Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril · Fotografía: Howard W. Davidson
· Diario de un hombre ridículo, 65 ·
Fran Vega
Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril
Fotografía: Howard W. Davidson

Esto de la primavera es un invento fabuloso. En cuanto gira el calendario y asoman unos cuantos rayos de sol por la glorieta de los Lirios, la vida cambia en un momento y las gentes parecen más contentas y dichosas, con sus sombreritos de marzo y sus chalecos de abril. Carmencita, la de Contaduría, ha hecho unas declaraciones esta misma mañana con las que ha confirmado su irrevocable disposición de abrir las ventanas de los negociados para que llegue aire fresco a los anaqueles de los formularios, acontecimiento que no se producía desde finales de septiembre. Y el propio Amalio, el del Sindicato de Oficinistas, ha dicho que no se opondrá a semejante providencia porque no la considera vinculante a la pertinaz lucha de clases. Esto es todo contento y alegría. Por la tarde comenté lo sucedido en el cafetín de Tadeo antes de que llegara Bernardino, porque una tarde de mayo se rompió una clavícula jugando a la petanca y la primavera le trae malos recuerdos, y después de que Imeldo se marchara, porque solo sonríe los jueves y los martes se le pone como una dolencia en la región occipital. Todas mis amistades han coincidido al afirmar que el buen tiempo es inminente y que hay que empezar a poner alcanfor en los bolsillos de los chalecos oscuritos, no vaya a ser que Tadeo instale el velador un día de estos y nos sorprenda sin los atuendos necesarios, lo que sería un infortunio de embarazosa solución. Por mi parte, he decidido dejar a mano los paraguas importantes porque nunca se sabe qué piensan en los cielos en estas tardes prominentes. Qué alborozo, cuánto alboroto.

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© Fran Vega, 2017

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14 comentarios en “Los sombreritos de marzo y los chalecos de abril

  1. Pero le advierto de que este hombrecillo, que hoy tiene cierta apariencia kitch, fue en su momento de lo más chic. Obsérvelo en la fotografía, paseando elegantemente por Nueva York con su chaleco de entretiempo. Qué decir de la damisela que tuvo a bien acompañarle.

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  2. Bueno, llegó a capataz de una empresa textil. Coordinando el trabajo de inmigrantes de varios idiomas, se enamoró de la hija del jefe, y rompió una máquina, al parecer, mientras se distraía mirándola. No sé si sería ña causa de su despido y/o vuelta a la isla de Gran Canaria. Antes, como mi otro abuelo, había pasado por Cuba, pero allí no vio futuro.

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  3. Llegar a Nueva York en esa época y hacerse un hueco no era poca cosa. Y a pesar de haber roto la máquina, ¿regresó con la hija del jefe o se quedó allí la damisela añorando al isleño?

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  4. No, regresó con dólares, que, al cambio, le valieron el adjetivo en el casino de Gáldar, ciudad natal de mi padre, de “El Americano”. En realidad, se vino a casar con una sobrina que nació al partir a la emigración. Bromeando comentó: “Guárdemenla, que me caso con ella a la vuelta”. Y la broma se hizo realidad, previa dispensa eclesiástica. Luego, mi abuela paterna, Lola, murió cuando mi padre tenía 8 o 9 años, de tuberculosis. Calculo una diferencia de edad de unos quince años como mínimo, si no me equivoco.

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  5. Solo, incluso temiendo por su vida, porque llegó a representa a la U. G. T. antes de la guerra, y tuvo que preparar un zulo por si venían a buscarlo. Sí vinieron por su vecino, pero él pudo avisarle para que escapara. Un primo de este vecino también venía a por él. Tuvo que mantener al primogénito, mi padre, y a 4 hijas más, que también quedaron tocadas por la enfermedad de su madre. Mi padre ya trabajaba con los pies desnudos en charcos de agua, con 9 años.

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  6. Es una historia que a su vez encierra otras muchas, desde luego: la época, la emigración, el regreso, la guerra… Pero no sé qué puedo hacer yo con ella.

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  7. Bueno, no es una exigencia, cómo iba a ser eso. Pienso en un relato más corto y me parece, por tu blog, que tienes la capacidad creativa para desarrollarlo. Pero sobre la inspiración y el trabajo de escritor no sé nada, sino lo leído durante la carrera de Filología y mi interés por la técnica, la crítica, la historia literaria, etc. Era una especie de reto…pero no una venganza. No siento deseo ni vocación literaria. Sólo escribo sobre lo que me conmueve.

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