Errejón, el loro y el viejo profesor

En los pintorescos años del tránsito —ese período de nuestra historia revestido de heroísmo, cuando en realidad lo fue de cobardía y sumisión—, en los que la España de eucaristía y uniforme pasó a ser la que aún no es y a la que le falta mucho por ser, hubo en las filas de la izquierda un revuelo solo comparable al que ahora contemplamos. Cierto es que nuestra izquierda fue siempre pajarera y zascandil, pero estaba en juego entonces nada menos que el futuro, esa fantasía a la que solo aluden quienes ven en ella ocasiones de lucro, poderío y promoción.
Fue en esa época cuando las cartas marcadas por los trileros internacionales que nos predestinan y gobiernan se pusieron del lado socialdemócrata no porque se lo hubieran ganado durante la larga noche oscurantista, sino porque en política y economía hay carambolas que te entronizan con armiño o te conducen directamente al paredón. Tenía entonces Felipe González las patillas como hachas y Alfonso Guerra aspecto de mal poeta y perdedor, pero descubrieron que uniendo el encanto y las argucias podían llegar a lo más alto sin haber pasado antes por las grisuras clandestinas ni por los méritos cansados de la derrota y el exilio que exhibían los viejos compañeros de partido.
Sin embargo, juntos tenían también un adversario heterodoxo que no lo era porque arañara votos en sus feudos o alterara su folclórico programa electoral, sino porque era en sí mismo un personaje diferente a los clanes de tortilla y camisas de leñador, con lecturas a su espalda y un estilo labrado en bibliotecas que incordiaba en gran manera a quienes reinarían en Ferraz. A González le molestaban sus aires documentados; a Guerra, que le usurpara protagonismo entre fontaneros y arribistas y que le hiciera sombra entre quienes aún apreciaban la inteligencia.
De no haber sido por estos pequeños dolores, Enrique Tierno Galván hubiera sido uno de los ponentes de la Constitución y en su momento hubiera ocupado el puesto que otros ocuparon teniendo menos pedigrí, pero el caso es que los socialdemócratas del PSOE ya habían devorado a los sociopopulares del PSP y decidieron que nada mejor que auparlo a una alcaldía de postín para que fuera venerado sin inmiscuirse en asuntos para los que los cachorros sevillanos estaban sobradamente ansiosos y dispuestos.
Y así fue. En las primeras elecciones municipales, las de 1979, fue elegido alcalde de Madrid, plaza señera y buque insignia de cualquier formación política que se precie, lo que allanó el camino para que tres años después González y Guerra saludaran desde el Palace con la rosa en una mano y la estampa de Iscariote junto a la televisión.
A Tierno Galván, que en la transición ya era conocido como «el viejo profesor» sin haber cumplido los sesenta, se lo quitaron de encima como quien espanta de la calva una mosca reincidente, pero supo tomar posesión de sus dominios, se convirtió en el alcalde más popular de la villa y, una vez reelegido, se mantuvo al frente hasta que la muerte se lo llevó por delante un día de enero de 1986.
Para entonces había logrado de sus votantes algo por lo que cualquier diputado de provincias daría hoy hasta un pedazo de su páncreas: el afecto. Por razones que no pueden limitarse a sus bandos divertidos, a su monástica presencia y ni siquiera a las decisiones que tomó, los madrileños acudieron en masa a su sepelio mientras coreaban una de las frases que le hicieron popular: ¡A colocarse y al loro! Por supuesto, entre quienes jaleaban las consignas y vitoreaban el cadáver estaban no pocos de quienes le habían defenestrado unos años antes.
Seguramente sean muchas las diferencias de todo tipo entre el viejo profesor y el joven Errejón —no se trata aquí de la ideología, sino de la historia—, pero a este le proponen ahora el mismo puente de plata por no haber entendido que lo más sagrado en un partido es la jerárquica cadena de mando y que pretender obviarla suele ser sinónimo de patíbulo o exclusión, pues siempre hay tras esta iniciativa un loro copetudo que con su arrogancia y vanidad tiende a que hagan aguas los intentos de incumplir los rigores de las lógicas internas.
Después de todo, no le fue mal al viejo profesor en su destino, pero deberá decidir el joven Errejón si acepta la intendencia que le ofrecen como parte del programa de castigo y repulsión o si recoge sus enseres y regresa a su exclusivo núcleo irradiador. En cualquiera de los casos tendrá que estar listo y muy atento, no vaya a ser que quienes hoy le ensalzan mañana le lleven y despidan en caja de pino y en volandas por la calle de Alcalá, por donde dicen que la izquierda viene y va.
Hay veces en que la gente es conocida por sus retos, pero en la mayoría de las ocasiones lo es por sus renuncias. Al loro, joven.

© Fran Vega, 20 de febrero de 2017

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