«Autorretrato», de Albrecht Dürer
· Intramuros ·
Albrecht Dürer
«Autorretrato con traje de piel», 1500
Óleo sobre madera (67 × 49 cm)
Alte Pinakothek, Múnich

Con un intervalo de dos años de diferencia, Albrecht Dürer —Alberto Durero si hubiera nacido en el imperio hispánico— realizó dos autorretratos bien diferentes, de los que el segundo es el de mayor profundidad psicológica y el que con justicia creó escuela en este género.
Durero, nacido en 1471, tenía 29 años de edad cuando se retrató en este óleo, dos años después del que se conserva en el Museo del Prado. Recibe indistintamente los títulos de Autorretrato con traje de piel, para diferenciarlo del de 1498, y Autorretrato cristológico, debido al gesto y actitud adoptados en el de 1500, año en que pintó este cuadro y Lamento por Cristo muerto, también en la pinacoteca alemana.
A pesar de ser un hombre que aún no ha llegado a los 30 años, el pintor se representa a sí mismo como alguien más mayor, con aspecto frontal ligeramente envejecido y mirada dotada de gran seriedad, seguramente una de las más profundas y atractivas de la historia del arte, en la que se combina un suave brillo con un cierto aspecto de tristeza, matices que realzan aún más la trascendencia de la tabla. El rostro, alargado y sereno, y los cabellos dorados completan una presencia llamativamente «cristológica».
Parece probado que el artista realizó una primera versión del cuadro que retocó después de una breve estancia en los Países Bajos, sobre todo algunos matices de los ojos y de la indumentaria, así como que el gesto de la mano derecha sobre el pecho estuvo determinado desde el principio por su interés en asemejarse a la iconografía tradicional de Cristo.
Con la inclusión del fondo oscuro, el autor logró hacer más llamativa la expresión de su rostro y otorgar a la tabla un aspecto aún más solemne. El atuendo con el que se viste está intencionadamente ajado e incluso el roto del brazo derecho se utiliza para dejar ver el traje con el que se retrató en 1498. El cuello de la pelliza enlaza en la parte superior con los cabellos que cuidadosamente reposan sobre los hombros y que reciben la luz que llega desde la izquierda. El pintor dedica lo mejor de su precisión a las ondas de los cabellos y a los detalles de los dedos, intencionadamente delgados y alargados.
No está claro si el artista pretendía equipararse a Cristo en algún aspecto o si trataba solamente de alcanzar una similitud iconográfica cuyos modelos acababa de contemplar en los grandes maestros, pero lo cierto es que el alemán fue siempre una persona devota que dejó lo mejor de sí mismo en sus cuadros de tema religioso.
Sobre el fondo oscuro de la tabla, el artista plasmó las iniciales de su nombre (a la izquierda) y el año de ejecución, lo que supone un modo muy novedoso de firmar la obra, aunque no tanto por la forma sino por el lugar elegido.
Así, retratado como un auténtico príncipe del Renacimiento, Dürer posaba para sí mismo como el gran artista que fue, eclipsado en la época por los maestros italianos a los que tanto debe y a los que nada envidia.

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