dar por concluido un camino dominado por la precariedad y lo adverso, no soportar el abandono, la injusticia, la vergüenza, el acoso, sucumbir al miedo atenazador de una guerra o de una epidemia, la confirmación de un diagnóstico temido, la incapacidad de asumir una pérdida familiar, haber sido violado, no tolerar la indiferencia ajena, el honor ofendido, sentirse excluido del mundo, verse cercado por el tedio, morir por venganza, decidir sin saber en el fondo la razón por la que se desea desaparecer, el inmotivado adiós, son situaciones, entre otras, que conducen a conjeturar la existencia.

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«Pensar y no caer, de Ramón Andrés»

Títulos relacionados
«Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros, de Ramón Andrés»
«Diario de un hombre decepcionado, de W. N. P. Barbellion»
«Confesión, de Lev Tolstoi»

Ideas, comunidades y naciones

Ideas, comunidades y naciones
· Apuntes del Subsuelo ·
Ideas, comunidades y naciones

El nacionalismo embriaga porque promueve una sensación de comunidad, de separación, de excepcionalidad y, a menudo, también de superioridad. Las sociedades que se emborrachan con el fervor nacionalista están dispuestas a cometer sacrificios y crueldades sin parangón. Con la excepción de la religión, el nacionalismo ha sido a lo largo de la historia el mayor estímulo para entregar la propia vida en el nombre de una idea abstracta y metafísica, como es la de nación. Marx trató de persuadirnos de que la religión es el opio del pueblo, y lo mismo podría decirse del nacionalismo: altera el estado de la conciencia y permite que los individuos se entreguen a la comunidad con celo y suprema lealtad, en un gesto que en muchos casos linda con lo irracional y que, en circunstancias distintas, sería difícil comprender.

© Łukas Zkamieński
Shooting Up, 2016

«Pensar y no caer», de Ramón Andrés

«Pensar y no caer», de Ramón Andrés · Fotografía: Gyula Halász (Brassai)
· Biblioteca del Bósforo ·
Ramón Andrés
«Pensar y no caer»
El Acantilado. Barcelona, 2016
Fotografía: Gyula Halász (Brassai)

Todos, alguna vez, hemos sido calumniados. Es tan común, tanta su costumbre, que no sabríamos desenvolvernos sin ella. La difamación parece tener la potestad de construir una realidad de perversos equívocos. La pasión de juzgar al próximo subyuga. Causa disgusto que los demás vivan despreocupados, sin dar cuenta de sus actos a nadie. Se envidian demasiado las casas solitarias, las que están en la colina.

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«Invictus, de William Ernest Henley»
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«Semper dolens, de Ramón Andrés»

Artículos relacionados
«Il barbiere di Siviglia: La calunnia, de G. Rossini»
«Johann Sebastian Bach. Los días, las ideas y los libros, de Ramón Andrés»

«Invictus», de William Ernest Henley

«Invictus», de William Ernest Henley · Fotografía: Franz Schumacher
· Biblioteca del Bósforo ·
William Ernest Henley
«Invictus», 1875
Fotografía: Franz Schumacher

Más allá de este lugar de ira y de lágrimas
es inminente el horror de la sombra.
Y, sin embargo, la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

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«Tu rostro mañana, de Javier Marías»
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«Pensar y no caer, de Ramón Andrés»

«Tu rostro mañana», de Javier Marías

«Tu rostro mañana», de Javier Marías · Francesco Romoli
· Biblioteca del Bósforo ·
Javier Marías
«Tu rostro mañana (Veneno y sombra y adiós)», 2007
Alfaguara Ediciones. Madrid, 2007
Fotografía: Francesco Romoli

Para qué hizo esto, dirán de ti, para qué tanta zozobra y la aceleración de su pulso, para qué aquel movimiento, y aquel vuelco; y de mí dirán: por qué habló o calló y guardó tantas ausencias, para qué aquel vértigo, tantas las dudas y tal tormento, para qué dio aquellos y tantos pasos. Y de los dos dirán: por qué se enfrentaron y para qué tanto esfuerzo, para qué guerrearon en lugar de mirar y de quedarse quietos, por qué no supieron verse o seguirse viendo, y a qué tanto sueño y aquel rasguño, mi dolor, mi palabra, tu fiebre, nuestro veneno y la sombra, y tantas las dudas, y tal tormento.

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«Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin»
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«Invictus, de William Ernest Henley»

«Berlin Alexanderplatz», de Alfred Döblin

«Berlin Alexanderplatz», de Alfred Döblin · Fotografía: Philip McKay
· Biblioteca del Bósforo ·
Alfred Döblin
«Berlin Alexanderplatz», 1930
Traducción: Miguel Sáenz
Ediciones Cátedra. Madrid, 2002
Fotografía: Philip McKay

Había jurado al mundo entero y se había jurado a sí mismo ser honrado. Y mientras tuvo dinero fue honrado. Luego, sin embargo, se le acabó el dinero, momento que había estado esperando para demostrar de una vez a todos qué es un hombre.

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«Viaje de invierno: Buenas noches, de Wilhelm Müller»
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«Tu rostro mañana, de Javier Marías»

Congresos y concilios

Congresos y concilios
· Apuntes del Subsuelo ·
Congresos y concilios

Concluidas las reuniones y dividido el territorio, los dirigentes realizaban absurdas declaraciones y abrazaban a los antiguos adversarios con la sonrisa de quien tiene en la cartera una oferta inmejorable que no se puede rechazar. Mientras tanto, asociados y secuaces de una y otra banda anotaban los testigos y esperaban en el patio a que fueran necesarios sus encargos para afianzar por otros medios las victorias conseguidas. Los congresos habían terminado.

© Fran Vega, 2017

Mortificado sea tu nombre

Mortificado sea tu nombre
· Apuntes del Subsuelo ·
Mortificado sea tu nombre

Crecerá como el espino, extenderá su oscuro inframundo y levantará murallas de acero y granito sobre las tierras y los hombres, pero las mismas fieras que ahora le alimentan lamerán su sangre y morderán su calavera antes de que el tiempo pase. Y cuando ya no esté, su nombre será tan solo una leyenda entre la crónica de la dignidad que desde hace generaciones escriben quienes nunca pretendieron levantar murallas ni alambradas y quienes jamás quisieron tenerlas en sus vidas.

© Fran Vega, 2017

«Viaje de invierno: Buenas noches», de Wilhelm Müller

«Viaje de invierno: Buenas noches», de Wilhelm Müller · Fotografía: Logan Zillmer
· Bibloteca del Bósforo ·
Wilhelm Müller
«Viaje de invierno: Buenas noches» («Winterreise: Gute Nacht»)
Traducción: Andrés Neuman
El Acantilado. Barcelona, 2003

Fotografía: Logan Zillmer

Extranjero he llegado, extranjero me voy. Mayo fue favorable con sus ramos de flores. Ella me habló de amor —su madre, hasta de boda—. Ahora el mundo oscurece, y es de nieve el camino.

No puedo, para el viaje, elegir el momento: solitario en la sombra he de encontrar mi norte. Me acompaña tan solo el perfil de la luna y, en los campos nevados, las huellas de las bestias.

¿Cómo iba a quedarme hasta que me expulsaran? ¡Que los perros aúllen en la puerta del amo! Ama el amor errar —así nos hizo Dios— y pasa de uno a otro… ¡Buenas noches, amada!

No turbaré tu sueño, ¿cómo herir tu descanso? Mis pasos serán leves, la puerta irá despacio. Y escribiré en la entrada, al partir: «¡Buenas noches!», para que puedas ver que he pensado en ti.

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«Canción de Navidad, de Charles Dickens»
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«Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin»

Cuando la luz del invierno regrese de nuevo

Cuando la luz del invierno regresa de nuevo · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, y 16 ·
Fran Vega
Cuando la luz del invierno regrese de nuevo
Fotografía: Juan Muñiz

Nos despertábamos temprano, cuando aún era de noche, y nos llamábamos unos a otros con mucho frío y mucha urgencia, convencidos de que en la otra punta de la casa el despacho de mi padre custodiaba todo aquello que habíamos pedido y quién podía saber cuántos regalos más. Tras los cristales esmerilados era imposible distinguir paquetes y envoltorios, pero alguno de nosotros adivinaba a oscuras lo que estaba allí guardado e incluso la correcta distribución de los juguetes. Y pasábamos un buen rato de nerviosismo y comentarios hasta que mi padre llegaba desde el pasillo simulando un gran despiste y preguntando qué ocurría, para añadir casi sin mirarnos el olvido de la llave y fingir su intensa búsqueda en cajones y bolsillos, pequeña argucia y tradición que aumentaba nuestro anhelo hasta que se abrían las dos hojas de la puerta y las luces iluminaban tantas cosas que costaba separar lo que a cada uno ya le pertenecía tras las cartas redactadas y tantos desvelos como habíamos tenido. Doce meses de espera quedaban dibujados y en un instante el suelo se llenaba de cajas y papeles con instrucciones que no llegaríamos a leer, como tampoco leeríamos nunca las que encontraríamos después en cada curva de los años.

Y hoy miramos con alma de adultos los inviernos pasados y regresan sonidos que nunca quisimos perder, aromas mezclados en la cocina de leña, bromas infantiles que en ocasiones asoman y estampas guardadas de quienes un día estuvieron, piezas complejas que a veces se unen y forman retratos y espejos de todo aquello que fuimos un día, cuando la luz del invierno regrese de nuevo y tengamos los ojos puestos en él.

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«Noches de magia y de prodigios»
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© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012