Inauditos alborotos de infrapícaros y malandrines · Fotografía: Tommy Ingberg
· Diario de un hombre ridículo, 72 ·
Fran Vega
Inauditos alborotos de malandrines y tarúpidos
Fotografía: Tommy Ingberg

Iba yo paseando por el bulevar de los Arcángeles en dirección al parque de los Querubines, silbando unos bonitos fragmentos de zarzuela, cuando me sorprendió un individuo medianero que leía ensimismado en un diario los curiosos alborotos que las constantes autoridades han organizado en los últimos trienios. No sabía yo que hubiera en nuestras bienquistas instituciones semejantes algazaras y aquelarres, pues tenía para mí que los encargados de administrar nuestra pudibunda contribución no se dedicaban a producir marimorenas y barbullas, sino a procurar el bien de los alegres convecinos que moramos en nuestra excelsa población. Y he podido conocer ahora que algunos malandrines y tarúpidos con extravagante seso en la testuz no solo expolian y malgastan los dineros que debieran emplearse en honrados horizontes ciudadanos, sino que además molestan e incomodan con sus querellas y altercados sin que pierdan por ello quinquenios de salario ni puestos en su ordenado escalafón, lo que me resulta tan horripilante que se aproxima a lo tremebundo. Sin embargo, enseguida me he puesto contento al recordar que en nuestra insólita oficina solo cometemos algarabías cuando llegan los nuevos lapiceros o cuando es la hora de almorzar bocadillos de mejillón en escabeche, y que jamás nos apropiamos de los formularios pertenecientes a otros negociados ni nos faltamos el respeto cuando nos disputamos la prensa deportiva para ir con ella al escusado. Y yo ya sé que a veces no entiendo las cosas, pero me parece a mí que en los mundos adyacentes y universos colindantes hay mucha falta de cordura y que la sabiduría y la razón empiezan a ser patrimonio de nuestra lúcida oficina y nuestro probo cafetín. Voy a ver si han florecido las petunias.

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© Fran Vega, 2017

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