«Pensar y no caer», de Ramón Andrés

«Pensar y no caer», de Ramón Andrés · Fotografía: Gyula Halász (Brassai)
· Biblioteca del Bósforo ·
Ramón Andrés
«Pensar y no caer», 2016
El Acantilado. Barcelona, 2016
Fotografía: Gyula Halász (Brassai)

Todos, alguna vez, hemos sido calumniados. Es tan común, tanta su costumbre, que no sabríamos desenvolvernos sin ella. La difamación parece tener la potestad de construir una realidad de perversos equívocos. La pasión de juzgar al próximo subyuga. Causa disgusto que los demás vivan despreocupados, sin dar cuenta de sus actos a nadie. Se envidian demasiado las casas solitarias, las que están en la colina.

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«Invictus, de William Ernest Henley»

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«Invictus», de William Ernest Henley

«Invictus», de William Ernest Henley · Fotografía: Franz Schumacher
· Biblioteca del Bósforo ·
William Ernest Henley
«Invictus», 1875
Fotografía: Franz Schumacher

Más allá de este lugar de ira y de lágrimas
es inminente el horror de la sombra.
Y, sin embargo, la amenaza de los años
me encuentra y me encontrará sin miedo.
No importa cuán estrecha sea la puerta,
cuán cargada de castigos la sentencia.
Soy el amo de mi destino:
soy el capitán de mi alma.

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«Tu rostro mañana, de Javier Marías»
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«Pensar y no caer, de Ramón Andrés»

«Tu rostro mañana», de Javier Marías

«Tu rostro mañana», de Javier Marías · Francesco Romoli
· Biblioteca del Bósforo ·
Javier Marías
«Tu rostro mañana (Veneno y sombra y adiós)», 2007
Alfaguara Ediciones. Madrid, 2007
Fotografía: Francesco Romoli

Para qué hizo esto, dirán de ti, para qué tanta zozobra y la aceleración de su pulso, para qué aquel movimiento, y aquel vuelco; y de mí dirán: por qué habló o calló y guardó tantas ausencias, para qué aquel vértigo, tantas las dudas y tal tormento, para qué dio aquellos y tantos pasos. Y de los dos dirán: por qué se enfrentaron y para qué tanto esfuerzo, para qué guerrearon en lugar de mirar y de quedarse quietos, por qué no supieron verse o seguirse viendo, y a qué tanto sueño y aquel rasguño, mi dolor, mi palabra, tu fiebre, nuestro veneno y la sombra, y tantas las dudas, y tal tormento.

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«Berlin Alexanderplatz, de Alfred Döblin»
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«Invictus, de William Ernest Henley»

Concertinos y soplones

Concertinos y soplones · Fotografía: Fred Stein
· Cuadernos del Dárdano ·
Fran Vega
Concertinos y soplones
Fotografía: Fred Stein

El sistema general de enseñanza nacional que las autoridades estipulan con estoque y cartabón no incluye entre sus materias armonía y pensamiento, pues no tienen más remedio que definir y organizar la figura universal del concertino, quien hasta ahora se encargaba en las orquestas de afinar con su reconocido magisterio el resto de instrumentos. En su respetado lugar aparecerá en los libros y manuales el homónimo profesional que asume con diligencia y rectitud el oficio de observar la correcta aplicación de las concertinas, esos otros instrumentos que nunca ofrecen nota alguna de la escala musical, sino llantos y lamentos en quienes tienen la osadía de cruzar una frontera o el valor de asaltar verjas y murallas. No permite este innoble asalariado que las puntas afiladas yerren en su lúgubre misión, pues de ellas dependen las tempestades o el sosiego que se ciernen sobre una multitud tan vigilada que hasta los sacristanes tienen permiso para cacheo y detención y en donde los niños podrán ser acusados de impúdica mudanza. Cuando los jefes y los amos sepan que la facultad de un concertino no es tanto afilar como afinar, cambiarán astutamente registros y glosarios y ordenarán que en el foso filarmónico violinistas y flautistas sean relevados por vigilantes y guardianes encargados de velar por la entereza imperturbable del territorio nacional. La nueva sociedad meritoriamente conseguida es la de concertinas y cuchillas, alguaciles y censores, concertinos y soplones, sospechosos y traidores.

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«Banqueros y necrófagos»

© Fran Vega, 2017

«Berlin Alexanderplatz», de Alfred Döblin

«Berlin Alexanderplatz», de Alfred Döblin · Fotografía: Philip McKay
· Biblioteca del Bósforo ·
Alfred Döblin
«Berlin Alexanderplatz», 1930
Traducción: Miguel Sáenz
Ediciones Cátedra. Madrid, 2002
Fotografía: Philip McKay

Había jurado al mundo entero y se había jurado a sí mismo ser honrado. Y mientras tuvo dinero fue honrado. Luego, sin embargo, se le acabó el dinero, momento que había estado esperando para demostrar de una vez a todos qué es un hombre.

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«Viaje de invierno: Buenas noches, de Wilhelm Müller»
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«Tu rostro mañana, de Javier Marías»

Congresos y concilios

Congresos y concilios
· Apuntes del Subsuelo ·
Congresos y concilios

Concluidas las reuniones y dividido el territorio, los dirigentes realizaban absurdas declaraciones y abrazaban a los antiguos adversarios con la sonrisa de quien tiene en la cartera una oferta inmejorable que no se puede rechazar. Mientras tanto, asociados y secuaces de una y otra banda anotaban los testigos y esperaban en el patio a que fueran necesarios sus encargos para afianzar por otros medios las victorias conseguidas. Los congresos habían terminado.

© Fran Vega, 2017

Banqueros y necrófagos

Banqueros y necrófagos
· Cuadernos del Dárdano ·
Fran Vega
Banqueros y necrófagos

Consumadas ya las directrices de las vigentes y prusianas autoridades y reciclados los antiguos bucaneros en modernos financieros de monóculo y espadón, los banqueros mendicantes tienen ya cédula y permiso para ofrecer a los recientes desahuciados aquello que los malhechores de misa y comunión les robaron al descuido. Entre anodinas melodías y moquetas con olor a hiena y casquería, el banquero empedernido tiene ante sí un futuro sufragado no por lo que algunos invirtieron, sino por lo que otros perdieron tras haberse confiado a los cómplices y socios de las cuevas abismales en las que se almacenan monedas y viviendas, sombras de naufragios que aún conservan las huellas de quienes hoy habitan en suburbios y se alimentan de basuras y despojos. Porque una vez abandonados los tiempos en que los banqueros se movían con sigilo y modélicas actitudes cercanas a la usura, ha surgido la figura del banquero rutilante para instalarse sin sonrojo entre las clases dirigentes apelando a las virtudes de toda condición: fe, esperanza y caridad, qué menos puede esperarse del cliente, templanza, prudencia y justicia, qué más puede exigirse al capital. Amparados por la ley y ordenados como frailes y terciarios, los nuevos sepulcristas exhiben su cinismo de casino y sacristía con alabadas transparencias de evangélica función: dad y se os dará. Y si tras jornadas de asalto y desalojo y rúbricas de oro en reuniones de funesto bandidaje se abriera el cerebro de uno solo de estos salteadores, se divisaría en el fondo de su oscura calavera un silo de inmundicias y miserias sobre el que abejorros y moscones vuelan con monótono zumbido en espera de inmediata cacería y siguiente ejecución. Son los banqueros deletéreos, los necrófagos más lúcidos de nuestra nueva sociedad.

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© Fran Vega, 2017

El moderno legislador

El moderno legislador · Fotografía: August Sander
· Cuadernos del Dárdano ·
Fran Vega
El moderno legislador
Fotografía: August Sander

Una de las profesiones más tranquilas y longevas de nuestra nueva sociedad es la del legislador, antigua figura surgida del derecho cuando este era un valor y daba nombre a los sistemas. Su misión fundamental consiste en abolir y derogar todo cuanto quede de pernicioso y subversivo de la legislación que conocimos mediante intachables argumentos basados en doctrinas reformadas que no dejen rastro de duda en la autoridad. Con espíritu de jardinero y herramientas de leñador, el legislador ha de revisar todos los escritos y compendios que recogen normas y decretos, fueros y ordenanzas y hasta pragmáticas sanciones de mucha antigüedad, incluidas las procedentes de griegos y romanos y las instituidas en tiempos medievales, pues en cualquier lugar se ocultan y se esconden enunciados con peligro y alegatos con maldad. Con las leyes cercenadas y el derecho mutilado hasta donde nunca pudimos suponer, el experto en la materia puede vivir sin sobresaltos dedicado a vigilar que el reglamento renovado cumple su objetivo sin enmiendas ni mejoras, pues los despojos de otros tiempos son más que suficientes para garantizar la calma, evitar el caos y mantener la paz. Y con tan sencilla arquitectura legal, también jueces y fiscales conviven en concierto y armonía y tienen el sosiego inapelable que el legislador les administra, pues no hay nunca debates ni dislates que nublen al tribunal, toda vez que la abogacía ha quedado desterrada para siempre en beneficio de la urgencia y se mantiene como un recuerdo de cuando el tiempo se perdía defendiendo la verdad. Para cuando llegue el orden nuevo, la ley no será más que una anciana amortajada cuyo lugar será ocupado por la regla, el mandamiento y la instrucción, pilares esenciales de la generación que nos aguarda y de nuestra innovadora, granítica y austera sociedad.

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© Fran Vega, 2017

Mortificado sea tu nombre

Mortificado sea tu nombre
· Apuntes del Subsuelo ·
Mortificado sea tu nombre

Crecerá como el espino, extenderá su oscuro inframundo y levantará murallas de acero y granito sobre las tierras y los hombres, pero las mismas fieras que ahora le alimentan lamerán su sangre y morderán su calavera antes de que el tiempo pase. Y cuando ya no esté, su nombre será tan solo una leyenda entre la crónica de la dignidad que desde hace generaciones escriben quienes nunca pretendieron levantar murallas ni alambradas y quienes jamás quisieron tenerlas en sus vidas.

© Fran Vega, 2017

«Viaje de invierno: Buenas noches», de Wilhelm Müller

«Viaje de invierno: Buenas noches», de Wilhelm Müller · Fotografía: Logan Zillmer
· Bibloteca del Bósforo ·
Wilhelm Müller
«Viaje de invierno: Buenas noches» («Winterreise: Gute Nacht»)
Traducción: Andrés Neuman
El Acantilado. Barcelona, 2003

Fotografía: Logan Zillmer

Extranjero he llegado, extranjero me voy. Mayo fue favorable con sus ramos de flores. Ella me habló de amor —su madre, hasta de boda—. Ahora el mundo oscurece, y es de nieve el camino.

No puedo, para el viaje, elegir el momento: solitario en la sombra he de encontrar mi norte. Me acompaña tan solo el perfil de la luna y, en los campos nevados, las huellas de las bestias.

¿Cómo iba a quedarme hasta que me expulsaran? ¡Que los perros aúllen en la puerta del amo! Ama el amor errar —así nos hizo Dios— y pasa de uno a otro… ¡Buenas noches, amada!

No turbaré tu sueño, ¿cómo herir tu descanso? Mis pasos serán leves, la puerta irá despacio. Y escribiré en la entrada, al partir: «¡Buenas noches!», para que puedas ver que he pensado en ti.

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«Canción de Navidad, de Charles Dickens»
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Cuando la luz del invierno regrese de nuevo

Cuando la luz del invierno regresa de nuevo · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, y 16 ·
Fran Vega
Cuando la luz del invierno regrese de nuevo
Fotografía: Juan Muñiz

Nos despertábamos temprano, cuando aún era de noche, y nos llamábamos unos a otros con mucho frío y mucha urgencia, convencidos de que en la otra punta de la casa el despacho de mi padre custodiaba todo aquello que habíamos pedido y quién podía saber cuántos regalos más. Tras los cristales esmerilados era imposible distinguir paquetes y envoltorios, pero alguno de nosotros adivinaba a oscuras lo que estaba allí guardado e incluso la correcta distribución de los juguetes. Y pasábamos un buen rato de nerviosismo y comentarios hasta que mi padre llegaba desde el pasillo simulando un gran despiste y preguntando qué ocurría, para añadir casi sin mirarnos el olvido de la llave y fingir su intensa búsqueda en cajones y bolsillos, pequeña argucia y tradición que aumentaba nuestro anhelo hasta que se abrían las dos hojas de la puerta y las luces iluminaban tantas cosas que costaba separar lo que a cada uno ya le pertenecía tras las cartas redactadas y tantos desvelos como habíamos tenido. Doce meses de espera quedaban dibujados y en un instante el suelo se llenaba de cajas y papeles con instrucciones que no llegaríamos a leer, como tampoco leeríamos nunca las que encontraríamos después en cada curva de los años.

Y hoy miramos con alma de adultos los inviernos pasados y regresan sonidos que nunca quisimos perder, aromas mezclados en la cocina de leña, bromas infantiles que en ocasiones asoman y estampas guardadas de quienes un día estuvieron, piezas complejas que a veces se unen y forman retratos y espejos de todo aquello que fuimos un día, cuando la luz del invierno regrese de nuevo y tengamos los ojos puestos en él.

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«Noches de magia y de prodigios»
***

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Crónicas de Hiparco

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Noches de magia y de prodigios

Noches de magia y de prodigios · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 15 ·
Fran Vega
Noches de magia y de prodigios
Fotografía: Juan Muñiz

El día de la cabalgata sabíamos que por fin estábamos ante la noche más esperada de la Navidad. Había mucho ajetreo de ropas y de plancha, porque todos debíamos prepararnos para salir juntos y muy formales hacia la elegante casa de las tías, donde seríamos agasajados y mimados como auténticos príncipes de Oriente. Con los abrigos nuevos y peinados hasta el último cabello, cruzábamos importantes avenidas y plazas de mucho tránsito hasta llegar a un edificio señorial, con miradores acristalados y escaleras de mármol sin ascensor. Qué guapos estábamos y cómo habíamos crecido, preámbulo de horas emocionantes en las que no faltaban carantoñas y cumplidos y en las que nuestro compromiso consistía en portarnos bien y esperar sin alboroto y con paciencia. Y entre comentarios y merienda comenzaba a anochecer y alguna de las tías asomada en el balcón avisaba de que llegaban los pajes a caballo y detrás sus majestades con mantos muy bonitos en carrozas de colores, saludando con las manos y respondiendo con constancia al griterío de los niños, que no impedía que desde el mirador escucháramos nuestros nombres como un designio incuestionable de que en aquellos cargamentos de charol y fantasía viajaban ya nuestros regalos. Y sin ninguna duda era y fue siempre así, porque cuando ya de noche nos despedíamos de las tías con más besos y sonrisas y volvíamos a casa contentos y agitados, comenzaba la tarea de otras majestades que en silencio preparaban los paquetes y envolvían los últimos juguetes. Para entonces nosotros ya estábamos en la cama y musitábamos dormidos lo vivido y por vivir, porque era parte de un sueño que tuvimos y que pasados tantos años aún regresa cada invierno, cuando desde las ventanas contemplamos cabalgatas y camellos que nos llevan otra vez a noches de magia y de prodigios en las que todo nos lo podíamos creer.

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«Cada personaje cumplía su función»
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«Cuando la luz del invierno regrese de nuevo»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

Cada personaje cumplía su función

Cada personaje cumplía su función · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 14 ·
Fran Vega
Cada personaje cumplía su función
Fotografía: Juan Muñiz

Era sabido que una tarde de las vacaciones teníamos que dedicarla a deshacernos de todo aquello que estorbaba y ya colmaba roperos y cajones, de los que sobresalían a veces juguetes que no usábamos y cachivaches entregados al olvido. Con sentido práctico y mucho ingenio, mi madre nos tenía convencidos de que los Reyes Magos no dejaban regalos donde vieran otros, de modo que esas fechas le servían para prescindir de pequeños trastos y lograr tal vez un poco de espacio en los altillos. La maniobra era muy compleja porque requería el acuerdo entre nosotros para tirar un cochecito sin tres ruedas o guardar unos soldados sin fusil ni graduación, así que pasábamos las horas discurriendo acerca de qué podíamos eliminar y qué era imprescindible conservar. Tras no pocas discusiones y algún enfado resuelto en doméstico silencio, conveníamos que lo mejor era ordenar todo con cuidado y dejar los armarios despejados para cuando llegara la inspección, momento que asumíamos cabizbajos esperando algún reproche y orgullosos y contentos de nuestra propia picardía. Al final, mi madre se conformaba con que las habitaciones tuvieran otro aspecto y con perder de vista algunas cosas, que bajábamos deprisa por las escaleras para que terminara cuanto antes tan aburrida operación. Era un ritual anunciado y navideño cuyo resultado era conocido y previsible, pues cada personaje cumplía su función y representaba el papel que le habían asignado, ya fuera el de cómplice callado, el de protagonista y portavoz o el de encargado por carácter de la calma, el orden y la paz.

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«El recuento de las horas»
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«Noches de magia y de prodigios»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

«Canción de Navidad», de Charles Dickens

«Canción de Navidad», de Charles Dickens · Fotografía: Eugene Smith
· Biblioteca del Bósforo ·
Charles Dickens
«Canción de Navidad» («A Christmas Carol»), 1842
Traducción: José Méndez Herrera
Editorial Aguilar. Madrid, 1973

Fotografía: Eugene Smith

Dígase para empezar que Marley había muerto. De eso no cabe duda ya. Firmada fue el acta de su entierro por el sacerdote, el sacristán, el empresario de pompas fúnebres y el presidente del duelo. También Scrooge la firmó. Y el nombre de Scrooge lo aceptaba la Bolsa como bueno en todo aquello en que quisiera poner su mano. Muerto estaba el pobre Marley como el clavo de una puerta. Pero ¡cuidado! No quiere esto decir que yo sepa, por experiencia, qué es lo que tiene de muerto el clavo de una puerta. Acaso pensara yo que un clavo de ataúd es la pieza de ferretería más muerta que existe en este gremio. Pero la sabiduría de nuestros antepasados se apoya en los símiles, y no serán mis manos pecadoras las que la perturben, si no ha de darse por perdida la nación. Me habréis de permitir por ello que repita, insistentemente, que Marley estaba más muerto que el clavo de una puerta.

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«El testamento de un optimista, de Slawomir Mrozek»
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Título relacionado
«Casa desolada, de Charles Dickens»

El recuento de las horas

El recuento de las horas · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Invierno, 13 ·
Fran Vega
El recuento de las horas
Fotografía: Juan Muñiz

Un par de días antes de la cabalgata nos llevaban de paseo por la ciudad, como si quisieran enseñarnos todo aquello que podíamos alcanzar con tan solo escribirlo en una carta dirigida a nuestros queridos Reyes Magos. Con las bufandas y los guantes nos acercábamos hasta los escaparates conocidos y permanecíamos mucho rato contemplando espadas y balones, cocinitas y muñecas, juegos muy completos y reunidos y cajas de colores para pintar. Mis padres esperaban con paciencia hablando de sus cosas hasta que lograban despegarnos del cristal con cualquier razón improvisada, vamos a ver si aún está la castañera, daos prisa que están a punto de cerrar. Así que corríamos de un lado para otro convencidos de que todo lo que veíamos llegaría bien envuelto a nuestro nombre y competíamos por saber quién estaba más seguro de las cosas que nadie sabía, pero hablábamos temerosos de que alguno desmintiera los anhelos y nos dejara con la duda de si su afirmación era verdad, no te traerán lo que pediste, voy a decírselo a papá. Mi madre intervenía si observaba cierto cataclismo y nos separaba en dos grupos hasta el siguiente escaparate, donde todo volvía a comenzar con las mismas ilusiones y esperanzas, con el mismo recuento coral de las horas y los días. No faltaba tampoco quien advertía de repente que no pidió un estuche y un compás o cualquier otro capricho inesperado que surgiera a lo largo de la tarde y que mis padres anotaban con sigilo, pues habíamos salido todos juntos para completar con disimulo el escenario que ellos mismos prepararían cuando pasaran dos noches más y llegaran hasta casa cargamentos y camellos, carruajes y juguetes y tres reyes con barba de aparente majestad.

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«Con cien cañones por banda»
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© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012