Réquiem por un socialista español

Con ferracidad y alevosía, el partido de los socialdemócratas españoles ha decidido poner fin a su existencia mediante un suicidio asistido, programado y ejecutado en dos tomas. Nada les obligaba a ello y ellos solos se han bastado para descerrajarse un tiro en el hígado y otro en la sien.
En realidad, ¿cuándo se rompió el socialismo español? Habría que remontarse para saberlo a los días de julio de 1936, a la ineptitud mostrada durante la guerra civil y a los lobos depredadores en la hora de la derrota, cuando entre ellos se daban dentelladas con Franco a las puertas de Madrid. Y también a Suresnes, en 1974, cuando los sevillanos del clan de la tortilla decidieron que ellos eran más grandes y mejores que quienes llevaban ya más de tres décadas en el exilio. Y, sobre todo, a 1979, cuando de la mano de su ya turbio secretario general se entregó a la socialdemocracia para poder llegar tres años después a la Moncloa.
Habría que pensar también en 1986, cuando hubo que tragarse el voto afirmativo en el referéndum atlántico. Y en la huelga general de 1988, cuando renovadores y guerristas peleaban por la protoherencia del felipismo. Y en todos los cocederos que se descubrieron después, en los que de igual modo se echaba la mano a la caja que se echaba mano de la cal. Y en todos los navajazos y ejecuciones que se han producido desde entonces en los pasillos de Ferraz sin que a ningún dirigente le importara la delirante deriva de su formación. Nos dio pena Borrell, pero lo suyo no fue nada comparado con lo de Sánchez, ese hombre desubicado entre perfectas manadas de fieras.
Y ahora, una vez consumado el ofertorio, ¿quién recoge estas cenizas tras el incendio felipista, la trama cebrianista y la soberbia susanista? Dicen que estos cráneos privilegiados esperan no solo que la derecha les devuelva el favor, sino que todos los resortes del sistema actúen de igual modo cuando las tornas cambien. Y se equivocan. Porque la derecha es mucho más lista y uniforme, se mantiene recta como un bloque de granito y jamás cometería el mismo error, sabedora de que un político suicida es lo último que los electores quieren. Y dicen también que la muerte asistida de los socialdemócratas cambiará para siempre el paisaje político heredado de la transición. Ya lo ha cambiado.
El socialismo español tenía una oportunidad de demostrar que quedaba en él algo de la izquierda que alguna vez quiso ser. Y de devolver a la izquierda todo lo que le hemos aguantado, todas las veces que nos ha sonrojado y todas las ocasiones en que nos ha avergonzado. Y no solo no lo ha hecho, sino que ya no tendrá más oportunidades de hacerlo, porque los muertos se quedan muy solos y no hablan con nadie. Y como los muertos en la antigüedad, los socialdemócratas viajan ya con una moneda en la boca, la que les han puesto los regidores eternos de cuanto acontece, las bandas que nunca han dejado de gobernarnos y los príncipes democristianos y financieros que son los únicos dueños del juego. Ha sido largo el viaje desde la trinchera a la colaboración: agrúpense todos en la tumba final.

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© Fran Vega, 26 de octubre de 2016

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