Un botín imaginario · Fotografía: Juan Muñiz
· Luz de Verano, 5 ·
Fran Vega
Un botín imaginario
Fotografía: Juan Muñiz

La visita a los acantilados podía convertirse en la mayor emoción del día, aunque para ello teníamos que aprovechar un despiste de mis padres, que consideraban un peligro aquellas rocas cuando nosotros las teníamos como fortuna. Trepábamos como lagartijas al sol del mediodía y de vez en cuando mirábamos hacia abajo para tener conciencia de la hazaña cometida, pues tan solo unos metros nos separaban de oscuras y profundas cavernas con terribles monstruos en su interior. Y si eran horas de aguas tranquilas, descendíamos después hasta las calas en las que aparecían algunos peces despistados que alguno de nosotros intentaba pescar con cuerda fina y anzuelo de segunda mano. De modo que a la destreza alpina sumábamos la pericia marina hasta olvidarnos por completo de helados y meriendas, porque teníamos entendido que los héroes debían serlo de tiempo ocupado, gesto serio y vida austera. Y aunque la decepción no tardaba en llegar, porque o los peces eran muy listos o nosotros no habíamos aprendido aún toda la sabiduría del mar, al día siguiente volvíamos con más empeño a intentarlo de nuevo. Qué menos que colmar nuestro botín imaginario con un cangrejo fallecido o dos quisquillas desdichadas.

Crónica anterior
«Caballeros de elegante cabalgar»
Crónica siguiente
«El marcado acento del mar»

© Texto: Fran Vega, 2012
© Fotografía: Juan Muñiz, 2012

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