Mario Conde

Lo que más llama la atención de la historia de este hombre de gomina y maletín no es que vuelva al chabolo por blanqueo de capitales, que la cabra siempre tira al monte y no estamos ya para creernos cuentos de redención, sino lo benévolo que el sistema ha sido con él.
Resulta que cuando en los años noventa fue condenado, la sentencia estipulaba el embargo de sus propiedades como modo de hacer frente a sus delitos monetarios (robos, para entendernos), por lo que la administración de justicia debía comunicar a los organismos pertinentes que tomaran nota de la condición en la que quedaban sus bienes inmuebles a partir de ese momento. Pero… se les olvidó. Sí. Se les olvidó. Así que cuando este picarón salió de la cárcel se encontró con que sus fincas estaban, exactamente, como las había dejado cuando entró. Y como es lógico, se apresuró a cambiar su titularidad y declararlas, por tanto, inembargables. Y aquí paz y después gloria.
De modo que duerman tranquilos: tal vez la declaración de la renta les salga a pagar, pero es muy probable que Hacienda se olvide de ustedes, como es seguro que ya intuyen.
¿Es grande o no es grande nuestro sistema?

© Fran Vega, 11 de abril de 2016

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