El marcado acento del mar · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 6 ·
Fran Vega
El marcado acento del mar
Fotografía: Juan Muñiz

Los días nublados nos acercábamos a la zona pesquera del pueblo, allí donde las barcas parecían esperarnos y donde las grúas se alzaban como torreones de imposible conquista. Nos gustaba sentarnos en los bolardos para que mi madre nos fotografiara con la vieja cámara del abuelo aprovechando el insólito aspecto de recién duchados y bien peinados con colonia a granel. Pero la función de tarde era la mejor: en la lonja de pescado asistíamos a ventas y subastas y observábamos cómo los hombres de quimérica musculatura cargaban en sus hombros atunes y emperadores y cajas de madera con almejas y sardinas mientras hablaban, contaban y fumaban al mismo tiempo. No había después quien se resistiera al recuerdo de las cigalas contempladas y de las desafiantes pinzas de bueyes y centollos, que en nuestros sueños mezclaríamos con los brazos de aquellos hombres que los transportaban y sus voces profundas con las que convertían en duros y cientos a exóticos ejemplares que aún se removían inquietos sobre el hielo. A partir de entonces, y durante el resto del verano, todos seríamos robustos pescadores de pitillo en boca y marcado acento del mar: ¡va la gamba, va el boquerón!

Crónica anterior
«Un botín imaginario»
Crónica siguiente
«Ya éramos todos héroes invictos»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

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