«La encajera», de Jan Vermeer
· Intramuros ·
Jan Vermeer
«La encajera», 1670
Óleo sobre lienzo (23,9 × 20,5 cm)
Museo del Louvre, París

El argumento de esta tela se inscribe plenamente entre las obras más características de Vermeer (1632-1675), aquellas en las que reproduce a un personaje sencillo llevando a cabo una tarea doméstica. Se trata, como en La lechera (Rijksmuseum, Amsterdam), de una escena personal revestida de la dulzura que este pintor supo imprimir a sus lienzos y del aislamiento que caracterizó muchos de sus cuadros.
La joven dedicada al encaje está ligeramente inclinada hacia adelante para poder ver mejor su trabajo y el movimiento de las manos con las que manipula hilos, alfileres y bobinas. Es una figura frecuente en la pintura de los Países Bajos, como encarnación de las virtudes femeninas —abnegación, paciencia, entrega— que se consideraban indispensables en la mujer y que en este caso están acompañadas por un pequeño libro en la esquina de la mesa, probablemente una Biblia o libro de oraciones.
A diferencia de muchas de las obras de este pintor, la luz no entra por la izquierda, sino por la derecha, pues pertenece a una época en la que el artista estaba vivamente interesado en las posibilidades de la óptica y en la exploración luminosa. Las suaves modulaciones con que está pintado se combinan con la exageración lateral del desenfoque del primer plano, lo que origina un mayor efecto de profundidad en el resto de la tela. Así, Vermeer utiliza los defectos naturales de la visión humana para realzar el contenido del cuadro.
La atención se centra en la figura femenina y en su iluminación lateral, así como en los detalles del trabajo que está realizando, especialmente en el hilo blanco que sujeta con los dedos. La protagonista de la tela ocupa un plano intermedio de la misma, mientras que el primero está dedicado al cojín y al libro y el tercero lo desempeña el fondo de color claro sobre el que se recorta un tirabuzón del cabello de la joven.
En el rostro se percibe la técnica que Vermeer utilizó en muchos de sus cuadros, basada en un puntillismo con el que creaba la luz mediante una serie de pequeños toques de pincel sobre el lienzo.
La obra fue muy valorada no solo por sus contemporáneos, sino especialmente por los impresionistas, que admiraron la maestría del artista en el tratamiento de la luz y de los juegos ópticos.

Artículo anterior
«La mujer del espejo, de Tiziano»
Artículo siguiente
«El matrimonio Arnolfini, de Jan Van Eyck»

Artículos relacionados
«Calle de Delft, de Jan Vermeer»
«La lechera, de Jan Vermeer»
Anuncios

Comente si lo desea

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s